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Etiqueta: Pensamiento liberal

Lección de Rafael Termes para profesionales

Si tuviera que elegir una útil enseñanza de entre la obra de Rafael Termes para despejar la incertidumbre de mañana mismo, optaría sin duda por su honda interpretación de la ética profesional y empresarial. Dejo atrás, ya sé, su teoría del riesgo creador, el curso sobre inversión y riesgo de capital o sus fecundos ensayos acerca de las raíces filosóficas del liberalismo, pero este comentario debe ser breve y prefiero hoy distinguir la ética que me vale – nos vale- para la inmediatez de cada día.

Termes señaló en “Antropología del capitalismo” tres tipos de éticas en las organizaciones: una ética de las consecuencias (“No hagas esto por el que dirán”), una ética de las advertencias (“No hagas aquello porque lo prohíbe el código”) y una preferible ética de las calidades o competencias que con afán superador demuestra la estrechez de miras de las dos anteriores. Termes no apreció demasiado la exigencia de leyes de buen gobierno corporativo y el siguiente párrafo refleja la quintaesencia de su pensamiento al respecto:

Este enfoque…tiene el inconveniente de dejar en el hombre la sensación de que a fuerza de abstenerse de todo lo que no se puede hacer, está sacrificando su excelencia profesional en aras de una mínima honradez humana. La verdadera solución para salir de esta reductiva interpretación de la ética, consiste en entender que no hay contradicción alguna entre calidad profesional y calidad humana. Es más, que no puede haber calidad humana sin calidad profesional. Es decir, la excelencia profesional exige como condición necesaria, aunque no suficiente, el desarrollo de todas las virtudes humanas, vividas, precisamente, en el ejercicio de la propia profesión. Es un error pensar que las exigencias éticas son algo ajeno a la profesión, es decir, que afecta a las personas en cuanto personas con independencia de cuál sea su profesión La verdad es que las virtudes- que, efectivamente, todo hombre debe vivir- se concretan y especifican en la profesión.

Me ha entristecido su repentino fallecimiento porque no hace mucho, en un acto público, le vi resuelto y con genio; la única ocasión que tuve de cruzar dos palabras con él. Siempre parece que los sabios viejos del lugar nunca se desvanecen, que han de permanecer junto a nosotros en cada ocasión que nos apetezca, pero en realidad nunca aprenderemos a despedirnos bien de ellos.

A mí me da igual a qué institución religiosa pertenecía Rafael Termes, porque lo que queda finalmente de este emprendedor – su legado iusnaturalista – creo que seguirá resultando estimulante. Desconozco si sus escritos vinculando al Vaticano con los fulgores de la economía de mercado fueron siempre acertados o no, y supongo que en una dilatada trayectoria como la suya aparecieron, por qué no, momentos para la controversia. Pero de lo que no cabe duda es de su honestidad intelectual, manifestada incluso en su ultimísimo artículo en torno a la unión entre personas del mismo sexo. En Termes nunca parecieron darse las condiciones de prudente adaptación a los tiempos, que su admirado Josef Pieper definió así: prudente es el que sabe cuidarse de no pasar por el apurado trance de tener que ser valiente.

Considero que los liberales de variada condición acabamos de perder un maestro, y que cada uno lo entienda en su oportuna y personal medida. Observo que el solar hispano no anda sobrado de maestros del liberalismo. Debemos cuidarlos. Y que cuiden a sus seguidores, claro. O sea, que no nos defrauden. Rafael Termes nunca lo hizo.

¿Gradualismo o abolicionismo?

¿Hay que desmantelar el Estado intervencionista paso a paso o de golpe?¿Con qué presteza habría que recorrer el camino hacia la libertad? Es obvio que una respuesta formulada desde el liberalismo no puede entrar en contradicción con sus mismos principios. No cabe, en la defensa de la libertad, abogar por una subida de impuestos o por un endurecimiento de la guerra contra las drogas. Pero no basta con virar el rumbo y enfilar en la dirección contraria para estar en armonía con los derechos naturales. Es preciso atender también a la intensidad con la que éstos se persiguen.

Si el liberalismo, por ejemplo, tiene por injusta la esclavitud, no puede proponer en un plano abstracto que ésta se extinga paulatinamente en un determinado intervalo de tiempo, pues sería tanto como decir que durante el lapso en el que perdura no es injusta y condenable. Así, por lo mismo que está en conflicto con la ética de la libertad reivindicar medidas que invaden los derechos individuales, también está en conflicto suscribir la prolongación de medidas que violentan esos derechos. Los liberales en este sentido, pues, deben ser filosóficamente abolicionistas: si la esclavitud es injusta debiera extinguirse por completo de inmediato. Distinta cuestión es que, en efecto, vaya a suceder tal cosa. En palabras de Lloyd Garrison, “nunca hemos dicho que la esclavitud será destruida de golpe; lo que siempre hemos asegurado es que así debería ser”. No hay lugar para compromisos en la teoría que no socaven la propia causa. Idealmente no es inconcebible que la libertad plena impere ipso facto puesto que, como indicó Rothbard, las injusticias son acciones de unos hombres contra otros y de su voluntad depende el que sigan produciéndose. Si repentinamente todos convinieran en que la libertad es el valor más preciado la agresión desaparecería al instante. Pero qué duda cabe de que no es sensato esperar que esto suceda, aun cuando idealmente sea posible. Entonces, si al abolicionista le está vedada la consecución inmediata de su objetivo, ¿debe renunciar a todo progreso parcial?¿Debe oponerse el abolicionista al gradualismo en la práctica?

A lo que debe oponerse el abolicionista es al gradualismo en la teoría, no al gradualismo en la práctica. Allí donde no pueda avanzarse de un salto o a zancadas no es reprobable sino exigible avanzar a pasos pequeños. En un contexto en el que no es factible acabar con la esclavitud el abolicionista no puede menos que demandar la liberación de tantos esclavos como sea posible aunque eso signifique salvar sólo a unos pocos. No suscribe prolongación alguna de la esclavitud, pues si de él dependiera la suprimiría entera. No ha renunciado a nada, pues aquello que no puede conseguir simplemente no está en su mano.

Dos requisitos, siguiendo a Rothbard, son necesarios tener en cuenta cuando se procede gradualmente: primero, no perder nunca de vista el objetivo último, la libertad plena, resaltando asimismo que se avanza sólo un poco porque no puede avanzarse más, no porque sea bueno dar un paso pero no dos. Segundo, no retroceder jamás, ni aun por un lado para conseguir algo por otro, ni emplear medios que estén en conflicto con aquello que se pretende alcanzar.

El gradualismo en la teoría, advirtió Lloyd Garrison, es la perpetuidad en la práctica. Por ello en defensa de la libertad hay que ser abolicionistas en la teoría y en todo caso gradualistas en la práctica. Se trata, en suma, de ser en la práctica tan abolicionistas como la realidad lo permita. Dando pasos cortos en la dirección correcta donde no puedan darse más largos, siempre con la vista fija en el horizonte.

Utilidad marginal y liquidez

Carl Menger, el padre de la Escuela Austriaca, revolucionó la ciencia económica en 1871 con sus Principios de Economía Política, al descubrir la utilidad marginal decreciente. Brevemente, la utilidad marginal viene a decir que la utilidad de conjunto de productos sustituibles entre sí viene determinada por el fin al que satisface la última unidad; lógicamente, dado que con unidades iguales perseguimos cada vez fines menos valiosos, esa utilidad era decreciente.

Sin embargo, Menger también hizo importantísimas aportaciones a la teoría monetaria; aportaciones que, en muchos casos, no sólo han pasado desapercibidas para una ciencia económica corrupta por el neoclasicismo, sino también para la Escuela Austriaca.

Menger afirmó que el dinero surgió espontáneamente, como una generalización del bien económico más líquido. Pero, ¿qué era la liquidez? Para definirla, observó que todo producto pujaba en el mercado entre dos precios, el precio ofrecido al que se quería comprar y el precio pedido al que se quería vender. Cuanto mayor era la cantidad de bienes comerciada, mayor era el margen (spread) entre ambos precios. Pues bien, para Menger un bien era más líquido que otro cuando su spread aumentaba más lentamente conforme incrementábamos la cantidad.

En realidad, Menger no tenía necesidad de hablar de márgenes y spread. Había ya desarrollado el instrumental analítico suficiente como para definir liquidez en términos más precisos. Y es que, como hemos visto, la utilidad de un bien siempre decrece conforme aumenta su cantidad. Por tanto, necesariamente, el margen entre sus precios tiene que incrementarse. Una parte tendrá que ofrecer a la otra cantidades crecientes del bien, ya que la utilidad del bien recibido disminuirá conforme le ofrezcan una mayor cantidad. Sólo cuando los bienes líquidos entran en escena, una parte (el comprador con dinero) no necesita ofrecer a la otra (vendedor sin dinero) una función creciente del bien, pues la utilidad marginal del dinero disminuye muy poco a poco.

Así, diremos que un bien es más líquido que otro cuando su utilidad marginal disminuya más lentamente. Por supuesto, un tipo de dinero será de mayor calidad que otro cuando sea más líquido.

Otro gran teórico de la liquidez, Antal E. Fekete, ha entendido perfectamente esta idea al sostener que el oro tiene una utilidad marginal constante. No es necesario decir que ningún bien puede tener una utilidad marginal constante, pero la idea subyacente a la afirmación de Fekete es que su utilidad es la que más lentamente disminuye. Además, Fekete ha completado la liquidez definiéndola en su doble perspectiva, espacial y temporal. El bien más líquido es el más transmisible o vendible, aquel generalmente aceptado sin que al incrementar su cantidad disminuya su valor. Sin embargo, este punto de vista espacial debe completarse con el temporal: la atesorabilidad.

Si un bien, por ejemplo, se deteriora con el paso del tiempo, tendrá una gran liquidez durante una temporada, pero luego la irá perdiendo. Una mercancía es atesorable cuando pueda venderse o comprarse con las menores pérdidas posibles en pequeñas cantidades, esto es, cuando su utilidad marginal aumente más lentamente conforme se disminuya la cantidad.

Por ejemplo, en la Edad Antigua el ganado era el bien más líquido espacialmente. Todo propietario de ganado sabía que en cualquier otra parte del continente se lo aceptarían como “moneda de cambio” (de hecho, la palabra pecus significa ganado y de ahí se derivó posteriormente la palabra pecunia, moneda). No obstante, el ganado era muy poco líquido intertemporalmente; si yo atesoraba ganado, con el paso del tiempo envejecía y moría. De ahí que para traspasar la riqueza a lo largo del tiempo se adoptara la sal (de ahí la palabra salario).

Más recientemente, la dualidad espacial-temporal ganado-sal se sustituyó por oro-plata. El oro servía para grandes transacciones interespaciales, pero su fragmentación era muy costosa, de manera que se adoptó la plata para atesorar valor intertemporalmente. Sólo cuando durante el s.XIX los avances metalúrgicos hicieron posible reducir el coste de la fragmentación del oro, éste se impuso como el dinero de mayor calidad, el más líquido, tanto en el espacio como en el tiempo.

Por tanto, hemos visto como el concepto de utilidad marginal mengeriano nos sirve para explicar la liquidez del dinero sin necesidad de recurrir a los márgenes de precios. Un bien es líquido interespacialmente cuando su utilidad disminuye muy poco a poco conforme se incrementa su cantidad; un bien es líquido intertemporalmente cuando su utilidad aumenta muy poco a poco conforme se reduce su cantidad. En ambos casos, hoy por hoy, el oro es el bien más líquido y de mayor calidad.

Orígenes del pensamiento progre

La revolución frustrada: Lenin y Rosa Luxemburgo

Tras la primera Guerra Mundial y el hundimiento de la II Internacional Socialista, una vigorosa corriente doctrinal dentro del marxismo, sobre todo a partir de 1945, da por periclitada la teoría leninista de la conquista violenta del poder por la clase proletaria. En lugar de asaltar el Estado para cambiar la mentalidad de la sociedad, los izquierdistas acomodados en las sociedades del bienestar (socialdemócratas), adoptan la tesis contraria.

Es necesario primero transformar radicalmente el alma humana, para que el poder caiga en manos de la izquierda, en palabras del propio Gramsci, “como fruta madura”. El gusto por la contracultura, el antiamericanismo primario, el ecologismo furibundo, el pacifismo a la violeta y, en general, la predilección de la progresía contemporánea por todos los enemigos del sistema occidental, tienen su origen en este revisionismo marxista de principios del siglo pasado.

A comienzos del Siglo XX, los teóricos de la II Internacional consideraban que los conflictos sociales acabarían lanzando violentamente a un proletariado, cada vez más depauperado y numeroso, contra la minoritaria clase burguesa, dando como resultado el triunfo de la revolución socialista.

En la verborrea marxista clásica, a un cambio sustancial en las condiciones económicas de la sociedad (infraestructura) seguiría de forma inexorable una mutación del pensamiento y la moral colectivas (superestructura), naciendo el hombre nuevo que cumpliría, por fin, el ideal socialista anunciado por sus profetas. Convencidos de que el futuro estaba predeterminado por las leyes de la dialéctica, la implosión definitiva del capitalismo y la llegada de la revolución proletaria, eran, tan sólo, una mera cuestión de tiempo.

Es necesario reseñar, sin embargo, que junto a esta corriente de marxismo contemplativo, coexistían enérgicos líderes partidarios de “ayudar” a la historia a cumplir sus designios. Era el caso de Rosa Luxemburgo y su “gimnasia revolucionaria”, que las masas debían ir practicando para que el advenimiento marxista no les cogiera con las articulaciones morales anquilosadas, o el más clásico ejemplo de Lenin, que, bastante más desconfiado, no creía que el sistema capitalista fuera a reventar por sí sólo de un día para otro (las famosas “contradicciones internas”); por el contrario, según Lenin, era necesario colaborar de forma exógena con esas contradicciones, inoculando al proceso las dosis necesarias de lucha revolucionaria, hasta llegar a la toma violenta del poder por la clase proletaria, que era, por otra parte, de lo que se trataba.

Cuando los vientos que anunciaban el inicio de la primera Guerra Mundial empezaron a recorrer Europa entera, los dirigentes marxistas creyeron ver la oportunidad definitiva para el triunfo de la revolución proletaria en todo el continente. Según la ortodoxia marxista, la clase trabajadora debía responder de forma homogénea ante el conflicto, al margen de los intereses de las burguesías dirigentes nacionales, negándose a luchar contra sus hermanos de clase. La tremenda crisis abierta por una guerra dentro del sistema continental capitalista, no podía tener mas que una salida: La Revolución. La famosa moción de Stuttgart de la II Internacional, proclamada en 1907, era suficientemente explícita al respecto:

“En caso de que la guerra llegase a estallar, los socialistas tienen el deber de intervenir para hacerla cesar inmediatamente y de utilizar con todas sus fuerzas la crisis económica y política creada por la guerra, para hacer agitación entre las capas populares más amplias y precipitar la caída de la dominación capitalista”.

Sin embargo, las previsiones optimistas de la Internacional acabarían en un completo desastre y, por extensión, supondrían el final de la propia organización, pues, a excepción de Rusia y Serbia por motivos muy concretos, los socialistas, junto con los sindicalistas y los anarquistas, participaron mayoritaria y entusiásticamente en la Unión Sagrada con sus clases dirigentes para la defensa nacional. En 1914, los socialdemócratas alemanes -al igual que sus correligionarios ingleses y franceses en sus respectivos parlamentos- votaron en el Reichstag como un sólo hombre a favor de los créditos de guerra, aspecto éste terminantemente prohibido por la II Internacional y reivindicado en sus distintos congresos. En todos los países involucrados en el conflicto bélico, los obreros, dirigidos por sus partidos de corte socialista, fueron alegremente a la lucha en defensa de sus respectivas naciones (y no de sus intereses de clase) dejando “la revolución” para otro momento. Los dirigentes marxistas, seguros como estaban de la infalibilidad de sus análisis materialistas, quedaron petrificados por esta orgía obscena de patriotismo proletario.

Rosa Luxemburgo, comunista germano polacaNi siquiera el estallido de la Revolución Rusa fue estímulo suficiente para que en los frentes, las masas proletarias entraran en razón e hicieran de una vez lo que la Historia y sus ungidos dirigentes esperaban de ellas. En lugar de ello, los espartaquistas alemanes, que vieron en la revolución bolchevique la ocasión perfecta para agitar las conciencias de los trabajadores de forma irreversible, fueron molidos a palos ¡por sus hermanos de clase! (los grupos paramilitares encargados de la represión fueron dirigidos por el socialdemócrata Noske, que cumplió este cometido, forzoso es decirlo, con singular eficacia). Rosa Luxemburgo, líder del levantamiento, experimentó en sus propias carnes la “gimnasia” que ella misma pregonaba a las masas, aunque en este caso no fue precisamente revolucionaria si no más bien todo lo contrario, y acabó asesinada a bayonetazos y arrojada a un canal, descubriéndose su cadáver varios meses más tarde; otros levantamientos similares en Baviera o Budapest fueron igualmente aplastados con facilidad. Los trabajadores del mundo se unían, sí, pero no para acabar con el capitalismo, sino para moler a palos a los que trataban de organizar la revolución marxista en su nombre.

Parecía increíble pero, aunque las previsiones establecidas por la dialéctica marxista, cuyo cientifismo histórico estaba fuera de toda duda, vaticinaban el fin del sistema burgués capitalista tras el cataclismo bélico y el advenimiento inexorable de la dictadura del proletariado, el resultado fue exactamente el contrario.

Era imperativo, por tanto, un cambio de estrategia radical. Si la imposición violenta del paradigma marxista resultaba un evidente fracaso aún en las circunstancias más favorables para la agitación revolucionaria, la clave estaba en modificar las conciencias (superestructura) a través de la cultura, los medios de comunicación, las universidades y demás centros de pensamiento, hasta que el poder cayera en el regazo marxista, recordemos, como fruta madura. Al estudio de esta estrategia dedicaremos la próxima entrega de esta serie.

Propaganda y subversión: Gramsci y Münzenberg

Probablemente, Antonio Gramsci fue el primer intelectual marxista que comprendió la necesidad de trasladar la lucha de clases al terreno de la cultura de masas. Junto a Lukacs, otro teórico del “terrorismo cultural” según su propia definición, sentaría las bases para el acceso al poder mediante la demolición de los pilares morales de la tradición judeocristiana. Finalmente Willi Münzenberg, principal dirigente de la Kommintern en la primera mitad del Siglo XX, se encargaría, con eficacia estalinista, de extender por occidente las consignas para la subversión.

El comunista Antonio Gramsci, uno de los pocos dirigentes marxistas a los que el fanatismo ideológico no le impedía cierta capacidad para el frío análisis, percibió tras su primera visita a la URSS que el comunismo no funcionaba como sistema de organización social y que, de hecho, sólo subsistía penosamente bajo regímenes que empleaban el terror de masas como arma para la obediencia política.

Cuando Mussolini, el socialista –conviene no olvidarlo– que acabó creando el fascismo, llevó a cabo su marcha sobre Roma, Gramsci puso en práctica la táctica habitual de los dirigentes comunistas en tiempos de crisis: Salir huyendo a uña de avión (en España, los cuadros dirigentes del PCE protagonizaron episodios similares al final de la contienda civil. Otros camaradas, a falta de aviones soviéticos, utilizaron ambulancias de la Cruz Roja, llenas por cierto de alhajas y otros objetos valiosos, para pasar la frontera evitando los rigores de una huida a pié con los nacionales pisándoles los talones, como es bien conocido).

Ya en Rusia, pues ningún otro destino era más apropiado para el exilio de un fervoroso marxista, el italiano, haciendo gala de una honestidad intelectual a la que fue ajeno el resto de “tontos útiles” (Lenin dixit), que volvían de sus visitas a la URSS cantando glorias sin fin del sistema bolchevique –“la libertad de crítica en la URSS es total”, proclamaba solemne Jean-Paul Sartre tras una de sus giras turísticas al paraíso proletario–, consignó con frialdad la terrible aberración que constituía el régimen soviético, así como los sufrimientos sin fin que provocaba entre la población.

Puesto que la dialéctica marxista como herramienta analítica no podía haber perdido su infalibilidad, la causa de este rotundo fracaso había que buscarla en la tradición judeocristiana, que durante dos mil años había estado infectando el alma de occidente hasta hacerla irrecuperable para el ideal comunista. La propiedad privada como pilar del sistema económico, la familia como forma de organización social y una determinada tradición moral ampliamente compartida, impedían que la historia fluyera en la dirección prevista por los científicos del marxismo.

Finalizado este breve trabajo de campo por tierras bolcheviques –y horrorizado tras comprobar los métodos de un Stalin recién llegado al poder– Gramsci volvió a su país con la intención de liderar el Partido Comunista Italiano. Sin embargo, Mussolini tenía planes distintos para el futuro del líder comunista en Italia, así que le metió en la cárcel y tiró la llave.

En este régimen de enclaustramiento obligado, tan favorable para el recogimiento espiritual y la reflexión serena que requiere toda empresa intelectual de campanillas, Gramsci teorizó brillantemente sobre la necesidad de subvertir el sistema de valores occidental como elemento previo e imprescindible para el éxito del ideal comunista. Para ello, concretó el italiano, era requisito imprescindible ganar para la causa marxista a los intelectuales, al mundo de la cultura, de la religión, de la educación, en definitiva a los sectores más dinámicos en el mundo de las ideas, con la seguridad de que en unas cuantas generaciones cambiaría radicalmente el paradigma dominante en occidente. Sus Cuadernos de la Cárcel, son el compendio indispensable para comprender las claves de este cambio de estrategia. De la importancia seminal de este trabajo, puede hacerse el lector una idea tan sólo indagando en internet a través del motor de búsqueda más popular, utilizando las palabras “quaderni” y el nombre del italiano: el primer resultado que aparece, si se solicitan sólo páginas en español, es un estudio hagiográfico de la obra de Gramsci editado por la UNESCO, quizás el mayor conciliábulo de tontos útiles del planeta, lo que, dicho sea de paso, confirma plenamente las teorías del aludido.

Por su parte el húngaro Gregory Lukacs, otro brillante teórico totalitario, llegaba en sus análisis a las mismas conclusiones que su colega italiano. Lukacs, además, tuvo la oportunidad de poner en práctica sus teorías durante la breve dictadura de Bela Kum, bajo la que desempeñó las funciones de comisario para la cultura. En el breve plazo que duró en Hungría la dictadura comunista, Lukacs –¿Quién nos librará de la civilización occidental?– instauró, como parte de su proyectado terrorismo cultural, un radical programa de educación sexual en los colegios, en el que los niños eran instruidos en las bondades del amor libre y los intercambios sexuales, así como en la naturaleza irracional y opresora de la familia tradicional, la monogamia o la religión, que privaban al ser humano del goce de placeres ilimitados. Como se puede ver, los patrones intelectuales de la generación del baby boom tienen su origen en el programa ideológico diseñado por el húngaro con medio siglo de antelación. Nada nuevo bajo el sol.

Es importante insistir en que Lukacs y Gramsci coincidían plenamente con los objetivos finales del marxismo clásico y su diseño de una sociedad nueva, modulada bajo los parámetros de la ingeniería social comunista. Lo único en lo que diferían respecto a sus antecesores era en los medios para alcanzar esos fines. Aunque nuestros progres actuales lo ignoren (como tantas otras cosas), éste es el origen doctrinal del progresismo contemporáneo. De hecho, podríamos decir que Gramsci y Lukacs son los padres intelectuales del progre del Siglo XXI, y si la izquierda de a pié prefiriera la lectura sosegada a la deglución acrítica de mantras prefabricados, los institutos de la LOGSE y las aulas universitarias estarían llenas de camisetas con la imagen de estos dos precursores de la revolución cultural, en lugar del sempiterno Ernesto Guevara. Ambos pusieron las bases de la contracultura que nuestros progres adoptaron como propia a partir de los años 60, cuyo fin es erosionar las bases del sistema de vida de occidente y hacer posible el sueño marxista de una sociedad en la que propiedad privada, familia y tradición moral acaben siendo reliquias del pasado.

Pero estos escarceos teóricos no hubieran tenido apenas virtualidad en la forma de vida occidental sin la participación de la más formidable maquinaria de propaganda marxista. Hablamos, naturalmente de la Kommintern, o Internacional Comunista, dirigida por un genio de la infiltración y el agit-prop como Willi Münzenberg.

Münzenberg había sido compañero de Lenin ya en su etapa suiza, antes de la revolución bolchevique. Una vez conquistado el poder, el nuevo líder soviético le puso a trabajar junto a Karl Radek –un intelectual radical polaco dedicado a “racionalizar” las ideas revolucionarias–  y Félix Dzerzhinsky –creador de la Cheka e inventor de la policía secreta como instrumento de terror revolucionario–, convirtiéndose en el responsable directo de las operaciones de propaganda en occidente.

Münzenberg utilizó la Kommintern para la consecución de un objetivo muy sencillo en su definición, pero tremendamente complicado de llevar a cabo. En esencia, su misión fue inocular en la conciencia de occidente, como una segunda naturaleza, la idea de que cualquier crítica o reproche al sistema soviético sólo podía provenir de personas fanáticas, fascistas o sencillamente estúpidas; mientras que los partidarios del comunismo eran, por el contrario, gente con una mente avanzada, partidarios del progreso de la humanidad y tocados por un halo especial de refinamiento intelectual. Para ello, los hombres de Münzenberg contaron con la colaboración, dentro de occidente, de una auténtica pléyade de escritores, periodistas, artistas, actores, directores de cine, científicos o publicistas,  de Ernest Hemingway a John Dos Passos, de Bertolt Brecht a Dorothy Parker, dispuestos a defender una imagen idealizada del sistema comunista y a esparcir por el mundo las bondades del régimen soviético. Sobre la opinión que el propio Münzenberg tenía de todos ellos, baste señalar el calificativo que empleaba en privado para definirlos: “El club de los inocentes”.

Bajo su dirección, la Kommintern se convirtió en el primer “multimedia” de la Historia, con decenas de periódicos, revistas, editoriales, estaciones de radio o productoras de cine formando un complejo entramado dispuesto para la difusión del tipo de mensajes que interesaba a la dirección comunista. El éxito de la estrategia, pudo influir en su posterior reproducción a escala nacional por parte de corporaciones empresariales privadas, cercanas a los centros de poder socialista y con algunos ejemplos exitosos bien conocidos,  cuya condición empresarial, rabiosa y saludablemente capitalista, no entorpece su particular empeño en la difusión de los dogmas típicos de la vulgata marxista en contra de la globalización, el libre mercado, los EEUU o la moral judeocristiana de los que se nutre diariamente su parroquia.

Münzenberg, además, fue el creador de la figura de la “agencia de noticias”, que bajo su inspiración servía tanto para labores de intoxicación informativa como para ocultar excelentemente a los hombres encargados de las tareas de espionaje en los países anfitriones.

Pero además de la Kommintern de Willi Münzenberg, la llamada Escuela de Francfort, fundada por Lukacs y otros miembros del Partido Comunista Alemán, estaba llamada a desempeñar un papel directo en las tareas de subversión cultural, especialmente en los Estados Unidos de Norteamérica, donde recaló huyendo del nazismo (de nuevo el proverbial heroísmo comunista), toda esta troupe de intelectuales concienciados. A su examen y al de las claves del combate contracultural que se viene desarrollando desde hace ya medio siglo,  dedicaremos el siguiente capítulo de esta serie.

El secuestro de la sociedad civil: Herbert Marcuse

A comienzos de los años 20 del siglo pasado Lucaks, junto con otros compañeros del Partido Comunista Alemán, creó el Instituto de Investigación Social, ligado académicamente a la Universidad de Francfort. En su seno, los sucesores de Gramsci recogerían su legado intelectual para producir una escolástica marxista con la que emprender “el largo camino a través de las instituciones”.

Las figuras más importantes de la Escuela de Francfort fueron Max Horkheimer, bajo cuya dirección se consolidó su prestigio internacional como centro de pensamiento avanzado, el crítico musical Theodor Adorno, el psicólogo Erich Fromm y un joven talento nacido de la propia escuela llamado Herbert Marcuse. Todos ellos arribaron a los Estados Unidos de Norteamérica huyendo del nazismo, encontrando acogida en la Universidad de Columbia, en el Estado de Nueva York.

A los efectos de este breve estudio, el hito más importante de la escuela de Francfort es el desarrollo de lo que se llamó “La Teoría Crítica”. La crítica a la que hace referencia su denominación se dirigía, obviamente, hacia la sociedad occidental capitalista, que estos pensadores marxistas declaran férreamente oprimida por una mentalidad tradicional judeocristiana, a la vez que manipulada por las estructuras burocratizadas de los grandes medios de comunicación, que producen una falsa cultura con el objeto de apaciguar, reprimir y entontecer a las masas mediante la imposición de aberraciones conceptuales como el cristianismo, la autoridad, la familia, el capitalismo, la jerarquía, la moralidad, el patriotismo, la tradición, la lealtad, el conservadurismo o la continencia sexual.

Bajo la teoría crítica, el sistema occidental es acusado de cometer toda clase de genocidios contra el resto de las civilizaciones (el mito rousseauniano del buen salvaje), de mantener sojuzgados a sectores enteros de la población (mujeres, minorías étnicas, homosexuales, etc.) o de fomentar el nacimiento y desarrollo de todo tipo de conductas de carácter fascista. Se trata de un marco filosófico que pretende inculcar un pesimismo constitutivo en el alma occidental, a pesar de ser la sociedad más próspera y libre del planeta. Sin embargo, como escribió Aron, «todo régimen conocido es torpe y culpable si uno lo compara con un ideal abstracto de igualdad o libertad». A grandes rasgos esta fue la estrategia psicológica para que la generación occidental de los 60, la más privilegiada de la Historia, se convenciera a sí misma de vivir en un infierno insufrible.

Pero quizás el hito más importante de la Escuela de Francfort fue la publicación del libro de Herbert Marcuse "La tolerancia represiva", que muy pronto se convertiría en lectura de culto en los ambientes académicos. Marcuse, como ya se ha apuntado, llegó a los EEUU junto con los demás integrantes de la escuela aunque, a diferencia de la mayoría de sus compañeros, no volvió junto a ellos a Alemania en los 50. Cuando los campus universitarios norteamericanos ardían en las oleadas violentas de los 60, Marcuse era una figura venerada entre los sectores más radicales. Sus alocuciones a los estudiantes llamándolos a la rebelión le convirtieron en un icono intelectual. Suya es la consigna «haz el amor y no la guerra».

En “La tolerancia represiva”, Marcuse construye su acta de acusación formal contra la burguesía, considerándola no como un crisol de conductas arcaicas o pasadas de moda, sino como la causa directa de la opresión fascista que soporta la sociedad. Así como el marxismo clásico criminalizó a la clase capitalista, la Escuela de Francfort, a través de Marcuse, declaró culpable de los mismos delitos al sector sociológico formado por las clases medias. El desarrollo teórico posterior de esta idea seminal llevó a sus estudiosos a concluir que los individuos que crecían en familias tradicionales eran incipientes fascistas, nazis potenciales, al igual  que los que hacen gala de algún síntoma de patriotismo, los practicantes de religiones tradicionales o, en general, los  autotitulados conservadores.

Pero Marcuse es también el responsable de otras herramientas dialécticas del arsenal progre como el concepto de «tolerancia represiva»,  según el cual aceptar la existencia de una amplia variedad de puntos de vista (otros lo llamamos simplemente «libertad de expresión») es, en realidad, una forma escogida de represión. Marcuse definió su particular concepto de la tolerancia como la comprensión condescendiente para todos los movimientos de izquierda, conjugada con la intransigencia más absoluta respecto a las manifestaciones de matiz conservador. Un ejemplo claro de esta táctica totalitaria se pudo ver en el tratamiento informativo de los sucesos acaecidos en la manifestación de la Asociación de Víctimas del Terrorismo, en la que José Bono fue objeto de una agresión inexistente. Las protestas airadas de un grupo de ciudadanos contra la presencia en la misma de un ministro del Partido Socialista Obrero Español, fueron calificadas como un acto injustificable de exaltación fascista. Por el contrario, las violencias que en los últimos años ha padecido el sector conservador de la sociedad –éstas sí muy reales y, en algunos casos, con riesgo físico más que evidente para los que las padecieron–, el destrozo de las sedes del partido de la derecha o las pancartas con gravísimos insultos a sus representantes políticos (con fotografías incluidas, para que no hubiera duda) sólo merecieron –más daño hacen las bombas de Irak–  comprensión y argumentos exculpatorios por parte de estos mismos custodios de la ortodoxia democrática. La circunstancia de que el autor de la palinodia más agresiva sobre el resurgimiento del fascismo ibérico, publicada a raíz del suceso, acumulara en sus manos las carteras de Interior y Justicia, suceso inédito en las democracias avanzadas y, en cambio, algo muy habitual en los regímenes fascistas, sólo añade el tradicional toque esperpéntico de la izquierda cuando se pone a pontificar.

En realidad, Marcuse no hacía sino actualizar las directrices de órganos comunistas como el Comité Central del PCUS, que ya en 1943 instruía a sus cuadros con la siguiente consigna: «Nuestros camaradas y los miembros de las organizaciones amigas deben continuamente avergonzar, desacreditar y degradar a nuestros críticos. Cuando los obstruccionistas se vuelvan demasiado irritantes hay que etiquetarlos como fascistas o nazis. Esta asociación de ideas, después de las suficientes repeticiones, acabará siendo una realidad en la conciencia de la gente».

Esta técnica dialéctica ha sido adoptada por la progresía contemporánea (cualquier discusión en la que los argumentos conservadores se hacen difíciles de refutar, es zanjada por el progre de turno tachando de fascista a su contradictor) y sigue plenamente vigente sesenta años después. Este y no otro es el origen de lo que se ha dado en llamar “lo políticamente correcto” –marxismo cultural sería la definición más apropiada en términos históricos–, especie de estricnina intelectual adoptada por el progresismo dominante como elemento constitutivo de su particular cosmovisión, que desemboca con éxito en la imposición de los tópicos prefabricados en defensa de la agenda cultural, intelectual y moral de la izquierda. Basta con asomarse a los medios de comunicación para constatar la magnitud de la dictadura de este marxismo cultural, que obliga a la aceptación de estos principios bajo pena de excomunión democrática. La homosexualidad, la infidelidad, el aborto, la promiscuidad exacerbada y en general cualquier conducta contraria a la esencia de la familia tradicional, es ofrecida a través de programas de testimonio, tertulias o teleseries como expresiones altamente enriquecedoras del ser humano. El menoscabo de la propiedad privada en beneficio de un “interés público”, la masiva intervención estatal en asuntos privados como la enseñanza o el llamado Estado del Bienestar, son considerados también elementos imprescindibles para el progreso de las sociedades. Por el contrario, la religión –cómo cocinar un Cristo para dos personas–, la defensa de la propiedad privada y el capitalismo como elementos imprescindibles para el progreso económico, la familia como forma de organización social o la observancia de un código moral transmitido durante generaciones, son elementos situados en el punto de mira de los acorazados del progreso con carácter permanente. Cualquiera que se atreva a disentir del dictado del marxismo cultural configurado a través de estas consignas, es tachado inmediatamente de reaccionario, fanático o, si persiste en su empeño, de fascista.

Bajo el régimen despótico de lo políticamente correcto, las únicas expresiones religiosas admisibles son las que ponen el acento en conceptos típicos de la agenda progre como la justicia social, la redistribución de la riqueza o el tercermundismo anticapitalista. Por otra parte, tras varias décadas de marxismo educativo, nuestros alumnos son los menos capacitados en las áreas clásicas de conocimiento (en algunos casos rayando en el puro analfabetismo), pero en cambio conforman las generaciones más hipersensibilizadas con los tópicos promovidos por la izquierda como los riesgos del medio ambiente, la lucha contra la opresión capitalista, la tolerancia sin límites, el pacifismo sin condiciones, el multiculturalismo o el relativismo ético.

El éxito del programa intelectual gramsciano queda atestiguado con ejemplos como el de Michael Walzer, quien en el número de invierno de 1996 del órgano marxista Dissent citaba las siguientes conquistas: «el visible impacto del feminismo, los efectos de la discriminación positiva, la emergencia de los derechos políticos de los gays y la atención que se les presta en los medios de comunicación, la aceptación del multiculturalismo, la transformación de la vida familiar incluyendo el incesante crecimiento de las tasas de divorcio, cambio de roles sexuales, nuevas formas de concebir la familia y, de nuevo, su representación favorable en los medios, el progreso de la secularización, la expulsión de la religión en general, y el cristianismo en particular, de la esfera pública (aulas, libros de texto, códigos legales, periodos vacacionales, etc.), la virtual abolición de la pena capital, la legalización del aborto o los éxitos iniciales en el esfuerzo para regular y limitar la posesión de armas de fuego». Pero lo más destacable de todo es, como admite el propio Walzer, que todas esas conquistas han sido impuestas por las élites progresistas, sin que respondan a la presión de movimientos de masas.

Todo este proceso histórico ha desembocado finalmente en la aceptación generalizada de la agenda política de la izquierda –hasta los partidos de la derecha conjugan con total despreocupación términos como desarrollo sostenible, cambio climático, equilibrio norte-sur, justicia social, defienden la educación pública, el estado del bienestar, etc.–, en lo que quizás es la última fase de esta larga marcha a través de las instituciones diseñada en su día por Gramsci con dimensiones proféticas y que Aldous Huxley concretó admirablemente cuando escribió que “un estado totalitario realmente eficiente, es aquel en el que las élites controlan a una población de esclavos que no necesita ser coaccionada, porque en realidad ama esta servidumbre.”

El desfonde de la posmodernidad

Toda esta vastísima empresa contracultural, sólo sirvió para retrasar tal vez unas décadas el hundimiento del bloque soviético. Sin embargo, la labor de disolución de los ideales en los que se sustenta la sociedad libre característica de los sistemas occidentales, ha sido un éxito rotundo. Tan sólo una cultura degradada o una civilización dando sus últimas boqueadas, es capaz de asimilar el material de derribo esparcido por la vulgata marxista y adoptarlo como patrón de conducta.

La consecuencia inmediata del aplastamiento de los principios que sustentan el orden natural (familia, propiedad privada, moral tradicional, libre comercio), no podía ser otra que la increíble desorientación de las sociedades que lo han padecido. En el estado de cosas actual, se acepta prácticamente como un dogma de fe que la realidad sencillamente no existe, con lo que el hombre se despoja voluntariamente de su principal herramienta de supervivencia: La razón. Si nada es bueno o malo, moral o inmoral, si todo es relativo, si las afirmaciones absolutas son observadas como la demostración del carácter autoritario de quien las sostiene, si no se admite que el ser humano puede conocer la existencia de una realidad objetiva, integrando la información que le proporcionan sus sentidos a través de la razón, entonces el mundo se convierte en algo incomprensible y amenazador, un sitio en el que no merece la pena esforzarse por alcanzar unas metas de cuya moralidad nadie puede responder.

En la sociedad actual, la masa sustituye una visión integrada de la existencia de acuerdo con patrones racionales, por los principios que le ofrece la atmósfera cultural que les rodea. Pero la educación, sometida al dictado de los ingenieros sociales que inundan sus estratos superiores, ya no es una herramienta de transmisión del conocimiento analítico, sino un medio de reformar la sociedad en virtud de un patrón predeterminado. Los medios de comunicación, las películas, etc., presentan por lo general a una serie inagotable de tarados, drogadictos, depravados y psicóticos en sus múltiples variantes como modelos de conducta (repase mentalmente el lector cualquier película de “nuestro director de cine más internacional”) o, en el mejor de los casos, como representantes del alma humana, invitándonos a imitarles o, al menos, a mostrar nuestra comprensión en lugar del enérgico rechazo espontáneo que deberían suscitar en cualquier mente sana.

Los intelectuales, la última esperanza de cualquier sociedad que quiera iniciar su rearme moral, ofrecen, salvo contadas excepciones, un espectáculo grotesco caracterizado por el escepticismo militante, el laicismo agresivo, el pesimismo constitutivo o el gusto por la autodepravación en sus múltiples posibilidades.

Durante la II Guerra Mundial, no fue infr

Republicanos por el estatismo

En diciembre de 2003 un editorial del New York Times aludía a los “nuevos republicanos” que, al frente del Congreso y la Administración, promovían una agenda corporativista y paternalista en pugna con la tradicional retórica anti-estatista del conservadurismo anglosajón. Aunque estos republicanos más que nuevos son una revisión de los viejos lincolnitas, que un bastión progresista como el New York Times los tilde de estatistas, mostrando incluso su simpatía por ese activismo intervencionista, no deja de resultar sintomático. Por aquel entonces el periódico conservador The Wall Street Journal se preguntaba: ¿no son los republicanos los supuestos valedores del Estado pequeño? Y el congresista Ron Paul sentenciaba que el GOP había abandonado a los conservadores.

Cuando recientemente el presidente Bush firmó una ley sobre transporte que contiene más de 6000 proyectos mascota que en palabras del moderado Washington Post “equivalen a una acción deliberada de gastar los dólares del contribuyente”, el editorial del periódico se interrogaba acerca de qué Partido era en realidad el del gobierno grande, si el Demócrata o el Republicano. En opinión del historiador Allan Lichtman, “la noción del gobierno limitado y frugal ha sido demolida por esta administración”, siendo Bush el único presidente que hasta ahora no ha hecho uso de su poder de veto ni una sola vez para frenar proyectos y atenuar así el despilfarro. Bush ha sido el presidente más pródigo con el dinero ajeno desde Lyndon Johnson, tanto en el gasto de defensa y seguridad nacional como en el gasto social. Durante el primer mandato el gasto público ascendió un 33%, y el presupuesto federal pasó de un 18,5% del PIB (etapa Clinton) al 20,3%. El mismo Partido Republicano que en 1994 refrendó un Contrato con América para poner fin al intervencionismo desbocado suscribió un aumento del 27% del presupuesto de 101 programas que había prometido desmantelar. Aquellos republicanos que años atrás proponían cerrar el Departamento de Educación hoy, con mayoría en el Congreso, incrementan sus fondos en un 69,6% (período 2002-2004). ¿Será ésa la parte compasiva del conservadurismo de Bush?

El Grand Old Party, tomado por neoconservadores, social-conservadores, socialistas sin adjetivos y políticos sin principios, ha lanzado por la borda ese anti-estatismo goldwateriano de la vieja derecha para abrazar, conquistado el poder, la causa del intervencionismo. En el capítulo de libertades civiles, aprobando la (un)Patriot Act; en el capítulo social, más Medicare, más National Endowment for the Arts, más programas federales de vivienda, No Childs Left Behind y proteccionismo; en el capítulo monetario, el dinero fácil de siempre; y en política exterior, OMC, FMI, BM, ONU y wilsonianismo renovado en pro de la salud del Estado, que no de la libertad. La cacareada rebaja de impuestos de poco sirve sin un recorte del gasto, y la reforma propuesta de la Seguridad Social podría no ser el paso adelante que alegan algunos.

En el seno del republicanismo persisten ciertos instintos reaganianos y elementos netamente liberales como el The Liberty Committee o el Republican Liberty Caucus. Una fracción de las bases es abiertamente hostil al estatismo, y la prensa conservadora y think tanks afines al libre mercado reprenden a Bush por su política doméstica. Pero no es ése el espíritu que en la actualidad rige el partido y ostenta el poder en América. El socialismo se viste de muchas maneras, y en esta ocasión se ha vestido de republicano.

¿Quién derrumbó el muro?

Cuando se discute la autoría de la demolición del muro de Berlín y de todos los telones de acero que mantenían a millones de individuos esclavizados en el este de Europa se escuchan respuestas para todos los gustos. Muchos dicen que fueron los sufridos ciudadanos del socialismo real los que, martillo en mano, desmontaron el brutal paredón que les separaba de una sociedad algo más libre. Otros dirán que fueron Ronald Reagan o Margaret Thatcher. Muchos apuntarán a Juan Pablo II como principal artífice. No faltará quien nomine a Helmut Kohl y hasta habrá quien defienda que Mijail Gorvachov fue el principal responsable de la caída del comunismo.

Sin embargo, cuando se discute sobre la autoría de la demolición académica del socialismo el nombre de Ludwig von Mises se postula como indiscutible. Ya en el invierno de 1918-1919 Ludwig von Mises convenció al joven y brillante marxista Otto Bauer de que el inminente experimento comunista que pretendía liderar en Austria estaba destinado al fracaso más estrepitoso. Las explicaciones lógicas de porqué al baño de sangre inicial le seguiría la destrucción todos los logros que para la civilización significaba Viena calaron hondo en Bauer y su mujer, quienes debatieron la cuestión con Mises durante numerosas noches antes de que decidieran hacer todo lo que estaba en sus manos para detener la revolución.

Un año más tarde Mises publicó su fecundo “Die Wirtschaftsrechnung im sozialistischen Gemeinwesen”. En éste, el austriaco explicó de forma deductiva que cuando no existe un precio de mercado en los bienes de producción (como ocurre necesariamente en una sociedad en la que no se respeta la propiedad privada), es totalmente imposible analizar retrospectivamente si una dedicación concreta de los medios de producción han permitido alcanzar ganancias o si por el contrario suponen un despilfarro de recursos escasos y presentan pérdidas.

Sin embargo, lo que es menos conocido es que Mises fue la cabeza visible y último representante magistral de un grupo de estudiosos de la economía que desde hacía varias décadas se habían enfrentado al comunismo. Entre todos pusieron la teoría marxista en la picota. Los primeros esfuerzos llegaron de la mano de un puñado de autores alemanes que aplicarían la teoría subjetiva del valor para mostrar cómo los errores cometidos por Adam Smith en la teoría del valor eran el talón de Aquiles del marxismo. Entre ellos destacaron nombres tan ilustres miembros de la Gebrauchtwertschule como Karl Knies o Wilhem Roscher.

Eugen von Böhm-Bawerk se encargaría unos años más tarde de ordenar los argumentos y mostrar las inconsistencias lógicas del marxismo. Con todo, la crítica fundamental de Böhm-Bawerk se fundamentó en la teoría objetiva del valor trabajo y en el concepto de preferencia temporal –inexistente en la teoría marxista– que invalidaba el análisis marxista de la plusvalía y la explotación.

Los más inteligentes autores socialistas entendieron perfectamente el carácter letal del órdago lanzado por Böhm Bawerk. El propio Marx reconoció el aparente cúmulo de contradicciones a la vista de las críticas del austriaco y prometió desenredar el entuerto más adelante; cosa que nunca hizo. Engels, ante la incapacidad de su amigo y maestro, convocaría un concurso para contestar a Böhm-Bawerk. Hilferding intentó responder al famoso teórico de la escuela austriaca con más pena que gloria. El propio Otto Bauer terminaría admitiendo que la teoría marxista del valor era insostenible y que la “respuesta” a Böhm-Bawerk por parte de Hilferding sólo ponía de manifiesto la incapacidad de este último autor para siquiera comprender cuál era la naturaleza del problema.

El castillo de naipes socialista se venía abajo y sus mejores mentes corrieron a ponerle parches. Quizá fue Nicolai Bujarin quien llevó a cabo el mayor esfuerzo en este sentido. Viajó al núcleo de todas las escuelas que no eran marxistas tratando de estudiarlas a fondo. Ese periplo le llevaría naturalmente a Viena donde conocería de primera mano la teoría austriaca. Allí asistió al seminario de Böhm-Bawerk para estudiar a fondo su crítica del marxismo e intentar desarrollar una contracrítica. Aunque Bujarin reconoce que tanto el subjetivismo como el individualismo son previos a los eminentes representantes de la escuela austriaca Carl Menger y Eugen Böhm Bawerk, “sólo ahora, es decir, en la doctrina de la escuela austríaca, el sicologismo en economía política, es decir el individualismo económico, se encuentra formulado con una coherencia perfecta”. Al término de su largo recorrido por varios continentes y tras estudiar las diversas escuelas burguesas Bujarin llegó a la conclusión de que el verdadero reto era contestar a la escuela austriaca. En su opinión, y en la de muchos otros eminentes marxistas, las críticas de las demás escuelas reforzaban más de lo que debilitaban la teoría comunista. Por eso llegó a decir que”el objetivo de nuestra crítica no necesita largas explicaciones. Todo el mundo sabe que el más encarnizado adversario del marxismo es precisamente la escuela austriaca.”

Y es que el perfeccionamiento del subjetivismo en un entorno dinámico unido al individualismo metodológico de Carl Menger había hecho tambalear -acaso involuntariamente- todo el sistema marxista. Luego Böhm-Bawerk lo hirió de muerte con su explicación de las contradicciones internas del marxismo y de la falta de entendimiento del concepto de preferencia temporal por parte de Karl Marx. Por eso cuando en 1920 Mises apareció en escena con su brillante teorema de la imposibilidad del cálculo económico en una economía socialista, el comunismo quedó sepultado intelectualmente para siempre. Aún así habría que esperar más de medio siglo para que la realidad alcanzara a la teoría.

Cabe especular con gran posibilidad de acierto que, a la vista de los acontecimientos, los grandes teóricos marxistas de aquel entonces dirían hoy que el comunismo no cayó por el empuje de ningún personaje histórico concreto sino, más bien, por las razones lógicas que había explicado su “más encarnizado adversario”, la Escuela Austriaca de Economía.

Descubrimiento en los pasillos de Columbia

En su libro Economía liberal para no liberales, Xavier Sala i Martín refiere que, en una de sus conferencias, descubrió que una alumna ciega utilizaba unos extraños dispositivos basados en la síntesis de voz para seguir sus estudios de economía. El catedrático de Columbia presentó su hallazgo como un ejemplo de la forma en la que muchos grupos sociales pueden mejorar espectacularmente sus condiciones de vida gracias a los mecanismos propios del sistema capitalista, de la economía libre.

Es natural que el acertado razonamiento del profesor Sala escociera entre sus enemigos ideológicos. Tanto que un profesor de economía para sociólogos en la Complutense, Diego Guerrero, en su libro Economía no liberal, hace apología del tomatazo sobre las chaquetas y corbatas del ilustre liberal español.

Guerrero apoya su indignación en una reflexión ciertamente original y profunda, que difícilmente podrá ser refutada alguna vez por los economistas que se consideren serios, ya se llamen von Bohm-Bawerk, von Mises o von lo que quieran, y es que, claro, la ciega que tuvo la suerte de conocer don Xabier es una de esas de la clase rica, y su situación contrasta seguramente con la que viven la mayor parte de los invidentes en los propios Estados Unidos.

Tenemos que dispensar –tales son las barbaridades vertidas por Sala i Martín en su libro– que el profesor Guerrero se dejara llevar por su oposición al credo liberal y que no tuviera tiempo de estudiar el desarrollo de la tecnología adaptada para el uso de los ciegos en las dos últimas décadas. Si lo hubiera hecho, tendría que haber rechinado los dientes, reservando sus tomates maduros para corbatas menos lucidas.

Por mucho que le pese al engalanado soldado antiliberal, los dispositivos que permiten a los ciegos manejar un ordenador personal y transformar la letra impresa en señal Braille o sonora han sido desarrollados por empresas pequeñas, creadas en su mayor parte en Estados Unidos y Gran Bretaña, durante los años setenta y ochenta. Y aunque las dificultades técnicas y el restringido tamaño del mercado son un lastre para el avance del sector, el precio de los equipos no hace más que reducirse, de forma que cada vez son menos los invidentes que no pueden conectarse a Internet. Si contar con las innumerables formas de abaratar aún más el precio, que van desde las ayudas o subvenciones hasta la compra conjunta o el cada vez más extendido pirateo.

Pero el profesor Guerrero probablemente seguirá prefiriendo ese mundo de ciegos sin clase, como la antigua República Democrática de Alemania. Algunos ciegos españoles tuvimos la oportunidad de escribir con aquellas pintorescas máquinas que venían de más allá del muro, en las que un trozo de tanza de pescar era el responsable de cargar con el peso del carro. ¡Lástima que se rompiera tantas veces!

Moral y derechos

Cuando Murray Rothbard defendió por primera vez la legitimidad del chantaje en su Man, Economy and State, fue acusado de aplaudir moralmente un acto deshonesto y execrable. Pero Rothbard no se estaba pronunciando acerca de la moralidad del chantaje, sino de su legitimidad, arguyendo que comprar el silencio de otro no supone violencia contra persona o propiedad alguna, luego sería legal en una sociedad libre.

Las invectivas lanzadas a Rothbard son fruto de la confusión, harto común, de los conceptos “moral” y “derechos”, “moral” y “legitimidad”. Los derechos atañen al liberalismo; la moral, a las personas. Es preciso esclarecer nítidamente este punto, porque es la fuente de numerosos malentendidos, críticas infundadas y propuestas intelectuales desatinadas. El liberalismo es una filosofía política y por la tanto sólo versa sobre el uso legítimo de la violencia. En palabras de Walter Block: “sólo se plantea una pregunta y da una única respuesta. Pregunta, ‘este acto supone necesariamente una invasión violenta?’ Si es así, está justificado emplear la fuerza (legal) para impedir o castigar el acto; si no es así, es improcedente.” El liberalismo proscribe las agresiones contra los derechos individuales, contra la persona y sus propiedades (asesinato, violación, secuestro, asalto, robo, fraude…). Nada nos dice, sin embargo, sobre la virtud y el vicio.

A los liberales, qua liberales, nos conciernen los derechos, no los valores. En la medida en la que expresamos juicios de valor lo hacemos como personas, como sujetos morales, no como liberales. Las gentes tienen ideas diversas acerca de lo que es moralmente correcto y el liberalismo no toma partido por ninguna de ellas. Le es indiferente, en tanto que filosofía política, que los hombres sean egoístas o altruistas, trabajadores u holgazanes, homosexuales o heterosexuales. ¿Significa ello que los liberales somos unos relativistas morales, que carecemos de valores? En absoluto, ¿o es que acaso abogar por la libertad religiosa es incompatible con ser un devoto creyente o un ateo fervoroso? Parece como si uno sólo pudiera tener convicciones morales fuertes si está dispuesto a imponérselas inquisitorialmente a los demás. Por otro lado, algunos creen que por defender la legitimidad de una acción los liberales propugnamos la moralidad de su ejercicio, como si defender el derecho a consumir droga implicara elogiar su consumo. Lo cierto es, por el contrario, que si arguyo que el propietario de un restaurante tiene derecho a ser racista y a no permitir la entrada de negros o blancos en su local, pues es su propiedad y a él corresponde decidir, en modo alguno me estoy confesando racista, lo mismo que el que permita hablar a alguien no implica que comparta lo que diga. De nuevo, una cosa son los derechos individuales y otra distinta la moral, que compete a los hombres y no a las leyes.

Los liberales entendemos que la moral sólo puede cultivarse en libertad. Como apuntó Frank Meyer, a lo sumo uno puede ser obligado a actuar como si fuera virtuoso, pero la auténtica virtud jamás puede imponerse por decreto. La moral se vacía de significado si no hay libertad de elección, pues no tiene mérito alguno hacer el bien a punta de pistola. Una acción no puede considerarse virtuosa si no se lleva a cabo voluntariamente. Sólo en libertad podemos sortear el vicio y abrazar la virtud, viviendo de acuerdo con los valores que tengamos por correctos y siendo responsables de nuestros actos.

Libertad, razón y emoción

Dicen que el que no es socialista a los veinte años no tiene corazón, y que el que sigue siendo socialista a los cuarenta no tiene cabeza. Pero lo cierto es que quien es socialista a los veinte es un necio, y quien sigue siéndolo a los cuarenta sigue siendo un necio, por mucho que lata su corazón.

A menudo se nos critica a los liberales que no tenemos sentimientos. Cuando el colectivista (de izquierdas o de derechas) ya no tiene argumentos racionales que oponer (que es casi siempre), nos ataca llamándonos malvados, indiferentes, insolidarios. No nos preocupamos por los pobres, no nos importa el medio ambiente, no nos conmueven los sufrimientos humanos. Si defendemos temas delicados como la legalización de las drogas es porque nos dan igual los drogadictos; si proponemos la legalización de la prostitución es que nos es ajeno el drama personal de las prostitutas; si criticamos la prohibición del trabajo infantil es porque queremos explotar a los niños indefensos del tercer mundo. Y así con todo.

Es muy arrogante juzgar las intenciones de otro a quien apenas se conoce personalmente. Las emociones impulsan la conducta y son fundamentales en todos los seres humanos. Son fenómenos íntimos muy complejos: no siempre es fácil saber lo que realmente siente otra persona aunque trate de expresarlo con sinceridad, y en ocasiones uno mismo no tiene claros sus sentimientos. En los trabajos de análisis intelectual se estudian hechos de la realidad y no suelen expresarse emociones particulares de los autores, pero eso no significa que los pensadores sean fríos procesadores de información. Si un asunto humano se estudia en profundidad tal vez sea porque interesa el bienestar de las personas implicadas.

Algunos enemigos de la libertad parecen emocionalmente inmaduros: frente a los aspectos de la realidad que no les gustan sufren reacciones viscerales, bloqueos emocionales que les impiden pensar. Los análisis éticos y praxeológicos de muchos problemas humanos muestran cómo las prohibiciones estatales y las violaciones del derecho de propiedad están en la raíz de todos ellos, pero el colectivista se empeña en que la realidad no puede ser esa, que tiene que haber otras alternativas; no sabe cuáles son, ni siquiera entiende la situación, pero lo que le disgusta no puede ser cierto. El colectivista está equivocado y como la batalla de las ideas la tiene perdida sólo puede ofrecer buenas intenciones y hermosos sentimientos (sinceros o no).

Los liberales no acusamos a todos los socialistas de no tener sentimientos, solemos asumir que en general su ignorancia es al menos honesta y bien intencionada. Pero la psicología evolucionista muestra cómo en algunas circunstancias puede ser una buena estrategia de comportamiento el ocultar las propias emociones y fingir que se tienen buenos deseos hacia los demás. Demagogos y estafadores son expertos en manipular las emociones ajenas para obtener confianza y engañar a los incautos. Los líderes políticos más dañinos suelen ser muy carismáticos y seductores.

Una iglesia tenía este cartel a la entrada: "They will not care how much you know, until they know how much you care". A la gente no le importa cuánto sabes, hasta que saben que te importan. De esta profunda verdad acerca de los seres humanos se han aprovechado sistemáticamente los enemigos de la libertad y la razón, tocando los corazones ajenos y nublando sus mentes, haciendo que asuman sus errores y se muevan a ciegas.

Emprendedores sin brújula

Salvo la muy honrosa excepción de la ESEADE de Martín Krause y alguna que otra institución, el panorama de una eficaz enseñanza para emprendedores en el ámbito hispánico es verdaderamente sombrío. El valor predominante en la formación empresarial es el sempiterno pensamiento estratégico plagado de cronogramas imposibles de cumplir y de aburridas matrices de ponderación ajenas al nervio diario que la empresarialidad requiere. Hoy mismo vuelven a la carga Michael Porter con su penúltimo refrito y Stephen Covey con otro nuevo hábito –¡y van ocho!– para sus numerosos lectores planificadores que le siguen con unción. Es claro el dominio de esta escuela managerial en las consultoras de organización y en los departamentos de las compañías, ya que ofrece un espejismo de equilibrio perfecto en la resolución de problemas – es hija dilecta, sin duda, de la economía neoclásica – y justifica el salario de muchos actores interesados en el auge de la sistematización. En definitiva, el paradigma de la planificación estratégica es el imperio de lo políticamente correcto y controla a los disidentes a través de su banal neolengua.

Lo que pasa es que desde hace relativamente poco tiempo los propietarios de negocios y sus consejeros externos, cansados de un management sin espíritu, han vuelto su mirada hacia sucedáneos fáciles de digerir de base presuntamente cultural y afán ejemplarizante. Ahora cualquier destacada figura histórica sirve como modelo de gestión empresarial y se ha desembocado a una situación en la que personajes como ayer el gurú Osho y actualmente Deepak Chopra –ilustres espiritualistas, sin duda, pero completos desconocedores de lo que se cuece en las firmas– pasan por ser augures de la toma de decisión empresarial.

Mientras tanto, a pesar del páramo, la aportación fundamental (fundacional) sobre la empresarialidad de Ludwig von Mises, Ronald Coase y demás seguidores de ambos maestros permanece casi inédita en la explicación pública de la dinámica de los negocios. ¿Cuál es la causa de esta lamentable situación? ¿La poderosa fuerza doctrinal de los oponentes de la escuela austriaca? ¿O quizá también cierto apocamiento de un ambiente intelectual que evita como sea el combate por las ideas y prefiere entretenerse en la urgentísima, al parecer, distinción sobre quien es galgo liberal y quien podenco novoinstitucionalista?

En una ocasión, almorcé junto con unos amigos en un distinguido restaurante de Ávila. Durante la sobremesa, el propietario y gran cocinero de aquel establecimiento se acercó a nuestro rincón, puesto que conocía a alguno de los comensales, y nos confesó al instante la clave de su oficio. Era su caso práctico para nosotros: uno de sus colaboradores abrasó una amplia fuente de asados y la hora de aparición de los clientes se aproximaba. Aparentemente, aquella montaña de carne devenía inservible. El propietario no se arredró ante la hecatombe y en un tiempo record lavó las piezas, raspó los costurones negros del incendio, elaboró una nueva salsa y preparó un fuego más benigno. Por supuesto recibió, como siempre, las felicitaciones de sus parroquianos. ¿Qué haríamos nosotros? ¿Tirar los inputs al cubo o improvisar a la carrera una solución beneficiosa para todos?

Sí, ya sé que el ejemplo tiene poco carácter científico y que los mandarines de lo obvio se llevarán las manos a la cabeza. No obstante, en esta sencilla muestra aparecen tres supuestos esenciales: moral hazard a tope, coste de oportunidad en el alero e ingenio empresarial a raudales. El precio de la honestidad, de los acontecimientos y del saber fragmentado. Eso no lo cuentan todos los días en los tibios salones del management.

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