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Etiqueta: Pensamiento liberal

La competencia por el control de la acción humana: valoraciones y normas

El ser humano es un agente intencional (actúa según sus valoraciones) y seguidor de reglas. Las valoraciones y las normas están fuertemente relacionadas: en la filosofía moral suelen mezclarse o confundirse bajo el término “valores”.

El individuo desea y rechaza cosas, las valora de forma positiva o negativa; estas preferencias (subjetivas, relativas y dinámicas) guían la acción que persigue los fines más valiosos, utilizando medios escasos y asumiendo costes.

Además diversas reglas restringen las posibilidades de conducta de los agentes: son leyes o normas expresadas en algún lenguaje natural o formal como obligaciones, prohibiciones o derechos; sirven como límites, restricciones o condiciones de contorno para la acción y limitan el ejercicio de la voluntad (de forma real o nominal, según si el cumplimiento de esas normas se exige en la práctica o no).

Las reglas suelen incluir incentivos para fomentar su cumplimiento (o desincentivos para su incumplimiento): obedecer o ignorar las leyes tiene consecuencias, premios o castigos reales o imaginarios, establecidos según sean las preferencias y creencias de los individuos.

Además de los incentivos externos, las normas pueden estar internalizadas en la mente de un individuo y conectadas íntimamente con su sistema de valoraciones, de modo que el agente siente un bienestar por su cumplimiento (satisfacción del deber cumplido, orgullo) o malestar por su incumplimiento (culpa, remordimientos): la conciencia moral de la persona actúa como un policía interno.

Los individuos valoran las normas, les gustan o no, prefieren unas leyes u otras, según cómo sean compatibles o incompatibles con sus intereses, según cómo limiten su propia conducta y la de los demás. Un agente prefiere (rechaza) las leyes cuyas obligaciones coinciden con sus valoraciones positivas (negativas) y cuyas prohibiciones coinciden con sus valoraciones negativas (positivas).

Los seres humanos son hipersociales, se agrupan en colectivos e interaccionan fuertemente unos con otros. Una parte muy importante de estas relaciones sociales consiste en intentar modelar las preferencias ajenas y determinar cuáles son las reglas vigentes en el grupo.

Valoraciones y normas, además de su contenido genético, emergen y se configuran socialmente de forma interactiva: las preferencias de cada individuo dependen de sus experiencias personales y de sus relaciones con otros sujetos que pueden influir sobre él (interés afectivo por otros, publicidad); los individuos hablan acerca de las normas, se las recuerdan mutuamente, exigen su cumplimiento, las argumentan (defendiéndolas o criticándolas), promueven algún cambio en las mismas.

Para controlar a los demás e incrementar su propio poder, cada agente puede intentar influir sobre las valoraciones ajenas (persuasión), sobre las normas vigentes (legislación), sobre la conciencia moral (implantación de normas en la mente de los individuos), o sobre todos estos elementos (a menudo de forma entremezclada). Estas influencias pueden ser violentas o pacíficas, y directas o indirectas.

Un agente suficientemente poderoso puede imponer su voluntad sobre otros más débiles, mediante el uso directo de la fuerza o mediante amenazas explicitadas en forma de normas que expresan qué quiere el poderoso que hagan los débiles y qué represalias pueden esperar si desobedecen. La relación de sumisión violenta es asimétrica y contraria a la voluntad y los intereses de los sometidos: las leyes reflejan las preferencias de los más fuertes.

Sin recurrir a la violencia (o en combinación con la misma para justificarla y reducir la oposición de los sometidos) es posible recurrir al lenguaje moral para influir sobre los demás. El discurso moral o ético pretende ser argumentación racional (lógica, razonable, filosófica) pero a menudo es en realidad una herramienta para la manipulación en la lucha por el control social y la reputación: abundan las arbitrariedades y los malos argumentos (sermoneo moralizante).

El engaño puede utilizarse para vencer posibles mecanismos de defensa: la confusión entre valoraciones y normas puede ser un mero error intelectual, pero también puede servir como una estrategia indirecta y tramposa de manipulación de la conducta que se realiza de forma automática (hipocresía natural); el autoengaño es común porque facilita el engaño a los demás.

Algunas aseveraciones morales proclaman hechos presuntamente objetivos que en realidad ocultan preferencias subjetivas: “es bueno” o “es mejor” en lugar de “a mí me gusta” o “yo lo prefiero”; “esto es injusto” en vez de “no me gusta”.

Ciertas expresiones pretenden regular no ya las acciones sino las preferencias: “es indeseable” (es decir, que no se puede desear, no te atrevas a quererlo).

Algunas afirmaciones son normas acerca de normas (metanormas) que esconden valoraciones particulares acerca de las leyes: “debería estar prohibido”, “es intolerable”, en lugar de “yo preferiría que estuviera prohibido” y “yo no puedo tolerarlo y no me gusta nada que otros lo acepten”.

Es común promover, forzar o distorsionar ciertas definiciones de términos morales con connotaciones positivas para satisfacer los intereses propios: justicia como igualdad material, libertad como poder o riqueza.

Muchos profesionales de la ética, con toda seriedad y aparentemente sin ser conscientes de su fatal arrogancia, pretenden saber qué valores o formas de preferir son superiores o “mejores”. Lo que les gusta es lo “más humano”; lo que no, “inhumano”.

Fútbol y política

En el corto intervalo de tiempo que media entre este fin de semana y el próximo 1 de julio, el fútbol, deporte de masas por excelencia, nos depara una larga lista de encuentros de distinto ámbito. Si en España se dirime la victoria en el campeonato de la Copa del Rey dentro de pocas horas, durante el mes de junio los jugadores de dieciséis selecciones nacionales europeas medirán sus habilidades y fuerzas en la Eurocopa de la UEFA 2012, que se celebra en los campos de Polonia y Ucrania.

Incluso si sus planes no pasan por contemplar los partidos que excitarán a millones de personas, reconocerá que su influencia en el mundo actual obliga a observar el fenómeno completo. Sin embargo, no creo que los personajes que pululan por el mundo de este espectáculo nos ofrezcan claves unívocas trasladables a la filosofía. A no ser que cultivemos el juego al despiste intelectual que tanto place a los postmodernos, debemos convenir que las polémicas que provocan algunos de sus protagonistas son más bien el reflejo de sus vanidades y bajas pasiones, difundidas para captar la atención de los hinchas propios y provocar a los contrarios, antes que emulsiones del pensamiento (por muy irracional que éste sea). La dinámica generada por la extraordinaria popularidad del fútbol y la rapidez de las comunicaciones en la actualidad retroalimenta y magnifica a escala planetaria vulgares peleas y chismorreos. En diciembre del año pasado pude comprobar cómo en un local atestado de hinchas del Real Madrid y el F.C Barcelona, ataviados con sus respectivas camisetas para ver la retransmisión de un partido de liga entre ambos equipos, solo la contundente intervención de los guardias privados impidió que dos forofos contrarios, visiblemente embriagados e invocando los nombres de Mourinho y Guardiola, llegaran a las manos. Este incidente ocurría en Varsovia y los aficionados eran polacos….

Sin duda el deporte organizado y el espectáculo que gira a su alrededor se han convertido en un complemento de la política. Destacan por su alcance los favores mutuos que se prestan los empresarios dedicados al fútbol y los políticos de todo el mundo. Las conocidas relaciones de compadreo entre presidentes de clubs de fútbol y políticos españoles trascendieron al exterior con la aparición de noticias sobre las deudas de los equipos de fútbol con el fisco de (752 millones de euros) y la Seguridad Social (10,6 millones de euros). A sus competidores europeos no se les escapó que esa condescendencia encubre una subvención por parte de un estado que, casualmente, reclama ayuda financiera a los demás países europeos. En un mercado donde la puja por los jugadores más sobresalientes marca habitualmente la diferencia entre las opciones de los distintos equipos a obtener títulos importantes, resulta saludable que proliferen dedos acusadores contra quienes gozan muchos años de privilegios otorgados por políticos de todo signo para medrar en sus negocios particulares y los clubes que presiden.

Los intereses de directivos del fútbol y políticos españoles se entrecruzan y mezclan, adaptándose a la pintoresca realidad de la política nacional y el desquiciamiento que provocan las alucinaciones de los nacionalistas periféricos. No por casualidad, han pertrechado de ideología y proyección política a grupos que no pasarían de ser los energúmenos habituales en los campos de fútbol. Considero un profundo error que el código penal español (Art. 543) considere como delitos "las ofensas o ultrajes de palabra, por escrito o de hecho, a España, a sus Comunidades Autónomas o a sus símbolos o emblemas, efectuados con publicidad". Como dijera el Tribunal Supremo de los Estados Unidos (Texas v. Johnson 1989) sobre la quema de su bandera, por desagradables y vituperables que estas conductas sean para la mayoría, constituyen manifestaciones amparadas en la libertad de expresión.

Conviene no confundir, empero, esa conducta con auténticas alteraciones del orden público como las que tuvieron lugar en el estadio del Valencia hace dos años, cuando seguidores del Athletic de Bilbao y F.C Barcelona compitieron por la Copa del Rey. Después de que grupos no desautorizados por los directivos de esos clubes caldearan debidamente el ambiente, la pitada al himno nacional y al propio monarca que da nombre al torneo, pasaron a los anales como la enésima demostración de la esquizofrenia en la que viven inmersos muchos catalanes y vascos. Igual de patético resultó el empeño de la televisión oficial pagada forzosamente por todos los españoles de ocultar a sus telespectadores la magnitud de lo que estaban ocurriendo.

Es por esto por lo que, con ese precedente, sorprenden las reacciones a la propuesta de la presidenta de la Comunidad de Madrid de celebrar el partido a puerta cerrada si vuelven a repetirse esos altercados. Nada impide a esos equipos y a sus seguidores independentistas abandonar las competiciones que tienen lugar en España. Pero disfrutar del aura de ganar un trofeo español y, al mismo tiempo, reventar la organización del encuentro desafía todas las reglas de comportamiento leal a las que se comprometen los participantes en este tipo de acontecimientos deportivos.

La penúltima prueba de fuego para las incoherencias de todo este juego político tendrá como escenario los campos de fútbol de Polonia y, esperemos, de Ucrania. Precisamente, entre los seleccionados para competir contra otros equipos europeos se incluyen jugadores que provienen del Athletic de Bilbao y F.C Barcelona. Qué quieren que les diga. Me entusiasmaría que todos ellos triunfen dentro de la selección española.

La condena del liberalismo

A pesar de la oportunidad intelectual y práctica que ofrece la Gran Recesión en que aún vivimos (y ya nos acercamos al quinto año) para desmontar empírica y teóricamente los fallos y responsabilidades del Estado, el debate entre liberalismo y socialismo sigue falseado. Eso sí, mucho menos que hace veinte años, ya que en los últimos diez los medios intelectuales y periodísticos liberales en España se han consolidado con un excelente aparato de producción científica y comunicativa que cuenta con un público estable vinculado a esas convicciones. No obstante, la afirmación inicial sigue siendo válida: en el centro del debate nacional e internacional acerca de cómo salir de la crisis los partidarios del libre mercado están a la defensiva, y solamente el argumento del fatalismo mantiene en pie algunas de las recetas anti-crisis con acordes liberales.

El debate, hay que repetirlo, está amañado. Como un partido de cualquier deporte donde un equipo parte en desventaja frente a otro porque este es, a la vez, árbitro y rival, el socialismo, ideología en el más perturbador sentido de la palabra, pretende dos monopolios, y sigue siendo el eje que juzga. Asegura poseer en exclusiva la capacidad de adjudicar maldad y bondad morales, asigna al mercado aquella, mientras que al Estado, a lo público, solo por él preservado, le otorga la segunda. Ya hemos tenido que pasar estas últimas tres décadas por la redención del comunismo, merced no ya a su insalvable resultado real (hambrunas y guerras), sino a su intención, que fue la de construir un mundo perfecto, sin desigualdades y sin necesidades. Querer una sociedad mejor lo justificaba todo; fiat perfectio, pereat mundus. El socialismo democrático ha heredado el beneficio de los buenos deseos, que el comunismo ya disfrutó, y se arroga también en exclusiva la receta para mejorar a la humanidad, a pesar de que hasta la variante más emblemática de entre las de su clase, la socialdemocracia sueca, se vio objetada por sus resultados y necesitada de reformas de mercado.

¿Qué ocurre para que, cuando se debaten las medidas de recorte de gasto público, estas se vean como algo odioso, solo parcialmente soportable, y medicina de una enfermedad producida por el mercado libre? El socialismo, influyente en todos los partidos del arco parlamentario y fuera de él, sigue la estela del "argumento salvador". Se trata de una ideología, es decir, una teorización basada en abstracciones incontrastables, un dogma simplista e invariable a salvo de cualquier refutación empírica. De tal modo, una crisis causada en última instancia desde un monopolio estatal, el de emisión de moneda y de fijación de los tipos de interés crediticio, se presenta como resultado del mercado libre, es decir, de ese mismo que no estuvo sustancialmente presente en su génesis.

Pero el argumento podría haber sido revertido en la fase de la depresión en la que de unas hipotecas-basura hemos pasado a una deuda soberana-basura; pero no. Si bien la primera de las expresiones fue repetida sin cesar, la segunda apenas ha sido acuñada, a pesar de nombrar un problema de repercusiones más difíciles de solucionar que los fenómenos de la crisis en su primera fase (2007-2009). El mal llamado "paréntesis del libre mercado", que Rodrigo Rato y otros supuestos defensores del mismo proclamaron, abocó en una solución más destructiva que el problema que pretendió resolver.

Con todo, los memes socialistas, repetidos hasta la saciedad, siguen siendo dominantes. A la urgente necesidad de que se apliquen reformas de adelgazamiento del Estado, se responde con el sempiterno: "el mercado no arregla todos los problemas". Pero, ¿acaso los soluciona el socialismo? No, pero sí lo pretende, y si no ha alcanzado su objetivo, es debido al egoísmo pernicioso de "los mercados". ¿Declara el liberalismo que el libre mercado supera todas las carencias sociales? Nunca lo ha hecho, pero sí ha aportado soluciones concretas para ello en un árido escenario donde fenómenos, causas y consecuencias se mantienen al margen del debate, y únicamente las pretensiones gobiernan los discursos.

Esos mercados de los que todos formamos parte y de cuyo funcionamiento nos beneficiamos, esos fondos constituidos por pensionistas y pequeños ahorradores, que se defienden de las malas inversiones en deuda pública española, italiana, griega o portuguesa, necesitan de una defensa ética, porque tan solo es moral lo que produce la prosperidad que desean las personas.

De buenas intenciones está empedrado el camino a la pobreza y a la servidumbre. La bondad y la maldad tienen un único juez y este no es el deseo, sino el resultado.

Ron Paul, el ejemplo a seguir

…y, en el peor de los casos, que la delicada situación que padecen muchos individuos acabe generando un campo de cultivo idóneo para el auge del populismo más abyecto y el extremismo ideológico más aberrante y peligroso. No hay que irse muy lejos, en esta tesitura se encuentra hoy la zona euro.

Europa acaba de situar el dedo en el gatillo. En dos elecciones cruciales para el futuro de la Unión Europea, franceses y griegos votaron el domingo por más crisis, una lenta y más tardía recuperación e, incluso, por abandonar directamente el euro. Por un lado, la elección de Hollande como nuevo presidente de Francia aleja la posibilidad de mantener una posición firme y sólida, junto a Alemania, en favor de la imprescindible austeridad pública. No en vano, elZapatero galo pretende, ilusoriamente, combatir la crisis europea a golpe de talonario público, eurobonos y monetización directa de deuda pública por parte del Banco Central Europeo (BCE). O dicho de otro modo, que los países del norte paguen la factura íntegra de los desaguisados del sur. Ni reformas estructurales, ni mayor libertad económica ni menor Estado sino todo lo contrario: más impuestos, más gasto y mayor intervención pública en una economía continental asfixiada ya por la burocracia administrativa.

El caso de Grecia va mucho más lejos. Los helenos están ya en otra fase, pues, una vez salvados de la quiebra soberana –por dos ocasiones–, rechazan de plano las condiciones del rescate aceptadas hace apenas unos meses. Ahora, las formaciones surgidas de las urnas aspiran, como mínimo, a suavizar la aplicación de las reformas y los recortes públicos y, como máximo, a saltarse por los aires todo lo pactado abandonando la moneda única. Y mucho cuidado porque este último punto no sólo es defendido por los comunistas y los nazis griegos, ya que también cuenta con el apoyo de los nacional-estatistas galos de Jean-Marie Le Pencuyo peso político se ha disparado en Francia.

El auge de movimientos comunistas, nacional-socialistas y cuasifascistas parecía hasta hace poco un fenómeno desterrado de Europa tras la Segunda Guerra Mundial, pero la mayor crisis de los últimos 80 años está impulsando el resurgimiento de ideologías totalitarias y/o autoritarias en el seno mismo del continente. No es algo nuevo. En el primer cuarto del siglo XX, la guerra y el hambre allanaron el camino de la revolución marxista en la Rusia de los zares, mientras que la hiperinflación germana de los años 20 en la República de Weimar fue la espita indispensable que posibilitó la posterior conquista del poder por parte de Hitler en las urnas. Hoy por hoy, esto es impensable en la UE, pero el hecho de que partidos de similar naturaleza estén cosechando relativos éxitos electorales en países como Francia o Grecia, entre otros, no deja de ser un motivo de honda preocupación y espanto para el futuro del continente.

Pero, independientemente de este tipo de fenómenos, la cuestión clave es que la mayoría de franceses y griegos han rechazado la austeridad que pretende imponer Merkel, abogando así por más estado y menos mercado. Francia desea construir un superestado europeo socialista a su imagen y semejanza, alejado pues de la ortodoxia monetaria del Bundesbank alemán, mientras que Grecia amenaza con salirse del euro, lo cual condenaría a sus habitantes al corralito financiero, una elevada inflación y un prolongado calvario económico bajo el yugo de su casta política.

La pregunta, por tanto, es: ¿hay alternativa? Y la respuesta es sí, sólo que Europa al igual que España, está huérfana de políticas opuestas al estatismo reinante. La mayoría de formaciones que gobiernan en los estados miembros de la zona euro, si bien se dividen en socialistas y conservadores, mantienen un nexo común: el colectivismo en mayor o menor grado. Estados Unidos no es ajeno a este fenómeno, con Obama a la cabeza y un Partido Republicano enfrente como fervientes defensores del poder de Washington.

Sin embargo, algo inédito está aconteciendo al otro lado del Charco. El denominado Tea Party supuso un revulsivo para la clase política norteamericana en plena tormenta financiera, tras la quiebra de Lehman Brothers y el posterior rescate público de la banca, hasta el punto de que el precandidato republicano Ron Paul ha cosechado importantes e inesperados éxitos durante su campaña para aspirar a la Casa Blanca. Paul es un político puramente liberal, amante del libre mercado y la globalización, defensor de un estado mínimo y contrario a la banca central –culpable de la actual crisis internacional–. Paul es el mayor exponente de la denominada Vieja Derecha estadounidense (Old Right, en inglés), una escisión dentro del Partido Republicano cuyo origen se remonta a la Gran Depresión de los años 20, y que ya entonces se opuso de forma rotunda al New Deal de Roosevelt y al intervencionismo militar al tiempo que defendía la ortodoxia monetaria (patrón oro), el libre comercio y la mayor libertad económica posible.

Entre los miembros de este partido destacan grandes académicos de la Escuela Austríaca, tales comoMurray Rothbard y Lew Rockwel. La Vieja Derecha es, en esencia, la continuación en EEUU del liberalismo clásico europeo del siglo XIX (laissez-faire), hoy desaparecido en la UE. De ahí, precisamente, que Europa -y especialmente España- precise con urgencia un Ron Paul autóctono capaz de contrarrestar el socialismo imperante. La cuestión no es elegir entre partidos que se presentan bajo diferentes siglas pero aplican políticas similares sino optar claramente entre liberalismo o colectivismo. Europa, cuna del laissez-faire, está, paradójicamente, exenta en gran medida de lo primero, y prueba de ello es que franceses y griegos le han vuelto a dar la espalda en las urnas. Otro día aciago para el futuro de la Unión y del euro.

El nacimiento del capitalismo en Europa

Ha sido una agradable coincidencia terminar de escribir estas líneas después del Comentario de mi compañero de columna José Carlos Rodríguez sobre El triunfo del capitalismo. Yo voy a referirme ahora al inicio de este sistema, a propósito de un reciente libro del profesor Agustín González Enciso con el título que les señalo, y que fue presentado en un Seminario Bibliográfico de la asociación AEDOS (sobre lo que recuerdo haberles escrito en alguna otra ocasión).

Quería contarles lo primero de todo que me llamó la atención el título, que me sugería esta pregunta: ¿por qué escribir sobre el capitalismo, cuando aparentemente ya no está de moda una reflexión sobre esto?

Al mismo tiempo, he disfrutado con una revisión sobre la historia y sobre algunos conceptos de economía que hacía tiempo no escuchaba. Y es que la mayoría de la profesión académica sigue con sus modelos econométricos y los supuestos macro, que nunca se cumplen; y andan corriendo para explicar una crisis que suele ir por delante de sus previsiones. Pues bien, creo que resulta saludable la postura de desmitificar esa economía: con el ejemplo de la cercana erupción de un volcán irlandés (que paralizó inesperadamente el transporte aéreo en media Europa), el autor reflexiona sobre la improbabilidad de la predicción económica. Algo que, fuera de entornos como éste que Uds. tienen la paciencia de seguir, no es demasiado frecuente escuchar. A partir de aquí, se inicia un recorrido histórico por la sociedad estamental de la Edad Media, el nacimiento del espíritu del capitalismo y del espíritu de empresa, o la consolidación del Estado moderno y la burguesía mercantil.

También me ha gustado su análisis desmitificador de la organización social y económica de la Edad Media. Estamos aburridos de oír explicaciones sobre las clases sociales y sus luchas dialécticas: lo que sigue siendo la versión oficial en cualquier estudio de carácter histórico (en la Universidad; y también en muchos colegios!). De manera que es valiente, pero sobre todo mucho más cercana a la realidad, esa reivindicación del modelo estamental que aparece bien precisado en sus cuatro momentos: los dominios señoriales (después de la caída de Roma y hasta el siglo VIII), el feudalismo, los reinos medievales (siglos XIII al XV) y los estados modernos.

Cada vez estoy más de acuerdo con una afirmación sobre el "esplendor" de la Europa medieval y moderna. Hay que poner en su sitio (que no es el pódium de los ganadores) la Revolución Francesa. Y particularmente quiero protestar públicamente, en esta efemérides de nuestra Guerra de Independencia, y Cortes de Cádiz, contra Napoleón Bonaparte, su aureola de estadista y personaje histórico: desde luego que tuvo un enorme protagonismo en ese tránsito del siglo XVIII al XIX: pero un protagonismo nefasto.

En mi intervención, la única sugerencia que le proponía al autor fue la incorporación de ideas y puntos de vista de la Escuela Austríaca de economía, recordando algunas vías de reflexión en torno al "capitalismo" que han planteado estos autores. Quizás, la más representativa sea el libro El capitalismo y los historiadores, editado por F. Hayek y que recoge algunas de las intervenciones sobre este asunto en el entorno de la Mont Pelerin Society: del propio Hayek, Thomas Ashton, Louis Hacker, Ronald Hartwell o Bertrand de Jouvenel.

Aunque es verdad que su objetivo principal, una revisión de las interpretaciones sobre el "capitalismo" y la Revolución Industrial, no es directamente tratado en el libro que estamos comentando (el profesor González Enciso quiere ceñirse más bien a un "nacimiento del capitalismo" previo a esa industrialización). En este sentido, también discurren otros autores "liberales" que les comento brevemente, como Mises: Seis lecciones sobre el capitalismo; John Chamberlain: Las raíces del capitalismo (si bien este autor dice que pretende acudir a sus orígenes, lo cierto es que solo se remonta a finales del siglo XVIII, cuando Adam Smith publicaba La riqueza de las naciones y Thomas Jefferson redactaba la Declaración de Independencia); o Arthur Seldon: Capitalismo. Aquí, además de tratar del capitalismo en un debate contra el socialismo (y arrancando de nuevo desde la industrialización), nos propone algunas definiciones que podemos destacar un momento: Seldon dice que es el sistema más eficaz en la promoción de la riqueza de las masas, sin menoscabo de las libertades individuales. Y lo precisa como un "sistema de mercado, de derechos de propiedad privada, de poder descentralizado y de responsabilidad individual por el comportamiento humano".

A estas definiciones añadiría una famosa y provocativa sentencia de Hayek en La fatal arrogancia: "si nos preguntamos qué debe la mayoría de las personas a las prácticas morales de los llamados capitalistas, la respuesta es: nada menos que su vida".

De todos los autores austríacos, seguramente sea Murray Rothbard quien se acerque más a las preocupaciones del profesor González Enciso en torno al nacimiento del capitalismo. Sin embargo, en su Historia del pensamiento económico nos encontramos más bien un análisis histórico sobre los fundamentos de la teoría económica, con una clara y reconocida postura liberal-austríaca.

Con todo, resulta interesante descubrir, ya desde la Edad Media, aquellos principios sobre los que se construye el sistema capitalista: la formación del precio justo como el precio corriente en un mercado abierto (hoy diríamos de oferta y demanda); la lógica fluctuación de la moneda según las cantidades de ésta y de bienes a adquirir (o sea, la teoría cuantitativa del dinero); la defensa de la propiedad privada o una teoría del valor basada en la raritas, utilitas y complacibilitas.

En seguida Rothbard pasa a estudiar la Escuela de Salamanca, como madurez de estas intuiciones (que llama "escolástica hispana tardía", pero no hablaremos ahora de ello). Me interesaba destacar solamente, por lo escaso del tiempo, un capítulo sobre los calvinistas y luteranos, en el que trata de "la tesis de la vocación" (beruf o calling: "llamada") al trabajo: el éxito económico como prueba de la predestinación del alma. Aquí manifiesta su desacuerdo con Max Weber, señalando además que "el capitalismo moderno no comenzó con la revolución industrial, sino en la Edad Media y en las ciudades-estado italianas" indicando en seguida que "todas eran católicas".

En fin, ya verán que estudiar los orígenes del capitalismo es un sano ejercicio de reflexión histórica, aplicada a la teoría económica. Para lo que espero haberles propuesto un suficiente e interesante elenco de lecturas.

El altruismo (y II)

Como todas las demás conductas de un organismo, el comportamiento egoísta o altruista se controla y decide mediante mecanismos o capacidades de cognición y generación de valoraciones que son resultado de la coevolución adaptativa de múltiples seres vivos en interacción.

Las capacidades cognitivas permiten a cada organismo reconocer y distinguir a otros individuos y así poder practicar el altruismo selectivo (con parientes) o recíproco (con otros cooperadores). Las capacidades cognitivas son limitadas e imperfectas: existe la posibilidad de cuidar por equivocación de un organismo no emparentado creyendo que es una cría propia, o ayudar a un agente que en realidad no es un buen cooperador o no es miembro de un grupo de ayuda mutua pero pretende serlo. Este error puede ser provocado por algunos parásitos, que intentan aprovecharse de los mecanismos altruistas haciéndose pasar de forma engañosa como parientes o miembros del colectivo, mimetizándose con ellos, adquiriendo rasgos superficiales identificables que confundan a los benefactores; estos a su vez pueden desarrollar defensas para no ser engañados: la evolución produce carreras de armamentos entre sistemas de detección y sistemas de engaño.

Las valoraciones de los agentes son subjetivas en el sentido de que son generadas por cada individuo y dependen de sus características y circunstancias particulares. Pero estas preferencias no son arbitrarias: surgen evolutivamente mediante generación de variantes y retención de las versiones exitosas, de modo que las valoraciones de los agentes supervivientes tienden a reflejar cálculos inconscientes acertados de beneficios y costes, directos e indirectos, para el individuo y para sus semejantes. El placer y el dolor tienden a reflejar lo adecuado y lo inadecuado para la vida, son señales de valor biológico.

Las valoraciones son generadas por la estructura y la actividad del cerebro de cada organismo, las cuales dependen de influencias genéticas y ambientales (historia y circunstancias particulares de cada individuo, cultura común). En organismos sociales con sistemas cognitivos sofisticados las preferencias pueden generarse dinámicamente de forma interactiva y recursiva: cada individuo puede influir sobre las valoraciones de los demás y a su vez forma sus preferencias teniendo en cuenta influencias ajenas.

Algunos seres vivos son individualistas, no cooperan en grupos sociales. Prefieren vivir solos, no desean compañía ni la necesitan. Pueden ignorar a otros organismos o percibirlos como oportunidades (comida) o amenazas (depredadores o competidores por recursos escasos como el territorio).

Algunos sujetos cooperan simplemente porque valoran más lo que reciben que lo que dan: es posible construir evolutivamente agentes con preferencias puramente egoístas que cooperen solamente porque comprenden el posible beneficio de ciertos intercambios, sin necesitar de preocuparse por el bienestar ajeno. Pero el intercambio pactado de forma explícita requiere una cognición avanzada y capacidades lingüísticas que no están al alcance de todos los seres vivos.

La cooperación estable entre organismos puede conseguirse si las valoraciones de un agente consideran el bienestar de otros individuos (o simplemente provocan conductas que benefician a otros): relaciones de amor, amistad, filantropía. Los sentimientos de unos por otros (o por el grupo) fomentan la construcción de agregados estables basados en relaciones fiables.

La acción altruista puede conseguirse mediante mecanismos emocionales que generan bienestar psíquico o placer al ayudar, o que producen malestar o remordimientos si no se ayuda: las valoraciones de un agente tienen en cuenta las necesidades y preferencias de los demás, de modo que este disfruta al hacer algo por ellos, o sufre si no lo hace (empatía). Una emoción básica que genera comportamiento altruista es el amor de los progenitores por las crías, que los motiva a cuidarlas hasta su madurez. Estos afectos pueden extenderse a la pareja reproductiva o a otros cooperadores miembros de un grupo de asistencia mutua (amigos, camaradas).

Es posible construir altruistas ingenuos que den sistemáticamente a todos sin condiciones y sin recibir nada a cambio y disfruten al hacerlo, pero esto tiende a disminuir sus propias posibilidades de supervivencia y se autoeliminan rápidamente. Los procesos de decisión de la conducta altruista deben considerar los costes para quienes la proporcionan y los beneficios para quienes la reciben (y si se trata de altruismo recíproco o intercambio, esos mismos elementos con los roles invertidos). Los sentimientos que motivan la conducta altruista discriminan según el estado de necesidad del receptor, la capacidad del donante y la relación entre ambos (parentesco, pertenencia al mismo grupo, posibilidad de reciprocidad).

Los receptores de ayuda pueden intentar estimular las conductas generosas de otros: las crías parecen adorables y encantadoras, o activan mecanismos de angustia y preocupación en sus progenitores (llantos); algunos miembros del grupo se presentan como necesitados, dan pena (mendigos). Los potenciales donantes pueden intentar defenderse de las influencias ajenas modulando su sensibilidad para no ser parasitados por hábiles manipuladores: crías que exageran su necesidad, vagos que se presentan como víctimas.

Algunos actos altruistas, especialmente los asimétricos entre progenitores y crías, se basan fundamentalmente en la satisfacción psíquica del donante, quien no espera recibir nada a cambio además de las manifestaciones de amor por parte de las crías, que refuerzan el placer, fortalecen los sentimientos y estabilizan la relación. Pero en el altruismo recíproco debe haber sentimientos y actos complementarios en ambos sentidos: el receptor agradece la ayuda y se siente obligado o en deuda con el donante, de modo que intenta devolver el favor para mantener la relación cooperativa y no aparecer como una carga neta para los demás.

Surge entonces el problema de cómo estimar el valor de los bienes o servicios entregados y recibidos. Para que las relaciones de cooperación sean simétricas y de mutuo beneficio, y aunque las valoraciones individuales sean subjetivas, los grupos sociales intentan de algún modo conseguir referencias comunes que sirvan para estimar cómo saldar satisfactoriamente deudas pendientes (valores objetivos o intersubjetivos, criterios de justicia que sirven también para compensar por daños causados). Los pactos contractuales formalizan las relaciones de cooperación especificando qué debe cada parte entregar y recibir, pero estos no siempre son posibles o deseables (tienen costes de transacción y pueden debilitar los vínculos emocionales).

Los organismos inteligentes capaces de distinguir a otros individuos y recordar su historia de relaciones pueden asignarse unos a otros un estatus o reputación (positiva o negativa) como cooperadores. El agente altruista cuya acción es percibida y valorada por otros está invirtiendo en su capital social, el cual puede proporcionarle beneficios futuros: para conseguir esto la acción debe ser conocida de algún modo (no ocultada) y valorada positivamente (no vale cualquier acción).

La dinámica de la gestión de la reputación es compleja. Los miembros de un grupo intentan influir sobre los demás para obtener beneficios, para conseguir su ayuda, para orientar la acción ajena (individual o colectiva) según sus preferencias e intereses; y lo hacen de forma parcialmente honesta y parcialmente tramposa, engañando si creen que no serán descubiertos, y evitando en lo posible ser engañados o manipulados (hipocresía natural).

Los individuos envían (consciente o inconscientemente) señales a los demás intentando mostrar que son buenos cooperadores para mejorar su reputación o estatus moral en el grupo, enfatizando los sacrificios propios y los beneficios para otros. Pero las señales pueden manipularse y el lenguaje permite la mentira y la distorsión: es posible exagerar las aportaciones propias (o minimizar las de los competidores), o fingir necesidad y presentarse como víctimas.

Además las señales demasiado obvias o directas pueden estar mal vistas, pueden generar tensiones y envidias: cada individuo intenta entonces fomentar su propia reputación sutilmente (quizás de forma indirecta mediante afiliaciones o alianzas con otros que tengan prestigio y que hablen bien de él), dentro de un marco de sentimientos y normas morales que fomentan la humildad y disuaden contra la ostentación para evitar excesivas desigualdades y fricciones dentro del grupo (resentimiento de los fracasados frente a los triunfadores).

Las acciones tienen intenciones y resultados. Un agente puede tener intención de ayudar, pero los resultados de su acción pueden ser nocivos para los receptores (daños inmediatos, generación de dependencias), porque tienen valoraciones diferentes o porque el agente no controla por completo las consecuencias concretas de su acción.

Además de las acciones altruistas, existen conversaciones sobre dichas acciones y sobre el altruismo en abstracto. Los agentes pueden presentar sus acciones como bien intencionadas, desinteresadas; la gente habla del altruismo, lo promueve, lo valora positivamente, asegura que pretende lo mejor para todos: así intentan mejorar su imagen, su estatus moral, con muy poco coste (hablar suele ser mucho más fácil que actuar con éxito); y al promover el altruismo cada uno intenta fomentar que los demás tengan conductas altruistas, de las cuales eventualmente pueden obtener algún beneficio como receptores de los efectos de las mismas.

Las conductas altruistas, inicial o fundamentalmente instintivas, pueden reforzarse mediante herramientas culturales como mitos o ideas religiosas que indican conductas a imitar o evitar y que suelen incluir incentivos y desincentivos para las mismas (premios y castigos, promesas de vida eterna y placentera para los buenos cooperadores, dolor infernal para los egoístas).

Botsuana y el “pensamiento Disney”

Dentro del malestar generalizado en España, que se ha diluido tras las famosas once palabras del Rey consideradas como la primera petición de perdón por su parte, destacaron todos aquellos que se sintieron ofendidos por el hecho de que Juan Carlos I fuera a Botsuana a cazar elefantes. Para muchos no resultaba grave que el Jefe del Estado fuera a disfrutar del safari mientras España pasa por una situación económica crítica. Tampoco mostraron especial enfado por la inicial falta de información sobre cómo se pagó la aventura africana del inquilino de la Zarzuela. Y este no es tema menor. Si hubiera sido con dinero público, malo. Se hubiera tratado de un derroche injustificado, especialmente en época de vacas flacas. Pero no, fue un regalo de un rico empresario sirio-saudí. Aquí queda una pregunta inquietante. ¿A cambio de qué tuvo el millonario árabe ese gesto de generosidad? Cuesta pensar que no buscara nada a cambio, y si había algún interés este no sería ajeno a la capacidad de influencia política del agasajado.

Sin embargo, nada de eso parecía especialmente inquietante o grave a quienes se mostraron indignados por las actividades cinegéticas de Juan Carlos I. Vaya por delante que quien esto escribe no ve ninguna gracia a eso de disparar sobre animales. Al contrario, la caza le parece una afición difícil de comprender y hasta con un toque primitivo. Pero de ahí a que deba convertirse en una cuestión de Estado, va un trecho muy largo.

Da igual que el Rey de España fuera a cazar elefantes o los gamusinos que tantos niños infructuosamente han tratado de cazar en todo tipo de campamentos de verano. De hecho, el viaje sería merecedor de la misma indignación si su actividad central hubiera sido fotografiar la variada fauna africana. Quienes se ofenden por la muerte de elefantes a manos del Rey prefieren obviar el hecho de que esta afición de millonarios de otras partes del mundo (no sólo occidentales) supone en buena medida una importante fuente de ingresos y de carne para la población local. Pero eso también es lo de menos a la hora de valorar que algunos lo consideren digno de condena.

La indignación de los amantes de los elefantes denota la extensión de un modo de pensar equivocado y demasiado extendido en la actualidad: la equiparación entre animales y ser humano. Por mucho que a uno le guste la naturaleza, un paquidermo o un cérvido, por poner dos ejemplos, jamás serán equivalentes a las personas. Se ha extendido un "pensamiento Disney" por el cual muchos ven en cada elefante al padre de Dumbo y en cada ciervo a la madre de Bambi, cuando no a ambas crías. Y, además, como en las películas de dibujos animados, les dotan de unas características propias del ser humano que no pueden tener.

Y no nos equivoquemos: cuando se humaniza a los animales, se termina deshumanizando a las personas. La equiparación no sólo eleva la dignidad del elefante, el ciervo o el perro; reduce la de los seres humanos. Por mucho que gusten los animales y se prefiera verlos vivos, cuando se habla de personas, aquellos deben pasar a un lugar secundario. Así que, tengamos claro que el Rey no mató al padre de Dumbo, y si lo hizo, ahí no está el problema. Los motivos por los que el asunto del viaje es grave son otros. El "pensamiento Disney" tan sólo sirve para desviar la atención de lo realmente importante.

¿Se desmarca Francia de Europa?

Durante los últimos años, la política francesa ha estado dominada por Nicolás Sarkozy. Representante de la derecha, llegó al poder en un momento en el cual Europa (y la UE) estaba más dividida ideológicamente que actualmente. Él ha tenido el protagonismo absoluto mientras el socialismo francés se desangraba por una lucha de egos en la cual nos hemos encontrado desde el enfrentamiento político entre ex parejas sentimentales (Francois Hollande vs. Segolene Royal) hasta el cúmulo de escándalos encadenados por Strauss-Kahn que le han apartado, en última instancia, de la carrera presidencial.

Sarkozy durante su mandato puso fin a determinados "vicios políticos" que habían mostrado sus antecesores, particularmente Mitterrand y Chirac, destacando por encima de todos ellos el antiamericanismo. Asimismo, mantuvo fielmente el vínculo con la Alemania de Ángela Merkel y con respecto a Reino Unido, a pesar de las discrepancias observadas a nivel de la UE, no lo despreció como socio, sino todo lo contrario, cuando las cuestiones de defensa estaban de por medio.

En efecto, en temas de seguridad, Sarkozy se ha alejado del buenismo que caracteriza a la izquierda francesa, tan dada tanto a hablar de multiculturalismo (pero no a definirlo) como a poner a su país como ejemplo de integración entre comunidades de inmigrantes.

En plena campaña electoral, Sarkozy ha sido "políticamente incorrecto" y no ha tenido reparos en comparar a "su Francia" con España en lo que a la economía se refiere. Para ello ha hablado de recortes (palabra que, por otro lado, según a quién, le produce sudores fríos) cuando simplemente implican poner coto al intervencionismo, esto es, al despilfarrado desmedido, algo en lo que España entre 2004-2011 ha sido, desgraciadamente, ejemplo.

Consecuentemente, Sarkozy insiste una y otra vez en la necesidad de sanear la economía, por poco agradable que pueda resultar esta premisa para el votante. Mientras tanto, Hollande opta por un mal entendido nacionalismo y desafía a la UE. ¿No quedamos en que Francia era el motor y corazón de Europa?

Esta crítica hacia nuestro país, despiadada en algunas ocasiones pero real, ha tenido la respuesta vociferadora y sin argumentos por parte de los socialistas de ambos lados de los Pirineos. Por eso, no debemos rechazar (o más bien deberíamos afirmar) que el triunfo de Hollande sea festejado por el PSOE como algo propio, siguiendo así la constante histórica de nuestro socialismo como es su deseo de asimilarse/mimetizarse con el francés.

Parece que en una segunda vuelta, Sarkozy sería el perdedor frente al socialista Hollande, político de perfil bajo que lidera un partido donde los excesivos personalismos parecen silenciados, aunque no es descartable que, ante una hipotética llegada al Elíseo, reaparezcan.

Por tanto, cabe preguntarse si Francia se ha vuelto socialista y reniega de los años de Sarkozy. La respuesta está más bien en otro hecho que no debemos perder de vista: las diferentes izquierdas que se presentan a estas elecciones. Así, aunque Hollande es el único con opciones reales de acceder a la segunda vuelta, los Jean Luc Melenchon o Eva Joly pueden jugar sus cartas a la hora de orientar a sus votantes. A ellos habría que atribuir un porcentaje muy importante de ese triunfo final y, en consecuencia, a las decisiones que el Presidente (Hollande) tomase.

En este punto, el último en sumarse a dar su punto de vista sobre estas elecciones ha sido Rafael Correa. Ha apoyado, vía carta, a Melenchon, y aunque es poco probable que el electorado galo conozca quién es realmente el Presidente ecuatoriano (y mucho menos, la forma en que acostumbra obrar), es un dato significativo de la naturaleza del votante del Frente de la Izquierda.

Por todo ello, prestemos atención a lo que suceda el 6 de mayo. No habrá un ganador individual, sino un proyecto, en el caso de Hollande, compartido por varias familias y éste, haciendo un guiño a todas ellas, ya habla de "una Francia más fuerte que los mercados". Buena frase de marketing pero ¿qué implica?

Día de huelga

29 de marzo. Día de huelga y de lucha de clases. No por anacrónico, al margen de la actualidad. Los sindicatos de clase tan hartos están de que el gobierno quiera "acabar con todo, con los derechos laborales y sociales" que optan por llevarse por delante derechos –de los de verdad, en sentido negativo– de quienes osan cruzarse en su camino.

La reforma laboral aprobada por el Partido Popular el pasado febrero ha sido el detonante del clamor de los sindicatos contra políticos y empresarios. Los términos han ido cambiando algo con el paso de los años. De proletariado se ha pasado a ese otro, más suave, pero igualmente engañoso, como es trabajador. Como si trabajador no fuera un autónomo, un empresario, un capitalista o cualquier otra figura productiva.

Las formas, algo han ido cambiando, aunque más bien poco. El trasfondo es el mismo. Todo este lenguaje, cuya violencia aquellos que lo profieren no hacen demasiado esfuerzo por ocultar, nos retrotrae a Marx y su flamante apuesta contra el capitalismo. Con todo, reconoció del capitalismo que era un paso necesario en el camino hacia el estado ideal que finalmente se alzaría, el comunismo, al cual se llegaría por la vía de la lucha de clases. Con ello, llegaría el fin de la historia. El paraíso en la Tierra.

Así pues, la suya fue una teoría explicativa de la crisis del capitalismo. Sus miles de páginas así lo atestiguan. Son varias las teorías de Marx que se entrelazan para explicar un mismo final, el del capitalismo.

Böhm Barwerk mantuvo una acerada polémica con él a cuento de la teoría de las plusvalías marxista, lo que quedó plasmado, entre otros, en el primer volumen de Capital e Interés, dedicado a la teoría de la explotación (también en otro escrito posterior: "La conclusión del sistema marxiano"). El empresario, según Marx, se apodera de las plusvalías del trabajador. Dicho de otro modo, las ganancias del empresario proceden del esfuerzo, se diría que físico, del trabajador. Rapiña y se apropia de su trabajo al tiempo que le mantiene con un salario de subsistencia. Este discurso no es nada lejano a lo que escuchamos en la actualidad. No nos es ajeno, y menos estos días en que empresarios o banqueros están el punto de mira (y de ira) de los sindicatos.

La respuesta del discípulo de Menger no se hizo esperar. La remuneración de un asalariado está en función de su rentabilidad marginal esperada. Y es esperada en tanto que todo proceso productivo requiere de un período de maduración. El capitalista adelanta las remuneraciones a los integrantes de la empresa con la esperanza de que la rentabilidad del proyecto responda a sus expectativas iniciales. Aplica, pues, un tipo de descuento, que no es otra cosa que su coste de oportunidad o, dicho de manera más sencilla, la tasa de beneficio que espera obtener.

Asimismo, el asalariado se mueve en un mercado. El empresario pagará como máximo la parte que se corresponda con el rendimiento marginal esperado, pero si hay gran abundancia de trabajadores con equivalente especialización, competirán entre ellos con fuerza y los salarios seguramente tiendan a la baja. Al revés, si se han especializado en una actividad con futuro, donde hay pocos profesionales con formación equivalente y hay una importante demanda de éstos, la empresa pujará con mucha intensidad por ese recurso escaso e impulsará las remuneraciones al alza, teniendo como tope el rendimiento marginal que espera obtener con su contratación.

Otro problema en la teoría de Marx y que Böhm Bawerk destapó es la aplicación de una teoría objetiva del valor, que provenía de clásicos como Ricardo, de tal forma que la remuneración de un asalariado deba estar en consonancia con la cantidad de trabajo aportada. Este objetivismo lleva al absurdo de que con tal de echar horas de trabajo físico a una tarea la remuneración debería ser máxima. Pero todos hemos escuchado este tipo de quejas en los bares: "Estos jugadores del Atlético son unos mercenarios que no sienten los colores y cobran millonadas mientras no dan un palo al agua". Cuánto trabaja en horas un futbolista. Sinceramente, creo que no mucho. Hoy día, creo que dedican más tiempo a la peluquería o a ponerse tatuajes. Cuál es el rendimiento real del jugador citado: ya vemos que la misma afición piensa que más bien flojo.

Pero, año tras año, las esperanzas llevan a que el rendimiento económico esperado por el empresario (quién lo es en el Atlético…) sea alto y por eso remunera mucho al jugador. Los mismos aficionados lo reconocen: "en el fondo, somos nosotros quienes propician esto; deberíamos dejar de ver partidos". Pero el fútbol es adictivo. El club está dispuesto a pagar mucho porque son muchos los aficionados del Atleti que pagan entradas o televisiones que pagan derechos de emisión o publicidad… Vemos que es la demanda quien tira de la oferta en la formación de los precios del factor trabajo. No si trabajan mucho o poco: los jugadores de segunda división seguramente dediquen las mismas horas.

En el caso del fútbol, como la cantidad de jugadores de primer nivel es limitada y el servicio que dan al público muy deseado (hay una gran demanda de partidos de fútbol), habrá poca competencia de jugadores de calidad y mucho margen para que el empresario puje por los jugadores pagando salarios crecientes. Son los jugadores quienes, por así decir, tienen la sartén por el mango. Es éste tan sólo un ejemplo, como miles de ellos los hay en el mercado de trabajo. Pero es un ejemplo en que las plusvalías apoderadas por el capitalista o empresario no se vislumbran por ningún lado y en el que la remuneración no atiende a factores objetivos (sino a los subjetivos de amor a unos colores, pagando en consecuencia). ¿Falcao puede considerarse explotado por Cerezo cuando el primero cobra mucho más (y supongo trabajará menos horas) que el segundo? Cualquier teoría debería ser general.

Que fuera algo objetivo la remuneración del trabajo haría mensurable y, por ende, casi diríamos que planificable la economía. Tanto trabajas, tanto vales. No nos extraña vista la ideología de la que parten estas aseveraciones científicas. Es por ello que el mercado se ve con extremo recelo. El mercado es el consumidor (y el productor). Cuando se habla de "soberanía del consumidor", por más que el término sea más o menos feliz (hay discusiones algo bizantinas al respecto), se hace hincapié en un primer elemento que caracteriza al consumidor. Su capacidad de decidir a quién compra, qué adquiere y qué deja de adquirir y por cuánto. El productor está subordinado a él. Repentinamente, el consumidor deja de sernos fiel. Encuentra un proveedor que atiende mejor sus deseos, necesidades, caprichos… y cambia. El productor anterior deja de tener mercado, así, de un día para otro. Algo que ya explicó Mises con sabia ilustración en la Acción Humana.

Paralelamente, se ven afectados los factores productivos insertos en ese proyecto. Si esos factores productivos, trabajadores, locales comerciales, computadores, tienen salida en un mercado vivo, con suficiente demanda, el resultado de la infidelidad de los clientes habrá afectado al empresario principalmente, que deberá liquidar la empresa o reinventarse. Pero los factores tendrán fácil reubicación en nuevos fines empresariales y no habrán caído de valor.

De no tener fácil reubicación, probablemente estemos ante una crisis de ese sector, que ha empleado factores muy específicos ahora difícilmente reconvertibles (por ejemplo una grúa o un futbolista -si el fúbol dejara de gustar…-), o una crisis más honda de la economía. En estos casos, sobre todo, el segundo, el consumidor deja de comprar de manera generalizada, aunque siempre se deshace de unos bienes más que otros (vivienda o coches se demandan menos), siendo además unos bienes sustituidos por otros (Mercadona frente al Corte Inglés).

En resumen, el consumidor es infiel y caprichoso, y no siempre tiene la misma capacidad de compra (como ahora, en esta crisis), lo que pone al sector productivo en situación de alarma. Casi todas las visiones y teorías sobre la realidad tienen sus posos o cuota de verdad.

Es cierto que lo primero, la infidelidad, crea incertidumbre, pero al mismo tiempo un universo de posibilidades inimaginable. Hablamos de la "destrucción creativa" de Schumpeter. Efectivamente, el consumidor infiel lo es porque pasa a aceptar una propuesta de valor alternativa que le satisface mejor una necesidad. Sólo gracias a ello surge una sana competencia por hacerse con el favor del consumidor y miles de mentes de empresarios e investigadores se afanan en crear una gama creciente y variada de bienes y servicios a precios decrecientes. Sólo así podrán encandilar al consumidor.

El segundo elemento, el de la capacidad de compra del consumidor, nos lleva de lleno, dado el sistema financiero de los países occidentales, a los ciclos económicos. No en vano, parte de la volatilidad de las compras de los consumidores se debe al efecto que tienen en los hábitos de compra y endeudamiento los ciclos en su fase alcista. Pero en la fase de auge poco importan a sindicatos o gobierno situación y costes laborales. Todo es jauja, pleno empleo de factores, mucha producción y consumo… El problema viene cuando da la vuelta la tortilla y el consumidor deja de consumir tanto (por falta de ingresos estables, devolución de deuda, etc.) y cambia hábitos por versiones low cost. El gobierno hace la reforma laboral para favorecer la creación de empleo y los otros pían contra empresas y banqueros (y gobierno).

La incomprensión de la izquierda de esta materia de los ciclos es generalizada y a ello dedicaremos, con la excusa también de Marx, un próximo artículo.

Las mentes con aversión a los cambios, a la libertad, a su propia creatividad en no pocos casos acaban abrazando teorías que, por erradas que sean, crean una falsa seguridad al dibujar un mundo estático, predecible, ideal. Un mundo sin sorpresas, por más que muchas de las sorpresas desagradables en la economía procedan de la intervención pública, ésa que iba a ser capaz de mantener todo el engranaje productivo estático y sin sobresaltos. Paradójico, ¿no?

La realidad es más fuerte que la ideología y cuando se pierde en el campo de la argumentación racional se suele acudir al mamporro y la demagogia para intentar prevalecer.

Carlos de Amberes

La Fundación Carlos de Amberes debe ser una de las más veteranas instituciones españolas de este tipo, cuyos orígenes se remontan a la Edad Media. Me gusta recordar esas iniciativas privadas de "protección social" (como decimos ahora), que se llevaron a cabo muchos siglos antes de la intervención del poder público en este área. Y es que no hizo falta que se inventara la Seguridad Social para que bastantes personas, preocupadas por las condiciones materiales de sus conciudadanos, dotasen fondos para cubrir alguna necesidad que les parecía más importante: así surgieron hospitales, asilos de ancianos, escuelas, colegios universitarios, orfanatos o simplemente dinero para dotar a doncellas pobres y que pudieran casarse.

Esto puede sorprender a nuestra sociedad, acostumbrada a que el Estado se ocupe de tales actividades, generalmente con cierta ineficacia (sobre todo, comparada con iniciativas similares de gestión privada) y por supuesto siempre a costa de nuestros impuestos. Pero la historia nos enseña cómo ha sido perfectamente posible un orden espontáneo (con palabras de Hayek) en la cobertura de este tipo de carencias, pues también forma parte de la naturaleza humana esa preocupación generosa por el más débil.

Aquí se insertaría la obra fundacional de Carlos de Amberes, un ciudadano de los Países Bajos españoles, quien cedió en 1594 una serie de inmuebles para que a su muerte sirvieran de albergue y hospedaje a los pobres y peregrinos procedentes de las Diecisiete Provincias Unidas de Flandes que visitaban la Villa y Corte de Madrid.  La creación del Hospital de San Andrés de los Flamencos coincidió con el nacimiento de otras instituciones de caridad privada, como San Luis de los Franceses, San Antonio de los Alemanes o San Fermín de los Navarros. A la muerte de Carlos de Amberes en 1604, el arquero real Miguel de Frêne se encargó de materializar la idea del fundador poniendo el nuevo Hospital, instalado provisionalmente en una de las casas legadas, bajo la advocación de San Andrés, patrón de la nación borgoñona.

En 1621 se encargó al arquitecto Juan Gómez de Mora un nuevo edificio en la calle San Marcos que albergase el Hospital y la iglesia en la que en 1638 se colgó el cuadro "El martirio de San Andrés" que Rubens pintó por encargo de Jan Van Vucht, uno de los benefactores que con sus legados y donaciones contribuyó a que se realizase el fin benéfico que perseguía la Fundación, y que hoy se puede admirar en la sede de la Fundación, en la calle Claudio Coello de Madrid. Aquí se llevan a cabo, desde 1992, una gama muy variada de actividades, que van desde exposiciones de arte hasta conferencias, seminarios, recitales de poesía o conciertos de música.

Les escribo todo esto porque a mediados de marzo visité una bonita muestra en torno al Toisón de Oro, una vieja Orden caballeresca fundada en 1430 por el duque de Borgoña Felipe el Bueno, cuya soberanía pasó a la Casa de Austria española desde el reinado de Carlos I, rey de Castilla y duque de Borgoña y Flandes. Allí se pudieron admirar muchos retratos de monarcas españoles luciendo esta insignia, de la que el Rey Juan Carlos ostenta su jefatura. Había también una selección de ropajes de ceremonia, libros de estatutos y otros objetos ceremoniales.

Y me acordaba de una interesantísima exposición anterior, que se completó con un Seminario Internacional, de la que también quiero hablarles: "Tiempo de Paces" celebrada en 2009 con motivo del centenario de la Tregua de los Doce Años (Amberes, 1609). Creo que el Catálogo de la exposición todavía está disponible, y allí se pueden disfrutar las fotografías de todo el material expuesto con ese motivo, junto a unos estudios introductorios de gran relevancia. No puedo dejar de señalar, por ejemplo, el texto de Bernardo J. García (profesor de la Complutense, y gran impulsor de estas actividades desde la Fundación): "Tiempo de paces", en el que se recuerda la importante influencia de nuestra Escuela de Salamanca sobre Hugo Grocio, quien precisamente publicaba también en 1609 su obrita Mare Liberum. Pues bien, este pionero tratado de derecho internacional recoge toda la doctrina de nuestros escolásticos sobre el ius gentium; lo que incluye el debate sobre la libertad de comercio y circulación en los mares frente a los monopolios o frente a las dinámicas de guerra económica, así como una crítica a las políticas proteccionistas.

Termino con una breve referencia al Seminario Internacional que señalaba: "El arte de la prudencia. La Tregua de los Doce Años", celebrado en Madrid ese invierno de 2009. Tuve la ocasión de presentar un estudio en torno a la influencia de la Escuela de Salamanca en el entorno de los Tratados de 1609, insistiendo en el gran conocimiento que tenía Hugo Grocio de las obras de los autores españoles, y particularmente de la doctrina de nuestros Doctores sobre la libertad de comercio y navegación por el mar. Conocimiento que usaría precisamente para defender la libertad de los mares en favor de los barcos holandeses que navegaban por las Indias al tiempo de la Tregua.

No es una extraña coincidencia que Carlos de Amberes fuera un contemporáneo de los doctores de Salamanca: su pequeña contribución para resolver un problema social es una bonita muestra de que la iniciativa privada suele anticiparse y, casi siempre, afrontarlos con mayor eficacia que el Welfare State. Esto me parece que está en consonancia con la defensa del comercio libre que propugnaba Francisco de Vitoria, las críticas a la manipulación monetaria que escribía Juan de Mariana, o las explicaciones sobre la formación de los precios en un mercado libre que explicaban Tomás de Mercado o Diego de Covarrubias.