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Etiqueta: Mercado laboral

La automatización de los servicios de reparto: ¿amenaza o solución?

Hace unos años hubo un encendido debate sobre si los kioskos de autoservicio (esas pantallas táctiles para hacer pedidos) estaban robando puestos de trabajo en los restaurantes de comida rápida, pese a que en el subconsciente colectivo ser “cajero del McDonalds” era considerado el trabajo con menor estatus en nuestra sociedad. Hoy el debate ha evolucionado, y es que parece que en unos años los riders podrían sufrir un destino parecido de la mano de pequeños robots autónomos que entregan a domicilio.

Estonia, el nuevo referente europeo

Recientemente, estuve de viaje en Estonia, un país al que muchos liberales miran con una paradójica mezcla de envidia y admiración. A menudo citada como un ejemplo de pragmatismo económico por los defensores de políticas liberales, Estonia ha logrado, a pesar de su modesta extensión territorial y población, posicionarse como una vanguardia en innovación y digitalización. Su atractivo régimen fiscal, caracterizado por la ausencia de impuesto sobre los beneficios reinvertidos, ha fomentado un clima de inversión y emprendimiento vibrante.

Sin embargo, la receta del éxito estonio va más allá de los impuestos bajos. Una apuesta temprana y decidida por la digitalización de la administración pública y los servicios, la simplificación burocrática extrema y una mentalidad abierta a la adopción de nuevas tecnologías han creado un ecosistema único. Esta combinación de políticas promercado con una visión de futuro tecnológica ha permitido que florezcan startups innovadoras y que se atraiga talento internacional, demostrando que la audacia en las reformas y la inversión en capital humano digital pueden catapultar incluso a las naciones más pequeñas al liderazgo económico y tecnológico.

Recuerdo que con mis amigos nos estuvimos refiriendo a Estonia como la Andorra del báltico, y parece que el tiempo ha tornado la broma en hecho.

Una de esas empresas estonias que supo aprovechar este entorno fue Bolt, que como Uber, tiene también de un servicio de entrega de comida a domicilio: Bolt Food. Algo que me pareció muy curioso (y no voy a mentiros, también adorable) fue que las entregas de Bolt Food las realizasen pequeños robots autónomos, que desde lejos se veían algo así como un cruce entre un coche teledirigido y Wall-e, el entrañable robotito de Pixar. En lo personal, como laboralista en ejercicio activo, estos repartidores mecanizados me dieron mucho que pensar, y es que en su momento la aparición de los repartidores de aplicaciones de comida cambió el panorama del derecho laboral español.

El impacto de la “ley rider”

La famosa sentencia sobre los repartidores de Glovo marcó un punto de inflexión al cuestionar la figura del trabajador autónomo en el contexto de las plataformas digitales. El Tribunal Supremo, en varias resoluciones, determinó que la relación entre Glovo y sus repartidores no era de un trabajador independiente, sino de un empleado por cuenta ajena. Argumentó que Glovo ejercía un control significativo sobre la actividad de los repartidores a través de la geolocalización, la asignación de pedidos, el sistema de puntuación y la organización del servicio, elementos propios de una relación laboral y no de una autonomía real.

Esta jurisprudencia sentó un precedente importante, impulsando la promulgación de la conocida como “Ley Rider” y obligando a las plataformas a reconocer los derechos laborales de sus repartidores, transformando así el concepto de autónomo en este sector específico de la economía digital española.

Ante una jurisprudencia tan vehemente, uno no puede sino pensar que aquellos que criticaban las condiciones laborales de los repartidores se alegrarían de que un trabajo tan penoso y tan mal regulado no tenga que ser llevado a cabo por personas. Diantres, creo que todos podemos estar de acuerdo en que la introducción de maquinaria pesada controlada remotamente supuso el fin de un trabajo históricamente tan duro como el de la minería. Nos encontramos con escenarios similares, ¿no?

Resulta llamativo observar la reciente controversia suscitada por la incursión de robots autónomos en el reparto a domicilio, especialmente cuando la crítica más vehemente proviene de sectores políticos que, paradójicamente, abogaron con fervor por la regulación de los repartidores de plataformas como Glovo.

Esta aparente contradicción revela una profunda paradoja en su visión del progreso y el mercado laboral. ¿Acaso la mejora en la eficiencia, la reducción de costes para el consumidor y la propia evolución tecnológica deben frenarse en aras de una concepción estática del empleo?

La insistencia en demonizar la automatización, contrastada con la previa demanda de intervención para proteger a los trabajadores de las apps, sugiere que la preocupación subyacente no reside en las condiciones laborales o los derechos de los consumidores, sino en una agenda más ideológica: la creación artificial de puestos de trabajo como un fin en sí mismo y la perpetuación de un conflicto capital-trabajo que justifique su continua injerencia en la economía.

Tres falacias para un dilema

Como ya he señalado, ¿os imagináis a un sindicato enviando a los mineros de nuevo a las minas porque qué dicen que los robots roban puestos de trabajo? Estaríamos ante un auténtico disparate, ¿verdad? Históricamente, la extracción de carbón y otros minerales era una labor extremadamente riesgosa, con derrumbes, explosiones de gas metano, enfermedades pulmonares (como la silicosis) y accidentes frecuentes que causaban numerosas muertes y lesiones graves.

Salvando las diferencias, no puedo evitar pensar en el reparo que uno siente, cuando se abstiene de pedir comida a domicilio, cuando las condiciones climatológicas son adversas o en el peor momento de una crisis como la del coronavirus, condiciones que un robot repartidor puede capear sin problemas.

La obsesión por crear puestos de trabajo a través de la regulación o la oposición a la automatización representa una forma de intervencionismo estatal que distorsiona el mercado laboral, conduciendo a una mala asignación de recursos y a una menor eficiencia económica general. No hay que olvidar que al final del día el trabajo es un medio para alcanzar la producción de bienes y servicios que satisfagan las necesidades y deseos de los consumidores. Por lo tanto, forzar la creación de empleos innecesarios, como Keynes sugirió irónicamente con su ejemplo de cavar y tapar zanjas, desvía recursos valiosos y reduce la productividad global.

Como señaló Schumpeter, con su destrucción creativa; nuevas tecnologías y métodos de producción desplazan empleos obsoletos, pero al mismo tiempo crean nuevas oportunidades y roles que a menudo son más cualificados y mejor remunerados.

Esto me lleva a la segunda falacia, y es que estas innovaciones suponen una pérdida para todos, salvo para el empresario, cuando la realidad es que el objetivo de la actividad económica es la satisfacción del consumidor al menor costo posible. Los consumidores tienen derecho a beneficiarse de los avances tecnológicos a través de precios más bajos y mejores servicios. Impedir la automatización para mantener empleos artificialmente infla los costes y restringe las opciones de los consumidores. Las empresas tienen el derecho a adoptar las tecnologías que consideren más eficientes para ofrecer sus productos y servicios. Restringir esta libertad en nombre de la creación de empleo es una violación de sus derechos de propiedad y de la libertad contractual.

Como alguien que ha vivido una era en la que lo único que podías pedirte en casa eran pizzas, no me resultaba descabellado el progresivo encarecimiento de los servicios de reparto a domicilio, pues no hay que olvidar que el repartidor debe cobrar su comisión y el restaurante ha de sacar beneficio. La automatización puede liberar a los individuos de trabajos tediosos y peligrosos, permitiéndoles dedicarse a actividades más productivas, creativas o incluso al ocio, lo que en última instancia puede enriquecer la sociedad. La especialización y la división del trabajo se ven impulsadas por la tecnología.

Finalmente, nos encontramos con la última falacia, y es que toda esta lucha contra la innovación y el progreso se amparan bajo el estandarte de la protección al trabajador, cuándo en realidad se trata del viejo deseo de enfrentar dialécticamente a trabajadores y empresarios. La resistencia al progreso tecnológico, disfrazada de protección laboral, revela una estrategia preocupante.

Al demonizar la automatización y los avances como la robótica en el reparto, se fomenta artificialmente una narrativa de conflicto irreconciliable entre empresarios ávidos de eficiencia y trabajadores amenazados por la obsolescencia. Esta confrontación orquestada no es más que una cortina de humo para justificar una mayor intervención estatal en la economía. Los burócratas y legisladores, erigiéndose en los supuestos protectores de la clase trabajadora, encuentran en esta lucha un pretexto para expandir su poder regulatorio y perpetuar su propia existencia (con los generosos salarios públicos que eso implica), financiados a través de los impuestos que gravan la productividad y la innovación.

En última instancia, esta persecución del progreso no busca el bienestar general, sino la consolidación de una clase política que se beneficia de la fricción económica y la limitación de la libertad empresarial y de elección del consumidor. Esos mismos políticos luego querrán implementar una jornada laboral de cuatro días sin querer aumentar la productividad o la competitividad, lo que en última instancia es como comer carne por el vegetarianismo.

Así pues, si algún día tu pedido de sushi llega sobre las ruedas de un entrañable robotito, no pienses que nos estamos adentrando en un futuro distópico en el que los seres humanos seremos declarados obsoletos. Por el contrario, considera que hemos dado un paso hacia una economía más eficiente que nos hará a todos un poco más ricos. 

¿Es viable la Jornada Laboral de 4 días?

Desde hace algunos meses la propuesta de incorporar una jornada de 4 días, una vez más verticalmente y a golpe de decreto, va cogiendo fuerza. No ya sólo como una jugosa promesa electoral, sino como una realidad que puede llegar a materializarse en los próximos meses en la llamada Ley de la Conciliación.

Para sorpresa de muchos, un PP que atraviesa una grave crisis de identidad se ha sumado al carro de esta ley, si bien con ciertos matices. Mientras que desde el gobierno se propone que la jornada completa pase de las 40 a las 37,5 horas semanales, los populares aducen que lo coherente sería conservar el cómputo actual, pero distribuido en cuatro días. Es decir, que si bien el trabajador promedio pasaría a trabajar de lunes a jueves, su jornada ascendería de las 8 a las 9 o 10 horas.

Los puntos más cruciales de esta Ley de Conciliación propuesta por el PP implica, viva la redundancia, establecer la conciliación como una prioridad. Busca conseguirla a través de la financiación pública de escuelas infantiles. En cuanto a que la creación de políticas que mejoren la conciliación de la vida laboral y la vida familiar, puede resultar en una antecámara que preceda a la discusión de la jornada laboral de 4 días.

“Diálogo social”

Pese a todo, una vez más nos encontramos con que el estado aparece como una suerte de sujetavelas en las negociaciones entre los llamados agentes sociales, es decir, entre la patronal y los sindicatos. Realmente es algo así como un verdugo implacable. Su decisión final deberá ser acatada sin demora. En ese sentido, los llamados agentes sociales no han tardado en pronunciarse. La CEOE se mantiene firme en su rechazo a la propuesta actual del gobierno de reducir la jornada completa a las 37,5 horas para 2025. Ello, pese a que no ha dejado de participar en las mesas de diálogo social junto al Ministerio de Trabajo y los sindicatos.

Desde el propio Ministerio no han perdido el tiempo a la hora de señalar que ante todo se busca proteger a las pymes, que al final suponen el 90% del tejido empresarial en España, ya sea con bonificaciones, formaciones especializadas e incluso el ambicioso plan ‘Pyme 375’, que recompensa la contratación indefinida de mujeres, jóvenes y mayores de 52 años.

Pese a todas estas medidas, la economía española es eminentemente de servicios. Si bien se habla de flexibilidad laboral, el primer efecto de tal medida sería el contrario, que es hacer el mercado laboral español incluso más rígido. Si a eso le sumas el envejecimiento de la población trabajadora, todo se agrava. No hay que olvidar que la legislación laboral vigente ya permite que las empresas y trabajadores pacten jornadas compactadas de cuatro días, llegando incluso a reducciones de la jornada a 32 horas semanales sin recorte de sueldo. Imponer esta medida obviando los procesos de negociación colectiva ya vigente sería un resorte más en la ya compleja maquinaria de la legislación laboral española.

La productividad

Resulta especialmente relevante señalar que con los actuales 5 días a la semana de trabajo la productividad española está por los suelos. La fundación BBVA señala que en los últimos 25 años las empresas son un 7% menos productivas. Esto está debido en gran parte a que el envejecimiento de la población trabajadora ha obstruido su innovación orgánica. La legislación española durante la crisis de 2008 permitió que fuera más barato despedir al trabajador joven e innovador. Desde la U.E. ya han advertido que la falta de productividad es un mal endémico de este país, pues una empresa no productiva difícilmente será competitiva. Una empresa no competitiva no atrae inversión extranjera. Y sin una inversión significativa no se pueden crear empleos de calidad.

Por muchas bonificaciones y formaciones que se faciliten, una pyme que de por sí tiene que enfrentar la mayor carga fiscal y laboral de Europa, difícilmente será competitiva. Más, si por añadidura reduce el tiempo que sus trabajadores dedican a la misma. Además, el desempleo en España actualmente es del 11,5%, por lo que quizás habría que encontrar la forma de emplear a todo el mundo antes de que los que están trabajando le dediquen menos horas. Una economía crece cuándo es libre, hay seguridad jurídica y la administración no crece demasiado; no cuando se sobrelegisla. Y no es una teoría. Sólo hay que ver a los países más ricos y contemplar cómo han llegado hasta ahí.

Adiós, adiós, Pyme

Aún así, poco se puede hacer si semejante medida llega impuesta desde el ejecutivo. Las grandes empresas y la administración pública podrán sobrevivir, si bien por motivos muy diferentes. Pero, como ya hemos visto, la mayoría de empresas españolas son pymes con pocos empleados. En última instancia, esto provocaría el éxodo de todos estos trabajadores a alguna de estas dos entidades capaces de aguantar el embiste. En el caso de los empleados de la administración pública, culminará en un mayor gasto público, mayores impuestos y una mayor inflación.

A la implementación de todas estas medidas, el PP lo llama batalla cultural. Por mucho que cuándo se legisla de forma populista e ignorando la lógica del mercado, solo se empeora la condición de los trabajadores y de unos salarios que llevan estancados desde 2008. No porque el empleador le extraiga al trabajador su riqueza en contra de su voluntad, sino por qué las empresas no son ni más productivas, ni más competitivas. Todo lo que vaya en contra de la producción va inherentemente en contra de la subida del salario. De forma paralela, la inflación y la carga fiscal no dejan de subir. En el proceso, van devorando el poder adquisitivo de los trabajadores.

Primera falacia

No deja de ser curioso que todas estas propuestas de ley se amparan en que trabajar muchas horas afecta a la vida, a la conciliación y en última instancia también a la salud mental. Y establecen como objetivo proteger al trabajador de una suerte de patología laboral normalizada, eso sí, obviando cómo otros factores económicos que devoran el poder adquisitivo y que tienen su origen en las acciones políticas que afectan al ciudadano promedio. Dicho de otra forma: es peor no tener empleo o no poder llenar el depósito de tu coche que no tener libres los viernes.

Pese a todo este desfile de datos y consecuencias, no hay que olvidar que una medida así se sostiene en dos falacias.

La primera, endémica en la mayoría de los convenios colectivos españoles, es que seguimos atrapados en la falacia del valor marxista. Es la idea de que el valor total de un producto o servicio viene determinado por el número de horas invertidos en el mismo; no por el valor del producto o servicio en sí. Cabe tener en cuenta que no todos los puestos de trabajo son iguales. No puede regularse de forma unánime sin perjudicar a todos los trabajadores. En el sector de servicios es muy común que la presencia constante del trabajador en su puesto sea inherente a la calidad del mismo. En otros lo importante no son las horas dedicadas, sino el servicio en sí.

Segunda falacia

En línea con esta segunda afirmación, la segunda falacia consiste en que el poder político ya no solo tiene la capacidad de cambiar el mercado laboral a su antojo, sino que siente que tiene el deber moral de hacerlo. Como ya he señalado, en España existen unos medios de negociación que poco a poco están cayendo en desuso en pos de la legislación a golpe de decreto. Unas leyes que ignoran la complejidad inherente a cada sector por una mera falta de información. Intentan, a falta de un mejor término, de ponerle puertas al campo.

Al final del día hay unos trabajos más flexibles que otros. Toca alejarse de la perspectiva maniquea de que lo opuesto al marxismo es necesariamente mejor o cierto. Quizás lo importante sea crear un entorno de seguridad jurídica en que los llamados agentes sociales y los agentes que componen el mercado, con un mayor conocimiento de sus sectores, capacidades y necesidades, puedan negociar sus propias condiciones.

¿Trabajadores indefensos?

En España llevamos tantos años con los salarios en caída libre y el desempleo por las nubes que nos cuesta imaginarnos algo parecido a la competencia activando los resortes del mercado. Pero si las cosas fueran bien, aquella empresa lo suficientemente productiva podría atraer a la mejor mano de obra con una jugosa jornada de cuatro días; es decir, estaría siendo competitiva. Y con su eficiencia empujaría a las demás a replantear sus jornadas laborales.

Por lo contrario, desde el estado se nos ofrece el ya viejo relato de que el empresario es una criatura ontológicamente malvada y avariciosa. E ignorando los precedentes históricos de la obtención de derechos laborales, se nos insta a creer que si el gobierno no intercede directamente, los trabajadores jamás verán mejoradas sus condiciones.

La jornada de cuatro días es algo posible, deseable incluso. Pero no vendrá de la acción directa de burócratas y políticos que pueden permitirse ignorar los mercados, sino de la colusión de una seguridad jurídica que incite a la negociación colectiva con una pujante prosperidad económica.

Ver también

¿Jornada laboral de 34 horas? (Juan Ramón Rallo).

Horarios de trabajo por decreto. (Antonio Nogueira).

Empleo para todos. (Carlos Rodríguez Braun).

Claudia Goldin, un Nobel en honor a la Historia Económica

Recuerdo con gran cariño a mi profesora preferida de la carrera, Victoria Bateman, quien fuera mi profesora de Historia Económica y a quien saludé con mucho afecto el día de mi graduación, ya que, gracias a ella, mi pasión por la intersección entre la historiografía y la ciencia económica creció aún más durante mis años de carrera. El lunes, al leer la noticia de que el Premio Nobel de Economía 2023 había sido otorgado a Claudia Goldin me acordé mucho de ella. Me imaginé a la Profesora Bateman celebrando que le hubieran otorgado un galardón de semejante calibre a la punta de lanza de su área de investigación y, sinceramente, me alegré mucho por una persona como ella, que vive y transmite la Historia Económica con tal pasión.

El gran cambio de la mujer en el trabajo

El trabajo de Goldin ha resultado clave para explicar las causas detrás de que, a lo largo de los últimos 100 años, la proporción de mujeres empleadas se haya más que triplicado en la mayoría de los países desarrollados. Es el mayor cambio en dinámicas del mercado laboral en mucho tiempo. Precisamente, las innovaciones en fuentes de datos históricos y metodologías de análisis de los mismos han permitido a Claudia Goldin establecer una serie de factores que han influenciado históricamente la oferta y demanda del segmento femenino del mercado laboral.

Entre ellos, los más importantes que destaca Goldin son las cambiantes posibilidades para las mujeres de combinar el trabajo remunerado y el cuidado familiar, una mentalidad más enfocada a la educación profesional y menos hacia la exclusividad del cuidado familiar, multitud de innovaciones técnicas y cambios institucionales que han generado modificaciones estructurales del sistema económico durante el último siglo.

Gráfico en forma de U

Una de las conclusiones principales del trabajo de Claudia Goldin que rompe con gran parte de la historiografía previa, es el hecho de que, en la mayor parte de países del mundo, no cabe establecer una relación de causalidad directa entre el crecimiento económico desde la Revolución Industrial y la mayor participación de las mujeres en el mercado laboral. Goldin ha demostrado en múltiples ocasiones que, aunque el rol de las mujeres en el sistema económico se transformó enormemente con el paso de la sociedad agraria a la sociedad industrial, las conclusiones que hasta el momento se habían extraído sobre ello eran en su mayoría incorrectas, debido a errores metodológicos a la hora de calcular la proporción de mujeres participantes en el mercado laboral en los siglos XIX y principios del XX.

Tras reunir una base de datos de 200 años mucho más precisa, Claudia Goldin resumió que la participación de la mujer en el mercado laboral desde el inicio de la Revolución Industrial hasta finales del siglo XX se puede plasmar en un gráfico en forma de U (ver debajo). Dicho gráfico muestra como a finales del siglo XVIII cerca del 60% de las mujeres participaban (informalmente) en el mercado laboral, consistiendo este principalmente de empleos agrícolas, reduciéndose a un 10% a principios del siglo XX y volviendo a incrementarse a un 55% a finales de dicho siglo, tras el intenso proceso de terciarización de la economía en el periodo.

La artesanía en casa

Con dicha investigación, Goldin descubrió que previamente a la Revolución Industrial, las mujeres tenían mayores probabilidades de formar parte de la fuerza laboral, aunque previamente, al no existir registros formales, resultaba mucho más complicado de cuantificar. La principal razón que Claudia Goldin aduce a que la participación de la mujer en el mercado laboral se redujera con la industrialización es el hecho de que mover los centros de producción de las casas (artesanía) a las fábricas dificultaba que las mujeres coordinaran el trabajo con la crianza de sus hijos, la cual en esa época estaba exclusivamente destinada a ellas. La diferencia más relevante se halla en que entre las mujeres jóvenes no casadas, cerca del 40% trabajaban en fábricas, duplicando la media nacional del género femenino.

La diferencia de participación laboral entre mujeres solteras y casadas se mantuvo estable de forma relevante durante la primera mitad del siglo XX en EEUU, ya que mientras la media de participación del cómputo total de mujeres era del 20%, entre aquellas casadas se encontraba tan solo en el 5%. Todo ello cambió de manera significativa tras la Segunda Guerra Mundial, puesto que, tal y como explica Goldin, el desarrollo tecnológico, la terciarización de la economía y el incremento del nivel de educación, incrementó la oferta y demanda de empleo femenino. Sin embargo, la legislación y las barreras institucionales fueron durante gran parte del siglo XX un impedimento al desarrollo de la mujer en el mercado laboral.

Barreras vinculadas al matrimonio

En este sentido, Claudia Goldin describe como las “marriage bars” americanas eran una legislación específica que en muchos casos impedía que las mujeres continuaran con su empleo tras contraer matrimonio. Por ello, a pesar de un incremento de demanda de trabajo femenino, en dicha época no se observó tanto crecimiento en la tasa de empleo de las mujeres en el mercado laboral. Un caso muy claro de ello fue, tal y como destaca Goldin, los años posteriores a la Gran Depresión de 1930, cuando dicha legislación impidió una mayor participación de las mujeres en el mercado laboral. Además, tal y como destaca la reciente Nobel de economía, estas leyes y estructura institucional afectaron negativamente a las expectativas de las mujeres sobre sus carreras profesionales, reduciendo también a través de esta vía su tasa de participación.

Una vez llegados a este punto, conviene destacar lo que Claudia Goldin llama “efecto paternidad”, que explicaría la mayor parte de la brecha de ingresos entre mujeres y hombres en países desarrollados. Goldin explica como durante los primeros años de carrera profesional, un hombre y una mujer con trasfondo educativo similar y un puesto de trabajo en igualdad de condiciones, reciben un salario muy similar.

La maternidad

Sin embargo, la brecha se genera en el momento del nacimiento del primer hijo, ya que la mujer ha de reducir su intensidad laboral y los ingresos decaen en el medio y largo plazo, sin regresar en ningún momento a la tendencia de crecimiento anterior. En este sentido, Goldin ha mostrado en repetidas ocasiones y con estudios aplicados a una variedad de países que, hoy en día, la maternidad explica prácticamente toda la brecha salarial existente, ceteris paribus, entre hombres y mujeres en los países desarrollados.

El Nobel a Claudia Goldin representa la relevancia de la Historia Económica en el estudio de las dinámicas de mercado a lo largo del tiempo y los cambios sociopolíticos relevantes para entender qué factores del pasado han conducido al estado actual. Además, Claudia Goldin ha demostrado como un trabajo minucioso con bases de datos de hace siglos permite extraer conclusiones completamente diferentes a las que en un principio se habían establecido, demostrando, una vez más, que en economía no existen las verdades absolutas y que cualquier cuestión se halla abierta a un debate fáctico y razonado.

Ver también

Los dueños del relato. (María Blanco).

Claudia Goldin: Nobel para una estudiosa de la civilización. (Peter Jackobsen).

Claudia Goldin: Nobel para una estudiosa de la civilización

Por Peter Jacobsen. Este artículo ha sido publicado originalmente en FEE.

El Premio Sveriges Riksbank 2023 de Ciencias Económicas en Memoria de Alfred Nobel (coloquialmente conocido como Premio Nobel de Economía) ha sido concedido a la economista Claudia Goldin.

Como introducción a este artículo, no creo que deba existir un premio Nobel de Economía, como ya he señalado en otras ocasiones. Mi razonamiento al respecto está en línea con el anterior premio Nobel, F.A. Hayek, que dijo: “el premio Nobel confiere a un individuo una autoridad que en economía ningún hombre debería poseer”.

La necesaria humildad

No hace falta ser un erudito en el campo de la economía. La lógica de las leyes económicas combinada con la aplicación de los detalles institucionales es un método accesible a todos. Al conceder un Nobel, el comité corre el riesgo de conferir un estatus de asesor “sacerdotal” a una profesión que debería estar llena de humildes filósofos, tomando prestada una metáfora de los profesores de Economía de George Mason Boettke, Coyne y Leeson.

Sin embargo, el hecho es que existe un premio Nobel de Economía (o un premio del Sveriges Riksbank en memoria de Nobel, para los quisquillosos). Ya que existe un premio, creo que merece la pena destacar cuando se conceden premios a economistas que, como Hayek, reflejan la humildad necesaria para que la profesión tenga éxito. Creo que Claudia Goldin es una buena elección precisamente por esta razón.

Reparadores frente a estudiantes de civilización

Al pensar en los premios Nobel de economía, creo que es útil diferenciar entre los premios otorgados a quienes están interesados en tratar de controlar el futuro de la economía y los premios otorgados a los estudiantes de cómo se han manifestado las leyes económicas a lo largo de la historia.

En mi opinión, los premios Nobel de 2019 concedidos a Duflo y Banerjee representan lo primero. El discurso publicado por Duflo ante la Asociación Americana de Economía titulado El economista como fontanero tiene el siguiente resumen:

A medida que los economistas ayudan cada vez más a los gobiernos a diseñar nuevas políticas y normativas, asumen la responsabilidad añadida de comprometerse con los detalles de la elaboración de políticas y, al hacerlo, adoptar la mentalidad de un fontanero. Los fontaneros intentan predecir lo mejor posible lo que puede funcionar en el mundo real, conscientes de que será necesario hacer retoques y ajustes, ya que nuestros modelos nos dan muy poca orientación teórica sobre qué (y cómo) importarán los detalles. Este ensayo sostiene que los economistas deberían comprometerse seriamente con la fontanería, en interés tanto de la sociedad como de nuestra disciplina.

Un desafío para los poderosos

Para Duflo, lo correcto es que los economistas retoquen y ajusten las cosas en la economía para beneficiar los intereses de la sociedad. Sin embargo, este es el camino equivocado. Como ya he escrito anteriormente,

¿Por qué los economistas no pueden ofrecer soluciones como lo hacen los fontaneros? En pocas palabras, la economía no es un sistema cerrado de tuberías. No hay tuberías definidas y, por tanto, no hay atascos, obstrucciones o fugas… ¿Por qué deberíamos creer que alguien con un título, una pizarra o un ordenador puede hacer un mejor trabajo planificando la vida de la gente que ellos mismos?

Entonces, ¿qué deben hacer los economistas? En primer lugar, el economista tiene un papel que desempeñar en el uso del razonamiento económico como “profiláctico contra las falacias populares” en la formulación de políticas. Por eso, el economista Ludwig von Mises argumenta,

La economía como tal es un desafío a la presunción de quienes detentan el poder. Un economista nunca puede ser el favorito de autócratas y demagogos. Con ellos es siempre el hacedor de fechorías, y cuanto más convencidos están interiormente de que sus objeciones están bien fundadas, más le odian.

Un estudioso de la civilización

Pero éste no es el único papel adecuado para un economista. El economista también puede ser un estudioso de la civilización y de la historia. La historia económica como campo está muy infravalorada. En un mundo que exige la predicción como medio de controlar los resultados económicos, la historia económica mira humildemente hacia atrás para ver cómo se manifestaron las reglas económicas en tiempos ya pasados. Por su naturaleza, el campo de la historia económica considera lo que realmente sucedió más que lo que puede controlarse.

Esto no quiere decir que algunos no intenten utilizar los hallazgos de la historia para predecir hechos futuros y jugar con la economía, pero el campo está menos predispuesto a este tipo de cosas.

Un largo y cuidado estudio

El trabajo de Goldin encaja con esta visión del economista como estudioso de la civilización. Veamos la explicación del Premio en la página web del Nobel. El comunicado de prensa dice,

La galardonada de este año en Ciencias Económicas, Claudia Goldin, ha proporcionado la primera descripción exhaustiva de los ingresos de las mujeres y su participación en el mercado laboral a lo largo de los siglos. Su investigación revela las causas del cambio, así como las principales fuentes de la brecha de género que aún persiste. Las mujeres están muy infrarrepresentadas en el mercado laboral mundial y, cuando trabajan, ganan menos que los hombres. Claudia Goldin ha rebuscado en los archivos y recopilado más de 200 años de datos de EE.UU., lo que le ha permitido demostrar cómo y por qué han cambiado a lo largo del tiempo las diferencias de género en los salarios y las tasas de empleo. (énfasis añadido)

Las diferencias en las remuneraciones

Fíjese en lo que se destaca en la descripción de su premio: no se trata de recomendaciones políticas. Se elogia a Goldin por su arduo trabajo de búsqueda en archivos históricos para estudiar el papel de la mujer en el mercado laboral. Esta información se utilizó después para clasificar las mejores explicaciones de la brecha salarial. He aquí un gráfico que ilustra sus conclusiones.

¿Obvio? Sí, pero…

He observado que algunos en Twitter se burlan de algunas de las conclusiones de Goldin por considerarlas obvias. Esto es un error por tres razones. En primer lugar, la gente infravalora hasta qué punto las conclusiones parecen obvias porque, sin saberlo, ya han sido alimentados con los resultados del trabajo de Goldin sin saberlo. Los resultados académicos suelen distribuirse al público de tal forma que éste no se entera de quién o de dónde proceden.

En segundo lugar, aunque esta explicación pueda parecer plausible sin pruebas que la verifiquen, hay muchas explicaciones que suenan plausibles para fenómenos sociales complejos. La cuestión es cuál de las explicaciones plausibles es la que más influye en los fenómenos del mundo real. Goldin seleccionó la mejor respuesta entre una miríada de respuestas plausibles.

Las leyes de la economía suelen ser fáciles de entender. Al ciudadano medio no le sorprende que la gente compre menos cuando sube el precio. Pero cómo se manifiestan esas leyes no siempre es obvio, y el análisis histórico puede ayudar al estudiante de civilización a descubrir cómo ha sucedido en el pasado.

Por último, aunque en el comunicado de prensa el comité del Nobel destaca su trabajo sobre la brecha salarial, Goldin es una prolífica investigadora que se ocupa de muchos temas. Este hilo profundiza en muchas de sus contribuciones.

El economista como detective

Es un error pensar que los grandes avances en la investigación económica tienen que ser grandes ejercicios de planificación política realizados para planificar una sociedad “mejor”. Los avances se producen a menudo en el trabajo minucioso de bucear en los archivos históricos para crear un conjunto de datos en el que nadie había pensado antes.

El trabajo de Goldin refleja a los economistas como buscadores de la verdad o, por usar su palabra, detectives. En su artículo El economista como detective, Goldin concluye con varios sabios consejos,

Sé el mejor detective que puedas ser. No se limite a ‘acorralar a los sospechosos habituales’; no se limite a mirar bajo la farola existente. Localice nuevos sospechosos. Encienda luces donde nunca antes han brillado. Siga la sentencia de Holmes de que ‘No hay nada como las pruebas de primera mano’, así como su admonición de que ‘Cualquier verdad es mejor que una duda indefinida’.

Aunque sostengo que deberíamos abolir el premio Nobel de Economía, no puedo evitar alegrarme de que se conceda a alguien que busca la verdad lejos de las luces habituales.

Ver también

Liberalismo y feminismo. (Ignacio Moncada).

Así prosperan las mujeres bajo el capitalismo. (Diego Sánchez de la Cruz).

La brecha salarial no existe. (José Carlos Rodríguez).

¿Cuánto cuestan las huelgas, en realidad?

Por Len Schackleton. Este artículo ha sido publicado originalmente en CapX.

Los partidarios de ambos bandos tienden a exagerar cuánto cuestan las huelgas. Los sindicatos y sus partidarios quieren destacar lo mucho que pierden los empresarios y los ciudadanos por no llegar a un acuerdo; los críticos señalan el daño que supuestamente causa a la economía la acción industrial irresponsable.

Pero, ¿cuánto cuestan realmente las huelgas? Es una pregunta difícil. La bibliografía académica sobre el tema es escasa y está desactualizada, lo que quizá no sorprenda, dada la menor importancia que ha cobrado el tema desde los años ochenta. Aquí me limito a esbozar algunas observaciones y a hacer sugerencias muy aproximadas sobre los órdenes de magnitud.

Jornadas laborales

En el año transcurrido hasta junio, perdimos alrededor de 4 millones de días laborables como consecuencia de las huelgas. Es una cifra importante, la más alta de los últimos años, pero es sólo una fracción de los 29 millones de días perdidos (en una plantilla más reducida) en 1979. O, para relacionarlo con otro problema actual, es poco más del 2% de los 185 millones de días laborables perdidos por enfermedad en 2022.

Normalmente (aunque no siempre), la pérdida de días de trabajo supone una pérdida de salario para los huelguistas. Sin embargo, la mayoría de las huelgas modernas son paros de uno o dos días, repetidos o intermitentes, en lugar de los maratones de varias semanas del pasado. Los costes para los propios huelguistas se reducen al mínimo al repartirse a lo largo de un periodo prolongado.

Es habitual centrarse en los efectos económicos de primer orden de las huelgas en términos de reducción de la producción. Esto puede medirse por el salario que pierden los trabajadores más los demás factores de producción que se pierden cuando se detiene el trabajo.

El coste de romper la división del trabajo

Si suponemos (se trata de suposiciones razonables, que puedo justificar) que los trabajadores cobran una media de 100 libras al día, el valor de la pérdida directa de producción resultante de la huelga será de unos 800 millones de libras en un año completo (suponiendo que las huelgas continúen a este ritmo). De nuevo, una cifra importante en algunos contextos, pero relativamente insignificante en una economía cuyo PIB superó los 2,2 billones de libras el año pasado.

Sin embargo, las repercusiones también son considerables. Si los trenes no funcionan, por ejemplo, muchas personas no podrán ir a trabajar o tendrán que incurrir en gastos adicionales, como los taxis. Tal vez de forma contraintuitiva, los viajes extra en taxi aumentan el PIB y compensan parcialmente la pérdida de producción ferroviaria. Sin embargo, los retrasos también tienen un coste en términos de pérdida de producción, que en principio puede cuantificarse, aunque es difícil hacerlo.

Hoy en día, los efectos de las huelgas de trenes pueden verse mitigados por nuestra nueva capacidad para trabajar desde casa, pero no todo el mundo puede hacerlo. Alrededor del 13% de los que normalmente viajan al trabajo en tren y no pueden trabajar en casa (encuestados en julio-octubre de 2022) declararon no poder trabajar en absoluto.

Huelgas ferroviarias

Como proporción de todos los trabajadores, esto es pequeño, quizás menos del 2%, pero aún así podría significar una pérdida de producción de 120 millones de libras más o menos por día de huelga. En total, el año transcurrido desde el 22 de junio acogió 25 días de huelga de tres sindicatos diferentes. Si bien no todas provocaron cierres totales, el coste total de la pérdida de producción de los trabajadores no ferroviarios que no pudieron trabajar podría rondar los 2.000 millones de libras en un año completo.

Las huelgas ferroviarias también pueden haber perjudicado a actividades que dependen del transporte en nuestras ciudades. Algunos ejemplos son el comercio minorista, el ocio, la hostelería y la restauración en torno a los centros urbanos, especialmente en Londres. En el momento de las huelgas ferroviarias y de metro de junio de 2022, el sector de la hostelería calculó que costarían a sus miembros más de 500 millones de libras en negocios perdidos esa semana. En junio de este año, se afirmaba que la hostelería británica había perdido 3.250 millones de libras por las huelgas de los 12 meses anteriores. Es casi seguro que estas afirmaciones exageran los efectos sobre la economía en su conjunto, un cri de coeur de un sector ya maltratado por repetidos cierres patronales.

Pérdidas para el conjunto de la economía

No cabe duda de que se habrían producido pérdidas como consecuencia de la menor asistencia a acontecimientos irrepetibles, como encuentros deportivos y conciertos. Pero algunos gastos simplemente se reorganizarían a tiempo, y las visitas previstas a los hoteles y teatros londinenses simplemente se trasladarían a las semanas sin huelga, con lo que experimentarían un aumento sobre sus ingresos previstos. Hay indicios de que se produce un efecto similar cuando hay un día festivo adicional (por ejemplo, el del jubileo de platino de la Reina).

Hay otros tipos de reordenación del consumo que compensan algunas pérdidas de producción. El gasto minorista puede desviarse de los centros urbanos a lugares fuera de la ciudad, o a compras en línea. Del mismo modo, los restaurantes, bares y cines de las afueras pueden ganar a costa de la capital en las semanas de huelga. Este tipo de desplazamientos se producen constantemente por motivos ajenos a la huelga, como el clima.

Así, a lo largo de todo el año, mientras que las pérdidas para las empresas de Londres y otras grandes ciudades pueden haber sido muy significativas, la pérdida neta global de producción para la economía podría ser más modesta, quizás de entre 1.000 y 2.000 millones de libras para el conjunto del año.

Desplazarse al trabajo

La mención de la deslocalización geográfica de la actividad debería recordarnos que el impacto de las huelgas puede variar considerablemente en todo el país. Por ejemplo, en Londres más de la mitad de los desplazamientos al trabajo se realizan en tren, metro o autobús, y sólo el 28% en coche. En Gales, poco más del 6% de los desplazamientos al trabajo se hacen en autobús o tren (sin metro, por supuesto), mientras que el 82% se hacen en coche. Así pues, una huelga nacional de ferrocarriles tiene un gran efecto en Londres, pero un efecto mucho menor en otros lugares.

Algunas huelgas nacionales tienen un impacto más parejo en todo el país: las huelgas escolares, por ejemplo. Ante el cierre de escuelas, muchos padres tendrán que ausentarse del trabajo. En el Reino Unido hay unos 6,5 millones de padres que trabajan. Según una encuesta de la ONS, el 31% de los padres encuestados dijeron que tendrían que trabajar menos horas, y el 28% informaron de que no podrían trabajar en absoluto. Esto puede ser una exageración: cuando la gente se enfrenta a una huelga real y no a una teórica, puede darse cuenta de que puede arreglárselas con amigos o familiares.

La salud

Pero incluso si suponemos que sólo la mitad de los que dicen que tendrían que quedarse en casa realmente lo hacen, el coste en producción perdida por un día sin trabajar ascendería a más de 180 millones de libras. Los profesores se han declarado en huelga en distintos momentos en los diferentes países del Reino Unido, pero si suponemos una media de seis días de huelga escolar al año, el coste del tiempo de trabajo perdido por los padres ascendería a algo más de 1.000 millones de libras.

Uno de los ámbitos más problemáticos para evaluar los efectos en cadena es también uno de los más controvertidos: los diversos conflictos en el Servicio Nacional de Salud. La ONS examinó los efectos de un total de 16 días de huelga durante el pasado mes de diciembre y los meses de enero y febrero de este año. No cabe duda de que se redujo la producción: al parecer, hubo que reprogramar “al menos” 93.022 citas ambulatorias, 18.716 procedimientos electivos, 27.957 citas de servicios comunitarios y 9.634 citas de salud mental y dificultades de aprendizaje.

Estas fueron las pérdidas de servicio correspondientes a la pérdida de producción medida por el valor de los días de huelga. Pero estos retrasos en el tratamiento tendrán consecuencias para los pacientes. Es posible que algunos no puedan volver al trabajo como podrían haberlo hecho, lo que supone más pérdidas de producción y probablemente algunas muertes prematuras, así como el “coste” subjetivo del retraso en términos de dolor, angustia y aprensión.

Efectos en cadena

Los retrasos podrían haber sido mayores si el NHS no hubiera contratado más médicos y enfermeras para sustituir al personal en huelga. El Director Financiero del NHS ha declarado que el coste de los cinco días de huelga de médicos en formación de abril incluyó 100 millones de libras esterlinas gastadas en pagar a personal más veterano con tarifas superiores para cubrir a los colegas en formación. Una vez más, sin embargo, a pesar de los costes para el NHS de estos pagos adicionales, en realidad se suman al PIB, compensando la pérdida de producción de los huelguistas.

Las conclusiones que extraigo de este breve estudio son, en primer lugar, que los costes de las huelgas para la economía no son fáciles de definir, ya que en algunos casos los consumidores cambian de gasto ante las huelgas, de modo que la pérdida para una organización o empresa puede verse compensada por una ganancia para otra. En segundo lugar, sin embargo, es inevitable que se produzcan efectos en cadena, puesto que las huelgas impiden trabajar a personas de otros sectores de la economía o les obligan a incurrir en costes adicionales. Tres: está claro que el coste total de las huelgas es un múltiplo de los costes directos en pérdida de producción de los huelguistas. En cuarto lugar, el coste de las huelgas en sectores clave como el transporte, la educación y la sanidad es soportado en gran medida por el público en general.

Ver también

Si han conseguido miles de millones, ¿por qué los sindicatos de enseñanza siguen en huelga? (Mark Lehain).

Huelga e irresponsabilidad. (Jorge Valín).

¿Huelga o coacción? (Alberto Illán Oviedo).

Cuidado con las consecuencias no buscadas de la regulación laboral

Len Shackleton. Este artículo fue publicado originalmente en el IEA.

Los empleos en la Gran Bretaña actual son mucho más atractivos que en el pasado reciente. El salario real es dos o tres veces superior al de hace cincuenta años. Trabajamos menos horas y tenemos vacaciones más largas.

Los trabajos son mucho menos peligrosos y menos sucios. Tenemos protección del empleo, permisos parentales y para el cuidado de los hijos y una serie de prestaciones obligatorias. A pesar de una economía inestable, tenemos poco desempleo y muchas ofertas de trabajo.

¿Un trabajo ideal?

Pero la gente no está contenta. Se quejan de estrés en el trabajo, de salarios que no cumplen sus requisitos o expectativas. Nuestros licenciados, cada vez más numerosos, se quejan de estar atrapados en trabajos que no aprovechan al máximo sus capacidades. Los sindicatos señalan la mala gestión, el aumento del aparentemente inseguro trabajo de cero horas, la desigualdad y la discriminación.

¿Cuál es el trabajo ideal? Pregunta equivocada. No existe tal cosa: cada cual tiene su opinión personal. Algunos son más felices trabajando con otras personas, otros se encuentran en su elemento trabajando solos en una reserva natural remota. Cada vez son más los que quieren trabajar en casa, pero para otros el trabajo es una vía de escape de los hogares abarrotados.

Algunos quieren tener vocación, sentir que su trabajo tiene sentido y beneficia abiertamente a la sociedad; otros, sin embargo, sólo quieren maximizar los ingresos para beneficiar a sus familias o acumular ahorros para su futura jubilación. Algunos necesitan un entorno de apoyo y sin riesgos que les exija poco, otros quieren variedad, cambio y aventura, lo que a menudo se consigue trabajando por cuenta propia o creando su propia empresa.

Mejor que en el continente

El mercado laboral británico, a diferencia de otros europeos, es bastante bueno a la hora de ofrecer opciones y flexibilidad. Aparte del trabajo a domicilio (casi el 20% de nosotros pasa parte de su tiempo de trabajo en casa), millones de personas se benefician de acuerdos de horario flexible, trabajo a tiempo parcial, trabajo compartido o contratos de jornada reducida. Nunca ha habido tantas opciones de trabajo.

Gran parte de ello se debe a iniciativas privadas de las empresas, que reaccionan ante la necesidad de atraer a trabajadores en un mercado laboral restringido en el que las preferencias de los empleados son cada vez más diversas. Sin embargo, cada vez hay más presiones para que el Estado intervenga en la regulación de los puestos de trabajo con el objetivo de hacer más felices a los empleados.

Algunos ejemplos son: elevar el Salario Nacional Vital a niveles sin precedentes y extenderlo a los trabajadores más jóvenes; introducir un derecho por defecto al trabajo a domicilio; un derecho a la desconexión (por el que se prohíbe a empresarios y compañeros de trabajo ponerse en contacto contigo fuera del horario laboral); establecer cuotas implícitas de género o etnia para los empleos mejor remunerados; y redefinir el estatus de muchos trabajadores autónomos de la economía gig.

Sindicatos y grupos de presión

Los objetivos de sindicatos y grupos de presión pueden ser los mejores, pero a menudo se restan importancia o se malinterpretan las consecuencias negativas no deseadas de las intervenciones en materia de empleo.

Por ejemplo, las interpretaciones de las leyes de igualdad salarial centradas en el concepto casi marxista de “trabajo de igual valor”. En Asda, un grupo de trabajadores de supermercados (en su mayoría mujeres) ganó una famosa demanda en la que se afirmaba que su trabajo era técnicamente comparable al de los trabajadores de almacén (en su mayoría hombres), ignorando las fuerzas del mercado que generaban un “diferencial compensatorio” por unas condiciones laborales menos agradables en los almacenes. Como resultado, los supermercados están acelerando la sustitución de los trabajadores de caja por cajas de autoservicio.

Los grandes aumentos del Salario Nacional Vital han llevado a los empresarios a recortar las prestaciones no salariales a los empleados. Los intentos de reducir los supuestos “falsos” acuerdos de autoempleo con trabajadores autónomos han creado una pesadilla burocrática para los auténticos autónomos.

Las prestaciones obligatorias, como los permisos parentales más largos y la afiliación automática a planes de pensiones, han generado costes adicionales que, en condiciones competitivas, acaban repercutiendo en los trabajadores en forma de salarios más bajos de los que habrían percibido en otras circunstancias. (La considerable expansión de los mandatos bajo los conservadores es un factor poco discutido del estancamiento de los salarios reales).

Empresas pequeñas

Muchos mandatos recaen sobre todo en las empresas más pequeñas y en quienes trabajan en ellas. Las demandas de un derecho legal al trabajo flexible desde el primer día de empleo, por ejemplo, pueden tener relativamente poco efecto en la Administración Pública, las autoridades locales y los grandes empleadores del sector privado. Para las empresas más pequeñas, sin embargo – y recuérdese que el 40% de los trabajadores del sector privado trabajan en empresas con menos de 50 trabajadores – esto puede ser un reto. El coste de la flexibilidad para algunos trabajadores puede recaer en otros que tienen que cubrirlos.

No son sólo las intervenciones gubernamentales en el mercado laboral las que afectan a las opciones de empleo. Nuestro mercado de la vivienda, irremediablemente distorsionado por las restricciones urbanísticas, atrapa a la gente en lugares donde las oportunidades son escasas. Así, en el Noreste hay muchos más licenciados subempleados atrapados en trabajos no universitarios que en el Sureste; no pueden trasladarse a empleos mejores por la dificultad y el coste de encontrar un lugar donde vivir.

Barreras de entrada

La expansión de la regulación de las profesiones en los últimos veinte años -que ahora exige que todos, desde los entrenadores de caballos de carreras hasta los trabajadores sociales o los agentes inmobiliarios, tengan cualificaciones impuestas por el gobierno- ha aumentado las barreras de entrada y ha reducido las oportunidades, especialmente para quienes buscan un cambio de rumbo a mitad de carrera.

Una regulación más estricta de las guarderías ha elevado los costes para los padres. Esto probablemente ha disuadido a muchas madres (y a bastantes padres) de trabajar todo lo que desearían. También ha reducido significativamente las opciones para quienes, sin cualificación, desean trabajar con niños. El número de cuidadores de niños registrados, por ejemplo, ha caído como la espuma. El sistema de financiación de los estudios del Gobierno ha animado a algunos estudiantes a seguir carreras que no llevan a ninguna parte.

Salario mínimo

Mientras tanto, los que abandonan la escuela disponen de escasos fondos para realizar aprendizajes técnicos que podrían beneficiarles a ellos (y a la economía) en mayor medida. El sistema de tasas, que se suponía que iba a ayudar, grava a los empresarios y luego les obliga a pasar por aros burocráticos para recuperar fondos para el aprendizaje. Ha sido un fracaso total.

Otro problema que ha pasado desapercibido es el cierre de oportunidades para que los jóvenes adquieran experiencia laboral muy pronto. Tener la oportunidad de trabajar a tiempo parcial mientras se está en la escuela o en la universidad se traduce en mejores resultados laborales al terminar los estudios. Sin embargo, el aumento de la protección de los jóvenes y la aplicación del salario mínimo a los grupos de menor edad, además de las crecientes restricciones a las prácticas, ha provocado que sean muchos menos los que adquieren una experiencia temprana de la disciplina y el ritmo de trabajo.

Esto hace que la entrada en el mercado laboral después de la universidad sea más difícil y, en demasiados casos, más estresante y desafiante, de lo que podría haber sido de otro modo.

Empleos improductivos

Así pues, los esfuerzos de los gobiernos por crear buenos empleos no han tenido tanto éxito como esperan sus defensores, por lo que parece indicado intervenir menos en lugar de más. Además, tenemos que pensar en los buenos empleos no sólo desde el punto de vista del empleado, sino también desde la perspectiva del contribuyente y del público en general.

Un número cada vez mayor de empleos en la economía no añade nada a la producción y reduce las perspectivas de crecimiento de la productividad. La función de recursos humanos en las grandes organizaciones se ocupa en gran medida de controlar a los empleados y garantizar el cumplimiento de toda la normativa laboral, hoy en día con más trabajo.

Protegidos frente a la competencia

En el sector financiero, el cumplimiento de la normativa se ha ampliado enormemente a raíz de la crisis bancaria de hace una década y media. Estos trabajos son bastante agradables para los empleados implicados, pero aportan muy poco al resto de nosotros.

También hay muchos empleos y prácticas laborales en el sector público y en industrias reguladas, como los ferrocarriles y Royal Mail, que están protegidos por los sindicatos. Hay que acabar con las prácticas laborales arcaicas y abrir las empresas a la competencia.

Los buenos empleos no son sólo aquellos de los que disfrutan los trabajadores. También deben ser empleos que contribuyan al crecimiento de nuestra economía. La mejora del nivel de vida y una vida laboral más feliz dependen de esto, no de más regulación gubernamental.

No es país para autónomos

Las ballenas, los linces, los osos polares… Colman multitud de portadas y documentales por su condición de criaturas en peligro de extinción, debido a la acción humana. Si bien, National Geographic se ha olvidado de otra criatura cada vez más amenazada, que se desvive por sobrevivir, ante los continuos ataques, no tanto del hombre propiamente dicho, sino de los gobiernos. Hablamos del autónomo.

España cuenta con 3,1 millones de autónomos, contando todos los inscritos al RETA (Régimen Especial de Trabajadores Autónomos), sin embargo autónomos propiamente dichos, quitando los que pertenecen a sociedades mercantiles, son menos de 1,9 millones. En el año 2008 la cifra de autónomos totales superaba los 3,3 millones. Es decir, en 12 años, no es que no se haya ganado ni uno solo, sino que se han perdido más de 200.000. Por ponerlo en contexto, este es el año con más funcionarios de la historia de España.

La última subida de la cuota de autónomos, que tanto debate ha generado, no es sino otro ataque indiscriminado más. Otro de los muchísimos, que ha llevado a cabo el gobierno, hacia a este grupo de trabajadores, en los últimos años. Con la única intención de hacer menguar su número, por motivos puramente ideológicos.

¿Por qué?, se preguntarán ¿Qué gana el gobierno con ello? La respuesta como hemos comentado es más bien ideológica. La misma existencia de los autónomos es un ataque frontal a la línea de flotación del gobierno. Puesto que este, lo que busca y ansia, es que los ciudadanos de una manera u otra dependan de él. De ahí que se sienta cómodo con los funcionarios, que cobran de él, con los parados, que dependen de la prestación de desempleo, o con los jubilados, que necesitan su pensión. Incluso los trabajadores del sector privado por cuenta ajena, que no son precisamente sus favoritos, depende de empresas, que en muchísimos casos de manera directa o indirecta acaban dependiendo o sufriendo influencias del Estado.

Por el contrario, el autónomo, es la fiel imagen de la libertad. No depende de nadie, no necesita al Estado, ni vive de él. Su éxito o fracaso solo lo determina su inteligencia y su trabajo. Sin subsidios, sin depender de un burócrata, sin cadenas. Cada persona que abandona el camino establecido por el gobierno, para convertirse en autónomo, es, parafraseando a Nino bravo en su famosa canción, “Libre! Como el ave que escapó de su prisión y puede al fin volar”. De ahí que los autónomos se hayan convertido en la diana favorita del gobierno.

Por otra parte, hay que verlo desde el mundo de vista electoral. Atacar a los autónomos suele salir bastante barato en las urnas. Puesto que a diferencia de otros grupos poblacionales, más homogéneos y grandes, que actúan electoralmente como lobbies, como podrían ser los jubilados (8,8 millones), los autónomos son un grupo bastante heterogéneo y tampoco demasiado grande. De ahí que se les exprima constantemente, para alimentar las demandas de otros grupos, mucho más agradecidos en este sentido.

En definitiva, asistimos a una lucha por la supervivencia, entre David (autónomos) y Goliat (el gobierno). Si el lector de este artículo es un autónomo, como autor, solo desearle toda la suerte y el apoyo del mundo. Cada día que abre la persiana, es un triunfo. Una victoria, que evita el control total del gobierno sobre economía y por tanto sobre nuestras vidas.

¡No hay pan para tanto título!

Estos últimos meses no hemos parado de leer en los medios cosas como: “no hay suficientes camareros en Mallorca” o “la falta de transportistas va a provocar una crisis de suministros”. Noticias bastante sorprendentes teniendo en cuenta el elevadísimo nivel de desempleo que sufrimos. Muchos achacan estos fenómenos a la baja cualificación o a los bajos salarios, ¿pero realmente es así?

Respecto al primer punto, sería precisamente, al contrario, la excesiva cualificación. Y es que durante muchísimos años (y muchas veces aún hoy), en España todo lo que no fuese ir a la universidad era visto como un fracaso, lo que ha provocado unas tasas de estudiantes universitarios enormes y totalmente alejadas de la realidad del mercado laboral, creando verdaderas burbujas. Para que se hagan una idea, hace unos años, en España, se graduaban en derecho las mismas personas que en Francia e Italia juntas, un sinsentido a todas luces. Este hecho impulsado por la “titulitis” existente, nos ha dejado un panorama desolador, jóvenes con varias carreras y másteres en el paro o en el Burger King, mientras que trabajos esenciales se quedan sin cubrir por falta de personal.

Hace unos pocos años, un ministro de educación ya alertó sobre esta situación y llamó a reducir la tasa de universitarios en favor de otras opciones como la FP, pero fue tachado de querer acabar con la universidad y con la educación en general, (el populismo de siempre) por buena parte del lobby mediático y la idea fue abandonada. La realidad es que, ante el protagonismo de la universidad, el resto de opciones como la FP, han quedado siempre en un segundo plano, a diferencia de Alemania por ejemplo. Esto afecta notablemente no solo a su prestigio, sino seguramente también al nivel de estas.

En cuanto al segundo punto, los salarios, poco hay que decir, es simplemente la ley de la oferta y la demanda. Si en algunos sectores se empiezan a demandar trabajadores, por encima de la cantidad de estos, que ofrecen dichos demandados servicios, los salarios tenderán a subir hasta que la oferta toque con la demanda. El ejemplo que todos recordamos es el del boom de la construcción, cuando la demanda de peones, albañiles… superó con creces la cantidad de trabajadores que ofrecían esos servicios, y el sueldo de estos se disparó, hasta cifras impensables tiempo atrás.

Con todo esto y sin que el modelo educativo haya cambiado en absoluto, parece que en los próximos años no vamos sino a seguir observando este tipo de fenómenos, donde veamos a trabajadores sobre cualificados, en una cantidad totalmente inasumible por el mercado de trabajo y por tanto, o bien en paro, o bien con sueldos miserables. Mientras, los trabajos que antaño se veían como menos prominentes, véase fontaneros, electricistas… tendrán trabajo casi asegurado, con una remuneración muy alta, ante la gran demanda de ellos (cada vez somos menos “manitas”) y la poca oferta existente, haciendo incluso que muchas veces exista escasez de este tipo de trabajadores. 

En resumen, por si algún padre o madre nos está leyendo. El mundo laboral se ha dado la vuelta. Que su hijo le diga que no quiere ir a la universidad y que quiere estudiar una FP o algo del estilo, para trabajar en lo que los británicos denominan trabajadores “blue collar”, no debe de ser un drama, sino todo lo contrario. Ya que es muy probable que se enfrente a una vida laboral, hoy por hoy, bastante más esperanzadora que si le dijese que quiere ser abogado, periodista o economista.

Contra la Ley Rider, en defensa del trabajador

A finales del pasado julio la plataforma de reparto de comida a domicilio Deliveroo anunciaba su marcha de España a falta de escasos días para que entrara en vigor la Ley Rider promovida por el Ministerio de Trabajo, dirigido por Yolanda Díaz. En la actualidad Deliveroo cuenta en España con más de 100 empleados contratados a tiempo completo y con más de 2.500 riders. Lo más probable es que la gran mayoría de integrantes de ambos grupos pasen, al menos en el corto plazo, a incrementar las cifras de desempleo en nuestro país. La empresa ha justificado su marcha de España en base a su falta de competitividad en el mercado nacional y al hecho de que sobreponerse a ello en las condiciones actuales requeriría una enorme inversión que no son capaces de acometer sin mermar recursos de otros mercados en los que opera bajo condiciones más favorables. 

Desde hace meses multitud de asociaciones de riders, como es el caso de la Asociación Profesional de Riders Autónomos (ARPA), han salido a la calle para manifestarse contra la ley de la Ministra Díaz, expresando su preocupación por el incremento de costes -muchas veces inasumible- y merma de flexibilidad que dicha ley supondrá para las empresas de reparto, lo que posiblemente contribuirá a causar mayores problemas laborales a muchos trabajadores del sector. 

Hace escasamente dos meses tuve la oportunidad de debatir en televisión, en el programa Playz de RTVE (ver aquí), sobre los efectos de la Ley Rider. No me llamó la atención ser el único de los cinco debatientes (siete, si contamos con los dos presentadores) que se mostrara contrario a la Ley Rider, sino el hecho de que todos ellos se mostraran tan inflexibles a debatir sobre los efectos de dicha Ley o rechazaran cualquier argumento económico en contra de esta haciendo una enmienda a la totalidad del sistema “capitalista explotador”. Es más, yo traté de mostrarme abierto a debatir con argumentos fácticos y a ser flexible en todo momento (siendo consciente de la ideología de los guionistas del programa en el que me hallaba).

Traté de explicar cómo una ley que regula -sin pensar en la transformación de la economía- un sector cuya demanda fluctúa por picos estacionales, diarios y horarios y en el cual sus trabajadores (riders) no quieren (por tener otro trabajo adicional por horas durante la mañana, por ejemplo) o no pueden dedicar ocho horas al día a un empleo que solo les ofrece trabajo durante determinadas horas (cuando hay demanda), simplemente redundaría en mayor rigidez, menor actividad y menor empleo en el sector. Aún así, en el programa (y fuera de cámaras) se me tachó de insensible, esclavista, explotador, etc. Ahora, cuando la Ley Rider entra en vigor, se comienzan a ver sus primeros tristes efectos, en la línea de lo que yo apuntaba que ocurriría tras la implementación de mayores rigideces en el sector y muy alejados de las predicciones de mis contertulios, asiduos al wishful thinking. 

Por ello, considero de gran relevancia destacar algunos de los principales aspectos de la Ley Rider y cuales podrían ser sus mayores efectos a corto y medio plazo. 

Para situarnos en contexto, veamos algunos de los principales cambios regulatorios que introduce la Ley Rider: 

• La ley reconoce a los repartidores de las plataformas digitales como asalariados, entendiendo que dichas plataformas dirigen y organizan directamente el trabajo de los repartidores, estableciendo sus condiciones a través de algoritmos, tratándose por tanto de empleados y no de trabajadores por cuenta ajena. 

• La ley obliga a las compañías a compartir con los sindicatos el funcionamiento de los algoritmos de las aplicaciones de reparto. Es decir, las empresas deben informar de los parámetros, instrucciones, funcionamiento interno, etc. de las aplicaciones a los sindicatos.

Aunque de manera extremadamente resumida, estos son los principales cambios regulatorios que establece la Ley Rider. Además, esta tendrá varios efectos indirectos sobre el sector, principalmente a causa del primero de los dos puntos, que fuerza a que las actuales empresas de reparto contraten como trabajador asalariado (y no como trabajador por cuenta ajena) a los repartidores en el ejercicio de su actividad actual. 

Estas medidas se han vendido por parte del Gobierno como un gran éxito en materia de derechos sociales y laborales, mientras la realidad es que el efecto más probable de dicha ley sea una sangría de empleos en el sector de los riders. Si las empresas han de mantener a todos sus repartidores en plantilla, esto hará que el volumen total de trabajo se concentre en un menor número de repartidores -aquellos con mayor disponibilidad horaria-, de modo que la demanda de empleo total en el sector se repartirá entre un menor número de personas, si contamos con que las horas de trabajo se mantendrán fijas (algo que no es seguro). Esto contribuirá a mejorar la situación laboral individual de algunos repartidores, quienes dispondrán de más horas de trabajo y una mayor remuneración, pero sin duda empeorará la situación de aquellos riders que utilizaban este trabajo como algo ocasional para completar sus ingresos o para complementar el sueldo de otro trabajo, quienes ahora verán sus ingresos mensuales mermados. 

Según una estimación de Adigital, tras la entrada en vigor de la Ley Rider, cerca del 80% de los riders actuales perderían su empleo, lo cual significaría que cerca de 23.000 personas perderían su empleo. La estimación de Adigital se basa en un caso similar al de España, el de Ginebra, donde en el año 2020 se aplicó una legislación similar, generando una notable perdida de empleo en el sector de los riders a causa de un mecanismo como el anteriormente comentado. 

Además, en este caso se está contando con que el nivel de demanda por los servicios ofertados por los riders de mantendría constante o incluso incrementaría, pero este no tiene por qué ser la situación, ya que existe la posibilidad de que el aumento de costes de reparto termine trasladándose al precio pagado por el consumidor y, por ende, reduciendo la demandad por estos bienes. Dicho aumento de costes, además, podría causar que determinados mercados -por ejemplo, por zona geográfica- dejen de ser rentables y, por lo tanto, la presencia de servicios de reparto e incluso su mera existencia en esos mercados se podrían ver afectados. Este sería el caso de municipios muy pequeños en los que el coste de mantener varios repartidores en plantilla sea superior a los ingresos derivados de operar en dicho mercado. En este sentido, Adigital estima que las empresas de reparto a través de apps dejarán de operar en poblaciones con menos de 100.000 habitantes. Todo ello, además, no solo afectaría negativamente a las empresas de reparto sino también a los restaurantes, tiendas, etc. cuya demanda depende, en parte, de aquellos pedidos que se realizan a través de aplicaciones como Deliveroo o Glovo. Al verse incrementados los costes de reparto, parte de esta demanda podría desvanecerse, afectando negativamente a los ingresos de bares, restaurantes y/o comercios. 

En definitiva, si realmente se pretende proteger al trabajador y, ante todo, su empleo, debemos oponernos a la Ley Rider por la tremenda ineficacia en la persecución de sus fines y los perniciosos efectos que esta ley tendrá sobre la vida de miles de riders. Tal y como expresé en su momento, lo más importante a la hora de analizar una política pública es no juzgarla por sus intenciones u objetivos, sino por sus efectos reales.

La mochila austriaca: una vieja y muy necesaria idea

En España llevamos casi una década hablando de la mochila austriaca y son ya varios los partidos que han llevado la implementación de dicho modelo en su programa electoral. Aún así, nunca ha existido consenso político suficiente para su introducción, y la dificultad que supondría la transición desde el sistema actual a la mochila austriaca, ha terminado por mandar la idea al cajón de varios ministerios. Hasta hace poco. Recientemente se ha vuelto a hablar de la mochila austriaca, los beneficios que esta supondría para el mercado laboral español e incluso algunas propuestas de financiación. Todo ello ha ocurrido a raíz del informe anual del Banco de España (2021) y la posterior defensa en el Congreso de los Diputados de la implementación del sistema de mochila austriaca, por parte de Pablo Hernández de Cos. Según el Banco de España, la mochila austriaca beneficiaría al 70% de los trabajadores de España y ayudaría a paliar en gran manera uno de los mayores problemas de la economía española: la dualidad en el mercado laboral. Para comprender los beneficios de la mochila austriaca primero hemos de comprender su funcionamiento. Vamos a ello.

La mochila austriaca, o su implementación, se trata de intercambiar el actual sistema de indemnizaciones por despido por uno de cuenta de despido individual. El funcionamiento de dicho sistema se basa en que, desde el inicio de una relación contractual entre empresa y trabajador, el empresario destina mensualmente dinero a un fondo que en caso de despido o jubilación puede ser reclamado de manera íntegra por el trabajador, siendo este fondo portable entre empresas, en caso de que el trabajador decidiera cambiar de empleador. Asimismo, la introducción de dichos fondos iría acompañada de una reducción sustancial e incluso eliminación de las indemnizaciones por despido, ya que el trabajador las recibiría directamente de su fondo individual al ser despedido.

Al ser personal, dicho fondo no se vacía al cambiar el trabajador de empresa. Si un empleado decide cesar su relación laboral con una empresa y moverse a otra, el nuevo empleador será el encargado de aportar mensualmente al fondo sobre lo aportado por la anterior empresa. Por lo tanto, el sistema favorece la movilidad laboral y geográfica dentro del territorio nacional. Esto facilita que las empresas, en caso de tener que reducir sus plantillas no se vean siempre forzadas a prescindir de aquellos trabajadores que menos tiempo lleven en la compañía (a causa de un menor coste de indemnización) y podría por lo tanto ajustar sus plantillas en base a la productividad de cada trabajador.

Por otro lado, los trabajadores no perderían derechos, ya que acumularían su derecho de indemnización de la misma manera, solo que, en lugar de producirse en un solo pago, se produciría a través de la acumulación de aportaciones periódicas al fondo, el cual podría ser liquidado por el trabajador bajo el supuesto de despido o jubilación. Respecto a este último punto, cabe destacar el hecho de que no sólo es que el sistema de mochila austriaca no reduzca ni los beneficios ni derechos de los trabajadores, sino que incluso añade algunos adicionales. En caso de llegar a la jubilación sin haber liquidado la totalidad del fondo, el trabajador puede recibir el valor de dicho fondo íntegramente, como si de un fondo de pensiones se tratase.

El sistema recibe el nombre de “mochila austriaca” a raíz de su implementación en Austria en 2003, donde parece que ha funcionado de manera efectiva, en base a los dos objetivos principales por los que se decidió introducir este sistema: facilitar la movilidad laboral, especialmente de aquellos trabajadores de mayor edad, contribuyendo  así a una reasignación más eficiente del factor trabajo, aumentando la productividad laboral y, construir una muleta adicional para el sistema de pensiones.

Hofer et al. (2012) mostraron que el impacto sobre la movilidad laboral fue positivo, partiendo de niveles previos de movilidad laboral muy reducidos. Por otro lado, el rol del sistema de mochila austriaca como complemento adicional a las pensiones de jubilación habría sido algo más reducido, ya que para aquellos trabajadores que hubiesen liquidado el fondo a causa de despido en una o más ocasiones durante su vida laboral, la cantidad acumulada al llegar a la jubilación era menor (Koman et al. 2005). Aún así, dichos trabajadores seguían recibiendo íntegra su pensión estándar del sistema público, ya que la mochila austriaca no pretendía en ningún momento sustituir o modificar el sistema de pensiones, sino simplemente actuar como un complemento adicional. Algunos economistas como Kettemann et al. (2017) han extraído conclusiones más amplias sobre el sistema de mochila austriaca. Dichos investigadores afirman que la transición de un sistema de indemnizaciones por despido como el actual (presente en la gran mayoría de naciones del sur de Europa) a uno de mochila austriaca contribuiría a reducir la tasa de desempleo y la temporalidad del mercado laboral.

Un punto clave si realmente se pretende reducir la dualidad del mercado laboral con la introducción de un sistema de mochila austriaca sería el cierre de la brecha de costes de despido. Es decir, lo ideal sería que las aportaciones mensuales al fondo fuesen de la misma cuantía para trabajadores temporales e indefinidos. Aún así, en el proceso de transición, dichos aportaciones se podrían adaptar para cerrar la brecha de manera progresiva.

A pesar de todo, la implantación de un sistema “completo” de mochila austriaca resultaría muy complejo, al menos en la actualidad, por lo que seguramente habría que optar por un sistema parcial, en el cual el fondo y las indemnizaciones por despido supongan la mitad cada cual de lo recibido por el trabajador en caso de cese contractual. La cuantía seguiría siendo muy similar, pero con una distribución intertemporal de los costes diferente, lo cual permitiría a las empresas y trabajadores adaptarse paulatinamente al nuevo sistema.

Una de las mayores dificultades y trabas en la transición al sistema de mochila austriaca lo encontramos en el coste de dicho proceso de evolución del sistema actual a un sistema de cuenta de despido individual, independientemente de si este finalmente fuera completo o parcial. Para facilitar dicha transición, el Banco de España propone que el Estado aporte temporalmente a los fondos de los trabajadores españoles: 5 días por año trabajado en el primer año de transición, 4 días en el siguiente, 3 días en el tercero y 2 días en el último año que el Estado contribuiría a co-financiar el sistema de mochila austriaca, cubriendo la empresa el diferencial hasta alcanzar una cuantía similar a la del sistema actual pero pagada en forma de cotizaciones al fondo en lugar de un pago único por indemnización. El coste total de dicha co-financiación estatal de la transición del sistema actual al sistema de mochila austriaca ascendería hasta los 8.031 millones de euros, según los propios cálculos del Banco de España. El organismo propone asimismo financiar dicha cuantía con dinero procedente de los fondos europeos, lo cual es posible, ya que la CE autoriza a emplear dichos fondos para financiar reformas estructurales asociadas al mercado de trabajo, como sería la descrita.

Por lo tanto, la mochila austriaca contribuiría a incrementar la eficiencia y el dinamismo del mercado laboral español, a la par que promovería un posible aumento de la productividad laboral, a través de un incremento de la movilidad laboral y geográfica del factor trabajo. La mochila austriaca, además, no solo no mermaría los derechos a prestaciones e indemnizaciones de los trabajadores, sino que los aumentaría al ser este fondo acumulativo, portable y liquidable tanto en caso de despido como de jubilación.

REFERENCIAS:

Hofer, H., Schuh, U., & Walch, D. (2012). effects of the Austrian severance pay reform. Reforming Severance Pay, 177.

Kettemann, A., Kramarz, F., & Zweimüller, J. (2017). Job mobility and creative destruction: flexicurity in the land of Schumpeter.

Koman, R., Schuh, U., & Weber, A. (2005). The Austrian Severance Pay Reform: Toward a Funded Pension Pillar. Empirica32(3-4), 255-274.

Banco de España (2021). Informe anual 2020.