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Etiqueta: Pensamiento liberal

Los dominicos en Salamanca

Vuelvo a escribirles sobre varios eventos que se están celebrando en torno a la Escuela de Salamanca, casi todos ellos relacionados con las cuestiones económicas o políticas que solemos discutir en este foro. No deja de ser una buena noticia que se siga reflexionando sobre el pensamiento de aquellos doctores. Particularmente me llama la atención el interés que despierta entre los académicos e instituciones de otros países: espero que al menos pueda servir de acicate para que en España se pueda hablar de los doctores salmantinos cada vez con mayor naturalidad. Como venimos expresando diversas firmas del IJM, resultan enormemente actuales sus intuiciones sobre la necesidad e importancia que tiene respetar la libertad en las actividades económicas o en el ejercicio del poder.

En esta ocasión les hablo de un Coloquio Internacional organizado por los frailes Dominicos a través de la Domuni Universitas (una escuela de educación virtual, con sede en el Institut Catholique de Toulouse) y en el entorno de la celebración de los ochocientos años de la Ordo Praedicatorum. Se celebró, naturalmente, en el histórico convento de San Esteban de Salamanca, donde reposan ilustres profesores como Francisco de Vitoria o Domingo de Soto. Copio el título en francés, "Aux sources du libéralisme et des droits fundamentaux. L’actualité de l’Ecole de Salamanque" (me gusta más que la traducción hecha para la página web española: "La actualidad de la Escuela de Salamanca"; parece que no se atrevieron a mencionar en castellano la palabra liberalismo…).

Como allí se indica, los objetivos del Coloquio eran, entre otros (copio):

  • (re)descubrir las fuentes bíblicas, antropológicas y teológicas del pensamiento político moderno, precisamente estudiando el puesto que ocupa la Escuela de Salamanca en la emergencia del corpus político y jurídico, llamado en adelante "liberalismo". ¿De qué libertad se habla?
  • Preguntarse por la universalidad de los derechos fundamentales y de las instancias que parecen promoverlos y protegerlos;
  • Analizar bajo esta luz las nociones contemporáneas de gobernanza, de democracia, de liberalismo económico, de libre cambio, de comercio internacional, de instituciones internacionales;
  • Manifestar la recepción de la Escuela de Salamanca, a través de áreas culturales y campos intelectuales diferentes. ¿Qué ha sido de la percepción de los derechos humanos (llamados universales) en el mundo? ¿Cuáles son las fuerzas políticas y las ideas en litigio? ¿Son sinónimos derechos humanos y democracia?

Me pareció un programa atractivo, así que me presenté en Salamanca dispuesto a conocer a más gente interesada en estos asuntos. Con alguna decepción, porque tuvo una muy escasa difusión entre nuestras universidades (quizás también por la fecha, a mediados de julio): en fin, una pena que no hubiera muchos asistentes españoles. Porque sí vinieron académicos y frailes dominicos desde los Estados Unidos y Canadá, Francia, Suiza, Bélgica y varios países iberoamericanos.

Las sesiones se organizaban en torno a tres temas: "El nacimiento y difusión de la Escuela de Salamanca"; "De los principios filosóficos a las normas jurídicas" y "¿Qué liberalismo?". Siento que por razones de tiempo solo pude asistir a las dos primeras partes, en las que intervinieron algunos buenos conocedores de Francisco de Vitoria y el Derecho de Gentes como los padres Ramón Hernández Martín y Antonio Osuna, de Salamanca, que destacaron la importancia de los maestros salmantinos en los orígenes del Derecho Internacional, que luego se desarrollaría a través de Grocio y otros filósofos centroeuropeos. O la profesora de Génova Simona Langella (de la que ya he tenido ocasión de hablarles algún tiempo atrás: https://ijmpre2.katarsisdigital.com/comentario/4862/back/in/salamanca/ ).

La doctora Langella ha estado trabajando en nuestro país sobre los Comentarios de Vitoria al tratado escolástico de la Ley (De Lege), y editó un precioso volumen con su texto en tres idiomas. En esta ocasión relacionó el tema de la Ley con las cuestiones políticas del poder y su fundamentación, recordando también unos famosos tratados de aquella época, los Specula Príncipis (una especie de manuales de gobierno para los hijos de los reyes). Aquí es donde Francisco de Vitoria, como otros seguidores de su Escuela, escribe sobre los límites en el ejercicio del poder o la necesidad del consentimiento del pueblo para tomar ciertas decisiones políticas o económicas (sobre todo, las que afectaban a los impuestos). El razonamiento de fondo es el dominio de la Ley, por encima de la autoridad del Príncipe. Ideas todas ellas, como ya me habrán leído más de una vez, muy necesarias en toda época, y particularmente en la España de nuestros días…

Después, como les decía, tuvieron lugar otras conferencias de las que no puedo señalar más que el título y sus ponentes. Cosa que hago por si consigo despertar algún interés entre los pacientes lectores: "Los derechos naturales del hombre: ¿qué compatibilidad existe con la democracia", por Bernard Bourdin, del Instituto Católico de París; "El pensamiento liberal, de Vitoria a la OMC", por Claire-Marie Monnet, de Université Domuni, Bruselas; o "¿El derecho positivo excluye el derecho natural?", por George Bergougnous, de La Sorbona. Seguramente les gustará mirar en la web de los dominicos, donde pueden encontrar más información sobre el Congreso y sus ponencias.

Termino con una buena noticia, que seguramente ya conocerán: el nombramiento de Pedro Schwartz, nuestro más reciente premio Juan de Mariana, como Presidente de la Mont Pelerin Society. Schwartz es el primer español que ocupa este cargo, elegido tras la reunión MPS de este verano en Hong-Kong (también lo fue otro personaje muy querido en nuestro instituto, Manuel Ayau). Esperamos casi con seguridad que alguno de los próximos encuentros Mont Pelerin aborden el estudio de los doctores escolásticos, recordando el Congreso de Madrid (1979) en el que los participantes se trasladaron a Salamanca, y donde casi perdimos a F. Hayek.

Hay que sacudirse (del socialismo)

Ahora que asciende la intención de voto de unos predicadores del “socialismo de siglo XXI” ante la acelerada deslegitimación del régimen político que, no obstante, les ha preparado el terreno idelógico en los medios de comunicación y la enseñanza, conviene conmemorar el veinticinco aniversario de distintos acontecimientos que precipitaron el derrumbe del “socialismo real” en Europa Central y Oriental. Acaso el desmenuzamiento de las calamidades a las que se vieron sometidos esos países por culpa de ese sistema, así como su liberación parcial durante los últimos años del siglo XX, sirvan para hacer recapacitar a muchos incautos que se niegan a reconocer las consecuencias nefastas de esos movimientos políticos.

En efecto, a lo largo de aquel mágico año de 1989 fueron cayendo régimenes que, bajo el yugo soviético que los uncía, mantuvieron en condiciones de esclavitud a tantos millones de personas con distintos grados de virulencia y vesanía. No olvidemos que todavía el 5 de febrero de aquel año murió tiroteado el joven Chris Gueffroy, víctima de los disparos descargados por la policía comunista de Alemania Oriental cuando intentaba cruzar el Muro de Berlín hacia el Oeste. Es decir, no mucho antes de su derribo el 9 de noviembre siguiente, después de que los dirigentes de la RDA, arrastrados por la huida masiva de ciudadanos por las fronteras de Austria y Hungría, declarasen la libertad de circulación antes de su imparable caída.

Aun así, las reformas del Imperio Soviético propiciadas por la llegada a la secretaría del Partido Comunista de Mijail Gorbachóv el 11 de marzo de 1985 tuvieron un efecto catalizador para los gobiernos de su órbita, entre otras razones, porque los nuevos líderes instigaban cambios imposibles (Perestroika y Glásnost) para apuntalarlos. La contumacia por mantener la planificación central y la mayoría de los medios de producción en poder del Estado, es decir, un sistema socialista con meros retoques cosméticos, aceleró su proceso de autodestrucción frente a otros regímenes comunistas como el chino, que permitieron el funcionamiento de mecanismos de mercado bajo una férrea dirección que masacraría sin contemplaciones a los manifestantes de la Plaza de Tian’anmen que reclamaban otras libertades, el 4 de junio de 1989.

Dentro de los países europeos, Polonia se convertiría en el pionero de los cambios. Con el precedente de la grieta abierta en 1980 por el acuerdo entre el sindicato independiente Solidaridad y el gobierno, truncado por el golpe de estado del general Jaruzelski de 13 de diciembre de 1981; nueve años después comenzarían las negociaciones políticas de la “mesa redonda” entre representantes del régimen y el Comité ciudadano de apoyo a Solidaridad (el sindicato semiclandestino) bajo la observación de las iglesias católica y evangélica. El 5 de abril de 1989 los mencionados interlocutores llegaron al acuerdo que permitió la convocatoria de las elecciones semilibres del 4 de junio en las que los comunistas se reservaron 138 de los 299 escaños de la futura cámara baja (Sejm). No obstante, las candidaturas apoyadas por el Comité ciudadano de apoyo a Solidaridad triunfaron de forma apoteósica, ya que sus candidatos coparon el Senado y 160 de los 161 escaños de libre elección de la primera Sejm.

De esta manera, Tadeusz Mazowiecki se convertiría el 24 de agosto en el primer líder no comunista que, tras 41 años, asumía responsabilidades de gobierno en un país bajo la órbita soviética. Como recuerda Leszek Balcerowicz -laureado este año con el premio Milton Friedman que otorga el Cato Institute- en un libro-entrevista titulado “Trzeba się bić” (Hay que sacudirse) que parece anunciar su vuelta a la política, el recién elegido primer ministro le formuló una propuesta de convertirse en su “Ludwig Erhard”.

Aunque rechazó tal ofrecimiento en un primer momento, las reticencias se disiparon después de que Mazowiecki le aseguró que no secundaría las famosas reformas híbridas del llamado “socialismo de rostro humano” (término para referirse a las reformas de Aleksander Dubček en la Checoslovaquia de 1968), sino que promovería un plan de transformación radical del régimen comunista y que lucharía contra la galopante inflación. Por su parte Balcerowicz supeditó la aceptación del cargo de Ministro de Economía a la obtención de potestades de selección del personal de los ministerios económicos y de la consideración de máximo director de toda la política económica del gobierno.

Para ese momento, aunque se habían abierto enormes esperanzas de reforma política, los acuerdos de la Mesa Redonda de gobierno y oposición fueron acompañadas de medidas como la indexación de los salarios a la inflación, un “remedio” que contribuyó a situar el índice anual en un 600 por ciento. Durante la época comunista la gente se había acostumbrado hasta cierto punto a los síntomas propios de una economía socialista donde se imponen controles de precios: el desabastecimiento y colas kilométricas en las tiendas para conseguir todo tipo de productos. Unos índices de inflación transparentes de tres dígitos constituían una novedad muy peligrosa para la estabilidad del país y el establecimiento de la democracia.

Se abrían, pues, dos alternativas ante Balcerowicz y su equipo, formado en parte por personas pertenecientes a grupos de reflexión procapitalistas que había organizado en su juventud y en parte por funcionarios conocedores del funcionamiento real de la administración polaca que, al menos, no eran hostiles al capitalismo: Introducir los cambios en la economía de forma gradual o de forma fulminante. Después de sopesarlas, optaron por convencer al gobierno de la idoneidad de una terapia de choque, habida cuenta de la situación catastrófica de la economía. Se trataba de que la rapidez en los cambios permitiera reducir el período de dificultades para la sociedad polaca y el aumento de las oportunidades de éxito. El propio Balcerowicz se encargó de presentar el plan ante el parlamento, si bien su entrada en vigor se aplazaría cinco meses desde su anuncio en septiembre de 1989 hasta el 1 de enero de 1990 para dar tiempo a desengranar sus detalles en la legislación precisa.

Para hacerse una idea de la profundidad de los cambios producidos, baste pensar que con el año nuevo pasaron a ser libres casi todos los precios controlados; se introdujo la convertibilidad del zloty con un fondo de mil millones de dólares prestado por el FMI como garantía; se liberalizó el comercio internacional y se adoptó un plan de estabilización para controlar la inflación. La privatización parcial de empresas estatales llevaría más tiempo. Al mismo se renegociaba de manera inteligente el pago de la mastodóntica deuda que los gobiernos comunistas polacos habían contraído con acreedores extranjeros y nacionales. En suma, de la noche a la mañana se pasaba de un sistema económico socialista a establecer los cimientos de otro de mercado.

Veinticinco años después, con todas las limitaciones de un proceso inacabado e incluso de las ralentizaciones y marchas atrás producidas, Balcelrowicz puede enorgullecerse de haber salvado a su país de la catástrofe. Las reformas radicales emprendidas entonces frente a otros países que no las adoptaron, como su vecina Ucrania, marcan la diferencia: Ambos países compartían en 1989 un nivel de vida equiparable. Actualmente, Ucrania apenas llega al treinta por ciento del polaco y no puede oponer un régimen de libertades y de sometimiento al derecho frente al expansionismo ruso.  

La importancia (liberal) de crear valor para los demás

En el duro mes de septiembre cerramos etapa vacacional e iniciamos nuevo curso. Algunos estudiantes, además, empiezan su andadura universitaria. Otros se estrenan en la vida profesional. Es tiempo, por tanto, de consejos sobre cómo enfocar, o reenfocar, nuestra vida futura. El típico, el más recomendado, tal vez sea aquél de "dedícate a lo que te apasione". Elige un trabajo que te guste, dijo Confucio, y no tendrás que trabajar ni un día de tu vida. El filósofo británico-americano Alan Watts aconsejaba a sus alumnos dedicarse a aquello que harían "si el dinero no importara". Pero ¿es éste un buen consejo?

Según Marc Andreessen, un popular empresario de Silicon Valley, "el consejo de seguir tus pasiones es una terrible idea". Esta idea, a menudo recomendada por personas que han tenido mucho éxito haciendo lo que les gusta, olvida a todas esas personas que siguieron sus pasiones y fracasaron. Es lo que se denomina sesgo del superviviente o survivorship bias. Pensemos en los cientos de miles de jóvenes que salen cada año de facultades y escuelas, deseosos de empezar su vida laboral, pero que pronto se ven frustrados, sin trabajo o con sueldos bajos, por especializarse en aquello que la sociedad no está demandando.

¿Cuál es el consejo que da Andreessen, entonces? Precisamente algo tan sencillo como esto: dedícate a lo que genere valor para los demás en lugar de para ti mismo. Haz aquello que aporte a la sociedad. Tal vez, apunta Andreessen, este consejo no encaje muy bien en la "actual cultura de narcisismo endémico", ya que requiere prestar más atención a los demás que a uno mismo. Pero, según afirma, las personas que más contribuyen a la sociedad no sólo suelen tener mayores remuneraciones, sino que a menudo también, a la larga, están más satisfechas con lo que hacen.

Está claro que no todo es blanco o negro. No podemos tampoco despreocuparnos de nuestros propios gustos. Si vamos a dedicar una parte muy significativa de nuestro tiempo a una actividad, más vale que nos guste si no queremos sentirnos miserables. Pero también es importante recalcar esa segunda pata que apunta Andreessen, ese segundo componente de la ecuación. Sobre todo porque a menudo se olvida. Para tener éxito en la vida profesional no sólo es recomendable hacer algo que nos guste, sino también algo que aporte valor a la sociedad.

La razón de esto no tiene ningún misterio. Es famosa la cita de Adam Smith en la que afirma que "no es por la benevolencia del carnicero, del cervecero y del panadero que podemos contar con nuestra cena, sino por su propio interés". Hemos de especializarnos en producir cosas que los demás quieran consumir, para así poder consumir lo que los demás producen. Y ha de estar en nuestro interés el tratar de satisfacer de la mejor manera posible las demandas de la sociedad. No es recomendable actuar al margen de la misma.

Se podrá decir que esto funciona así, sobre todo, en sociedades liberales, en sistemas económicos en los que impere el libre intercambio. Y es cierto. En la actualidad, en la gran mayoría de países de Occidente, vivimos en economías mixtas, en las que el mercado libre se ve altamente intervenido por la mano visible y férrea del Estado. Es verdad que en estas circunstancias, cuanto menos liberal y más estatista es una sociedad, más posibilidades existen de medrar sin satisfacer a los consumidores. Más incentivos para capturar privilegios, subvenciones o rentas procedentes del aparato estatal. Prebendas éstas que nunca son maná caído del cielo, sino que siempre son a costa del esfuerzo de los demás.

El estatismo, por tanto, es un sistema que fomenta el egoísmo, el parasitismo y el conflicto social, y desincentiva la cooperación voluntaria y pacífica. Incita a cada uno a mirar sólo por sí mismo y a no prestar atención a lo que los demás demandan. Por el contrario, el liberalismo incentiva justo a lo contrario: a procurar satisfacer, de la mejor manera posible, al resto de la sociedad. Es por ello que, aunque aún se pueda medrar a costa de los demás, el mejor consejo para quienes empiezan su andadura universitaria o buscan enfocar su futuro profesional tal vez sea no concentrarse tanto en uno mismo y buscar la mejor forma de crear valor para los demás. No sólo porque aún sigue siendo una buena receta para el éxito, sino porque además es una manera mucho más ética de alcanzarlo.

Una singladura apasionante: leer a D. José Barea Tejeiro

A raíz del reciente fallecimiento de Don José Barea Tejeiro, mi hijo Javier Pérez Bódalo me propuso dejar en negro sobre blanco mis impresiones sobre este insigne estudioso de lo público que tuve la suerte de conocer. No me considero digno de presentar a D. Jose (Málaga, 1923-Madrid, 2014), ni de intentar acometer su rica y vasta biografía. Ha pertenecido y pertenece a la aristocracia de la inteligencia, y solo me atreveré con un aspecto muy concreto de su ingente labor intelectual (Hacienda Pública, Economía y Seguridad Social -pensiones, asistencia sanitaria y servicios sociales-). Estamos ante una de las grandes mentes de la economía española del s. XX, un pensador que demostró a lo largo de toda su vida profesional un abnegado servicio a España, ayudando a todos los Gobiernos que se lo pidieron, fuese cual fuese el partido gobernante.

En el curso de las IV Jornadas Técnicas de Seguridad Social, que organizó en 2007 la Asociación Profesional del Cuerpo Superior de Técnicos de la Seguridad Social en el Hotel BALI de Benidorm (Alicante), Don José Barea Tejeiro dictó una interesante ponencia sobre LOS ASPECTOS ORGANIZATIVOS Y FINANCIEROS DE LA SEGURIDAD SOCIAL DEL FUTURO, precisamente. Como presidente que fui de dicha Asociación durante unos diez años y organizador de las cinco Jornadas Técnicas celebradas (Castellón, Madrid, La Manga del Mar Menor, Benidorm y Toledo), tuve la suerte y el honor de conocer y charlar con dicho sabio en varias ocasiones. Esa calificación como sabio es el principio del comienzo.

Empieza su ponencia –presentada como un artículo, que es de “los que hay que leer“-, aludiendo a los dos informes que, tanto el Ministro de Trabajo de UCD (Alberto Oliart) como Enrique Fuentes Quintana, le pidieron sobre la Reforma de la Seguridad Social. En ambos casos, el Gobierno no los aceptó, por “falta de capital político” –del mismo Gobierno-, según arguyeron.

No es el primer sabio español dotado con una mente superior que ha sido víctima de varias gélidas Kristallnacht (“noche de los cristales rotos”) intelectuales y morales que precedieron a otra realidad, como es el falsario Club de los Poetas Muertos (para no pocos, una película insustancial). Cuando ya no puedan hablar, ni siquiera sonreír, una vez fallecidas dichas personas, que son mentes que destacan donde sea y en lo que sea, y con muchas más razones si son mentes superiores, suele tributárseles homenajes sin cuento (algunos auspiciados por quienes los torturaron en vida, o sus descendientes ideológicos, que además no han leído ni entendido nada de sus magníficas aportaciones). Supongo que resulta evidente que es otra de las costumbres que irritan a muchos, entre los que me encuentro.

Volvamos al genio. Me impresionaron muchas circunstancias, como su bonhomía, sencillez y una extraordinaria claridad de ideas, pero me fijé particularmente en uno de los pilares o muros maestros de su extraordinario y sólido mobiliario mental. Era algo tan aparentemente ajeno como es la Contabilidad Nacional. Su profunda visión contable, conocida y dominada por el prof. Barea de una manera ciertamente inimaginable, no dejaba indiferente a nadie. Más concretamente, era tal su conocimiento pormenorizado del Plan Nacional Contable que siempre me pareció que había sido su verdadero creador. Lo conocía como un padre, mejor, una madre, a sus hijos. Así, consideraba con total naturalidad las finanzas y los principios inspiradores del Sistema español de Seguridad Social a la luz de algo tan aséptico como es la Contabilidad Nacional. Como consecuencia, recorría caminos, inexplorados por casi todos, para deducir sin ambages muchas circunstancias, postulados y contradicciones, perpetuadas todas ellas en el tiempo. No son pocos los que pretenden sin éxito lo mismo y recurren irreflexivamente a diversos atajos tramposos.

De particular interés son sus reflexiones, tras multitud de ideas brillantes contenidas en las páginas anteriores, recogidas en el último tercio de su Ponencia, donde aborda diferentes propuestas para hacer viable la Seguridad Social del futuro. Examina, en primer lugar, el paso directo desde el actual sistema de reparto al sistema de capitalización y, a continuación, el paso a un sistema mixto reparto-capitalización, gestionado el de capitalización por el sector privado. En cada caso, expone pormenorizadamente las razones por las que las anteriores propuestas, que parecen las panaceas tal como están planteadas, son a su juicio inviables. Pero a continuación aporta la solución para pasar del sistema de reparto al de capitalización sin incidir en el déficit, en la deuda y en la presión fiscal. Una razón de peso más para leerlo.

Se trata de una singladura apasionante, que ha de arrostrarse sin miedo, dispuestos, eso sí, a reconocer en secreto nuestras carencias frente a una mente tan superior e inalcanzable y también dispuestos a leerlo las veces que cada uno necesite sin necesidad de decirlo ni de reconocérselo a nadie.

En esta ponencia dejó claro a todos los que tuvimos la suerte de escucharle que el futuro de nuestro sistema de pensiones pasa por un cambio muy importante de mentalidad y de expectativas. Algo que hoy, siete años después, vemos cada vez más claro, pero nada se mueve a causa de la insoportable levedad del ser de unos, del imperturbable dolce far nientede otros y de la pesada opresión de los intervencionistas. España ha perdido a uno de sus grandes economistas. Quizás sea hora de que tomemos su ejemplo. No solo su ejemplo, sino dar a conocer su ingente obra.



José Eduardo Pérez Madrid es Doctor en Ciencias de la Información (Universidad de Navarra, 1990); Licenciado en Derecho (UCLM, 2007); Cuerpo Superior de Técnicos de Seguridad Social (1983, en activo)

Para disfrutar con LOS ASPECTOS ORGANIZATIVOS Y FINANCIEROS DE LA SEGURIDAD SOCIAL DEL FUTURO, PULSE AQUÍ (http://www.foross.org/author/barea-tejeiro/). Esta Ponencia se publicó en el número 18/19 de FORO DE LA SEGURIDAD SOCIAL (2007)

El verdadero país del Quijote

No sé si es porque llevo desde la mitad de agosto yendo semanalmente a ver a Rafael Álvarez “El Brujo” representando sus cosas: Juanito, Julieta, Rosalinda, Francisco, Jesús… y me he dejado seducir por ese torrente de la tremenda realidad histórica que es siempre el teatro, ese reflejo que el Brujo nos devuelve de nuestra propia grandeza y miseria humanas. Con un 21% de I.V.A. y sin la mitificación del cine, ahí, a pelo. Y me queda de nuevo Juanito (solamente los que hayan ido a ver La luz oscura de la fe saben de quién hablo) donde nombra las andanzas del Quijote. Porque yo soy de esas que cuando algo me gusta, me embadurno. Y son varias las representaciones de Rafael a las que he ido dos veces por puro disfrute.

No sé si es por la conversación con un amigo que está en tránsito interno, como yo. Mi amigo, decepcionado, cansado de luchar contra esos locos que tienen un tesón a prueba de bomba, y acaban aburriendo a las ovejas con sus ataques zafios, personales, irracionales, errados, populistas y muy dañinos, necesita un descanso.

No sé si será porque mi amigo Giancarlo Ibarguen admira a Alonso Quijano, el hombre y al Quijote, el mito, el ejemplo, el botón de muestra de un talante sin molde, irrepetible. Y Giancarlo pone frases, referencias en Facebook, de manera que le sigo la pista, compartimos sentimientos y añoranza de ese espíritu quijotesco, él en Guatemala y yo en Madrid. Benditas redes.

La realidad de Alonso Quijano es nuestra España

Lo cierto es que hace días no paro de darle vueltas a la idea de que tenemos lo que merecemos. Somos esa sociedad que se reía de Alonso cuando iba por tierras manchegas, por Sierra Morena, por Zaragoza y le seguía la corriente para que permaneciera en sus alucinaciones, aunque el hombre sufriera. ¡Qué crueles!

Somos los mismos que lloramos y le compadecimos cuando en su lecho de muerte desmentía el espíritu de las novelas de caballería. Somos los extras en la vida del Quijote que no le entendimos jamás y le tratamos de loco.

Los mismos que nos sentimos hoy en día tan orgullosos de ser de la tierra del Quijote, los que hemos montado una parafernalia increíble vendiendo souvenirs, ganando dinero a cuenta del mito que no leemos, excepto si es un requerimiento del programa exigido por el Acuerdo de Bolonia y así lo prescribe la ley. Es decir, lo leemos por fuerza y sin amor.

No somos Quijotes o Sanchos. Somos los demás, la figuración. Así de triste es la cosa. Por eso nos venden cualquier burra, nos cuelan cualquier opción, nos identificamos con todo tipo de modas, opiniones, si son de fuera mejor, mientras despreciamos tradiciones sin siquiera reconocerlas porque no nos han enseñado cuáles son.

Tradición no es solamente el Toro de la Vega o hacer el cocido con la receta de la abuela. Amar la tradición no es irse de turismo rural, o tener un mini huerto urbano. No es una costumbre. Es otra cosa mucho más complicada que de niño se aprende a respetar, se ama porque te hace ser quien eres y no se ignora, al revés, se mantiene con respeto. Aunque tú sigas tu vida con tus normas del siglo XXI. 

Por eso no respetamos al Quijote. Ni le entendemos. Por eso somos figurantes de nuestra sociedad. Y por eso tenemos lo que nos merecemos.

Tenemos el Podemos que nos merecemos

Me refiero a ese Podemos que abarca y pretende representar el hastío de la manera más cutre, burda y de patio de vecinos que uno imagine. Tenemos partidos sin un proyecto real que ofrecer a los ciudadanos, más allá de la siguiente votación. Tenemos un socialismo que te mira a la cara y te suelta “Si me votas bajo los impuestos” aunque en su ideario primigenio las cosas sean de diferente manera. Tenemos una derecha que quiere ser progre, unos libertarios que quieren un Estado fuerte frente al extranjero y unos defensores de la libertad de expresión que redefinen el honor, la dignidad y lo que haga falta para poder censurar al que tiene una opinión diferente y convence más que él.

Y en medio, me encuentro con gente que no para de alardear de su preparación, gente muy leída, que proclama que va a votar a Podemos y su lenguaje no verbal te cuenta que quieren seguir siendo los “enfant terrible” de la clase, que no han terminado de crecer y que votar la rebeldía pautada es para ellos muy auténtico.

Con todo lo que ya sabemos de Monedero e Iglesias (qué apellidos tan paradójicos para la opción que representan), votar a Podemos como signo de rebeldía es, recordando lo que decía Rafael Álvarez acerca de los homenajes al Quijote, como tallar una imagen de Alonso Quijano con su Sancho y su Rocinante en la cabeza de un alfiler. Una proeza. Pero de leer el Quijote nada.

De vivir en la calle a ser mil millonario

Se ha llamado “sueño americano” a la posibilidad, ofrecida potencialmente a todos, de prosperar hasta lo más alto desde lo más bajo. En nuestra sociedad se condena tanto el esfuerzo por lograrlo como la empresarialidad, como el resultado si llega. La sociedad buena, según la ideología predominante, estaría formada por una masa sin extremos, en la que nadie va a menos económicamente, ni progresa demasiado. La movilidad social, que ha sido una de las consecuencias más destacadas, y mejores, del capitalismo, está mal vista. Sin llegar a proponer una sociedad estamental, que estaría en contra del objetivo de una sociedad igualitaria, se rescata de aquélla la falta de movilidad como ideal.

Un claro ejemplo de ese “sueño americano” es John Paul DeJoria. Su historia es aleccionadora en varios sentidos. Sus padres, que eran inmigrantes (italiano y griega), se divorciaron cuando él tenía dos años. Él y su hermano tuvieron que vivir en casas de acogida durante algún tiempo. Sus orígenes no son los más prometedores. Sin embargo, su comportamiento desde niño explica en gran parte su estatus actual. En la lista de Forbes de las personas más ricas ocupa el puesto 569, con una fortuna personal de 3.100 millones de dólares. The Richest le calcula una fortuna de 4.200 millones.

Su primer trabajo lo obtuvo a los 9 años, y ha pasado por cualquier tipo de empleo que estuviera a su alcance y le pudiera dar unos dólares. Él cuenta cómo, en una ocasión, trabajando en un establecimiento, su jefe se tuvo que quedar más tiempo del habitual. Y entonces se dio cuenta de que DeJoria hacía todo lo que era necesario, incluso cuando nadie le estaba mirando. “El éxito es lo bien que haces lo que estás haciendo cuando nadie mira”, dice en una entrevista. También dice que “las personas que tienen éxito hacen todo lo que las personas que no lo tienen no quieren hacer”.

Como trabajador, como empresario, DeJoria ha seguido el principio de que debe creer en sí mismo y en el producto, o el servicio, que ofrece. “Hay que crearlo de tal manera que el cliente acuda a él otra vez, o se lo recomiende a sus amigos”, dice en otra entrevista. También dice que es importante “que te guste lo que haces, con quién lo haces, y para quién lo haces”. Y, por último, “asegúrate de que la gente conoce lo que haces, porque si no se va a quedar ahí. Haz lo que tengas que hacer. Trabaja los siete días de la semana. Ve puerta a puerta. Y presta mucha atención a tus primeros clientes”.

En dos ocasiones se ha quedado viviendo en la calle. “Me sentía muy mal conmigo mismo. Pero pensaba: ‘(esta actitud) no va a ayudar a nadie. Tengo que salir ahí fuera y hacer algo’. Y cuando sales fuera y haces algo, algo te vuelve a ti”. Es como funciona la economía libre: Das algo, y recibes algo a cambio. Y en ese intercambio se crea valor.

En 1980, John Paul DeJoria y su hijo vivían en el coche porque estaban de nuevo en la calle. Logró que le prestasen 700 dólares, y puso en macha, con ese capital y John Mitchell como socio, la compañía John Paul Mitchell Systems de productos de peluquería. Fiel a su estilo, los fue vendiendo de puerta en puerta, sin conocer el horario o la semana inglesa.

Sus palabras nos hablan de varias claves. Por un lado, el valor del trabajo. Por otro, aunque no se haga mención expresa, dentro de ese ánimo constante por mejorar está también la actitud de estar alerta ante las oportunidades de beneficio, encontrar los huecos no cubiertos de entre las cambiantes necesidades. También se ve que es una persona que quiere vivir por sí mismo. Quizás su situación personal le haya impreso a fuego en su ánimo desde pequeño que tiene que hacer lo que sea para salir adelante. Ese espíritu de independencia, en un momento en el que el Estado de Bienestar, que es un Estado de Dependencia, está desarrollado, también es clave. 

Los condicionamientos institucionales son fundamentales, y a largo plazo es lo que cuenta. Pero las actitudes personales también lo son, como demuestran casos como el de John Paul DeJoria. También es cierto que los valores de una sociedad están condicionados por esas instituciones; especialmente cuando han sido creadas desde una ideología concreta sobre el hombre y su papel en la sociedad.

“Capitalismo” no mola, “regulación” sí

Hay palabras que “molan” y otras que no. Reconozcámoslo, algunos de los términos que nos son más queridos a quienes defendemos la libertad no gozan de muy buena fama. Es más, décadas (cuando no siglos) de propaganda en contra de ellos han logrado que su simple mención genere una reacción adversa en gran número de personas. Otros términos que, por el contrario, son para nosotros algo muy negativo no lo son tanto para muchísima gente.

No hablamos en esta ocasión del diferente sentido que se puede dar a determinadas palabras, ese hablar marciano del que escribimos en otra ocasión. Ahora nos referimos a algo diferente, a la reacción psicológica que determinados términos generan en buena parte de la población y qué hacer ante ello. Hemos de evitar esas expresiones que “no molan” y buscar otras que sí lo hagan o, al menos, no sean desagradables para una buena parte de nuestros oyentes o lectores. Veamos algunos ejemplos.

“Capitalismo” es una palabra que nos gusta, tanto que incluso muchos miembros del Instituto Juan de Mariana hemos lucido la camiseta donde se proclama que es “la verdadera marca de la libertad” o desayunamos en una taza con idéntico lema. Pero, por desgracia, a muchas personas les desagrada profundamente. Se llega incluso al extremo de que hay quienes, sin rechazarla del todo, tratan de dulcificarla y defienden cosas como “un capitalismo de rostro humano” o un “capitalismo domesticado”. Sin embargo, si a muchas de esas personas se les pregunta si les parece correcto que las personas puedan comprar y vender libremente, les parece una idea perfecta. Por tanto, y sin saberlo, rechazan el término, pero no su significado.

Qué se puede hacer entonces: buscar una forma de expresarlo que no haga que nuestros lectores y oyentes levanten inmediatamente barreras psicológicas. “Libre mercado” o “libre comercio” no nos sirven. La propaganda ha sido igual de eficaz contra esos términos. ¿Qué tal entonces, por ejemplo, “intercambio libre”? Intercambiar bienes y servicios es algo que no disgusta a casi nadie y, a la postre, cualquier cosa que intercambiemos, incluyendo el dinero, las empresas o las acciones, son bienes. No se engaña a nadie, tan sólo se habla de una manera que no genere rechazo.

“Mercado” es un término peculiar. Los partidos políticos y los gobiernos, que tienen experiencia en la comunicación y la propaganda, juegan con esta palabra de una manera curiosa. Si quienes operan en sectores como el de la deuda pública se comportan de forma que el Ejecutivo considera positiva (aunque sea lo contrario, por ejemplo, comprando mucha de ella y por lo tanto endeudándonos) dirán que “el mercado nos premia”. Hablarán en singular. Es un “mercado”.

Si ocurre lo contrario, son “los mercados” (en plural) los que “nos castigan” o “no entienden las medidas que se toman”. El plural hace que el inconsciente nos conduzca a imaginar una especie de conspiración. Aunque sólo sea por esto último, quienes defendemos el mercado deberíamos referirnos siempre a él en singular. Aunque sólo sea por eso, merece la pena tratar de utilizar siempre el singular. Bueno, cabe una excepción: que se pretenda provocar con el título de un brillante y didáctico libro, como ha hecho Daniel Lacalle con Nosotros los mercados.

Veamos ahora algún ejemplo de lo contrario, palabras que encienden todas las alarmas de los liberales pero no sufren la merecida mala fama general. Es el caso, entre otros, de “intervención” y sus derivados, como “intervencionismo”. No nos engañemos, no causan una reacción psicológica negativa en casi nadie. Y el motivo es simple, los estatistas dominan la comunicación y no son neutros a la hora de elegir su léxico.

Una “intervención” puede ser positiva para arreglar lo que no está bien. Cuando los médicos operan, realizan una “intervención” y, antes de hacerlo, anuncian que “hay que intervenir”. Su acción arregla, o al menos trata de hacerlo, un mal. La Policía, cuando va a poner fin a un delito, lo que hace es “intervenir” y su “intervención” ha salvado a unos inocentes de unos criminales. Que se trata de algo de resonancias positivas se ve como algo evidente. Cuando un Gobierno decide que su ejército ataque a otro país, o a fuerzas militares o terroristas en un territorio ajeno, anuncia siempre una “intervención armada”, que genera menos rechazo que una “invasión”.

Por tanto, se ha de pensar en unos términos sustitivos que signifiquen lo mismo. Podría ser “intromisión” y “entrometerse”. A través de lo que solemos llamar intervención, lo que hacen los políticos es entrometerse en las relaciones entre terceros; unas relaciones en las que el Estado no debería tener papel alguno. Por tanto, la intervención no es en realidad más que una intromisión en asuntos ajenos.

Otro caso es el de la “regulación” y la acción de “regular”. Si nos paramos a pensar, vemos que esto remite a algo positivo. Una regulación racional del tráfico evita atascos y reduce el número de accidentes, y cuando se regula el cauce de un río se consigue evitar inundaciones o se logran regar de forma eficiente cultivos en tierras que de otra forma serían improductivas. Sin embargo, en economía y en otros aspectos de la vida privada de los ciudadanos ocurre todo lo contrario. En realidad, estamos una vez más ante una “intromisión” por la que los políticos se “entrometen” en nuestros asuntos privados.

Tanto para la “intervención” como para la “regulación” podría haber otra posibilidad: “interferencia”, puesto que lo que hacen los políticos es “interferir” en el normal funcionamiento de los ciudadanos y la sociedad civil. Y ya sabemos, por ejemplo, qué ocurre cuando hay interferencias en la señal de televisión: que no podemos ver nuestro programa favorito con normalidad.

Hasta ahora hemos dado tan sólo unos pocos ejemplos, pero sin duda alguna hay muchos más casos que tratar. Y lo que aquí se han lanzado son meras propuestas, no algo que se pretenda que sea la fórmula magistral. No se trata de, como hacen otros, de cambiar el sentido de las palabras, sino de utilizar un lenguaje que sea sincero y que al mismo tiempo no levante barreras en aquellos a los que nos dirigimos.

Como consuelo pensemos que tenemos una “marca” que goza de muy buena salud. “Liberal” sigue teniendo resonancias positivas, por eso los enemigos de la libertad buscan etiquetarnos de numerosas maneras diferentes, como “neoliberales”, “ultra liberales”, “neocon” (escuela política con la que nada tenemos que ver) o “nacional-liberales”. ¿Se necesitan más pruebas de que hay palabras que generan rechazo y otras que no? Por eso hemos de saber cuáles utilizar.

Deterioro de la Ley en España y sus consecuencias: impunidad y corrupción

Un año más, observaremos con incredulidad la inacción del Gobierno y del Parlamento de España frente al permanente chantaje de las oligarquías extractivas y destructivas durante la Díada del 11 de septiembre, como preámbulo del desafío institucional en Cataluña que pretende realizarse el 9 de noviembre para incumplir la ley básica del ordenamiento jurídico español que es la Constitución Española de 1978.

En actos financiados, directa o indirectamente, con el dinero público de todos los españoles, los políticos independentistas pondrán en escena un montaje teatral para tener impacto en la opinión pública nacional e internacional. La estructura profunda de su obra será la defensa de sus intereses particulares de corrupción y poder, mientras la estructura superficial seguirá siendo el engaño al pueblo "en nombre de Cataluña" usando mentiras y tergiversaciones entorno a la lengua, la cultura, la historia y el territorio, para lograr adhesiones incondicionales y llamar a la desobediencia civil [1] en contra de la ley vigente.

Probablemente, intentarán hacer un uso ilegal de la policía autonómica [2] [3], amedrentarán a los comerciantes [4] y provocarán altercados y disturbios [5], al igual que hacían y hacen las ideologías colectivistas (comunistas, fascistas, nacional-socialistas…) para hacerse con el control de las calles y que impere el miedo a la libertad [I] [II] [III], lo que permite imponer la violencia totalitaria sobre la población. 

Por dicho motivo, una amplia mayoría de los ciudadanos españoles desprecia a la casta política y asisten anonadados a un espectáculo de corrupción generalizada, de incumplimiento de las sentencias judiciales y de ataques reiterados a la Constitución por medio de actos administrativos, de nuevas leyes y estatutos de autonomía, y de intentos de ruptura de la unidad de España, sin que exista reacción contundente por parte del Gobierno y del Parlamento con la aplicación del artículo 155 CE.

1) Soberanía de la Ley

La sociedad civilizada se diferencia de las tribales y colectivistas porque prevalece el principio de soberanía de la Ley que permite que exista un marco institucional que proporciona seguridad (exterior, interior y jurídica) a los derechos individuales a la vida, a la libertad, a la propiedad y a la igualdad de trato ante la ley.

El principio de soberanía de la ley requiere que haya un cumplimiento estricto de la misma siempre que el marco institucional respete los derechos fundamentales, arriba mencionados. Por dicho motivo, es exigible jurídicamente a los gobernantes y a los ciudadanos que cumplan las leyes y las sentencias judiciales. Es lo que posibilita que exista un régimen político en un país con un Estado de Derecho, digno de tal nombre, y lo que permite fundamentar la dispersión pluralista del poder, la división y la separación de poderes, y la elección democrática de los representantes públicos.

Como señala Pedro Schwartz en su obra En Busca de Montesquieu (2006):

La esencia de la ‘doctrina Montesquieu’ estriba en que un solo poder no pueda tomar decisiones colectivas sin la colaboración, apoyo, refrendo o revisión de otro (…)

El principio de separación y división de poderes no sería sostenible si no se aceptara la idea de que la ley está por encima de los tres poderes, ejecutivo, legislativo y judicial: no sólo están sometidos a ley los gobiernos y administraciones que ejercen el poder político, sino también las cámaras que promulgan leyes, así como los propios tribunales que las interpretan o, en su caso, las adecuan a las circunstancias del caso (…)

Si existen normas constitucionales y, por encima de ellas, principios generales del Derecho que deben ser respetadas en nombre de la soberanía de la ley, entonces sí podemos considerar esta doctrina compatible con el funcionamiento ordinario de la democracia.

(Schwartz, 2006: 26-27).

2) Deterioro de la Ley en España

Por ello, ante los desafíos institucionales, hay que recordar como Bruno Leoni indicaba en su obra La Libertad y la Ley (2010) [1961] la importancia del derecho consuetudinario, el perjuicio que ocasiona el derecho positivo y la errónea creencia de que la ley pudiese ser todo aquello que les plazca a los políticos.

De hecho, analizando el fundamento legal del orden constitucional democrático en España, se observa un proceso de descomposición del marco institucional que sólo podía terminar en los desafíos y los intentos de ruptura por parte de los políticos nacional-separatistas. Se trata de un proceso de deterioro legislativo por la degradación de las leyes y de las instituciones que deben velar por su cumplimiento.

Junto con los nuevos estatutos de autonomía, quizás sea el deterioro normativo más importante la insólita reforma del Código Penal aprobada en el año 1995 que eliminó de un plumazo parte de la tipología de los delitos de traición, sedición y rebelión que estaban contemplados en los anteriores códigos penales vigentes en España. Dicho acto de imprudencia legislativa parece ser que fue pactado por los dos partidos mayoritarios, actuando como representantes del PSOE y del PP, el Sr. López Aguilar y el Sr. Michavila, respectivamente.

Como explicaré a continuación, el deterioro normativo del Código Penal de 1995 merecería pasar a los anales de la historia por la negligencia, el dolo o la felonía que supone para los ciudadanos españoles que ratificaron la Constitución Española y que deben contar con los instrumentos penales para defender la convivencia pacífica e integradora que se instauró el 6 de diciembre de 1978. El 12 de noviembre de 2012, asistí estupefacto a un acto en el que se leyó un discurso [6] del magistrado Adolfo Prego en el Hotel Intercontinental de Madrid, en donde razonaba como sigue:

En España hoy si un parlamento autonómico, tras la votación de sus miembros, proclama formalmente la secesión de una parte del territorio español erigiéndolo en Estado independiente, no se comete delito alguno. Repito: en la España de nuestros días eso no sería delictivo. Nadie incurriría en responsabilidades penales por perpetrar un ataque de esa naturaleza a la unidad nacional y al orden constitucional Una parte importante de la culpa de que los políticos regionales jueguen a la independencia está en el Parlamento de España que legisló el deterioro normativo del Código Penal.

Efectivamente, aún hoy sigue sin solventarse esta laguna legal que ocasionaron nuestras Señorías en la Ley Orgánica 10/1995, de 23 de noviembre, del Código Penal, lo que posibilita que se planteen los desafíos nacional-separatistas de las oligarquías extractivas y destructivas de Cataluña, País Vasco, Galicia, Canarias y de cualesquiera autoridades regiones o locales con ansias de poder absoluto sobre el territorio:

2.1. Reducción del Delito de Traición

Se rebajaron las modalidades del delito de traición que recogían los artículos 581 y siguientes en el Código Penal de 1995 por lo que, ahora mismo, ya sólo se contempla el caso de un conflicto bélico entre España y otro país. Hasta el año 1995, también existía el derecho de traición por conflictos internos provocados por sediciones separatistas. Curiosamente, ahora ya no es un delito de traición el plantear un conflicto interno de ruptura con el marco institucional del propio país en contra de la Constitución que ratificaron mayoritariamente los españoles.

2.2. Insuficiencia del Delito de Sedición

Se legisló el delito de secesión en los artículos 544 y siguientes del Código Penal de 1995 sobre la base de un alzamiento público y tumultuario, es decir, en relación con la idea de un motín que atenta contra el orden público pero no se consideró como tal una declaración de independencia proclamada por una asamblea legislativa o por un gobierno autónomo que, por supuesto, atacaría gravísimamente el orden constitucional y la unidad de España de un modo no tumultuario.

2.3. Insuficiencia del Delito de Rebelión

Se legisló el delito de rebelión en el artículo 472 del Código Penal de 1995 sobre la base de un alzamiento público y violento. Por ello, quedan fuera del delito de traición aquellos alzamientos que pudiéramos llamar pacíficos, por muy eficaces que sin embargo pudieran ser para la consecución de la independencia.

2.4. Insuficiencia del Delito de Desobediencia

Se limitó el delito de desobediencia en los artículos 410 y siguientes del Código Penal de 1995 tipificando los cometidos por funcionarios frente a sus superiores. Un particular que desobedece gravemente a un Tribunal comete un delito castigado con privación de libertad de 1 año. Sin embargo, cuando es una autoridad quien se niega abiertamente a dar debido cumplimiento a una resolución judicial la pena se reduce a una simple multa y a la inhabilitación para empleo o cargo público. Obviamente, estas fisuras normativas no se dan en otros países europeos, sólo en España. 

El Código Penal anterior, que estuvo vigente hasta el año 1995, incluía en el artículo 214 la declaración de independencia de parte del territorio nacional entre los fines de un alzamiento rebelde y sin que se exigiese requisito alguno de violencia. Por su parte, el artículo 217 prescindía incluso del alzamiento como requisito, castigando como derecho de rebelión a los que cometieran los delitos del artículo 214 "por astucia o por cualquier medio contrario a las leyes".

En definitiva, anteriormente, el Código Penal protegía adecuadamente el orden constitucional castigando el delito de rebelión con una pena de prisión de 6 años y 1 día y hasta 12 años a aquellos que: "atentaren contra la integridad de a nación española o la independencia de todo o parte del territorio bajo una sola representación de su personalidad como tal nación".

Por ello, tiene sentido afirmar que el nacional-separatismo se ha alimentado por las sucesivas concesiones de los políticos del Gobierno y del Parlamento de España que han demostrado no estar a la altura intelectual y moral que merecen los ciudadanos de la nación que les acoge, dado que nuestras Señorías han deteriorado el Código Penal mediante la rebaja de la tipología en los delitos de traición, sedición, rebelión y desobediencia que, anteriormente, permitía hacer frente con certidumbre jurídica a los desafíos institucionales que intentasen quebrantar la Constitución y el resto del ordenamiento jurídico vigente.

En todos estos años, nuestras Señorías han sido incapaces de corregir dicho deterioro normativo. Por el contrario, han seguido ayudando a los intereses secesionistas de desvertebración territorial, cuando han presionado al Tribunal Constitucional para evitar que fuesen declarados inconstitucionales los nuevos estatutos, cuando han intervenido sobre la independencia de los fiscales y jueces para que los delitos de corrupción no fuesen correctamente investigados en tiempo y forma. De hecho, ahora mismo, a pesar de tener la mayoría absoluta de los votos en el Parlamento, prefieren seguir negociando concesiones y terceras vías ante el chantaje de los separatistas.

Ya explicamos [AQUÍ] las medidas que se adoptaron en el año 1934 ante una declaración unilateral de independencia de Cataluña y la posibilidad de aplicar medidas similares en el 2014 para proteger el vigente ordenamiento jurídico constitucional. Esperemos que, en caso de precisarse, las Señorías sean capaces de aplicar hasta sus últimas consecuencias el artículo 155 CE para frenar el secesionismo.

3) Impunidad de los delitos

Durante los últimos 30 años, los políticos nacional-separatistas han contado con una patente de corso, operando con impunidad para cometer delitos, incumpliendo sentencias del Tribunal Supremo, contando con la rebaja en las modalidades penales de los delitos de traición, sedición y rebelión, además de las ventajas por la prescripción de delitos, la rebajas de penas o la imposibilidad de cumplimiento de condenas a partir de los 70 años de edad que han contribuido a que aumentasen exponencialmente los casos de corrupción. Desde el año 2012, incluso cuentan con una ley de amnistía fiscal que parece hecha ad hoc para que los delincuentes patrios puedan legalizar las fortunas conseguidas ilícitamente.

Los ciudadanos asistimos atónitos a un rocambolesco espectáculo que podría calificarse de comedia, si no fuese un asunto muy serio porque el dinero robado proviene de nuestras carteras y las leyes e instituciones deterioradas constituyen nuestro marco institucional.

Refiriéndose al libro El secuestro de la justicia de José Luis Herrera y de Isabel San Sebastián, el periodista José María Carrascal en ABC [7] nos recordaba el pasado domingo que el gobierno socialista de Felipe González presionó a los fiscales y magistrados en los años 1984 a 1986 para que no hubiese indicios de delito en el caso de Banca Catalana y para que Jordi Pujol pudiese continuar su carrera política a pesar de que el informe de la fiscalía era demoledor.

4) Corrupción generalizada

Con aquellas pajas, hemos obtenido estos mimbres. El periódico EL MUNDO [8] informaba ayer, martes 9 de septiembre, sobre el "modus operandi" que empleaba el ex presidente Jordi Pujol exigiendo, supuestamente, mordidas a los empresarios en persona y desde su despacho de la Generalitat:

El modus operandi era sistemáticamente el mismo, tal y como coinciden en afirmar bajo garantía expresa de anonimato media docena de empresarios que tuvieron que satisfacer el peaje. El President abría una pequeña libreta repleta de anotaciones numéricas y soltaba una cantinela que palabra arriba, palabra abajo no variaba demasiado: «Según mis cuentas, la cantidad que debe abonar es…». Claro que también había advertencias a los que se resistían: «Si Usted no paga, me temo que tendrá que resignarse a no hacer nunca nada más en Cataluña». El mesianismo del personaje le llevo en alguna ocasión a espetar a algún contratista que se demoraba: «Le debe usted a Cataluña».

De hecho, si fuese así, la realidad de la corrupción en Cataluña superaría con creces la ficción de la obra Ubú President de la que ya incluimos un fragmento en el comentario del desafío institucional en Cataluña y que, a la luz de la información publicada ayer por el periódico EL MUNDO [8], tendría la siguiente operativa para el pago de comisiones por empresarios para obtener las licitaciones públicas en Cataluña:

Eso sí, daban todo tipo de facilidades: «Te ponían encima de la mesa tres variantes: ‘Nos lo puede abonar en A, es decir, con factura a través de una sociedad instrumental; en B (dinero negro) que inmediatamente era evacuado a Andorra, o en una cuenta en Suiza’. Era un comportamiento mafioso pero, o cedías, o tenías que borrar Cataluña del mapa», relata otro extorsionado. La tarifa oficial era del 3%, tal y como reveló en 2005 Pascual Maragall. Este porcentaje subió al 4% tras la creación de la trama del Palau, ya con Pujol fuera del Ejecutivo. De ese 4%, el 2,5% era para CDC y el 1,5%, para sus dirigentes, según figura en el borrador de la UDEF que publicó EL MUNDO en noviembre de 2012.

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La psicología moral y el liberalismo

Tradicionalmente los filósofos han pensado y discutido sobre ética o filosofía moral: desde diferentes escuelas (utilitarismo, consecuencialismo, deontología, ética de las virtudes, contractualismo, comunitarismo, liberalismo, iusnaturalismo, objetivismo) han argumentando, justificado o legitimado los valores, lo correcto, lo bueno, lo justo, las prohibiciones, los deberes y los derechos.

En contraste con la filosofía moral, la moderna ciencia de la psicología moral describe y explica cómo los seres humanos piensan y sienten el ámbito de la moralidad y por qué lo hacen así. Esta ciencia emplea diversas herramientas como la exploración de la actividad cerebral (neurociencia) durante determinadas tareas cognitivas con contenido moral, los experimentos de interacción estratégica entre individuos (juegos cooperativos o competitivos), o la observación de reacciones y su argumentación ante casos problemáticos, dilemas o paradojas morales.

La psicología moral estudia las semejanzas y diferencias entre sujetos según edad (bebés, niños, adolescentes, adultos, mostrando el desarrollo durante la vida del individuo), sexo, cultura, orientación política (conservadores, progresistas, liberales), religión (creyentes de distintas fes, ateos); son especialmente interesantes las disfuncionalidades o anormalidades cerebrales (por accidentes, patologías o intervenciones quirúrgicas) y las enfermedades mentales. También se estudian los orígenes de la moralidad en otros animales sociales, concretamente en ciertos primates (chimpancés, bonobos, gorilas).

La moralidad tiene componentes genéticos y culturales, naturaleza y entorno: instintos naturales heredados e influencias sociales adquiridas. La mente no es una hoja en blanco infinitamente moldeable sino que tiene predisposiciones innatas, algunas de ellas muy fuertes y difíciles de modificar o reprimir.

La moralidad es fundamentalmente emocional: se trata de sensaciones, emociones o sentimientos morales. La razón casi nunca es la fuente de las valoraciones éticas: los humanos primero tienen intuiciones morales (reacciones automáticas resultado de la actividad inconsciente del cerebro), y posteriormente argumentan y racionalizan para intentar defender su postura; el pensamiento desapasionado, imparcial o desinteresado es raro, y abundan los sesgos, los errores sistemáticos, el engaño (incluido especialmente el autoengaño) y la hipocresía. La argumentación ética es a menudo una cuestión de imagen, de reputación, de relaciones públicas, de estatus intelectual y social, de justificación propia y de manipulación de la conducta ajena.

La moralidad es una adaptación evolutiva que sirve para unir y coordinar a los miembros de un grupo cooperativo y para diferenciarlos y separarlos de individuos de otros grupos contra los cuales pueden competir (selección de grupo en evolución multinivel): no se daña y se ayuda a los miembros de la comunidad (familia, tribu, clan, nación); se ignora, se discrimina o se lucha contra individuos de otros grupos.

La moralidad opera en varios ejes o parámetros fundamentales que se calibran o modulan de forma diferente en los distintos individuos: daño/cuidado (no hacer daño; preocuparse por otros y ayudarlos, compartir, colaborar, fomentar el altruismo y reprimir el egoísmo); justicia (como igualdad o equidad en sus diversas alternativas, o como mérito por esfuerzo o resultados); lealtad (compromiso con el grupo, no traicionarlo, distinguir a nosotros de los otros, a los de dentro de los de fuera); autoridad (respeto y obediencia a los jefes y superiores responsables de la coordinación del grupo); pureza (lo sagrado, lo divino, los símbolos del grupo, lo impuro o tabú, el asco y la indignación); libertad/coacción.

La psicología evolucionista enseña que los humanos tienen mentes adaptadas a los entornos primitivos en los cuales se desarrollaron: grupos relativamente pequeños, cerrados, simples, estáticos, pobres. Algunas de estas adaptaciones pueden ser disfuncionales en entornos modernos: sociedades extensas, abiertas, complejas, dinámicas y ricas. El tribalismo moral y la oposición a los intercambios impersonales en los mercados pueden dificultar el progreso económico y la armonía social.

El liberalismo es una filosofía moral y política que se basa en la libertad como no violencia, agresión o coacción. No obliga a ayudar a nadie; es individualista y universalista, no distingue entre grupos ni exige lealtad ni obediencia a ninguna autoridad; no se ocupa de temas relacionados con la pureza o la divinidad. Por eso resulta extraño e incluso inaceptable para la mayoría de las personas con fuertes instintos tribales, que creen que ayudar es un deber ineludible, o que sienten fuerte asco o indignación ante violaciones de ciertas normas relacionadas con temas sagrados. Independientemente de si los liberales son buenos o malos vendedores de sus ideas, estas son muy difíciles de popularizar.

Referencias:

Jonathan Haidt, The Righteous Mind: Why Good People Are Divided by Politics and Religion

Joshua Greene, Moral Tribes: Emotion, Reason, and the Gap Between Us and Them

Paul Bloom, Just Babies: The Origins of Good and Evil

Michael Shermer, The Science of Good and Evil: Why People Cheat, Gossip, Care, Share, and Follow the Golden Rule

Matt Ridley, The Origins of Virtue: Human Instincts and the Evolution of Cooperation

Patricia Churchland, Braintrust: What Neuroscience Tells Us about Morality

Michael Gazzaniga, The Ethical Brain: The Science of Our Moral Dilemmas

Marc Hauser, Moral Minds: How Nature Designed Our Universal Sense of Right and Wrong

Robert Wright, The Moral Animal: Why We Are, the Way We Are: The New Science of Evolutionary Psychology

Frans de Waal, Primates and Philosophers: How Morality Evolved

Richard Joyce, The Evolution of Morality

Adam Smith, The Theory of Moral Sentiments

Liberalismo en España: ¡es la ley!

Una de las sensaciones que se tienen cuando uno da un paso atrás y contempla el panorama liberal en España es la cantidad de estudios, trabajos, grados, posgrados, artículos y blogs relacionados con la economía. En especial, por supuesto, con la teoría y política monetarias. A mí me parece muy bien, pero luego nos quejamos de que tal o cual facción política se autodenomina liberal cuando solamente comparten las medidas económicas. Pero somos nosotros mismos los que nos centramos en ese tema.

Y no es que no sea relevante, pero no es la clave del asunto. Como me dijo cuando empecé mi carrera de economía un jurista muy querido, cada decisión empresarial o económica tiene su reflejo en un acto jurídico y está amparado en una ley. Aun así, no le hice caso y no estudié Derecho simultáneamente. Y ahora noto que en nuestras propias filas hay una inflación de estudios económicos y poca atención a las leyes.

Reconozco que tuvo que venir Frédéric Bastiat a mostrarme que mi abuelo, el jurista del consejo, tenía razón. Y que es importantísimo entender la razón y el sentido de las leyes para no atarnos la soga alrededor de nuestro propio cuello liberal. Como apunta Carlos Rodríguez Braun en su ensayo introductorio a la traducción española de La Ley de Bastiat, para el autor francés, la vida, la libertad y la propiedad no existen porque el hombre ha legislado. Existían ya antes. Y es por eso por lo que el hombre ha legislado, para que se respeten. Las leyes que incitan a lo contrario son expolio.

Bastaría con una pasada por ese tamiz à la Bastiat de todas las leyes españolas, o europeas, para comprobar hasta qué punto es necesario cambiar la mentalidad legislativa de Occidente como punto de partida para denunciar lo que está pasando. Pero es más entretenido, más vistoso y llega más apelar al dinero que nos roban (que nos lo roban) o a cómo va a afectar a tu poder de compra esta medida o la otra. Y, aunque soy la primera pecadora, no puedo evitar echar de menos ese saber clásico que abarcaba la ética, el derecho, la economía y el comportamiento humano como herramientas que permitían obtener una perspectiva mucho más rica que hoy en día.

Hemos inventado un sistema de gobierno pacífico, una economía de mercado, y hemos descuidado las leyes que los protegen. Y no solamente eso. Hemos creado, además, una serie de contrapesos institucionales para afianzar esos valores, esos tesoros de la civilización occidental (la vida, la libertad y la propiedad) y también los hemos descuidado. Los estudios de análisis económico del derecho, la búsqueda del mejor camino para reforzar las instituciones fundamentales de justicia, se tornan tanto más complicados cuanto más hemos rizado el rizo. A más instituciones vigilantes de los vigilantes, más complicado resulta la "limpieza general" de corrupción, trabas y mal funcionamiento que tan necesaria es.

No hay más que recordar las mil y una películas futuristas en las que nos pintan una sociedad de simios y humanos sin instituciones que hagan cumplir la ley ("simio no mata simio") para que nos demos cuenta de que desde la polémica acerca de la reserva fraccionaria hasta el fracaso de la guerra contra el narcotráfico pasa por unas leyes que expolian, leyes que no respetan la vida, la libertad y la propiedad como preexistentes a la propia ley.

Tal vez los jóvenes liberales hispanoparlantes se decidan poco a poco a buscar el camino legal para salir de la servidumbre y llegar a la libertad.