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Etiqueta: Pensamiento liberal

¿Destruyen riqueza los regalos de Navidad?

Según el economista Joel Waldfogel, de la Universidad de Minnesota, cada Navidad se provoca en todo Occidente una “orgía de destrucción de riqueza”. El motivo, dice, es la tradición de hacerse regalos. Expuso por primera vez por qué sucede tal cosa en el artículo The Deadweight Loss of Christmas, publicado en 2003. En 2009 amplió sobre el asunto en un libro titulado Scroogenomics: Why You Shouldn’t Buy Presents for the Holidays. ¿Cuál es el motivo por el que, desde su punto de vista, no deberíamos hacernos regalos por Navidad?

El argumento central de Waldfogel es el siguiente. Cuando nos compramos algo para nosotros mismos lo hacemos porque valoramos más ese producto que el dinero que damos a cambio. Si decidimos comprarnos, por ejemplo, un Kindle, es porque damos más valor a dicho lector electrónico que a lo que podríamos hacer con los 80 euros que nos cuesta. Si el valor que le damos fuera inferior al precio, el intercambio no tendría lugar. Con los regalos, sin embargo, esto no sucede. Pongamos que un ser querido, con toda su buena intención, nos regala una colonia que cuesta 80 euros. Puede que ese producto nos venga bien, que le demos algún valor. Pero ¿habríamos estado dispuestos a pagar ese precio por la colonia? Es probable que no. Lo típico es que los productos que recibimos como regalo tengan para nosotros un menor valor que el precio que se ha pagado por ellos. Esta diferencia negativa es lo que Waldfogel presenta como irreparable destrucción de riqueza.

Waldfogel, de hecho, se dedicó a recopilar datos y a realizar entrevistas para tratar de medir dicha pérdida de riqueza. Concluyó que en promedio la gente valoraba los productos que le regalaban en torno a un 20% menos que el dinero gastado en ellos. Es decir, que si en Estados Unidos se gastan en torno a 65.000 millones de dólares cada temporada navideña, esto se traduce en una destrucción de valor de unos 13.000 millones. ¿Cómo se puede evitar esto, según el autor? Regale dinero. O, en todo caso, una tarjeta regalo. Aunque como el autor de Scroogenomics realmente se quedaría tranquilo es si la tradición de hacernos regalos por Navidad quedara abolida.

A estas alturas es probable que el lector ya se imagine a Waldfogel como un ser frío y amargado, algo así como la encarnación del propio Ebenezer Scrooge, el antinavideño protagonista del Cuento de Navidad de Dickens. Algo nos rechina y va en contra de nuestras intuiciones. Es evidente que algo no cuadra en esta teoría. Al fin y al cabo si esta masiva tradición es tan ineficiente y dañina, ¿cómo es posible que cada año vuelva a repetirse? ¿Tan tontos somos?

Es típico entre los economistas mainstream que cuando la realidad lleva la contraria a sus teorías consideren que la que falla no es la teoría, sino la realidad. El problema de Waldfogel es creer que lo único que cuenta es el valor material de los regalos. Pero si pensamos un poco en nuestra propia experiencia al abrir el regalo que nos hace un ser querido, caemos en la cuenta de que el producto físico que recibimos es, en el fondo, lo de menos. Está claro que es mejor que el regalo sea algo práctico, algo que nos guste. Pero la magia de los regalos está en la propia experiencia, en la sorpresa, en la originalidad, en la ilusión que nos hace. No sólo valoramos el bien en sí, sino también el esfuerzo que ha hecho el otro, el tiempo que ha empleado en pensarlo y en prepararlo. Es por ese motivo por el que la gente se hace regalos. Porque valoramos, en definitiva, no sólo el hecho de que el regalo nos sea más o menos útil, sino toda nuestra experiencia desde un punto de vista subjetivo. En general el conjunto sí que nos compensa.

El filósofo Michael Sandel, de la Universidad de Harvard, publicó What Money Can´t Buy, un polémico libro en el que lamenta que estemos pasando “de tener una economía de mercado a convertirnos en una sociedad de mercado”. El libro está repleto de argumentos discutibles, sobre todo desde una perspectiva liberal, pero entre sus aciertos se encuentra la crítica a la teoría antinavideña de Waldfogel. Sandel señala que regalar dinero a un amigo, novia o esposa en vez de hacerle un regalo cuidadosamente escogido es manifestar una desconsiderada indiferencia. Es como salir del paso sin prestar la atención debida. Por supuesto, hay gente que no experimenta lo mismo con esta tradición y que valora menos la ilusión navideña. También es normal que haya circunstancias en las que aun así se prefiere dinero, o regalos fáciles de monetizar, como suele pasar con los regalos de boda. Pero no es lo habitual. Queremos que se impliquen y que nos sorprendan. Los millones de personas que en estas fechas salen a la calle y combaten el frío en busca de un buen regalo para sus seres queridos no son irracionales. Es cierto que hay cosas que el dinero no puede comprar.

Demos gracias al capitalismo

"Defendemos el Capitalismo porque es el único sistema acorde con la vida de un ser racional".

Ayn Rand

El último jueves de noviembre es, tradicionalmente, un día de celebración en Estados Unidos. Es el popular Día de Acción de Gracias que se remonta al siglo XVII y que nació como celebración del fin de las cosechas y, como su nombre indica, agradecimiento por las mismas. Con orígenes religiosos, hoy es una fiesta secular. En la Edad Moderna en la que se gestó, la economía y prosperidad por ende estaban enormemente basadas en la agricultura. Hoy, siglos después, podríamos dar las gracias por infinidad de cosas que han dado a estadounidenses en particular y humanos en general ingente prosperidad: luz eléctrica, ferrocarriles, aviones y coches, electrodomésticos, computadoras, avances médicos o la producción en escala de alimentos y ropa, por citar sólo algunas.

Hoy, en suma, no hay Acción de Gracias que pueda concebir mejor que aquélla que se orienta a la causa mayor de nuestra prosperidad: el Capitalismo. Los liberales y libertarios citamos típicamente, defendiéndolas, la libertad y el mercado libre. Sin embargo, vindicamos insuficientemente el sistema económico que en una sola palabra condensa nuestros ideales de progreso: ¡el Capitalismo!

Si corremos a un lado las cortinas de los prejuicios y sofismas, descubriremos que todos los días deberíamos dar las gracias al Capitalismo.

Demos las gracias al Capitalismo por el progreso de los trabajadores.

Al contrario de lo que postulaba Marx -y Adam Smith, quien con tal imperdonable error teórico dio alas al marxismo-, el Capitalismo no creó los beneficios como resta de los salarios de los obreros. Justo al contrario, antes del Capitalismo lo que imperaban eran los beneficios puros, no los salarios. Fue el Capitalismo quien trajo consigo los salarios –adelantados hoy-, que se restan del beneficio –obtenido mañana cuando la producción se venda-.

Aunque la mayoría de economistas está en contra del control de precios, muchos acaban claudicando con un precio: los salarios. Así, defienden los salarios mínimos que condenan al paro a los trabajadores más humildes y menos cualificados. Es común ver sostener la bizarra creencia de que, en ausencia de tales salarios mínimos, el salario caería hasta cero. Entre muchas cosas ignoradas, no consideran que en una economía sana y libre, las reducciones generalizadas y constantes de salarios tienden a movimientos de deflación: a caídas de los precios de los bienes y servicios. ¿Cuál es entonces el problema?

En última instancia, el Capitalismo es el mejor protector de los intereses de los trabajadores y sus salarios reales: gracias a la mayor competencia entre empresarios por la mano de obra y a los niveles de capitalización de una sociedad. Un mismo obrero no tiene mayor capacidad adquisitiva en Los Ángeles que en Burundi porque en el primer lugar sean más generosos los empresarios ni tengan leyes que garanticen esto. Simplemente, Los Ángeles tiene una economía más capitalizada que Burundi, así como más empresarios que compiten por contratar trabajadores.

Demos gracias al Capitalismo por luchar contra la pobreza.

Es realmente curioso, por no decir paranoico, que tanta gente pueda siquiera dudar sobre si la pobreza es menor hoy que hace 50, 100 o 200 años. Pero, ¿por qué combatimos hoy la pobreza? A decir verdad, hace 200 o 300 años no existían ONG para combatir la pobreza, ni grandes campañas, ni concienciación alguna. Hoy sufrimos por ver a niños morir de hambre en partes del mundo o por no tener acceso a agua potable y medicamentos básicos. Eso era la humanidad entera hasta hace no tantísimas décadas. Es gracias al Capitalismo y la popularización de la riqueza y la prosperidad que hoy vemos la pobreza como algo que combatir e incluso erradicable. Y eso es algo fabuloso. En las eras precapitalistas esto no existía porque la miseria era lo común, lo cotidiano. La nobleza y realeza de antaño –que vivían mucho peor que una persona de clase modesta actual bajo el Capitalismo-, eran una parte ínfima de la sociedad.

Suele decirse que el socialismo ama tanto a los pobres que los multiplica como los panes y los peces allá por donde pasa. Y por eso precisamente odia a los ricos. El socialismo es el sistema del visceral odio al ingenioso, al capaz, al hábil, al productor, al inventor, genio y emprendedor que destaca y sobresale. El socialismo es el paredón de fusilamiento de todos los Leonardo da Vinci, Einstein, Miguel Ángel y Steve Jobs de este mundo.

Demos gracias al Capitalismo por ser el sistema más social.

Los enemigos de la libertad tienen una especialización sin igual: la de la propaganda. Llamar "socialismo" a un sistema donde el Estado canibaliza y subsume a la sociedad no deja de ser un monumento a las figuras lingüísticas: quizás ironía, quizás antítesis, quizás oxímoron. En cualquiera de los casos, es una infame bofetada al sentido común. En su obra La Fatal Arrogancia –Los errores del socialismo-, Hayek dedica un capítulo íntegro a denunciar la corrupción lingüística del campo semántico de "social".

Víctimas de nuevo de la propaganda liberticida, acabamos viendo con desdén palabras como competencia; pero el capitalismo no se basa en ninguna competencia como la de animales salvajes. Muy al contrario, en la selva no existen las reglas y normas que sustentan el Capitalismo. Se trata de una competencia pacífica para determinar en cada momento quién es mejor haciendo qué para servir los intereses de las personas que conforman la sociedad. Si existe algo así como el "bien común", es el Capitalismo su mejor productor.

El socialismo supone el fracaso absoluto de la sociedad y la cooperación pacíficas. Es el odio al ser humano común con sus deseos y gustos, que ha de someterse a aprobación del mandatario de turno. Sea el deporte, la gastronomía, leer a Dostoievski o la pornografía homosexual, el Capitalismo no juzga nuestros intereses siempre que no invadan la libertad de los otros.

Y cuanto mejor sirva usted los intereses de los otros, más será recompensado en el Capitalismo, con independencia de su origen, su raza, sus creencias personales o su orientación sexual.

Demos gracias al Capitalismo por la seguridad jurídica.

La esfera de la propiedad privada de donde emerge el Capitalismo es imprescindible para expurgar la agresión entre humanos. Las reglas y normas del mercado libre, su seguridad jurídica, hace que los humanos ahorren y tengan previsión: con ello adelantan el futuro embarcándose en proyectos con alargadas estructuras de capital en el tiempo. Al revés de esto, en el socialismo prima el cortoplacismo: la inseguridad jurídica inhibe a las personas de invertir y ahorrar para poder crear así mañana aviones supersónicos o curas para las enfermedades. Debido a la expropiación en el socialismo (vía directa, o indirecta con la inflación), nadie proyecta por inseguridad sus recursos hacia el futuro.

Nunca entendí el anhelo de tantas personas por épocas como las de los castillos medievales o conquistas romanas, el romanticismo decimonónico, la era de los descubrimientos en el s. XVI o quizás el París de 1900. Son épocas de pestes, hambre generalizada, sin electricidad ni agua potable corriente y condiciones casi infrahumanas comparadas con nuestra Europa actual. La masoquista melancolía del "todo tiempo pasado fue mejor" nutre las filas de todos los socialismos que idealizan la vida que en realidad supone sobrevivir harapientos en una jungla como miserables. El socialismo es, por excelencia, el sistema del hombre del pasado. El Capitalismo es el sistema del hombre del mañana. 

Demos gracias al Capitalismo por la paz.

El Capitalismo, al basarse en la cooperación voluntaria y no agresión, es el adalid de la paz. La guerra tiene típicamente todos los ingredientes del socialismo: un Estado grande que imprime dinero de la nada (inflación) para financiar sus guerras, militares reclutados por la fuerza de ese Estado y feroz agresión de propiedades de inocentes (empezando por sus cuerpos). El gran liberal Bastiat decía que donde no cruzaran las mercancías lo harían los soldados. El comercio libre y abierto es el gran disolvente del entendimiento por la fuerza bruta.

Los Padres Fundadores de EEUU, que crearon el primer país abanderado del Capitalismo, verían hoy su nación como un engendro socialista en política exterior. "Todas las guerras son estúpidas, muy caras y perjudiciales", decía Benjamin Franklin. "La guerra acaba castigando tanto a quien la lleva a cabo como a quien la sufre" o "aborrezco la guerra y la veo como el mayor azote para la humanidad" sentenciaba Thomas Jefferson. James Madison, por su parte, consideraba que "ningún país que está en guerras constantes puede preservar sus libertades" o que "de todas las amenazas para las libertades, la guerra es la que debe ser más temida". El imperialismo es, como tal, un sistema netamente anticapitalista.

El Capitalismo en definitiva nos libera de la trampa de la pobreza, de la homogeneidad por decreto, la discriminación por ley y de la fuerza bruta y la imposición. Los liberales y libertarios no debemos cejar en nuestra revolución. La de liberar de las cadenas a los seres humanos del mismo modo que en su día lo hicieron Thomas Jefferson para los estadounidenses, Luther King o Rosa Park para los negros o Harvey Milk para los homosexuales.

Hagamos de cada día el día de la libertad. Hagamos de cada día el Día del Capitalismo.

La mano invisible

Dicen que el mundo es movido por fuerzas oscuras, secretas, una pequeña élite que controla el mundo. Dicen que unos pocos, el uno por ciento, deciden por el resto, el noventa y nueve por ciento. Dicen que se reúnen en grupos, que controlan las grandes empresas y allí deciden por nosotros. Dicen que la mano invisible del mercado es en realidad una mano, como el anillo de Sauron, que lo domina todo.

Recuerdo una conversación en la que mi interlocutor estaba culpando a "cuatro grandes bancos" de promover la crisis para enriquecerse, le pregunté por el nombre de esas cuatro empresas que tenían semejante poder y el primero que me dijo fue Lehman Brothers. Resultaba curioso que uno de esos cuatro ya hubiese quebrado en el trasunto de la crisis que, teóricamente, había coadyuvado a crear con el objetivo de enriquecerse. Desde luego los otros tres debían ser mucho más hábiles, aunque mi interlocutor no consiguió recordar ninguno de esos tres nombres. En realidad, daba lo mismo, lo importante era señalar a unos malos malísimos –capitalistas, por supuesto- que controlan la economía y nos hacen bailar al son de su música.

Dicen muchas cosas, la imaginación es libre y siempre buscamos causas externas en las que descargar nuestras culpas. Los países culpan a los vecinos para declarar guerras y evadir problemas internos, o se busca un chivo expiatorio interno al que cargar todo los males. En esta descarga de conciencia los colectivistas siempre han encontrado la fórmula perfecta para evadir las responsabilidades de quienes no quieren afrontarlas. Así, los ricos lo son porque empobrecen a otros y su éxito nada tiene que ver con la capacidad emprendedora de la acción humana ni las buenas (o malas) decisiones que tomamos a lo largo de nuestras vidas.

El sentido común es a veces el menos común de los sentidos y no se comprende el funcionamiento del mercado, de esa mano invisible. Más allá de la benevolencia o el egoísmo del cervecero existen cervecerías porque hay gente que valora esta bebida dorada lo suficiente como para llegar a sacrificar parte de lo que gana por conseguir un trago.

El poder del mercado no reside en las grandes corporaciones sino en esa mano visible, la nuestra, que necesita un guante para protegerse del frío o coge un vaso de cerveza para refrescar el aperitivo veraniego. Nuestra mano es movida en parte por razones y pasiones que son las que nos llevan a tomar diferentes acciones. Aislados podemos parecer insignificantes pero cuando todas esas necesidades se juntan de forma descentralizada y espontánea aparece esa gran mano invisible del mercado. No busquemos manos invisibles que deciden por nosotros mientras protegemos nuestras propias manos dentro de los bolsillos.

Por qué se equivoca el Papa

La semana pasada, los suizos dieron un contundente portazo a la propuesta legislativa 1:12, a saber, limitar los salarios máximos de los directivos a 12 veces el menor de los salarios de sus empleados (de manera que ningún directivo gane en un mes más de lo que gana el peor remunerado de sus trabajadores gana en un año). Todos los cantones, incluidos aquellos más escorados a la izquierda, rechazaron la ocurrencia, mostrando de nuevo que en muchos asuntos el pueblo suizo todavía no ha degenerado por la senda del votante irracional.

Ciertamente, los habrá que, en lugar de alegrarse por el resultado, se limitarán a envidiar que el pueblo suizo pueda poder someter a votación este tipo de cuestiones, aunque sea para luego rehusarlas. Por mi parte desprendo el menor de los entusiasmos por subordinar a la deliberación popular la libertad de los ciudadanos, aunque sean una envidiable minoría (los directivos bien pagados). Imagino que algunos, en cambio, sí considerarían excesivo que el pueblo suizo pudiera someter a votación el desorejar a los consejeros delegados o el prohibir la asociación sindical: en cuyo caso, idéntica reacción deberíamos sentir con respecto a la limitación de la libre negociación de un contrato que sólo incumbe a las partes contratantes; el hecho de que no vaya a ser nuestra libertad la restringida no debería darnos carta blanca para aplaudir este tipo de coacciones. Máxime cuando la idea del salario máximo no sólo es rechazable por motivos éticos, sino también porque es un despropósito económico que tiende a empobrecer al conjunto de una sociedad.

¿Por qué existe desigualdad salarial?

En su no demasiado brillante libro La Economía del Bien Común, el economista Christian Felber se escandaliza de que un alto directivo pueda cobrar muchísimo más que su jardinero. ¿Acaso es más útil socialmente el trabajo que realiza el primero que el del segundo? Desde luego: la capacidad de generación de riqueza –y de destrucción de riqueza– de un alto directivo es infinitamente superior a la de un jardinero. Básicamente porque el alto directivo es el encargado de determinar a qué deben dedicar su tiempo cientos, miles o cientos de miles de trabajadores: si el directivo la pifia, el despilfarro de recursos que implica que cientos de miles de personas estén produciendo bienes que no deberían ser producidos es infinitamente superior al despilfarro derivado de que un jardinero la pifie; e inversamente, si el directivo acierta, la generación de riqueza obtenida de que centenares de miles de personas produzcan bienes valiosos para los consumidores es muy superior a la derivada de que un jardinero acierte.

Muchos argumentan, de hecho, que la última crisis económica ha sido originada por las decisiones erróneas e imprudentes de una camarilla de altos directivos. Aunque la responsabilidad última sea de los bancos centrales, compremos a efectos dialécticos la tesis: ¿acaso el poder coordinador (y, por tanto, el poder descoordinador) de estas personas no es infinitamente superior al de un jardinero? ¿No tiene sentido, entonces, que cobren muchisímo más por hacer las cosas bien (y que lo pierdan casi todo por hacer las cosas mal, por ejemplo, cuando su salario lo perciben en forma de acciones de la empresa)?

Claro que lo tiene, especialmente porque los directivos de una empresa son trabajadores a sueldo de los propietarios (accionistas) de la empresa. ¿Por qué motivo pensamos que los accionistas están dispuestos a pagarles sobresueldos presuntamente innecesarios a los directivos? ¿Por pura filantropía? No, si los abonan es porque los accionistas no han sido capaces de encontrar otros empleados de igual cualificación para desempeñar el puesto de directivo y que estén dispuestos a trabajar por un menor sueldo. Si los hubiera, a buen seguro intentarían pagarles a los directivos el salario más bajo posible: pero no los hallan y prefieren asumir un sobrecoste de ese calibre antes que colocar al frente de su empresa a un señor que a su juicio no está suficientemente cualificado y puede pergeñar gigantescos destrozos.

Y éste es el problema de fondo de los salarios máximos: se elimina el mercado de trabajadores altamente cualificados. Los accionistas ya no pueden competir por los mejores directivos ofreciéndoles salarios más elevados de los que les ofrece el resto de compañías. De ahí que los mejores directivos no terminen estando al frente de aquellas compañías donde más riqueza pueden generar (o mayor destrucción de riqueza pueden evitar) sino al frente de aquellas otras donde se sientan más a gusto.

Imaginemos dos tipos de empresas: la empresa A es una multinacional con inversiones arriesgadas en medio mundo y donde el puesto de consejero delegado es altamente estresante; la empresa B es una empresa nacional grande con inversiones conservadoras y donde el consejero delegado realiza tareas meramente de representación institucional. A y B no pueden pagar a su consejero delegado más de 12.000 euros mensuales. ¿Dónde creen que escogerían ir los directivos más brillantes? Pues, en general, a la empresa B. La compañía A se vería incapacitada para contratar a los mejores directivos del planeta (pues no podría sobrepujar a la empresa B) y tendría que contentarse con otros con un perfil más mediocre, cuando lo socialmente razonable es que los brillantes se dirigieran a A (donde su responsabilidad es mucho mayor) y los mediocres se quedaran en B (donde apenas tienen que sonreír).

Dicho de otro modo, a menos que las compañías puedan ofrecer incentivos no monetarios (stock options o pago de vivienda, de coche, de vacaciones, de comida o de vestimenta), el mercado de trabajadores cualificados arrojará una asignación subóptima de este factor productivo, y una asignación subóptima de directivos implica una asignación subóptima y empobrecedora de la inmensa mayoría de recursos de la economía cuya orientación los directivos escogen. Pero si las compañías pudieran ofrecer incentivos no monetarios a sus directivos, los salarios máximos no pasarían de ser una absurda regulación sobre el modo en que los directivos pueden cobrar sus exorbitantes remuneraciones y no una limitación efectiva a esas exorbitantes remuneraciones.

¿Y por qué no subir los salarios más bajos?

Claro que el objetivo de los salarios máximos no tiene por qué ser el de rebajar los salarios de los directivos cuanto aumentar el salario mínimo del personal raso. Si una empresa quiere competir por fichar a un excelente directivo, puede seguir ofreciéndole un sueldo mayor que la competencia siempre y cuando eleve el salario del resto de su plantilla. Y aquí nos topamos con la otra falacia de esta propuesta liberticida: asumir implícitamente que si las masas de empleados cobran poco es porque unos pocos directivos se lo llevan crudo. No, ni mucho menos.

Supongamos que en una empresa hay diez directivos que cobran 12 millones de euros y que luego tenemos a 100.000 trabajadores que perciben un salario de 10.000 euros: el salario más alto es 1.200 veces mayor que el más bajo. En tal caso, habría dos posibilidades extremas de cumplir con la limitación 1:12. Una, rebajar el salario los directivos a 120.000 euros; otra, elevar el salario del personal raso hasta el millón de euros. En el primer caso, la compañía se ahorraría 118,8 millones de euros que apenas darían para aumentar el salario del personal raso desde 10.000 a 11.880 euros. El segundo caso implicaría unos sobrecostes de… 99.000 millones de euros; un completo disparate que la conduciría a una quiebra segura.

En suma, el coste de ambas alternativas no es simétrico, de manera que las posibilidades efectivas de la empresa se limitarán esencialmente a reducir sus salarios más altos, no a elevar de los más bajos. ¿Saldo final? A cambio de un minúsculo aumento de los salarios más bajos dentro de la empresa, ésta no podrá contratar a los directivos más capacitados que realmente necesita. Una carrera hacia lo más hondo: cuanto más erosione la nueva mala dirección empresarial la posición competitiva de la compañía, menores serán sus ingresos y, por tanto, menores serán los salarios que podrá permitirse abonar, lo que a su vez la forzará de nuevo a bajar los salarios de la alta dirección, lo que hará que los directivos mediocres se marchen y sólo puedan contratar a directivos rematadamente malos (que desplomarían aún más sus ingresos). Un círculo vicioso que terminaría hundiendo la empresa y perjudicando especialmente a sus trabajadores menos cualificados, vía desempleo y salarios mermantes.

Lo preocupante de toda esta locura pauperizadora dirigida a hacer estallar la división y especialización internacional del trabajo es que en nuestro país el PSOE rápidamente se ha sumado a apoyarla. No digamos ya IU. Ahora sólo falta a que Rajoy, Montoro y Báñez la abracen entusiastas y así terminaremos de completar nuestro doméstico aquelarre liberticida. Desde luego, eso es algo que necesitamos con urgencia.

Católico y liberal, a pesar de Bergoglio

En el número 55 de La Ilustración Liberal Luis del Pino publicó un muy interesante artículo titulado, muy descriptivamente, "La benevolencia del panadero, la paradoja de Braess y los límites del liberalismo". El propósito de Luis era demostrar que la búsqueda del interés propio dentro de un mercado libre no siempre conduce a un equilibrio estable que sea óptimo para todas las partes, de manera que, en tales casos, se abriría una pequeña rendija para que el Estado interviniera en la economía, mejorando los resultados que los propios agentes consiguen por su cuenta y riesgo. O, dicho de otro modo, la mano invisible de Adam Smith no siempre logra que la agregación del interés individual conduzca al interés social.

La prueba que nos ofrece Luis es lo que se ha venido a conocer como la Paradoja de Braess: bajo ciertas condiciones, si existen tres rutas para llegar a un mismo punto, los agentes terminarán redistribuyéndose entre las tres de manera que alcanzarán más tarde su destino que si sólo existieran dos rutas. Por consiguiente (primer non sequitur importante), en esa situación convendría que un inteligente planificador central cerrara una de las tres vías y forzara a los agentes a que eligieran sólo entre dos. Por consiguiente (segundo non sequitur de relieve), en tales casos el Estado será superior al mercado. En adelante, voy a asumir que el lector se ha empapado del muy claramente expuesto artículo de Luis, pues desarrollaré mis argumentos sin volver a exponer con detalle la Paradoja de Braess.

Como decía, el razonamiento de Luis a partir de la paradoja de Braess adolece de dos errores. El primero es rápido de exponer: que la coacción estatal pudiera ser más eficiente que la libertad de mercado no hace necesariamente preferible la coacción a la libertad. Todos podemos pensar en circunstancias donde las restricciones a la libertad no estarían en absoluto justificadas por ganancias de eficiencia estrechamente entendidas. Por ejemplo, supongamos que se ponen a la venta demasiados periódicos, el ciudadano se ve saturado por la diversidad de cabeceras y opta por no comprar ninguno; en cambio, si sólo se ofertaran dos rotativos, sí podría escoger entre ambos. Las similitudes de este caso con las tres rutas que terminan retrasando a los conductores son evidentes: entonces, ¿por qué no toleraríamos que el Estado escogiera qué dos únicos periódicos podrían publicarse y, en cambio, sí permitiríamos que el Estado determinara el trazado de las carreteras? No digo que no pueda haber argumentos para aprobar un caso y rechazar el otro, pero, desde luego, una mejora de eficiencia no implica en cualquier caso una restricción justificada de nuestras libertades.

Mas, obviamente, hasta aquí la respuesta peca de incompleta: sí, la libertad en algunos casos no es utilitariamente superior a la coacción estatal, ¿no socava ello la causa liberal? Y aquí es donde entra el segundonon sequitur de Luis: de la Paradoja de Braess no se sigue en absoluto que la planificación estatal sea más eficiente que un mercado libre.

La eficiencia de los mercados

El resultado final de la Paradoja de Braess descrita por Luis es el siguiente: si circulan 100 automóviles por las tres posibles rutas (ABD, ABCD, ACD), el tiempo que tardarán todos los conductores en llegar a su destino es de 3,75 horas; si, en cambio, la conexión BC se cierra (sólo quedan disponibles las rutas ABD y ACD), el tiempo se reduce a 3,5 horas para todos. Lo grave del asunto es que, como decíamos, aparentemente no hay incentivos dentro de un mercado libre para cerrar la conexión BC: su presencia es un equilibrio Nash ante el que nadie tiene incentivos para moverse (cualquier conductor individual que desee cambiar de ruta sólo se retrasará todavía más). ¿Es aquí el intervencionismo ingenieril preferible al libre mercado?

El primer error, desde la óptica de la eficiencia estática, es asumir que sólo el Estado puede tomar la decisión de cerrar una carretera. Luis adopta la hipótesis no explicitada de que las carreteras son propiedad estatal, y en tal caso es evidente que sólo el Estado (en cuanto dueño de las carreteras) puede tomar la decisión ingenieril de cerrar una ruta para minimizar los tiempos de llegada (aunque no es tan evidente que vaya a tomarla… en cuanto abandonamos el planteamiento buenista de una política romántica y no corruptible). Pero ¿es que acaso no existen ingenieros en el sector privado? ¿Es que acaso no existe la planificación técnica en el mercado? ¿Es que un propietario privado de estas tres carreteras (o diversos propietarios en competencia) no tendrían los mismos incentivos que el Estado para cerrar (o no construir) la conexión BC? Si una red de carreteras puede llegar a la misma conclusión ingenieril que un planificador político (y claro que puede), deja de ser obvio por qué la planificación coactiva de las carreteras es preferible a la libre competencia. Lejos de fijarnos en las decisiones que toman los consumidores (los conductores), es necesario plantearse qué decisiones toman los productores pensando en el bienestar de los consumidores (la coordinación es bidireccional).

Pero si todo se circunscribiera a este matiz, podríamos concluir como mucho que el Estado es tan bueno como el mercado. Si todo fuera una cuestión de planificación técnica, tan eficiente sería un sistema como el otro: no habría motivo alguno para preferir el mercado al Estado (o viceversa). Mas aquí llegamos al error central de la tesis de Luis: el adoptar una visión meramente estática de la eficiencia hasta el punto de reducirla a un problema ingenieril y no económico. La eficiencia realmente importante en economía es la eficiencia dinámica, esto es, la adaptabilidad coordinadora ante los cambios de un sistema: lo que Nassim Taleb ha denominado recientemente antifragilidad. La cuestión, por tanto, debe ser: ¿qué sistema es más dinámicamente eficiente (antifrágil)? ¿El sistema estatal de carreteras o el sistema privado de carreteras?

Bajo los supuestos de partida que adopta Luis, con una cantidad de conductores y de carreteras dado, en efecto sólo existe una solución técnicamente eficiente, por lo que aparentemente serían equivalentes. Pero ni siquiera ahí existe una única solución económicamente eficiente: dado que las vías poseen distintas calidades (unas viejas, otras modernas, unas amplias, otras estrechas…), también poseerán distintos costes, y quizá la solución final sea cerrar (o no llegar a abrir) vías distintas a la que permiten minimizar el tiempo de transporte. Al cabo, ¿por qué hemos de minimizar el tiempo de transporte y no la cantidad de alquitrán, pintura, guardias de tráfico o señales de tráfico inmovilizadas? Simplemente, no sabemos cuál es la opción más eficiente desde un punto de vista económico: para ello necesitamos de precios de mercado para los factores productivos (costes) y de precios de mercado para el valor que atribuyen los conductores a viajar por las distintas vías (ingresos). Es lo que Mises llamó teorema de la imposibilidad del cálculo económico bajo el socialismo: un problema del que adolece el Estado, sobre todo si no adopta carreteras de peaje, en cuyo caso no habría mucha justificación para que remplazase a la empresa privada.

Pero la cuestión se vuelve realmente interesante cuando asumimos que las condiciones de partida no están dadas: en tal caso, ni siquiera existe una única solución técnicamente óptima. Por ejemplo, ¿qué sucede si el número de vehículos que quieren llegar a destino se reduce algunos días de 100 a 40? Pues que entonces la solución óptima (que además seráequilibrio Nash) deja de ser que los vehículos se distribuyan entre las rutas ABD y ACD para que, en cambio, circulen todos por la ruta ABCD: pero, oh sorpresa, la interconexión BC acaba de ser cerrada por nuestro planificador ingenieril alegando que daba lugar a soluciones subóptimas. ¿Y qué sucede, en cambio, si el número de vehículos aumenta de 100 a 200? Pues que ningún conductor escogerá la ruta ABCD, sino que todos se repartirán espontáneamente entre las rutas ABD y ACD sin necesidad de que ningún planificador cierre la conexión BC: al aumentar la escala de usuarios, la solución tiende sin más al óptimo social que deseaba planificarse centralizadamente (es lo que se ha llamado sabiduría de las masas). ¿Y qué pasa si, además, asumimos que es posible construir una carretera AD que te lleve a destino en 1,5 horas o una conexión CB que permita distribuir los flujos de vehículos entre ABD y ACD equitativamente? Pues que, en ambos casos, los conductores llegarían por sí solos a un equilibrio Nash –que sería el óptimo– sin necesidad de planes centralizados.

Con toda esta retahíla de contraejemplos no quiero dar a entender que el problema que plantea Luis sea un caso extremo y poco probable de laboratorio (que bajo esos supuestos desde luego que lo es, pero podrían darse otras muchas paradojas de Braess variando también los supuestos de partida). Mi propósito es otro: plantear que técnicamente la conexión BC no es siempre completamente inútil (sirve para minimizar el tiempo de trayecto cuando el flujo de vehículos se reduce significativamente; es decir, las redundancias a veces son útiles) y que existen alternativas técnicas igual de válidas como construir nuevas rutas AE o CB. Pero –y esto es lo relevante– que sean alternativas técnicas viables no significa que lo sean desde un punto de vista económico. ¿Nos conviene mantener abierta la conexión BC sólo porque dos días a la semana el flujo de vehículos caiga y nos ahorremos unos cuantos minutos de trayecto? ¿Nos conviene construir una nueva carretera AE o CB para ahorrar tiempo o para facilitar la coordinación espontánea de los conductores? No existen respuestas ingenieriles a estas preguntas porque son preguntas económicas, que requieren integrar en nuestro análisis la idea de precios de mercado y de rentabilidades relativas: construir y abrir sólo dos días a la semana la conexión BC o instalar permanentemente la ruta AE y cerrar todas las demás puede serrentable… si los conductores valoran lo suficiente su tiempo en relación con los costes de oportunidad que acarrean.

¿Qué sistema –el Estado o el mercado– es el que permite una adaptabilidad coordinadora más veloz ante los cambios del entorno? Claramente, un sistema donde existan precios de mercado (para que las pérdidas y ganancias cosechadas expulsen a los proveedores que yerran) y donde haya libertad de entrada (para poder desbancar los malos planes de negocio). Y ese sistema se llama libre mercado, no planificación estatal. Por consiguiente, el ejemplo planteado por Luis no nos lleva a abrazar el intervencionismo estatal desde el punto de vista del utilitarismo, sino el libre mercado.

Mercados e instituciones

Sería injusto terminar transmitiendo la impresión de que toda la crítica planteada por Luis del Pino a los enemigos del intervencionismo estatal es una crítica contra la regulación óptima de las carreteras. No, la Paradoja de Braess planteada por Luis pretende ser una ilustración de un problema mucho más general que ciertamente puede darse en un mercado libre: que la búsqueda individual del interés propio (planificación descentralizada) conduzca a equilibrios Nash subóptimos y que existan acciones colectivas (planificaciones centraliza) que mejoren su bienestar.

Pero también sería injusto transmitir la idea de que el libre mercado sólo es capaz de solventar la Paradoja de Braess en el campo de las carreteras. La cuestión de fondo es si un mercado libre puede articular acciones colectivas que desbanquen un equilibrio Nash subóptimo: y sí puede, porque dentro de los mercados libres también cabe la acción colectiva voluntaria, articulada de muy distintas formas (empresas, propiedad comunalnegociación colectiva, costumbre, etc.), que podríamos agrupar sintéticamente bajo la etiqueta de instituciones privadas (o espontáneas, por seguir a Hayek). Las instituciones –que no son estáticas, sino que se adaptan para maximizar el bienestar conjunto de las partes– son el instrumento que permite que no caigamos enequilibrios Nash claramente subóptimos como guerras, sobreexplotación de recursos, externalidades negativas masivas, etc.

La crítica que realmente dirigen los liberales contra el intervencionismo estatal no es que la acción individual egoísta siempre sea superior a la acción colectiva, sino que la voluntariedad (propiedad privada y contratos) es ética y utilitariamente superior a la coacción (intervencionismo estatal). Y esto no constituye una paradoja, sino una muy básica intuición moral de carácter universal.

Antonio Banderas, Hugo Chávez y los mercados

La semana pasada leía con cierto asombro algunos de los titulares que había dejado la reciente entrevista de la periodista Ana Pastor al actor español Antonio Banderas. En ella, además de tratar temas profesionales y personales, Ana Pastor no desaprovecha la oportunidad de preguntar a Banderas sobre cómo ve la situación en nuestro país. Banderas empieza a tirar de topicazos del tipo "nos gobiernan los mercados" hasta que se lanza a hablar de temas económicos y acaba, ni corto ni perezoso, alabando la política económica del difunto Hugo Chávez. Para hacernos una idea de su discurso, transcribo la parte más "jugosa" de la entrevista:

Antonio Banderas: "Uno tiene la sensación últimamente de que quizás, en el mundo entero, no estamos siendo gobernados por las personas a las que hemos votado".

Ana Pastor: "¿Por encima de eso hay algo más?".

Antonio Banderas: "Por supuesto".

Ana Pastor: "¿Los mercados?".

Antonio Banderas: "Los mercados, los lobbies, las corporaciones… Allí hay mucho jaleo y hay gente, además, que no tiene que poner la cara para responsabilizarse de las cosas que pasan después en los gobiernos, o en los países".

Ana Pastor: "Bueno, pero también lo consienten, ¿no? Forman parte del sistema, de la inercia de la que tú hablabas. ¿Cómo te saltas de esa inercia? ¿Cómo la rompes?".

Antonio Banderas: "Tú la puedes romper como la rompió Chávez en su momento. ¡Eh! Tú dices: ´Se ha acabao el tema y ahora yo agarro todas estas corporaciones, las nacionalizo’. ¡Claro!, pero ¿es que dónde está otra salida? En una época en la que nos tenemos que plantear que quizá estemos viviendo una época postdemocrática".

No es nuevo que actores y demás personalidades del mundo del espectáculo den su opinión acerca de cuestiones políticas y económicas. En nuestro país, la industria del cine siempre ha mostrado su apoyo público a partidos de izquierdas (quiero creer que no necesariamente por las mayores subvenciones que reciben de los mismos cuando gobiernan) y ha hecho lo contrario con el PP. Sonada fue la edición de 2003 de los premios Goya, en la que una mayoría de actores portó chapas con el eslogan de "No a la guerra." Pero una cosa es oponerse a una guerra (a las que los liberales siempre nos oponemos) y otra bien distinta defender a un régimen liberticida como el de Hugo Chávez. Antonio Banderas es absolutamente libre de decir lo que le venga en gana -faltaría más- acerca de cuestiones económicas. Otra cosa bien distinta es que, en el momento en que ponga como ejemplo una política económica tan sumamente empobrecedora y dañina para los más desfavorecidos como la que se viene implantando en Venezuela desde que Hugo Chávez fuese elegido presidente -y que continúa Nicolás Maduro tras su muerte-, deba ser replicado para que sea consciente de su terrible error e incongruencia fruto de un profundo desconocimiento económico.

El cliché de que nos gobiernan los mercados está a la orden del día y a Banderas no se le olvida mencionarlo. Esta terrible crisis económica que padecemos, provocada por el intervencionismo estatal y los privilegios otorgados a la banca, ha enseñado a más de uno el mecanismo de financiación de los déficits públicos en los que suelen incurrir los gobiernos de todo signo político. No contentos con esquilmar a toda la población con cerca de la mitad de sus rentas, los Estados se ven incapaces de cuadrar sus cuentas, a diferencia del común de los mortales que no tienen más remedio que hacerlo. Por ese motivo, los gobiernos se ven obligados a emitir deuda para hacer frente a esos abultados déficits y, lamentablemente para ellos, tienen que ofrecer un interés a cambio. La preferencia temporal, la inflación y el riesgo determinan ese interés. Como es lógico, en los últimos años los inversores han aumentado su escepticismo sobre la solvencia de algunos países y eso ha provocado que exijan un mayor interés, es decir, una mayor prima de riesgo para financiar a los Estados emisores de deuda. También les han alentado a reducir sus déficits públicos para seguir comprando su deuda, ya que de lo contrario dejarían de hacerlo. Hasta aquí todo parece razonable. Pero para Banderas, en un burdo ejercicio de demagogia, todo lo anteriormente expuesto equivale a que "no estamos siendo gobernados por las personas que hemos elegido" sino "por los mercados." Cuantas más deudas contrae alguien, menos libertad tiene y viceversa. ¡Bienvenido al mundo Antonio!

Puede sorprender a muchos que, una persona que se beneficia enormemente de la bondades del libre mercado, como es el caso de Antonio Banderas, quiera para el resto del mundo un modelo económico como el que los venezolanos llevan años padeciendo. Vamos a enumerar algunos de esos puntos. En primer lugar, Banderas debe comprender que, sólo un sistema económico libre y con un alto grado de especialización del trabajo como el de la industria cinematográfica en Estados Unidos permite que, un actor pueda llegar a recibir un salario de hasta $20 millones de dólares por una película grabada en cuatro (duros) meses de trabajo. Sólo en un mercado libre es rentable pagar sumas tan grandes de dinero para contratar a estrellas de Hollywood por un trabajo de interpretación. Las productoras saben que si contratan a un actor famoso y con buenas dotes de interpretación harán una taquilla que permita, si se logra hacer un buen producto, cubrir los costes de la película y su comercialización y ganar unos jugosos beneficios. La meritocracia imperante en Hollywood, que permite a los mejores llegar a los más alto, también precisa de mercados libres y no intervenidos. Las posibilidades que tienen los consumidores en Estados Unidos frente a un país como Venezuela son como la noche y el día. Si en un mismo supermercado un consumidor puede elegir en Estados Unidos entre más de 50 tipos de papel higiénico, en Venezuela tienen serias dificultades para abastecer a la población con un sólo tipo de papel. La libertad de la que goza Banderas para mover con libertad sus capitales es otro lujo que los venezolanos no tienen. En el momento en el que una moneda pierde muy rápido su valor, los usuarios de la misma intentan desprenderse de ella a toda costa, lo que acelera aún más su depreciación. Esto acaba llevando a un repudio generalizado de la moneda, lo que supone su colapso. Para evitar que esto suceda, al menos en el corto plazo, la solución estatista que está implantando Venezuela es imponer controles de cambios, impidiendo que se cambien las monedas de forma libre. De nuevo Banderas tiene una libertad que los venezolanos no tienen.

En segundo lugar, conviene repasar los problemas y las dificultades a las que se enfrentan los venezolanos por culpa del sistema económico fuertemente intervenido que impera en Venezuela para hacerle ver a Antonio Banderas que aquello que alaba no hace sino empobrecer a la mayoría. Para empezar, es importante recordar que la inflación es un impuesto silencioso que disminuye el valor de una moneda. Precisamente son las rentas más bajas aquellas a las que más castiga una inflación alta, ya que son el grupo social más indefenso y con menos recursos para protegerse de la misma. Mientras que las clases más altas tienen activos reales como viviendas, negocios y demás activos, los pobres sólo tienen su sueldo, que sufre el cruel ataque inflacionista. La inflación en Venezuela se encuentra actualmente por encima del 50% y algunos comerciantes que "osan" subir precios están siendo encarcelados acusados de "especular". No contentos con destruir el valor de la moneda de curso forzoso que el Gobierno controla, se atreven a encarcelar a los comerciantes que suben los precios para no sufrir pérdidas. El patrimonio del que goza Antonio Banderas se vería seriamente en peligro en un escenario de fuerte inflación como padece Venezuela. Además, su condición de millonario, le haría ser un perseguido de la Hacienda venezolana, ya que la riqueza es vista como el fiel reflejo de una conducta criminal. Sin entrar en cuestiones de libertades individuales, como la libertad de prensa, expresión y asociación, que están siendo violadas sistemáticamente en Venezuela y de las que Banderas sí goza, es terrible también el daño que hace el gobierno al nacionalizar industrias, medida que específicamente Banderas alaba en la entrevista con Ana Pastor. La nacionalización de empresas en una economía es una de las medidas económicas que más puede ahuyentar a inversores extranjeros para invertir en un país y garantiza que la actividad económica de la futura empresa nacionalizada será infinitamente más improductiva y costosa que la que tenía en manos privadas. Otro de los problemas de las medidas económicas implantadas en Venezuela se refiere a los controles de precios. Cuando el socialismo monetario dispara la inflación, los gobiernos se lanzan torpemente a implantar precios máximos en algunos de los productos de primera necesidad que tienen un importante peso en el cálculo de la cesta de la compra. Esto lo único que acaba provocando es escasez de productos, lo que termina derivando en un racionamiento de los mismos. Tal ha sido el desastre en Venezuela en este sentido, que el gobierno tuvo que vender petróleo para comprar 50 millones de rollos de papel higiénico para la población. El problema es que esa medida no daba para más que dos rollos por persona durante una semana. Es de sobra conocida la costumbre en Cuba de utilizar el periódico oficial Granma para estos mismos menesteres por motivos similares.

Como decía el economista Murray Rothbard: "No es un crimen ser un ignorante en ciencia económica, que es, después de todo, una disciplina especializada, además considerada por la mayor parte de la gente como una ciencia lamentable. Pero sí es totalmente irresponsable tener una opinión radical y vociferante en temas económicos mientras que se está en ese estado de ignorancia". Es muy peligroso pregonar determinadas recetas económicas desde una posición de ignorancia. También resulta un tanto hipócrita hacerlo desde una posición económica tan privilegiada y alejada de los dramas inflacionistas, de controles de cambios, de precios y de nacionalizaciones empresariales como la de Antonio Banderas. Por todo ello, Banderas debería hacer lo que mejor sabe hacer: interpretar y producir películas. Mientras siga sin haber leído al menos un buen par de libros de Economía, seguirá haciendo torpes y peligrosamente empobrecedoras recomendaciones económicas. Le animo a empezar por La Economía en una lección de Henry Hazlitt y Economía Básica de Thomas Sowell.

Chile y Honduras: un reflejo de la dualidad de América Latina

De sorpresa puede calificarse que Michelle Bachelet deba acudir a una segunda vuelta en Chile. A pesar de este contratiempo, su victoria no parece peligrar frente a Evelyn Matthei. Marco Ominami no ha generado tantos titulares como en 2009 pero ha defraudado.

Por tanto, tras cuatro años de gobierno de la derecha con Sebastián Piñera, la Concertación retornará al Palacio de la Moneda. La economía chilena sigue siendo de las más sólidas en América Latina, mientras que entre los defectos que presenta su sistema político destaca, como en muchas democracias occidentales, la alta abstención electoral.

Asimismo, el relevo no implicará que los patrones que han caracterizado a este país se alteren, pese a que la izquierda extraparlamentaria "tardó" en asumir la victoria de Piñera en 2009 y ejercieron una oposición más ruidosa que de sustancia, particularmente grupos de estudiantes, para los que la derecha no está legitimada para gobernar, fenómeno que también apreciamos en España.

Chile seguirá siendo un socio fiable en las relaciones internacionales, un país que respeta la seguridad jurídica, que no cuestiona el rol de Estados Unidos y que rechaza deliberadamente entrar en confrontaciones verbales con el bloque albista. Desde el punto de vista comercial, Bachelet mantendrá una de las características más sobresalientes de los años de Piñera como es mirar hacia el Pacífico, lo que a su vez generará que la penetración de China en América Latina persista.

Con menor revuelo mediático que hace 4 años, Honduras ha afrontado elecciones este fin de semana. Entonces, cuando triunfó Porfirio Lobo, el pequeño país centroamericano era poco menos que un paria en la comunidad internacional, recibiendo sanciones y ataques verbales, promocionados por Venezuela, tras la salida obligada del gobierno de Manuel Zelaya, toda vez que éste, siguiendo la estela de algunos de sus referentes ideológicos (Chávez, Ortega…) buscaba perpetuarse en el poder, recurriendo a la clásica treta de modificar la Constitución.

Lobo ha afrontado un contexto complicado, particularmente a nivel doméstico, donde atajar la falta de seguridad ciudadana ha sido su asignatura pendiente, a pesar de sus continuadas llamadas de socorro a Estados Unidos. No obstante, logró reconducir las relaciones internacionales en un contexto que, de partida, presentaba un número de interrogantes que no invitaban al optimismo.

Igualmente, durante estos cuatros años Honduras ha presenciado un fenómeno que iba en paralelo a la gestión de Lobo: la formación del partido Libertad y Refundación, cuya cara visible es Xiomara Castro, la mujer del ex Presidente Zelaya, que a su vez, ha dirigido toda la campaña electoral.

Conocidos los resultados, la reacción del matrimonio Zelaya-Castro ha sido la previsible: rechazo de los mismos, acusaciones de corrupción y proclamación de "su victoria". Nada nuevo, por ejemplo López Obrador en Méjico puso de moda este tipo de interpretaciones que a la postre, sólo ralentizan el traspaso de poderes y lo que es más importante, la puesta en marcha de las principales medidas para frenar los acuciantes problemas que asolan a Honduras. De hecho, Zelaya ha amenazado con salir a las calles y pronto aparecerán los clásicos voceros que propagarán el habitual mantra de que la CIA está detrás de la victoria de Juan Orlando Hernández. Cuando se carece de argumentos sólidos, se fomenta la algarabía gratuita.

De la misma manera, no menos relevante es otro análisis que puede deducirse de los resultados hondureños: nuevo golpe al socialismo del siglo XXI que sigue sin aumentar el número de gobiernos bajo su égida.

En definitiva, Chile y Honduras ilustran que América Latina es una región plagada de contrastes no sólo económicos y sociales, sino políticos. Quienes han optado por la democracia en vez de por la demagogia populista son observados como modelos incluso más allá del continente.

Galileo en Guatemala

Me voy a referir con este sonoro octosílabo a un Coloquio Liberty Fund celebrado una semana atrás en la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Ya les he escrito en más ocasiones sobre esos interesantes e intensos encuentros para dialogar sobre un tema, a partir de varias lecturas fijadas, que desde hace tiempo organiza con gran eficacia Lucy Martínez-Mont y su equipo de la Marroquín. En la presente edición el título elegido fue: Galileo Galilei y la libertad de pensamiento y de expresión. Para ello contábamos con varios textos relativos al proceso inquisitorial, cartas suyas y dirigidas a él, o fragmentos de algunas de sus obras, como el Sidereus Nuncius (El mensajero de las estrellas) y el Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo, ptolemaico y copernicano. Saben también que los asistentes a estos coloquios recorren toda la geografía iberoamericana: en este caso había profesores y profesionales de Nicaragua, Chile, Argentina, Venezuela, Perú, Guatemala, o España. Además de otro profesor de la Rey Juan Carlos y un joven Máster en Economía Austríaca que trabaja en el Ecuador, he compartido viaje desde nuestro Instituto con Luis A. Iglesias, aparte de contar con la presencia de Gabriel Calzada, flamante Rector de la UFM que actuaba de moderador del Coloquio.

El caso Galileo es un paradigma de los efectos perniciosos causados por una intransigencia religiosa en temas de libertad de expresión e investigación científica, pero también de una obsesiva crítica llena de prejuicios contra la Iglesia Católica (resulta sorprendente la cantidad de personas que todavía piensan que el astrónomo italiano fue condenado a la hoguera por decir que la tierra se mueve…). Veamos todo ello en una apretada síntesis.

Galileo fue un notable profesor de matemáticas, física o astronomía en las universidades de Padua y de Pisa. Investigador curioso y apañado, construyó uno de los primeros telescopios técnicamente eficaces (aunque se discute su originalidad en la invención), con el que descubrió cuatro lunas de Júpiter, sus fases, o las montañas y superficie real de la luna. Persona cercana a los duques de Florencia, se movió en un peligroso circuito de altas esferas políticas y religiosas, lo que veremos tendrá relación con su Proceso.

Con esos y otros descubrimientos publicó el Sidereus Nuncius en 1610, viajando a Roma al año siguiente en medio de una formidable expectación y buena acogida. Conferenciante exitoso en el Colegio Romano de los jesuitas, el Colegio Pontifical o la Academia de los Linces, allí trabó amistad con el Cardenal Barberini, futuro papa Urbano VIII. Las cosas comenzaron a complicarse en 1616 por una condena relativa del libro de Nicolás Copernico (De revolutionibus orbium coelestium, 1543), lo que también incluía una prohibición a que Galileo explicase esta doctrina. El problema estaba en aceptar científicamente un heliocentrismo, opuesto a la vieja opinión aristotélica sobre la inmovilidad de la Tierra, supuestamente confirmada en la Sagrada Escritura.

Pasan los años, cambian los protagonistas y, después de varias disputas literarias, Galileo publica en 1632 su Diálogo en el que defiende la órbita terrestre alrededor del sol, confirmando que nuestro planeta no es el centro del universo. Con la ironía de ser enviado al Santo Oficio por el mismo Urbano VIII, tal vez molesto por sentirse aludido en el libro de Galileo, o bien presionado por otras razones políticas o teológicas. El caso es que el sabio florentino se vio obligado a presentar la famosa abjuración de 1633, por la que abandonaba "la falsa opinión de que el Sol es el centro del mundo y que no se mueve y que la Tierra no es el centro del mundo y se mueve". Siendo un personaje famoso, y mayor, estuvo viviendo durante el Juicio en la embajada de los Medici en Roma, después se retiró al palacio del Arzobispo de Siena y finalmente a su casa en Arcetri (cerca de Florencia), donde moriría unos diez años después.

Durante el referido Coloquio sobre el Proceso de Galileo pudimos conversar y discutir muy animadamente en torno a la Iglesia y el avance de las ciencias; el propio desarrollo jurídico del caso; o su trasfondo teológico a partir de una llamativa cita de alguno de los muchos libros que existen sobre el tema: "Galileo acertó en lo religioso (al cuestionar una interpretación literal de la Escritura), mientras que el tribunal romano tuvo razón en la falta de una demostración empírica válida (para aquel momento) sobre el movimiento de la Tierra. Dos siglos y medio después, a partir del Vaticano II, hemos visto cómo entiende la Iglesia la interpretación de la Biblia (no como un libro de geografía, física o historia, sabiendo interpretar su mensaje religioso). Aunque esto ya lo dijo algún cardenal en tiempos de Galileo: "el Espíritu Santo nos enseña cómo se va al cielo, pero no cómo va el cielo".

En cualquier caso, con Galileo, Kepler o Newton se produjo una importantísima revolución científica que cambiaría los paradigmas de la física (al menos, hasta el modelo actual). Y me preguntaba si no es posible esperar algo parecido en la cada vez más obsoleta y matematizada ciencia económica: ¿no podemos aspirar a un debate serio, riguroso y abierto en torno a los alcances o límites de las propuestas Austríaca y Neoclásica? Parece que discutir el equilibrio general y la teoría de la información perfecta; o defender la desregulación y potenciar la libertad en la elección humana es una terrible herejía… A veces pienso que hoy día encontramos alrededor muchas inquisiciones muy parecidas a las de Galileo: eppur si muove!

Rajoy retrocede adecuadamente

Con motivo del segundo aniversario de su victoria electoral, el pueblo soberano ha calificado la gestión del gobierno del PP con una puntuación francamente mejorable. Por decirlo en logsiano, Rajoy no progresa adecuadamente. En realidad más bien retrocede, porque la nota media es tan baja que tendría difícil pasar de ciclo hasta en la ESO, a pesar de las inmensas tragaderas de nuestra enseñanza media. Hay muchos ceros; casi tantos como dieces, pero como las puntuaciones extremas se suelen suprimir en los procesos estadísticos para evitar distorsiones debidas al fanatismo, la nota más recurrente está practicamente en todos los casos por debajo del cinco pelao, como el boletín escolar de los adolescentes activistas, con gran "conciencia social" y escaso cerebro.

El resultado negativo de estas encuestas dice mucho en favor del PP, porque de haber estado los socialistas estos dos años en el gobierno la nota general hubiera estado entre el sobresaliente y la matrícula de honor. Un bienio entero sin quebrar el país ni multiplicar por dos la cifra de parados, ahí es nada, hubiera convertido al PSOE en acreedor de la gratitud de toda la sociedad, porque lo que se espera de los progresistas cuando llegan al poder es una catástrofe que pulverice cualquier registro anterior en su desastrosa biografía. Del Partido Popular, en cambio, se esperaba más. Bastante más.

El pueblo está enfadado con Rajoy y así lo pone de manifiesto en las encuestas de intención de voto, el único dato que realmente importa a los partidos políticos cuando se acerca una nueva cita electoral (y cuando no, también). Los contribuyentes estamos cabreados porque los impuestos son muy altos, y los que viven del cuento resentidos porque los trinques son muy bajos.Total, que sólo los que viven de la política parecen satisfechos con este estado de cosas. Que no es que esté mal que los profesionales del momio aporten este factor de estabilidad al bipartidismo, hoy amenazado por formaciones como UPyD y los comunistas de Cayo Lara, pero si el PP comenzara a cumplir (solo un poquito) su programa electoral tal vez las perspectivas le fueran más favorables. Con un suelo electoral de forofos irredentos y cautivos de la nómina sólo se ganan elecciones en Andalucía. Si lo sabrá Arriola.

Entre el “instinto y la razón”

¿El liberalismo vende? Esta es la pregunta que se hace todo liberal compungido ante la falta de calado en la población de estas ideas.

No deja de ser éste un tema trascendente. Quizás Paco Capella, quien se sumergirá en los misterios de la naturaleza humana en un próximo seminario con el Instituto Juan de Mariana que se celebrará el próximo 30 de noviembre y 1 de diciembre, pueda alumbrarnos sobre qué factores psicológicos hacen de un ser humano una persona con simpatías liberales. O, por el contrario, con otras querencias sociales, como los colectivistas de rapiña, colectivistas de ‘ordeno y mando’ o colectivistas por inercia social… De estos tres, curiosamente, los dos primeros destacan por su avaricia, egoísmo de la peor especie, violencia y falta de escrúpulos. El último colectivo es el tonto útil del que nos hablaba recientemente Fernando Parrilla (también llamada habitualmente "clase media") y que da soporte a este tinglado, el Estado, "que es esa gran ficción a través de la cual todo el mundo quiere vivir a costa de los demás" (Bastiat), mientras que al final es esa gran ficción la que acaba viviendo a costa de todos.

Ignacio Moncada analizaba asimismo hace poco por qué el liberalismo es una cuestión ética. Ignacio se hizo eco de una conferencia del argentino Walter Castro que impartió en la universidad de verano del Instituto este pasado verano y que tituló precisamente así: "¿Por qué para mí el liberalismo es una cuestión ética?".

Los que estuvimos allí presentes presenciamos un canto al optimismo y el vitalismo. ¿Qué es más importante: las ideas o los valores? Esta es la pregunta que se hizo en repetidas ocasiones Walter Castro. Y aquí las respuestas serán múltiples según quién la conteste. Él se decantó –lógico a tenor del título de su charla- por la fuerza de los valores. Lo que nos acerca, de nuevo, a Francisco Capella. Los valores, según esta concepción, serían previos a la razón y condicionan una buena parte de nuestros comportamientos (acciones) futuros. Los valores "correctos" nos hacen receptivos a ciertos mensajes o ideas; y los valores errados (o malos) nos llevan a tomar decisiones antisociales, en primer lugar, y se justifican en ocasiones echando mano de razonamientos teóricos muy sesudos, eso sí, pero nefastos: ¿Es el pillaje bueno? ¿Es correcto vivir a costa de los demás? ¿Es bueno hacer algo que sabemos que no deberíamos sólo porque no nos están viendo? ¿Es bueno tomar decisiones colectivas para todo (qué legitimidad albergo para inmiscuirme en la vida de mi vecino, sea en su vertiente económica o moral)?

Un pequeño ejercicio de introspección nos llevará a darnos cuenta de que buena parte de nosotros hemos llegado al liberalismo (de una manera u otra y extrayendo unas conclusiones u otras) como resultado de una búsqueda de un sistema social "bueno y justo" (valores) y de "la verdad" (ideas).

Yo no veo la necesidad de desligarlo, pues no dejan de ser ambas facetas de nuestro mismo ser. El hombre, en tanto ser social, se "justifica" continuamente. Cuestión aparte es qué viene antes: el huevo o la gallina; la razón o el valor (sentimientos). Sobre esto cabría analizar tantísimo y, de nuevo, espero que Capella nos hable extensamente. Pero parece que el peso de los valores y las emociones es fundamental. Porque un valor, en este contexto, es un mecanismo de "resorte", es un: "robar no está bien; luego te lo explico, pero no está bien". A muchos, muy racionales, les podrá parecer atroz que este sea el origen de muchas acciones o decisiones, pero las instituciones mengerianas no dejan de tener un comportamiento parecido… Es más, los valores, la moral se catalogan como institución según esa aproximación al concepto.

Siguiendo con la cuestión de los valores, qué parte viene de factores ambientales y qué parte de genéticos es otra gran pregunta. Y es que en lo que respecta a la genética, por qué siempre hay ovejas negras (o blancas) en las familias "bien" (o "chungas").

Y si nos adentramos en el factor ambiental, llegamos a destacar la importancia de la "comunicación". El "problema" es que los valores se transmiten de manera muy íntima: en el ámbito familiar, círculo de amigos, colegios (¡!), cine, lenguaje subliminal (o hiperexplícito) de los medios…

Al liberal no mesiánico le da verdadero miedo difundir mensajes a este nivel tan personal. Lo más que suele sugerir es que el Estado (u otras instituciones que no "viven y dejan vivir") no se inmiscuya en esta esfera, demandando varios cambios coherentes con la libertad individual: no se dediquen a atacar con dinero público sólo a un tipo familia (es decir, métanse en sus asuntos y no en los ajenos y, en esto en particular, también), desnacionalicen y descentralicen los colegios, no subvencionen la ("su") cultura o a sus medios…

Pero no pretende ir mucho más allá precisamente porque quiere mantenerse fiel a sus valores: "no me gusta que se metan en mi vida, pero tampoco quiero hacerlo en la de los demás".

En ello insistió también bastante Walter Castro. En qué podemos hacer: ser constantes y perseverantes, y, sobre todo, de cara a difundir los valores correctos, "predicar con el ejemplo", "ser una buena persona", sin más, según interpreté de sus palabras.

En cuanto a la batalla de las ideas, la cuestión es distinta. Los liberales siempre "sacamos" (me cuesta tanto hablar en primera persona del plural) pecho pavoneándonos por lo bien que empleamos la lógica y lo correcto de nuestras ideas. Pero ¡y qué! Si quienes tienen la "fuerza" (a la que los demás renunciamos por repugnancia y "valores"), son más. Y contraargumentan de manera falaz, sí, pero eficaz.

Porque los colectivistas que rapiñan no necesitan argumentos; esos sí que apelan al sentimiento, al victimismo. En una conferencia de Antonio Escohotado con el Instituto él mencionaba esta cuestión justo en el turno de preguntas: cómo el victimismo (por ejemplo, de los "desahuciados") dicta gran parte de las medidas políticas de las democracias actuales. Pero los colectivistas de "ordeno y mando", acompañados por otros seres inmundos, los intelectuales al servicio del poder (véase profesores universitarios o "expertos" que plagan los medios…) son de lo más "racional". Y para llegar con eficacia a los seres de rapiña y los tontos útiles, no crean, no, que los argumentos han de ser muy complejos. Si caben en un "tuit", mejor que mejor.

La gente que no vive de manera directa (o al menos no es consciente) del "tinglado" (Estado) quiere vivir su vida y alcanzar sus metas plácidamente. Y es perfectamente legítimo. Es una gran señal del proceso civilizador: las crecientes clases medias. No necesitan disponer de una teoría del Estado, no tienen que saber de economía, tienen que saber de aquello en que se hayan especializado dentro del entramado económico capitalista (hasta donde le dejan llegar). Y los políticos e intelectuales lo saben… Por tanto, como nos movemos conforme a valores y autojustificaciones (ideas), el Estado hace muy bien en secuestrar ambas facetas de la vida: valores (apelando a la conmiseración y al miedo, como nos decía María Blanco en una visita del IJM a alumnos de Bachiller) e ideas sencillas y muy cercanas al "corazón" (sentimiento), por supuesto, contrastadísimas por premios Nobel de Economía… Y, cómo no, al mismo tiempo, ejerciendo todo el poder que les confiere su fuerza para expulsar a toda institución social que sirva de contrapeso (no mencionaré ninguna, que Paco Capella me excomulga, aunque yo ya no crea en nada…).