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Etiqueta: Martin van Creveld

Algunas cuestiones disputadas del anarcocapitalismo (XCIII): Reflexiones sobre ‘Don’t Fuck the Police’

Tuve la ocasión de leer recientemente un excelente libro de Josema Vallejo y Samuel Vázquez sobre el declinante papel de la policía en nuestro país y en otros como Francia de dos policías que honran a su profesión. Es el citado en el título de este artículo. Lamentan que buena parte de sus esfuerzos sean malgastados al servicio del poder político de turno.

Problemas de la Policía

Según ellos, y yo les creo, la policía moderna gasta buena parte de su tiempo en tareas burocráticas. Y sólo es un porcentaje relativamente pequeño de agentes los que se encaran con los problemas de criminalidad en nuestro país. Señalan, con varios ejemplos, el mal diseño de las fuerzas operativas. Y destacan el hecho de que en las horas y días en que los datos dicen que hay más crímenes, las noches de los fines de semana, es cuando menos agentes están disponibles. Y sobre todo que los mandos policiales no acostumbran a estar disponibles en ese momento.

Los autores también inciden en el hecho de que las policías modernas no están sabiendo afrontar las nuevas realidades delincuenciales que se comienzan a dar en nuestro entorno. Los autores achacan esto también a causas políticas y en este caso también a razones ideológicas. Son ideologías que tienden a explicar o justificar las razones del delincuente, por opresión o injusticia social, mientras que se desatienden los derechos de las víctimas de sus crímenes.

Interés para el lector del Instituto Juan de Mariana

Estando de acuerdo con la mayor parte de lo que dicen, no puedo resistirme a comentar el contenido del libro. Busco integrar sus reflexiones en el marco que inspira este conjunto de artículos. Me interesan mucho los temas policiales, y les hemos dedicado incluso, algún trabajo. Porque, como es sabido es, quizás, junto con la defensa, el problema más importante que tendría que afrontar una hipotética sociedad ancap. Y mientras no esté bien resuelto, no se podría defender como una forma de organización viable.

Quede claro que los autores del libro no expresan apoyo a este tipo de idearios. Respaldan en todo momento un modelo policial público, aunque sin hostilidad alguna, más bien al contrario, hacia las distintas formas de seguridad privada que se ejercen en nuestro país. Pero dado el subtitulo del libro Un modelo policial que protege al poder y no a los ciudadanos, creo que merece cuando menos atención. Un interés que debe alcanzar al lector tipo de este tipo de libros: personal de las fuerzas de seguridad y defensa y personas interesadas en estos temas. Pero también al tipo de lector habitual que pudiera tener la página del Instituto Juan de Mariana.

Servicio al poder, no a los ciudadanos

La tesis del libro es que el actual modelo policial español está pensado para servir al poder y no a la ciudadanía como parecería lógico. Por lo que apunta el libro, sería también el de otros modelos policiales próximos. Esto no sería de extrañar, pues tienen diseños parecidos, al menos en sus orígenes. Cualquier lector de estas páginas no se sorprenderá de lo que afirman los autores, pues la mayoría de los servicios públicos necesarios como el de policía están diseñados para ese fin. Y su prestación está monopolizada por los gobiernos.

Otro debate sería si deben o no los estados prestar este tipo de servicios. Pero esta claro que si son los gobiernos quienes los diseñan y hacen operativos, es muy probable que los organicen de acuerdo con lo que a ellos les interesa. O bien de acuerdo con lo que ellos consideren que es importante para la población. Atendamos al matiz de esta última afirmación. Pues aún cuando la clase política pensase en las necesidades del pueblo, algo que puede ser discutido pero que podríamos aceptar en principio, siempre será lo que ellos entienden que debe o puede querer la ciudadanía. No lo que ella realmente quiere.

Recordemos que una de las premisas de cualquier buen liberal o libertario es que estado y sociedad son colectivos distintos. Que tienen lógicas de funcionamiento e intereses distintos. Tampoco debemos olvidar que los policías comunes, incluyendo mandos intermedios no forman parte del estado. Forman parte de su aparato y trabajan para él como cualquier otro funcionario. Sólo de sus máximos jefes podemos predicar que lo conforman. 

El mal funcionamiento de los servicios públicos

El aparato del estado, policía, jueces, profesores, médicos o funcionarios de ventanilla, trabajan para quien domina el estado en cada momento. Y ello sea cual sea la orientación ideológica del mismo o la forma que este tenga. Siguen fielmente sus indicaciones, sea por el sueldo sea por el sentimiento de honor o de  lealtad. La asignación de tiempos y medios para la prestación de sus servicios son determinados por quienes integran el estado y se hace atendiendo a sus criterios e intereses, que es lo que los autores afirman.

No es la policía la única que padece este desinterés por parte de sus máximos dirigentes. Creo que podría predicarse, en mayor o menor medida, a la práctica totalidad de los servicios públicos, mal llamados sociales. Las quejas que se escuchan en el ámbito de la educación, la sanidad, el ejército o la atención social van casi todas, en mayor o menor grado, en la misma línea. Pero no están tan elaboradas como en este libro. Pero todos ellos piensan que lo que les pasa es algo que acontece sólo en su respectivo sector y no lo perciben como un rasgo esencial del propio sistema. Y eso que cada uno de ellos no es más que un caso particular del funcionamiento general de los servicios estatalizados.

Por desgracia la policía no es una excepción y digo desgracia porque se así fuese aún podría tener algún tipo de arreglo. Va en la lógica del sistema, concepto que ellos usan entiendo que en referencia al aparato de poder, que sea así, no es por tanto una disfunción específica. Lo que tiene de interesante es que describe muy bien  en su ámbito con numerosos ejemplos lo que a ellos le acontece. No abundan libros de este tipo y de ahí su interés.

Nuevas formas de delincuencia

Tiene interés también para el liberal-libertario la cuestión de la falta de adaptación de las policías contemporáneas a las nuevas formas de delincuencia. Se quejan, con razón, de que las bandas organizadas dedicadas al crimen cuentan con mejores medios para hacer sus fechorías que los policías para combatirlas. También destaca la evolución organizativa de estas bandas, cada vez más sofisticada.

Recuerdo haber leído que uno de los grupos delictivos y que más rápido han evolucionado en su desempeño es el de los tratantes de esclavos. Tratantes de “blancas” o de personas. Es una de las actividades criminales más antiguas de la humanidad. Ahora operan con todo tipo de artilugios técnicos y formas de pago tipo pay-pal. Conocen en cada momento las legislaciones de cada país, la dureza relativa de cada gobierno en relación a su actividad e incluso las ayudas sociales y otro tipo de protecciones con que cuenta su “sector”.

Nuestros autores no se refieren tanto a este sector como al del tráfico y transporte de droga desde el norte de África a los grandes centros de consumo. Esos centros están situados casi siempre en los países más desarrollados del viejo continente, y que disponen de mayor poder adquisitivo para adquirirlas. Pero aquí nos encontramos otra vez con un caso particular de una teoría más general.

El historiador y teórico militar israelí Martin van Creveld, escribió hace unos años un par de libros que hablan tanto de la transformación de la guerra (The transformation of war) como de las transformaciones del estado necesarias para afrontar las nuevas formas de delincuencia y crimen organizado (The rise and decline of the state).

Artículos que mencionan a Martin van Creveld

Los Estados-nación y la delincuencia

En ellos el autor afirma que los estados modernos están diseñados para la guerra, la vieja tesis de Charles Tilly de que el estado hace la guerra y la guerra hace el estado. Pero están diseñados para guerrear contra entidades semejantes a la suya; esto es, contra otros estados. Su tesis es que el estado no está diseñado para afrontar los nuevos desafíos de seguridad en forma de narcos, terrorismo en red, traficantes de personas o ciberdelincuencia.

Artículos que mencionan a Charles Tilly

Estos nuevos desafíos de seguridad, aparte de ser transnacionales, no tienen un territorio definido que se pueda ocupar o dominar policial o militarmente en la forma clásica. Dificultan mucho las labores de seguridad tradicionales. Tanto, que nuestro autor predice que los estados tendrán que cambiar su forma para poder garantizar su seguridad.

Vuelta a los modelos neomedievales

Recordemos que el estado nación actual es sólo una de las posibles formas de dominación posibles, y que ganó en concurrida lucha contra las ciudades-estado, las ligas o las formas imperiales medievales. Una vuelta a modelos neomedievales, con una mayor fragmentación política y una mayor flexibilidad, tendría una mejor respuesta al crimen. Las bandas de narcos, que también se describen en el libro, no son sólo una especificidad hispana. Se dan en muchos países europeos, sin que estos sean tampoco capaces de combatirlas con eficacia.

Sería más un defecto del propio estado-nación que de sus fuerzas policiales, que aunque estuviesen bien gestionadas y orientadas al servicio público seguirían  teniendo serios problemas para tratar con este tipo de bandas. Adolecen de un problema de diseño operativo. Están demasiado centralizadas a mi entender. Es más relevante ello que la calidad de los efectivos policiales.

La economía de la prohibición

El narco simplemente tiene más capacidad de adaptación. Cuenta no sólo con muchos recursos, buena parte derivados del efecto subvención a los precios del producto causados por la prohibición. Véase al respecto el excelente libro al respecto del economista austríaco Mark Thornton, The economics of prohibition. También cuentan con una estructura es más flexible y modular que la policial, más pensada para atender otro tipo de delincuencia.

Cualquier reforma en el modelo policial de prevención, que se considera la mejor respuesta, centrada en evitar que la gente consuma, sería mucho más efectiva que una reforma en el modelo operativo de represión. Esta última requiere cambios organizativos profundos y una descentralización radical de los cuerpos policiales, de modo que puedan adaptarse rápidamente sin grandes y engorrosos trámites administrativos. El narcotráfico es “empresarial”, en este caso para el mal. Y se adapta rápidamente a los cambios tecnológicos, contando con dimensiones adecuadas para su negocio. Las burocratizadas policías estatales no pueden imitar esto, al menos no a la misma velocidad con la que lo hace el crimen.

Un muy recomendable libro. Aparte de los comentarios aquí realizados, es una magnífica reflexión sobre los problemas de la prestación de servicios de seguridad en nuestro tiempo. Esperamos poder disfrutar de más escritos de los autores al respecto.

Ver también

El principio del fin de la Policía Nacional. (Fernando Parrilla).

Policía y sociedad: de ovejas, lobos y perros pastores. (Fernando Parrilla).

A vueltas con la policía judicial. (José Antonio Baonza Díaz).

La Policía a las órdenes de los titiriteros. (Daniel Rodríguez Herrera).

Algunas cuestiones disputadas del anarcocapitalismo (LXXXVII): sobre la guerra en Palestina

El historiador militar de la Universidad Hebrea de Jerusalen Martin van Creveld es célebre en círculos libertarios, aún sin serlo él del todo, por sus muy originales escritos sobre el ascenso y caída del estado moderno y por sus obras sobre la transformación de la guerra. Sin contar sus poco políticamente correctas obras sobre el feminismo, Sexo privilegiado, o sobre la cuestión de la igualdad. No me consta que ninguna de las grandes obras de Van Creveld esté traducida al castellano excepto su libro sobre Los abastecimientos en la guerra publicado por el Ministerio de defensa.

Martin van Creveld

La tesis principal de Martin van Creveld es que el estado nació a consecuencia de la guerra y que la transformación de la guerra lo transformará también a él hasta hacerlo desaparecer o mutar en otro tipo de forma política. Según afirma, los estados modernos están concebidos para defenderse o atacar a sus semejantes pero no están concebidos para otras formas de combate o para proteger a sus poblaciones de riesgos que no esten circunscritos a su espacio de  dominio. De la misma forma que no están bien concebidos para atender pandemias o riesgos existenciales, como el cambio climático (de serlo). tampoco se adecuarán a amenazas estas ya de corte militares que operen a otra escala o con otra forma.

Los ejemplos que ofrece el profesor Van Creveld son variados. La moderna piratería en el Índico es uno de ellos. No parece muy razonable enviar grandes buques de guerra para luchar contra piratas que se desplazan en pequeñas, pero muy veloces. El problema se solucionó en buena medida con la contratación de un par de soldados profesionales de las muchas empresas que existen al respecto, dotados de armamento automático perfectamente adaptado a este tipo de combate. Fue mucho más barato y eficaz dimensionar correctamente la fuerza defensiva a la naturaleza de la amenaza. Pero aquí se pudo comprobar la dificultad con la que los estados se enfrentan a nuevas amenazas. Y cómo tuvo que ser relevado de sus funciones por fuerzas privadas.

Las redes

Las modernas redes de terror en red sería otro excelente ejemplo de cómo evoluciona la guerra y de cómo los estados convencionales tienen dificultades para confrontarla. Redes del estilo de Al Qaeda, a pesar de que sus valores que defienden están muy anclados en el pasado, son el culmen de la modernidad organizativa en forma de guerras, como ya apuntó hace unos años John Gray en su célebre Al qaeda o lo que significa ser moderno.

Células de combatientes durmientes  en el interior del propio país, habitando en grandes ciudades ferales donde se pueden confundir con el resto de la población, coordinadas por medios telemáticos y que se activan o desactivan siguiendo instrucción de la jefatura del grupo son desafíos muy difíciles para un estado que está acostumbrado a combatir en frentes convencionales contra enemigos más o menos compactos. Los estados modernos  no pueden atacar o bombardear sus propios barrios por lo que estos activistas precisan de acciones quirúrgicas para ser neutralizados.

No sólo eso. El daño que un terrorista residente en el territorio del propio estado puede infligir es muy elevado en comparación con los costes que requieren sus atentados. Pensemos en los ataques en Francia hace unos años en los que poco más de una docena de terroristas, armados con armas ligeras de poco precio no sólo causaron más de un centenar de víctimas sino que paralizaron por unos días los transportes en todo el país, pues se cortaron autopistas y aeropuertos para poder neutralizar a los terroristas. Un atentado que costo unos miles de euros implicó costes de decenas de millones al estado y a los ciudadanos afectados.

Van Creveld: los estados no están preparados ante el terrorismo

Esto corrobora las teorías de Van Creveld según las cuales los estados modernos no están adecuados en forma y tamaño a los nuevos desafíos de seguridad. Es más, cuanto mayores son las dimensiones de un estado, en población y territorio, no sólo  el daño causado se multiplicará sino que le será más fácil a los grupos moverse y pasar desapercibidos.

Sin que pueda establecerse una ley general, el grupo atacante muy probablemente consiga más repercusión mediática y dañe más al estado atacando en Francia que en Islandia, usando iguales medios. También muy probablemente su libertad de movimiento sea mayor en el primer caso y su capacidad de detección y neutralización previa menor, pues habría que discutir donde es más fácil ocultarse si en un gran o pequeño estado y no digamos en una comunidad privada. Podrían darse pequeños estados proclives al terrorismo o incluso comunidades privadas, pero dudo que los demás tuviesen buenas relaciones con ellos o facilitasen su movimiento fuera de sus fronteras.

El atentado de Hamas

Volviendo al tema del análisis, lo cierto es que un grupo terrorista Hamas, llevó a cabo un atentado de gran crueldad y de una dimensión poco conocida en este tipo de actuaciones. No sólo el número de fallecidos es relevante sino también la forma en que se produjeron los asesinatos, que parece ser pensada para aterrorizar (fuentes de inteligencia han afirmado que los atacantes tenían instrucciones previas sobre la forma de  actuar, aunque las fuentes de Hamas lo desmienten).

Desde luego iban dotados de cámaras personales. Compartieron rápidamente el contenido de sus crímenes en las redes sociales. Se asemeja a la forma de funcionar del Daesh que guionizaba sus ejecuciones y luego las grababa haciendo alarde de grandes medios técnicos. Las llevaba a cabo usando cuchillos y con gran efusión de sangre. No buscaban aterrorizar por el número de ejecutados sino por la forma en la que lo hacían pensada para atemorizar a una población occidental que tiene aversión a la visión de sangre y a formas pretecnológicas y manuales de ejecución.

Este uso de la psicología les dió muchos réditos en cuanto a difusión de su causa. Intuyo que los terroristas de Hamas han aprendido de estas técnicas y buscaron la difusión global de sus crímenes, pensado más bien cara el exterior que hacia el interior. Recordemos que hasta hace poco este tipo de crímenes eran negados por sus autores culpando a la propaganda del enemigo y buscando confundir en cuanto al número de bajas. Recordemos el caso de Srbenica en la guerra de los Balcanes. En cambio ahora lo que se busca es exhibir la barbarie, muy probablemente como arma de guerra psicologica.

La estrategia de Hamas

A todos los efectos, como han manifestado varios especialistas en asuntos militares, se trataba de una provocación para condicionar la respuesta de Israel. Israel se involucró en una guerra de destrucción de los terroristas de Hamás en Gaza. Supongo que con la intención de romper los incipientes tratados de paz que Israel había comenzado a establcer con algunos países árabes, objetivo que los de Hamás consiguieron de momento, aunque no del todo.

Como vimos los ejércitos modernos no están bien dimensionados para el combate con estos tipos de grupos. Cuando se destruye a los terroristas, que además se camuflan en medio de la población civil, y combate en ocasiones sin uniforme y mezclándose después entre ella, tienen casi forzosamente que dañar infraestructuras civiles. También por desgracia acaban con muchos inocentes. No es ya que tengan que aguantar el dominio dictatorial de Hamas. Además, tienen que morir o resultar heridos, además de arruinados, por su culpa.

La posición de fuerza de Israel

Martin van Creveld, a pesar de son ser ni mucho menos un halcón, quiere a su pueblo. Por lo que escribe entiendo que le gustaría ver ganar la guerra a su país. Pero quiere que la gane no que se desangre en el proceso y por eso es cauto a la hora de afrontarla, pues una victoria que debilitase a su país en el proceso no sería buena para el país a medio y largo plazo.

De ahí que advierta sobre los riesgos de confrontaciones de este tipo y reclame una modulación de la respuesta. Digo victoria porque es indudable que la va a ganar. Y no sólo por la superioridad militar del ejército hebreo sobre una fuerza guerrillera, sino porque precisamente este tipo de guerra en condiciones modernas requiere del suministro constante de armamento y munición. Este suministro no puede mantenerse en una Gaza bloqueada por completo. Por lo tanto durará lo que le duren las reservas de material a los milicianos palestinos. De tener acceso a material de guerra no cabe duda de la que  el conflicto no sólo duraría mucho más sino que sería enormemente gravoso para la sociedad y la economía de Israel.

Diplomacia estadounidense

La guerra asimétrica no se trata tanto de victorias militares como de los costes en vidas y económicos que se le pueden infligir a la economía ya la moral de la población, y dado que la capacidad de sufrimiento de poblaciones occidentalizadas es mucho menor que la de sus rivales esta podría ser una de las principales causas de que las fuerzas regulares del estado israelí  no pudiera  conseguir sus objetivos últimos. De ahi que las milicias islamistas busquen abrir nuevos frentes al conflicto. Puede ser en el Líbano, en Siria, con la implicación abierta de Irán o otras ejércitos de la zona como los huthies del Yemen.

De momento parece que estas estragias no están teniendo éxito pues la diplomacia norteamericana parfece haber actuado para evitar la apertura de esos nuevos frentes y salvo que Israel cometa algún error grave de estrategia es muy improbable que se involucren de lleno en el conflicto más allá del uso de una retórica incendiaria.

El frente de la opinión pública

En el ámbito de la opinión pública tanto interna en Israel como mundial, tampoco parece que, salvo algunos países árabes y latinoamericanos que han roto relaciones, se de una internacionalización del conflicto que presione a Israel en su campaña. Recordemos que las nuevas guerras asimétricas hacen uso también de la debilidad relativa de unos de los contendientes para posicionar a la opinión pública a su favor. En este caso no se ha dado un viraje masivo, salvo repito algún error de Israel. La victoria militar de este aparece a día de hoy clara por los factores antes apuntados, pero sólo falta ver a que coste y comprobar en que medida las teorías de Van Creveld se cumplen o no.

El problema vendrá después y aunque es pronto para anticiparlo derivará con el destino futuro de la franja y de su población. Las intervenciones militares, con razón o sin ella , son intervenciones estatales y acostumbran a tener consecuencias inesperadas donde menos s elo espera. Esperemos que acabe pronto el conflicto y con la menor cantidad de sufrimiento posible.

Ver también

El día más negro de Israel. (David Goldman).

Israel, o la lucha contra la infamia. (Carlos Alberto Montaner).

Algunas cuestiones disputadas del anarcocapitalismo (LXVII): Sobre la guerra en Ucrania (I)

Raro es que en esta columna se comenten eventos de actualidad, pero creo que no se puede dejar pasar la oportunidad de comentar una guerra entre estados vecinos. La mayor parte de las guerras de este siglo han sido bien guerras civiles, esto entre facciones dentro de un mismo Estado que aspiran al dominio del mismo, bien intervenciones de alguna superpotencia o poder regional sobre otro Estado mucho más débil o en apoyo de alguno de los bandos en lucha en algún conflicto civil.

De hecho, hace mucho tiempo que no se puede observar una guerra convencional entre dos estados modernos con ejércitos organizados.  Aún con evidentes asimetrías entre los mismos, el conflicto sigue las pautas de los viejos conflictos que ya creíamos olvidados. Ambos cuentan con representación en la ONU, co cuerpo diplomático y con estructuras de Estado avanzadas. También cuentan con ejércitos regulares y en principio parece que ambos acatan más o menos las convenciones en cuanto al tratamiento de prisioneros y combaten con uniforme y bandera y salvo excepciones parece que no buscan deliberadamente (o por lo menos no lo reconocen abiertamente) el ataque a la población civil.

No estamos acostumbrados a estos conflictos porque la famosa anarquía internacional a la que se refieren los teóricos de las relaciones internacionales ha permitido durante mucho tiempo que estos conflictos no hayan tenido lugar. En efecto el incremento de las relaciones comerciales y culturales parecía haber conseguido que las guerras directas entre estados pasasen a mejor vida. Norman Angell nos había advertido de que la densidad de relaciones económicas implicaba que una guerra implicase pérdidas económicas tan grandes en un mundo interrelacionado que la mera posibilidad de la misma quedase descartada. Empresas multinacionales, flujos migratorios o el turismo habían conseguido que los diferentes pueblos de la tierra hubiesen reducido sustancialmente sus tensiones y que la guerra causase daños severos a los países en conflicto.

Algo de eso hay. Si nos fijamos aparte del daño militar, podemos observar cómo la guerra está causando daños terribles a la economía de la potencia atacante, Rusia. Es la primera vez que puedo observar como una potencia atacante, presumiblemente poderosa, comienza una guerra con un corralito bancario y con amenaza clara de impago de deuda. Esos fenómenos antes se daban, pero al finalizar la guerra y con una derrota, no antes. Aunque Angell parece equivocado en su valoración de que la interconexión comercial y la globalización económica imposibilitarían las guerras futuras si que acierta en las consecuencias de la misma en un mundo económico interconectado. Las pérdidas con mucha probabilidad van a ser superiores a cualquier beneficio que pudiese obtener la economía rusa con la anexión de territorios ucranianos, por muchas minas o recursos con los que puedan contar.

En efecto, los beneficios de cualquier posible conquista ya no son los mismos que antes (en el caos improbable de que antes los hubiese). Más allá del prestigio político que Putin y sus oligarcas pudiesen obtener, no acabo de ver claro qué es lo que pueden ganar u ofrecer a su población como recompensa por los costes y sacrificios de la invasión. En teoría pueden obtener recursos naturales como el carbón, o tierras de cultivo, pero sin una población capacitada y cooperativa de poco les van a valer. Los costes de la ocupación y la coerción superarían con creces los hipotéticos beneficios de la conquista. La propia Rusia es un ejemplo de país que cuenta con enormes depósitos de metales y materias primas y grandes extensiones de tierras de cultivo, sin que la hayan reportado más que un mediocre provecho.

Putin y su oligarquía parecen estar anclados en las viejas doctrinas geopolíticas que lo fían todo a la posesión del espacio, sin darse cuenta de que lo relevante a día de hoy es el capital, sea físico o humano, bien insertado en un mercado capitalista mundial. Algún teórico ha estudiado el caso de una hipotética invasión de Silicon Valley, una de las zonas más ricas del mundo, por una potencia extranjera. Su conclusión es que bien poco se llevarían más allá de edificios y tierras, lo que para nada compensaría los costes de la conquista, pues la riqueza de ese territorio se basa en la capacidad creativa e industrial de su gente y para casi nada en los recursos con que esta cuente. Y a esa gente no se le puede obligar a trabajar creativamente par aun invasor, dado que la creatividad y el ingenio no pueden ser impuestos. Algo semejante ocurriría con la invasión de Japón o Singapur, por poner otros ejemplos.

A esto hay que sumar que una hipotética anexión de esos territorios implicaría asumir espacios devastados físicamente por la guerra y una población poco cooperativa, a la que habría que forzar, si es que se puede, a cooperar con el invasor. Esto último también puede sorprender a los habituados a pensar con marcos antiguo de pensamiento, pues se nos dirá que muchos de ellos son ética o culturalmente rusos. En siglos pasados, imbuidos de ideas nacionalistas clásicas la composición étnica o lingüística de un territorio tenía mucho que ver con las guerras de invasión. Sólo hay que recordar los intentos de la Alemania nacional-socialista de reunificar a todos los pueblos de cultura germana en un sólo Estado, lo que dio lugar a reclamaciones y conflictos sin fin. Otros estados europeos llevaron, a menor escala, tentativas semejantes con mayor o menor éxito. Pero a día de hoy el nacionalismo, erosionado por ideologías de la posmodernidad, no es más que uno entre muchos de los factores de identificación de la población. Y probablemente no el principal. Muchos habitantes del sudoeste de los Estados Unidos, por ejemplo, son mexicanos étnica o culturalmente, pero dudo mucho de que se apuntasen a la idea del gran Aztlan y de reunificarse políticamente con sus vecinos del sur. O muchos marroquís de Melilla, también por poner ejemplos próximos.

Pues en la Ucrania rusófona parece acontecer tres cuartos de los mismos. Muchos rusos de Ucrania, en la disyuntiva de volver a la Gran Rusia, con todo lo que ello conlleva, o permanecer en una Ucrania con mejores perspectivas de alcanzar un mejor nivel de vida o de disfrutar de mayores libertades en el ámbito político o personal no parecen tener dudas. Optan por unas mejores expectativas antes que por la unificación con tan poco amorosos hermanos y presentan por lo tanto fiera resistencia a la agresión. De ahí que sorprenda a muchos que sea en estas zonas aparentemente más proclives donde se esté dando una mayor resistencia y donde los avances rusos sean menores. Quizás porque saben lo que les espera y no le apetezca mucho.

También esta guerra parece hacer buenas las previsiones de transformación de la guerra y del Estado planteadas por el genial analista militar israelí Martin van Creveld, muy admirado en círculos anarcocapitalistas, a pesar de que él no lo es. Este en una serie de libros, especialmente “Rise and fall of the state” y “Transformation of war” planteó hace unos años la posibilidad de que los ejércitos estatales convencionales no fuesen la mejor opción de defensa en nuestros tiempos. La tesis de este autor es que los Estados están concebidos para la guerra y sus mecanismos de defensa y ataque estarían, por tanto, pensados para confrontar a otros Estados. Los cambios en la forma de operar la guerra tendrían su correlato en el cambio en las formas del Estado. Grandes ejércitos requerirían grandes ejércitos para confrontarlos y por tanto grandes estados que los puedan sustentar. Pero van Creveld afirma que la nuestra ya no es una época de luchas entre grandes unidades militares, sino de grandes unidades contra pequeñas, muchas de ellas extraestatales, como guerrillas, mafias, maras, piratas o redes terroristas sin continuidad territorial, como pueda ser Al Qaeda, por ejemplo. Frente a estas nuevas realidades los viejos ejércitos están desproporcionados e incurren en unos costes enormes en relación a los desafíos. Pensemos en el coste de enviar grandes buques de guerra al Índico para combatir a los piratas de Somalia. No compensa enviar una fragata para combatir lanchas rápidas armadas con armamento ligero, y de hecho la solución que se propuso fue la de modular la defensa al ataque y se optó por embarcar mercenarios en buques comerciales, bien armados pero adaptadas a la dimensión de la amenaza. Su tesis relativa al Estado es que si la forma y el espacio de la defensa cambia también lo hará la forma y el espacio del Estado.

Cuando acabe la guerra de Ucrania, esperemos que pronto, podría servir perfectamente para contrastar esta tesis. En principio, como antes apuntamos, parece una guerra convencional entre dos Estados con sendos ejércitos, aparatos de inteligencia y servicios diplomáticos. Por lo tanto, debería ganar aquel que cuente con una mayor destreza en el arte de la guerra y una mejor capacidad operativa, algo que en principio parece favorecer al ejército ruso. Pero la guerra no se está desarrollando (por lo menos a día de hoy) como una guerra típica entre Estados, sino como lo que se acostumbra a denominar como conflicto asimétrico.

Una de las partes, la rusa, cuenta con abrumadora superioridad militar. Su ejército tiene más armamento y más sofisticado y cuenta con un número mayor de hombres entrenados para la guerra. La otra parte, la ucraniana, en cambio parece enfrentar el conflicto al estilo de lo que aconteció en la guerra española contra el francés de comienzos del siglo XIX. Esto es: combina un debilitado ejército regular con la acción de partisanos y grupos paramilitares (al estilo del tan denostado batallón de Azov), que emboscan a las unidades rusas e impiden o dificultan con éxito su avance. Armados con armas ligeras y de relativamente bajo coste como Stingers, anticarros Javelin o drones baratos de fabricación turca, parecen ser sumamente eficaces en su objetivo de encarecer los costes de la conquista rusa.

Los rusos, por su parte, operan principalmente con su ejército regular, compuesto de reclutas y soldados profesionales y con la colaboración de contingentes de mercenarios y voluntarios de las repúblicas fantasma reconocidas por Rusia (quizás también sean conscientes de la necesidad de operar con fuerzas con algún grado de autonomía. Pero por la propia dinámica de la guerra parece que estos últimos operan como un ejército estatal convencional a la hora de seguir una estrategia marcada por el mando central (que según parece está siendo purgado por incompetente). Esta forma más o menos centralizada de combate tiene la ventaja de concentrar fuerzas pero el inconveniente de que si se da una equivocación estratégica quien yerra es todo el ejército. Y esto es lo que parece que está ocurriendo. La aparente estrategia rusa de guerra relámpago ha fracasado y ahora viene una guerra de desgaste. Veremos pronto si las profecías de Van Creveld y los nuevos teóricos de la guerra se cumplen y si se van dando cambios en la forma del Estado. De momento alguna innovación si hay, pequeña, pero la hay, como la aparición de las nuevas repúblicas títere del Dombás, la posible entrada en guerra de la Transnistria y la pintoresca aparición de soldados osetios y abjasios. Pero continuaremos con este análisis en ulteriores artículos.