Ir al contenido principal

Etiqueta: Marxismo

Marxismo y agenda 2030

Muchos han sido los pensadores que, desde Mileto hasta Nietzsche, consideran que el mundo no es otra cosa sino la lucha continua entre fuerzas opuestas. Pero esa disputa, que en el plano lógico se manifestaba en la dialéctica hegeliana, se revela también, según Marx y sus seguidores, en primer lugar, en la lucha permanente del hombre contra las fuerzas elementales de la naturaleza para sobrevivir, y, ya en el plano social, en la lucha de clases, como expresión, también, de ese antagonismo entre fuerzas cósmicas opuestas, que combaten entre sí, como lo hacen los sexos o las razas. 

Así, mientras el desarrollo de esas fuerzas materiales productivas (la economía), necesarias para dominar la naturaleza -y poder subsistir y perdurar-, es la raíz del proceso histórico y el fundamento de la vida social, la explotación y la opresión existen, también, desde los mismos orígenes de la historia, y son los principios sobre los que se edificó la organización social, el derecho y el Estado. De ello se deduce, para Marx y sus secuaces, que las diferentes formas de explotación de unas clases sobre otras, además de ser progresivas, están justificadas: La conciencia o sentimiento moral, por tanto, no juega ningún papel en el desarrollo humano, en su crecimiento o en el triunfo definitivo del socialismo, que aparecerá como el resultado de esa lucha social de clases. Y desde el momento en el que la ideología, la religión, la conciencia o el arte no son sino manifestaciones de la organización económica, el socialismo marxista reemplaza al cristianismo, y a cualquier otra religión, ya que pretende ser una concepción que responden a todas las cuestiones primordiales y da un sentido a la vida: es a la vez una política, una moral, una ciencia y una filosofía; una nueva religión en la que los verdaderos marxistas no son ni escépticos ni críticos, sino fervientes dogmáticos materialistas.

El problema es que el marxismo toma manifestaciones aisladas y puntuales del mundo del siglo XX, para hipostasiarlas y para confundirlas con el todo, olvidándose de la realidad y del valor y del sentido de la existencia. Y sus seguidores, al llevarlo a la práctica, tras revoluciones provocadas dirigidas por una minoría -con poco de proletaria-, no han podido sino sustituir el sistema capitalista liberal por el capitalismo de Estado, un sistema no sólo materialmente mucho más ineficiente, sino también más infame e inhumano, en el que el abuso -que en el sistema capitalista liberal, como en toda relación humana, puede darse- es la regla, ya que el trabajador se convierte en auténtico esclavo, sin defensa contra el único patrón, el Estado. 

Si analizamos los principios y objetivos de la Agenda 2030, vemos que las categorías ideológicas con las que analizan la realidad, sus promotores son marxistas, como marxistas son, también, las soluciones que ofrecen: es marxista la concepción de que los problemas surgen de las estructuras económicas y del enfrentamiento entre clases, razas o sexos (y no del uso, bueno o malo, que el hombre, sujeto individual, haga de su libertad); la entronización de la materia -a través, en este caso, de la figura de la Madre Tierra- como el nuevo dios; la revolución -esta vez aparentemente pacífica  y supuestamente de los oprimidos, pero ideada y dirigida, como siempre, por miembros de las “élites”-, como el único camino para preparar la solución del conflicto; y un capitalismo de Estado -en el que el individuo no poseerá nada, pero será feliz-, como remedio. 

El drama es que las revoluciones socialistas se produjeron sólo en algunos países, por más que se extendiese por medio mundo, con lo que existían siempre elementos de comparación y de freno; este nuevo marxismo, por el contrario, pretende ser global desde el inicio; el marketing y la propaganda están ahora mucho más depurados; los medios técnicos y de control social de que disponen son más poderosos; la sociedad está ahora más abotargadas y cuentan, además, como aliados, con líderes religiosos y espirituales a los que antes se tenían que enfrentar (basta para comprobarlo darse una vuelta por la página web de la iniciativa, impulsada por el Papa, la “Economía de Francisco”, en la que ni siquiera se menciona al Dios cristiano, para verlo).

Los marxistas del XIX y del XX, como fervientes dogmáticos, no trataban de rebatir las críticas, sino de sofocarlas… hasta en eso se está repitiendo la historia.

La teoría del valor-trabajo de Marx

Mi escrito de hoy está estrechamente vinculado a la XVI edición de la Universidad de Verano del IJM, en ella se trataron una retahíla de temas a cada cual más interesante. Los conferenciantes aportaron cuestiones sugerentes que sin duda no pasaron desapercibidas para la mayoría de los allí presentes. En mi caso, llevaba tiempo tanteando la posibilidad de escribir sobre Marx, especialmente sobre su teoría del valor. El casus belli fue la intervención de Francisco Capella. En un momento determinado dijo algo como “yo no he leído el Capital de Marx”, por ende, en este artículo se plantea la incipiente necesidad de conocer “al otro” habida cuenta de la importancia que ha tenido y que tiene la figura del pensador de Tréveris en países como China.

Sea como fuere, la cuestión de fondo es precisamente conocer los planteamientos marxianos que son conditio sine qua non para entender a sus émulos. Del pensador alemán se han escrito ríos de tinta tanto a favor como en contra, Lionel Robbins dijo lo siguiente sobre él, “Marx, I ought to say, whether you agree with him or disagree with him, was probably the best historian of economic thought of his time, although I personally think—and this is a value judgement—that Marx was frightfully unfair to some of the people he criticised” (Robbins 1998, 235). Robbins no es nada sospechoso de ser un recalcitrante bolchevique, todo lo contrario, aún así, de sus palabras se desprende un halo de admiración y espíritu crítico.

Para empezar a lidiar con autores que piensan diametralmente lo contrario que pensamos nosotros, es importante no subestimarlos. ¿Quién puede dudar de la erudición de Lenin, del carácter visionario de Keynes o del talento literario de Sartre? O del excelso conocimiento de Chomsky especialmente en cuanto a lingüística se refiere. Para extrapolarlo un poco con el presente y con el ascenso (y declive) de Podemos, el politólogo conservador Rubén Herrero de Castro dijo lo siguiente en una tertulia de 13TV, “os puedo decir que la formación Podemos […], son gente extremadamente bien preparada, que tienen un proyecto político y que saben lo que quieren y dónde van”. Ergo, es urgente dejar de caricaturizar “al otro” y articular un consenso de mínimos para dar la batalla cultural.

La atracción de la intelligentsia con el marxismo y sus diversas variantes colectivistas ha sido constante en las facultades de letras desde hace décadas. Aron a mitad de los años 50s, comentó que se trataba del “opio de los intelectuales” [1], y desgranó algunos de los mitos que aún a día de hoy restan presentes en la cosmovisión del marco teórico marxiano. En cualquier caso, si no se conoce la obra y legado de Marx, difícilmente podrá realizarse un análisis detallado de la escuela de pensadores que ha legado hasta la actualidad.

A mi juicio, para atacar al marxismo no hay que recurrir a la figura del fundador ni usar falacias ad hominem. Es aconsejable buscar el vídeo donde Escohotado habla sobre Marx. Por mucha razón que tenga sobre las cuestiones relativas a la plusvalía, se desprende un odio mesiánico contra su figura. Esto sería el equivalente de atacar a Locke por haber sido accionista de la Royal African Company, secretario del Council of Trade and Plantations (1673-74), por sus escritos sobre los indios americanos, y por cosas como las que postula Losurdo, “Locke è l’ultimo grande filosofo a cercare di giustificare la schiavitù assoluta e perpetua” (Losurdo 2005, 45), etc.

Siguiendo con el tema que nos atañe, veo con reticencias un espectro del liberalismo que me genera bastantes suspicacias: el desdén que hay sobre cuestiones culturales/históricas. El caso de Marx es paradigmático, ¿para qué leer a un autor en cuyo nombre han fracasado todos los regímenes políticos-económicos que se han implementado?, es más rápido y pragmático leer a Mises y su libro Socialismo. ¿Para qué preocuparse por cuestiones como la experiencia socialista de la URSS?, al fin y al cabo, cayó hace treinta años. Estos son algunos ejemplos, pero hay muchos otros. ¿Hay alguien que dentro del liberalismo español se dedique a analizar obras de arte con dicha perspectiva? Nuccio Ordine en su famoso manifiesto dice lo siguiente, “Sólo el saber puede desafiar una vez más las leyes del mercado” (Ordine 2013, 16). El liberal sumergido en cuestiones económicas (y utilitarias) no tiene tiempo para tales nimiedades, pero son precisamente estas las que provocan un antagonismo cada vez mayor entre el capitalismo y el mainstream intelectual y popular.

Así pues, la cuestión del marxismo y sus presuntas erratas económicas se nos abren como su talón de Aquiles. Sin duda, estos yerros se encuentran en su magnus opus, El Capital, Volumen I (1867), concretamente en su teoría del valor-trabajo. Grosso modo lo que postula el autor es que el valor de una mercancía está determinado por la cantidad de trabajo socialmente necesario[2] para producirla. Se deduce de aquí lo siguiente: de los factores de producción, Marx pone en el centro el trabajo humano. Ergo, el trabajador es el que crea el valor y el capitalista el que se lo queda mediante la plusvalía, todo esto lo vincula con su teoría de la explotación. Luego las mercancías se intercambian por equivalentes de valor, es decir, dos unidades que tengan intrínsecamente un tiempo de trabajo similar, podrán ser intercambiadas por el mismo valor de cambio (precio).

El enfoque de la teoría valor-trabajo es una apropiación de lo esencial del enfoque ricardiano en cuanto al trabajo incorporado, a pesar de que Marx refina el argumento. El de Tréveris introdujo, además, otra restricción a su análisis del valor: la producción para el cambio. Se trataba de un prerrequisito del propio valor, de acuerdo con Barber, “Las formas precapitalistas podían producir bienes, pero según las definiciones marxistas no podían producir ni mercancías ni valor” (Barber 1971, 139). Estos condicionantes mencionados, si eran añadidos, afectaban a los valores de cambio, los cuales, estaban determinados por el trabajo incorporado y socialmente necesario para la producción de los bienes.

A parte del historicismo que desprende la teoría de Marx, su concepción de la Historia es que cualquier estructura social requiere una forma de producción y distribución específica, según él, el valor en la forma de producción capitalista se expresa mediante la dimensión monetaria. En las economías capitalistas, las cosas no se intercambian en los mercados en términos de valor, sino que son producidas como valor en sí mismas.

El Capital es un texto clave para la crítica materialista. Se producen mercancías para vender (cosa característica del capitalismo), entonces, para el productor, el factor trabajo es secundario, sin embargo, el trabajo importa hasta el punto en que produce valor, lo que llama abstract labor y a lo que añade que es una pérdida de tiempo. Posteriormente, Marx desarrolla formas más complejas sobre el valor con el profit form, en el cual, las cosas no son producidas como utilidades, sino específicamente de acuerdo con la cantidad y el éxito del capital (beneficio y la tasa de ganancia).

El economista neerlandés Geert Reuten[3] postula que Marx tiene interpretaciones contrapuestas ya que, si leemos El Capital, nos damos cuenta de que, para el de Tréveris, el valor no solo está determinado por el tiempo de trabajo. Esto es debido a que la cambiante productividad e intensidad del factor trabajo en el Volumen I, problematiza esta noción. Una idea interesante es la de que con la teoría valor trabajo se rompe con la conjetura de la economía política clásica a pesar de que Marx mantiene vestigios de la misma, como la teoría del valor de Ricardo[4].

Uno de los que no podía faltar para tratar este tema es Rothbard, el cual reconoce que la teoría de la explotación y del valor trabajo sí que se aplican en una circunstancia, y que, ni Marx ni sus críticos habían reparado en ello: en la relación entre el esclavo y su amo bajo la esclavitud. Desde que los propietarios tenían esclavos, estos sólo recibían un salario de subsistencia, para vivir y reproducirse, y los beneficios de la producción marginal del esclavo recaían completamente en manos del dueño. Los planteamientos de Marx son expuestos como “One logical path for a radical Ricardian, clearly, was to call for the expropriation of surplus value, and the establishment of a system in which the labourers earn the full value of their product” (Rothbard, 2006, pág. 393).

El austríaco muestra que, en el Capital, Marx tenía que disponer de otros elementos subjetivos reclamantes para determinar el valor. Debía demostrar que el valor era algo objetivamente materializado en el producto. Intentó hacerlo en el I Volumen. Rothbard argumenta que Marx comete un error crucial en el principio de su sistema. El de Tréveris ponía el ejemplo de la mercancía con el maíz y el hierro[5] (M. Rothbard 2006, 409).

De ahí el comentario de que el error está en su fundamento, que dos mercancías sean intercambiables por ellas mismas en una cierta proporción, no significa que por lo tanto tengan el mismo valor y puedan ser representadas por una ecuación. La tradición de Rothbard tiene mucho que ver con los escolásticos salamantinos y por ello, al referirse a esta cuestión de Marx, dice explícitamente que dos cosas son intercambiables entre ellas solo porque son desiguales en el valor que otorgan los participantes en este intercambio, si valieran lo mismo, ¿por qué se hubieran molestado en cambiar los bienes?

Resumiendo, la obra más importante de Marx está minada de errores económicos, pero más allá de eso tiene un valor (¿subjetivo u objetivo?) en tanto en cuanto constituye una crítica de su sociedad y del modelo productivo del s.XIX. En general, los distintos manuales de pensamiento económico que se han consultado muestran una total consonancia en el hecho de que la teoría del valor-trabajo es fruto de los planteamientos de los economistas clásicos, especialmente de Ricardo. También que Marx consideró que el valor era algo objetivo y que sólo era producido por el trabajo humano, en la dificultad de reconciliar la tasa de beneficio con la concepción del plusvalor, etc. El lector atento podrá notar la falta de uno de sus críticos contemporáneos, como por ejemplo, Eugen Böhm von Bawerk y su libro La conclusión del sistema marxiano (1896). Dado que se trata de una crítica coetánea, creo que bien merecería un capítulo para ella sola.

En mi modesta opinión, toda teoría económica tiene sus debilidades, y el investigador, ya sea por motivos ideológicos o escrupulosamente relativos a la búsqueda de resultados académicos, debe exponerlos. La conceptualización marxiana de la economía es a mi juicio, un gigante con pies de barro, puesto que, si se desarticulan algunas de las premisas principales, el cuerpo entero se desmorona. Por ejemplo: si se cuestiona el denominador común que atribuye Marx a las mercancías que participan en un intercambio, es decir, el trabajo socialmente necesario, concepto vago y endógeno a la demanda, dado que no hay ninguna unidad homogénea de trabajo abstracto, se ven sus vacíos. Otro argumento sería que no sólo el trabajo humano es fuente de valor (¿no lo generarían los animales o las máquinas?). También que el valor de cambio de una mercancía depende del valor subjetivo que los individuos atribuyen a un bien mientras interactúan en el mercado.

Sin duda, más allá de lo que puedan decir los expertos, siempre es aconsejable redirigirse al propio autor y a su obra, siendo conscientes de las limitaciones lingüísticas y de los matices que pueden difuminarse a causa de las traducciones. A mi juicio, la contribución de Marx a la economía, debería estar más presente en las facultades puesto que, la aplicación práctica de esta constituyó el modelo económico imperante en buena parte del globo a lo largo del s.XX (y, en la actualidad, aún quedan residuos del mismo). En consecuencia, a pesar de no estar en boga, es necesario poner en el foco a las economías planificadas (especialmente para mostrar lo que no hay que hacer) y, en este caso, a uno de los máximos estandartes de la crítica al capitalismo.    

Bibliografía

Aron, Raymond. L’Opium des intellectuels. París: Calmann-Lévy, 2014.

Barber, William. Historia del pensamiento económico. Madrid: Alianza Editorial, 1971.

Losurdo, Domenico. Controstoria del liberalismo. Urbino: Laterza, 2005.

Marx, Karl. El Capital. Madrid: Akal, 2000.

—. El Capital. Libro Primero . Madrid: Siglo XXI, 2010.

Ordine, Nuccio. La Utilidad de lo inútil. Barcelona: Acantilado, 2013.

Reuten, Geert. «Value-form theory.» En A Companion to the History of Economic Thought, de Warren Samuels, Jeff Biddle y John Davis, 148-155. United Kingdom: Blackwel, 2003.

Robbins, Lionel. A History of Economic Thought. New Jersey: Princeton University Press, 1998.

Rothbard, Murrat. Classical Economics: an Austrian perspective on the History of Economic Thought (Vol. II). Alabama: Edward Elgar Publishing, 2006.

Rothbard, Murray N. Classical Economics: an Austrian perspective on the History of Economic Thought. Vol. II. Alabama: Edward Elgar Publishing, 2006.


[1] Dejó muchas joyas en su célebre ensayo, como por ejemplo la siguiente, “Ceux-ci jugent volontiers leur pays et ses institutions en confrontant les réalités actuelles à des idées plutôt qu’à d’autres réalités, la France d’aujourd’hui à l’idée qu’ils se font de la France plutôt qu’à la France d’hier. Nulle œuvre humaine ne supporte sans dommage une telle épreuve” (Aron 2014, 193). Ese análisis mantiene una vigencia rampante y es completamente extrapolable a la situación que vivimos actualmente.

[2] El énfasis en la cantidad de trabajo socialmente necesario es crucial para entender lo que escribió Marx. Hay un vídeo recortado del profesor Martin Krause titulado “Cómo responder a un comunista sobre el valor del trabajo”. El economista argentino aduce un ejemplo erróneo, postulando lo siguiente; si yo me dedico a hacer un coche, quizás en dos años tendré en la puerta de mi casa algo que se le parece. Cuando intento vendérselo al vecino, éste responde que para él no vale nada, a lo que respondo que le dediqué muchas horas de trabajo. En resumen, el investigador argentino intentaba demostrar la subjetividad del valor (la cual no estoy negando), pero el ejemplo es completamente erróneo. Cito literalmente al autor de Tréveris, “Sabemos que el valor de toda mercancía se determina por la cantidad de trabajo materializado en su valor de uso, por el tiempo de trabajo socialmente necesario para su producción” (Marx 2010, 226). Se menciona hasta cinco veces el mismo concepto.

[3] Reuten nada sospechoso de ser un greedy capitalist, puesto que estaba vinculado al partido socialista de su país, señala lo siguiente, “I think that the labor-time theory of value interpretation cannot be maintained because too many texts are inconsistent with it. The same applies, however, to a comprehensive monetary value-form interpretation. There are two lines of reasoning within Capital” (Reuten, 2003, pág. 154). Aun así, se reconoce el cambio de paradigma que supone su interpretación y que, deben ser los herederos intelectuales quienes completen estas aportaciones.

[4] Esto mismo es reconocido por el propio Marx en epílogo de la II edición alemana del libro. El profesor de economía política N. Ziber de la Universidad de Kiev, en una obra titulada “Teoría tsénnosti i Kapitala D. Ricardo” (Teoría del valor y del Capital de D. Ricardo) publicada en 1871, había demostrado que la teoría del valor (del capital y del dinero) “era en sus rasgos fundamentales la continuación necesaria de la doctrina de Smith y de Ricardo” (Marx, El Capital 2000, 26-27).

[5] “The proportions in which they are exchangeable, whatever these proportions may be, can always be represented by an equation in which a given quantity of corn is equated to some quantity of iron: e.g., 1 quarter corn  = x cwt.iron. What does this equation tell us? […] in 1 quarter of corn and x cwt.of iron, there exists in equal quantities something common of both. The two things must therefore be equal to a third, which in itself is neither the one nor the other. Each of them so far as it is exchange-value, must therefore be reducible to this third” (Rothbard, 2006, pág. 409). Para dejar clara el punto de Rothbard, citaré lo siguiente: “Marx’s concentration on ‘the commodity’ threw him off from the very start, for the focus should have been not on the thing, the material object, but in the individuals, the actors, doing the exchanging, and deciding whether or not to make the trade” (Rothbard, 2006, pág. 410).

La trampa marxista: La imposibilidad del socialismo y la falacia histórica de la izquierda

Marx era un hombre inmensamente inteligente y culto, pero su odio a la sociedad capitalista y sus utópicos sueños sobre el socialismo lo llevaron por el camino equivocado. Como economista poco hábil, se aferró a la contradictoria teoría del trabajo de Smith y Ricardo, y exageró sus errores en lugar de resolver las contradicciones que ellos mismos también habían identificado; construyó castillos de arena sobre los cimientos equivocados. Y desde entonces, el mayor problema de la izquierda es que permanece atrapada en la trampa creada por Marx.

Desde el punto de vista histórico, la explotación de esclavos y siervos ha sido una experiencia real y amarga en todas las civilizaciones pre-capitalistas. Pero Marx impuso el concepto de explotación a quienes se ganan el pan como trabajadores en el mercado libre, mientras oculta el hecho de que fue el avance de la economía de libre mercado lo que hizo posible que los trabajadores se liberaran y, finalmente, tomaran el control de su propio destino para poder así mejorar su nivel de vida. Para apoyar su teoría de la explotación, ocultó el hecho de que la teoría de la explotación elaborada en su principal obra científica, en primer tomo de El Capital, era una mentira que él mismo conocía. 

Marx, a lo largo del proceso de escritura de El capital, era consciente de que su concepto de explotación era incompatible con la realidad. Lo sabía, porque ante las evidencias de los hechos, abandonó en 1863 la escritura del manuscrito que sería publicado póstumamente por Engels como volumen III de El Capital en 1895. En estos manuscritos abandonados ya sabía que los beneficios no están relacionados con la supuesta explotación de los trabajadores, sino con el capital invertido. Años más tarde de haber abandonado el manuscrito, en 1867, Marx publicó el Volumen I de El Capital con el concepto de explotación, que sabía que no funcionaba.

Los manuscritos de El Capital III fueron escondidos en su escritorio para que no quedara rastro de su fiasco. Así, en lugar de admitir su fracaso, engañó a sus lectores y a su mejor amigo, Engels, con la promesa de que en futuros escritos el problema sería resuelto. Sin embargo, en lugar de buscar las soluciones, comenzó a estudiar química y matemáticas y aprendió algunos idiomas, con lo que la secuela de El Capital quedó inconclusa. Después de su muerte, Engels, ya en su vejez y antes de llevar los manuscritos a la imprenta, se vio obligado a admitir que la teoría de la explotación de Marx era verdadera para la era capitalista preindustrial, pero no para el capitalismo. Es cierto que solo lo hizo en una carta privada, continuando la tradición marxista del engaño y la mentira.

Marx también fue responsable de la idea de que la clase obrera sería la gran fuerza redentora de la humanidad. Después de lanzar públicamente bellas consignas, Marx despotricaba en sus cartas privadas a Engels, contra los obreros y explicaba que su supuesta fuerza redentora no era una acción revolucionaria, ya que solo pensaban en su mezquino bienestar y en sus deseos de integración en la sociedad burguesa en expansión.

Marx, mientras escribía el Manifiesto Comunista, sabía que la burguesía era la causa del dinámico desarrollo y del enorme crecimiento económico del siglo XIX. Pero en El Capital describía a los capitalistas como meros sacos de dinero ociosos. No dijo ni una palabra sobre el verdadero motor del desarrollo dinámico del capitalismo, del empresario que utiliza el capital. Sí mencionó en una frase que muchos capitalistas habían empezado en pequeños talleres y que los primeros capitalistas de la revolución industrial inglesa eran en realidad obreros, artesanos que se aprovecharon de la libertad burguesa y que, con su ingenio, habilidad y energía, se abrieron camino hasta las filas de los ricos y privilegiados. Nunca incorporó este hecho a su teoría.

En su mundo inhumano y falso, el desarrollo se debe a las fuerzas productivas impersonales, concepto que desplaza la fuerza del trabajo personal y del ingenio humano. De este modo, pudo abstraerse del hecho de que la libertad burguesa había creado la posibilidad de que un trabajador pudiera tener una idea y que pudiera ponerla en práctica y obvió el hecho de que si el producto (o servicio) basado en esa idea captaba la atención de los consumidores, entonces ese trabajador podría convertirse en capitalista y ascender a las filas de la élite más rica y respetada.

No es casualidad que su sueño, el socialismo existente, se convirtiera en una terrible dictadura, una máquina burocrática desalmada y cruel, a la que las manías de los altos dirigentes dieron vida a costa de la muerte de millones de personas y de la pobreza de los propios trabajadores a los que se les había prometido un cielo terrenal. ¡Ay de los súbditos si al líder supremo se le ocurría matar a miles de personas de la noche a la mañana, condenarlas a pasar hambre o encerrar a decenas de millones en campos de trabajo! En comparación con estos asombrosos crímenes, la destrucción de aldeas, de núcleos urbanos históricos, el despilfarro de recursos en la producción de productos como el mítico coche Trabant, que fue fabricado durante treinta años sin ninguna mejora del diseño original, no son más que tristes recuerdos de la destrucción del socialismo.

“No era socialismo”, declara la izquierda que no se atreve a admitir que el sueño marxista fue una auténtica pesadilla. Incluso algunos pensadores de izquierdas dicen que era el capitalismo de Estado. Identifican el sueño marxista con el objeto del odio marxista para salvar la esperanza del socialismo en ellos mismos y seguir odiando el capitalismo.

¿Pero ellos, qué entienden por capitalismo de Estado? Una sociedad industrial, nacionalizada y dirigida desde arriba por el líder político. Sí, en algunos aspectos el socialismo existente era similar al Occidente capitalista real: una sociedad industrial y urbana. Entre los líderes comunistas, solo Pol Pot fue lo suficientemente valiente como para emprender la liquidación de esa sociedad industrial y de las grandes ciudades para lograr el socialismo eco-social, lo que requirió el exterminio inmediato de la mitad de la población, la matanza de los intelectuales y de los ciudadanos a los que se consideraban no aptos para el trabajo rural.

Lenin, Stalin, Brezhnev y otros líderes socialistas en cambio, se mantuvieron fieles a la imagen del socialismo marxista modernizador-industrial: llevaron a cabo un proceso de industrialización, construyeron enormes fábricas y crearon nuevas ciudades industriales desde cero. Incluso intentaron convertir las aldeas en un asentamiento industrial, eliminando las odiadas explotaciones campesinas individuales. Aparentemente, el socialismo se asemejó al capitalismo en que también era una civilización industrial: ciudades impersonales, enormes fábricas llenas de trabajadores, dirigidos por los directores, como si fueran tornillos de producción necesarios pero reemplazables. Y, por supuesto, también tenían la necesidad de acumular de capital. Las sociedades socialistas satisfacían las enormes necesidades de maquinaria de la producción industrial a gran escala robando la riqueza de la población y manteniendo bajos los ingresos de los trabajadores. Solo Stalin y sus clientes podían tener dachas, palacetes rurales con sirvientes. Caucescu tenía un aseo de oro. El resto de la gente tenía que hacer colas interminables durante horas delante de las tiendas para comprar un simple trozo de pan.

Por ello, a mucha gente que vivió bajo el régimen socialista le parecía que el grado de explotación que padecía era incluso mayor que el de las sociedades capitalistas. El Estado torturaba a los trabajadores con mano de hierro y, para bien o para mal, azotaba a la gente para que trabajara como si fueran verdaderos esclavos, esta vez esclavos del Estado. Muchos trabajadores no tuvieron suerte, y su destino fueron las cárceles, los campos de trabajo o incluso las condenas a muerte.

Pero una sociedad capitalista no es equivalente a una sociedad industrial, aunque haya sido precisamente el capitalismo el que ha permitido una rápida sucesión de nuevos inventos y revoluciones industriales que han transformado el mundo feudal en una verdadera sociedad industrial. La población de los países en donde fue implantada una economía de más o menos libre mercado se ha librado de la miseria general. Hoy en día los trabajadores ya no tienen que temer el hambre y el frío. Y gracias a este verdadero desarrollo, los intelectuales de izquierda pueden permitirse el lujo de quejarse del consumo excesivo de los trabajadores, que amenaza al mundo y socava su conciencia de clase.

La esencia del capitalismo es la libertad, no el capital ni las fábricas. Es la libertad del individuo sobre su propio cuerpo y sus sueños, para aumentar su conocimiento y habilidades y utilizarlos según sus deseos e inclinaciones. Las civilizaciones de las épocas precapitalistas despreciaban a los trabajadores y limitaban su creatividad. Los trabajadores estaban esclavizados o sometidos a diversas formas de servidumbre. La servidumbre daba poco o ningún margen para utilizar su propio espíritu empresarial innovador.

El nacimiento del capitalismo industrial se debió a que, en el ambiente más libre de la Inglaterra de los siglos XVII y XVIII, cualquier trabajador, el artesano ingenioso, el comerciante emprendedor que sentía ante él una oportunidad, podía por fin hacer algo para mejorar su suerte. Esta libertad permitió por fin a los artesanos, a los hábiles trabajadores, innovar y apartarse de miles de años de métodos de trabajo tradicional e introducir nuevos productos. Al hacerlo, pudieron obtener beneficios y vivir mejor.

Carl Menger resolvió el enigma que Adam Smith había planteado pero que dejó sin resolver, explicando que la búsqueda del beneficio individual se convierte en un acto para el bien común como si la mano invisible del Cuidador guiara al hombre. Según la teoría de Menger, el valor de las mercancías llevadas al mercado está determinado por el juicio de valor de los compradores, no por el trabajo invertido por el productor, como pensaba Marx. Por ello, el empresario es, de hecho, metafóricamente hablando, el servidor del comprador: su beneficio depende de su capacidad para adivinar las necesidades y deseos del futuro comprador. Si pone en el mercado un producto para el que no hay demanda, por mucho trabajo y capital que haya invertido en él, el valor de ese producto es cero. Y si el empresario no puede recuperar al menos el valor del capital invertido, se verá obligado a abandonar la producción de ese producto y a buscar un nuevo medio de vida. Pero si el empresario introduce en el mercado un producto que tiene demanda, entonces todos se benefician: los compradores se van a casa contentos porque han podido comprar algo que necesitaban, y el productor obtiene un beneficio. Al reinvertir el beneficio, el empresario puede aumentar la producción para satisfacer otras posibles demandas y, al mismo tiempo, obtener aún más beneficios. Es como si la mano de la Providencia actuara de esta manera: tanto el empresario como los consumidores se benefician, y todos encuentran una mejor y más amplia satisfacción de sus necesidades.

Por esta razón, llamar al socialismo capitalismo de Estado es una mentira caricaturesca. La esencia misma del socialismo existente, el sueño marxista, es que ha privado a la gente creativa de su libertad, y ha bloqueado los mercados en los que los empresarios innovadores habrían podido satisfacer la demanda de los consumidores. En su lugar, ha creado corporaciones gigantescas centralizadas y cooperativas agrarias. Todo el mundo se convirtió en esclavo del Estado. Sólo una persona era libre: el planificador central, que era el jefe del partido totalitario del Estado. El líder adorado, cuyos deseos e ideas controlaban la vida de las personas que habían sido reducidas al papel de esclavos del Estado. El socialismo no era “capitalismo”, aunque fuera una sociedad industrial y urbana. Era más bien una extraña mezcla de sociedad feudal y esclavista centralizada e industrializada, sostenida por el terror de la policía secreta.

Desgraciadamente, muchísimos miembros de la izquierda actual no se atreven a enfrentarse a la bancarrota del marxismo. Incluso hoy siguen pronunciando etiquetas marxistas descaradamente falsas como “explotación”, “clase obrera”, “capitalistas”. Su tema principal es regular el “capitalismo”, reducir el grado de “explotación”, gravar a los “ricos” y a las empresas para destruir a los “capitalistas”. Estas medidas son usadas precisamente para limitar la posibilidad de que nuevos empresarios surjan de la nada y se conviertan en ‘capitalistas’ al ser capaces de atender las necesidades de los consumidores mejor que las empresas existentes. Impiden que los trabajadores se beneficien de una mayor demanda de su trabajo y de una mayor oferta de productos más baratos y mejores.

La esencia del mercado libre, el capitalismo es la libertad del hombre pensante, creativo y trabajador, no el capital. La existencia de los mercados y la competencia obliga a los empresarios a servir a los consumidores y crea incentivos que producen beneficios mutuos produciendo riqueza y una mejor vida para todos.

Catolicismo, protestantismo, comunismo, capitalismo

En las redes circulan ‘opiniones’ identificando al catolicismo con el socialismo y marxism0 y al protestantismo con el capitalismo. La raíz de este planteamiento dicotómico representada en la imagen es frívola y falsa. Un atrevimiento. A mí me entristece. Aunque puede haber de todo en ‘las viñas’. En ambos contextos religiosos, en su perspectiva más material y social, ha habido y hay un gran caudal de pensamiento y de personas directamente contrario/as, y ponen reparos, al socialismo y al marxismo. Y no es igual, no es así respecto al capitalismo. Respecto a ésta forma de sistema socio económico la posición es más favorable o menor la entidad de los reparos.

Los Papas se han pronunciado respecto al liberalismo, capitalismo y al socialismo y comunismo. Ambos sistemas reciben sus reparos, aunque no es el mismo.

El socialismo y el comunismo real recibe la condena con Pio XI en 1931, en QA (117, 120), pero mucho antes ya el papa Pio IX en 1849 en (Nn 17) y en 1846 (QP), antes de que Marx sacara su manifiesto comunista en 1948, había advertido respecto estos sistemas. El socialismo y el comunismo real tienen muy serios reparos porque son un sistema ideológico contrario a la revelación cristiana, es decir, como sistema ideológico se trata de una concepción de cómo tendría que funcionar la humanidad e intentan llevarlo a la realidad imponiéndolo, quitando la libertad. Pues priva a la persona de su libertad en “beneficio” de la colectividad e imponiéndole la renuncia a toda aspiración a la trascendencia, la encierra en una perspectiva terrena y dirigida. ¿Se sostiene el ‘beneficio” colectivo privando a la persona de su libertad? Pues creo que no, ni eso, ni el beneficio individual, ni el colectivo. No existió, no existe ni existirá “el paraíso terrenal” comunista prometido por Marx. Su profecía se ha revelado falsa por ser un sistema insostenible y empobrecedor ya a corto y medio plazo, aunque por la fuerza haya sido mantenido en el tiempo con sus nefastas consecuencias medibles.

Respecto al capitalismo y la economía de mercado la iglesia hace una distinción. El papa Juan Pablo II en (CA 42b) dice: “Si por capitalismo se entiende el papel fundamental y positivo de la empresa, del mercado, de la propiedad privada y de la consiguiente responsabilidad para con los medios de producción, la libre creatividad humana en el sector de la economía, la respuesta es ciertamente positiva… Pero si por capitalismo se entiende un sistema en el cual la libertad, en el ámbito económico, no está encuadrada en un sólido contexto jurídico que la ponga al servicio de la libertad humana integral y la considere como una particular dimensión de la misma, cuyo centro es ético y religioso, entonces la respuesta es absolutamente negativa.” Mi impresión valorativa sigue la relación entre libertad, justicia, economía y política. La justicia debe cuidar a la libertad y la economía debe cuidar de la correcta política. Aunque a veces se descuidan.

Por otro lado, apreciamos cuando leemos a los primeros ‘economistas’, incluso anteriores a A. Smith, de la Escuela de Salamanca, como el historiador sacerdote Juan de Mariana (1536-1624), o al mismo A. Smith que escribió ‘la teoría de los sentimientos morales’ además de ‘la riqueza de las naciones’, cuando leemos a Mises en la Acción Humana, cuando leemos a León XIII en la RN, tratando `la cuestión social` no argumentan en términos de pugna mutua (lucha de clases), sino mediante la interdependencia entre agentes libres y distintos, con objetivos distintos, sujetos a restricciones endógenas y exógenas de manera que van actuando y van, vamos, tomando decisiones en búsqueda de acuerdos que se plasman en intercambios voluntarios, no impuestos.

En el marxismo las decisiones en cantidades y precios no las determinan las interacciones voluntarias entre personas libres buscando optimizar sus objetivos. Los objetivos los definen desde la imposición planificada centralmente desde lo público, en planes anuales o quinquenales, … Un trágala atroz. La persona es un factor, como persona, individuo, libre e integral no existe, su función es la de factor de producción. ‘El hombre queda reducido así a una serie de relaciones sociales, desapareciendo el concepto de persona como sujeto autónomo de decisión moral’ (CA, 13), S. Juan Pablo II.

Por otro lado, en el socialismo, aunque no haya planificación central, existe una multitud de intervenciones gubernamentales en los mercados. Estas intervenciones intentan o pretenden mejoras sociales estableciendo precios máximos o precios mínimos, regulando salarios, los precios de la energía, de materias primas, los tipos de interés, dando subvenciones a diversas industrias o grupos sociales, recargos o bonificaciones fiscales, etc.; así como recurriendo de forma permanente, con ávida adicción, al déficit público, lo que normalmente conlleva un crecimiento continuo de la deuda pública.

Estas políticas y reacciones de los agentes, sean tomadas por católicos o por protestantes, normalmente generan ineficiencias plasmadas en una menor actividad socio económica, aumentan el paro y reducen la riqueza.

La causa primigenia de ello no son las creencias religiosas, ciertamente coincidente con sus matices entre ambas lecturas dentro del cristianismo. Es la pretensión de fijar los precios de los bienes de manera discrecional por los gobiernos y la reacción espontánea de los agentes económicos a estas medidas.

Éste es el punto, muchos políticos y no políticos afirman que lo que hace falta es “voluntad política”, que con voluntad política “sí se puede”, y con estos eslóganes logran seducir a muchas personas. Los ‘fallos del Estado’ suelen ser mucho más graves que los ‘fallos de mercado’.

Ciertamente el sector público cobró mucho protagonismo tras la crisis de demanda que siguió al crack de 1929. En dicha crisis muchos creyeron ver la constatación del fin del “modo de producción” capitalista profetizado por Marx. Pero este fin no se produjo. Siguiendo la “orientación” de JM Keynes, el sector público ha cobrado con el tiempo un protagonismo tremendo, no sólo por su actividad legislativa en materia económica sino por su implicación directa en la producción de bienes y servicios y la cuantía del gasto. Aquella crisis de demanda fue resuelta en una economía en la que el sector público tenía un peso raquítico en comparación con el privado. En una crisis de esta clase se podría entender el tirón desde el sector público, pero el margen de maniobra de este sector merma por “asfixia” conforme crece su proporción en el PIB, porque la financiación del mismo puede “apabullar” y “sofocar” al sector privado, que es la fuente de financiación de todo lo público. Esto lo sabemos desde la economía, pero desde la política pueden intentar ignorar esta restricción apelando a la “voluntad política” y a los bolsillos y patrimonios ajenos. Todos somos conscientes de la cada vez menor laxitud de las restricciones derivadas de la escasez de recursos financieros, nos percatamos por la evolución de las primas de riesgo de la deuda soberana acumulada, que ya alcanza un 120% del PIB anual. Resultado derivado de la crisis de confianza en las instituciones financieras.

Bajo el capitalismo y el mercado, de bienes y servicios, de trabajo, de activos financieros (dinero, bonos y divisas), ¿es verdad que las cosas fluyen de mejor manera? Desde luego el mercado como mecanismo de asignación de recursos, como mecanismo de búsqueda de los acuerdos de intercambio voluntario entre personas libres, es la mejor de las garantías entre los experimentos llevados a cabo. Si yo tuviera responsabilidades políticas y le dijera una mañana a mi esposa: ¡lo tengo decidido, voy a fijar los precios y las cantidades de todos los bienes, servicios y factores! Su respuesta sería, con toda firmeza, ¡’loco, tú hoy no sales a la calle’! Las posibilidades de los mercados son indudablemente superiores a las asignaciones a dedo por colas o por racionamiento, aunque siempre hay que estar pendientes por si se producen conflictos entre los objetivos de libertad y justicia y las “leyes” de la economía y la política. Tenemos que estar atentos, como indica la encíclica de Juan Pablo II (CA 42b), en el cuidado de “un sólido contexto jurídico al servicio de la libertad humana integral…”

En esta clase de conflictos tienen un protagonismo especial las connivencias entre empresas y gobiernos, entre los que dirigen las grandes empresas y los políticos en connivencia, sobre todo cuando se trata de empresas con ‘poder de mercado’. En el arte de la economía y la política no debe haber margen para la ingenuidad. Y en la imagen que aparece al principio de este artículo hay mucha ingenuidad y estupidez con doblez de intención. Se necesita una gestión en la que cada quien tenga el arte y la sensibilidad de ver ‘la belleza’ del otro. No en vano, el otro para el otro soy yo. Y la verdad es que reconozco, como indiqué, que si la justicia cuida de la libertad y la economía cuida de la política  las cosas marchan mejor.

En un debate me indicó un conocido, “estoy muy de acuerdo con usted. Pero cuando el papa era Juan Pablo II creo que nadie osaría poner ese símbolo de la imagen, Francisco y su discurso, ese es el problema… que usa terminología de izquierda para hablar de temas económicos y políticos…”. 

En un debate me indicó un conocido, “estoy muy de acuerdo con usted. Pero cuando el papa era Juan Pablo II creo que nadie osaría poner ese símbolo de la imagen, Francisco y su discurso, ese es el problema… que usa terminología de izquierda para hablar de temas económicos y políticos…”. 

La osadía siempre aparecerá en alguien por lo que diga o deje de decir cualquier papa. La verdad es que, como dije a principio, la imagen me entristece por su falsedad y perversidad. Pero tranquilos por eso. A Juan Pablo II también le criticaron cuando estaba en su puesto, por su posición ante el aborto y la eutanasia, y muchos comunistas y socialistas occidentales por su posición contra el comunismo por él experimentado, por su teología del cuerpo, por sus puntualizaciones sobre el capitalismo, por su oposición a la “ideología de género” … Así y todo, con su capacidad de convocatoria y seducción, cautivó a los jóvenes y a los mayores por igual.

Los papas y el cristianismo tratan los asuntos materiales y espirituales que nos mueven en nuestro interior como personas libres, sin perder el sentido de la trascendencia (el cielo) y sin pretender imponer sus creencias a nadie. ‘Dios es un caballero’ y su Iglesia podrá proponer, podrá sugerir, pero nunca, nunca imponer. Cuando se ha pretendido imponer algo inapropiado y se ha hecho desde la religión, ello ha sido causa de daños por los cuales los papas Juan Pablo II y Francisco han tenido el coraje de pedir públicamente perdón. El fallo en la gestión humana nos acompaña siempre. Nos caemos y nos levantamos.

El mundo cristiano, católico o protestante, Occidente, tiene sus raíces en las tradiciones judeocristiana y grecorromana. Pero es verdad que, estando atentos a todo, muchas veces en Occidente también se bebe y se vive “como si Dios no existiera,” “en el ardiente afán de novedades.” sin ser de izquierdas; o bien, se bebe y se vive así mismo de los postconceptos surgidos del ‘marxismo cultural’ tras la caída del muro de Berlín en 1989. Algunos, quizá muchos, desenfocan el análisis y quieren escuchar en Francisco cosas que el Papa dice mirando ‘al cielo’ y pisando el suelo. Si a Francisco se le escucha sin mirar ‘al cielo’ puede no entendérsele y ello es normal y debe aceptarse. Las interpretaciones son múltiples y la confusión aumentan el ruido. Es lo que hay. Los papas hablan no solo a los católicos, muchas veces se indica en sus textos que van dirigidos a las personas de buena voluntad. Pero ¿quiénes son estas personas? Para mí son todos los humanos.

Normalmente, la gente no se levanta por la mañana decidida a hacerse o a hacer daño, a menos que padezca algún trastorno mental. Pero, eso sí, los economistas, juristas y políticos cristianos tenemos una responsabilidad compartida y debemos apoyar al papa en su permanente ejercicio de discernimiento. Muchas conversaciones sobre ello he tenido con profesores, especialmente menciono aquí las que he tenido con mi querido compañero de departamento de la ULL el Dr. Eduardo Martínez Budria y con mi maestro de la UVA el Dr. José Miguel Sánchez Molinero.

Los cristianos, católicos y protestantes, con sus debilidades y fortalezas, tratan el compartir, la caridad, la ‘caritas’, a distintos niveles y siempre voluntariamente, nunca imponiéndola, ejerciéndola con discernimiento en libertad. Siempre sujetos a las restricciones exógenas vigentes (restricciones fiscales, monetarias, etc.); y también, por otro lado, a las restricciones propias de cada cual, las que cada quién se marque a sí mismo en su libre ejercicio solidario, con sus propios recursos económicos, con su bolsillo y patrimonio, no con el ajeno. Y en cada nivel de ejercicio de la caridad, el cristiano está llamado a realizarse, a ejecutarse de tal modo que ‘no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha y/o viceversa’.

Los papas apelan a esto, a despertar y avivar esta conciencia que libera y engrandece a quien la practica con alegría y explicitan el premio anunciado: ‘recibirás el ciento por uno’, eso sí con persecución. Estos creo son los puntos que fundamentan la posición de los papas: 1) El anuncio de la Buena Noticia, esto es, la predicación del Evangelio. 2) La libertad religiosa, es decir, la no imposición de la Fe a nadie. 3) La caridad con los recursos propios de cada uno, alentando la sensibilidad plasmada en el principio de ‘preferencia por los pobres’. 4) El principio que inspira toda la doctrina social de la Iglesia, resaltado por Juan Pablo II en su encíclica Laborem excersens; a saber, “La prioridad del trabajo sobre el capital y la exigencia de que el capital y los instrumentos de producción estén siempre al servicio del trabajo y del hombre,” lo cual conlleva el respeto a la dignidad humana por encima de todo.  Y 5) ‘Dejar a Dios ser Dios’, esto es, dejar que Dios cumpla sus planes con respecto a cada uno de nosotros, aunque nosotros no podamos entenderlos. Mi opción es el discernimiento en cada momento con los pies en el suelo y mirando, con mucha Esperanza, “al Cielo”. Ánimo y a Servir.

La concepción del Estado y la democracia en la teoría marxista

Hace escasamente un mes se originó en Twitter, a raíz de unas declaraciones de la Ministra de Trabajo sobre comunismo y democracia, un interesante debate acerca de la concepción del Estado y la democracia liberal en la teoría marxista. Leyendo a ciertos marxólogos como Callinicos (2011), se me ocurrió profundizar en el asunto y tratar de expandir mi argumento sobre por qué el marxismo clásico y la democracia liberal son antagónicos y se repelen entre sí por sus propias bases teóricas. No es poca la influencia de las ideas marxistas en el campo de la teoría democrática, siendo más relevante incluso la fuente de la que emana dicha teoría en la escuela marxista: la concepción del Estado por parte del filósofo prusiano.

La concepción de Estado y democracia en la teoría marxista van inextricablemente unidos al funcionamiento del sistema capitalista y las teorías de Marx en torno a este. La idea principal de Marx en este sentido es que la existencia de un gobierno democrático es imposible en una sociedad capitalista. Según Marx, la concepción liberal del Estado (Locke, Mill…) es una mera ilusión, debido a que la libertad formal y la igualdad ante la Ley y en materia de derechos individuales se verían afectados por efectos parciales de las medidas de ese mismo Estado, que nunca serían neutrales, debido a la imposibilidad de la “neutralidad estatal”, tan perseguida en ocasiones por muchos liberales. Acorde a la teoría marxista, el Estado defendería los intereses de la clase capitalista, ya que esta sería a su vez la base material de la propia estructura estatal.

Es por ello por lo que Marx ve las capacidades transformadoras de movimientos como el del sufragio universal como extremadamente constreñidas por la desigualdad existente entre las diferentes clases sociales y las consecuencias propias de dicha estructura de clases en lo referente al acceso al poder político y socioeconómico, encontrándose íntegramente ligados, según Marx. Marx, por tanto, se opone frontalmente a la democracia representativa y pone constantemente en tela de juicio su funcionamiento y estructuras. Para Marx, las elecciones y el voto son un medio incapaz de controlar los poderes del Estado o variar mínimamente su funcionamiento. Marx ve al Estado meramente como un ente coordinador de una sociedad de clases en pro de la clase dirigente, siendo esta la poseedora del poder económico.

Una de las obras de las que creo que más se puede extraer acerca de la concepción marxista del Estado es El 18 Brumario de Luis Bonaparte (1852). Dicha obra analiza la llegada y asentamiento en el poder de Luis Bonaparte entre 1848 y 1852, describiendo los medios a través de los cuales el mandatario francés logró acumular poder y centralizarlo en el ejecutivo, erosionando la capacidad de influencia de la sociedad civil sin poder económico sobre el destino de la nación y el funcionamiento del Estado. En este libro, Marx elimina cualquier halo de bondad o benevolencia de la figura del Estado y lo representa como un agente político que ejerce coerción sobre la sociedad civil de manera constante y cuyas acciones no dependen de los designios ni deseos de esta. Para Marx no es la sociedad civil la que modela al Estado, sino que son el Estado y sus múltiples instituciones asociadas las que constriñen los poderes de la sociedad civil (tanto en el plano económico como político) y la modelan al antojo de los planes de este gran ente, situándolo como uno de los principales agentes de la superestructura.

Marx ve al Estado como una fuerza coercitiva y coaccionadora de la sociedad civil por la influencia que sobre él ejerce la clase económicamente dominante. El Estado previene cualquier movimiento social contrario a los poderes establecidos, reprimiendo cualquier fuerza que trate de alterar el orden políticamente predominante, como sería el caso de la revolución proletaria. El Estado, por lo tanto, funcionaría como un mecanismo de defensa y protección de los poderes fácticos y no un mecanismo de coordinación de los intereses y designios de la sociedad. La tesis principal de Marx en lo que respecta su concepción del Estado se basa en que, en un orden económico de carácter capitalista, el Estado jamás podrá llegar a ser independiente de la clase económicamente dominante, es decir, de aquella que controla los medios y procesos de producción, ya que el poder y continuidad del Estado dependerían en gran parte de las bases materiales de la sociedad, como ocurrió en el caso de Luis Bonaparte y su protección de los intereses económicos y el poder material de la clase capitalista durante la Segunda República en Francia.

Para Marx la distribución del poder económico va estrechamente ligada a la distribución del poder político (un asunto que recientemente ha tratado Thomas Piketty desde una renovada perspectiva). Tal y como Marx pone de relieve en el Manifiesto Comunista (1848), el Estado ejercería de mero comité coordinador de los intereses de la burguesía, sirviendo para resolver conflictos de interés entre distintas facciones del poder económico y coordinar las diferentes fuerzas que conforman a este. El limite de acción del Estado, de acuerdo con la teoría marxista, sería aquel en el cual la actuación del ente estatal tuviera efectos perniciosos para la acumulación de capital en la economía, ya que estaría erosionando las bases materiales del propio Estado, siendo las relaciones de producción la principal brújula de la acción estatal. Por ello, Marx cree que los mecanismos constitucionales de control y limitación del poder del Estado, propios de las democracias liberales, no son más que un sistema de legitimación y defensa de los intereses de la clase capitalista. Por lo tanto, el marxismo clásico argumenta que la libertad propia de las democracias de corte liberal no es más que un elemento puramente formal, ya que la igualdad material sería un eje fundamental para la verdadera construcción de la libertad de la sociedad civil y, hasta que dicha libertad real no sea alcanzada, no se podría construir una verdadera democracia. Siguiendo esta línea argumental, las tesis marxistas defienden la necesidad del derrocamiento del sistema capitalista y sus estructuras previamente a la instauración de la democracia real, únicamente realizable en el sistema comunista.

Llegados a este punto debemos tratar de entender cual es el concepto de democracia en el marxismo y que implicaciones políticas tiene. La realización de la democracia, en la teoría marxista va inextricablemente ligada a la llegada al estadio del comunismo, basando la idea de libertad en una planificación económica centralizada, la eliminación de la propiedad privada de los medios de producción y su colectivización, y la obligación de trabajar, llegando así a una igualdad material relativa (“De cada cual, según sus capacidades; a cada cual, según sus necesidades”), que llevaría a la realización plena de la libertad. Es decir, frente a la democracia liberal y representativa, Marx propone un modelo de democracia obrera y participativa (entendido esto último como algo muy cercano a ciertos modelos de democracia directa). Un caso en el que dicho modelo fue aplicado prácticamente en su plenitud fue la Comuna de París, en la que todos los políticos y funcionarios públicos permanecían en un estatus de permanente revocabilidad. Marx reniega completamente del modelo de democracia representativa y teoriza un modelo en el que la participación de la ciudadanía en la política no es únicamente un derecho, sino una condición sine qua non para el correcto funcionamiento de la democracia participativa.

Finalmente, a lo largo de los últimos 170 años, no todos los marxistas permanecieron en estas posiciones, y muchos teóricos de la segunda y tercera Internacional, como es el caso de Eduard Bernstein, teorizaron un revisionismo marxista que aceptaba las instituciones y funcionamiento propios de la democracia representativa, defendiendo la idea de que dichos elementos podrían proveer de poder de emancipación a la clase obrera a través de la representación política y la canalización de los intereses del proletariado mediante los partidos. Pero ese, es tema para otro artículo.

Referencias:

Callinicos, A. (2011). The revolutionary ideas of Karl Marx. Haymarket Books

Engels, F., & Marx, K. (1848). Manifiesto comunista. Alianza Editorial.

Marx, K. (1852). El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte. Alianza Editorial.