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Etiqueta: metodología

La cuestión de las matemáticas en economía

Recientemente, varios artículos en esta página web del Instituto Juan de Mariana han tratado la cuestión del uso de las matemáticas en economía. En el primero de ellos, el Dr. José Hernández Cabrera se posiciona en contra de su uso. En el segundo, el Dr. José Manuel González Pérez construye una réplica al artículo del Dr. Hernández Cabrera. En ambos artículos he podido leer argumentos interesantes y profundos sobre esta cuestión metodológica. Sin embargo, me da la impresión de que se trata de un debate clásico sobre el uso de matemáticas en economía. En consecuencia, me gustaría aportar un punto de vista más reciente sobre el asunto.

La discusión sobre el uso de matemáticas en economía entraña argumentos complicados. Desde luego, no es una cuestión sencilla. A mí me gusta empezar a abordar el tema teniendo en cuenta la tesis que plantea Weintraub (2002); a saber, que las revoluciones en la historia de la economía han seguido a las revoluciones en la historia de las matemáticas. ¿Cuáles son las implicaciones de esta idea?

Lo que supone la tesis de Weintraub es que no podemos hablar de matemáticas y economía en general, sino que tenemos que concretar: (1) tipo de matemática y (2) enfoque económico, puesto que tanto las matemáticas como la economía están en continua evolución. Teniendo en cuenta estos dos factores, es más sencillo abordar el clásico debate, todos los argumentos y, también, llegar a una conclusión más satisfactoria. Permítanme ilustrarlo con la siguiente argumentación.

Las criticas habituales de los austriacos hacia el uso de matemáticas en economía son: no existen constantes en el campo de la acción humana (Mises 1998); la representación funcional no permite descubrir la causalidad de los fenómenos económicos (Mayer 1994); al ser una copia de la física mecánica se centra solo en describir estados de equilibrio y no puede explicar los procesos dinámicos de mercado (Mises 1998); asume homogeneidad y continuidad en la acción humana, que precisamente es heterogénea y discontinua (Rothbard 2011); al contrario de lo que muchos sostienen, el lenguaje verbal puede ser igual de preciso que el lenguaje matemático (Rothbard 1976; Menger 2003); y, también, que no añade conocimiento nuevo (Mises 1998), sino que es una mera traducción de lenguaje verbal a matemático que viola el principio científico fundamental de la navaja de Ockham (Rothbard 1956; 1976; 2009). Desde mi punto de vista, la mayoría de argumentos podríamos encontrarlos ya en Carl Menger. Es cierto que hay algunos posteriores como el de la navaja de Ockham de Rothbard que me parecen muy interesantes y refinados. Aun así, vayamos un momento a Menger.

Carl Menger se diferencia de los otros dos marginalistas, Jevons y Walras, por no recurrir al lenguaje matemático, entre otras cosas (Jaffé 1976). Una gran cantidad de autores han estudiado la posición de Menger respecto a las matemáticas (Alter 1986; Barkai 1996; Blanco González 2007; Mensik 2015; Reiss 2000). Todos ellos concluyen que la insistencia de Menger en el descubrimiento de la esencia de los fenómenos económicos y la aspiración de explicarlos en toda su complejidad y realismo es lo que hace que el primer economista austriaco rechace las matemáticas como lenguaje. Aunque hemos de reconocer que Menger también admite que se pueden usar como herramienta subsidiaria o expositiva (Jaffé 1976). No obstante, aun a pesar de la posición de Menger con respecto a las matemáticas, varios de los autores mencionados arriba han afirmado que es posible la matematización de la teoría mengeriana; concretamente, su teoría del valor (Alter 1986) y su orientación exacta (Mensik 2015).

Mensik (2015) argumenta que, dado que la orientación exacta de Menger constituye un sistema cerrado, modular, axiomático y regular, esta llama al tratamiento matemático. Esto mismo plantea Moorhouse (1993) para el caso de Mises, entendiendo también la praxeología como un sistema cerrado, axiomático-deductivo. Por el contrario, la orientación empírico-realista, en tanto que se basa en conceptos que dependen en el entendimiento o el sentido común, que están abiertos a la interpretación humana y, a su vez, aspiran a explicar los fenómenos en toda su complejidad y realismo, se convierte en un sistema abierto imposible de formalizar como un sistema matemático axiomático (Mensik 2015). Esto lleva a Mensik a concluir que los austriacos han intentado conseguir una tarea mucho más complicada que los economistas matemáticos; que no es la teoría de Menger la que se encuentra poco desarrollada, sino que son las matemáticas, como herramienta, las que están insuficientemente desarrolladas como para poder cumplir el grado de explicación y comprensión de los fenómenos económicos al que aspiran los austriacos.

Con el caso de Menger podemos entender el argumento en el que queremos hacer hincapié en este artículo. Como decía antes, en función del enfoque (orientación exacta o empírico-realista) que se adopte, determinadas herramientas matemáticas serán idóneas o no. Por ello, si queremos estudiar fenómenos dinámicos que se encuentran fuera de equilibrio, la matemática algebraica, como bien han apuntado los austriacos, resulta insuficiente. Sin embargo, no solo existe la matemática algebraica, teniendo en cuenta que las matemáticas evolucionan. Como ejemplo relacionado tenemos lo que apunta Alter (1986). Según este autor, la teoría de Menger no podía formalizarse matemáticamente en la época debido a una insuficiencia del lenguaje matemático. Esto no cambiaría hasta cuarenta años antes del artículo de Alter, con el desarrollo de la programación lineal. De esta forma, una evolución en las matemáticas permite la formalización de teoría económica de acuerdo con las aspiraciones de los autores que originalmente formulan una teoría.

Más ejemplos podemos encontrar en Mises (1998), quien reconoce que su construcción imaginaria de la economía de giro uniforme, donde la economía se encuentra en equilibrio, puede ser representada mediante ecuaciones diferenciales y curvas; o en Rothbard (2009), quien emplea lenguaje matemático para explicar la relación entre el Producto Físico Marginal y el Producto Físico Medio, justificando su uso en que  se trata de una cuestión tecnológica, no humana, donde ciertas cantidades son causa de otras cantidades, algo que Rothbard considera susceptible de matematización. ¿Acaso muchos economistas matemáticos como Jevons o Schumpeter (Machlup 1951; Schumpeter 1933) no justificaban el uso de matemáticas en economía porque la entendían como una ciencia que trataba con cantidades (algo tecnológico)? De nuevo, la cuestión depende del enfoque económico y de la herramienta matemática que usemos.

Debe quedar claro que el enfoque austriaco aspira a comprender los fenómenos de forma dinámica, compleja y realista. Por eso rechaza el lenguaje algebraico; porque este no es capaz de alcanzar el grado de comprensión que buscan los austriacos. Sin embargo, teóricos de la complejidad como W. Brian Arthur (2021), que comparten la aspiración de comprender el mundo de forma compleja, han hecho la misma crítica que los austriacos a la matemática algebraica y han propuesto otra herramienta matemática que sí consideran capaz de reflejar la complejidad y el dinamismo de una economía real: los algoritmos.

De esta forma, la evolución de las matemáticas presenta una nueva forma de expresión a la teoría económica. Lo importante ahora es analizar si el lenguaje algorítmico permite formalizar teoría económica de acuerdo con las aspiraciones de los distintos autores. En este caso, de los economistas austriacos. También es importante analizar si esta herramienta permite descubrir nuevo conocimiento o acabar con la posible ambigüedad del lenguaje verbal, dos argumentos que habitualmente suelen presentar economistas matemáticos en favor del lenguaje matemático (Chiang and Wainwright 2005). Esto es algo que queda por estudiar.

En relación con esta última idea, me gustaría evaluar la capacidad de la matemática algebraica para representar sistemas cerrados o axiomáticos como la praxeología o la orientación exacta mengeriana, intentando comprobar si esta descubre conocimiento y reduce la ambigüedad.

A primera vista, diría que el argumento de Rothbard sobre la navaja de Ockham es bastante sólido, al igual que su cita a Karl Menger, donde el matemático enfatiza la igual capacidad de precisión del lenguaje matemático y verbal. Aun así, puedo llegar a entender el razonamiento de la navaja de Ockham de forma inversa, es decir, no desde el punto de vista del emisor de teoría, el que la formula, sino de todos aquellos que reciben la teoría y la interpretan. El principio de la navaja de Ockham en este caso sería, no que el descubridor de teoría (emisor) formulara la teoría para él de la forma más simple, puesto que él ya conoce la interpretación que hay que hacer de su teoría, sino que lo expresase de la forma más simple para todo el mundo científico. En ese sentido, la matemática algebraica permite reducir la ambigüedad y hacer simple la teoría (Debreu 1986), al hacerla entendible para todo el campo científico. De esta manera, si entendemos que la ciencia es un proceso eminentemente social, incluso, un orden espontáneo, cobra especial relevancia la idea de tener un lenguaje eficiente, que reduzca al mínimo posible las ambigüedades, facilite la comunicación y, por tanto, la creación de conocimiento, entendido a nivel social (como un proceso social de aprendizaje). Si adoptamos este punto de vista y asumimos que la matemática algebraica permite alcanzar mayor precisión que el lenguaje verbal para expresar teoría estática, puesto que es el lenguaje común de todos los economistas, el uso de matemáticas estaría justificado y no se violaría el principio de la navaja de Ockham, dado que este lenguaje permitiría expresar teoría económica de la forma más simple y eficiente para todos los economistas, no solo para el descubridor/emisor de la teoría. Si el lenguaje verbal tuviera el mismo nivel de precisión que el matemático y permitiera comunicar teoría económica de manera igualmente eficiente que el lenguaje matemático, entonces la conclusión sería la opuesta.

Referencias

Alter, Max. 1986. “Carl Menger, Mathematics, and the Foundation of Neo-Classical Value Theory.” Quaderni Di Storia Dell’economia Politica 4 (3): 77–87. https://www.jstor.org/stable/43317322?seq=1.

Arthur, W. Brian. 2021. “Economics in Nouns and Verbs,” April. http://arxiv.org/abs/2104.01868.

Barkai, Haim. 1996. “The Methodenstreit and the Emergence of Mathematical Economics.” Eastern Economic Journal 22 (1): 1–19.

Blanco González, María. 2007. “El Rechazo de Carl Menger a La Economía Matemática. Una Aproximación.” Procesos de Mercado: Revista Europea de Economía Política 4 (1): 79–106.

Chiang, Alpha C., and Kevin Wainwright. 2005. Fundamental Methods of Mathematical Economics. New York: McGraw-Hill/Irwin.

Debreu, Gerard. 1986. “Theoretic Models: Mathematical Form and Economic Content.” Econometrica 54 (6): 1270. https://doi.org/10.2307/1914299.

Jaffé, William. 1976. “Menger, Jevons and Walras De-Homogenized.” Economic Inquiry 14 (4): 511–24. https://doi.org/10.1111/j.1465-7295.1976.tb00439.x.

Machlup, Fritz. 1951. “Schumpeter’s Economic Methodology.” The Review of Economics and Statistics 33 (2): 151. https://doi.org/10.2307/1925877.

Mayer, Hans. 1994. “The Cognitive Value of Functional Theories of Price: Critical and Positive Investigations Concerning the Price Problem.” In Classics in Austrian Economics: A Sampling in the History of a Tradition, edited by Israel M Kirzner. Vol. 2. London: William Pickering.

Menger, Karl. 2003. “Austrian Marginalism and Mathematical Economics.” In Selecta Mathematica, 531–53. Springer Vienna. https://doi.org/10.1007/978-3-7091-6045-9_46.

Mensik, Josef. 2015. “Mathematics and Economics: The Case of Menger.” Journal of Economic Methodology 22 (4): 479–90. https://doi.org/10.1080/1350178X.2015.1024881.

Mises, Ludwig von. 1998. Human Action: A Treatise on Economics. Auburn: Ludwig von Mises Institute.

Moorhouse, John C. 1993. “A Critical Review of Mises on Mathematical Economics.” History of Economics Review 20 (1): 61–74. https://doi.org/10.1080/10370196.1993.11733133.

Reiss, Julian. 2000. “Mathematics in Economics: Schmoller, Menger and Jevons.” Journal of Economic Studies 27 (4–5): 477–91. https://doi.org/10.1108/01443580010342393.

Rothbard, Murray N. 1956. “Toward a Reconstruction of Utility and Welfare Economics.” In On Freedom and Free Enterprise: Essays in Honor of Ludwig von Mises, 224–62. Princeton: D. Van Nostrand Company.

———. 1976. “Praxeology: The Methodology of Austrian Economics.” In The Foundations of Modern Austrian Economics, edited by Edwin G. Dolan, 19–39. Kansas City: Sheed & Ward.

———. 2009. Man, Economy, and State with Power and Market. Auburn: Ludwig von Mises Institute.

———. 2011. “What Is the Proper Way to Study Man?” In Economic Controversies, 25–28. Auburn: Ludwig von Mises Institute.

Schumpeter, Joseph A. 1933. “The Common Sense of Econometrics.” Econometrica 1 (1): 12. https://doi.org/10.2307/1912225.

Weintraub, E. Roy. 2002. How Economics Became a Mathematical Science. Durham: Duke University Press.

Réplica a El lenguaje económico II: Las matemáticas

El Dr. José Hernández Cabrera ha escrito recientemente un artículo: “El lenguaje económico (II): Las matemáticas”[1] en el que expone con brevedad su óptica sobre posibles razones o sinrazones de la matematización de la economía e intenta justificar que ello ha sido innecesario y que ha sido perjudicial para la ciencia económica. Como ven mi amigo no se corta. Por lo que parece, lecturas e interpretaciones aproximadas hay bastantes. También hay múltiples y variadas en el sentido contrario. Él me conoce y sabe que juntos y por separado hemos estudiado y trabajado el Tratado La Acción Humana de Mises, y en su libertad me ha invitado a hacerle una réplica a su artículo. Mi reflexión más que una réplica contradictoria o de pugna seguirá en la línea de búsqueda conciliatoria. Estoy vivo, muy vivo por ahora, aunque cada vez con menos tiempo restante y advierto que no estoy solo. Estoy con los otros. Sereno, estable, acompañado, bien sea para alcanzar con ellos algún tipo de acuerdos, bien, en cierta tensión, cuando me encuentro en búsqueda de acuerdos mediante negociación o, en mucha tensión, cuando me encuentro ante conflictos. Esto veo que pasa a todas las personas, físicas y jurídicas. Y dada la escasez manifiesta de tiempo en nuestras vidas, no debemos perder tiempo.

La ciencia económica, como ciencia social, como ciencia humana, se ocupa de problemas en contextos de escasez. Esta condición es inexorable. De no existir escasez, serían los bienes libres y no habría planteamiento económico alguno. La cosa es que los agentes económicos libres, cada quien, en su acción (humana) toma decisiones y al decidir elige y renuncia, en ello tienen puesta todos y cada uno su atención considerando sus respectivos y diferentes objetivos.

“La disputa sobre el método”

Sobre la Teoría de la Elección Racional (TER)

José Hernández Cabrera, en su ímpetu, con su estilete habitual y con claridad, intenta argumentar que las matemáticas no son sólo innecesarias sino también perjudiciales para la economía. Al final de su artículo pone un ejemplo ilustrativo, dice, del error de matematizar las ciencias humanas y, en particular la economía. Lo hace utilizando la Teoría de la Elección Racional (TER) expuesta por una catedrática de universidad, la cual sostenía que “para que un agente sea racional debe tener preferencias racionales, a saber, completas y transitivas”. Y seguía José diciendo: “Solo el axioma de transitividad resulta problemático: …. dicho en román paladino: si Juan prefiere un té a un café y un café a un chocolate, entonces prefiere un té a un chocolate. Los economistas matemáticos consideran que un orden de preferencias puede presentarse como una función ordinal de utilidad: U(x) > U(x’) > U(x’’) y que la elección racional coincide con su maximización”. Seguidamente indica, “semejante ‘teoría’ es ajena a la realidad …” y lo expone así: “un consumidor puede preferir un café por la mañana, un té por la tarde y un chocolate por la noche; e incluso alterar ese orden al día siguiente sin dejar por ello de ser racional. …. La TER, por tanto, no se refiere a como elige un ser humano, sino a como lo haría un robot cuyos gustos son inalterables. Efectivamente, la transitividad solo puede darse en un mundo irreal donde los hombres son maquinas o donde el tiempo no existe”.

Me ha sorprendido mucho esta conclusión. Un ‘mundo irreal’ no tiene que traducirse como ‘falso’; se puede tratar de un contexto donde se introduce un cierto grado de abstracción para simplificar un problema complejo. Y, desde luego, el mundo que describe la TER no necesita en absoluto que los “decisores” sean robots, porque los robots nunca deciden, se limitan a cumplir órdenes. Permítaseme extenderme un poco sobre este punto que me parece particularmente importante.

Sobre los robots, las máquinas y el ser humano.

En relación con este punto lo primero que habría que preguntarse es:¿es el hombre realmente libre?, ¿tiene libre albedrío o no es más que una máquina biológica, un robot? Hay ‘cientistas’[2] que tratan de explicar la  libertad humana a partir de una filosofía estrictamente materialista[3], pero, en mi opinión, esto es un auténtico sinsentido.

Si el universo es estrictamente determinista, el hombre es un robot. La idea de que somos capaces de decidir libremente no es más que una ilusión, tal vez una ilusión que “la naturaleza” nos fuerza a aceptar para poder sobrevivir, pero ciertamente una ilusión. Ahora bien, podría ser que el universo no fuese estrictamente determinista, que en la evolución del cosmos existiese un cierto margen de azar[4]. Aún así, seguiríamos siendo robots, pero robots de comportamiento aleatorio. Podría ocurrir que dentro de esa parte del cosmos que son nuestros cerebros existiera una “máquina generadora de azar”. De este modo las decisiones libres se podrían ligar al azar, como hace el filósofo Robert Kane. Sánchez Molinero[5] resume la tesis de Kane con estas palabras: “el cerebro humano no está programado de tal modo que en cada momento tenga que ir en una dirección especifica; en algunas ocasiones los programas cerebrales se quedan sin saber qué hacer y entonces se produce el “salto cuántico”, es decir, interviene el azar”; y esto es lo que nosotros percibimos como decisiones “libres”. Pero, ¿qué clase de libertad sería ésta?, ¿dónde queda relegada la libertad humana?, ¿tiene esto algo que ver con el libre albedrío?

Evidentemente, si negamos el libre albedrío, La TER carece de sentido, aunque no todos los usuarios de la misma sean conscientes de ello. A lo sumo, podríamos interpretarla, en un sentido positivo, como el intento de describir una ilusión –la ilusión que nosotros tenemos de decidir libremente. Si por el contrario lo aceptamos –si reconocemos la existencia de una voluntad, situada más allá de la física, que es causa última de las decisiones libres–, podemos aceptar la teoría en cuestión como un paso adelante en nuestra búsqueda de la verdad. Simplemente tratamos de descubrir cómo deciden los seres humanos. Aunque el comportamiento de un ser libre, a nivel individual, sea (o pueda ser), en muchas ocasiones, absolutamente imprevisible, eso no impide que podamos observar, con mayor o menor fiabilidad, regularidades predecibles en los grupos humanos, pautas estables de comportamiento.

Lo que resulta más problemático es la interpretación de la TER en términos normativos. Desde luego la catedrática que refiere Hernández Cabrera en su artículo no quedó muy bien al afirmar que “para que un agente sea racional debe tener preferencias racionales, a saber, completas y transitivas”, interpretando esta aseveración como una proposición “normativa.” Formalmente ese “debe tener” podría inducirnos a pensar que se trata de una proposición normativa. Pero no lo es, a menos que estemos dispuestos a tragarnos que las preferencias incompletas o intransitivas son algo “malo” o “indeseable” en algún sentido. Yo desde luego no veo nada malo en las preferencias incompletas. En muchas ocasiones renunciamos a comparar alternativas, reservamos nuestro juicio porque no tenemos suficiente información, o por cualquier otra razón. Tenemos preferencias incompletas.

La cuestión del tiempo.

La otra cuestión que Hernández Cabrera plantea como problemática es el tratamiento del tiempo en la TER. Efectivamente, el análisis económico puede plantearse unas veces en sentido estático y otras en sentido dinámico. Son distintas formas de tratar el factor tiempo. Un mismo sujeto puede tener preferencias racionales cambiantes con un orden transitivo y completo en la mañana, en la tarde y en la noche; o bien un orden cambiante de un día para otro. Esto no implica irracionalidad, como reconoce Hernández Cabrera, ni tampoco puede inferirse que trunque el alcance de la TER. La teoría de la utilidad cuenta con instrumentos, matemáticos, por cierto, para tratar estos problemas. Los cuales pueden resultar a veces bastante complejos, pero no imposibles de tratar.

Las sorpresas del tiempo (mañana, tarde y noche…) y de la racionalidad operan por doquier, también dentro de la economía austriaca. Así, cuando la argumentación austriaca habla del ‘conocimiento disperso’ y del ‘tiempo’ requerido en “los procesos sociales dinámicos” me percato de cómo varía el conocimiento a lo largo del tiempo, tanto el conocimiento que cada uno tiene de sí mismo como de los demás. Pero esto no puede llevarnos a afirmar que existe una diferencia “esencial,” infranqueable, entre el conocimiento de un período y el de otro. En este sentido, leo en Zanotti (2008)[6], que las diferencias entre los autores clásicos de las Escuela Austriaca han sido “demasiado enfatizadas, más por problemas terminológicos y de definiciones que por problemas reales. Hablar, por ejemplo, de una diferencia ‘esencial’ entre Mises y Hayek respecto al tema ‘conocimiento’ me parece en ese sentido un imposible epistemológico. Ellos no podrían ponerse de acuerdo ni con ellos mismos, según fuesen los diversos períodos de su pensamiento. Así que, si fuera el caso de buscar diferencias ‘esenciales’, habría que buscarlas entre los Mises 1,2,3,4… y Hayeks 1,2,3,4,… Hasta que la Escuela Austriaca tuviera una implosión en mil escuelas ‘esencialmente’ diferentes perdiendo la noción de programa de investigación, diverso pero identificable en relación a los otros programas de investigación neoclásicos”.

Recapitulando, permítanme, el hombre es ‘racional’, el tiempo opera, las máquinas o robots están predeterminadas, el hombre tiene libre albedrio, la economía tiene su sitio y la matemática también tiene su sitio, como la TER tiene su sitio y su alcance. Y yo me encuentro lejos del determinismo, lejos de la filosofía materialista y convencido de disponer de libre albedrio.

Sobre el uso de las matemáticas en la economía en la disputa del método.

No acabo de ver el calado de la discusión sobre la matemática en la economía. Creo que el debate refleja la pugna entre dos escuelas de pensamiento muy afines en su alcance, aunque también muy obstinadas en sus métodos. Para “desencallar” el debate me permitiré apuntar lo siguiente: cada individuo, cada quien, para su acción, elección o renuncia, define sus objetivos en libertad e intenta lograrlos en relación con los otros. Pero estos procesos suelen tropezar casi siempre con restricciones exógenas y endógenas. Restricciones exógenas como las relacionadas con la escasez de recursos, los precios relativos de bienes, los precios de factores productivos, las rentas, las políticas fiscales, monetarias y cambiarias, así como las políticas sociales, culturales y religiosas desplegadas en el ordenamiento jurídico y en los usos y costumbres de cada momento. Por otro lado, están las restricciones endógenas, integradas o no en los diferentes objetivos a lograr: como las preferencias, la aversión al riesgo, la cultura, etc.

Nada de esto constituye un problema insuperable para el análisis del logro, alcance y sostenibilidad de los acuerdos en una sociedad civilizada. El análisis puede llegar a ser muy complejo. La búsqueda y el logro de los acuerdos en la acción humana entre personas distintas con objetivos distintos y restricciones diversas es un arte que define lo alcanzable y lo inalcanzable a la luz de los datos disponibles. Más aún, los parámetros y las variables pueden ser, y de hecho son, cambiantes. ¿Por qué? ¡Porque estamos vivos! Hay que asumir la complejidad propia de la existencia humana tanto en la esfera económica como en otras esferas. Y también hay que asumir que los seres humanos a menudo somos inconsistentes; y nos equivocamos. Suponer que somos racionales en el sentido que la TER da a esta palabra, o incluso en el sentido más amplio de la “praxeología” de Mises, es ciertamente un supuesto restrictivo. Pero ninguna teoría puede aspirar a ser una representación exacta de la realidad que pretende estudiar. Conocer implica construir “modelos,” nunca representaciones perfectas, del mundo que nos rodea.

¿Hasta qué punto son necesarias las matemáticas para la construcción de los modelos económicos?  La economía clásica, hasta el último tercio del siglo XIX, se construyó en base a razonamientos puramente verbales. El mismo Marshall, relegó toda su argumentación matemática al espacio de las notas a pie de página. Sin embargo, con León Walrras, Wilfredo Pareto, el marginalismo y todo el desarrollo posterior de la escuela neoclásica, la economía se ha ido llenando de matemáticas hasta alcanzar su culmen en la moderna teoría del equilibrio general.

Evidentemente, se puede llegar bastante lejos en economía sin apenas recurrir a las matemáticas, como ya nos mostraron Smith, Ricardo y los grandes economistas de la Escuela Clásica, así como Mises, Hayek y todos los grandes autores de la Escuela Austriaca. Pero a veces el recurso a las matemáticas resulta ineludible. Sobre todo, cuando entramos en el terreno de la economía cuantitativa y nos planteamos la contrastación de hipótesis basadas en modelos abstractos. Entonces nos damos cuenta no sólo de la importancia de la econometría, que es una disciplina esencialmente matemática, sino también del grado de formalización de la teoría en la cual se apoya. A menudo, la formalización matemática nos ayuda a darnos cuenta de matices que el análisis puramente verbal tiende a pasar por alto.

Para ilustrar esto último con un breve ejemplo, tomemos la teoría de la utilidad. Ciertamente, la oferta y la demanda se pueden racionalizar muy fácilmente sin recurrir a funciones de utilidad, lagrangianas y determinantes hessianos. Basta con ir a algún texto elemental de introducción a la economía. Pero el desarrollo de la teoría formal (matemática) de la utilidad nos permite descubrir la interdependencia entre las funciones de demanda de los distintos bienes; y nos lleva a la conclusión práctica de que las funciones de demanda no deben estimarse de manera aislada sino “en bloque” (sistemas de ecuaciones de demanda).  Esta estimación “en bloque” nos permite apreciar hasta qué punto son significativas las interdependencias y qué tan graves pueden ser los errores cometidos cuándo no las tenemos en cuenta. 

No quisiera dejar en el aire la referencia que hice más arriba a la teoría del equilibrio general. Sin matemáticas sería imposible abordar cuestiones tales como la existencia o la estabilidad del equilibrio general competitivo. Ahora bien, ¿hasta qué punto es útil dicha teoría?, ¿en qué quedan los teoremas de eficiencia cuando se reconoce la presencia de “imperfecciones” inevitables –monopolios, regulaciones, etc.– y la inexistencia de reglas generales para la búsqueda de un “segundo óptimo” (second best)? Mucha gente piensa que toda la teoría del equilibrio general es irrelevante desde el punto de vista empírico. Esta área de la economía constituye sin duda el reino de los matemáticos. Pero, para mí, no es la más interesante.

Hay que asumir la complejidad propia de la interdependencia requerida para la existencia de ‘actividad económica’, que nace de que al menos voluntariamente se geste una relación, el intercambio voluntario (interdependencia) entre al menos dos agentes económicos diferentes, ya sean individuos, familias, empresas (sector privado), gobierno (sector público) y los agentes privados y públicos del resto del mundo (sector exterior). De estos intercambios en los mercados de bienes y servicios, en los mercados de factores productivos, en los mercados de activos financieros y de divisas fluye la posibilidad de “procesos sociales dinámicos” con dimensión económica, social y política, expresados en términos austriacos del profesor Huerta de Soto (2011)[7], que converjan a logros por otra parte no alcanzables sin los intercambios voluntarios y también se hace posible que la actividad económica sea susceptible de medición, al menos de medición aproximada. La cataláctica y la praxeología requiere y se apoya en ‘el cálculo económico’, en el ‘cambio directo’ o en el ‘cambio indirecto’. Asimismo, la escuela neoclásica, ‘prima hermana’ de la escuela austriaca en su alcance, aunque díscolas entre ellas, por sus diferencias en método sobre requerimientos formales, matemáticos, concluye similarmente definiendo el logro de ‘los equilibrios parciales’ o ‘el equilibrio general’ mediante los mercados y la determinación de los precios relativos sostenedores espontáneos de los acuerdos logrados.

Creo que los argumentos austriacos de la acción humana combatiendo sin tregua el despilfarro, considerando los intercambios voluntarios, tanto bajo ‘cambio directo como indirecto’, permiten conciliar conclusiones con aproximaciones diferentes, haciéndolas compatible en su dinámica, no sólo en economías de ‘giro uniforme’, sino también ‘en crecimiento’, sin ingenuidades, ni dicotomías, ni pugnas. La negociación y los acuerdos en todos los ámbitos ponen a los individuos, las sociedades, la libertad, la justicia y la política en su sitio y en ello la matemática y la economía aprecio que se apoyan o pueden apoyarse recíprocamente.

Sobre la “tijera” de Marshall y el significado de los modelos, el punto de equilibrio y los precios relativos.

Sobre estas cuestiones haré tres observaciones[8]:

Primera. La tijera de Marshall encierra un modelo muy complejo, a pesar de su aparente simplicidad [9]. Lo que no se puede olvidar nunca es que se trata de un modelo. Y los modelos han de ser juzgados por su capacidad predictiva. ¿Existe algún criterio mejor? Si lo hay, que alguien me lo explique.

Los humanos siempre estamos utilizando modelos. Los necesitamos para entender el mundo que nos rodea y también para actuar. Incluso en las situaciones más simples. Si quiero cruzar una calle y veo que un coche viene hacia mí, calculo rápidamente la probabilidad de que me atropelle y tomo la decisión de cruzar o no cruzar. Normalmente supongo que el conductor de ese coche no es un loco que va a acelerar para atropellarme. Decido cruzar y corro hasta la otra acera. He fabricado un modelo de comportamiento y lo he “verificado” cruzando la calle con éxito.

También la teoría de la acción humana de Mises se puede interpretar como un modelo, construido a través de un ejercicio puramente deductivo, a partir de unos supuestos, los cuales se presentan como verdades a priori; aunque yo no tengo tan claro que lo sean. Por ejemplo, la idea de que toda acción humana busca la felicidad (mejorar en algún sentido). O la idea de que un sujeto plenamente feliz no actúa, no necesita nada y, por consiguiente, no hace nada. Aquí uno puede legítimamente preguntarse: ¿qué es la felicidad?, ¿quién puede definir un concepto tan abstracto con precisión?, ¿acaso la acción humana, del tipo que sea, no puede ser en sí misma una fuente de felicidad? En cualquier caso, yo nunca podría interpretar estas ideas como verdades a priori. Sí puedo aceptarlas como meros supuestos, en el mismo sentido que acepto la noción de equilibrio en la teoría neoclásica.

Segunda. La noción de equilibrio es fundamental para entender lo que significa “la tijera” de Marshall. Aunque el equilibrio es siempre una abstracción, no es observable. Nosotros nos ponemos unos anteojos para ver el mundo (los mercados en este caso), anteojos para vislumbrar el equilibrio. Podríamos desterrar el concepto de equilibrio, pero siempre tendríamos que recurrir a algún modelo para saber cómo funcionan los mercados. Los modelos son las gafas que podemos utilizar para aproximarnos y ‘movernos’ por el mundo.

Ahora bien, como ya he dicho antes, los equilibrios de mercado no son observables. Se trata de abstracciones. Cuando me encuentro con una distribución de precios –digamos, los precios efectivamente pagados por los pisos en una determinada zona– y una cantidad –el número de pisos de calidad más o menos similar vendidos en esa zona–, calculo el precio medio y supongo que ese es el precio de equilibrio en ese momento para esa clase de viviendas. Si repito este cálculo a lo largo de un trimestre, por ejemplo, y veo que el precio (medio) ha bajado y la cantidad ha subido, lo atribuyo a un aumento de la oferta. Y concluyo que nos estamos moviendo a lo largo de una función de demanda decreciente. De modo parecido, cuando observo que el precio y la cantidad se mueven en la misma dirección, lo atribuyo a variaciones en el nivel de la demanda y concluyo que nos estamos moviendo a lo largo de una función de oferta creciente.

Naturalmente, en todo momento puede haber gente que reserve sus decisiones de compra o de venta en espera de tiempos mejores. Las expectativas también influyen en las ofertas y las demandas individuales. Lo mismo que las rentas, los precios de otros bienes, etc. Son las variables que normalmente agrupamos bajo el paraguas del coeteris paribus (lo cual nos remite a la TER). Algún cambio en esas variables podría hacer que las demandas y las ofertas se movieran al mismo tiempo. Nos encontraríamos entonces con un problema de identificación. Para sortearlo tendríamos que indagar qué es lo que hay detrás de la cláusula coeteris paribus y ver qué ha pasado ahí. A menudo, estos problemas de identificación podemos sortearlos con trucos econométricos, que también se apoyan en modelos más o menos discutibles. No podemos desprendernos de los modelos.

La “tijera” de Marshall, si somos capaces de identificar correctamente las funciones, puede servirnos para predecir eventos importantes. Por ejemplo, qué va a ocurrir en el mercado de trabajo menos cualificado cuando se establece un salario mínimo superior al de “equilibrio” –aunque esta referencia no sea más que una abstracción. O qué repercusiones puede tener el control de los alquileres en el mercado de la vivienda. …

Tercera. Hernández Cabrera cita a Zuloaga (2012)[10] tratando la tijera de Alfred Marshall y señala que “el error más grave es filosófico, porque la <<Tijera>> presupone que oferta y demanda son conocidas con anterioridad al intercambio, <<pero las expectativas del comprador y el vendedor se basan en informaciones dispersas, intenciones personales, intimidades ocultas… etc. que resulta imposible representarlas por una expresión matemática y con antelación al hecho real de un acuerdo transaccional>>”. Hernández Cabrera hace una lectura audaz, aunque creo algo atrevida, precipitada. Él infiriendo lo innecesario de la matemática para la economía afirma seguidamente: “El razonamiento correcto es el inverso: solo una vez que se produce el intercambio, fijando precios y cantidad, podemos hacernos una idea sobre la oferta y la demanda”. Es verdad que no se aprecia ex-ante la oferta y la demanda. Lo que sí se aprecia de “la tijera” es el punto de cruce, resultante del acuerdo de intercambio voluntario, precio y cantidad acordada (p, x). Se aprecian los acuerdos alcanzados. Y hasta a veces se refrendan ante notario. Y el mismo Hernández Cabrera indica que ex-post podemos hacernos una idea sobre la oferta y la demanda. Resalto la relevancia de este punto, más que el ex-ante o el ex-post. Advertimos esto porque las personas captamos los precios de los bienes, ciertamente no podemos directamente observar las preferencias o gustos de los demás, pero conocemos y reconocemos los propios gustos, preferencias y objetivos, cada uno de sí mismo. Al captar los precios de los bienes se captan los precios relativos. Los precios relativos observables permiten a cada quién decidir con su información subjetiva las cantidades susceptibles de demanda y de oferta y las cantidades reales del intercambio voluntario que son las de compra-venta dependiendo del precio y el lado corto del mercado. ¡Esto es fantástico! y merece ser lo destacado. Lo importante, lo realmente relevante. Una información, una realidad objetiva, observable, captable, por el conjunto y por cada persona que concurre al mercado ‘toca tangencialmente o mediante solución de esquina’[11] con una información real subjetiva, conocida por cada persona, de manera que cada quién va tomando decisiones sobre cantidades observando los valores del vector de precios relativos. Cada escuela puede, por sus respectivas metodologías, explicar los procesos de ajuste, bien mediante los ‘procesos sociales dinámicos’[12] de la escuela austriaca o bien por los ‘excesos de demanda positivos o negativos’ que explican la convergencia del ‘núcleo de la economía’ y de los precios hacia el vector de precios relativos eficiente propio del ‘equilibrio general competitivo’[13]

La economía puede analizarse y estudiarse con robustez siguiendo ambas escuelas y sus metodologías. Afirmo que la matemática al servicio de la economía me ha ayudado a comprender los conocimientos que he alcanzado y también a atisbar la magnitud de mi ignorancia, sin ser condición necesaria ni suficiente para lograr la entera comprensión de la economía. Las escuelas austriaca y neoclásica con sus sistemas metodológicos abiertos me han ayudado.

Es verdad que no vemos las tijeras de Marshall ni la navaja de Ockham, no vemos las demandas marshalianas, ni hicksianas ni las ofertas ni los costes marginales cuando vivos vamos por la calle. Es verdad que no vemos las preferencias y gustos de las personas. Es verdad que no vemos por las calles las distintas restricciones tecnológicas formales que operan en las empresas. Pero no verlo, no ver funciones de utilidad ordinal, curvas de indiferencias, relaciones marginales de sustitución, restricciones presupuestarias, isocuantas, relaciones técnicas de sustitución, procesos productivos y combinación lineales de los mismos, funciones de beneficios, ingresos y costes,…., reitero, no verlas por las calles no implica que no existan, que no operen, que no ayuden y tampoco que no se necesiten para entender también la toma de decisiones propias de la acción humana mejorando y complementando la construcción lógica teórica.  La abstracción matemática puede ayudar, incluso su razón para aplicarla suele ser, aunque no siempre, simplificar la aproximación al problema complejo objeto de análisis. Nos puede permitir alejarnos para ver el bosque mejor.  Ello puede entrañar la incomodidad del ‘formulismo matemático’ pero no por ello creo cabe considerarla como “innecesaria complicación” que “choca frontalmente con el principio de sencillez o parsimonia atribuido al escolástico Guillermo de Ockham”[14].

Alongarnos a ver. ¿Un atrevimiento o algo necesario?

¿Qué podemos ver en los asuntos económicos y en la necesidad de medición? Casi todo está escrito en los clásicos sin formalización matemática. Tras León Walrras, en cambio, con Alfred Marshall, Wilfredo Pareto, el marginalismo y la escuela neoclásica, con sus intentos de aproximación “al paradigma dominante: el positivismo”[15], la economía así explicada se ha llenado y rellenado de matemática desde la escuela neoclásica hasta la máxima expresión formal con la teoría y teoremas del equilibrio general y el mismo desarrollo de la propia ‘economía matemática’. También la economía puede seguirse muy bien en los textos y artículos de la escuela austriaca con Mises, Hayek, Rothbard, Huerta de Soto, Bastos, Rallo…, sustentada en la argumentación, la cataláctica y la praxeología, que ha seguido en su gran desarrollo la más genuina línea clásica. Aunque no les quepa duda que también calcula y mide, porque el hombre en su acción humana en su toma de decisiones necesita hacerlo y calcula, ¡claro que calcula y mide! ‘El Cálculo Económico’ es criterio permanente para la cataláctica y la praxeología, pues intentar combatir sin tregua el despilfarro buscando caminos de mejora lo requiere cada quien en su acción. Como explicita el axioma central de la praxeología: “Toda acción humana es el intento deliberado de pasar de un estado menos satisfactorio a otro más satisfactorio. Acción humana como libre e intencional con conocimiento disperso” Zanotti (2008)[16]. Ya desde antiguo se dice: ‘siéntate a calcular tus gastos’. Ciertamente Mises (2011)[17] indica que “en la esfera praxeológica, el concepto de medición carece totalmente de sentido”. Esto paradógicamente lo hace, y muy bien, en la tercera parte de su impresionante Tratado, titulada certeramente ‘El Cálculo Económico’, que tiene tres capítulos: “XI La evaluación sin cálculo”, “XII El ámbito del cálculo económico”, y el “XIII el cálculo monetario al servicio de la acción humana”. Al servicio de la acción humana todos los recursos, siempre escasos, deben y pueden utilizarse. En la misma página 271 ante la realidad patente apreciada de que “los precios del mercado son hechos históricos, resultado de una constelación de circunstancias registradas en un cierto momento del irreversible proceso histórico” Mises necesita entrar en la idea (abstracción) de Estabilización. Idea que desarrolla en su punto 5 para la validez de los métodos del ‘cálculo económico’ que ‘solo exige evitar que se produzcan graves y bruscas variaciones en la cantidad de dinero’, ‘un sistema monetario inmune a la interferencia estatal’ impidiendo ‘que el gobernante provoque por sí mismo inflación’ y evitando ‘que introduzca la expansión crediticia de la banca privada’ (la reserva fraccionaria). Todo ello se hace preciso para que no se desarticulen las relaciones monetarias (y su reflejo en los precios visibles, observables) y perturben ‘el cálculo económico’ preciso para decidir y actuar, sin exigir la rigidez en el poder adquisitivo de la unidad monetaria por impensable e irrealizable.

Tras el disfrute de la lectura permanente del tratado de Mises….y de la escucha y participación atenta a debates donde se abordan los diferentes problemas desde la óptica austriaca, en congresos, reuniones, jornadas y encuentros, también me ha surgido interés por escrutar los textos y abordar la sistematización estructural sintética de esta forma de analizar. Escrutando las referencias bibliográficas he visto qué bueno es apoyarse en lo que otros economistas han pensado y escrito antes, así en este punto me gustaría destacar el trabajo de Zanotti, G.J. (2008)[18] apoyándose en lo que han pensado los grandes economistas austriacos y ha realizado una síntesis  en su artículo y conferencia: “Axiomas y  Teoremas en la Escuela Austriaca de Economía”. Al leer el axioma central, los teoremas praxeológicos y los teoremas de la economía aprecio múltiples paralelismos en conceptos, conclusiones o implicaciones de ambas escuelas encauzadas por sus respectivas metodologías. Cito algunas: que la acción es para mejorar y para empeorar mejor es estar quieto, los medios son escasos, toda acción implica acto de valoración, satisfacción de necesidades prioritarias, medios y fines, falibilidad, el acto de valoración es subjetivo, bienes de consumo y bienes de producción, producidos y originarios, los factores de producción, acción humana transeúnte (externalidad), ley de la utilidad marginal, la utilidad marginal decreciente, la productividad marginal, la productividad marginal decreciente, la relación inversa entre la utilidad marginal del factor trabajo con la utilidad marginal del ocio, la acción humana transcurre en el tiempo, la ley de preferencia temporal (consumo presente-consumo futuro), el interés originario, ahorro e inversión y su relación con el ahorro previo, el sujeto actuante como inversor: el aumento del capital disponible (inversión neta), el mantenimiento del capital disponible (la amortización o depreciación) y el consumo del capital, la división del trabajo, las condiciones necesaria para el intercambio, la oferta y la demanda encuentran una valoración común en el precio, el precio implica la síntesis del conocimiento disperso, tendencia directa entre oferta y precio, tendencia inversa entre demanda y precio, el mercado tiende espontáneamente acercar las expectativas de oferta y demanda a través del precio, los precios son condición necesaria para ‘el caculo económico’, el cambio directo o trueque se complica con el aumento del número de agentes demandantes y oferentes, el cambio indirecto (moneda) lo resuelve, el precio del dinero es su poder adquisitivo, el aumento de la oferta de dinero produce tendencia a la baja de su poder adquisitivo, el aumento de la demanda de dinero genera la tendencia contraria,…, los efectos adversos de la intervención pública des-economizarían, descoordinación entre oferta y demanda por controles de precios mínimos o máximos efectivos, la desviación de producción y de comercio hacia zonas de menor productividad por tarifas arancelarias, la no neutralidad del impuesto, la menor capitalización derivada del impuesto directo, el reparto de la carga del impuesto depende de las sensibilidades de los demandantes y oferentes, el cálculo económico es imposible bajo socialismo, tal sistema económico no permite conocer los precios de los factores de producción. En definitiva,alongándome con cierto atrevimiento he visto todo un elenco de implicaciones realmente validas y robustas.

En conclusión

Con todo, ambas escuelas intentan aproximarse de forma diferenciada metodológicamente a los mismos intercambios voluntarios, a lo que ocurre cuando los agentes, las personas en su respectiva acción humana, de forma voluntaria y libre, concurren en los mercados que operan como mecanismos de asignación de bienes, servicios, factores y activos financieros. En esta tarea la matemática, el análisis formalizado es una herramienta, un recurso, susceptible de utilizarse en sus diferentes niveles, en el campo propio de la economía, no con ánimo determinista, de conocimiento exacto, en absoluto, sino como recurso que posibilita la aproximación al conocimiento de la acción humana y social mediante un sistema axiomático-deductivo o mediante modelos, simples o complejos, que intentan captar en sus dinámicas las pautas estables de comportamiento de los diferentes agentes que concurren en los diferentes mercados y su interdependencia.

Hay que asumir la complejidad propia de la interdependencia requerida para la existencia de ‘actividad económica’ que nace de que voluntariamente se geste una relación, el intercambio voluntario. De estos intercambios en los mercados fluye la posibilidad de “procesos sociales dinámicos” con dimensión económica, social y política, que converjan a logros por otra parte no alcanzables sin los intercambios voluntarios. Tales intercambios voluntarios, flujos, hacen posible que la actividad económica sea susceptible de medición, al menos de medición aproximada. Creo que los argumentos propiamente austriacos de la acción humana combatiendo sin tregua el despilfarro, considerando los intercambios voluntarios permiten conciliar conclusiones con aproximaciones diferentes, sin ingenuidades, ni dicotomías, ni pugnas. La negociación y los acuerdos en todos los ámbitos ponen a los individuos, las sociedades, la libertad, la justicia y la política en su sitio y en ello la matemática y la economía aprecio que se apoyan o pueden apoyarse recíprocamente.

Bibliografia:

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Zuloaga, M (2012), “Oferta y demanda: una crítica a la Tijera de Marshall”. Recuperado de:https://mzuluaga.wordpress.com/2012/08/23/tijera/


[1] Hernández Cabrera José (2021), “El lenguaje económico (II): Las matemáticas”. Instituto Juan de Mariana, 5.4.2021

[2] “Los economistas austriacos denominan cientismo a este “intento profundamente acientífico de transferir acríticamente la metodología de las ciencias físicas al estudio de la acción humana”. Por desgracia, la disputa sobre el método en la ciencia económica es el origen de otros tantos desacuerdos en el plano teórico, tal y como apunta Moreno (2021)”. Véase Hernández Cabrera J (2021) citando a Rothbard (20011), pag.3 y a Moreno (2021). Véase en Von Mises L. (2015) en el ESTUDIO PRELIMINAR incorporado por Huerta de Soto J. pág. xlii. La metodología apriorístico-deductiva y la crítica del positivismo cientista.

[3] Sánchez Molinero, J.M. (2015), “Últimas preguntas. Un ensayo sobre los límites de la razón”. NTh nº 21, pag.43 2ª Época. ISTIC. Tenerife.

[4] Véase Sánchez Molinero, J.M. (2015). Ob.cit. Pág.46.

[5] Véase Sánchez Molinero, J.M. (2015). Ob.cit. Págs. 46 y.47.

[6] Véase Zanotti, G.J. (2008) , Axiomas y Teoremas en la Escuela Austriaca de Economía. Conferencia para el II Simposio Internacional. Fundación Hayek.. PDF created, www.pdffactory.com .

[7] Véase en Von Mises L. (2015) concretamente tras el índice general de la obra el ESTUDIO PRELIMINAR incorporado por Huerta de Soto J., al referirse a “la economía como teoría de los procesos sociales dinámicos: crítica del análisis del equilibrio (general y parcial) y de la concepción de la Economía como una mera técnica maximizadora”; págs. xliv-xlvii. Me ha sorprendido leerlo. Veo, leyendo el tratado de V. Mises, efectivamente su gran mérito “de construir toda Ciencia Económica de una manera lógica sin necesidad alguna de utilizar funciones…”. Pero, por otro lado, no alcanzo a vislumbrar, por qué afirma Huerta de Soto J. que en Von Mises hay razón “para negar el sentido que tiene la construcción matemática de una Ciencia Económica basada en el modelo de equilibrio (general o parcial) …”. Véase González Pérez J.M. (2019) como un ejercicio de aproximación ecléctica.

[8] Con la ayuda inestimable de mi profesor y maestro Sánchez Molinero, José Miguel (UVA), tras debatir sobre ello.

[9] Incorporo un comentario a mi réplica de Muñoz Cidad, Cándido (UCM), que fue decano de mi facultad y me animó a emprender la actividad docente: “Las tijeras” son muy útiles para explicar y hacer intuitivas cosas complicadas. El propio Walrras a mí me explica muy bien toda una economía interdependiente (que es una idea que entienden mal los no economistas y el economista medio). Lo que no me parece que interese es la matematización actual más ingenieril que económica (sin base económica) así como todas esas regresiones forzadas, cada vez más complejas desde el punto de vista estadístico-teórico. Y qué pocos temas de interés nuevos han sacado la presunta economía matemática. Muy recomendable el excelente libro de Deirdre Nansen McCloskey: ‘Por qué el liberalismo funciona’. Deusto contra la nueva clerecía progresista. …. Además, hace una excelente crítica a Piketty, …”.

También incorporo un comentario recibido de Barbé Durán Lluís (UAB), mi primer jefe en Bellaterra, resaltando la Matemática y la importancia de la Inferencia Estadística del campo económico-social, así como su acuerdo con Cándido Muñoz Cidad en el interés que presentan los libros —todos— de McCloskey, …Uno de sus primeros libros … La Economía como retòrica, es impagable”.

[10] Zuloaga, M (2012), “Oferta y demanda: una crítica a la Tijera de Marshall”. Recuperado de: https://mzuloaga.wordpress.com/2012/08/23/tijera/

[11] ¿Tangencias entre las Relaciones Marginales de Sustitución (RMgS) dadas las preferencias y las restricciones presupuestarias, definidas por los precios relativos de los bienes y servicios?; ¿tangencias entre las Relaciones Técnicas de Sustitución (RTS) dadas las tecnologías y los precios relativos de los factores requeridos?; ¿tangencias entre RMgS y RTS?; ¿O, soluciones de esquina bajo las condiciones de Kuhn Tucker? ¿Abstracción de alcance interesante?

[12] Véase González Pérez JM (2019), La Igualdad. XII Congreso de Economía Austriaca, 2019. Madrid.

[13] Véase Hildebrand W. y Kirman A.P. (1976, 1982), concretamente creo es suficiente su resumen introductorio págs.9-45.  Introducción al análisis del equilibrio, Antoni Bosch, editor. Traducción y edición 1982.

[14] Véase HCJ (2021), en su punto sobre el lenguaje matemático.

[15] Véase Hernández Cabrera J (2021), en su punto sobre la disputa del método.

[16] Véase Zanotti, G.J. (2008) , Axiomas y Teoremas en la Escuela Austriaca de Economía. Conferencia para el II Simposio Internacional. Fundación Hayek.. PDF created, www.pdffactory.com .

[17] Véase Mises, L. (2015). La Acción Humana. Tratado de Economía. Madrid: Unión Editorial. Undécima edición. Pág. 271, también lo cita HCJ (2021),

[18] Ya citado. He leído con mucha atención los enunciados del axioma central de la praxeología, los enunciados de los 24 teoremas praxeológicos  y los 87 teoremas de la economía ( Primera parte del núcleo central : 1-8 sobre el paso a los precios; 9-19 Sobre ‘Cambio indirecto’ (moneda); 20-23 sobre factores de producción: a) sobre el factor capital (24-34); b) sobre el factor trabajo 35-49; c) sobre factores originarios de producción de naturaleza no humana 50-54;  Segunda parte del núcleo central (intervencionismo): 55 (teorema central); 56-58 sobre precios; 59-64 sobre moneda; 65-69  sobre Mercado de capitales (teoría del ciclo); 70-77 sobre Trabajo y salarios; 78- 81 sobre Recursos naturales; 82-85 sobre medidas  adicionales de restricción de la producción; 86-87 sobre socialismo (cooperación social en ausencia total de mercado)  y creo ver paralelismo de los conceptos y equidistancia cuidada en los métodos.

El lenguaje económico (III): la retórica bélica

1. El lenguaje bélico

Toda la literatura económica está contaminada por el lenguaje bélico, y digo «contaminada» porque el uso de tropos[1] lleva frecuentemente al error. Periodistas y políticos, en particular, son muy dados a las metáforas bélicas: se refieren a las «campañas» que van a realizar, las «batallas» que deben ganar o los «enemigos» que deben combatir. El Manifiesto del Partido Comunista, en 1848, proclamaba la «creación de ejércitos industriales» (Marx y Engels, 2013: 76).

Algunos economistas, por su parte, también quedan fascinados con la jerga castrense y afirman que las empresas tienen «poder» de mercado. Sin embargo, al contrario que los estados y mafias, las mercantiles no «conquistan», «dominan» o se «aniquilan» entre sí. En ausencia de privilegios gubernamentales —origen exclusivo del monopolio— una empresa sólo obtiene mayor cuota de mercado si es capaz de satisfacer, mejor que otras, las necesidades y deseos de los consumidores. Desafortunada es la expresión category killer[2] para referirse a los grandes distribuidores especializados como Ikea, Leroy Merlin, Decathlon, Toys “R” Us, MediaMarkt, etc.; ninguno de estos gigantes «asesina» a un pequeño comercio de su ramo. Son exclusivamente los consumidores, buscando su propio interés, quienes asignan las respectivas cuotas de mercado a cada empresa. La gran distribución obtiene, entre otras ventajas, economías de escala y puede ofrecer precios más bajos. En el libre mercado, las empresas que más crecen —Mercadona, Inditex, Amazon, Google— son aquellas que mejor sirven a los consumidores; como afirma Bastos (2005: 30): «El monopolio es decidido por el consumidor porque claramente le beneficia».

2. La guerra comercial

El comercio es una actividad pacífica. «La economía de mercado presupone la cooperación pacífica» (Mises, 2011: 969). Por tanto, «guerra de precios» es una mala metáfora. Las empresas (como los deportistas) no guerrean o luchan a muerte entre sí, tan solo compiten, entre otras formas, ofreciendo precios bajos a los consumidores. La mal llamada «guerra comercial» no es un fenómeno mercantil, sino político. Los comerciantes no sienten la necesidad de invadir, conquistar y robar pues obtienen lo que desean mediante el pacífico intercambio. La doctrina alemana del «espacio vital» —Lebensraum— y la japonesa «Esfera de coprosperidad de la Gran Asia Oriental» eran espurias, innecesarias y solo sirvieron para justificar la invasión militar de las naciones vecinas.

En tiempo de paz, las autoridades sólo pueden interferir el comercio dentro de su ámbito jurisdiccional: prohibiendo o restringiendo en sus fronteras la entrada y/o salida de bienes. Por ejemplo, en 2014, tras la anexión ilegal de Crimea y Sebastopol por parte de Rusia, numerosas personas y empresas fueron sancionadas por los gobiernos de EEUU, Canadá y la Unión Europea[3] por «acciones contra la integridad territorial de Ucrania». La respuesta del Kremlin fue bloquear la importación de alimentos perecederos[4] procedentes de esos países.[5] A resultas de esta «guerra comercial», el presidente Rajoy, en un derroche de cinismo, declaró que el veto ruso sería «un estímulo y un acicate» para los productores españoles; mutatis mutandis, los contribuyentes deberíamos aplaudir las subidas de impuestos porque cada nuevo rejonazo fiscal supone un «estímulo» para administrarnos mejor.

Las mutuas sanciones económicas —prohibiciones, cuotas, embargos, aranceles— entre gobiernos solo perjudica especia específicamente a exportadores, importadores, inversores y, en general, a los consumidores que se ven privados de ciertos productos o que deben adquirirlos en otros mercados en condiciones menos favorables. Toda guerra arancelaria interfiere la división del trabajo, reduce el número de intercambios y merma la calidad de vida de los consumidores. Habitualmente, los causantes de la intervención comercial no sufren personalmente los perjuicios ocasionados a la población, tal y como sucedía en la extinta URSS, donde las élites gubernamentales disfrutaban de las raspredelitel o «tiendas especiales restringidas».

Otras veces se dice que los productos foráneos «invaden» o «aniquilan» el comercio nacional. Lo justo es reconocer que determinados empresarios (i.e. chinos) se expanden porque son más competitivos: ofrecen precios bajos, horarios más amplios, trabajan todos los días del año, etc. Los mal llamados productos «invasores» son una bendición porque elevan el nivel de vida de los consumidores.

También es falaz afirmar que tal empresa «domina» un sector económico o que fulano es el «rey» de la informática. El «imperio» informático de Bill Gates no se parece en nada al Imperio de Napoleón: el primero se construyó mejorando la vida de millones de consumidores mientras que el segundo, manu militari, causó seis millones de muertos en Europa.[6]

3. Economía de guerra

Si «la guerra es la salud del Estado» (Bourne, 2013) no es de extrañar que las autoridades pretendan equiparar cualquier crisis a un conflicto bélico. Así aparecen las (pseudo) guerras contra la pobreza, las drogas, el cambio climático y más recientemente contra el coronavirus. Nunca esas «guerras» se han ganado o perdido. «Sirve entonces como cobertura y justificación de las violaciones de las mismas libertades civiles y económicas que se supone que el Estado debe proteger» (Hülsmann, 2020). Sin ir más lejos, en la pandemia por Covid-19 los políticos han cometido las violaciones propias de una guerra: confinamiento indiscriminado de la población, toque de queda, controles policiales, cierres perimetrales, monopolización de servicios (vacunación), requisa de productos (mascarillas, geles), restricción de la movilidad, cierre forzoso negocios, controles de precios, prohibición de las posiciones cortas en bolsa,[7] etc. «Economía de guerra» es un oxímoron pues la intervención política del mercado, a resultas de un conflicto bélico u otra clase de emergencia, produce inevitablemente resultados antieconómicos para el conjunto de la población. La fatal arrogancia ­—como decía Hayek— de los políticos sólo consigue entorpecer y ralentizar la movilidad de los factores de producción para adaptarse a los cambios en la demanda. El intervencionismo gubernamental en tiempo de guerra o crisis, con frecuencia, desemboca en un auténtico «socialismo de guerra» (Mises, 2011: 974).

4. El caso de Michael Porter

El paradigma de lenguaje bélico lo observamos en el libro Estrategia Competitiva,[8] de Michael E. Porter, profesor en la Escuela de Negocios de Harvard y director del Instituto para la Estrategia y la Competitividad. Este autor se refiere a la actividad empresarial de forma falaz: las empresas «atacan», «provocan», «defienden», «represalian», «contratacan», etc. La retórica bélica de Porter (2009) es tan fecunda que citarla en toda su extensión haría este texto demasiado voluminoso. Solo citaremos los ejemplos más significativos: «¿Por qué deberíamos entablar una lucha en la industria y con qué secuencia de tácticas?» (p. 91); «¿Qué capacidad tiene el competidor de sostener una guerra larga?» (p. 111); «la estrategia consistirá en escoger el campo de batalla más propicio[9] para luchar con ellos (competidores)» (p. 114); «se trata de evitar que el ajuste desencadene una descarga de represalias y de guerras indeseables» (p. 121); «algunas empresas consideran las tácticas competitivas exclusivamente como un juego de fuerza bruta: acumulan recursos sin procesar y con ellos atacan al contrincante» (p. 137). El modelo de análisis de la competencia de Porter parece extraído de un manual de inteligencia militar: «Necesidad de un sistema de inteligencia de la competencia» (p. 116). Toda esta retórica es perniciosa. Las estrategias militar y empresarial son distintas. En la primera, los contendientes buscan la destrucción, neutralización o rendición del enemigo. En la segunda, los planes se refieren a la producción, expansión, alianzas, precios, marketing, costes, orgánica, cultura corporativa, etc. La estrategia empresarial no busca cómo destruir a los competidores, sino cómo satisfacer mejor las necesidades y deseos de los consumidores. Es un desatino que la literatura empresarial haya importado las enseñanzas de generales y estrategas como Sun Tzú, Julio César o Napoleón.

5. Lenguaje castrense

Otra forma que adquiere la retórica bélico-económica es el uso de terminología militar en el ámbito empresarial. Comenzaremos con la expresión Task Force, que literalmente significa «fuerza de tareas», pero una mejor traducción sería «fuerza operativa».[10] Se trata de una agrupación temporal de unidades militares —maniobra, apoyos de fuego, ingenieros, transmisiones, logística— que se constituye ad hoc para el cumplimiento de una misión específica limitada en el tiempo. Metafóricamente, una Task Force es un puzle de unidades bajo un mando. Algunas empresas se refieren a su equipo comercial como «fuerza de ventas». En otros casos, se externaliza la función comercial contratando una Sales Force. Los gobiernos tampoco se libran de esta moda: el presidente Trump y la gobernadora de Puerto Rico, Wanda Vázquez[11] constituyeron en 2020 sendos Coronavirus Task Force: comités científicos para actuar frente a la pandemia de COVID-19.

En el ámbito organizacional, tenemos un buen ejemplo: el «Ejército de Salvación», movimiento evangélico mundial cuya misión es la expansión del cristianismo a través de las obras de caridad. Esta organización religiosa, desde 1878, ha incorporado no solo una terminología castrense, sino la estructura, empleos, valores y simbología (uniforme, bandera e himno) típicos de una organización militar.[12] Su jefe, llamado «general», es asistido por un «jefe de estado mayor» que dirige el «Cuartel General Internacional» ubicado en Londres. Sus religiosos son «oficiales», sus voluntarios «soldados» y la parroquia se llama «cuerpo». Debemos señalar que, de todas las categorías analizadas de lenguaje bélico, esta última es la que menos confusión produce, pues se trata de una inocua trasposición de la terminología militar al ámbito organizacional.

Bibliografía

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[1] Según la RAE: Empleo de una palabra en sentido distinto del que propiamente le corresponde, pero que tiene con este alguna conexión, correspondencia o semejanza.

[2] «Asesino de la categoría».

[3] El 20 de junio de 2019, el Consejo Europeo prorrogó, hasta el 23 de junio de 2020, las medidas restrictivas en respuesta a la anexión ilegal de Crimea y Sebastopol por parte de Rusia.

[4] Frutas, verduras, carnes, pescados y productos lácteos.

[5] EE.UU., Canadá, Unión Europea, Australia, Noruega, Ucrania, Albania, Montenegro, Islandia y Liechtenstein.

[6] Existen diversas fuentes sobre los muertos y heridos causados por las Guerras Napoleónicas, entre 1797 y 1815. Los muertos en combate se sitúan entre 2,5 y 3,5 millones, y los civiles entre 700.000 y 3 millones. En España, según el coronel José Pardo de Santayana, experto en La Guerra de la Independencia española, si se compara la población que había antes de la guerra (11 millones) con la que quedó después, la reducción se aproxima al millón de habitantes. Cerca de 2 millones de franceses murieron por causa directa de la guerra.

[7] En marzo de 2020, Bélgica, España, Francia e Italia adoptaron esta medida.

[8] 2009. Madrid: Ed. Pirámide.

[9] Al menos, Porter emplea la cursiva en su analogía.

[10] En el Ejército de Tierra español se emplea el término «Grupo Táctico», si la unidad seminal es un Batallón o Grupo, y «Agrupación Táctica» para unidades de mayor tamaño (Regimiento).

[11]https://www.elnuevodia.com/noticias/locales/nota/lagobernadoraanuncianuevotaskforcemedicoparaatenderelcoronavirusenpuertorico-2554073/

[12] El Ejército de Salvación trabaja en 131 países. Fuente: www.salvationarmy.org (23/03/2020)

La metodología de Schumpeter: algunos puntos interesantes

Joseph A. Schumpeter fue un economista austriaco que perteneció a la tercera generación pensadores de la Escuela Austriaca, junto a Hans Mayer y Ludwig von Mises, los otros dos personajes más ilustres de esa generación. Al contrario que Mises o incluso Mayer, Schumpeter es considerado por muchos autores como un economista no austriaco, debido a su posición positivista en materia epistemológica, su defensa del paradigma walrasiano de equilibrio general y el empleo de matemáticas en economía, a través de los sistemas de ecuaciones simultaneas. No obstante, la metodología de Schumpeter tiene ciertos elementos que destacan y se diferencian del positivismo más común dentro de la economía. En este artículo destacaremos cuáles son estos puntos que, sin duda, acercan a Schumpeter mucho más a la economía de la Escuela Austriaca.

Instrumentalismo moderado

Estrictamente hablando, la posición metodológica de Schumpeter es el instrumentalismo. Esto quiere decir que, epistemológicamente, Schumpeter se opone al esencialismo y niega la existencia de causas o explicaciones últimas. Esto explica que rechace un enfoque causal y abogue por uno funcional, entre otras cosas. Para él, como instrumentalista, la teoría no puede ser interpretada como algo más que un instrumento que nos permite hacer predicciones sobre eventos futuros. La realidad, la verdad, la esencia o la causa última de las cosas no son objetos de investigación científica. Solo existen teorías útiles o inútiles para predecir eventos futuros, no verdaderas o falsas (Popper 1983; Shionoya 1997).

Sin embargo, a diferencia de otros instrumentalistas más puros como Milton Friedman (Friedman 1953; Caldwell 1992), Schumpeter sostiene un instrumentalismo moderado (Shionoya 1997). Esto se debe a que, para éste, la teoría no es exclusivamente un instrumento de predicción, sino que también sirve para la descripción, explicación o entendimiento del mundo, sin que esto suponga reconocer la existencia real o la esencia de los fenómenos económicos. Es más, para Schumpeter, una predicción capaz de pronosticar el curso real de los eventos es imposible de obtener (Machlup 1951). De este modo, Schumpeter ya parece distanciarse de los economistas positivistas más ortodoxos, acercándose simultáneamente a la posición austriaca. Los siguientes puntos a tratar parecen confirmar esta primera hipótesis.

Apriorismo

Aunque no debemos olvidar que Schumpeter es positivista, hay ciertos momentos en los que parece apoyar un razonamiento más apriorista.  A pesar de creer en la verificación de la teoría mediante la evidencia o que las suposiciones básicas de las que parte la teoría pura se basan en la observación de hechos, Schumpeter deja claro que ningún hallazgo estadístico puede probar o rechazar una proposición para la que se tienen motivos para creer debido a hechos más simples o fundamentales que tienen que ver con la experiencia del día a día o histórica (Machlup 1951). De este modo, algo como la acción humana misma, que recibe la categoría de autoevidente y que reconocemos como un hecho fundamental que tiene que ver con una experiencia más amplia, como diría Rothbard (1957; 1976), podría ser reconocido dentro del esquema schumpeteriano como una proposición exenta de verificación. En tanto que todas las leyes praxeológicas están implícitas en el axioma de la acción, podríamos deducir que éstas tampoco pueden verse sometidas al principio de verificación, siguiendo el razonamiento de Schumpeter. Con ello, es posible entender la existencia de teoría a priori, que no depende de la verificación, dentro de la metodología de Schumpeter.

Más aún, se puede interpretar la metodología de Schumpeter en términos lakatosianos (Shionoya 1997), esto es, como un programa de investigación científica donde las proposiciones teóricas que conforman el núcleo duro son irrefutables o inmunes al testeo empírico, mientras que las hipótesis auxiliares que componen el cinturón protector no presentan tal inmunidad (Lakatos 1999). Esto es muy similar a la interpretación que Zanotti (2013) ha hecho de Machlup, también en términos lakatosianos. Con ello, podemos afirmar que existe un paralelismo a nivel metodológico entre Schumpeter y Machlup, que Shionoya (1997) enfatiza en primer lugar. Sabiendo también que Zanotti y Cachanosky (2015) consideran apriorista la interpretación de Machlup de la epistemología de Mises, e incluso más fiel y adecuada que la extremo apriorista de Rothbard, el hecho de reconocer un paralelismo entre Schumpeter y Machlup refuerza la idea de que la metodología de Schumpeter contiene algunos elementos aprioristas. De hecho, Schumpeter hace una distinción entre teoría e historia, muy similar a la que hace Mises o a la que también hizo Menger entre las ciencias teóricas y ciencias históricas.

Lo estático y lo dinámico

Por otro lado, Schumpeter establece una distinción fundamental entre lo que él llama estática y dinámica (Machlup 1951). Aunque su visión mecanicista de la economía y su devoción por el paradigma walrasiano pudiera limitar su análisis a una visión estática de la economía, su estudio del desarrollo económico y del papel del empresario le introdujo directamente en una visión dinámica de los asuntos económicos.

Para Schumpeter, lo estático y lo dinámico son campos distintos de la economía. Mientras que el primero se encarga de estudiar los sistemas en equilibrio, asumiendo una información dada y constante, donde solo ocurren pequeños cambios en la información, el análisis dinámico es un método que estudia cambios grandes y discontinuos, que rompen con el equilibrio económico (Machlup 1951; 1959). Esto es completamente coherente con el análisis dinámico que introduce Mises (1998). Además, también es similar a la idea de economía de giro uniforme, donde la información ya está dada y las preferencias son constantes, y el sistema tiende al equilibrio o estado final de reposo, que nunca es alcanzado (Mises 1998). Para Mises, la economía se centra en el análisis del proceso de mercado, de lo dinámico, aunque recurre como método, como herramienta, a construcciones imaginarias como la economía de giro uniforme o el estado final de reposo, que se centran en lo estático, para poder entender de manera simple los procesos dinámicos de mercado.

El empleo de matemáticas

Schumpeter defiende las matemáticas como herramienta en economía de manera explícita y contundente. Argumenta que el uso de sistemas de ecuaciones simultaneas para la representación de las interrelaciones económicas facilita una comprensión de las mismas que no puede alcanzarse de otra manera con la misma claridad (Machlup 1951). Considera las matemáticas necesarias para conseguir la formalidad del pensamiento, algo fundamental para el rigor y para tener amplias posibilidades de deducción. De hecho, ve en ellas la posibilidad de convertir a la economía en una ciencia exacta. Según Schumpeter, las matemáticas pueden emplearse en economía porque existen conceptos económicos como trabajo, materias primas, tiempo, dinero o interés, que son cuantitativos. Además, entiende que el pensamiento matemático va más allá de ser una mera herramienta técnica y lo concibe como una actitud fundamental de los científicos (Shionoya 1997).

Sin embargo, como apunta Shionoya (1997), Schumpeter no cree que toda lógica de la teoría económica tenga que estar representada matemáticamente (Schumpeter 1933). Es más, sostiene que el método matemático es incapaz de revelar los contenidos sustantivos de determinados objetos de estudio de la economía. En ese caso, cuando las matemáticas no pueden comprender las relaciones o regularidades más importantes, se debe confiar en el lenguaje común.

Con esas afirmaciones, Schumpeter parece acercarse a la crítica de Menger al lenguaje matemático en economía. Menger afirma que el lenguaje matemático es incapaz de descubrir las esencias de los fenómenos económicos (Jaffé 1976). Con esto, se puede decir que Schumpeter comparte esta idea cuando establece que las matemáticas son incapaces de revelar los contenidos sustantivos de los objetos de estudio de la economía. No obstante, no podemos decir que a lo que Menger llama esencia sea lo mismo que lo que Schumpeter denomina contenido sustantivo, debido a las diferencias epistemológicas entre ambos. Aun así, podemos concluir que la afirmación de Schumpeter sobre las limitaciones de las matemáticas es parecida a la de Menger.

Conclusión

A modo de conclusión, podemos decir que, aun reconociendo las distancias epistemológicas entre Schumpeter y la de economistas austriacos como Mises o Rothbard, existen algunos puntos dentro de la metodología de Schumpeter que son muy similares a las defendidas por austriacos más puros e, incluso, algunas ideas que permitirían seguir avanzando y construyendo metodología austriaca de la formas más pura y fiel al planteamiento de Menger y Mises. No obstante, esto es una cuestión de futuros artículos.

Referencias

Caldwell, Bruce J. 1992. “Friedman’s Predictivist Instrumentalism: A Modification.” Research in the History of Economic Thought and Methodology 10: 119–28.

Friedman, Milton. 1953. “The Methodology of Positive Economics.” In Essays in Positive Economics, 3–46. Chicago: University of Chicago Press.

Jaffé, William. 1976. “Menger, Jevons and Walras De-Homogenized.” Economic Inquiry 14 (4): 511–24. https://doi.org/10.1111/j.1465-7295.1976.tb00439.x.

Lakatos, Imre. 1999. The Methodology of Scientific Research Programmes. Edited by J. Worral and G. Currie. Volume I. Cambridge: Cambridge University Press.

Machlup, Fritz. 1951. “Schumpeter’s Economic Methodology.” The Review of Economics and Statistics 33 (2): 151. https://doi.org/10.2307/1925877.

———. 1959. “Statics and Dynamics: Kaleidoscopic Words.” Southern Economic Journal 26 (2): 110. https://doi.org/10.2307/1055009.

Mises, Ludwig von. 1998. Human Action: A Treatise on Economics. Auburn: Ludwig von Mises Institute.

Popper, Karl. 1983. Realism and the Aim of Science. Edited by William W. Bartley III. London: Hutchinson.

Rothbard, Murray N. 1957. “In Defense of ‘Extreme Apriorism.’” Southern Economic Journal 23 (3): 320. https://doi.org/10.2307/1054221.

———. 1976. “Praxeology: The Methodology of Austrian Economics.” In The Foundations of Modern Austrian Economics, edited by Edwin G. Dolan, 19–39. Kansas City: Sheed & Ward.

Schumpeter, Joseph A. 1933. “The Common Sense of Econometrics.” Econometrica 1 (1): 12. https://doi.org/10.2307/1912225.

Shionoya, Yuichi. 1997. Schumpeter and the Idea of Social Science: A Metatheoretical Study. New York: Cambridge University Press.

Zanotti, Gabriel J. 2013. Caminos Abiertos: Un Análisis Filosófico de La Historia de La Epistemología de La Economía, Desde Fines de Siglo XIX Hasta 1982. Madrid: Unión Editorial.

Zanotti, Gabriel J., and Nicolás Cachanosky. 2015. “Implications of Machlup’s Interpretation of Mises’s Epistemology.” Journal of the History of Economic Thought 37 (1): 111–38. https://doi.org/10.1017/S1053837214000777.

El lenguaje económico (II): Las matemáticas

Otro de los ámbitos de nuestra crítica al lenguaje económico es el referido al uso de la matemática y la geometría como sustitutos del lenguaje verbal. En efecto, la matemática es omnipresente en los currículos universitarios: econometría, álgebra lineal, cálculo diferencial e integral, optimización matemática, estadística descriptiva, cálculo de probabilidad e inferencia, etc. Hoy expondremos las posibles razones de esta matematización y justificaremos que su uso es tan innecesario como detrimental para la ciencia económica.

La disputa sobre el método

En primer lugar, nuestra crítica se enmarca dentro de un problema más amplio de carácter epistemológico, a saber: ¿Cuál es el método apropiado en la economía? El paradigma dominante en la actualidad es el positivismo: el «único» medio de conocimiento científico es la experiencia comprobada o verificada a través de los sentidos: «La ciencia es medida». Tomemos como ejemplo la astronomía: los planetas describen órbitas precisas y regulares que, tras observación, permite a los científicos establecer hipótesis y someterlas a verificación experimental. En este caso, «las matemáticas son adecuadas para recoger los estados repetitivos y en equilibrio que se dan en el mundo de la mecánica» (Huerta de Soto, 2014: 29). Denominar «mecánica celeste» al movimiento regular de los astros, por tanto, es una metáfora admisible.

El gran prestigio de la física se debe a su elevada capacidad predictiva y por ello los astrónomos, por ejemplo, predicen con exactitud un eclipse con muchos años de antelación. Sin embargo, los hombres no son entes inanimados y no se comportan mecánicamente, tienen voluntad propia y persiguen fines variados. Las ciencias humanas estudian fenómenos praxeológicos[1] donde no existen relaciones constantes entre las variables y, por tanto, el concepto de medición carece totalmente de sentido (Mises, 2011: 271; Huerta de Soto, 2014: 27).

Para poder medir una categoría —espacio, tiempo, superficie, volumen, tensión eléctrica, temperatura— necesitamos una unidad de medida que sea constante —metro, segundo, área, litro, voltio, grado Kelvin—, pero en economía «no hay parámetros: todos son variables» (Huerta de Soto, 2014: 17). Los economistas matemáticos deseaban imitar los logros de las ciencias «duras» empleando sus mismos métodos. El propio Schumpeter (2012: 906) afirmaba que León Walras —el primer economista matemático— era el más grande porque su sistema del equilibrio económico soportaba una «comparación con los logros de la física teórica». Los economistas austriacos denominan cientismo a este «intento profundamente acientífico de transferir acríticamente la metodología de las ciencias físicas al estudio de la acción humana» (Rothbard, 2011: 3). Por desgracia, la disputa sobre el método en la ciencia económica es el origen de otros tantos desacuerdos en el plano teórico, tal y como apunta Moreno (2021):


La metodología es uno de los campos donde más disputa hay dentro de la ciencia económica. Es decir, si hay disputa por el propio método, sabiendo que este constituye la propia base sobre la que desarrollar cualquier edificio teórico posterior, difícil será encontrar consenso en las teorías más básicas o aplicadas a la realidad. Sin duda, esto constituye uno de los problemas más graves de la ciencia económica actual y explica, en parte, la cantidad de divergentes corrientes que hay en ella.

     Concluyendo, obtener conocimiento verdadero[2] exige un método correcto y el saber económico no puede, por más que lo intente, imitar el método de las ciencias físicas.

El lenguaje matemático

Tras la obligada introducción epistemológica, pasamos a analizar los problemas del lenguaje matemático y su representación gráfica. Por ejemplo, veamos como se matematiza un contrato de telefonía cuya cuota mensual es un fijo de 10€ más 10 céntimos por minuto (T) hablado. La factura (F) mensual se expresaría así: F = 10€ + 0,1 T; lo que a su vez se representa en un gráfico donde el eje de ordenadas es el precio de la factura (F, variable dependiente) y el eje de abscisas es el tiempo hablado (T, variable independiente). La ecuación tiene la forma de una línea recta que arranca en la posición 10 de la ordenada (F), cuya pendiente (altura/base) es 0,1.[3] Cabe preguntarnos si esta «traducción» sirve para algo o «no es más que vana manipulación de símbolos matemáticos, inútil pasatiempo que no proporciona conocimiento alguno» (Mises, 2011: 305). En efecto: F (T) o «F es función de T» no es distinto de algo ya sabido: que el monto de la factura depende de cuanto tiempo hablemos por teléfono. Podríamos relatar infinidad de ejemplos. Si el precio (P) del bien A es mayor que el de B, lo matematizamos así: PA > PB. O también, si el precio de una Pepsi es 5€ y el de una pizza 10€, la pendiente de la «restricción presupuestaria» es 10€/5€ = 2 (Mankiw, 2007: 315). Como advierte Huerta de Soto (2014:28): «Los economistas matemáticos primero han de construir lógicamente sus teorías y luego traducir sus resultados al formulismo matemático», esta innecesaria complicación choca frontalmente con el principio de sencillez o parsimonia atribuido al escolástico Guillermo de Ockham (1280-1349). A continuación, veremos que su «navaja» está mucho más afilada que la «tijera» de Marshall.

La Tijera de Alfred Marshall

Otra representación criticable es la famosa «Tijera» de Alfred Marshall (1842-1924), expresión gráfica de las curvas de oferta (ascendente) y demanda (descendente) que se cortan en el punto de equilibrio (E) que determina el precio (P) y la cantidad de producto (Q) de un intercambio. Los economistas austriacos han presentado numerosas objeciones a este gráfico (Mises, 2011: 402):

Podemos representar esta interacción de la oferta y la demanda mediante dos curvas cuyo punto de intersección nos daría el precio. También se puede expresar lo mismo con símbolos matemáticos. Pero conviene advertir que tales representaciones para nada afectan a la esencia de la teoría y ni amplían lo más mínimo nuestros conocimien­tos. No debemos olvidar que nada, mental ni experimentalmente, sa­bemos de la configuración de dichas curvas. Solo conocemos precios de mercado, es decir, el punto de intersección de esas hipotéticas cur­vas; de ellas mismas, nada sabemos. Tales representaciones tal vez puedan tener interés docente para aclararles las ideas a jóvenes prin­cipiantes. En cambio, para la auténtica investigación cataláctica no son más que un mero pasatiempo.

El matemático Mario Zuluaga (2012) realiza una prolija crítica a la tijera de Marshall: «Es un instrumento demasiado simplificado, rígido y desarticulado para explicar la formación de precios; considera la demanda y la oferta como fenómenos independientes sin entender que son fenómenos que se entrelazan y autorregulan». Por otro lado, las curvas de oferta y demanda se pintan de forma continua, cuando

«todas las cantidades en economía vienen cuantificadas de forma discreta» (Zuluaga, 2012). Pero el error más grave es filosófico, porque la «Tijera» presupone que oferta y demanda son conocidas con anterioridad al intercambio, pero las «expectativas del comprador y el vendedor se basan en informaciones dispersas, intenciones personales, intimidades ocultas…etc., que resulta imposible de representarlas por una expresión matemática y con antelación al hecho real de un acuerdo transaccional» (Zuluaga, 2012). El razonamiento correcto es el inverso: solo una vez que se produce el intercambio, fijando precio y cantidad, podemos hacernos una idea retrospectiva sobre la oferta y la demanda.

Por su parte, los economistas neoclásicos contraatacan acusando a los austriacos de carecer del «instrumental matemático adecuado». Lo cierto es que la elaboración de ecuaciones y gráficos no exige tener habilidades matemáticas más allá de los rudimentos de álgebra y geometría que se estudian en el bachiller (Bernanke, Olekalns y Frank, 2005: 36).[4]

La Teoría de la Elección Racional

Para terminar, relataré una experiencia personal que ilustra el error de matematizar las ciencias humanas y, en particular, la economía. En 2011, durante la realización de un máster universitario en filosofía de la ciencia, una catedrática (Universidad de La Laguna) expuso la Teoría de la Elección Racional (TER). Según la TER, cuyo origen es la microeconomía clásica, para que un agente sea racional debe tener preferencias racionales, a saber, completas y transitivas. Sólo el axioma de transitividad resulta problemático: En un conjunto de elecciones S, si un agente prefiere X a X´ y X´ a X´´, entonces prefiere X a X´´. Dicho en matematiqués: Para todos los x, x’, x” en S, si xPx’ y x’Px”, entonces xPx”. Y dicho en román paladino: Si Juan prefiere un té a un café y un café a un chocolate, entonces prefiere un té a un chocolate. Los economistas matemáticos consideran que un orden de preferencias puede representarse como una función ordinal de utilidad: u(x)> u(x´) >u(x”) y que la elección racional coincide con su maximización.

Como pueden suponer los lectores, semejante «teoría» es ajena a la realidad, cuestión que este autor (a la sazón alumno) expuso así: un consumidor puede preferir un café por la mañana, un té por la tarde y un chocolate por la noche; e incluso alterar ese orden al día siguiente sin dejar por ello de ser racional. La profesora, un tanto acorralada por el motín que se formó en el aula, tiró de galones y resolvió la disputa diciendo que se trataba de una teoría «normativa» y que un supuesto era la «continuidad de las preferencias» del agente. La TER, por tanto, no se refiere a cómo elige un ser humano, sino a cómo lo haría un robot cuyos gustos son inalterables. Efectivamente, la transitividad sólo puede darse en un mundo irreal donde los hombres son máquinas o donde el tiempo no existe. Schumpeter (2012:1060) se dio cuenta que los economistas matemáticos estaban forzados a introducir supuestos irreales:

Que las cantidades de servicios productivos que entran en la unidad de cada producto (coeficiente de producción) son datos tecnológicos constantes; que no existen costes fijos; que todas las firmas de una rama de industria producen el mismo producto por el mismo método y en cantidades iguales; que el proceso productivo no consume tiempo; que es posible despreciar los problemas de localización espacial.

En conclusión, el saber económico no puede, por más que lo intente, imitar el método de las ciencias experimentales; por tanto, utilizar un lenguaje matemático es un error epistemológico —postivismo— y una práctica tan innecesaria como detrimental porque no añade conocimiento al proporcionado por el uso de la palabra. Toda la parafernalia matemática sólo consigue dos cosas: a) Convertir a la economía en un arcano: una ciencia misteriosa sólo accesible a los iniciados en esta neolengua llamada «matematiqués». b) Extender innecesariamente el currículo con materias que sólo ocasionan pérdida de tiempo y energía a los sufridos alumnos.

Bibliografía

Bernanke, B; Olekalns, N. y Frank, R. (2005). Principles of Macroeconomics. Australia: McGraw-Hill.

Hayek, F. A. (1952). The Counter-Revolution of Science. Illinois: The Free Press.

Huerta de Soto, J. (2014). Lecturas de Economía Política (I). Madrid: Unión Editorial.

Mankiw, G. (2007). Principios de Economía. Madrid: Thomson

Menger, C. (2013) [1871]. Principios de Economía Política. [Versión Kindle]. Amazon.

Mises, L. (2011). La Acción Humana. Madrid: Unión Editorial.

Moreno, V. (2021). «Una pregunta al positivismo en economía». Recuperado de: https://ijmpre2.katarsisdigital.com/ijm-actualidad/analisis-diario/una-pregunta-al-positivismo-en-economia.

Huerta de Soto, J. (2014). Lecturas de Economía Política (I). Madrid: Unión Editorial.

Rothbard, M. (2011). Economic Controversies. Auburn: Ludwig von Mises Institute.

Schumpeter, J. (2012). Historia del Análisis Económico. Barcelona: Ariel.

Zuluaga, M. (2012). «Oferta y demanda: Una crítica a la Tijera de Marshall». Recuperado de: https://mzuluaga.wordpress.com/2012/08/23/tijera/


[1] Del griego, praxis: acción o práctica.

[2]  Episteme, en griego; scientia, en latín.

[3] En cualquier libro de texto académico se enseña cómo traducir una determinada realidad económica en fórmulas, ecuaciones, funciones, tablas y curvas que se cortan dentro de planos cartesianos (Bernanke, Olekalns y Frank, 2005: 36).

[4] “Although many of the examples and most of the end-of-chapter problems in this book are quantitative, none requires mathematical skills beyond rudimentary high school algebra and geometry”.

El lenguaje económico (I): Dinero, precio y valor

¿Metodología? Hablemos de Menger

Dentro de la Escuela Austriaca hay un gran número de corrientes, interpretaciones e incluso disputas. En el plano metodológico, por supuesto, también encontramos varias diferencias, llegando al punto de poder considerar que cada austriaco tiene una posición metodológica o epistemológica propia, que puede ser parecida aunque no idéntica a la del resto de autores (ver White (1977) para una recopilación de las principales posiciones metodológicas dentro de la Escuela).

Todos los autores de la Escuela Austriaca han atribuido gran importancia a la cuestión metodológica, puesto que esta Escuela, desde sus orígenes, se ha considerado a sí misma una corriente esencialmente filosófica (Rothbard 1971). En ese sentido, y en línea con lo que comentamos en el primer párrafo, cada autor ha desarrollado prácticamente una metodología propia. Empezando por Menger, pasando por todas las generaciones de economistas austriacos hasta pensadores más recientes como Huerta de Soto o Hans Hermann Hoppe, casi todos los austriacos han matizado en algo su posición metodológica o epistemológica.

La principal disputa, o al menos, la más interesante desde mi punto de vista, es la que se puede dar entre los aprioristas como Mises o extremo aprioristas como Rothbard y empiristas Popperianos como Hayek.  Para los primeros, toda teoría económica es deducible del axioma de la acción y es a priori, solo necesitando determinados axiomas auxiliares de contenido empírico para que aplique la teoría a determinados contextos reales (Mises 2011; Rothbard 1976). Los segundos, por el contrario, no rechazan la lógica de la acción pero consideran que en el momento en el que introducimos la cuestión del conocimiento y la coordinación, al pasar de un individuo a dos individuos en la economía, la ciencia económica se vuelve una ciencia empírica, repleta de conocimiento a posteriori (Hayek 1937). Estos últimos se enfocan más en la idea de la existencia de fenómenos complejos como el orden espontáneo, que albergan una cantidad de conocimiento que solo puede estudiarse a posteriori. El conflicto entre ambas corrientes se da en el momento en el que los primeros tachan de positivistas a los segundos, y los segundos de extremo racionalistas a los primeros. Desde estas discrepancias, austriacos de ambos lados han intentado desarrollar sus posiciones excluyendo a la otra parte y reafirmando que solo su enfoque es el correcto.

Por su parte, la metodología de Menger, que es previa y original a cualquier otra metodología austriaca, combina ambos enfoques. Por un lado, parte de la base de que existe conocimiento que es universal y necesario, o que es necesariamente absoluto. Esta sería la parte a priori, podríamos decir. Pero también considera que se puede crear teoría tomando como fuente la propia observación empírica, entendida en un sentido amplio, no de laboratorio, para establecer regularidades entre fenómenos complejos. ¿Consigue Menger unir ambos enfoques?

En su planteamiento metodológico, Menger (1985) hace una división de ciencias. Tendríamos, por un lado, las ciencias teóricas, que se encargan de estudiar la esencia y regularidades entre fenómenos tanto simples como complejos que se dan en la realidad, más allá de la experiencia inmediata. Por otro lado, las ciencias históricas, que tratan la investigación y explicación de la naturaleza individual y la evolución de fenómenos económicos. Por último, las ciencias prácticas presentan los principios por los que los agentes económicos pueden conseguir sus fines de manera óptima. Aquí, podemos observar una primera diferenciación que luego será fundamental en la epistemología de Mises. Esta es, la separación entre teoría e historia. Al diferenciar entre teoría e historia, entre regularidades y hechos concretos, Menger parece hacer ya una distinción epistemológica fundamental que será refinada y enfatizada por Mises años más tarde y que constituirá uno de sus argumentos fundamentales contra el empirismo (Sanz Bas, Morillo Bentué, and Solé Moro 2020).

Dentro de las ciencias teóricas, Menger distingue entre una orientación exacta y otra empírico-realista. Ambas orientaciones son teóricas, es decir, tratan regularidades que se dan de manera universal entre fenómenos. La orientación exacta trata tipos estrictos y regularidades exactas, es decir, regularidades entre fenómenos que se dan de manera universal y necesaria. Este es el terreno de los fenómenos simples, entendidos de manera atomística. La orientación empírico-realista comprende tipos reales y regularidades empíricas, esto es, regularidades que no se cumplen de manera universal y necesaria, pero que sí son tal y como se dan en la realidad. Aquí estarían los fenómenos complejos. El método analítico-compositivo es aquel que une ambas orientaciones para abordar los problemas económicos, teniendo, por tanto, una explicación de los fenómenos complejos en términos atomísticos, simples o de regularidades estrictas que no son directamente observables en la realidad.

La diferencia entre la teoría exacta y la teoría empírico-realista es que los fenómenos de la primera no se dan tal cual en la realidad de manera simple y, por ello, no pueden observarse directamente, aunque el mundo siempre opere bajo esas normas; mientras que la segunda sí puede observarse en la realidad en toda su complejidad, pero, por ello, no puede afirmarse que se cumpla siempre, de manera absoluta. Es importante que ambas orientaciones no se mezclen. Tratan fenómenos distintos y cada una es fundamental para alcanzar una visión más completa de los fenómenos. Idealmente, dice Menger, lo óptimo sería poder explicar los fenómenos complejos de forma estricta. Pero eso no es posible debido a las limitaciones cognitivas humanas. Podemos establecer leyes universales y necesarias, estrictas, pero estas no pueden abarcar todo aquello que conocemos u observamos. Además, la teoría exacta, afirma Menger, no está sujeta a validación por la experiencia. Es absurdo intentar validarla o rechazarla, pues por naturaleza se asume universal y necesaria. En este sentido, podríamos decir que la orientación exacta de Menger es similar a la teoría a priori de Mises, que tampoco puede ser falsada o verificada. Aquí, Menger se adelanta a Mises (White 1985).

Menger entiende el mundo dividido en fenómenos simples y complejos, y plantea dos orientaciones que se encargan, cada una, de lo más simple a lo más complejo. Podríamos integrar sin problema las perspectivas de Mises, Rothbard y Hayek dentro de esta metodología. La orientación exacta corresponde directamente al apriorismo. La praxeología es una teoría exacta. Trata fenómenos simples que no se dan tal cuál en la realidad, sino que dependen de la interpretación o la reflexión, como el axioma de la acción. Además, todas las leyes praxeológicas se cumplen de manera universal y necesaria, no pueden falsarse y se diferencian de los hechos concretos que ocurren históricamente. El resto de teorías económicas que tienen un componente empírico, que depende de la observación, como la ley de asociación de Ricardo, la desutilidad del trabajo, o leyes como la TACE, corresponden a la orientación empírico-realista. Estas son teorías contingentes, que dependen de la observación para poder ser aplicadas a la realidad y que deben construirse sobre los principios de la orientación exacta, la praxeología. En este caso, podríamos entender, como Hayek (1937) hace, que en tanto que hablamos de coordinación e introducimos el problema del conocimiento dentro de la teoría, abandonamos el terreno de la lógica de la acción pura y entramos en el terreno de lo empírico-realista. Las explicaciones simples, exactas o atomistas son insuficientes para poder explicar esos fenómenos complejos. Es por lo que necesitamos leyes empíricas. Esto último no sería incompatible ni con extremo aprioristas como Rothbard, que son los primeros en afirmar que el propio axioma de la acción depende una observación más amplia, no como a la que habitualmente se refiere el positivismo.

Es más, aquellos economistas más misesianos como Salerno, que habitualmente rechazan el planteamiento teórico y metodológico de Hayek (Salerno 1993), sostienen que la auténtica economía austriaca siempre ha sido mengeriana (Salerno 1999), que el enfoque realista-causal para la economía moderna introducido por Menger ha sido extendido por austriacos como Mises y Rothbard (Salerno 2010). Otros como Klein (2008) han tildado esta influencia mengeriana de economía mundana, como elemento diferenciador de la Escuela Austriaca. Ante ellos, podríamos decir que, precisamente, al volver a Menger, volvemos a una metodología que comprende el apriorismo misesiano y el estudio más realista o empírico de los fenómenos complejos, que fue el que posteriormente profundizó Hayek. Porque es justamente Menger quien habla de orden espontáneo, concepto que luego desarrolla Hayek y por el que es duramente criticado por Rothbard (2011). No parece que se hayan percatado de que, con esa crítica a Hayek, están atacando paralelamente a Menger, en quien dicen fundamentar su economía.

En mi visión, si tuviéramos que quedarnos con una teoría u obra en concreto, diría que sobran todos los desarrollos metodológicos posteriores a la propia obra de Menger. En él ya aparece todo el sistema metodológico construido, incluso con matices y detalles que parecería que solo podrían hacerse desde una epistemología posterior a esta obra y que, por el contrario, aparecen ya en la teoría de Menger. Si buscamos una metodología única austriaca, solo tenemos que ir a Menger. En él nacen las diferentes posiciones metodológicas, en las que cada austriaco luego hace énfasis, y en él se encuentran todas reunidas. Evidentemente, la metodología de Menger necesita una fundamentación epistemológica más sólida y, también, matices que los desarrollos metodológicos posteriores pueden incorporar en la metodología mengeriana para hacerla más sólida a nivel epistemológico. Aun así, creo que debe ser considerada punto de referencia indispensable para cualquier planteamiento metodológico que se haga llamar austriaco.

Referencias

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Una pregunta al positivismo en economía

¿Cómo sabemos que una proposición es verdadera o no? ¿Y una teoría, entendida como conjunto de proposiciones?

Aunque no suele ser uno de los temas que más traten los economistas en sus debates u obras, la mayoría ha dedicado parte de su investigación a la cuestión metodológica. Esto es así porque para poder hallar conclusiones ciertas de manera sistemática en la ciencia económica es necesario un método, reconocido como útil y cierto. A pesar de ello, la metodología es uno de los campos donde más disputa hay dentro de la ciencia económica. Es decir, si hay disputa por el propio método, sabiendo que este constituye la propia base sobre la que desarrollar cualquier edificio teórico posterior, difícil será encontrar consenso en las teorías más básicas o aplicadas a la realidad. Sin duda, esto constituye uno de los problemas más graves de la ciencia económica actual y explica, en parte, la cantidad de divergentes corrientes que hay en ella.

Como dos posturas metodológicas claramente enfrentadas podríamos encontrar el positivismo y la praxeología. El primero entiende que la verdad se obtiene, en todos los campos y sin excepción, mediante el contraste de las hipótesis. El conocimiento se obtiene y valida en base a la experiencia. Por su parte, la praxeología critica el monismo metodológico positivista y defiende un método propio para las ciencias de la acción humana. Este método, además, rechaza el testeo de hipótesis y propone la deducción lógica de la teoría a partir de un axioma autoevidente como el de la acción humana, complementado por algunos axiomas subsidiarios, si fuese necesario. En su caso, la experiencia no puede validar ni refutar una teoría. La experiencia sólo nos ayuda a reconocer la aplicabilidad de una teoría desarrollada a priori. Es decir, la teoría no es refutable, sino aplicable.

Como defensores del positivismo en economía podemos encontrar a autores como Milton Friedman (1953). Como objeción al apriorismo, decía lo siguiente: “si tú y yo, suponiendo que ambos somos aprioristas, no estamos de acuerdo en si una proposición es correcta, no tendremos otra forma de resolver la cuestión excepto peleando, diciendo que yo estoy en lo cierto y tú no” (Ebenstein 2001). De ahí se deriva que solo la experiencia es la que puede dar la razón a alguna de las partes en sus proposiciones, si es que estas son contrapuestas. A todas luces, este razonamiento parece lógico. Si pretendemos explicar y comprender la realidad, ¿de qué sirve la mera deducción lógica aislada de la realidad? ¿cómo compruebo que mi proposición explica verdaderamente lo que ocurre en la economía? Parece que no queda otra que mediante la verificación de mi hipótesis.

Sin embargo, ¿y si ambas posturas enfrentadas encuentran evidencia empírica que respalda sus teorías? ¿cómo se determina ahora qué proposiciones son ciertas y cuáles no? ¿hay experiencia que tenga más fuerza o peso que otra?

Esta pregunta que aquí lanzamos puede concretarse más con un ejemplo de teoría monetaria, en el que precisamente se ve envuelto Friedman también. Este ejemplo involucra a monetaristas y austriacos en referencia al ciclo económico. La teoría monetarista encuentra causas y soluciones opuestas a las que la Teoría Austriaca del Ciclo Económico (TACE) determina en referencia a los ciclos económicos. Los primeros entienden, siguiendo un enfoque macroeconómico ligado a la teoría cuantitativa del dinero, que la insuficiencia en la creación de masa monetaria en la economía causa la deflación típica que caracteriza a los periodos recesivos durante una fase del ciclo. Como solución, proponen la creación e inyección de más dinero en la economía. Por su parte, los austriacos creen que es la exagerada creación de dinero durante el período expansivo del ciclo la que alimenta una burbuja económica, que termina por explotar debido a las descoordinaciones intertemporales creadas, y que, por tanto, la época recesiva, con su deflación de precios, sirve para sanar las malas inversiones del período previo. En su caso, una mayor inyección monetaria como respuesta al bust tendría graves consecuencias para la economía. Sería algo así como seguir dando alcohol a un borracho para que supere la resaca.

Ante las discrepancias, Friedman solucionaba el asunto diciendo que la evidencia empírica demostraba la ausencia de correlación entre expansión y recesión o, mejor dicho, entre el boom y el posterior bust (Friedman 1969; 1993). Más bien, la evidencia trasladaba lo contrario, esto es, una alta correlación entre el bust y un posterior boom, por lo que la teoría del ciclo de Mises quedaba refutada (Hammond 1992). Frente a estas afirmaciones de Friedman, encontramos varios trabajos que demuestran empíricamente la TACE; aunque sabemos que hay más, basta con citar dos de ellos: Keeler (2001) y Bismans y Mougeot (2009). Ante esta tesitura, ¿cómo podemos resolver la discrepancia? ¿cómo soluciona esto el principio de verificación o falsación?

Roger Garrison fue uno de los primeros economistas austriacos que criticaron a Friedman y su opinión sobre la TACE (Garrison 1996). Además de proveer algunas referencias a trabajos empíricos sobre la TACE, la parte más importante de la crítica de Garrison a Friedman es en términos apriorísticos, es decir, en referencia a las teorías monetaristas y austriacas. Garrison no se limita a decir que la teoría austriaca sí encuentra sustento empírico mientras que la monetarista no, sino que pasa a entender dónde se encuentra la discrepancia en la teoría. Es más, propone una solución que convierte los descubrimientos empíricos de Friedman en ampliamente consistentes con ambas teorías, austriaca y monetarista. Aun así, eso no es lo fundamental. Lo importante es que Garrison resuelve el problema discutiendo en el plano teórico, no en el de la evidencia. En el campo de la evidencia parece bastante difícil de solventar.

La evidencia empírica es historia y, por tanto, siempre requiere interpretación. Como decía Mises, sin teoría no podemos interpretar o dar sentido a la historia (Mises 2007). La historia por sí misma solo es un conjunto de fenómenos inconexos. Es la teoría la que permite conectar puntos y establecer regularidades, es decir, leyes, que arrojan luz acerca de la causalidad de los fenómenos. Para poder unir los puntos, por tanto, será necesario primero contar con una teoría que permita conectarlos. De esta forma, saltaríamos al plano de lo que normalmente se entiende como a priori: debatir la validez de una proposición sin necesidad de recurrir a la evidencia.  

Desde mi punto de vista, las tradicionales clasificaciones filosóficas que se usan para describir los diversos métodos crean más confusión que certezas: necesario/contingente, a priori/a posteriori y sintético/analítico (Smith 1986). Sin embargo, parece inevitable recurrir a ellas. Es cierto que, si acaso, la dicotomía necesario/contingente puede ser la más útil a la hora de hablar de metodología. Aun así, el momento de detallar por qué no es ahora, sino que seguramente sea en próximos artículos en esta sección.

Entonces, habiendo aclarado esto y expuesto el problema, lanzo la pregunta a aquellos que sepan responderla, con ánimo de alimentar el debate y conocer la diversidad de opiniones: ¿cómo se determina la validez de una proposición o teoría si se encuentra evidencia empírica que la refuta y la valida al mismo tiempo?

Y añado otra más: si la respuesta a la anterior pregunta es, por ejemplo, analizar si hay errores en el método o el procedimiento por el que se estudia la evidencia, ¿no volveríamos entonces a entrar en el terreno de lo a priori?

Referencias

Bismans, Francis, and Christelle Mougeot. 2009. “Austrian Business Cycle Theory: Empirical Evidence.” Review of Austrian Economics 22 (3): 241–57. https://doi.org/10.1007/s11138-009-0084-6.

Ebenstein, Alan. 2001. Friedrich Hayek: A Biography. New York: Palgrave Macmillan.

Friedman, Milton. 1953. “The Methodology of Positive Economics.” In Essays in Positive Economics, 3–46. Chicago: University of Chicago Press.

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Garrison, Roger W. 1996. “Friedman’s ‘Plucking Model’: Comment.” Economic Inquiry 34 (4): 799–802.

Hammond, J. Daniel. 1992. “An Interview with Milton Friedman on Methodology.” The History of Economic Thought and Methodology 10: 91–118.

Keeler, James P. 2001. “Empirical Evidence on the Austrian Business Cycle Theory.” Review of Austrian Economics 14 (4): 331–51. https://doi.org/10.1023/A:1011937230775.

Mises, Ludwig von. 2007. Theory and History: An Interpretation of Social and Economic Evolution. 3rd ed. Auburn: Ludwig von Mises Institute. www.mises.org.

Smith, Barry. 1986. “Austrian Economics and Austrian Philosophy.” In Austrian Economics: Historical and Philosphical Background, edited by Wolgang Grassl and Barry Smith, 1–36. London and Sidney: Croom Helm.