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Etiqueta: Pensamiento liberal

La mentira como arma política

Jonathan Gruber, profesor de Economía en el MIT y principal arquitecto del Obamacare, ha terminado reconociendo lo que muchos sospechaban: la formalidad democrática esconde una tiranía tecnocrática que no duda en socavar las libertades individuales en el altar de la ingeniería social. Atiendan si no a sus recientesdeclaraciones:

La ley [el Obamacare] se escribió de una manera enrevesada para evitar que la CBO denominara tributario al mandato individual. Si la CBO hubiese calificado al mandato de impuesto, la ley habría muerto. Así que la escribimos de tal forma que lo evitáramos (…) La falta de transparencia es una gran ventaja política. Y el Obamacarees algo que tenía que ser aprobado, y esa falta de transparencia fue crítica para que la ley resultara aprobada debido a –llámalo como quieras– la estupidez del votante americano.

Quedémonos, sin embargo, con la frase central de su perorata: "La falta de transparencia es una gran ventaja política". Es decir, la mentira –o la ocultación de la verdad– es una esencial arma política. Los españoles somos bien conscientes de ello: Mariano Rajoy llegó al poder con la promesa de que bajaría los impuestos para así poder convertirse en el presidente del Gobierno que más los ha subido en toda nuestra historia. Ahora mismo, Podemos está dulcificando y diluyendo su discurso con exactamente el mismo propósito: no porque se hayan transformado súbitamente en ponderados centristas que apenas aspiren a barrer los escombros del régimen del 78, sino porque aspiran a tomar el cielo por asalto. Y su cielo es el poder absoluto.

A la postre, el poder, entendido como dominación política, se basa en última instancia en el dócil sometimiento de los ciudadanos. Ya lo proclamó Étienne de La Boétie en su Discurso sobre la servidumbre voluntaria, o el propio David Hume al cuando afirmó:

Como la fuerza está siempre del lado de los gobernados, quienes gobiernan no pueden apoyarse más que en la opinión. La opinión es, por tanto, el único fundamento del Gobierno.

La clave para alcanzar y retener el poder es controlar la opinión pública, a saber, la clave del poder es la propaganda. No hay más. Por eso Münzenberg y Goebbels fueron piezas clave en la construcción de la hegemonía política de sus respectivos totalitarismos y por eso las campañas electorales, los debates parlamentarios o las tertulias televisivas devienen meros espectáculos circenses vacíos de contenido cuya única misión es embaucar al votante para ulteriormente defraudarlo y tiranizarlo.

Esa es la perversa e inexorable lógica de un modelo de relaciones sociales basado en la coacción, en la dominación de unas voluntades sobre otras: la necesidad de un continuado embuste estratégico para imponer a los demás la propia agenda política recortando sus libertades. Sólo la generación de un masivo Síndrome de Estocolmo que legitime el ilegítimo uso unilateral de la violencia permite que los siervos justifiquen su servidumbre y no se rebelen contra su carcelero.

En este sentido, la tarea del liberalismo resulta doblemente complicada: no sólo se trata de persuadir a la gente, sino de persuadirla sin mentiras y sin ocultarle la verdad. El liberalismo no aspira a tomar el poder por el poder: al contrario, el liberalismo aspira adevolver el poder a la sociedad, a los individuos. Por eso al liberalismo no le vale un apoyo popular ciego o inconsciente: si la gente aupara al poder a un partido liberal sin que, al tiempo, esa misma gente deseara mayoritariamente romper con las cadenas estatales, el fracaso sería estrepitoso: no se puede obligar a la gente a ser libre y a vivir fuera de la cárcel estatal cuando mora confortablemente en ella.

A diferencia de los partidos políticos al uso, el liberalismo ni puede ni pretende transformar la sociedad de arriba abajo, sino cambiarla de abajo arriba: no mediante la maquiavélica mentira sino mediante la sincera persuasión de los ciudadanos. Por eso la batalla de las ideas liberal es lenta y plagada de fracasos, mientras que la reconstrucción de la hegemonía estatal es persistentemente adaptativa: unos luchan contra el statu quo con un discurso impopular mientras que los otros consolidan el statu quo valiéndose en cada momento de las mentiras que resulten más digeribles.

Como en tantos otros asuntos, resulta difícil explicarlo mejor queLudwig von Mises:

La aportación más profunda y fundamental del pensamiento liberal es que son las ideas las que constituyen la base de todo el edificio de la cooperación humana y que ningún orden social puede ser verdaderamente duradero cuando toma como base ideas falsas y erróneas. Nada puede sustituir a una ideología que promueve el valor de la vida humana defendiendo la cooperación social: en especial, las mentiras –llamémosles tacticismo, diplomacia o compromiso– no pueden sustituir a esa ideología. Si los hombres no están dispuestos a hacer voluntariamente lo que deben hacer para mantener la sociedad y el bien común, nadie podrá recolocarlos en el buen camino mediante las más variadas estratagemas y artificios. Si se equivocan y extravían, uno debe esforzarse por convencerlos y sacarlos del error. Pero si se empeñan en persistir en el error, entonces nada puede evitar la catástrofe. Todos los trucos y las mentiras de los políticos demagogos serán acaso útiles para promover la causa de aquellos que, de buena o mala fe, pugnan por destruir la sociedad. Pero la causa del progreso social, la causa del desarrollo e intensificación de los lazos sociales, no puede ser defendida mediante mentiras y demagogias. Ningún poder terrenal, ninguna astuta estratagema y ninguna conveniente mentira triunfarán a la hora de lograr que la humanidad acepte unas ideas a las que no reconoce validez y que incluso desprecia abiertamente.

La contrastación empírica como criterio de validación erróneo

Ya vimos cómo la predicción "científica" no es posible en la ciencia económica. Pero es que además, el criterio de validación de hipótesis tal y como lo entiende el positivismo, esto es, contrastar las hipótesis con la evidencia empírica para establecer su poder de predicción y su éxito, es profundamente incorrecto para la ciencia económica.

Y es que no se puede explicar el comportamiento humano en base a fenómenos observados. La razón es que existen múltiples factores que influyen sobre el fenómeno que estamos estudiando inaprehensibles para nuestra mente. En la realidad que observamos se dan muchos cambios simultáneos que están actuando y que explicarían los distintos eventos que se están produciendo.

Bastará con comentar varios ejemplos:

¿Ante un aumento de la demanda de tomates los precios tienden a subir o a bajar? Imaginemos que se produce un aumento de la demanda de tomates. En muchas ocasiones se podría dar el caso que observáramos que su precio se mantiene o incluso disminuye. Si las leyes de la economía se estableciesen o verificasen empíricamente podríamos llegar a la conclusión de que un aumento de la demanda no lleva a precios mayores. Sin embargo sabemos que la ley de tendencia nos indica que un aumento de la demanda debe conducir a unos precios mayores ceteris paribus. La razón de que los precios no aumenten puede ser un descubrimiento de nueva tecnología que incremente drásticamente la producción de tomates, lo cual disminuiría su precio porque se introducirían más unidades de bien en el mercado.

Otro ejemplo: ¿ante un aumento de impuestos la productividad tiende a aumentar o disminuir? En ocasiones se da el caso de que un aumento de impuestos no se traduce en un descenso de la productividad. Empíricamente, entonces, diríamos que las subidas de impuestos no llevan a disminuciones de productividad. Sin embargo, sabemos que un aumento de impuestos disminuye el ahorro, y por tanto, la productividad. La razón de que la productividad no disminuya es que los impuestos no es el único factor que influye en el ahorro, por lo que no necesariamente la productividad tiene que ser cuantitativamente más baja si se suben los impuestos.

Es erróneo verificar empíricamente ninguna hipótesis teórica en la ciencia económica. Los fenómenos que se estudian están producidos por una multiplicidad de factores inalcanzables para la mente humana. Tales fenómenos, por el contrario, sólo pueden ser inteligibles y comprendidos si se posee la teoría lógica previa que nos proporciona la ciencia económica basada en la Praxeología, y que se obtiene por otros procedimientos metodológicos.

El economista no puede derivar teoremas acerca de las relaciones causales del análisis del material disponible. La experiencia ‘histórica’ no es la experiencia de laboratorio. Es experiencia de un fenómeno complejo resultado de la operación conjunta de muchos factores. Esto muestra por qué es equivocado afirmar que incluso la economía deductiva obtiene sus premisas de la observación. Lo único que podemos ‘observar’ son fenómenos complejos.

A esto hay que sumar que los hechos que son objeto de investigación en las ciencias sociales no son directamente observables en el mundo exterior. Las ciencias sociales estudian hechos de la acción humana, que pertenecen a otra clase/categoría que los estudiados por las ciencias naturales. No tienen entidad física sino que son conceptos mentales. No deben ser observados sino interpretados. Las ciencias sociales deben construirse no en términos físicos, sino en función de las opiniones o intenciones de las personas que actúan; es decir, el método de las ciencias sociales debe ser, por su propia naturaleza, esencialista, finalista y teleológico. El trabajo del economista se debe limitar a construir una teoría lógico que sea capaz de interpretar los hechos del mundo exterior.

La conclusión es que no se puede, por tanto, establecer como criterio de validación de hipótesis su contrastación empírica.

Sólo los liberales son revolucionarios

Si entendemos revolución no como un cambio violento de las instituciones sino en su acepción más general de cambio rápido y profundo, la única revolución que podría calificarse como tal en España sería la liberal. Si Podemos ganara las elecciones o llegara al Gobierno por ser la principal fuerza de una coalición de izquierdas, sería un terremoto político, qué duda cabe. Pero aunque llevara a cabo el programa chavista que tanto tememos muchos, no habría cambio de rumbo alguno. Sería, como diría Mafalda, el continuose del empezose de la socialdemocracia española.

Cuando la gente habla despectivamente del PPSOE, muchas veces se refiere a la corrupción, pero en otras a que sus políticas, al menos las económicas, no se diferencian demasiado entre sí. Como sucede en tantos ámbitos, calificar algo como muy diferente o casi igual depende más del observador que de los hechos. Pero es cierto que las políticas de la historia democrática española, con distintos matices, han estado dentro del consenso socialdemócrata, de la idea del Estado del Bienestar, del Gobierno Niñera que nos cuida a todos de la cuna a la tumba. Naturalmente, ha fracasado, pero no será porque todos los partidos que han pasado por el Gobierno no lo hayan intentado con todas sus fuerzas.

Subir los impuestos a los ricos y apretar las tuercas contra el fraude es algo que ya ha hecho Montoro. Abandonado por imposible el tema de la renta básica, repartir el dinero de los demás con distintas excusas es algo que llevan haciendo PP y PSOE desde siempre. Preferentistas e hipotecados ya han visto cómo la Justicia y el PP cambiaban las normas para favorecerles en sus problemas. Hacer quitas de la deuda no es muy distinto, al menos a efectos de dejar de pagar parte de lo que se debe, a las devaluaciones de Solchaga. El control estatal de los medios privados no deja de ser una institucionalización de lo que han hecho desde Felipe González hasta Soraya. Y así podríamos seguir hasta el infinito.

Por eso el único cambio de rumbo posible cuando hemos estado décadas aumentando el poder y el tamaño del Estado sería reducirlos. Algo que sólo los liberales proponemos. No hacer nuevas leyes para arreglar las cosas, sino reducir las regulaciones y normas absurdas, de modo que los propios españoles solucionemos nuestros problemas. Dejar de repartir el dinero que nos quitan del bolsillo a bancos, empresas energéticas, sindicatos, partidos y todo tipo de organizaciones. Reducir los impuestos para hacer rentables negocios que con la actual carga no pueden salir adelante, y así crear empleo. Dejar que cada uno haga lo que quiera en su propiedad: fumar, pagar o cobrar por tener sexo, hablar de lo que le venga en gana sin que el poder tome represalias, que hombres y mujeres regulen sus relaciones sentimentales a su real saber y entender. Reducir la corrupción reduciendo las oportunidades de corromperse. Que seamos nosotros quienes decidamos la educación de nuestros hijos, y dónde y quién queremos que nos cure. Ser más libres y prósperos, en definitiva.

Se esté de acuerdo o no con él, este sí que sería un programa realmente revolucionario, un auténtico cambio de rumbo. Por eso es un programa que ni PP, ni PSOE ni Podemos apoyarán nunca. A los políticos lo que les interesa es tener cuanto más poder, mejor. Les conviene que el Estado esté presente en todos los sitios posibles y que sus decisiones sean arbitrarias para así poder meter mano. Desde decidir qué medios pueden emitir en qué sitios, para conceder y recibir favores, hasta decidir qué obras acometer y quién se encarga de ellas, para poder cobrar su 3%. Pero que no se preocupen, que esta revolución no va a llegar. Ya se han encargado de demonizarla a través de la prensa socialdemócrata, que es toda, y la educación pública. Normal. Les va la vida en ello.

Las tribus liberales

No veía el momento de escribirles sobre un libro con este título que acaba de presentar nuestra compañera de Comentarios, María Blanco. Lo hizo una de estas calurosas tardes de otoño en la FNAC, flanqueada por Carlos Rodríguez Braun y el editor Roger Domingo, y bien acompañada de muchos amigos: hasta vimos a Carlos Cachanosky (un argentino al que puedes encontrar en cualquier parte del mundo); por cierto, que me pareció notar una pequeña subida en el deje porteño del profesor Rodríguez Braun cuando le saludó…

A lo que iba: todo fueron elogios para este librito que, ya comprobarán, se lee de un tirón. Allí nos explicaron por qué: se trata de un texto no propiamente académico escrito por una persona que sí lo es. Y todos estaban muy de acuerdo con el título elegido: las tribus… Verdaderamente es algo consustancial a la naturaleza humana: enseguida nos agrupamos en clanes, y cada uno reclama la exclusividad (“estos no son de los nuestros”). Lo cuenta CRB en el Prólogo, y la autora no para de insistir en ello a lo largo de su obra. Por eso celebramos el título elegido: también los liberales tendemos a encontrar cualquier pequeña excusa para discutir por encima de los grandes y formidables consensos que nos unen. Aunque hay una lectura positiva que verán en la Introducción: la batalla de las ideas para un liberal está más cerca de un combate de esgrima, con normas éticas y estéticas, junto con una gran capacidad para desenvolvernos cada uno en el terreno que nos parece más adecuado. Esto conlleva una excelente vacuna contra cualquier borreguismo de manada, típico de otras ideologías. Pero en ocasiones nos impide actuar con más eficacia contra el enemigo común, el Estado Leviathan.

No puedo desmenuzar aquí las principales aportaciones del libro, que se construye en torno a cuatro elegantes tópicos (en el sentido literal de la palabra: lugares) de la cultura griega: los templos de Atenea y Eris, el Olimpo y el Hades. Pero sí les copio un sumario bien armado de la editora, donde se explica que “en el liberalismo no existe una única doctrina ni una sola escuela. El pensamiento liberal se ramifica en distintas tribus ideológicas, en ocasiones aparentemente enemistadas, que hacen de su entendimiento un objeto escurridizo para la mayoría de las personas. María Blanco cree que, si el liberalismo es percibido por la gente corriente de una manera tan equivocada, los liberales están siendo cómplices, por soberbia, de esa confusión. La comunicación es, sin duda, una batalla que el liberalismo no ha sabido ganar. Hasta ahora”; termina con un reto para ver quién recoge el guante.

Y diré que Almudena Negro lo hacía casi online en su tweet; o que al día siguiente nuestro compañero Antonio J. Chinchetru entrevistaba a la autora en Periodista Digital. Añado que alrededor de esa fecha varias de las tribus liberales hicieron acto de presencia en el panorama mediático y académico; algo de lo que también quería hablarles.

Por orden cronológico comienzo por la presentación de otro libro, publicado ahora por el Centro Diego de Covarrubias: “Liberalismo, pensamiento cristiano y bien común”. Tuvo lugar en la Fundación Rafael del Pino y se trata de una recopilación de los ensayos seleccionados para el I Premio Diego de Covarrubias (que por cierto, próximamente celebrará su segunda edición). Allí tomaron la palabra Vicente Boceta, Presidente del Centro Diego de Covarrubias; el catedrático de Filosofía del Derecho de la Universidad de Sevilla, Francisco José Contreras (ganador del Premio), así como el economista y presidente del Instituto Juan de Mariana, Juan Ramón Rallo (pueden escuchar aquí un extracto).

A los pocos días se celebraba en Pamplona una nueva reunión organizada por el profesor Huerta de Soto en torno a uno de nuestros autores escolásticos, en esta ocasión fue Martín de Azpilcueta (precisamente conocido en su tiempo como el doctor Navarro). La Fundación Occidens, del cabildo catedralicio, actuó de anfitriona junto con el Instituto M. de Azpilcueta de la Universidad de Navarra. Intervinieron Agustín González Enciso, de la UNAV; Mario Šilar, Manager del Centro Diego de Covarrubias; Jesús Huerta de Soto (“con una conferencia que no dejó indiferente a nadie”, señala el Twitter de Occidens) o el profesor Philippe Nemo.

Termino con un recordatorio de la reciente Conferencia Regional de European Students for Liberty, un refrescante encuentro de gente joven interesada por el pensamiento liberal, proveniente de muchas partes de España junto con algunas delegaciones extranjeras. Organizada (muy bien) por Greta Katasinka, tuvo entre sus ponentes a Miguel Anxo Bastos, Orlando Samoes, Jesús Huerta de Soto, Antonio J. Chinchetru, Juan Ramón Rallo o Philipp Bagus (estos últimos sosteniendo un debate en torno a la reserva 100% o fraccionaria). No pude escuchar más que al profesor Bastos, brillante comunicador como es, explicando que la pobreza se debe a la pérdida de tres ideas fundamentales: el concepto de tiempo (o sea, la preferencia temporal), la necesidad del ahorro, y el olvido del trabajo duro. Fue todo un espectáculo escucharle hablar sobre cómo hay que mantener costumbres de frugalidad, frente los que se dedican a “quemar y consumir el capital”. Sospecho que también lo fue la intervención de Huerta de Soto: “Liberalismo vs. Anarcocapitalismo”, pero lamentablemente no pude quedarme… ¿querrá alguno de los asistentes compartir lo que allí se dijo?

La paradoja del regalo

En un par de meses llegan las Navidades. Y con ellas llegan el turrón, el mazapán, el champán e incluso en muchos casos la misa del Gallo y el nacimiento del Señor. Y también llegan los regalos, los traigan Santa Claus, los Reyes Magos o el Olentzero.

Sobre estos últimos vamos a tratar, sobre los regalos. Para mucha gente, economistas incluidos, los regalos constituyen un gran despilfarro y habría que hacer algo para moderarlos. Grandes cantidades de dinero son malgastadas en productos que no son valorados por los receptores. Solo hay que ver a un niño de una familia media el día de Reyes (o el de Navidad, según la costumbre de cada casa) rodeado de juguetes, muchos de los cuáles no volverán a conocer uso en sus manos.

Y, sin embargo, la evidencia empírica demuestra con tozudez que se siguen haciendo regalos, que incluso se buscan nuevas ocasiones para hacer regalos. ¿Cómo sobrevive la humanidad a esta destrucción de valor que periódicamente nos asola?

A primera vista, parece que muchos regalos destruyen valor. Es muy frecuente el caso en que para el receptor el regalo carece de valor. No le vale para nada, o para muy poca cosa, en comparación con el dinero que ha costado el bien. Así pues, parece evidente que el regalo ha destruido valor, pues costó un dinero y sin embargo tiene valor cero o muy bajo para el receptor.

Sin embargo, quienes así razonan olvidan un pequeño detalle: que realizar un regalo supone no solo una, sino, al menos, dos transacciones. En efecto, antes de hacer entrega del regalo al destinatario, el oferente ha de hacerse con el bien que quiere regalar. Esta consecución, en la mayor parte de los casos, consiste en la visita a los grandes almacenes para adquirir algún bien, preferentemente que se pueda luego cambiar. Pero podría involucrar más transacciones según la complejidad del regalo que se quiera hacer.

Así pues, para constatar si un regalo crea o destruye valor es necesario analizar las dos transacciones requeridas, no solo la segunda.

En la primera transacción, es evidente que se crea valor. El adquiriente del regalo valora más el objeto que va a regalar que el dinero que se gasta en él. En otro caso, no realizaría la compra. Ahora bien, es cierto que el valor del objeto provendrá de su utilidad como regalo, y no de su utilidad directa para el adquiriente. Cuando compramos un juguete para el niño del vecino, ese juguete tiene una utilidad muy baja para nosotros: si fuera para nosotros, no lo compraríamos. Pero es que no es para que lo utilicemos nosotros, es para regalárselo al niño, y quedar así bien con sus padres, por ejemplo. Para cada uno de nosotros, muchos objetos tienen únicamente valor como regalo a un tercero. Pero tienen ese valor, y subjetivamente lo comparamos con el dinero que nos cuesta antes de tomar la decisión de compra. Obviamente, para el vendedor del regalo también se crea valor, ya que obtiene dinero a cambio del mismo, algo que él valora más que el bien vendido, pues sino no lo vendería. En definitiva, se crea valor al comprar el regalo, como ocurre en todas las transacciones voluntarias.

Veamos ahora la segunda transacción. A priori, el donante del regalo obtiene indudablemente valor de la entrega, pues no la haría en otro caso. Puede obtener la satisfacción interna de ver feliz al niño del vecino, o la más tangible de que el niño no le va a molestar durante una temporada, o puede ser para mejorar las relaciones con el vecino. Por supuesto, se puede equivocar, y a lo mejor el niño comienza desde entonces a llamar a su puerta todos los días para jugar con él, o los padres empiezan a tenerle por cutre y le dejan de hablar. Pero eso es lo que pasa con todas las transacciones: a priori pensamos que crearemos valor, pero no siempre sucede. En todo caso, en el momento de hacerla, creemos que estaremos mejor como consecuencia de hacerla.

¿Qué ocurre con el receptor del regalo? También parece claro que se crea valor: ahora tiene algo que antes no tenía, por lo que objetivamente está mejor, ya que siempre tendrá la opción de deshacerse del objeto si no le gusta. Está claro que si acepta el regalo voluntariamente es que valora más tenerlo que carecer de él, aunque ello sea tan solo por no quedar mal delante de quien le hace el regalo, y tenga toda la intención de tirarlo a la basura según aquel se dé la vuelta.

Resumiendo: las dos transacciones que generalmente componen la entrega de un regalo crean valor, por lo que los regalos, a priori, enriquecen a la sociedad.

Queda por apuntar una falacia que subyace en el razonamiento de los que piensan que los regalos destruyen valor. Recuérdese que los defensores de tal hipótesis están comparando el dinero gastado en el bien con la utilidad que tiene el mismo para el receptor. Como el valor del primero es superior al constatado para el segundo, afirman que se destruye valor. La falacia cometida es que comparan la utilidad obtenida por dos individuos distintos, y como es sabido es imposible la comparación interpersonal de utilidades.

En efecto, la persona que desembolsa el dinero es distinta de la que recibe el regalo, por ello no se puede agregar la des-utilidad del gasto de la primera, a la utilidad obtenida por la segunda. Ésta última nunca tuvo el dinero ni la posibilidad de gastarlo, solo ha recibido el regalo. No puede comparar la utilidad del regalo con la utilidad de un dinero que no tenía.

En todo caso, es cierto que existe la sensación de destruir valor con los regalos. Los comentarios son unánimes cuando vemos al niño antes mencionado rodeado de juguetes, y nadie puede evitar pensar en la cantidad de dinero que se ha tirado para nada. Aunque ya vemos científicamente que no es así, las personas no somos siempre científicas o racionales en nuestras decisiones. Por suerte, los emprendedores tienen soluciones para todos nuestros miedos, y por eso inventaron el ticket-regalo, entre otras técnicas de marketing. En el fondo, el ticket regalo es una prueba de que preferimos que el regalo no solo tenga valor para nosotros como regalo, sino utilidad y valor para el receptor: valoramos que el regalo tenga valor, y valga la redundancia.

En resumen, no hay duda: hacer regalos crea valor para todos los involucrados y para la sociedad. Cuántos más regalos hacemos, más ricos somos. ¡Hagamos todos los que podamos! Todos nos lo agradecerán, no solo los afortunados que reciban el bien.

Decimos libertad y somos un pestiño

Hace unos días, en una entrevista por su libro Las tribus liberales, preguntaba a María Blanco por el motivo por el que hay pocas mujeres en las filas del liberalismo. Su respuesta fue tajante: “Porque los hombres liberales sois muy aburridos“. La contestación no puede ser más acertada. No es que seamos unos muermos en nuestra vida normal, algunos lo serán y otros no, pero sí lo somos en cuanto nos ponemos a hablar sobre nuestro tema favorito. Hay excepciones, sin duda alguna; ahí tenemos, por ejemplo, a Carlos Rodríguez Braun, que difunde las ideas de la libertad con un gran sentido del humor.

Por supuesto que no todos podemos recurrir a ese magnífico arma de difusión de ideas que es el humor. La naturaleza no nos ha dotado de forma generalizada con el ingenio necesario para ello. Pero sí que podemos, al menos, tratar de ser amenos. Es una necesidad imperiosa.

Que los hombres liberales seamos “muy aburridos” y no consigamos atraer a mujeres a nuestras filas resulta un gran problema. Lo es no sólo para aquellos que no tienen pareja y desean una que comparta sus inquietudes e ideas. También lo es para el conjunto de quienes queremos (incluyendo las pocas mujeres que hay entre nosotros) que los ideales de la libertad se vayan extendiendo por la sociedad. Si de partida ponemos una barrera ante la mitad de la población, lo tenemos muy difícil.

Pero es que no sólo resultamos aburridos para las mujeres, también lo somos para muchos hombres. Y no es para menos. En ocasiones entramos en discusiones bizantinas, o en disquisiciones profundas, sobre asuntos que nos pueden parecer fundamentales, pero que a la mayor parte de las personas les traen al fresco. ¿De verdad alguien cree que una persona ajena a nuestras ideas puede sentirse atraída por el liberalismo escuchando argumentos relativos a la reserva fraccionaria o cosas similares? No decimos que no deban tratarse esos asuntos, pero tengamos claro que sacándolos a colación a la primera de cambio tan sólo lograremos espantar a la mayor parte de quienes nos están escuchando.

Otro problema que tenemos, y aquí también le tomo la idea a María Blanco, es la propensión a citar autores. Al margen de que muchos de nuestros escritores o economistas favoritos son desconocidos por el gran público, resulta muy pesado escuchar a alguien que todo el tiempo hace referencia a lo que dijeron o escribieron otros. Todos tuvimos en la carrera o en el instituto algún compañero que no perdía la oportunidad de recordar que “Ortega dijo que…”, o soltando frases del tipo “parafraseando a Camus…”, “como bien explicaba Platón…” o “en palabras de Descartes…”. Lo normal era evitar su conversación.

Está bien que nos emocionemos con los grandes autores, pero tal vez sea mejor citar menos a Bastiat y seguir más su ejemplo. El genial economista y periodista francés escribió alguno de los textos más amenos sobre economía o política que se hayan publicado jamás. Su Petición de los fabricantes de velas, por poner un caso concreto, es una de las más brillantes críticas al proteccionismo que uno puede encontrar. Y no recurre a complejos desarrollos teóricos económicos, sino a ridiculizar llevando al extremo los argumentos de los proteccionistas.

Por supuesto, lo anterior sirve no sólo para los asuntos relativos a la economía, sino a cualquier otra cuestión que nos puede importar, como el derecho a decidir sobre nuestro modo de vida personal, la libertad de expresión o la inconveniencia de que exista una moral impuesta desde el Estado.

Nunca nos cansamos de hablar de libertad, algo que debería resultar atractivo a muchas personas, pero en demasiadas ocasiones somos un auténtico pestiño. Sonriamos al mundo e intentemos resultar amenos. Igual no convencemos a demasiadas personas, pero al menos puede que ampliemos nuestro círculo de amistades. E incluso es posible que hasta alguno conozca a la mujer de su vida.

Castas españolas

En España se habla mucho últimamente de la casta. No de la casta española entendida como bravura y orgullo (propia de soldados, toreros, deportistas), sino de un grupo oscuro, poderoso y muy perjudicial. Desde la extrema izquierda se señala y critica a un número relativamente pequeño de individuos y organizaciones que presuntamente mueven los hilos del poder político y económico y que son los grandes responsables de los grandes males del país: crisis económica, pobreza, desigualdad, injusticia, corrupción.

Esta casta está constituida, según ellos, por los políticos de los partidos tradicionales establecidos (del gobierno y la oposición, es decir todos excepto los nuevos movimientos populistas asamblearios) y por empresarios y altos directivos cercanos al poder (especialmente en los sectores de la banca, las finanzas, las obras y los servicios públicos).

Hay gran parte de verdad y acierto en señalar que los poderes estatales y los servicios públicos funcionan muy mal, son ineficientes y a menudo corruptos, y están capturados por individuos y organizaciones que los utilizan para su beneficio particular en lugar de promover el bien común. Los miembros de la casta y sus amigos o allegados obtienen diferentes prebendas y privilegios: altos cargos de responsabilidad (como puestos en consejos que en realidad no exigen gran conocimiento, esfuerzo ni responsabilidad) con suculentas compensaciones económicas (legales o ilegales, transparentes u opacas); contratos públicos en condiciones ventajosas; protección contra la competencia y el fracaso empresarial; diversos subsidios y subvenciones.

Sin embargo las propuestas de la extrema izquierda, más allá de expulsar a esta casta del poder y alguna reforma política acertada, son casi siempre completos disparates cuya implementación agravaría enormemente los problemas en lugar de solucionarlos. A pesar de que se presenten a sí mismos como abnegados luchadores por el bienestar general, los pobres, los débiles, los excluidos y la justicia social, sus ideas se basan en la ignorancia económica más radical, son altamente liberticidas y resultan éticamente lamentables.

Pero es que además su análisis de las castas del país es pobre e incompleto. No existen solamente grupos elitistas y exclusivos en las cumbres del poder político y económico. En España han abundado y abundan la picaresca, el escaqueo, el vagueo, la chapuza, la hidalguía, el trampeo, el incivismo. La extracción de recursos, la caza de rentas, el parasitismo, el recibir más valor del que se genera, también se realizan por castas más populares, con mayor número de miembros y que tienen mucho poder sin estar en su núcleo central. Muchas personas toleran el sistema o incluso lo defienden porque se benefician de él, dejan trampear a otros a cambio de poder trampear ellos.

Estos grupos están bien organizados y firmemente establecidos en diferentes sectores económicos: son reaccionarios e inmovilistas, no están dispuestos a ceder sus privilegios sin luchar. Algunos ejemplos, con diferente número de miembros, nivel económico de los mismos e importancia económica y social, son los notarios, los registradores de la propiedad, los farmacéuticos con farmacia, los controladores aéreos, los estibadores portuarios, los taxistas, los aparatos sindicales y sus liberados, las organizaciones empresariales al amparo del poder político, y todo tipo de funcionarios y empleados públicos (administraciones, transporte) cuyo desempeño laboral es poco eficiente. Casos especiales son el ejército y las diversas policías.

Los dos casos más importantes de castas extensas nocivas, por el alto número de miembros y su gran y creciente importancia económica y presupuestaria, son los trabajadores públicos de la sanidad y la educación (directivos, administrativos, médicos, enfermería, profesores). Las mareas blanca y verde se han movilizado y han pretendido hipócritamente que luchan por el bienestar general: en realidad defienden sus intereses particulares, sus salarios y sus condiciones laborales (menos horas, menos intensidad, menos controles).

Son dos sectores escasamente competitivos y poco productivos como puede comprobarse en comparación con el sector privado, que los ciudadanos escogen libremente si pueden pagárselo o conseguirlo (seguros médicos privados, educación concertada). Incluso los propios funcionarios escogen masivamente el sector privado cuando les dejan, como es el caso de la sanidad, con un privilegio del que carecen los demás ciudadanos que lo financian todo con sus impuestos y que quedan atados a la muy mal llamada Seguridad Social.

Sanidad y educación públicas son dos sectores capturados por los proveedores de los servicios, los empleados públicos: serían posibles grandes mejoras de productividad y calidad con medidas como los cheques escolar y sanitario para los ciudadanos, quienes al poder elegir dónde gastarlos estimularían una sana y necesaria competencia.

Si los trabajadores de estos dos ámbitos fueran grandes profesionales realmente deseosos de servir a los demás, podrían querer demostrarlo permitiendo que los ciudadanos elijan (o no) sus servicios. El hecho de que no lo hagan, que culpen de todos los problemas a sus superiores políticos, y que sistemáticamente reclamen más recursos presupuestarios (que suelen acabar en sus nóminas), hace sospechar que lo que defienden es su cómoda plaza en propiedad.

La sanidad y la educación son muy valoradas por los ciudadanos, quienes quizás confunden el servicio con sus actuales prestadores. Tal vez no quieren criticar el sistema por miedo a llamar la atención y luego tener que sufrir alguna represalia o un trato de inferior calidad. Además es fácil querer de todo bueno para todos sin importar los costes, y en el fondo la mayoría cree que son otros quienes pagan.

Los populistas tienen un problema: para ellos es fácil denunciar a los visiblemente poderosos; quizás resulta inconveniente criticar a otros individuos y grupos, presuntamente más débiles y que a menudo se presentan como víctimas y servidores públicos, que pueden ser parte esencial de los problemas sociales. Los colectivistas, socialistas y estatistas de todos lo partidos deben elegir entre por un lado los ciudadanos receptores de los servicios, que siempre quieren más y que lo pague otro, o por el otro lado los empleados en la prestación pública de esos mismos servicios, bien organizados e interesados en la mayor recompensa económica, con el mínimo esfuerzo posible, y trampeando todo lo que se pueda sin que se note demasiado.

La taxonomía de lo inmoral

Siempre he sentido debilidad por las inclinaciones erróneas del alma, por las que nos deslizamos las sombras vacilantes, deformes, que somos. Inclinaciones hacia lo erróneo, lo dañino, lo inmoral. Uno de nosotros miente para darse importancia, o para ocultar una mala acción. Otro come a escondidas lo que se dice a sí mismo que es la última onza de chocolate, por lo menos por hoy. Aún otro, mientras camina hacia la infidelidad, echa al fuego del deseo el sentimiento de culpa, deseando que las llamas lo acaben por devorar. Todos somos un poco así. Nos consolamos pensando que nuestras debilidades, las concesiones que hacemos a nuestros instintos, nos hace más animales, más humanos. Y el espectador imparcial de Adam Smith acaba tomando partido por lo que queremos o, al menos, lo que deseamos. 

Debilidad, e incluso ternura. Pero no con todos los fallos de nuestro deleznable carácter; sólo con lo que hacemos con lo que nos pertenece. Hay otras inclinaciones que nos llevan a nuestro propio averno, al que arrastramos a los demás, y lo que les pertenece. El asesinato, el robo, el fraude, la política. Aquí las acciones se cubren, en ocasiones, con algún manto de legitimidad, del que la ideología es el más potente. ¿Asesinato? Era un enemigo de la clase obrera. ¿Robo? Nosotros preferimos llamarlo solidaridad. ¿Fraude? Son las pensiones del futuro. ¿Política? Democracia. 

Incluso entre los páramos, las ciénagas, las selvas, los desiertos y las simas del alma hay un criterio moral que separa lo legítimo de lo ilegítimo. Lo nuestro, de lo ajeno. Es sencillo. ¿Nos pertenece? Es nuestra pequeña o gran miseria. ¿No nos pertenece? Estamos cometiendo un crimen. 

Un jueves de miseria, como este, lo que me ha sugerido el asunto de las tarjetas en negro de Bankia es esta apresurada taxonomía de lo inmoral. Y así me ahorro el insulto.

Justicia social

Leí este titular sobre el presidente francés: "Hollande reclama a su Gobierno que concilie crecimiento y justicia social". Y el famoso actor mexicano Gael García Bernal declaró: "La falta de justicia social es el mayor lastre que carga México y el resto de Latinoamérica. Sin paz social no hay justicia. Hay una cantidad absurda de millonarios, y una cantidad absurda de pobres".

Es llamativo que prosperidad y justicia sean consideradas antónimas. Obviamente, nunca lo son, salvo en el caso de que algunas personas prosperen estafando o robando, en cuyo caso su riqueza es injusta, y es un juego de suma cero, donde lo que gana uno lo pierde otro. En todas las demás circunstancias, cualquier mejoría en la condición de las personas es justa, precisamente porque se ha conseguido sin violar derechos ajenos.

Más aún, la justicia es condición de la prosperidad, puesto que su preservación anima los esfuerzos de todo ciudadano en mejorar su propia condición. Ausente la seguridad jurídica, esos esfuerzos no rinden fruto o los rinden para el poder y quienes a su socaire medran. 

¡El poder! Ese gran impostor es lo que el presidente Hollande y el pensamiento único convocan, porque "concilia" crecimiento y justicia, lo que, como hemos visto, es un disparate: dicha conciliación reclama la libertad, no la coacción. En cambio, la corrección política actúa como si el poder tuviera la magia de lograr algo que en realidad se logra con su abstención.

La explicación de esta falacia estriba en la desvirtuación de la noción de justicia, a la que se hace aparecer como la igualdad forzada mediante la ley, es decir, la igualdad hostil a la libertad, que considera que la propia prosperidad de algunos es por definición injusta, y que reclama por tanto la reparación a cargo del poder político y legislativo.

Curiosamente, la acción de ese mismo poder drena la prosperidad a partir de la equívoca noción de "justicia social", que sólo puede significar injusticia perpetrada por los poderosos para hacernos iguales, identificando mentirosamente prosperidad con injusticia, es decir, precisamente lo que la propia intervención de los poderosos produce.

Con esa falsa noción, se comprende el desvarío de García Bernal, que considera "absurdo" no sólo que haya muchos pobres, sino también que haya muchos ricos, como si fuera lo uno causa de lo otro.

Tanto Hollande como García Bernal consideran que cuando el poder arrebata los bienes de las personas, eso es, por una extraña razón,"justo".

MPS General Meeting Hong Kong 2014

"Is not to spread a given doctrine, but not work out in continuous effort, a philosophy of freedom which can claim to provide an alternative to the political wiews now widely held…our goal…must be the solution not of the practical task of gaining mass support for a given programme, but to enlist the support of the best minds in formulating a programme which has a chance of gaining general support".

F.A. Hayek sobre el propósito de la Sociedad Mont Pelerin.

Son varias las instituciones de prestigio defensoras de los principios éticos, jurídicos y económicos que hacen posible una sociedad de personas libres y responsables; de entre ellas destaca la Mont Pelerin Society o Sociedad Mont Pelerín.

La creación de la Mont Pelerín Society fue idea del Premio Nobel de economía Friedrich August von Hayek quien, preocupado por la creciente deriva estatalista de las sociedades de posguerra, decidió seleccionar de entre los más destacados intelectuales de su época a un grupo de 36 académicos amantes de la libertad y reunirlos en Mont Pelerin (Suiza) en 1947 para reflexionar sobre los retos que la política y economía de la época planteaban. Entre los fundadores hay importantes nombres del mundo de las ideas como el gran economista austriaco Ludwig von Mises, el periodista autor de Economics in One Lesson Henry Hazlitt, el filósofo francés Bertrand de Jouvenel, el fundador del Institute for Humane Studies Floyd Arthur Harper, el economista de la escuela de Chicago Frank Knight, el diplomático y escritor español Salvador de Madariaga, el filósofo Karl Popper, el economista y filósofo Michael Polanyi, el fundador de la Foundation for Economic Education (FEE) Leonard Edward Read y varios economistas que al igual que el promotor de la reunión serían en su momento premiados con el Premio Nobel en economía: Milton Friedman, George Joseph Stigler y Maurice Félix Charles Allais.

Después de la reunión inaugural, los participantes dejaron claro que no tenían intención alguna en crear, formar parte o apoyar a ningún partido político y que su único objetivo sería "facilitar el intercambio de ideas entre académicos afines con la esperanza de fortalecer los principios y la práctica de una sociedad libre y para estudiar el funcionamiento, las virtudes y defectos de los sistemas económicos de mercado", tal como se puede ver en la página web de la sociedad. De esta forma, la Mont Pelerin Society pasaba a ser uno de las instituciones defensoras de las ideas de la libertad más importante del mundo. 

Karl Popper, Ludwig von Mises y otros participantes del primer meeting de la Mont Pelerin Society en 1947. Fuente: website de la MPS

Desde su creación la sociedad ha seguido reuniéndose con periodicidad hasta nuestros días. Los General Meetings o encuentros generales son los eventos más importantes de la institución y se realizan cada dos años. Además, existen Regional Meetings o encuentros regionales y Special Meetings o encuentros especiales. El último General Meeting, al que tuve el placer de asistir, tuvo lugar del 31 de agosto al 5 de septiembre de este año en uno de los faros más importantes de la libertad en el mundo: Hong Kong.

El acontecimiento comenzó con un cóctel que sirvió tanto para encontrarse con muchos amigos como para conocer a otros tantos, cosa común en estas reuniones. Acudió una delegación de miembros o simpatizantes del Instituto Juan de Mariana: Gabriel Calzada, Ignacio Ibáñez, Fernando Herrera, Pedro Schwartz, Luis Torras, Ramón Parellada, Fernando Hernández o Ricardo Castillo fueron algunos de ellos.

Las palabras en la cena inaugural del presidente de la institución Allan Meltzer fueron el pistoletazo de salida del evento. En la misma cena Alejandro Chafuen, presidente de Atlas Economic Research Foundation, fue el encargado de introducir a Edwin Feulner, ex presidente del think tank Heritage Foundation, quien fue homenajeado esa noche por su labor como Tesorero de la Sociedad y devota dedicación a la misma y sus fines a lo largo de su carrera.

Edwin Feulner

El primer día las sesiones trataron sobre las perspectivas de las reformas liberales en Asia y China y sobre el trabajo del recientemente fallecido Gary Becker, otro Premio Nobel de Economía. John Taylor (Stanford University) y Kevin Murphy (The University of Chicago) fueron los encargados de hablar sobre el fantástico trabajo de Becker. 

Aunque muchos de sus fundadores y premios Nobel como el citado Becker nos han dejado, la tradición de la sociedad de tener a los mejores intelectuales liberales del mundo se mantiene hoy, pues la institución cuenta entre sus miembros con figuras como Mario Vargas Llosa, premio Nobel de literatura o Vernon L. Smith, en economía.

El segundo día las sesiones fueron dedicadas a la erosión del Estado de Derecho y la corrupción. Tomaron la palabra Luigi Zingales (The University of Chicago), William Easterly (New York University) y Chenggang XU (The University of Hong Kong); sobre el trabajo de Ronald Coase y sus consecuencias y, donde intervino, entre otros, el español Pedro Schwartz.

También hubo espacio el segundo día para una sesión acerca de la desigualdad intergeneracional de la clase media. Destacó la exposición muy gráfica y lógicamente demoledora de Donald Boudreaux (George Mason University). Boudreaux comparó el poder adquisitivo de una persona de renta media de hoy con una de hace 30 o 40 años. Realmente los espectaculares resultados mostrados dejaron constancia de lo importante que es el crecimiento económico y no la desigualdad, pues el poder adquisitivo de las rentas medias ha aumentado y con mucho menos se pueden comprar más y mejores productos. Boudreaux dio así un enorme varapalo a las teorías the Thomas Picketty, el economista de moda entre el socialismo imperante en Europa. 

La amenaza de la inflación, China y el mundo y la Ingeniería Social y la Demografía en China fueron los paneles del cuarto día, pues en el tercero hubo una excursión a Macau. Pascal Salin (University Paris-Dauphine), Scott Sumner (Bentley University) y Edward Lazear (Stanford University) fueron los ponentes que expusieron los datos macroeconómicos que generaron probablemente uno de los mayores debates tanto en los pasillos como en las salas de discusión.

El quinto y último día estuvo dedicado a hablar sobre el pasado y el futuro del liberalismo. Entre los ponentes destacó el que fuera consejero de Ronald Reagan e impulsor de las LEAP Zones o Legal, Economic, Administrative and Political jurisdictions en Honduras Mark Klugmann, que expuso como estas zonas especiales de libertad económica están llamadas a ser pieza clave para el futuro de la libertad en el mundo. 

Posteriormente se celebró la reunión exclusiva de los miembros de la Sociedad. Durante la reunión se procedió, entre otros, a la votación del nuevo Board of Directors de la Sociedad Mont Pelerín, donde fue elegido como miembro el presidente del Instituto Juan de Mariana y rector de la Universidad Francisco Marroquín Gabriel Calzada. Sin duda, esta es una noticia fantástica para el IJM y todos sus miembros, simpatizantes y donantes, pues que nuestro presidente esté en el "Board" de la que probablemente es la institución liberal más importante del mundo es motivo de orgullo y celebración.

Sin embargo, el MPS General Meeting 2014 será sin duda recordado por los españoles que asistimos por una importante noticia que se anunció al finalizar la cena: el nombramiento de un gran defensor de la libertad español y premio Juan de Mariana 2014, Pedro Schwartz, como presidente de la Mont Pelerin Society hasta 2016. El profesor Schwartz es el primer español en presidirla, pero además es el segundo premio Juan de Mariana que la preside, pues el fundador de la Universidad Francisco Marroquín, una de las casas más importantes de la libertad en el mundo, Manuel Ayau Cordón, también fue presidente entre 1978 y 1980.

Como anécdota simpática, típica de las disputas entre liberales, el último día se comentaba que el partido había sido ganado, como parece que viene siendo costumbre, por la representación de Chicago frente a los Austriacos. Incluso la noticia fue comentada en las redes sociales por alguno de los miembros asistentes.

Tweet de un asistente de la MPS

Para terminar, el meeting no sólo fue extraordinario por el plantel de conferenciantes, las interesantes discusiones que hubo o los nuevos nombramientos que contribuirán para mejorar la institución, sino también por la posibilidad de poder disfrutar durante unos días de una ciudad como Hong Kong. Sin duda, "el futuro de la libertad está en ciudades como Hong Kong", como declaró Giancarlo Ibarguen, ex rector de la Universidad Francisco Marroquín, hace unos años en el diario digital Libre Mercado.

Ignacio Ibáñez , Gabriel Calzada, nuevo integrante del Board of Directors, Pedro Schwartz, nuevo presidente, y Gonzalo Melián en el barco destino a la cena de clausura del General Meeting 2014 en Hong Kong.