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Etiqueta: metodología

Realismo y teorías económicas II

En el pasado artículo tratamos la cuestión del realismo en economía. Hicimos referencia a la habitual crítica que recibe la economía neoclásica por mantener supuestos irrealistas. También introdujimos el argumento de Friedman (1953) sobre la inevitabilidad de la abstracción, que automáticamente hacía del realismo una cuestión no relevante para la elaboración de teorías y modelos. En esta línea, citamos a Long (2006) para añadir una importante distinción entre dos tipos de abstracción: la precisa y la no precisa.  La precisa era aquella en las que características reales del fenómeno sobre el que se teoriza se encuentran especificadas como ausentes.

Por el contrario, la abstracción no precisa era aquella en donde determinadas características reales están ausentes de especificación. De esta manera, argumentamos que, dependiendo del tipo de abstracción que hayamos realizado, un modelo o teoría económica puede ser criticado de irrealista en función de determinados supuestos. Poníamos como ejemplo de teoría irrealista el modelo de competencia perfecta neoclásico. En este, el tipo de abstracción que se realiza, asumiendo información perfecta en los agentes, implica la especificación de la no existencia de error empresarial. Esto, como es evidente, es falso e irreal.

Después de publicado, el artículo suscitó algunas preguntas interesantes sobre la cuestión del realismo. Francisco Capella lanzaba una serie de interrogantes para la reflexión en Twitter. Como no fueron pocas y me parecieron dignas de un comentario más extenso que lo que permite un “tweet”, me he animado a copiar las que considero más importantes para poder discutirlas en este artículo. Dicho lo cual, procedamos a las preguntas.

¿Cómo sabes que un modelo no es realista? ¿Ya conoces la realidad y sabes que no es así? ¿Si ya conoces la realidad, qué es real y qué no, para qué sigues investigando?

A mi modo de ver, podemos afirmar que conocemos la realidad hasta cierto punto. Es decir, podemos tener ciertas certezas sobre la realidad. Probablemente, estas certezas son muy pocas en comparación a todo el conocimiento que entrañaría saber más o mucho más sobre la realidad. Sin embargo, sí podemos decir que conocemos parte de la realidad.

La certeza sobre parte del conocimiento que tenemos es garantizada por el hecho de que no podríamos pensar o entender el mundo de otra manera que no fuera esa, es decir, no podemos establecer un contrafactual. Tomemos como ejemplo algunas leyes fundamentales del pensamiento como la ley de la identidad, la contradicción o el principio del tercero excluido (Russell 1912). Estos principios son autoevidentes y ciertos en sí mismos, puesto que no podríamos imaginar una realidad que contradijese alguno de estos principios. Esto mismo ocurre con cualquier proposición autoevidente que pueda establecerse en economía, como es el caso del axioma de la acción humana y sus implicaciones.

En este sentido, si una teoría o modelo niega una ley fundamental, autoevidente, o algunas implicaciones lógicas de esta, se podrá argumentar que esa teoría es irreal, que está haciendo una abstracción precisa que niega proposiciones autoevidentes.

Es más, me atrevería a decir que incluso se puede determinar la realidad de ciertos supuestos aún sin referirnos a conocimiento autoevidente o necesario. Lo que se considera real, en este caso, podría determinarse por convención, mediante un acuerdo intersubjetivo. De hecho, la mayoría de conocimiento es convención, resultado de un proceso evolutivo que permite a grupos cada vez más grandes manejar conocimiento intersubjetivo para entenderse y coordinarse. Si no fuéramos capaces de detectar ciertas regularidades a nivel intersubjetivo, que no son autoevidentes, nos sería imposible establecer interacciones coordinadas.

Dicho esto, la respuesta a la pregunta podría quedar de la siguiente manera. Podemos saber si un modelo no es realista si este contradice una ley fundamental o autoevidente, o incluso, si contradice una ley o idea que es ampliamente asumida como cierta por convención. Es cierto que esta última forma no garantiza certeza, pero sí permite concretar o, al menos, aproximarse a lo que se podría llamar realidad. Por último, dado que lo que sabemos ciertamente es muy poco, la investigación sigue teniendo sentido, precisamente, para poder tener más certezas y poder determinar qué modelos o teorías pueden explicar el mundo y cuáles no.

¿Estás seguro de que las simplificaciones son excesivas, o quizás te parecen excesivas? ¿Cómo saber qué simplificaciones son excesivas si no se ponen a prueba?

La respuesta a estas preguntas puede estar en la pregunta anterior. Es decir, podemos saber si una simplificación es excesiva, en el sentido de no suficientemente real, si contradice una ley fundamental. También podemos saberlo si el modelo no es capaz de capturar muchos procesos que, precisamente, se aspira a explicar. Más aún, las simplificaciones de una teoría se debilitan en gran medida en cuanto existe una explicación alternativa a lo que se estudia. Si estas explicaciones alternativas son capaces proveer mejor entendimiento de lo que ocurre, los supuestos o simplificaciones podrán demostrarse como no suficientemente reales en comparación a una explicación alternativa mejor.

Es decir, las simplificaciones se ponen a prueba cuando se demuestran contradictorias o insuficientes de cara a una explicación alternativa.

¿Las simplificaciones pueden ser una primera (¿buena?) aproximación?

Sí, pueden serlo. De hecho, son necesarias, puesto que no podemos entender el mundo en toda su complejidad. Esto, como dice Friedman, es lo que inevitablemente nos lleva a la abstracción, a la simplificación. Pero, de nuevo, dependerá de qué y cómo hagamos la simplificación.

¿Quieres un modelo con menos simplificaciones? ¿Cuánto estás dispuesto a pagar para hacerlo más complejo, en construcción y uso?

La cuestión no es tanto tener un modelo sin simplificaciones, sino con simplificaciones correctas. Todo lo que sea añadir más variables al modelo para hacerlo más complejo y real, relajando las cláusulas ceteris paribus, podrá decirnos más sobre la realidad. No obstante, y como bien apunta Francisco Capella, esta mayor complejidad de los modelos acarrea un coste. Este coste no solo es el propio de crear y procesar un modelo con menos simplificaciones, sino también, la menor capacidad de aplicabilidad que tendrá el modelo. Con ello, parece establecerse un trade-off entre mayor complejidad-realismo y simplicidad. Este trade-off ha de ser evaluado en el caso concreto de cada teoría, aunque esta idea plantea un verdadero reto para futuras investigaciones metodológicas.

¿Los modelos que predicen bien, lo hacen por casualidad? ¿Tal vez han captado lo esencial de algo, y detalles que parecen importantes no lo son?

Los modelos que predicen bien son, en efecto, aquellos que son capaces de capturar los procesos esenciales que el investigador pretende entender. En esta línea, me gusta hacer referencia a la idea de supuestos críticos de Rodrik (2015). Precisamente, cuando este autor discute sobre realismo y simplicidad, afirma que ambos son necesarios. Y que, una buena combinación de ambos se da cuando los modelos simplifican y abstraen todas las variables, procurando respetar el realismo de los supuestos críticos, es decir, lo esencial, lo que de ser alterado transforma completamente los resultados del modelo.
Siendo esto así, ¿cómo podemos pretender entender la competencia si asumimos un concepto que nada tiene que ver con elementos competitivos? Por ejemplo, el ideal de competencia perfecta entiende que la oferta no puede alterar el precio y el producto es homogéneo, por lo que no existe diferenciación por motivos de calidad. Precisamente, estos dos son elementos que se entienden (convención) fundamentales a la hora de competir. Negarlos mediante una abstracción específica supone alejarse de la realidad y, por tanto, perder poder de explicación o predicción.

Referencias
Friedman, Milton. 1953. “The Methodology of Positive Economics.” In Essays in Positive Economics, 3–46. Chicago: University of Chicago Press.
Long, Roderick T. 2006. “Realism and Abstraction in Economics: Aristotle and Mises versus Friedman.” Quarterly Journal of Austrian Economics 9 (3): 3–23.
Rodrik, Dani. 2015. Economics Rules: The Rights and Wrongs of The Dismal Science. New York: W.W. Norton.
Russell, Bertrand. 1912. The Problems of Philosophy. New York: Henry Holt and Company.

Realismo y teorías económicas

Si hablamos de metodología de la economía, más allá de discusiones sobre la universalidad y necesidad o contingencia de una teoría; su verificación, falsación o su validez apodíctica, es predominante, para cualquier escuela de pensamiento, autor o corriente, preguntarse por el realismo de las teorías o modelos económicos. Es más, en numerosas ocasiones, las críticas que recibe la economía neoclásica desde diversas corrientes como austriacos, economistas feministas, de complejidad o institucionalistas, se refieren a la falta de realismo en los supuestos que adopta la teoría neoclásica, proponiéndose estas mismas escuelas como alternativas más fieles a la realidad. Los tipos idealizados, como el clásico agente representativo homo economicus, o suposiciones como la información perfecta y completa, la inexistencia de costes de transacción o la condición de equilibrio, son criticados por no ser suficientemente realistas o, directamente, opuestos a la realidad. A pesar de las objeciones, la economía neoclásica se ha defendido en muchas ocasiones siguiendo el argumento que presentó Milton Friedman en 1953 (Friedman 1953). 

Friedman (1953) afirmó que cualquier teoría explicativa que fuese buena tenía que recurrir inevitablemente a la abstracción; tenía que ser abstracta. Esto es porque, una hipótesis es buena si es capaz de explicar mucho con poco, si es capaz de abstraer o explicar de manera simple los complejos fenómenos que se dan en la realidad. Al abstraer, muchas de las hipótesis se convierten en descripciones no exactas de la realidad, irrealistas. Por tanto, si todas las buenas teorías son abstractas, ninguna de ellas será realista. La conclusión a la que llega Friedman es que, como es inevitable que las teorías económicas recurran a la abstracción y a la introducción de supuestos irrealistas, el realismo de nuestros modelos debería de dejar de preocuparnos. Alternativamente, nuestros esfuerzos deben centrarse en seleccionar aquellas teorías que tengan capacidad predictiva, que consigan explicar la realidad y los fenómenos que sucederán. 

Aunque así planteado parezca lógico o razonable, la concepción de Friedman es problemática en cuanto a la noción de “abstracción” y la supuesta omisión de realismo. Como argumenta Long (2006), si solo nos centráramos en la capacidad predictiva de nuestros modelos, podríamos introducir hipótesis extremadamente irrealistas, inconexas con el fenómeno que intentan explicar, que si, por una casualidad consiguieran demostrar valor predictivo, serían creídas como explicaciones ciertas. Esto es un grave error. Si hiciéramos eso, igualaríamos correlación a causalidad, algo que es ampliamente reconocido como considerable error científico. Por tanto, es importante que las explicaciones que proveamos sean realistas, que expliquen verdaderamente la realidad, más allá de cualquier idealización o elucubración mental. Pero ¿cómo vamos a conseguir una teoría realista si la propia abstracción a la que se recurre en todo proceso de creación de teorías implica la introducción de supuestos irrealistas? 

La respuesta a esta aparente paradoja tiene que ver con la relación entre el concepto de abstracción y realismo. Tal y como plantea Long (2006), Friedman asume erróneamente que el proceso de abstracción implica irrealismo, cuando, en realidad, depende del tipo de abstracción al que nos refiramos. En ese sentido, podemos hablar de abstracción precisa y no precisa. La precisa es aquella en las que características reales del fenómeno sobre el que se teoriza se encuentran especificadas como ausentes. Es decir, si pensamos en la idea abstracta de un caballo, como un animal que tiene color, pero no concretamos el color, nuestra idea podría ser tildada de irrealista. Además, si especificamos un color, nuestra hipótesis estará sujeta a falsación. Por el contrario, la abstracción no precisa es aquella en donde determinadas características reales están ausentes de especificación. Es decir, en el caso del caballo, la abstracción no precisa del animal supone la idea de caballo como unas características universales y comunes a la misma especie sin contemplar el color, que no es común a todos los miembros. En este caso, la idea abstracta no precisa de caballo, aunque no se corresponda estrictamente con la realidad, con el caballo que podemos observar por los sentidos, sí es realista y no está sujeta a falsación. Para el caso de la economía, el realismo de sus modelos es posible en tanto que los factores no especificados son ignorados; no se especifica su comportamiento, existencia o inexistencia. Por tanto, el modelo no puede considerarse irrealista al no incluir toda esa serie de supuestos de la realidad que, simplemente, son ignorados, no negados. La abstracción, en consecuencia, no es incompatible con el realismo. 

Desde esta perspectiva, ¿llevan razón los austriacos, por ejemplo, cuando tildan de irrealistas a los neoclásicos? Esta pregunta puede resolverse si se determina el tipo de abstracción sobre el que se construyen (algunas de) las teorías de la corriente neoclásica. Por ejemplo, el modelo de competencia perfecta, al asumir información completa entre los agentes económicos, no solo ignora la existencia de error empresarial, sino que especifica que este no puede existir.  En consecuencia, el supuesto de la teoría podría considerarse falso a nivel descriptivo o, directamente, no realista. En este sentido, los austriacos tendrían razón en su objeción a esta teoría neoclásica. 

La principal conclusión que podemos alcanzar con este razonamiento es que realismo y abstracción no son incompatibles; que la economía, como cualquier otra ciencia, tiene que tender hacia el mayor realismo posible; que existen dos tipos de abstracción (precisa y no precisa); y que depende del tipo de abstracción que se use, podemos determinar si una teoría o modelo es realista o no. 

Referencias

Friedman, Milton. 1953. “The Methodology of Positive Economics.” In Essays in Positive Economics, 3–46. Chicago: University of Chicago Press.

Long, Roderick T. 2006. “Realism and Abstraction in Economics: Aristotle and Mises versus Friedman.” Quarterly Journal of Austrian Economics 9 (3): 3–23.

La teoría del cierre categorial y la economía IV: Del subjetivismo al materialismo, y de ahí a la historia

Mencionábamos en el anterior artículo un párrafo que, como un óvulo polifecundado, contiene ideas que luego se van a desarrollar luego completamente, y que están vinculadas unas a otras. De modo que lo vamos a citar de nuevo: “El materialismo filosófico entiende la idea de hombre como un conjunto de relaciones que constituyen el espacio antropológico a través de las cuales podemos entenderlo en sus determinaciones histórico-morfológicas”.

Más allá de que el materialismo entienda la idea del hombre, o no, lo pertinente aquí es que no se trata de cualquier materialismo, sino de este que se combina con el criterio de demarcación científica del cierre categorial. Un criterio que, a despecho de otros elementos, necesita categorías para construirse. Bien, cualquier ciencia, en cualquier sentido que le podamos dar al término, necesita de categorías. De otro modo no podría ni expresarse. A lo que me quiero referir es a que el materialismo de Gustavo Bueno y sus discípulos no buscan esas categorías en la acción del hombre.

Esto es lo que ha elaborado la Escuela Austríaca de economía, desde Menger. Actuar consiste en perseguir fines, y para ello recurre a medios. La consecución de los fines no es inmediata, por lo que la acción se desarrolla en el tiempo. Como la mente humana es creativa, tenemos la capacidad de proponernos nuevos fines más allá de lo que nos lo permiten los medios y el tiempo disponibles, de modo que se produce una escasez que es inerradicable. Como los medios son escasos, tenemos que elegir el curso de acción. Lo hacemos por aquéllos fines a los que otorgamos un mayor valor, que es la significación subjetiva que tienen para el actor. Ese valor que achacamos a los fines lo proyectamos sobre los medios. Como tenemos que descartar algunos fines, y estos también tienen un valor para nosotros, llamaremos coste al valor del fin descartado más apreciado. Acción, fin, medio, tiempo, escasez, valor, coste… Son categorías de la acción humana, a las que podríamos añadir otras: conocimiento, tecnología, incertidumbre, bien de capital, et al. 

El materialismo de Bueno no puede construir así la ciencia económica. Esas categorías no tienen una esencia material, sino puramente subjetiva. Es cierto que esas categorías, por medio de una de ellas, la acción, tiene implicaciones en el mundo y, por tanto, dejan una huella material. Eso es lo que parece interesarle a la escuela de Bueno. Y por eso el estudio del hombre es el de su huella, y en consecuencia el de su historia.

La Escuela Austríaca es dualista en el sentido hayekiano. Lo es necesariamente porque, aunque dentro hay posiciones filosóficas distintas, todos los autores reconocen un elemento esencialmente creativo en la mente humana. E incluso un autor que estudió en profundidad estas cuestiones, y que plantea una explicación de la mente en términos estrictamente materiales, como es Hayek, reconoce que nunca daremos con una explicación precisa de nuestras ideas en esos términos. 

Luis Carlos Martín evita todo esto. Nada de creatividad de la mente humana (todas nuestras acciones están determinadas, y no nos pertenecen; nos vienen dadas). Los individuos, no tenemos nada que decir ni sobre lo que decimos, porque nuestras acciones son espasmódicas, reacciones sin propósito ni voluntad propia, o acomodaciones a normas exteriores que nosotros no hemos diseñado. 

Insisto: dice en la página 130: “Como contrafigura a la idea espiritualista monadológica, le atribuimos un carácter corpóreo, operatorio, práctico, prudencial. De este modo, su esencia es proléptica, finalística, apotética”.

En su batalla contra el subjetivismo de la Escuela Austríaca, no deja prisioneros. Y hace bien, ya que ve en ella un inmenso error. Dice en la página 54: “Son las teorías subjetivistas del valor las que más confusión ofrecen. Por su metafísica mentalista reducen las categorías económicas a convenciones de los sujetos y toda la ciencia económica a juegos imaginativos. Anmarcocapitalistas que darán un nuevo auge a la praxeología de Mises, como Murray Rothbard; utilizan ‘experimentos mentales’ para entender un campo que se levanta desde el modelo de un Robinson que ahorra, representándose un fin mental que luego ejecuta”. Como cuando en Alicia se separan las partes del gato hasta quedarse en la sonrisa. 

Dice (página 55), que Ludwig von Mises es “tal vez del caso más desenfocado de la gnoseología económica, dado que el ‘individualismo metodológico’ como base del resto de ‘leyes económicas’ es justo el proceso contrario que sigue la cientificidad de una ciencia (pues sólo el grado en que se elimina a los individuos y sus operaciones del campo alcanza algún nivel de verdad). Tal ‘praxeología’ tendrá que anclarse a posiciones mentalistas del dinero que pese a su pretendida positividad le hacen perder de vista las unidades estatales monetarias”. 

Martín recoge, así, la misma posición que expresa Hayek sobre las leyes del mundo físico: Ahí la ciencia ha avanzado a medida que ha eliminado las observaciones subjetivas del hombre. La ciencia no exige que el científico diga que un cuerpo está caliente o frío, sino que recurre a un termómetro. Tampoco dice que un color es verde, sino que realiza una colorimetría con un instrumento (1). 

Lo que no advierte Martín, o más bien no comparte, es que como objeto de estudio, el hombre y el átomo, o el hombre y las placas tectónicas, ¡o el hombre y su cuerpo!, son objetos de estudio de naturaleza distinta. El propio Hayek reconoce que todo avance significativo en la ciencia económica procede del subjetivismo como método. Es más, y esto es fundamental para comprender las pretensiones de la escuela austríaca: a diferencia de la química o de la geología, en el caso de la economía como ciencia de la acción humana, el científico participa de la naturaleza del objeto de estudio. 

Por eso el economista sabe que el hombre tiene fines y acude a medios. Es más, no podría negarlos sin buscar un fin (negar la existencia de fines) ni acudir a un medio para lograrlo (expresar un conjunto de palabras).

Si el materialismo pudiera explicar nuestras acciones, todo lo que plantean los autores de la escuela austríaca sería farfolla. Pero el materialismo tiene el decoro de no intentarlo siquiera (2). Simplemente toma nota de sus huellas, forma categorías sobre su persistente pasado, e intenta construir desde ahí un edificio. 

Lo hace de forma arbitraria, lo cual le crea unos problemas enormes. El autor de El mito del capitalismo se ve obligado a luchar contra dos profesiones, economistas e historiadores, sobre la pertinencia de conceptos como dinero, mercado o comercio. Yo comprendo su desesperación, pero no veo cómo podría no caer en ella. 

Volviendo a las palabras de Martín, donde busca las categorías con las que elaborar una nueva teoría económica es en la historia. La escuela de Bueno le dedica una enorme atención a la historia, y es feraz en la creación de grandes interpretaciones del pasado humano. Son edificios atractivos, que nos ayudan a interpretar grandes procesos históricos, pero su construcción en ocasiones es forzada, y no logra levantarse sobre el suelo. Pero eso queda para un próximo artículo.

(1) Hayek, The Sensory Order. An Inquiry into the Foundations of Theoretical Psychology. University of Chicago Press, Chicago, 1976 (1952), pp 2-8.

(2) Ibid, pp 25-30 para un demoledor ataque al behaviourismo, que comparte un mismo fondo filosófico que el determinismo del comportamiento humano que aquí se observa.

Serie La teoría del cierre categorial y la economía

(I) El cierre categorial

(II) Monismo, dualismo y pluralismo

(III) El liberalismo como atomismo

Nobel de Economía 2021: Una perspectiva austriaca sobre los experimentos naturales

El pasado 11 de octubre se dieron a conocer los galardonados con el Premio Nobel de Economía 2021. En este caso, fueron tres los economistas reconocidos con este título. Sobre uno de ellos, David Card, se ha generado bastante debate por su trabajo sobre los efectos del salario mínimo en Nueva Jersey y Pensilvania. Esta excesiva atención ha hecho que los otros dos ganadores del Nobel, Joshua Angrist y Guido Imbens, y sus contribuciones, hayan pasado casi desapercibidos; al menos, para el público no tan académico. Sin embargo, todos los galardonados, los tres, han sido premiados por demostrar que los experimentos naturales pueden ser empleados en economía y ciencias sociales para responder problemas centrales para la sociedad; cuestiones como el salario mínimo, la inmigración o la educación. Es decir, el premio Nobel de Economía en el año 2021 ha sido otorgado por las contribuciones a la metodología de la economía. Como bien han indicado desde la Real Academia de Ciencias de Suecia, los trabajos de Card, Angrist e Imbens permiten extraer conclusiones sobre las causas y efectos de los fenómenos económicos, acercando la economía al plano más empírico, revolucionando también otras disciplinas. 

Dado que el Nobel se ha otorgado por cuestiones metodológicas, y conociendo mi interés por la metodología de la economía, no podía dejar pasar la oportunidad de hacer unos comentarios breves sobre la idea de los experimentos naturales en economía. Concretamente, me gustaría revisar la idoneidad de los experimentos naturales para descubrir la causa y efecto de los fenómenos económicos desde la perspectiva metodológica de la Escuela Austriaca, que suele caracterizarse como más alejada del empirismo y los experimentos. 

Experimentos naturales 

Tradicionalmente, se ha entendido que una de las cosas que diferenciaba a las ciencias naturales de la economía es que, mientras en la primera se podían verificar leyes universales mediante experimentos de laboratorio, en la última esto no era posible, pues falla un presupuesto fundamental: la constancia de las variables. Es decir, en la economía puede haber muchas variables influyendo un fenómeno, a la vez que cambian constantemente, lo que hace que estas no puedan controlarse por el investigador. Así lo afirmaban, por ejemplo, Samuelson y Nordhaus en la duodécima edición de Economía: 

El mundo económico es extremadamente complicado. Hay millones de personas y empresas, miles de precios e industrias. Una forma de construir leyes económicas en este entorno es mediante experimentos controlados. Un experimento controlado tiene lugar cuando todo lo que se investiga se mantiene constante excepto una variable (…).

Los economistas no pueden permitirse ese lujo cuando testean leyes económicas. No pueden desarrollar los mismos experimentos controlados que hacen químicos o biólogos porque no pueden controlar fácilmente otros factores importantes. Como los astrónomos o los meteorólogos, los economistas deben contentarse por lo general con observar (Samuelson and Nordhaus 1985). 

No obstante, en los últimos años, los métodos experimentales han cobrado fuerza en economía. Desde el premio Nobel otorgado en 2002 a Vernon Smith por establecer los experimentos de laboratorio como una herramienta para el análisis económico, especialmente en el estudio de mecanismos alternativos de mercado, los experimentos son cada vez más comunes entre investigadores económicos. Esto plantea nuevos interrogantes para la ciencia económica, como por ejemplo, si los resultados obtenidos en un experimento pueden generalizarse a entornos fuera de laboratorio, o la utilidad de distintos tipos de experimentos en función del entorno o el grado de consciencia de los agentes que participan en el experimento. Por tanto, permítanme hacer una clasificación de tipos de experimentos (List 2011): 

  • Experimentos de laboratorio: son experimentos que se realizan en pequeños entornos controlados, cuyos participantes suelen ser estudiantes que conocen la naturaleza del experimento. 
  • Experimentos artefactuales: experimentos que replican a los de laboratorio pero con sujetos no estándar, es decir, no son estudiantes que conocen el experimento.
  • Experimentos de campo: son experimentos que se realizan con sujetos seleccionados para tal pero en su entorno natural, para evitar que el ambiente del laboratorio los condicione. 
  • Experimentos naturales: se realizan con sujetos realizando tareas habituales en su entorno natural, y no son conscientes de que son participantes de un experimento ni tampoco pueden controlar el evento o situación. 

De entre los cuatro tipos, los experimentos naturales son los que destacan ahora en economía, puesto que combinan lo mejor de los métodos experimentales: aleatoriedad y realismo, lo que permite al investigador evitar muchos sesgos muy comunes en otros métodos experimentales, como puede ser el de selección. 

De la mano de los experimentos naturales en economía, se han hecho también famosos en la disciplina métodos como los RCT (randomized controlled trials), que son pruebas controladas que permiten distinguir el impacto de determinados inputs o fenómenos sobre una población que ha sido dividida de forma aleatoria en grupos de tratamiento, a los que se aplica el input, y de control, a los que no. De esta manera, se puede estudiar el impacto de una variable sobre un mismo grupo de población, de forma clara, en el mismo espacio temporal y las mismas condiciones. Esto permite identificar mucho mejor la causa y efecto de los fenómenos económicos. Los ganadores del Nobel en Economía en 2019, Banerjee, Duflo y Kremer, destacaron por haber realizado una aplicación de los RCT a experimentos relacionados con la pobreza y el desarrollo económico. Entonces, ahora, cabe preguntarnos: ¿por qué se supone que estos métodos experimentales son mejores que los métodos formales tradicionales que se han usado en economía? Para responder a esa pregunta, me gustaría rescatar algunas ideas de Dani Rodrik, que menciona en su libro Economic Rules (hice una revisión del libro aquí). 

Según Rodrik (2015), la economía política tradicional, así como la ciencia económica más moderna, se ha obsesionado siempre con descubrir leyes universales que apliquen a cualquiera de los múltiples casos que se puedan dar en la realidad. Empero, esto no es posible en economía, puesto que la realidad es tan compleja y cambiante que solo pueden desarrollarse teorías aplicadas y concretas a determinados contextos, o lo que comúnmente llamamos modelos. Este razonamiento explica por qué las teorías universales tradicionales han fallado en pronosticar y comprender realidades económicas recientes como la Gran Recesión. En consecuencia, la ciencia económica actual pretende un cambio de paradigma hacia una ciencia más humilde y realista, alejada de leyes universales y concentrada en circunstancias concretas. En ese objetivo, métodos experimentales como los experimentos naturales o los RCT son de gran utilidad. 

Una perspectiva austriaca

Desde la metodología austriaca pueden decirse muchas cosas sobre los experimentos naturales y técnicas como los RCT. En primer lugar, y en línea con lo que comenté en mi revisión sobre el libro de Rodrik, es un error negar la existencia de leyes universales en economía o procurar tomarlas como inútiles. Como ya afirmamos, las leyes universales existen y son necesarias, aunque no suficientes. Su negación implica su confirmación y, además, son las que presentan los fundamentos básicos que debe respetar todo modelo o teoría contingente. Si este nuevo paradigma en economía basado en unos métodos más aplicados y experimentales implica el rechazo de las leyes universales (que no digo que así sea, solo planteo la posibilidad), podrá presentar severos problemas de fundamentación. 

Por otro lado, se puede reconocer la existencia de leyes universales y, al mismo tiempo, creer que estos experimentos naturales controlados servirán mejor para verificar teorías universales. Aunque esto no es muy común, como Rodrik indica, también puede ocurrir. En este caso, estaríamos tratando directamente con la aplicación de un método inductivo para la economía. Este método no es válido para las ciencias humanas al asumir una distribución de probabilidad conocida o conocible, objetiva, que garantiza que las proposiciones a las que llega el método inductivo son ciertas en determinado grado de probabilidad. No obstante, sabemos que en el mundo de la acción humana, la probabilidad objetiva no tiene cabida y la subjetiva solo puede estimarse a posteriori, por lo que, a priori, lo único que encontramos es incertidumbre, es decir, desconocimiento sobre lo que ocurrirá en un futuro (Hoppe 2007). Entonces, si no conocemos la probabilidad con la que puede ocurrir un fenómeno particular, no podemos transformarlo o usarlo para producir una proposición general. Por ello, el método de la economía es deductivo. 

Un austriaco puede reconocer la utilidad de los métodos experimentales naturales, puesto que se basan en la observación del ambiente real y de personas de carne y hueso, algo que va en línea con el realismo que defiende la Escuela Austriaca y que, sin duda, es preferible a modelos universales simplificados de agentes representativos o condiciones ideales de mercado. Por ello, podrían ser de utilidad para construir teorías contingentes. Aun así, puede haber algunos problemas, como por ejemplo, la aplicación de conceptos como probabilidad objetiva a la economía o el espejismo de que algunos fenómenos micro son simples o están bajo control, cuando puede suceder que hasta la más mínima interacción esté motivada o causada por fenómenos complejos. Por ello, sería importante determinar hasta qué punto o a partir de donde se asume el fenómeno de constancia y control en la economía. ¿En los fenómenos micro sí existe constancia pero los macro son complejos? ¿dónde se encuentra la línea que diferencia un fenómeno micro de uno macro? 

En último lugar, cabe mencionar las consecuencias que esta economía experimental tiene para la política pública. Como resultado del acercamiento al contexto, entorno y sujetos a estudiar, el diseño de políticas públicas también ha adoptado un enfoque más micro, aplicado, experimental y centrado en la evaluación de impacto. Desde un punto de vista austriaco o libertario, esta nueva forma de plantear políticas públicas es más deseable que aquellas previas que tenían un carácter más centralizador. El enfoque más experimental implica un impulso por la toma de decisiones descentralizada, nutriéndose de información que tiene un carácter disperso. De hecho, esto puede ser compatible con el enfoque policéntrico de gobernanza que propone Ostrom (2010). No obstante, el hecho de que estos métodos no sean exactos y no garanticen conocimiento certero sobre los fenómenos económicos hace que la posible intervención pública, por muy pequeña y descentralizada que sea, no alcance un resultado superior en optimalidad o incluso justicia que la propia autoorganización social. En realidad, este es uno de los puntos de Ostrom (2015): la gestión de los recursos comunales, de forma privada y descentralizada. Y, en efecto, Ostrom también empleó un enfoque experimental para demostrarlo (Janssen 2012).

En conclusión, podemos decir que los nuevos métodos experimentales, como los experimentos naturales, aportan una visión más realista del mundo que los modelos tradicionales. Sin embargo, hay que tener en cuenta sus posibles limitaciones (espejismo de control, simplificación de fenómenos complejos), así como advertir de que este enfoque más experimental no puede reemplazar a las leyes universales ni tampoco servir para un método inductivo. Todo esto, por supuesto, también ha de considerarse a la hora de plantear políticas públicas. Ostrom ya nos demostró con estudios de caso que la autoorganización puede resultar más eficiente que la planificación política.

Referencias

Hoppe, Hans-Hermann. 2007. “The Limits of Numerical Probability: Frank H. Knight and Ludwig von Mises and The Frequency Interpretation.” The Quarterly Journal of Austrian Economics 10 (1): 1–20. https://doi.org/10.1007/s12113-007-9005-3.

Janssen, Marco A. 2012. “Elinor Ostrom (1933–2012).” Nature 487 (July). https://doi.org/10.1038/487172a.

List, John A. 2011. “Why Economists Should Conduct Field Experiments and 14 Tips for Pulling One Off.” Journal of Economic Perspectives 25 (3): 3–16. https://doi.org/10.1257/JEP.25.3.3.

Ostrom, Elinor. 2010. “Beyond Markets and States: Polycentric Governance of Complex Economic Systems.” American Economic Review 100 (3): 641–72. https://doi.org/10.1257/aer.100.3.641.

———. 2015. Governing the Commons: The Evolution of Institutions for Collective Action. Governing the Commons: The Evolution of Institutions for Collective Action. https://doi.org/10.1017/CBO9781316423936.

Rodrik, Dani. 2015. Economics Rules: The Rights and Wrongs of The Dismal Science. New York: W.W. Norton.

Samuelson, Paul A., and William D. Nordhaus. 1985. Economics. 12th ed. New York: McGraw-Hill.

La teoría del cierre categorial y la economía (III): El liberalismo como atomismo

La idea de que la libertad presupone libre albedrío es sólo uno de los errores que comete Martín Jiménez sobre lo que llama (y es) “ontología que acompaña al liberalismo”. Citémosle: “La ontología que subyace al marxismo es claramente monista, derivando hacia el armonismo anarquista final. La ontología que acompaña al liberalismo y al neoliberalismo protestante es principalmente atomista, pero con la misma tendencia armonista consecuencia de la idea de competencia perfecta de los mercados”i

En la página 70 vuelve a exponer la metáfora atómica, al decir: “Ya supongamos átomos libres (individuos) o a la humanidad entera en la base de la economía, el campo económico aparece siempre vinculado a los intercambios; es decir, al comercio”. Y, de hecho, en la misma página insiste y deja caer su objetivo en el libro: “Hay que ofrecer una teoría filosófica del comercio que abandone planteamientos metafísico-teológicos sobre el libre arbitrio o la libertad de pensamiento. Frente al atomismo y el holismo armónico que diluye la realidad del conflicto permanente en el campo de las relaciones económicas, nos proponemos ofrecer una ontología de las conexiones y relaciones económicas en symploké”. Y en la 129: “Es este in-dividuo (traducción de á-tomo por Boecio) humano el que hay que negar de plano, pues desde tal individuo no se puede explicar nada. El hombre siempre ha sido social, apareciendo como idea en las acepciones de la sociedad política”.  

Contra lo que me aconseja el decoro, pero obligado por el deber de ser preciso en la exposición, me veo obligado a decir que la idea de que el individuo puede ser un átomo es una tontería. Item plus: el liberalismo jamás ha entendido al individuo como un átomo. Ni el filósofo más individualista, y hablamos de Max Striner, albergaría una idea tan estúpida. 

Si me permiten la broma, la idea es tan tonta que sólo se la he escuchado a socialistas. Bien es cierto que, como es el caso de Martín, la expresan para criticarla. Hay una excepción, y es tan destacada que no puedo dejar de mencionarla: Karl Marx, luego veremos por qué. 

El liberalismo parte del elemento que considera esencial, o primigenio, que es el individuo, pero no pretende que sean entes sui géneris, auto afirmados e independientes del resto. El liberalismo describe, y celebra, que los individuos no están aislados, sino que colaboran entre ellos por medio de la división del trabajo. Adam Smith le otorgó una importancia suprema. Ludwig von Mises, a quien cita Martín, convertirá la ley de ventaja competitiva de David Ricardo en lo que llama Ley de asociación: una ley que muestra que la colaboración por medio de la división del trabajo hace a todos más ricos y no deja a nadie, por poco que tenga que aportar, fuera de ella. Hayek llega a decir que los adversarios intelectuales del liberalismo le habían quitado una palabra que debía ser propia: socialismo.  

Mises, en su gran obra, se ve compelido a explicarse la figura del asceta que se aísla de la sociedad. A los eremitas que huyen de la sociedad para que el ruido del tráfago humano no enturbie su búsqueda de Dios les dice que “el número de aquéllos que de forma consistente e inquebrantable siguen los principios del ascetismo es tan exiguo que no es fácil de mencionar apenas unos pocos nombres”ii. Lo dice con orgullo, haciendo ver el gran poder que tiene la vida en sociedad frente a la existencia aislada.  

El único autor al que he leído una propuesta de vida atómica, con individuos que no tienen vinculación alguna con el resto es Karl Marx, como decía. Aunque Marx es parco en su descripción de lo que sería la sociedad ideal como culminación del devenir histórico del hombre, creo que dice claramente que será una sociedad sin división del trabajo. Marx propone, sí, el ideal opuesto al liberalismo. Para Karl Marx la división del trabajo aliena al trabajador del fruto de su trabajo, porque ese fruto se desvincula de su creador y se distribuye por el circuito económico. 

Lo que él propone es una sociedad en la que cualquier individuo “no tiene acotado un círculo exclusivo de actividades, sino que puede desarrollar sus aptitudes en la rama que mejor le parezca, la sociedad se encarga de regular la producción general, con lo que hace cabalmente posible que yo pueda dedicarme hoy a esto y mañana a aquello, que pueda por la mañana cazar, por la tarde pescar y por la noche apacentar al ganado, y después de comer, si me place, dedicarme a criticar, sin necesidad de ser exclusivamente cazador, pescador, pastor o crítico, según los casos”iii. Marx, en esta obra y en otras anteriores y posteriores habla de terminar con la división del trabajo. Ese es el “armonismo anarquista final” del que habla Martín. 

El liberalismo no pretende que esos individuos estén aislados, ni vital ni culturalmente. Si escribo en este idioma y expreso estas ideas, y tengo tales anhelos o cuales expectativas es porque estoy en la sociedad en que he nacido, y me impregno de todas las ideas, nuevas y heredadas, que tiene ella.  

Desde el punto de vista antropológico, lo único que observa el liberalismo, o que exige, si se quiere, es que cada individuo tiene una cierta capacidad autónoma para decidir. Es decir, que cada uno de nosotros es capaz de adoptar decisiones que no son perfectamente explicables por sus circunstancias. Desde el punto de vista ético y legal, político incluso, ni siquiera exige eso, como decía en el anterior artículo. Basta con que no se utilice la violencia física contra nadie para obligarle a asumir objetivos ajenos y renunciar a los propios.  

Pero Martín no se limita a criticar el atomismo liberal que, como vemos, no existe. No. Nos propone su propia visión de lo que es el hombre. Para ello, acudimos a la página 130: “El materialismo filosófico entiende la idea de hombre como un conjunto de relaciones que constituyen el espacio antropológico a través de las cuales podemos entenderlo en sus determinaciones histórico-morfológicas. Como contrafigura a la idea espiritualista monadológica, le atribuimos un carácter corpóreo, operatorio, práctico, prudencial. De este modo, su esencia es proléptica, finalística, apotética”.  

Es sólo un párrafo, pero encierra muchas ideas que son importantes para la construcción de la economía desde el materialismo y la demarcación científica del cierre categorial. Nos guardamos algunas de ellas para futuros artículos, y nos quedamos con la visión vacía del individuo que trasluce de sus palabras. 
 

El individuo es un ser operativo, práctico, que “hace cosas”, pero que no son fruto de una idea propia ni responde a lo que Ludwig von Mises llama “acción”, es decir, el comportamiento deliberado, sino que reacciona, muestra como un espejo, sin voluntad o propósito. Su “actuar” no le pertenece, está determinada, le viene impuesta desde fuera. Si la visión de individuo como átomo es absurda, ¿no lo es esta en el mismo grado?  

Dice que el actuar es finalístico (finalista parece una palabra demasiado usual), pero esos fines no le pertenecen a la persona, sino a la sociedad a la que pertenece. Es proléptico porque su actuar no está movido por una idea propia que quiera llevar a cabo, sino por el mero perfeccionamiento de lo recibido. El comportamiento es apotético porque se limita a la imitación de lo que le rodea. El individuo es un vacío rodeado por otros vacíos, pero determinado por ellos también; todos marcados por una entidad que no podremos llamar sobre humana, por no hablar de Dios o del deicida. Pero casi entramos en terrenos que tendrán que tratarse con la debida atención en próximos artículos. 

i Luis Carlos Martín Jiménez. El mito del capitalismo. Filosofía de la moneda y del comercio. Pentalfa ediciones, Oviedo, 2020, p 70.

ii Ludwig von Mises. Human Action. A treatise on economics, scholar’s edition. Ludwig von Mises Institute, Auburn (Alabama), 1998, p 179.

iii Karl Marx, La ideología alemana. Ediciones Grijalbo, Barcelona, 1974, p 34. Ver también Donald D. Weiss, Marx versus Smith en la división del trabajo, Problemas del Desarrollo Vol. 7, No. 28 (Noviembre 1976-Enero 1977), pp. 191-205.

Serie La teoría del cierre categorial y la economía

(I) El cierre categorial

(II) Monismo, dualismo y pluralismo

Breve comentario sobre Las leyes de la economía, de Dani Rodrik

Si ha tenido la ocasión de leer varios de mis artículos mensuales en este blog, habrá podido comprobar que la mayoría de ellos los dedico a hablar sobre metodología de la economía. El artículo de hoy no va a ser menos y, de nuevo, versará sobre metodología económica. Sin embargo, en esta ocasión nos centraremos en hacer una escueta revisión al libro del economista de Harvard Dani Rodrik, titulado Las leyes de la economía: aciertos y errores de una ciencia en entredicho (2016). Antes de continuar, me gustaría señalar que el libro original fue publicado en 2015 bajo el nombre de Economics Rules. Empero, yo citaré la traducción española de 2016, puesto que es la que he leído. Dicho esto, procedamos con el análisis. 

Las leyes de la economía 

Si tuviera que señalar la tesis principal en el libro de Rodrik, diría que es el énfasis en la idea de que la economía se explica con una inmensa pluralidad de modelos y no con un único modelo o teoría universal. Además, estos modelos deben ser lo más realistas posible, al menos, en lo que Rodrik llama los supuestos críticos. Estos son elementos que, de ser eliminados o alterados, cambiarían drásticamente el resultado del modelo. 

Rodrik es muy crítico con la aspiración habitual de la política económica clásica a conseguir teorías económicas universales que sean capaces de explicar todos los fenómenos económicos. El autor demuestra que la excesiva confianza en una única teoría general ha llevado a muchos economistas a desligarse de la realidad y a no conocer los fenómenos que realmente ocurren en la economía. Esto se debe a que: “No podemos buscar en las ciencias económicas las explicaciones o prescripciones universales que se aplican independientemente del contexto; las posibilidades de la vida social son demasiado diversas para caber a presión en marcos teóricos únicos” (Rodrik 2016, 21). Según Rodrik, a diferencia de las ciencias naturales: “La economía es una ciencia social, y la sociedad no tiene leyes fundamentales, al menos no de la misma clase que la naturaleza” (Rodrik 2016, 57). Por tanto, lo lógico es limitarse a construir modelos que expliquen la cadena de causalidad en un determinado contexto y situación, siendo mucho más concretos y aplicados. 

Además, dada la excesiva complejidad del mundo social, que es la que nos impide obtener leyes universales, la economía necesita modelos simples. Cada modelo deriva de una especie de experimento mental, donde tienen que aislarse determinados fenómenos bajo el supuesto ceteris paribus. De esta manera, se pueden controlar ciertos sucesos y así comprobar cuál es la cadena de causalidad en la regularidad observada. Esto es precisamente lo que hacen en ciencias naturales con sus experimentos controlados. El riesgo que tiene diseñar modelos complejos es que no nos permitan identificar la regularidad relevante que queremos observar y, en lugar de arrojar luz sobre algo, nos dificulten el entendimiento de los procesos económicos. 

Estas dos ideas, la de simplicidad y el uso de modelos, serían los puntos principales del libro de Rodrik. Hay muchas más y todas se encuentran mucho más detalladas y desarrolladas de lo que acabo de exponer. Evidentemente, él lo expone en un libro y yo tengo que hacerlo en un artículo. Aun así, espero haberlas expuesto de manera clara y fiel a lo que dice el autor originalmente.

Dicho esto, al igual que he resumido los argumentos de Rodrik, también resumiré mi opinión sobre la tesis que él plantea en el libro. De manera general, creo muy acertado el énfasis que pone en la necesidad de los modelos como teorías contingentes, debido al evidente abismo que hay entre las teorías universales y la realidad. La teoría contingente es fundamental para la ciencia económica. Sin embargo, creo que no se puede rechazar la existencia de leyes fundamentales en economía. Del mismo modo, tampoco creo que la construcción de modelos más complejos sea incompatible con la simplicidad que reclama Rodrik. Desarrollemos esto un poco más.

Leyes universales en economía 

Decir que las leyes universales no existen en economía sería remontarnos al argumento historicista durante el Methodenstreit. Por ello, a cualquier economista austriaco, en especial, no debería sonarle bien esta negación de las teorías universales. Como ya he comentado en otros artículos, la escuela austriaca nace en defensa de la existencia de leyes universales en economía en contra del historicismo alemán, siendo esto algo que la caracteriza. La propia afirmación que desde la ciencia económica o, si se quiere, metodología de la economía (pero seguimos en el terreno económico), se hace sobre la no universalidad de las leyes económicas es o, al menos pretende ser, universal. Es decir, el argumento de Rodrik sobre la no universalidad de la teoría en economía es en sí mismo universal, a ser aplicable a cualquier proposición económica. Esta aparente contradicción lógica demuestra que las leyes universales existen, también en economía. 

La praxeología, por ejemplo, es una forma muy lógica de demostrar la existencia de teoría universal (Mises 1998). No obstante, las leyes praxeológicas por sí mismas no permiten comprender la realidad en toda su complejidad y riqueza. Esto es porque, justamente, cualquier matiz que se añade a una teoría universal para que se corresponda con la realidad da lugar a una teoría contingente (Selgin 1990). 

Tanto las teorías universales como contingentes son necesarias en economía. Lo más habitual es que manejemos teorías contingentes o modelos, pues son las que se aplican a la realidad. Sin embargo, estos modelos deben basarse en teorías universales para evitar contradicciones lógicas severas que puedan explicar erróneamente los fenómenos reales. ¿Qué pasaría si asumiéramos que los seres humanos no somos racionalmente limitados? ¿y si no respetáramos la ley de preferencial temporal? Las proposiciones universales deben estar siempre detrás de cualquier modelo económico. 

 Como ya escribí en otra ocasión, la mejor forma de comprender esta relación entre teoría universal y contingente es a través del método de Carl Menger (1985). En él se puede entender la debida importancia de las proposiciones universales y necesarias a través de la orientación exacta y, también, cómo estas sustentan a las contingentes, o lo que llamamos modelos, dentro de la orientación empírico-realista. 

El error de Rodrik, en este caso, es centrarse exclusivamente en los modelos. Le ocurre lo mismo que a los que se centran exclusivamente en leyes universales como la praxeología, creyendo que esta, por sí sola, puede explicar todos y cada uno de los fenómenos económicos. Lejos de ambas posturas, considero que lo más prudente es reconocer el importante papel que ambos, teorías universales y modelos, desempeñan en la explicación económica. 

Simplicidad, simpleza y complejidad

La simplicidad de la teoría es otro de los puntos que remarca Rodrik. Si bien tiene razón al señalar que un modelo complejo no sirve de mucho si no nos permite comprender una regularidad de forma clara o simple, creo que su apuesta por la simplicidad puede conducir a la simpleza. 

Si no recuerdo mal, el propio autor pretende diferenciar entre lo simple o sencillo y lo simplista. Lo simplista, por supuesto, está equivocado. Pero, lo simple o sencillo es fundamental para la ciencia, como el propio principio de la navaja de Ockham indica. Actualmente, los modelos complejos, usualmente computacionales como los agent-based models (ABMs), permiten manejar la complejidad del mundo y extraer conclusiones sencillas y claras. Al contrario, los modelos tradicionales más simples, que dependen de matemática algebraica, caen en errores como la idea de equilibrio, con tal de simplificar la realidad (Arthur 2021). Si Rodrik apuesta por modelos tradicionales que usen matemática algebraica, ha de saber que estará asumiendo supuestos como la idea de equilibrio, que se han demostrado irrealistas desde el enfoque de complejidad. En ese sentido, sí creo que la nueva teoría de complejidad permita conocer el mundo de forma más realista y sencilla, cosa de la que Rodrik parece dudar. En este caso, yo lo animaría a probar ABMs.  

Aplicabilidad y expansión horizontal de la ciencia

En último lugar, me gustaría destacar positivamente dos ideas que Rodrik resalta en el libro y que considero muy importantes. En este caso, no las voy a criticar sino a destacar. La primera de ellas es su apuesta por la aplicabilidad de los modelos en lugar de su verificabilidad. Es decir, no hay modelos incorrectos sino que cada uno explica una determinada circunstancia. La cuestión es, por tanto, saber escoger el modelo que hay que aplicar. Esto deriva de la segunda idea: En contra de perspectivas tradicionales en la filosofía de la ciencia, la economía no avanza de manera vertical, reemplazando unos modelos por otros, sino de forma horizontal, multiplicando modelos, añadiendo unas explicaciones a otras. Ambas ideas están relacionadas, pues si no se verifican y rechazan los modelos, estos se acumulan y, si se piensa que los modelos se acumulan, uno no puede proceder a verificar uno. 

Como también he señalado en otro artículo, el gran problema del positivismo, desde mi punto de vista, es el verificacionismo. Por tanto, considero esta idea de Rodrik fundamental como alternativa al verificacionismo o falsacionismo más extendido dentro de la ciencia. Esta es una de las ideas más buenas y contundentes del libro. A cualquier economista austriaco debe resultarle atractiva cuanto menos.  

El lenguaje económico (VI): La sanidad

La sanidad, como ya vimos el mes pasado con la biología, es otro de los ámbitos favoritos de la retórica económica. Así, cuando creemos que la economía funciona según nuestra idea de lo que es correcto la adjetivamos como «sana» o, si se aleja, como «enferma». Algunos ejemplos son: «sanear» la economía», una industria o una empresa; tener una moneda sana», etc. Otro uso metafórico fue la histórica «fiebre» del oro, movimiento migratorio de 300.000 trabajadores hacia California, entre 1848 y 1845, para dedicarse a la minería del oro y negocios auxiliares. Vemos algunos de los tropos más empleados en economía.

1. El médico

Cuando decimos que algo está «enfermo» resulta inevitable la aparición de un «médico». Eminentes economistas (Samuelson y Nordhaus, 2006: 34) afirman que: «En todos los casos, las fallas de mercado provocan producción o consumo ineficientes y el Estado puede contribuir significativamente a curar la enfermedad». Es decir, el libre mercado sufre supuestas enfermedades —externalidades, gorrones (free riders), monopolios, competencia imperfecta, etc.—, pero por fortuna tenemos un excelente galeno —el gobierno— dispuesto a remediarlas. La analogía del médico y el enfermo sirve espuriamente al intervencionismo económico. Los economistas Austriacos han refutado sobradamente todos los mitos —fallos de mercado— que integran la Teoría de los bienes públicos: «Es un razonamiento erróneo, ostentoso, montado en contradicciones internas, incongruencias, apelando a interpretaciones basadas en prejuicios y creencias populares asumidas, pero sin mérito científico alguno» (Hoppe, 2013: 83). El gobierno, más que a un médico, se asemeja a un pésimo curandero.

2. La salud no está en venta

Con frecuencia, colectivistas y personas con elevada «sensibilidad» social afirman que la salud no debería estar sometida a las leyes del mercado. «La salud no está en venta» y otros eslóganes parecidos son habituales en las manifestaciones de las conocidas «mareas blancas». Sobra decir que esta pretensión es tan imposible como desear que la ley de la gravedad no afecte a quienes se suicidan tirándose al vacío.
     Quienes afirman que la sanidad debería ser gratis, en el fondo, pretenden robar los medicamentos a las farmacéuticas, el equipamiento hospitalario a sus fabricantes y esclavizar a los trabajadores de la sanidad. La salud o la atención sanitaria, por mucho que se proclame y declare, no es un derecho humano, sino una necesidad sujeta a las leyes de la economía. «La salud no tiene precio» es otra falacia similar. Precisamente, porque la salud es altamente valorada por los consumidores, los productos y servicios sanitarios son objeto de intercambio económico y reflejan precios de mercado.

3. Demonizar el comercio sanitario      

Los enemigos del libre comercio sanitario lo demonizan lingüísticamente de varias formas. La primera es utilizar el sinónimo peyorativo «tráfico» pues todo traficante —armas, drogas, órganos, migrantes— es visto como un malvado. La segunda es utilizando eslóganes espurios —«la salud no está en venta»— que ya han sido desenmascarados por el marginalismo económico, es decir, los consumidores no compran clases de bienes (salud, seguridad, cultura), sino específicas cantidades de productos y servicios (20 aspirinas de 0,5 gr., 1 alarma antirrobo, 2 entradas al museo). En tercer lugar, incluso ciertas ofertas comerciales en el ámbito sanitario son vistas con recelo. Por ejemplo, en nuestro país, algunos colegios de dentistas han lanzado la campaña: «Tu boca no está de oferta», cuya finalidad oficial es alertar a los consumidores de la publicidad «engañosa», precios «excesivamente» bajos, materiales de «mala» calidad y prácticas «erróneas» que ponen en riesgo la salud de los pacientes. Nosotros, por el contrario, apreciamos una práctica mercantilista para interferir la competencia de las franquicias dentales y otros proveedores low-cost. Recordemos que en el libre mercado todas las calidades son bienvenidas, todas tienen su público y que cada individuo tiene una percepción subjetiva sobre la calidad; por tanto, es un grave error difamar los productos y servicios de menor calidad, así como las ofertas comerciales y descuentos. Además, estas campañas suelen caer en contradicciones internas; por ejemplo, la mayoría de clínicas dentales aplica descuentos a las familias si dos o más hijos reciben a la vez un tratamiento de ortodoncia. ¿Significa esto que la boca del segundo hermano está de oferta?

4. Economía o salud: un falso dilema.

Otro error frecuente es contraponer la salud a la economía, como si una se obtuviera a expensas de la otra. Durante la primera ola de la pandemia por Covid-19 muchos gobiernos prohibieron determinadas actividades económicas para (supuestamente) proteger la salud. Esto afirma Fernando del Pino Calvo-Sotelo (2020: 47):

El gobierno ha creado un debate maniqueo y falaz contraponiendo la voluntad de «salvar vidas» (defendida por la izquierda, esto es, los buenos) con la de «salvar la economía» (defendida por la derecha, esto es, los malos). […] No hay contradicción alguna entre salvar la economía y salvar vidas, porque la economía salva vidas. Si hundimos la economía, no podremos financiar los recursos para sostener nuestro sistema sanitario.

Análogamente, resulta baladí y arbitrario establecer una jerarquía entre las clases de bienes. La frase «la salud es lo primero» contiene una brizna de verdad pues determinadas enfermedades son incapacitantes, pero el consumo de servicios sanitarios, equipamiento y medicamentos debe sufragarse con ahorro, es decir, con trabajo previamente realizado. Sin trabajo no podemos costear la sanidad. Un país que restringe institucionalmente su economía mediante el confinamiento y el cierre arbitrario de negocios no «esenciales» verá reducida su capacidad sanitaria.

Bibliografía

Mises, L. (2011). La acción humana. Madrid: Unión Editorial.

Samuelson, P. y Nordhaus, W. (2006). Economía. Méjico: McGraw-Hill

(18ª edición).

Hoppe, H. (2013). Una Teoría del Socialismo y el Capitalismo. [Versión Kindle]. Innisfre

Pino, F. (2020). «El confinamiento como experimento totalitario». Expansión (15 mayo).

Serie El lenguaje económico:

(V) La biología

(IV) La física

(III) La retórica bélica

(II) Las matemáticas

(I) Dinero, precio y valor

El lenguaje económico (V): La biología

Un campo muy fértil en el empleo de metáforas y analogías económicas es el de las ciencias naturales y la biología. Se dice, por ejemplo, que «la economía se parece más a un sistema biológico que a una máquina» (Pino, 2020); los consumidores se defienden de los «virus» informáticos; se dice que el capitalismo laissez-faire es la «ley de la selva» o que en el ámbito mercantil «el pez grande se come al pez chico»; que cierta industria es el «músculo» económico del país o que en cierta región el paro es «endémico»; en el marketing se oye decir que cierto mercado (como la fruta) está «maduro» o que los productos tienen un «ciclo de vida» (Porter, 2009: 206; Kotler y Armstrong, 2003: 337): nacen, crecen, alcanzan la madurez y mueren. La lista de tropos es interminable, algunos resultan inocuos, pero otros forman parte de una retórica perversa que no facilita el análisis racional de los problemas; algo que el profesor Rodríguez Braun llama —también metafóricamente— lenguaje «envenenado».

Cuerpo, salud y enfermedad

Es frecuente hablar del «cuerpo» social como sinónimo de sociedad. Por ejemplo, el famoso Leviatán (1651) de Hobbes muestra un dibujo alegórico del soberano: un gigante portando corona, cetro y espada cuyo cuerpo está formado por minúsculos individuos o súbditos. La «mano invisible», que acuñara Adam Smith en La riqueza de las naciones (1776), es probablemente la metáfora corporal más conocida. En el ámbito académico se llama «corpus» (cuerpo) al conjunto de datos y textos relativos a una disciplina.  El médico y economista francés François Quesnay (1694-1774), fundador de la Escuela fisiocrática, decía que el dinero en la economía era como la sangre en el cuerpo humano. Y si admitimos que la sociedad o la economía son como un cuerpo biológico, resulta inevitable pensar que éste puede estar «enfermo» y que, cual médico, «el Estado puede contribuir significativamente a curar la enfermedad» (Samuelson y Nordhaus, 2006: 34). Los apóstoles de Keynes afirman que una economía «debilitada» se puede fortalecer con las «vitaminas» que le administra el gobierno en forma de inflación. Un buen ejemplo de «estímulo» económico fue el ruinoso Plan E: la pócima keynesiana del gobierno de Zapatero, cuyo resultado fue rematar al enfermo. Por su parte, los austriacos dicen que la inflación es un «cáncer» y los sindicalistas afirman que la retirada de ayudas gubernamentales a ciertos sectores —siderurgia, automovilístico— debilita el «músculo» industrial o el «tejido» empresarial.

La ley de la selva

En la naturaleza los animales viven en libertad. El depredador situado en un escalón superior de la cadena trófica se alimenta del animal situado en otro inferior. El primero solo puede sobrevivir a expensas del segundo, dicho coloquialmente: el pez grande se come al pez chico. Cuando se afirma que el capitalismo laissez-faire es la «ley de la selva» se producen varias y desafortunadas analogías. Se piensa que las empresas actúan como los peces, por ejemplo, que el gran distribuidor comercial se «come» al pequeño comercio; o que los empresarios se «alimentan» (explotan) de sus empleados, sustrayéndoles la mítica plusvalía. Surgen múltiples metáforas que llevan asociada una condena moral: los especuladores financieros son «tiburones» y los fondos de inversión (capital riesgo) especializados en la compra de activos muy depreciados son «buitres».

Estos tropos biológicos aplicados a la economía carecen de sentido desde cuatro ópticas: A) Biológica: La cadena trófica o alimentaria forma parte del funcionamiento natural de cualquier ecosistema. No hay animales «buenos» y «malos». Los tiburones, lobos, hienas y buitres —vistos por el público con antipatía— no son ni mejores ni peores que el resto de animales. B) Moral: La conducta animal es instintiva. Sólo la «acción humana es intrínsecamente moral, está referida al orden moral» (Ayuso, 2015). C) Institucional: En la selva no hay instituciones —derecho, comercio, justicia, seguridad— que resuelvan los intereses antagónicos entre las especies. En el libre mercado, en cambio, la conducta humana queda sometida a los principios generales del derecho: buena fe, honradez, veracidad, lealtad, etc. Y como los hombres no son ángeles, la ley sanciona a los infractores. D) Económica: En la naturaleza, las relaciones entre especies (con excepción de la simbiosis) son de tipo «suma cero»: unos ganan a expensas de otros. En el mercado, quienes intercambian obtienen un beneficio mutuo.

Tampoco los darwinistas sociales aciertan al afirmar que la sociedad es una «lucha» por la supervivencia entre los más aptos frente a los menos aptos, una pugna entre ricos y pobres, entre patronos y empleados o más últimamente, entre sexos. «El concepto de lucha por la existencia, que Darwin tomó de Malthus sirviéndose de él en la formulación de su teoría, ha de entenderse en un sentido metafórico» (Mises, 2011: 210). En definitiva, no hay nada «salvaje» en el sistema capitalista. En el mercado no se libra una lucha a muerte por la supervivencia, sino la pacífica cooperación a través de la división del trabajo (Mises, 2011: 174):

Los dos hechos fundamentales que originan la cooperación, la so­ciedad y la civilización, transformando al animal hombre en ser hu­mano, son, de un lado, el que la labor realizada bajo el signo de la división del trabajo resulta más fecunda que la practicada bajo un régimen de aislamiento y, de otro, el que la inteligencia humana es capaz de reconocer esta verdad.

Fondos buitre

Se llama —peyorativamente— fondo «buitre» a un específico tipo de inversor especializado en la compra de activos muy depreciados y de alto riesgo: deuda pública de gobiernos poco solventes, empresas en quiebra, hipotecas de difícil cobro, etc. Al igual que los buitres se alimentan de lo que otros animales desechan —carroña—, los fondos «buitre» asumen los trabajados y riesgos que la mayoría de inversores elude. Su labor, lejos de ser censurable, cumple una función económica de gran importancia. Primero, respecto de los gobiernos, estos inversores no caen en la trampa de ceder ante las «reestructuraciones» de deuda y quitas, chantaje político cuya finalidad es obtener coactivamente un descuento. Un gobierno tiene poder absoluto para coaccionar y confiscar la propiedad privada, pero sólo en su ámbito soberano. Los fondos de capital riesgo, afortunadamente, acuden a la justicia privada internacional para obligar a los gobiernos a honrar sus pactos: Pacta sunt servanda. Sin ir más lejos, el gobierno de España acumula 42 arbitrajes internacionales que reclaman 15.000 millones de euros por lucro cesante (recorte de las subvenciones en la producción de energía renovable). Con respecto a las empresas, los fondos «buitre» compran compañías quebradas y las reflotan para luego venderlas. Esto no es distinto a comprar una casa en ruinas, reformarla y venderla a un precio superior. Los vendedores de los activos depreciados, por su parte, aceptan las ofertas (supuestamente abusivas) porque claramente les beneficia. Si los fondos buitre no existieran se produciría un mayor consumo de capital. Algo parecido podríamos decir de los «tiburones» financieros, esos míticos villanos cinematográficos que especulan en bolsa e intrigan para hacer caer la cotización de un activo mediante posiciones «cortas» ­—mal llamadas «bajistas»­— (Lacalle, 2013). La realidad muy distinta: los inversores toman decisiones basadas en un riguroso análisis de la situación de cada empresa, del sector y la competencia. Por tanto, resulta maniqueo dividir metafóricamente a los inversores en «ángeles» (business angels) y «tiburones» cuando todos buscan un mismo fin: obtener beneficios de su actividad especulativa. Los especuladores, en búsqueda de lucro, de forma no intencionada, provocan un «mejor» —más aproximado a la realidad­— ajuste en el precio de las acciones. Sólo tras un reflexivo análisis praxeológico puede el economista advertir la importante función social de los míticos «tiburones» y «buitres» económicos.


Desempleo endémico

Un endemismo es una especie —vegetal o animal— que habita en un área única y limitada. Cuando se dice, por ejemplo, que en España o en Grecia el desempleo es «endémico» podemos cometer el error de olvidar que el paro es un fenómeno institucional. El desempleo nada tiene que ver con la biología, la latitud o el clima, sino que es consecuencia exclusiva del intervencionismo. La legislación laboral es la principal causante del paro, pero otras regulaciones —comercial, industrial, turística, urbanística— reducen artificialmente el número de empresas, autónomos y empleados. En una economía no interferida por el gobierno, «para encontrar trabajo, el inte­resado, o reduce sus exigencias salariales, o cambia de ocupación, o varía el lugar de trabajo» (Mises, 2011: 708). No es endémico el desempleo, lo único que es habitual y permanente es la obsesión regulatoria de las autoridades.

Bibliografía

Ayuso, M. (2015): «El Estado como sujeto inmoral». Recuperado de:

<https://www.youtube.com/watch?v=hQJYQIoNOV0>

Kotler, P. y Armstrong, G. (2003): Fundamentos de marketing. México: Pearson.

Lacalle, D. (2013). Nosotros, los mercados. Barcelona: Deusto (Kindle).

Mises, L. (2011). La acción humana. Madrid: Unión Editorial.

Pino, F. del (2020): «El confinamiento como experimento totalitario». Recuperado de: https://www.fpcs.es/el-confinamiento-como-experimento-totalitario/

Porter, M. (2009). Estrategia competitiva. Madrid: Pirámide.

Rodríguez Braun, C. (2002): «Nuestro lenguaje envenenado. La retórica de la economía». Recuperado de: https://www.youtube.com/watch?v=dNR3FHlTwtw

Samuelson, P. y Nordhaus, W. (2006): Economía. Méjico: McGraw-Hill

(18ª edición).

Serie El lenguaje económico

(IV) La física

(III) La retórica bélica

(II) Las matemáticas

(I) Dinero, precio y valor

La teoría del cierre categorial y la economía (I): El cierre categorial

Comienzo, con estas palabras, un empeño que supera mis fuerzas. Consiste en recoger el contenido del libro El mito del capitalismo, de Luis Carlos Martín Jiménez, que es un intento de llevar la teoría del cierre categorial de Gustavo Bueno al ámbito de la economía. Mi dificultad, claro está, parte de que las ideas de Bueno sobre la delimitación de la ciencia y su método es un terreno apenas explorado por mí, y en el que no me extrañaría que diese algún paso en falso. 

La teoría del cierre categorial es una teoría de delimitación de la ciencia. La ciencia es un conjunto de teoremas sistemático, abierto e ilimitado. Gustavo Bueno entiende la ciencia como el saber que “define el campo gnoseológico de cada ciencia como un conjunto de armaduras o contextos determinantes, como partes materiales genuinamente suyas”. Y, en particular, la ciencia es una construcción intelectual, en la cual los teoremas se articulan de forma progresiva. Se relacionan unos con otros, se sistematizan y reorganizan, de modo que definen la inmanencia de lo que los seguidores de Bueno llaman un campo cerrado. 

Los teoremas son como elementos de un lego, y juntos van conformando un corpus teórico que se refuerza, en la confluencia de unos con otros, hasta formar un conjunto que tiende a ser coherente. Dicho de otro modo, los teoremas son construcciones intelectuales formales construidas a partir de una realidad material. El objetivo de esas figuras gnoseológicas es establecer una identidad sintética con esa realidad. La ciencia, como digo, es la construcción de un conjunto sistematizado y relacionado de esos teoremas. 

Su elaboración es un proceso histórico. No responde a un propósito previo, pues sus perfiles se van descubriendo con el tiempo, pero esos perfiles van definiendo una figura reconocible, por así decirlo. Revelan un conjunto coherente de saberes sistemáticos sobre el mundo. 

Vamos ahora con la expresión cierre categorial. La ciencia se elabora sobre categorías, porque no es posible elaborar una ciencia del todo. De modo que la ciencia tiene que crear categorías en las que, por así decir, compartimentar la realidad para poder estudiarla formalmente. Si la ciencia es un conjunto de operaciones que entrelaza los teoremas para construir un edificio coherente, el cierre es la definición de un campo inmanente en el que se desarrollan esas operaciones. 

Esta posición tiene varias implicaciones. La primera de ellas es que no existe una ciencia unificada, sino distintas ciencias, definidas cada una de ellas por su propio conjunto cerrado de categorías. 

La segunda es que esas categorías no son anteriores al propio proceso operatorio de la ciencia. Al revés, son el resultado del proceso operatorio de la ciencia, al menos según Jesús García Maestro. De modo que nos encontramos con la primera gran contradicción de la teoría categorial: La ciencia está definida por las categorías sobre las que se mueve, pero esas mismas categorías están definidas por la ciencia. Es un razonamiento en círculo.

Otra implicación es la siguiente: Define el trabajo de la ciencia no como el conocimiento del mundo, sino como una construcción del mundo. Es la ciencia la que constituye las categorías del mundo, y en tal sentido la construye. La ciencia no es una duplicación del mundo real en el mundo de las ideas, ni es una descripción de ese mundo exterior. Lo cual me lleva a plantearme qué concepto de verdad alberga la teoría del cierre categorial. La verdad es una correspondencia entre las ideas y el mundo exterior.

Entiendo que la posición de Gustavo Bueno es que, dado que es materialista, el mundo de las ideas no es más que una forma del mundo material. Y de ahí la expresión “identidad sintética”: hay una correspondencia sintética, estructural, entre las ideas y el mundo material. Una posición quizás cercana a las ideas de Friedrich A. Hayek sobre cómo funciona la mente.

Hayek ofrece una explicación puramente material, biológica, del origen y del funcionamiento de la mente. Y en determinado momento llega a decir (año 1952) que si se pudieran conectar entre sí un conjunto de piedras, se podría generar una mente.

Estas ideas sobre la demarcación de la ciencia tienen implicaciones sobre la metodología de la Economía, y Luis Carlos Martín realiza un notable esfuerzo por construir un camino hacia el conocimiento de la historia económica desde los postulados de Gustavo Bueno.

El lenguaje económico (IV): La física

La influencia de la física en el lenguaje económico forma parte de un fenómeno universal, a saber, el ascendiente de la racionalidad científico-tecnológica en todos los ámbitos del saber. Este hecho «tiene sus raíces en el pensamiento de Descartes y de Bacon, así como en el éxito espectacular de la física newtoniana, y se desarrolló a través de la mentalidad ilustrada y positivista» (Marcos, 2010: 67). El enorme prestigio de la física creció en los siglos XIX y XX, siendo considerada la ciencia por excelencia debido a su elevada capacidad predictiva. Thomas Khun (2006: 314) advirtió: «La potencia de una ciencia parece aumentar con el número de generalizaciones simbólicas que quienes las practican tienen a su disposición». Los científicos sociales, encandilados por la física, emularon su método sin percatarse que resultaba inadmisible reclamar algo que estaba fuera de su alcance: la predicción cuantitativa. Dicho en román paladino: «No se puede pedir peras al olmo». Los más conspicuos científicos sociales fueron abducidos por el positivismo: en el derecho, Kelsen; en la psicología, Skinner; y en la sociología, Durkheim (2001: 77):

“[La ciencia] Estudia el calor al través de las variaciones de volumen que producen en los cuerpos los cambios de temperatura, la electricidad a través de sus fenómenos físico-químicos, la fuerza a través del movimiento. ¿Por qué ha de ser una excepción la solidaridad social?”.

Los economistas tampoco escaparon a este influjo y pronto comenzaron a utilizar los términos de la física y la mecánica: aceleración, centro de gravedad, ciclo, densidad, equilibrio, fuerza, inercia, masa, velocidad, etc. Todos ellos fueron empleados para acuñar fenómenos sociales. Eminentes economistas definen al mercado como un «mecanismo» a través del cual compradores y vendedores interactúan o que «los precios son la rueda que equilibra el mecanismo del mercado» (Samuelson y Nordhaus, 2006: 26). Algunos de estos deslizamientos lingüísticos resultan inocuos, pero otros son confusos, falaces y funestos.

1. Capacidad de carga

Los medios de transporte —camión, barco, avión, ascensor, etc.— tienen limitaciones técnicas que son especificadas por los fabricantes. A su vez, los gobiernos fijan límites máximos —peso, viajeros— para cada categoría de vehículos. Un territorio, sin embargo, no tienen límites en cuanto al número de residentes que pueda albergar. Por ejemplo, la isla canaria de La Palma (708 km2) y Singapur (721 km2) tienen una superficie parecida, pero la segunda (censo: 5,7 millones) está 68 veces más poblada que la primera (censo: 84.000). Es un error deslizar el concepto y el término «capacidad de carga» desde el ámbito industrial al social. Se habla incorrectamente de la «capacidad de carga» de un destino turístico y del «exceso» de turistas, hoteles o vehículos que debe soportar. Fijar topes al crecimiento o al consumo es un acto arbitrario, basado en prejuicios, avalado por informes espurios y cuyo nefasto resultado es el intervencionismo económico, urbanístico y medioambiental. En última instancia, retrasa el progreso y reduce la calidad de vida de los habitantes. Por ejemplo, se imponen moratorias turísticas que impiden la construcción de nuevos hoteles e incluso los espacios naturales y los senderos de montaña son objeto de esta absurda idea de «capacidad de carga».

2. Elasticidad

En física, elasticidad es la propiedad de un cuerpo sólido para recuperar su forma cuando cesa la fuerza que la altera. En economía, a medida que sube el precio de un bien los consumidores reducen su cantidad demandada, y viceversa. El concepto de elasticidad está referido a esta respuesta, que es diferente para cada bien y para cada individuo en función de su escala de valores. También en el ámbito fiscal se habla de «elasticidad de la base imponible», según Rallo (2018): «Suele ubicarse en torno a 0,4: es decir, un incremento del 1% en el tipo impositivo conduce a una reducción del 0,4% en la base imponible». Como ya hemos expuesto en artículos anteriores, la respuesta de los individuos ante los cambios en los precios no puede medirse acudiendo a curvas u otros expedientes matemáticos.

3. Equilibrio

En física, se dice que un cuerpo o un sistema está en equilibrio cuando sobre él actúan diversas fuerzas que se anulan mutuamente. Equilibrio es sinónimo de reposo, estabilidad y ausencia de cambio. En la economía nada permanece en equilibrio y éste tan sólo es un escenario imaginario que sirve al razonamiento económico. En efecto, «a quienes actúan nada les interesa el equilibrio ni los precios de equilibrio, conceptos estos totalmente ajenos a la acción y a la vida real» (Mises, 2011: 837).  No obstante, en el libre mercado, la competencia entre empresarios (ávidos de obtener ganancias) tiene un efecto equilibrador de los precios.

4. Fuerza

Las fuerzas físicas —gravitacional, electromagnética y nuclear— y las fuerzas económicas no tienen relación alguna. Según Mises (2011: 405): «Nada hay de automático ni mecánico en el funcionamiento del mercado». En economía, la palabra «fuerza» es metafórica. Para Marx y Engels (2013) las «fuerzas productivas» eran los diversos medios de producción: trabajo, máquinas, herramientas, materias primas, etc. Se dice que el mercado se rige por las fuerzas de la oferta y la demanda. Para Mises (2011: 502), tan reacio al empleo de tropos, la «fuerza» impulsora del dinero expresaba su capacidad de generar cambios. Otras veces, el significado de fuerza tiene connotaciones misteriosas: por ejemplo, la mítica fuerza que origina el «subconsumo» o que «induce a un exceso de frugalidad» (Keynes, 1943: 326). Por último, algunas organizaciones —políticas, sindicales, empresariales— también se autodenominan «fuerzas».

5. Liquidez

Es la «facilidad con que es posible convertir un activo en el medio de cambio de la economía» (Mankiw, 2007: 444). El dinero en efectivo y los depósitos a la vista son los activos más líquidos, le siguen los sustitutos monetarios —cheques al portador,

cheques de viaje, pagarés—, acciones, participaciones en fondos de inversión, bonos, letras del tesoro, etc. El dinero-mercancía —oro y plata— tiene una liquidez intermedia y, por último, los bienes inmuebles o las obras de arte son activos poco líquidos por su menor facilidad de venta. Un sinónimo (no metafórico) de liquidez sería «mercabilidad» (Mises, 2011: 482) 

6. Velocidad

En física, la velocidad a la que un cuerpo se desplaza es la cantidad de unidades de espacio que recorre en una unidad de tiempo (v= e/t). En economía, por velocidad del dinero se entiende la «tasa a la que el dinero cambia de manos» (Mankiw, 2007: 462). Sin embargo, el dinero no se desplaza, tan solo cambia de dueño en cada transacción. Ni el dinero ni el resto de bienes intercambiados circulan a «velocidad» alguna; de nuevo, estamos ante otra metáfora. Para definir el número de veces que una moneda es intercambiada en un año, los economistas podrían haber elegido otros términos más adecuados, por ejemplo: frecuencia de intercambio o rotación del dinero. Según Mises (2011: 484), el dinero nunca está en circulación porque «no hay momento alguno durante el cual el dinero no sea de nadie, de ninguna persona o entidad». Existe la creencia popular —por otro lado, infundada— de que es bueno para la economía que el dinero esté en movimiento. Sin embargo, como afirma Shostak (2018):

Son las acciones con propósito individual las que determinan los precios de los bienes y no una velocidad mítica. El hecho de que la llamada velocidad sea 3 o cualquier otro número no tiene nada que ver con los precios promedio y el poder adquisitivo promedio del dinero como tal.

Si aumentar el número de intercambios, per se, fuera algo positivo, deberíamos gastar con frenesí hasta el último céntimo de nuestro saldo en efectivo. No olvidemos que el dinero solo es un medio de intercambio, por tanto, no se es más rico imprimiendo más dinero ni gastándolo desaforadamente. Dinero «ocioso» es otra mala metáfora porque el dinero atesorado (saldo en efectivo) cumple una función vital: proporciona seguridad económica frente a la incertidumbre. Según Mises (2011: 484): «Lo que suele denominarse atesoramiento no es más que un saldo de metálico supe­rior —según la opinión de quien enjuicia— al considerado normal y conveniente». En definitiva, la creación de riqueza nada tiene que ver con la velocidad de circulación del dinero, sino con las mejoras en la cantidad y calidad de la producción de bienes.

7. Miscelánea

Otras metáforas físicas resultan inocuas: A) «Masa» monetaria es la cantidad agregada de dinero que hay en una economía. Hay distintas masas monetarias —M0, M1, M2, M3, M4— en función de su «liquidez». B) «Apalancamiento» es sinónimo de endeudamiento. C) «Nivel» de precios es otro desliz lingüístico copiado del comportamiento de los fluidos. Una metáfora más apropiada sería «convulsión de precios» (Mises, 2011: 496). D) «Vehículo» de inversión. E) «Aceleradora» de empresas. F) «Densidad» de población. G) «Ciclo» de vida del producto, «ciclo» económico. H) En econometría, «inercia» es la medida de la dispersión de los datos respecto a un punto llamado «centro de gravedad». Para terminar, les dejo un ejemplo de cómo el lenguaje físico y el matemático pueden ser combinados de forma ininteligible en algo que metafóricamente podríamos llamar «diarrea» mental:[1]

Si tenemos un conjunto de n individuos sobre los que se han medido k variables podemos representar a dichos individuos como un conjunto de n puntos en el espacio vectorial Rk. Dado un punto p del espacio Rk y una base ortonormal de dicho espacio, la inercia total de los individuos respecto al punto p es igual a la suma de las inercias de los individuos respecto al punto p a lo largo de cada uno de los vectores de la base ortonormal.

Bibliografía:

Durkheim (2001) [1893]: La división del trabajo social. Madrid: Akal.

Keynes, J. (1943): Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero. Méjico: FCE.

Kuhn, T. (2006): La estructura de la revoluciones científicas. Méjico: FCE.

Mankiw, N. (2007): Economía. Madrid: Thomson.

Marcos, A. (2010): Ciencia y Acción. Méjico: FCE.

Marx, K. y Engels, F. (2013) [1848]: El manifiesto Comunista. Madrid: Fundación de

Investigaciones Marxistas.

Mises, L. (2011): La acción humana. Madrid: Unión Editorial.

Rallo, J. (2018): ‘Destope’ de cotizaciones sociales: demagogo, injusto e ineficaz. Recuperado de: https://blogs.elconfidencial.com/economia/laissez-faire/2018-01-22/destope-de-cotizaciones-sociales-demagogo-injusto-e-ineficaz_1509173/?utm_source=newsletter&utm_medium=email&utm_campaign=news_ec&utm_content=textlink&utm_term=opinion

Samuelson, P. y Nordhaus, W. (2006): Economía. Méjico: McGraw-Hill

(18ª edición).

Shostak, F. (2018): «El problema con la “velocidad del dinero”».


[1] https://jjgibaja.wordpress.com/2008/02/14/descomponiendo-la-inercia/

Serie El lenguaje económico

(III) La retórica bélica

(II) Las matemáticas

(I) Dinero, precio y valor