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Etiqueta: Pensamiento liberal

Las rentas de la dignidad ya están aquí

Tras el término "rentas de la dignidad", que seguramente resulta populista y atractivo, especialmente después de las marchas del pasado fin de semana, se esconde una antigualla como es la renta que los paisanos pagaban al obispo o al deán (Su Dignidad) simplemente por serlo. Más allá de ese cargo honorífico, la dignidad es la cualidad de digno, que a su vez, y referido a una cosa, se define como lo que puede aceptarse o usarse sin menoscabo de la reputación, la fama o el prestigio de la persona.

La dignidad, por tanto, es un concepto subjetivo que depende en gran medida de cómo encara cada cual su relación con el entorno, su posición en el grupo y su independencia frente a la corriente principal.

Lo que no es dignidad y no lo sabemos

Uno puede limpiar letrinas y mantener intacta su dignidad, o sufrir espantosas torturas y menosprecios y mantener intacta su dignidad, o ser acusado de traidor y ser fusilado sin un juicio adecuado y mantener intacta su dignidad. No importa el qué dirán o lo que la masa de gente hace en tu entorno, eres tú el que mantiene la cabeza alta, sin soberbia pero con determinación, y pasa por encima de miradas malintencionadas, juicios de valor y comentarios del graderío.

La justicia, siendo una virtud, no es dignidad. Son cosas diferentes. Una vivienda puede corresponderse con los cánones de bienestar de una sociedad y parecer justa para una persona con un status determinado, pero no ser necesariamente digna. Conozco algunas personas obligadas a vivir en verdaderos agujeros con sus familias, debido a un régimen que (oh, casualidad) no es liberal sino socialista, y que hacen de él su hogar y viven en allí como si fuera la mejor de las mansiones.

La abundancia material, siendo deseable para muchos, aunque no imprescindible, no es dignidad. No es más digno quien más tiene en la vida, ni aumentas la dignidad del pobre si le llenas los bolsillos de billetes (suponiendo que los billetes valieran lo que dicen que valen). Hay pobres muy dignos y ricos muy dignos y al revés.

Tampoco es más digno quien se adecua mejor a las normas morales de la sociedad. Aunque el prestigio del que goce esa persona sea el máximo y la consideración social sin parangón, no muestra una mayor dignidad si no se respeta a sí mismo. No hay más que echar mano de las innumerables lecciones que nos proporciona la historia para reconocer a esos personajes de fama, nombramientos, premios, cargos, que son perfectamente indignos en la soledad de sus miserias.

Las rentas de la dignidad vuelven del más allá

Las marchas que han invadido Madrid este pasado fin de semana reclamaban no pagar lo adeudado y no recortar los presupuestos públicos. Estas personas quieren bajar impuestos, subir los gastos, aumentar la deuda nueva y no pagar la deuda antigua. ¿Por qué razón? Porque hay millones de personas sin trabajo, miles de familias con todos los miembros en paro, los comedores de Cáritas a rebosar, y una situación que parece clarear pero demasiado lentamente. No entraré a analizar si las cargas policiales fueron más brutales o menos que las de los grupos violentos que acompañaban las manifestaciones, pero me pregunto si era necesario para exigir dignidad destrozar las terrazas del Café Gijón, el Café del Espejo y el mobiliario urbano del Paseo de la Castellana, Recoletos, Colón, etc.

Dejando ese tema de lado y centrándome en las reclamaciones económicas, las más de 300 organizaciones y sindicatos convocantes, aglutinados en la Plataforma 22M, reclamaban, además, la dimisión de todos los gobiernos que colaboraran con la troika europea. Esa petición es realmente inquietante, no por indigna, sino porque la alternativa que queda es la autarquía, la famosa política franquista de pura cepa, que llevó a España a la más absoluta ruina. Ninguno reclamó a los sindicatos que aclararan los fraudes de los EREs, y quedarse con el dinero ajeno sí que es indigno, no importa la institución o la persona que lo haga. Como tampoco es muy digno incumplir los compromisos adquiridos en nombre propio o en nombre ajeno. Porque cuando hay una legítima victoria electoral, lo que ese gobierno decida es legítimo y la deuda adquirida también lo es. No es digno reclamar rentas a costa del trabajo de todos, como los obispos de antaño. No son dignas estas nuevas "rentas de la dignidad", y sí lo es despejar el camino para que haya empleo y posibilidades para todos.

Hoy, mi amigo Luis I. Gómez, padre del blog Desde el Exilio, conociéndome, me preguntaba si yo también soy una indignada, jugando con dos conceptos que, al parecer, nuestros manifestantes también confunden: indigno e indignado. Yo, sí, me declaro indignada, de indignación, no de indignidad. Como tú, Luis.

Nuevos ricos

En los últimos dos siglos, el capitalismo ha tenido que lidiar con muchos mitos. Pero pocos hay tan duraderos y dañinos como el que habla de un club cerrado de súper-ricachones que prosperan gracias al esfuerzo de los demás.

En esta crisis, el mensaje, siendo el mismo en el fondo, ha cambiado en la forma. Ahora, lo que se lleva es hablar en nombre del 99% de la humanidad, frente a ese supuesto 1% que estaría quedándose con la riqueza que a todos nos pertenece. Es un símbolo poderoso, que apela al ciudadano medio para que rescate su país o su planeta de una élite egoísta.

Además, en lo que hace referencia al imaginario colectivo, la foto se ha puesto al día. El antiguo potentado gordo, con chistera y puro de las viñetas de comienzos del siglo XX ha dado paso al ejecutivo encorbatado, dueño o directivo de una gran empresa, que hace a su antojo con trabajadores, autoridades y consumidores. Ya no son sólo personas, son oscuras corporaciones las que nos dominan, casi como robots sin alma que protegen su chiringuito con ferocidad y eficacia. 

El 1%

La caricatura se viene abajo cada marzo, cuando Forbes publica su famosa lista de los más ricos del mundo. La de este año la encabeza Bill Gates. Y entre los 20 primeros encontramos a Amancio Ortega, Warren Buffett, Larry Ellison (fundador de Oracle), los hermanos Walton (hijos del fundador de Wal-Mart), Larry Page y Sergey Brin (Google) o Jeff Bezos (Amazon). Ninguno de ellos debe su fortuna a la herencia de sus padres, salvo los Walton, y en este caso hablamos de una cadena de supermercados que comenzó con un modesto local en una pequeña población de Arkansas a mediados del siglo XX. También hay en la lista apellidos ilustres, pero incluso en estos casos resulta difícil rastrear el origen de su fortuna más allá de un par de generaciones.

Algo parecido pasa con las empresas. Tim Harford recoge en su último libro, Adáptate, el trabajo del economista Leslie Hannah sobre la trayectoria de las grandes empresas del siglo XX. En 1912, antes del inicio de la Primera Guerra Mundial, la mayor corporación global era US Steel, "un gigante incluso para los estándares actuales, con 221.000 trabajadores (…) Era el líder del mercado en la mayor y más dinámica economía del mundo; y lo era en una industria, la del acero, que ha sido de la máxima importancia desde entonces". Pues bien, en estos momentos no está ni siquiera entre las 500 mayores empresas del planeta.

Sólo 3 de los 10 primeros hace cien años (Exxon, General Electrics y Shell) se mantenían en el top 100 medio siglo después. De hecho, más de la mitad de los integrantes del ránking de 1912 había desaparecido en el año 2000. Y no necesariamente porque se hubiera hundido su negocio (lo que habría sido lógico, por ejemplo, con una empresa de fabricación de lámparas de aceite), "gigantes como Westinghouse Electric, Cudahy Packing y American Brand, estaban en las mismas industrias que historias de éxito como General Electric o Procter & Gamble".

No hace falta irse tan lejos. En 1985, la lista de grandes empresas norteamericanas que elabora Fortune estaba encabezada por Exxon Mobil, General Motors, Mobil, Ford, Texaco o IBM. Este año, el líder es Wal-Mart. Y el ránking está repleto de compañías tecnológicas, que daban sus primeros pasos o incluso no estaban fundadas hace un cuarto de siglo, como Apple o Verizon. Al mismo tiempo, decenas de aquellas poderosísimas 500 grandes empresas ya no existen.

Es cierto, muchas resisten, lo que tiene sentido, porque además, van cambiando de negocio en función de los gustos de su público o los vaivenes del mercado. Por ejemplo IBM, el gigante azul que siempre se asoció con el hardware y las grandes máquinas, hace tiempo que concentra la mayor parte de su negocio en los servicios y el software. Pero hay pocos sectores (quizás el energético sea la excepción, dado el largo plazo de las inversiones requeridas) en el que los principales actores de hace tres décadas sigan siendo los mandamases de la actualidad.

La conspiración

Para ser una conspiración de unos tipos multimillonarios, poderosos, malvados y bien coordinados, lo cierto es que no ha tenido mucho éxito. Pequeñísimos empresarios como Amancio Ortega, un modesto fabricante español de batas, se les han colado en la lista. Y jovenzuelos como Mark Zuckerberg, con sus sudaderas y sus zapatillas rotas, ya son más ricos que casi todos ellos. Por cierto, no lo han hecho engañándoles, sino fabricando productos de un enorme éxito que, en muchos casos, han sustituido a los que vendían esos millonarios de alta cuna.

No sólo es que haya nuevas entradas, es que además la mayoría de los que estaban en los ránkings de hace 30 años ya han desaparecido de los primeros puestos. De los integrantes de la lista original de Forbes de los 400 norteamericanos más ricos en 1982, sólo quedaban 36 en la de 2012. Cierto, muchos salen porque han fallecido, pero otros simplemente han perdido parte de su patrimonio. Además, los que siguen han perdido posiciones a gran velocidad y han visto cómo los recién llegados les adelantaban por la derecha. No hay que engañarse, un tipo que era multimillonario en 1982 probablemente seguirá siendo riquísimo tres décadas después; pero lo que no cuadra es la caricatura que tantas veces se ve en los medios.

Empresarios y capitalismo

Sin embargo, aunque la leyenda sobre ese club cerrado no se corresponda con la realidad, es peligroso que se extienda entre el ciudadano medio la idea de que el capitalismo es el reino de los intereses creados o de los poderosos. La atracción que el liberalismo ejerce siempre ha estado asociada con la meritocracia; una transacción libre sólo se realizará si las dos partes salen beneficiadas, por lo que para prosperar en el mercado libre hay producir bienes o servicios apetecibles para el mayor público posible.

En este sentido, idealizar a los empresarios sería peligroso. Su objetivo, como el de cualquier otro agente, es maximizar sus beneficios. Y tienen dos maneras de hacerlo: atraer más clientes que libremente quieran contratarles o conseguir una legislación favorable a través de sus contactos políticos. No se debe minusvalorar el peligro de que acabe siendo más atractivo centrar los esfuerzos en la segunda alternativa. Como explica el profesor Rodríguez Braun, hace más de 200 años que Adam Smith ya alertó sobre los empresarios que, "con toda suerte de excusas, arrancan monopolios, subsidios y protecciones varias del poder político, a expensas del pueblo".

De hecho, la tendencia en nuestros días precisamente parece apuntar en esa dirección. La obsesión del poder político por extender sus redes a cada vez más campos de la actividad económica y entrar a legislar hasta el mínimo detalle es un terreno abonado para corruptelas, trafico de influencias, lobbies e intereses creados.

Quizás nadie lo haya resumido con la precisión de Milton y Rose Friedman en Libertad de elegir, en lo que denominaron la "Historía Natural de la Intervención Estatal": "Primero un mal real o ficticio provoca la necesidad de hacer algo. Se crea una coalición formada por reformadores sinceros. Los objetivos se esconden bajo la retórica del interés público. Se promulga una ley. Los particulares interesados [empresarios, asociaciones de consumidores, sindicatos,…] se ponen manos a la obra para asegurarse de que se emplee en beneficio propio. Al final los efectos son los contrarios a los perseguidos inicialmente. Es casi imposible revocar la legislación inicial. Se hace un llamamiento a una nueva legislación que soluciones los problemas suscitados por la legislación anterior".

Nuevos ricos

Uno de los insultos más curiosos del castellano es el de "nuevo rico". Lo extraño no es tanto la conducta que se quiere reprobar -una cierta tendencia a la ostentación un poco hortera-, sino la expresión en sí. Porque, ¿qué tiene de malo ser un "nuevo rico"? En principio, nada. Si alguien que nació pobre se ha labrado su prosperidad a base de trabajo, talento o suerte, ¿qué tienen que decir a eso los demás? El problema es que todos empecemos a pensar que no han sido aquellas virtudes, sino evidentes defectos (de ellos o del sistema) los que les han generado esos beneficios.

Esta semana, The Economist encabezaba su portada con un interesante reportaje titulado "La nueva era del capitalismo de amiguetes", en el que alerta sobre aquellos que se han hecho millonarios en las últimas décadas gracias a sus conexiones políticas. La mayoría de estos cronies también son nuevos ricos, pero difícilmente alguien podrá defender que lo que hacían era capitalismo.

Hacienda va a por su vivienda

Conocido el informe de la "Comisión de expertos para la reforma del sistema tributario español", cabe adelantar ya una conclusión inmediata: la carga fiscal que soportarán los españoles no baja, si acaso sube. El propio dictamen es taxativo a este respecto: "La reforma tributaria en ningún caso puede erosionar gravemente la capacidad recaudatoria de nuestros impuestos".

Acabáramos. Un poco de sinceridad al menos, después de tantas mascaradas, el objetivo de esta pantomima nunca, nunca, nunca fue bajar los impuestos. Al contrario, como muchos ya denunciábamos, su único y genuino propósito fue escenificar un sainete para consolidar y apuntalar el infierno fiscal que al alimón han instaurado en España Zapatero y Rajoy, Salgado y Montoro.

A la postre, los propios números de la Comisión son más que explícitos: la reforma pretende reducir la tributación directa (IRPF, Sociedades, Patrimonio, Sucesiones y Donaciones) en unos 10.000 millones de euros (el 1% del PIB) a cambio de elevar la tributación indirecta (IVA y Especiales) en otros 10.000 millones de euros. Resultado fiscal "neutro", dicen; en román paladino: "no hay más yesca que la que arde" o "con estos bueyes de ahora nos tocará arar". 

Sucede que, cuando uno le agarra la mano a Dante para descender a las tripas infernales de esta propuesta de reforma fiscal, termina del todo convencido de que la tributación indirecta desde luego sí sube, pero no tiene del todo claro que la directa descienda apreciablemente. No en vano, Montoro ya ha sido bastante explícito en numerosas ocasiones al advertir que esta contrarreforma se orientaría a incrementar la recaudación, y ya sabemos que el ministro de Hacienda sólo conoce un método para hacerlo: apretarles todavía más las tuercas a los sufridos contribuyentes.

En materia de fiscalidad indirecta, basta decir que los "expertos" proponen reclasificar todos los productos que hoy soportan el tipo reducido del IVA (10%) al tipo general (21%), con la excepción de la vivienda, la hostelería y transporte público. O dicho de otro modo, anoten los productos que pasarían a tributar al 21% en lugar de al actual 10%: productos alimenticios (con la escuálida excepción de aquellos que hoy tributen al tipo superreducido del 4%); suministro de agua; equipo médicos para uso de personas discapacitadas; renovación y reparación de viviendas particulares; inputs agrícolas; servicios sociales; y limpieza de vías públicas, recogida y tratamiento de basuras.

Añadan a lo anterior la subida de los impuestos al tabaco y al alcohol (incluyendo un nuevo tributo sobre el vino, hoy inexistente), una nueva fiscalidad incrementada sobre el consumo de hidrocarburos (redefinida como impuesto sobre el contenido energético y sobre el contenido potencial de dióxido de carbono) y otras gabelas medioambientales de nueva creación, y comprenderán así por qué -pese a la supresión de otros impuestos medioambientales, del impuesto sobre los depósitos o del impuesto sobre grandes superficies- los "expertos" estiman que la tributación indirecta proporcionará una recaudación al fisco adicional de 10.000 millones de euros.

Pero acaso lo más llamativo no sea el sablazo admitido, sino el silenciado. Porque allí donde los "expertos" certifican una rebaja de 10.000 millones en la tributación directa, un servidor sólo observa temeroso una terrorífica ventana de oportunidades para otro expolio fiscal indisimulado.

Primero lo más escadaloso, insultante y verdaderamente indignante: los "expertos" proponen que el Gobierno central establezca un tipo mínimo nacional (que no máximo) sobre el impuesto de Sucesiones y Donaciones. En concreto, un tipo de entre el 4% y el 5% sobre la herencia transmitida entre familiares de primer grado (hijos incluidos) con un mínimo exento de 25.000 euros. Dicho de otro modo, por una herencia de 200.000 euros, habría que pagar un mínimo de casi 9.000 euros, estemos en la comunidad autónoma en la que estemos. Madrid pierde la batalla de la sana competencia fiscal para que otros virreyes autonómicos puedan saquear tras la sepultura a sus súbditos.

Segundo, el IRPF es el tributo directo que los "expertos" más quieren suavizar después del histórico rejonazo que Montoro nos propinó a finales de 2011, llevando los tipos impositivos españoles a unos niveles sin paragón en el ya socialdemócrata mundo desarrollado. Pero, pese a estas beneméritas intenciones, no se crean que los "expertos" plantean en esta sede revolución alguna, ya que proponen sin demasiado entusiasmo, y siempre que la situación presupuestaria lo permita, elevar el mínimo personal y familiar, se contentan con simplificar a cuatro los actuales siete tramos del IRPF, y aspiran a reducir el gravamen sobre el tramo más bajo desde el 24,75% al 20% y el del tramo más alto desde el 52% (sin contar recargos autonómicos) a algo menos del 50% (aunque sí reputan recomendable acercarlo a la media europea del 44%; de nuevo, sin contar los recargos autonómicos).

Mas no crean que esta reducción de los tipos nominales nos saldrá gratis. Aparte del sablazo en el IVA y Especiales, los "expertos" plantean la necesidad de ampliar las bases imponibles en el IRPF, es decir: pagar un menor porcentaje sobre una cantidad mayor.

Para ello se procede a una total laminación de las exenciones y deducciones del impuesto: se eliminaría la exención de las indemnizaciones por despido no disciplinario, de los primeros 1.500 euros por dividendos, de las aportaciones empresariales por seguro de enfermedad o de la cobertura del seguro contra riesgo de interés; la reducción por rendimientos irregulares del trabajo se recortaría del 40% al 30%; se suprimiría la tributación por módulos dentro de actividades económicas; se dejarían de corregir las plusvalías derivadas de la venta de vivienda por la inflación (es decir, pagaríamos impuestos por la inflación, que ya es un impuesto); se disminuiría a una mínima expresión las deducciones por aportaciones a planes de pensiones; se eliminaría con carácter retroactivo la deducción por compra de vivienda habitual; y, con carácter general, prácticamente todas las reducciones en la base imponible se transformarían en reducciones de la cuota al tipo mínimo (es decir, sólo nos ahorraríamos el 20% de los ya pocos gastos deducibles).

Además, el tratamiento fiscal del ahorro dentro del IRPF apenas se ha visto mejorado, pues su régimen casi no sufre ningún cambio con respecto a la cainita situación actual: es verdad que se propone reunificar la tributación de plusvalías a corto y a largo plazo (buena noticia) y rebajar el tipo nominal al 20% (frente a la escala actual del 21%, 24% y 27%), pero la tan cacareada como necesaria cuenta de ahorro que operara como una sicav para particulares y clases medias ha quedado finalmente reducida a cenizas: se tratará de una cuenta bancaria indisponible cuyas aportaciones quedarían limitadas previsiblemente a menos de 5.000 euros anuales.

Por lo que se refiere al otro gran tributo directo, el Impuesto de Sociedades, la propuesta de los "expertos" es bastante análoga a la del IRPF: se eliminan, vacían o recortan todas las deducciones (mayor limitación a la deducibilidad de gastos financieros, supresión definitiva de la libre amortización de activos, reducción a la mitad del porcentaje de amortización de los activos intangibles como el fondo de comercio, mayores restricciones a la exención por doble tributación internacional, y eliminación de las deducciones por actividades de I+D, producciones cinematográficas, inversiones medioambientales, reinversión de beneficios extraordinarios y creación de empleo) y a cambio se rebaja el tipo nominal del 30% al 20%.

No es mi propósito defender la lógica de estas deducciones discriminatorias y distorsionadoras, pero sí el de destacar que el saldo final de la reconfiguración del Impuesto de Sociedades probablemente termine arrojando un incremento de la carga tributaria para muchas empresas: actualmente, el tipo efectivo se sitúa por debajo del 20% (en torno al 17%), de modo que eliminando deducciones difícilmente lograremos una rebaja aunque rebajemos el tipo nominal.

Por último, es verdad que los "expertos" proponen eliminar formal y definitivamente el Impuesto de Patrimonio, pero a cambio tengamos presente que a medio plazo proponen establecer un Impuesto de Bienes Impuestos mucho más oneroso que el actual: el nuevo gravamen del IBI se acercará al 1% y, lo que es mucho más preocupante, la base imponible se aproximará mucho al valor de mercado de los inmuebles.

En definitiva, la reforma fiscal que nos ha planteado el Comité de "expertos" responde a directrices típicamente montorianas: la obsesión por maximizar la recaudación y minimizar los recortes del gasto. Subida notable de la tributación indirecta; rebaja inapreciable de la directa. La lectura detallada del informe, de hecho, desprende un aroma de reproche y queja contra el Ministerio de Hacienda por haber subordinado todo el replanteamiento del sistema fiscal español a una consolidación presupuestaria que no dé margen para una rebaja más ambiciosa de impuestos que vaya acompañada de un recorte más amplio del gasto público.

Al final, Rajoy -oh sopresa- volvió a mentirnos a todos cuando, tras sus más de 50 subidas de impuestos, anunció que "al finalizar esta legislatura, todos los contribuyentes pagarán menos impuestos que al comenzar". Falso: no lo haremos. Pagaremos mucho más y todo porque este Gobierno se negó desde un comienzo a pinchar la burbuja estatal que Zapatero hinchó y que Rajoy abrazó con entusiasmo socialdemócrata. No hay más: a falta de retoques electoralistas, ésta es la gran reforma fiscal parida por el rajoyismo; la reforma que coloca para siempre al PP en la órbita de las formaciones políticas que defienden más Estado y mucha menos sociedad.

Manipulación moral vs. liberalismo

Los seres humanos actúan según sus preferencias y capacidades subjetivas, persiguen objetivos valiosos, asumen costes, tienen en cuenta normas de diversos tipos, se preocupan por su reputación, valoran de forma selectiva y limitada el bienestar de otros individuos y consideran las consecuencias de sus actos para los demás. Ciertos comportamientos se automatizan parcialmente como hábitos positivos o negativos: virtudes o vicios. Las personas valoran también las conductas ajenas y las juzgan según diversos criterios o principios. Una parte importante de la conducta humana sirve para influir sobre otros y así participar en el control de la acción ajena implantando valoraciones y reglas en sus mentes.

La moral (y su estudio como filosofía moral o ética) tiene que ver con estos tres ámbitos: valoraciones, reglas y hábitos. Los individuos tienen sentimientos morales que influyen sobre su conducta: promueven la cooperación y la ayuda mutua y defienden de parásitos y tramposos. Además las personas hablan y razonan sobre la moralidad, argumentan qué acciones y leyes están justificadas y cuáles son ilegítimas, si son compatibles o incompatibles con principios abstractos de alto nivel. El lenguaje moral fomenta ciertas conductas y rechaza otras.

Los debates morales pueden tener atributos propios de la auténtica exploración intelectual: objetividad, lógica, racionalidad, imparcialidad, uso de evidencia empírica. Sin embargo a menudo los moralistas ideológicos o religiosos, de izquierdas, derechas o centro, son hipócritas manipuladores con pocos escrúpulos o necios que fuerzan y distorsionan los razonamientos y cometen errores de argumentación para alcanzar conclusiones deseadas que convienen a sus intereses o preferencias particulares: mejorar su imagen pública, conseguir algún privilegio para algún grupo, mantener una estructura social opresora y a alguna élite en el poder. El sermoneo moral incluye diferentes variantes, desde el fanatismo intransigente, intolerante y radical hasta el buenismo tontorrón que sólo propone que seamos buenos y que lo que en el fondo importa es la actitud y la intención (y no los resultados).

Es común que preferencias, normas y hábitos se entremezclen y confundan en el discurso moral al hablar de valores. Se mencionan valores absolutos sin aclarar de qué se trata, si son normas inviolables o cosas que todo el mundo quiere sin importar los costes. Se repiten de forma acrítica múltiples obligaciones y prohibiciones sin explicar su origen y funcionalidad, o insistiendo en que están escritas, proceden de la divinidad o son por el bien común. Se le dice a la gente no sólo qué debe o no puede hacer, sino también qué debe o no puede querer, desear o preferir. Se afirma que algo es bueno o malo como si fuera un atributo objetivo, obviando a los agentes que lo valoran así o no, que lo aceptan o lo rechazan, que lo desean o no de forma subjetiva, relativa y dinámica. Se olvida que la acción se basa en preferencias relativas, no absolutas, porque siempre hay que asumir costes y renunciar a algo. Se dice que algo está bien o mal en lugar de afirmar que está permitido o prohibido.

Se recurre a grandes palabras sin aclarar su significado o forzándolo de forma demagógica: se equipara justicia a igualdad, normalmente de resultados y no ante la ley; se demoniza la desigualdad aunque esta pueda ser merecida; las desigualdades se presumen inaceptables sin indicar quiénes no son capaces de aceptarlas; se fomentan la envidia y el igualitarismo al tiempo que se promueven leyes desiguales con privilegios para algunos; se confunde libertad como ausencia de interferencia violenta en las decisiones con el poder efectivo o la disponibilidad de medios para actuar; se asegura que todo el mundo sabe que algo es bueno o malo, por lo cual no hace falta investigarlo o discutirlo; se insiste en que el principal valor ético es la solidaridad y esta se impone por la fuerza sin permitir que los individuos decidan a quién y cómo desean ayudar o no.

Se promueve la paz pero se roba sistemáticamente, denominándolo eufemísticamente redistribución. Se le dice a la gente que puede elegir pero que no puede discriminar sistemáticamente según determinados criterios. Se trata a los ciudadanos como niños incapaces de decidir algunas cosas por sí mismos, como qué sustancias introducir en su propio cuerpo, pero se les permite elegir a sus paternalistas gobernantes. Se asegura que algo es injusto cuando simplemente no gusta (justo es gusto). Se recurre a la indignación moral con completa desvergüenza simplemente para negociar mejores condiciones (el salario no es digno). Se critica al empleador, presunto explotador, y se beatifica sin más al empleado. Se deslegitima el ánimo de lucro como si los beneficios fueran malos y las pérdidas buenas. Se asegura que se actúa por el bien común y en servicio de todos mientras que se exige recibir más y entregar menos.

El liberalismo es impopular porque no busca halagar, trampear o engañar. Defiende normas universales, simétricas e iguales para todos, y que sean funcionales, que sirvan para coordinar la sociedad, para permitir y fomentar el crecimiento y el desarrollo de los individuos, para evitar, minimizar o resolver conflictos. Libertad es no agresión y respeto al derecho de propiedad, es tolerancia y responsabilidad: no actuar violentamente contra lo que no te gusta, asumir las consecuencias de tus actos, pedir ayuda pero no exigirla, compensar los daños causados a otros. Derechos y deberes positivos surgen de los contratos voluntariamente acordados y no pueden imponerse a las partes no explícitamente interesadas.

La mujer en su laberinto

Era inevitable. El día 8 de marzo propios y ajenos han enarbolado la bandera de la mujer y han llenado las redes sociales, las radios y las televisiones con recordatorios de lo importantes que somos las mujeres en la sociedad y lo poco que lo decimos. Después de tantos años delegando en el Estado la misión de reivindicar, en este caso la igualdad de la mujer y el hombre, o al menos, supuestamente ese es el encargo, no nos hemos percatado del estrepitoso fracaso de la misión. ¿Por qué?

Aristófanes en el siglo XXI

El día 8 de marzo yo estaba hablando en el Instituto Juan de Mariana de Aristófanes y sus comedias, entre ellas La Asamblea de Mujeres. Leer La Asamblea de Mujeres y deducir que es un alegato feminista del siglo V antes de Cristo, y mucho más, proviniendo de la mente de un comediógrafo como Aristófanes, es una de las boberías feministoides más habituales de los últimos tiempos. El escritor ateniense dibuja una situación en la que las mujeres, disfrazadas de hombres, convencen a los participantes de la Asamblea, que son sus maridos, para que les den el poder a ellas. La razón de los hombres es clara: era lo único que no se había intentado para salvar a Atenas de la quiebra. Y con todo y con eso, el futuro que le espera a la polis dirigida por la líder Praxágora es la de una abundancia que nadie sabe de dónde proviene que será redistribuida por ella misma y las demás mujeres. Como en todas las comedias de Aristófanes, el final es exageradamente idílico, tanto que resulta absurdo y hasta cómico. Tomarse en serio la idea de un comunismo implantado y regido por mujeres, es no entender al autor.

Y, por otro lado, el plan de una redistribución comunista regida por mujeres puede resultar atractivo para algunos y algunas porque atribuyen a la mujer más sensatez, pero ¿de dónde sale la idea de que las mujeres somos seres con una moral más firme que los hombres? ¿No hay ejemplos en la historia de la humanidad en la que aparecen mujeres perversas e inmorales y hombres sensatos y buenos? El problema de la redistribución planificada no es quién sea el planificador, su raza, sexo, origen, etc. Ni siquiera es determinante que tenga una formación exquisita o una inteligencia mayor que la media. Es que, como demostraron hace mucho Mises y Hayek, es imposible.

El Día de la Mujer, pero la que piensa como yo

Y con todo y con eso, aquí andamos planificando listas “cremallera” en los partidos políticos, que desbaratan la elección de los mejores candidatos para que haya paridad. ¿Qué es preferible para una política con salud de hierro? ¿Se trata de que haya paridad o de que el candidato sea el mejor? Porque no me vale eso de que en los partidos políticos hay candidatos tan buenos como candidatas. Si eso es realmente así, que se elija al mejor sin obligar a que haya paridad. Y si no lo es, busquen lo que favorece más a los ciudadanos que subvencionan esos partidos y a cuyo servicio están todos los políticos.

La idea de dedicar un día especial a recordar la lucha de las mujeres por el acceso a la educación, que durante siglos estuvo limitado a los hombres, la participación en la vida política, que durante siglos estuvo limitada a los hombres, y a decidir libremente sobre su vida, posibilidad de la que durante siglos no disfrutó, no sería tan perversa si no fuera por la carga de hipocresía que hay detrás.

Los beneficios que sacan los partidos políticos, las subvenciones a las asociaciones que dicen representarnos a las mujeres, algunas de cuyos miembros viven de eso, la sensación de palmadita en el hombro que una siente ese día, sinceramente, asquea. El pasar de la obligación hacia el padre, a la obligación al marido, y de ahí a la sujeción al gobierno, sea éste paritario o no, no es un avance, es un cambio de manos, pero la misma servidumbre. Para romper de verdad con la discriminación lo primero que tenemos que hacer es caminar solas, sin la mano en el cuello de nuestras salvadoras, compañeras igualitaristas que empiezan por decirnos qué tenemos que elegir y acaban por exigir que todos y todas financiemos sus ideas y sus iniciativas, y de los hombres que aún consideran que somos seres inferiores.

En el fondo, ¿no es el feminismo ultra (o feminazismo o hembrismo) una manera de discriminar al hombre, de considerarle inferior? La excusa de la represión del pasado, que la hubo, ya no es válida en el siglo XXI. Ya solamente cabe financiar tus iniciativas, dar pasos por ti misma, y simplemente exigir el cumplimiento de las leyes o luchar por su cambio cuando no son iguales para todos. Para todos: hombres y mujeres.

El valor de la ideas

La realidad que nos rodea deriva, en gran medida, del inmenso poder de las ideas. La innata creatividad humana es el verdadero artífice del desarrollo económico a través de la esencial función empresarial, que, como acertadamente explicaba el economista Ludwig von Mises, no consiste en asignar y redistribuir de la mejor forma posible los siempre escasos recursos que están a nuestro alcance, sino que, muy al contrario, la clave para crear riqueza radica en la tendencia natural del hombre a buscar y descubrir nuevas oportunidades de negocio capaces de generar beneficio. El problema, por desgracia, es que no siempre se dan las condiciones socioeconómicas propicias en nuestro entorno para incentivar de forma adecuada la tan delicada y valiosa creatividad empresarial.

Entender correctamente la conexión que existe entre la creatividad humana y el particular contexto que rodea al individuo -la esencia de la economía, al fin y al cabo- no es tarea sencilla, ni mucho menos. No por casualidad el capitalismo es un invento relativamente reciente y, pese a su indudable éxito para lograr elevar el nivel de vida de la gente a cotas inimaginables hasta hace bien poco, tan sólo se ha asentado con fuerza en un reducido y privilegiado número de países, al tiempo que sigue haciendo frente a grandes y poderosos enemigos de la libertad económica e individual.

Por ello, el valor de las ideas también es esencial a la hora de comprender la naturaleza real de la economía y la auténtica lógica del mercado. Cómo funciona el sistema monetario y crediticio, y qué efectos produce sobre la economía real; cuál es el impacto de la fiscalidad sobre la actividad empresarial; cómo influyen el déficit y la deuda del Estado sobre el crecimiento económico; por qué es necesario recortar el gasto público; qué impacto tiene la regulación laboral… Todos ellos son aspectos clave, cuya particular configuración, según la política económica que se aplique, genera resultados diametralmente opuestos, o bien beneficiosos o bien tremendamente perjudiciales.

En este sentido, la denominada Gran Recesión, cuyo inicio tuvo lugar a mediados de 2007, tras el estallido de la crisis de las hipotecas subprime en Estados Unidos, ha reabierto un intenso debate ideológico en el ámbito de la economía, librado entre los defensores de la libertad y los amantes del estatismo. De la resolución de este debate dependerá no sólo la ansiada superación de la crisis, también el bienestar de las generaciones venideras.

Un gran aporte para este debate es el nuevo libro de Diego Sánchez de la CruzSin medias tintas. Esta obra refleja la opinión de un variopinto y extraordinario grupo de economistas, analistas e inversores sobre múltiples aspectos clave de la crisis actual. Las reflexiones también se centran en la esencia de la libertad y la prosperidad económica.

En este compendio de entrevistas, el lector podrá encontrar respuestas clarificadoras y, lo más importante, correctas sobre muchos de los problemas que aquejan hoy en día a la economía mundial. Ideas, todas ellas, discordantes o políticamente incorrectas frente al pensamiento único, es decir, frente al estatismo dominante… pero completamente acertadas a la hora de explicar la compleja realidad que nos rodea. Y ello no sólo porque se trate de mentes brillantes, sino porque sus opiniones se asientan sobre una profunda teoría económica cuya validez ha sido fehacientemente demostrada a lo largo del tiempo, con resultados enormemente positivos para la humanidad.

Entre los valiosos protagonistas del libro encontramos a Carlos Rodríguez Braun, Juan Ramón Rallo, Peter Schiff, Juergen Donges, Arthur B. Laffer, Johan Norberg, Luis Garicano, Pedro Schwartz… El resultado es una visión imprescindible sobre la esencia de la libertad y la naturaleza del desarrollo económico.

Sin medias tintas es una obra alejada del dogmatismo estatista predominante, único y auténtico culpable de la actual situación y de los futuros males que causarán sus recetas anticrisis. Por ello, el auténtico valor de este libro no radica sólo en el interesante y selecto perfil de los entrevistados, sino, sobre todo, en las profundas ideas y valores que comunica en torno a la libertad y la propia naturaleza humana.

Diego Sánchez de la Cruz, Sin medias tintas, Unión Editorial, Madrid, 2014.

‘Sin Medias Tintas’: 20 grandes voces hablan de la Gran Recesión

"En el análisis económico, el consenso no significa nada". Así de provocador se muestra el inversor Daniel Lacalle en Sin Medias Tintas, el libro que acabo de publicar en Unión Editorial. Los lectores que se acerquen a este proyecto podrán disfrutar de veinte conversaciones de alto voltaje con dos decenas de entrevistados de primer nivel.

Uno de los protagonistas de las reflexiones incluidas en Sin Medias Tintas es el profesor Benito Arruñada. El Catedrático de Organización de Empresas de la Universidad Pompeu Fabra apunta en su conversación con Sánchez de la Cruz que "suponer altruismo en los agentes políticos es un buen contraste de deshonestidad intelectual, sobre todo cuando el analista supone que quienes actúan en el mercado son egoístas, pero defiende que las decisiones políticas persiguen el bien común. Esa especie de esquizofrenia epistemológica no es inconsecuente: lleva siempre a favorecer soluciones políticas de mayor intervención del mercado".

Otro invitado de primer nivel es Luis Garicano. El profesor de la London School of Economics apunta en su entrevista que España necesita "reducir la intervención que distorsiona la competencia y favorecer el desarrollo de mercados en los que el beneficio no se obtenga a base de capturar rentas". En su opinión, "sin liberalización económica y más competencia en nuestros mercados, financiar el "Estado del Bienestar será cada vez más difícil".

Más tajante aún se muestra la economista y profesora universitaria María Blanco, que denuncia abiertamente la "sumisión con la que la sociedad española mira al poder. Históricamente, teníamos un señor medieval o un monarca absoluto, hoy tenemos al Estado". También el influyente Anthony de Jasay ha sido entrevistado para Sin Medias Tintas. Quizá el pensador liberal más importante de las últimas décadas, de Jasay señala que "el igualitarismo es la nueva Religión del Estado" y apunta, además, que "avanzar hacia la equiparación salarial implica recuperar mecanismos dignos de la Unión Soviética".

El libro también incluye una entrevista con el inversor Peter Schiff. El Consejero Delegado de Euro Pacific Capital habla sobre cuestiones monetarias y financieras, aportando además su visión de nuestra particular crisis. Schiff lo tiene claro: afirma que "el problema del paro lo han creado los políticos españoles" y denuncia que los contribuyentes de nuestro país "cargan a sus espaldas con unos impuestos insoportables".

Otro "peso pesado" del liberalismo que incluye esta obra es el economista Pedro Schwartz. En su opinión, "como Mariano Rajoy no entiende mucho de economía, se deja llevar por Cristóbal Montoro… Y el resultado es una sucesión de subidas de impuestos que resta dinero a la gente y ni siquiera cumple su objetivo de aumentar la recaudación".

Uno de los momentos más destacados del libro es la entrevista con Carlos Rodríguez Braun. En esta charla, cargada de buen humor, pero también de pensamiento crítico, Braun afirma que "subir los impuestos y pretender que no aumente la evasión fiscal es como pedirle al Conde Drácula que garantice la seguridad de Transilvania".

El nuevo lanzamiento de Unión Editorial recoge además una entrevista con uno de los intelectuales liberales más importantes del momento: Johan Norberg. El investigador escandinavo habla de su país para denunciar que "en Suecia sabemos desde hace décadas que el socialismo no funciona, por eso hemos introducido medidas de liberalización económica. Me desagrada que se siga hablando de Suecia como si estuviésemos en los años 70: algunos deberían actualizar su discurso o estudiar un poco de historia".

El libro también incluye entrevistas con grandes economistas nacionales (Ignacio de la Torre, Juanma López Zafra, Juan Ramón Rallo y Juan Castañeda) e internacionales (Jerry Jordan, Juergen Donges, Arthur B. Laffer y Dan J. Mitchell). También el periodista británico Philipp Coggan, la activista cubana Yoani Sánchez y el ministro de Finanzas de Estonia, Jürgen Ligi, desfilan por las páginas de Sin Medias Tintas, coronando así una interesante colección de conversaciones.

En palabras de Daniel Lacalle, los entrevistados del libro "son referentes esenciales para comprender la crisis y el entorno económico. En el libro vamos a encontrar análisis concienzudo y pensamiento crítico, pero intelectualmente impecable. Sin paños calientes y sin demagogia. Con peso intelectual y honestidad. ¿Políticamente incorrecto? Tal vez, pero enormemente estimulante".

Sin Medias Tintas está disponible en papel, en Kindle y en versión electrónica.

La mano mutante y la mano invisible

Una de las metáforas más conocidas y no siempre comprendidas de la teoría económica del pasado es la de la "mano invisible" enunciada por el filósofo moral Adam Smith a finales del siglo XVIII. Detrás de esa idea está lo que después denominaría Hayek "orden espontáneo". Smith creía que cuando se respeta el "sistema de libertad natural", es decir, los instintos naturales que llevan al ser humano a luchar por su supervivencia y la de los suyos (el propio interés) y a intercambiar, entonces los objetivos de la comunidad y los del individuo se armonizarían. Así, buscando cada cual su propio interés, se alcanzarían también los fines sociales, como si una mano invisible actuara. Este ajuste espontáneo ha sido malinterpretado por economistas y políticos con muy buenas intenciones. Y, sin embargo, su opción, la de fijar y planificar desde arriba la consecución de los fines sociales como si no estuvieran alineados con los fines individuales, ha conducido nuestras sociedades: la tiranía de la mano mutante del Estado.

¿Por qué ha de mutar la Mano Visible?

Si, siguiendo respetuosamente los pasos del maestro escocés, consideramos que los intereses públicos y privados han de ser armonizados de manera activa por una instancia estatal, y simultáneamente analizamos qué hace desde su origen esta "mano visible" confrontada al orden espontáneo de los mercados, observaremos un sorprendente proceso. La intervención estatal sobre las decisiones empresariales, han cambiado en fondo y forma, de ahí el apelativo de "mano mutante".

Si en un principio el Estado era el encargado de asegurar que las normas del juego del mercado se respetaban, poco a poco se atribuyó la misión de diseñar esas reglas para que fueran justas. Y, en relativamente poco tiempo, si hablamos en términos de tiempo histórico, esa mano visible es la que decide qué significa regla justa, beneficio justo, actividad legal y legítima, etc. primando siempre una interpretación concreta de los términos "legal", "legítimo" o justo". En otras palabras, favoreciendo con sus decisiones a aquellos grupos de presión (incluidos determinados empresarios) que aseguran el engorde del mismo Estado y la permanencia en escaños y sillones presidenciales de los políticos del gobierno y de las demás instituciones que componen dicha estructura estatal (jueces, funcionarios, etc.).

Ningún miembro serio de la oposición estará interesado en desmontar la trama porque cuentan con llegar al poder más pronto que tarde, y los partidos bisagra harán lo necesario para lograr sus objetivos localistas y saciar la sed de Estado de los incautos votantes.

En esta situación, dado que los favores se financian con dinero del contribuyente, los gestores políticos han de reinventar la actividad de esa mano visible que no hace otra cosa más que fijar normas para que todos paguemos más impuestos y poder seguir comprando el poder. Y, por esa razón, los mismo que baja un impuesto, suben un parámetro de otro sin que te des cuenta y al final te toca pagar más.

Los grilletes de la egoísta Mano Invisible

Pero la mejor estrategia de quienes activan por control remoto a golpe de ley esa Mano Visible Mutante es la intelectual. Han convencido a aquellos cuyos intereses particulares llevan a una mayor prosperidad de todos, y también a aquellos que disfrutaban de esa mayor prosperidad, de que si no hay una mente superior, al estilo del Mago de Oz, que, primero, fije los objetivos individuales y, segundo, decida el camino que ha de seguirse para conseguirlos, el mundo sería un caos en el que reinaría el mal, el egoísmo (tan propio del individuo) y la gente moriría por las calles, con excepción de los tres capitalistas recalcitrantes e imbatibles.

Por el contrario, lo que nos cuenta la realidad es otra cosa bien distinta. Y un buen ejemplo de ello es la política anti empresarial del Gobierno socialista de derechas de Mariano Rajoy. Desde que subió al poder, los pequeños empresarios y autónomos, savia de la economía real española, han comenzado la dolorosa subida al Gólgota donde, al parecer, han de ser crucificados hasta que se vayan del país a cualquier otro lugar.

La semana pasada se anunció la "regulación" (comillas adrede) de la financiación mediante microcréditos, o donaciones voluntarias de pequeñas cantidades a proyectos específicos. Quien inventó esa idea y la puso en práctica, siguiendo su propio interés (porque no salió de la cabeza de ningún San Francisco de Asís) benefició a muchos parados decididos a hacer algo, a muchos pequeños empresarios con ideas buenas, tan buenas como para que cualquiera estuviera dispuesto a apostar por ellas. Así saltarían por encima de las restricciones financieras de los bancos. Eso es, en esencia, la mano invisible de Smith.

Por supuesto no pasó mucho tiempo antes de que nuestra mano visible, en su mutación de "salvador tuyo por tu propio bien" apareciera en escena y destrozara, vía ley de "protección" al empresario, esa posibilidad.

¿No se sienten más seguros ahora que nos protegen hasta estrangularnos?

Hayek y Juan Pablo II

Desde hace algunos años asistimos a un estimulante debate alrededor de la Doctrina Social de la Iglesia Católica y su mayor o menor entendimiento con el liberalismo económico. Creo haberles ya mencionado aquí ese interesante libro de los profesores Rodríguez Braun y Rallo (El liberalismo no es pecado), que juega con el título de otro famoso acerca ciertas incomprensiones sobre cuál deba ser el ámbito de la libertad de opinión de un cristiano respecto a las actividades económicas, políticas, etc. (al que añado Liberalismo, catolicismo y ley natural, de Francisco José Contreras). Del mismo modo que también es conveniente explicar a ciertos académicos particularmente laicistas qué significa el Magisterio de la Iglesia y cómo se entiende la diferencia entre las cuestiones de fe y la libertad de las conciencias en el día a día de los creyentes.

La Encíclica Caritas in Veritate (2009) de Benedicto XVI volvió a despertar estas discusiones, que más recientemente han vuelto a suscitarse con la Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium (2013) del Papa Francisco, escrita en un sentido bien distinto de los académicos documentos de su antecesor. Hace apenas un mes tenía lugar un concurridísimo seminario de AEDOS en torno a EG, donde se ponían bien de manifiesto las diferentes posturas sobre el tema; que pueden completar con la abultada documentación que les ofrece la web del Centro Diego de Covarrubias apoyándose muchas veces en la mayor experiencia del Instituto Acton Argentina y otros thinktanks anglosajones.

Evidentemente, no voy a resolver este complejo asunto en unas pocas líneas (ni siquiera creo que haya una única solución para ese debate). Al revés, me permitirán que confunda un poco más los ánimos refiriéndome a un tercer Papa, Juan Pablo II (que la Iglesia elevará a los altares el próximo mes de abril). Juan Ramón Rallo lo citaba aquí ya el año 2005, a propósito de varias encíclicas sobre cuestiones económicas, que marcaron un giro muy interesante en la Doctrina Social de la Iglesia. Es famosa, por ejemplo, esta valiente y bastante incomprendida apuesta por el modelo capitalista "si por «capitalismo» se entiende un sistema económico que reconoce el papel fundamental y positivo de la empresa, del mercado, de la propiedad privada y de la consiguiente responsabilidad para con los medios de producción, de la libre creatividad humana en el sector de la economía" (Centesimus Annus, 1991).

Pues bien, en torno a la redacción de esta Encíclica (y, en general, al conocimiento de la Economía que tuvo ese Papa), pueden encontrarse en la web varias referencias a una supuesta entrevista de Juan Pablo II con Friedrich Hayek y la posible influencia del premio Nobel sobre el pensamiento económico del Papa Wojtyla. En España, lo ha repetido varias veces Jesús Huerta de Soto, a partir de su semblanza sobre Hayek publicada en La Ilustración Liberal el año 1999: "en 1992, el pensador católico Michael Novak sorprendió al mundo intelectual cuando hizo pública la extensa conversación personal que el Papa Juan Pablo II y Hayek mantuvieron antes del fallecimiento de éste, de manera que existen signos inequívocos de la gran influencia que el pensamiento de Hayek tuvo en la encíclica Centesimus annus y en particular en sus capítulos 31 y 32, todos ellos llenos de importantes aportaciones hayekianas". Esta misma referencia la volvió a utilizar el profesor Huerta de Soto en su artículo sobre Hayek para la página web liberalismo.org.

Por curiosidad, he seguido la pista sobre esta afirmación (animado por el catedrático Victoriano Martín, al que dedico este pequeño rastreo anticipándome a su Iubilatio), y puedo añadir los siguientes datos: por una parte, el propio Huerta de Soto precisa mejor la cita de Novak en su libro Nuevos estudios de Economía Política (2002), concretamente en el capítulo VIII al hablar de "La doctrina social de la Iglesia Católica y la Escuela Austríaca de Economía". Aquí nos indica la fuente empleada, un párrafo de Michael Novak publicado en Economic Affairs que les copio: "During the last months of his life, Hayek had the opportunity for a long conversation with Pope John Paul II. There are signs of Hayek’s influence in certain portions of the Pope’s encyclical Centesimus Annus. In sections 31 and 32 in particular Centesimus Annus employs unmistakably Hayekian insights". Michael Novak, "Two Moral Ideas for Business (The Hayek Memorial Lecture, 22 June 1992, London, England)", Economic Affairs, septiembre-octubre 1993, p. 7. Y un poco más adelante refuerza este argumento con la referencia a otra posible influencia del pensamiento de Israel Kirzner, conocido economista austríaco, sobre Juan Pablo II al señalar "el gran paralelismo existente entre la concepción de la acción humana creativa desarrollada por el Papa en su tesis doctoral titulada Persona y acción, y la concepción de la función empresarial que debemos a Kirzner (Michael Novak, The Catholic Ethic and the Spirit of Capitalism, The Free Press, Macmillan International, Nueva York, 1993)".

Finalmente, quiero añadir una última pista sobre esa hipotética conversación de Hayek con Juan Pablo II, en este caso a partir del artículo sobre Hayek en la Wikipedia: "In 1980, Hayek, a non-practicing Roman Catholic, was one of twelve Nobel laureates to meet with Pope John Paul II, to dialogue, discuss views in their fields, communicate regarding the relationship between Catholicism and science, and bring to the Pontiff’s attention the problems which the Nobel Prize Winners, in their respective fields of study, consider to be the most urgent for contemporary man". Para lo que cita un documento PDF del Cato Institute (se trata de la transcripción de una entrevista con Lanny Ebenstein en una especie de Book Forum) que no he podido localizar. Sin embargo, sí ofrece otra referencia que puede resultarle de interés al lector curioso que haya perseverado hasta aquí: el libro del personaje entrevistado, Alan O. Ebenstein, Friedrich Hayek: A biography (2003), páginas 301 y 305. Ya me dirán si les ha convencido o no este argumentario.

Comparaciones odiosas

En efecto, aunque el nacionalismo vasco, ayudado por sectores buenistas, se ha empeñado en monopolizar la atención del ciudadano de a pie con el mantra de la "paz" en Euskadi, lo cierto es que Cataluña sigue siendo el epicentro del liberticidio en el territorio del "Estado español". No se trata de una afirmación "fachosa" como gusta denominar a este tipo de aseveraciones la progresía. Por el contrario, han sido los propios empresarios alemanes, poco proclives a ser calificados favorables o contrarios a la singularidad catalana (o hecho diferencial) los que han puesto de manifiesto los riesgos de la tan añorada secesión.

La respuesta por parte del nacionalismo catalán no se hizo esperar. Joan Tardá, desde Esquerra Republicana, procedió a descalificar a una clase empresarial que da trabajo a muchos de sus "compatriotas" catalanes. La soez respuesta del político de ERC no debe sorprendernos puesto que no es la primera vez que lo hace. Antes fue "el Borbón", sin olvidar que su partido, con la inestimable ayuda de CIU, PSC y eco-comunistas estigmatizó al PPC (Pacto del Tinell) y después a Ciudadanos. En fin, esa es la libertad que se promete en el supuesto paraíso catalán independiente, donde cualquier disidencia recibirá como respuesta el insulto.

Mientras tanto, los "nacionalistas moderados" insisten en hablar de diálogo. Esto es ciertamente chocante, puesto que las veces que lo ha intentado el President Artur Mas, ha parecido más una suerte de chantaje que una apuesta por la conciliación, siempre con la envoltura victimista propia de los convergentes.

Difícilmente puede llegarse a buen puerto, es decir, a un acuerdo, cuando una de las partes al inicio de la conversación exige pacto fiscal o si no, rompe la baraja; o cuando amenaza con referendos ilegales o habla de elecciones plebiscitarias.

En toda esta dinámica, es curioso como se buscan establecer parecidos con lo que sucede en Reino Unido. En efecto, los hay, pero no en la dirección ni con el contenido que "explican" los impulsores del derecho a decidir (concepto que, por otra parte, nunca ha existido ni en el nacionalismo escocés ni en el unionismo británico). En las Islas se opta por el pragmatismo. El SNP siempre ha defendido su deseo de establecer un Estado escocés propio y así aparece en los diferentes manifiestos electorales, en los cuales lo que no encontramos son construcciones tan deliberadamente polisémicas como "estructuras de Estado" o afirmaciones más chabacanas del tipo "España nos roba" de uso cotidiano entre el establishment político catalán y que han calado entre amplios sectores de la ciudadanía.

En lo que sí coinciden ambos separatismos es en presentar la independencia como un paraíso en el cual los perros se atarían con longanizas, en mostrarse constructivos en su visión de la Unión Europea y en no plantear dudas sobre la moneda que emplearían. Como se observa, una independencia a la carta, financiada en última instancia por el gobierno central del cual se quieren separar. De consumarse, el resultado sería un nuevo Estado caracterizado por sus injerencias y por el intervencionismo, no la utopía que explican empleando para ello ingentes sumas de dinero público.

Sin embargo, esta situación que parece alarmar a muchos no es algo reciente ni susceptible de achacar exclusivamente a la crisis económica. Habría que retroceder un poco más en el tiempo para comprobar sus antecedentes inmediatos en ese Estatuto de 2006, perpetrado a partir de 2003 con el Tripartito y promocionado por la irresponsabilidad del primer gobierno de Rodríguez Zapatero. En aquellas fechas ahora tan lejanas, se empezó a jugar con fuego mediante el uso de conceptos tan "progres" como vacuos (España plural, España nación de naciones), más orientados a discriminar a quien no pensaba así que a realizar políticas tangibles que en última instancia dieran respuesta satisfactoria a las demandas reales, no imaginarias, de la ciudadanía.