Ir al contenido principal

Etiqueta: Pensamiento liberal

Francisco de Vitoria y el Derecho Internacional

Este mes de marzo se ha celebrado en la Universidad CEU San Pablo un interesante Congreso Internacional: "New perspectives on Francisco de Vitoria. Does International Law lie at the heart of the origin of the modern world?". La pregunta dio lugar a varios debates, conferencias o presentación de comunicaciones, y quería comentarles algunas impresiones sobre el Encuentro.

Lo primero de todo, lamentar la escasa participación de profesores españoles. Es verdad que en Madrid resulta difícil hacer un hueco en la agenda para asistir a tantas convocatorias de buena calidad que semanalmente se nos ofrecen… Pero creo que este evento habría merecido dejar libre un par de mañanas o tardes para escuchar a alguno de los ponentes. Y es que los organizadores (el Instituto Universitario de Estudios Europeos del CEU) consiguieron reunir, entre otros, a los siguientes expertos en Vitoria, el Derecho Internacional o la Filosofía Política: los profesores austríacos Herbert Schambeck y Franz Koeck; los italianos Simona Langella y Franco Todescan; Annabel Brett, de la Universidad de Cambridge o Martti Koskenniemi de la de Helsinki.

En cuanto a los contenidos, voy a expresar una conclusión paradójica: no se hablaron de cosas demasiado nuevas, aunque se plantearon algunos enfoques muy discutibles. Me explico: tanto en la Apertura del Encuentro (estaban presentes Marcelino Oreja y José María Beneyto representando al IUEE) como en muchas ponencias y comunicaciones, escuchamos la consabida lectura de Vitoria como fundador del moderno Derecho Internacional y sus polémicas Relecciones sobre El poder político, Los Indios o La guerra, en las que fundamentaba la presencia española en América sobre la única justificación de un derecho a la comunicación, al comercio y la libre navegación por los océanos; en vez de la tradicional referencia a las bulas papales o el poder político del Emperador. También se recordó el papel pionero de los Maestros de Salamanca en perfilar una visión moderna (y liberal) de las relaciones económicas sobre la base de una confianza racional en el libre comercio, como actividad que perfecciona la sociedad humana, y que se sustenta en la formación de los precios en mercados abiertos (la estimación común), lo que a su vez es el fundamento de una teoría del valor de los bienes que descansa en los conceptos de abundancia/escasez, utilidad y aprecio subjetivo de los agentes.

En esta exposición de aspectos más conocidos (sobre todo, para los seguidores del IJM), los visitantes italianos presentaron una consistente explicación de los fundamentos jurídicos y filosóficos del pensamiento de Vitoria. Franco Todescan desarrolló una brillante comparación entre los términos (más jurídicos) de ius y lex , imprescindible para comprender bien el sistema escolástico descendente de ley eterna, divina, humana y derecho de gentes. Que la Modernidad, a partir de la interpretación de Hugo Grotius, cambiaría por las categorías de primeros principios, derecho natural, derecho civil y también ius gentium (nótese que este nivel de preceptos jurídicos, el derecho internacional de las naciones, se ha mantenido en ambas estructuras metodológicas).

Junto a Todescan, la profesora Simona Langella ofreció un acercamiento más filosófico, a partir de los conceptos de dominium, propietas o facultas. Y es que en torno a los comentarios de Vitoria a la Summa Theologiae de Tomás de Aquino, concretamente en las cuestiones sobre la justicia y la restitución, se planteaba una importante distinción entre el dominio jurisdiccional (que afecta a las personas) y la propiedad (que se refiere a las cosas). Desde estos presupuestos, la doctora Langella explicaría que el hombre tiene además dominio sobre sus actos (libertas) con la expresión: capax Dei, capax dominii. Existe por tanto un derecho natural a la propiedad, a la libertad y al autogobierno, del que disfrutaban también los nativos americanos.

He citado antes a la profesora de Cambridge Annabel Brett (autora de un muy recomendable libro: Liberty, right and nature, en el que estudia a Vitoria, Vázquez de Menchaca y otros escolásticos hispanos). Su charla discurrió por el pensamiento político de la Escuela de Salamanca, destacando su esfuerzo por compaginar la fe y la razón, su preocupación por los problemas reales de la sociedad de su tiempo, o su referencia a la causalidad aristotélica (todo necesita de un fin). En cuanto a la potestad (otro elemento revolucionario de los salmantinos), nos recordaba cómo sostuvieron que el poder viene de Dios, pero a través de la comunidad. Lo contrario al discurso de las monarquías absolutas de la Europa central y nórdica.

Termino con una breve referencia al Dr. Martti Koskenniemi (aunque cronológicamente fue quien abrió el Congreso; y además lo cerraría, planteando ese debate que anunciaba). Desde una perspectiva de la historia del Derecho Internacional, hizo un interesante repaso de la aportación de la Escuela de Salamanca a los fundamentos modernos de las relaciones internacionales o la estructura económica mundial. Suele decirse, con cierta razón, que la primera globalización tuvo lugar en el seno de un Imperio en el que "no se ponía el sol". Ahora bien, no es del todo correcto juzgar aquella época con nuestras categorías: sobre todo, se plantea una importante dificultad a la hora de valorar el hecho religioso. La Europa del XVII es una historia compleja de Reforma y Contrarreforma, de conflictos religiosos y airadas discusiones teológicas sobre la gracia, el pecado o la predestinación (no solo entre católicos y protestantes, sino también en el seno de sólidas instituciones de la Iglesia romana como los jesuitas y dominicos). Pienso que es muy interesante celebrar este tipo de reuniones, siempre que se respete un diálogo constructivo (resulta demasiado frecuente atascarse en un juicio acerca de los abusos cometidos sobre los indios y la responsabilidad de los políticos e intelectuales hispanos del momento): uno de los objetivos de la Universidad debe ser el recuerdo del pasado, pero mirando cómo construir un futuro mejor.

El Gobierno, y no la grasa, engorda

"Predigo la felicidad futura para los americanos siempre que el Gobierno no malgaste el esfuerzo de la gente bajo la pretensión de querer cuidar de ella".
Thomas Jefferson (1743-1826).

Dicen, y estoy de acuerdo, que hablar de Gobierno limitado es un desiderátum contrario a la realidad pues la realidad misma del Gobierno –como de cualquier monopolio- es crecer y expandirse ajeno a limitaciones. En este sentido, desde el comienzo de las democracias liberales allá por la Ilustración el Gobierno ha irremediablemente crecido y engordado a expensas de la sociedad civil. Pero en esta ocasión no me quiero referir a esto, sino a otra cuestión con matiz: el Gobierno te engorda. Me explicaré.

Decir que la grasa no engorda y, aún más, que hay que comer grasa para perder grasa es sencillamente una herejía nutricional. Esto da muestra de hasta qué punto hemos asumido unas recomendaciones pasadas por agua y contrarias a las evidencias. En los años 50, Kekwick y Pawan, de la Universidad de Londres, publicaron un estudio tan revelador como hoy ignorado. Sometieron a dos grupos de pacientes a una dieta muy baja en calorías, exactamente 1.000 diarias. Pero mientras un grupo consumía el 90% de dichas calorías provenientes de carbohidratos, el otro grupo consumía el 90% procedentes de la grasa. ¿Qué sucedió? Sólo perdieron peso los que consumieron un 90% de sus calorías en forma de grasa.

En el fondo, sólo hay que salir ahí fuera: desde los 70 hasta los 2000 los norteamericanos han reducido del 40% al 34% el aporte de sus calorías totales en forma de grasas y aun así han ostensiblemente engordado. Para entender nuestra sociedad grasofóbica, engañada y por ende ‘enfermante’ es imprescindible entender el rol del que parece haberse convertido en uno de los mayores enemigos de la salud pública: el Gobierno.

Los norteamericanos como nación, y el resto de países occidentales por imitación, comenzaron poco a poco a reducir el consumo de grasas –especialmente animales- tras la II Guerra Mundial impelidos por las recomendaciones políticas que tomaron forma definitiva y oficial en los Objetivos Dietéticos para los Estados Unidos de 1977. Si el Gobierno urgía a reducir el consumo de grasas, la consecuencia lógica acabó produciéndose: desde los años 70 hasta finales de los 2000, el 65% del aumento de calorías totales en la dieta del estadounidense medio no se debe a la grasa, sino a los carbohidratos.

En realidad, aquellos Objetivos Dietéticos de 1977 sólo fueron el comienzo de un constante hostigamiento burocrático contra la grasa acompañado del consiguiente ungimiento de los carbohidratos como nutriente perfecto. Así, en 1986 la FDA afirmó que el azúcar no sólo era seguro sino además saludable, ¡incluso para los diabéticos! No es de extrañar que la Asociación Americana de Diabetes (ADA), promocionada por el Gobierno americano, promueva entre los diabéticos dietas altas en carbohidratos, precisamente aquéllas que desmandarán sus niveles de glucosa e insulina. Es como recomendar trabajar en una central nuclear para prevenir el cáncer. Saber que Schweppes es una de las fuentes de financiación principales de la ADA puede hacernos entender algunas cosas. Y quien diga que con la llegada de los 2000 esta pesadilla comenzó a llegar a su fin se equivoca, y mucho: en 2011 el Congreso americano aprobó que la salsa de pizza se contaría como una ración de vegetales en los colegios. Y hablando de colegios, no olvidemos que la expropiación gubernamental de la educación ciudadana tiene realmente un profundo objetivo: la expropiación de nuestras mentes.

Al extenderse como la pólvora el mantra de lo desnatado y desgrasado al límite que ya sólo nos conformamos con el absoluto 0% de grasas, la desnutrición ha ido de la mano. Cómo puede uno obtener y absorber nutrientes esenciales solubles en grasa como las vitaminas A, E, D o K2 con una dieta sin prácticamente grasa permanece como uno de esos misterios que jamás se plantearán las preclaras mentes políticas, obsesionadas con imponer su verdad siempre antes que dejar que sus ciudadanos practiquen la libertad.

Y es que la verdad por decreto del Gobierno, también en los aspectos nutricionales, ha dramáticamente perjudicado el sano proceso de libre competencia y evolución de ideas, teorías y postulados en el ámbito de la salud y nutrición. Cuando, como es mi caso, uno se propone divulgar la importancia de la limitación de los hidratos de carbono, el infierno metabólico del azúcar y la fructosa aislada, la necesidad de incorporar determinadas grasas animales y tradicionales a nuestra dieta se topa de frente con un difícilmente franqueable muro de millonarias subvenciones gubernamentales que arrollan las mentes de los ciudadanos en forma de maná de carbohidratos caído del cielo como promesa mesiánica de nuestros líderes para una salud perfecta. Y si todo esto luego resulta mentira –que lo resulta-, los políticos vuelven a sacar rédito del asunto en tanto tendremos que pasar por la caja de las farmacéuticas compadreadas por ese mismo Gobierno, instaurándose lo que podemos llamar acertadamente una farmocracia.

El revolucionario y libertario Thomas Jefferson afirmaba que resultaba tiránico que uno tuviera que subsidiar opiniones contrarias a la suya. ¿Por qué tengo con mis impuestos que acabar promoviendo teorías e ideas nutricionales que creo falsas y aun perjudiciales? ¿Por qué tengo que subsidiar con el fruto de mi trabajo detraído en impuestos a los agricultores de maíz, trigo o soja, tres de los cultivos más hipersubvencionados en EEUU? Si en 1982 suponía el 12%, hoy el 23% de los presupuestos de compras de los supermercados norteamericanos va destinado al abastecimiento de dulces y alimentos procesados. Con una economía en crisis, uno acaba reduciendo su presupuesto alimentario. Y, ¿qué es lo más barato? Los alimentos más proinflamatorios y ricos en carbohidratos o grasas artificiales puesto que son los más subvencionados por el Gobierno.

La metafórica mano invisible del mercado y la cooperación voluntaria la hemos sustituido, también alimentariamente, por el puño bien visible del Gobierno y la coacción siempre forzosa. En Estados Unidos y Canadá hace tiempo, por cierto, tiene importante auge el movimiento en favor del etiquetado de los alimentos transgénicos hasta el punto de haber llegado a ser tema de debate político. Se trata al fin y al cabo de saber lo que comemos. En 2018, todos los estadounidenses encontrarán cuidadosamente etiquetados los alimentos con compuestos transgénicos pero no debido a un decreto gubernamental, sino gracias a la decisión de la mayor cadena de alimentación natural del mundo para sus supermercados: la empresa privada Whole Foods Market. Cinco años pues es el plazo para todos los que deseen seguir siendo proveedores del número uno mundial en alimentación natural para adaptarse a este etiquetado. En el asunto de los transgénicos, podemos decir que de momento Empresa privada, 1; Gobierno, 0. Una vez más se demuestra que cuando se le deja funcionar, el proceso de mercado atiende mejor y más rápidamente los intereses de los ciudadanos que el anquilosante proceso político. De hecho, el gigante de la alimentación natural y orgánica Whole Foods Market es producto del emprendedor John Mackey comprometido con demostrar que la conciencia social, comunitaria y la mejora de las condiciones de nuestros prójimos está al otro lado de los predios del Gobierno (donde impera la Ley de Hierro de la Oligarquía); esto es, en la sociedad civil, el tejido de relaciones voluntarias que denominamos "mercados" y el emprendimiento. Mientras el político es un monopolista aprobado o reprobado por los cautivos consumidores de sus servicios cada cuatro años, el empresario es aprobado o reprobado por los voluntarios consumidores de sus servicios cada día. Así pues, en el auténtico proceso de libre competencia, no gana el más fuerte, sino el que mejor sirve a la sociedad, el genuinamente más social cuyo favor del público debe renovar cada uno de sus días.

Quien crea que la nutrición y la ciencia social y política son cosas que deben separarse no alcanza a entender la guerra que hay ahí fuera. Hoy, comer es un acto social y político. En mi caso, seguir la paleodieta antiinflamatoria que promuevo supone un desacato y un acto revolucionario. Y yo me rebelo contra que la verdad absoluta provenga de la Derecha, la Izquierda o el Centro. Porque sólo hay un Abajo de la opresión y coacción, y un Arriba de la emancipación y autonomía de cada individuo.

Sin libertad, y el rechazo del absolutismo del Gobierno, no puede haber Verdad.

juventudybelleza.com / @AdolfoDLozano

Anarquismo liberal sensato

El derecho de propiedad o principio ético de no agresión es la única ley universal, simétrica y funcional que permite el desarrollo armónico de los seres humanos. Los contratos libremente pactados generan reglas concretas particulares que, junto con algunas normas tradicionales, facilitan la coordinación social. El Estado, el monopolio impuesto de la coacción y la jurisdicción sobre un territorio y unos súbditos, es ilegítimo en la medida en que no respete los derechos de propiedad y no sea fruto de acuerdos contractuales libremente aceptados por los individuos: las constituciones no son contratos libremente pactados si las mayorías las aprueban en contra de minorías que no tienen oportunidad de rechazarlas. Una sociedad libre no tiene Estado así entendido.

Según el minarquismo un Estado mínimo es necesario para proporcionar a un colectivo ciertos bienes públicos: servicios de defensa y relaciones diplomáticas frente al exterior (evitar ser oprimidos por otros grupos organizados), y legislación, policía y justicia para el orden interior (preservar el orden social y la civilización, resolver conflictos y no caer en la barbarie). El minarquismo delimita las funciones del Estado e intenta controlarlo para evitar su crecimiento liberticida mediante límites constitucionales, contrapesos institucionales o mecanismos de elección de los gobernantes.

Un problema esencial es que estos controles funcionan mal en la práctica, como demuestra el progresivo crecimiento del intervencionismo estatal. Pero un problema más fundamental del minarquismo es la justificación de la delimitación del colectivo organizado por dicho Estado: cómo se define el grupo, qué individuos y qué territorios forman parte del mismo y cuáles no (y por qué), y qué requisitos son necesarios para integrarse en él o abandonarlo. Esto es esencial porque para controlar al poder la voz (libertad de expresión) y el voto (participación política) son mucho menos eficientes que la salida (dejar de formar parte del grupo o no participar en alguna actividad común).

Según el anarquismo liberal (anarcocapitalismo) los monopolios estatales no son necesarios, no son eficientes o incluso son nocivos: la eliminación de la posibilidad de la competencia deteriora la calidad del servicio o incrementa su precio; y además el poder corrompe fácilmente a los gobernantes. Las funciones del Estado deben eliminarse o privatizarse. Los presuntos bienes públicos en realidad no son tales al ser de consumo rival y/o excluible, y pueden prestarse por asociaciones, empresas o cooperativas privadas: agencias de seguridad, jueces en competencia, producción de ley mediante cláusulas contractuales.

El anarquismo liberal basa sus argumentaciones en dos ideas problemáticas que suelen proceder del ámbito de la ciencia económica: que los individuos, con sus derechos de propiedad bien asignados y separados, se integran en la sociedad porque perciben racionalmente los beneficios de la especialización, la división del trabajo y los intercambios de mercado; y que la fuerza y la seguridad son servicios como cualquier otro, y pueden producirse y distribuirse en un mercado por diversos competidores especializados.

Pero la biología y la antropología muestran que los grupos sociales animales y humanos son adaptaciones evolutivas para la supervivencia que aprovechan tres fenómenos: 1. concentración de esfuerzos; 2. compensación de riesgos; y 3. especialización. Y además la fuerza es un bien o servicio con características particulares esenciales.

1. Concentración de esfuerzos iguales: la unión hace la fuerza (rendimientos de escala), tanto para atacar como para defenderse. La acción coordinada de varios agentes semejantes tiene efectos fuertemente no lineales: varios pueden empujar y mover de una sola vez un obstáculo que uno solo no podrá mover nunca por muchas veces que lo intente. Si dos iguales luchan, la mitad de las veces vence cada uno (o siempre empatan); pero si dos luchan contra uno, no hay dos tercios de victorias para los dos y un tercio para el uno, sino que los dos vencerán prácticamente siempre. Varios cazadores pueden rodear a una presa, lo que para uno solo es imposible. Siendo muchos puede merecer la pena invertir en un bien común como un nido o refugio, lo cual además localiza al grupo y le da unidad y continuidad temporal.

2. Compensación de riesgos: reciprocidad de la ayuda ante eventos aleatorios. Si tengo un accidente y estoy solo, mis posibilidades de supervivencia son mucho menores que si alguien puede ayudarme a recuperarme, recibiendo un gran beneficio a poco coste para otros. Si me sobra comida puedo compartirla con quienes hoy no la han conseguido y la necesitan urgentemente, confiando en que en el futuro harán lo mismo por mí.

3. Especialización: complementariedad entre diferentes. Puede ser sólo temporal: yo vigilo y protejo a las crías o el nido mientras tú cavas o buscas comida, y luego cambiamos de rol. O más permanente, según las características del individuo (sexo, casta, edad) o sus habilidades y preferencias (profesiones).

Los humanos son animales hipersociales y nacen, crecen y viven por lo general como miembros integrados en grupos que se conciben como unidades diferenciadas y con los cuales se sienten identificados. En los grupos algunas cosas son propiedad individual y otras se comparten, por algún subgrupo (una choza familiar) o por todo el grupo (zonas comunes como calles, plazas, terrenos de caza o recolección), porque son difícilmente separables, porque se conservan mal (comida que se estropea) o porque los individuos no quieren separarlas. Los bienes comunes son privados en el sentido de que no se permite su uso por otros grupos, y colectivos en el sentido de que están al alcance de todos los miembros del grupo: para estos bienes son necesarias reglas de uso o mecanismos de gestión (gobierno del común) para mantenerlos y evitar abusos y conflictos (tragedia de los bienes comunes).

Además los grupos realizan ciertas acciones como unidades integradas y coordinadas en relación con otros grupos o individuos: la persona es la unidad fundamental de análisis para la acción, pero no es el único nivel posible, ya que existe acción a niveles inferiores y superiores. Una de estas actividades colectivas es la guerra contra otros grupos (esto no implica que todos los miembros participen por igual). Las agresiones individuales a pequeña escala (dentro de un grupo o entre individuos de grupos diferentes) son claramente diferentes de las agresiones entre colectivos. El uso de la fuerza a gran escala no se decide de forma individual, y la acción bélica es mucho más eficiente cuando está planificada y coordinada de forma más o menos centralizada: no lucha cada uno por su cuenta sino que se integra en equipos cohesionados y bajo un mando jerárquico.

La fuerza coactiva o violencia es un bien o servicio particular: en realidad es un mal para quien la sufre, para quien es atacado, es la capacidad de hacer daño (salvo los aspectos defensivos de la seguridad, como los escudos). Además los beneficiarios de la fuerza ajena pueden convertirse con facilidad en víctimas o perjudicados por la misma: es un servicio fácilmente invertible, de positivo a negativo, el que me defiende puede atacarme. Otras cosas son bienes cuando se reciben, y la situación es neutra cuando no se reciben, pero no tienen un lado negativo: me beneficia recibir pan, me deja indiferente no recibirlo, pero no puedes agredirme con el pan; si tú no me vendes pan me lo vende otro, o lo produzco yo mismo, o como otra cosa.

Externalizar completamente la seguridad es peligroso: no desarrollar en absoluto ninguna capacidad de defenderme por mí mismo implica quedar a merced de los fuertes; tal vez pueda encontrar a otros poderosos que me defiendan, pero quizás no sea así o incluso muchos se pongan de acuerdo contra mí. Un mercenario puede defenderme a cambio de dinero, pero también puede directamente robarme ese dinero e incluso matarme, o trabajar para mis enemigos.

Existe un caso en el cual los que pueden atacarme sin riesgo no lo hacen: porque no quieren hacerlo, les importo, soy de su familia o de su grupo, de los suyos; sienten amor o lealtad hacia mí y pueden incluso sacrificarse por patriotismo por el colectivo.

Además el uso de la fuerza tiene un carácter fuertemente local: para defender o atacar suele ser necesario estar cerca (aunque los proyectiles aumentan el alcance, y es posible proteger de forma indirecta sin estar presente con amenazas de represalias futuras contra los eventuales agresores).

Por estos motivos la seguridad suele conseguirse mediante cooperativas relacionadas con la convivencia (los que te importan y están más cerca) más que mediante empresas externas, que pueden ser un complemento. E igual que los individuos se integran en grupos (en realidad nacen y crecen en ellos), los grupos suelen asociarse unos con otros a niveles superiores de agregación mediante lazos de amistad y lealtad para defenderse o atacar conjuntamente a otros grupos. En estas agregaciones se fomenta la sensación de pertenencia y las obligaciones mutuas: un ataque a un miembro de un grupo o alianza es un ataque contra todos los miembros. Los individuos o grupos aislados o desorganizados tienden a ser oprimidos (o desplazados a zonas pobres o de difícil acceso) por los grupos organizados y cohesionados más poderosos.

Los grupos pueden ser pequeños o grandes, estáticos o dinámicos, simples o complejos, y estas diferencias son esenciales porque lo que funciona en unos puede no funcionar en otros: hay mecanismos de gestión no escalables (el tamaño importa), o que sólo son aplicables a sistemas simples y estáticos (la coordinación es difícil).

La asociación cooperativa para la defensa tiene riesgos internos, sobre todo cuando el grupo crece en tamaño y complejidad: que unos se escaqueen y se aprovechen de los esfuerzos y riesgos de otros sin ofrecer suficiente valor a cambio; que algunos sean obligados a participar de la asociación en contra de sus preferencias e intereses; que los lazos afectivos y los mecanismos de supervisión y control se pierdan o debiliten y los soldados y policías opriman (dictaduras) o parasiten (funcionarios ineficientes) a los demás ciudadanos.

Robin Hood era libertario

La figura de Robin Hood es una de las banderas políticas favoritas del socialismo. La supuesta historia de un simpático justiciero que robaba a los malvados ricos para entregar la riqueza a los pobres no ha sido desaprovechada por la familia socialista. La usan como símbolo de la redistribución de la riqueza y de los impuestos progresivos. Es como si hubieran encontrado un manual de fiscalidad socialdemócrata entre las leyendas de la Inglaterra medieval. Con el respaldo de tan heroico personaje no hace falta argumentación, basta con decretar el correspondiente impuesto redistributivo.

En infinidad de ocasiones se ha utilizado la figura de Robin Hood para representar a todo justiciero socialista. El recientemente fallecido Hugo Chávez, por ejemplo, era considerado todo un Robin Hood moderno por sus seguidores, como afirma The Economist. En España también tenemos la suerte de contar con nuestro propio justiciero: Sánchez Gordillo. El héroe andaluz, alcalde de Marinaleda y distinguido sindicalista, fue un fenómeno mediático en todo el mundo cuando asaltó varios supermercados por considerar que no asignaban los alimentos de manera socialista. Por algún motivo, para Sánchez Gordillo lo que mejor representa al concepto de "rico" es un supermercado de pueblo, probablemente por estar formado a partir del perverso término "mercado".

En las últimas fechas el argumento de Robin Hood se está usando para defender lo que parece la inminente llegada a Europa de la Tasa Tobin. En Estados Unidos y Reino Unido, incluso, hay un movimiento denominado Robin Hood Tax que exige la aplicación de dicho impuesto. La Tasa Tobin fue un impuesto propuesto por el Nobel James Tobin que pretendía gravar las operaciones con divisas, argumentando, erróneamente, que disuadiendo a los perversos especuladores se reducía la volatilidad en los tipos de cambio. El propio Tobin se retractó al darse cuenta de la inutilidad de su propuesta, pero eso no ha impedido que todo buen populista siga exigiendo que se saque adelante. No sólo para las divisas, sino para la mayor parte de las transacciones financieras.

Los partidarios modernos de la Tasa Tobin, como el ex ministro socialista Jordi Sevilla en El Mundo o Xavier Vidal-Folch en El País, dan fundamentalmente dos argumentos. La primera es la intención original del propio Tobin: creer que al disuadir las operaciones a corto plazo se reduce la volatilidad. Pero cualquiera que sepa un poco sobre mercados financieros sabrá que, precisamente, lo que hacen los especuladores es dar contrapartida a los inversores a largo plazo. Aportan liquidez y profundidad al mercado, reduciendo el spread entre los precios de compra y los de venta y, por tanto, reducen la volatilidad. Al competir en comprar cuando el precio cae y vender cuando sube lo que se produce es un aplastamiento de la cotización. Es, de hecho, en los valores sin especulación y con pocas operaciones en los que para tomar o deshacer una posición cuesta más encontrar contrapartida, y, por tanto, hay que subir o bajar el precio hasta que la operación case. En pocas palabras, cuantas menos operaciones en un mercado, más volátil es la cotización.

El segundo argumento esgrimido por los pro Tobin nos devuelve al asunto principal de este artículo: Robin Hood. El venerable impuesto quitaría dinero a los odiosos banqueros y especuladores y se lo daría a los pobres. Es difícil pensar en algo más placentero y desestresante que un buen arreón a los culpables de todos los males imaginables mientras se soluciona la pobreza en el mundo. Pero… un momento. ¿Sería esto lo que realmente ocurriría con la Tasa Tobin? En absoluto. Cualquier impuesto sobre una transacción impacta sobre las dos partes, y en un proceso dinámico se repercute sobre quienes están conectados a estas partes. En resumen, quienes principalmente pagarían por esto serían las familias y las empresas, que son quienes terminan estando detrás de los intermediarios financieros. ¿Pero al menos sería por una buena causa? Actualmente la gran discusión en Europa es si lo recaudado va a ir destinado a las arcas de la burocracia comunitaria, o a pagar los irresponsables déficits de los gobiernos miembros. Por enésima vez, la bandera de Robin Hood se agita para terminar sablando a los ciudadanos para pagar a los políticos.

Recomiendo un saludable ejercicio a todo aquel que utiliza el argumento de Robin Hood para defender todo tipo de impuestos: acérquense, aunque sea superficialmente, a la leyenda del forajido inglés. ¿Quiénes eran sus enemigos? ¿Eran los empresarios y los prestamistas? Para nada. Era el Príncipe Juan Sin Tierra. Su brazo ejecutor, el Sheriff de Nottingham, no era un banquero, sino el recaudador de impuestos. En una palabra, el enemigo era el Estado. Según la leyenda, el problema era que el nivel de impuestos era tan elevado que la gente vivía en la miseria. Robin Hood no robaba a los ricos, sino que se dedicaba a devolver a sus legítimos dueños el dinero previamente usurpado por los prohibitivos impuestos. Si hubiera vivido en nuestros días, Robin Hood no habría apoyado a quienes usan su nombre para promover la Tasa Tobin, ni la redistribución de la riqueza. No habría sido partidario del socialismo, sino todo lo contrario. Robin Hood era libertario.

Relativismo o esencialismo liberal

La polémica teórica y práctica entre relativismo cultural y esencialismo es irresoluble. La controversia está viciada por la existencia de etnocentrismos de uso político por parte del relativismo radical cuando se ataca solamente a Occidente, por invasivo e "imperialista", y se sobreestiman las otras sociedades, las que lo cuestionan. Un relativismo cultural radical y, a la vez, honesto habría de prestar legitimidad ética por igual a todas las culturas, incluida la occidental y, simultáneamente, habría de negar la existencia de toda unidad cognitiva entre los seres humanos.

La asunción más elaborada de esta postura la ejemplifica el antropólogo Franz Boas (1858-1942) para el que cada cultura constituye un mundo social total que se reproduce a sí mismo a través de la enculturación, es decir, del proceso mediante el cual se transmiten de una generación a la siguiente los valores, disposiciones emocionales y comportamientos incorporados. Tal planteamiento se da de bruces con la realidad, puesto que los humanos de diferentes etnias nos relacionamos por encima de las diferencias étnicas y nos aculturamos en una dinámica permanente. Los ámbitos de cada etnia nunca son cerrados, ni su apertura es igual en todos los casos. La versión moderada del relativismo deja, sin embargo, la puerta abierta al reconocimiento de una amplia base cognitiva común a todos los humanos y, por tanto, la posibilidad de llegar a compartir valores éticos, sin dejar de constatar que, a su vez, existen diferencias que afectan a la interpretación del mundo físico, de la sociedad y a las preferencias individuales.

Por otra parte, un esencialismo absoluto ofrece tantas debilidades como el exceso contrario. La formulación de que existen valores tan generales como inmutables resulta empíricamente insostenible, por más que sí podamos identificar cierta durabilidad de los mismos así como una importante universalidad entre sociedades, pero enmarcadas ambas en procesos cambiantes. El esencialismo extremo se halla ante la tesitura de afirmar la unidad cultural y ética de la humanidad, reconocible apelando a una autoridad absoluta legitimada bien místicamente, bien por la sedicente superioridad de una de las sociedades sobre la que recaería la tarea suprema de definir la esencia ética de las demás. La versión radical del esencialismo está cargada, pues, de constructivismo, de una fatal arrogancia que multiplica su potencial de error. El universalismo moderado tiene, no obstante, la opción de pervivir plausiblemente mediante el descubrimiento de valores y cogniciones comunes a todas las culturas, a la vez que aceptando una diversidad real no suprimible.

¿Cuál es la posición del liberalismo en este debate? La que aquí consideramos, la de la tradición austriaca, maneja comunes presupuestos antropológicos, económicos y políticos, lo que no impide la cohabitación de discrepancias importantes dentro de aquella.

Tres son las principales estrategias de fundamentación de la libertad en la tradición de la escuela austriaca que nos permiten definir su posición en la discutida controversia entre esencialismo y relativismo. Las vemos expuestas en paralelo en las definiciones esquemáticas que el profesor Huerta de Soto aportó en sus "Estudios de economía política": el evolucionismo institucional de F. A. Hayek, el utilitarismo de L.V. Mises y el iusnaturalismo de M. N. Rothbard. Los tres planteamientos, dejados a la suerte de su propia lógica, pueden llevar a fugas de la realidad, a callejones sin salida, tal y como Huerta de Soto indica en su artículo. No obstante, balanceados mutuamente en una suerte de contrapesos teóricos aplicados a la realidad, es posible posicionar el liberalismo austriaco entre el relativismo moderado y el universalismo atemperado. Ni tanto utilitarismo que conlleve una reglamentación hiperracionalista de la vida social, ni un esencialismo que concluya de la misma manera por la vía de la ética absoluta, ni un tradicionalismo que consagre instituciones sin una apropiada crítica racional o ética (es decir, que las legitime solo por su carácter ancestral).

La propuesta de De Soto se muestra como la única viable sin que debamos permitirnos un excesivo optimismo acerca de sus resultados. La vigilancia que cada enfoque ejerce sobre los otros dos no garantiza el acierto ni oculta la existencia de diferencias importantes entre todos ellos, pero sí que configura una posición sensata entre relativismo y universalismo que permite una crítica clara y radical tanto de la impronta conservadora como de la posmoderna.

El desprestigio de los economistas

El descrédito de la ciencia económica procede fundamentalmente de su confusión con otras ideas de índole moral, religiosa y política que han hecho depender sus conclusiones de necesidades generales y proyectos constructivistas que en cualquier caso se verían limitados, al menos en un plano teórico, por conclusiones estrictamente científicas.

Las ciencias físicas son una herramienta cuya perversión únicamente conduce al fracaso tecnológico inmediato. La economía es mucho más sencilla de manipular. El fracaso inevitable que entraña la aplicación de una teoría errónea, dada la extraordinaria complejidad que tienen los fenómenos sociales, podría justificarse mediante una nueva conjetura hecha ad hoc, aunque ésta estuviera igual de equivocada que la anterior. Por el camino quedarían escasez no resuelta y descoordinación en forma de parálisis económica.

El origen de tamaña frustración, que ha llegado a desvirtuar las ciencias sociales, procede de la fatal arrogancia que pretende un diseño inteligente del orden social. El objeto de estudio de las ciencias sociales no es otro que el orden espontáneo surgido de las consecuencias, queridas y no queridas, de acciones simultáneas y sucesivas realizadas por millones de individuos racionales persiguiendo fines estrictamente particulares en un entorno institucional evolutivo.

El diseño inteligente del orden social parte de teorías acientíficas promovidas por pensadores que se identifican moral e ideológicamente con los fines propuestos por quienes promueven dicha intervención masiva contra la sociedad. Intervenir supone violentar a los agentes que, libremente y en un entorno institucional, persiguen fines particulares estableciendo acuerdos voluntarios entre sí. La intervención aspira a conseguir un resultado concreto que se estima imposible de alcanzar en un escenario donde diversos fines y una pluralidad de voluntades interactúan libremente. Por ello, se trata de sustituir el orden espontáneo por una organización deliberada que ingenuamente se considera adecuada para la consecución del resultado propuesto. La acción, que a priori es siempre personal y competitiva, adquiere un carácter más amplio cuando se encauza a través de una organización que reúne a una multitud de agentes. Para que dicha organización eluda las reglas que imponen tanto el orden espontáneo como la libertad institucional, deberá recurrirse a la coacción irresistible.

La intervención, que materializan multitud de actores a través de la estructura organizacional del Estado posee las siguientes características:

  1. La coacción sobre todos los agentes cuyos fines particulares sean contradictorios con el propósito intervencionista. Para ello, quedan eliminadas tanto la autonomía como la voluntariedad de los intercambios, sustituyéndose el entorno institucional por mandatos que regulen la servidumbre de los individuos implicados y afectados.
  2. La intervención utiliza una información insuficiente, particular y estática, articulada en cierto momento a partir de un conocimiento limitado.
  3. Las consecuencias de la intervención serán tan amplias como lo sea el poder que la organización ejerza sobre las parcelas afectadas del orden social, alterando los cursos de acción particulares e impidiendo a los individuos generar y transmitir nuevo conocimiento. Esta circunstancia redunda en la naturaleza limitada y estática de la información y el conocimiento a los que tendrán acceso quienes tracen el plan que trate de reorientar y reajustar la organización cuando vea frustrados sus distintos propósitos.

La acción particular surge de la creación de conocimiento dentro de un entorno institucional evolutivo donde se producen intercambios libres y voluntarios. Las consecuencias evidentes de cada acción particular se materializan en forma de éxito y de fracaso. Esta información quedará a disposición del resto de agentes plasmándose en forma de precios de mercado y cuentas de pérdidas y ganancias. La función empresarial del individuo hará el resto. La eliminación del beneficio contable y los precios de mercado hace imposible el cálculo económico, lo que provocará el fracaso de todo diseño inteligente que trate de suplantar el orden espontáneo. No sólo se verán frustrados los objetivos propuestos por la organización coactiva sino que, además, se interrumpirá el proceso social que hacía posible la coordinación entre las acciones particulares.

La ciencia económica tiene como objeto el estudio del orden social, así como de las consecuencias de aquellas agresiones que lo neutralizan. Desgraciadamente, son muchos los economistas que, abrumados por la complejidad de su ámbito de estudio, o simplemente alterados por la fatal arrogancia que les hace creerse capaces de trazar un diseño inteligente que mejore los resultados del orden social competitivo, han optado por ponerse al servicio de poder absoluto, convirtiéndose simples paladines del estatismo.

@JCHerran

Leonardo Polo: filosofía y economía

Este mes de febrero ha fallecido Leonardo Polo, un profesor de Filosofía en la Universidad de Navarra, seguramente no muy conocido en estos foros más económicos. Aunque se trata de una persona reputada en su campo (existen publicaciones y congresos que estudian el pensamiento poliano), la verdad es que no puedo hablarles con seguridad sobre los problemas metafísicos del ser y la esencia, o la profunda antropología que desarrolló en sus obras. Pero al menos les voy a copiar (en homenaje a mi compañero de columna, Paco Capella) las líneas que ha escrito una antigua alumna suya, Blanca Castilla, antes de referirme al título de este Comentario:

"Como a otros pensadores del siglo XX le preocupaba el formalismo en el que había derivado la Filosofía desde la tardía Escolástica. Lo cierto es que consiguió ir a la raíz del problema y, cuando en la década de los 60, algunos neotomistas re-descubren la piedra clave del pensamiento de Tomás de Aquino, la distinción esse-essentia, intuyó un método de acceso al SER. ¡Cuántas veces repitió que "una vaca pensada no da leche", o que "el yo pensado no piensa"!, rebatiendo idealismos y enseñando la importancia de abandonar el límite mental para llegar a la REALIDAD, al ámbito propio del SER…

… Estaba acometiendo la tarea de ampliar la ontología desarrollada por la Metafísica clásica, para poder pensar al ser Humano, que es distinto, de otro nivel decía, que el Cosmos, donde la Unidad es monolítica y el ser jerarquizado, y no da cabida a una la pluralidad de iguales, aunque sean irrepetibles. Y fue desarrollando una Antropología enraizada en el SER Personal, que por eso denominó Antropología Transcendental".

Hasta aquí mi excursus más filosófico. Porque de lo que pensaba hablarles es de un Seminario sobre Leonardo Polo: Filosofía y economía, al que justamente asistí el pasado mes de enero. El motivo era la presentación de un reciente libro del profesor Polo (con ese mismo título), que recoge diversas intervenciones o escritos suyos en relación a estos temas.

No pude quedarme hasta el final, y tampoco he podido comentar con otros ponentes el resultado de la Jornada. De manera que les voy a resumir mis impresiones en el rato que pasé con varios profesores universitarios, expertos en el pensamiento de este maestro que acaba de dejarnos. Sobre todo, voy a contarles la ponencia de Juan Fernando Sallés, también profesor de Filosofía en esa Universidad de Navarra, quien además prologa el libro del que hablamos, y que recoge (como se indica en la Introducción) catorce trabajos de Leonardo Polo sobre temas de economía y empresa: algunos ya publicados, otros inéditos o bien resultado de la transcripción de sus cursos y conferencias.

La obra (bien gruesa: casi quinientas páginas) se articula en torno a tres partes: "Bases antropológicas de la economía", "Sociedad y empresa" y "Ética y empresa". Siendo la primera la más extensa, con un largo e interesante trabajo sobre el "Esquema de la evolución de las organizaciones en la Edad Moderna". Se trata de un recorrido histórico desde los finales de la Edad Media hasta el siglo XX; pero no es una simple descripción de historia económica: contiene reflexiones más profundas como ésta que les transcribo: "Hay que subordinar la organización del espacio -tema del interés- a la del tiempo. La clave de la organización temporal radica en el perfeccionamiento intrínseco humano" (p. 17). Y continúa: "La libertad personal humana organiza el tiempo, organización más difícil que la del espacio, porque organizar el espacio es organizar los medios, pero organizar el tiempo es ordenar la propia vida en orden al fin personal" (p. 19).

En este mismo apartado encontramos otros capítulos muy interesantes como "La libertad humana y la organización de sus ámbitos", "Tener, dar, esperar" y "Los radicales humanos en la economía". Este último, un tema muy característico del discurso poliano, al que se refirieron varios profesores en la Jornada que comentamos: Leonardo Polo habla como de tres grandes momentos en la orientación de la vida humana. La época clásica, con su descubrimiento de que el hombre es un ser con una naturaleza racional, algo que está en los orígenes de nuestra cultura. El radical cristiano, que añade el descubrimiento de algo más importante, que el hombre es un ser personal (ser persona es lo más digno, más que ser animal racional). Y un tercer momento, la modernidad: cuando el hombre descubre que puede progresar construyendo, produciendo; pero este radical sólo, como se basa en que el hombre sin los resultados de su acción no es nada, establece una descompensación según la cual el hombre se subordina a sus obras.

Me salto la Segunda Parte y concluyo con "Ética y empresa". Aquí se abordan cuestiones tan relevantes como "El mando", "La acción de gobierno", "La ética y las virtudes del empresario" o "El valor de la veracidad como condición de la actividad empresarial". Verán que se trata de asuntos de plena actualidad, aunque por desgracia poco valorados, debido al progresivo deterioro moral de nuestra sociedad. Y en torno a ellos, el profesor Sellés proponía nueve consejos a los directivos: respetar la persona (y su intimidad); hacer equipo; buscar y formar a tus sucesores; mejorar la propia formación (el estudio); cultivar las virtudes importantes (aquí engarzaba las cuatro clásicas -prudencia, justicia, fortaleza y templanza- con la veracidad y la responsabilidad); tener objetivos realizables; la acción: fin del conocimiento; considerar el dinero como un trabajo en potencia y, por último, servir al bien común.

En fin, todo un reto para estos tiempos de crisis. Vaya aquí mi recuerdo al profesor Leonardo Polo.

Los fallos de mercado de David Friedman

En enero, tuvimos la fortuna de tener en Madrid a David Friedman, hijo del premio Nobel Milton Friedman, y reconocido anarco-capitalista. Hasta en tres ocasiones pudo cualquier interesado en escucharle hacerlo, pues dictó dos conferencias y además mantuvo un coloquio organizado por nuestro Instituto.

Personalmente, me sorprendió que, partiendo de unos postulados mainstream, de la Escuela de Chicago, llegue a proponer el anarco-capitalismo como sistema óptimo para el bienestar social, algo que se deduce más naturalmente desde la Escuela Austriaca. Esta discrepancia de inicio hace que Friedman acepte la existencia de fallos en el mercado (libre), algo que resulta muy difícil de aceptar para los austriacos. De hecho, Friedman llega al anarco-capitalismo aceptando la existencia de fallos de mercado, pero constatando que los fallos del Estado son aún más catastróficos y dañinos, por lo que es preferible convivir con el primer tipo de fallos que con el segundo. Por su parte, desde la Escuela Austriaca se defiende el anarco-capitalismo, por considerar que no se puede determinar la existencia de fallos en el mercado (libre), por lo que este funcionamiento es a priori el óptimo para la sociedad.

Friedman ilustra la existencia de fallos de mercado con algunos ejemplos, el más conocido de los cuales es el del ejército antes de la batalla.

Supongamos quinientos individuos armados y pertrechados esperando en su línea la embestida del enemigo. Si pierden la batalla, su poblado será arrasado y sus familias muertas. Cuando comienza el ataque, cada uno sabe que si los quinientos mantienen el frente, ganarán la batalla, aunque algunos perderán la vida. También saben que si uno o unos pocos huyen, se ganará la batalla, y el huido salvará la vida. Y si todos huyen, se pierde la batalla y mueren todos.

En estas condiciones, explica Friedman, el óptimo social resulta de que todos se mantengan en su puesto, pues así ganan la batalla. Sin embargo, el óptimo individual es huir y ser el único en huir, pues así se asegura la supervivencia. En resumen, la decisión racional de cada individuo es incoherente con la decisión racional para el colectivo, por lo que se produce lo que Friedman llama un fallo de mercado.

Pero, ¿es esto de verdad un fallo de mercado? ¿Es una situación realista la que propone Friedman? ¿Qué asunciones implícitas se realizan en este ejemplo?

Lo primero que llama la atención es la presencia de alguien sobre-humano, capaz de saber a priori lo que va a pasar en cada caso. Evidentemente, para alguien que sabe el futuro y todos los posibles futuros, para alguien que tiene información perfecta, sí se puede producir un fallo en el mercado.

Pero en la realidad, nadie tiene información perfecta. Es más, ni siquiera aunque supusiéramos que todos los individuos tienen información perfecta, se podría asumir que va a ser procesada de la misma forma, pues cada individuo es diferente, y lo son sus preferencias, sus conocimientos y su experiencia previa. Los mismos datos van a dar lugar a conocimiento empresarial completamente diferente en cada uno de los quinientos individuos presentes en la línea de defensa, que puede desembocar en diferentes acciones óptimas para cada uno.

Por tanto, en el ejemplo de Friedman tenemos una instancia del planificador central omnímodo para el que sí pueden existir fallos de mercado y que sí puede tomar acciones correctoras. Los demás sabemos que tal es, no solo práctica, sino teóricamente imposible (para una demostración ver la obra de J. Huerta de Soto: Socialismo, cálculo económico y función empresarial), por lo que hemos de desechar el ejemplo de supuesto fallo de mercado.

Además, Friedman únicamente propone dos alternativas para sus individuos: quedarse a luchar o huir. Este es un presupuesto típico del mainstream, incluida la Escuela de Chicago. Estos economistas eliminan de sus modelos la creatividad del ser humano, el emprendimiento, asumiendo que están predefinidos los recursos y los cursos de acción. Nada más lejos de la realidad, afortunadamente. El hombre imagina nuevos usos de los recursos para cumplir sus fines, los pone en práctica, y a veces acierta y mejora su situación, y otras se equivoca y la empeora. Y esta es la esencia misma del funcionamiento del mercado.

Parece, por tanto, poco adecuado tratar de ilustrar fallos en el mercado impidiendo a sus actores la innovación y asignándoles a priori un conjunto limitado de acciones. Es muy probable que, de los quinientos, la mayoría solo vean esas dos opciones. Pero, con uno que imagine una tercera mejor que las propuestas, y gracias al proceso de imitación, es posible que el bienestar social mejore considerablemente, sin que la solución óptima sea que todos se queden a luchar. Basta, a lo mejor, con que uno de los guerreros cuente un chiste o empiece a cantar, y quizá la batalla no tenga lugar y ambos bandos se vayan de fiesta.

Y es que, para poder identificar fallos de mercado, es necesario conocer cuál es el funcionamiento óptimo del mercado. La mayor parte de los economistas creen que dicho funcionamiento se corresponde con el mercado de competencia perfecta, pero ello es un grave error. Entre la múltiple bibliografía al respecto, me remito al trabajo Mitos sobre la regulación para la competencia (2012), donde analizo también esta cuestión (capítulo 4). Otros economistas, como Friedman, inventan situaciones estilizadas en que disponen de toda la información, por lo que atentan contra aspectos teóricos básicos para proponer su ejemplo.

Así pues, en ausencia de una estructura óptima para el funcionamiento del mercado libre (al menos, de una que se pueda predecir a priori), no existe referente teórico contra el que establecer fallos de mercado. Resumiendo: no existen fallos de mercado en el mercado libre, solo opiniones arbitrarias de los individuos que creen saber cómo debería funcionar el mercado. Y esto no tiene por qué suponer ningún problema mientras esos individuos no quieran imponer por la fuerza su visión ideal.

Gracias por provocar la reflexión, profesor Friedman.

Del justiciero al héroe y otros animales cinematográficos (y II)

(Continuación de la serie sobre la figura del justiciero).

La década de los 80 es, de alguna manera, la antítesis de la precedente. El clima pesimista se fue atemperando y desembocando en un optimismo casi generalizado. Las cosas parecían ir mejor, la delincuencia y la corrupción que habían dominado la década anterior empezaron a encauzarse, incluso a desaparecer. La llegada al poder de Reagan, con su particular manera de reivindicar el espíritu americano, coincidió con una mejora general de la economía. Los recursos no se habían agotado, e incluso se estaban encontrando otros, lo que despejaba un futuro oscuro que hasta ese momento se había mostrado en películas como "Mad Max" (1979), "Cuando el Destino nos Alcance" (1973) o "Naves Misteriosas" (1972).

Reagan aseguró que la Unión Soviética no era ese enemigo imbatible y convirtió la lucha contra el comunismo en uno de sus pilares en política exterior, aunque fuera a costa del contribuyente. Porque la época de Reagan también fue la época en la que el presupuesto norteamericano se disparó. Aun así, el dinero fluía y Wall Street se entusiasmó, los negocios funcionaban, o lo hacían aparentemente, y el tiburón, además de una película, se convirtió en un mito de los mercados financieros.

En los años 70, el problema era el sistema. Aunque el justiciero pudiera formar parte del mismo y, en el fondo, no querer acabar con él, sabía o intuía que realmente no funcionaba por sí mismo, que estaba podrido y era necesario cambiarlo. Según la ideología del artista, la alternativa podía ser desde un sistema similar al soviético, que aparentemente estaba demostrando su valía, a un sistema quizá menos intervencionista, incluso libertario. Aunque en esta época, lo libertario no tenía una prensa demasiado amplia. En los 80, Reagan cambió todo eso.

Los héroes-justicieros de principios de los años 80 no se diferenciaban mucho de los que finalizaban los 70, pero ya empezaban a tener matices importantes. Seguían siendo personajes inadaptados al medio, ya fuera en lo social o en lo laboral, pero el rechazo de la sociedad ya no era tan fuerte como una década atrás y se les podía ver en buena sintonía con compañeros, superiores, amigos y, en algunos casos, hasta con pareja más o menos estable. En el fondo, lo que le generaba complicaciones era la excesiva burocracia, reflejo quizá de una época pasada. Sus jefes, aunque deploraban en algunos casos sus métodos, quizá demasiado violentos, les apoyaban hasta el punto de que había cierta complicidad. Otra diferencia importante es que ganaban con más frecuencia, había vuelto el "happy end". El justiciero estaba transformándose poco a poco en el héroe que dominaría el panorama cinematográfico americano hasta bien entrados los 90. Y no sólo héroes violentos o de acción.

Aunque del 76 sería la película interpretada por Sylvester Stallone, "Rocky", la que marcaría la tendencia, la del héroe que se enfrenta a su entorno y a sus limitaciones y que es capaz de ganar, a uno y a otras. En el 79, 82, 85, 90 y más recientemente, en el 2006, el boxeador se enfrentaría a retos cada vez mayores, incluyendo en su cuarta película la derrota del enemigo comunista.

Los héroes de acción que creó el cine de los 80, y que durarían hasta bien entrados los 90, eran una respuesta a los planteamientos del cine de la década anterior. Si durante los 70, los soldados americanos eran abandonados, en los años 80, actores como Sylvester Stallone, o Chuck Norris se aventuraban a rescatarlos del enemigo comunista, éste último en la saga "Desaparecido en Combate".

Los policías se reinventan y sus métodos son espectáculo puro, exageración llena de explosiones, persecuciones, situaciones de tensión, en los que el montaje juega con la ansiedad del espectador, una violencia exagerada y poco creíble, y unos guiones que pierden complejidad y donde la estrella de turno, Arnold Schwarzenegger, Sylvester Stallone, Bruce Willis y otros héroes de acción, se comen la pantalla, llenan los cines, para desesperación de los partidarios del cine de autor y de temáticas duras y sociales. Resurge en este ambiente el ciudadano inocente que se ve metido en un lío, retomando un poco el clásico de Hitchcock.

El boom económico de la época Reagan también genera un nuevo tipo de héroe-justiciero. Éste no usa las armas para vencer y convencer, sino que usa sus conocimientos, pero sobre todo, su deseo de emprender y prosperar. Los creadores de empresas, los que suben en la escala laboral a pesar de todos los impedimentos de los que están arriba, constituyen un nuevo personaje que es la antítesis del perdedor de los 70, del que sabía que el fin estaba cerca y que no era necesario esforzarse ni crear.

El capitalista, al menos en la versión americana de la época, estaba de moda y cualquiera podía conseguir el éxito con un poco de suerte. Michael J. Fox, después de la película que le llevó al estrellato, "Regreso al Futuro (1985), realizó una serie de películas que apuntaban en esa dirección. Así, en "El secreto de mi éxito" (1987), un simple repartidor del correo de una empresa conseguía hacerse con ella, sólo con su inteligencia y pericia, apartando del poder a su codicioso jefe. Ya en la década de los 90, "Conserje a su medida" (1993) y "Los codiciosos" (1994) abundaban en esa línea, tocando en este último caso la ética de los negocios, pero a través de la comedia.

En "Entre pillos anda el juego" (1983), un vagabundo, Eddie Murphy, un snob traicionado por sus propios jefes, Dan Aykroyd, y una prostituta, Jamie Lee Curtis, eran capaces de vencer a dos peces gordos de Wall Street con sus mismas armas, mostrando de alguna manera que la vieja economía estaba obsoleta y los nuevos empresarios venían a quitarles de en medio. Películas como "Armas de Mujer" (1988) añadían un toque feminista, en un sentido muy distinto del feminismo ligado a la izquierda que era más habitual. Tess McGill, el personaje que bordó Melanie Griffith, con nuevas ideas y un olfato para los negocios impropio de un mero administrativo, era capaz de luchar contra su entorno y sacar los colores a su jefa, interpretada por Sigourney Weaver. De nuevo, una historia de optimismo y de esfuerzo, que se aleja del pesimismo de años atrás.

Pero este ambiente tan americano que se generó durante la época de Reagan tuvo su respuesta en un Hollywood más escorado hacia la izquierda de lo que le gustaba a su presidente. Surgió una serie de actores y directores que recuperaron parte del espíritu de los 70, en especial, en el ámbito bélico, donde no estaban muy de acuerdo con la política exterior americana. De nuevo, Vietnam fue el escenario donde se batalló. En 1986, Oliver Stone rodaría la primera de sus películas sobre Vietnam, "Platoon", reviviendo el infierno de la guerra. Le seguiría "Nacido el cuatro de julio" (1989) sobre los efectos de la guerra en los veteranos, y "Cielo y Tierra" (1993), donde muestra los efectos de la guerra en la sociedad vietnamita.

En una línea muy parecida a la de Stone, Stanley Kubrick rodaría en 1987 "La chaqueta metálica", una visión un tanto ridícula del estamento militar y hasta cierto punto, una parodia de "Oficial y Caballero" (1985). Dos películas más quiero destacar en esta línea crítica, y son, por una parte, "La escalera de Jacob" (1990), donde Adrian Lyne nos muestra, de nuevo, los efectos de la guerra en el veterano, aunque con una historia que roza lo paranormal, y "Corazones de Hierro" (1989), donde Brian De Palma nos descubría a un inocente Michael J. Fox enfrentado a lo más crudo, violento e inmoral de la guerra, curiosamente, en el bando americano, nunca en el norvietnamita.

Y como Oliver Stone es insaciable en esto de quejarse del sistema que le permite conseguir suculentos beneficios, no puedo dejar de mencionar "Wall Street", película que rodó un año después de "Platoon" y que pretendía denunciar los abusos de los tiburones financieros, incapaces de mostrar o tener la moral más básica.

En definitiva, los 80 y los 90 dieron lugar a un cine mucho menos social, más dado a la comedia, alejado del drama de la década anterior, con un fuerte componente lúdico, donde los guiones pierden complejidad o se ahonda de una manera distinta. Este cine, de alguna manera, ha sobrevivido hasta la fecha, pues algunos de sus intérpretes siguen en activo. No puedo dejar de pensar en que Clint Eastwood terminó con su detective favorito en "Gran Torino", o que Arnold Schwarzenegger acaba de estrenar película con un papel similar a otros que interpretó décadas atrás, o que Bruce Willis sigue metido en su jungla particular y que Sylvester Stallone ha reunido en dos ocasiones a sus amigos-mercenarios para hacer lo que mejor ha hecho en el cine, matar a los malos, para desgracia de los que tienen más interés por el cine centroeuropeo de mediados de los 70.

Robar a los pobres para dárselo a los progres

El pasado domingo se celebró una sesión de psicoterapia colectiva, al modo de las organizadas por las asociaciones de alcohólicos anónimos, que RTVE tuvo el gesto de retransmitir en directo porque a la vez se repartían los premios anuales de una determinada rama industrial. La cinematografía, y eso. El desfile de personalidades recogiendo galardones resultó muy interesante para comprobar la evolución de los pacientes, después de que el estallido de la crisis económica les cogiera con el dedo todavía puesto en la ceja y "cantando a la alegría". Van mejorando. Desalojado del poder su partido, ya pueden dar rienda suelta a sus explosiones emocionales ejerciendo de portavoces de las víctimas que ellos mismos han contribuido a machacar.

Hospitales sin mantas para los moribundos ni agua para mitigar su agonía, oleadas de suicidios a causa de la avaricia de los poderosos, niños traídos al mundo sin la menor garantía de que puedan recibir alguna instrucción pública, todo ello entreverado con observaciones pretendidamente irónicas sobre las golferías fiscales del partido en el poder, dieron forma a un espectáculo que nunca defrauda a sus incondicionales. Pero el momento mágico de la noche fue cuando una matrona prematura del cotarro hizo oficial su denuncia de un sistema "que roba a los pobres para dárselo a los ricos", que es la mejor definición posible del socialismo, aunque la pobre pretendiera con su frase señalar en sentido contrario.

¿Quiénes son los pobres y quiénes los ricos? Eso es algo que la susodicha no aclaró; no por el tiempo limitado de que disponía para su intervención, sino porque en la secta progre el análisis político se reduce a unos pocos sobreentendidos de carácter sentimental para separar a los buenos (los que piensan como ellos) de los malos (todos los demás). Si hubiera reflexionado antes habría evitado elegir como categoría disyuntiva el flujo monetario, puesto que todos los presentes, en última instancia, viven precisamente gracias al dinero que el "sistema" extrae de los pobres que no pueden dejar de pagar al fisco. Así pues, siguiendo su propia lógica, trabajar en un sector fuertemente subvencionado como el cine español les sitúa inmediatamente en el conjunto de los "ricos", que lo son gracias a que expolian a los pobres, según el viejo esquema marxista compartido por todos ellos.

La constatación de su propia vileza podría tener consecuencias irreparables en gente tan emotiva, pero afortunadamente para todos ellos el presidente del tinglado había dejado sentado minutos antes el dato esencial que consagra la dimensión ética de sus trinques cotidianos. Fue cuando afirmó que el cine es "un derecho de todos". Un derecho "humano", le faltó añadir, con la propuesta formal de que la ONU lo incluya de inmediato en su Declaración Universal. Porque, a pesar de todas las apariencias, los progres no roban a los pobres. Simplemente detraen del Estado una módica cantidad para otorgar carta de naturaleza a un derecho esencial de las capas más desfavorecidas: el de no ir al cine a ver sus bodrios. Nunca tantos debieron tanto a tan pocos.