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Etiqueta: Pensamiento liberal

Clara Campoamor

Encontrar en España referentes del liberalismo que sean tierra feraz en la que cultivar nuestro amor por la libertad es más complicado que lo que debiera. El término, al cabo, nació aquí. Pero nuestro liberalismo tuvo casi siempre una raíz francesa que ha dejado frutos que hoy nos resultan difíciles de tragar. Como el anticlericalismo, por ejemplo. O el intento de cambiar la sociedad desde nuevas bases, un empeño del que hemos aprendido a desconfiar, y que ha llevado a muchos liberales a intentar desalojar a la Iglesia de la educación con la bota del Estado. O a cometer otros atropellos. Durante el trienio liberal, por ejemplo, el Gobierno quiso obligar a los curas a explicar la Constitución de 1812.

Pero no desesperemos, porque hay contraejemplos a los que nos podemos asir. La mayoría, bien es cierto, tienen una formación británica más que francesa. Es el caso de Gaspar Melchor de Jovellanos, Mendizábal o José María Blanco White. El caso de Clara Campoamor es distinto. No es ya la época que le tocó vivir. Es también su peripecia personal y su ejemplo, que entiendo que para nosotros desborda la impronta que pueda dejar su obra escrita.

Sus orígenes apenas pueden ser más humildes. Su madre, costurera, le dio su primer oficio. En el Madrid finisecular fue adquiriendo nuevos trabajos, con ocupaciones cada vez menos manuales y más intelectuales, de modo que permitieran hacer brillar su inteligencia. Entró en la universidad tarde y se licenció en derecho cuando contaba 36 años. Aunque para entonces llevaba ocho años visitando el Ateneo. Trabaja en su propio despacho durante la dictadura de Primo de Rivera, pero es cuando los monárquicos entregan el poder y Alfonso XIII huye de España cuando Campoamor encuentra su sitio en la historia.

Ella entra en el Partido Republicano Radical, un nombre paradójico para un partido democrático en un régimen en el que pocos partidos creían de verdad en la democracia. Aunque su mayor éxito lo consiguió ya fuera del mismo: llevar a una Cámara reacia a aprobar, por 161 síes contra 121 noes, el voto femenino. También luchó por el reconocimiento de los hijos habidos fuera del matrimonio.

Madrileña en la primavera trágica del Frente Popular, Clara Campoamor huyó de aquella ciudad “caótica” al poco de comenzada la guerra, en el otoño de 1936. Y escribió en francés un veredicto de aquel régimen muy certero. No es el último motivo el título que eligió para él: La revolución española vista por una republicana. Acabó siendo, efectivamente, una revolución.

Campoamor destaca por ser de un antitotalitarismo casi visceral, aunque esté construido con unas ideas que hacen gala a su nombre y que respetan y defienden los derechos del individuo y la autonomía personal. En aquellos años aciagos no era poco mérito. Su figura ha sido secuestrada por los socialistas que aceptan la democracia. Fue despreciada por la derecha como una republicana más. Y el liberalismo español no ha encontrado en ella una inspiración suficiente. Quizás sea el momento de rescatarla de esa desatención.

Las valoraciones y su expresión lingüística

Un agente intencional dirige su acción y elige según sus preferencias, que son subjetivas, relativas, dinámicas e interactivas. Sin embargo los seres humanos frecuentemente expresan valoraciones como si fueran entidades objetivas, absolutas y estáticas: “esto es bueno” en lugar de “esto me gusta”.

Expresar que algo es bueno o malo de forma objetiva puede referirse no a una preferencia psíquica sino a la existencia de una relación (física, biológica o técnica) de promoción o utilidad de una entidad sobre otra (la cual a veces no se menciona): “el agua es buena (para la vida)”; “el veneno es malo”. No se trata de una bondad (o maldad) absoluta, sino de una bondad para algo o para alguien: “esta medicina es buena para ti”; hay dos fenómenos distintos, los efectos reales de la medicina sobre el organismo y la valoración psíquica (que te gusten o no).

Las preferencias son subjetivas: son fenómenos psíquicos íntimos, privativos, que dependen de las características y circunstancias concretas y particulares de cada persona. Las valoraciones no existen si no existe un sujeto cognitivo que las genere y utilice para su acción: las cosas no tienen valor, sino que los agentes otorgan valor a las cosas. Aunque una situación externa objetiva sea la misma para dos sujetos, sus valoraciones pueden ser diferentes porque dependen de su estado interno.

Las valoraciones subjetivas pueden ser diferentes, pero no lo son necesariamente: en la medida en que los sujetos son semejantes también lo son sus preferencias. Algunas valoraciones son innatas, comunes a toda la especie humana por su carga genética compartida. Un entorno o una cultura común pueden contribuir a que las valoraciones de los individuos sean más parecidas.

Las valoraciones son subjetivas pero no son arbitrarias: tienden a ser funcionales, a dirigir la conducta de forma favorable al desarrollo y la supervivencia del agente; si guían la acción hacia conductas y resultados nocivos, el sujeto (y con él sus preferencias) se extingue. Algunas preferencias son innatas, otras pueden aprenderse mediante experiencias personales placenteras o dolorosas, o mediante la enseñanza o persuasión de seres queridos, expertos o figuras de autoridad (dinamismo e interactividad de las valoraciones).

Los seres humanos utilizan el lenguaje para interaccionar en sociedad, influirse mutuamente, comunicarse y transmitir información (o desinformación para el engaño). Mediante el lenguaje un individuo (el emisor, hablante, escritor) hace algo a otro individuo (el receptor, oyente, lector), actúa sobre él, le causa algún cambio o efecto. Muchos mensajes se refieren a valoraciones, pero la manifestación de las preferencias no es necesariamente sincera: es posible exagerar la valoración de lo que se quiere vender o disminuir la valoración de lo que se quiere comprar (negociación, regateo), fingir que se sufre mucho y hacerse la víctima para justificar recibir alguna ayuda o privilegio, o realizar gratuitas afirmaciones de buenos deseos para todo el mundo y declaraciones políticamente correctas de lo mucho que uno valora todo aquello que suene bien (la solidaridad, el altruismo, la justicia social, la paz en el mundo). Puede haber discrepancias entre lo que uno hipócritamente dice que quiere y lo que con sus acciones demuestra que realmente le importa.

En el habla humana distintos tipos de contenidos (hechos, valoraciones y reglas) a menudo están mezclados o incluso confundidos y presentan sesgos sistemáticos: se mencionan reglas (obligaciones, prohibiciones) como si fueran hechos inamovibles sin necesidad de justificación o explicación (“debemos hacer esto”, “no podemos hacer aquello”); se expresan valoraciones subjetivas particulares como si fueran realidades objetivas universales (“esto es bueno o malo”); se pretende regular las valoraciones (“esto es indeseable”).

Esta falta de claridad y precisión puede deberse a procesos de economización lingüística (si se conoce el contexto se entiende lo que se quiere decir, sólo se enfatiza brevemente parte de la realidad); puede ser resultado de las limitaciones e imperfecciones de las capacidades cognitivas y lingüísticas de los seres humanos (no se conoce la realidad o no se habla correctamente de ella); pero también puede ser una estrategia, consciente o inconsciente, mediante la cual el hablante intenta gestionar sus relaciones públicas y mejorar su propia imagen (afiliándose con “lo bueno” los individuos compiten por su estatus o reputación en un entorno social) o manipular a los demás inculcándoles determinadas preferencias o reglas de conducta (todo agente puede ser un medio para otro agente que lo controla). La manipulación puede ser egoísta (publicidad de una empresa para que se desee y venda su producto) o altruista (el “nene, caca” de una madre que intenta evitar que un hijo se haga daño con conductas cuyos peligros desconoce).

La expresión de ciertas valoraciones como hechos objetivos sin referencia a ningún sujeto que protagonice la preferencia (“esto es bueno” en lugar de “esto me parece bueno” o “esto me gusta”; “esto es asqueroso” o “esto es inaceptable” en lugar de “esto no me gusta” o “esto va contra mis intereses”) puede ser un intento de imponer a otros una preferencia particular camuflándola como algo objetivo que no puede depender de la opinión de nadie. Por ejemplo “este salario o estas condiciones de trabajo son indignas”, o “la naturaleza tiene valor intrínseco”: para defender sus propios intereses o gustos el intolerante niega su carácter subjetivo; quizás ni siquiera es capaz de imaginar la posibilidad de que otra persona tenga preferencias diferentes de las suyas.

Los seres humanos suelen discutir sobre qué es mejor, defendiendo cada uno su opinión particular. Las valoraciones subjetivas no sólo se objetivizan sino que se expresan mediante términos grandilocuentes: lo más alto, lo más noble, lo ético, lo moralmente superior. Algunos filósofos utilizan la argumentación para proclamar con rotundidad que su propia actividad de pensamiento es la tarea más alta y noble posible, lo mejor: no reconocen el conflicto de interés que les afecta. Buena parte de la filosofía moral no es más que el intento de unos de decirles a otros lo que deben querer, aquello a lo que deben aspirar. Presuntos sabios que no se dan cuenta de su profunda intolerancia hablan de la posibilidad de no saber valorar correctamente, de no valorar de forma adecuada ciertas cosas, especialmente aquellas que los individuos intercambian libremente en los mercados: en realidad están expresando metapreferencias (preferencias sobre las preferencias de otros) e imponiendo sus propias valoraciones sobre las ajenas.

La objetivización de las valoraciones también puede ser un intento y un resultado de conseguir, mediante la presión de la conformidad social, una mayor uniformidad en ciertas preferencias de los miembros de un grupo para facilitar la convivencia y la cohesión social: el amor al propio grupo, a una misma tribu, patria o nación y sus símbolos (banderas, himnos, héroes, divinidades), o a ideales de solidaridad. La uniformización de las preferencias evita conflictos entre valores incompatibles y facilita la integración de agentes con intereses compartidos en colectivos con mayor capacidad de acción conjunta. Lo que el grupo valora se expresa de forma objetiva como bueno, se omite la posibilidad de discrepar al respecto: quizás incluso se olvida o cuesta pensar que es posible hacerlo. El disidente puede ser percibido como alguien no integrado o como un enemigo. La armonía interna contrasta con los conflictos externos con otros grupos: nosotros somos los buenos, los que queremos el bien, tenemos justificación para lo que hacemos; los otros son malos, quieren el mal, deben ser destruidos.

Antropología cristiana y economía de mercado

Tenía pendiente escribirles sobre una segunda conferencia que ha promovido el Centro Diego de Covarrubias gracias al soporte de la Fundación Rafael del Pino (los comentarios a la primera, las encontrará el lector aquí). Ésta se celebró a comienzos de julio, y el profesor invitado fue Gabriel Zanotti, de la Universidad Austral de Buenos Aires.

El título de la charla, con el que encabezo nuestro comentario, es similar al de un interesantísimo libro suyo publicado por Unión Editorial en 2011, al que se añade en las páginas interiores la siguiente coda: "… Sobre la base de Santo Tomás de Aquino y la Escuela Austríaca de Economía". Desde luego que invita a su lectura.

El profesor Zanotti es bien conocido en nuestro Instituto (participó en la Universidad de Verano de 2007 en Aranjuez hablando sobre "La filosofía de la Escuela Austríaca"; tema sobre el que además tiene editados varios libros en UE y en la Universidad Francisco Marroquín), pero sobre todo es un gran ciber-comunicador: a través de sus propios blogs y del eficiente Instituto Acton Argentina (del que es Director Académico). En esta ocasión pudimos comprobar que también es un ameno y entretenido conferenciante.

Su discurso trató sobre la compatibilidad y ausencia de contradicción entre una concepción cristiana del hombre, basada en Santo Tomás de Aquino, y las nociones de racionalidad, orden espontáneo y mercado desarrolladas por la Escuela Austríaca de Economía, concluyendo con el tema de la posibilidad de la santificación de la acción empresarial. Pero veámoslo por partes:

Comenzaba explicando ese acceso escolástico a la Ciencia Económica, que nos llevaría en seguida a hablar de la Escuela de Salamanca. Partiendo de los conceptos de limitación, escasez, ruptura de la armonía natural (que en lenguaje cristiano es hablar del pecado), señalaba cómo la respuesta humana sería aplicar la racionalidad al mundo de la economía. Pero no desde un imposible cálculo matemático, sino desde la "función aprendizaje" (empleando la expresión de Hayek): hay que partir de la realidad de un conocimiento disperso, en el que los precios funcionan como señales. Por el contrario, la obsesión socialista por la planificación tiene como resultado un mayor desconocimiento del problema y, por lo tanto, una menor capacidad para resolverlo.

En este punto, sin embargo, Zanotti no se refiere tanto a los fundamentos escolásticos de la economía de mercado sino que va más directamente a la concepción de persona. Le interesaba proponer una antropología de fondo que permita superar esa (aparente) contradicción entre un ejercicio de la acción humana desde la perspectiva de la libertad cristiana y aquella compleja condena del liberalismo desde los presupuestos de la Iglesia Católica del siglo XIX. Para lo que plantea establecer un diálogo sin prejuicios con el pensamiento austríaco de Mises y Hayek, como ya había escrito en su libro Antropología cristiana:

Por supuesto, de una antropología cristiana no se puede deducir que Hayek tenga razón, pero su punto de partida -el conocimiento humano limitado y la creatividad intelectual como su contracara- nos parece mucho más compatible con todo lo que hemos afirmado de la inteligencia humana desde una antropología cristiana, donde la inteligencia humana es limitada en sí y más limitada aún por el pecado; pero herida por el pecado original, tiene la capacidad de crear, de dar sentido, de interpretar (todo faliblemente)…

Hay que aclarar que tanto Mises como Hayek dependieron también, en cierta medida, en sus planteos, de la noción de racionalidad instrumental de Weber y absorbieron sin darse cuenta la negación de la metafísica, típica del positivismo y neopositivismo de su tiempo… al cual combatieron tanto, sin embargo desde un punto de vista epistemológico. Ricardo Crespo lo ha señalado muy bien (La crisis de las teorías económicas liberales, 1998).

Pero por ello mismo, he desarrollado la tesis de que las nociones fundamentales de estos autores sobre la racionalidad limitada, si se eliminan los factores remanentes de sus posiciones antimetafísicas, son totalmente compatibles con una antropología cristiana con base en Sto. Tomás de Aquino y en Husserl, donde la acción humana es acción libre e intencional, además de intersubjetiva (p. 68).

Con mis disculpas por tan larga cita, vuelvo a la última parte (y más sorprendente, añadiría) de su conferencia: la santidad del empresario. Acudiendo al Concilio Vaticano II, Zanotti explicaba que la vocación de todo cristiano es una llamada a la excelencia, una aspiración a la santidad. También para el empresario: su vocación se materializa en el proyecto que desea sacar adelante; tiene un anhelo, una idea, un sueño que conseguir. Y no con aquella interpretación weberiana de la ganancia como señal del éxito empresarial y de la predestinación; sino como una consecuencia lógica del buen ejercicio de su trabajo. Necesita rentabilidad, por supuesto, pero como medio, no como fin. El fin es el proyecto; lo que pone en marcha su energía y su capacidad es esa idea final.

Ahora bien; este legítimo derecho (y casi, obligación) al beneficio empresarial se matiza, en una perspectiva cristiana, con la exigencia al desprendimiento y a la solidaridad. Pero no desde ese trasnochado discurso pseudosocialista de la justicia social y el reparto a los pobres, sino desde una conciencia de la virtud personal y la mirada "al otro en tanto otro". Podría ser interesante completar esta conferencia de Gabriel Zanotti con otro libro suyo más reciente: Ley natural, cristianismo y razón pública, que justamente se presenta estos días en Buenos Aires. Aquí trata del problema (de nuevo) sobre la conciliación del mundo moderno con la fe y la cultura cristiana, proponiendo un mayor esfuerzo de comunicación por parte de la Iglesia, sin abandonar esa pretensión de verdad y universalidad que ya postulaba desde sus primeros tiempos.

¿En qué piensa el PP?

Mientras Rajoy anuncia nuevas subidas de impuestos cuando todavía no ha terminado de aplicar las anteriores, cabe preguntarse en qué piensa el Partido Popular.

En su libro Moral Politics, el profesor de lingüística George Lakoff definía los marcos como las estructuras mentales que conforman nuestro modo de ver el mundo. La importancia de los marcos en el pensamiento político resulta crucial a la hora de transmitir ideas y dar coherencia a todo un relato político. Lakoff, intelectual izquierdista y comprometido resumió el contenido de su obra en un panfleto breve que tituló como No pienses en un elefante. Era su forma de llamar la atención a los demócratas para que dejaran de ofrecer soluciones dentro del marco que habían establecido los republicanos en el poder (el elefante es el animal que se asocia al Partido Republicano). Por resumir, la verdadera alternativa política sólo se puede definir desde una visión integral y confrontada.

De alguna forma hoy nos encontramos que el Partido Popular parece haber asumido el marco establecido por el gobierno socialista anterior. La solución para ajustar unas cuentas públicas imposibles en las que se gasta más de lo que se tiene y se pide prestado para seguir gastando, no es otra que exprimir a los contribuyentes para aumentar los ingresos de la Hacienda pública. No hay, dicen, alternativa real a una política inevitable. No la hay entre los políticos ni entre una mayoría de la población que no concibe otra educación que la que proporciona el Estado sin cuestionarse porque en otras sociedades la educación es mejor, más barata por alumno y su coste no se diluye entre impuestos prácticamente confiscatorios.

El problema es el marco. Y el marco en el que se mueven nuestros políticos no es otro que el Estado. Todas las soluciones, medidas, reformas, contrarreformas y legislaciones se buscan y se aplican desde la perspectiva del Estado. Los gobiernos y la oposición pretenden dar viabilidad a un sistema fallido, la redistribución de la riqueza organizada por burócratas a través de la recaudación de impuestos. Se trata de un modelo inviable y artificial que impide al mercado asignar recursos regulando la oferta y la demanda espontáneamente. Ya escribía Hayek aquello de “los socialistas de todos los partidos” así que no se trata de algo nuevo pero sí crítico en este callejón sin salida al que nos ha conducido la burbuja estatal.

Si Lakoff les dijo que a los demócratas americanos que debían dejar de pensar en un elefante para ganar las elecciones a los republicanos, nosotros deberíamos dejar de pensar en el Estado para permitir que la sociedad pueda salir de la crisis. No tanto los políticos, cuya supervivencia y modo de vida depende de que el marco estatal no cambio sino de nosotros mismos. No necesitamos un rescate del Estado, necesitamos que nos rescaten del Estado.

La Revolución Gordillo y el sanguinario Reino de Münster

El comunista Juan Manuel Sánchez Gordillo, diputado de IU en el Parlamento andaluz y alcalde del pueblo de Marinaleda (Sevilla), ha acaparado la atención mediática de propios y extraños, dentro y fuera del país, a raíz de su particular “marcha obrera” iniciada recientemente por tierras andaluzas en compañía de centenares de miembros del Sindicato Andaluz de Trabajadores. Bautizado en la prensa extranjera bajo el atractivo título de Robin Hood español, la Revolución Gordillo se ha caracterizado por violar en reiteradas ocasiones la propiedad ajena mediante protestas “simbólicas” consistentes en robar comida, asaltar supermercados, entidades bancarias y hoteles en señal de protesta por la crisis, los “recortes sociales” y el injusto castigo que impone a los más débiles la vigente dictadura de los mercados.

En España, no son pocos los que ven con benevolencia este tipo de actos e incluso un ejemplo a seguir en pos de una “justicia social” que, según alegan, debería imponerse por la fuerza a fin de recompensar a los más desfavorecidos mediante el castigo de los poderosos, esos malvados empresarios y capitalistas a los que culpan de la crisis y de originar su precaria situación laboral. De hecho, pese a la evidencia de que esta comitiva obrera está incurriendo en delitos fragrantes contra la propiedad privada, la reacción de las autoridades políticas y judiciales contra dichos actos está siendo, hasta el momento, sorprendentemente tibia, lo cual no deja de ser alarmante. Y es que, si bien a día de hoy el experimento Gordillo no deja de ser una anécdota más de la crisis, sin grandes efectos ni consecuencias, más allá de rellenar titulares y atraer la atención de los medios en un mes de agosto que suele ser pobre en cuanto a noticias, el trasfondo de este tipo de movimientos no deja de ser enormemente peligroso.

¿Qué pasaría si el ideario que propugnan Gordillo y sus acólitos prendiera con fuerza en el espíritu de la gente y, por tanto, una cuadrilla de comunistas impusiera su ansiada utopía, ya no en España, sino en algún pueblo del territorio nacional? No es preciso hacer conjeturas acerca de su resultado, sus frutos están impresos en las páginas de la historia. Este tipo de revoluciones han sido recurrentes a lo largo de los siglos. Uno de los símiles más próximos se podría encontrar, quizás, en la sanguinaria experiencia de Münster, una ciudad situada en la región de Renania del Norte-Westfalia (Alemania), acontecida en el primer tercio del siglo XVI. Simplemente, una pesadilla.

En 1534, al calor de las Guerras Campesinas iniciadas algunos años atrás en el seno del Sacrosanto Imperio Romano Germánico contra el poder que ostentaban obispos y príncipes regionales, la corriente revolucionaria de los anabaptistas logró un éxito inusitado en la citada población de Münster. Los anabaptistas (rebautizados) constituían por entonces un grupo radical de reformistas eclesiástico-civiles que, tras la reforma luterana, pretendieron reinstaurar los principios de un supuesto “cristianismo primitivo” basado en la absoluta igualdad política, la abolición total de la propiedad privada y la instauración de un régimen comunal de bienes. Es decir, la doctrina de absoluta igualdad material de todos los hombres… El comunismo, sólo que en nombre de Dios.

Sus ideas se materializaron tras la toma de la ciudad por la fuerza con el apoyo de cientos de campesinos que estaban descontentos con su situación económica y condiciones de vida. La revolución de Münster fue liderada y dirigida desde sus inicios por tres cabecillas anabaptistas: Jan Matthys, panadero holandés y líder del movimiento por entonces; Jan Bockelszoon (más conocido como Johann de Leiden), un joven de 25 años, hijo bastardo del alcalde de una villa holandesa que, tras contraer matrimonio con una rica viuda y arruinarla, no logró pasar de aprendiz de sastre a lo largo de su corta carrera profesional; y Bernt Knipperdollinck, comerciante de telas y uno de los dirigentes de los gremios de Münster que, además, era el suegro de Bockelszoon.

En febrero de ese año, la revuelta triunfó y las autoridades locales fueron depuestas. Los anabaptistas difundieron su conquista entre los territorios vecinos y de inmediato comenzaron a llegar miles de personas atraídas por el experimento comunista -el primero de estas dimensiones- que acababa de comenzar. Matthys, como no podía ser menos, se autoproclamó en líder supremo y rebautizó la ciudad como la “Nueva Jerusalén” bajo la promesa de que conquistarían el mundo en el plazo de dos meses, ni más ni menos. Su primera decisión consistió en purgar las calles de impíos y pecadores y, aunque en un primer momento su intención fue la de decapitar a todos los cristianos no anabaptistas, finalmente optó por expulsar a católicos y luteranos para no disparar la animadversión del resto de autoridades del Imperio. Los desterrados fueron obligados a dejar atrás su dinero, propiedades e incluso familias. Los que se quedaron fueron rebautizados, y los que se negaron, ejecutados.

El nuevo orden acababa de ser instaurado. En un primer momento, las propiedades de los expulsados fueron confiscadas y repartidas entre los pobres según “su necesidad”, siendo ésta discernida por siete apóstoles designados por Matthys. El dinero y la propiedad privada fueron abolidos, todo debería ser tenido “en común”, de modo que el nuevo gobierno se apropió de todos los bienes y posesiones de los habitantes de la “Nueva Jerusalén”; los alimentos fueron racionados; las casas particulares fueron sometidas a un régimen comunal para albergar a los miles de inmigrantes llegados de otras ciudades del Imperio -se prohibió cerrar las puertas, cada cual se podía alojar donde quisiera-; el estado teocrático anabaptista se convirtió en el único empleador, satisfaciendo los salarios en especie -comida-. Y todo ello, en nombre del “amor” cristiano, cuya última etapa sería el advenimiento del comunismo igualitario: “Todo habría de ser tenido en común, no debería haber propiedad privada y nadie volvería a trabajar. Simplemente, se confiaría en Dios”, rezaban sus apóstoles.

Para romper con el sucio pasado de la anterior civilización, Matthys arengó al pueblo a quemar todos los libros y manuscritos de la ciudad -públicos y privados-, a excepción de la Biblia, cuya correcta interpretación, por su puesto, corría a cargo de los predicadores anabaptistas. Pero Matthys no duró mucho en el cargo. A finales de marzo, iluminado por una visión divina, se enfrentó al ejército comandado por el obispo de Münster, que había sitiado la ciudad para tratar de liberarla, muriendo en el intento. El joven Bockelszoon ocupó entonces su puesto y nombró un nuevo consejo de gobierno formado por doce ancianos, con él a la cabeza, con potestad absoluta para decidir sobre la vida y la muerte, bienes materiales e incluso el alma de los habitantes de Münster. Instauró un estricto programa de trabajos forzosos, dividiendo los oficios en dos -empleados públicos y militares-, e impuso la pena capital para cualquier acto de insubordinación al mandato divino de su autoridad. Knipperdollinck, su suegro, fue el brazo ejecutor de tales decretos.

El único aspecto que quedaba fuera de su ámbito regulatorio fue el sexo, pero incluso éste no tardó mucho en ser regulado por su estado totalitario. Inicialmente, tan sólo se permitía mantener relaciones sexuales en el seno del matrimonio, entendido éste -eso sí- como la unión de dos anabaptistas. Cualquier otra forma de sexo, incluido el matrimonio “impío”, era causa de pena capital. Sin embargo, Bockelszoon fue más allá de este credo relativamente conservador y poco tiempo después decretó la poligamia forzosa. ¿A qué se debía ese radical cambio de postura? Los malpensados afirman que el origen de esta decisión fue el deseo del gran líder por poseer a la viuda de su antecesor -Jan Matthys-, la joven y bella Divara, con la que finalmente se casó, aunque ni siquiera así quedó satisfecho -llegó a reunir un harén de dieciséis concubinas-.

La implantación de la poligamia obligatoria no fue una tarea especialmente difícil. Como muchos de los desterrados al inicio del régimen dejaron atrás a sus mujeres e hijas, la ciudad contaba ahora con el triple de mujeres casaderas que varones. Además, los insubordinados fueron de inmediato acallados por la vía de la espada o encarcelados. En agosto de 1534, la poligamia fue impuesta y todas las mujeres fueron obligadas a casarse una vez cumplida cierta edad. Con el tiempo, todo acabó degenerando y, tras facilitarse enormemente el divorcio, el experimento acabó en una especie de orgía comunal, una promiscuidad forzosa, con listas de concubinas casaderas inclusive cuyo reparto se establecía bajo un cierto orden.

Ese mismo verano, Bockelszoon fue un poco más allá y se proclamó Rey y Mesías del mundo por orden y gracia de Dios, ya que éste le había otorgado “poder sobre todas las naciones de la Tierra”. Fue entonces cuando comenzó a vestir los más lujosos trajes y a portar las más finas y bellas joyas. En un gesto de generosidad, también nombró a Divara reina del mundo y creó su propia corte, unas 200 personas que fueron alojadas en las mansiones más espléndidas de la ciudad reservadas al efecto. Se renombraron todas las calles; se abolieron los domingos y los días de fiesta; el rey en persona se encargaba de poner nombre a todos los recién nacidos; y confiscó todos los caballos para formar su particular guardia pretoriana… El dinero y las riquezas, arrebatadas y negadas al resto de la población, eran ahora disfrutadas en exclusiva por el rey y su cuadrilla de cortesanos anabaptistas. Todo se racionaba, desde la comida hasta los ropajes, y mientras el gobierno vivía en la opulencia gracias a las propiedades confiscadas, el resto de los habitantes fueron condenados a la más absoluta miseria.

Dada la evidente diferencia de clases que imponía el régimen, no fueron pocos los habitantes de Münster que, aunque inicialmente abrazaron con fervor el igualitarismo comunista, comenzaban a dudar de las bondades de aquel reino de “amor” y justicia divina. Fue entonces cuando Bockelszoon inició una efectiva campaña de propaganda en la que prometía igual volumen de riquezas y lujos a todos sus súbditos tras la conquista del mundo y la pronta llegada de Jesús, al tiempo que combatía las dudas de los aún descontentos mediante un creciente régimen de terror y opresión a base de ejecuciones en masa, torturas públicas y encarcelamientos.

Ante la amenaza de que revueltas similares triunfaran en otras zonas del Imperio, el sitio sobre Münster se reforzó con la llegada de nuevas tropas enviadas por diversos príncipes y la ciudad fue totalmente bloqueada en enero de 1535. El rey y su corte decidieron entonces dejar morir de hambre a sus súbditos-esclavos ante la creciente falta de suministros mientras ellos seguían comiendo opíparamente. Bockelszoon logró mantenerse en el poder a base de promesas y más promesas que, al mismo tiempo, se combinaban con un reino del terror si cabe aún mayor del conocido hasta entonces: dividió la ciudad en doce secciones (guetos); prohibió cualquier tipo de reunión aunque fuera tan sólo de unas pocas personas; y decapitó a todo aquél que osara criticar su mando. Las ejecuciones llegaron a ser diarias y los cuerpos con frecuencia se empalaban a modo de advertencia a las masas.

Pero la defensa de la ciudad se hizo cada vez más difícil con el paso de tiempo y, en un último intento, el rey Bockelszoon trató de incendiarla -con sus habitantes dentro- para despistar al ejército que la rodeaba y así poder escapar. Su plan fracasó y a finales de junio, tras un baño de sangre, Münster fue finalmente liberada gracias a que algunos de sus ciudadanos lograron señalar a los enemigos del régimen los puntos débiles por los que entrar. Bockelszoon, Knipperdollinck y su canciller Krechting fueron capturados, torturados y ejecutados. Sus cuerpos, a modo de advertencia, fueron colgados en jaulas de hierro en la torre de la iglesia de San Lamberto (Münster). Las jaulas aún siguen allí a día de hoy, cinco siglos después de aquel gran experimento comunista, quizá, como recordatorio de sus terribles frutos. Por desgracia, no se trata de ningún cuento de fantasía. La realidad suele superar a la ficción.

Es muy probable que Sánchez Gordillo no pretenda imitar con sus andanzas la infame experiencia sanguinaria del dictador Matthys y el rey Bockelszoon. Nada más lejos de mi intención comparar o asimilar a uno y otros. La paradoja de esta historia es otra bien distinta. A saber, que más allá de la anécdota que pueda suponer el asalto a un supermercado, un banco o una finca, la simbología cuasi inocente y divertida que para algunos desprende la marcha obrera de Gordillo esconde tras de sí un ideario, el comunista, que, llevado a la práctica, siempre acaba desembocando en un régimen de opresión, terror y pobreza generalizadas con independencia del personaje que la lidere y de sus buenas o malas intenciones. Así pues, el trasfondo que se oculta bajo el simpático Robin Hood español es todo, menos una broma.

Turgot, sobre la tolerancia religiosa

El 15 de junio de 1775, en Reims, Luis XVI celebraba su coronación. No era dueño del todo de las palabras que formarían parte de su juramento, un conjunto de promesas hechas ante Dios, ante la Iglesia y ante sus súbditos. Formaban parte de una acuñación tradicional que, simplemente, había heredado. Pero cuando llegó a la mención de su compromiso de “exterminar” a “los herejes condenados por la Iglesia”, su voz se apagó y lo que dijera quedó sólo para sus oídos.

Había seguido el consejo de Anne Robert Jacques Turgot. Este autor se había destacado desde hacía dos décadas por su encendida pero razonada defensa de la “tolerancia cívica”. Su primera obra publicada es un folleto, Le conciliateur, escrito en 1754. Aborda un conflicto del momento de los obispos franceses con los protestantes y con los jansenistas. También con el Parlamento de París, que pese a su nombre era entonces más un juzgado que lo que hoy entendemos por Parlamento.

En ese pasquín imagina cuál sería el mensaje del Rey, que entonces era Luis XV, hacia cada uno de los grupos en contienda. De todos ellos reconoce su competencia o su situación a los ojos de un rey católico. A los protestantes les miraría con aflicción por su desvío de la verdadera fe, a los jansenistas diría que le gustaría ver una Iglesia sin divisiones, se referiría a los obispos que respeta y asume sus juicios y espera del Parlamento que sepa armonizar su autoridad con la del Rey.

Pero a todos ellos expone cuáles son los lindes de su competencia. Lo que está asentando Turgot, que no es sino el reconocimiento de una realidad, es el principio de que hay varias jurisdicciones, cada una de ellas sobre ámbitos distintos. A los protestantes les dice: “someteos a las leyes (…), y recibiréis de mí la misma protección de que disfrutan el resto de los súbditos”. “Todo lo que me concierne”, dice a los jansenistas, “es ver que disfrutáis de vuestra vida con tranquilidad como ciudadanos. Es sólo a este respecto que me intereso por vosotros. No temáis ni el exilio ni el castigo ni la prisión”.

En una segunda carta, escrita en 1764, parte de las palabras y los hechos de Cristo para recalcar la idea de que hay dos ámbitos distintos, uno espiritual y eterno, otro terrenal y pasajero. Por ejemplo, dice que Jesús “no instruye a sus discípulos que imploren la asistencia de los reyes para perseguir a los no creyentes, a emplear la autoridad humana para hacer conversos”. Y cita sus palabras: “Mi reino no es de este mundo”. Los primeros Padres de la Iglesia, por su parte, “no pedían a los príncipes paganos que hicieran del evangelio la ley del imperio. Sólo pedían libertad para profesar su religión”. Da un paso más en la historia para decir que “cuando los príncipes se hicieron cristianos, los obispos, para inmiscuirse en los asuntos de Estado, pidieron que sus decisiones formaran parte de las leyes del reino. Los príncipes, bien por celo, bien por propio interés, accedieron a ello, imaginando que con ello adquirirían mayor autoridad sobre los súbditos. Este paso fue perjudicial para ambas partes”.

Sigue insistiendo en la llamada “separación de Iglesia y Estado”, que no es sino un reconocimiento de que no hay una única jurisdicción enorme, la del Estado, sino que hay al menos dos, cada una con su propio ámbito. “Debemos volver a los orígenes de las cosas”, dice Turgot. “Veremos a la religión, como debe ser, separada del gobierno; la Iglesia ocupada de la salvación de las almas; el imperio ocupado con el bienestar de la gente; la una y el otro teniendo sus propias leyes distintas, como lo son las cosas del cielo de las de la tierra”.

¿Por qué hay que volver a los orígenes? ¿Por qué esa confusión de jurisdicciones es perjudicial para ambas? Porque reconoce que hay una división natural en la sociedad por lo que se refiere a las creencias religiosas. Y añade: “Rezo al cielo para que se restituya la paz en la Iglesia. Pero sería un mal para mí si esas divisiones se arrastrasen al Estado”. En un texto escrito para Luis XVI sobre la tolerancia, que comienza haciendo referencia al consejo que le dio de no pronunciar parte del juramento en su coronación, hace referencia a este hecho natural que es la diversidad de creencias. “No todo el mundo concuerda en reconocer la revelación divina, y aquéllos que la reconocen no están de acuerdo en la interpretación de sus revelaciones particulares. Es bien conocido que hay sobre la faz de la tierra una multiplicidad de religiones, los devotos de las cuales creen que aquélla que profesan es la única que es obra de la Divinidad, y la única agradable a Él”.

De modo que hay una distinción de jurisdicciones y una diversidad natural de creencias. Pero Turgot tiene aún un nuevo argumento para pedir que prevalezca la tolerancia. Y son los efectos que tiene la persecución sobre el propio individuo. Si por un lado esa persecución “arrastra”, como él dice, las divisiones naturales de la sociedad al Estado y genera conflictos, por el otro sólo crea tormento en los perseguidos, sin tener el efecto deseado.

“Los hombres, para sus opiniones, sólo desean libertad. Si se les priva de ella, estás poniendo un arma en la mano”, dice en su carta de 1764. “Dales libertad, y estarán tranquilos, como los luteranos en Estrasburgo. De modo que es la misma unidad en la religión que queremos imponer y no la diferencia de opiniones que toleramos la que produce problemas y guerras civiles”.

Y sobre los efectos en la conciencia individual, insiste Turgot con gran ahínco en su carta a Luis XVI: “Si hay una religión verdadera, si Dios pide cuentas a cada hombre de lo que ha creído y practicado, si una pena eterna será el pago por rechazar la verdadera religión, ¿cómo podemos pensar que cualquier poder sobre la tierra puede tener el derecho de obligar a un hombre a seguir otra religión distinta de la que él cree verdadera en su alma y su conciencia?”. Esa conciencia, ese espacio íntimo que guarda una relación directa con la Divinidad (no es en vano que la palabra religión venga de re-ligare), está más allá del poder terrenal. Y lo más que puede conseguir, aunque no siempre, es que adapte su comportamiento a los deseos del Estado, pero no puede asegurar que acabe siendo un verdadero creyente. La España moderna es clara ilustración de ello.

El progresismo de Woodrow Wilson

Los presidentes de los Estados Unidos tienen la costumbre de fijarse como referente otros que ocuparon su mismo puesto. Barack Obama se ha fijado en las presidencias de Lincoln, Franklin D. Roosevelt y Ronald Reagan. Estos tres presidentes, dos republicanos y un demócrata, lograron producir cambios en los términos políticos que asentaron la primacía de sus propios partidos en las décadas siguientes. Pero ideológicamente su referencia es otra. Aunque Lincoln y FDR le sirvan de inspiración ideológica, Woodrow Wilson completa el monte Rushmore del presidente Obama. Wilson es el epítome del progresismo americano, tanto por la profundidad de su pensamiento como por haber tenido la ocasión de llevar sus ideas más lejos que cualquier otro, por la posición que ocupó en la Casa Blanca.

¿Qué ideas eran esas? Sus raíces son varias, pero emergen en un tronco muy reconocible. Steven H. Wayward, en su reciente libro The Political Incorrect Guide to The Presidents, considera que “frente a la tradición Americana de los fundadores, Wilson deseaba sustituirlas por las ideas de culto al Estado del filósofo alemán Georg Wilhelm Hegel, más las ideas evolutivas de Charles Darwin”.

El autor inglés le ofreció una explicación que consideraba suficiente, de carácter científico, para su racismo acendrado. Darwin también le hizo descartar la idea de que la naturaleza humana es fija. El hombre es perfectible. Puede mejorar bajo la guía del Estado. En 1913, año en que ocupó la presidencia, publicó un libro bajo el título The New Liberty en el que frente a la idea negativa de libertad, él defendía otra mucho más relevante: la libertad positiva, vista como la capacidad del hombre de conseguir cosas que desea. Y esa capacidad sólo se puede ampliar mediante la actuación del Estado.

Ambas ramas de su pensamiento, la de Hegel y la de Darwin, le llevaron a ver al ordenamiento jurídico de los Estados Unidos y la Constitución como un organismo que evoluciona con el tiempo. Por eso fue él quien primero utilizó la expresión “constitución viva”. El propio Wilson nos explica a qué se refiere en su libro Congressional Government: “A medida que la vida de la nación cambia, del mismo modo la interpretación del documento que la contiene cambia por un sutil ajuste. No por los propósitos originales de aquéllos que escribieron el documento, sino por las exigencias y los nuevos aspectos de la vida misma”. El encargado de hacer este “sutil ajuste” es la Corte Suprema, que “proveerá de la interpretación que servirá a las necesidades del momento”.

Pero ¿cómo podía tener la pretensión de conocer todo eso? Es difícil no ver en eso una visión gnóstica del líder como un profeta secularizado, que tiene un conocimiento único de cuál debe ser el sentido de la historia. El líder gnóstico promete liberar al pueblo de todas las ataduras del pasado, y conducirlo hacia un futuro, tan cercano que casi lo tocamos con las manos, de paz y justicia infinitas.

El presidente es “un hombre que entiende su propia época y conoce las necesidades de su país, y que tiene la personalidad y la iniciativa necesarias para imponer su visión sobre la gente y sobre el Congreso”. “Un presidente en el que confía el país no sólo puede liderarlo”, dice Wilson, “sino que puede ahormarlo a sus propias ideas”. Porque en esa distancia insalvable entre el líder y la masa, “los hombres son como barro en las manos de un líder consumado… Un (verdadero líder) utiliza las masas como (instrumentos). Debe inflamar las pasiones sin prestar demasiada atención a los hechos. Los hombres son como barro en las manos de un líder consumado”, repite, recreándose en su idea.

Ese mesianismo no está desligado de su propia actuación. Durante la campaña electoral de 1912, la que le llevó a la presidencia, Wilson dijo: “Creo que Dios ha otorgado las ideas de libertad (…), que hemos sido elegidos, elegidos de un modo señalado, para mostrar el camino a las naciones del mundo cómo han de recorrer los caminos de libertad”.

Su política exterior se entiende mejor desde estos presupuestos ideológicos. Wilson veía en los Estados Unidos un agente para el progreso de la humanidad, para “un nuevo orden y una nueva vida”, como dice en sus catorce puntos. La suya era una promesa de “una nueva Tierra que emergerá del horror, pero que se ennoblecerá por el sacrificio de millones de personas”. Intervino Méjico en 1914, Haití en 1915 y la República Dominicana en 1917. Quería “enseñar a las repúblicas de Sudamérica a elegir a los hombres buenos”.

Entró en la I Guerra Mundial para “hacer que el mundo sea seguro para la democracia”. Una democracia que estaba siendo amenazada por “la existencia de gobiernos autocráticos”, como el de Alemania. Dado que luchaba “contra una idea, no contra un pueblo”, y que esa idea se oponía al progreso tal como él lo conocía, Wilson no podía transigir. No lo hizo. Rechazó todos los intentos de mediación, como el de Benedicto XV. Y siguió con su proyecto hasta sus últimas consecuencias, que eran el desmembramiento del Imperio alemán y del Imperio austro-húngaro.

La lucha por la humanidad es mucho más importante que cada una de las personas que la conforman. La Constitución debe de estar lo suficientemente viva como para que quede en letra muerta. Y las leyes deben adaptarse a lo que indique un líder consumado. Por eso promovió la Ley de Espionaje del año 1917, en la que criminalizó “la transmisión de información que tuviese la intención de interferir con la operación o el éxito de las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos o promover el éxito de los enemigos”. Actos punibles con penas de hasta 30 años, o con la muerte. Nótese que decir la verdad entra dentro del ámbito punible.

Esta ley fue corregida por la Ley de Sedición de 1918, que prohibía cualquier forma de expresión que utilizase “un lenguaje desleal, profano, insidioso o abusivo sobre el gobierno de los Estados Unidos” o cualquiera de sus símbolos. Luego esta ley se taimó, pero con ella en la mano el fiscal general, Thomas Gregory, dijo: “Que Dios tenga merced con él, pues no ha de esperar nada por parte de un pueblo indignado y de un Gobierno vengativo”. Los juzgados ordinarios persiguieron a dos millares de ciudadanos por pronunciar discursos desleales, sediciosos o incendiarios. Sólo 10 de los detenidos estuvieron implicados en algún tipo de sabotaje.

La política exterior tradicional de los Estados Unidos consistía en ser una ciudad sobre una colina, a la que todos pudiesen observar para seguir su ejemplo de escrupuloso respeto por la libertad. Wilson la cambió radicalmente. El gobierno federal de los Estados Unidos ya no sería un ejemplo. Sería un agente transformador del mundo. Si lo iba a ser fuera, por descontado que lo iba a ser dentro de sus fronteras. Bajo su mandato se produjo lo que se ha llamado la “revolución de 1913”, por sus amplios efectos sobre el peso del Gobierno Federal: La decimosexta enmienda que aprueba la introducción de los impuestos directos, y la creación de la Reserva Federal, el tercero y parece que definitivo intento por crear un banco central en los Estados Unidos. Durante la guerra se hizo un ensayo de economía planificada.

Este es el modelo ideológico de Barack Obama. Un presidente mesiánico que tenía la pretensión de conducir la nación por una senda de progreso para la que el país no está preparado. Por suerte, Obama carece de la voluntad irrestricta de transformar el país frente a cualquier obstáculo, como por ejemplo los derechos humanos.
 

Libertad, cristianismo y tradición Occidental

Este mes vuelvo a escribirles con un encabezamiento parecido al Comentario anterior, que coincide con el título de una reciente charla de Thomas E. Woods en la Fundación Rafael del Pino. El profesor Woods, Senior fellow del Mises Institute y amigo del IJM (pudimos comprobarlo entre los asistentes), plantea un acercamiento a la reflexión económica desde esos fundamentos éticos que venimos señalando aquí. En su caso, además, posiciona sus consideraciones en el ámbito de la religión y la necesidad de un entendimiento entre la espiritualidad cristiana y el desarrollo de la economía. Tema bien conocido, tratado desde los primeros tiempos de la predicación evangélica, y que tiene algunas controversias famosas que ya hemos señalado en alguna ocasión, como la tesis de Weber sobre La ética protestante y el espíritu del capitalismo o la fulminante condena El liberalismo es pecado de Félix Sardá i Salvany. 

Esta conferencia forma parte de un programa de colaboración entre el Centro Diego de Covarrubias y la Fundación del Pino, como explicaba Vicente Boceta al comienzo de la charla. De la que entresaco algunos párrafos que pueden consultar en la web (www.frdelpino.es).

Según Tom Woods, "Hasta hace muy poco tiempo, la opinión pública creía que la tradición occidental de derechos individuales era algo que se originaba en la época de la Ilustración, que no había indicios de estas ideas en épocas previas. Por el contrario, investigadores actuales han encontrado que la tradición respecto al derecho individual se remonta al siglo XII y realmente se origina en los tiempos del Medievo. Más aún, es en España, en la Universidad de Salamanca, donde encontramos cómo muchos de los últimos escolásticos fueron los pioneros en la idea del derecho individual, del derecho natural, de que los gobiernos no son moralmente autónomos. Esto significa que el Estado está sujeto a las leyes morales. Esto supone un importante paso adelante en la limitación del poder de los gobiernos y de que estos entiendan que no están sujetos por un conjunto distinto de reglas o leyes del que afecta a los ciudadanos. Creo que todos estos hechos no han sido suficientemente reconocidos y que se le presta demasiada atención al papel de la Ilustración en el S. XVIII y se ignora la herencia cristiana en este asunto".

Conocemos bien el carácter seminal de los doctores de Salamanca en el nacimiento de una ciencia económica compatible con los principios del liberalismo, pero también con los de la ética cristiana. Ya hemos repetido tantas veces que un juicio moral sobre el precio justo llevó a los escolásticos salmantinos a prefigurar el concepto de oferta y demanda (mercado), en su definición de libre concurrencia. Algo similar venimos manteniendo respecto a los fundamentos de un orden político basado en el respeto a las leyes y al sentir mayoritario de los ciudadanos (Suárez o Vitoria en sus textos sobre el poder). De manera que no puedo dejar de expresar mi satisfacción por escuchar estos mismos argumentos en los labios del profesor americano.

Como era previsible, ya durante su conferencia, pero también a raíz de las preguntas posteriores, Thomas Woods compartió algunas opiniones sobre la actual crisis económica, sosteniendo que ha llegado el momento de revisar ciertas ideas: "Me preocupaba el convencimiento general de que el origen de esta crisis está en el exceso de libertades y que si los gobiernos hubieran tenido más poder y hubiese habido mayor vigilancia por parte de los reguladores los problemas se hubiesen cortado de raíz. Pero mi idea es que el mayor factor que ha contribuido a la crisis actual ha sido el comportamiento de los bancos centrales de todo el mundo, así que esta crisis no se puede solucionar ni siquiera aplicando toda la regulación en la que se quiera pensar. Cuando las instituciones reguladoras o gubernamentales se han puesto a pinchar todas las burbujas financieras, ninguna se ha parado a pensar en parar la máquina que las provocaba. Eso es lo primero que se debería haber hecho. Pero lo que hacen todos los gobiernos, en todas las crisis -de la naturaleza que sean: financieras, militares…- es siempre lo mismo: reclamar más poder para sí mismos. Eso, y culpar al sector privado de la crisis como pretexto para acaparar más poder, para incrementar el gasto público, ejercer mayor control sobre los ciudadanos y propagar la idea de que solo confiando en el gobierno y en las medidas que tome se puede salir de la crisis. El problema es que las instituciones gubernamentales occidentales han estado gobernando la economía mundial durante los últimos setenta años. Y en esos setenta años han repetido el mismo mantra: confiad en nosotros; todo está bajo control; sabemos cuáles son las medidas adecuadas… ¿Por qué deberíamos confiar en ellos una vez más?".

Una palabra que repitió muchas veces fue "desregular", insistiendo en la importancia de las pequeñas decisiones individuales, en la defensa de toda libertad de movimientos o de comercio; coherentemente con lo que Vicente Boceta denominaba Ley de Woods en estos términos: "Cuando el sector privado introduce una innovación que hace que los pobres vivan mejor que cuando ésta no existía, o que ofrece beneficios o condiciones que nadie más está preparado para ofrecerles, alguien, en nombre de la ayuda a los pobres, pugnará por su restricción o abolición".

Termino con una breve alusión al último capítulo de su libro La Iglesia y la economía (El buey mudo, 2010), donde explica el convencimiento de que "existe una profunda afinidad entre el catolicismo y el brillante edificio de verdad que puede encontrarse en la Escuela Austríaca de Economía". Afirmación que tal vez resulte demasiado fuerte para algunos…; pero creo que ha llegado el momento de afrontar con valentía que Tom Woods tenga mucha razón en lo que dice.

Leyes descriptivas o prescriptivas

– Leyes descriptivas: leyes del movimiento de Newton, leyes de Kepler sobre el movimiento planetario, ley de la gravitación universal, ley de Coulomb sobre la interacción eléctrica, leyes del electromagnetismo, leyes de conservación (energía, momento lineal, momento angular), ley de acción de masas (velocidad de reacciones químicas), leyes termodinámicas (energía, entropía, trabajo), leyes de Mendel (genética), leyes de funcionamiento de un organismo vivo, leyes praxeológicas, leyes económicas de formación de precios en el mercado libre (oferta y demanda), ley de la utilidad marginal decreciente, principio de imposibilidad del socialismo, relación entre beneficio y riesgo de una inversión, etc.

– Leyes prescriptivas: constitución, mandamientos religiosos, código penal, leyes fiscales y presupuestarias, código civil, código mercantil, código de comercio, ley hipotecaria, ley contractual, derecho canónico, derecho militar, derecho natural, derecho internacional, derecho administrativo, reglamentos, regulaciones, convenios, cláusulas contractuales, reglas de juegos y deportes, etc.

Las leyes descriptivas representan cómo es el orden de la realidad: las regularidades presentes en la naturaleza o en el ámbito humano se expresan de forma abstracta mediante proposiciones que establecen relaciones estables entre diferentes entidades o procesos. Estas relaciones pueden ser cuantitativas (ecuaciones) o cualitativas, igualdades o desigualdades, exactas o de tendencia. Las regularidades más simples, fundamentales o profundas generan de forma emergente regularidades más complejas a diversos niveles: de la física a la química, a la biología, y a la cognición, la economía, la moral y el derecho.

Las leyes prescriptivas (o proscriptivas) son normas que regulan la conducta de los agentes afectados por las mismas, indicando qué es obligatorio y qué está prohibido, qué se debe hacer y qué no se puede hacer. Utilizan alguna descripción de la realidad (estados, procesos, acciones) y le añaden un operador lógico deóntico: obligación o prohibición. Estas leyes no pretenden describir el comportamiento de los individuos, sino influir sobre él, condicionarlo y ordenarlo mediante incentivos como premios (recompensas) o castigos (sanciones, penas, daños); son advertencias acerca de qué conductas no son aceptables y qué consecuencias pueden esperar quienes las realicen. Las sanciones pueden imponerse mediante el uso de la fuerza o mediante amenazas de exclusión (expulsión de un colectivo, boicoteo).

Las leyes prescriptivas cuyo cumplimiento es adecuadamente supervisado y controlado (policías, jueces) permiten generar expectativas de conducta fiables: los agentes regulados tenderán de forma previsible a hacer lo obligatorio y a no hacer lo prohibido. Ciertas leyes prescriptivas y sus sistemas de vigilancia asociados pueden generar órdenes explicitables mediante leyes descriptivas. Sin embargo, algunos sistemas jurídicos pueden ser destructivos o imposibles de cumplir.

Todas las leyes se expresan mediante algún lenguaje natural o formal. El lenguaje puede utilizarse para describir la realidad, para transmitir información sobre el mundo: datos (hechos concretos), o leyes que representan las regularidades que los conectan, lo que tienen en común. El lenguaje también se utiliza para coordinar las acciones de los individuos, dando órdenes imperativas o estableciendo las reglas para la convivencia o para la realización de tareas colectivas.

La vinculación entre los fenómenos presentes en una ley descriptiva está basada en la causalidad. El comportamiento ordenado de la naturaleza no depende de que sus regularidades se describan mediante leyes, ni de la voluntad o la conciencia de un agente cognitivo. El orden natural es espontáneo y no necesita a ningún legislador o creador que lo origine o mantenga. El conocimiento de las regularidades puede alterar la conducta de los agentes cognitivos (la información es relevante para la acción), pero la acción es consecuencia de las leyes naturales más elementales, las cuales no puede violar ni determinar (la voluntad y la conciencia son resultado de las regularidades fundamentales y no su origen o fuente).

Las leyes prescriptivas requieren agentes cognitivos que las produzcan y apliquen para regular la conducta, y pueden ser diferentes para distintos grupos humanos. La determinación de qué actos son ilegales y cuál es su sanción depende de la voluntad de quienes establecen las normas y pueden hacer que se cumplan: un individuo que quiere regular su propia conducta o que pone condiciones para el uso de su propiedad; las partes contratantes que pactan cláusulas y penas por incumplimiento; los legisladores o gobernantes. Las leyes prescriptivas tienen alguna fuente o autoridad que las promulga y supervisa, y unos sujetos afectados a quienes se aplican. Un agente o un colectivo son autónomos si se dotan de sus propias leyes, y heterónomos si las reciben de otros.

Las leyes descriptivas son propias del ámbito de la ciencia positiva; las leyes prescriptivas pertenecen al ámbito de la moral y el derecho. Las leyes descriptivas pueden ser verdaderas o falsas, dependiendo de si se corresponden o no correctamente con la realidad que pretenden representar. Las leyes prescriptivas no son verdaderas o falsas, sino útiles o no (para los objetivos que se pretendan con su implantación), justas o injustas, legítimas o ilegítimas, vigentes o no vigentes. Es posible hacer una ciencia moral y jurídica con leyes descriptivas acerca de las respectivas leyes prescriptivas en ambos ámbitos: la ciencia jurídica describe cómo el derecho prescribe; la ética o filosofía moral estudia los sentimientos morales.

Las leyes descriptivas y prescriptivas son proposiciones generales que se refieren a múltiples casos concretos (no son necesariamente universales sino que tienen algún ámbito de validez o condiciones de aplicación). Las leyes descriptivas pueden fallar si no describen correctamente la dinámica de la realidad que representan: un suceso particular no cumple la ley que presuntamente lo determina. Las leyes prescriptivas pueden ser incumplidas si los agentes desconocen su existencia (no están informados sobre las leyes vigentes) o si la expectativa del castigo no es suficientemente disuasoria: un sujeto asume el riesgo del castigo y realiza un acto ilícito.

La ciencia económica permite estudiar las leyes prescriptivas, sus problemas, limitaciones y consecuencias, e ilustrar cómo algunas son perjudiciales. Las capacidades cognitivas humanas son limitadas, y además son comunes el engaño y la manipulación: el conocimiento de la realidad es imperfecto, y las normas que rigen un grupo pueden ser contrarias a su supervivencia y desarrollo; a menudo las leyes se utilizan como herramientas para la dominación, el parasitismo o la depredación, favorecen a unos a costa de otros. Los marcos institucionales estatistas pretenden conseguir un orden que supere al presunto caos del mercado y la sociedad libre, pero en realidad dificultan la coordinación social. El auténtico derecho emerge espontáneamente y de forma evolutiva y adaptativa de abajo hacia arriba y no es impuesto de forma planificada, centralizada y coactiva.

Cuando un intervencionista critica las leyes del mercado libre, puede mostrar su necedad acerca de la naturaleza descriptiva de las leyes económicas, o puede manifestar su desacuerdo con normas prescriptivas como el derecho de propiedad, el principio de no agresión y la libertad contractual: es ignorante o violento, y posiblemente ambas cosas.

Economía y Ética

Aunque seguramente encuentren en esta web varios artículos con un título semejante, he querido reproducir también ahora el mismo cabecero con motivo de un reciente seminario celebrado en la Universidad Eclesiástica San Dámaso, con la colaboración del Centro Diego de Covarrubias. Se trataba de una Jornada de Economía en torno a las implicaciones éticas de la crisis actual, como en seguida plantearía el catedrático de Teología Juan Pérez-Soba, director del curso. Discurrió en una sesión de mañana, con los miembros del CDC Antonio Pancorbo y Juan Ramón Rallo (que hablaron sobre la crisis desde varias perspectivas) y una sesión de tarde con los profesores Velarde y Rubio de Urquía discurriendo sobre el presente y el futuro de la situación española.

Voy a contarles las sesiones matutinas (no pude asistir a las demás), que abrió el profesor Pérez-Soba planteando una aproximación a la economía desde la teología moral: situar el amor en todos los ámbitos de la acción humana, también en el mundo financiero y mercantil. Partía de un análisis sobre la esquizofrenia de nuestra sociedad que no quiere oír de moral, pero que continuamente se queja por la falta de comportamientos éticos. O del fracaso de una ingeniería social, muy patente después de la caída del socialismo. Su propuesta hablaba de una ética amiga de la persona; de una ética de bienes y no solo de "procedimientos correctos: y es que el amor sí que tiene un interés, pero es un interés no utilitario. Porque defendía la idea de bienes que no son útiles, criticando el soporte emotivo/utilitarista del paradigma smithiano. Del mismo modo que la justicia no es solamente una distribución equitativa, no es la suma de los bienes privados: debe aspirar a más, a erigirse como un bien para la comunidad, puesto que en esta perspectiva los hombres deberán reconstruir las relaciones sociales desde un nuevo fundamento, el de la caridad y la comunión.

Antonio Pancorbo, economista del Banco de España, indicó que la falta de moral no es suficiente para explicar una crisis financiera como la que estamos teniendo. En su opinión, las actuales instituciones monetarias y financieras han servido de «catalizador» de los comportamientos inmorales que normalmente se denuncian y sin las cuales estos comportamientos inmorales globalmente no se hubieran producido. La teología moral debería, entonces, tener un papel activo en la valoración moral de instituciones como el actual dinero inflacionario y crédito inflacionario, e invitó a la Facultad de Teología de la Universidad San Dámaso a tomar un liderazgo en este campo.

A partir de un análisis crítico de esta situación, planteaba algunas conclusiones que bien nos recuerdan la lucidez de Juan de Mariana en su De monetae mutatione. A saber: que la inflación envilece la moneda; introduce un impuesto inicuo y silencioso; redistribuye injustamente la riqueza; favorece la centralización del poder político y económico; obliga a la especulación financiera; posibilita ingresos ilegítimos; e incluso debilita el pensamiento económico. Por todo ello, animaba a las instituciones educativas de la Iglesia, como era el caso de esta Universidad San Dámaso, a discurrir en torno a tales cuestiones siguiendo la indicación del Catecismo que presentó en 1992 el entonces cardenal Ratzinger: hay que garantizar un sistema monetario estable y unos servicios públicos eficientes.

Termino con una brevísima alusión a la conferencia de Juan Ramón Rallo, bien conocido por todos ustedes y flamante premio Julián Marías de la CAM. Explicó algunos puntos de ese certero análisis Una crisis y cinco errores, escrito junto a Carlos Rodríguez Braun: el intolerable peso del Estado y de las Administraciones Públicas; el aumento de la regulación; el excesivo endeudamiento de los ciudadanos, que han vivido por encima de sus posibilidades gracias a la política monetaria y crediticia de gobiernos y bancos centrales; o la conducta codiciosa de muchos intermediarios financieros que se lucraron de comisiones y beneficios extraordinarios.

Desde un punto de vista más técnico, nos recordaba cómo el sistema financiero se mueve permanentemente en los umbrales de la insolvencia: los bancos se han endeudado a muy corto plazo, con inversiones solo recuperables a largo. Como señalan en el libro citado, "si un día los clientes decidieran retirar más del 2% de los fondos que tienen depositados", la entidad financiera en cuestión "sería incapaz de pagarles" y entraría en suspensión de pagos. Pero todo ello, bendecido por los bancos centrales, que inyectan periódicamente dinero (de nuestros impuestos!) para que estas entidades puedan seguir atendiendo sus múltiples obligaciones a corto plazo.

Ya he comentado que no pude asistir a la clausura de la Jornada, a cargo del profesor Rubio de Urquía; pero seguramente no me equivoque en el cariz transcribiendo ahora una intervención suya nada más terminar la conferencia de Rallo: es necesario reconstruir el Estado si queremos cambiar la economía.