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Etiqueta: Pensamiento liberal

Consecuencias no previstas: La Iglesia y el capitalismo

La propiedad, el derecho mercantil, el individualismo… son valores e instituciones que han posibilitado, facilitado y en última instancia favorecido la aparición del capitalismo. Pero ¿cómo aparecieron en nuestra sociedad pasada? Deepak Lal, especialista en desarrollo económico, propone dos momentos en la historia de Occidente o, más bien, de la Cristiandad, que han sido decisivos a este respecto. Dos momentos que no crearon estas instituciones, pero que favorecieron su desarrollo. Ambos recogidos de otros autores, los dos referidos a cambios impuestos por la Iglesia, y los dos también obrados por sendos papas de nombre Gregorio.

El primero de ellos es Gregorio I, el Grande. Nada más ocupar el arzobispado de Canterbury, en 597, San Agustín (no confundir con el de Hipona), le envió un cuestionario al Papa con nueve preguntas. Cinco de ellas se referían a cuestiones familiares. Y su respuesta tuvo consecuencias que han durado hasta la generación de nuestros abuelos e incluso de nuestros padres. En gran parte, esas consecuencias forman parte del modo como vemos la vida.

La cita a Jack Goody en su libro The Development of the Family and Marriage in Europe. En él dice que los usos tradicionales respecto de la familia “permitían e incluso favorecían las prácticas de, en primer lugar, casarse con parientes cercanos. En segundo lugar, casarse con viudas que sean parientes cercanas (probablemente por herencia, del cual el levirato era su forma más extrema). En tercer lugar, la transferencia de niños por medio de la adopción. Y, finalmente, el concubinato, una forma de unión secundaria”. Gregorio prohibió las cuatro prácticas en su respuesta. Una prohibición que, según Goody, no está basada en las Sagradas Escrituras. Tampoco tiene el respaldo del derecho (romano), ni de la moral, es decir, de la costumbre.

“Combinadas con el mandato contra el divorcio, que se retrotrae a las palabras de Cristo en Mateo 19:3-9, todas las prácticas rechazadas tenían un aspecto en común”, nos dice Deepak Lal: “Se referían a las estrategias de la herencia: la herencia de la propiedad familiar, la provisión de un heredero, y el mantenimiento del estatus en una sociedad agrícola muy estratificada”. Unos usos que solucionaban el problema de la herencia. Al prohibirlos, la Iglesia llevó a una situación en la que “un 40 por ciento de las familias quedarán sin ningún heredero varón inmediato”, dice Goody. De esta nueva situación había una clara beneficiaria: la propia Iglesia, que heredaba muchas de las propiedades que, de otro modo, se distribuirían entre otras personas cercanas a las fallecidas, por las antiguas estrategias familiares.

Una consecuencia de este cambio fue que los matrimonios se retrasasen, que los solteros trabajasen fuera del ámbito del hogar, y no dentro, y que con la creación de un nuevo matrimonio se crease un nuevo hogar. Todo ello favoreció el control de la natalidad lo que, a su vez, favoreció que Europa escapase de la trampa maltusiana antes que otras sociedades (Rusia, India, China).

Otra fue que la riqueza que llegó a atesorar la Iglesia fue fenomenal. Despertaba envidias, y su propiedad era el objeto de deseo de señores y reyes. Pero entonces se produjo una segunda revolución, en el derecho detallada por Harold Berman en Law and Revolution. El cambio partió del ámbito religioso y político, que en aquella época (siglo XI) no estaban deslindados.

Gregorio VII, según John Julius Norwich, “a lo largo de su vida se guió por un ideal: la sujeción de toda la Cristiandad, de los emperadores abajo, a la autoridad de la Iglesia de Roma”. Lo hizo con 27 proposiciones que se conocen como Dictatus papae y que, entre otras cosas, decían que todos los Papas heredaban la santidad de Pedro, que sólo él puede nombrar a los príncipes de la Iglesia, que sólo él puede declarar canónico un texto, o que tenía la facultad de deponer a cualquier rey o emperador. De hecho le echó un pulso a Enrique IV, que el titular del Sacro Imperio Romano acabó perdiendo. Gregorio VII declaró nula cualquier obligación de los súbditos hacia Enrique, e incluso amenazó con cualquiera que siguiera manteniendo ese vínculo con él con la excomunión. “Si se hubiera observado por completo” esta prohibición, señala Norwich, “el gobierno de Enrique se desintegraría en consecuencia, y sería incapaz de mantenerse en el trono”. Los príncipes le dieron a Enrique un año y un día para lograr la absolución papal, y amenazaron con elegir otro emperador si no la conseguía.

De forma paralela, Gregorio VII impulsó el desarrollo de una rama del derecho que facilitase la producción y el comercio y que, en consecuencia, enriqueciese aún más a la Iglesia. La institución, que se había puesto por encima del César, podía hacer dos cosas. Por un lado intervenir en la evolución del Derecho, y por otro extender esos cambios a todo el ámbito cubierto por su manto, dado que acababa de asentar su autoridad sobre todos los demás.

Según la tesis de Berman, “la Iglesia-Estado”, que fue el resultado de los cambios impuestos por Gregorio VII, “fijaron el ejemplo para la ciudad-Estado” medieval, “y el derecho canónico fijó el ejemplo para el derecho de las ciudades, y para el derecho comercial”. El derecho comercial, en suma, se desarrolló indirectamente a partir de los cambios impuestos por el Papa a finales del siglo XI. Y ese derecho mercantil, que se desarrolló en los siguientes tres siglos, alumbró la creación de numerosas instituciones propias del capitalismo: de los títulos de crédito a las hipotecas sobre bienes muebles, del derecho concursal a los instrumentos de crédito; de la societas del Derecho Romano a la responsabilidad limitada.

En definitiva, que la historia tiene algo de accidente, y de resultado no previsto de acciones que están encaminadas al provecho propio.

El auge de los extremismos

Las elecciones al Parlamento europeo parecen haber convulsionado la Unión Europea. Mientras que en Francia ganaba la extrema derecha de Marine Le Pen, en Grecia lo hacía la extrema izquierda que representa el Syriza, mientras que los neonazis de Amanecer Dorado quedaban en tercera posición. En otros países, los partidos de ideologías similares han experimentado avances preocupantes, como en Dinamarca, donde ha ganado el Partido Popular Danés, que lo definen como populista y xenófobo, en Finlandia, donde el Partido de los Finlandeses se ha hecho con el tercer puesto, o en Alemania, donde el Partido Nacional Democrático, del que se asegura es heredero del nacionalsocialismo, ha conseguido representación en la eurocámara.

En España, la extrema derecha es francamente testimonial y el extremismo triunfador ha sido el de la izquierda. "Podemos", que dirige y gobierna el televisivo Pablo Iglesias, ha dado la sorpresa a la par que ha contribuido a diluir el habitual bipartidismo que suele dominar la democracia española. Este movimiento, ahora partido, que nació ligado al 15M y a la ascensión del perroflautismo, ha sabido aglutinar los votos de un colectivo que no es muy dado a ejercer este derecho y ha atraído a votantes de otras formaciones como IU y, en cierta medida, a gente ligada al sector más izquierdista del PSOE. "Podemos" se ha quedado a un escaño de IU, que, habiendo triplicado su representación con respecto a las elecciones pasadas, ha quedado con un regusto amargo, pues la izquierda de la izquierda le ha quitado poder cuando se pensaban que su ascenso iba a ser meteórico.

Además, en Europa se ha producido un incremento de los partidos que tienen el euroescepticismo como principal recurso electoral, en especial en Gran Bretaña, o de otros que ideológicamente no tienen mucha coherencia ni cohesión, pero que como en partidos como los antitaurinos o los piratas, se sienten unidos en torno a una causa, incluso esperpéntica como el alemán Die Partei, cuyo proteccionismo está dirigido hacia -y cito literalmente- las tetas grandes. Vamos, que Europa les importa entre poco y nada.

El resultado de este disparate es que el Partido Popular Europeo y los socialistas siguen siendo los principales grupos en el Parlamento, aunque con menos representantes, y estos extremistas tienen muchas posibilidades de alcanzar puestos relevantes del poder europeo. En todo caso, tienen la capacidad de hacerse notar y poner en aprietos a los que hasta ahora han hecho y deshecho a su antojo.

Y con todo esto, ¿qué gana, en qué afecta esta nueva situación al ciudadano europeo? Pues, cuando menos, deberíamos estar preocupados. A priori, los extremistas podrían ser "aislados" por las fuerzas centristas, o mejor dicho, las fuerzas más centristas, pero la política es básicamente práctica y las alianzas pueden surgir en cualquier parte, incluso entre extremos aparentemente opuestos. Puedo recordar la alianza entre nazis y comunistas que originó la Segunda Guerra Mundial cuando ambas dictaduras invadieron Polonia, pero alianzas contra natura existen también ahora, como la que mantiene en el Gobierno extremeño al popular José Antonio Monago, con apoyo de IU, o el acuerdo no escrito que hubo entre Julio Anguita y José María Aznar en los últimos años de gobierno de Felipe González.

Se dice que las políticas de ambos extremos, el izquierdo y el derecho, son populistas y, hasta cierto punto, es una apreciación correcta. En ambos casos, los políticos de este tipo de formaciones se centran mucho en la emoción de un hecho, que consideran abominable o admirable, lo relacionan con uno de sus demonios preferidos, captan generalmente la ira o la rabia del votante y aprovechan que el canal (neuronal) está abierto para colocar su mensaje como el mensaje salvador. Así, la culpa del paro puede ser de las grandes corporaciones y empresas o de los inmigrantes, según sea la izquierda o la derecha la que lo denuncie. Que esto sea así o no es lo mismo, el caso es que ya se ha conseguido captar un voto. Da lo mismo si lo que dicen es un disparate o no, pues como el poder está ligado a las urnas, su mensaje queda legitimado. Ésta ha sido la táctica de Pablo Iglesias en España y de Marine Le Pen en Francia.

El problema no está tanto en estos políticos, sino en los que en principio les podrían plantar cara. Como ya he comentado antes, la política es una cuestión práctica y, en el caso de las democracias, muy cortoplacista, como mucho de cuatro o cinco años, que es el periodo máximo en el que se retiene el poder. Para mantenerse en él, el político medio se mueve al centro político, es decir, cambia su discurso para adaptarse a las "necesidades" del electorado, busca la equidistancia, aparentemente sin desplazarse mucho para no espantar a su electorado menos fiel, pero sí lo suficiente como para poder encontrar aliados. En política el centro se mueve, no es un punto fijo, sino que depende de las circunstancias.

Si el electorado ha votado por opciones extremistas, es posible que al político no le importe desplazarse hacia dicho extremismo, si con eso consigue mantener su cuota de poder. Tanto la extrema derecha como la extrema izquierda son económicamente intervencionistas; puede que en polémicas como la inmigración no estén de acuerdo, pero sí que lo están en la intervención y, por eso, esta nueva situación es muy peligrosa, pues si la UE ya lo es por su propia naturaleza, lo será más si el político socialdemócrata o conservador medio busca su supervivencia.

Ejemplo de ello es lo que ya está ocurriendo en España. Tanto PP como PSOE han salido especialmente malparados en las elecciones al Parlamento europeo. Sin embargo, a diferencia del voto de derecha, que se ha diluido en el abstencionismo, el de la izquierda se ha atomizado entre muchos partidos que van desde la socialdemocracia más centrista de UPyD al extremismo de Podemos. El PSOE, que en la actualidad se encuentra en un intenso proceso de cambio, con Alfredo Pérez Rubalcaba dirigiendo o creyendo dirigir un proceso que concluirá en su sucesor o sucesora, se enfrenta a dos opciones de gobierno de cara a las siguientes elecciones, primero las municipales y autonómicas, y luego las generales. Por una parte, y siguiendo el ejemplo alemán, una coalición con el PP que no sería descabellada, ya que buena parte de los programas de ambos partidos es intercambiable. En términos económicos desde luego, pues ambos han mostrado un intervencionismo similar y, hasta cierto punto, en determinadas políticas mal llamadas sociales. La otra opción es que el PSOE dé un volantazo a la izquierda y opte por una alternativa que resucitaría la política de Frentes Populares del periodo europeo de entreguerras. IU, Podemos y Equo ya han anunciado su intención de formar coalición de cara a las siguientes elecciones.

En ambas posibilidades hay, como mínimo, un partido que busca un centro que no se está quieto, que depende de las circunstancias, algunas veces ni siquiera de las ideologías, sino de lo que sea necesario para hacerse con el poder o conservarlo; y en ambos casos, el que sale perdiendo es el ciudadano, su libertad, su propiedad. Qué no se podría hacer en Europa, donde las políticas tienen efectos mucho más amplios, con este tipo de alianzas.

Los aciertos de los colectivistas

Pese al fracaso práctico de los colectivistas en todo el mundo y a lo largo de la historia, sus propagandistas continúan teniendo cierto éxito y sus propuestas políticas cosechan votos. ¿Cómo es posible?

El marco en el que ordenamos nuestros pensamientos tiene mucho que ver, es difícil ver más allá del Estado y de la hegemonía socialdemócrata. La única forma de lo político que hemos conocido en nuestras vidas es la estatal y no somos capaces de concebir otras formas en las que el hombre pueda desarrollarse políticamente. Desde pequeños las escuelas refuerzan estas ideas para mantenernos en la caverna platónica sin imaginar que fuera de la misma hay todo un mundo por descubrir. Nos enseñan que el Estado es la única forma de lo político y, más allá de estas estrechas fronteras mentales, solo imaginamos la falta de organización política y social, el caos.

La escuela austriaca de economía ha demostrado teóricamente la imposibilidad del cálculo económico en el socialismo y, por tanto, la imposibilidad a largo de plazo de cualquier régimen socialista. No hace falta irse hasta Cuba o Corea del Norte -todavía a día de hoy- para comprobar la miseria generalizada que el socialismo puede provocar, pues las sociedades más colectivistas son las que se empobrecen y las más abiertas las que consiguen prosperar. El caso paradigmático de Suecia ilustra a la perfección cómo la insostenibilidad de un sistema socialista democrático tuvo que liberalizarse y privatizar los servicios públicos para no derrumbarse.

No obstante, los enemigos de la libertad no están equivocados en todo. Sus propuestas colectivistas son un mal tratamiento para un diagnóstico muchas veces acertado. De la misma forma que una situación límite puede llegar a desquiciar a una persona, el origen lejano del socialismo es real, pero sus propuestas así como las diatribas del loco han perdido todo contacto con el mundo que nos rodea. La desigualdad existe, los jefes explotadores en las empresas existen, el gobierno de las oligarquías bancarias existe… Y así un largo etcétera de situaciones concretas a las que tenemos que enfrentarnos en nuestro día a día generando frustración e injusticia. Frente a estos problemas, los colectivistas proponen una batería de soluciones a corto plazo que, aparentemente, podrían solucionarlos. Por eso obtienen predicamento entre la gente.

Lo que los enemigos de la libertad no cuentan es que la mayoría de esas injusticias fueron creadas por ellos mismos: redistribución de la renta, capitalismo de amiguetes de lo público, monopolio bancario como extensión del control monetario, etc. Su solución es una mayor planificación que conecta con la aspiración humana de una salvación mesiánica. A partir de ese momento, el debate con cualquier planificador se torna imposible, pues su argumentación discurre en el ámbito de la fe -sustituye la religión por el Estado salvador-, mientras que se le oponen argumentos razonados.

El mayor reto al que nos enfrentamos no se mueve en el terreno teórico sino el sentimental. Tratamos de combatir emociones con razones y esa es una batalla que perderemos de antemano a menos que seamos capaces de transmitir no sólo los argumentos que defienden la libertad, sino también de transmitir la emoción de ser libres.

Un diagnóstico sobre Europa

En esta semana de resaca de Elecciones Europeas (y de fútbol) vuelvo a escribirles un Comentario con ese motivo, aunque esta vez referido al presente y al futuro. Y lo hago a propósito de unas conferencias magistrales que impartió a comienzos de mes Jaime Mayor Oreja en la Universidad Europea. Allí expresaba a los estudiantes varias consideraciones en torno al título: Crisis en Europa. Crisis en España. Cabeza de lista por el PP en la anterior legislatura, Jaime Mayor conoce bien el Parlamento Europeo (donde ha trabajado durante diez años y en el que ha sido Vicepresidente), a lo que se añade su actividad política en nuestro país: hablamos por tanto de alguien con un conocimiento directo sobre las instituciones públicas.

Luego veremos algunas muestras de esta experiencia práctica. Porque antes recordaré una idea central que repitió a lo largo de su conferencia: la necesidad de fundamentar cualquier proyecto político sobre la base de unos principios morales, unos valores, que descansen en la realidad antropológica del ser humano y su proyección social. En su diagnóstico, expresaba una preocupación por la profundidad de la crisis que vivimos: es mayor que un episodio económico o financiero (del que se termina saliendo, antes o después). Alcanza también lo político y lo institucional, porque se trata de una crisis global, que afecta a la persona en su totalidad.

Como manifestaciones concretas habló del relativismo moral, focalizado en la búsqueda del propio interés como único objetivo vital; el haber estado viviendo por encima de nuestras posibilidades: públicas y privadas; o el olvido de ciertos valores ejemplares, como son la decencia o la austeridad.

Mayor Oreja utilizó varias veces una interesante imagen para comparar la Europa continental, la insular y las penínsulas como la nuestra: decía que la cultura peninsular tiende a la exageración, cosa muy evidente en España (frente a las islas, por ejemplo, que tienden a la supervivencia). Esto se manifestaría en una crisis específica del concepto de nación, representada tanto por las derivas secesionistas como por el insoportable ambiente de corrupción política y económica que nos rodea. La nación sería en su análisis un "ámbito reforzado de solidaridad", y expresado por hábitos concretos de colaboración. Lamentablemente, lo que vemos es todo lo contrario, una ruptura de esa solidaridad manifestada por la tensión ideológica o territorial (que se alimenta, además, con una triste herencia histórica que algunos se empeñan en desenterrar).

A Europa la describía como una "unión inacabada", también afectada por esa crisis de valores. Nos hemos quedado, a su juicio, en las formas de poder, en las instituciones; dándole un exagerado peso a lo económico. Se ha perdido el sentido de la obligación y de la responsabilidad, por el señuelo de los derechos. Del mismo modo, consideraba un serio problema la pérdida del sentido de la verdad y la mentira: los políticos viven esclavos de las encuestas de opinión; olvidan sus convicciones sometidos al "qué dirán". El problema es que no existe una solución sencilla y a corto plazo: en otras declaraciones anteriores, Jaime Mayor insinuaba que su retiro de la primera línea política en parte se había debido a la escasa respuesta al intento de crear un "observatorio de valores" en su grupo. Y es que "a medida que han pasado los años" dice haber sentido "más necesidad de ir a este gran debate" de carácter cultural que se va a desarrollar en Europa durante la próxima década.

A Europa le faltaría un proyecto político de valores compartidos: adolece de la misma enfermedad referida, un relativismo agravado por la falta de cohesión interior. Y sin ella, tampoco puede haberla en lo exterior; de manera que otro problema añadido son las fronteras y la periferia de Europa. "No nos esperan tiempos fáciles", concluía en aquella ocasión.

En cuanto a los resultados de las elecciones, Mayor Oreja expresó a los estudiantes su preocupación por los nuevos partidos emergentes antieuropeos (sobre todo, el UKIP británico); por el que denominaba "grupo del desorden", del italiano Beppe Grillo y demás movimientos antisistema; o por el crecimiento del Frente Nacional francés. A su juicio, con el cambio en el Parlamento Europeo va a aparecer "un nuevo mapa político más complicado que el anterior".

Hoy, con los representantes elegidos, podemos confirmar ese diagnóstico, como seguramente habrán estado leyendo y escuchando estos días en los medios: el Movimiento 5 Estrellas de Grillo es la segunda fuerza más votada en Italia; y parece que tanto los euroescépticos de Gran Bretaña como el Frente Nacional de Le Pen han ganado las elecciones en sus respectivos países (es que termino de redactar estas líneas el domingo 25). Veremos cómo queda la composición final del Parlamento y la votación para elegir al nuevo Presidente de la Comisión: son muchos los eurodiputados que llegan desde los 28 países de la Unión, donde además hay un buen montón de pequeños partidos de la más variopinta ideología. Sin irnos demasiado lejos, en Holanda destacaré la elección de un partido animalista: parece que les importa más defender los supuestos derechos de los animales que los nuestros…

Beware, Europa!

Las elecciones europeas: la profe me odia

Este ha sido un lunes de resaca de dos acontecimientos: la victoria del Real Madrid y las elecciones europeas. En un caso, los atléticos han sido un duro y digno rival que ha luchado hasta el final y cuya afición ha felicitado a los ganadores, a pesar de los pesares, con toda deportividad. En el otro caso, los perdedores no siempre han reconocido su derrota, y han echado balones fuera en vez de comportarse con nobleza y la humildad que el resultado demandaba de una democracia supuestamente madura.

¿Queremos el fin del bipartidismo?

Una de las sorpresas es que las cabeceras de los periódicos y las barras de los bares se han llenado de titulares de lo que era una muerte anunciada: los dos principales partidos, PP y PSOE, han sufrido un duro castigo por parte de sus electores. Y entonces nos ha entrado el pánico. A pesar de lo cual, desde hace muchos meses, la gente no ocultaba su malestar ante la alternancia de socialistas y populares que, de una manera u otra, han terminado convergiendo tanto en muchas de sus políticas, que a menudo resulta difícil distinguir uno del otro. La razón, en parte, es que la integración de las políticas europeas, que nos dibujan como un requisito imprescindible para la estabilidad monetaria y económica de la zona, impone las mismas políticas a los gobiernos sean del color que sean. O, tal vez, los gobiernos españoles, desde que Felipe González firmó el Tratado de Maastricht, se escudan en la imposición de medidas económicas por parte de nuestros socios europeos, para justificarse ante sus electores.

¿Qué idea teníamos del fin del bipartidismo? No habría sido lógico que hubieran aparecido tres partidos de centro (opción invadida por los dos grandullones de la pandilla). Así que las otras opciones han aparecido más bien hacia los extremos. La derecha no ha comprado la apuesta de VOX, la izquierda sí ha comprado la de PODEMOS y los partidos menores que ya existían, Ciudadanos ha conseguido dos representantes y UPYD más o menos se quedan como están. La interpretación es que la izquierda se reagrupa con más facilidad que la derecha. El miedo sobreviene porque todos sabemos que el partido revelación de Pablo Iglesias nació en marzo y que su líder tiene en su haber estar financiado por países con gobiernos liberticidas como Cuba y Venezuela y salir en las tertulias exhibiendo lo peor de la izquierda española. ¿Sobre los hombros de quién se ha aupado? Sobre los de una generación joven de gente de izquierdas sin mucho más fundamento que la confianza en un tipo con coleta que da clases en la "uni" y "da caña" en las tertulias. Y luego, un programa electoral parecido a lo que se oía a los antisistemas del 15M pero aguado y en clave europea, es decir, sin proponer nada concreto, imposible de cumplir, pero muy populista. Es la nueva política espúrea tan alejada de la Política (con mayúsculas) como el "pinte con números" está de las obras de Goya.

La profe me ha suspendido

Esta frase, tan infantil, tan adecuada para el vaguete de la clase que no sabe cómo esconder su holgazanería es a lo que suenan todas las palabras de PP y de PSOE, incluidas las de Elena Valenciano, quien, aunque sí reconocía en voz alta que es necesario reflexionar sobre lo ocurrido, soltaba un "lo del PP es patético" como si lo suyo fuera ejemplar. También es cierto que debe seguir la pobre analizando qué parte de su mesiánica misión no han entendido las mujeres españolas, y que Rubalcaba ha decidido no presentarse de nuevo como candidato socialista.

El Partido Popular, por su parte, sonríe porque ha rascado un par de escaños al PSOE, y como ya viene siendo costumbre, no sabe, no contesta y se limitan a salir al balcón a saludar como reyezuelos de una monarquía de todo a 100 o presidentes de una república bananera.

Al final, como me llevan recriminando antes de saber el resultado, la culpa va a ser de quienes hemos vencido de verdad, aunque reconozco que con el margen que yo habría deseado: laabstención.

Porque somos los que negamos la mayor y nos negamos a participar en el circo los que, al parecer, tenemos la culpa de que la gente no se crea más los discursos vacíos de los dos grandes partidos, o que la gente trate de buscar otras opciones, aunque eso implique que suba en el escalafón la rubia de bote piji-hipi y su discurso populista.

Sería una bonita reflexión plantearse por qué más de la mitad de la gente no va a votar y qué tendría que pasar para que nos acercáramos a las urnas. No caerá la breva.

El agónico ocaso de la sociedad abierta

La socialdemocracia europea se construyó sobre un consenso ideológico profundamente antiliberal, hijo bastardo del pacto silente entre comunistas y fascistas. Sin embargo, la administración de esa socialdemocracia consensuada recayó sobre unas élites presuntamente tecnocráticas que renunciaron a cualquier discurso ideológico en aras del turnismo gubernamental. Ningún partido mayoritario osó jamás disputar las bases de ese consenso, dando la batalla de las ideas y de los valores: al contrario, se limitaron a asimilarlo con el propósito de maximizar sus opciones de acceder y mantenerse en el poder. De hecho, todos aquellos que lo combatían, que pugnaban por plantear un debate más de fondo cuestionando la esencia misma de los valores y las ideas socialdemócratas, eran directamente tildados de antisistema: cuando, en verdad, los mayores antisistema eran aquellos que se obstinaban en blindar un sistema claramente fallido.

A la postre, semejante circo político funcionó mientras la calidad de la gestión socialdemócrata no era cuestionada por el conjunto de la población. Mas en cuanto el pan ha comenzado a escasear, ha bastado con que unas pocas formaciones de inspiración fascista o comunista articularan un discurso mínimamente ideologizado para que la fallida tecnocracia se ponga a tiritar. No sólo en España, sino en casi toda Europa.

Acaso muchos opten por responsabilizar a la crisis del ascenso de formaciones filocomunistas y filofascistas. Y, ciertamente, la falta de pan tiene su porción de responsabilidad. Pero el problema de fondo es otro: si la mayoría de la población asocia crisis con la necesidad de un mayor antiliberalismo es porque las ideas antiliberales llevan décadas siendo absolutamente mayoritarias en Europa; es decir, si la incertidumbre trata de combatirse con mayor estatismo es porque hemos interiorizado el discurso de que el Estado es providente y la libertad una amenaza. A diferencia de otras etapas históricas, nuestro problema no es que el Leviatán haya aprovechado la crisis para crecer, sino que la mayor parte de la población le ha implorado al Leviatán que crezca. 

No en vano, el fondo del discurso de las formaciones antiliberales que han ascendido con fuerza en casi toda Europa, y también en España, es idéntico: la honda aversión a la sociedad abierta y a sus valores de tolerancia, diversidad y voluntariedad. Desde el Frente Nacional en Francia azuzando el odio contra los inmigrantes a Syriza en Grecia avivando el odio contra los capitales extranjeros, pasando por los distintos grupos de extrema izquierda que han emergido en España, todos intentan asfixiar y reprimir con gran radicalidad los pocos recovecos de libertad que todavía no habían sido barridos por el consenso socialdemócrata que ha gobernado Europa desde la conclusión de la Segunda Guerra Mundial. Pero su ascenso no se debe a que los liberales se hayan quedado en casa, sino a que apenas existen. La mayoría de europeos no piensan sustancialmente distinto hoy que hace diez años; el núcleo de sus ideas sigue siendo el mismo: la diferencia es que hace diez años tenían el estómago lleno y hoy no, con lo que han optado por declinar su apoyo a la tecnocracia y abrazar partidos ideológicamente afines pero más radicales.

Así las cosas, el liberalismo lo tiene harto complicado en Europa: las ideas liberales han sido absolutamente barridas de la escena política durante el último medio siglo, machacadas por el consenso socialdemócrata erigido en torno al dadivoso y corruptor Estado de Bienestar. Reconstruirlas no es cuestión de años, sino de décadas: y décadas es justo de lo que carece este Viejo Continente. Pues es viejo en el peor sentido del término, a saber, cortoplacista, mortecino y sin ilusión por el futuro; la tentación del antiliberalismo es justo la de consumir el capital acumulado durante generaciones en Europa, cual tercera generación de nuevos ricos que dilapida la fortuna familiar: una creciente generación de jubilados que tan sólo aspiran a seguir cobrando su pensión garantizada por el Estado y una menguante generación de jóvenes desanimados y sin aspiraciones cuya opción más racional es deglutir políticamente el capital legado por sus padres.

El riesgo, aclarémoslo, no es el de una revolución convencional, que a nadie interesa: el riesgo es el de apuntalar y reforzar el actual régimen extractivo con un legitimador barniz de regeneración democrática. Un sofisticado chavismo a la europea que renueve la arena del circo y vuelva a repartir pan a costa de nuestra libertad presente y prosperidad futura. Los partidos mayoritarios han claudicado a la hora de combatir ideológicamente esta senda de degeneración estatista: en esencia, porque el fondo de su discurso es el mismo. Su esperanza por conservar la poltrona pasa por que la recuperación económica se intensifique y la radicalización de los movimientos antiliberales se modere: pero cuanta más fuerza cobre la radicalidad antiliberal, menos bases quedarán para una recuperación sostenible y no sufragada mediante el expolio y la destrucción generalizada de capital (impagos, devaluaciones, inflaciones, controles de capitales, aranceles, incrementos de impuestos…).

Una pescadilla que se muerde inquietantemente la cola y ante la que los liberales sólo nos queda ofrecer una numantina resistencia ideológica que bregue tanto contra el socavado consenso socialdemócrata cuanto contra las energizadas excentricidades filofascistas y filocomunistas. Eso y, una vez superado el límite personal que razonablemente le impongamos al heroísmo, el exilio.

Oxfam: la libertad amenaza, la desigualdad mata (y 2)

El abuso del espantajo de la desigualdad se ha hecho carne en el pensamiento único (me he ocupado de algunas de sus falacias aquí). Apuntamos la semana pasada que Oxfam, ejemplo habitual de dicho pensamiento, había proclamado que la desigualdad mata.

Esta disparatada afirmación aparece en un informe titulado Gobernar para la mayoría, que clama por más gasto público y más impuestos que "eliminen la desigualdad", que es una "epidemia". Para eso los servicios públicos deben ser… ¡gratuitos!

Por si uno levanta la mano para protestar, Oxfam se apresura a aclarar que lo que pide es "un sistema fiscal más justo que recaude más de aquellos con mayor poder económico (…) incrementando la recaudación sobre los más ricos", que por supuesto nunca define, pero el mensaje está claro: todo va a ser estupendo y lo pagarán… otros. 

Para lograr tan benévolo objetivo hay que "luchar contra la desigualdad", es decir, luchar contra las elites, las multinacionales, los paraísos fiscales… pero nunca contra el poder. Al contrario, la desigualdad entre el Estado y sus súbditos no les quita el sueño a los señores de Oxfam: más aún, le dan la bienvenida, oponiéndose a todo lo que sea libre, incluso a las escuelas privadas… si son baratas. Todo tiene que venir de los impuestos y nada con programas "privados u optativos": vamos, que deben ser públicos y obligatorios.

Y si uno persiste en protestar, va la prueba final: "Además, la desigualdad económica pone vidas en riesgo: cada año, solo en los países ricos, mueren 1,5 millones de personas por la elevada desigualdad de ingresos". Esto ya es una cosa muy seria: la desigualdad mata.

La prueba que presentan es el artículo "Income inequality, mortality, and self rated health: metaanalysis of multilevel studies", de Naoki Kondo, Grace Sembajwe, Ichiro Kawachi, Rob M. van Dam, S. V. Subramanian y Zentaro Yamagata. Estos especialistas en salud y nutrición parten de dos ideas asombrosas. Una es la identificación entre desigualdad y pobreza: "Una sociedad muy desigual implica que un segmento sustancial de la población es empobrecido, y la pobreza es mala para la salud"; y la otra es la siguiente:

La desigualdad de rentas afecta a la salud no sólo de los pobres sino también de los ricos (…) por el estrés psicológico derivado de las comparaciones sociales envidiosas así como por la erosión de la cohesión social.

Con estas bases tan disparatadas acometen un metaanálisis, es decir, un análisis de los análisis de otros, referidos en su mayor parte a los países ricos, y concluyen que los estudios demuestran que hay que reducir ya la desigualdad y salvaríamos vidas, "si la relación desigualdad-mortalidad es realmente causal", es decir, precisamente lo que deben demostrar.

Reconocen la heterogeneidad de los estudios, pero no analizan variables tan cruciales como la existencia de Seguridad Social, los mercados de trabajo y la inmigración. Al final admiten que la desigualdad puede deberse a muchas causas, y que el índice Gini resume la distribución independientemente de su forma, de manera que

un Gini elevado puede ser el resultado de un elevado número de individuos muy ricos o de individuos extremadamente pobres.

En resumen, como suele suceder, detrás de las consignas alarmistas que reclaman más y más usurpaciones de la libertad hay más entusiasmo que razones.

En defensa de la abstención electoral

Entre los días 22 y 25 de mayo, se celebran en los países miembros de la Unión Europea las elecciones al Parlamento Europeo. En concreto, el 22 de mayo tendrán lugar en el Reino Unido y los Países Bajos, el 23 en Irlanda, entre el 23 y el 24 en República Checa, el 24 en Letonia, Eslovaquia y Malta y el domingo 25 en el resto de países, incluido España. En ellas se elegirán por sufragio universal directo, libre y secreto los 751 diputados europeos que integrarán la eurocámara en el periodo comprendido entre 2014 y 2019. Las alternativas que el ciudadano de a pie tiene a su alcance son básicamente dos: participar en las elecciones o abstenerse de hacerlo. Lamentablemente, la segunda opción no es legal en todos los países de la Unión Europea. Los votantes de Bélgica, Chipre, Grecia, Italia y Luxemburgo están obligados a votar. De no hacerlo, se pueden enfrentar a multas de hasta 1.000 Euros, como en el caso de Luxemburgo. En las últimas elecciones europeas, la abstención alcanzó niveles récord en España: un 55,10%. Es decir, que hubo más españoles que no votaron que aquellos que sí lo hicieron.

Si uno elige la opción de participar en unos comicios en España, son tres las alternativas que tiene a su alcance: puede votar a un partido político concreto, puede votar en blanco o bien puede optar por el voto nulo. Tanto el voto en blanco, como en ocasiones el voto nulo, se consideran una abstención activa, es decir, el ciudadano participa en las elecciones pero manifestando una postura de protesta al mostrar disconformidad con los partidos políticos que concurren a las elecciones o con el propio sistema electoral. Los partidos políticos desean a toda costa que el ciudadano vote y participe. Tanto es así, que muchos países realizan hasta campañas publicitarias (pagadas con el dinero de los ciudadanos) pidiendo la participación electoral. Recientemente, el gobierno de Dinamarca tuvo que retirar una campaña publicitaria de este tipo, por lo grotesco e inapropiado del video. El protagonista del mismo es Voteman, un hombre que según narra el video se olvidó de votar en las últimas elecciones europeas, lo que provocó que no tuviese "ninguna influencia en la protección del clima, en las subvenciones agrícolas, en los productos químicos en los juguetes y en la cantidad de canela autorizada en los rollos de canela", que es un pastel muy popular en Dinamarca. Para que se hagan una idea del esperpento y lo insultante que resulta esta campaña publicitaria, que roza el acoso al ciudadano escéptico con ejercer su derecho al voto, nada como ver el vídeo. Lo peor de todo son los cerca de 27.000 euros que le costó a los daneses la elaboración del spot, por no mencionar el elevado coste de contratar los espacios publicitarios que debió de copar en la televisión danesa. Afortunadamente, en el caso de España este tipo de acciones están prohibidas por ley. Según lo dispuesto en el artículo 50.1 de la Ley Orgánica de Régimen Electoral General, ningún poder público puede realizar una campaña pidiendo la participación, al entender que la abstención es una opción tan legítima como el ejercicio del derecho al sufragio.

Observando videos de este tipo no es de extrañar que la inmensa mayoría de la población en los países occidentales piense que "votar es un deber cívico". Otro argumento que se suele escuchar para que uno vote es uno aún peor que el anterior: "si no votas, luego no te quejes". El tercer argumento que se suele esgrimir para animar a la participación electoral es el de contrarrestar el voto que obtendrán partidos de ideología contraria. Así, se suelen escuchar frases del tipo: "si no votas, estás ayudando a que ganen los rojos/azules/verdes/etc." En primer lugar, conviene recordar y enfatizar que votar es un derecho, nunca una obligación. La diferencia entre uno y otro concepto es abismal. Libertad frente a coacción o voluntariedad frente a violencia. Uno no es peor ciudadano por no ejercer su derecho al voto. Lo que hace que un ciudadano sea ejemplar no es que participes en unos comicios sino que sea una persona íntegra, que respete el principio de no agresión, que cumpla con su palabra y sus contratos y que trate a los demás como le gustaría que le tratasen a él. En segundo lugar, la idea de que para poder criticar durante los próximos cuatro años la gestión que realizan los políticos electos con mi dinero y el del resto de ciudadanos haya que votar es cuanto menos pueril y estúpida. Ese mismo argumento podría ser dado la vuelta y podríamos llegar a la (errónea) conclusión de que aquellos que han ejercido su derecho al voto no pueden quejarse ya que con su participación aceptaron el resultado electoral que esas elecciones arrojasen. En realidad, cualquier ciudadano tiene todo el derecho del mundo a criticar la gestión de los políticos, faltaría más. En contra de nuestra voluntad, a los ciudadanos nos roban mediante la fuerza cerca del 50% de lo que producimos mediante impuestos (incluido el más oculto de todos: la inflación). Tenemos todo el derecho del mundo a quejarnos de la gestión y administración que los políticos hacen del enorme poder y presupuesto que manejan. No solo manejan nuestro dinero sino que, gracias al sistema democrático, si el 51% de la población quiere limitar la libertad individual del 49% restante, el sistema permite que se produzca esta violación de libertades individuales. Bastante sufrimos los ciudadanos como para que además haya que cumplir unos requisitos mínimos para poder expresar libremente nuestro malestar sin que seamos aleccionados con un "si hubieses votado, podrías quejarte". El tercer argumento es matemáticamente falso. Si uno decide no votar en favor de un partido político u otro, su abstención no tendrá la más mínima influencia en el resultado final.

Desechados los principales argumentos que critican la abstención electoral, pasemos ahora a analizar los argumentos a favor de la misma. En primer lugar, es evidente que si uno vota está legitimando el sistema, lo está aceptando. Teniendo la opción de no participar en él, hacerlo supone claramente aceptar las normas de juego del sistema. De tal forma, todas aquellas personas que no aceptan el sistema harán un sano ejercicio de coherencia si rechazan participar en él. Siguiendo con el primer argumento, un segundo motivo es que la abstención es una forma de deslegitimar el resultado de los comicios electorales. Cuando unos resultados electorales de unas elecciones generales cuenten con una abstención del 50% de los votantes, el Gobierno resultante tendrá muy poca legitimidad. Así que la mejor forma de debilitar al statu quo político y al sistema es abstenerse. El tercer argumento es, sencillamente, que un voto en términos matemáticos es insignificante. La probabilidad de que nuestro voto individual altere el resultado de unos comicios es tan remota como la probabilidad misma de ser agraciado con el Gordo del sorteo de Navidad. Esto es algo que los votantes suelen olvidar: su voto en términos matemáticos no es relevante. Sin duda, la suma de muchos cambia los resultados de unos comicios pero, a no ser que tengamos poderes sobrenaturales o cometamos fraude electoral, sólo podremos votar una vez.

Otro argumento en pro de la abstención es el hecho de que, aun en el caso de que encontremos a un partido con el que nos sentimos mínimamente representados, no tenemos garantía alguna de que cumplan su programa electoral. En otras esferas de la vida, si alguien llega a un cargo prometiendo ciertos resultados y no cumple, acaba despedido. En política, no hay ninguna ley o norma que permita exigir a los políticos electos cumplir con su programa electoral. La mejor muestra de esta triste realidad que muchos quieren olvidar es precisamente esta última legislatura del Partido Popular. En campaña electoral criticaron la subida del IVA del Gobierno de Rodríguez Zapatero y prometieron bajar impuestos, no crear un banco malo, reducir el déficit público y liberalizar la economía. En el ecuador de la legislatura, podemos afirmar categóricamente que el actual Gobierno no sólo ha incumplido su programa sino que ha hecho prácticamente lo contrario de lo que prometía hacer en su programa electoral. Subieron el IVA, el IRPF y tantos otros impuestos más, hasta encadenar más de cincuenta subidas de impuestos. Crearon un banco malo, socializando entre todos el rescate a la banca, cuando la alternativa liberal del famoso "bail-in" era la manera más justa de recapitalizar la banca. La reducción del déficit público brilla por su ausencia cuando, seis años después de la caída de Lehman Brothers, el Reino de España tienen un déficit público que roza el 7%. Y sobre la liberalización de la economía, mejor no hablar. Lo único que ha hecho mínimamente bien el Gobierno de Rajoy es la tibia reforma laboral que, si bien logró flexibilizar el mercado de trabajo y reducir los costes para el empresario, se quedó corta. Por tanto, votar a un partido no es garantía de nada, es un voto de confianza a unos completos desconocidos que históricamente han robado al ciudadano y pisoteado sus libertades mientras sus egos se llenaban de tanto poder acumulado.

Por último, pero no menos importante, si se piensa fría y racionalmente uno tiene mejores cosas que hacer con su tiempo que acudir a las urnas el día de una jornada electoral. Teniendo en cuenta que nuestro voto individual apenas tiene valor en cambiar la composición parlamentaria, que al votar legitimamos el sistema y a los políticos, que somos igual de buenos ciudadanos tanto si votamos como si no lo hacemos y que incluso si votamos no tenemos garantía alguna de que se cumpla lo que nos han prometido, creo sinceramente que podemos hacer cosas mucho más interesantes que acudir a un colegio electoral un día festivo. A mí se me ocurren infinidad de planes más valiosos y gratificantes que hacer antes que votar. Así que si se anima a abstenerse este domingo, siéntase cómodo con su elección si es recriminado por un supuesto ciudadano ejemplar y recuerde: ser un ciudadano ejemplar y votar son dos cosas que no guardan relación alguna.

¿Con qué se limpian la nariz los políticos y las políticas?

Con las mujeres. Con las mujeres cada vez que pueden y, si no surge, pues con los niños, enfermos y necesitados. Pero siempre hay un desliz, un gesto, una excusa relacionada con nosotras, las mujeres, que permite a los políticos y a las políticas usarnos de kleenex, limpiarse los mocos y tirarnos al suelo al terminar. Y si te he visto no me acuerdo. Hablo del affaireCañete/Valenciano, efectivamente.

Esa manía del debate a toda costa

Los políticos españoles no son como los de las series de televisión estadounidenses. No hay un Kevin Spacey paseándose por las alfombras de nuestro Parlamento. Y menos los de segunda división, la europea, donde pelean los políticos que se han quemado en el ruedo nacional o aquellos con nombre propio pero demasiado “mantas” para seguir en primera fila. Esa es la arena del duelo Cañete/Valenciano, la segunda división de la política.

Paradójicamente, todo el mundo, empezando por los medios de comunicación, los analistas, terminando por los propios políticos, dispone de una segunda lectura, una interpretación alternativa de las elecciones europeas. Representan el pulso del electorado y eso es importante de cara a las municipales y autonómicas del 2015. Hay que hacer campaña como si no fueran europeas. Y así se explican eslogans como el de “hacer una Europa más andaluza” de Elena Valenciano. Frase bien desafortunada, por cierto, dados los datos económicos y los escándalos de corrupción que brotan en toda la región andaluza. Así que hay que salir a escena y pelear como si nos fuera en ello el futuro de nuestro partido, inlcuso si no es así, porque restregar al otro una victoria ya es desmoralizante. Es como meter un gol en los dos primeros minutos, que tampoco decide el partido pero escuece un montón y, supuestamente, desmoraliza al contrario. Supuestamente, digo, porque yo he visto venirse arriba a un equipo precisamente espoleado por un gol del contrario en los primeros minutos del partido. Así que lo mismo gana uno de los dos grandes las europeas y los votantes del otro que se han abstenido por castigo, desidia o por lo que sea, se espabilan para las siguientes y votan en masa.

En medio de todo ese nerviosismo y toda esa confusión, a ambos partidos se les ocurre la feliz idea: “¡Hagamos un debate!”. Y los dos candidatos, jaleados por los directores de comunicación, salen al plató pensando que son Indira Gandhi y Winston Churchill y van meterse a la gente en el bolsillo. Pero la realidad es que la gente estaba viendo otro debate (el del reality Supervivientes) y ellos son solamente ellos, Cañete y Valenciano. El resultado es patético.

Un resbalón, dos en el barro

No es de extrañar que, ante una consigna “arriolana” tipo “Nunca reconocer una derrota en debates y elecciones”, Miguel Arias Cañete se saliera por la tangente, como otros, como tantos, y diera un resbalón de los históricos. Tan monumental como el comentario acerca del Prestige del insigne profesor socialista madrileño.

Lo más grave es que, a continuación, Elena Valenciano se ha erigido, con esa superioridad moral de la izquierda que tan mal llevo, en representante única de las mujeres, de todas, como si ser mujer y socialista fuera lo mismo con su frase: “Ha quedado claro que si gana Cañete perdemos las mujeres”. Como si las mujeres fuéramos imbéciles y no supiéramos diferenciar una metedura de pata de una actitud machista de verdad. Porque igual Cañete es solamente torpe, a lo mejor luego es un tipo considerado con las mujeres. Por la misma razón que a nadie se le ocurrió que si no ganaban las elecciones los socialistas fueras a hundir otro Prestige. Porque la gente tiene cierto discernimiento. A pesar de ello, los políticos continúan utilizando a las mujeres como estúpidas, como si fuéramos un pañuelito de papel de usar y tirar, con el que uno se limpia la nariz y nada más. Y lo malo es que hay muchas que se lo creen.

Y así es cómo los dos candidatos han hecho una exhibición lamentable de sus “talentos”. Cañete tiró por la borda su mejor baza, que maneja el tema europeo mejor que Valenciano, y Elena se ha agarrado, sin necesidad, a un clavo ardiendo y se está quemando las manos con esa actitud enconada de salvapatrias. Y la cosa sigue.

Conclusión: ganan los partidos alternativos y, sobre todo, quienes no pensábamos votar nos cargamos de razones. De aún más razones.

Richard Cantillon: contribuciones a la ciencia económica

En 1755 fue publicado el libro Essai sur la nature du commerce en général. Su autor era Richard Cantillon y muchos consideramos esta obra como el primer tratado científico y sistemático de la economía política. En palabras de Jevons "el primer tratado de economía". Ello le convertiría en el verdadero padre de nuestra ciencia.

Por otra parte, Cantillon hace en el Essai una aproximación a los fenómenos y procesos de mercado desde una perspectiva subjetivista y dinámica, que lo convierte en el primer economista de la tradición después conocida como la Escuela Austríaca de Economía.

Muy brevemente, quisiera mostrar algunas de las aportaciones de Cantillon:

Epistemología. Observamos cómo, a lo largo del Essai, Cantillon argumenta de forma lógica deductiva, una lógica de causa-efecto. Argumentación que, por otra parte caracterizó al pensamiento clásico en contraposición con la metodología matemática-positivista que caracteriza a gran parte de la ciencia económica actual.

Incertidumbre y figura del empresario. El irlandés entiende al entrepreneur como una figura clave e indispensable en la economía, apareciendo de forma continuada en su análisis económico. La función empresarial está sujeta a la incertidumbre, y el entrepreneur es el agente que compra a precios conocidos para vender a precios desconocidos. El beneficio siempre es incierto.

Teoría subjetiva del valor. Aunque no lo señala explícitamente, Cantillon entiende que los precios que se dan en el mercado difieren de sus "valores intrínsecos". Por valores intrínsecos, no se refiere a la teoría del valor-trabajo, sino a lo que podríamos hoy denominar costes de producción. Este punto ha llevado a grandes confusiones y malas interpretaciones.

Formación de los precios. En el Essai se presenta una moderna teoría de formación de precios. La oferta depende "de la proporción de los artículos que se ofrecen a la venta" y la demanda "depende del dinero dispuesto a comprarlos". A su vez la demanda es subjetiva y "depende del humor y la fantasía de los hombres y del consumo que de tales productos se hace".

Efecto Cantillon. Brillante aportación de Cantillon, que señala que el dinero no es neutral. El dinero nuevo que se produce no entra en la economía de manera neutral sino desagregada generando cambios en la estructura de precios relativos. Por tanto se produce una redistribución de rentas entre primeros y posteriores receptores de ese incremento de oferta monetaria.

Tipo de interés. Según el irlandés el interés viene determinado por la oferta de fondos prestables. El aumento de la oferta monetaria no afecta al interés, sino al poder adquisitivo del dinero.

Teoría del ciclo económico. Cantillon, banquero durante una gran parte de su vida, no presenta una completa teoría del ciclo. Pese a ello, apunta claramente en el Essai que las expansiones crediticias generan "desorden" y distorsiones en la economía que acaban irremediablemente en crisis económicas. Se ve como Cantillon tiene en mente una teoría monetaria del ciclo.

Mercantilismo. El irlandés no solamente rechaza la idea de identificar riqueza con la acumulación de oro y plata, sino que, tal y como hemos visto, advierte de los peligros que un aumento de oferta monetaria puede generar en el Estado.

Origen del dinero. Cantillon explica por qué los metales como el oro, la plata o el cobre han servido a los hombres como dinero y analiza otros artículos y los motivos por los cuales han sido considerados peor dinero.