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Etiqueta: Partidos políticos

Refundar Ciudadanos: la quimera naranja

La formación naranja contó, y todavía cuenta, con un caladero de votos entre los que se identifican como liberales

A nadie se le escapa que el partido que un día casi atrapó al PP se encuentra hoy en horas bajas. Tras perder varios de sus gobiernos de coalición, su presencia en ejecutivos autonómicos (Murcia, Madrid, Castilla y León, y más recientemente, Andalucía), perdiendo incluso, en algunos casos, su representación parlamentaria, y ante unas encuestas que le sitúan también fuera del Congreso de los Diputados, Ciudadanos ha decidido refundarse.

A priori, lo de “refundación” puede sonar a estrategia de marketing para atender a las presiones internas que demandan cambios, o para recuperar notoriedad en prensa y redes sociales. Bien planteado, puede ser una buena oportunidad para definir una opinión propia sobre temas controvertidos en torno a los que otros partidos no quieren o no pueden permitirse hablar, para poner nuevas cuestiones en la agenda política, para llevar a cabo una defensa de un liberalismo más amplio y, quién sabe, si incluso así recuperar algo del voto perdido.

Inés Arrimadas durante el Comité Ejecutivo del partido político Ciudadanos, verano 2022.

Pero a la palabra “refundación” en este caso, le sigue la de “liberal”. Ciudadanos pretende así un rearme ideológico que les muestre, a ojos de sus electores y, en especial del votante liberal, que son la única alternativa con posibilidades y que tiene un discurso coherente en defensa de la libertad individual en todas sus esferas.

Ciudadanos nunca fue un partido liberal al uso. No es el FDP en Alemania, Iniciativa Liberal en Portugal, ni siquiera los tories en el Reino Unido. Y no, no basta con formar parte del grupo liberal del Parlamento Europeo o de la alianza mundial Liberal International. Tampoco basta con que algunas de los perfiles que engrosan las filas de las formaciones políticas tengan una trayectoria notable en la defensa del liberalismo. La ideología de líderes y figuras destacadas de los partidos no es baladí pero tampoco determinante. Ello dependerá de la posición de estos líderes y su capacidad para influir en la toma de decisiones y, en especial, en los posicionamientos del partido.

Los partidos, aunque parezca que cada vez es menos cierto, se nutren de ideas. Quizás un tanto inconcretas o incoherentes en algún momento, pero al fin y al cabo, ideas.

Liberalismo y feminismo

Hasta la fecha, lo único que sabemos de la refundación ideológica de Ciudadanos está recogido en el decálogo que compartieron hace unos días en su página web y sus redes sociales. Diez principios prudentes en algunos casos, inconcretos o incoherentes en otros, pero que dejan entrever algunos guiños para conectar con un electorado que poco a poco ha ido dejando de sentirse identificado con los planteamientos y decisiones tomadas por el partido. Quizás uno de estos planteamientos sea el adoptado respecto a las reivindicaciones de cierta parte del movimiento feminista.

El segundo de los diez mandamientos de la refundación, que habla de la igualdad de todos los ciudadanos, añade una referencia sobre el feminismo. En concreto, proclama la negativa a “aceptar interpretaciones divisivas del feminismo, ni de la redistribución ni de la brecha generacional”. Una afirmación ambigua que no deja claro lo que pretende expresar. ¿Un rechazo de la pluralidad de corrientes y posiciones intrínseca al movimiento feminista? ¿Un intento por recuperar las tesis que en 2015 les llevaron a proponer la reforma de Ley Integral contra la Violencia de Género y que fueron cediendo a favor de las presiones de la izquierda hegemónica?

Si bien el primero de los principios del decálogo proclama la protección de la esfera individual y la autonomía de las personas y situaba la libertad como único dogma, el quinto punto recoge una afirmación un tanto peliaguda. A saber, el reconocimiento de los elementos prepolíticos que conforman la nación y la preexistencia de la misma a la formación de nuestra democracia. Todo ello sin especificar de qué elementos se trata o cuál es su importancia y, dejando algunas dudas sobre la posición jerárquica en la que se sitúan esos elementos respecto de los derechos y libertades de los individuos.

Derechos humanos

El séptimo punto del decálogo parece abrir una brecha en la línea políticamente correcta que había asumido la formación naranja en los últimos años, si bien se echa en falta una mayor contundencia. La afirmación que “la mejor manera de proteger el medio ambiente es fomentar el desarrollo económico y la investigación” junto con la mención a cómo “la inestabilidad internacional obliga a dotarnos de los recursos suficientes” deja entrever una tímida crítica a la situación en la que las políticas ecologistas aplicadas hasta el momento nos han dejado. Subordinando la libertad individual ante medidas que, o bien no contaban con respaldo empírico alguno o que nos han dejado a merced de las decisiones de países que no respetan los derechos humanos, el imperio de la ley o la soberanía de Estados independientes.

Lejos de caer en un discurso ingenuo, pues quien esto escribe es consciente de las dinámicas propias de la política que alejan a los legisladores de la realidad cotidiana o de que las purezas ideológicas se terminan cuando los partidos empiezan a ganar notoriedad, votos, y no digamos cuando tocan poder, todas estas cuestiones no pueden ser la excusa a la que aferrarse para renunciar a los principios.

Los principios sirven para dar contenido y desarrollar posicionamientos políticos, sirven de guía y, sobre todo, de línea roja, pero necesitan coherencia y concreción. Son las decisiones concretas y la coherencia entre ellas, y no las declaraciones de principios, las que miden el compromiso de una formación política con unas ideas.

Ciudadanos contó, y todavía cuenta, con un caladero de votos entre los que se identifican como liberales. Según el último barómetro del CIS (julio 2022), el 36,8% de quienes se dicen liberales votarían en unas supuestas elecciones generales a Ciudadanos, frente al 24,6% que lo haría por VOX y el 22% que se decantaría por el PP. De la habilidad de quienes lideran la refundación y de la valentía, coherencia y credibilidad que transmitan al electorado, dependerá que sean capaces de aglutinar un mayor porcentaje.

Política de bloques, callejón sin salida

El multipartidismo surgido en 2015, en parte como institucionalización de las demandas del 15-M, transformó el panorama político imperante desde la Transición. Parecía que los partidos de la “nueva política” (Ciudadanos y Podemos) podían romper con la tradición de gobiernos monocolor y monoideológicos, sustituyéndola por gobiernos de coalición más transversales que permitieran la realización de reformas de calado y potenciasen una mayor rendición de cuentas. Sin embargo, diversos acontecimientos y dinámicas recientes parecen confirmar que ese escenario está cada vez más alejado.

La primera causa del bibloquismo español es la destrucción de Ciudadanos como partido capaz de llegar a acuerdos a izquierda y derecha. Tras la descomunal crisis de 2008, se abrió paso en España un escenario multipartidista que reemplazó al bipartidismo imperfecto que funcionaba hasta el momento. Una época en la que quedaba patente la necesidad de reformas estructurales, que requerían del establecimiento de acuerdos sólidos (no únicamente de investidura, sino también de legislatura) entre las distintas formaciones. Sin embargo, las encuestas parecían mostrar a un Ciudadanos con potencial para arrebatar al PP la primacía en el centro-derecha e incluso de liderar un gobierno alternativo al PSOE. A la luz de estos resultados, Albert Rivera decidió romper con cualquier posibilidad de pacto con Pedro Sánchez y tomar al PP como socio preferente también en autonomías y municipios.

La segunda causa se encuentraen lo que Juan Millán ha denominado “la catalanización de la política española”. Esto es la traslación de muchos de los rasgos del procés a la política española, como la polarización, la inexistente asunción de responsabilidad de los gobernantes y la ausencia de actividad legislativa sustancial.

Diversos informes publicados por EsadeEcPol (aquí y aquí) nos muestran cómo la polarización afectiva, entendida como la “distancia emocional entre el afecto que despiertan quienes simpatizan con nuestras mismas ideas políticas en contraposición con el rechazo hacia quienes tienen opiniones distintas” ha aumentado en los últimos años y se ha disparado muy especialmente en los períodos electorales. De hecho, España se encuentra entre los países con mayor polarización afectiva del mundo. Esta polarización se produce, en mayor medida, dentro de los propios bloques ideológicos. “Las afinidades con los partidos del mismo bando parecen aumentar a la par que crece la animadversión hacia los partidos de la otra orilla ideológica”, comenta Orriols, politólogo y autor de uno de los informes antes mencionados. Además, cuanto más extrema es la posición de un partido, más polarizados se encuentran sus votantes, imposibilitando así cualquier trasvase de votos y cualquier tipo de pacto transversal.

Esta polarización ha institucionalizado en España una política de bloques cerrados en relación al eje izquierda-derecha, pero también a la cuestión nacional. Por un lado aparece el bloque de la izquierda, con PSOE, Podemos y Más País, al que se han sumado nacionalistas e independentistas; y por el otro el bloque de la derecha, con el PP y Vox, así como Ciudadanos de forma intermitenteUPN (dentro de Navarra Suma), Foro Asturias, e incluso Coalición Canaria. Dentro de cada sector del espectro, los partidos más extremos ejercen una fuerza centrífuga que termina por radicalizar las posiciones de los partidos mayoritarios ante el temor de perder votos en favor de los primeros, lo que hace cada vez menos atractivo el centro. La imposibilidad (por falta de voluntad) de pactos interbloques otorga un poder de veto sin precedentes a esas formaciones minoritarias de cada bloque. Esta capacidad de chantaje desincentiva este tipo de pactos lo que aumenta su coste electoral. Cuando estas alianzas se intentan, como hizo Inés Arrimadas durante la negociación de los presupuestos del Gobierno de coalición, los partidos que las promueven suelen ser acusados de traición por sus compañeros de bloque. Traición que se consagra no sólo con la alianzas puntuales sino incluso por la votación conjunta de algunas leyes. Esto último le pasó a Vox cuando apoyó el decreto de los Fondos Europeos.

La supremacía de lo identitario (ideología, identificación partidista o identidad nacional) a la hora de decidir el voto, tan característica de las sociedades polarizadas, frente a la valoración de cuestiones como la gestión y las políticas públicas, dificultan todavía más la rendición de cuentas. Un votante muy polarizado, que anteriormente podría haber oscilado entre las dos formaciones del bipartidismo, tiene escasos incentivos para salir de su bloque. Los ciudadanos no castigan debidamente la mala gestión y las malas decisiones porque son los sentimientos los que dirigen su voto. Y mientras estas dinámicas no sean desplazadas, los partidos saben que no cumplir su programa e incluso traicionar algunas de sus reivindicaciones históricas, puede salirles gratis. La política catalana es el ejemplo más claro de ello.

Si comparamos los resultados de las últimas elecciones en Cataluña con los de 2017, percibimos mucho movimiento, movimiento que no se traduce en grandes cambios. Ciudadanos pasaba de ser primera fuerza política con 36 escaños, a conseguir solo 3, y era sorpasado por un partido hasta el momento extra-parlamentario como Vox; el PSC pasaba de cuarta a primera fuerza, doblando su número de escaños; y ERC le arrebataba a Junts per Catalunya el liderazgo del bloque independentista. Pero si nos fijamos más detenidamente, ese cambio en los resultados no se ha traducido en un cambio en las mayorías: el bloque independentista sigue teniendo mayoría para gobernar.

Aunque existía una mayoría alternativa de izquierdas que pasaba por unir a ERC, PSC y Els Comuns, una opción que había sido posible en la Cataluña pre-procesista hasta en dos ocasiones, esta vez se aventuraba imposible. Y lo era porque la presión que ejercen las formaciones más “radicales” en uno y otro bloque, pero sobre todo y en este caso en el bloque independentista, había provocado que una decisión así pudiese tener unos costes muy elevados. Finalmente, las principales organizaciones civiles independentistas terminaron por dinamitar esta posibilidad obligando al líder de los republicanos a firmar un documento -junto al resto de fuerzas independentistas- por el que se comprometía a no pactar un gobierno con los socialistas.

En Cataluña, en las últimas dos legislaturas, apenas se han aprobado leyes relevantes, muchas de las cuales han invadido competencias estatales y se ha abusado como nunca de la figura del decreto-ley. Esto es un problema cuando existen retos que es preciso abordar como la redacción y aprobación de una ley electoral propia o la reforma de la función pública. Empero, cuando se institucionaliza una política de bloques como la que lleva años instalada en esta comunidad y que se ha trasladado al resto del Estado, todo se mueve para que en realidad no cambie nada. Únicamente se reajustan las fuerzas de cada partido dentro de su respectivo bloque. Esta situación favorece la política de gestos, la falta de ambición política y la ausencia de diálogo y actividad legislativa relevante. ¿Para qué voy a llegar a acuerdos con los diferentes si puede que mi electorado lo castigue en unas futuras elecciones?