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Etiqueta: Pensamiento liberal

Free market roadshow

Este mes de junio ha tenido lugar en Madrid la jornada FMRS, que desde hace algunos años organiza el Austrian Economic Center en colaboración con otros institutos liberales de diversos países. Como explicaba su Presidenta, Barbara Kolm (en el Acto que en seguida les comento), cada edición es diferente pero todas tienen una particular semejanza por su defensa de la libertad individual y el orden espontáneo. En su página web podemos leer que ésta es la 6ª convocatoria con el topic: "To save or not to save: will austerity programs alone save Europe?". Y recuerdan también una certera frase de Hayek: "Emergencies have always been the pretext on which the safeguards of individual liberty have been eroded". Hasta ahora, el FMRS se ha celebrado en Georgia, Turquía, Grecia, Bulgaria, Rumanía, Macedonia, Albania, Serbia, Bosnia, Eslovenia, Lituania, Polonia, Austria, Francia, Suiza o España. Pueden encontrar una completa crónica de esta Jornada en el siguiente artículo: Barbara Kolm: "El euro no va a funcionar porque Europa, por fortuna, es muy diversa".

El partner español de esta convocatoria ha sido el think-tank Civismo, una joven iniciativa que impulsa Julio Pomés "para el fomento de la sociedad civil en España y el ejercicio de las libertades personales y económicas". Civismo ya es bien conocido por su celebración del Día de la Liberación Fiscal, que lleva tres ediciones en marcha, y que nos plantea esta pregunta sangrante: ¿qué parte de tu dinero disfrutas realmente? Se trata de poner de relieve cómo los españoles solamente nos quedamos con una media del 61% del sueldo que cobramos (que se reduciría al 50% incluyendo la cotización a la Seguridad Social que pagan las empresas)… Pero no voy a detenerme en esta cuestión de los impuestos demasiado elevados, bien conocida por los lectores de nuestra web.

Vuelvo a la Jornada FMRS, que tuvo lugar en el edificio de la Representación de la UE en España, una muy peculiar paradoja (ya que bastantes ponentes criticaron a gusto el despilfarro y la burocracia de la Unión Europea; algo que encajó con bastante elegancia su Director, Francisco Fonseca, y que agradecía en su despedida Julio Pomés). No les puedo explicar con detalle esta circunstancia, ya que falté a la primera Mesa Redonda titulada "Más Europa vs. Menos Europa". Aquí participaron los profesores Pedro Schwartz y Francisco Cabrillo, Barbara Kolm y Juan Pina, Presidente del Partido de la Libertad Individual.

Les hablo ahora de la segunda: "Desregulación vs. Regulación", moderada por nuestro compañero del Instituto y periodista en La Gaceta, José Carlos Rodríguez (del que tomo prestadas algunas ideas de su síntesis final). Aquí participó María Blanco, conocida también por los lectores: citando el libro de Fernando Herrera, nos puso alerta contra los "mitos sobre la regulación": hay demasiada literatura inexacta sobre la libertad de mercado y la competencia. Lo que nos pone ante un riesgo moral: regulación o corrupción. Después, Enrico Colombato del Center for Economic Research (Turín) se quejaba de que "el gobierno nos ha orientado mal sobre dónde invertir nuestros ahorros". Destacando un error tantas veces criticado por la Escuela Austríaca: confundir consumo con ahorro; no es posible la inversión sin la formación de capital.

En la misma Mesa, Lorenzo Montanari (Director Ejecutivo de Property Rights Alliance- Americans for Tax Reform) nos ofreció una provocadora lectura transatlántica de la burocracia europea, señalando que probablemente haya más funcionarios de la PAC que agricultores… Como también invita a la polémica la frase de Reagan que nos recordaba el ejecutivo de PLANASA Alexandre Pierron-Darbone: las nueve palabras most terrifying en inglés son "I’m from the Government and I’m here to help".

Se cerró la Jornada con una tercera Mesa Redonda: "Estado de Bienestar vs. Oportunidades". Joaquín Trigo, Director del Instituto de Estudios Económicos indicaba que no deberían oponerse ambos términos; pero la realidad es que al aumentar el Estado tiene menos capacidad de control y más lentitud en la toma de decisiones. Algo similar sostenía la norteamericana Brenda Pejovich, comparando de una forma muy clarificadora los estados de Texas y California. Recurriendo a los indicadores de gastos en bienestar, regulación pública, impuestos o cifras de pobreza real concluía cómo era lógico el descenso de la población en el Golden State (y que ella calificaba como "votar con los pies"). Pueden leer más detalles sobre esta charla en el artículo de Julio Pomés: Menos estado, más bienestar.

En otro orden de cosas, el consultor de CEGOS Ignacio Arellano se preguntaba si tiene solución el paro juvenil. Para lo que dio algunas pistas: invertir en educación, pero con racionalidad; saber cambiar los criterios sobre lo que uno estudia (vocación) y dónde trabaja (profesión); acostumbrarse a la movilidad: vivimos en un mundo global; aprender a convivir con el riesgo y aprender también a "vender" la imagen de uno mismo. Desde su experiencia en RRHH, proponía algunas ideas que solemos escuchar a menudo en el ámbito académico, pero menos en el mundo laboral, como reducir la economía subsidiada; acabar con el mito de la intervención; o no tener miedo a bajar el salario mínimo (un gran enemigo, a su juicio, del empleo juvenil). Igualmente me pareció de interés la aportación de otro hombre de gestión, Antonio Oporto, Secretario General del Círculo de Empresarios: citando de nuevo la Escuela Austríaca, destacaba la importancia de la libertad individual frente al control del Gobierno (pero sin descuidar el reverso de la responsabilidad). Y señaló dos carencias en nuestra sociedad española actual: la necesidad de un gran consenso sobre el tamaño del Estado; y en cuanto al tejido empresarial, la necesidad de negocios medianos, emergentes, que produzcan bienes comercializables.

Los pobres son pobres, no delincuentes

Las declaraciones del portavoz de Izquierda Unida en el Ayuntamiento de Madrid justificando el robo de supermercados para dar de comer a los niños hambrientos revelan bien a las claras la escasa consideración que la izquierda tiene hacia las personas más necesitadas. Después de haber llevado a la miseria a millones de españoles con su demencial política económica, basada en el subsidio, el gasto inútil y el aumento exponencial del déficit, la izquierda española considera adecuado recurrir ahora al delito para paliar una situación de la que ella, con sus perniciosas ideas, es la principal responsable. De hecho, Izquierda Unida sólo lamentó en su día que Zapatero no fuera más allá en su radicalismo disparatado, lo que nos hubiera llevado con toda seguridad a una situación irreversible.

Que un diputado con unos ingresos –sueldo y gabelas varias– muy por encima de la media nacional se atreva a incitar al delito debería suponer su inhabilitación inmediata. Incluso en un país como el nuestro, en el que el discurso público mayoritario, afecto a una visión degenerada de la democracia, justifica cualquier agresión a la propiedad privada, hay ofensas que no se deben tolerar, como la de este político con sueldo oficial que considera que los ciudadanos con menos recursos son ladrones potenciales cuyas actividades delictivas habría que apoyar para alcanzar la justicia social. Son pobres, no tesoreros de un partido ni gestores de ERE en Andalucía. Un respeto.

Lo que quiere la inmensa mayoría de las familias necesitadas no es asaltar hipermercados, sino alguno de los varios millones de puestos de trabajo que el socialismo ha destruido. La familia y la Iglesia, las dos instituciones más odiadas por la izquierda, evitan que sus víctimas pasen hambre, a pesar de lo cual socialistas y comunistas todavía se atreven a disfrazarse de comecuras y piden que Cáritas pague los impuestos que no pagan partidos políticos, sindicatos y demás culpables de la tragedia que vive actualmente España. A eso se le llama ensañamiento.

Los que más sufren bajo el socialismo son los pobres, porque a los poderosos les va igual de bien gobierne quien gobierne. Después de haber destruido la vida y las esperanzas de millones de españoles necesitados, a la izquierda sólo se le ocurre promover la delincuencia para paliar el desastre. Lo verdaderamente grotesco no es que los políticos de esos partidos digan que representan a los desfavorecidos, sino que todavía haya centenares de miles de pobres que se dejan timar. Ya aprenderán.

Otra vez, el cuento socialista

He vivido tanto en Suecia como en España, y cuando escucho a ciertos candidatos presidenciales de la izquierda chilena tengo la sensación de estar viendo una película repetida. Michelle Bachelet me recuerda a los políticos suecos de la década de los 80 o a los españoles de hace no mucho, cuando todo se resolvía diciendo "más Estado" y se prometían "derechos sociales" a diestra y siniestra, inflando las expectativas de unos votantes fascinados con ese Estado todopoderoso que les hacía creer que soñar no cuesta nada.

El carrusel de las ilusiones duró unos treinta años en Suecia gracias a unas condiciones económicas excepcionales. Entre 1960 y 1990 se duplicó el gasto fiscal, que pasó del 30 al 60% del PIB, y todo el crecimiento del empleo se dio dentro del sector público. Los derechos se multiplicaron y los subsidios se dispararon. Al final, casi daba lo mismo trabajar que no hacerlo. La mitad o más del salario de un modesto trabajador debía destinarse a pagar impuestos directos e indirectos. Muchos de ellos incluso caían bajo la línea de pobreza, dada la carga impositiva, y luego debían recurrir a los subsidios estatales para sobrevivir. Y así, muchos terminaron siendo súbditos del Estado más que ciudadanos.

De esta manera, no sólo se terminó ahogando al sector privado y destruyendo el incentivo a trabajar, sino creando un Gran Estado que, por su tamaño, era sumamente vulnerable. El triste despertar del pueblo sueco llegó a comienzos de los 90. Bastó una coyuntura difícil para que el Gran Estado se desmoronara: aumentó la cesantía, cayó la capacidad tributaria y el déficit público llegó al 11% del PIB en 1993. Luego vinieron los años duros, el recorte de losderechos sociales, las grandes reformas del sistema de pensiones, etc. La inflación de los derechos se pagó muy cara.

Luego viví en España y vi cómo el temperamento latino y la desvergüenza de los socialistas (incluidos los socialistas del Partido Popular) provocó en pocos años el mismo perjuicio que en Suecia tomó décadas perpetrar. Los tiempos del despilfarro y del todo gratis español dieron lugar a muchas burbujas sociales. Universidad para todos y gratuita, atención sanitaria para el mundo entero, aeropuertos sin viajeros… en fin, almuerzo gratis y café para todos. Hoy, los españoles saben que todo era un engaño, losderechos sociales sólo podían pagarse en situaciones de bonanza económica y con dinero prestado, no en tiempos de crisis.

Ahora, estando en Chile, me entristece ver que se trata de vender aquí el mismo cuento que ha llevado a otros países a profundas crisis. Hay que contarle a los chilenos, además, que cuando un político quiere más Estado, también quiere súbditos y no ciudadanos.

ideasyanalisis.wordpress.com

Acción, información y predicción en la ciencia económica

El ser humano actúa en base al conocimiento que tiene en el momento presente de la acción. Pero el conocimiento de las personas varía en el tiempo debido a que aprenden e incrementan su información. La implicación de este hecho es que un actor no puede predecir su comportamiento en el futuro porque desconoce el conocimiento que tendrá en ese momento. No puede saber cómo actuará en base a un conocimiento que no existe. Desconoce en qué manera variará su conocimiento con respecto al que posee actualmente porque todavía no lo ha adquirido. La posibles causas de nuestras acciones sólo pueden ser explicadas y reconstruidas después de los eventos, de la misma forma que uno sólo puede explicar su conocimiento sólo después de que lo posee. Este es un punto clave que diferencia a la praxeología de otros enfoques epistemológicos, y hace que se pueda entender y estudiar las leyes que rigen la cooperación social.

La falta de información completa hace que no se puedan establecer leyes que expliquen la elección humana. Por tanto, el objetivo de la ciencia económica no puede ser la predicción de acontecimientos futuros de la sociedad. No es posible la formalización de una información que no existe, que no está descubierta por los actores y que, por tanto, no está incorporada a sus acciones. El comportamiento que tendrán los agentes en el futuro nos es desconocido.

Metodologías como la empirista o la positivista son contradictorias cuando se aplican al campo del conocimiento y de la acción porque no hay constantes causales empíricas en el campo de la acción humana. Trabajan sobre un modelo estático donde las valoraciones de los actores no cambian y donde no se descubre información. Niegan, por tanto, la existencia de la función empresarial y la empresarialidad, que son los rasgos fundamentales para entender al protagonista de los procesos de mercado.

El pacto de los necios

Rajoy y Rubalcaba al fin han alcanzado su particular Pacto de Estado contra la crisis, tras acordar la semana pasada una posición común de cara al importante Consejo Europeo que tendrá lugar los próximos días 27 y 28. Muchos son los que han aplaudido este cordial entendimiento entre PP y PSOE sin tan siquiera entrar en el contenido concreto, como si el mero pacto bipartidista fuera un motivo de alegría, cuando en realidad constituye una necedad.

El consenso está sobrevalorado en España y, de hecho, lejos de suponer una ventaja, podría resultar contraproducente y sustancialmente dañino para el país. Si, por ejemplo, Rajoy y Rubalcaba coincidieran mañana en la necesidad de que saliéramos del euro, esquivando así los incómodos e impopulares ajustes que debe aplicar la clase política, sería una terrible noticia para todos, con independencia de que apoyemos o no tal decisión. Algo similar sucede en Argentina, donde el consenso peronista gobierna desde hace décadas más allá de las siglas que enarbole una u otra fuerza política. Es decir, el consenso no es bueno ni malo per se, todo depende de su contenido.

En el caso que nos ocupa, el pacto entre populares y socialistas es una mala noticia para España por diversos motivos. Basta con observar la esencia del documento para percatarse de su único y verdadero objetivo: más gasto público y manipulación monetaria para suavizar y retrasar aún más las reformas estructurales y los recortes que ya hace tiempo se deberían haber acometido para recuperar la solvencia. El texto no hace ni una sola mención a la necesidad de la austeridad pública y la liberalización económica a escala nacional, sino todo lo contrario. La proposición de Rajoy y Rubalcaba es un panfleto socialdemócrata ideado para rechazar los ajustes que recomienda Berlín. Se trata, simplemente, de otro canto al despilfarro y una nueva alabanza al intervencionismo público y monetario.

Así, ambos partidos coinciden en defender la "recapitalización directa de los bancos" a través del fondo de rescate europeo. Es decir, PP y PSOE apoyan sin fisuras el auxilio público de entidades financieras, sólo que empleando el dinero de todos los contribuyentes de la Zona Euro, lo cual es igualmente inmoral y contraproducente. Además, solicitan que el Banco Central Europeo (BCE) preste o avale directamente la concesión de préstamos a pymes españolas para reducir sus costes de financiación, ignorando así las causas últimas de que no fluya el crédito a escala nacional. Por si fuera poco, también coinciden en exigir a Bruselas más inversión pública en los países del Sur, como si España no tuviera ya suficientes infraestructuras ruinosas dignas de liquidación. Lo mismo sucede con su plan para fomentar el empleo juvenil, consistente en elevar aún más las subvenciones a la contratación, sin reparar lo más mínimo en las graves rigideces y deficiencias que sigue presentando la regulación laboral en España.

Y ello sin contar el broche final del citado pacto, donde PP y PSOE declaran su devoción por la construcción de una Europa social y el mantenimiento del Estado del Bienestar, sin percatarse de que dicho modelo condena el Viejo Continente al declive, la decadencia y la marginación en la era global. No en vano, el siguiente párrafo lo firmarían de principio a fin y sin vacilar Cándido Méndez e Ignacio Fernández Toxo:

La Unión Europea debe impulsar el papel de los agentes sociales, favoreciendo su consulta y participación con vistas al desarrollo de la dimensión social europea, asegurar un alto nivel de protección social, proteger los derechos laborales y fomentar los servicios públicos como la sanidad y la educación de calidad.

Las palabras libertad y capitalismo, que hacen referencia a los auténticos motores del desarrollo económico y la calidad de vida de los individuos, brillan por su ausencia. Si el tan manido consenso implica esto, más socialismo y, por tanto, destrucción de riqueza y empleo, tal y como han acordado Rajoy y Rubalcaba a nivel europeo, el Pacto de Estado se convertirá en una nueva rémora para el futuro de España.

El Estado regulador, maestro de marionetas

Este lunes he participado en el congreso internacional Free Market Road Show como ponente del Instituto Juan de Mariana. Mi panel era el dedicado a la regulación de los mercados, y yo me he centrado en la regulación para la competencia.

A partir del innovador concepto de "eficiencia dinámica" defendido por la heterodoxia económica (la Escuela Austriaca de Economía), proponía un análisis de las políticas estatales en el ámbito de la regulación. Una de las falacias que desmonta este enfoque, tal y como explica Fernando Herrera en su libro Mitos de la regulación para la competencia, es la idea de que existe una jerarquía de fines global y única. Las cosas no funcionan así. Somos los individuos los que fijamos nuestros fines, en la vida, en la economía, respecto a lo que vamos a estudiar, la familia que vamos a tener o respecto a qué camino va a tomar nuestra empresa.

Los fines comunes únicos que solamente el regulador conoce

Por supuesto, la vida, como el mercado, como todo lo que rodea al hombre, es imprevisible, y hemos de reconsiderar esos fines de acuerdo a lo que va aconteciendo. Por eso es tan importante que haya un sistema de información claro, conocido, verdadero. En el ámbito del intercambio se llama sistema de precios, y sirve para que todos los participantes se hagan una composición de lugar respecto a cuáles son las mejores oportunidades, sea como demandante, sea como oferente. Todos actuamos buscando nuestra mejor opción, unos para ser provistos de bienes y servicios y otros para proveer dichos bienes y servicios. Es un proceso dinámico e imprevisible que se llama mercado. Esa manera de proceder de los agentes del mercado, tratando de planificar medios y fines, equivocándose y acertando, es la acción empresarial, que puede referirse a los consumidores también. El mercado, por supuesto, necesita reglas para que se cumplan las palabras dadas y no haya engaños. Ahí surge la necesidad de la ley y la vigilancia.

Sin embargo, cuando uno estudia el modelo de regulación para la competencia de nuestras economías, aparece ante nuestros ojos una realidad muy distinta. El regulador no vigila el mercado como la seño en el patio del colegio: sin intervenir en el juego pero evitando agresiones y abusos. Lo que hace el regulador es fijar los objetivos de las empresas que supuestamente compiten, y reglar, aproximar, los resultados obtenidos a los ideales definidos por ese objetivo prefijado. Ese fin ideal es el que marca el principio de la competencia perfecta, que es una ilusión y, como es inalcanzable, retroalimenta la necesidad de regulación en un círculo vicioso que destruye la competencia definitivamente.

Pero lo llamativo de todo esto es que cuando lo cuentas, lo primero que te dicen es que el que cada cual se marque sus propios fines es lo sospechoso. Mucho mejor que venga el Estado a contarnos cuáles son los objetivos que todos debemos tener y compartir. En especial los demás, ese "otro" amenazador. El individuo tiene peores intenciones que un regulador estatal. Como si ese regulador no actuara siguiendo intereses políticos perversos y manipulara, coaccionara y tratara de perpetuarse en el tiempo.

Señor de las marionetas, líbranos de todo mal

El día anterior hablando con "compañeros del metal" sobre la solución a los desahucios, se planteaba que, con el dinero del rescate bancario, se debería permitir que esas cajas públicas que tienen el mayor volumen de impagos inmobiliarios, refinanciaran, caso a caso, a esas familias para que no tengan que abandonar sus casas. Y se planteaba la solución de Obama, que, en vez de poner ese dinero en manos de los bancos públicos, ha negociado mediante arbitraje con las personas. Aparte de las cuestiones técnicas, como el diferente volumen de casos a negociar en USA y en España, etc., me planteaba por qué suena más atractivo que el Estado negocie a que las cajas negocien con las personas. ¿Deben aquellos potenciales desahuciados confiar más en el regulador o en los gestores de los bancos públicos?

El regulador, maestro de marionetas, como el Master of Puppets, de Metallica, tirando de las cuerdas, aplastando tus sueños, al fin y al cabo, es el que no ha vigilado y evitado que lleguemos a donde estamos, sino que casi ha jaleado la juerga y ha dado alcohol al borracho en plena cogorza. Y lo hace porque puede. Porque sabe que no va a desaparecer. Y precisamente porque el gestor de la caja sabe que sí puede caer, si el Estado cierra el grifo, es por lo que tendrá más incentivos para solucionar el problema.

El regulador estatal, el dios del siglo XXI, creación de una sociedad dispuesta a no salvarse a sí misma, no puede aparecer ante nuestros ojos como responsable de nada. Significaría que todo lo que hacemos por él es en vano. Como decirle a los esclavos que levantaron las pirámides que Amón Ra es una de tantas estrellas en el firmamento, y encima pequeña, y ese tipo de ahí arriba que dice ser tu dueño es simplemente uno más. Como tú. Mucho más fácil psicológicamente mantener la tesis mágica que aceptar el error. Y aquí estamos. Te alabamos, señor.

La verdad o la vida

La gente suele decir que quiere saber la verdad y que es sincera cuando habla. Pero lo que a menudo en realidad quiere es pensar, oír o leer cosas que le gusten, que le consuelen, que se correspondan con sus preferencias, que le resulten útiles, que le vengan y le hagan sentir bien, que apoyen sus causas, que confirmen sus prejuicios y sesgos, independientemente de que sean verdaderas o no. Y las limitaciones intelectuales y emocionales no son la única fuente de error y falsedad: el engaño, la mentira y la hipocresía son rasgos muy humanos.

Los seres vivos son agentes cibernéticos que actúan conforme a sus representaciones o modelos del mundo y a la información concreta acerca del entorno que perciben a través de sus sentidos. Las capacidades cognitivas son siempre limitadas e imperfectas: el error es posible.

La competencia evolutiva, mediante generación de alternativas y selección de las más aptas, produce modelos progresivamente más completos, correctos y realistas, y sensores con mayor capacidad y resolución: los organismos conocen gradualmente mejor la realidad y actúan de forma más competente.

Sin embargo, que la capacidad de obtención y procesamiento de información crezca no garantiza que la cantidad de errores necesariamente desaparezca o se reduzca, ya que el entorno tiende a hacerse gradualmente más complejo y difícil de conocer por la propia sofisticación evolutiva de los seres vivos: los organismos son cada vez más aptos pero las tareas que deben realizar son también más difíciles. Además muchos seres vivos no desean ser detectados o comprendidos e intentan activamente confundir a otros para que no puedan predecir o controlar su conducta.

Los animales sociales interactúan mediante procesos de comunicación, con transmisión y recepción de señales o mensajes. Los seres humanos pueden expresar algunas partes de su conocimiento acerca de la realidad de forma simbólica mediante el lenguaje natural, con palabras y frases. Una proposición es verdadera si se corresponde con la realidad, si la representa fielmente, y falsa en caso contrario.

No todas las proposiciones tienen valor de verdad (ya que no todas son descripciones de la realidad), y el valor de verdad no es la única característica relevante de una frase: también importa su precisión (o vaguedad, ambigüedad), su concreción (o generalidad), lo completa que es y la cantidad de información que contiene.

A un individuo le interesa conocer información verdadera relevante para actuar de forma exitosa, teniendo en cuenta sus costes de obtención y procesamiento. La coordinación de múltiples agentes requiere producir, transmitir, recibir y procesar grandes cantidades de información. Las limitaciones cognitivas de los seres humanos hacen que la dirección centralizada de la actividad económica sea muy difícil, especialmente en sociedades extensas, dinámicas y complejas: el socialismo es imposible.

Pero las imperfecciones y límites de la observación, la razón y la comunicación no son los únicos problemas para la producción y difusión de información veraz. No sólo es que no se pueda: también es que no siempre se quiere.

La verdad es a menudo inconveniente: a la presa le perjudica que el depredador la detecte con facilidad, y si puede se esconde o camufla (mimetismo), no indica abiertamente su localización; el depredador tampoco quiere ser descubierto y se acerca en silencio, oculto y en contra del viento; los combatientes intentan confundir y sorprender a sus enemigos; las empresas mantienen secreta su estrategia; los criminales de todo tipo no quieren que se conozcan sus hechos delictivos; el individuo que se avergüenza de algo no desea que se muestre en público; el empleado o colectivo que se escaquea, cumple mal con su deber o incluso sabotea las operaciones, no quiere ser descubierto; los engaños, infidelidades o traiciones se realizan a escondidas.

Los individuos pueden no sólo callar u ocultar la verdad sino también distraer la atención o difundir activamente falsedades útiles para ellos: difamar a los enemigos, hacerse las víctimas, esparcir rumores que destruyan reputaciones ajenas. La capacidad de mentir y engañar sin que se note es una aptitud útil para la supervivencia y el progreso. También lo es la capacidad de detectar mentiras y engaños. Hay espías (y contraespionaje) porque unos desean saber lo que otros no quieren que se sepa.

Como hacer trampas puede resultar beneficioso, los seres humanos son a menudo instintivamente hipócritas: insisten en que los demás cumplan las normas mientras ellos mismos intentan saltárselas cuando pueden y se indignan al ser descubiertos y denunciados.

Una forma de conseguir no ser detectado en un engaño a otros es engañarse a uno mismo creyendo falsedades útiles, especialmente en el ámbito de la moralidad y la cooperación: cada uno es bueno y leal, y dudar de ello es un atentado inaceptable contra su honor; los enemigos son malos y traicioneros, no tienen honor ni dignidad. Para que funcione bien, el autoengaño debe ser inconsciente, automático y no reconocido, de modo que todos niegan engañarse a sí mismos.

La verdad no lo tiene difícil solamente por las relaciones de competencia o enemistad. Los grupos de cooperadores, amigos, familiares, seres queridos, suelen compartir engaños, absurdos y falsedades: no se dicen verdades ofensivas, conflictivas, incómodas; se halagan de forma exagerada; y callan o no denuncian los errores o trampas propios que pueden dañarlos, desprestigiarlos y dejarlos en evidencia; puede haber cadáveres en los armarios y basura bajo las alfombras. Ciertos temas y sus verdades asociadas son de mala educación, falta de cortesía y tacto: eso no se dice, eso no se toca. La inteligencia emocional choca contra la inteligencia analítica: vamos a llevarnos bien, haya paz social, no seamos impertinentes o demasiado listos para nuestro propio bien.

La creencia ferviente en algún absurdo distintivo (supersticiones y dogmas religiosos, ideologías políticas) puede servir como cohesionador, señal de pertenencia, coste de entrada y permanencia y prueba de compromiso y lealtad del grupo. Los colectivos organizados son muy poderosos, y para integrarse en ellos y congraciarse con sus miembros y líderes uno debe adaptar lo que cree y dice, apegándose emocionalmente a ciertas presuntas verdades absolutas (credo de la comunidad de creyentes, doctrina oficial del partido), rechazando radicalmente otras y autocensurando pensamientos peligrosos: eso es tabú, la fe es una gracia, hay que luchar contra la duda y no caer en la tentación de dejar de creer. El librepensador, hereje, heterodoxo, disidente o blasfemo es repudiado, expulsado o eliminado. Mediante la censura y las listas de obras denunciadas o prohibidas el grupo puede impedir que sus miembros lleguen a conclusiones inconvenientes.

Aunque para el conocimiento de la realidad conviene ser escéptico, crítico y consciente de la ubicuidad del engaño y la mentira, algunos individuos llevan su torpe suspicacia demasiado lejos y simplemente sustituyen unas falsedades por otras: es el mundo de la credulidad selectiva (mi versión es la verdad verdadera, no como los disparates de otros) y las conspiranoias (son sólo unos pocos poderosos quienes estafan desde clubes secretos a todos los demás incautos, la verdad está ahí fuera). Por otro lado están todas las pseudociencias, populares falacias que aparentan rigor intelectual: parapsicología, diseño inteligente, ufología, curanderos, etc.

Queda la ciencia como baluarte de la verdad: el ideal científico consiste en conocer objetivamente la realidad generando nuevas teorías e intentando destruirlas para filtrar los errores. Pero los científicos son por lo general seres humanos parciales y preocupados por su propio estatus intelectual y social: aspiran a ser líderes admirados, les cuesta y duele reconocer que se han equivocado, quieren que les den la razón y sufren sesgos de confirmación y autoengaño; a menudo no tienen ideas sino que las ideas son memes atrincherados que los tienen a ellos.

Las verdaderas lecciones sobre Grecia

Siempre que el FMI habla, sube el pan. Y lo hace aun cuando casi nadie escucha lo que en realidad está diciendo. Como máximo representante del neoliberalismo salvaje –por mucho que se trate de una burocracia internacional creada por Keynes, alimentada con el saqueo de los contribuyentes y cuyo cometido esencial es el de rescatar a gobiernos manirrotos para que sigan despilfarrando– cumple su función social dentro del marco dominante del pensamiento único estatista proporcionando tendenciosos titulares de prensa que, casualmente, permiten cargar contra el libre mercado pero jamás terminan de ser lo bastante contundentes como para proceder al muy necesario cierre del Fondo.

Ya sucedió con el famoso ‘paper’ del economista jefe del FMI, Olivier Blanchard, donde si bien reconocía errores de cálculo a la hora de anticipar los efectos contractivos de la austeridad, también admitía que no existía alternativa a los ajustes fiscales. Ciertamente, no estoy diciendo que el FMI tenga razón por el hecho de ser el FMI (debería, ciertamente, existir una presunción de lo contrario), sino que claramente resulta sesgado resaltar la primera parte de la información y ocultar la segunda. Pues bien, el mismo patrón de desinformación se ha vuelto a reproducir con la reciente publicación del informe de evaluación de la asistencia financiera proporcionada a Grecia desde 2010.

La mayor parte de los medios han titulado con aspavientos que el FMI reconoce que subestimó el impacto de la austeridad en Grecia y que habría sido preferible que Grecia contara con una mayor asistencia financiera de sus socios comunitarios para minimizar los ajustes. No es que la exposición sea absolutamente falsa –bien sabido es que una media verdad resulta mucho más efectiva que una falsedad absoluta– pero desde luego oculta buena parte del razonamiento y de las conclusiones.

El informe del FMI sobre Grecia

De entrada, el FMI expone que el modelo de crecimiento de Grecia durante los primeros años del siglo XXI era del todo punto insostenible. El crédito barato permitió basar su ‘boom’ económico “sobre enormes déficits fiscales financiados con crédito extranjero que permitieron que el gasto del país se situara por encima de su producción”. Sólo es necesario constatar que el gasto público se duplicó entre el año 2000 y el 2008 (pasando de 63.000 millones de euros a 117.000) gracias a unos déficits públicos que en 2008 alcanzaron el 10% y que, a su vez, se sufragaban con un endeudamiento exterior que incluso superó al español (el déficit exterior en 2007 y 2008 rozó el 15% del PIB). En suma, Grecia era un país que producía mucho menos de lo que consumía y que por tanto no paraba de endeudarse con sus acreedores extranjeros para mantener un insostenible tren de vida. Sí, a lo loco se vivía mejor, pero las locuras terminaron con la crisis.

Habiendo alcanzado en 2009 una ratio de deuda del 130% sobre el PIB y contando con el mismo modelo de ‘crecimiento’ asentado en el pelotazo crediticio, parece claro que el país estaba condenado y que jamás podría devolver todo aquello a lo que se comprometió. De ahí que los acreedores extranjeros comenzaran a retirarle la financiación y que Grecia estuviera a punto de caer en 2010 en suspensión de pagos. Fue aquí donde comenzaron los errores: la Troika se obsesionó con evitar que Grecia quebrara (debido a la reciente mala experiencia con Lehman Brothers) e iniciaron un plan de salvamento dirigido a estabilizar al país saneando sus finanzas. Sólo había un problema: la magnitud del desequilibrio presupuestario era tal que, simplemente para cuadrar las cuentas antes de proceder al pago de los intereses (equilibrio primario), se requería un ajuste de 14,5 puntos de PIB.

Debería haber resultado evidente que un ajuste de esta magnitud por necesidad tenía que hundir el PIB en medio de una depresión internacional. Eran habas contadas: alrededor del 15% de todo el gasto del país se financiaba con deuda (no con producción) y tocaba proceder a desenganchar al drogadicto de esa adicción. A menos que repentinamente el sector privado griego comenzara a crecer a tasas irrealmente elevadas (rellenando con producción el hueco dejado por dejar de gastar a deuda) era inexorable que el PIB se hundiera. Es como si uno se acostumbra a vivir con un crédito bancario por el que gastan mes a mes un 20% más de lo que ingresa: obviamente, cuando ese crédito laxo desaparezca, su gasto mensual se hundirá a menos que encuentre un empleo complementario que le permita aumentar su salario mensual un 20%. Siendo el ajuste imprescindible (el país nunca fue rico sino que vivía de la deuda), no habría estado mal presentar estimaciones más realistas sobre el crecimiento y el empleo (aun cuando el ajuste hubiese seguido siendo igual de inaplazable con otras estimaciones: o, en palabras del Fondo, “en cualquier caso, una depresión profunda resultaba inevitable”).

Pero el FMI se empeñó en afirmar que un ajuste de casi 15% en las finanzas griegas simplemente iba a generar una caída del gasto total del 5,5% hasta 2012, cuando finalmente ha sido del 17%. ¿El motivo de que la caída fuera 12 puntos superior a la estimada? Pues el que hemos dicho: “Parte de la contracción no estuvo relacionada con el ajuste fiscal, sino más bien con la ausencia de crecimiento en el sector privado derivado del aumento de la productividad y de la mejora en el clima inversor que se esperaba que resultara de las reformas estructurales”. Vamos, que pasar de una economía privada esclerotizada y ‘deudómana’ a una productiva basada en el ahorro interno no se logra en un santiamén. ¿Por qué, entonces, el FMI presentó estimaciones tan irreales de los efectos del ajuste? Pues porque eran necesarias para engañar a todo el mundo de que la situación financiera griega podía reconducirse sin una quita sobre su deuda. ¿Y por qué quería engañar a todo el mundo? Para que los tenedores extranjeros de deuda griega (bancos alemanes y, sobre todo, franceses) tuvieran tiempo para desprenderse de ella, traspasándosela al contribuyente europeo. El propio FMI lo reconoce: “El retraso [en la quita de deuda] proporcionó una ventana a los acreedores privados para que redujeran su exposición a Grecia y le trasladaran sus pasivos a manos gubernamentales”.

Errores y lecciones

El primer error fue rescatar a Grecia; el segundo error, fue rescatarla sin imponerle desde un comienzo una quita de caballo, dado que a todas luces tal carga de deuda resultaba impagable (al menos, sin proceder a privatizar los milmillonarios activos estatales que posee el país o sin transformar de arriba abajo el modelo de Estado griego, algo que ni siquiera se planteó). De nuevo, el FMI reconoce, a toro pasado, este segundo error: “El no haber afrontado el problema de deuda pública desde el comienzo ha creado incertidumbre sobre la capacidad de la Eurozona para resolver el problema y ha agravado la contracción. Una quita inicial habría sido mejor para Grecia, si bien no resultaba aceptable para sus compañeros de la Eurozona”.

Tercer error: si bien el ajuste presupuestario de caballo y la ulterior depresión eran inevitables, la manera lógica de afrontarlo era exclusivamente por el lado del gasto público. Si el Estado se había sobredimensionado durante la burbuja, qué menos que volver a meterlo en vereda. Pero no, la mitad del ajuste se realizó subiendo impuestos, lo que machacó todavía más a un sector privado que debía reestructurarse para volver a generar riqueza lo antes posible: “La gestación del déficit durante la década que comenzó en el año 2000 fue casi enteramente debida a un aumento del gasto público. Cabe cuestionar la numerosa presencia de medidas dirigidas a aumentar los ingresos dentro del programa de asistencia financiera”.

Con todos estos matices, el FMI concluye que “las políticas adoptadas han sido a grandes rasgos correctas”. Por mi parte, no coincido con el FMI, pero sus opiniones no deberían presentarse de manera sesgada e interesa. A mi entender, el informe del FMI da la razón a lo que muchos veníamos repitiendo desde hace tiempo: no hay que rescatar a ningún Estado, sino que éste tiene que afrontar las consecuencias de su propia irresponsabilidad; Grecia nunca estuvo dispuesta a acometer el duro ajuste financiero que era necesario para evitar el default, de manera que las quitas resultaban indispensables desde el comienzo; y, sobre todo, los imprescindibles ajustes presupuestarios han de hacerse bajando el gasto y no subiendo impuestos. Nada de ello evitará que el PIB caiga –porque, señores, el PIB tiene que caer cuando se lo ha estado cebando con deuda y un país ya no es capaz de devolver esa deuda–, pero sí minimizará el tiempo de reestructuración y asignará las pérdidas a aquellos que las merecen.

La Troika, sin embargo, optó por solventar el problema griego a la muy estatista manera: no dejando que el mercado actuara (quiebra y reducción del gasto), sino socializando las pérdidas de la banca europea invertida en Grecia entre todos los contribuyentes europeos y apretándole las tuercas al sector privado griego con impuestos mucho más altos. Un disparate estatista injusto e ineficiente. Ahora bien, lo más inquietante son los paralelismos en las maniobras de la Troika para con España: rescatarla, dar tiempo a los bancos europeos para que liquiden sus posiciones, y ‘sablar’ a impuestos a los españoles para efectuar gran parte del imprescindible ajuste. Aprendamos de Grecia: cerremos toda línea artificial de rescate (especialmente la OMT) y evitemos la suspensión de pagos recortando exclusivamente gastos.

La ventaja comparativa del liberalismo

 La idea de la libertad es tan atractiva que los socialistas de todos los partidos la usan como reclamo para conseguir el voto de la gente y legislar contra ella. Paradojas de la política, los hombres nacen libres pero se entregan al Estado para que los esclavice por su propio bien.

Los españoles hemos encadenado dos gobiernos socialistas de distintos partidos que han competido en subirnos los impuestos y mantener el Bienestar del Estado. Las recetas que no funcionaron al inicio de la crisis tampoco están funcionando ahora, aunque se maquillen con el apelativo de "liberales". La desesperanza abruma a una sociedad que se esfuerza por seguir trabajando mientras el Ministerio de Hacienda le saquea con tal de mantener la burbuja del sector público y socializar las pérdidas de empresas ruinosas que no dejan quebrar.

El liberalismo no es rescatar bancos con el dinero de los contribuyentes; el liberalismo no es subir los impuestos para mantener el gasto estatal; el liberalismo no es devaluar la moneda para empobrecer a la gente; el liberalismo no es crear trabajos artificiales; el liberalismo no es dejar de pagar las deudas; el liberalismo no es planificar la economía; el liberalismo no es legislar para crear incentivos; el liberalismo no es gastar el dinero de los contribuyentes…

No, el liberalismo es todo lo contrario: bajar impuestos; reducir el gasto; pagar las deudas; devolver la iniciativa económica a la sociedad; desregular para simplificar las leyes que deben ser comprensibles; ahorrar para acumular capital que después se podrá invertir; y permitir que los malos empresarios fracasen y el capital se desplace hacia los sectores productivos. La complejidad de la acción humana impide que nuestra economía pueda diseñarse en un despacho por lo que todos los socialistas repetirán viejos errores y fracasarán.

Pese a todo, deberíamos ser optimistas. Frente a todos aquellos que recorren una y otra vez el camino de servidumbre del socialismo, el liberalismo reluce en lo alto de la colina. Existe una alternativa real y bien desarrollada por economistas a los que los políticos no hacen caso porque piden menos poder para el Estado y más libertad. Y cada vez son más, los de siempre y toda una nueva generación de jóvenes bien formados que recogen y mejoran los principios que sus maestros les descubrieron.

Rodríguez Braun, Honoris Causa en la Marroquín

Los lectores de esta página web ya conocerán que nuestro Instituto acaba de conceder el Premio Juan de Mariana 2013 al catedrático de la Complutense Carlos Rodríguez Braun. Premio que se entrega todos los años durante la Cena de la Libertad, y que justamente se celebró el pasado viernes día 24 en el Casino de Madrid. Sin embargo, no voy a hablarles sobre este acontecimiento (del que podrán obtener más información desde este foro), porque les escribo el mismo viernes antes de la Ceremonia.

Pero sí quiero aprovechar para contarles otra muy reciente distinción que también acaba de recibir el profesor Rodríguez Braun: el doctorado honorario por la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala (UFM) durante la graduación de sus alumnos. Para ello, voy a emplear alguna información que se ofrece en la web El Amigo de la Marro. El acto de graduación contó con la participación de más de doscientos graduandos que recibieron sus correspondientes diplomas en este semestre y se celebró el sábado 4 de mayo de 2013 en el Jardín Manuel F. Ayau de La casa de la libertad, como se conoce a la UFM.

Las palabras de agradecimiento del nuevo Doctor fueron precedidas por el discurso de Encomio del Decano de la Facultad de Económicas, profesor Wenceslao Giménez Bonet, quien destacó la capacidad de reflexión y de comunicación de Rodríguez Braun, así como su compromiso en la búsqueda de la verdad. Quien contestaría recordando el lema de la Universidad Francisco Marroquín, que promueve el cultivo de los principios para ser hombres libres y responsables: Veritas, Libertas, Iustitia. Pero no puede haber libertad sin el ejercicio de la responsabilidad: son las dos caras de la misma moneda.

Durante su visita a La casa de la libertad, el doctor Rodríguez Braun también participó en distintas actividades académicas. A estudiantes del Centro Henry Hazlitt les ofreció una charla titulada Estado contra mercado. A estudiantes de la Facultad de Ciencias Económicas les habló sobre Adam Smith y el liberalismo clásico, tema que también abordó con profesores de esa unidad académica en otro encuentro. Finalmente, Rodríguez Braun les dedicó unas palabras a los setenta graduandos distinguidos durante el acto en su honor, previo a la Graduación: "Habéis conseguido graduaros en esta universidad, que es muy buena y muy exigente…y eso os convoca a grandes tareas y misiones en el futuro, donde vais a tener que combinar dos cosas que os da esta universidad: los conocimientos y los valores de una sociedad de personas libres y responsables". Así, continuaba a su vez con el mensaje de la presentación, hecha por el Rector Giancarlo Ibargüen, quien destacaba el valor de las ideas: tienen consecuencias, y son poderosas por sí mismas. Cuando te propones algo, ya has avanzado en el camino.

Coincidiendo con su estancia en Guatemala, Rodríguez Braun participó en un coloquio del Liberty Fund titulado Charles V and his Bankers, Fiscal Crisis and Institutions, celebrado en la histórica Casa Popenoe (Antigua). Igualmente asistió a un encuentro con columnistas en donde abordó el tema de la retórica de la economía. He aquí una conversación con él acerca de la comunicación de las ideas de la libertad.

En la nota de prensa institucional nos recordaban que Carlos Rodríguez Braun es profesor visitante de la UFM, académico correspondiente de la Academia Nacional de Ciencias Económicas de la Argentina, profesor visitante de la Universidad Católica Argentina, miembro de la History of Economics Society, de la European Society for the History of Economic Thought, de la Asociación de Historia Económica y de la Sociedad Mont Pèlerin. En España le conocemos bien por su trabajo de divulgación periodística en la radio, prensa y plataformas digitales. Es autor de veinte libros; los más recientes son: Grandes economistas (Pirámide, 2ª ed. 2007), Diez ensayos liberales (LID, 2008), Una crisis y cinco errores (con J.R. Rallo, LID, 2009), Economía de los no economistas (LID, 2011), El liberalismo no es pecado: la economía en cinco lecciones (con J.R.Rallo, Deusto, 2011), y Economía para andar por casa (con O. Macías, I. Rodríguez Burgos y P.P. González Vicente, LID, 2012).

Termino añadiendo que Rodríguez Braun comparte ese doctorado honorífico de la Marroquín con varios premios Nobel de Economía (como Friedrich Hayek, Milton Friedman, James Buchanan o Vernon Smith), así como con otros académicos españoles, como Rafael Termes o Jesús Huerta de Soto. La cercanía de nuestro Instituto con la UFM queda de manifiesto en este enlace a la entrega del premio Juan de Mariana (2008) al fundador de aquella Universidad, Manuel F. Ayau, cuya ceremonia estuvo precisamente enmarcada por un discurso de Carlos Rodríguez Braun.