Ir al contenido principal

Etiqueta: Pensamiento liberal

Los liberales y el Estado

La relación entre el Estado y los liberales es una relación inevitablemente complicada. El objetivo del liberalismo es reducir el Estado a su mínima expresión, ya sea por motivos éticos o consecuencialistas. Muchos liberales, de hecho, llegan a equiparar impuesto y robo, con lo que aparentemente también equiparan gasto público con disposición del atraco.

A raíz de mi colaboración en el programa La Mañana de TVE, se ha suscitado una comprensible polémica sobre si los liberales pueden participar del gasto público toda vez que denuncian su coactivo origen. Se trata de un debate recurrente que resulta extensible a muchos otros campos: ¿Puede un liberal que quiere privatizar la educación ser profesor de una universidad pública? ¿Puede un liberal que quiere privatizar Renfe hacer uso del AVE? ¿Puede un liberal que quiere privatizar la sanidad hacer uso de la sanidad estatal?, etc. Es decir, ¿puede un liberal recibir directa o indirectamente alguna renta (monetaria o en especie) que proceda de la coacción estatal que él mismo denuncia? En este artículo voy a tratar de desarrollar la cuestión.

¿Puede un liberal colaborar con un organismo estatal?

¿Cuáles son los problemas para un liberal de un organismo estatal? Básicamente tres: su cometido (espionaje, represión, adoctrinamiento antiliberal…), su financiación (impuestos) y sus privilegios regulatorios en perjuicio de terceros (por ejemplo, ese organismo opera gracias a una restricción legal de la competencia). Los problemas son esos tres y no otros: si el Estado promoviera la creación de un organismo financiado voluntariamente, sin privilegios regulatorios y con un cometido lícito, los liberales no criticarían su existencia (de hecho, eso es una empresa o fundación privada).

¿En qué sentido, pues, resulta incoherente que un liberal se relacione con un organismo público? Por su cometido, el liberal sería incoherente si ejecutara acciones antiliberales: por ejemplo, un liberal no puede coherentemente formar parte de un servicio de espionaje estatal; por su financiación, un liberal podría ser incoherente si se lucrara desproporcionadamente de ese organismo público (luego trataremos con más detalle la cuestión); por sus privilegios regulatorios, un liberal podrá ser incoherente si usara esos privilegios para obtener ciertas prebendas de las que no gozaría en ausencia de Estado. Tomemos el caso de colaborar con medios de comunicación estatales o con las universidades públicas.

Por su objeto: ¿el cometido de estos organismos es antiliberal? Informar y educar no es antiliberal. Informar y educar contra el liberalismo es lícito en una sociedad libre pero, evidentemente, sí es antiliberal. Por tanto, mientras el liberal no adopte una postura antiliberal en los medios y en la universidad pública no hay ninguna incoherencia en este campo por el hecho de mezclarse con ellos. O dicho de otra manera: lo incoherente no es que un liberal participe en una televisión o una universidad pública que desea cerrar o privatizar, sino que, justamente por participar en ellas, deje de defender su cierre o participación (o que adopte discursos antiliberales para participar en ellas).

Por su financiación: al relacionarse con ellos, ¿el liberal se lucra desproporcionadamente? Para determinarlo podemos emplear dos criterios que más adelante desarrollaremos: uno al que llamaría “criterio fuerte” (que el liberal no obtenga cobros del Estado, en metálico o en especie, superiores a los impuestos que abona) y otro al que llamaría “criterio débil” (que el liberal no perciba por sus servicios remuneraciones ampliamente por encima de las que se logran en el mercado por servicios asimilables).

Por sus privilegios: ¿el liberal se aprovecha de algún privilegio regulatorio que detenten universidades y televisiones públicas? En España no están prohibidas ni las televisiones ni las universidades privadas. Tampoco las televisiones o universidades públicas se han constituido para uso exclusivo de los liberales. Por tanto, por participar en ellas no se hace uso de ningún privilegio: la presencia no-liberal en ambas es infinitamente superior a la liberal, lo que prueba que el liberal no se aprovecha de ningún trato de favor del Estado.

Por consiguiente, bajo estas condiciones y siempre que el liberal siga defendiendo la supresión de ese organismo público, no debería observarse ninguna profunda incoherencia en que un liberal colabore con él. Pero, sin ninguna duda, que un liberal cobre del Estado resulta un asunto harto espinoso. Si los impuestos son dinero robado, ¿no está el liberal tomando parte del botín cuando cobra del Estado? ¿Puede un liberal lucrarse del sector público?

El criterio fuerte: el saldo fiscal con el Estado

Lo primero de todo es aclarar a qué nos referimos cuando se dice que un liberal se lucra del sector público (o incluso que “vive del” Estado). Todo ciudadano, también los liberales, paga una determinada suma de dinero de impuestos y recibe unos determinados servicios del Estado: la diferencia entre ambas magnitudes es su saldo o balanza fiscal individual. Así, si su balanza fiscal es negativa (el valor de todos los impuestos pagados supera el valor de todos los servicios estatales recibidos), ¿puede decirse que ese ciudadano se lucre del Estado? Evidentemente no: ese ciudadano no sería un beneficiario neto de su relación con el Estado sino un perjudicado neto.

La cuestión, entonces, pasa a ser: sin perjuicio de sus principios liberales (ejecutar acciones antiliberales o aprovecharse de privilegios estatales), ¿puede un liberal tratar de reducir su saldo fiscal negativo con el Estado cobrando rentas monetarias o en especie del Estado? Muchos se escandalizan con semejante pregunta, por cuanto optan por observar sólo un lado de la relación liberal-Estado (en concreto, el de los cobros que el liberal recibe del Estado), obviando por entero el otro lado (el de los pagos que el liberal efectúa al Estado). A mi entender, los siguientes cuatro casos son perfectamente asimilables: 

1º Supongamos que el Estado aprueba una nueva deducción en el IRPF por cada hijo que tenga el declarante. Si un ciudadano se acoge a ella, ¿podríamos decir que no paga impuestos o que incluso vive del Estado? No, diríamos que paga menos impuestos y que el Estado le quita un menor porcentaje de su renta.

2º Supongamos que el Estado le arrebata mensualmente a un liberal un 40% de su salario y, a cambio de ello, el ciudadano puede optar dentro de 35 años por cobrar una pensión pagada por el Estado que no llega a cubrir la totalidad de todo lo que se le quitó. Remarco que el ciudadano tiene la opción (pero no la obligación) de percibirla. Si finalmente escoge cobrarla, ¿podríamos decir que ese ciudadano está viviendo del Estado o que sólo está recuperando lo que previamente le arrebataron? Más bien la segunda opción.

3º Supongamos que una familia paga 60.000 euros anuales en impuestos y que sus hijos consiguen una beca estatal de 3.000 euros. ¿Diríamos que esa familia se lucra del Estado? En realidad, está recuperando un 5% de los impuestos que ha abonado. Desde luego, mucha gente puede pensar que esos 3.000 euros que recupera no proceden de los 60.000 euros que previamente les han arrebatado, sino de los impuestos abonados por otros ciudadanos. Pero el dinero es un bien fungible, es decir, un bien no identificable por su individualidad: una vez pagados los impuestos, es imposible conocer qué saldos concretos de la administración pública pertenecen a qué ciudadanos. Lo único que podemos saber es cuántos impuestos le ha pagado cada uno al Estado: y, en este sentido, ser receptor de gasto público es una forma equivalente a las deducciones fiscales de reducir la carga tributaria (siempre, insisto, que se paguen más impuestos del gasto público percibido).

4º Una buena analogía con lo anterior es plantearse qué sucede en la más celebérrima de las formas de presunta explotación: la explotación del capital sobre el trabajo denunciada por Marx. Según el alemán, el capitalista explota al trabajador cuando no le remunera plenamente su jornada laboral: es decir, cuando el precio de venta de las mercancías que han producido los trabajadores superan los salarios abonados a los trabajadores que directa o indirectamente las han fabricado. ¿Deberíamos decir en tal caso que el trabajador “vive del capitalista” por percibir un salario? No creo que ningún marxista concluyera tal cosa: desde su óptica, el salario es sólo aquella parte de la producción del trabajador que retiene el trabajador (que no le arrebata el capitalista). Si el trabajador logra una subida salarial, ¿significa que está incrementando su tasa de explotación sobre el capitalista? No, según Marx la estaría reduciendo. Si un liberal denuncia los impuestos como una forma de explotación, ¿acogerse a más deducciones o percibir gasto público es una forma de explotar a los demás o de reducir la explotación propia?

En definitiva, no veo incoherencia alguna en que un liberal cobre del Estado menos de lo que paga al Estado: ese debería ser un criterio fuerte de que no se está lucrando del Estado. En caso contrario, estaríamos equiparando coherencia liberal con maximizar los impuestos pagados al Estado: algo que no parece demasiado coherente (ni inteligente) desde un punto de vista liberal.

Dado que mi relación con el Estado es marcadamente deficitaria para mí y dado que sigo defendiendo el cierre/privatización de todos los organismos públicos con los que he colaborado, podría detenerme aquí si mi propósito fuera tratar mi caso personal. Pero como quiero reflexionar de manera general sobre el asunto, demos un paso más allá: ¿pueden los liberales coherentemente recibir más gasto público de los impuestos que abonan? ¿Se están lucrando del sector público en tal caso? El caso paradigmático sería el del liberal que se convierte en funcionario y sólo en funcionario (su única fuente de renta son los salarios públicos que proceden de los impuestos ajenos). Aquí es cuando habría que utilizar el criterio débil.

El criterio débil: el precio de mercado

Entiendo perfectamente que ésta es la zona más gris dentro de la posible incoherencia de un liberal: si los impuestos son un robo, recibir transferencias netas del resto de contribuyentes debería ser equivalente a robarles. Me parece una postura perfectamente defendible dentro del liberalismo, pero me gustaría complementarla con otra en principio igualmente válida.

Los impuestos no se perciben como coactivos por parte de todos los ciudadanos. Ni siquiera, por desgracia, por un gran número de ellos.La mayoría de las personas paga gustosamente impuestos al Estado a cambio de que éste le preste ciertos servicios. Si los impuestos son objetivamente coactivos no es porque nadie los pague de manera voluntaria, sino porque algunos —por ejemplo, los liberales— preferiríamos no pagarlos a cambio de, por supuesto, no recibir servicios estatales. Sin embargo, los liberales no disfrutamos de esta opción: hemos de pagarlos obligatoriamente.

En este sentido, el mensaje liberal es doble: ante todo, los liberales reclaman el derecho de que cualquier ciudadano puedan individualmente desprenderse o separarse del Estado (o de la mayor parte de los servicios que hoy presta). Por añadidura, los liberales también proclaman que la inmensa mayoría de ciudadanos, sin ser consciente de ello, sale perjudicada con el Estado. Pero, en general, la inmensa mayoría de la sociedad acepta el statu quo (por eso el statu quo puede mantenerse): es decir, acepta que el Estado goza de autoridad política para cobrarles impuestos y gastar esos impuestos.

En este sentido, un liberal que trabaje exclusivamente para el Estado percibe un salario que para la gran mayoría de la población no es ilegítimo: un salario que la gran mayoría de la población entiende como una parte de los servicios que acepta que el Estado le preste. ¿Puede decirse que el liberal coaccione a esa mayoría de la población que legitima al Estado y a su sistema tributario? No: el liberal podrá pensar que esas personas se están equivocando al legitimar el Estado, e intentará convencerlas de lo contrario, pero sobre esas personas no estará ejerciendo coacción alguna por cobrar una parte de sus impuestos.

Justamente, a quien podría entenderse que está “robando” o “coaccionando” el liberal que cobra netamente del Estado es a los liberales que contribuyen netamente con el Estado: es decir, a todos aquellos que querrían pagar menos impuestos a cambio de recibir menos servicios del Estado. Pero en muchos casos esos mismos liberales que son contribuyentes netos aceptarán que parte de sus impuestos vaya a parar a la contratación de un liberal siempre que ese liberal utilice su posición para promover las ideas liberales, para reducir el nivel de coacción del Estado o para bajar impuestos (sobre todo, si la alternativa a su contratación no es bajar los impuestos, sino gastarlos en otras actividades). Por supuesto, no todos los liberales verán con buenos ojos que el Estado use sus impuestos en contratar a un liberal, pero no olvidemos que los liberales contratados por el Estado también pagan impuestos y que la mordida tributaria que sufren sobre sus remuneraciones bien podría compensar con creces la porción de impuestos pagados por los liberales descontentos que integraban su salario (sobre todo, cuando el porcentaje de “liberales descontentos” sobre el conjunto de la población es tan reducido).

Por consiguiente, mientras la inmensa mayoría de la población acepte la legitimidad del Estado y del pago de impuestos; mientras muchos liberales acepten que sus impuestos se destinen a sufragar gastos que contribuyan marginalmente a reducir el peso del Estado; y mientras los liberales contratados por la Administración paguen cuantiosos impuestos, resulta bastante discutible que, incluso cuando la única fuente de renta de un liberal sea su empleo público, éste esté recibiendo netamente transferencias coactivas del resto de ciudadanos.

Eso no significa, por sí solo, que el liberal no se esté lucrando del sector público. Si los ciudadanos aceptaran por desconocimiento o por mero Síndrome de Estocolmo que el Estado preste un servicio pagando precios absolutamente descabellados a sus proveedores, entonces sí podría decirse que esos proveedores están capturando rentas y aprovechándose de los ciudadanos. Y si el liberal fuera uno de ellos evidentemente también. Para conocer si los precios que paga el Estado por la provisión de sus servicios son “absolutamente descabellados” o no, habrá que atender a los precios de mercado de servicios análogos: si la diferencia entre uno y otro no es muy grande y si el servicio público es uno que convalidan buena parte de los ciudadanos (y no una canonjía creada ad hoc para el liberal), entonces difícilmente podrá hablarse de lucro. Omitir este criterio débil de determinación del lucro debería llevarnos a considerar que un profesor universitario de la pública que cobre la mitad del salario mínimo por hora y que no obtenga ninguna renta del sector privado se estaría “lucrando” del Estado, cuando obviamente no parece ser el caso.

Bajo este segundo criterio débil, pues, los liberales que prestaran servicios no antiliberales a través del Estado no se estarían lucrando, lo cual no significa que el mantenimiento de su puesto de trabajo dentro del sector público esté justificado: tan sólo que no hay un aprovechamiento personal del Estado en contra de sus principios.

Conclusión

Los liberales que presten servicios a través del Estado que no tengan un contenido antiliberal, sin usar los privilegios regulatorios en perjuicio de terceros y sin percibir más rentas del Estado de las que pagan al Estado no parece que puedan ser calificados de incoherentes. Los liberales que, en cambio, cobren más del Estado de lo que pagan se hallan en una situación más cuestionable, pero en tanto en cuanto presten servicios justificados por la mayoría de los contribuyentes y no perciban rentas absurdamente por encima de las que podría estar logrando en el mercado por actividades análogas, tampoco cabría entender que son incoherentes.

En suma: lo que el liberal jamás puede hacer es promover el crecimiento del Estado u obstaculizar la reducción del mismo en beneficio propio. Interactuar con el Estado realmente existente sin dejar de defender su continua reducción parece ser la vara de medir exigible y razonable de su coherencia.

El pecho breve y el contribuyente espeso

Sostuvo este pasado sábado Ada Colau que los defraudadores fiscales deberían ser considerados terroristas dado que su fraude provoca insuficiencia de recursos en las arcas públicas, lo que a su vez obliga a aprobar recortes en educación, sanidad y dependencia que son responsables de numerosas muertes. Lógica impecable e implacable. Mas, antes de abrazar tan desproporcionadas conclusiones, deberíamos acaso tratar un par de cuestiones previas.

Primero y fundamental: ¿existe la obligación política entre los ciudadanos de pagar impuestos? No pretendo resolver aquí esta intrincada cuestión de filosofía política, pero sí busco resaltar que el pilar que sustenta todo el polémico razonamiento de Colau no se halla indisputado: algunos filósofos tan prestigiosos como Michael Huemer, por ejemplo, argumentan convincentemente que el Estado carece de autoridad política para recaudar impuestos y, en consecuencia, que los ciudadanos no se hallan sometidos a la correspondiente obligación de hacerlo. Mucho antes que Huemer, la Escolástica ya había defendido que las leyes injustas no obligan en conciencia, y siglos después el estadounidense Henry David Thoreau proclamó el derecho a la desobediencia civil precisamente a raíz de su encarcelamiento por negarse a pagar impuestos.

Como digo, no pretendo entrar en el fondo de este debate: únicamente quiero poner de manifiesto que resulta de todo punto razonable sostener que las leyes pueden ser injustas y que los ciudadanos pueden negarse a acatar las leyes injustas. Es decir, resulta de todo punto razonable rechazar que el Estado posea un imperium absoluto para decretar cualesquiera normativas de obligado cumplimiento para el ciudadano. De hecho, la propia Ada Colau ha hecho varios llamamientos a la desobediencia civil contra diversas normativas que considera injustas (como la Ley Hipotecaria o un eventual fallo del Tribunal Constitución que tumbe la Ley de Consultas del Gobierno catalán).

En este sentido, las leyes tributarias, en tanto en cuanto constituyen una sustracción de la propiedad legítima y pacíficamente adquirida por los ciudadanos, bien podrían considerarse leyes injustas contra cuyo cumplimiento cabría objetar en conciencia (huelga aclarar que la propiedad que no haya sido legítima y pacíficamente adquirida no debe ser perseguida por la vía tributaria, sino por la vía judicial). Hoy en día, el derecho a la objeción de conciencia contra las leyes que imponen el servicio militar obligatorio se halla ampliamente aceptado (en España, incluso se ha constitucionalizado): ¿por qué consideramos legítimo objetar contra el mandato estatal consistente en una obligación de hacer (prestarle al Estado el servicio militar) pero no consideramos igual de legítimo objetar contra el mandato estatal consistente en una obligación de dar (pagar impuestos al Estado)? ¿Por qué tildar de terroristas a unos pero no a otros? A la postre, negarse a defender el territorio español podría eventualmente causar muchas más muertes que negarse a pagar impuestos.

Pero asumamos que las leyes tributarias sí son normas justas contra las que no cabe objetar lícitamente. ¿Implicaría que los defraudadores fiscales son terroristas? No. Cualquiera de nosotros carga con obligaciones de imperativo cumplimiento: el deber de cumplir los contratos de buena fe, de pagar las deudas monetarias, de abonar las cuotas de la comunidad de vecinos, etc. Como mucho, podríamos considerar que la obligación tributaria es una obligación de tan imperativo cumplimiento como las anteriores (en realidad, de menos imperativo cumplimiento, porque las anteriores obligaciones surgen del consentimiento entre las partes, mientras que los impuestos no). Pero, ¿acaso calificaríamos de "terroristas" a quienes no cumplieran un contrato, no pagaran una deuda o se escaquearan de contribuir a sostener la comunidad de vecinos? No: serían personas merecedoras de reproche por parte del sistema jurídico, pero de un reproche de magnitud radicalmente distinta a la que merece un terrorista (de entrada, las primeras sanciones quedarían dentro del ordenamiento civil y las segundas dentro del ordenamiento penal). Dicho de otra forma: no parece el paradigma de la proporcionalidad el que un señor que no pague una deuda sea condenado a 30 años de cárcel (o a cadena perpetua o a la pena capital, tal como sucede con los terroristas en otros ordenamientos jurídicos).

No cumplir con las deudas tributarias debería merecer, como mucho, la misma sanción que no cumplir con, por ejemplo, las deudas hipotecarias: a saber, embargo de los bienes presentes y futuros del deudor hasta el pleno resarcimiento de la obligación más una correspondiente indemnización por daños y perjuicios. Ada Colau, sin embargo, no sólo considera que la deuda hipotecaria debiera extinguirse únicamente con la entrega del bien inmueble hipotecado (lo cual, aisladamente, es un contenido contractual perfectamente lícito), sino que además pretende elevar el reproche jurídico propio del impago de las deudas fiscales hasta equipararlo con el del delito de terrorismo.

¿A qué viene esa doble vara de medir? La razón que ha alegado Colau es que el defraudador está provocando recortes del gasto –en educación, sanidad o dependencia– que a su vez generan muertos: no pagar impuestos, pues, mata en la misma medida en que matan los terroristas. Pero, aun asumiendo que el fraude fiscal generara muertos, el ilícito penal más cercano no sería el de terrorismo, sino el de "omisión del deber de socorro": delito castigado con una pena máxima de doce meses de cárcel (frente a los 30 años del delito de terrorismo). Por tanto, ni siquiera aceptando todas las premisas de Colau cabría considerar terroristas a los defraudadores fiscales.

Además, no perdamos de vista que, en tanto en cuanto los ingresos estatales ascienden a casi el 40% del PIB, es evidente que el Estado dispone de recursos más que suficientes para evitar todas las muertes vinculadas a la desnutrición o a la falta de atención a enfermos o a dependientes (no me queda claro por qué Colau afirma que los recortes en Educación matan). Si el Estado no concentra la totalidad de sus recursos en estas áreas es simplemente porque la mayoría de la población no estaría dispuesta a recortar el gasto en educación, infraestructuras, I+D o salarios de los empleados públicos cuanto fuera necesario para evitar recortes en Sanidad o Dependencia. ¿Significa esto que esa mayoría de la población es culpable de un delito de omisión del deber de socorro o incluso, siguiendo a Ada Colau, de un delito de terrorismo? No, porque no resulta razonable extender el deber de socorro hasta ese extremo; pero técnicamente sí estamos omitiendo el socorro ajeno al priorizar áreas del gasto público que juzgamos más importantes que las vinculadas al auxilio de los necesitados.

En definitiva, una cosa es que, tras aceptar la más que discutible proposición de que no existe un derecho cívico de resistencia legítima a los impuestos, afirmemos que el ordenamiento jurídico debe sancionar a quien incumple sus obligaciones tributarias y otra, muy distinta, pretender equiparar la sanción del fraude fiscal con la del terrorismo. Sólo desde el populismo más exacerbado, conducente a engendrar un odio transversal que sirva como plataforma para tomar el poder, podría identificarse el incumplimiento de una presunta obligación pecuniaria –no nacida del consentimiento del deudor– con el terrorismo, esto es, con el uso deliberado, organizado e intimidatorio de la violencia contra la vida y la propiedad de las personas.

¿Acaso la única alternativa a la casta populista que padecemos es una neocasta hiperpopulista?

La soberbia de los colectivistas

Es relativamente frecuente encontrar por la calle a gente con la cara del Ché estampada en su camiseta, manifestaciones en las que se enarbolan diferentes símbolos comunistas e incluso partidos políticos que todavía hoy se declaran seguidores de Marx -Carlos, no Groucho- y se enorgullecen de ello. A pesar de que cien millones de muertos los contemplan, gozan de una tolerancia social que, por ejemplo, los seguidores de la rama nacional-socialista -por suerte- no tienen. El colectivismo estatista es un continuo ideológico que supera la brecha entre izquierda y derecha, el socialismo es transversal y desde que desde el centro político se pretender planificar una sociedad de forma coactiva y a través del monopolio estatal solo pueden encontrarse diferentes grados de colectivismo.

El socialismo, además de un error teórico y una fábrica de miseria en la práctica, tiene como punto de partida la soberbia del socialista que se cree mejor que los demás. Autopresume su bondad y cae en la fatal arrogancia para organizar las vidas ajenas sin tener en cuenta ni las consecuencias ni lo que quieren los organizados, a quienes se les presume, en el mejor de los casos, ignorancia, y en el peor, maldad. El colectivista puede planificar la vida social porque él es bueno y sabe lo que los demás necesitan frente a quienes no tienen esa conciencia o son egoístas y avariciosos.

Este desprecio hacia los demás ofrece una ventaja a los socialistas en el debate público en el que se permiten dar lecciones y cuestionar la mera existencia de las propuestas alternativas a las suyas. Las discusiones superan el plano racional y desde su atalaya moral pontifican sobre todo tipo de cuestiones que terminan inmiscuyéndose en la vida de todos. Los mecanismos mentales del progre están más cerca de la fe que de la razón. De ahí su confianza en el mesías/político y las soluciones milagrosas. Esta visión pseudo-religiosa ha sustituido la posición de la Iglesia en el debate público y se apoya en el Estado para convertir su moral en ley.

No obstante, hay principios como la libertad individual y el respeto a la propiedad que ningún colectivismo ha sido capaz de borrar. Esa ansia de libertad es inseparable del ser humano y es el único baluarte que le protege de la servidumbre. Al defender el liberalismo se incide demasiado en la prosperidad social que genera cuando en realidad ser libre siempre es mejor que estar sometido pese a que ello no conllevara más progreso. Por ello, a pesar de esa soberbia en el debate público, los colectivistas esconden siempre sus verdaderas intenciones que chocan frontalmente con la voluntad de libertad y la propiedad individual.

No es de extrañar tampoco que el último invento político que ha conseguido captar la atención de los votantes haya sido una de las marcas blancas del comunismo, ese chavismo con coleta que utiliza a los indignados como organización pantalla para llegar al poder y hacer la revolución desde el núcleo del sistema.

Los colectivistas se permiten el lujo de pasear su soberbia en público pese a sus fracasos debido a que los defensores de la libertad no se los recuerdan suficientemente. Ya lo dijo Jefferson, "el precio de la libertad es una eterna vigilancia".

Llamando a la rebelión

Llamando a la rebelión, pero no a la de las masas, sino todo lo contrario: la rebelión de las minorías.

Estos días tan propicios para ver cine relajadamente en casa me han conducido a una película titulada Hannah Arendt, en honor a la filósofa judío alemana que emigró a EEUU en 1941 huyendo del régimen nazi. En la película, se relata el seguimiento que ella mismo dio para el New Yorker del proceso de Israel al coronel de las SS Adolf Eichmann, sus conclusiones y las enemistades que se creó con la comunidad judía.

Con independencia de su juicio personal alrededor de la responsabilidad última de Eichmann en la solución final, esta autora mantuvo un interés máximo en entender el origen de la maldad. Contraponía el “mal radical” (Kant) con lo que ella observó durante el juicio a Eichmann como “banalidad” o “trivialidad” del mal. El “no pensamiento”, es decir, el inexistente juicio crítico del (podríamos denominarlo así siguiendo a Ortega) “hombre masa” conduciría en el caso judío no tanto a un “genocidio” como a un “asesinato en masa administrativo”. Un burócrata, señor complaciente (algo encorvado ante tan continuada genuflexión) al que le llegan unas directrices desde arriba, unas cifras de resultados esperados, un formulario que con gran diligencia rellena, firma y mueve hacia el siguiente eslabón de la cadena de mando.

Un esquema moral, político y social en el que la individualidad no existe, en que se es parte de una maquinaria superior a la voluntad de uno, donde la responsabilidad se torna ambigua porque no existe la autonomía, donde las categorías del bien y el mal se desdibujan opacadas por una toma de decisiones que se realiza de manera absolutamente jerárquica y centralizada. Un marco en el que el éxito de uno deriva de servir a esa maquinaria sin compasión; porque, o estás dentro, o estás fuera, literalmente. Un sistema en el que “el otro” es exterminable así, administrativamente, por no encajar en ese engranaje atroz que cosifica al hombre. El hombre convertido en medio, cuando no en prescindible chivo expiatorio, para la consecución de algún “bien común” destinado a los que sí han sido elegidos.

Muchas películas, entre la ciencia ficción y la crítica política contra los totalitarismos, han reflejado bien estos mundos que demandan a gritos grandes dosis de subversión. Pero, ojo, esto es solo un caso, el de la drástica y dramática solución final. Hoy día nos acechan otros como los del Estado Islámico de Siria e Iraq, de similar cariz. Pero la demagogia, exuberante en democracia si se delega también la lucha por la libertad, no es otra cosa que esto: a menor escala, quizás como caldo de cultivo de algo más drástico que esté por venir… Quién sabe. En esas estamos por estos lares patrios y eso es lo que nos jugamos en los próximos meses y años…

Frente a esto, frente a la tiranía del hombre masa, frente al imperio del “no pensar”, frente al dirigismo político e intelectual, igualitario, centralizador y que niega “al otro”, al distinto, debemos saber que hay alternativas. Y la alternativa no es otra que la libertad.

La libertad (no coacción) se esgrime desde el ámbito económico, entre los liberales, una y otra vez. Pero entiéndase que como requisito previo a ésta debe existir algo realmente complicado de lograr: el respeto al otro. La libertad será la consecuencia de tolerar al otro, de no laminarlo, de no esquilmarle, de no violarle. Y con eso no se nace, aun cuando ciertamente hay gente más respetuosa y empática que otra. Se trata de un marco social que hay que alcanzar a través del proceso de civilización.

También es un proceso, por supuesto, previo a la democracia. Pretender que, quitando a un tirano de Iraq e “implantando un proceso democrático”, la gente se va a respetar de manera automática es exudar un voluntarismo e ingenuidad extremos.

A través de vernos en el espejo de los demás, de considerarlos “un igual”, de entender que no son cosas, que también tienen sus fines, sus afinidades, sus miedos, sus preocupaciones, sus alegrías, su dolor, sus intereses, sus pensamientos, podremos alcanzar la ansiada libertad.

Y no es nada fácil porque la horda tira mucho, porque la protección del grupo cerrado y el miedo al extraño los tenemos impresos en nuestros quebrantables huesos. Porque huimos de la competencia como de la peste al ser los recursos escasos, o, mejor dicho, nuestro conocimiento sobre ellos. No querer competidores, no querer población creciente, no querer elementos que alteren el estado de cosas de la tribu debería ser “lo normal”. Porque lo normal, seguramente, sea no pensar. Hacer las cosas como siempre se han hecho y como las hemos aprendido. Buscar estabilidad, certidumbre. Y eso nos hace ser asimismo envidiosos con los que tienen éxito, con los “no iguales”, con los que se atreven y compiten, con los que sí piensan.

Por eso es tan complicado en sociedades más modernas y numerosas frenar el avance de la demagogia, evitar que élites políticas e intelectuales se agrupen para, apoyados por las mayorías, machacar a las minorías intelectuales, comerciales o sociales. Envidia e inacción (no pensar, que todo siga igual), y la detestable sed de poder y control de las élites políticas e intelectuales, juntas hacia un mismo fin. 

Pero hay grandes esperanzas también. La superación de esos miedos y atavismos contra los otros, a mi juicio, se consigue cuando la gente entiende que respetando y observando el comportamiento de ellos obtiene alguna gratificación personal (o grupal). Ya sea una conversación, una forma de hacer las cosas que nos sorprende, un producto que no disfrutábamos antes de toparnos con ese otro ser. El comercio, ya se sabe, es de lo más pacificador y civilizador.

Así, empezamos a disfrutar de la diferencia, de los matices personales, de la información y conocimiento que adquirimos con el intercambio de cualquier clase. Y no sólo emulamos ya el archimanido funcionamiento de la tribu, sino que emulamos y extrapolamos tras observar lo diferente: nos atrevemos, innovamos, adoptamos nuevas formas de hacer las cosas en lo personal o en la comunidad gracias al contacto con el exterior. Tomamos conciencia, seguramente, de nuestra individualidad a través del espejo del otro. Nos cargamos de una energía vital que impulsa nuevos y apasionantes retos. Empezamos a querer tomar las riendas de nuestra propia vida.

Una vida que, conforme crece la división del conocimiento, dependerá cada vez más del otro y del intercambio libre y pacífico con él. Del otro como proveedor, como colaborador, como adquirente de mi conocimiento. Y ya no será suficiente con respetarnos y garantizar libertad. Si queremos más, necesitaremos ir un paso más allá: tendremos que fiarnos, que concedernos tiempo, que dar nuestra palabra, que cooperar. Nos la tenemos que seguir jugando, ya no solo a corto, sino a medio y largo plazo. 

Del autocontrol y el respeto, de la individualidad y creatividad, y de la observación, emulación, cooperación y la confianza, no sólo obtendremos la ansiada libertad. Alcanzaremos más. Pues libre también es quien no hace nada por modificar su entorno y mejorar su vida, y libre también es ese mismo ser que al mismo tiempo se muestra crítico y agresivo, en lugar de agradecido, contra todo lo que le garantiza su libertad y prosperidad, movido por el desconocimiento, la solitaria apatía, la inseguridad y la envidia. No, con los elementos anteriores, habremos pasado del “hombre masa” sin criterio y acomodado al “hombre minoría”, el hombre que actúa, el hombre que se exige, el hombre que piensa, el hombre que se atreve, el hombre que coopera, el hombre con una misión de más largo plazo. El hombre que, con sus acciones y las de otros muchos hombres, se pone retos a sí mismo y a los demás. A los demás porque, de las acciones de los distintos grupos humanos buscando sus variados fines de manera no centralizada (negando una uniformidad o igualdad indeseables), sólo pueden surgir sorpresas, informaciones crecientes y variadas, nuevo conocimiento, que, gratuitamente, antes o después, llegará a sus congéneres para ser empleado en nuevos fines.

Sólo lo diferente y diverso puede generar sorpresas y crecientes oportunidades y riqueza. Lo “igual” es vacío interior, frustración y resentimiento. Pero socialmente también es inanición, es hacer las cosas siempre igual, es la economía de crecimiento cero, es condenarse a no disfrutar de mejores condiciones de vida, es población menguante, es el triunfo del mal fario maltusiano, es la guerra por los recursos. No es condición suficiente, pero sí necesaria para la paz, libertad y prosperidad la aceptación y el triunfo de lo diverso.

Es la hora de la rebelión de las minorías.

La simpleza de la teoría económica

La teoría económica es la ciencia que explica los fenómenos económicos. De la misma forma que Newton observó que una manzana caía de un árbol y buscó una explicación a dicho fenómeno que le terminó llevando a la ley de la Gravedad, otros pensadores observaron la existencia del precios para dicha manzana (o de la usura para los préstamos), y buscaron las explicaciones a dichos fenómenos. Así se fue conformando y se conforma hoy en día la teoría económica.

A diferencia de la caída de la manzana y de los demás fenómenos naturales, los fenómenos económicos tienen su origen en el ser humano y en su acción. En ausencia del ser humano, la manzana sigue cayendo al suelo. Sin embargo, en ausencia del ser humano, no hay precio para la manzana. No tiene sentido la teoría económica si no hay ser humano.

Por ello, la metodología de la teoría económica toma (o ha de tomar) como punto de partida al ser humano y su acción. Dicha metodología se llama praxeología, y modela al ser humano como un sujeto que actúa. Quizá el principal pivote sobre el que se sustenta la praxeología es el siguiente axioma: el hombre actúa cuando cree que la situación a la que va a llegar es mejor para él que la situación inicial. O, dicho de otra forma, cuando los "ingresos" que espera obtener de la acción superan a los "costes" en que espera incurrir.

A partir de esta axioma, indemostrable pero irrebatible, se podrían construir las teorías que explican los distintos fenómenos sociales (no solo económicos) que observamos a nuestro alrededor.

Aunque el axioma de partida pueda parecer sencillo e intuitivo, lo cierto es que su aplicación en la práctica es extremadamente problemática.

En primer lugar, los costes e ingresos a que se refiere, son costes e ingresos subjetivos. Solo el individuo que está actuando conoce (o cree conocer) los costes que lo supondrá la acción que está estudiando realizar, y los ingresos que de ella puede obtener. Pero es que estos costes e ingresos no son necesariamente económicos. Las motivaciones de la mayor parte de los individuos, e incluso de todos en la mayoría de las ocasiones, no tienen que ver con conseguir más dinero o gastar menos.

Son motivaciones que obedecen a nuestra religión, nuestra educación, el entorno, las costumbres…., todo lo que conforma nuestra escala de valores. Así pues, el científico social se enfrenta a que las magnitudes esenciales para comprender la acción del individuo le son completamente inaprehensibles. Ante una misma situación, dos individuos actúan de forma muy distinta, sin poderse prever de qué forma lo harán en ningún caso, y ello es porque perciben ingresos y costes completamente diferentes.

En segundo lugar, cuando el hombre actúa, lo hace creyendo que (subjetivamente) va a acabar en mejor situación que su punto de partida. Pero todos sabemos que los individuos nos equivocamos constantemente, por lo que puede perfectamente pasar que al final del acto el individuo esté peor, incluso desde su propio punto de vista subjetivo.

Finalmente, cualquier acción del individuo (esa estimación de ingresos y costes que la explica) depende de la información de que disponga y de su interpretación (una vez más subjetiva) de la misma. Con mayor información, cabe pensar que habrá más posibilidad de que su acción desemboque de la forma que él esperaba. A su vez, la decisión de obtener una mayor información es una acción sujeta también a la comparación entre ingresos y costes que se espere.

Como se observa, se trata de limitaciones muy grandes, incluso insalvables, a las que se enfrenta el científico social cuando trata de explicar los distintos fenómenos sociales que observamos: ¿Por qué triunfó el cristianismo? ¿Por qué la gente se casa? ¿Por qué hay guerras? ¿Por qué no hay sociedades anárquicas en la actualidad? ¿Por qué ha crecido tanto Podemos?

Son todas observaciones empíricas de la realidad social a las que el uso de la praxeología debería poder dar respuesta. Y, sin embargo, es muy difícil. Hay muchas opiniones al respecto de cada cuestión, pero resulta prácticamente imposible llegar a una explicación de base científica.

Afortunadamente para el científico económico, cuando se trata de explicar fenómenos de esta índole podemos hacer simplificaciones en el modelo de acción del ser humano que nos permiten llegar a teorías de una forma bastante fiable.

La primera simplificación que podemos razonablemente hacer está relacionada con los costes e ingresos. Si estamos analizando fenómenos económicos, se pueden descartar de la ecuación todos aquellos costes e ingresos que no sean en términos de bienes, sean tangibles o intangibles, monetarios o de otro tipo. Por supuesto, sigue habiendo la posibilidad de error, y sigue habiendo muchos individuos que tomarán sus decisiones considerando otro tipo de costes e ingresos (los llamados por Rothbard, "psicológicos").

Pero al ser estos costes e ingresos tan variados, el teórico económico puede asumir que no tendrán suficiente fuerza para cambiar las tendencias generales forzadas por una mayoría de individuos solo pendientes de costes e ingresos puramente económicos, subyacentes en todo caso también en las decisiones de los individuos que incluyen otro tipo de costes.

Por tanto, a efectos de teoría económica, el individuo actúa cuando cree que va a obtener un beneficio económico de su acción, que los ingresos van a superar a los costes de la misma. El individuo sigue pudiendo equivocarse, el individuo sigue siendo el único que puede percibir sus costes e ingresos, el individuo sigue interpretando la información de forma subjetiva. Pero esa simplificación es decisiva para poder avanzar en el ámbito científico de la economía.

Gracias a esa simplificación, podemos explicar las acciones económicas del individuo en términos de los precios que observa en el mercado, y tiene sentido el cálculo económico como mecanismo de decisión. Y a partir de la teoría del precio, a su vez montada sobre la teoría del valor, se van construyendo las teorías que explican los distintos fenómenos económicos.

Otras simplificaciones subsiguientes también facilitan enormemente el desarrollo de la teoría económica con la praxeología. Por ejemplo, la asunción de que existe un bien generalmente aceptado en los intercambios (el dinero) facilita enormemente la realización de cálculo económico (a su vez, otra acción con sus costes y beneficios) hasta el punto de que se puede asumir que su uso para la toma de decisiones es generalizado (aunque, una vez más, haya gente que no lo use).

Dado que la mayor parte de las transacciones en nuestra sociedad son con dinero, la simplificación anterior no debería separar los resultados del análisis de lo que ocurre en la realidad. Sí, puede haber transacciones no monetarias, pero no alterarán significativamente las teorías desarrolladas con la asunción de que no existen.

También es de gran importancia la consideración del empresario, pues éste sí es una figura en la que se puede simplificar la comparativa de costes e ingresos reduciéndolos exclusivamente a los monetarios. Gracias a ello podemos desarrollar, por ejemplo, la teoría del control de precios.

Se acusa muchas veces a los economistas de utilizar modelos demasiado irreales del individuo, que lógicamente dan lugar a teorías absurdas. En este artículo se pone de manifiesto que eso no ocurre con la praxeología. Aquí el punto de partida es el individuo con toda la riqueza de matices que supone su acción: ingresos y costes psicológicos, posibilidad de error, subjetividad de las apreciaciones. La simplificación para el economista no procede de olvidar dichos aspectos, sino de considerar como primera aproximación que, dado que cada una de esas componentes va a ser muy específica en cada individuo, no podrán cambiar el sentido general marcado por la interacción de los precios.

En suma, podríamos decir que las teorías económicas desarrolladas mediante praxeología tienen cierto "ruido", que se puede corregir añadiendo el consabido "ceteris paribus" al enunciado del teorema. Pero este parece un precio bajo a pagar a cambio de la simplificación (la "simpleza") que hace posible el desarrollo de la ciencia económica.

El bálsamo de Fierabrás del PP

Cuando el emperador Balán y su hijo Fierabrás conquistaron Roma, robaron dos barriles con el líquido en el que se había embalsamado el cuerpo de Jesucristo. El mismísimo don Quijote de La Mancha le contaba al fiel Sancho cuáles eran los ingredientes del bálsamo y comprobaba en sus enjutas carnes los beneficiosos efectos del mejunje. A partir de esa leyenda, el término "bálsamo de Fierabrás" se aplica a aquella solución milagrosa que todo lo cura. Los partidos políticos son expertos en inventarse cada uno el suyo. Podemos tiene el reparto. El PP sacar pecho cuando tiene miedo. En un caso y en otro, no cuela. Pero mientras que Podemos responde a una situación angustiosa y la gente ve lo que quiere ver por pura desesperación en los planes irrealizables del partido de Pablo Iglesias, la "sacada de pecho" del Partido Popular resulta patética y delatora, como quien sin disimulo, se pinta con rotulador marrón la incipiente calva en la coronilla.

Los salvapatrias: el Fierabrás español

Si algo nos gusta en este país es un líder carismático. Que atraiga. Que seduzca. Aunque no diga nada sensato, aunque sus palabras sean más falsas que una moneda de tres euros… pero que le oigas y te enganche. Nos encanta. En realidad, esos salvapatrias se llaman cantamañanas, y hemos tenido varios. Todo empezó con Suárez y su aspecto de galán de mirada intensa. A mi abuela le encantaba Felipe González porque era atractivo: "Lo que dice me da lo mismo. ¿Dice algo?". Aznar era el líder sin carisma y empezó a desbarrar cuando alguien le susurró al oído "Nene, tú vales mucho" y se lo creyó. En vez de seguir su estilo de tecnócrata eficiente, empezó a creerse una figura y perdió su estilo.

Nuestro último salvapatrias es Pablo Iglesias.  Es un poco el antihéroe, como esa hornada de actores bajitos y feos que sucedió a la generación de Paul Newman y Robert Redford. Coleta, camisa violeta o de cuadros, pantalones vaqueros, cuidado aspecto de anti-sistema de libro, podría ser la obra de la mente de Fernando Díaz Villanueva. Pero es real. Y su éxito lo obtiene del malestar, de la desgracia, de la miseria, del enorme hartazgo político de nuestro país. Dudoso honor subir a costa de todo eso.

Y ¿qué pasa mientras el tándem Iglesias/Monedero dice bobadas que tantos y tantos compran y siguen en su supuesto ascenso popular? Pues que los dos partidos principales, el PP y el PSOE, se palpan el cuerpo y no se hallan. Están desubicados. Así que, o bien se centran en la construcción de un liderazgo para las municipales de septiembre del 2015, como el PSOE y sin mucho éxito, de momento, o bien tratan de minimizar el bofetón moral.

Porque, una cosa es que un rival de los grandes te dé una paliza y otra cosa es que unos tipos que proponen unicornios para todos, ejércitos sin jerarquías y cosas así te saque tres cabezas. Porque eso es lo que dicen las encuestas. Una humillación moral en toda regla.

Mucha pluma y poca chicha

Y lo que hace el Partido Popular, esta vez encarnado en el portavoz adjunto del Congreso, Rafael Hernando en una entrevista publicada en este periódico, es sacar pecho y tratar de minimizar la cosa. Nada… resulta que Podemos forma parte del auge de estos salvapatrias que se han puesto de moda en Europa como Syriza en Grecia o Grillo en Italia. Una moda molesta pero pasajera, como los pantalones campana de los 70 o las terribles hombreras de los años 80. Que es tanto como decir: "Nos ha salido ese grano en la nariz sin que tengamos nada que ver". Cualquier cosa menos asumir que los dos grandes partidos políticos han estafado a muchos de sus votantes, que han mentido, manipulado la opinión y defraudado las expectativas de populares y socialistas. Es decir, lo que sea menos decir la verdad.

El PP saca pecho inflando el plumaje, más que desarrollando músculo, porque no da para más. Esa es la medida de la mediocridad del sistema, en el que el PSOE desde luego, no se queda atrás. Y, mientras unos presentan un líder de paja y otros hacen el pavo real, ambos partidos se izquierdizan, tratando de rescatar el voto enfadado que ha apostado por el de la coleta que sale tanto en la tele, y que abarca a jóvenes, maduros, empresarios y amas de casa, muy cansados de siempre lo mismo.

En una realidad paralela, en una galaxia remota, posiblemente PP y PSOE estarían haciendo una revisión profunda de los do y los don’t, de lo que no hay que repetir, de cómo recuperar la ilusión del votante. O estarían asumiendo culpas y dejando paso a otros. Pero eso es una realidad paralela.

Leyes, voluntad y poder

Los contenidos de las leyes y su cumplimiento dependen de la voluntad y el poder de los individuos y los grupos en un entorno social. La conducta humana está regulada mediante leyes generadas y gestionadas por los propios seres humanos; algunas de sus acciones pueden tener como objetivo intencional o como consecuencia imprevista la determinación del contenido de las reglas sociales; los agentes eligen si respetan las reglas o no, y eligen cómo reaccionar frente a los incumplimientos ajenos, si ignorándolos o denunciándolos e intentando reprimirlos.

Como a la voluntad no le gusta verse restringida u obligada y suele gustarle controlar otras voluntades, los individuos pueden incumplir las leyes, exigir que otros las cumplan o no, e intentar cambiarlas para que reflejen sus propios intereses.

Las leyes son límites o barreras a la conducta: son mecanismos de control que delimitan el ámbito de acción de la voluntad, marcan ciertos terrenos como prohibidos, otros como obligatorios, y otros como opcionales. Las normas prohíben cosas que alguien querría hacer, y obligan a cosas que alguien no quiere hacer: no tiene mucho sentido prohibir lo que nadie desea hacer u obligar a lo que todos hacen voluntariamente.

Las leyes son entidades culturales, ideas producidas, modificadas, aceptadas o rechazadas por los seres humanos: se encuentran en sus mentes y en otras memorias externas (tablas, libros, soportes informáticos). Algunas reglas se consolidan como tradiciones o costumbres cuyo origen quizás se desconoce; otras se atribuyen a héroes de leyenda, a personajes míticos o a la voluntad de dioses imaginarios, probablemente para resaltar su importancia o el poder subyacente a las mismas.

Las leyes vigentes reflejan equilibrios de poderes entre individuos y grupos que pueden ser aliados cooperadores o enemigos competidores. Las normas son las que son, y no otras, y se cumplen o no, como resultado de la interacción de múltiples agentes con distintas capacidades y preferencias: unas personas convencen a otras de la conveniencia de seguir ciertas reglas; los poderosos, bien organizados, pueden expresar su dominio sobre los débiles mediante órdenes concretas o mandatos más genéricos; los colectivos votan qué leyes regulan su convivencia; los legisladores promulgan normas; los agentes pactan reglas mediante contratos.

Los seres humanos actúan con lo que tienen para conseguir lo que quieren: usan su poder, su capacidad de acción, para alcanzar los objetivos deseados. En las relaciones con los demás el poder tiene diversas formas: fuerza (violencia para atacar y dañar o para defender y proteger), riqueza (control sobre bienes y servicios valiosos para regalar, compartir o intercambiar), persuasión (lenguaje y argumentación racional o retórica emocional para influir y convencer), estatus (prestigio, reputación, autoridad, servir como referencia para otros), belleza (atractivo físico o de otro tipo) e inteligencia social para saber cómo usar y organizar todos estos medios y gestionar las interacciones sociales.

Los individuos y grupos con más poder (fuerza, riqueza, capacidad de persuasión, estatus, atractivo e inteligencia social) tienen más influencia sobre los contenidos de las leyes y la gestión de su cumplimiento. Los poderosos inteligentes no suelen usar solamente la violencia para imponerse: también entregan riqueza a sus aliados o compran la voluntad de las masas (pan y circo), y recurren a la persuasión y a la manipulación, intentan presentarse como justos y legítimos según algún criterio moral o ético selectivo.

El hecho de que las normas no sean iguales para todos y que beneficien a unos a costa de otros puede reflejar diferencias de poder en la sociedad. Las leyes pueden servir como defensas protectoras contra las agresiones de otros, pero también pueden utilizarse como armas de ataque, como restricciones para oprimir, parasitar o esclavizar a otros.

Los contenidos de las leyes y sus sistemas de supervisión son realidades diferentes: una cosa es lo que se declara que se debe hacer, y otra cosa distinta es lo que efectivamente se exige que se haga. Algunas culturas tienen pocas leyes pero son muy estrictas con su cumplimiento; otras tienen muchas leyes pero su cumplimiento es laxo.

Algunas normas están internalizadas en la mente de las personas (seguramente tras algún proceso de enseñanza, socialización o adoctrinamiento), de modo que las sienten íntimamente como suyas, les repugna o ni se plantean violar una determinada ley, saltarse una prohibición, incumplir una obligación (y quizás les indigna que otros lo hagan). Otras reglas están acompañadas de incentivos externos como premios o castigos, que requieren algún sistema social de vigilancia y supervisión de la conducta (testigos, policía, justicia) y algún poder para entregar premios o aplicar castigos: estos sistemas son imperfectos, y el agente puede tener en cuenta su capacidad para esquivarlos y no ser descubierto o penalizado.

Los sistemas sociales de control del comportamiento requieren algún tipo de poder: medios para la vigilancia; riqueza para entregar como recompensa; fuerza para capturar y castigar al infractor; persuasión para convencer a otros de la justicia y conveniencia de un veredicto, y si es necesario conseguir que participen en el mismo (boicoteo, exclusión, repudio, ostracismo).

Las sociedades complejas suelen tener especialistas para estas tareas (gobernantes, legisladores, jueces, policías), que pueden actuar como monopolios o en competencia, y de forma centralizada o descentralizada: los ciudadanos pueden ser más o menos activos en estas funciones.

Los sistemas de producción, vigilancia y control de las leyes pueden ser más o menos competentes y eficientes y estar o no corrompidos: las leyes pueden servir para la convivencia armoniosa y la gestión de lo común o para la promoción de intereses de grupos de presión (que pueden ser los propios gobernantes y sus burócratas). La supervisión de la ley es imperfecta: puede ser muy problemático saber quién ha hecho qué y cómo asignar méritos o responsabilidades.

El infractor de una ley que es descubierto y denunciado puede reconocer su falta, avergonzarse, pedir perdón y ofrecer alguna compensación o restitución: pero también puede negarlo todo, ofenderse, presentarse como víctima o incluso amenazar a los denunciantes.

Algunos individuos insisten en obedecer las normas sin importar las consecuencias (deontología), mientras que otros valoran las normas y su cumplimiento según sus resultados, para ellos (probabilidad de ser descubierto y condenado, intensidad del castigo) o para la sociedad (utilitarismo individual o colectivo). Algunas personas insisten en que la ley es la ley y no hay más que hablar, mientras que otros se plantean por qué esa ley y no otra, o qué la fundamenta, legitima o justifica. El cumplimiento estricto y riguroso de la ley hace a las personas más predecibles y fiables, de modo que puede servir como señal y garantía de lealtad en la cooperación: pero esa ley puede tener aspectos nocivos y su acatamiento entonces causa daños a algunos.

Aunque es posible elegir las leyes, no es posible escoger las consecuencias de intentar cumplir y hacer cumplir esas leyes: las diferentes normas funcionan o no, tienen distintos resultados económicos y sociales; algunas fomentan la armonía y el desarrollo (liberalismo), otras provocan conflictividad y pobreza (socialismo, comunismo, estatismo).

El ámbito del razonamiento ético y moral puede servir para argumentar contra la opresión de los poderosos, para resistirse a su persuasión manipuladora: ellos imponen la ley, pero no deciden acerca de cuestiones de justicia o legitimidad sobre las cuales en principio no tienen control. Sin embargo qué criterio se utiliza para definir la justicia (igualdad ante la ley, igualdad mediante la ley, desigualdad ante la ley por algún motivo) depende de la cultura de un grupo, de cómo se eduque o adoctrine a los ciudadanos: y los poderosos pueden utilizar la capacidad de persuasión propia o de otros a su servicio para controlar el pensamiento y el discurso moral.

Los poderosos mandan, legislan y deciden qué es lo que se considera correcto, bueno, permitido, y qué se considera incorrecto, malo, prohibido: might makes right. Pero también es posible que el hacer lo justo, lo ético, lo moral, sea fuente de poder al conseguir un estatus elevado: right makes might.

Reality bites, o los trocitos de crecimiento

En pleno agosto, a bocajarro, publica el diario El País una estupenda entrevista con el economista estadounidense Tyler Cowen, quien afirma que Estados Unidos y Europa solamente se dedican a "agarrar trocitos de crecimiento", que nos olvidemos de ese crecer como si no hubiera mañana. Y me ha recordado al título de la exitosa película, la primera dirigida por Ben Stiller, antes de que se convirtiera en el peor actor del siglo, Reality bites (1994). Los trocitos de crecimiento que seremos capaces de agarrar dependen de las medidas de política económica que apliquemos y, por supuesto, de lo que pase con el resto de la manada de países occidentales convalecientes de la crisis del 2007 y la recesión posterior.

El crecimiento "apagado"

En ese sentido, la agencia Moody’s, amada u odiada en función de las calificaciones, como si fuera una profesora en una clase de niñatos, habla de que la economía global mejora pero a ritmo lento, poco a poco, como renqueando. Que está muy bien, pero no es la recuperación que algunos pretenden hacernos creer. Y, pensándolo bien, atendiendo a las palabras de los ministros, a veces pienso que las exageraciones en este tema provienen de quien quiere derrotar a una persona o a un ministerio (dentro o fuera del partido). Al exagerar la nota podrán señalar con el dedo con fuerza cuando a la recuperación le tiemblen las piernas.

Pero no es el caso de Moody’s. La agencia habla de la economía global, se trata de una agregación, es decir, de un engaño oficial, lícito, aceptado, enseñado en las universidades, proclamado en los periódicos y engullido por los lectores: la economía global va bien, ya podemos dormir tranquilos.

Y es un engaño del tamaño de la frase "Todo va a salir bien" en boca del Bruce Willis de turno frente a la congelación del planeta, la aparición de Godzilla o el Apocalipsis.

¿Qué quiere decir que la economía global crece lentamente? ¿En qué medida ese crecimiento apagado es significativo para usted o para mí? Que el conjunto de los países de la OCDE (o de más aún) sea del 2,8% anual o del 2,5% anual no significa que los españoles vayamos a emprender, que el Gobierno vaya a dejar de jugar con nuestras expectativas, que se vayan a colocar adecuadamente los incentivos para que se genere riqueza y, como dice Tyler Cowen en su entrevista, se mejoren las capas menos favorecidas sin meter el hacha a los que ganan más. No por nada, es que no es necesario. Lo que sí es imprescindible es acabar con los privilegios. Y eso no está computado en el índice que maneja Moody’s.

Por otro lado, ese matiz que marca el crecimiento como débil (o apagado) es importante, porque muestra que, ante una crisis de uno de los países de apoyo de nuestras economías occidentales convalecientes, el dominó puede movilizarse de nuevo y ya sabemos que no son predecibles ni el final ni el alcance.

El tamaño importa, el cómo determina

Y la cuestión es que los temblores económicos debidos a la depreciación de las divisas de los países emergentes, los temores ante las medidas de Putin que perjudicarían tanto las exportaciones españolas, o la fragilidad de la recuperación italiana, son como espadas de Damocles que oscilan sobre nuestras cabezas amenazando con caernos encima en cualquier momento.

No puede ser más acertado el diagnostico de Tyler Cowen: resulta que nos endeudamos y gastamos como si creciéramos al 3% pero no era un crecimiento real. Y ahora nos vemos en la penosa tarea de deshacer el entuerto y emprender políticas que nos permitan reanudar una actividad económica saludable. Cowen calcula que la pérdida de poder adquisitivo de los estadounidenses ha sido entre un 5 y un 10% y cree que en los próximos 10-15 años seguirá empeorando la cosa. El panorama que pinta no es, sin embargo, terrible, sino que nos muestra que la salida nos llevará a una forma de vida diferente. Y eso puede no ser malo. Eso sí, requiere, en mi opinión, un cambio de mentalidad que no sé si se da en Estados Unidos, pero que me consta que no se está produciendo en España. Seguimos atrapados en ese bucle gasto-deuda erigido sobre un crecimiento potencial que se puede dar o no, porque nadie se fía de los datos.

Así que si queremos que los trocitos de crecimiento sean grandes, hemos de observar escrupulosamente el cómo crecemos, no basándonos en estímulos electoralistas, sino en la creación de incentivos para los que generan riqueza de manera que en vez de cortar la cabeza a quien tenga más, aseguremos un futuro venturoso a quienes no tienen. Esos incentivos pasan por dejar de empobrecer a la clase media, quitar piedras del camino (fiscal) a las empresas que han de crear empleos, y favorecer que quienes tomaron malas decisiones asuman su responsabilidad tanto económica como política (empecemos por las cajas y la banca privada). Pero claro… la realidad es que muchos de quienes están en el tablero político caerían. Esos reality bites en España no van a permitirnos crecer en trozos, sino en migajas, y lo peor, es que mientras les permitan ganar elecciones, nos seguirán engañando. Y tan contentos.

Axel Kaiser: “En Chile, como en España, la derecha no defiende los principios liberales”

Nacido en Santiago de Chile en el año 1981, el abogado Axel Kaiser es uno de los analistas políticos y económicos más influyentes de su país. Columnista de varios diarios chilenos, Kaiser es Director Ejecutivo de la Fundación para el Progreso y está siguiendo estudios de Doctorado en la Universidad de Heidelberg, en Alemania.

– Pregunta: ¿Está en peligro el "modelo chileno"? Durante ya varias décadas, izquierda y derecha parecían estar de acuerdo en mantener un paradigma liberal que ahora está en entredicho.

Respuesta: El debate político se ha ridiculizado hacia la izquierda y esto supone un peligro real, ya que se pretende cambiar por entero el fundamento del sistema actual. Hoy Chile mantiene un paradigma económico razonablemente liberal, si bien el Estado interviene mucho más de lo que debería. Pese a ello, el actual bloque de gobierno está dispuesto a reemplazar el "modelo" e implementar un programa socialista de máximos.

– Hace años, en "El Chile que viene", usted ya advertía de la deriva socialista que podría seguir su país. Parece que se han cumplido esos malos augurios…

Desde mediados de los 90 y, sobre todo, desde comienzos de la década pasada, las élites intelectuales chilenas intensificaron la retórica y los esfuerzos dirigidos a defender el establecimiento de un modelo económico basado en una mayor redistribución y un menor grado de libertad de mercado.

Lo grave es que las supuestas fuerzas de centro-derecha no hicieron nada por defender el sistema. Pensaban que el "modelo chileno" se defendía solo, y el resultado es que ahora hay cada vez más personas dispuestas a asumir el discurso de la izquierda, según el cual es necesario cambiar el sistema de acuerdo con las sugerencias de los intelectuales de izquierda. Frente a esta amenaza, es necesario defender la legitimidad y la moralidad del sistema capitalista que ha hecho progresar a Chile.

La izquierda hace bien su trabajo. No se puede culpar al socialismo de defender el socialismo. En Chile, como en España, el problema es que el centro-derecha no defienda los principios y las ideas liberales, aquellas que se supone que son suyas y que marcan sus diferencia frente al programa de la izquierda. Nunca puede faltar la integridad y el coraje a la hora de reivindicar la libertad. Ya decía Ayn Rand que la culpa no es de los colectivistas, sino de quienes no tienen la entereza suficiente para defender un modelo basado en la libertad personal y económica, en la autonomía individual frente al control del Estado.

– ¿Cuáles son los elementos centrales del "modelo chileno"?

En primer lugar, se apostó por una fuerte apertura comercial. Frente a las tesis del proteccionismo y la sustitución de importaciones, Chile se ha convertido en un referente para quienes defienden el libre comercio. En segundo lugar, el viejo paradigma monetario, marcado por la hiperinflación, ha sido sustituido por un nuevo marco en el que la estabilidad de la divisa es mucho mayor.

Un tercer punto que debemos mencionar es el del fuerte respeto a la protección privada, cuya integridad había sido cuestionada de forma creciente a lo largo del siglo XX, culminando en el experimento marxista y totalitario de Salvador Allende. A esto se une un cuarto elemento, consistente en la estabilidad fiscal. En este sentido, el sistema de pensiones, basado en la capitalización, evita desequilibrios como los que vemos hoy en Europa.

Por último, el quinto aspecto en el que descansa el sistema económico chileno es un esquema de protección social que actúa como "red de seguridad" para evitar situaciones de desamparo.

– Dicen los críticos del "modelo chileno" que el gran problema del país es la "desigualdad".

La igualdad es un impulso muy primitivo de los seres humanos, desde las sociedades tribales hasta hoy comprobamos que la envidia y el recelo ante el otro es algo habitual. Por eso, explotar estos sentimientos sale rentable políticamente, por mucho que los datos que miden la desigualdad de ingresos no muestren un aumento de las diferencias entre los chilenos. De hecho, entre las nuevas generaciones vemos las menores tasas de desigualdad en toda la historia de Chile.

– Recibió muchas críticas cuando afirmó que no debería hablarse de la educación como un "derecho"…

Me parece que los seres humanos tenemos el derecho a conservar el fruto de nuestro trabajo. Si creemos en la propiedad privada, difícilmente reconoceremos que otros tienen el "derecho" a tomar por la fuerza esa riqueza, por mucho que esa expropiación sea para financiar la educación. Entiendo perfectamente que puede existir la necesidad de acceder a la educación, pero esa necesidad no genera el "derecho" a despojar a otros de su riqueza. Es inmoral que algunos defiendan que pueden esclavizar a los demás para que así les financien aquello que consideran oportuno.

Por otro lado, si acaso se reconoce la educación como un "derecho", entonces esto debería llevar a su prestación generalizada, lo que abarcaría al más rico y también al más pobre. Sin embargo, entiendo que es preferible que, si el gobierno tiene que intervenir en este ámbito, lo haga apoyando particularmente a quienes no pueden financiarse el acceso. Es muy regresivo plantear un "acceso universal a la educación".

Teocracias, islamismo y geoestrategia

De todas las formas posibles que puede tomar un Estado, el teocrático puede llegar a ser de los más agobiantes, violentos y peligrosos. A las habituales instituciones basadas en la coacción habría que unir una moral estricta, convertida en algunos casos en ley, y que en general impregna tanto las relaciones sociales como los comportamientos individuales. Esta religión puede ser la única permitida, siempre tiene rango oficial y está asociada al Estado, del que se beneficia de todo tipo de prebendas y favores. En ocasiones es difícil distinguir entre las instituciones estatales y las religiosas, ya que en algunos casos coinciden.

Aquéllos que tienen el poder político suelen coincidir con los máximos dirigentes religiosos y poseen una estructura jerárquica clara, compatible con la estatal. Controlan la cultura, la formación, la educación y, en general, el comportamiento social, ligando cualquier otra actividad a las reglas religiosas, de forma que no se distingue lo que en Occidente se ha venido llamando los tres poderes. Todos o casi todos los habitantes del territorio están bajo esa ley. Según la naturaleza de la religión, estos estados pueden ser expansivos/imperialistas o cerrados/autárquicos.

Evidentemente, no todas las teocracias son tan asfixiantes como esta descripción puede dar a entender. Manteniendo en ambos casos dos tipos de moral que a muchos no gustan, el Vaticano, con el Papa como máximo dirigente, o el Tibet, con el Dalai Lama, son lógicamente mucho más flexibles y abiertos que cualquier país donde rige la Sharia como principal ley. Como en toda institución humana compleja, hay grados.

Desde finales de los años 60/70 del siglo pasado, se ha venido produciendo un cambio lento, pero constante, en el mundo islámico hacia posiciones cada vez más extremistas. La revolución iraní, que terminó con el gobierno del Shah e instauró el de los Ayatolás transformó un país donde se percibían signos de occidentalización en un régimen donde las leyes y normas musulmanas desterraron de las calles todo signo de “decadencia occidental”.

A lo largo de estos años, países como Afganistán, Pakistán, Argelia o, más recientemente, Irak, Siria o incluso Libia han experimentado o están experimentando, en su totalidad o en parte de su territorio, procesos similares que los están transformando en regímenes islamistas o donde el islamismo tiene un gran peso político y social. Incluso países como Egipto, Túnez o Turquía, donde el peso de la religión ha estado más limitado que en los árabes, han experimentado procesos políticos que han llevado a los islamistas al poder, con mayor o menor éxito.

Además, países como los árabes, que ya tenían un fuerte componente religioso en sus gobiernos, han experimentado un incremento de dicho peso y han alentado revoluciones en otros lugares del mundo, incluso apoyando directamente a grupos terroristas. Procesos recientes como la que llamaron Primavera Árabe, pero que ha afectado a muchos más países que a los árabes, han incrementado el peso de los islamistas en los gobiernos locales o incluso nacionales.

A diferencia de otros movimientos ideológicos, el islamismo no ha buscado necesariamente la alineación con las grandes potencias, siendo esta alianza, cuando se ha producido, circunstancial. Así, afganos de toda condición lucharon contra los soviéticos y tuvieron ayuda occidental; unas décadas después, esos mismos afganos y sus descendientes han luchando contra los que antes fueron sus aliados. Hoy por hoy, los musulmanes tienen problemas con las grandes potencias: Estados Unidos, Rusia, China o India, en confrontaciones directas, como la que tienen con el primero, o en conflictos internos o más localizados o menos publicitados, en el caso de los demás.

Estas confrontaciones no son sólo con enemigos externos. Los conflictos entre los propios musulmanes articulan de alguna manera la naturaleza de sus sociedades. Los chiíes y los suníes siempre han tenido serios problemas de convivencia, muy en la línea de los que tuvieron las iglesias, monarquías y estados cristianos durante los siglos XVI y XVII. Por otra parte, los árabes no se llevan bien con los persas (iraníes), turcos o magrebíes y otras nacionalidades o culturas.

Llama la atención que buena parte de la violencia terrorista ligada al mundo musulmán ocurra dentro de él y dirigida hacia aquellos que no comparten la interpretación del perpetrador. Vaya por delante que los “aliados” musulmanes son los que más víctimas palestinas suman y que la reciente guerra civil entre Al-Fatah y Hamás ha sido mucho más cruenta y sanguinaria que los recientes conflictos con los israelíes. Las cifras de muertos de los atentados contra mezquitas chiíes o suníes, de ser más publicitadas y analizadas por los medios de comunicación, escandalizarían a los honestos analistas que califican la importancia de un conflicto en función del número de víctimas mortales.

Uno de los más recientes episodios se ha dado en el territorio de Irak y Siria, donde Abu Bakr al-Baghdadi ha proclamado el Estado Islámico de Irak y Levante (EIIL en español y más conocido en el extranjero por su acrónimo inglés ISIS), que se extiende por el momento por territorio sirio e iraquí y que se articula como califato. El éxito de Abu Bakr ha sido meteórico y de él poco se sabe a ciencia cierta, mezclándose la leyenda con datos más o menos contrastados. Se cree que nació en la ciudad de Samarra, al norte de Bagdad, en el año 1971, que su verdadero nombre es Ibrahim bin Awad bin Ibrahim al Badri al Radawi al Husseini al Samarra’i, se doctoró en la Universidad Islámica de Bagdad y era clérigo en una mezquita de su ciudad natal cuando los Estados Unidos invadieron Irak en el año 2003. Ingresó en 2009 en el Estado Islámico de Irak, tras haber pasado varios años en un centro de detención, y un año después llegó al puesto más alto, después de que el líder anterior, Abu Omar al Baghdadi, fuera abatido. Después de ello, los intereses del EIIL son globales, abarcando desde la India hasta la mismísima Al-Andalus, territorios a los que “ha puesto” bajo su ley y donde la interpretación de su visión del Islam y la fe es básica.

Más allá de que esos datos sean ciertos o no o que sus intenciones sean un sueño o tenga poder real para imponerse, el EIIL ocupa y controla una amplia superficie tan grande como Jordania, en la que se sitúan ciudades iraquíes tan importantes como Mosul, Tikrit, Samarra y Faluya, o ya en Siria, Alepo. Ese control pasa por el de los recursos naturales de la zona, básicamente petróleo, que le pueden reportar financiación a su movimiento, los fondos y depósitos de los bancos de la zona y, en general, las riquezas acumuladas, sea cual sea su naturaleza, y lo que desde el punto de vista militar tiene más importancia, las armas que eran parte del ejército iraquí, incluyendo varios helicópteros Black Hawk.

El EIIL está implicado íntimamente tanto en la guerra civil siria como en el conflicto iraquí, y de ambos se alimenta territorialmente. Sus brutales ejecuciones son publicadas en las redes sociales y no es muy difícil encontrar vídeos donde se pueden ver las torturas a las que someten a los miembros de las fuerzas armadas iraquíes, que terminan siendo ejecutados sin que haya demasiados occidentales progresistas especialmente aturdidos o escandalizados. La crudeza y el extremismo del EIIL ha llegado incluso a la ruptura con Al-Qaeda, nada sospechosa de tolerancia y neutralidad, que lo expulsó en febrero de este año de la organización.

La ONU ha denunciado recientemente que en las nuevas ciudades ocupadas por el EIIL se ha producido un éxodo masivo que ha afectado a más de 200.000 personas, principalmente de la minoría yazidi, que es considerada por muchos musulmanes como adoradores del diablo, que se han visto forzados a abandonar sus hogares, huyendo a zonas más tolerantes con sus ritos y creencias. Por otra parte, los islamistas han comenzado a concentrarse y retomar las operaciones militares en la región autónoma kurda, donde también se producen éxodos y donde el acceso a comida, medicinas o agua potable es cada vez más difícil, tal como ha denunciado Nickolay Mladenov, enviado especial de la ONU a la zona. Esta migración forzosa, si no una limpieza étnica que se repite intermitentemente, no tiene demasiada repercusión en los medios españoles, más preocupados de las desdichas, ciertas o no, de ciertos colectivos sensibles.

La inestabilidad que vive Oriente Medio (guerra entre el terrorismo palestino e Israel, guerra civil siria, corrupción gubernamental e inestabilidad iraquí y afgana, entre otros conflictos), la riqueza petrolera de la zona, además de la nueva realidad geoestratégica global (Estados Unidos en retirada como garante de la paz mundial, sustitución de este papel por las potencias económicas y militares emergentes como China y Rusia) y el aumento de la presencia e influencia de potencias regionales como Turquía o Irán, están planteando a los gobiernos y estados implicados un contexto muy distinto al que había hace unas pocas décadas. Sin embargo, el nuevo califato no va a tener unas circunstancias fáciles en su proceso de expansión.

La aventura prodemocrática de Estados Unidos después de los atentados del 11 de septiembre de 2001 ha terminado con buena parte de la capacidad de de intervención en la zona. Estados Unidos no tiene intención política de intervenir en ningún conflicto a un nivel similar al de Afganistán e Irak, ni de liderar una intervención aunque sea auspiciada por la ONU, ni financieramente está preparado para una nueva guerra. Pero dado que el EIIL es suní y está persiguiendo o no tolerando a los chiíes, existen contactos entre el gobierno americano y su archienemigo Irán para cooperar y luchar con este estado emergente, además de estar colaborando con otras potencias y países de la zona para ayudar a su erradicación. Quizás pueda también esperarse una mayor implicación turca después de las elecciones del 10 de agosto.

Por otra parte, los intereses americanos en Oriente Medio están en retroceso. Precisamente, Estados Unidos está consiguiendo cierta independencia energética debido a la explotación de sus reservas por el sistema de fracking, lo que hace que sus grandes petroleras encuentren yacimientos lejos de conflictos regionales que encarecen y hacen más peligrosa su extracción. Sustituyendo a Estados Unidos se encuentra China, que tiene a los países árabes como uno de los socios comerciales principales. A ello hay que unir su acercamiento a Pakistán, el gran adversario de su también adversario económico, la India.

El volumen comercial entre China y estos países ha pasado de 25.500 millones de dólares en 2004 a 238.900 en 2013 y las previsiones para dentro de 10 años es que sean de 600.000. China necesita energía y los árabes tienen petróleo; entre 2004 y 2013, las importaciones de crudo árabe se han incrementado a un ritmo del 12% anual. A China no le interesa un nuevo estado que dificulte sus necesidades, así que a priori, es difícil pensar que esta potencia se convierta de la noche a la mañana en aliado del EIIL. Tampoco le interesa que el EIIL se implique en las revueltas de las poblaciones musulmanas de la provincia de Xinjiang.

Está claro que Irán, en su condición de persa y chií, no se va a convertir en su aliado, incluso como ya he comentado, está dispuesto a colaborar con EEUU, pero tampoco es probable que las monarquías árabes se pongan en manos de un autoproclamado califa, por muy suní que sea, sobre todo si éste es regeneracionista y considera que su alianza con Estados Unidos es una traición a los principios del Islam. Tampoco Al-Qaeda va a tolerar que este nuevo movimiento le coma poder, aunque de momento no ha podido evitar su expansión y su éxito.

El EIIL ha anunciado, quizá demasiado pronto, su interés imperialista y expansivo, avisando de esta manera a sus enemigos de sus intenciones, pero también dejando claro que va a por todas y que tiene suficiente confianza en sí mismo como para no dar rodeos. De momento, el gran aliado del EIIL está siendo la inestabilidad de la zona y, sobre todo, la corrupción del gobierno iraquí de Al-Maliki. Precisamente, la baja eficiencia y estabilidad de la “democracia” iraquí es la base del descontento y la razón por la que las viejas rencillas entre clanes y tribus dibuja un mapa dividido en tres partes: kurda en el norte, suní en el centro y chií en el sur del país, todos ellas en conflicto intermitente. Además, dejar de lado el apoyo estadounidense para ponerse en manos chinas no parece ahora una buena idea, cuando precisa ayuda y China mira hacia otro lado, como suele ser frecuente.

Echar la culpa de esta situación a Estados Unidos y en concreto a George W. Bush por las intervenciones afgana e iraquí, no es faltar a la verdad, pero sí es ocultar o querer ocultar otras circunstancias tan o más importantes. Oriente Medio siempre ha sido inestable, ya sea por tradición o por religión o por cualquier otra circunstancia. Desde que Roma dominaba Europa, la frontera con Persia ha estado ligada a conflictos entre Oriente y Occidente. Durante los últimos siglos, los imperios británico y francés, después de los turcos y antes de los americanos y soviéticos, han intentado mantener en paz una zona que no la ha conocido durante mucho tiempo seguido.

Esta tradición guerrera y conflictiva se ha agravado, más que calmado, con el petróleo que ha dado capacidad financiera a los guerreros. La ausencia de un verdadero mercado tampoco ha ayudado, ya que estos intercambios son fruto de intereses políticos y no tanto de los de las sociedades civiles. No es probable que los más viejos del lugar recuerden momentos de tranquilidad.

Hasta cierto punto, el nacimiento del EIIL es una consecuencia lógica y razonable de la deriva de los acontecimientos. El islamismo está empezando a tomar conciencia de Estado y podemos empezar a ser testigos de la proclamación de nuevos califatos por todo el globo o de la adhesión de ciertas zonas a los ya existentes. En Libia, donde la Primavera Árabe y la aventura bélica de Sarkozy se han traducido en una guerra civil, el portavoz del grupo terrorista Ansar Sharia, Mohamed al Zahawi, ha proclamado por radio el “emirato de Bengasi”. Argelia y Egipto están en alerta, dado el carácter expansivo de este movimiento.