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Etiqueta: Pensamiento liberal

Viva el Capitalismo, viva la Navidad

"Uno dice ‘Feliz Navidad’, no ‘Arrepiéntete y llora’".

Ayn Rand.

¿Qué celebramos en Navidad? En principio, todos diríamos que celebramos el nacimiento de Jesucristo, el hijo de Dios de la religión cristiana. No obstante, la celebración del 25 de diciembre se remonta a las fiestas paganas popularizadas por los romanos denominadas Saturnalias. En ellas se celebraba un nacimiento, pero el del Sol. En tanto la Biblia no sugiere ninguna fecha determinada para el nacimiento de Jesús, todo apunta a que el emperador Constantino en el siglo IV d.C. ajustó "festividades paganas" al nuevo calendario oficial cristiano.

En cualquiera de los casos, la Navidad supone y conlleva tiempo de celebración. Y no parece casual que la que probablemente es la celebración más importante en Occidente haya alcanzado tal grado de aparato y pompa en la que innegablemente es la era de mayor progreso de la humanidad, la era del Capitalismo.

Es ensordecedoramente frecuente oír censuras a la Navidad porque, argumentan, es "demasiado comercial", "demasiado materialista" y otros sermones de similar especie. Parece ser que Jesucristo nació y vivió pobre y sería una afrenta nuestro capitalista deseo de opulencia. El querer alcanzar las estrellas es nuestra "tentación", pretender vivir plenamente es un "pecado". No hay pozo lo suficientemente negro y hondo al que arrojarse para calmar las ansias de tan inhumana filosofía. El lúgubre y sórdido anticapitalismo, falazmente excusado como cristianismo, pretende que celebremos la Navidad crucificándonos como si fuera el Viernes Santo cuando olvidan que lo que celebran los cristianos no puede ser tan vital como un nacimiento. Y no el de un Dios, sino el de un humano. Como bien señala Ayn Rand, decimos "Feliz Navidad" y no "Arrepiéntete y llora". Muchos de aquéllos que combaten el Capitalismo y la prosperidad son adalides en ésta nuestra Tierra de un claro proyecto: convertirla en un Valle de Lágrimas.

Muy al contrario, la opulencia, exuberancia y boato de la Navidad no pueden ser sino motivo de orgullo y regocijo máximos para gloria de la raza humana. Ponemos luces de colores –lo más luminosas posibles- a nuestros árboles y casas frente el ‘oscurantismo antielectricidad y anticapitalismo’, comemos en abundancia alimentos que sólo comían los más nobles medievales y regalamos cosas que jamás soñaron alcanzar los reyes del Antiguo Régimen. Ni los más observantes cristianos pueden eludir el hecho de que Jesús recibió de los Reyes Magos oro, incienso y mirra, no ratas y polvo. No puede haber amor auténtico por la Navidad sin amor coherente por el Capitalismo.

No es una época de subvenciones e impuestos, sino una época de apoyo muto, solidaridad auténtica y transacciones voluntarias. Navidad es mercado libre. Regalamos para hacer felices a nuestros seres queridos empleando nuestro propio dinero ganado con nuestro esfuerzo. Y lo hacemos porque queremos, no porque reclamen los otros "tener derecho" a los regalos. Lo saben bien los niños: obtener algo –los regalos- requiere esfuerzo –ser buenos- pues de lo contrario no se obtiene nada –carbón-. Y Santa Claus, como el mercado libre, premia a los niños buenos con independencia de su clase social o raza.

Todo esto choca frontalmente con la fiesta anti-Navidad: Halloween. Pues Halloween no celebra la vida sino la muerte, no se basa en transacciones voluntarias sino en la amenaza y coacción típicas del Estado: "truco o trato". La Navidad es una oda al Capitalismo; Halloween, la fiesta del socialismo. En verdad, los colectivistas equivocaron la conjunción cuando querían en realidad decir: "Socialismo y muerte". Quizás no sea casual que se diga que "la muerte y los impuestos son cosas seguras en este mundo", el hombre del saco se llama en los tiempos modernos Agencia Tributaria y Halloween nos deja el campo lleno de lo que más produce el socialismo: cadáveres.

En Navidad los disensos y desacuerdos tienden a desaparecer, tal como sucede en el ágora del mercado libre donde cooperamos capitalistamente dándonos la mano, y no estatistamente, metiendo en haciendas ajenas nuestras manos. La Navidad, como tiempo de Capitalismo, es tiempo de paz. Nada es más hostil al mercado pacífico y libre que la guerra. Incluso éstas, las guerras, cesan habitualmente en Navidad. Defender el Capitalismo con guerras y belicismo no deja de ser como defender la libertad con cadenas. Aquí sí podemos decir: Capitalismo o Guerra.

Esta Navidad, mientras los políticos están de vacaciones y nos dejan vivir, haz eso precisamente: ¡vivir! Compra una bonita postal hecha por algún artista no subvencionado y envíala con algún regalo a quien desees a través de tu agencia privada de paquetería favorita. Y brinda frente al abeto cuya tala hundirá en cólera a los ecologistas más colectivistas de este mundo.

Decía Ayn Rand que el amor es la expresión de los valores de una persona. La Navidad es un festival de expresión de valores. Pero para ello, poder expresarlos de la forma más acabada imaginable, sean materiales o inmateriales, necesitamos una dosis creciente y lo más inabarcable concebible de la premisa que los hace posible: el Capitalismo.

@AdolfoDLozano

Sigamos defendiendo la libertad en 2014

Suele decirse que el fin de año es un buen momento para hacer balance de lo acontecido en los doce meses precedentes con el sano propósito de corregir errores y de reforzar aciertos ante la entrada de la nueva docena.

Desde luego, no ha sido un mal año para el Instituto Juan de Mariana: en nuestra Cena de la Libertad tuvimos la enorme alegría de premiar a uno de los más reconocidos exponentes del liberalismo español, D. Carlos Rodríguez Braun; celebramos nuestro sexto Congreso de Economía Austriaca cuyas ponencias, por primera vez, aparecerán próximamente editadas en forma de revista digital; la asistencia a nuestra octava Universidad de Verano en Lanzarote desbordó incluso los muy notables récords del año pasado; organizamos en nuestra sede más de 35 conferencias (prácticamente una cada sábado) que en su mayoría fueron retransmitidas vía streaming y grabadas para la posteridad; contamos con cuatro conferencias magistrales de primer nivel, de la mano de David Friedman, Hans-Hermann Hoppe, Anthony de Jasay y George Selgin; participamos en la organización de las VIII Jornadas de Pensamiento Económico con la Universidad Católica de Ávila; celebramos dos seminarios intensivos de formación –uno sobre teoría monetaria con Antal Fekete, el otro sobre los fundamentos físicos, biológicos y evolutivos de las ciencias humanas, gracias a Francisco Capella; publicamos centenares de artículos en casi todos los medios de comunicación nacionales y acudimos al King’s College de Madrid para ofrecer a sus alumnos una jornada de formación en las ideas liberales. Y no olvidemos que nada más comenzar este nuevo año disfrutaremos de un prometedor seminario intensivo con Jörg Guido Hülsmann en Benidorm.

El catálogo de actividades no ha sido ciertamente escaso gracias al entusiasta trabajo del equipo que integra el Instituto y al invaluable apoyo que nos brindan nuestros colaboradores, miembros y benefactores. Sin embargo, cuando uno echa una mirada, siquiera de soslayo, a nuestra sociedad, comprende que es necesario hacer más, mucho más. Las libertades, no sólo las económicas, no están avanzando, sino más bien retrocediendo en nuestro país: el populismo estatista de unos ha envalentonado la radicalidad liberticida de otros y las amenazas, consumadas o amagadas, no dejan de extenderse. Atendiendo al panorama, uno pensaría que el liberalismo está perdiendo la batalla ideológica en España y que todo el trabajo anterior está cayendo en saco roto. Mas, a mi entender, éste sería un juicio demasiado tremendista.

Por un lado, es evidente que los liberales seguimos siendo fundamentalmente irrelevantes dentro del panorama español, a pesar de que la hinchada intervencionista afirme creerse a pies juntillas que manejamos el mundo a través de una enmarañada red secreta de sociedades pantalla que controlan gobiernos, multinacionales, logias y religiones varias. Pero, por otro, la defensa de la libertad es, en el fondo, una inversión que proporciona sus frutos en el muy largo plazo: lo que el liberalismo tiene de revolucionario no es la acción política directa y devastadora, sino la diseminación social de unas ideas y de unos valores que reemplacen gradualmente la coacción por la voluntariedad como núcleo de las relaciones humanas. Son, pues, esas ideas y esos valores verdaderamente revolucionarios los que, conforme van calando dentro de una comunidad, terminan socavando el lucrativo y complaciente statu quo del establishment extractivo e imponiendo límites institucionales a la coerción estatal.

Esa es justo la tarea a la que el Instituto Juan de Mariana se ha dedicado desde el primer momento de su creación, hace ya ocho años. La tarea a la que nos vamos a seguir dedicando con todas nuestras energías en 2014 y para la que esperamos continuar contando con vuestro indispensable apoyo. Porque si aspiramos a que España tenga un futuro mejor no dentro de unos meses, ni siquiera dentro de unos años, sino al cabo de varias décadas, es ahora cuando debemos plantar con energía y determinación las subversivas semillas de la libertad.

Brindemos, pues, por un 2014 cargado de oportunidades para seguir defendiendo sin pausa, sin cortapisas y sin ambigüedades los principios sobre los que se asientan las sociedades libres y prósperas. Esos principios tan violentados en la España actual.

Sobre la paradoja del valor

¿Por qué los alimentos o el agua, siendo vitales para el ser humano, valen menos que los diamantes o el oro? Se trata de una cuestión clásica que se ha denominado "la paradoja del valor".

En efecto, la paradoja del valor (o paradoja de los diamantes y el agua) es una paradoja dentro de la economía clásica que expresa que, aunque el agua es más vital para el ser humano que los diamantes, éstos tienen un precio mucho más alto en el mercado. Adam Smith menciona la paradoja en La riqueza de las Naciones. De todas formas, Adam Smith no fue el primero en notar la paradoja. Nicolás Copérnico, John Locke, John Law y otros habían intentado explicar la disparidad en el valor entre el agua y los diamantes. Esta paradoja fue solucionada por Carl Menger (padre de la escuela austríaca), Jevons y Walras casi simultáneamente.

Veamos. El valor de un bien (utilidad) es la apreciación subjetiva más o menos intensa que el actor da al medio que piensa que servirá para satisfacer un fin. Conforme el fin tenga más importancia, el valor del medio será más alto. El hombre al actuar decide entre las diversas posibilidades ofrecidas a su elección. La discriminación es inherente a la acción humana porque los medios son escasos. Habrá, por tanto, un proceso de elección, ya que el actor preferirá una opción a las demás dependiendo de su escala valorativa. Decía Mises que cuando el hombre actúa se representa mentalmente una escala de necesidades o valoraciones con arreglo a la cual ordena su proceder. 

El valor de los bienes en esta escala valorativa no depende de su valor vital, sino de la utilidad de una determinada cantidad de bien. El ser humano no toma decisiones en términos generales/globales (toda el agua frente a todos los diamantes), sino que según el contexto de acción en que se encuentre, las decisiones se efectúan en base a unidades relevantes de bien perfectamente intercambiables para ese contexto en el que se esté implicado. No suele ser común que la unidad relevante sea toda el agua o todos los diamantes del mundo. 

Pongamos un ejemplo. Imaginamos a una persona que está en un desierto a punto de morir de sed y de insolación. Su escala valorativa sería la siguiente: 

(1) 1º vaso de agua (para sobrevivir)

(2) sombrero (evitar la insolación)

(3) 1º racimo de dátiles

(4) 2º vaso de agua

(5) 2º racimo de dátiles

(6) 3º vaso de agua

En este contexto, la unidad relevante es un vaso de agua, no toda el agua del mundo. Y toma decisiones enfrentando un vaso de agua más o menos frente a un racimo de dátiles más o menos y un sombrero.

Pues bien, el criterio por el que se asigna valor a un bien concreto está determinado por la importancia que tienen las necesidades de más baja prioridad que ese bien puede satisfacer con la cantidad disponible. Es decir, el valor de un bien será el valor de la menos importante de las necesidades que asegura ese bien. Dicho de otra manera, el valor de cada una de las unidades relevantes perfectamente intercambiables vendrá determinado por el valor que tenga la última unidad relevante de bien en la escala valorativa. A esta utilidad se la denomina utilidad marginal, porque está "en el margen" de la escala valorativa. Es a este nivel de importancia que la persona valora la disponibilidad de un bien, aunque ese mismo bien pueda satisfacer necesidades de mayor importancia. Es de esta manera que Menger solucionó la paradoja del valor al introducir la utilidad marginal.

En el ejemplo anterior, cada vaso de agua tiene la importancia del tercer vaso de agua. Es el tercer vaso de agua el que determina el valor de todos los demás, y no el primero. Si pierde un vaso de agua habrá perdido el 6º fin/satisfacción, no el primero (no morir de sed). Por tanto, si tiene que elegir entre perder un vaso de agua o los dátiles, preferirá perder el vaso de agua, porque es el último fin dentro de su escala valorativa. Sólo decidirá no perder el agua si el dilema es quedarse con toda el agua y con todos los dátiles.

Vemos que cuanto mayor sea la cantidad de que dispongamos de un bien tanto menor será el placer que nos produzca cada unidad y tanto más bajo será también el lugar que ocupe dicho bien en nuestra escala de valores. El valor de la unidad marginal es cada vez menor, debido a que se asigna a un fin que también se valora cada vez menos. La ley de la utilidad marginal es decreciente.

Además, la caída o descenso de la utilidad marginal es más pronunciada cuanto más vital y urgente es un bien. La necesidad de estos bienes (agua y comida) es muy poco elástica, llegando relativamente rápido a la saturación.

Resumiendo. El valor que otorgamos al agua no está determinado por la utilidad de un vaso de agua que nos salvaría la vida (utilidad infinitamente grande como es lógico), sino por la utilidad del agua que empleamos para bañarnos, por ejemplo. Por eso valoramos más el oro y los diamantes que el agua, porque existe tal cantidad de agua que podemos satisfacer necesidades de muy escaso valor para nuestro bienestar, como regar las flores o tirarnos globos de agua.

En el centenario de Diego de Covarrubias

Hace casi tres años les escribía en estos Comentarios sobre el Centro Diego de Covarrubias, un joven think tank español dedicado a realizar estudios sobre economía, religión y libertad que toma su nombre del que fuera Obispo de Segovia en el siglo XVI. Vuelvo ahora a hablarles de Covarrubias por un homenaje celebrado en la catedral de esta ciudad el pasado mes de noviembre, recordando los quinientos años de su nacimiento.

Gracias al entusiasmo del Director del CDC, Vicente Boceta, y a la eficacia gestora del profesor Huerta de Soto, nos reunimos en la Sala Capitular de dicha catedral un buen número de personas, junto al Obispo y su cabildo. Les voy a resumir el Acto, siguiendo la crónica de Guillermo Herrero en El Adelantado de Segovia, que comenzó con una breve presentación de Vicente Boceta: explicaba cómo el CDC defiende un sistema económico de mercado; un sistema político democrático; y un sistema moral y cultural pluralista basado en los principios éticos y culturales de la civilización judeo-cristiana y grecorromana. Entre sus objetivos destaca la correcta comprensión de un liberalismo económico cristiano, que encuentra su inspiración en la Escolástica española, uno de cuyos principales representantes fue precisamente Diego de Covarrubias.

A continuación, el teólogo José Carlos Martín de la Hoz presentó una semblanza del homenajeado, recordando su primera etapa -nacimiento en Toledo y posterior marcha a la Universidad de Salamanca en 1527- para centrarse después en su obra, en especial en el papel que jugó en el Concilio de Trento, donde tuvo una decena de intervenciones de gran calado. Fue concretamente él quien se encargó de redactar los "Cánones de reforma" del Concilio. Nombrado obispo de Segovia en 1564, ejerció su magisterio en la diócesis durante casi 13 años, cargo que compaginó desde 1571 con el de Presidente del Consejo de Castilla hasta su fallecimiento en 1577. Martín de la Hoz insistió en que Diego de Covarrubias buscó unir el derecho, la teología y la economía, agregando que se convirtió en una figura clave en la reforma del pensamiento, tanto en España como en el resto del mundo.

Precisamente sobre esta última idea giró la conferencia del que suscribe, centrándome en la influencia de Diego de Covarrubias en el pensador holandés Hugo Grocio, a partir del estudio de las citas del Obispo segoviano en el Mare Liberum de Grocio (1609).

El tercer ponente fue Jesús Huerta de Soto. Expresaba la "profunda crisis" que atraviesa hoy la ciencia económica, asegurando a continuación que "si se hubieran tenido en cuenta los principios de los escolásticos del Siglo de Oro español nos hubiésemos ahorrado la recesión que estamos sufriendo". A Diego de Covarrubias le alabó por ser el primero que habló de la ‘teoría subjetiva del valor’. De igual forma, indicó que la paternidad de la ‘teoría del orden espontáneo del mercado’ o la defensa de comportamientos éticos en ejercicio de la banca es de los escolásticos. Huerta de Soto finalizó deseando que la crisis de la ciencia económica permita que las ideas de la que él denomina ‘Escuela Española’ sean las dominantes en el futuro. Debo añadir que trabaja en ello con gran tesón desde el Máster en Economía Austríaca que dirige en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, y del que asistieron muchos alumnos al Acto que les relato.

Pero no termina aquí mi crónica sobre el Centenario de Covarrubias, porque justo el día anterior tuvo lugar la entrega del I Premio de Ensayo Diego de Covarrubias convocada por el ya citado CDC en la sede de la Fundación Villar Mir de Madrid. Después de un difícil escrutinio, como señalaba Vicente Boceta en la presentación del Acto, resultó elegido ganador el texto del catedrático de Filosofía del Derecho en Sevilla, Francisco José Contreras: "¿Son compatibles el catolicismo y el liberalismo económico?" (si bien los miembros del Jurado propusieron otorgar un accésit a Juan Ramón Rallo, Director de nuestro Instituto, por su artículo "La economía del empobrecimiento común").

En su discurso de aceptación, el profesor Contreras explicaba el sentido de su trabajo porque "el mundo actual está muy necesitado de ambas cosas. El mundo necesita libertad económica porque, allí donde es aplicada con un mínimo de coherencia, genera siempre crecimiento material y ampliación de horizontes… Pero el mundo está también muy necesitado del cristianismo… porque llena la congénita necesidad de esperanza que define al ser humano".

También señaló que "el leitmotiv del ensayo premiado es la reivindicación de la compatibilidad y el vínculo genético entre cristianismo y liberalismo… Pero distingo entre liberalismo político y liberalismo económico porque se trata de evaluar las relaciones entre la Iglesia católica y el liberalismo, y creo que la actitud de la Iglesia frente a uno y otro aspecto del liberalismo no es la misma" (Contreras desarrolla también estas ideas en su reciente libro: Liberalismo, catolicismo y ley natural).

El catedrático sevillano expuso con detalle cómo "el proceso de reconciliación de la Iglesia con el liberalismo político (que duró un siglo: el que va desde las tremendas condenas antiliberales del Syllabus [1864] a la declaración Dignitatis Humanae sobre libertad religiosa [1965] y otros documentos del Vaticano II sobre derechos humanos) está completo en lo esencial". Por ello, continuaba, "una de las tesis que contiene mi trabajo es la idea según la cual la Iglesia está recorriendo un camino de aceptación de la libertad económica que quizás guarda un paralelismo con su proceso de aceptación de la libertad política, pero que va rezagado históricamente respecto a éste" Por eso concluye que "no debe sorprendernos que su reconciliación con la libertad económica esté resultando también laboriosa".

Tarea ésta en la que sin duda está comprometido el Centro que toma el nombre del obispo Diego de Covarrubias, al que recordábamos en su centenario. Quiero terminar anunciándoles que a raíz de esta conmemoración se van a preparar una serie de actos similares en memoria de otros ilustres escolásticos como Martín de Azpilcueta o Juan de Mariana. Sobre lo que ya les avisaremos convenientemente.

Las familias empresarias y la educación económica

Reseña-resumen de La Educación Económica de las Empresas Familiares, con subtítulo "desde la perspectiva de la Escuela Austríaca de Economía", Fernando Nogales Lozano coordinador, Unión Editorial, 2013.


Unión Editorial prosigue su recién inagurada colección "Empresa Familiar" con la publicación de La Educación Económica de las Empresas Familiares, un conjunto de ensayos en torno al tema coordinados por Fernando Nogales y escritos por los mejores especialistas en teoría económica en lengua hispana: María Blanco, Alejandro Gómez, César Martínez Meseguer, Martín Krause, Adrián Ravier, Juan Ramón Rallo, Miguel Ángel Alonso Neira, Raquel Merino y Miguel Anxo Bastos Boubeta.

El prólogo del profesor Jesús Huerta de Soto, resaltando la –sorprendente- novedad del tema tratado, nos ofrece el mejor resumen de los diez capítulos de esta obra. Nos muestra cómo, por su mentalidad, la empresa familiar tiende en sus relaciones tanto familiares como empresariales a buscar modelos espontáneos de cooperación alejados de intervencionismos públicos, utilizar los recursos propios, respetar los contratos y cumplir la palabra dada. "Soportan" y resisten mucho mejor las crisis económicas, pues están menos endeudadas, y sus reestructuraciones de personal son mínimas comparadas con las empresas no familiares.

Todo lo indicado está en las antípodas de lo que se enseña en la mayoría de las Facultades de Ciencias Empresariales y Económicas actuales, inmersas en un mainstream mayoritariamente neoclásico y keynesiano. Esto, unido a la estigmatización ideológica de la figura del empresario transmitida desde la infancia en la educación pública, lleva a una fortísima caída del espíritu empresarial, altas tasas de paro, aumento imparable de los impuestos, elevados índices de deuda tanto privada como pública, permanentes reglamentaciones abusivas y no pocas veces contradictorias, y ciclos económicos auge-recesión cada vez más frecuentes e intensos.

Y apunta que necesitamos las suficientes condiciones de libertad y de calidad institucional para que emerjan la creatividad y los deseos de cooperación e intercambio que todo ser humano llevamos dentro, recuperando el protagonismo directamente las personas que actúan, que son las que mejor conocimiento tienen de sus necesidades reales, y quieren sentirse libres en el proceso continuo de búsqueda de soluciones. Y anima a las familias empresarias, que llevan muchas décadas nadando contracorriente, a sentirse orgullosas de su proceder.

Fernando Nogales, asesor de empresas familiares, introduce la obra subrayando que resulta vital saber anticipar las consecuencias negativas futuras de las políticas crediticias y monetarias impuestas por los gobiernos y sus Bancos Centrales, pues no es fácil entender cómo ocurre que "los mismos bancos y gobernantes que con anterioridad les ofrecían créditos a bajísimo interés y sin necesidad de aval, ahora ni le prestan dinero y además les suben los impuestos".

Adrián Ravier, en el capítulo titulado "Coordinación social y formación de capital", en doce páginas hace un muy buen resumen de la teoría económica (austríaca). En tres pasos, de menor a mayor, analiza primero al individuo y su acción, para luego considerar el intercambio, y sólo más tarde, el marco social (el proceso de mercado y la coordinación).

El elemento esencial para esa coordinación es el cálculo económico, pues gracias a la existencia de dinero, los intercambios generan precios monetarios (ratios históricos entre los bienes económicos efectivamente intercambiados), que sirven de orientación para la creatividad humana en busca de oportunidades de negocio. Esto no es otra cosa que la soberanía del consumidor, es decir, que los dueños de los factores de producción deben producir aquello que la gente demanda. Pero las expectativas del vendedor no siempre se encuentran con las de un consumidor, y el capital utilizado para producirlo queda congelado hasta que éste se vende (lo que impide que sea utilizado en otros fines).

Los procesos de mercado generan un incremento en el nivel de vida de todos sus miembros, característico de una sociedad abierta, descentralizada, en la cual, bajo el respeto por la propiedad privada y la libertad individual, se realizan acuerdos voluntarios. Esto sucede cuando existe "igualdad ante la ley" (ésta se aplica a todos por igual, sin tener en cuenta circunstancia particular alguna). Visto de otra manera, si entendemos el problema económico como uno de conocimiento, cuando esto ocurre cada miembro de la sociedad, con sus propias valoraciones y preferencias, es el protagonista, aportando el conocimiento de sus circunstancias de tiempo y lugar.

Por el contrario, bajo el socialismo (o estatismo) la coordinación social se intenta imponer desde arriba, asumiendo que el fin de todos los individuos es único. El protagonista es el gobernante y los funcionarios, con vínculos de tipo hegemónico, unos mandan y otros obedecen.

César Martínez Meseguer analiza "Las instituciones sociales evolutivas: la familia, el mercado, el dinero, etc., como base del progreso humano". Subraya su origen no intencionado, y que no persiguen fines predeterminados. Son regularidades o repeticiones pautadas de determinadas conductas, hábitos, o costumbres, surgidas (a través de procesos descentralizados de ensayo, prueba y error, y aprendizaje) de los intentos de adaptación de los individuos a las circunstancias que les afectan en cada momento y lugar, marcando los límites más adecuados que deban ser respetados en las interacciones. Consiguen con ello un máximo aprovechamiento de la información que cada miembro del grupo posee. Además, señala el contraste que existe entre éstas y los órdenes creados deliberadamente u "organizaciones" (que persiguen fines preestablecidos).

Cuando el proceso evolutivo y espontáneo se ve adulterado y manipulado por el intervencionismo de los poderes políticos (que carecen de la información y el conocimiento para hacerlo), los riesgos para el buen funcionamiento de la sociedad son incalculables, interrumpiendo el proceso natural de evolución, cercenando la libertad de los individuos y la propiedad privada, generando tanto inseguridad jurídica como la formación de burbujas económicas y ciclos económicos.

Martín Krause (capítulo "Calidad institucional y progreso") nos muestra su "Índice de Calidad Institucional" (ICI), y cómo lo calcula, junto con los resultados obtenidos para los distintos países desde 2007 hasta la actualidad. Busca evaluar las posiciones relativas de cada país en términos de calidad institucional como base para una verificación empírica de distintas teorías. Los países que aparecen en las últimas posiciones del ICI (Myanmar, Somalia, Corea del Norte, y en América Latina Haití, Venezuela y Cuba), cuentan o bien con gobiernos que se han puesto como objetivo la igualdad (de oportunidades) o bien no parecen contar con un marco institucional en absoluto, y los individuos están sometidos a los abusos de grupos organizados para utilizar el poder en beneficio de "sus" propias oportunidades.

Destaca una especial preocupación por la trayectoria específica de los países Latinoamericanos, siendo el Estado de Derecho una materia pendiente para toda la región. Dos caminos dividen la región entre aquellos países que han consolidado sus instituciones económicas para un mejor funcionamiento de los mercados (Chile, Panamá, Perú, Colombia) y aquellos que las han deteriorado (Venezuela, Ecuador, Bolivia y Argentina). Se trata, dice el autor, de aprender de aquellos que han alcanzado buenos niveles de calidad institucional.

Miguel Ángel Alonso Neira y Juan Ramón Rallo analizan "El impacto de los procesos de expansión monetaria y crediticia sobre la estructura productiva española durante el período 1998-2011". Sus resultados muestran el crecimiento del volumen de crédito (sin respaldo previo de ahorro real; y que tuvo como destino principal los países de la periferia europea y sus bancos, y en España, el sector de la construcción); su desagregación; y la variación en la tendencia de cambio de los datos trimestrales de distintos índices de producción (sector de la construcción, bienes de equipo, bienes de consumo duradero, no duradero, más el índice de producción industrial), resultando el perfil temporal de las series consistente con la secuencia que se esperaría según la teoría del ciclo monetario endógeno (contraste empírico). En las circunstancias del ciclo histórico reportado el sector de la construcción actuó como un indicador adelantado del ciclo, mostrando un patrón de auge y recesión más acentuado que el del resto de las variables.

Juan Ramón Rallo nos ilustra con algunas interesantes particularidades que nos ayudan a entender el desarrollo del proceso que desencadena los ciclos económicos, y sus causas. El título de este capítulo "Dinero, crédito bancario y políticas monetarias" parafrasea el del quizás más destacado libro del profesor Huerta de Soto, remarcando el origen de "los ciclos económicos" en las "políticas monetarias". Como nada es perfecto, ciertos detalles de su controvertida "teoría de la liquidez", no acaban de convencernos.

Raquel Merino nos orienta sobre la importante cuestión de "La gestión de patrimonios e inversiones familiares". Subraya la importancia de dotar o inculcar a los sucesores también del capital no financiero del fundador (entendemos que por tal se refiere al "conjunto de rasgos" de éste, su pundonor, entusiasmo y convicción, y la visión o misión de transcendencia y perdurabilidad, y su conocimiento práctico). Recomienda que las familias tengan bien diferenciado el patrimonio "de uso" personal, del patrimonio vinculado a la empresa familiar, y del patrimonio en forma de otros activos. Y concluye exponiendo las nociones fundamentales del arte del "asset allocation", teniendo en cuenta las necesidades vitales o perfiles de inversor, y los distintos entornos económicos y fases del ciclo secular.

Miguel Anxo Bastos Boubeta, en un perfecto colofón al libro ("La empresa familiar: lecciones para un austríaco"), comienza por señalar la naturaleza subjetiva del valor, recordándonos que en un intercambio de mercado ambas partes tienen que ganar, pues de no ser así no habría tal intercambio. La ganancia pecuniaria o psicológica sólo la conoce cada una de las partes, no pudiendo ser medida o comparada con ninguna medida objetiva (sólo podemos hacer cábalas, partiendo siempre de nuestros propios prejuicios y escalas de valores).

Por el contrario, la visión dominante tanto en el ámbito académico como en la política pública, o en el discurso de los medios de comunicación, está plagada de lugares comunes basados todos ellos en valoraciones objetivas y supuestamente neutrales de los actos económicos. Ideas como que el comerciante es siempre el beneficiado en un acto de intercambio o la especie, que impregna toda la legislación laboral, de que el trabajador es siempre necesariamente la parte débil en la relación laboral y que una legislación específica debería corregir tal asimetría. Es muy difícil entender lo contrario de forma intuitiva, salvo que se haya vivido lo contrario en el entorno de una empresa familiar.

También se aprende en el ambiente de la empresa familiar el valor del crédito en sus dos acepciones, la del crédito mercantil y la del crédito personal, el que se refiere al cumplimiento estricto de la palabra dada, y cómo no se puede tener uno sin el otro. O la importancia de la preferencia temporal, el grado en que la persona es capaz de diferir consumo presente para satisfacer necesidades en el futuro. Las personas con alta preferencia temporal tenderían a descapitalizar tanto a ellos mismos como a la sociedad en su conjunto mientras que las que la tienen baja tenderán a capitalizar ambas. La empresa familiar enseña a pensar a largo plazo, a sacrificarse hoy para seguir teniendo mañana y a acostumbrarse a vivir siempre por debajo de tus posibilidades (enseñanza útil en todos los órdenes de la vida). 

En buena medida alcanzamos lo que somos gracias al temor a que la competencia nos supere. Nuestros depredadores son otros y habitan en su mayor parte en el reino de la política. No basta con ser un trabajador serio y honrado, no con tener dotes empresariales ni con ofrecer un buen producto o servicio a los clientes. Hay que tener, además, conocimientos y habilidades políticas para poder sobrevivir, habilidades que se rigen por principios muy diferentes de las que se requieren para la gestión empresarial, y que por desgracia por no tenerlas muchos sucumben. 

"Y la última lección que se aprende es que a pesar de todo esto, si uno es capaz de vencer todas estas adversidades y se alcanza un moderado éxito económico, nadie o casi nadie te lo va a agradecer. Dada la mentalidad anti-empresarial extendida en los medios de comunicación, en la escuela y en el ambiente social en general, lo más corriente es ser visto con sospecha de las supuestamente inmoderadas ganancias obtenidas y ser acusado de explotador y de aprovecharse del esfuerzo ajeno…". Casi no hay novelas o películas que loen al empresario, y más si éste es un pequeño empresario, y solo excepcionalmente encontraremos en los libros de historia [1] sus nombres. Sea éste un homenaje o alabanza a quien hemos visto trabajar y dar trabajo, a todos aquellos quienes día a día mantienen funcionando nuestra sociedad.



[1] Precisamente María Blanco nos ofrece en su capítulo una perspectiva histórica de cómo los filósofos y teóricos han visto la figura del empresario. Y Alejandro Gómez lo propone en el suyo como el auténtico agente promotor de civilización (un proceso de creación continuo, que no encontramos dado, siendo el ser humano el único susceptible de crearla). Y apunta que una perspectiva histórica nos ayudará a comprender la dificultad de explicar tal figura, y a comparar cómo impactaron las políticas económicas y las instituciones en la evolución de las empresas.

El Papa, Bachelet y el mercado

El papa Francisco ha dado su versión del mercado. Es muy negativa. La tituló Evangelii Gaudium o Alegría del Evangelio. Llega a decir que el capitalismo mata, cuando es evidente que, en los últimos dos siglos, las libertades políticas, la economía de mercado y la empresa privada, combinadas, han sido los factores que han mejorado y alargado sustancialmente la existencia de las personas. Antes de la revolución industrial la vida de los hombres, sentenciaba Hobbes, era "solitaria, pobre, sucia, brutal y corta". Gracias a la democracia liberal y al empuje de los empresarios dejó de serlo.

Francisco, incluso, cita a San Juan Crisóstomo, un pico de oro del siglo IV d. C. que fue el peor de los antisemitas del antiguo mundo cristiano, y hace suya una frase de juzgado de guardia: "No compartir con los pobres los propios bienes es robarles y quitarles la vida. No son los nuestros, los bienes que poseemos; son los suyos". Como se pregunta el economista argentino Alberto Benegas Lynch: ¿estará incitando a los italianos pobres a que asalten los tesoros del Vaticano con ese alegato contra los derechos de propiedad?

Dice Francisco:

Mientras las ganancias de unos pocos crecen exponencialmente, las de la mayoría se quedan cada vez más lejos del bienestar de esa minoría feliz. Este desequilibrio proviene de ideologías que defienden la autonomía absoluta de los mercados y la especulación financiera. De ahí que nieguen el derecho de control de los Estados, encargados de velar por el bien común.

Curiosamente, sin referirse a ella, Francisco niega, implícitamente, la encíclica Centesimus Annus promulgada por Juan Pablo II en 1991 tras el colapso del comunismo. El polaco fue un decidido apologista del mercado, tal vez porque había vivido la experiencia del colectivismo marxista, o acaso porque estaba bajo la poderosa influencia intelectual de su asesor Michael Novak, autor de ese libro extraordinario que sigue siendo El espíritu del capitalismo democrático.

Como todo el mundo es hijo de su circunstancia, el argentino es un detractor del mercado. Creció en medio de la jerigonza peronista en materia económica (aunque los peronistas no lo quieren demasiado y algunos, injustamente, lo acusan de contubernio con la dictadura militar). En todo caso, es muy difícil haber alcanzado la edad adulta en medio del ruido y la furia del populismo y que no hayan quedado cicatrices y deformaciones.

En definitiva: ¿con cuál de los dos papas se queda uno? Allá los católicos con ese dilema. Yo, gracias a Dios, soy agnóstico.

Michelle Bachelet, que también es agnóstica, sin embargo, no anda muy lejos del papa Francisco en su rechazo al mercado. Coinciden en la sospecha de que esa maligna forma de asignar bienes y recursos es culpable de los bolsones de pobreza que hay en el mundo y, especialmente, de la desigualdad que se observa en Chile. Ella va a redistribuir la riqueza, porque no cree, como le sucede a Francisco, que el crecimiento de la economía revierta espontáneamente en una disminución de la distancia que se observa entre ricos y pobres.

Aceptémoslo con cierta melancolía: América Latina es mayoritariamente populista. En conjunto, la sociedad latinoamericana está más cerca del criterio del papa Francisco y de Michelle Bachelet que de quienes pensamos que el mercado y no los funcionarios públicos o los comisarios políticos es el resorte económico que disminuye la pobreza y crea y redistribuye la riqueza de una forma menos imperfecta y más ajustada a la moral.

Chile, precisamente, es un caso que lo demuestra. Al menos, eso piensa el socialista experto noruego Erik Solheim, presidente del Comité de Ayuda al Desarrollo de la OCDE, quien propone a este país como un ejemplo de disminución de la pobreza en América Latina. En 25 años los chilenos pasaron de un 46% de pobres al 14% y se colocaron a la cabeza de toda la región en nivel de desarrollo.

Es verdad que Chile, de acuerdo con el índice Gini, es un país muy desigual en el que el 10% más rico recibe 35 veces más ingresos que el 10% más pobre, pero ese dato no revela toda la complejidad de la desigualdad.

El país menos desigual del mundo es Azerbaiyán. Jamaica y Sierra Leona tienen mejores índices de desigualdad que Estados Unidos y Chile. ¿Y qué? El igualitarismo es una quimera perversa que conduce a la miseria colectiva. Que se lo pregunten, si no, a los chinos de la terrible era maoísta o a los cubanos. Incluso, que se lo pregunten a Raúl Castro.

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Canto en favor de los modelos matemáticos

Entre los comentarios a mi anterior artículo sobre banca de inversión surgieron sendas críticas al uso que se le da a las matemáticas en la ciencia económica. Debate que siempre inquieta a todo simpatizante o lector de la escuela austríaca que no termina de entender hasta qué punto el subjetivismo mengeriano, la praxeología miseana o, incluso, los problemas de propiedad e información del socialismo que resaltaron Mises, Rothbard y Huerta de Soto pueden ser compatibles con el uso de las matemáticas de manera efectiva que redunde en un bienestar generalizado de la sociedad. Este pequeño comentario está dirigido a tratar de arrojar cierta luz sobre este debate, si bien la confrontación reciente entre Juan Ramón Rallo, Adrián Ravier y José Luis Ferreira ya nos han otorgado algunas pinceladas al respecto.

Por lo que a mí respecta, no voy a realizar un análisis histórico y sosegado sobre la postura de la escuela austríaca al respecto de la matematización de los eventos de la acción humana, puesto que del mismo se han ocupado los ya citados Ravier y Rallo. Más bien quiero defender el uso de esta poderosa herramienta, explicar por qué no es asimilable el problema del cálculo del Estado y de grandes corporaciones (con el manido ejemplo de la caída de IBM) y diferenciar la tesis mengeriana-feketiana de la tesis más mainstream en la escuela austríaca que sería la comprendida en Socialismo, Cálculo Económico y Función Empresarial.

La matematización de la acción humana: los límites subjetivos

Los axiomas praxeológicos son, en su gran mayoría, matematizables. El ciclo causa-efecto que describe Mises entre los capítulos 1 y 5 (sobre todo) de La Acción Humana no presenta, salvo notables excepciones que pasaremos a analizar después, problemas a estos efectos. Sirvan los precios de ejemplo.

Podríamos definir como precio el resultado de una serie histórica de intercambios entre agentes en el mercado conformado por una infinidad de variables. Dicha serie histórica puede mostrar valiosísimos patrones para conformar nuestro comportamiento como agentes dentro de la economía de libre mercado. Baste con pensar en el consumo de la luz. Este suministro responde a picos de demanda de manera bastante regular en función de la estación del año. Ahora bien, presenta volatilidades salvables por las propias matemáticas y, al cabo, modelables dentro de un modelo predictor. Es un análisis sencillo sobre una realidad recurrente. ¿Certeza cartesiana? Difícilmente. Pero las matemáticas no tratan de buscar certezas cartesianas sobre realidades sociales, simplemente tratan de servir a estas realidades como herramienta útil para comprender su funcionamiento en entornos mayoritariamente estáticos. ¿Qué es si no la primera ley de la termodinámica? Cuando la bajamos a la realidad, dirán, se cumple siempre. Algo que no ocurrirá con el modelo sobre el consumo eléctrico.

Por ello, ¿negamos la validez de la matemática como herramienta de acercamiento a la realidad? Más bien al contrario, cuanto más pueda contribuir en nuestro conocimiento sobre la acción humana mayor potencial puede brindar para el individuo – tanto individual como colectivamente – aunque no ofrezca certezas inamovibles sobre un entorno dinámico y cambiante.

Y bien, ¿por qué no ofrece esta posibilidad de conocimiento absoluto? No quiero entrar aquí en lo que explica Huerta de Soto en Nuevos Estudios de Economía Política cuando valora la utilización del método positivista en la economía (tildándolo de perjudicial y erróneo). Es un método válido, pero con limitaciones. Las limitaciones surgen del aspecto subjetivo de la acción humana y de la realidad dinámica y cambiante que la rodea. Esto es, podemos construir nuestro modelo casuístico y creer que es un modelo completo que contempla todas las posibilidades existentes de uso de un determinado bien. ¿Todas? Desde luego que no, la realidad social siempre ofrecerá nuevas posibilidades ajenas completamente a nuestro modelo. Esto no debe servir de pretexto para rechazar que nos acerquemos a la acción humana a través de dicho modelo, simplemente tenemos que asumir que puede fallar. Que probablemente fallará. Y nuestro deber como estudiosos de la economía y agentes integrantes del mercado es saber por qué.

Fallará, principalmente, porque no podremos incluir a priori en el modelo todos los deseos que anhela el individuo.

 

El Estado y las grandes corporaciones: el análisis de escenarios

Es aquí cuando surge el análisis de escenarios como herramienta matemática para tratar de solventar estos problemas. Imaginemos el siguiente ciclo productivo simplificado, considerando distintas maneras de tomar decisiones:

Este pequeño ciclo nos muestra cómo se van acumulando distintos costes sobre la materia prima y nos permite intuir cómo en cada fase del proceso surgen nuevas e imprevisibles contingencias que no están contempladas: ¿Qué ocurre si durante la extracción de la materia prima se produce un repunte de los gastos financieros?, ¿y si en la transformación acontece un gasto extraordinario?, ¿Si mientras la estamos almacenando encontramos un uso distinto y mucho más lucrativo que su posterior venta?, ¿Cómo afrontamos la insatisfacción del consumidor final que no adquiere el producto? Cuando el productor comienza a producir tal vez no ha tenido en cuenta estas variables en su modelo, que ha configurado como una ecuación lineal en la que los costes se distribuyen en 0.1x, 0.3x, 0.15x y 0.45x. A lo que añade el margen que estima conveniente para determinar el precio final. Pero si una de estas variable se altera el margen sufrirá un menoscabo. Imagínense una prima de 1.1x sobre el coste total, en cuanto la extracción de la materia prima aumentase en un mísero 10% y la transformación en un 30% la prima que pensaba obtener el productor queda eliminada. ¿Cómo puede el productor evitar esto? Calculando su prima sobre un modelo que contemple estas posibilidades asignándole las estadísticas que crea convenientes. Si la prima ahora no es fijada mediante la primera ecuación si no como media ponderada entre una serie de contingencias posibles que pueden suceder durante el ciclo productivo es menos probable que la prima desaparezca. ¿Imposible? Veámoslo con dos ejemplos contrapuestos.

El primer ejemplo ya había sido adelantado con el caso IBM. IBM, entidad todopoderosa que vio reducido su negocio al consumidor. Muchos austríacos asemejaron esto, incluso, a la caída de al Unión Soviética. Alegaban que a IBM le había faltado información para fijar su posición en el mercado. En primer lugar, matizar que a IBM no le había faltado información, simplemente se despreocupó a la hora de obtenerla e incluirla en su modelo. Pero si así fuera el caso, y visto que nada le hubiera impedido procesarla e internalizar sus efectos en su ciclo productivo, ¿habría tenido la misma consecuencia? Es algo que nos es imposible conocer, pero si estudiamos la acción humana no debería importarnos. La conclusión que se extrae aquí es que IBM perdió, pero ¿perdió también el consumidor?

Y es aquí donde pasamos a ver lo que acontece cuando este problema lo sufre el Estado. Imaginemos ahora que contamos con una industria tecnológica cuyos medios de producción están totalmente nacionalizados. El Estado, imaginemos que un Estado idealizado leninista previsor de todas las contingencias, sí ha incluido en su modelo las posibles variaciones de preferencias del consumidor asignándolas una determinada probabilidad. Pongamos que ha supuesto que hay un 20% de probabilidades de que se el coste de almacenaje sea 2x y un 80% de que sea el estimado. Ello nos conduce a que el precio final debiera aumentar en 0.03x. Si se produce la contingencia estimada, el margen estatal de 1.1x se disipa (pues habríamos pasado de unos costes de 1.03 y un precio de 1.133 al mismo precio pero con un coste de 1.15). ¿Qué puede hacer nuestro previsor Estado ante esta disyuntiva? Puede organizar otro sistema en el sector que cubra la misma satisfacción previendo esta contingencia. ¿Problema? Si la contingencia no se da el contribuyente verá retraídos recursos propios para algo que no le aporta satisfacción y si se da, verá que parte de sus recursos retraídos han destruido valor.

El libre mercado esto lo soluciona puesto que es el capital privado el que soporta este problema fruto del dinamismo del mercado. Si otra empresa sí prevé esta contingencia y se organiza para afrontarla puede tener suerte y que suceda, satisfaciendo al consumidor. Si no, el consumidor seguirá estando satisfecho con la empresa original, aunque el capitalista de la empresa alternativa se arruine. La satisfacción del consumidor aumenta, no se ve recortada como en el caso estatal. 

Conclusión 

¿Entonces fallan? En efecto, ya lo anticipábamos supra. Pero fallan cuando no se las complementa de mecanismos que llenen sus vacíos. ¿Qué mecanismos son estos? Pues, ¡las propias matemáticas utilizadas por otra mente distinta! El modelo, en su conjunto, es autocorrector con los debidos incentivos: libertad y propiedad. Y ello es, desde luego, un canto a favor del uso de las matemáticas para aproximarnos a la realidad desde que pueden servir (y, de hecho, sirven) para aumentar la satisfacción de la sociedad en el marco de la acción humana.

Todos contra la República

Estoy seguro de que Nelson Mandela era un gran admirador de la II República. Aunque de lo que le habló a F.W. De Klerk el día que se conocieron no fue de ella, sino de las eficaces técnicas de guerra de los Boers. Pero todos los santos laicos tienen que estar del lado del régimen del 14 de abril, y Mandela no iba a ser una excepción.

Aquí, en España, la II República es una suerte de piedra de toque de la progresía. Uno tiene que mostrar su admiración por aquél efímero régimen, y alabar especialmente sus logros sociales y su carácter excepcionalmente democrático. De ahí se cae la condena al régimen de “los generales”, encabezado por Francisco Franco. En una ocasión, una argentina a la que llamaban “la rusa” y que comenzó a trabajar en una agencia de publicidad española, preocupada por cumplir con el rito aceptado del progrerío español, preguntó ingenuamente: “¿Quiénes teníamos que decir que eran los buenos? Los republicanos, ¿no?”.

Al igual que la derecha tiene que revisar qué quiere hacer con Franco y su régimen, la izquierda tiene que replantearse qué hacer con la República. Porque en la actualidad se produce una situación paradójica, contradictoria, en la que todos están contra el régimen que más ha frustrado a los españoles en el Siglo XX. ¿He dicho todos? Sí, todos.

El motivo inmediato de que así sea es que los grupos políticos y los personajes más identificados con aquél régimen conspiraron contra él, lo zarandearon y pervirtieron, e incluso intentaron derribarlo. El caso de los anarquistas es claro. El régimen llegó en abril y convocaron una huelga general en julio, tres en enero de 1932 y dos el año siguiente. Nadie les identificaría, en principio, con la II República. Pero ese régimen llegó a albergar a ministros anarquistas, un caso único en la historia universal.

Los comunistas tuvieron un papel importante desde el inicio de la guerra, y casi monopolista al final. Aquéllos gobiernos de Giral, Largo Caballero y Negrín eran herederos del que salió de las urnas en 1936. Y los comunistas apadrinaron la Revolución de octubre de 1934, protagonizada sobre todo por el PSOE. El PSOE, que siempe pregonó la dictadura del proletariado y que clamaba “La República para todos, no”, se rebeló contra ella. Azaña y los socialistas le pidieron a Alcalá-Zamora que anulase las elecciones de 1933 que ganaron la CEDA y los Radicales. Azaña, por cierto, manipuló la adjudicación de 32 escaños en las elecciones de 1936. 

Bien, pues todos los intelectuales, incluso los que han leído libros, todos los políticos que hablan maravillas de aquella república, todos los ciudadanos de a pie que se sienten identificados con ella, todos, apoyan a grupos políticos y personajes que conspiraron contra la II República, al menos contra lo que aquélla tenía de democrática. Es más, todos echan pestes del único partido a la vez genuinamente republicano y democrático, los Radicales. Contra la República todos. 

El ‘mandelismo’ es libre

Muy pocos presidentes de postín se han quedado en casita, mirando por el televisor (¡qué antigua suena esta palabra!) los actos de canonización de Nelson Madiba Mandela. El más relevante de todos ellos, Vladímir Putin, que ni se ha movido del Kremlin ni ha enviado a ninguno de sus peones a codearse con la crema y nata del politiquerío mundial. Mariano Rajoy no se lo ha perdido. Es normal. Imagínense en la posición de un gran dirigente europeo cualquiera. Ahora te cruzas una mirada con Obama, luego saludas a uno con pinta de haber trabajado en una peli de Harold Lloyd, y resulta que es belga, comentas que Castro está más joven que nunca, y te sientas entre Nicolás Maduro y Robert Mugabe. Y oye, echas la mañana.

Putin no ha sido la única ausencia. Merkel está excusada, porque acude el presidente Gauck. Pero los austríacos se han hecho el sueco, en Hungría e Islandia pasan, en Ucrania están muy ocupados, y en los palacios de Indonesia, Argelia, Egipto o las dos Coreas se quedan con el zapping en casa.
En esta lista de ausencias falta, que ya les veo haciendo cuentas, el presidente de Cataluña. Por algún motivo, Artur Mas tiene suficiente con gobernar su pequeño imperio, quebrado por fronteras que desmentirá la historia. ¿No dicen que Mandela traspasó fronteras? Pues Mas no será menos. Mandela no tuvo tiempo para inspirarse en Artur Mas, pues el destino, caprichoso, ha querido que la emulación siga un curso contrario. Dice Mas: “Ha creado una identidad nacional basada en el perdón y la reconciliación”. ¿Perdonaría Mas a los catalanes que no comulgan con el credo nacionalista? ¡Claro que sí! ¿Y se reconciliaría con los castellanos irredentos? ¡Por descontado!

Madiba se encontró con un gran problema, y supo resolverlo: “Había que convencer a todos. Hacía falta un líder que lo hiciera. El de Mandela ha sido un patriotismo impensable, genial, contemporáneo, humano”. Qué coincidencia. Es como el ridículo del propio Artur Mas: Impensable, genial, contemporáneo, humano. Por cierto, que en Sudáfrica hay 11 idiomas oficiales, y los colegios eligen libremente en cuál enseñan, según la Constitución aprobada bajo la égida mandelita.

Mas ha acabado por no convencer a nadie, o a casi nadie. Eso sí, ha radicalizado a los convencidos. Por algún motivo los dirigentes del orbe no irán a su funeral ni con el mando en la mano, si es que entonces sigue existiendo tal cosa.

Esta pegajosa oleada de almíbar sobre la espinosa vida de Nelson Mandela no podía dejar indiferente a nuestro ex, José Luis Rodríguez Zapatero. Es el Andy Russell de la política mundial. Dicho ha: “Yo, desde luego, le tuve presente en algunas de las acciones de Gobierno que más vinculadas estaban a la dignidad personal”.

Es difícil casar al Mandela que salió de la cárcel, que hizo de la reconciliación su estandarte, con Rodríguez Zapatero, que dio por terminada la Transición, recuperó la ruptura derrotada entonces por la mayoría de españoles, enlazó la actual democracia con la de los años 30 contra la que conspiraron todos, PSOE incluido, y llamó “memoria histórica” al odio institucionalizado. Pero oye, el mandelismo es libre.

Cohesión social: guerra, ayuda y parasitismo

La vida solitaria es muy diferente de la vida social, tanto para los seres humanos como para otros seres vivos. Un organismo aislado tiene problemas que podría solucionar mediante la cooperación con otros individuos, sea de forma ocasional o en un grupo estable. Pero la convivencia colectiva tiene sus propios problemas y requisitos.

La vida solitaria tiene muchas limitaciones: cada agente tiene una fuerza, una capacidad de acción y trabajo y unas habilidades determinadas, que se pueden mejorar, pero no de forma indefinida, de modo que hay logros que están fuera de su alcance; es imposible, o más difícil o ineficiente, hacer algunas cosas simultáneamente, como por ejemplo cazar y cuidar de las crías; y el individuo no tiene nadie que le ayude a superar una situación delicada si sufre un accidente o enfermedad, de modo que ciertos peligros pueden resultar letales.

Un agente solitario puede intercambiar bienes o servicios con otro si ambos coinciden e interactúan de algún modo. Pero estos encuentros requieren algún desplazamiento, coordinación y costes de búsqueda, o son casuales, aleatorios; quizás son poco frecuentes y cuando ocurren tal vez las partes no tienen nada valioso que interese al otro o no existe la confianza necesaria para negociar y realizar un intercambio. Algunos individuos pueden ser amenazas (depredadores, parásitos, ladrones, tramposos, estafadores) y conviene mantenerse a cierta distancia o vigilarlos cuidadosamente. Muchos animales de vida individual sólo cooperan esporádicamente (o incluso una sola vez en su vida) con otros de sexo opuesto para la reproducción sexual.

La vida social en un grupo estable permite compartir ciertos recursos valiosos, como un refugio o reservas de alimentos; juntar esfuerzos y generar sinergias para tareas comunes (caza, ataque y defensa); dividir el trabajo temporalmente (vigilar, construir el refugio, cuidar de las crías) o especializarse en tareas diferentes complementarias y realizar intercambios; y tener a otros siempre cerca y recibir ayuda en caso de necesidad. La cohesión social en animales es frecuente en situaciones de estrés y peligro.

La cooperación colectiva precisa algún tipo de coordinación mediante señales informativas e incentivos adecuados para conseguir fines comunes. Las interacciones frecuentes con otros y el conocimiento mutuo permiten desarrollar la confianza entre los individuos. La convivencia en proximidad requiere normas para evitar conflictos: molestias, externalidades negativas, parásitos, agresores, tramposos.

La cooperación social proporciona seguridad a los individuos mediante la lucha conjunta y la ayuda mutua: siendo muchos y estando cohesionados y adecuadamente organizados para la guerra (la unión hace la fuerza para la defensa ante ataques de otros grupos; divide y vencerás); y teniendo siempre a alguien al lado que puede y quiere socorrer o cuidar a un necesitado. Sin embargo estos dos fenómenos tienen diferencias importantes: la guerra es una acción necesariamente colectiva, de grupos contra grupos; la ayuda solidaria es una acción que puede realizarse de múltiples maneras, individualmente o mediante distintos tipos de asociaciones que no tienen por qué coincidir con el colectivo políticamente organizado.

Aunque no todos los individuos participan igual, la guerra es una actividad colectiva que implica a todo el grupo. La fuerza militar se incrementa notablemente conforme crece el número de guerreros o soldados disponibles, su calidad, su coordinación y su cohesión: jerarquía de mando, disciplina, capacidad de luchar como unidades eficientes de combate, cerrar filas, resistir, no ceder, no huir. La victoria en la batalla es más probable si se dispone de más combatientes con el armamento, la organización y la motivación adecuadas. Los grupos que más crecen (tanto en número de miembros como en recursos) y están más cohesionados (sentimiento tribal, patriotismo, compromiso, lealtad) tienden a triunfar en los conflictos bélicos. También son muy importantes las posibles alianzas entre grupos, las cuales pueden llegar a producir fusiones en unidades mayores.

Si un grupo crece y se organiza para la guerra sus potenciales víctimas deben a su vez crecer y prepararse si quieren sobrevivir y continuar siendo libres. Si el número de miembros no puede aumentar rápidamente es necesario mejorar la cohesión y la coordinación. Los colectivos pequeños, divididos o aislados, son débiles y pueden ser derrotados más fácilmente; tienden a ser eliminados, esclavizados o asimilados por otros grupos más poderosos, y para mantener su independencia suelen localizarse en zonas pobres en recursos o de difícil acceso (montañas, desiertos, junglas).

Los grupos organizados son poderosos para bien y para mal: es difícil separar la preparación para la defensa de la preparación para el ataque. Un grupo puede imponerse sobre otro grupo externo: guerreros que se establecen como gobernantes en el territorio de otro pueblo menos poderoso o le exigen sumisión y tributos. Un subgrupo organizado puede controlar coactivamente a los demás miembros de su propia sociedad: la casta militar o policial oprime al resto de la población.

La ayuda a un necesitado no suele implicar a todo el grupo, sobre todo cuando el colectivo es grande y complejo y la necesidad relativamente pequeña: pueden ser suficientes interacciones individuales. Cada sujeto tiene una red de relaciones familiares y de amistad en las cuales pide y ofrece, da y recibe ayuda. Es posible organizar asociaciones cooperativas de ayuda mutua como hermandades o fraternidades: estas intentan atraer a muchos miembros para incrementar los recursos disponibles y compensar mejor estadísticamente los riesgos, pero estos grupos no suelen coincidir con el nivel de asociación preciso para la defensa, y tampoco tienen por qué coincidir con las agrupaciones por otros motivos como la gestión de recursos comunes (ayuntamientos). En una economía avanzada también existen empresas especializadas dedicadas, como las aseguradoras de salud, accidentes o muerte.

La ayuda mutua suele ser limitada, ocasional, temporal y condicional. Funciona en ambas direcciones (hoy por ti, mañana por mí) gracias a la empatía de los donantes y a los sentimientos de agradecimiento y deuda de los receptores. Un caso problemático y minoritario es el de los necesitados permanentes, ya que sólo reciben y no dan y son una carga neta para otros.

Los parásitos recurren al engaño y la coacción para exigir y recibir mucho más de lo que dan, si es que dan algo. En la medida de sus posibilidades los individuos productivos intentan librarse de ellos mediante la denuncia y el repudio o exclusión de las redes de cooperación social. Pero el polizón descarado insiste en su derecho a viajar gratis total, el incompetente y negligente exige a todos que le ayuden en su fracaso, y el imprudente e irresponsable se aferra a otros para no hundirse y ahogarse solo.

La convivencia en grupos extensos con estados intervencionistas proporciona grandes oportunidades para el parasitismo interno, ya que el control social mediante relaciones personales es muy limitado y los grupos de interés capturan con relativa facilidad las estructuras del poder. Los parásitos suelen ser hábiles en la manipulación, la picaresca y el engaño: no se presentan abiertamente como tales sino que suelen camuflarse hipócritamente y sin escrúpulos morales como altruistas, inocentes necesitados, pobres explotados, víctimas merecedoras de ayuda o proveedores de servicios públicos esenciales que actúan por el bien común.

Los grupos de presión e interés obtienen beneficios y privilegios a costa de los demás: rentas, proteccionismo, subvenciones, restricciones de competencia. Puede tratarse de reducidas élites extractivas con profesiones corporativistas de alto estatus y muy lucrativas (poderosos próximos al poder político, notarios, registradores de la propiedad, farmacéuticos con licencia para su farmacia, controladores aéreos, pilotos de algunas líneas aéreas), o de colectivos formados por gran cantidad de individuos (jubilados que votan según qué partido político les garantiza su pensión pública).

Las estrategias de extracción de rentas evolucionan: en las socialdemocracias estatistas diversas castas subvencionadas se esconden tras la prestación ineficiente de servicios de pobre calidad por funcionarios inamovibles y otros empleados públicos por lo general interesados en esforzarse lo mínimo y obtener el máximo salario posible, como cualquier agente racional. Son especialmente importantes, por su impacto presupuestario y su relevancia económica y social, en la educación y en la sanidad. Algunos colectivos profesionales, como los bomberos, ocultan sus privilegios tras su aureola de sacrificio y heroísmo, que hace más difícil criticarlos.

Son especialmente problemáticos, por su importancia esencial para el buen funcionamiento de la sociedad, la posibilidad de que abusen de su poder, la falta de competencia y la dificultad de conocer su auténtica eficiencia y productividad (más allá de las campañas de relaciones públicas lanzadas desde el poder para mejorar su imagen y respetabilidad), colectivos profesionales como el judicial, el policial y el militar.

Las apelaciones a la cohesión social y a la solidaridad a menudo son declaraciones grandilocuentes que sirven para mejorar la reputación del hablante sin necesidad de asumir costes reales, ayudando él en lugar de exigirlo a todos los demás. Frecuentemente se invocan miedos tribales ancestrales, carecen de argumentación correcta, no suelen explicitar las razones reales de su necesidad y ocultan los auténticos intereses particulares inconfesables de sus defensores.

La cohesión para la guerra exige algún enemigo o amenaza, normalmente inventado, exagerado o no identificado: es la cohesión de la falange militar, el puño cerrado que amenaza con golpear (saludo de ciertos partidos políticos) o la piedra utilizada como arma arrojadiza contundente. Los que demandan cohesión social pueden en realidad ser parte esencial del problema: los sindicatos amenazan con romper la paz social, provocando enfrentamientos violentos, saboteando y alterando el orden público si los gobernantes y empresarios no ceden ante su chantaje.

Los políticos liberticidas más megalómanos reclaman más unión política y colectivización en todos los ámbitos, cohesión social a niveles progresivamente más alejados de los individuos y sus relaciones voluntarias: más jerarquías de mando, más coacción, más burocracia, más planificación centralizada condenada al fracaso, mayor aislamiento de los gobernantes de las malas consecuencias de sus decisiones, y menos oportunidades para las personas de escapar de la tiranía e ineficiencia del socialismo.

Los parásitos apelan a la cohesión social propia de la sanguijuela y otros chupópteros: serían rechazados por otros en asociaciones voluntarias, y dependen de la coacción y el engaño para mantenerse pegados a sus víctimas y que estas, atrapadas, no puedan huir y librarse de ellos. El Estado, tradicionalmente una herramienta para organizar la fuerza y matar a gran escala, se ha transformado en una herramienta para organizar la fuerza y robar a gran escala.

El socialista acusa al liberal de egoísta por pretender decidir libremente con quién sí se asocia y con quién no. Sin embargo el socialismo, aunque presuma de superioridad moral, no ofrece auténticas redes de seguridad: las impone a todos, y además resulta que son de mala calidad. Es muy diferente la cohesión social que se consigue en una estructura social extensa mediante una gran cantidad y variedad de ligaduras locales, voluntarias, libres, dinámicas y potencialmente reconfigurables (una sociedad libre y abierta), y la conseguida mediante barreras coactivas que impiden la salida de los individuos (un Estado). Las cuerdas de seguridad que atan a montañeros libremente asociados son muy diferentes de las redes y cadenas utilizadas para capturar y retener esclavos. Los apretones de manos que sellan los acuerdos contractuales son muy diferentes de las vallas que impiden que el ganado escape.

Al oír “cohesión social”, sospecha: hipocresía, histeria, guerra, robo.