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Etiqueta: Murray Rothbard

Algunas cuestiones no disputadas del anarcocapitalismo (LXXVIII): Anarquía y estadísticas

Los recientes debates acaecidos en España sobre el control al que el gobierno quiere someter a los institutos encargados de elaborar y publicar información económica o social, como el Instituto Nacional de Estadística o el Centro de Investigaciones Sociológicas, deberían hacer reabrir el debate que abrió Rothbard hace ya bastantes años sobre el papel que juegan las estadísticas en el funcionamiento de los estados modernos.

En su trabajo Statistics, Achilles’ heel of goverment, Rothbard nos informa de que sin estadísticas un estado moderno no cuenta ni con la información necesaria ni con la legitimidad para actuar y nos advierte de la necesidad de no dar excesiva relevancia a este tipo de datos, pensados fundamentalmente para poder intervenir en la vida social o económica. En un principio, las estadísticas, contras las que a priori no hay nada que objetar, parecen ser benéficos e inofensivos datos sobre las múltiples dimensiones de la vida social, que nos informan de forma objetiva y que dan pie a numerosos titulares de prensa y son objeto de debate tanto en los medios de comunicación como en la vida social. Además, sirven para zanjar discusiones y para refutar de forma tajante argumentos expresados de forma literaria.

Prohibir las estadísticas

El conocimiento estadístico parece ser de una naturaleza superior a los expresados de forma no numérica o formal. Ahí está la clave de su importancia y la razón por la cual el estado intenta controlar su elaboración y su posterior publicación y de ahí también lo pertinente de cuestionarlas desde el punto de vista que inspira estas líneas.

En un coloquio hace años, uno de los ponentes afirmó que el gobernador de Hong Kong en tiempos de la colonia británica había prohibido a su gobierno la elaboración de estadísticas en su territorio. Desconozco si esta decisión se tomó o no finalmente, pues no pude encontrar fuentes que la contrastasen, pero aunque no tuviese lugar, la idea del gobernador es muy sugerente y los resultados de su gestión parecen haber corroborado que se trató de una muy buena idea.

Hong Kong

El gobernador se libró en primer lugar de los conflictos y demandas sociales que acostumbran a derivar de la publicación de este tipo de datos. Los habitantes del territorio no sabían si ganaban más o menos que sus vecinos o de si la renta de su barrio está mejor o pero distribuida que la de otro colindante. Tampoco sabían si los hombres ganaban más o menos que las mujeres, los jóvenes que los viejos o los inmigrantes que los nativos. También desconocían el tamaño medio de sus viviendas o su relativa esperanza de vida, entre otras muchas cosas que desconocían.

Y aun así no pasó nada, pues el país prosperó hasta convertirse con el tiempo en uno de los países más ricos y libres económicamente del mundo. Nuestro gobernador entendió que precisamente al desconocer todos esos datos disminuía el número de agravios potenciales que se podrían dar entre sus habitantes, al tiempo que se eliminaban buena parte de las demandas de intervención pública para supuestamente nivelar los resultados.

De hecho, si lo pensamos bien, cuáles en última instancia el interés de la clase gobernante en conocer todas esas desigualdades relativas, sino el de buscar una legitimación para intervenir y adquirir por consiguiente más poder político con la excusa de intentar equilibrar los indicadores para que aparenten igualdad (porque lo que se quiere igualar es el dato estadístico no las causas que lo originan). A la falta de legitimidad de la intervención en caso de desconocer se le suma la falta de capacidad administrativa para operar sin la información relevante para poder actuar.

Instrumento para la intervención

Los aparatos administrativos modernos precisan para poder operar de infinidad de datos, que obtienen a través de sus agencias o incluso con la colaboración activa de los administrados. Precisan de censos y catastros actualizados y de datos sobre las rentas de la población que obtienen con la colaboración de empresas y ciudadanía. Necesitan de cifras agregadas de paro y de índices de inflación o de desigualdad como el famoso índice de Gini, tan citado en todo tipo de debates políticos o académicos.

Tampoco desdeña por su utilidad elaborar todo tipo de indicadores de consumo para gravarlo con impuestos, de morbilidad para la gestión de sus sistemas de salud o de mortalidad para sus sistemas públicos de pensiones. Por supuesto, también gustan de hacer clasificaciones por edad, sexo y a veces incluso de raza para desmenuzar todo tipo de diferencias entre los humanos que pudiesen ser usados con fines políticos.

Dicho esto no se puede negar que las estadísticas tienen mucha utilidad en una economía de mercado para poder calcular primas de seguro o realizar estudios de mercado. También por supuesto en la ciencia, en la industria o en la ingeniería, pues sin ella muchos cálculos no podrían llevarse a cabo y muchos desarrollos actuales no se habrían dado. No es para nada este texto una crítica a la estadística como ciencia o disciplina de estudio, sino a los usos que de esta se hace de forma análoga las críticas que los austríacos hacen del uso del formalismo en determinados ámbitos de las ciencias políticas y económicas.

Utilidad

Si bien los orígenes de la estadística tienen mucho que ver con la actuación de los estados, como su propio nombre bien indica, esta se ha desarrollado por su cuenta y puede considerarse una disciplina autónoma, válida para usos privados o públicos. Conserva aún ciertos resabios de estatismo, como por ejemplo su uso frecuente del nacionalismo metodológico en sus estudios; esto es, el locus del análisis acostumbra a ser el del típico estado-nación o alguna de sus unidades administrativas.

Así, lo más habitual es en encontrar estudios como por ejemplo el de tasa de accidentes de automóviles de hombres y mujeres en España en el año 2021 o el consumo de alcohol entre la población también española. No tienen nada de malo estos estudios, pero bien pudiera ser que el factor determinante no fuese el de ser español, sino el de ser hombre o joven respectivamente, y esa debería ser el factor explicar que se explicaría mejor con análisis de tipo cualitativo de las razones de esas tasas, pero sin circunscribirlas a un estado en concreto.

Estatismo subyacente

Pero quien encarga o usa esas estadísticas son los estados y las hacen a su imagen y semejanza, con el problema de que no todos los agrupamientos sociales españoles son homogéneos al respecto y la tasa bien poco puede informar sobre una situación concreta. Se identifica en muchas ocasiones a la sociedad con un estado concreto y el problema es que ambos no tienen necesariamente porque coincidir. Pero el hecho es que estas estadísticas contribuyen a crear la conciencia de identidad entre ambas y refuerzan el imaginario estatal, al darle algo parecido a una identidad ontológica. Así, decimos que España crece o decrece o es más igual o desigual que Francia o Portugal, por ejemplo, cuando estas metáforas no son de utilidad para la vida cotidiana.

Y además, como vimos, refuerzan el poder de los estados. Primero, porque refuerzan su imagen de competencia, de disponer de información precisa, actualizada y sobre todo objetiva sobre los diversos fenómenos sociales y económicos. Uno de los principales atributos del poder político contemporáneo derivado y fuente de poder, al mismo tiempo, es su pretensión de objetividad y de que sus datos y estimaciones son ciertos, mientras que los que ofrecen institutos y organizaciones privados son de parte y, por tanto, de menos confianza.

El estado se constituye así como un ente neutral y desinteresado que busca ofrecer la mejor información posible. Una vez establecido este principio de pretendida objetividad, se entienden luego los esfuerzos que los gobiernos llevan a cabo para intentar controlar la dirección de las agencias encargadas de llevar a cabo los cálculos estadísticos o de pilotar el diseño de los distintos indicadores, cambiando las fórmulas si hace falta como estamos viendo en el caso del IPC o las tasas de desempleo en España. Una vez lograda la fama de seriedad y objetividad, el resto viene fácil.

Relatos de opresión y agravio

En segundo lugar, porque las estadísticas pueden generar agravios entre colectivos, pues cualquier diferencia estadística entre colectivos bien explicada puede conducir a un relato de agravio y opresión histórica, con razón o sin ella. Si comparamos colectivos, sean estos los que sean, es muy probable que ofrezcan diferencias que pueden en ocasiones ser sustanciales, pues es casi imposible que dos colectivos escogidos al azar ofrezcan los mismos resultados.

Gordos y flacos, alto o bajos, rubios o morenos, extremeños o riojanos analizados estadísticamente ofrecerán resultados dispares en uno o varios indicadores. Si la diferencia es sustancial o no dependerá del observador, pues, no es a priori fácil definir cuando es relevante o no una diferencia. Pero si estos colectivos parten, a priori, o a posteriori después de obtenidos los datos, de un discurso teórico que explique esta diferencia como algún tipo de opresión o discriminación fácilmente se convertirán en motivo de agravio.

Una vez establecido el agravio y documentado estadísticamente, sólo queda que el estado se ofrezca voluntario a nivelar o equilibrar la situación causante del problema, de tal forma que los índices se adecuen a la situación correcta. ¿Cuál es esta? La que en cada momento determinen los gobernantes de turno. Porque la cuestión de determinar cuál debe ser la situación correcta, por ejemplo el grado de desigualdad salarial aceptable o el nivel de distribución de la renta por percentiles y no existe una tabla o una vara de medir que indique cuál debe ser el número correcto. Esto lo determinará el gobernante. Pero en el proceso el gobierno se hace literalmente dueño de nuestras rentas o de nuestras empresas, de tenerlas, para poder repartirlas a voluntad.

Fuente de legitimación

Esto es, nuestras rentas son nuestras hasta la cantidad que el gobierno determine pertinente (se observa fácilmente en los impuestos progresivos como el IRPF). Lo que se determine como pertinente depende de la voluntad de quien elabora y hace cumplir las leyes fiscales y como es fácilmente constatable a lo largo de la historia, estos parámetros se han modificado sustancialmente según el ideario o los intereses de la clase gobernante, pero justificándose siempre en algún tipo de disfunción social medida por estadísticas. Esta se revela, pues, tanto como el talón de Aquiles como una de sus principales fuentes de legitimación. Es bueno, pues, tenerlo en cuenta antes de aceptarlas acríticamente.

El sistema de pérdidas y ganancias en el mercado y su vinculación con la incertidumbre: su impacto en el sistema político

El objetivo de Carl Menger era descubrir leyes en el campo de la economía y, basándose en su descubrimiento, establecer qué arreglo económico contribuiría mejor a que las personas puedan satisfacer sus necesidades siempre y cuando las condiciones económicas así lo permitieran. Afirmó claramente que su mayor preocupación era la solución de los problemas del bienestar humano, que es un interés público de la mayor importancia (1871, 46). Este empeño mengeriano es similar a la preocupación de Adam Smith, que también buscaba asegurar la “riqueza de las naciones” (1776) en lugar de dar consejos empresariales sobre cómo enriquecerse a unos pocos elegidos.

El principal punto de partida de Menger para realizar su análisis económico era que, en el ámbito de la economía, la característica fundamental inherente al ser humano es la capacidad de pensar, de descubrir nuevas conexiones y de poner en práctica novedosos descubrimientos para, mediante su trabajo, garantizar la disponibilidad de los requisitos materiales que se consideran necesarios para la vida. Así lo expuso en el capítulo “Las causas del progreso del bienestar humano” (1871, 71-73).

La tesis de los ‘Principios’

La tesis implícita más importante de los Principios de Economía es que los mercados libres competitivos son el mejor entorno institucional para garantizar los bienes considerados necesarios. La escasez en un contexto de incertidumbre y las leyes del mercado obligan a los individuos a descubrir cómo economizar e innovar, con el objetivo de satisfacer sus necesidades y deseos de la mejor manera posible con bienes, si es que estos se consideran que necesarios para su bienestar. Las leyes de los mercados son consecuencias de las acciones, los deseos y las limitaciones humanas. Las leyes económicas recompensan a quienes inventan y producen bienes que son adquiridos por los consumidores, impulsando así el progreso del bienestar humano y el avance de la civilización. La recompensa por aplicar un descubrimiento o introducir elementos innovadores y por economizar es una ganancia inusualmente alta.

La ganancia es la consecuencia de una posición de monopolio temporal del primero en mover ficha en un nicho de mercado, siempre que ofrezca bienes buscados por los consumidores. En esta cadena de causalidad, Menger no necesitó invocar el factor de la incertidumbre como razón de la recompensa empresarial, como hicieron los pensadores económicos anteriores a Menger, como Richard Cantillon o Anne Robert Jacques Turgot, o después de Menger, como Frank Knight.

No obstante, sostengo que la incertidumbre es un factor subyacente importante si se tiene en cuenta el impacto social y político más amplio del sistema de beneficios y pérdidas de los mercados y su conexión con el monopolio.

Menger, incertidumbre y escasez

Menger no discutió las implicaciones políticas de sus teorías. Siguió la tradición de la economía política británica e investigó la vida económica “pura” y las motivaciones económicas “puras” (Sobre la tradición del análisis económico puro véase: Bagehot, 1885). Menger rara vez se aventuró a hacer observaciones sobre la aplicación práctica de sus teorías y no discutió las acciones extraeconómicas de los seres humanos para garantizar sus necesidades de bienes.

En la próxima sección, partiendo de la teoría mengeriana sobre el monopolio y su relación con la ganancia, demostraré cómo la interacción entre la incertidumbre y las acciones extraeconómicas dan forma a nuestros sistemas sociales y políticos.

Para Menger, la incertidumbre y la escasez son las condiciones clave que configuran la acción económica humana con la fuerza de una ley exacta. La incertidumbre tiene dos fuentes. Una es el conocimiento imperfecto; la otra son los acontecimientos externos impredecibles, incluidas las acciones de otros seres humanos.

Incertidumbre e innovación

Una de las principales consecuencias de la incertidumbre es el esfuerzo constante de los agentes económicos por perfeccionar sus conocimientos y reducir su incertidumbre. La paradoja es que la ampliación de los conocimientos y los descubrimientos (invención e innovación) también provocan nuevas incertidumbres, y no sólo eliminan las antiguas. Traducir este efecto paradójico en la acción empresarial significa que, mientras los empresarios de éxito obtienen beneficios extraordinarios por resolver un problema, otras empresas establecidas en los nichos de mercado afectados sufren pérdidas o incluso se enfrentan a la quiebra. Así, paradójicamente, para las empresas establecidas, una de las mayores causas de incertidumbre es el descubrimiento empresarial y la consiguiente entrada de un competidor o competidores inesperados.

Así pues, un sistema económico basado en el mercado no solo permite obtener beneficios a los empresarios de éxito, sino también un sistema de pérdidas y ganancias, como señaló sucintamente Ludwig von Mises (1949). Como consecuencia, la competencia equivale a destrucción para quienes sufren la disminución de beneficios, o incluso la quiebra.

Destrucción creativa en el libre mercado

La naturaleza de doble cara de la competencia fue bien captada por el famoso término de Schumpeter “destrucción creativa“, que es el proceso incesantemente revolucionario de invención e innovación que destruye la antigua estructura económica, al tiempo que crea una nueva (Schumpeter 1943). La incertidumbre provocada por la competencia y la innovación no sólo pone en peligro a las empresas establecidas, sino también a sus empleados, a sus proveedores y a sus trabajadores, afectando así al sustento de muchas familias.

Así, mientras que una economía de libre mercado es el entorno institucional más propicio para la aparición constante de empresarios con ideas innovadoras, para las empresas establecidas la mayor fuente de incertidumbre es la innovación empresarial basada en nuevas invenciones.

En el contexto de la incertidumbre provocada por la destrucción creativa en el libre mercado, la idea mengeriana de la obtención de beneficios basada en el monopolio, conduce a la consecuencia práctica de por qué se desarrolla una interacción entre los agentes económicos y el intervencionismo estatal (o regulación comunitaria) en la vida económica: para limitar la competencia y garantizar la estabilidad y la seguridad “tradicional”. Así, una forma crucial de reducir o eliminar la incertidumbre debida a la competencia es limitar la competencia asegurando un monopolio permanente de un orden bien regulado en lugar del monopolio temporal de los mercados competitivos.

Gremios y monopolistas

Menger tenía muchos ejemplos de este tipo de acciones de limitación de la competencia en los Principios de Economía en nombre de las empresas establecidas para minimizar la incertidumbre derivada de la competencia. Señaló que es común que un monopolista defienda “su posición contra la entrada de un competidor de la manera más beligerante”. Pero, una vez que el competidor ha establecido su posición, también es habitual que intenten llegar a un entendimiento entre ellos para seguir una política monopolística modificada, repartiéndose el mercado entre ellos (1871, 221).

De forma similar, señaló a los gremios como organizaciones monopolísticas de productores locales, cuya intención es limitar la competencia en parte mediante la regulación interna de la producción por parte de sus miembros y, al mismo tiempo, impedir la entrada de nuevos competidores en el mercado (1871, 215). También mencionó que la compulsión legal puede limitar la entrada de competidores mediante la concesión de monopolios legales, la regulación de los derechos de autor y las marcas registradas (1871, 55).

Regulación y monopolio

El objetivo del monopolio regulador es proteger de la competencia a las empresas establecidas (1871, 216). En la práctica, la regulación garantiza el monopolio permanente y el flujo ininterrumpido de la posición de monopolio y del beneficio monopolístico para el empresario o grupos de empresarios privilegiados, limitando o bloqueando el acceso de nuevos empresarios con nuevas ideas en los nichos de mercado monopolizados.

Por lo tanto, existe un incentivo y, de hecho, un esfuerzo constante por parte de las empresas establecidas para limitar la competencia tanto como sea posible a través de la regulación comunitaria o estatal y para dificultar o bloquear por completo la entrada de nuevos empresarios en un nicho de mercado, y de esta manera garantizar una seguridad permanente y sin perturbaciones y el beneficio del monopolio para las empresas existentes.

Karl Polanyi

Karl Polanyi en La gran transformación (1944) argumentó que el capitalismo industrial de libre mercado del siglo XIX provocó el surgimiento de contra-movimientos populares protectores en variadas formas de varias capas de sociedad contra las fuerzas destructivas y la inseguridad del capitalismo, que destruye las comunidades humanas. Los contra-movimientos, junto con el intervencionismo estatal, pretendían limitar el libre comercio para garantizar la seguridad frente a las fuerzas destructivas de los mercados.

Basándome en las ideas mengerianas, sostengo que los movimientos populares no solo surgen de una dirección que pretende lograr el proteccionismo y el control del mercado como planteaba Polanyi. En mi opinión, por lo que se refiere a la regulación de los mercados, hay dos contra-movimientos opuestos que compiten en cualquier sociedad. Uno por menos regulación, a favor de una mayor libertad, por una entrada más libre en los mercados; otro por más regulación, por la limitación de los mercados y a favor de una mayor restricción del libre comercio y, en su forma más radical, por la eliminación completa de los mercados en forma de socialismo marxista.

La razón de estos dos movimientos contrarios en pugna es la consecuencia económica y social de los dos tipos de monopolio existentes, tal como los describió Menger, en el contexto de escasez e incertidumbre.

Los riesgos del monopolio regulador

Menger sostenía que la posición de monopolio regulador o permanente garantiza la seguridad, pero también tiene desventajas. En una economía monopolizada, que carece de competencia, el productor monopolista no está interesado en la innovación tecnológica, ni en la invención de nuevos productos. Tampoco está interesado en economizar la producción, haciéndola más eficiente y producir más bienes a un precio más barato.

Su beneficio monopolístico está asegurado y no hay ninguna razón de peso para que el monopolista se esfuerce por satisfacer todas las necesidades. El elevado precio fijado en un mercado no competitivo significa que los consumidores de los estratos de renta más bajos no pueden permitirse comprar los bienes monopolizados. Los consumidores compiten por los bienes escasos, y el productor monopolista disfruta de una posición privilegiada y de unos beneficios inusualmente altos.

La consecuencia negativa más importante de la red de monopolios es la escasez generalizada, el bajo nivel de consumo muy por debajo de las necesidades, el estancamiento tecnológico y social y el arraigo de élites oligárquicas explotadoras, mientras que el resto de la población es pobre o más pobre de lo que podría ser en caso de una economía de mercado abierta y competitiva.

Mercado libre

Por otra parte, un mercado libre hace posible la entrada de competidores en cualquier nicho de mercado, lo que garantiza una economía de mercado dinámica y el progreso económico. La competencia fomenta tanto la invención y la innovación como la reducción de los residuos al forzar una producción cada vez más eficiente. La competencia obliga a las empresas a bajar sus precios, reducir sus beneficios y aumentar la producción. De este modo, permite que las personas de los estratos de renta más bajos puedan consumir aquellos bienes que antes solo consumía una reducida élite. Esto garantiza la mejor satisfacción posible de las necesidades humanas individuales y de la sociedad en general, en la medida en que el bienestar puede garantizarse con una oferta de bienes.

Sin embargo, la consecuencia negativa de los mercados libres es la falta de estabilidad y seguridad, la incertidumbre y la destrucción, según la expresión de Schumpeter.

Así pues, los mercados libres y los mercados cerrados ofrecen ventajas y desventajas. En consecuencia, hay movimientos populares tanto a favor como en contra del libre mercado y del proteccionismo.

Siempre hay personas con rasgos empresariales que están a favor de la libre entrada en los mercados; gente que quiere libertad, vivir mejor, que quiere hacer realidad sus ideas y sus sueños. Pero todo orden regulado y estancado limita la prosperidad. Hay, además, personas insatisfechas que culpan de su miseria al orden oligárquico que explota los frutos de su trabajo. Incluso las propias élites atrincheradas pueden tener interés en un mercado más libre para tener acceso a lujos producidos en otros lugares y de obtener ingresos extra para cubrir sus necesidades de consumo.

Por otro lado, siempre hay personas y empresas establecidas que quieren más seguridad, orden, ingresos estables y estabilidad limitando la competencia y asegurándose una especie de posición de monopolio. Pugnan por la regulación comunitaria o la intervención estatal para limitar el caos, las injusticias del libre mercado y el poder de los capitalistas, y crear una especie de sociedad monopolizada y jerarquizada, con un orden bien establecido y con las menores perturbaciones posibles en la vida económica.

La posición de las élites

La influencia relativa de los movimientos populares promercado y proteccionistas en liza se decide en función de la posición de las élites políticas gobernantes que dominan la maquinaria estatal con su inmenso poder sobre la sociedad. Si no se alcanza un compromiso entre ambos, existe la posibilidad de que se produzca un golpe de Estado o una revolución, y de que uno de los dos se imponga al otro.

Las élites políticas están tan divididas como la propia sociedad en cuanto a adoptar un orden proteccionista, jerárquico y oligárquico u optar por un orden más libre y dinámico, que perturbe las jerarquías y la estabilidad tradicionales.

Por un lado, los gobernantes pugnan por la estabilidad del orden interno y jerárquico, que garantice un sistema oligárquico con una influencia política imperturbable. Esto empuja a la élite política a adoptar estrategias a favor de la creación de monopolios y la limitación del libre comercio y los mercados. No es de extrañar que las sociedades humanas hayan vivido en un orden social casi estático en diversas civilizaciones a lo largo de miles de años. No obstante, estos imperios fueron capaces de desarrollar fantásticos logros culturales y tuvieron algunos cambios y progresos parciales, aunque lentos y controlados por élites políticas que pugnaban por la estabilidad.

Pero los Estados no existen en el vacío. El dinamismo económico y social, el avance tecnológico y la creciente riqueza creada por una economía más libre se traducen en ventajas militares. Debido a la competencia geopolítica, ningún Estado puede permitirse permanecer congelado en el estancamiento si tiene un oponente militarmente superior por su economía dinámica y sus ventajas tecnológicas.

De ahí el dilema de todas las élites políticas, especialmente desde el siglo XVII cuando en Inglaterra se aceleró la transición hacia un mercado más libre. El dilema es si liberalizar los mercados o bien optar por la protección y la limitación mediante la creación de un orden oligárquico atrincherado sustentado por monopolios.

Se trata de saber equilibrar los diferentes aspectos de las necesidades de poder de la élite política: la mercantilización, que responde a los retos del presente en términos de geopolítica, o el mantenimiento de situaciones monopolizadas, que garantizan la estabilidad del poder y aseguran los ingresos de la élite política con el posible peligro de ser colonizados o semi-colonizados por un poder superior.

Franz Oppenheimer

La existencia de contra-movimientos pro-mercantilización y pro-proteccionistas, cada uno de los cuales incluye a sectores de las élites empresariales y goza de un amplio apoyo social, arroja una nueva luz sobre una dicotomía ampliamente empleada en la literatura libertaria. El pensamiento de la literatura libertaria a través de Murray Rothbard estuvo muy influido por el libro de Franz Oppenheimer sobre el Estado, publicado en 1905. Oppenheimer argumentaba que uno podía adquirir los bienes deseados por “medios políticos” y por “medios económicos“. Los medios económicos son el trabajo y el intercambio de los frutos del trabajo, mientras que los medios políticos son la apropiación de los frutos del trabajo de otros.

Oppenheimer opinaba que la historia del mundo, desde los tiempos primitivos, puede describirse como “una contienda… entre los medios económicos y los medios políticos“.  Para Oppenheimer, el Estado es la encarnación institucionalizada de los medios políticos. La clase política es una clase de barones ladrones, que obtienen su riqueza mediante la expropiación coactiva del fruto del trabajo de los productores. Esta perspectiva es similar a la de los pensadores franceses de principios del siglo XIX, redescubierta por Ralph Raico. Los pensadores franceses sostenían que la clase política gobernante se apropia del fruto del trabajo a través de los impuestos de los productores (Blanqui, id by Raico, 187) y que la clase de los burócratas estatales solo existe sobre los productos de la clase industriosa (Comte, id by Raico 196.).

De las ideas embrionarias de Menger podemos deducir un panorama mucho más complicado: una sociedad profundamente dividida bajo las limitaciones de la escasez, la incertidumbre y la competencia geopolítica. En cada sociedad (estado), uno de los conflictos políticos y sociales clave es si se opta por la estabilidad, la jerarquía, el orden bien establecido no basado en el mercado (o que sólo permite un papel mínimo o secundario papel a los mercados), que tarde o temprano se convierte en un orden tradicional y bien arraigado sancionado con la bendición de los dioses o la opinión de los expertos; la segunda opción es decantarse por la economía de mercado dinámica que desata la destrucción creativa y socava la posición bien arraigada de las capas de vida tradicional de los productores y de fuentes de poder de las élites oligárquicas.

Estabilidad institucional

Las sociedades humanas vivieron durante miles de años bajo el yugo de una pequeña élite en sociedades estables, jerarquizadas y explotadoras y los productores, en una pobreza inimaginables y bajo el régimen de la servidumbre. Sin embargo, estas sociedades eran muy estables. El antiguo Egipto no se derrumbó por la revuelta de los constructores de pirámides, el imperio romano sobrevivo fácilmente a las revueltas ocasionales y locales de los esclavos; las sociedades feudales europeas florecieron durante cientos de años y el campesinado sólo se rebelaba en raros años de cosechas inusualmente malas.

Pero una vez que se produjo la transición a una economía de mercado dinámica, primero en Inglaterra, no fue posible mantener las sociedades jerárquicas cerradas tradicionales sin correr el peligro de ser colonizadas o explotadas por las potencias militares superiores de los estados “capitalistas”. Pero la transición a los mercados no sólo tuvo que ver con la potencia bélica.

La transición a la economía de mercado dinámica también trajo consigo un auge nunca experimentado de las condiciones de vida. Friedrich von Gentz, asesor del canciller conservador austriaco Metternich, que tradujo al alemán los escritos de Burke, escribió que la nueva era que comenzó con la transformación inglesa, demostraba que la anterior era un lugar de barbarie, degradación, esclavitud y mil miserias. A diferencia del pasado, la nueva era significaba el amanecer de la justicia y la libertad. 

Menger, aunque señalaba que la incertidumbre es una condición siempre presente en la vida humana, tenía una visión optimista; pensaba que la inventiva y el ingenio humanos superan las crisis causadas por acontecimientos externos. Mises también compartía su punto de vista: a pesar de que los beneficios van acompañados de pérdidas para otros, en una economía creciente, la plenitud de los bienes y la riqueza van en aumento y, en consecuencia, la suma total de los beneficios es mayor que la de las pérdidas (Mises 1949).

Capitalismo: evolución y progreso

En una línea similar, Schumpeter argumentó que el capitalismo, por su naturaleza, es un sistema económico preparado para tener un carácter evolutivo y un progreso, desarrollo y crecimiento cada vez mayores. El impulso fundamental es la innovación empresarial en las áreas de los nuevos bienes de consumo, los nuevos métodos de producción o transporte, los nuevos mercados y las nuevas formas de organización industrial (Schumpeter 1943). La metáfora de la “destrucción creativa” es engañosa: implica igualdad de creatividad y destrucción.

En la vida real, sin embargo, los beneficios de la creatividad son mayores que los impactos destructivos de una nueva idea. No obstante, también tenemos que preguntarnos si una idea de negocio puede ser más destructiva que una política gubernamental equivocada que prometa orden y certidumbre. De hecho, Mises fue el primero de los principales economistas austriacos que advirtió que, la confianza en el poder omnipotente de los gobiernos conduce a resultados contrarios a las grandes promesas.

Las guerras, las persecuciones de las minorías, el hambre, las destrucciones más devastadoras de la vida humana, todas fueron consecuencias de acciones gubernamentales omnipotentes, equivocadas. Por ello, Mises nos advirtió de que, mientras que en el discurso público la principal preocupación es la incertidumbre y el caos de los mercados en los discursos populistas, el verdadero peligro para la vida humana es el gobierno omnipotente, que hace caso omiso de las preocupaciones humanas y reordena la economía y la sociedad de acuerdo con el plan maestro del super-planificador, ya sea un dictador megalómano o un planificador tecnocrático altamente educado y bienintencionado.

Algunas cuestiones disputadas del anarcocapitalismo (LXXII): La anarquía entre políticas: la energía (I)

Nos hemos referido muchas veces en esta sección al  fenómeno de la anarquía entre los distintos elementos políticos y administrativos que componen un estado, pero no nos hemos referido nunca a las consecuencias en forma de políticas públicas de tal anarquía. En estos últimos días hemos asistido a la promulgación tanto a nivel europeo como español de una serie de normas referidas al consumo energético. Desde regular la temperatura de los aires acondicionados a la definición de un nuevo mix energético verde, que incluye al gas y a la energía nuclear por parte de las instituciones europeas.

Pero muchas de estas políticas se contradicen entre sí y se anulan unas a las otras. Ello muestra que la capacidad de cálculo interno dentro de las propias organizaciones estatales, en especial las que pretenden abarcar más como la UE, están seriamente dañadas o reducen su alcance, o muy probablemente colapsen en unidades políticas menores con mejor capacidad de coordinación y cálculo.

Recordemos que si bien los estados se organizan internamente de forma anárquica, como ya hemos explicado en artículos anteriores, su coordinación no se realiza mediante precios de mercado sino con sustitutos imperfectos como ideologías políticas, éticas o valores propios de la clase política dominante, lealtades personales o de grupo, expectativas de ocupar puestos políticos o incluso la corrupción y el chantaje.

Estos principios de coordinación transmiten, por su propia naturaleza, mucho menos información que los sistemas de precios. Y están por tanto sujetos a unos límites más estrictos que aquellos, siendo su alcance de coordinación mucho menor. Sería bueno recordar al respecto los estudios de Murray Rothbard sobre los límites de cálculo dentro de las organizaciones, y los estudios, estos no austríacos, de Paul Kennedy o Jean Baptiste Duroselle (Auge y caída de las grandes potencias y Todo imperio perecerá, respectivamente) para ver que toda organización política tiene un límite más allá del cual le es imposible hacer cálculos o coordinarse de forma efectiva. Pero una teoría definitiva sobre los límites del cálculo en el interior de los estados está aún por escribir. Así de la misma forma que una economía de corte socialista siempre va a funcionar peor que su correlato capitalista, un estado o megaestado siempre contará con un handicap a la hora de conseguir los resultados planeados que un estado de menores dimensiones, y de superar un umbral colapsará.

Este fenómeno parece que comienza a darse de forma ya claramente evidente en el ámbito de la Unión Europea, de tal forma que ya es cada vez más frecuente que políticas iniciadas en estas instituciones no sólo solapen sino que abiertamente contradigan y anulen a otras políticas también iniciadas en el mismo marco. En el ámbito monetario, por ejemplo, asistimos hace poco a la contradicción de que mientras que se reducen las compras de deuda soberana por parte del BCE al mismo tiempo se mantienen para países con posibles problemas de solvencia debido a sus déficit, que son curiosamente aquellos que más problemas de inflación y de estabilidad y que son precisamente aquellos a los que más habría que controlar en el caso de querer hacer creíble la política monetaria.

En este trabajo me gustaría, en cambio, discutir un poco las contradicciones de la UE y sus estados miembros en lo que respecta a la política energética que se deriva de la llamada agenda 2030 y que es uno de los más ambiciosos programas de planificación que ha llevado a cabo al Unión desde su aparición y que ha consumido ingentes cantidades de recursos públicos y privados, muchos de estos últimos inducidos por las regulaciones establecidas en dicha agenda. Dicha agenda, como es bien sabido, busca descarbonizar el espacio geográfico europeo mediante una batería de políticas públicas en muchos ámbitos. Estas  incluyen desde establecer la obligatoriedad de contar con derechos de emisión de CO2 en el caso de determinadas actividades emisoras de dicho gas y para lo que se establecen las pertinentes subastas, hasta el cambio acelerado del mix energético, incluyendo cambios en la movilidad.

En un principio estas medidas fueron poco a poco siendo diseñadas e implantadas con el apoyo entusiasta de muchos gobiernos que veían en este objetivo una fuente de legitimación de nuevos impuestos, ahora denominados verdes y de nuevas fuentes de regulación en beneficio muchas veces de sectores  buscadores de rentas bien conectados con sus respectivos gobiernos. Tampoco hay que olvidar el apoyo de muchos medios de comunicación, muchas veces asociados a esos buscadores de rentas y, por supuesto, el respaldo de muchos movimientos ecologistas y ciudadanos que veían en estas medidas un avance hacia sus objetivos de una sociedad  más ecológica y sostenible.

Este triángulo de hierro regulatorio (coalición de políticos, burócratas y grupos de interés) ha conseguido cambiar la agenda política  y diseñar t comenzar a implementar con cierto éxito sus primeras políticas. El impuesto a las emisiones, por ejemplo, hace ya ya años que funciona, con gran éxito recaudatorio, reduciendo a voluntad el número de emisiones permitidas cuando es necesario subir el precio de la compra de derechos. Esta medida, sumada a otras regulaciones restrictivas,  tuvo el efecto previsto de reducir la combustión  de combustibles fósiles, especialmente el carbón, llevando al cierre numerosas centrales térmicas en todo el continente.

Los planificadores españoles de la agenda 2030 también diseñaron un astuto sistema de fijación de precios eléctricos, llamado sistema marginalista,  que  sin estar desprovisto de cierta racionalidad económica, remunera al mismo precio a las energías renovables y las mucho más caras fósiles, subvencionando de esta forma a las primeras. Por último otro de las políticas más ambiciosas de la agenda es la de intentar la transformación del parque de vehículos privados movidos por combustión de derivados del petróleo en uno mucho más “verde” movido por electricidad”. Las subvenciones a tales vehículos y a las industrias que los fabrican fueron ingentes, reforzadas además por un prohibición genérica de la venta de  vehículos emisores de CO2 en 2030 y su desaparición total en 2040 (las cifras pueden variar según las diferentes directivas).

Los problemas comenzaron después de la pandemia, cuando los gobiernos de la UE redujeron por decreto la cantidad de derechos de emisión  que se podían subastar subiendo por tanto los costes de generar electricidad por medio de centrales térmicas, buscanco acelerar la transición a las renovables. Pero coincidió también que el precio del gas, que marca los precios en un sistema marginalista al ser el último en entrar en el proceso de generación, lo que llevó a un incremento sustancial en las tarifas cobradas a los consumidores.

Recordemos que el principal problema de las renovables es su intermitencia en el suministro, esto es dependen de que sople el viento con suficiente intensidad, de las horas de sol o de los flujos hídricos, por lo que no se puede garantizar un suministro constante. Esto generó las primeras tensiones y el desmarque de países como Polonia de las directrices provenientes de Bruselas, al negarse a abandonar 8una energía abundante, fiable y relativamente barata como el carbón a pesar de sus emisiones. Los problemas de verdad vinieron tras la guerra de Ucrania cuando los suministros de gas ruso  se vieron amenazados y su precio en consecuencia se disparó(Rusia con mucha probabilidad fue un gran lobbista  a favor de las energías verdes para reforzar la dependencia europea de sus suministros). Muchos países europeos se encontraron con que su capacidad de generación se viese amenazada y con ella el cierre de muchas industrias electrointensivas, algo que ya habíamos visto en el invierno de 2021 en España con el cierre parcial de industrias como Alcoa.

Dado que ni el viento ni el sol eran capaces de producir energía suficiente lo primero que hicieron los gobiernos europeos en verano de 2021 fue vaciar literalmente los embalses para intentar producir  energía hidráulica (considerada también verde). Es España se vaciaron muchos pantanos casi totalmente, al igual que en Escandinavia que vació muchos de sus embalses para alimentar a la industria alemana. Pero no bastó y una vez agotados temporalmente las reservas hidroeléctricas hubo que echar mano de nuevo del demonizado carbón. En toda Europa se volvieron a activar las viejas centrales y se renovaron las reservas de carbón, incluida la muy verde España que reactivó centrales como la de As Pontes en el  invierno de 2022. Todo ello antes de la guerra de Ucrania, pero combinado con una gran inflación derivada de los estímulos monetarios del BCE de los últimos años. La guerra, como antes apuntamos, no causó el problema pero si fue un punto de inflexión a la hora de darnos cuenta de que la situación estaba haciéndose insostenible. La quema de carbón fue el primer síntoma y la primera contradicción flagrante en el discurso oficial. No se puede al mismo tiempo pretender la descarbonización de la economía europea  y quemar no gas ni fuel sino carbón puro y duro. No se puede querer bajar las tarifas con unos derechos de emisión de carbono muy elevados mientras se quema carbón artificialmente caro  por culpa de esos mismos derechos.

 Una solución podría ser abandonarse el sistema marginalista que deriva en precios tan elevados, pero es de difícil implantación sin acabar con todo el esquema de ayudas a las renovables, que como vimos subsisten en parte gracias a este esquema. Supongo que los inversores en renovables, las grandes eléctricas entre ellas, escarmentadas del recorte a  las subvenciones en teimpod e la crisis de 2008, habrán tomado garantías e intuyo que sería muy oneroso hacer frente a tal cambio. Pero sin él  difícilmente se podría cambiar el esquema de precios. Países como España y Portugal  intentaron políticas como topar el precio del gas a la hora de reflejar un precio menor del mismo a la hora de calcular el precio final de la electricidad en los mercados mayoristas. Pero esto sólo va a conseguir, como bien sabra cualquier lecor de Hazlitt,  tener consecuencias no previstas como incrementar la demanda de gas, crear un enorme deficit de tarifa y que españoles y portugueses subvencionen a otros países parte dus costes., al ser el mercado libre. Y no se soluciona ni el problema de la tarifa ni el del cambio climático, pues ni se dejan de aplicar las políticas verdes de la agenda 2030 ni se reduce el uso de combustibles fósiles, pues unas políticas anulan a las otras.

En ulteriores artículos intentaremos analizar algunas otras contradicciones que el Gentil Monstruo de Bruselas, como Enzensberger denomina a al UE, causa a la hora de implementar políticas.

El lenguaje económico (XVIII): economía doméstica

Los primeros tratados de economía, escritos en la Antigua Grecia, versan sobre la economía doméstica y la agricultura. En su Económico (364 A.C.), Jenofonte (1786: A2) afirma: «El objeto de el buen Ecónomo es gobernar bien su propia casa». Ayer y hoy, las familias deben tomar decisiones económicas para equilibrar ingresos y gastos. Mientras que los primeros —salarios, pensiones, dividendos, rentas inmobiliarias, etc.— constituye una cantidad relativamente estable, los segundos pueden fluctuar considerablemente según la conducta consuntiva de cada cuál. Para gozar de una buena economía las familias y, en general, los consumidores deben abrazar el círculo virtuoso que propone el profesor Bastos (2012): «Capitalismo, ahorro y trabajo duro».

No llegar a fin de mes

Al menos en Occidente, desde una óptica biológica, nadie muere de inanición antes del día 30. La expresión «no llegar a fin de mes» significa, en realidad, que existen dificultades para equilibrar ingresos y gastos. Algunos sitúan el problema en la parte del ingreso: no se gana lo suficiente para cubrir las necesidades vitales, lo que conduce eventualmente a demandas políticas como la «renta básica universal» o el «ingreso mínimo vital». Otros lo sitúan en la parte del gasto: se gana lo suficiente (por así decirlo), pero se gasta demasiado.

Ubicar a una familia en uno u otro grupo es una cuestión controvertida porque «insuficiente» o «demasiado» son conceptos subjetivos. Por ejemplo, la mayoría de subsidiados considera que el monto percibido es «insuficiente» para cubrir las necesidades básicas. Las demandas de quienes viven o aspiran a vivir de lo ajeno nunca tienen fin, por este motivo, el Estado de bienestar contiene la semilla de su propia destrucción (Huerta de Soto, 2014).

Sea como fuere, la realidad nos impone ajustar el gasto al ingreso y quienes lo realizan mal tienen tres opciones: a) Incrementar su ingreso mediante un aumento de la producción: pluriempleo, horas extra, etc.; b) Reducir su consumo modificando hábitos, pero como esto no es fácil, la mayoría (que dice no llegar a fin de mes) prefiere pasar estrecheces los días previos al cobro; c) Pedir un crédito para llegar a fin de mes: círculo vicioso que suele terminar en la ruina. Para evitar los agobios económicos es recomendable constituir un fondo de emergencia (dinero u otro activo muy líquido) equivalente a tres mensualidades del ingreso corriente. A mi juicio, el origen más común para «no llegar a fin de mes» es una mezcla de pereza (no trabajar lo suficiente), irresponsabilidad e imprevisión. O sea, la negativa a asumir sacrificios productivos y consuntivos. Corrobora esta tesis el hecho de que nuestros padres y abuelos ahorraban mucho más teniendo menores ingresos.

Vivir al día

En algunas culturas los individuos, literalmente, «viven al día»: una vez que han conseguido el poco dinero que necesitan para subsistir dejan de trabajar hasta el día siguiente. Su preferencia temporal es máxima. Según Rothbard (2011: 15): «Puede denominarse preferencia temporal la que privilegia la satisfacción presente sobre la satisfacción futura, o el bien presente con respecto al bien futuro, teniendo en cuenta que se trata de la misma satisfacción (o bien), comparada en momentos diferentes». Vivir al día imposibilita el ahorro y la inversión, lo que sitúa a las personas en un estado de supervivencia propio del reino animal.

Vivir por encima de las posibilidades

Incluso quien gasta más de lo que ingresa, viviendo a crédito, lo hace según «sus» posibilidades. El prestatario obtiene el préstamo porque el prestamista considera (subjetivamente) que su cliente tiene capacidad de pago (rentas futuras) o presenta garantías (patrimonio, prenda, aval, seguro) susceptibles de redimir el principal más los intereses. En definitiva, nadie puede vivir por encima de sus posibilidades porque todos, incluso el manirroto, vivimos según nuestras posibilidades.

Gastar lo que no se tiene

Al igual que la expresión anterior, se trata de una imposibilidad económica y lógica. Los productos y servicios que se consumen son necesariamente bienes presentes: propios, donados o prestados. Si alguien consume algo es porque lo tiene a su disposición. Incluso si pagara con dinero prestado gasta «lo suyo» porque al suscribir el contrato de mutuo «queda facultado para consumir o disponer como propio el dinero que le ha sido prestado» (Huerta de Soto, 2020: 10).

Prestar o vender lo que no se tiene

La única forma de prestar o vender algo que no se tiene es cometiendo fraude. Por extraño que parezca, en el seno del sedicente «Estado de Derecho», los gobiernos legalizan con descaro ciertas estafas. El caso más notorio es la banca con reserva fraccionaria: la entidad presta a terceros el dinero que sus clientes han depositado a la vista. El banco se lucra a expensas de los depositantes (riesgo) y de la sociedad en su conjunto ya que esta práctica —expansión crediticia— provoca inflación. Otro ejemplo es el overbooking,[1] donde el transportista revende un derecho (asiento) que no le pertenece porque ya ha sido adjudicado previamente a otro cliente. Paradójicamente, el gobierno prohíbe la reventa de entradas a espectáculos siendo el revendedor legítimo propietario del derecho adquirido. ¡El mundo al revés!

Serie ‘El lenguaje económico’

(XVII) Producción

(XVI) Inflación

(XV) Empleo y desempleo

(XIV) Nacionalismo

(XIII) Política

(XII) Riqueza y pobreza

(XI) El comercio

(X) Capitalismo

(IX) Fiscalidad

(VIII) Sobre lo público

(VII) La falacia de la inversión pública

(VI) La sanidad

(V) La biología

(IV) La física

(III) La retórica bélica

(II) Las matemáticas

(I) Dinero, precio y valor

Bibliografía

Bastos, M. A. (2012). «Comparación entre socialismo y capitalismo». Recuperado de: https://www.youtube.com/watch?v=ittVmW2wtbk.

Huerta de Soto, J. (2014). «Liberalismo vs anarcocapitalismo». Recuperado de: https://www.youtube.com/watch?v=CRef2_aRmII

Huerta de Soto, J. (2020). Dinero, crédito bancario y ciclos económicos. Madrid: Unión Editorial.

Jenofonte (1786). La economía. Madrid: Benito Cano. Biblioteca Nacional de España.


[1] La Unión Europea ha legalizado (Reglamento CE nº 261/2004) el overbooking para satisfacer los intereses de las aerolíneas a expensas de los viajeros afectados.

El lenguaje económico (XVII): Producción

En sentido amplio, entendemos por producción toda actividad humana cuyo fin es la obtención de un bien económico mediante el trabajo. Eventualmente, una actividad lúdica (i.e. pesca, caza, juegos de azar) puede reportar ciertos bienes económicos (i.e. capturas, premios), pero su finalidad principal no es la producción, sino el consumo de bienes de ocio. Por otro lado, la producción es una actividad humana y sólo en sentido metafórico decimos que las abejas «producen» miel o que un manzano «produce» manzanas. Veamos algunas confusiones relativas a la producción.

Trabajo productivo frente a trabajo improductivo

Los economistas clásicos  —Smith, Say, Ricardo, Bastiat, Mill— consideraron tres factores de producción: tierra, trabajo y capital. Esta clasificación, con ligeras adiciones (i.e. tecnología), se ha mantenido hasta la actualidad. En economía, la creación de clases siempre ha sido problemática pues conduce frecuentemente a su jerarquización: ¿Cuál es el factor de producción más importante? Los fisiócratas franceses, liderados por el Dr. François Quesnay, creían que solamente la agricultura era productiva (Rothbard, 2013: 405).

Por su parte, Adam Smith (2011: 424) introdujo la desafortunada distinción entre trabajo productivo (industria) e improductivo (servicios) Todavía hoy persiste este error cuando, por ejemplo, consideramos «más» productivo al agricultor que al intermediario (que «sólo» compra y vende). Esto se refuta con un mero ejercicio mental: imaginemos que, en lugar de adquirir todo en un único sitio (mercado), tuviéramos que acudir a cada uno de los miles de productores. Sin mayoristas y minoristas comerciales nuestro nivel de vida caería drásticamente. También es habitual creer que el comerciante obtiene mayores ingresos que el «genuino» productor: agricultor o ganadero. En los mercadillos municipales se aprecia este tipo de sesgos; por ejemplo, en Breña Alta (La Palma) se fijan topes máximos y mínimos para «garantizar los precios más justos para consumidores y productores».

Por último, en el sector turístico, los hoteleros —productores— también se quejan de los improductivos turoperadores. ¿Acaso la función comercial no forma parte del proceso productivo? Los primeros, en privado, reconocen que es muy ventajoso que alguien les asegure una ocupación mínima del establecimiento, vendiendo ellos el resto de habitaciones por otros canales. El turoperador es muy útil pues palía el daño ocasionado por la legislación laboral, equilibrando oferta y demanda. Es patente que si un hotel tuviera la capacidad de colocar directamente toda su oferta prescindiría del intermediario comercial; si lo hace, es porque claramente le beneficia.    

Economía real o productiva vs economía financiera

La falacia smithiana de la improductividad de los servicios alcanza su paroxismo en el sector financiero, que es visto como improductivo y especulativo. Supuestamente, existe una economía «real» que produce bienes (no financieros) y otra economía financiera que es improductiva y especulativa. Esta maniquea distinción carece de lógica económica. Por ejemplo, el pago con tarjeta de crédito que realizamos en el restaurante es tan real como la comida ingerida o el servicio recibido. Que algo sea intangible no significa que sea irreal. Paradójicamente, en el sector bancario se denomina «producto financiero» a cualquier contrato: hipoteca, crédito, depósito, seguro, etc.  El gestor de fondos de inversión, Daniel Lacalle, en su libro: Nosotros, los mercados, critica la injusta demonización de los negocios financieros: «Se habla de la “economía real” como si la economía financiera no fuera un elemento esencial para el desarrollo del comercio mundial y de la globalización» (Lacalle, 2013: 544[1]). 

Producción «ineficiente»

Otro mito es el referido a los (supuestos) fallos de mercado que «provocan producción o consumo ineficientes y el Estado puede contribuir significativamente a curar la enfermedad» (Samuelson y Nordhaus, 2006: 34).

En el ámbito tecnológico, «eficiencia» tiene un significado preciso: es el resultado (output) obtenido por unidad de entrada (input) consumida. Así, los fabricantes establecen categorías de eficiencia para los electrodomésticos. En cambio, en el ámbito social el concepto de eficiencia —la mejor combinación de medios para alcanzar fines dados— (Rothbard, 2011: 254) se vacía de contenido porque medios y fines varían para cada individuo, se valoran de forma subjetiva y, a menudo, son antagónicos.

Es cierto que la producción capitalista produce mayor cantidad de bienes y a menor precio que la producción artesanal, pero algunos consumidores prefieren bienes más caros (muebles, joyas, alimentos) producidos de forma tradicional. ¿Y cómo saber cuál es la producción más eficiente? Para saberlo tendríamos que tener un conocimiento perfecto, pero lo que hay que producir, así como su cantidad y calidad, no está dado de antemano y siempre está sujeto a la incertidumbre.

Por ejemplo, el panadero, al final de cada jornada, debe elegir el momento de detener la producción: si se queda «corto» ganará menos dinero y si se «pasa» sufrirá mermas. La producción óptima nunca está asegurada y solo podemos aproximarnos a ella por tanteo. Pero incluso si aceptáramos, a efectos dialécticos, que el mercado es «ineficiente» y que genera «sobreproducción» o «infraproducción», constituye un non sequitur afirmar que el gobierno debe intervenir; esta conclusión no es económica sino normativa: “The contention that government should involve itself with the private economy is a moral conclusion, one that can be reached only if there are ethical arguments in the premises” (Block, 1983: 3).

Serie ‘El lenguaje económico’

(XVI) Inflación

(XV) Empleo y desempleo

(XIV) Nacionalismo

(XIII) Política

(XII) Riqueza y pobreza

(XI) El comercio

(X) Capitalismo

(IX) Fiscalidad

(VIII) Sobre lo público

(VII) La falacia de la inversión pública

(VI) La sanidad

(V) La biología

(IV) La física

(III) La retórica bélica

(II) Las matemáticas

(I) Dinero, precio y valor

Bibliografía

Block, W. (1983). “Public Goods and Externalities: The Case of Roads”. Journal of Libertarian Studies, Vol. VII, No. 1, spring, pp. 1-34.

Rothbard, M. (2011). Economic controversies. Auburn: Ludwig von Mises Institute.

Rothbard, M. (2013). Historia del pensamiento económico. Madrid: Unión Editorial.

Lacalle, D. (2013). Nosotros, los mercados: Qué son, cómo funcionan y por qué resultan imprescindibles. Deusto.

Samuelson, P. y Nordhaus, W. (2006). Economía. Méjico: McGraw Hill (18ª ed.)

Smith, A. (2011). La riqueza de las naciones. Madrid: Alianza Editorial.


[1] Paginación en libro electrónico Kindle.

Intelectuales y Estado, un perfecto match

La cuestión de los intelectuales y su relación con el Estado es un tema tratado desde la Grecia clásica y siempre expone los mismos problemas: ¿cuál es su naturaleza?, ¿tienen algún deber moral de participar en la vida pública? O la cuestión de si los intelectuales deberían formar parte del Estado. 

Muchas respuestas se han dado a estas cuestiones. En la República Platón abogaba por un gobierno de “sabios”, también durante la Edad Media la clase intelectual clerical se alió con en el Estado y su entramado institucional. Gramsci fue uno de los que trabajó más arduamente en establecer y dirigir la relación entre intelectuales y Estado, y con ayuda de sus escritos y como consecuencia de ello, las ideas comunistas arrasaron en occidente, alcanzando una clara hegemonía cultural en la intelectualidad de la época.

¿Pero qué dicen las voces críticas? Murray N. Rothbard es una de ellas, y se posiciona en una visión escéptica en cuanto a ambos entes y su vínculo entre ellos. En las siguientes líneas veremos cuáles son los argumentos que utiliza el economista americano y cuáles son las respuestas a todas estas cuestiones. 

Si un ladrón viniese a robarte arma en mano, lo más lógico sería que tratases de zafarte de él y si se diese el caso, combatirlo. Pero, ¿qué pasa si otros compañeros ladrones llegan y entre zarandeos comienzan a explicarte que en realidad te está robando por tu bien, y que tu deber moral es darle todo lo que tienes en los bolsillos? Pues si extrapolamos como es debido esta situación, nos encontramos con un Estado que expolia sistemáticamente a sus súbditos mediante el uso de la violencia y se sirve de sus “compañeros ladrones”, la casta intelectual, para legitimar y asegurar su intromisión o permanencia en el poder. 

Aquí es donde cabe preguntarnos, por qué existe tal relación entre casta intelectual y Estado. Pero sobre todo, de qué manera se perpetra dicha coalición criminal. La clave reside en un equilibrio, en una balanza exacta de poder e intereses. 

A principios del siglo XX, el gran torero Rafael el Gallo andaba en una de esas fiestas de Madrid donde se invitaba a la gente más selecta del país. Alguien con mucho humor tuvo la genial idea de presentarle a José Ortega y Gasset. El torero con modestia, decidió preguntar a qué se dedicaba ese tal Ortega, ahí fue cuando le dijeron que era un prestigioso filósofo. El torero respondió: “¿Filo qué, ezo qué e?”, algún amable acompañante tuvo la galantería de explicarle lo que significaba dicho palabro y ahí es cuando el matador pronunció la famosa frase “Hay gente pa’ to”. Más allá de la anécdota que quedará para los anales de la historia, con esto pretendo relativizar el aporte real de nuestros intelectuales a la sociedad, o como dice Rothbard ”el valor de mercado de lo que él aporta al proceso productivo es muy reducido”. 

Si nos situamos en un mercado más o menos libre donde la gente se ve retribuida según las preferencias de los agentes y lo que satisfacen a las necesidades de las demás personas, ¿vosotros creéis que Ortega y Gasset satisfizo en gran medida a Rafael el Gallo? Yo creo que no.

El mercado siempre tendrá graves problemas en crear y mantener una demanda de bienes intelectuales, sobre todo si hablamos del tipo de bienes intelectuales que suelen producir esta casta intelectual, que no suele ir más allá de piezas y sonetos para adular al gobernante de turno, y/o cábalas súper-ultra-metafísicas de difícil comprensión. Solo pues, el Estado mediante sus intervenciones arbitrarias en el mercado, consigue retribuir a dichos intelectuales con los frutos del expolio a los ciudadanos bajo el paraguas del interés común.

Este “fallo de mercado” que algunos lo llamarían, crea un gran pozo de frustraciones y ambiciones fracasadas. El intelectual que se pasa encerrado 8 horas al día entre metáforas y silogismos ve con rabia y envidia a ese camarero que con un simple bachiller consigue ganar probablemente el doble que él con sus artículos publicados en la revista universitaria de turno. La élite intelectual termina por despreciar a sus congéneres y se aleja de lo mundano, mientras flota en una ilusión de trascendencia y vive de los impuestos recolectados por papá Estado.

En conclusión, el intelectual se supeditará a las garras del estado por dos razones: el hambre voraz de poder, nutrido por su soberbia intelectual y aún peor si cabe, la necesidad de retribución de una actividad que, en manos de un mercado implacable, en pocas ocasiones le daría para llenarse el estómago.

Una coalición no se mantiene durante más de 2000 años si las dos partes no se ven beneficiadas. Esto quiere decir que el Estado, al igual que los intelectuales necesita de dicha alianza para su subsistencia. El Estado utiliza cantidades ingentes de fondos y energía en establecer un doble rasero para con la población, en legitimar su actividad criminal. Lo podemos ver cuando, por actividades que el aparato estatal, realiza de manera común como el asesinato o el hurto, todos y cada uno de nosotros pasaríamos una temporada bien larga entre rejas. Es el poder de la legitimación.

El Estado necesita crear una aureola de legitimidad que le permita realizar sus execrables actividades sin que sus súbditos se revuelen. Aquí es donde entran en juego nuestros amigos los intelectuales, estos mismos nutren el discurso legitimador a través de técnicas y contenido que adulen al emperador y sobre todo que calmen a las masas. Sin embargo, me gustaría recalcar que no estamos frente a una batalla entre intelectuales de izquierdas contra intelectuales de derechas, ni mucho menos, aquí se trata de cómplices del estado versus escépticos del estado. Solo te invito a esperar unos años a que giren las tornas políticas y verás de qué color se teñirá la Gala de los Goya.

La discriminación negativa y positiva existen, y no hay más que escuchar sandeces como las de que “la cuota de personas racializadas en Vikings deja mucho que desear” o que el súper villano de la última temporada de La Casa de Papel sea un militar, racista y homófobo. Esto solo es una pequeña demostración de que el Estado se sirve de la casta intelectual no solo para legitimar su existencia como ente opresor, sino para además, adoctrinar en la ideología que más le convenga para mantenerse en el poder. Aún me lloran los oídos escuchando a Leticia Dolera diciendo que la financiación pública de sus películas se devuelve con relato cultural. 

Sin embargo y por fortuna, no siempre es así, existen por todas partes gente pensante que alza la voz libre de sobornos y banderas. Gente que piensa a contracorriente y da la batalla por sus ideas propias. Los liberales no debemos dudar en participar en el mercado de las ideas, por muy intervenido que esté, y luchar hasta por la última parcela de libertad que nos quede por conquistar. De lo contrario nos convertiremos en tácitos y serviles mamporreros del Estado.

Análisis coste-beneficio de la publicidad para la sociedad

El de la publicidad es uno de los debates clásicos de la teoría económica. Para mucha gente, la publicidad es un extra-coste de las empresas, que encarece innecesariamente sus productos. Desde el punto de vista del público, es un incordio y poco fiable, y solo algunos anuncios se salvan de la quema principalmente por su valor, digamos, artístico. Pero, pese a todos los males asociados, la publicidad sigue existiendo, y, para desesperación de muchos, consumiendo ingentes cantidades de recursos, que al final tienden a traducirse en mayores precios en los productos. Ello invita a pensar en que algo positivo debe de hacer: ¿cómo sobreviviría si no ante tanta hostilidad?

Un punto de partida puede ser examinar la naturaleza de “extracoste” que supone la publicidad. Esto es preocupante si piensas, como hacen los economistas neoclásicos, que el precio tiende al coste marginal, aunque el problema desaparece si asumes que la publicidad es un coste fijo independiente de la cantidad producida, como puede hacerse con relativa facilidad, pues entonces el coste marginal de la publicidad es cero.

En todo caso, los economistas austriacos sabemos que la relación entre precio y coste es mucho más indirecta, y que en realidad el precio depende del valor y de la escasez de los bienes. De hecho es el precio, procedente de las preferencias expresadas por los compradores mediante las transacciones que llevan a cabo, el que termina fijando los costes (precios de los recursos) necesarios para producir el bien aguas abajo.

Desde esta perspectiva, el coste incurrido en la publicidad, como el de cualquier otro recurso que precise el emprendedor, es irrelevante para la fijación del precio. Otra cosa es si el producto será viable (i.e. rentable) al precio que admiten los clientes, y es en este sentido en que el precio fija el coste de los recursos. En todo caso, el producto solo será viable si su precio permite recuperar todos los recursos invertidos en él, incluida la publicidad, si ésta se ha considerado necesaria por el emprendedor.

Pero, ¿es realmente necesaria la publicidad? Si nos vamos a los modelos que utiliza el economista neoclásico para estudiar cómo se relacionan precios y costes, nos encontraremos con el supuesto de información completa para los participantes en el mercado. Claro, si todos los posibles compradores y vendedores disponen de toda la información sobre todos los productos, no es necesaria la publicidad, cuyo principal propósito es precisamente el de suministrar información. No es de extrañar que los economistas mainstream tiendan a ver la publicidad como un desperdicio social, y que propongan una distinción entre los costes de producción, evidentemente necesarios para que aparezca el producto, y los costes de distribución, un engorro y un desperdicio.

Sin embargo, la realidad es bastante más complicada, y los mercados no son transparentes, ni la gente tiene información instantánea de todo lo que ocurre en ellos, y, aunque la tuviera, como nuestro cerebro sigue siendo limitado pese a los supuestos neoclásicos, no podríamos procesarla en ese tiempo real en que actúan los modelos de estos economistas. Esto tiene una implicación muy clara: no es lo mismo un producto terminado, que un producto terminado conocido por el posible comprador. De hecho, los compradores no pueden comprar productos terminados, solo productos terminados conocidos, porque ¿cómo los van a comprar si no saben de su existencia? Sí, puede sonar a Perogrullo, pero es una perogrullada fundamental para entender por qué la publicidad es necesaria en el mundo real.

Por esta razón, Murray Rothbard desecha por artificial la distinción entre costes de producción y de distribución (1). Todos son igualmente necesarios para conseguir el objetivo del emprendedor, que es la obtención de beneficios de la venta del producto que elabora.

De hecho, la dimensión del “problema” de la información se puede calibrar atendiendo a los presupuestos en publicidad (y, en general, marketing) que tienen las empresas. En muchas de ellas seguramente los gastos de este tipo superan los de producción o adquisición de bienes para reventa (2).

Con esto queda claro que la publicidad supone un beneficio para la sociedad, puesto que da el enorme valor añadido de hacer que el producto sea conocido por el cliente, y posibilita así las transacciones beneficiosas para las partes que las llevan a cabo, y más aún, la creación de riqueza con cada una de dichas transacciones.

Por si acaso el economista neoclásico sigue teniendo dudas sobre el incremento de bienestar social que supone la publicidad, conviene recordar el estudio del economista Lee Benham, llevado a cabo en los 60, y al que llego por la vía del citado libro de Fanego. Resulta que en los EEUU de aquellos años, había estados en que era ilegal anunciar gafas, mientras que en otros se podía. Vamos, el escenario ideal para cualquier economista experimental, en este caso, para comprobar el impacto de la publicidad en los precios de los bienes afectados por esta heterogeneidad.

Dicho y hecho. Nos cuenta Fanego la conclusión: “Sin embargo, en los estados donde la publicidad era legal los precios eran un 20% más bajos“. La cita comienza con “sin embargo”, porque previamente nos ha dicho “Si nos dejamos llevar por el sentido común, podemos pensar que los estados donde la publicidad estaba permitida tendrían precios más altos. Al fin y al cabo, la publicidad es un coste para las empresas. No es descabellado suponer que, si eliminamos un coste, el beneficio se puede trasladar al cliente final. 

Fanego explica el descenso de precios apoyándose en el marco neoclásico: los anuncios introducen mayor transparencia en el mercado lo que lo hace aproximarse más al ideal de competencia perfecta, en el que se reducen los precios hasta los costes marginales.

Yo prefiero la explicación austriaca: en los estados en que se permitía la publicidad, aumentaba la oferta (disminuía la escasez) de gafas conocidas para los clientes, y era esta disminución en la escasez relativa la que provocaba un menor valor del bien y, en consecuencia, un descenso en el precio.

Obsérvese que en el modelo neoclásico no acaba de quedar claro porque una empresa estaría interesada en introducir mayor transparencia en el mercado si eso supone una pérdida de valor de su producto. En cambio, en el modelo austriaco, la publicidad es necesaria para crear el producto vendible, esas gafas conocidas, por lo que la pérdida de valor por aumento en su oferta se produce sobre un producto que vale más que el meramente fabricado, quedando un incremento neto para el emprendedor (y estoy tan seguro de que queda un incremento neto de valor porque, en otro caso, el producto desaparecería del mercado).

En todo caso, concluyo, tanto el análisis teórico como la evidencia empírica parecen soportar sin ambigüedad que la publicidad genera bienestar social, pese a incrementar los costes de las empresas respecto a si solo necesitaran producir el bien para venderlo. Y será así mientras los seres humanos no tengamos infinita capacidad de proceso de la información, aunque ésta esté infinitamente disponible. O sea, mientras sigamos siendo humanos.

(1)  Rothbard cita a Chamberlin (Theory of Monopolistic Competition) como originador de esta idea. He traducido los “selling costs” de Chamberlin como costes de distribución, e incluirían publicidad, gastos de ventas y, en general, marketing. Ver Rothbard M.N. (2004): Man, Economy and State, págs. 736-738.

(2)  A partir de aquí, una línea muy interesante sería debatir sobre lo que ha supuesto Internet para el coste de diseminar y obtener información, pero no es objeto de este artículo. Una buena introducción al mismo puede ser Fanego, I. (2019). A nadie le interesan tus anuncios. Es la lectura de este libro la que ha inspirado el presente artículo.

Algunas cuestiones disputadas sobre el anarcocapitalismo LXI: Afganistán

Al viejo Murray Rothbard le gustaba mucho analizar las descomposiciones de estados. Esto es el proceso en que rápidamente se disuelven y quedan en nada. Es un proceso que normalmente acontece cuando está próxima la derrota frente a algún enemigo, interno o externo, y acostumbra a durar muy poco tiempo; el que tarda el rival en hacerse cargo del poder. Pero este proceso de descomposición se da antes de que exista un nuevo poder, por eso eso le era de tanto interés. Su análisis de la descomposición del gobierno de Vietnam del Sur antes de su control por los comunistas y la retirada de las últimas tropas norteamericanas sigue siendo de gran interés para entender el fenómeno del poder estatal. Por desgracia ya no está Rothbard entre nosotros para intentar explicar el fenómeno de la toma del poder por los Taliban, que sin duda le hubiese interesado mucho.

En efecto es un tema muy interesante. Pensemos en propio origen del grupo, que muestra muchas analogías con las teorías sociológicas del origen del Estado. Según relatan los historiadores de los Taliban, como Ahmed Rashid,  este movimiento nació de un profesor de religión islámica de la escuela Deobandi que, alterado por la falta de orden derivada de las guerras civiles que siguieron al abandono de los soviéticos, convenció a un grupo de sus alumnos para formar un grupo armado que protegiese a sus convencinos. De ahí el nombre de Taliban o estudiantes. Obviamente, y dado el tipo de educación que recibían, podíamos decir que seguían un Islam bastante ortodoxo, pero que no difería mucho en sus costumbres del practicado por sus vecinos pashtunes, tribu esta con merecida fama de ultraconservadora en la moral y en el tratamiento de las mujeres.

Pero como vemos nacen en anarquía bajo el liderazgo de un carismático líder y profesor. Estos estudiantes, animados por la cultura guerrera pashtun y movidos de celo religioso pelearon bien y pronto se hicieron un nombre entre los distintos grupos combatientes del Afganistan de finales del siglo XX. Este prestigio les hizo en primer lugar atractivos para muchos otros combatientes desencantados de sus propios ejércitos tribales y muy popular en muchos sectores rurales del Afganistán profundo, descontentos del gobierno central, de orientación soviética pero ya no apoyado militarmente por la extinta URSS.

Esta capacidad de organización y combate llamó la atención de Benazir Bhutto, a la a sazón primera ministra de Pakistán, quien ordenó a sus servicios de inteligencia que financiasen y armasen a este grupo. Aquí me gustaría hacer un inciso. Sé que se podría argumentar que los Taliban son fruto de las operaciones de inteligencia de otras potencias, y que son estas las que organizan al grupo, que surgiría así fruto de una decisión estatal.

No lo entiendo correcto porque el grupo ya existía antes del apoyo estatal, y porque si esto fuese tan fácil no se porqué las potencias que operaron históricamente en el Afganistán no optaron por la solución de armar sus propios insurgentes en vez de combatir directamente. Será probablemente porque no baste con armar un grupo para que este sea operativo, como muy bien se vió en el caso del ejército regular que se desbandó sin luchar a pesar de estar bien armado y entrenado. Cualquier grupo armado necesita algún tipo de cohesión, sea esta ideológica o religiosa, sea una muy elevada disciplina o organización, conseguida a través de algún sentimiento de honor o reputación profesional. Esta cohesión interna del grupo es especialmente relevante que se dé en el seno de sus dirigentes, pues son ellos los que constituyen el grupo que después se constituirá en Estado. En la tropa también es importante, pues da buena moral de combate, pero por lo menos en la teoría podría ser sustituida por disciplina o interés económico.

Una vez constituido como grupo militar bien organizado, buscó establecer alianzas. No sólo las estableció con otros Estados, sino también con particulares ricos o resultado del tributo cobrado en las tierras que fueron ocupando. Pronto fueron capaces de imponerse a buena parte de los grupos que combatían con fines semejantes en el territorio afgano, hasta que lograron conquistar Kabul.

Es curioso porque en nuestro imaginario estatal un país cae o se instaura un nuevo estado cuando su capital es dominada. En el caso de los primitivos Talibán, estos la conquistaron pero no pudieron hacerlo con amplias porciones del territorio, que estaban bajo la férula del más prooccidental Frente del Norte. Estos habían mostrado gran capacidad de resistencia primero durante la invasión soviética y segundo frente a los Taliban y otras bandas semejantes.  De hecho el ejército norteamericano, al invadir el país, delegó en ellos buena parte de las operaciones de combate y fueron ellos los que consiguieron expulsar a los Taliban de buena parte de los lugares que estos controlaban.

El error consistió en hacerlos formar parte del nuevo gobierno establecido tras la toma del control de país. Al estar estos asociados al invasor y a las prácticas corruptas y extorsiones del nuevo gobierno “democrático” y proocidental, perdieron la legitimidad de la que disfrutaban entre numerosos sectores de la sociedad afgana. Ante muchos afganos aparecían como una suerte de lacayos del imperialismo norteamericano, y quedaron en una situación muy delicada. De ahí que no hayan sido capaces de oponer esta vez na resistencia seria al ejercito Talibán y que esta vez la conquista no sólo les haya resultado más fácil sino que esta ha sido de la práctica totalidad del territorio afgano. Por no hablar del comportamiento del gobierno prooccidental, que se comportó al parecer, como lo hacen muchos gobiernos de la zona, malgastando el dinero en proyectos absurdos que en muchos casos sólo servían a los intereses corruptos de sus dirigentes. La imagen del último presidente escapando en helicóptero con maletas llenas de billetes de dólar no parece ser muy edificante para la sociedad ni parece ser un modelo de lo que significa la democracia para sus sufridos habitantes.

 La segunda lección que se podría extraer es la de la caída del régimen respaldado por las fuerzas occidentales. Este estaba bien armado con un ejército profesionalizado y entrenado por ejércitos de gran nivel. Contaba con aparente legitimidad interna y sobre todo externa, al ser reconocido por la gran mayoría de los países del mundo. El régimen títere que habían dejado los soviéticos, al retirarse, aún aguantó cinco o seis años antes de colapsar frente a los Taliban, y aún así estos sólo consiguieron dominar parcialmente el territorio. Sólo puede explicarse por la descompocición de su clase dirigente, que bien escapó o bien pacto con los que presumían iban a ser los nuevos gobernantes.

Como ya apuntamos muchas veces los Estados funcionan en anarquía y no existen relaciones de poder estricto en su propio seno. Están unidos y cohesionados por intereses económicos, por ideologías fuertes o, lo más frecuente, por ambas cosas a la vez. Los gobernantes no pueden ejercer el dominio por la fuerza sobre sus propios miembros. Esto es existe un núcleo irreductible que tiene que estar unido al gobernante por lazos distintos de los de la fuerza. Los autócratas deben poder dormir tranquilos sin que nadie pretenda asesinarlos mientras duermen o estén solos o en situación de inferioridad física. Si esta lealtad mutua entre los dirigentes se rompe, el Estado literalmente se disuelve antes de que otro grupo organizado ocupe su lugar.

Como esto ocurre al poco tiempo de la disolución, lo más frecuente es que no reparemos en este hecho. El viejo Estado ya está disuelto y en desbandada antes de que otro ocupe el poder. Esto fue lo que aconteció en Afganistan. Cuando los Taliban ocupan las grandes ciudades, y sobre todo la simbólica capital, ya no existe Estado digno de tal nombre. Cuando llegan a Kabul, los principales jerarcas ya la habían abandonado unas horas antes. La falta de fé en la victoria y la carencia de una ideología que los mueva a resistir ya habían hecho su trabajo antes de la llegada de los nuevos ocupantes. La cohesión de los Estados que, como no nos cansamos de recordar, son anárquicos internamente, es más psicológica que basada en medios de fuerza. Y cualquier Estado precisa de un mínimo de lealtad y solidaridad no basada en la fuerza para poder ejercer su función de dominio sobre la sociedad. Que un Estado es un grupo de personas superestratificado sobre el conjunto de la población creo que aquí y en el caso de los talibán, nuevo grupo, puede verse perfectamente.

La tercera lección tiene que ver con el intervencionismo y con cómo las pretensiones de ordenar la “anarquía” social con medios violentos tiene pocos visos de prosperar. Muchos liberales, y por eso lo son, entienden perfectamente las consecuencias que tiene el intervencionismo estatal sobre el discurrir de la vida económica y social, y cómo en muchas ocasiones no sólo no consiguen sus objetivos sino que traen consigo consecuencias no previstas sobre esos mismos ámbitos o  sobre terceros que no tienen nada que ver sobre el aspecto objeto de la intervención.

Es el caso de las regulaciones laborales o los controles de precios, por ejemplo. Cualquiera que haya leído la Critica del Intervencionismo de Von Mises o La economía en una lección de Henry Hazlitt  o el mítico Poder y ley económica de Eugen von Bohm-Bawerk es consciente de que el uso del poder no puede derrotar a la ley económica. Y que la práctica totalidad de las intervenciones, si no son fútiles, son dañinas o agravan lo que pretendían remediar. Esto es regular el precio de la patata provocará escasez, mercados negros o un deterioro de la calidad de las patatas ofrecidas a la venta.

Que las intervenciones en política exterior son caso análogo, y probablemente ampliado para mal, de las intervenciones exteriores es algo que muchos liberales se niegan a ver. Y no entiendo los motivos. Dejando aparte el caso de las guerras convencionales, de defensa del propio territorio, las intervenciones en el exterior sin agresión previa directa de otra entidad estatal no suelen traer buenos resultados y más si la intervención se amplia hasta el extremo de constituir un proceso de nation building que implica remodelar no sólo las instituciones sino las propias costumbres y tradiciones de la población.

Si bien no se puede negar el papel que el uso de la fuerza puede influir en el cambio social y político lo es de manera limitada y siempre y cuando exista cierta similitud de costumbres o una experiencia previa extendida a ciertos grupos de población. El caso de la desnazificación alemana es un buen ejemplo. La población alemana contaba con una larga experiencia en elecciones y en hábitos parlamentarios previa al nazismo. Buena parte de su población estaba educada en valores democráticos y existía un elevado nivel de educación en los valores culturales y políticos propios de los países occidentales. Además, la experiencia del nazismo duró sólo doce años y los resultados fueron catastróficos. Y aún teniendo éxito el esfuerzo fue muy grande y se tardó cierto tiempo en conseguir los objetivos.

Un país como Afganistán no tenía experiencia consolidada de participación demócratica y sus costumbres y valores sociales son muy distintas de las de las potencias ocupantes. Buena parte de la población de allá con certeza no entiende los principios que se le quieren imponer pues estos requieren de cierta experiencia histórica y por tanto lo más probable es que no sólo no los acepte sino que los rechaze con fuerza, al percibirlos como una imposición extranjera. Antes de querer cambiar sus costumbres deben entender las razones por las que deben hacerlo, algo que nosotros podemos tener muy claro pero ellos no.

Por otra parte la democratización o occidentalización de un país implicaría no sólo un número enorme de intervenciones, sino saber cuales de entre ellas son las más relevantes. La democracia requiere de derechos de propiedad, cierto nivel de renta, educación política, costumbres de resolver pacíficamente los conflictos y cierto grado de individualismo que una sociedad aún tribal no posee. Si el voto no es individual sino que todos los miembros de un clan votan al del suyo la democracia no es una forma pacífica de optar entre opciones o programas sino una imposición de los clanes mayoritarios sobre los minoritarios. 

En mi ciudad aún se celebra el día en que expulsamos a tiros a los franceses que quisieron democratizarnos y modernizarnos siguiendo a Napoleón. No dudo que e Código civil y la Constitución republicana fuesen elementos de “progreso” en aquella época pero a a mis convecinos no les convencieron las formas y los echaron fuera, y eso que se parecía más a nosostros que los afganos. A veces hay que aplicar las ideas de Hayek sobre “La fatal arrogancia” al ámbito de la política exterior y ser un poco más humildes en nuestro fatal y arrogante constructivismo.

Polémicas sobre Rothbard: Historia, epistemología, órdenes espontáneos, dinero, ética y sectarismo

Hay divisiones internas dentro de la Escuela Austriaca. Aquí quisiera resumir una serie de temas donde yo mismo me separo de Rothbard, lo que pienso pueden abrir diálogos con los lectores.

Cabe aclarar que señalar estos puntos no implica desconocer la valía de Rothbard para la historia del pensamiento económico, o en concreto para la Escuela Austriaca. Sus aportes más destacados los he tratado en otros muchos lugares, siendo en casi todos mis trabajos referencia obligada. Aquí el foco estará puesto en mis diferencias con este autor.

Historia del pensamiento económico. Rothbard ha desarrollado dos tomos cuya lectura recomiendo, pero contienen excesos que no se pueden ignorar. El primero es analizar los autores y las escuelas de pensamiento desde la visión que él tenía como austriaco en 1995. Aislar a los autores del contexto en que escribieron sus obras es injusto y una mala manera de proceder en este campo de estudio. El segundo fallo es ignorar la tradición del orden espontáneo en la que participaron los autores escoceses Adam Smith, David Hume y Adam Ferguson. (Aquí argumento el punto).

Epistemología de la economía. Rothbard elabora toda la teoría económica de manera deductiva, coherente, sistemática, pero piensa que podemos prescindir de los elementos empíricos. Fritz Machlup, por el contrario, cree que al construir la teoría económica uno necesita apoyarse también en hipótesis auxiliares y empíricas (antropológicas, sociológicas y jurídicas), además de las condiciones iniciales. Gabriel Zanotti ha elaborado este tema en extenso  (Ver aquí). Este artículo de Zanotti junto a Nicolás Cachanosky resulta central en el debate moderno (Ver aquí). Este debate entre Rothbard y Machlup resulta fundamental pues los rothbardianos han adoptado posiciones radicales basadas precisamente en su metodología.

Rothbard tiene posiciones que considero sumamente polémicas en el área monetaria, lejanas a su maestro Ludwig von Mises, y también a Friedrich Hayek, y otros autores modernos especialistas en el área como Lawrence H. White, George Selgin, Steven Horwitz, Roger W. Garrison, Richard Ebeling, Nicolás Cachanosky, entre otros. Rothbard habla de “inflacionismo”, por ejemplo, cuando se da cualquier política que expande la oferta monetaria, pero Mises ha dejado claro que habrá “inflación” sólo en la medida que la oferta monetaria supere a la demanda de dinero. El debate más extendido dentro de la Escuela Austriaca se ha dado respecto de las reservas fraccionarias, pero Mises ha sido muy claro en el cap. 17, sección 11 de su tratado de economía bajo el subtítulo “Libertad monetaria” que bajo “banca libre” la competencia limitaría la expansión de medios fiduciarios sin necesidad de imponer controles a los bancos en el manejo del encaje. Rothbard, y a partir de él otros autores como Jesús Huerta de Soto han elaborado argumentos jurídicos, económicos, históricos e incluso morales para argumentar en favor de un encaje del 100 %, pero pienso que poco a poco la EA moderna tendió a abandonar esta posición que hoy es más reducida. Para tratar este tema sugiero el libro de George Selgin, Libertad de emisión del dinero bancario.

Rothbard también es conocido por su ética de la libertad o anarcocapitalismo. Si bien valoro que el alumno en el aula se exponga a estas posiciones radicales por el desafío que implica repensar las funciones del estado en la economía (yo mismo me defino a veces como un anarquista hayekiano -ver la falsa dicotomía aquí-), también parecen ignorarse dentro de ciertos círculos austriacos que la EA fue principalmente liberal, al menos en los planteamientos de Mises y Hayek. Algunos rothbardianos abandonan entonces todo el debate sobre controlar o colocar límites al leviatán, mediante constituciones, república, democracia, reglas fiscales y monetarias, federalismo y descentralización, que se ha extendido con el public choice, por ejemplo, y que si bien continúan la tradición de Mises y Hayek, chocan con el pensamiento de Rothbard. Pienso que la EA moderna no puede ignorar el debate más institucional que ofrecían estos otros autores, y que también aportan otros compañeros de camino (Ronald Coase, James Buchanan, Gordon Tullock, Jeffrey Brennan, Douglas North, entre otros).

Un aspecto microeconómico no menor en Rothbard es su posición contraria a la tradición del orden espontáneo. Este aspecto que señalé más arriba al tratar dos tomos de HPE no fue un olvido. Rothbard es crítico de la tradición del orden espontáneo, lo que genera una ruptura central con Hayek y los autores escoceses.

Y cierro con un aspecto que se ha destacado en varios lugares. Rothbard tuvo dificultades para publicar sus aportes en las revistas especializadas en economía. Por eso fundó su propio Journal of Libertarian Studies, el que es sumamente interesante para los jóvenes que quieran acercarse a sus ideas. Pero al hacerlo, y al continuar los austriacos modernos con ese comportamiento sectario, se aisló a la EA. Debemos recordar que la EA se consolidó sobre la base de los debates que Mises mantuvo con los socialistas, y que luego se extendieron también a Hayek, quien mantuvo otros debates con Keynes y Cambridge, además de la discusión sobre la teoría del capital de Knight y Clark. La EA debe recuperar ese protagonismo con debates abiertos frente a autores destacados del mainstream economics. Seguir ofreciendo un trabajo que se publica con carácter exclusivo en revistas propias de la tradición sin dudas es cómodo, pero mantiene a la tradición del pensamiento en la marginalidad. Desde luego hay excepciones, con destacados austriacos que publican en revistas indexadas de prestigio, pero son precisamente quienes se han opuesto a este aspecto del trabajo de Rothbard y su comportamiento sectario.

Desmontando el Artículo 31.1 de la Constitución Española

El pasado 3 de junio del presente año, durante el XIV Congreso de Economía Austriaca organizado por el Instituto Juan de Mariana en las dependencias de la sede de Madrid de la Universidad Francisco Marroquín, he tenido la fortuna de defender una ponencia que llevaba por título el mismo que el presente artículo, que es una versión reducida de aquélla.

En primera instancia transcribamos el artículo objeto de estudio,

Artículo 31.1. Todos contribuirán al sostenimiento de los gastos públicos de acuerdo con su capacidad económica mediante un sistema tributario justo inspirado en los principios de igualdad y progresividad que, en ningún caso, tendrá alcance confiscatorio

Y una vez transcrito, pasemos someramente a su análisis por medio de su división,

“Todos contribuirán al sostenimiento…”

¿‘Todos’, de verdad? Siguiendo a Murray N. Rothbard podemos señalar que en la sociedad nos encontramos con dos grupos de personas, las que se resultan perjudicadas por los impuestos, frente a otras que resultan beneficiadas; y dentro de estos últimos nos podemos encontrar a los que Rothbard califica como ‘beneficiarios absolutos’, (como los políticos y los funcionarios), frente a los ‘beneficiarios parciales’, (donde se encontrarían los subvencionados). De lo señalado por Rothbard parece discutible que se pueda señalar que ‘todos’ contribuyen al sostenimiento de los gastos públicos, más bien parecería que hay contribuyentes frente a consumidores de impuestos.

“…de los gastos públicos…”

Para que se puedan acometer gastos, previamente deben producirse ingresos, y una de las forma que tiene la administración para obtener fondos, es por vía impositiva. Una vez que disponga de fondos, la administración podrá destinarlos a realizar sus ‘funciones’. Funciones que por otra parte, podrían ser objeto de un largo y acalorado debate, nosotros por nuestra parte nos limitaremos a manifestar nuestra opinión trayendo a colación las siguientes palabras de David Friedman, “no existen funciones inherentes al gobierno… …Todo lo que el gobierno hace puede clasificarse en dos categorías: aquello de lo que podemos prescindir hoy y aquello de lo que esperamos poder prescindir mañana”.

Dejando a un lado la cuestión de las posibles funciones del gobierno, y volviendo a la cuestión de los gastos públicos, cabe señalar siguiendo al autor de La riqueza de las naciones (1776), Adam Smith, que, “…donde existe como mínimo la sospecha generalizada de que hay muchos gastos innecesarios y un pésimo empleo de los ingresos públicos, las leyes que los guardan son poco respetadas”.

Gastos públicos que, como bien sabemos, no dejan de crecer como consecuencia del aumento del denominado estado del bienestar y del poder del Estado.

“…de acuerdo con su capacidad económica…”

Determinar la capacidad económica de los contribuyentes no deja de ser una medida totalmente arbitraria y de difícil determinación, volvemos a traer a colación a Adam Smith, aunque en este caso para disentir, respetuosamente con él, respecto a su concepción de ‘capacidad’, dado que el famoso escocés sostenía que, “los súbditos de cualquier estado deben contribuir al sostenimiento del gobierno en la medida de lo posible en proporción a sus respectivas capacidades; es decir, en proporción al ingreso del que respectivamente disfrutan bajo la protección del Estado”. Queremos recalcar que la capacidad económica no tiene por qué coincidir con la proporción de los ingresos, una persona ‘A’ puede ganar X u.m., y otra persona ‘B’ puede ganar el doble de u.m., pero puede tener determinadas cargas familiares que le imposibilitaran contribuir siquiera en la misma forma que ‘A’.

Buscar una equivalencia en los sacrificios a los que cada contribuyente debiere someterse no deja de ser, a nuestro parecer, una quimera de irresoluble solución.

“…mediante un sistema tributario justo…”

 Antes de pasar a ver si cabe la posibilidad de que un sistema tributario sea justo, debemos señalar qué entendemos por justicia, y nada mejor que recurrir al gran jurisconsulto romano Ulpiano que definía la justicia como “la perpetua y constante voluntad de dar a cada uno lo que le corresponde”.

El problema es que una vez que nace el Estado, es imposible seguir el precepto de justicia de Ulpiano dado que, como señala el profesor César Martínez Meseguer, “el Estado se atribuye el derecho supremo a dar a cada uno lo que el mismo califica arbitrariamente como justo”.

Si trasladamos nuestra casuística a la operativa del mercado, vemos que la única forma de que algo pueda considerarse como ‘justo’, será mediante el establecimiento de precios de mercado, que serán aquellos que se determinen por la interacción voluntaria de los participantes en el intercambio, que en caso de establecerse, dicho precio satisfará las necesidades de ambas partes, considerando las dos que salen beneficiadas con el intercambio, puesto que si fuere de otra forma, el intercambio no tendría lugar.

El problema que sucede con la fiscalidad es que como subraya Rothbard, es injusta desde su inicio, y, por tanto, ninguna asignación posible de sus cargas podrá llegarse a considerar como justa.

“…inspirado en los principios de igualdad y progresividad…”

Respecto al principio de igualdad, en primera instancia, se habría que verificar si el tratamiento a imponer sería justo, dado que, si no lo fuere, que se implantare a todos los ciudadanos no constituirá ideal de justicia alguno.

Si se quisiera tratar a todos por igual entiendo que el único método correcto sería el establecimiento de un impuesto único de encabezamiento, que consiste en imponer a todos el pago de una misma cuota (como a los miembros de un club) de igual forma, que con independencia del dinero que tengamos cada uno, una barra de pan si la compramos en el mismo sitio nos costará el mismo dinero que a cualquier otro; entiendo que la igualdad se conseguiría de esa forma, en caso contrario, a lo más que se puede aspirar es a “tratar igual a los iguales y desigual a los desiguales”.

Y, en cuanto al principio de progresividad en la fiscalidad, que podemos entenderlo como aquella medida que consiste en imponer un tramo superior a aquellas personas que ganen más, quisiera recalcar que hay que considerarlo como un castigo progresivo a la eficiencia, que actúa como una multa al mérito en el mercado.

En conclusión, en función de lo expuesto, no estamos muy seguros que la igualdad, o la progresividad, debieren ser principios que pudiéremos considerar como ‘justos’ a la hora de hablar fiscalidad impositiva.

“…que, en ningún caso, tendrá alcance confiscatorio”.

Según el Diccionario de la Real Academia Española de la lengua, el acto de confiscar consiste en una “pena o sanción consistente en la apropiación por el Estado de la totalidad del patrimonio de un sujeto”. 

Desconozco si el legislador español al señalar que la fiscalidad no tiene alcance confiscatorio querría señalar que mientras no nos arrebaten el cien por cien (100%) del patrimonio, no puede considerarse como acto confiscatorio. Por su parte, la Enciclopedia Británica tiene la deferencia de no especificar la cantidad que tienen que sustraerte contra tu voluntad para considerarlo un acto confiscatorio, ya que la define como, “act of appropriating private property for state or sovereign use” (acto de apropiación de propiedad privada para uso estatal o soberano).

Y es que la tributación se ha llegado a convertir en todo un ‘arte’, que no es reciente, sino que viene de lejos, Jean Baptiste Colbert, estadista francés del siglo XVII, decía que el arte de la tributación consistía en “desplumar al ganso para obtener la mayor cantidad de plumas con el menor número posible de graznidos”.

En conclusión, 

Hemos intentado demostrar que no ‘todos’ los ciudadanos contribuyen al sostenimiento de los gastos públicos.

Respecto al ‘sostenimiento de los gastos públicos’, en primera instancia habrá que determinar lo que hay que ‘sostener’, y una vez determinado qué funciones tienen que ser desempeñadas por el Estado, (muchas, pocas o ninguna), habría que asignar la partida correspondiente, única y exclusivamente para el desarrollo de dichas funciones atribuidas.

En cuanto a la cuestión de la ‘capacidad económica’, nos encontramos ante la tesitura de que no hay forma de establecer dicho principio, o nos encontraríamos ante la casuística de que habría que pagar en función del dinero que cada uno tuviere. Con lo que no habría razón para esforzarse y trabajar duro para ganar más dinero.

Hemos señalado que establecer ‘un sistema tributario justo’ es una quimera, dado que una vez que el estado se atribuyó la prerrogativa de quitar a cada uno lo que considera oportuno para dárselos a otros de forma arbitraria, hablar de justicia es algo cuanto menos contradictorio.

En relación con el ‘principio de igualdad’, antes de buscar la igualdad de tratamiento, habrá que dirimir si lo que se pretende que rija de manera uniforme puede ser considerado como justo, que expuesto lo que antecede, parece ser de difícil cumplimiento.

El asunto de la progresividad en materia tributaria ya hemos dicho que es un ‘castigo progresivo a la eficiencia’, que reduce el incentivo para trabajar y ganar dinero.

Y respecto a la cuestión de la ‘confiscatoriedad’ lo realmente importante como señaló Murray Rothbard, sería determinar la cantidad total que una persona contra su voluntad se ve obligada a entregar al Estado, que no deja de ser otra cosa que una institución destructiva para la creación de riquezas, salvo para quienes ostentan el poder, claro está.

Referencias

Friedman, David (2012) [1973]. La maquinaria de la libertad. Editorial Innisfree.

Martínez Meseguer, César (2015) [2006]. La teoría evolutiva de las instituciones. Madrid: Unión Editorial.

Rothbard, Murray N. (2015) [1970]. Poder y Mercado. Madrid: Unión Editorial.

⎯⎯. “El Impuesto al Consumo: una crítica” en Review of Austrian Economics. Volumen 7, Nº 2, pp. 75-90.

Smith, Adam. (2011) [1776]. La riqueza de las naciones. Madrid: Alianza Editorial.