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Etiqueta: Pensamiento liberal

Vivir, actuar, pensar, sentir

En el núcleo de la Escuela Austriaca de economía se encuentra la praxeología, el estudio formal y abstracto de la acción humana a partir del axioma apodíctico y a priori de la acción intencional: el ser humano actúa utilizando medios escasos para conseguir los objetivos, fines o propósitos que subjetivamente considera más valiosos.

La Escuela Austriaca contiene otros elementos distintivos interesantes y valiosos: el carácter dinámico, heterogéneo, relativo y variable de las preferencias; los problemas y las limitaciones de las capacidades cognitivas, de comunicación y de coordinación de los agentes económicos en entornos complejos y cambiantes, incluyendo la imposibilidad del socialismo y el carácter destructivo del intervencionismo estatal coactivo; la evolución espontánea de órdenes emergentes y de instituciones sociales; los problemas relacionados con el tiempo, el riesgo y la incertidumbre; y la empresarialidad creativa, dinámica e innovadora.

La praxeología puede estudiarse de forma autónoma e independiente de otras ciencias naturales y humanas, pero ello puede resultar en una visión parcial y pobre de la realidad, sin conexiones o referencias externas que sirvan como puntos de apoyo o elementos de crítica. La praxeología no es el principio ni el fin de todo, y considerarlo así es un grave error.

El praxeólogo, partiendo de un principio verdadero y utilizando rigurosamente sus capacidades mentales de inferencia deductiva, puede sentirse muy seguro en sus exploraciones teóricas y cree comprender correctamente lo esencial de la realidad humana y social. Sin embargo tal vez no percibe, o no le importan, las limitaciones de su paradigma intelectual: quizás afirma cosas verdaderas pero imprecisas, poco relevantes o incompletas.

El praxeólogo purista o integrista desdeña la psicología (timología), desconecta la teleología de la realidad material, física y biológica, e insiste en diferenciar de forma radical la acción humana de la conducta o comportamiento animal: considera la intencionalidad como exclusiva de los seres humanos (no lo es), e ignora formas de acción no intencional (como reflejos, reacciones o hábitos), expulsándolas fuera del ámbito del estudio económico. No se pregunta por qué existen la acción intencional y las valoraciones; no conecta la acción con los conceptos de interacción y trabajo de la física; no se da cuenta de que el pensamiento es un tipo particular de acción cuya función es dirigir y coordinar otras acciones; e insiste en que los humanos eligen, deciden mediante su libre albedrío, mientras que los otros seres vivos sólo reaccionan instintivamente según leyes deterministas.

Si sientes interés por aprender a conectar la física, la biología, la economía, la psicología e incluso la moral y la ética, en breve impartiré un seminario intensivo sobre estos temas, que son muy enriquecedores y fácilmente comprensibles para cualquiera cuando se explican de forma adecuada. Resumiendo mucho:

Los organismos son agentes económicos: la vida implica acción dirigida, controlada por la psique con emociones y cognición. La vida incluye competencia y cooperación, y la vida social cooperativa es muy exitosa: gran parte de la psique (preferencias, intencionalidad, conciencia, moral, normas, instituciones) existe para la coordinación social.

Los organismos vivos son sistemas físicos con una organización especial tal que se autoconstruyen. La vida implica acción, trabajo, costes, uso de recursos, economización. Los organismos son entidades complejas con muchas partes cuya acción conjunta exige coordinación. La acción adecuada para la supervivencia y el éxito evolutivo requiere mecanismos cibernéticos de control y dirección que tengan en cuenta el estado del propio agente y del entorno. Los sistemas cibernéticos de los organismos incluyen sensores y procesadores de información según modelos representativos del mundo (cognición y emociones, capacidades y preferencias). La mente es una herramienta para la resolución de problemas.

Para cooperar y competir mejor los organismos intentan anticiparse de forma estratégica, prediciendo el futuro y preparando planes de acción. Para reducir riesgos los organismos no ensayan directamente conductas en el mundo real sino que las simulan virtualmente en sus cerebros. La intencionalidad emerge evolutivamente como una adaptación para mejorar el control de la acción propia y el entendimiento de la acción ajena. La consciencia surge de la autorepresentación como agente intencional, la integración narrativa de información y la supervisión a alto nivel de la actividad de la sociedad de la mente.

Los seres vivos pueden competir o cooperar. La vida social es especialmente exitosa porque permite juntar esfuerzos, compensar riesgos y especializarse. Pero la socialización requiere capacidades cognitivas y emocionales especiales: preocuparse por el bienestar ajeno, entender la acción de otros, someter la conducta a normas morales pautadas que eviten conflictos destructivos, detectar y desincentivar a los parásitos tramposos. En los grupos sociales son esenciales la confianza y la reputación o estatus: son necesarios mecanismos cohesionadores y de demostración de lealtad y compromiso. La moralidad fomenta la cooperación dentro del grupo para competir contra otros grupos.

La capacidad de imitación memética y en especial el lenguaje introducen el ámbito de la cultura, el arte, la religión, la tecnología y la ciencia. El lenguaje incrementa enormemente las capacidades de coordinación y producción y difusión de conocimiento, pero también permite la manipulación, el engaño y la hipocresía. La comunicación honesta requiere el uso de señales costosas difíciles de falsificar.

Parte importante de la acción humana consiste en influir sobre los demás. Las capacidades de argumentación no son tanto para conocer la realidad sino para persuadir a otros y vencer en disputas verbales. La mente humana presenta múltiples limitaciones, imperfecciones y sesgos sistemáticos.

El liberalismo es una cuestión ética

Este artículo ha sido publicado originalmente en el "Especial Liberalismo" de la revista universitaria La Pecera.


El profesor Carlos Rodríguez Braun cuenta que en una ocasión le preguntó a Karl Popper qué le parecía que la libertad fuera tan buena para aumentar la prosperidad económica. Ésa es una muy feliz coincidencia, respondió el filósofo austriaco. Como bien explicaba Rodríguez Braun, esto es una boutade, no es verdad. La ciencia económica nos explica por qué un sistema en el que impera la libertad tiende a ser más próspero que uno en el que no. No es ninguna coincidencia. Pero la ingeniosa respuesta de Popper es una acertada crítica al excesivo énfasis con el que los liberales solemos defender la libertad desde un punto de vista estrictamente económico. No hay que defender la libertad por sus consecuencias económicas, sino desde un punto de vista ético. Si por alguna casualidad el esclavismo fuera un sistema más próspero, aún así habría que combatirlo.

La libertad es la respuesta a la búsqueda de un sistema ético universal, es decir, un conjunto de normas de convivencia que aplique a todo el mundo por igual y que sea válido en todo momento. El liberalismo parte de que todas las personas son sujetos éticos iguales. Toda regla que aplique a un individuo o a un grupo necesariamente tiene que aplicar a todos los demás individuos o grupos. De este punto de partida se deduce un sistema de normas de convivencia con el que evitar o minimizar los conflictos entre personas. Ese sistema es lo que los liberales resumimos en el término libertad. Pero es necesario precisar. ¿Qué es exactamente la libertad?

La libertad hay que describirla desde tres puntos de vista, como si fueran los tres lados de un mismo triángulo. El primero de esos lados es el denominado principio de no agresión. Lo que dice es cada uno puede hacer lo que desee mientras no inicie el uso de la fuerza contra los demás. No se puede matar, violar, secuestrar, esclavizar, agredir, coaccionar, robar, cometer fraude o extorsionar a los demás. Este principio no es en teoría polémico. Si vamos a la calle y preguntamos a los diez primeros que pasen qué les parece este principio ético, estarán de acuerdo. Pero como dice el economista Walter Block, lo que define a los liberales es que nosotros lo decimos en serio. Lo aplicamos a todo y no hacemos excepciones. Ésta es la libertad desde el punto de vista de la acción, lo que a menudo se denomina "libertad negativa". Es lo que nos dice qué acciones podemos llevar a cabo y cuáles no.

Pero este principio queda incompleto si no definimos los medios a los que podemos aplicar esas acciones. Si por ejemplo vemos que Juan le quita la cartera a Pedro y sale corriendo, ¿quién está agrediendo al otro? Pues depende de quién sea el propietario de la cartera. Si resulta que ayer Pedro le robó la cartera a Juan y ahora Juan simplemente la está recuperando, estará en su derecho. Por ello, el segundo lado de ese triángulo que define qué es la libertad es el punto de vista de los medios, de las cosas materiales sobre las que ejercemos nuestras acciones: necesitamos una teoría de la propiedad. La propiedad es el ámbito material de control de cada uno, el ámbito en el que podemos hacer lo que queramos mientras respetemos el principio de no agresión. El derecho de propiedad sobre algo nos legitima a establecer normas sobre dicha cosa. Es necesario tener una teoría no arbitraria que asigne derechos de propiedad de la realidad material a los individuos o grupos de individuos.

Existen cuatro reglas generales de asignación de derechos de propiedad. La primera es que cada uno es dueño de sí mismo. La segunda, que cada uno pasa a ser dueño de los frutos de sus actos, entre otras cosas los bienes que producimos con nuestro trabajo o con factores productivos de nuestra propiedad. Cuando varias personas participan en la producción de algo, la propiedad se reparte entre ellas como previamente se haya pactado. La tercera nos permite hacernos dueños de las cosas, al hacer uso de ellas, cuando no tienen propietario previo y nadie antes usa, mediante el principio de primer uso. Y la cuarta forma es mediante la transferencia voluntaria y consentida de derechos de propiedad entre individuos, como por ejemplo intercambios o regalos.

Aunque muchos teóricos liberales definen el sistema ético de la libertad sólo con estas dos primeras patas, lo cierto es que así quedaría cojo. Tendríamos un sistema de normas demasiado general al que le falta un mecanismo para el establecimiento de normas más específicas. Es cierto que algunas se derivarían directamente del derecho de propiedad, puesto que cada uno puede poner las normas particulares que desee dentro de su ámbito de propiedad. Pero faltaría un mecanismo de generación de normas particulares más vinculantes entre personas. Por ello el tercer lado que completaría la definición ética de la libertad es precisamente la teoría de contratos. Francisco Capella completa esta teoría definiendo los contratos como compromisos formales exigibles por la fuerza. Los contratos son mecanismos que permiten que dos o más individuos pacten de forma voluntaria establecer normas particulares sobre sus propios ámbitos de propiedad y se comprometan a cumplir con ellas. Los contratos expresan nuestra capacidad para ligarnos mutuamente, nos permiten hacer uso de nuestra libertad para restringir nuestras propias acciones. Por ello, se requiere que los contratos sean voluntarios y consentidos, y que vinculen sólo a las personas contratantes y a sus respectivos ámbitos de propiedad.

La libertad, por tanto, no es un principio vago o que sea útil sólo en determinadas circunstancias. No es un eslogan vacío para campañas políticas. La libertad es un sistema ético universal, igual para todos y válido siempre, definido por el principio de no agresión, la asignación de legítimos derechos de propiedad y los contratos voluntarios. Este sistema es el que los liberales consideramos como válido. Y es, por otro lado, el sistema que los antiliberales atropellan cuando proponen excepciones. A menudo con buena intención, el antiliberal propone la agresión, la violación sobre el derecho de propiedad o la prohibición de determinados contratos libres y vinculantes sólo entre las partes, como medio para conseguir fines particulares. Quienes apoyan los atropellos al sistema liberal, a veces sin darse cuenta de que lo hacen, hacen de éste un mundo más arbitrario, menos justo y más violento. Hacen de éste, en definitiva, un mundo peor.

Hay que decir que no todo es sencillo dentro del sistema liberal. La realidad es compleja y presenta dilemas y casos de frontera que se interpretan de manera distinta entre los propios liberales. Hay muchos asuntos controvertidos, fundamentalmente en torno al papel del gobierno. Esto da lugar a distintas corrientes dentro del liberalismo, como el anarcocapitalismo, el minarquismo y el liberalismo clásico. Pero una cosa es segura. Todos los liberales compartimos un mismo principio ético, un mismo credo que hay que defender. Somos quienes de verdad, sin excepciones ni excusas, amamos la libertad. El liberalismo, como decía el profesor Walter Castro, es una cuestión ética.

En España, la ciencia, si no es pública, no es ciencia

Estamos tan acostumbrados a un modo de vivir que, cuando nos invitan a probar otro, se nos manifiestan los miedos. El Estado y sus políticas impregnan casi todas las facetas de nuestra vida y pensar en salir de la caja estatal suele generar sarpullidos, sofocos, ansiedad y malestar general. Si además, vivimos de ello, se nos manifiesta el "qué hay de lo mío", y no cabe en nuestra cabeza que a lo mejor lo que hacemos, que es distinto de lo que somos, lo puede hacer mejor otra persona, se puede realizar en otras circunstancias o simplemente, no es necesario.

La ciencia en España no se percibe de una manera muy distinta a la Sanidad o la Educación, una gran mayoría de españoles no la conciben si no es a través de un organismo público, sin que el ánimo de lucro la "contamine", aunque no duden en pedir un sueldo "digno" para los investigadores a cargo del contribuyente. Sin embargo y analizando los hechos, esta percepción tiene una base muy real.

La ciencia en España tiene tres bases fundamentales. Por una parte, está el Centro Superior de Investigaciones Científicas, más conocido como CSIC, organismo público creado por el Gobierno franquista, el tercero por peso en Europa y que cuenta con la simpatía de muchos que ven en él una especie de MIT, pero en público y castizo. Según se puede leer en su página web, "el CSIC desempeña un papel central en la política científica y tecnológica, ya que abarca desde la investigación básica a la transferencia del conocimiento al sector productivo", lo que parece indicar que para ellos mismos su actividad no es nada productiva.

El segundo pilar donde se crea ciencia lo conformarían las universidades. Como no puede ser de otra manera en España, casi todas son públicas y desgraciadamente no parecen dedicar muchos recursos a lo que nos ocupa, siendo más frecuentes las actividades sindicalistas, con especial predilección por las huelgas, las peleas políticas por las cátedras, el servir de trampolín para la carrera política de unos pocos o de cómodo destino de políticos casi retirados. En el fondo no dejan de ser grandes burocracias públicas, donde los recursos son malgastados sin vergüenza y donde los alumnos que salen "sabidos" son verdaderos héroes que han sabido luchar contra los elementos.

El tercer pilar de la ciencia española debería ser el empresarial. Y digo "debería ser" porque la empresa española dedica poco a la ciencia. Las pymes apenas nada, que bastante tienen con sobrevivir a los impuestos de Montoro, y las grandes no se caracterizan por sus cuantiosas inversiones en Investigación+Desarrollo+innovación. No hace demasiado, el consejero delegado de Telefónica I+D, Carlos Domingo, criticó la baja inversión en innovación de las empresas españolas. Además, apostilló que los recursos públicos invertidos en este área están mal repartidos, porque hay muy pocas investigaciones que tengan retorno en la economía real.

Tiene mucha razón el directivo de Telefónica. La economía real la conforma el mercado, es decir, las necesidades de gente e instituciones, que se expresan en demandas, algunas veces muy concretas, otras veces vagas e imprecisas, y que son satisfechas por las ofertas de las empresas, de los proveedores de servicios. Es en ese intercambio donde los científicos pueden ver oportunidades para desarrollar la actividad que tanta alegría y satisfacciones les genera.

Lo que diga un político, como mucho satisface las necesidades de la "política" real, que no se corresponde con las necesidades de la gente. La ciencia pública termina sirviendo a una ideología, a un partido, a las necesidades del Estado o incluso a las necesidades del pequeño grupo que tiene el poder, de la misma manera que termina haciéndolo la Educación pública. En definitiva, Carlos Domingo tiene razón, pero con un matiz: a la larga, todo termina siendo mal repartido, porque los criterios son políticos y, si alguna vez se acierta, es casi por casualidad.

Pero como decía al principio a modo de introducción, sacar a las personas de la caja, de su caja personal, es muy complicado. Los recortes propios de la crisis han llegado a todos; primero al sector privado, que lo ha hecho sin ruido, sin pausa. Ahora, le está tocando al público, incluyendo a las empresas privadas que trabajan con presupuestos públicos, y los ajustes están poniendo en la calle a muchos y quitando recursos a otros, recursos que ya no existen. La situación es tal que el "qué hay de lo mío" inunda los medios de comunicación, ávidos de desgracias ajenas.

En un acto reivindicativo realizado por investigadores de la Universidad de Granada y del CSIC, Roque Hidalgo, profesor del Departamento de Física Aplicada y uno de los convocantes, ha asegurado que "todo lo que usamos, desde el teléfono móvil a la pintura de estas paredes o los alimentos que comemos, viene de un proyecto de investigación. Si no investigamos en España, lo harán en otros países".

Es interesante cómo se mete por medio el patriotismo cuando conviene. ¿Y cuál es el problema de que se consigan logros en otras partes? Eso no impide que, si no se crean barreras regulatorias artificiales y se "protegen" industrias nacionales poco eficientes, lleguen a la economía nacional tarde o temprano, posiblemente a precios muy competitivos. Seguro que los teléfonos móviles que han usado para convocar el acto están basados en tecnologías no desarrolladas en España y están contribuyendo a la economía española tanto como la industria del aceite de oliva. De hecho, es posible que el sueldo que está recibiendo cada uno de esos investigadores y catedráticos esté perjudicando la economía nacional, ya que si su labor no es adecuada, ni responde a las necesidades de mercado, es decir a la de la gente, a éstos se les están sustrayendo recursos, vía impuestos, que podrían ser invertidos/gastados en sectores mucho más rentables y solicitados, pero que pagan estos sueldos. A lo mejor es el momento de salir de la caja y hacer las cosas de otra manera, aprovechando la crisis, y no mirarse tanto el ombligo.

Vade retro, Nicolás Maduro!

El presidente Nicolás Maduro lo contó estremecido por la emoción. Hugo Chávez se apareció a los obreros que excavaban el metro de Caracas. Hay muchas incógnitas. Se discute si fue un fenómeno paranormal o para anormales. Su rostro se dibujó misteriosa e inesperadamente en una pared. Luego se esfumó. Fue sólo una visita fugaz, pero hubo tiempo de retratar al aparecido. Le enviaron la foto a Maduro. No está claro si la mandó el mismo Chávez o si fue un detalle del proletariado. Ahí estaban los ojos vigilantes del bolivariano, acaso asombrados de que haya venezolanos que todavía trabajen en el país.

Chávez, como Dios, está en todas partes. Maduro lo dijo. Chávez somos todos. Como se sabe, Chávez habla con Maduro a través de los pájaros. Tal vez se consiga que a partir de ahora las paredes participen del diálogo. ¿Por qué no? ¿Qué le cuesta a Chávez, si va a salir en una pared, decir unas cuantas palabras? Las paredes oyen, aseguraba Ruiz de Alarcón. Maduro espera que, además, hablen. Y que lo hagan claro.

En todo caso, es muy probable que, en el futuro, Maduro incorpore a los gatos entre sus interlocutores con el más allá. Los gatos se adaptan muy bien al mundo esotérico. Los egipcios los consideraban animales sagrados y decapitaban a quienes los maltrataban. Cuando las comunicaciones extrasensoriales lleguen a ese punto, sin embargo, será conveniente separar a los gatos parlanchines de los pájaros conversadores para que los felinos no se los coman. Los instintos son los instintos.

No es factible, en cambio, que Chávez hable a Maduro por medio de los perros. Chávez y Maduro se llevan muy bien con los islamistas y los perros no son muy queridos por la tribu de Mahoma. Los perros no son interlocutores fiables. Mienten mucho. Salvo los san bernardo, tal vez por respeto al santo que le da nombre a la raza, el resto dice cualquier cosa. ¿Quién puede confiar en un mensaje transmitido por un cocker spaniel? Se les ve la doblez, la banal intención de conquistar a quienes les transmiten el mensaje mientras mueven la cola aviesamente.

Es posible, sin embargo, que todo se trate de una broma. La aparición de Chávez en la pared milagrosa ocurrió la víspera de la fiesta de Halloween. Chávez, en vida, fue un bromista infatigableTrick or treat. Dulce o truco. Chávez nombró sucesor a Maduro y canciller a Jaua, más o menos como Calígula, que también disfrutaba del humor negro, hizo cónsul a su caballo Incitato. Ni a Groucho Marx, el nieto de Karl, se le hubiera ocurrido algo así.

Tampoco puede descartarse que todo esto sea una maniobra del Demonio encaminada a confundir a Maduro y a sus huestes. Belcebú es capaz de todo. Belcebú, también, somos todos. Tiene una mala leche legendaria, como atestiguan Adán y Eva. (Adán Chávez no, sino el legítimo, el de la manzana, la serpiente y la pudorosa hojita de parra). Este año se cumplen cuatro décadas del estreno de El exorcista y tal vez el Diablo quiere vengarse del jesuita que extrajo al demonio Pazuzu de las entrañas de la malhablada niña Regan McNeal, la criatura con el pescuezo más flexible de la historia de las vías repiratorias.

En ese caso habrá que exorcizar a Maduro. Uno de los conjuros más eficaces es colocarse a la altura de su boca (es conveniente, antes, darle una pastilla de menta) y gritarle la oración de San Miguel Arcángel, invocando los nombres de los cinco demonios más dañinos: Satán, Lucifer, Belcebú, Belial y Meridiano (no consta que Diosdado Cabello forme parte del grupo): "Oh príncipe de la multitud celestial, arrojad al infierno a todos los malos espíritus que rondan por el mundo buscando la ruina de las almas". Amén.

elblogdemontaner.com

Orden espontáneo e instituciones sociales

Lamentablemente, está extendida la idea de que la sociedad es un orden que puede construirse intencionalmente. Los socialistas de todos los partidos (y todo el sistema en general) nos bombardean continuamente con esta idea. Es el típico pensamiento antiliberal de que la gente dejada “a su aire” puede provocar resultados no deseados. ¿Qué es lo que hay que hacer entonces? Dirigirla. Obvio.

¿Qué significa dirigir la sociedad? Pues básicamente tutelarla, es decir, marcar los fines de los individuos. O lo que es lo mismo: identificar los fines sociales que ellos determinan con los fines del individuo. La coordinación social debe, por tanto, ser impuesta.

Esto supone no entender nada del proceso social, ya que la sociedad es un complejísimo proceso espontáneo de interacciones humanas, movidas todas ellas por el deseo de alcanzar sus propios fines.

Una palabra clave aquí es espontáneo. Una gran aportación de Carl Menger consiste en haber desarrollado la teoría del surgimiento espontáneo y evolutivo de las instituciones a partir de la concepción subjetiva de la acción humana. Como manifestara Menger: “el problema más importante de las ciencias sociales es explicar cómo las instituciones que sirven al bienestar común y que son extremadamente importantes para su desarrollo llegaron a existir sin una voluntad común dirigida a establecerlas”.

Hayek señala entre otras instituciones que son el resultado de la acción espontánea evolutiva nada menos que al lenguaje, la moneda, el derecho de propiedad, el comercio, la lex mercatoria que rige los intercambios internacionales y la misma Common Law. Las instituciones sociales son el resultado de conductas regulares no planificadas por los individuos para hacer frente a los problemas que enfrentan. Se forman inintencionadamente, es decir, sin una programación previa.

Vemos en el orden social un vínculo interno producido endógenamente, lo que equivale a concebir la sociedad como un orden espontáneo. Esta es la naturaleza interna del vínculo social.

La teoría social comienza con el descubrimiento de que existen estructuras ordenadas que son producto de la acción de muchos hombres, pero que no son resultado de una planificación humana. Es ese permanente fluir de iniciativas individuales, que son de tal modo seleccionadas y agregadas a un nivel de conocimiento que ninguna mente humana particular es capaz de alcanzar.

La idea de que la sociedad puede construirse intencionadamente debe ser rechazada. Deberíamos confiarnos a ese gran mecanismo productivo que es el proceso social abierto a la cooperación de todos, ya que sólo de esta manera es posible el desarrollo económico y el aumento de conocimiento.

Y, sin embargo, los enemigos de la libertad siguen queriendo tutelar al individuo y sus opciones innovadoras. Quieren dirigir el mundo, cuando lo mejor sería que nos dejasen relacionarnos en paz.

Libertad y ultramodernidad

Hay un fenómeno que es nuevo, y que supone un cambio de gran calado en el ser y en la concepción de la persona. Y que, además, no parece que vaya a tener vuelta atrás. Es un cambio que separa dos épocas, una antes y otra después del mismo. Lo he llamado ultramodernidad porque tiene todos los elementos de la modernidad. Es como si la modernidad hubiera sido lanzada desde el individuo al mundo exterior, y ésta hubiese vuelto, como un boomerang. Y porque sus efectos van más allá del período histórico de la modernidad. Bien podría desaparecer ésta, que este fenómeno continuará.

Se trata del hecho de que nuestras acciones dejan una huella indeleble, lejana y recuperable. Es evidente que ese fenómeno ha ocurrido siempre. Seguimos venerando las piedras de Stonhedge, leyendo El Quijote o escuchando a Bach. En un sentido más actual, el telégrafo en 1835, el teléfono en 1876 y a finales del XIX la radio habían permitido que las personas se comunicaran a distancia. La televisión ha logrado transmitir imágenes (1927). Pero no forman parte estrictamente ese fenómeno del que hablo. Más recientemente, internet ha permitido multiplicar las huellas de nuestro comportamiento, huellas que son transmisibles y registrables por medio, por ejemplo, del correo electrónico y de las redes sociales. Hay más, porque el teléfono ahora nos acompaña físicamente, y con él llevamos una enorme cantidad de información personal. Con un elemento añadido, y es que el dispositivo indica cuál es nuestra situación geográfica.

El hecho de que podamos mantener contacto con personas con las que no hemos tenido contacto físico ni, en algunos casos, podamos tenerlo, amplía nuestra capacidad de relacionarnos con otras personas. Pero también se da la contrapartida a ello, que es que otras personas pueden acceder a nuestra información, a nuestras huellas. Esos datos los creamos y registramos nosotros en plataformas que nos ofrecen empresas privadas. Es un acto libre, que hacemos por propia conveniencia. Esas empresas atesoran y analizan esa información, que vuelve a nosotros generalmente en forma de ofertas comerciales. Esas ofertas se adaptan a nosotros, a nuestra edad y sexo, intereses y costumbres, más que la publicidad masiva de los medios de comunicación. Es un proceso en el que nosotros compartimos nuestra información con empresas que, a cambio, nos ofrecen productos que son cercanos a lo que deseamos. Es todo una relación aceptada por ambas partes, voluntaria, y legítima. No hay ningún ataque a nuestra intimidad que no hayamos aceptado antes. Es más, estrictamente hablando no existe derecho a la intimidad, aunque esa es otra cuestión.

Otra cuestión es cuando entra el Estado en esta compleja relación entre empresas y clientes. No ocurre nada que no hubiésemos podido imaginar con pararnos a pensar cinco minutos sobre el asunto, pero por suerte ya ni nos hace falta. Gracias a las revelaciones de Edward Snowden a los medios de comunicación, sabemos que el gobierno de los Estados Unidos ha llegado a un acuerdo con varias de las principales empresas de internet para abrirle sus servidores, de modo que puede espiar de forma masiva a los ciudadanos, con un nivel de detalle que es el mismo que éstos voluntariamente han cedido a las empresas.

Era un acuerdo secreto, vergonzoso, porque suponía una cesión ilegítima de los datos facilitados por los clientes. Los mecanismos que tiene el Estado para arrastrar a las empresas a esta cesión son conocidos, y no me detendré en ellos, aunque hay compañías, como Twitter y LinkedIn, que no han entrado en ese enjuague. En la medida en la que el Estado haya recurrido a la coacción (y los impuestos son coacción), estamos hablando de un robo masivo por parte del Estado. Lo que han cometido las empresas es fraude.

Este es sólo un episodio histórico. Pero nos encaminamos cada vez más a este hombre ultramoderno, que deja huellas de su comportamiento, con coordenadas de tiempo y lugar. Y el Estado, implacable, no renuncia a conocer en todo momento lo que hacemos. Es sólo un medio para imponer su poder. No tiene buen arreglo. Hay un punto, una vez se desvela el robo masivo de nuestros datos por el Estado, en el que tenemos que elegir entre seguir facilitándolos, o dar el salto a otras plataformas alternativas, aunque no masivas. En la medida en que esas alternativas tengan éxito, la mano del Estado volverá a aparecer para coger lo que no es suyo. No podemos recoger los frutos de la ultramodernidad sin encontrarnos al gusano del Estado dentro. A no ser que se combinen la tecnología y la fibra moral de la sociedad para crear un espacio propio, exclusivo, que le cierre la puerta al gran ladrón.

Ignorancia: ni libertad ni determinismo

Una de las mejores aportaciones de F. A. Hayek a la teoría social es la del crucial papel de la ignorancia en la configuración de una teoría sobre la libertad. Según esta óptica, la libertad es la mejor prescripción social, política y económica, habida cuenta de que la perfección cognitiva es imposible y, por tanto, el dirigismo social, devastador. Si no podemos prever la mejor vía de acción ni para nosotros mismos ni para los demás, dado que no es posible un estado de conocimiento perfecto y de previsión sin errores, lo más inteligente es la libertad de acción, es decir, limitar la coacción al mínimo imprescindible.

Sin duda es una aportación genial que relativiza y minimiza el debate determinismo-libertad o, por ser más precisos, determinismo-indeterminismo. Nunca cerebro humano alguno será capaz de averiguar el mecanismo de funcionamiento perfecto que los deterministas suponen que existe en los planos físico, biológico y social. Por lo tanto la pregunta sobre si todo está ya escrito (sea por una precisa mecánica cósmica, sea por una voluntad extranatural) o bien lo escribimos con nuestro libre albedrío, no es más que un asunto científicamente inconsistente, aunque, como ficción cultural que es, sea relevante para entender la acción humana.

La obra de divulgación científica de Jorge Wagensberg expone con claridad cómo ambos puntos de vista pretenden definir algo imposible de resolver metafísicamente y ajusta el debate a dos enfoques funcionales de la metodología científica correspondientes a sendos momentos diferentes de esta: el libre albedrío o indeterminismo es la óptica del científico que se enfrenta a un suceso no predecible, y el determinismo es la postura, compatible con el científico aplicador, del que expone la teoría resultante mediante una mecánica de causas y efectos.

A pesar de que, como decimos, la aportación de Hayek es crucial y una buena base teórica para prescribir más libertad, resulta incontestable que las implicaciones de la misma pueden matizar severamente esa cuestión.

En primer lugar, la misma ignorancia como fundamento de la libertad excluye la existencia de una regla racional segura acerca de cuánta libertad debe prescribirse en cada caso concreto. La ignorancia, aunque inerradicable, no es absoluta, por lo que no sabremos jamás cuánta cantidad de libertad es compatible con el nivel de conocimiento existente.

Por otro lado, dado lo imposible de la omnisciencia, tan absurdo es definir al hombre como un ser libre como decir de él que pertenece a un cosmos determinista. La única materialidad que somos capaces de percibir es que los contenidos de las ideas y de los propósitos humanos en acción están atrapados en parámetros genéticos y culturales dados, producidos socialmente (algunas veces por cooperación espontánea y, las más, por coacción social o política) y siempre cambiantes. Y si bien esta afirmación parece decantarse por la opción determinista, no `pasa de ser una ilusión que se desvanece al establecer como consiguiente realidad material el hecho de que la combinación de parámetros genéticos y sociales es única en cada individuo. Esta especifidad ofrece argumentos a los indeterministas tanto como a sus contrapuestos, siendo esta una cuestión irresoluble y, por lo tanto, innecesario su planteamiento. Lo imprevisible de las acciones de los seres humanos ofrece a la percepción la ilusión del libre albedrío y, de igual modo, la existencia de algunas regularidades en dichas acciones da pie a imaginar un universo predeterminado.

En realidad resulta irrelevante ese debate, aunque siempre existirá esa tensión conceptual que supone diferencias en los programas de vida diferentes que, a la postre, se traducen en programas políticos también diferentes. Sin embargo sí es fundamental que nos demos cuenta de que la ignorancia inerradicable es la base de nuestro modo de estar y que tanto las doctrinas del libre albedrío como las deterministas se conforman, también, como parámetros culturales socialmente producidos, meras ficciones que definen diversos modos de actuar, de producir y, cómo no, de establecer nuestros regímenes políticos sin que jamás tengamos la seguridad de de acertar con el grado de libertad/coacción que maximiza el escaso conocimiento existente.

Trescientos años de “La Fábula de las Abejas”

En el año 1714 se publicaba La Fábula de las abejas. Vicios privados, virtudes públicas, que es realidad era una versión ampliada y mejorada de El Panal rumoroso o Los bribones se vuelven honestos, publicada unos años antes, en 1705. El autor, el médico holandés Bernard de Mandeville se granjeó no pocas críticas defendiendo las extravagantes y provocativas ideas que se desgranaban de la fábula.

A pesar de sus aficiones literarias, se ganó la vida como médico psiquiatra en Inglaterra, a donde su familia tuvo que emigrar cuando su padre, médico holandés también, estuvo implicado en unos tumultos asociados con la protesta por la subida de impuestos. Estaba muy bien considerado como médico y publicó alguna obra sobre la histeria y la hipocondria.

Pero por lo que es conocido en todo el mundo es por sus reflexiones morales, que le convirtieron en objeto de admiración y crítica a partes iguales. Su éxito explica que en 1729 su Fábula de las abejas ya contara con nueve ediciones.

Porque la idea de esta obra, que está sintetizada en el subtítulo de la misma (vicios privados, virtudes públicas) no es fácil de digerir. Y, sin embargo, desde mi punto de vista, es uno de los ejercicios de introspección social más honestos de la historia.

Mandeville nos muestra un panal de abejas en el que reina el egoísmo:

Grandes multitudes pululaban en el fructífero panal y ese gran concurso les permitía medrar atropellándose para satisfacerse mutuamente a lujuria y la vanidad … Así pues cada parte estaba llena de vicios pero todo el conjunto era un paraíso.

Todo el panal criticaba esta situación y clamaba por una solución. Así que Júpiter, compadecido, envía una reina que impone las normas morales que harían del panal un ejemplo de sociedad virtuosa. El resultado fue la ruina de la sociedad, su empobrecimiento y el abandono del mismo. Las abejas tuvieron que emigrar para poder sobrevivir.

Detrás de esta historia hay dos puntos reseñables que han trascendido hasta nuestros días. El primero es el concepto de orden espontáneo que permite que haya armonía, paz y prosperidad por la convergencia natural de los diferentes intereses individuales, sin necesidad de que éstos sean un ejemplo de virtud y sin planificación. Esta idea fue heredada por el mismísimo Adam Smith, quien la expresó en su teoría armónica de la sociedad en la sostiene que, si se respeta el sistema de libertad natural (con todo lo que ello implica), entonces no habrá conflicto entre los intereses particulares y los de la sociedad. De lo contrario, la ley de las consecuencias no queridas nos llevaría probablemente a una situación indeseada y perjudicial para el grupo.

El segundo aspecto se refiere al mensaje moral. Y fue éste el más criticado por casi todos los autores, empezando, precisamente, por Adam Smith. Porque lo que transmite Mandeville es que el egoísmo y el vicio no lleva a una sociedad decadente necesariamente sino que, por el contrario, detrás de muchos comportamientos virtuosos se esconde una motivación no tan loable. Muchas camas de hospital o puestos escolares han sido financiados movidos por la vanidad de donantes que pretendían lavar sus conciencias, o simplemente sentirse poderosos. La vida contemplativa y austera de muchos filósofos o moralistas esconde una indolencia nada plausible. Y el heroísmo, como es sabido, en ocasiones oculta un miedo tan terrible que la única opción es la huída hacia adelante, el acto heroico. Muchos hombres virtuosos en lo más visible son mezquinos en otros aspectos.

Esta visión del ser humano como incapaz de ser virtuoso al ciento por cien, supone un bofetón a quienes pretenden educar moralmente a la sociedad. Porque la idea subyacente a la chocante filosofía de Mandeville es que se trata de reconocer nuestra humanidad y sacar el mejor partido de ella. Porque cuando se pretende forzar un comportamiento virtuoso, las consecuencias pueden ser (y suelen ser) muy diferentes a las inicialmente previstas, siempre cargadas de buenas intenciones.

Se trata, por tanto, de dejar el perfeccionamiento moral al ámbito individual, de abandonar los planes buenistas que pretenden que la apariencia virtuosa es suficiente para que la sociedad sea un ejemplo de moralidad para las demás y para la posteridad., y tratan de imponerla a través de regulaciones, prohibiciones y de una educación colectivista.

Mandeville, en nuestro avanzado siglo XXI, aún tiene mucho que enseñar.

El corazón de Europa era esto

El lema de campaña para las elecciones europeas de 2004 del partido socialista español fue "volvemos a Europa", si entonces la Unión Europea parecía la solución a los problemas de los españoles hoy se le atribuyen todos nuestros males, con Angela Merkel en el papel de madrastra.

Lo que nadie llegó a explicar muy bien era en lo que consistía volver al corazón de Europa. Estados burocráticos con partidos de masas poco diferenciados que pugnan en las elecciones por ser el que mejor repartirá el botín expoliado a sus contribuyentes, en eso consiste la "vieja Europa". El proyecto político de la Unión Europea no va a ninguna parte porque su espíritu es viejo, conservador en la socialdemocracia. El consenso general es en el del bienestar del Estado mientras haya prebendas por repartir, que son muchas allí donde las sociedades son productivas e ilusorias en las que no lo son. Eso nos ocurrió a los españoles, empezamos a vivir como los alemanes sin ahorrar como ellos, embriagados por las arcas llenas del Estado nos acostumbramos a unos "derechos" que en ningún momento llegamos a garantizar por nosotros mismos.

La tarea del gobierno actual -y de cualquiera que le suceda- no es otra que la de avanzar en ese camino hacia el corazón de Europa ayudado por eso que llaman la "consolidación fiscal", que no es otra cosa que subirnos los impuestos para pagar los servicios que hasta ahora disfrutábamos a crédito. Simplemente no hay alternativa dentro de la UE, ese es el conseno socialdemócrata en el que queremos vivir. Desde luego existen alternativas, una brilla con luz propia en el corazón geográfico pero no político de Europa: la Confederación Helvética. La otra es hija es de las aventuras europeas cuando aspiraba a dar forma al Nuevo Mundo: la República bolivariana de Venezuela. Entre medias hay muchos grises pero a estas alturas de la historia pocos caminos quedan ya por recorrer, libertad o colectivismo.

Conociendo a nuestra clase política y el servilismo de nuestros compatriotas tal vez no estemos tan mal, porque podríamos estar mucho peor. La Unión Europea es nuestra maldición y nuestra tabla de salvación, dos caras de la misma moneda. El miedo a la libertad, tan humano como el ansia de libertad misma, es la que nos ha llevado a renunciar a ella para garantizar lo que muchos creen que es el mejor nivel de vida posible. Si consiguieramos sustituir el miedo a la libertad -a tomar decisiones equivocadas- por la desconfianza hacia los gobiernos, el sistema político sería mucho más parecido al suizo que al venezolano. Si por el contrario confiamos en la llegada de un político capaz de solucionar nuestros problemas, nuestro destino se parecerá más al del populismo bolivariano.

Entre tanto, no es Merkel la que exige que no continuemos derrochando los ahorros de los alemanes, son esos mismos ahorradores quienes exigen que nos pongamos a producir y pagar más impuestos para devolver lo que nos prestaron. No se trataba de colgar una bandera de doce estrellas, el corazón de Europa era esto.

Claros y oscuros de Ed Miliband

Entre los días 22-25 de septiembre, el Partido Laborista británico ha celebrado su conferencia anual en localidad de Brighton. Muchos temas sobre la mesa tanto domésticos (referendo en Escocia previsto para 2014) como internacionales (relación con la UE, tras la suerte de ultimátum, en forma de renegociación/referendo, ofrecido por David Cameron), todo ello sin olvidar, que Ed Miliband a comienzos del mes de septiembre recibió el ataque de los sindicatos, acusándolo de defender políticas más cercanas al capital que a la clase obrera.

Con este contexto previo afrontaba el laborismo y su joven líder la Conferencia Anual. Miliband se ha visto obligado a realizar guiños a la izquierda del partido, con su peculiar visión del concepto de One Nation, consciente de que las centrales sindicales aportan votos y financiación, por lo tanto, no conviene su descontento. Como herramienta se ha servido de la demagogia, acusando al partido conservador bien de llevar a cabo medidas que minan los derechos de los trabajadores, bien de emplear un lenguaje propio del National Front, partido de carácter fascista que tuvo cierto protagonismo, más mediático que de sustancia, décadas atrás.

Así, se ha convertido en una constante el excesivo peso que en el argumentario laborista ocupa el asimilar a su rival, el Partido Conservador, con formaciones radicales, particularmente el UKIP. Al respecto, han aparecido las primeras voces en el Labour que han subrayado que la irrupción de partidos como el citado UKIP suponen también una amenaza para las expectativas de voto de Ed Miliband, sobre todo si éste sigue omitiendo hablar de la Unión Europea, como ha hecho en Brighton.

Ciertamente, hasta la fecha la política de Miliband se ha basado más en atacar a su rival conservador que en proponer medidas concretas. Buscaba diferenciarse tanto de Cameron (estigmatizando a los tories) como de Blair como forma de consolidar su liderazgo.

En Brighton, por tanto, no se salió del guión. Ha preferido nadar y guardar la ropa, consciente de que los sondeos, aunque le son favorables, no le dan la mayoría absoluta, por lo que quizás podría necesitar de los liberales-demócratas para formar un gobierno de coalición. Estos últimos, durante su Conferencia Anual celebrada a mediados de septiembre, dejaron las puertas abiertas a otra posible alianza post-electoral, sin discriminar al socio mayoritario de la misma.

Con todo ello, lo más significativo en Brighton ha sido el alegato unionista lanzado por el laborismo, destinado no a lograr réditos electorales sino a un objetivo mayor: mantener la unidad del país ante las acometidas de los nacionalistas escoceses. En efecto, pese a que aún queda un año para la celebración de la trascendente consulta (18 de septiembre de 2014), tanto Miliband como pesos pesados del partido han acentuado que el mantenimiento de Escocia dentro de la Unión es el gran para el reto.

Así, han elaborado un listado de riesgos, en el que sobresalen los de naturaleza económica, que tendría la independencia para Escocia. Por ejemplo, Jim Murphy habló del descenso en la inversión en gastos militares, algo que al pacifismo de corte buenista practicado por el SNP y sus socios de plataforma subestiman, pues siguen asociando erróneamente ejércitos a guerra.

Al respecto, el independentismo escocés está recurriendo a lo simbólico, a través de la realización de marchas por la independencia que, si bien generan titulares en los medios y debates encendidos en la sociedad civil, no resuelven cuestiones de enjundia (por ejemplo, la moneda del hipotético Estado escocés o si éste sería miembro de la Unión Europea…).

La próxima semana los conservadores celebrarán su conferencia anual en un ambiente de menos consenso que los laboristas, motivado como viene siendo habitual desde hace dos décadas, por la posición hacia la Unión Europea. No obstante, es probable que ofrezcan más respuestas, aún en detrimento de la unidad interna.