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Etiqueta: Pensamiento liberal

El problema de agencia y el mercado de take-overs (I)

En el ámbito económico, se habla de una relación principal-agente cuando un individuo (el principal) encarga a un segundo (el agente) la realización de una determinada acción. El problema de agencia consiste, básicamente, en resolver de qué forma puede el principal asegurar que el agente lleva a cabo la actuación de forma óptima para sus intereses (del principal), y no de los propios.

Una típica relación principal-agente es la del empresario que contrata a un trabajador. Y, como es sabido, hay muchas formas de atenuar o tratar de resolver el problema de agencia. En el fondo, se trata de buscar mecanismos para que los intereses del agente se alineen con los del principal, que es quien a la postre le ha elegido y le paga.

En este artículo, sin embargo, me voy a centrar en la relación principal-agente que es quizá más conflictiva, y la que originalmente hizo que los economistas se fijaran en el problema, empezando ni más ni menos que con Adam Smith en su "La riqueza de las naciones"[1]. Me refiero a la relación que se establece entre los accionistas de las sociedades anónimas, y los ejecutivos que gestionan dichas empresas.

Es evidente que la asimetría de información entre ambas partes es brutal, entre unas personas que están en el día a día de la gestión de la empresa, y otras que, en el mejor caso, pueden estar tratando de adivinar la situación de la empresa mediante las cuentas anuales que publican. Ello da numerosas oportunidades de lucrarse a los primeros a costa de los segundos, como por ejemplo las prácticas de Inside-Trading que fueron analizadas aquí[2] mismo hace unos meses.

Hay otras prácticas cuya calificación es menos ambigua. Por ejemplo, imaginemos que el Consejo de Administración de la empresa LoVuestro S.A. decide realizar un contrato con la empresa LaMía S.L, propiedad de alguno de dichos consejeros, de forma que LoVuestro externaliza un servicio a LaMía por un precio muy por encima del mercado. Está claro que el agente está aprovechándose de su posición para desviar valor propiedad del principal a su posesión, y a lo mejor lo hace públicamente, pues el contrato con LaMía S.L. aparece en las memorias anuales de LoVuestro.

Por supuesto que algunas de estas conductas podrían ser consideradas inmorales, e incluso delictivas en algún caso, pero basta con que sean actuaciones ineficaces o negligentes para que atenten contra el interés del principal. Lo que nos interesa es analizar de qué forma, en qué condiciones, puede el accionista impedir que esto pase o evitar que se reproduzca, no porque sea delito, sino porque atenta contra sus intereses.

Sin duda, es clave que para impedir estos sucesos, el principal pueda disciplinar al agente, prescindiendo en el momento que desee sus servicios. Esto, que puede resultar sencillo en algunos casos, no lo es tanto en las empresas por acciones, donde cambiar al agente es equivalente a cambiar la mayoría del Consejo de Administración.

Esto no está al alcance de la gran mayoría de los accionistas que, para conseguir tal cambio, deberían agruparse y organizarse, algo que a su vez tiene un coste elevado para ellos que seguramente no quede compensado por los beneficios que pueda conseguir su participación tras el hipotético cambio. La mayor parte de los accionistas, por tanto, tratarán de disciplinar al Consejo simplemente vendiendo sus acciones y empujando el precio a la baja, hasta reflejar un valor menor para la empresa que él que le correspondería de no hacer la práctica extraña el Consejo.

Sin embargo, ello no impide a los gestores negligentes (o simplemente ineficaces) mantener esta conducta perniciosa para el accionista. Lo que sí puede pasar es que, ante la bajada en el precio de los títulos, algunos emprendedores se planteen como oportunidad de negocio la toma de control de la empresa para ponerla en valor eliminando la práctica negligente.

En resumen y en principio, parece claro que hay un mecanismo de disciplina entre el principal y el agente (esto es, el accionista y el Consejo de Administración): la venta de la acción por parte del accionista, que conduce a un menor precio de la misma, facilitando así la toma de control por terceros y su consecuente eliminación de los consejeros negligentes.

¿Qué tiene que hacer el Consejo para evitar que esto ocurra? Tratar de gestionar la empresa de la mejor posible, que es precisamente lo que quiere el accionista. Y este debería ser el fin de la historia, con la alineación de intereses entre principal y agente.

Claro que si ese fuera el final de la historia, seguramente no estaría escribiendo estas líneas. La realidad es, por supuesto, mucho más compleja. Y ello es así porque el Consejo de Administración tiene otras herramientas para conseguir protegerse de las veleidades de sus accionistas sin necesidad de mejorar su gestión.

A ellas dedicaremos la segunda parte de este comentario.

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Las reflexiones realizadas se generaron en una de las Sesiones del X HARVARD COURSE IN LAW AND ECONOMICS, organizado por la Fundación Rafael del Pino y el Harvard Law School, por lo que es de justicia expresar agradecimientos a sus organizadores y especialmente al profesor Guhan Subramanian, quien dirigió la citada sesión.



[1] "The directors of such companies, however, being the managers rather of other people’s money than of their own, it cannot well be expected, that they should watch over it with the same anxious vigilance with which the partners in a private copartnery frequently watch over their own." Ver el Libro V, capítulo 1, parte III, artículo 1.

[2] https://ijmpre2.katarsisdigital.com/comentario/6349/solucion/libre/mercado/insidertrading/

¿Libertad frente a prosperidad?

Hay quienes contraponen, como hace ver el título de este artículo, libertad y prosperidad. O, dicho de otro modo, se preocupan por si el liberalismo debe defenderse desde posturas más éticas, esto es, defendiendo la libertad como valor supremo, o desde otras más crematísticas, como la prosperidad.

No nos compliquemos demasiado con esta disyuntiva, pues no son sino dos caras de la misma moneda. La secuencia vendría a ser ésta: libertad – variedad (desigualdad) – prosperidad. No es algo novedoso lo que aquí escribo, desde luego, sino fruto de autores que han indagado sobre esta materia.

Pero antes de entrar en faena, voy a permitirme una breve reflexión sobre la variedad como desigualdad. Debería extrañarnos, si bien ya nada lo hace, que los defensores del igualitarismo también lo sean de la variedad. Y ya no hablamos de igualdad de resultados, en cuyo caso es más que evidente que poca variedad cabe si todos acabamos expulsados de la ciudad para ser forzados a trabajar el campo perfectamente uniformados, como en la Camboya de Pol Pot, sino de la igualdad de oportunidades.

Hay una extraña querencia en los entornos más conservadores (o socialistas más light) de considerar esta forma de igualitarismo como un ideal. Pensemos, por poner ejemplos extremos, en dos "familias", una, tradicional y tradicionalista, y otra, hippy que vive en una comuna. Como seres que defendemos la libertad y la variedad, no pondríamos mayor objeción a que, siempre cada uno en sus dominios, tuviera a bien resolver su vida como le apeteciera. Qué puede esperarse de esto: ¿igualdad de oportunidades en los hijos de cada familia o comuna? Tampoco, sinceramente, creo que sea un fin buscado a priori por ninguno de los grupos. Entiendo que buscan otra meta: congregarse con quienes se sienten más cómodos e identificados. No es cuestión de entrar en cuestiones como nación, región, localidad (que todo constriñe en según qué circunstancias), pero todas estas categorías administrativas no hacen sino limitar esa posibilidad de explorar formas nuevas de asociación, como parece obvio.

Otro ejemplo sería el de padres de ciencias (con mentes muy analíticas y estructuradas) frente a padres de letras o a padres deportistas. Thomas Sowell, que no sólo ha escrito de economía, en uno de sus libros trata el autismo a raíz de que un hijo suyo padecía alguna de sus formas. Sacó la conclusión (no sé si avalada por análisis más empíricos) de que padres matemáticos (o de ramas analíticas) tendían a tener más hijos con esta anomalía que otros. Pero tampoco quería llegar a este extremo de analizar la influencia genética (que también es determinante).

Mi punto es que la influencia de estos entornos diferentes (variedad), en estos casos, contribuiría a que los hijos (los que queremos que gocen de esa igualdad de oportunidades) tuvieran acceso a experiencias, información y formación completamente distintas. Y esto no es nada malo; al contrario, como veremos más adelante. Su mente, su cuerpo, sus bienes y todo ese arsenal de experiencias y conocimiento es lo que poseen para lanzarse al mundo. Esto nos lleva a que, para alcanzar la manida igualdad de oportunidades, mucho alarde de ingeniería social tendríamos que hacer para manipular, someter y perturbar a esas familias hippies, tradicionales, de ciencias, de letras o de deportistas… Creo que contravendría bastante el ideal de libertad en el que descansa el liberalismo, y que otras formas políticas de corte socialista también se jactan de defender, no sin sermonearnos antes con formas de vida alternativas. En realidad, para ellos, la libertad es una excusa para colgarse el papel de víctimas, de minorías, pues en el fondo quieren convertir estos estilos de vida en obligatorios y universales en pos de su ideal uniformador. Así todos gozaremos de mismas oportunidades…, o, más bien, de ninguna.

Y vayamos al último punto: la prosperidad. Si la libertad permite la variedad, qué puede traer de bueno ésta al orden social, extenso y complejo en el que vivimos. Un autor del XIX próximo al anarquismo liberal, Auberon Herbert (citado por el propio Rothbard), puede servirnos de ilustración.

Este recurre a Herbert Spencer, de quien es fiel seguidor, para hacer ver la importancia de la diferencia en un ensayo sobre la educación. Con el objetivo de criticar la uniformidad en los contenidos educativos en Gran Bretaña, nos dice:

(…) Let him remember that canon of Mr. Herbert Spencer, so pregnant with meaning, that progress is difference. Therefore, if you desire progress, you must not make it difficult for men to think and act differently; you must not dull their senses with routine or stamp their imagination with the official pattern of some great department. If you desire progress, you must remove all obstacles that impede for each man the exercise of his reasoning and imaginative faculties in this own way; and you must do nothing to lessen the rewards which he expects in return for his exertions. (…)

"State Education: A Help or Hindrance?". Fortnightly Review, Julio 1880.

En el campo de la sociología, Spencer desarrolla una postura evolucionista (lamarckista). Contrapone, como en la bilogía, la simpleza de lo homogéneo frente a la complejidad de lo heterogéneo. Para él, la sociedad es un organismo social que evoluciona desde una forma más básica y simple a otra más compleja gracias a la ley de la evolución (de forma bastante parecida a lo que posteriormente desarrollaría Hayek). De ahí que este tipo de autor tienda a tener una visión bastante optimista de la población creciente (a diferencia de enfoques maltusianos). Más personas implican más oportunidades y más probabilidad de heterogeneidad. Lo igual no produce nada nuevo, no produce evolución, no produce nuevo conocimiento, no produce nuevos medios, ni siquiera nuevos fines. El respeto a la libertad del individuo es ético per se, pero además posibilita que éste busque su felicidad a partir del descubrimiento de sus propios fines y medios. Sólo así, dejando que los individuos actúen guiados por sus pasiones y que se agrupen con otros por intereses, ideología, edad, trabajo, equipo de fútbol o Dios sabe (hoy día no solemos pertenecer a un único grupo cerrado, sino a muchos), se podrán poner sobre la mesa múltiples propuestas de valor (si así lo que queremos llamar) en el mercado.

Desde el ingeniero hasta el músico; desde el tenista hasta el científico; desde el inversor hasta el religioso; desde el inventor hasta el empresario; desde el matemático hasta el poeta… Y miles de ejemplos más. Sólo generándose propuestas de valor desde múltiples ramas de la sociedad se podrá crear nuevo conocimiento y nuevos bienes y servicios que satisfagan crecientemente a las variopintas personas.

Asimismo, aparecerán muchos más "errores", pero también muchos más "aciertos". Sin variedad, con homogeneidad, el error es pequeño, pero la creación casi nula. Con variedad, ¿cuántas empresas de informática han perecido desde los 80 gracias a que surgió esta rama de la economía? No lo sé. Muchas, muchas más que las que han creado valor de manera continua en el mercado. Pero cuánto valor o riqueza han creado las que han tenido éxito: a lo Taleb, abrumadoramente más que lo perdido por los fracasos empresariales.

¿Debemos impedir la destrucción creativa de Schumpeter porque haya error –destrucción-? Ni hablar. Cuánta riqueza y bienestar se han creado por las oportunidades que nos brinda el hecho de que las personas sean tan dispares. Cuántas nuevas ramas de la economía, cuántas innovaciones en campos ya explorados y yermos. Qué es eso de la igualdad de oportunidades. No, hombre, todo lo contrario. Haya desigualdad de éstas. Que la gente pueda alimentar su espíritu y, con ello, crear nuevas ideas, mercados y servicios, y, ojo, crecientes oportunidades para los demás. Esto nos traerá el progreso, la libertad y la felicidad (entendida como búsqueda de propias metas).

Rehenes de nuestras ideas

La persona a la que más temes contradecir es a ti mismo.
Nassim N. Taleb

El 23 de agosto de 1973, tras un intento de robo frustrado, Jan Erik Olsson y Clark Olofsson se hicieron fuertes en una sucursal del Banco de Crédito de Estocolmo tomando a cuatro empleados como rehenes. El caso fue motivo de estudio porque durante los seis días en los que duró el secuestro, los rehenes desarrollaron un especial vínculo emocional y afectivo hacia sus captores. Defendieron a los secuestradores cuando la policía intentó rescatarlos y se negaron a testificar cuando por fin éstos se entregaron. El psiquiatra Nils Bejerot, tras analizar el caso, bautizó esta reacción psicológica como "Síndrome de Estocolmo". Según el FBI, alrededor del 27% de las víctimas de secuestros desarrollan este especial afecto hacia sus secuestradores. Pero esto no es algo exclusivo de los secuestros. Algo similar ocurre, aunque pueda parecernos extraño, cuando nos encariñamos de nuestras propias ideas.

En general nuestras ideas suelen ser correctas. Casi nadie piensa que hay que beber ácido sulfúrico en lugar de agua. Si alguien insistiera en pensar eso probablemente no duraría vivo mucho tiempo. Al igual que esa persona duraría poco, la mayoría de las ideas y hábitos que nos provocan un daño directo o que no nos son útiles tienden a extinguirse rápido. Aunque en un principio creamos que el ácido se bebe, lo más seguro es que tras el primer sorbo terminemos descartando la idea. El biólogo británico Richard Dawkins acuñó el término meme para referirse a las ideas y los hábitos cuando se estudian como reproductores. De forma similar a los genes, las ideas se reproducen de una persona a otra cuando nos transmitimos información o nos copiamos conductas. A largo plazo tienden a sobrevivir las ideas que son más exitosas a la hora de reproducirse, y uno de los factores más importantes para que esto suceda es que sean útiles. La idea de beber ácido no sólo es difícil que persista en nuestra mente. También es difícil que alguien nos la copie.

Sin embargo muchas veces tenemos la sensación de que la gente se equivoca de manera sistemática. Nos parece que se dicen demasiadas tonterías, que la mayoría opina cosas absurdas y que persisten en el error. ¿Cómo es posible? Empecemos por darnos cuenta de que esto no sucede en general, sino sólo en algunos ámbitos en concreto. Cuando nuestras ideas nos dan una información que nos afecta de manera directa y visible, que nos beneficia si es correcta y nos perjudica si es errónea, es improbable que haya grandes debates al respecto. Los incentivos nos conducen hacia la verdad. Las discrepancias llegan cuando el hecho de que la idea sea falsa no nos perjudica directamente. Por ejemplo, si estuviéramos convencidos de que la tierra es plana o de que Zeus existe nuestra vida seguiría siendo la misma, siempre y cuando lo mantuviésemos en secreto para evitar el escarnio público. La verdad deja de ser importante cuando no nos beneficiamos de que algo sea cierto o falso. Por ello el campo está abonado para el error persistente, el disparate, la discrepancia y los debates interminables en ámbitos como la política, la filosofía, la religión, la moralidad o la ciencia economía.

Hay que decir que el hecho de que una idea equivocada no nos perjudique directamente no significa que no sea perjudicial de manera indirecta. Precisamente éste es el argumento del economista Bryan Caplan en su famoso libro The Myth of the Rational Voter, sobre por qué las democracias tienden a seleccionar malas políticas. ¿Qué pasa con las democracias? Cuando nos queremos comprar una casa estudiamos muy bien todos los datos y valoramos de manera concienzuda los pros y los contras de nuestra decisión. La casa que decidamos es la que vamos a tener. Sin embargo en una democracia la importancia de nuestro voto individual es básicamente cero. Podríamos hacer el mismo esfuerzo que hacemos para comprar una casa o un coche para elegir una determinada política, pero no va a servir para nada porque tendremos lo que voten los demás. Como demuestra Caplan, esto no significa que la gente se vuelva ignorante sobre estos temas, cosa que sería más o menos inocua, sino que se vuelve irracional. Las mayorías tienen sesgos sistemáticos como el sesgo antimercado o antiextranjero, y tienden a defender políticas que nos terminan perjudicando a todos.

En su artículo Why People Are Irrational about Politics, el filósofo americano Michael Huemer se pregunta por qué en estos grandes temas la gente tiende a sostener ideas equivocadas. ¿Por qué tenemos estos sesgos? La respuesta es que algunas de nuestras ideas pueden sernos muy útiles siendo falsas. Cuando la falsedad de una idea no es un problema directo podemos creer en algo simplemente porque nos da buena imagen, porque queremos que los demás nos vean como alguien solidario o comprometido. Podemos creer en cosas, como supersticiones, porque nos consuelan. Nos suele interesar creer lo mismo que creen los que nos rodean, los que queremos que nos acepten, y al mismo tiempo diferenciarnos de aquellos que no nos interesan. También puede ser que hayamos obtenido un cierto prestigio social o académico por difundir una determinada idea y que luego seamos absolutamente incapaces de aceptar que estamos equivocados. Por poner un ejemplo, es impensable que alguien como Paul Krugman manifieste públicamente que se ha dado cuenta de que aumentar el gasto público tiende a deprimir una economía, que lo dicho hasta ahora era un error. Es lógico porque su reconocimiento académico se disolvería en cuestión de segundos. Francisco Capella escribió, refiriéndose a científicos de prestigio, que "a menudo no tienen ideas sino que las ideas son memes atrincherados que los tienen a ellos".

La teoría de los memes de Dawkins nos dice que algunas de las ideas más persistentes son aquellas que crean sus propios mecanismos de defensa. El más claro es que establecemos vínculos emocionales con ciertas ideas. Muchas nos importan y no vamos a renunciar a ellas. Es algo así como el Síndrome de Estocolmo aplicado a unidades de información que se nos meten en la cabeza. Estas ideas nos toman como rehenes y nos causan sesgos sistemáticos. Rechazamos evidencias que van en contra de nuestros modelos mentales para no tener que replantearlos, aceptamos con facilidad lo que nos conviene y leemos aquello con lo que ya sabemos que estamos de acuerdo para reforzar nuestras convicciones.

Es relativamente sencillo convencer a casi cualquier persona de que el resto de la gente está equivocada. Pero, obviamente, no es eso lo que quiero decir. A lo que me refiero es que a usted que lee este artículo y a mi que lo escribo nos pasa lo mismo que a los demás. También tenemos atrincherados memes falsos. Michael Huemer nos da algunas pistas para ayudarnos a identificar si estamos siendo irracionales sobre algún asunto. ¿Alguna vez está debatiendo con alguien sobre algún tema controvertido, sea política, economía o religión, y a medida que el otro va desarrollando su argumento usted empieza a sentirse irritado? ¿Le molesta lo que el otro piensa? ¿Procura leer o escuchar ideas con las que ya está de acuerdo y prefiere no replanteárselas a menos que sea imprescindible? ¿Sus ideas cambian poco? ¿Llega a una conclusión después de pensar bien los argumentos y obtener los datos, o llega primero a la conclusión y después lo va encajando todo para que cuadre? ¿Le daría pena si descubriera que algunas de sus ideas están equivocadas? ¿Piensa que quienes creen algo distinto son peores personas o tienen mala idea? Si a veces nos suceden cosas de estas puede que el problema sea que estamos equivocados.

Dice Nassim Taleb que el conocimiento se alcanza básicamente eliminando basura de la cabeza de la gente. Lo que pasa es que el primero que tiene sesgos, supersticiones y otras ideas equivocadas suele ser uno mismo. Somos rehenes de algunas ideas que se resisten a desaparecer y desarrollamos lazos afectivos con ellas. Para combatirlas, Huemer sugiere entender el problema, identificar los ámbitos en lo que podamos tener sesgos, procurar ser escépticos y rigurosos, señalar los errores de los demás y discutir de una manera constructiva y honesta. Si nos acostumbramos a reconocer errores seguramente acabemos cometiendo menos que los demás. Pero aun así lo más probable es que no logremos librarnos de los memes de los que somos rehenes. Nos importan demasiado. 

No lloro por ti, Argentina

Argentina –y su camarada Venezuela– avanza sin frenos hacia el caos económico y social apenas doce años después de protagonizar la mayor quiebra soberana de la historia reciente. Con una inflación extraoficial que supera el 60% interanual y una constante e intensa devaluación monetaria, los argentinos sufren las consecuencias del empobrecimiento generalizado que, tarde o temprano, acaba aflorando con el populismo. El infructuoso intento de aproximarse a una economía de libre mercado en la década de los 90, con el también peronista Carlos Menem en la Presidencia, fue un mero espejismo debido a la timidez e inconsistencia de las reformas emprendidas. Fue entonces cuando el país se enfrentó a su particular dilema.

El firme anclaje al dólar, con la consiguiente imposibilidad de imprimir billetes, tan sólo dejaba dos opciones posibles a su Gobierno: liberalizar al máximo su economía, abrazar la apertura comercial (globalización) y reducir de forma drástica el gasto público y los impuestos, o bien suspender pagos, abandonar el dólar y recuperar la plena autonomía monetaria para devaluar a placer. La elección ya es conocida por todos, especialmente por los argentinos que vieron atrapados sus ahorros y cuentas bancarias en el inefable corralito. El Estado se declaró en quiebra, entre vítores y aplausos de los socialistas de medio mundo, incluidos muchos argentinos, que veían en la deuda externa y el plan de ajuste impuesto por los organismos internacionales una condena injusta cuyo cumplimiento debían evitar. ¡Y vaya si lo evitaron! A finales de 2001 el Gobierno argentino repudió una deuda próxima a 100.000 millones de dólares. Sus prestamistas, inversores y ahorradores (jubilados inclusive) de Europa, Estados Unidos y América Latina perdieron cerca de 84.000 millones. La quiebra fue adoptada de forma unilateral, sin negociación previa, de modo que los afectados iniciaron un largo y complejo periplo en los tribunales internacionales para intentar recuperar parte de su dinero. Desde entonces, Argentina tiene cerrado el grifo de la financiación internacional –su deuda pasó de representar el 20% del mercado de bonos emergentes antes del default a apenas el 2% actual–. Su desbocado gasto público es financiado a través de su Banco Central, siempre dispuesto a comprar la deuda basura de los Kirchner.

Pese a ello, el socialismo alabó la deriva escogida por Argentina, hasta el punto de convertirse en un auténtico referente para algunos conocidos economistas, como, por ejemplo, el Nobel Paul Krugman. El fuerte crecimiento registrado tras la quiebra constituía, en teoría, la prueba irrefutable de su éxito, según alegaban los keynesianos de todos los partidos. Olvidaban, sin embargo, que dicho rebote se produjo después de un brusco e histórico hundimiento económico que sumió en la más absoluta pobreza (renta inferior a los dos dólares diarios) a más del 30% de la población, además de espolear, como es lógico, la emigración masiva de los argentinos más formados y con más recursos económicos. De hecho, y pese al intenso crecimiento de los últimos años, Argentina tiene hoy más gente viviendo en la miseria que antes del default

El populismo se impuso, una vez más, en el particular dilema que afrontó el país en 2001, y desde entonces el kirchnerismo controla a su antojo el poder. Los resultados de aquella elección saltan a la vista. Apenas doce años después, Argentina avanza de nuevo hacia la quiebra y el caos, azotada por la hiperinflación, el estancamiento del PIB, el proteccionismo comercial, el cepo cambiario, un férreo control de capitales y una corrupción y un nepotismo generalizados. Un paraíso socialista, sin duda, caracterizado por el empobrecimiento económico y la degradación social. Por desgracia, este fenómeno no es nuevo. Su decadencia se remonta décadas atrás, cuando el peronismo, un movimiento fascista de perfil bajo, conquistó el poder político tras la Segunda Guerra Mundial.

Su incesante guerra contra el capitalismo, a base de nacionalizar industrias, intervenir mercados y glorificar al todopoderoso Estado, ha desembocado en uno de los mayores deterioros económicos de la historia de la democracia contemporánea en tiempos de paz. Argentina era uno de los 10 países más ricos del planeta en los años 20, con una renta per cápita superior a la de la mayoría de los países europeos, similar a la de Francia o Alemania y mayor que la de Italia o Japón. En la actualidad, por el contrario, ocupa el puesto 59 –y bajando–, a la altura de México, el Líbano o Gabón, y muy próxima a Venezuela (puesto 64). Su renta per cápita, en términos de poder de compra (descontando inflación), apenas superaba los 15.500 dólares en 2010, un 70% menos que EEUU, un 60% inferior a la de Japón o Alemania y la mitad que la de Francia o Italia, según el Banco Mundial. Argentina ocupa el puesto 166 en el último Índice de Libertad Económica elaborado por la Fundación Heritage, a la cola del ránking mundial, pues, y ha protagonizado, junto a Venezuela, la mayor pérdida de libertad económica desde que se empezó a publicar este índice, en 1995.

¿Cómo ha sido posible? ¿Es culpa de sus políticos? ¿De la corrupción, quizás? ¿Acaso es otra víctima del pérfido imperialismo estadounidense, que les ha cogido manía? No, no y mil veces no. Los únicos responsables de la lamentable situación de Argentina son, única y exclusivamente, los propios argentinos, por consentir, apoyar y alentar un estatismo exacerbado vestido bajo el ropaje de la "justicia social" y el populismo más execrable. Tienen justo lo que desean, no hay más. De ahí, precisamente, que no haya que llorar por su triste destino, aunque sí compadecerse de su errónea elección. Lo tenían todo, pero, voluntariamente, optaron por perderlo.

La deriva de Argentina debería servir de ejemplo sobre lo que no se debe hacer. España, Italia, Grecia y Portugal afrontan hoy un dilema muy similar al que afrontó Argentina en 2001, y deberán escoger, en última instancia, uno u otro camino. De sus ciudadanos depende, de nadie más

Implantación de ESFL en España: un éxito tan esperanzador como inesperado

Hace algo más de cinco meses, European Students For Liberty reemprendió la tarea de instalarse en España. Los miembros de la Executive Board me encargaban la tarea de construir la red de contactos estudiantiles e institucionales para que a finales del curso de 2013 se hubieran creado en torno a diez grupos Students For Liberty.

Al concluir 2013, en un solo trimestre de curso académico, hay más de quince grupos de universitarios por toda la geografía española. La tarea es organizarse para presentar una alternativa real al pensamiento único que domina la Universidad Española: la propuesta de una Academia realmente libre y crítica con lo establecido.

Nuestra visión de la sociedad y la educación se sustenta sobre las bases que auparon a esta última a los niveles que la Historia reciente ahora le niega: la libertad de cátedra, pensamiento, expresión, crítica, autonomía del poder político, transferencia de conocimientos, esfuerzo y responsabilidad, entre otros. Somos la generación con más preparación, pero no con la mejor educación.

La falta de competencia, sinónimo de falta de incentivos, hace que el esfuerzo de estudiantes y profesores no sea recompensado debidamente a niveles institucionales o sociales. El "qué más da" impregna el día a día de las clases monótonas y las inútiles horas de estudio o trabajo en proyectos que no tienen sentido. Este sentimiento hace que incluso los mejores estudiantes se vean desincentivados a sacar todo el provecho a su potencial y se dejen llevar por lo "establecido" sin llegar a crear una conciencia crítica y madura con la que afrontar el mundo real con los instrumentos necesarios para saber adaptarse.

Por eso, durante mi estancia en el curso de formación en Alemania me planteaba varias veces cómo iban a ser estos primeros meses. Conociendo bastante bien el entorno universitario por mi etapa como representante estudiantil de la Universidad Cádiz, se me antojaba un reto muy interesante poder aportar mi último grano de arena a la universidad implantando Students For Liberty en España. Sentía a la vez esperanza y miedo, nunca antes se había intentado algo parecido, nunca se había probado el estado de ánimo de los estudiantes liberales a formar oasis por la causa de la libertad.

Ahora puedo decir que ha sido más fácil de lo esperado. La cantidad de gente que se ha ido interesando en crear grupos en sus facultades y universidades ha sorprendido tanto a los miembros de la Executive Board europea, que jamás pensaron que hubiera tantos estudiantes liberales en España, como a nosotros mismos, lo que nos ha estado reforzando las ganas y la necesidad de construir una sólida red de grupos estudiantiles.

Es necesario hacer mención expresa a los grupos que a día de hoy componen ESFL España, ya que sin ellos no es posible el proyecto de Students For Liberty. Así, podemos decir que actualmente estamos presentes en las siguientes universidades: Cádiz, Complutense, Barcelona, Carlos III, Extremadura, Valencia, Santiago de Compostela, Alicante, Autónoma de Madrid, Alcalá de Henares, Sevilla, Córdoba, UNED, Pablo de Olavide, Málaga, CUNEF, Granada… y en muchas más a finales de 2013.

Esperamos que los frutos se vean en una asistencia masiva a la III Conferencia de European Students For Liberty en Berlin del 14 al 16 de Marzo y en la próxima Conferencia de ESFL España que pensamos organizar en Abril y en la que posiblemente colaboraremos con el Instituto Juan de Mariana, eso sin quitarle mérito al notable éxito de las actividades que se han estado organizando en Madrid y Sevilla.

Quiero agradecerle personalmente a mis compañeros que se han comprometido dedicándole muchas horas a hacer posible un proyecto que hace pocos años sería impensable en la universidad española. Asimismo, quiero desear un año 2014 todo lo más próspero posible, que como bien sabemos se conseguirá en una sociedad más libre.

Para cualquier tipo de consulta podéis dirigiros a la página oficial de ESFL (http://studentsforliberty.org/europe/), por las redes sociales a los distintos grupos SFL (ver sección España de la web de ESFL [http://studentsforliberty.org/europe/network/spain/]), ESFL España o a mi correo personal: mbrena@studentsforliberty.org.

Quinientos años del descubrimiento del Pacífico

Todavía están a tiempo de visitar una interesante Exposición que ofrece la Casa de América en su palacete de Madrid: “La exploración del Pacífico. 500 años de historia”, organizada en colaboración con el Museo Naval. Como indica el folleto explicativo, sucesivas generaciones de marinos y exploradores hispanos de los siglos XVI al XVIII, “motivados por el deseo de salir de la pobreza, la búsqueda de aventuras, el conocimiento científico… extendieron el lenguaje español y la religión católica, aumentaron el patrimonio monumental de los países reencontrados, llenaron de topónimos españoles las islas, estrechos y accidentes geográficos y recopilaron e intercambiaron objetos de sus culturas dándolas a conocer”.

A través de un recorrido que comienza por el descubrimiento del Mar del Sur (después Océano Pacífico), realizado por Núñez de Balboa en septiembre de 1513, se ofrece una bonita colección artística, cartográfica y de muchos otros objetos náuticos que van llevando al visitante por la historia de los viajes o la ciencia de nuestro país durante más de trescientos años (incluyendo la sorprendente Expedición de la Vacuna de la Viruela ya en el siglo XIX); para terminar con una (hoy polémica y tal vez poco afortunada) fotografía de las obras de ampliación del Canal de Panamá.

Poco después del descubrimiento de Balboa, Magallanes y Elcano dieron la primera vuelta al mundo entre 1519 y 1522, encontrando un paso del Atlántico al Pacífico por el Sur del continente americano, y regresando a España sin embargo por la ruta portuguesa de la India y el Cabo de Buena Esperanza en la actual Sudáfrica. Después de ellos, multitud de marinos (Loaisa, Saavedra, Villalobos, Grijalba, Urdaneta, Vizcaíno, Mendaña o Sarmiento de Gamboa) continuaron explorando rutas entre la costa oeste de América y las islas Filipinas, Carolinas, Marshall, Palaos, etc. También consumieron tiempo y esfuerzo en la búsqueda de un mítico Estrecho de Anián que enlazaría los océanos Pacífico y Atlántico por Norteamérica.

Pero veamos por qué les hablo de esta efemérides en nuestra web liberal de pensamiento económico y político. En alguna otra ocasión he destacado la profunda huella escolástica que encontramos en los primeros tratados modernos sobre el libre comercio: hace poco lo veíamos referido a Diego de Covarrubias, una de las fuentes españolas de inspiración (junto a Vitoria) del Mare Liberum de Hugo Grocio. Pues resulta que en la referida Exposición también se habla del Pacífico como “una de las mayores rutas comerciales del mundo”: recordemos que, ocho años después de que Urdaneta descubriera el tornaviaje de Asia a América, comenzó la línea marítima desde Filipinas a México. El Galeón de Manila fue un cauce regular de intercambios comerciales desde 1565 hasta que fue suprimido por las Cortes de Cádiz en 1813.

Y es que, como ya había señalado unos años antes Adam Smith, el comercio es la verdadera naturaleza y causa de la riqueza de las naciones… No hay más que visitar las ciudades virreinales de México, Lima, Bogotá y Quito; o los puertos de Acapulco, Veracruz, Maracaibo o Cartagena de Indias, para darse cuenta de la importancia que tuvieron las rutas comerciales para el crecimiento económico de aquel vasto continente. La Exposición nos habla, además, de los avances técnicos y científicos asociados a este intercambio marítimo: sextantes y cronómetros que mejoraron la seguridad de las navegaciones y la exactitud de las cartas y mapas.

Economía y desarrollo científico, lo sabemos bien, progresan unidos: un buen ejemplo puede ser la Expedición de Malaspina, que recorrió (1788-1794) el Pacífico desde Alaska a Manila, Nueva Zelanda o la Tierra de Fuego. Su objetivo era conseguir una descripción de los dominios españoles en sus múltiples facetas: militares y defensivas, geografía, recursos mineros o botánicos, población y cultura, o por supuesto, el estado del comercio. Tuvieron acceso a los archivos de la Administración virreinal, levantaron cartas de navegación, dibujaron la flora y fauna de los lugares por donde pasaban, así como interesantísimas descripciones etnográficas y lingüísticas (todo ello se conserva en el citado Museo Naval, y también en el Museo de América o el Jardín Botánico de Madrid). Lo malo es cuando se cruzan intereses políticos de cortas miras: es conocido el triste final de Alejandro Malaspina, enviado a prisión por un todopoderoso Godoy, acusándole de instigador y revolucionario. Morirá en Italia en 1810.

Vuelvo al libre comercio. Estaba comenzando a redactar estas líneas cuando recibí un email de un buen amigo, Juan José Morales del Pino, que hace años vive y trabaja en Hong-Kong (sin duda, un ilustre sucesor de aquellos aventureros españoles). Me enviaba una recensión del libro Memoirs and Memorials of Jacques de Coutre, editado por Peter Borschberg (pueden leerla en la web del Asian Review of Books): se trata de la biografía y memoriales de un comerciante flamenco instalado en las colonias portuguesas de Malaca, enviados al rey español Felipe IV (que entonces gobernaba además sobre los territorios lusitanos en el Pacífico). Allí nos ofrece un testimonio directo y en primera persona de todo lo que les vengo escribiendo: arriesgadas jornadas marítimas, sometidas a los peligros del mar o de la guerra con ingleses y holandeses; pero también coloridas descripciones de los puertos y mercados asiáticos, o sus mercancías exóticas.

Pues bien, Morales considera que su aportación más interesante es una vigorosa defensa del libre comercio y la libre actividad empresarial (habría que investigar si de Coutre conoció a los Doctores de Salamanca…). Nuestro comerciante flamenco criticaba el sistema de concesiones, como una forma anticuada de patronazgo que era necesario cambiar: el control de la Corona, a través de estos impuestos, resultaba ineficaz y menos rentable a la hora de gestionar los productos de intercambio. Por el contrario, de Coutre proponía eliminar las restricciones al comercio, dejándolo en las manos de la gestión privada. Lo que, indirectamente, socavaría la presión holandesa por el mecanismo de la competencia. Encuentro muy acertada la intuición de este Memorial sobre las ventajas del libre comercio para el imperio hispano-portugués que, además, terminaba señalando de Coutre, también resultaría ventajoso para los nativos, al librarlos del monopolio holandés y permitirles mayores posibilidades para su desarrollo económico.

Las cataratas ideológicas

Los costarricenses y los salvadoreños acudirán próximamente a las urnas. En ambos casos lo que está en juego no es la administración del Gobierno, sino el modelo del Estado. En los dos países existen candidatos antisistema, verdaderos dinamiteros políticos, con algunas posibilidades de triunfar.

Los dos políticos son marxistas, o vecinos de ese viejo y desacreditado disparate, indiferentes a la realidad, convencidos de las virtudes del colectivismo, de la planificación centralizada y de la superioridad moral y práctica del Estado para dirigir la sociedad, producir, asignar recursos y repartir la riqueza, pese a la catastrófica experiencia del socialismo real.

Los dos se dicen progresistas, aunque admiran a las sociedades que menos progresan en América Latina. Ambos simpatizan con la dictadura cubana y con el chavismo, no obstante la evidencia de que la isla caribeña es un minucioso desastre desde hace 55 años, mientras Venezuela es el país peor gobernado de América Latina, si lo juzgamos por los niveles de inflación, corrupción, crímenes, desabastecimiento y éxodo constante de capital humano. 

Realmente, es sorprendente que los dos personajes no entiendan las ventajas de la democracia liberal, combinada con la existencia de la propiedad privada y el mercado, como fórmula para generar riquezas, fomentar enormes sectores de clases medias y sacar de la pobreza a los más necesitados. Es como si las convicciones políticas les hubieran creado unas cataratas ideológicas que les impidiesen examinar la realidad objetivamente.

Es muy sencillo revisar el Índice de Desarrollo Humano que todos los años publica la ONU y comprobar que los veinticinco países más prósperos y felices del planeta, aquellos a los que acuden en masa los trabajadores del Tercer Mundo en busca de un mejor destino, son, precisamente, naciones en las que prevalecen las libertades económicas y políticas, aunadas a los principios con que surgieron nuestras repúblicas.

Aunque las consecuencias de las gestiones no sean igualmente positivas, porque en los buenos o malos resultados intervienen muchos factores imponderables, nada que no sea mejorable cambia cuando los que gobiernan son socialdemócratas, liberales, libertarios, conservadores o democristianos, variedades todas de la misma familia de la democracia liberal, como prueba el hecho de que esas formaciones logran forjar alianzas temporales sin dificultades insuperables y son capaces de rectificar sin violencia los errores cometidos.

Pueden ser repúblicas presidencialistas o monarquías parlamentarias, países diminutos o enormes, pero todos comparten los mismos valores y tienen similares características institucionales: democracia plural, respeto por los derechos humanos, cambio periódico de las autoridades mediante elecciones libres, división de poderes, igualdad ante la ley, meritocracia, rendición de cuentas, respeto por la propiedad privada, mercado, competencia y una suerte de principio de subsidiariedad.

En esas naciones, hoy, tras más de cien años de experiencia, saben que el Estado sólo debe convertirse en agente económico, y siempre con carácter provisional, en los pocos ámbitos en que la sociedad civil no sea capaz de actuar. Casi todos coinciden en que los ciudadanos no deben vivir del Estado, sino al revés: es el Estado el que existe gracias al esfuerzo de los ciudadanos.

Esa fórmula, la democracia liberal, la más exitosa que ha conocido la historia, además, otorga a la sociedad civil la posibilidad de exigir a los funcionarios que cumplan con su deber, siempre subordinados a la ley, porque son servidores públicos. Se les paga para que obedezcan a la sociedad de acuerdo con las reglas aprobadas, no para que la manden a su antojo.

Es posible que los dos candidatos ultrarradicales, el tico y el salvadoreño, defiendan sus propuestas políticas afirmando que en sus países ese modelo no ha dado los mismos resultados que en las veinticinco naciones de marras, pero no hay la menor duda de que la culpa no es del modelo, que ha funcionado en todas las latitudes y en todas las culturas, sino de quienes lo han aplicado torpe o limitadamente.

Lo que se necesita en América Latina son buenos reformistas democráticos y no malos dinamiteros. Ya sabemos lo que ha sucedido cuando los malos dinamiteros de la izquierda y la derecha han experimentado con el fascismo, el militarismo, el comunismo, las terceras vías o esa amalgama autoritaria a la que llaman socialismo del siglo XXI. Ojalá que ticos y salvadoreños no caigan en ese abismo insondable. Luego es muy doloroso escapar de este miserable agujero.

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Lo que el dinero no puede comprar

El filósofo Michael Sandel, de la Universidad de Harvard, ha estado este último mes en Madrid hablando de su más reciente libro, Lo que el dinero no puede comprar: Los límites morales del mercado. Diversos medios españoles, como El Mundo, El País o el ABC, se han hecho eco de su principal denuncia: "Hemos pasado de tener una economía de mercado a ser una sociedad de mercado". Hoy en día podemos pagar para que alguien haga cola por nosotros, empresas ponen el nombre a estadios deportivos y estaciones de metro, y se pagan incentivos por perder peso y por leer libros. A Sandel le preocupa que haya muy pocas cosas que el dinero no pueda comprar.

Está claro que hay cosas que el dinero nunca podrá comprar. Por ejemplo el Balón de Oro, un Oscar o un premio Nobel. El Balón de Oro no tendría sentido si no se entregara al mejor futbolista del año, sino al mejor postor. Hay muchas cosas que tampoco podemos adquirir con dinero, como una verdadera amistad, una conversación estimulante o una disculpa sincera. Lógicamente, tampoco se pueden comprar cosas imposibles o que no existen. Homer Simpson parodiaba este extremo en una de sus más célebres afirmaciones: "Tendrá todo el dinero del mundo, pero hay algo que nunca podrá comprar… Un dinosaurio". Obviamente, pese al título del libro, no es este tipo de cosas, las que realmente no se pueden comprar, las que preocupan al autor. 

El terreno se va complicando cuando pasamos a preguntarnos qué no deberíamos poder comprar y vender. La respuesta no puede tomarse a la ligera, pues implica prohibir dichas acciones, es decir, utilizar la fuerza de forma legítima para impedir que alguien las realice. Los liberales solemos limitar nuestra respuesta a unas reglas muy básicas. Debe estar prohibida toda acción que inicie el uso de la fuerza contra otra persona o que violente sus derechos de propiedad, como matar, esclavizar, secuestrar, robar o cometer fraude. No es legítimo, por ejemplo, asesinar a cambio de dinero ni la compraventa de esclavos. Tampoco son estas cuestiones, en principio poco polémicas, a las que se refiere Sandel en su libro. El problema es que tan pronto como se aceptan se olvidan, y de forma continua se proponen excepciones a estas reglas para alcanzar fines particulares por la vía rápida.

Sandel centra su atención en un determinado tipo de transacciones que, pese a ser voluntarias, requerir el consentimiento mutuo de las partes y no existir agresión física contra nadie, no deberían de poder permitirse. ¿De qué tipo de transacciones de trata? Sencillamente, de aquellas transacciones que al propio Michael Sandel no le gustan. Para el autor es éste, en el fondo, el auténtico criterio para determinar qué no debería poderse comprar con dinero.

A lo largo del libro va enumerando casos de intercambios que no le gustan. Es muy probable que al lector también le desagraden muchos de ellos. Posiblemente no nos guste que pueda contratarse a alguien para que haga cola por nosotros, que se den incentivos monetarios para perder peso o fomentar la lectura, que se paguen millonadas por cazar rinocerontes negros en cotos privados en Sudáfrica o que inversores puedan adquirir los seguros de vida de personas que se han puesto enfermas y que necesitan dinero rápido. Otras transacciones nos chocan precisamente por el propio efecto de la intervención del Estado, como la posibilidad de comprar derechos de emisión de CO2 o de adquirir el permiso para tener hijos adicionales en países como China, en el que el gobierno limita el número de hijos que se pueden tener. También existen intercambios que, aunque sean voluntarios, simplemente nos provocan rechazo, como la posibilidad de comprar y vender transfusiones de sangre, riñones para trasplantes o vientres de alquiler.

Michael Sandel, al exponer ejemplos de transacciones que desde su punto de vista no deberían poder realizarse, repite constantemente dos argumentos principales. El primero es que muchos de estos intercambios no son realmente libres si una de las partes es más pobre o se encuentra necesitada. Es la típica confusión entre la libertad, en el sentido liberal de ausencia de agresión o coacción ejercida por alguien, con riqueza o poder. Y la distinción no es irrelevante. Cuando los intercambios son libres, en el sentido liberal, de entre todas las opciones disponibles los individuos tenderán a escoger aquella opción que consideren mejor o menos mala. Pero cuando se prohíben ciertos intercambios voluntarios por existir una situación de desigualdad de riqueza entre las partes, aunque se haga con la mejor de las intenciones, en ningún caso se está ayudando al más débil, sino limitando sus posibilidades. Flaco favor le hacemos al necesitado si de entre las distintas posibilidades que tiene, aunque ninguna nos guste, le impedimos realizar precisamente la que elige.

El segundo argumento es que el mercado puede provocar un "efecto expulsión" de ciertos valores morales o cívicos que van ligados a dichos bienes. Ciertos bienes deberían entregarse por amor, patriotismo o solidaridad. El dinero, dice Sandel, a veces corrompe el bien en cuestión, hace que pierda valor. Sin embargo, cuando se propone restringir intercambios libres argumentando que corrompen el valor de un bien debería saltarnos una alerta mental. ¿Pero el valor de los bienes no era subjetivo, no residía en la mente de los individuos? Puede ser cierto que para muchas personas haya ciertos bienes que pierden valor cuando el dinero entra en escena. Pero habrá otras personas que no opinen así. No hace falta que venga nadie a imponernos sus preferencias, pues si los intercambios son libres cada uno procurará preservar el valor de lo que entrega y de obtener lo que más valora.

Es verdad que, como dice Sandel, el mercado se va extendiendo sin que casi nos demos cuenta. Pero esto no es algo que debamos lamentar, sino que deberíamos celebrarlo. En la antigüedad cada familia consumía lo que producía, había muy pocos intercambios. La vida era material y socialmente mucho más pobre. Hoy en día, sin embargo, casi todo lo que producimos no es para nosotros mismos, sino para que lo consuman los demás. El mercado no deja de ser un proceso social de intercambio por el que millones de personas cooperan de forma voluntaria en el marco de la división internacional del trabajo. El dinero, institución tan denostada por intelectuales como Sandel, hace esto posible. Más que ataques y críticas, lo que el mercado y el dinero merecen es un homenaje.  

La sana incertidumbre

La incertidumbre disgusta. A muchas personas les apetece pensar que el futuro es predecible, que nada malo pasará o que, de pasar, sería reversible, pues alguien lo solucionaría y las cosas volverían a ser como antes. Para el más conservador, el lema "cualquier tiempo pasado fue mejor" se convierte en una certeza y no le apetece cambiar si no es a lo que ya vivió o creyó vivir; para el más "progresista", el objetivo a alcanzar es el ideal del "paraíso en la tierra", objetivo para él mismo y, desde luego, para una humanidad sin rumbo, que no quiere aprender qué le conviene.

Cuando termina un año y empieza otro, se llenan los periódicos y noticieros de informaciones relacionadas con predicciones para el nuevo año. Los adivinos profesionales tienen su momento anual de gloria. La salud, el dinero y el amor del "famoseo" llenan unos cuantos artículos repletos de posibles bodas, amores, enfermedades y negocios. Los posibles desastres naturales, guerras, paces y crisis llenan páginas que se consumen con interés, quizá esperando encontrar en ellas las claves para reconducir nuestro propio futuro. Habrá que estar atento.

En un tono un poco más serio, pero quizá no menos fantástico, están las predicciones que podríamos llamar oficiales, tanto de los poderes públicos como de las instituciones y ‘lobbies’ privados. Para este año, las perspectivas económicas son mejores que las del año pasado, se intuye una recuperación de los índices económicos (yo diría más macro que micro), algunos aseguran que es el mejor momento para adquirir una casa, porque a partir de este año los precios subirán de nuevo, frente a otros que afirman que seguirán bajando. Alguien acertará.

El ministro De Guindos ha llegado a la conclusión de que las perspectivas del empleo para este año son incluso mejores que las que ellos mismos realizaron, y todo ello antes de sacar unos datos anuales de paro "espectaculares". Qué casualidad más causal. Puede que tenga razón, puede que no, y es que el ‘bluf’ de los brotes verdes de Zapatero todavía está muy cercano en nuestra memoria. Yo espero y deseo que sí, pero la recuperación económica no sería gracias al Gobierno del PP, que se ha dedicado a apretar las tuercas fiscales a una población ya bastante ahogada.

Los presidentes y principales directivos de algunas de las empresas españolas con más peso en la economía nacional crearon el Consejo Empresarial para la Competitividad, con el objetivo de "aportar las experiencias de las grandes multinacionales que se integran en el CEC, elaborando documentos orientados a incrementar la competitividad española, guiados por unos valores como son el compromiso, el consenso, la experiencia y el ámbito global". Durante todo el año pasado, personas como César Alierta, Emilio Botín, Ignacio Sánchez Galán o Francisco González se han dejado los cuernos en asegurarnos que la cosa ya no está tan "malita" y que la recuperación es cosa de (poco) tiempo y fruto de un esfuerzo de todos. Todo ello muy racionalizado y basado en sesudas y completísimas estadísticas. Vuelvo a esperar que tengan razón y que sea así, quiero creerlo, pero la economía no es una disciplina predictiva, al menos no con esa capacidad de predicción que tiene la física, que siguiendo las leyes newtonianas es capaz de poner una nave en Marte con una precisión pasmosa.

Muchas ciencias y disciplinas humanas no son predictivas. La Teoría de la Evolución puede explicarnos cómo surgen las especies, pero no es capaz de decir cuáles serán las especies que existirán dentro de cien mil años. Que los economistas de la Escuela Austriaca se pasaran años diciendo que si en economía se seguía haciendo lo que se hacía estallaría una burbuja, no quería decir que supieran con detalles cuándo, cómo y a quién iba a afectar. Cuando la crisis llegó, lo hizo sorprendiendo a todos; la diferencia fue que a algunos les pilló más preparados que a otros. Y en toda crisis hay quien se enriquece y quien no, pero las crisis no siempre enriquecen a quienes creemos que son más fuertes antes de que estallen.

Esta idea de la predictibilidad de todo, que el universo se reduce a unas reglas más o menos complejas que son capaces de generar el futuro, es una idea decimonónica que aún perdura y que, desde mi punto de vista y entre otros factores, es una de las bases de los muchos socialismos y colectivismos que ponen en la tierra el paraíso perdido. Por eso, el socialista sabe lo que hay que hacer, se sorprende cuando no funciona, culpa a otros de la desgracia, se olvida de la sana labor de la autocrítica y persiste en el error cuando ha pasado el tiempo suficiente y ha olvidado.

La incertidumbre es sana. Genera expectativas, el empresario lo sabe y busca beneficiarse de ellas, espera sacar un beneficio a cambio de satisfacer las necesidades de sus clientes. Precisamente éstas nacen de saciar las incertidumbres propias: qué comeremos cuando tengamos ganas, qué vestiremos, con qué o quién nos divertiremos o trabajaremos cuando toque. Necesitaremos ingresos para satisfacer todas estas necesidades, algunas básicas, otras más superfluas, pero no necesariamente menos importantes. Todo ello es de difícil predicción; que tendremos hambre es fácil saberlo, el contexto donde nos venga y cómo podremos satisfacerla resulta mucho más complicado, muchas veces, imposible. No es lo mismo salir del trabajo y comer en un bar cercano que buscar algo que echarse a la boca bajo el fuego en un escenario bélico. Trabajamos para reducir la incertidumbre, pero dependemos de ella para prosperar. Seamos agradecidos cuando delante de nosotros aparecen encrucijadas; el emprendedor no tiene miedo de aprovecharlas, el socialista reivindica ciertos derechos y quiere tomar, por la fuerza del Estado, parte del fruto del esfuerzo del que sí se atrevió.

La inercia es la madre del socialismo

Fue tras pasar unos días con su familia, en el mismo año que murió, cuando Frédéric Bastiat escribió su ensayo La Loi (1850). Desde las primeras líneas, el autor francés denuncia y señala, al tiempo, el objeto de su obra: la ley ha sido apartada de su finalidad primera y se aplica persiguiendo un objeto perverso, que no es otro, que la arbitrariedad del poderoso.

A partir de ahí, con un lenguaje claro y conciso y un estilo didáctico y elegante, Bastiat lleva de la mano al lector desde la base, el origen de la ley, hasta las profundidades de la perversión atroz de los irresponsables gestores políticos que la utilizan a su antojo.

Y viene a cuento, hoy y aquí, en nuestro país, pero lamentablemente también en otros lugares. La ley ya no es el recurso pacífico, legítimo, de la defensa propia, a cuya sombra acuden víctimas e indignados para prevenir su Persona, su Libertad y su Propiedad, sino un instrumento de abuso. Una de las bases de esta mutación de la ley es la tendencia del ser humano a vivir a costa de otros. La otra es la falsa filantropía. Los monopolios, las guerras, las migraciones, la universalidad de la esclavitud, los fraudes industriales son ejemplos que inundan la historia y que Bastiat propone para constatar este hecho.

¡Qué lamentable que después de ciento sesenta y cuatro años aún estemos en el mismo lugar!

La explicación del gran Bastiat goza hoy de plena vigencia. Efectivamente, el socialismo ha logrado que la Ley garantice el expolio, entendido éste como robo. El Estado, ejerciendo su despotismo filantrópico, estimulando los instintos más egoístas del ser humano, arrebata lo que es suyo a unos para dárselo a otros, y se reserva la potestad de establecer el criterio de reparto que, indudablemente, desde Rousseau y Robespierre hasta nuestros días, se basa en la perpetuación del poder del propio Estado. ¿Y qué explica esta situación? En primer lugar, el socialismo confunde Estado con Sociedad, y proclama la defensa, el fortalecimiento, y la mejora de la Sociedad cuando de lo que se trata es del bienestar del Estado. No es casual que Bastiat llame a estos socialistas “publicistas”, especialistas en vender una idea al gran público.

Y es ahí cuando entra en escena la inercia de la sociedad, que asiste a semejante espectáculo dejándose llevar y sin plantearse las intenciones del mandatario. La inercia radical de la humanidad, la omnipotencia de la Ley y la infalibilidad del legislador han secuestrado, de alguna manera, el sentido primigenio de esta Ley. El legislador, alejado y por encima de sus conciudadanos, conocedor de sus verdaderas necesidades, aprovechando esa superioridad moral que nadie como el Socialismo le confiere, se atornilla al trono del poder utilizando precisamente la Ley, mientras las víctimas se sorprenden cuando alguien cuestiona lo que está pasando, y no dudan en tachar de sedicioso a quien, simplemente, busca que la Ley recupere su verdadero ámbito: la defensa del individuo, la propiedad y los contratos.

Una vez depositado el voto, cada cual se deja ir, se amolda a lo que su elegido (o el de la mayoría) decida, sin cuestionar nada. Y, de ahí nace la omnipotencia del legislador que se encarga de dirigir, educar, moralizar… mediante la Ley.

Y, una vez entendida la lección de oro que nos ofrece Bastiat, preguntémonos cuántos casos de expolio en forma de subvenciones, estímulos, impuestos, aranceles, prebendas, privilegios, etc. imperan en nuestro país; qué parte de la adoctrinación de los niños corresponde al legislador, que les educa para mayor gloria y honra propia; cuánta inercia de la sociedad explica el presente expolio y perversión de nuestras leyes. Y preguntémonos, a continuación, a qué esperamos para impedirlo.