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Etiqueta: Niall Ferguson

Una nueva cabeza de playa para la civilización occidental

Por Joseph Loconte. Este artículo ha sido publicado originalmente en Law & Liberty.

Este otoño me incorporé a la facultad del New College de Florida, donde los educadores están embarcados en un experimento radical: transmitir la historia de la civilización occidental -tanto sus logros como sus fracasos- como requisito esencial de la ciudadanía. Que esta propuesta se considere radical habla de la podredumbre moral de nuestra vida nacional.

New College, la universidad de honores del estado, ha recibido atención internacional por el papel del gobernador Ron DeSantis en el nombramiento de conservadores para su consejo de administración. A principios de este año, el consejo votó a favor de cerrar la oficina de Diversidad, Equidad e Inclusión y eliminar los cursos de estudios de género, la primera universidad pública del país en hacerlo.

La naturaleza partidista del debate sobre las reformas previstas en el New College oscurece una cuestión profundamente importante: ¿Merece la pena defender la democracia liberal y la civilización de la que surgió? Irónicamente, muchos conservadores están tan desesperadamente confundidos sobre la respuesta a esta pregunta como lo está la izquierda progresista.

Vieja izquierda y nueva derecha contra la tradición liberal

La narrativa histórica de la izquierda es que la civilización occidental es un engreimiento. Ha producido una mezcla tóxica de imperialismo, militarismo y racismo. Nuestros ideales e instituciones democráticas, nos dicen, son herramientas del opresor contra el oprimido. Estados Unidos, como nación líder de Occidente, es en gran medida una fuerza del mal en el mundo.

El argumento de la nueva derecha, sin embargo, puede ser igualmente condenatorio de nuestra tradición liberal y democrática. Una cohorte cada vez mayor se ha desilusionado con la fundación estadounidense. Para ellos, Estados Unidos fue concebido en un estado de pecado, no principalmente el pecado de la esclavitud, sino más bien las diabólicas ideas de la Ilustración sobre la libertad humana, la igualdad y los derechos naturales. El resultado inevitable fue una sociedad inundada de materialismo e individualismo radical.

Ambas tribus ideológicas comparten el mismo vicio: la visión cínica. Ignorantes en gran medida de la historia de nuestra civilización, se aferran a nociones distorsionadas de nuestro pasado y, por tanto, trazan visiones utópicas para nuestro futuro, ya sean militantemente laicas o semiteocráticas. Pero una educación en artes liberales, firmemente cimentada en las humanidades, ofrece un camino mejor.

Un pasado ambivalente

Comienza con el conocimiento de que la civilización occidental es la interacción secular de la cultura griega y romana, adoptada y transformada por las tradiciones judía y cristiana, y transformada de nuevo por las revoluciones científicas, democráticas e intelectuales de los siglos XVII y XVIII en Europa y Estados Unidos. En el transcurso del siglo XX, a través de dos guerras mundiales y una Guerra Fría, nuestra civilización -de hecho, toda la civilización humana- apenas sobrevivió a la perspectiva de la extinción.

Esto debería hacernos reflexionar. Lo que llamamos tradición occidental es una historia de explotación, esclavitud, inquisiciones y guerras, así como una historia de exploración, libertad, ilustración y redención. Nuestra civilización es algo mucho menos que el paraíso terrenal, pero mucho mejor que la mayoría de las alternativas históricas.

Fue en nuestra civilización

¿Por qué dedicar atención a Occidente? ¿Qué hay de Asia, África y la civilización del Islam? Todas ellas han influido en la civilización occidental. Pensemos en algunas de las características de la vida moderna que damos por sentadas: la educación universal; el acceso a una atención sanitaria de calidad; la abundancia de agua corriente y limpia; la aplicación de la ciencia para aprovechar recursos que enriquecen nuestras vidas de innumerables maneras; los sistemas económicos que hacen posible un trabajo creativo y significativo; y las sociedades políticas basadas en los conceptos de gobierno por consentimiento, libertad de expresión, de reunión y la libertad de adorar a Dios, o a ningún Dios, según la conciencia individual.

Todos estos logros, aunque adoptados en muchas partes del mundo, fueron promovidos por inventores y pensadores de Occidente. Son los frutos de una civilización, en concreto, la nuestra.

El gran enigma

En su libro Civilización: Occidente y el resto, el historiador británico Niall Ferguson observa que el dominio de la cultura occidental durante los últimos 500 años es un hecho histórico asombroso que exige una explicación. “Es el relato central de la historia moderna”, escribe Ferguson. “Es quizá el enigma más difícil de resolver para los historiadores”.

En un entorno académico sano, se animará a las mentes jóvenes a lidiar con este enigma. En lugar de discutir sobre los méritos de los programas de apoyo a la diversidad, la equidad y la inclusión, un enfoque más sensato sería comprender cómo y por qué Occidente ha concedido un valor tan supremo al pluralismo, la equidad y la igualdad ante la ley. Como ninguna otra civilización a lo largo de la historia, Occidente ha intentado -con dificultad, sin duda- aplicar la Regla de Oro a su cultura política.

Esta fue una de las aportaciones más destacadas del filósofo inglés John Locke, considerado el padre del liberalismo político. De forma más convincente que ningún otro pensador, Locke ancló sus argumentos a favor de la libertad y la igualdad en una visión bíblica de la persona humana: el hombre como “hechura de Dios”, como dijo en su Segundo Tratado de Gobierno (1689). Igualmente importante, comprendió que estas ideas debían transmitirse a la siguiente generación. En Some Thoughts Concerning Education (1693), John Locke insistió en que “el bienestar y la prosperidad de la nación” dependían de la educación adecuada de los jóvenes.

El amor y la estima por el conocimiento

En el New College, esta educación implicará un sólido compromiso con un plan de estudios de artes liberales enraizado en las humanidades: las disciplinas de la literatura, la política, la filosofía, la historia y las artes, tal y como se han desarrollado en la tradición occidental. Los estadounidenses están inmersos en una discusión nacional sobre qué tipo de educación es esencial para nuestra democracia moderna. Sin embargo, hay menos debate sobre el terrible déficit de decencia y civismo en nuestra vida política y cívica. El precipitado declive de las artes liberales en la educación es sin duda parte de la razón.

También los contemporáneos de Locke se quejaban amargamente de los niveles degradados tanto de la virtud cívica como de la piedad personal. La tarea del educador en relación con su alumno, escribió Locke, “no es tanto enseñarle todo lo que se puede saber, como suscitar en él el amor y la estima por el conocimiento y ponerle en el buen camino para conocer y mejorarse a sí mismo, cuando se lo proponga”. Cultivar el amor al saber, no sólo por sí mismo, sino para la mejora de nuestras almas: Esta ha sido la contribución definitoria de la tradición liberal clásica en Occidente, una fuente profunda de su salud y vigor culturales.

Puede volver a serlo, si nos lo proponemos.

Ver también

Occidente acabó con la esclavitud. (Daniel Rodríguez Herrera).

Por qué falló el conservadurismo. (Claes G. Ryn).

‘The west and the rest’ (I)

Decir “Occidente y el resto” no tiene el carácter eufónico que sí le proporciona el inglés, West and the rest. Muchos podrán intuir que no es inventiva propia, sino que, esta frase la saqué al inmiscuirme en la obra de uno de mis filósofos de cabecera, el señor Roger Scruton. En su libro (2003) planteaba la cuestión desde una perspectiva de coche de civilizaciones (me recordó al célebre libro del politólogo Huntington) entre los valores occidentales y los islámicos, poniendo énfasis en la crisis moral que estamos viviendo en nuestros países.

Pero, más allá de cuestiones filosóficas, quien ha hecho una de las aportaciones más interesantes al tema que se desarrollará aquí es Niall Ferguson (2011) el cual no tuvo problema alguno en copiarle el título a Scruton. De hecho, es sorprendente que, a lo largo del libro, solo lo cite en dos ocasiones (la primera en una nota a pie de página, y segunda en la bibliografía). Sea como fuere, resolver porqué Occidente creció más que el resto es uno de los debates que más tinta ha derramado y, parece mentira a estas alturas, pero siguen floreciendo disquisiciones sobre la temática.  

Una de las cuestiones más obviadas en el debate político hodierno es la problemática de la desigualdad. Curiosamente, los precursores de la ciencia económica intentaban discernir cómo se había generado la riqueza. No es para nada extraño, dado que, la condición del ser humano a lo largo de la historia se ha caracterizado, para el 99,99% de la población, por la miseria, la agonía y un modus vivendi paupérrimo. Ergo, la riqueza es un hecho insólito, que merece, a mi juicio, mayor atención. En la Figura 1 se muestra el PIB per cápita mundial a lo largo de dos mil años, el llamado “Hockey Stick Growth”

Ya es mala suerte, para los detractores de la economía de mercado, que el crecimiento se diere en aquellos momentos en los que la Revolución industrial comenzó (mediados del s.XVIII), llegando a consolidarse un siglo después. De hecho, antes de 1800, el nivel de renta de las economías preindustriales (es decir, agrarias) aumentaba de forma muy tenue, y en caso de darse un crecimiento económico, no era ni acumulativo ni estable en el tiempo. Fue durante el s.XIX cuando el proceso de industrialización, las economías de escala y la producción en masa se fue difundiendo desde Gran Bretaña al resto de los países occidentales, para acabar desembocando en Norteamérica y Japón. Llegando así al punto donde, a mitad del s.XX, los tigres asiáticos, China, India o Brasil, se sumaron al crecimiento económico postindustrial hasta consolidarse, como los conocemos hoy, en economías emergentes.

Los agoreros del progreso tienden a focalizarse única y exclusivamente en el problema de la desigualdad, cuando esta es, simple y llanamente, la superación de la pauperización de la gran mayoría de personas. Puede haber desigualdad económica en tanto en cuanto haya una generación de riqueza. Como se muestra en la Figura 2, a través del cálculo de la distribución del coeficiente de Gini, la muestra engloba desde las sociedades del 10000 aC hasta el presente.

Los valores que usa el Gini son desde 0 (siendo esto la perfección en términos de igualdad), hasta 1 (siendo esto el grado superlativo de desigualdad). A veces viene representado como un múltiplo de 100, así el coeficiente de 0.5 es el equivalente del 50. El caso es que, donde había una perfección en cuanto a igualdad se refiere era en las sociedades cazadoras recolectoras (teniendo en cuenta que, de media, vivían aproximadamente 30 años). El máximo de desigualdad posible para que una sociedad sea viable desde un punto de vista puramente nutricional debería proporcionar a su población, el ingreso mínimo para subsistir, de ahí que en el Imperio Romano, el Gini fuere de alrededor del 0.55, y que, en las economías modernas de Europa o América del Norte, este esté entre el 0.97-0.98.

El principio detrás del coeficiente de Gini queda ilustrado gráficamente en la Figura 2, en su eje horizontal, el cual mide el porcentaje de economía doméstica en la población clasificada de acuerdo con sus ingresos (de menos a más) y en el eje vertical, la acumulación total, en términos porcentuales, de los ingresos. La línea recta representa el caso de la igualdad perfecta, en la cual, 10 unidades familiares adquieren el 10% de los ingresos (y así sucesivamente). Estas sociedades que se encuentran en los percentiles de igualdad absoluta serían sociedades sin estratificación social (o al menos, poco pronunciada), y con un acceso común al uso de recursos. Ergo, son aquellas sociedades donde la economía es de subsistencia donde puede darse el paraíso igualitario que algunos propugnan, desean los fines sin entender los medios (Persson, 2010, págs. 208-209).

Así pues, volvamos al s.XIX. Ya en 1820, existían diferencias de ingresos per cápita entre Europa y otras partes del mundo, pero ¿cuándo se distanció el Viejo Mundo de otros continentes, como Asia? Los economistas clásicos, especialmente Smith, habían defendido que, antes de la Revolución industrial, Europa ya había conseguido unos niveles de renta superiores a los que existían en Asia, una visión generalmente compartida por los historiadores económicos actuales.

La célebre escuela de California ha cuestionado este planteamiento, según el cual, a principios del siglo XIX, Europa ya disfrutaba de unos niveles de vida más altos que los logrados en Asia. De acuerdo con estos autores, hacia 1800 los ingresos y la productividad eran similares en las zonas más desarrolladas de Europa y Asia, y los mercados y las instituciones mostraban un nivel de desarrollo comparable en estas dos partes del mundo. En otras palabras, antes del siglo XIX el crecimiento europeo y el asiático habrían sido similares, y estas concomitancias se mantuvieron hasta la víspera de la revolución industrial. Sería después de 1800 cuando se produjo el sorpaso europeo que daría lugar a la “Gran Divergencia” entre Europa y el resto, cosa que habría dado pie a la desigualdad en los niveles de renta observada en la actualidad.

Esta polémica historiográfica ha dado lugar en la última década a una serie de investigaciones que apuntan en una dirección contraria, es decir, a favor de la idea previamente descrita por Adam Smith, según la cual las diferencias en los niveles de vida entre Europa y Asia ya eran sustanciales a finales del siglo XVIII (Broadberry y Gupta, 2006; Allen y otros, 2011). Según esta visión, la gran divergencia ya estaba en marcha antes de 1800. Aun así, el recurso a las cifras del PIB per cápita con objeto de evaluar los niveles de vida anteriores a 1800 resulta bastante problemático. Por un lado, la fiabilidad de las estimaciones para el período anterior al siglo XIX se reduce considerablemente (incluso hay disputas sobre los datos de 1820). Además, puede resultar arriesgado tomar como referencia el ingreso medio en el contexto de unas sociedades preindustriales que en muchos casos eran fuertemente desiguales