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Etiqueta: Moral

Cómo la inflación conduce al decaimiento moral

Por Jon Miltimore. El artículo Cómo la inflación conduce al decaimiento moral fue publicado originalmente en FEE.

En todo el mundo, la gente se debate bajo el espectro de la inflación. En Venezuela, la tasa de inflación es del 360%, mientras que en Argentina, es del 160%. Y en Turquía, la inflación ronda el 50 por ciento, un 10 por ciento más que en su vecino Irán.

En Europa, la inflación del euro se ha enfriado por fin hasta cerca del 3 por ciento, frente al más del 10 por ciento de hace un año. Canadá y Estados Unidos han seguido una pauta similar. Incluso si Europa y los países norteamericanos pueden seguir frenando la inflación – y eso es un gran “si” – las consecuencias de las políticas inflacionistas de los gobiernos ya se han hecho realidad. El valor de los ingresos y los ahorros de los ciudadanos se ha visto gravemente erosionado (y probablemente de forma permanente).

La depreciación de los ingresos reales perjudica seriamente a los consumidores y a las familias, sobre todo a las más pobres, que gastan un mayor porcentaje de sus ingresos en alimentos y vivienda, productos básicos que tienden a verse desproporcionadamente afectados por la inflación. “Los hogares con menores ingresos experimentaron una inflación superior a la media debido a su mayor gasto proporcional en alimentos y vivienda, categorías cuyos precios subían más rápidamente en aquel momento (especialmente durante 2020, con el inicio de la pandemia)”, concluía a principios de este año un estudio del Banco de la Reserva Federal de Nueva York.

Aunque los efectos perniciosos de la inflación se han detallado exhaustivamente en los últimos años, hay un efecto de la inflación que ha recibido poca atención: su impacto en la moralidad.

Durante todas las grandes inflaciones

La idea de que la inflación pueda afectar a la moralidad puede sonar extraña a algunos lectores; a mí, desde luego, me lo pareció cuando escuché la hipótesis por primera vez. Sin embargo, uno de los escritores económicos más famosos de la historia vio una clara relación entre la política inflacionista y la corrupción (tanto pública como privada). “Durante toda gran inflación se produce un sorprendente declive de la moralidad pública y privada”, observó en una ocasión Henry Hazlitt, autor de La economía en una lección.

Una de las autoridades que cita Hazlitt es el historiador Andrew Dickson White (1832-1932), autor de Fiat Money Inflation in France. White, abolicionista y licenciado por la Universidad de Yale que cofundó la Universidad de Cornell semanas después de concluir la Guerra de Secesión, tenía un profundo interés por la política monetaria y la historia de Francia.

Durante sus viajes por Europa, que se remontaban a antes de la Guerra Civil estadounidense, recopiló un impresionante conjunto de fuentes primarias de la Francia revolucionaria – “periódicos, informes, discursos, panfletos, material ilustrativo de todo tipo y, especialmente, ejemplares de casi todas las emisiones revolucionarias de papel moneda”- que utilizó para publicar su libro en 1912.

Decadencia moral

En su obra, White analiza cómo la impresión de dinero en Francia condujo no sólo a la decadencia monetaria, sino también a la moral, y explica cómo sucedió:

De la inflación de los precios surgió una clase especuladora; y, ante la total incertidumbre sobre el futuro, todos los negocios se convirtieron en un juego de azar, y todos los hombres de negocios, en jugadores. En los centros de las ciudades crecieron rápidamente los corredores de bolsa y los especuladores, y éstos establecieron una moda degradante en los negocios que se extendió a las partes más remotas del país (…).

En esta manía de ceder al disfrute presente en lugar de prever la comodidad futura estaban las semillas de nuevos brotes de miseria: se estableció el lujo, insensato y extravagante. También éste se extendió como una moda. Para alimentarla, surgió la estafa en la nación en general y la corrupción entre los funcionarios y las personas que tenían fideicomisos. Mientras que los hombres impusieron esas modas en los negocios privados y oficiales, las mujeres impusieron modas de extravagancia en el vestir y el modo de vida que se sumaron a los incentivos para la corrupción…

Andrew Dickson White. Fiat Money Inflation in France.

Investigadores de Harvard: ‘Una relación positiva entre corrupción e inflación’

El libro de White, disponible gratuitamente en Internet por cortesía del Proyecto Gutenberg, merece la pena que lo lea cualquier persona interesada en la historia o la política monetaria. Aunque su tesis me parece persuasiva – White ofrece abundantes ejemplos que demuestran que el dinero suelto genera un comportamiento suelto – muchos lectores argumentarán que hay un problema obvio: no se puede falsar. En cierto sentido, tienen razón.

Aunque no faltan académicos que sostienen que la moralidad puede medirse -véase la Teoría de los Fundamentos Morales de Jonathan Haidt y la Encuesta de Valores de Schwartz-, soy escéptico respecto a que los seres humanos puedan acordar un código moral universal, por no hablar de cuantificar con precisión la moralidad en las poblaciones humanas.

Sin embargo, como casi todo, la moral puede estudiarse y se pueden reunir pruebas empíricas. Y hay pruebas convincentes que apoyan la idea de que la inflación corrompe. Por ejemplo, un destacado estudio realizado en 2004 por los investigadores de Harvard Miguel Braun y Rafael Di Tella descubrió que los niveles más altos de variabilidad de la inflación tienden a provocar más corrupción gubernamental (y menos inversión de capital). “Documentamos una relación positiva entre la corrupción y la variabilidad de la inflación en una muestra de 75 países”, escribieron los autores.

Un vivero de tiranía, corrupción y engaño

La corrupción es sólo una forma de medir la moralidad pública, por supuesto. Los niveles de delincuencia son otra. La hiperinflación que sufrió la Alemania de Weimar (1918-33) a principios de la década de 1920 es bien conocida. Menos conocido es el aumento de la delincuencia durante el periodo inflacionista, aunque es algo que Hazlitt discutió. “No es casualidad que la delincuencia aumentara bruscamente durante la inflación alemana”, escribió. “Sobre la base de 1882=100, la tasa de criminalidad, que se situó en un número índice de 117 en 1913, subió a 136 en 1921 y a 170 en 1923. Volvió a descender en 1925, cuando terminó la inflación, a 122”.

El aumento de la delincuencia, sin embargo, fue sólo un ejemplo de un colapso mucho más amplio de la virtud y la estabilidad durante el periodo de Weimar. El historiador Richard Evans abordó este tema en su libro de 2005 La llegada del tercer reich:

El dinero, los ingresos, la solidaridad financiera, la regularidad, el orden económico y la previsibilidad habían estado en el centro de los valores burgueses y de la existencia burguesa antes de la guerra. Un cinismo generalizado empezó a hacerse patente en la cultura de Weimar… No fue en último término como consecuencia de la inflación que la cultura de Weimar desarrolló su fascinación por los criminales, los malversadores, los jugadores, los manipuladores, los ladrones y los sinvergüenzas de todo tipo. La vida parecía un juego de azar, la supervivencia una cuestión del impacto arbitrario de fuerzas económicas incomprensibles.

Richard Evans. La llegada del tercer reich.

“Un vivero de tiranía, corrupción y engaño”

La descripción de Evans de las consecuencias de la política inflacionista no es sino una versión más larga y artera de la ofrecida por el estimado estadista francés Honoré Gabriel Riqueti, conde de Mirabeau, quien en los albores de la Revolución Francesa advirtió, en una carta privada, que la política inflacionista era “un vivero de tiranía, corrupción y engaño”.

Mirabeau tenía razón, pero eso no le impidió impulsar los billetes de papel para financiar las obras públicas mientras era miembro de la Asamblea Constituyente, una política que sin duda contribuyó a la caída de Francia en la tiranía.

Mirabeau murió de pericarditis a principios de 1791, con sólo 42 años, poco después de ceder a las presiones para que se aprobara un proyecto de papel moneda. Nunca fue testigo de la tiranía que predijo (y que su propia política contribuyó a provocar): el Reinado del Terror.

Desarrollado en obediencia a las leyes naturales

El punto de White es que la tiranía en Francia no se produjo accidentalmente. Surgió directamente de su política monetaria. Las cifras de la Revolución Francesa son difíciles de conseguir (especialmente si no se lee francés), pero un nuevo artículo publicado en European Economic Review describe la política monetaria de Francia como “una explosión de papel moneda llamado assignat“, que dio lugar a una hiperinflación que Europa no volvería a experimentar hasta el siglo XX.

White llega a sugerir que los horrores de la Revolución Francesa fueron una consecuencia inevitable de las políticas inflacionistas de Francia. “Así se desarrolló lógicamente la historia de Francia, obedeciendo a leyes naturales”, escribe.

Esto es similar a la tesis de Hazlitt de que el dinero malo inevitablemente dará lugar a un mal comportamiento. Puede que sea una tesis difícil de tragar -sobre todo para quienes viven en la era del dinero fiduciario-, pero es fácil encontrar otros ejemplos históricos. El fastuoso estilo de vida de Enrique VIII y sus numerosas guerras fueron posibles gracias a una política monetaria expansiva, lo que los historiadores denominan “el gran envilecimiento“.

“Os lo dije”

Incluso la Biblia insinúa un vínculo entre la inflación y la decadencia moral. “Vuestra plata se ha convertido en escoria, vuestro mejor vino en agua”, reprendió el profeta Isaías (1:22). Isaías predicaba en una época en la que el pueblo de Israel, y en particular sus dirigentes, eran moralmente miserables, o al menos eso nos han hecho creer.

Dejaré abierta la cuestión para que los lectores decidan si la propia expansión de la oferta monetaria en Estados Unidos ha provocado un colapso de la moralidad privada y pública. Aunque señalaré que Hazlitt, escribiendo durante la administración Carter, argumentó que el aumento de la inmoralidad pública ya estaba en marcha, y que se derivaba directamente de su moneda libertina.

También sospecho que White, si el gran erudito viviera hoy, miraría a la sociedad estadounidense -sus guerras interminables, su corrupción pública y sus cuestionables iniciativas financiadas por los contribuyentes- y simplemente diría: “Os lo dije”.

Ver también

Oferta monetaria, inflación y señoreaje. (Jon Aldekoa).

Los desiguales efectos de la inflación. (Álvaro Martín).

¿Es tan mala la inflación? (Juan José Mora Villalón).

La gramática de la conducta civil

Por Todd Breyfogle. Este artículo ha sido publicado originalmente en Law&Liberty.

Michael Oakeshott describió en una ocasión la sociedad civil como un grupo de puercoespines acurrucados lo suficientemente cerca para mantenerse calientes, pero lo suficientemente separados para no pincharse unos a otros. Parece que vivimos en un mundo en el que no tenemos ni el calor, ni la separación, ni el grosor de piel para soportar las inevitables púas que conlleva la convivencia. Una sociedad civil es, en efecto, un tipo particular de animal que presupone vínculos conceptuales y prácticos.

La sociedad civil no es una familia extensa. No es una tribu ni una sociedad religiosa. Sus vínculos son los de la civitas-vida arraigada en un sentido común de ciudadanía, entendido tanto jurídica como moralmente, y ejercido en asuntos prácticos. Nuestra sociedad es civil en la medida en que nos tratamos unos a otros civilmente, con el respeto que presupone y promulga la participación en una vida jurídica, material y moral común.

The soul of civility

En The Soul of Civility, Alexandra Hudson nos ofrece una guía tanto teórica como práctica para convivir más civilizadamente. Hudson nos cuenta que el libro tiene su génesis en su propia experiencia de incivilidad trabajando en el gobierno de Washington, DC. El incivismo punzante que experimentó no era tanto partidista como político, sino que se trataba de compañeros de trabajo que fingían ser amables como cortina de humo para engrandecerse a sí mismos y utilizar subterfugios. Hudson empieza distinguiendo con astucia entre urbanidad y cortesía. La cortesía se basa en la forma o las normas de comportamiento; la urbanidad, en la motivación y el fondo en relación con una noción del bien.

Al principio del libro, Hudson establece un marco de referencia: a) ¿tratamos a los demás como personas o como cosas? b) ¿atemperamos las reglas sociales formales con las normas informales que se inclinan hacia la justicia? y c) ¿tienen nuestras motivaciones un fundamento moral? Esta distinción entre cortesía y urbanidad es importante. El civismo no es simplemente un acuerdo para discrepar, sino una voluntad de vivir y trabajar juntos porque entendemos dónde y por qué discrepamos y estamos dispuestos a hablar con franqueza sobre nuestras creencias.

Un sempiterno dilema

La cortesía es una modalidad transaccional que tiende a disimular las diferencias; el civismo es una disposición moral que reconoce las diferencias no como una contienda, sino en un espíritu de aprendizaje mutuo. El civismo exige que digamos la verdad tal y como la vemos, reconociendo al mismo tiempo que nuestro interlocutor puede tener razón, que tenemos algo que aprender o comprender más profundamente y que nuestro interlocutor es un ser humano digno de respeto.

Hudson divide El alma de la urbanidad en tres partes. En la Parte 1, “An Enduring Dilemma”, expone su visión de la naturaleza humana como una lucha por las convenciones del autodominio mientras intentamos, de forma natural, dominar a los demás. La antropología de Hudson es explícitamente agustiniana: nos motiva el deseo de dominar a los demás, de tratar a las cosas y a las personas como un medio para alcanzar nuestros propios fines y no como un fin en sí mismo. Nuestro reto, tanto individual como social, es discernir cómo alinear nuestros intereses egoístas con los intereses de los demás.

Los anclajes intelectuales y morales de Hudson son ampliamente bíblicos y teológicos, combinados con las diversas tradiciones clásicas e ilustradas de la ética de la virtud, mezcladas con cepas del liberalismo clásico. Más que explorar las tensiones entre estas escuelas de pensamiento, Hudson recoge sus frutos comunes para ilustrar cómo el civismo nos ayuda a ver que lo que es bueno para los demás también puede ser beneficioso para nosotros mismos.

Ejemplos históricos y de la cultura popular

Al examinar literalmente miles de años de literatura, Hudson tiene mucho interés en señalar que, aunque sus raíces se encuentran principalmente en la tradición occidental, las virtudes cívicas forman parte de la tradición humana. Además de figuras conocidas (Aristóteles, Montesquieu, Confucio), Hudson destaca las aportaciones quizá menos habituales de Gilgamesh y Las enseñanzas de Ptahhotep, así como de Giovanni della Casa e Ibn Khaldun, entre muchos otros. El repaso que hace Hudson de la literatura antigua y moderna sobre civismo es uno de los elementos más valiosos del libro, pues ilustra no tanto una “solución intemporal” a un “problema intemporal” como el reconocimiento de un predicamento humano fundamental: ¿cómo puede ampliarse mi amor a mí mismo para incluir el amor a los demás?

En las partes II (“¿Por qué el civismo?”) y III (“El civismo en la práctica”), Hudson recurre a su amplia familiaridad con los textos primarios para explorar el civismo tanto en la teoría como en la práctica. Las citas al margen interrumpen a menudo la página, lo que me distrajo un poco, aunque individualmente son muy valiosas. (No son ni citas en bloque ni pull quotes, sino que funcionan casi como un libro de lugares comunes). Hudson pone textos históricos y ejemplos de la cultura popular en conversación unos con otros -casi como espejos unos de otros- para subrayar la necesidad tanto de comprender como de practicar el civismo. Además, Hudson cierra cada capítulo con una lista de sugerencias útiles: un resumen, basado en los textos y ejemplos del capítulo, de cómo podemos manejarnos y manejar nuestro entorno para ser más cívicos con los demás.

Integridad

Escribir sobre civismo no es tarea fácil, porque el civismo como disposición reconoce las desordenadas zonas grises de la sociabilidad humana. En parte filosofía e historia intelectual, en parte crítica social y consejo moral, el libro de Hudson teje y deambula por un vasto paisaje. Su enfoque es temático, casi un caleidoscopio de referencias textuales, impresiones, anécdotas, crítica cultural y orientación moral que se desplazan y arremolinan unas junto a otras. Los elementos compuestos e individuales están llenos de sabiduría. Concluiré mencionando algunos aspectos destacados.

En el capítulo dedicado a la integridad, Hudson distingue entre integridad y autenticidad. Si autenticidad significa transparencia sobre los propios sentimientos, nuestros impulsos fugaces y fluidos pueden dañar las relaciones más profundas y duraderas. “La integridad a veces significa no actuar basándonos en nuestros sentimientos internos”, escribe Hudson, porque reconocemos que la amistad, por ejemplo, es un bien más elevado y duradero. La integridad nos llama a actuar según nuestros valores internos más elevados “incluso cuando no nos apetece hacerlo”.

En consecuencia, aunque la integridad puede ser “inauténtica”, no es hipócrita. “La hipocresía es problemática porque traicionamos nuestros compromisos morales para servirnos a nosotros mismos”. Mientras que la autenticidad se orienta hacia los sentimientos, la integridad toma como punto de referencia una ordenación de valores. Es decir, intercambiamos un valor (por ejemplo, la transparencia) en interés de otro valor superior (por ejemplo, el amor). Podemos callar o hablar, no por lo que sentimos sino por lo que valoramos. Y lo que valoramos tiene su plena vigencia en los demás y en cómo los valoramos.

Libertad, democracia y progreso

El capítulo sobre la libertad, la democracia y el florecimiento humano hace hincapié en cómo el civismo refuerza las relaciones horizontales más que las verticales. El talante de Hudson es decididamente burkeano y tocquevilliano: cuanto menos regulamos nuestros propios impulsos y apetitos, más probable es que un poder despótico externo intente hacerlo por nosotros. “En resumen”, escribe, “el civismo es el contrato social que sustenta el contrato social. Sin él, nuestro modo de vida libre dejará de existir”.

El civismo, sin embargo, no es mera complacencia o complicidad. Hudson dedica un capítulo a la desobediencia civil como forma de civismo: el imperativo moral de decir la verdad al poder. Basándose en Sócrates, Gandhi y Martin Luther King, Jr., Hudson analiza las formas en que la “civilidad” injusta debe ser desafiada por la “incivilidad” no violenta. Aunque la “civilización” se ha utilizado para reforzar la opresión, Hudson subraya cómo la civilidad bien entendida refuerza la igualdad moral y jurídica.

La libertad, la dignidad y la igualdad se ven a menudo desafiadas por la innovación tecnológica, que también ha exacerbado la polarización y la intolerancia. Al explorar la ciudadanía en la era digital, Hudson ofrece consejos prácticos sobre cómo “cultivar nuestro jardín digital”. Considera el lenguaje del civismo como una gramática de conducta que nos anima a considerar la dignidad de la persona humana en medio de fuerzas culturales que tienden a la despersonalización y el anonimato.

Asociaciones e instituciones intermedias

Un capítulo posterior sobre educación subraya la importancia de diversas instituciones para fomentar ecosistemas civiles: escuelas, familias y asociaciones voluntarias. La propia Hudson ha creado varios productos en línea como contribución propia a esos ecosistemas, y describe las aportaciones de otras organizaciones, entre ellas Braver Angels, Great Hearts Academies y The Aspen Institute (mi propio empleador). Al describir el civismo en la práctica, Hudson también articula los hábitos olvidados de la hospitalidad, el perdón y la búsqueda de sentido más allá del trabajo.

En su haber, Hudson consigue criticar la cultura contemporánea sin negatividad. Da ejemplo del tipo de generosidad de espíritu, evaluación honesta y humildad que uno ofrecería a un amigo. Es decir, escribe sobre civismo civilizadamente. Algunos encontrarán refrescante el optimismo de Hudson; otros se preguntarán si es ingenuo. Pero el enfoque de Hudson sobre el civismo es, como sugiere el título, conmovedor. Nos exhorta, en el espíritu de Erasmo, a ignorar los defectos de los demás mientras nos esforzamos por no quedarnos cortos nosotros mismos. Experimentamos este espíritu de excelencia moral en nuestras amistades; Hudson nos pide que extendamos esta aspiración, a su vez, a las amistades cívicas con quienes nos rodean.

Un mundo incivil

¿Qué significa practicar el civismo en un mundo incivil? Hudson nos recuerda que el civismo no es tanto una cosa como una forma de actuar. Curiosidad, escucha, conversación, palabras firmes pero no destempladas: estos son los elementos de la imaginación creativa que se prestan al arte de vivir bien juntos. Gran parte de nuestra incivilidad está impulsada por el cinismo, una especie de odio a lo bueno porque no es perfecto.

Como los puercoespines de Oakeshott, que se acercan y se dejan espacio, el civismo es un proceso dinámico definido por un margen de tolerancia: la fuerza de una estructura es su capacidad de doblarse sin romperse. Joseph Schumpeter observó una vez que “darse cuenta de la validez relativa de las convicciones de uno y, sin embargo, defenderlas sin flaquear es lo que distingue a un hombre civilizado de un bárbaro”. El alma de la civilidad es un llamamiento al pensamiento y la acción civilizados en apoyo del músculo moral que nos permite tanto fuerza como flexibilidad para navegar por nuestro terreno político y social, a menudo bárbaro.

El efecto humanizador de los mercados

En un reciente paper publicado en el Journal of Economic Behavior & Organization, tres profesores de la St. Olaf College, de la Universidad de Stanford y de la Universidad de George Mason (ver aquí), defienden que los mercados, a diferencia de lo que se sostiene habitualmente, tienen un efecto humanizador, en el sentido de que nos permiten reconocer a el estatus moral  de otras personas cuando interactuamos con ellas.

Nos inducen a tener en cuenta al otro

Según estos autores, existen dos tipos de críticas. Por un lado, los que consideran que los mercados son intrínsecamente repugnantes, ya que funcionan basándose más la codicia o el miedo en vez del cuidado genuino y a la reciprocidad. Esto nos haría ver al resto de las personas como enemigos o amenazas para lograr el éxito. Otros creen que los mercados se están expandiendo a esferas de la vida en las cuales no debería penetrar. Trata ciertos bienes como meros medios de intercambio cuando no deberían ser valorados de esa forma.

Por esta razón, estos investigadores se preguntan cómo la interacción con otras personas en un mercado puede afectar a nuestra voluntad de considerar su humanidad. Precisan de dos indicadores distintos. A saber, (i) una medida de los sentimientos morales sobre diferentes grupos sociales y (ii) una medida diádica de la interacción del mercado que se puede combinar con esos grupos. Para el segundo de los indicadores, utilizan los flujos de intercambio bilateral y los recuentos de inmigración por país de origen. Y para el primero, realizan un análisis del contenido de los artículos del New York Times desde 1987-2007. El objetivo es capturar la frecuencia, la valencia y el tipo de lenguaje moral usado para cada grupo externo.

Calibrar el lenguaje moral

Para “medir” el lenguaje moral, se basan en la Teoría de los Fundamentos Morales. Es una teoría plural que identifica cinco valores morales fundamentales: cuidado/daño; justicia/engaño, lealtad/traición, autoridad/subversión y santidad/degradación. Tener en cuenta más de un ámbito o menú de sentimientos morales permite evitar sesgos. Pueden existir diferencias en la valoración personal o cultural de lo moral que puede ser la participación en un mercado.

Los resultados que obtienen son robustos frente a una gran variedad de diferentes controles alternativos en sus regresiones y diferentes especificaciones. Indican que la interacción en el mercado que realizan los Estados Unidos con otros países viene acompañada por un mayor uso del lenguaje moral. Esto es, se descarta que se produzca una deshumanización.

Los mercados humanizan

Ahora bien, este lenguaje puede ser positivo o negativo. Las estimaciones indican que tanto el comercio como la inmigración tienen una relación positiva significativa con el lenguaje virtuoso. Pero no hallan la relación contraria. Esto es, una mayor interacción en los mercados viene acompañada de una mayor moralización, pero un trato moral positivo de un grupo externo no precede a un mayor intercambio en el mercado o a un mayor volumen de inmigración. Asimismo, los mercados parecen motivar una mayor preocupación por otras personas. Solamente en lo relativo a la autoridad, sí que parece existir cierta deshumanización, lo que vendría explicado por la necesidad de reforzar la cohesión interna.

En definitiva, es habitual escuchar en medios de comunicación y en la conversación pública que el capitalismo y el mercado producen una deshumanización y un aumento de la codicia. Es decir, nos hacen perder parte de nuestra esencia como humanos, como es la relación con nuestros pares. Sin embargo, la evidencia empírica muestra justamente lo contrario, ya que nos hacen extender nuevos lazos sociales con otros grupos. Por lo que sí, los mercados nos humanizan.

El fenómeno ‘woke’: cuando el capitalismo corrompe la sociedad

Vivek Ramaswamy es un empresario de éxito, posiblemente millonario tras salir de la empresa farmacéutica que fundó (Roivant Inc.) para dedicarse en cuerpo, alma y dinero a luchar contra el fenómeno woke. Su lucha se ha traducido, de momento, en una candidatura a las primarias presidenciales del partido Republicano en los EEUU. Y también en un par de libros, uno de ellos Woke, Inc., que he leído recientemente.

Se trata de un ensayo muy, muy recomendable. Su lectura interesará a todos los defensores de la libertad, por la descripción teórica y empírica que hace de las nuevas formas en que está siendo atacada. Sinceramente, yo me esperaba un panfleto sensacionalista de pim-pam-pum al woke, no por ello exento de interés, pero me he encontrado algo mucho más profundo y que, por tanto, da más juego para la reflexión.

¿Pueden los ricos dictar la moral?

La gran pregunta de fondo que plantea el libro es la siguiente: ¿puede la gente que tiene el dinero fijar las normas morales de la sociedad? En otras palabras, ¿se puede utilizar el poder en el mercado para establecer reglas morales? Obsérvese que hay dos cuestiones implícitas, si atendemos a la ambigüedad del verbo, así que agotado el recurso retórico y por ser más riguroso, las desplegaré debidamente:

  • ¿Es posible utilizar el poder de mercado para establecer reglas morales?
  • ¿Es deseable o moralmente aceptable que los capitalistas con poder de mercado establezcan dichas reglas?

Para Ramaswamy, las respuestas son “Sí” y “No”, respectivamente. En cuanto a la primera pregunta, se puede constatar empíricamente que el capitalismo, el funcionamiento de mercado, contribuye a cambiar los valores sociales. El ejemplo usado por Ramaswamy es el de las castas en la India y cómo el sistema desapareció a efectos prácticos cuando se implantó el capitalismo. En suma, la influencia sociedad-mercado es bidireccional, tampoco podía ser de otra forma.

Aislar las instituciones del mercado

A la segunda pregunta, Ramaswamy responde con un sonoro “No”. Y propugna que los valores de la sociedad se han de definir con independencia del dinero, por procesos democráticos. Ello le lleva a elaborar un verdadero programa de propuestas para aislar las instituciones democráticas del mercado e impedir que éste interfiera con aquellas, propuestas que posiblemente constituyan la base de su programa electoral.

Ninguna de las anteriores preguntas me parece que sean fáciles de responder, y no estoy seguro de compartir las respuestas de Ramaswamy. Obsérvese que el análisis es independiente del fenómeno concreto, el fenómeno woke, en que las enmarca el autor.

Bruno Leoni y Friedrich A. Hayek

Los indicios que me hacen dudar de las respuestas que Ramaswamy son las apelaciones al poder de mercado, algo que no existe en un mercado libre, y a los mecanismos democráticos como forma de establecer los valores de la sociedad, algo en contradicción con el origen evolutivo de las normas que nos describen Leoni y Hayek.

Siguiendo a estos últimos, sabemos que las costumbres y los valores sociales no es algo que surja de instituciones democráticas como el Congreso de los EEUU. La existencia de normas y valores sociales es consustancial a las comunidades y precede con mucho la existencia de los Estados y los sistemas democráticos. Ello prueba que su conformación no exige ni necesita de una democracia.

El origen de dichas entidades es evolutivo: los individuos se van dotando paulatinamente de normas y valores conforme se suscitan conflictos entre ellos y para tratar de evitar que se reproduzcan una y otra vez. Esos usos y costumbres se aceptan implícitamente por la comunidad en cada nueva transacción. Y están sujetos a modificación conforme las necesidades y preferencias de la sociedad varían, sin requerir para ello procesos formales de validación externos a la sociedad que los utiliza.

Del derecho a los códigos

Es por ello que en la antigua Roma y hasta cierto punto en el derecho anglosajón, los jueces, ante un conflicto, más que juzgar basándose en unas leyes existentes, tenían que descubrir cómo se estaban resolviendo problemas similares en la comunidad, para aplicar una solución análoga al caso que se le presentaba. Para este descubrimiento contaban con la inestimable ayuda de los jurisconsultos y, posteriormente, de los llamados códigos, en que se recopilaban para el uso por el juez las soluciones que se venían dando a diversos conflictos. Todo esto lo cuenta Bruno Leoni en su libro La libertad y la ley. Es en una época posterior, posiblemente empezando con la Revolución Francesa, que unos cuantos iluminados representantes del pueblo se arrogan el poder de definir esas normas y valores.

Siguiendo el método de las construcciones imaginarias de Mises, ahora nos toca ver si en este escenario en que se describe, sucintamente, cómo aparecen las normas en una sociedad no intervenida, sería posible que alguien con poder de mercado, léase muchos recursos, alterara las normas contra los intereses del resto de la sociedad.

Normas y memética

En realidad, las normas no son más que un tipo concreto de “meme” y, como tal, están sujetas a la memética. La reproducción de memes tiene un coste y por tanto requiere recursos. En principio, quien disponga de muchos recursos podría, a base de reproducirlos, extender los memes de su preferencia en la comunidad. La cuestión es que si esas normas son contrarias a los intereses de los individuos integrantes, no será fácil que estos dediquen sus recursos propios a extender el meme así inoculado. Ello haría que la única forma de que el meme/norma se mantuviera en el tiempo fuera por la constante inyección de recursos para su mantenimiento por parte de la empresa con poder de mercado.

Dado que estas inversiones no le son rentables (en principio, no hay generación de ingresos por tratar de que una norma sea aceptada), tendería a perder los recursos así gastados, y en algún momento cesaría de promover el meme, por lo que éste a su vez tendería a desaparecer. En el medio plazo, por tanto, ninguna empresa, por mucho poder de mercado que tenga, parece capaz de alterar las normas de la sociedad contra el interés de esta misma. Así queda respondida, en el ámbito teórico de una sociedad no intervenida, la primera cuestión de Ramaswamy.

El papel del prestigio

¿Qué hay de la segunda? ¿Sería deseable que las empresas con poder de mercado impusieran dichos valores morales? No me atrevo a dar una respuesta contundente, pero sí querría compartir una primera aproximación al problema. En un mercado no intervenido, la única forma en que las empresas pueden conseguir “poder”, esto es, recursos, es mediante el servicio a los restantes individuos. En la medida en que anticipen correctamente las necesidades de los demás individuos y el valor que tienen para ellos, serán capaces de obtener mayor rentabilidad de los recursos que en ello inviertan. Si lo hacen de forma excepcional, acumularán una cantidad de recursos igualmente excepcional.

Estos individuos excepcionales en acertar con las necesidades de sus congéneres adquirirían lógicamente un gran prestigio, aparte de riquezas (prestigio y riquezas con los envidiosos atacan en nuestro país con todas sus fuerzas). Quizá por ello, la unión de recursos y prestigio, tendrían más fácil que sus propuestas de normas y valores fueran aceptadas por los demás; precisamente sobre la base de un desempeño excepcional acreditado. Nótese que este análisis es compatible con el anterior, puesto que entonces asumíamos que la norma promovida iba contra el interés de la sociedad, asunción que ahora no hacemos.

Woke Inc.

De ahí a qué dichas normas fueran deseables para la sociedad hay un gran trecho lógico que no me atrevo a saltar. Sí tiendo a creer que sus propuestas serían buenas y, desde luego, mejores que las que se obtienen de procesos democráticos en que cualquier mindungui, sin haber demostrado capacidad alguna para incrementar el bienestar social, puede definirlas.

Con esto, queda esbozada una posible respuesta teórica a las preguntas básicas planteadas en Woke Inc., una posible respuesta que es válida para una sociedad no intervenida. Obviamente, la sociedad estadounidense no es una son sociedad no intervenida, como no lo es casi ninguna del mundo. En todas, hay que convivir con el Estado. ¿Y qué pasa entonces con dichas respuestas?

Lo veremos. Bueno, de hecho, lo estamos viendo ya, pero yo lo contaré en otro artículo.