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Etiqueta: Pensamiento liberal

La defensa social frente al engaño político

Cuenta Avner Greiff en su artículo “Contract Enforceability and Economic Institutions in Early Trade: the Maghribi Traders Coalition” que, en el siglo XI, algunas comunidades de mercaderes mediterráneos magrebíes encontraron una manera de evitar el engaño por parte de los agentes de comercio: la coalición de los mercaderes que contrataban a dichos agentes. Un factor muy importante en el éxito de esta vía era la confianza, el flujo de información y, en especial, la reputación.

Un agente comercial era aquella persona contratada por un comerciante (inversor) para gestionar las operaciones comerciales en las ferias y mercados internacionales. El riesgo de ser engañado era muy alto. El mercader no podía saber qué hacía realmente el agente en las ferias, si gestionaba adecuadamente su dinero y sus mercancías o si le robaba o se ponía de acuerdo con la otra parte del trato comercial a sus espaldas y a su costa. Por ello, los mercaderes se unieron en una asociación surgida espontáneamente comprometiéndose a contratar los mismos agentes y en aplicar un sistema de castigos común. De esta forma, nadie contrataría a un agente mentiroso, nadie penalizaría a quien robara a un agente que hubiese engañado y, el agente cargaría con una mancha que sería tanto más pesada, cuanto más extensa y numerosa fuera esa coalición de mercaderes. Desde el punto de vista del agente, la ganancia de comportarse honestamente, por tentadora que fuera la posibilidad de engañar al mercader una vez en tierra extraña, incluso si el beneficio inmediato del engaño fuera mayor, era mucho más que suficiente, sin ninguna duda, merecía la pena ser honesto. ¿El secreto? La pérdida de reputación, el castigo de no ser confiable en su comunidad de base, el compromiso de todos los mercaderes asociados en esa coalición de no contratarle y de repudiarle, implicaba la ruina futura. El coste de emigrar a un lugar donde esa coalición no actuara y donde pudiera escapar de su mala reputación era prohibitivo. Sin embargo, la perspectiva de beneficios que, a corto plazo eran menores, pero le permitían desarrollar su trabajo a largo plazo, y si mejoraba, ganarse una buena reputación y sacar provecho de la red internacional de mercaderes, era preferible.

La pequeña historia de los comerciantes del Magreb en un siglo en el que no existían acuerdos internacionales o reglas de Derecho Internacional tan sofisticadas como las de hoy en día, nos enseñan, como poco, una lección. Y es ésta: los posibles sujetos de engaño tienen la responsabilidad moral de tomar medidas para evitar ser engañados. Y esas medidas están asociadas a los incentivos para los “agentes”. ¿Hacemos eso con nuestros políticos? Me temo que no.

La corrupción no es un fenómeno moderno. Es un mal asociado a la naturaleza humana. La detección del engaño es uno de los avances de nuestros ancestros. El aprendizaje en este ámbito explica el aumento de confianza cuando reconocemos rasgos familiares en el otro, el miedo al diferente, etc. Siempre ha habido personas que han abusado cuando la situación les era propicia. Pero, lo normal es desarrollar estructuras legales y sociales para evitarlo: la ley, la reputación, el desahucio social, por ejemplo. Y así sucede en otras sociedades. Pero en la española, las cosas son diferentes.

Los auto engaños, ya encastrados en nuestra idiosincrasia, nos pierden. Como la identificación con una tendencia política ocultando la responsabilidad individual del delincuente, o directamente la disculpa del hecho si el beneficio obtenido con el engaño no es mucho, o el olvido al cabo de poco tiempo, porque nos dejamos impresionar por lo ruidoso y brillante, por más que no sea oro, sino baratijas, son comportamientos que están a la orden del día.

¿Qué mecanismos hemos desarrollado en este país para evitar que nuestros “agentes” políticos no nos engañen cuando gestionan nuestros “bienes” o nuestro dinero, en ámbitos tan alejados del ciudadano de a pie como la defensa nacional, la gestión hospitalaria o los acuerdos internacionales? ¿Están asociados al futuro laboral del posible defraudador?

El pasado otoño, el periodista de El Mundo, John Müller, ofreció una conferencia en CUNEF y mostró casi cincuenta portadas de dicho periódico denunciando casos de corrupción durante los últimos 25 años. Las mismas personas, mayores cantidades. Algo debemos estar haciendo mal cuando nuestro sistema judicial no evita que empresarios privilegiados se aprovechen de la ventaja, políticos beneficien a hermanos, amigos y socios políticos, etc. Pero es notable que tampoco la sociedad, el pueblo engañado, hace nada.

Obviamente, siguiendo la lógica de Greiff, dado que no hay pérdida de reputación a largo plazo, no lo paga con su trabajo, ni hay rendición de cuentas, el “agente” político tiene muchos incentivos para seguir engañándonos. Nosotros, en lugar de responsabilizarnos de la situación, esperamos una solución mágica. Tal vez, como los mercaderes magrebíes del siglo XI, deberíamos quitarnos la venda de los ojos y mostrar el repudio a ese comportamiento, de forma que dañe la reputación del político que engaña y también del que ampara el robo por parte de los gobernantes. Tal vez, entonces, acabe el expolio aplaudido y votado por la mayoría.

Juan de Mariana en la Academia de Doctores

El pasado día 26 de junio Victoriano Martín ingresó en la Real Academia de Doctores de España con el discurso "Filosofía política y teoría monetaria en la Europa medieval y su reflejo en Juan de Mariana". El profesor Martín, catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Rey Juan Carlos, es un buen conocedor de los maestros de Salamanca (recordemos por ejemplo su Lección Inaugural en la misma Universidad sobre "Las ideas liberales y la escolástica española del XVI") y ha dirigido varias tesis doctorales sobre esta materia.

En el solemne Acto de Toma de Posesión, quiso relacionar la crisis económica de nuestros días (en lo que tiene que ver con el dinero y el crédito) con viejas teorías monetarias que a su juicio parecen haber sido olvidadas, pero que sin embargo muestran una muy consistente actualidad en cuanto a su validez. En concreto, ofreció una síntesis de la teoría monetaria medieval, llevada a su plenitud por el jesuita español Juan de Mariana, en comparación analógica con las explicaciones sobre el fracaso de las políticas de dinero fácil que han venido practicando los bancos centrales de Estados Unidos, Europa y Japón.

Aquellos autores medievales ya avisaron del peligro del envilecimiento del dinero (pérdida de su poder adquisitivo) ocasionado, entonces, por ciertos procedimientos heterodoxos de reacuñación; lo que, transferido a la actualidad, ocurre cuando se permite que los aumentos en la cantidad de dinero financien los gastos (enormes) del Estado. Frente a aquellas prácticas, Mariana protestaría contra lo que consideraba un impuesto inflacionista: ilegal en cuanto que no contaba con la aprobación de los ciudadanos y torpe en cuanto que no respetaba los principios de una teoría monetaria ya muy bien asentada en su época, sobre la conveniencia de mantener estable el valor del dinero mediante el pleno contenido metálico de las monedas, esto es, la igualdad entre el valor facial y su valor intrínseco. De la inflación injusta hablaré en seguida; ahora les quería citar un texto del jesuita respecto a lo segundo:

Dos valores tiene la moneda, el uno intrínseco natural, que será según la calidad del metal y según el peso que tiene, a que se llegará el cuño, que todavía vale alguna cosa el trabajo que se pone en forjarla; el segundo valor se puede llamar legal y extrínseco, que es el que el príncipe le pone por su ley, que puede tasar el de la moneda como el de las demás mercadurías. El verdadero uso de la moneda, y lo que en las repúblicas bien ordenadas se ha siempre pretendido y practicado, es que estos valores vayan ajustados.

Pero regresemos a esa inflación injusta, que eso era para Mariana la manipulación monetaria: un impuesto ilegítimo que, al no ser aprobado por los ciudadanos, convierte al príncipe en tirano. En su Tratado sobre la moneda de vellón afirma tajantemente: "El rey no puede bajar la moneda de peso o de ley sin la voluntad del pueblo". Insiste en que el príncipe no es dueño de los bienes de los particulares, por lo que no podrá:

(…) tomar parte de sus haciendas, como se hace todas las veces que se baja la moneda, pues les dan por más lo que vale menos; y si el príncipe no puede echar tributos contra la voluntad de sus vasallos ni hacer estanques de las mercaderías, tampoco podrá hacerlo por este camino, porque todo es uno y todo es quitar a los del pueblo sus bienes, por más que se les disfrace con dar más valor legal al metal de lo que vale en sí mismo.

El profesor Martín terminaba su discurso lamentándose de la escasa aceptación que tuvieron estas doctrinas escolásticas, seguramente demasiado avanzadas para su tiempo (recordemos que Juan de Mariana estuvo preso por la Inquisición en el convento de San Francisco de Madrid). En su opinión, el padre Mariana constituye, junto con Vázquez de Menchaca, uno de los ejemplos claros en los que aparece la defensa de los derechos individuales como fundamento de los límites del poder político. Sostuvieron que la soberanía reside en el pueblo, y sirve para garantizar su felicidad. De ahí que se mostraran tan celosos de que el soberano cumpla con la misión que se le encomienda, porque, dice Mariana:

Todos los hechos del príncipe deben encaminarse a alimentar la benevolencia de los súbditos y a procurar a estos mismos la mayor felicidad posible. El deber del que gobierna ciudadanos… es velar por la defensa y la utilidad de quienes están bajo su amparo. Éstas son pues las virtudes del rey y éste el camino que le puede conducir a la inmortalidad.

Una reflexión que deberían considerar muchos gobernantes de nuestro tiempo. Como indica Victoriano Martín, trayendo a colación de nuevo la coyuntura actual:

Conviene resaltar aquí una vez más cómo estos autores derivan su teoría monetaria de la filosofía política que profesaban; una filosofía de la que por desgracia carecen los dirigentes políticos actuales, y cuyos ingredientes fundamentales son la teoría del consentimiento y la teoría de los derechos subjetivos, considerando uno de los principales el derecho de propiedad.

Enhorabuena al nuevo académico y otro motivo para felicitarnos por el patrono de nuestro Instituto.

PS: Respondió a su discurso de ingreso el también catedrático de la URJC y académico, profesor Fernando Becker Zuazua. La Real Academia de Doctores fue fundada en 1922 por iniciativa del rey Alfonso XIII y del rector de la entonces Universidad Central, D. José Carracido. Sus fines son la promoción del cuerpo doctoral español, la cooperación interdisciplinar y con otras academias, el asesoramiento sobre cuestiones humanísticas, de ciencia o tecnología y el fomento de la cultura. Tiene su sede en el antiguo Paraninfo de la Universidad Complutense en la calle San Bernardo de Madrid.

El islam como problema

A comienzos de junio Tony Blair publicó un artículo a propósito del asesinato del soldado británico Lee Rigby en una calle del sur de Londres que causó gran revuelo. Su título era Un problema dentro del islam y en sus párrafos más destacados decía lo siguiente:

No hay un problema con el islam… Pero hay un problema dentro del islam –de parte de los adherentes a una ideología que es una rama dentro del islam–. Y esto tenemos que ponerlo sobre la mesa y ser honestos acerca de ello. Por supuesto que hay cristianos extremistas y también judíos, budistas e hinduistas que lo son, pero me temo que esta rama dentro del islam no sólo abarca a unos pocos extremistas. En su núcleo existe una concepción de la religión y de la relación entre religión y política, que no es compatible con las sociedades pluralistas, liberales y tolerantes.

Para muchos fue una declaración escandalosa, lo que simplemente indica el grado de incapacidad de hablar con franqueza a que se ha llegado en lo referente al islam. Al poco tiempo vino la crisis egipcia, confirmando una vez más que el islamismo, es decir, lo que Blair considera la rama problemática del islam, "no sólo abarca a unos pocos extremistas". Sin embargo, si bien para muchos la constatación de Blair parece osada la verdad es que elude lo más importante y problemático, a saber, que aquella "concepción de la religión y de la relación entre religión y política, que no es compatible con las sociedades pluralistas, liberales y tolerantes" es, en realidad, la esencia misma del credo instaurado por Mahoma.

Cabe recordar que la idea distintiva del islam es que su libro sagrado, el Corán, es la palabra eterna, exacta e inmutable de Dios que Mahoma, con la mediación del arcángel Gabriel, sólo se limitó a recitar (Corán, Qu’rān, significa "la recitación" y la ortodoxia plantea que el texto, ya en árabe clásico, existió en Dios desde siempre). Esto crea un obstáculo mayor para cualquier intento de interpretación alegórica, matización o reforma del mensaje coránico. Pero lo decisivo es que este mensaje inmutable, complementado por los hadices o hechos y dichos del Profeta, no se refiere exclusivamente a cuestiones espirituales o supraterrenales, sino que aspira a regir directamente el conjunto de la vida social y espiritual. Ésta es la raigambre "totalizante" del islam, ya que excluye la existencia de un orden secular separado o no regido por la religión. Pero aquí también radica su matriz predemocrática, ya que no reconoce la soberanía legislativa del pueblo sino sólo la divina. Por ello, cuando los Hermanos Musulmanes dicen "El Corán es nuestra Constitución", están, de hecho, diciendo una obviedad para todo musulmán que siga tomando en serio los pilares mismos de su fe.

Si hacemos una comparación con el cristianismo y su evolución hacia una aceptación de la modernidad secularizada vemos dos notables diferencias que harán una evolución semejante mucho más difícil en el caso del islam. Por una parte, el cristianismo no es fundacionalmente totalizante (si bien tendería a serlo al ser adoptado como religión de Estado) y por ello no se articula originalmente como una religión que pretenda regir los asuntos de este mundo. "Dad al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios" y "Mi Reino no es de este Mundo" son dos magníficas síntesis bíblicas de esta distancia respecto del orden social y político terrenal. Por otra parte, a diferencia de Mahoma, Cristo no fue ni pretendió ser un jefe político-militar ni tampoco el creador de un orden social determinado. En suma, mientras que el cristianismo nació para resistir al mundo o incluso apartarse de él, el islam nació para conquistarlo y gobernarlo, para ampliar contantemente la "Casa del Islam" (Dār al-Islām) hasta absorber completamente ese mundo exterior llamado la "Casa de la Guerra" (Dār al-Harb).

Así y todo, el camino del cristianismo hacia una aceptación plena de una sociedad abierta no fue fácil. Su retirada hacia la esfera privada y la pérdida de su monopolio ideológico fue un proceso largo y desgarrador. También lo fue aceptar la crítica de sus textos sagrados, la autonomía de la ciencia y, sobre todo, la libertad del individuo para elegir sus formas de vida y, finalmente, creer o no creer. Nada semejante ha ocurrido dentro del islam y por ello su enfrentamiento con la modernidad –que no surge como en el mundo cristiano de una evolución interior sino que irrumpe como una fuerza exterior– ha sido tan difícil y traumático, provocando finalmente una fuerte reacción defensiva que propone la reislamización plena de la sociedad y la vuelta a la pureza de los orígenes, encarnada por esa utopía arcaica que es la umma o comunidad de los creyentes instaurada por Mahoma.

Este es el sentido estrictamente reaccionario del fundamentalismo islámico, pero lo que hay que entender es que el mismo no se deriva de una interpretación atávica o delirante del mensaje original de Mahoma, sino que fluye de la esencia misma de ese mensaje. En ello reside la dificultad que hay que saber reconocer y enfrentar, no para satanizar al islam sino para entender a cabalidad tanto su encrucijada actual como la fuerza del islamismo en sus diversas variantes.

El futuro dirá si el islam va a seguir siendo una "religión del recuerdo", es decir, de la fidelidad a la tradición (sunna) y al pasado, o si será capaz de evolucionar hacia una religión del futuro. Los que deseamos que prevalezca esta última alternativa debemos empezar por reconocer que existe un problema no sólo dentro del islam sino con el islam.

Rajoy no lee a Rallo… ¿O sí?

¿Nuestros políticos se equivocan de buena fe? Es decir, ¿son ignorantes o malvados? Viendo las tropelías que cada semana publican en el BOE, uno piensa: "No puede ser que no lo sepan". Es que día tras día reinciden en los mismos errores y mantienen recetas que se han probado inútiles en el pasado.

Por otro lado, escuchando sus explicaciones y sus pésimos argumentos, te entran las dudas. Quizá es que simplemente no tienen ni idea. Lo hacen porque no saben. Tampoco es que eso te tranquilice. La verdad es que es difícil saber qué es mejor.

El problema es que no pueden decir que no se les ha avisado. Hay decenas (bueno, quizá no) de buenos economistas que llevan unos cuantos años anticipando lo que va a pasar, explicándoles por qué no van a funcionar esas leyes que presentan con tanto alboroto, ofreciéndoles pistas sobre el camino que deberían seguir. Pero no les hacen ni caso. ¿Es que no les leen o es que directamente pasan de ellos?

De entre todos, pocos hay más precisos que Juan Ramón Rallo. Al leer Crónicas de la Gran Recesión II (2010 -2012), uno vuelve a sentir la misma sensación que tuvo con el primer volumen: esa mezcla de envidia (sana) ante un articulista tan certero, pena (profunda) por el escaso eco que en los despachos gubernamentales tiene su discurso y esperanza (¿ingenua?) en lo que un economista tan joven y brillante pueda ofrecer a su país en las próximas décadas si le dejan sus políticos.

Habrá quien piense que me ciega un sentimiento de compañerismo con Rallo, y el hecho de que muchas de las columnas del volumen aparecieran primero en Libertad Digital. Pues bien, que ese alguien abra el libro y comience a leer. Verá que me quedo corto. Hace un par de años, el primer Crónicas se iniciaba con el artículo "Se acabó la fiesta". Escrito en el verano de 2007. Busquen a ver quién pronosticaba entonces la magnitud de lo que se nos venía encima.

La segunda parte comienza igual de bien –es un decir–: "Sorpresa, los estados también quiebran". Cuidado, no crean ustedes que este artículo es de mediados de 2011, cuando la prima de riesgo española se disparaba por encima de los 600 puntos. No. Rallo habla en enero de 2010, según van llegando las primeras noticias de la crisis griega, ésa que nos decían que estaba controlada porque un país de la Eurozona no podía quebrar. Y nos advierte, en ese momento, de que los españoles tenemos "el síndrome del nuevo rico incapaz de administrar sus finanzas y que termina por arruinarse".

Y sigue. Porque en esos días la esperanza era Rajoy. Claro, la culpa era del PSOE. De un Gobierno incapaz. Sólo había que esperar a que llegara el PP, los sensatos, los buenos gestores. No para Rallo. Por eso, su segundo artículo (qué bien escogida está la lista) se titula "Zapatero no sirve, Rajoy tampoco", en el que advierte al hoy presidente de que su mera llegada a La Moncloa no servirá de nada: sus propuestas son, en el mejor de los casos, una retahíla de buenas intenciones que se quedan a medio camino y, en el peor, una continuación de las políticas ya fracasadas.

Son 100 artículos, pero no se leen como piezas sueltas. Son más bien como las teselas que conforman un mosaico. Unas son advertencias: "La hiperinflación no es un problema… de momento" o "Techo de deuda: jugándoselo todo a la ruleta del crecimiento"; otras sirven como consejo para quien quiera escuchar: "La reforma laboral que España necesita" o "No regulemos la banca, dejemos de privilegiarla"; y algunas más son una lúcida descripción del acontecimiento de la semana: "Grecia, un parque temático socialista" o "Por qué Arenas perdió en Andalucía". Todas están cortadas por el mismo patrón, todas miran al fondo del problema. Sólo conociendo el origen seremos capaces de ofrecer soluciones válidas.

Como sabrán los que siguen a su autor cada semana, el libro es muy fácil de leer. Y las magníficas ilustraciones de Pablo Jiménez Recio son el complemento perfecto. A Mariano no le costaría más de un fin de semana. Este verano podría llevárselo en la maleta. Y echarle un vistazo mientras descansa. Dirán algunos que no serviría de nada; lo pasado, pasado está. Pero podría ser un comienzo. Quizá después de ver sus errores expuestos de forma tan precisa comenzaría a buscar a nuestro joven economista en los diferentes medios en los que colabora. O le llamaría para pedirle consejo. Porque hay algo que está claro: Rajoy no lee a Rallo… ¿O sí? No sé cuál de las dos respuestas me daría más miedo.

Juan Ramón Rallo: Crónicas de la Gran Recesión II (2010 – 2011). Unión Editorial, Madrid, 2013, 434 páginas. Prólogo de Daniel Lacalle e ilustraciones de Pablo Jiménez Recio.

Las democracias insostenibles

Cuando escribo estas palabras, en Egipto se está buscando Primer Ministro. Tras el derrocamiento por el Ejercito del presidente Morsi, del Partido Justicia y Libertad, de los Hermanos Musulmanes, y la toma de poder bajo tutela militar de Adli Mansur, la opción de El Baradei, que fuera director general de la Agencia Internacional de la Energía Atómica y Premio Nobel de la Paz junto a la organización en “reconocimiento a sus esfuerzos por impedir la proliferación de armas nucleares” no convence a los salafistas del partido Al Nur, que apoyaron el golpe, pero que empiezan a estar reticentes con la evolución de los acontecimientos. La probabilidad de un conflicto bélico aumenta.

El problema de la destitución de Morsi es que, pese a sus múltiples defectos y sus ideas claramente totalitarias, era un presidente que tenía la legitimidad que le da el haber sido elegido democráticamente. Al menos, de haber sido elegido en proceso electoral bendecido por Occidente que, de pronto, no supo asimilar ni gestionar lo que alguien con poco tino empezó a llamar Primavera Árabe y que está afectando a la estabilidad política de muchos países musulmanes.

Muchos se han apuntado a la tesis de que las revueltas y los conflictos bélicos que sacuden o han sacudido a algunos países musulmanes responden a una necesidad de libertad por parte de los ciudadanos. Sin embargo, las elecciones en Egipto que llevaron a los Hermanos Musulmanes al poder, además hacen evidentes las diferencias ideológicas entre las ciudades, más vanguardistas y donde se suele hacer “política”, y las zonas rurales, más tradicionalistas, donde los islamistas tienen su cantera de votos y apoyos, nos indica que esta necesidad de “libertad” no es tal, pues la opción mayoritaria terminó decantándose por una institución, los Hermanos Musulmanes, que no engañaba a nadie y se mostraba contraria a una mayor libertad individual, sino a la imposición de una ley y a realizar cambios que islamizaran la sociedad.

Con esto no quiero decir que no haya entre los egipcios personas dispuestas a luchar y querer una mayor participación política o una mayor libertad económica, sino que estas opciones no parecen mayoritarias. Más bien, lo que estas revueltas nos muestran es el enfado de, en este caso sí, una mayoría de personas contra unos sistemas políticos corruptos y una profunda división de opiniones de lo que debería hacerse y cuál es el modelo social que se persigue.

Esta discrepancia de objetivos, formas y acciones es lo que tradicionalmente suele hacer fracasar a un movimiento revolucionario. La unión inicial más circunstancial que preparada, aúna esfuerzos y si el régimen no es lo suficientemente estable o poderoso, suele caer, como le ocurrió al de Mubarak en Egipto, mantenido por los militares, aunque cansados de su corrupción. Una vez derrocado, los grupos organizados como los Hermanos Musulmanes supieron gestionar el proceso, incluso sin haber participado activamente en las revueltas iniciales, hasta alcanzar el poder. Lo mismo que soviéticos y nazis hicieron hace ya muchas décadas.

Los intereses diplomáticos y cierta visión interesada de algunos países occidentales, como Estados Unidos o Francia, esta última en Libia, han mantenido activas algunas de estas revueltas, apoyándolas, aunque sólo sea con simples apoyos diplomáticos, lo que ha favorecido la extensión en el tiempo del conflicto político, su radicalización y un incremento de la violencia, alargando, posiblemente, conflictos que podrían haberse solucionado mucho antes.

En una línea parecida, Rusia mantiene al presidente sirio Al Asad, en cuyo país se libra una de las guerras civiles más sangrientas que ha salido de la Primavera Árabe. Sin embargo, en este caso, las intenciones de ambos bandos parecen igual de oscuras y no se aprecia ninguna intención de incrementar la libertad económica o política de los sirios.

El fundador y director de la Organización para la Democracia y la Libertad en Siria, Ribal Al-Assad, explica que “el jefe del consejo supremo de los islamistas en Arabia Saudí llamó a la yihad contra los infieles alauitas y dijo que no importaba si moría un tercio del pueblo en el proceso. Esto era un horror y ha empujado a que los moderados en Siria le dieran su apoyo al Gobierno porque es verdad que quieren cambiar la dictadura, pero no quieren remplazarlo con algo peor, con islamistas”.

La democracia es una manera de organización del Estado, y es cierto que suele ser la que más libertad permite a los que bajo ella viven, pero esto no siempre es así. Es muy posible que cualquier ciudadano de Singapur tenga más libertad que la que han tenido los egipcios con Morsi o la que tengan los venezolanos con Maduro o antes con Chávez. Que un régimen proteja la propiedad privada de los ciudadanos, que permita que estos lleguen a intercambios libres de cualquier tipo sin que se interpongan (demasiadas) leyes y que se respeten los acuerdos y contratos firmados o aceptados, hacen más por la libertad y la prosperidad de los individuos que la posibilidad de que todos puedan llegar a los organismos e instituciones donde se ejerce el poder, que en estas circunstancias que comento, tienen menos interés para la mayoría de los ciudadanos. Y ese es el problema de algunas democracias, que las luchas por el poder, y no por la libertad, las vuelven insostenibles porque se realizan a costa de la riqueza de todos.

El ‘derecho social’ a la especulación inmobiliaria

En España hay superabundancia de derechos de todo tipo, la mayoría de ellos inventados por la izquierda para justificar determinadas operaciones políticas contra su rival en el poder. Desde que el Pasmo de León anunció su intención de poner en marcha una "ampliación de derechos de ciudadanía" –según la jerga progre al uso-, la burbuja de derechos sociales no ha hecho más que crecer, sin que nadie sepa a ciencia cierta si el proceso tiene un fin conocido o vamos camino de una hiperinflación galopante de proporciones argentinas.

En España existe el derecho a tener una vivienda, que además tiene que ser "digna"; a disfrutar de una beca, aunque seas un estudiante mediocre tirando a vago, para poder vegetar unos años en la universidad "esperando un empleo" (Rubalcaba dixit); a rodear el Congreso de los Diputados apedreando policías o a acosar a los políticos rivales en sus domicilios particulares, prerrogativa esta última bendecida expresamente por el presidente del Tribunal Supremo y del Consejo General del Poder Judicial.

Pero a este amplio catálogo de derechos kolectibos hay que sumar ahora una aportación extraordinaria, fruto del ingenio inagotable de los comunistas andaluces, destinada a cuestionar determinados tabúes relativos a la especulación capitalista con bienes raíces. Diego Valderas, dirigente de IU en Andalucía y vicepresidente de la Unta es, como tantas veces, el autor intelectual de este cambio de cosmovisión, que en este caso se refiere a la consideración política que merecen las operaciones inmobiliarias.

Valderas, como es sabido, aprovechó la circunstancia del desahucio de un vecino en paro para enriquecer su patrimonio con un ahorro en el precio más que notable. A simple vista podría parecer que estamos ante un sucio especulador que se apovecha de la desgracia de un obrero, pero después de escuchar las explicaciones de los dirigentes comunistas andaluces la consideración ha de ser completamente distinta.

Los argumentos de Izquierda Unida para justificar este incremento patrimonial de su líder andaluz a costa del sudor del obrero son dos y ambos inapelables: es legal y lo hace todo el mundo. Es de esperar, por tanto, que IU rechace expresamente a partir de ahora las actividades de las plataformas antidesahucios que proliferan por todo el territorio nacional dedicadas a protestar contra los procedimientos hipotecarios, algo que también "es legal y lo hace todo el mundo".

Este radical cambio de opinión e la formación comunista acerca de lo que antes llamaba despectivamente "especulación inmobiliaria" puede ser sólo el primer paso en una revisión en profundidad de los viejos dogmas marxistas que todavía se enseñorean de su programa político. Gracias a las actividades privadas de sus dirigentes, unos especulando con viviendas a través de la banca y otros con un capitalito invertido en las bolsas occidentales en lugar de en bonos del Estado cubano, de aquí a poco tiempo igual nuestros comunistas permiten a los demás que actuemos con nuestros pobres ahorros con el mismo celo que ellos emplean en preservar los suyos. Por soñar que no quede.

El nuevo liderazgo

La política me aburre soberanamente. A veces se crean nuevos partidos con enfoques diferentes a los que estamos acostumbrados, como el Partido Pirata, Escaños en blanco o el Partido por la Libertad Individual. O reaparece algún ex-presidente para dar un par de titulares y tenernos entretenidos durante unos días. Pero en general, resulta todo de lo más aburrido. En realidad, lo que se hace aquí no es política, sino campaña. En España es común un cierto estado de campaña permanente porque hay tantas elecciones que, apenas se celebran unas, ya estamos preparando las siguientes. Tenemos elecciones locales, autonómicas, nacionales y europeas, así que uno siempre tiene la sensación de estar inmerso en algún proceso electoral. Pero últimamente se les está yendo de las manos. Tenemos una oposición que, en vez de hacer oposición (con lo fácil que se lo están poniendo) se dedica a hacer campaña todos los días de la semana. Y tenemos un gobierno que parece ir dando palos de ciego, donde cada ministro actúa por libre, lo que les obliga a estar rectificando constantemente, dando marcha atrás y contradiciéndose unos a otros. Tenemos un Presidente del Gobierno y varios Ministros que mienten más que hablan. Dicen una cosa y hacen exactamente la contraria. ¿Y no es eso lo que suele hacerse en las campañas? ¿Lanzar promesas que saben (y sabemos) que no van a cumplir?

Reflexionaba sobre esta cuestión cuando me topé con un comentario sobre las nuevas formas de liderazgo en uno de los mejores libros que se han escrito jamás. 

El autor menciona seis campos en los que considera que se requiere un nuevo tipo de liderazgo y el primero de ellos es la política. Dice que los políticos son, básicamente, estafadores, que se han dedicado a subir los impuestos y han corrompido la maquinaria de la industria hasta que la gente ya no puede soportar más la carga. 

El segundo es la banca, que ha perdido la confianza de la gente. 

El tercero, la industria; considera que la explotación de los trabajadores es algo que pertenece al pasado y que los líderes industriales deben empezar a pensar en “términos de ecuaciones humanas”. 

El cuarto, la religión (en cualquiera de sus manifestaciones y confesiones); los líderes religiosos deben prestar menos atención al pasado (que está muerto) y al futuro (que aún no ha nacido) y centrarse más en las necesidades temporales de sus fieles. 

El quinto lugar es para la educación, la medicina y el derecho, pero muy especialmente para la educación. Cito textualmente: “en el futuro, el líder en este campo deberá encontrar formas y medios de enseñar a la gente cómo aplicar el conocimiento que recibieron en la escuela. Deberá centrase más en la práctica y menos en la teoría.” 

El sexto lugar es para el periodismo; el autor cree que los medios de comunicación deben dejar de ser meros órganos de propaganda y afirma que la publicación de escándalos y de imágenes obscenas corrompe a la mente humana, por lo que deben evitarse.

Pienso que este análisis, aunque breve, es brillante y de absoluta actualidad. Es muy necesario que nos demos cuenta de dónde han fallado los líderes en cada uno de estos campos (y algunos otros) y que surja el nuevo tipo de liderazgo del que habla el autor. Sería esperanzador leer reflexiones como las suyas y poderles dar difusión para empezar a ver un cambio positivo en el mundo. Pero es patético y da entre miedo y tristeza que resulte tan actual un texto publicado en el año 1937.

*El libro al que hago referencia se titula Think and Grow Rich (“Piense y hágase rico”) y su autor es Napoleon Hill.

Lincoln, la película y el glorificado déspota racista (I)

Siempre que Abe es divinizado, el gobierno crece, la libertad sufre y el individuo se siente profundamente herido.

Una noche del pasado febrero fui al cine y, después de casi 3 horas viendo el último trabajo de Spielberg, dejé la sala sintiéndome muy incomodado por el guión. La crítica estaba encantada con la película, que fue nominada a 12 premios Oscar, y que acabó por llevarse unos cuantos a casa. Creo que la narrativa es demasiado lenta. Sally Field y su hijo son un poco molestos y algunos de los personajes balbucean todo el tiempo. De todas formas, no quiero entrar en si me gusta o no la película, pues esto es algo pertinente solamente a la indiscutible valoración individual y subjetiva de cada uno de nosotros. Aun así, me gustaría señalar lo poco pulida que es la película, cómo se beatifica a Lincoln y cómo se alaba al gobierno federal de EEUU. 

Empezaré por la autora del libro en que se ha basado la película. Haciendo una búsqueda rápida en internet, al poco tiempo, uno se encuentra con que Doris Kearns-Goodwin es una plagiaria confesa que fue expulsada del comité de los premios Pulitzer. Ha escrito libros acerca de varios famosos demócratas americanos: FDR, los Kennedy (el caso de plagio), Lyndon Johnson (trabajó como becaria durante su presidencia), y siempre ha mantenido una estrecha relación con el poder estatal. En su introducción de la biografía de Lyndon, hace referencia a que el ex presidente se recostaba con ella por las mañanas temprano diciéndole que le recordaba a su madre fallecida. Un poco raro, ¿no? Bueno, al final, la cuestión es: puesto que Lincoln es posiblemente el presidente americano más estudiado en la historia, con varios reconocidos académicos dedicando sus vidas profesionales a él, ¿fue este libro la mejor opción en la que basar la película?

Ejércitos de estudiosos que investigan minuciosamente todos los aspectos de la vida [de Lincoln] no han logrado encontrar un solo acto de intolerancia racial de su parte.

Doris Kearns-Goodwin, Team of Rivals: El genio político de Abraham Lincoln.

Voy a decir entonces que no estoy, ni nunca he estado a favor de lograr de ninguna manera la igualdad social y política de las razas blanca y negra, porque no soy ni nunca he sido partidario de que los votantes o jurados de los negros, ni de calificarlos en sus funciones, ni a casarse con el hombre blanco (…) yo tanto como cualquier hombre estoy a favor de la posición superior asignada a la raza blanca.

Abraham Lincoln, Primer Debate Lincoln-Douglas, Ottawa, Illinois, 18 de septiembre de 1858, en las Obras Completas de Abraham Lincoln.

Ambas citas han sido recogidas por Thomas DiLorenzo en sus artículos sobre Lincoln. 

Entonces, llegan Lincoln, la guerra, la Unión y la esclavitud. La película presenta a Abraham Lincoln como el padre de la Abolición Americana, el hombre que liberó a los esclavos, pero es difícil pensar en algo más alejado de la realidad que eso. De hecho, sus partidarios afirman que sus acciones antes de la Guerra de Secesión (y antes de su eventual apoyo a la abolición de la esclavitud) no deberían tenerse en cuenta. Al fin y al cabo, él hizo lo que fue necesario para llegar a la presidencia y eso es lo que un “genio político”, como reza el título del libro de Kearns-Goodwin, hace. También dicen que un tiempo antes de la Guerra, alguna revelación le golpeó concienciándole de que el fin de la esclavitud era lo correcto. Este cambio inexplicable de su mente va en contra de los pensamientos que abrazó la mayor parte de su vida.

¿Quién liberó a los esclavos? En la medida en que alguna vez fueron “liberados”, lo fueron gracias a la Decimotercera Enmienda, que fue escrita e impuesta no por Lincoln, sino por grandes emancipadores a quienes nadie conoce, los abolicionistas y los líderes del Congreso que crearon el clima y la presión que aguijoneó, pinchó, condujo, forzó a Lincoln hacia la gloria al asociarlo con una política a la que se había opuesto firmemente, por lo menos, durante cincuenta y cuatro de sus cincuenta y seis años de vida.

Lerone Bennett, Jr., ex editor de la revista Ebony y autor de Forced into Glory: Abraham Lincoln’s White Dream.

Bennett señala: “Hay una encantadora ficción de que Lincoln (…) se convirtió en un ferviente defensor de la enmienda y empleó el poder de su cargo para comprar votos que aseguraran su aprobación. No hay ninguna evidencia, como David H. Donald ha señalado, para apoyar tal ficción…”. En la medida en que, finalmente, Lincoln apoyó, aunque de forma vacilante, esta enmienda, Bennett afirma que fue él quien se vio obligado -literalmente- a hacerlo por otros políticos, y no al revés, como se puede observar en la película de Spielberg (cabe destacar que David Donald es el más destacado estudioso de Lincoln de nuestro tiempo y ganador del premio Pulitzer como biógrafo de Lincoln).

Thomas DiLorenzo, Lincoln the Racist.

Es importante mencionar que, mientras estuvo en Illinois, el Sr. Lincoln apoyó leyes que prohibían a los negros vivir en ese Estado; estaba en contra de matrimonio interracial y dijo que los negros podían ser iguales, pero no en los EEUU. En su parte final, la película muestra a un presidente dedicado a la causa de otorgar el derecho de voto de los negros, pero se olvida de mencionar su proyecto más importante. En sus últimos meses de vida, el conocidísimo presidente “microgerente se encontraba muy centrado en su proyecto “Liberia”. Sí, su único objetivo era enviar a tantos negros como fuera posible fuera del país, de vuelta a África, a Liberia. A menudo se preguntaba si dispondrían de suficientes barcos para llevar a cabo su propósito. Al final, no parecen estas las acciones de un hombre que había recibido una revelación divina y que había cambiado su punto de vista sobre cuestiones raciales. 

Bennett menciona que Lincoln declaró públicamente que “Estados Unidos se construyó para la gente blanca y no para los negros” (p. 211) y “al menos veintiuna veces, dijo públicamente que se oponía a la igualdad de derechos de para los negros”. “Lo que más deseo es la separación de las razas blanca y negra”, dijo Lincoln (Obras Completas de Abraham Lincoln, vol. 2, p. 521).

Thomas DiLorenzo, en Lincoln the Racist

El Partido Republicano de la época, su partido, tenía una facción abolicionista fuerte y creciente que constantemente hacía presión sobre el tema. No fue hasta que surgió la oportunidad de ir a la guerra y de usar la esclavitud como pretexto cuando el presidente Lincoln finalmente se une a los abolicionistas. De hecho, en su discurso inaugural, el nuevo presidente manifestó su apoyo a enmiendas a la Constitución que defendían que la esclavitud no era un tema del que debiera encargarse el Gobierno Federal, sino un tema de discusión por parte de los Estados.

Si no era un abolicionista, ¿por qué la guerra? Siempre fue para mantener y aumentar el poder de la Unión sobre los Estados. El fin de la esclavitud era simplemente la justificación oficial, y un favor necesario para obtener apoyo político. ¡Simplemente eso! Además, es importante mencionar que a lo largo del siglo XIX, la mayoría de los países pusieron fin a la esclavitud de forma pacífica. Aun cuando se produjeron conflictos violentos, en comparación con la matanza de Lincoln, no fueron más que pequeñas gotas de agua que caen en el océano. ¡Nueva Inglaterra y Ohio lo habían conseguido pacíficamente! Entonces, ¿por qué los EEUU no podían hacerlo de la misma forma?

La guerra duró más de 4 años; acabó con una cifra de entre 650.000 y 850.000 fallecidos (en cifras actuales –comparando la población de la época y la de hoy–, tendríamos que multiplicarlo por 10, siendo el resultado de ¡8,5 millones de muertes!), familias destruidas y hundimiento de la economía durante años. Aun en números absolutos es, con bastante margen, el mayor número de bajas sufridas por los EEUU en su historia bélica. ¡Es incluso más que la suma de todas las otras guerras juntas! Y sólo en la Segunda Guerra Mundial el país sufrió un montante de víctimas en la misma escala.

Guerra
Fallecidos
% población
Guerra de la Independencia
25.000
+- 0,9 %
Guerra de Secesión
650.000 – 850.000
 +- 2% – 3%
Primera Guerra Mundial
116.000
+- 0,1%
Segunda Guerra Mundial
405.000
+- 0,3%
Guerra de Corea
36.000
+- 0,02%
Guerra de Vietnam
58.000
+- 0,03%
Guerra del Terror
6.300
+- 0,003%

Es más, repasando algunos periódicos de la época, se pueden hallar constantes ataques de la prensa y de sus enemigos políticos, calificando a Lincoln de dictador. En muchos sentidos, actuaba como tal. Durante la Guerra de Secesión se suspendió el Habeas Corpus, se detuvo a miles de personas que se oponían al conflicto o defendían el derecho a la secesión, y se cerraron más de 300 periódicos. ¡Qué respeto a la primera enmienda! Es difícil entender cómo reputados intelectuales pueden llegar a encontrar excusas tontas para justificar sus ataques a la libertad. Mientras muchos de estos simpatizantes, con razón, se oponen a estallidos parecidos en la “Guerra contra el Terror”, dan una salida gloriosa a un Lincoln santificado.

La educación y el cinismo

Los estudiantes universitarios chilenos suelen protestar contra el Gobierno de su país. Lo hicieron contra la señora Bachelet, que es de izquierda, y lo hacen contra el señor Piñera, que es de derecha. A veces las protestas son pacíficas y a veces, como las más recientes, devienen en considerables actos vandálicos cometidos por minorías violentas infiltradas en el movimiento estudiantil.

Los jóvenes chilenos demandan buenas universidades y enseñanza de calidad, pero no quieren pagar por esos servicios. Exigen que otros se los paguen. (Eso siempre es estupendo). Tienen 18 años o más. Son mayores de edad. Pueden votar, elegir y ser electos, ir al ejército, casarse sin autorización de nadie, crear empresas, invertir, engendrar hijos a los que están obligados a cuidar, ir a la cárcel si cometen delitos, consumir alcohol o tabaco, pero suponen que la responsabilidad de pagar por su educación es cosa de otros. Son, o deben ser, adultos responsables en todo, menos en eso.

Realmente, es una conducta incoherente o, por lo menos, extraña. ¿Por qué el conjunto de la sociedad debe pagar los estudios universitarios de una minoría de adultos privilegiados que, a partir de la graduación, ganará una cantidad de dinero considerablemente mayor que la media de quienes no han pasado por esos recintos académicos? ¿No es una hiriente inmoralidad que los trabajadores de a pie paguen con sus impuestos los estudios de quienes luego serán sus jefes y empleadores?

Pero hay otra incongruencia todavía peor: los estudiantes universitarios chilenos pretenden que la educación no pueda ser objeto de lucro. Si Platón y Aristóteles hubieran ejercido su magisterio en el Chile de estos tiempos, y no en la Atenas de los siglos V y IV antes de Cristo, los hubiesen acusado de codiciosos explotadores por haber creado la Academia y el Liceo con el propósito de ganar dinero formando a sus alumnos.

Los estudiantes chilenos no advierten que están planteando un contrasentido. No hay nada moralmente censurable en el lucro.Lucro es sinónimo de logro, de misión cumplida. Si ellos quieren una educación de calidad, creativa, original, oficiada por profesores competentes, la mayor parte de las veces tendrán que atraer a los mejores con buena remuneración, con reconocimientos públicos y con posibilidades de enriquecimiento.

Hay algunos seres excepcionales, dotados de una intensa vocación, generalmente religiosos, dispuestos a enseñar por un plato de comida, una cama de tabla y dos palmos de techo, pero son pocos.A Einstein lo reclutaron en Princeton enviándole un cheque en blanco que él rellenó a su capricho.

¿Dónde está la falta en que unas personas decidan crear una empresa para vender enseñanza si hay otras criaturas dispuestas a pagar el precio que les piden para adquirir esos conocimientos? Una de las mejores universidades de Centroamérica es la Francisco Marroquín de Guatemala, una institución que es y se maneja como una empresa privada. ¿Por qué es inmoral vender educación y no vender agua, comida, medicinas o zapatos, bienes, sin duda, más importantes para la supervivencia que los conocimientos universitarios?

El argumento de que las universidades privadas con fines de lucro a veces no tienen suficiente calidad y deben clausurarse carece de sentido. Tampoco cerramos los restaurantes malos con fines de lucro, y mucho menos los comedores populares, que suelen servir unos platos espantosos a los indigentes. ¿Por qué no permitir que los consumidores de esos servicios educativos decidan libremente con su dinero cuáles universidades triunfan y cuáles fracasan?

En América Latina muchas universidades públicas sonrematadamente malas y no por eso pedimos que las cierren. Como no se cansa de denunciar Andrés Oppenheimer, entre las 500 mejores universidades del planeta apenas comparecen tres o cuatro latinoamericanas, y están a la cola del grupo.

Hay algo terriblemente autoritario e hipócrita en el comportamiento y las demandas de esos estudiantes chilenos. Lo terrible es que ellos, que esperan que otros les paguen sus estudios, y que condenan a quienes están dispuestos a arriesgar su capital y su trabajo para crear instituciones educacionales lucrativas, cuando terminan sus carreras suelen o intentan convertirse en profesionales económicamente exitosos. Para ellos el lucro sólo es malo cuando lo persigue el otro. Eso se llama cinismo.

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Los frentes británicos

La situación económica británica sigue sin mejorar o, cuando menos, no lo hace de una forma tan sobresaliente como desearía el binomio Cameron-Clegg. En consecuencia, los ataques que viene sufriendo el Canciller George Osborne aumentan. Al respecto, un nuevo "paquete de austeridad" fue aprobado con la finalidad de reducir el gasto público, que, tras el control inicial de los dos primeros ejecutivos laboristas (1997-2005), se disparó cuando Gordon Brown se convirtió en Primer Ministro (junio de 2007).

Con este tipo de medidas impopulares, la imagen del gobierno se deteriora y en paralelo mejora la de la oposición. Sin embargo, las recetas que propone Ed Miliband no suponen novedad alguna. Por el contrario, prefiere centrarse en la ortodoxia intervencionista, rememorando con nostalgia los tiempos de Harold Wilson y James Callaghan que dejaron como "legado" la imagen pésima del Labour Party como gestor de las arcas públicas. Les llevó dos décadas recuperarse, para lo cual optaron por la mimetización, en algunos aspectos, con políticas propias del Thatcherismo (entre ellas también las relativas al orden y la seguridad interior o las relaciones con Estados Unidos).

Sin embargo, poco queda actualmente de la Tercera Vía. Los sindicatos han recuperado parte del protagonismo que perdieron en los años 80 y 90, aunque, entre otras razones por la existencia de un gobierno conservador, no tienen la capacidad para dictar la política económica como en los setenta. Tampoco hay un Arthur Scargill que monopolice la demagogia con un discurso de corte marxista, más preocupado en el bienestar de su gremio que en el del país.

Con respecto a la Unión Europea, el Labour Party está apostando por una equidistancia deliberadamente calculada. Ataques a Cameron por su deseo de renegociar las relaciones entre Londres y Bruselas, pero sin hacer una defensa a ultranza del proceso de integración europea, más allá de repetir ciertos tópicos, como que Reino Unido debe jugar un rol clave en las instituciones comunitarias. En este punto, es probable que en la estrategia, compleja y comprometida, seguida por el líder tory, los principales adversarios no sean ni Clegg ni Miliband ni Merkel ni el mediático y populista Farage, sino sectores de su propio partido. Por tanto, los próximos años serán testigos de un intercambio de reproches, ataques y acusaciones. Es predecible que cuando lleguen las elecciones generales (2015), Europa sea uno de los asuntos fundamentales de la campaña, compitiendo en protagonismo con la propia economía.

Sin embargo, existe un tema donde la clase política británica ha dado una nueva lección al resto de democracias occidentales. Nos referimos a su capacidad de unirse para defender la soberanía de la nación ante la amenaza rupturista liderada por el nacionalismo escocés y secundada, aunque con menor protagonismo y más ambigüedad, por los Verdes y los socialistas republicanos. De hecho, para estos dos últimos partidos, formar parte de ‘Yes Scotland’ es una manera de cobrarse un protagonismo que su discurso les niega. Aun así, la constante que se está apreciando, y que indica que serán fagocitados por el SNP, aumentará conforme nos acerquemos al 18 de septiembre de 2014.

Autorizar el referendo no es sinónimo de que David Cameron quiera desmembrar el país y sí de la fe que muestra en los argumentos unionistas. Ésta viene respalda por los hechos que tienen su máximo exponente en la creación de la plataforma ‘Better Together’ que aglutina a conservadores, laboristas y liberales bajo el liderazgo de Alistair Darling, peso pesado del Blairismo.

En definitiva, puede percibirse un consenso alrededor de un objetivo (derrotar al independentismo) que hace que los nombres sean secundarios ante el fin. Además, la exaltación de un pasado común no implica etiquetas tipo "facha" como en otros lares no tan lejanos geográficamente de las Islas.