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Etiqueta: Pensamiento liberal

El virus francés

 Aunque tuvo escasa vigencia en España, llegamos a exportarla en la primera mitad del siglo XIX. Este lunes se cumplen 200 años de su proclamación, y a los liberales de hoy nos toca pagarle el homenaje correspondiente a aquéllos hombres que quisieron reconstruir la nación, aherrojada por los franceses, apelando a las libertades que pertenecen a la persona y que no se habían reconocido plenamente.

Pero yo creo que debiéramos reconocer que aquéllas cortes, y la Constitución que alumbraron, constituyeron un inmenso error. A aquéllos hombres, que todavía nombran nuestras calles y plazas, no se les puede negar su patriotismo, e incluso su heroísmo. Se negaron a entregarse al invasor y se propusieron aprovechar aquél peligroso trance para que la España que saliese de él fuera mejor que la que habían heredado. Pero su efecto sobre la política española a largo plazo ha sido muy negativo.

Introdujeron la soberanía nacional, una idea engañosa que en el nombre de la voluntad del pueblo le otorga al Estado el poder absoluto para decidir sobre nuestra vida. Soberanía nacional o soberanía del individuo. La segunda no llega más que hasta donde se asiente la primera. Coronada por el prestigio de la democracia, la soberanía nacional es prácticamente ilimitada. Hoy nos parece normal que el Estado decida por nosotros sobre asuntos que nos atañen en exclusiva, como lo que consumimos o la educación que le daremos a nuestros hijos.

Pero hay un cambio más sutil, pero quizás más brutal, que fue introducido por la Constitución de 1812, y es la idea de que un papel escrito por unas personalidades ilustres y en el que se expresan ideas reconocibles por muchos, puede cambiar todo el sistema político. Así, todo es mudable. Nada es fijo. Liberado del peso de la tradición, el sistema político puede encaminarse hacia la reconstrucción plena de la sociedad, sin que nada le detenga. De 1812 a 1931 sólo hay un paso.

Con La Pepa dimos varios pasos adelante, muy importantes, como el reconocimiento de varias libertades, como la de la imprenta o algunas otras de carácter económico. Pero al concederle al Estado la facultad de otorgarnos libertades, también le dimos la facultad de retirárnoslas. Había ya una Constitución española, acervo de usos e instituciones heredados de antiguo. Debía ser modificada, modernizada, reformada, para un mayor reconocimiento de los derechos de los españoles. Pero nos dejamos inocular el virus francés de la soberanía nacional y de la voluntad general, con el corolario de que nuestros derechos no tienen más consistencia que la plastilina en las manos de los políticos.

Mariano “Coolidge” Rajoy

En una ocasión, una mujer se dirigió al presidente de los Estados Unidos, Calvin Coolidge, y le dijo que se había apostado con su marido que ella sería capaz de arrancarle más de dos palabras. “Usted pierde”, fue lo que obtuvo por respuesta. Esta anécdota caracteriza al 30 presidente de aquel país. En primer lugar, muestra a las claras por qué le llamaban Cal “el silencioso”. En segundo lugar, muestra que su proverbial economía léxica no era por falta de ingenio.

Hay también otra anécdota que define al personaje. Ocurrió aquel 2 de agosto de 1923. Había muerto el presidente de los Estados Unidos, Warren Harding, y el telegrafista de Bridgewater, al conocer la noticia, se puso rumbo a Plymouth Notch, donde sabía que estaba el vicepresidente. Los Coolidge no tenían ni electricidad ni teléfono y Cal estaba pasando las vacaciones con su padre. Sonó la puerta y John C. Coolidge la abrió. Supo por la improvisada comitiva que su hijo ocuparía el lugar de Harding. Subió las escaleras y dijo: “Cal, eres el presidente de los Estados Unidos”. Bajaron los dos y a las 2:47 Calvin juró su cargo frente a su padre, justicia del lugar, los testigos que habían llegado con la noticia y con la biblia de su madre en la mano. Un cuarto de hora más tarde, volvía a estar en la cama.

Esta era la personalidad de Coolidge. Ahora bien, no parece demasiado alejada de la de Mariano Rajoy. Tiene ingenio, aunque lo maneja con cuentagotas. Es elocuente cuando habla, pero casi más cuando calla, y lo hace a menudo. Coolidge también, y lo hacía con dos claves. Una de ellas es que no hablaba de lo que no le concernía como presidente, con lo que demostraba su respeto por las instituciones. La otra se contiene en este consejo a su sucesor, Hervert Hoover: “si ves diez problemas en el camino, puedes estar seguro de que nueve acabarán en la cuneta antes de que te alcancen, así que sólo tendrás que lidiar con uno”. La autoridad debe intervenir sólo en última instancia; prefiere que la sociedad resuelva sus propios conflictos, y confía que, en la mayoría de los casos, será así. Decía a menudo, cuando alguien se le acercaba con la lista habitual de quejas y exigencias, “yo soy sólo el presidente”. En Mariano Rajoy no se adivina en sus silencios más que pura estrategia política, no una profunda reflexión sobre el funcionamiento de la sociedad y el papel de la política, como en el caso de Coolidge.

Hay otra diferencia entre los dos mandatarios. Coolidge heredó un impuesto sobre la renta con tasas máximas del 50 por ciento, y logró que el Congreso aprobase una reforma que lo rebajaba al 20 por ciento. “La colecta de cualquier impuesto que no sea absolutamente necesario es sólo una especie de latrocinio legalizado”, dijo en una ocasión Coolidge, para quien “Quiero que la gente de América pueda trabajar menos para el Gobierno y más para sí misma. Quiero que obtenga las recompensas derivadas de su propia industria. Este es el principal significado de la libertad”. Rajoy, desde luego, no puede verse reflejado en este aspecto de la política de Coolidge.

Pero sí en otro no poco importante. “A veces el mejor balance que uno puede presentar no es aprobar leyes, reglamentos y decretos, y no es así, en ocasiones el mejor balance puede ser derogar leyes y decretos y reglamentos”. Efectivamente, como el caso de la basura espacial, hay una basura legislativa que nunca se recoge, y cuya limpieza es esencial para la seguridad jurídica y para la calidad del Estado de Derecho. Coolidge compartía la misma idea, e incluso llegó a decir que “es más importante matar las malas leyes que aprobar las buenas”. Un buen criterio para juzgar a un político.

La relación entre la escasez y el valor de los bienes económicos

Hemos señalado anteriormente que un bien es escaso cuando no podemos disponer de una cantidad necesaria de aquello que consideramos útil. Se trata de un bien que es importante para nosotros. Por tanto, los bienes son escasos en relación con nuestras necesidades. Existe una desproporción entre lo que podemos disponer y nuestras necesidades. El valor de un bien surge de tomar conciencia de la significación que tendría para nuestra vida y bienestar el poder disponer de una determinada cantidad de ese bien. La escasez es el origen del valor.

Sin el ser humano no tiene sentido hablar de medios escasos. Podemos decir que los recursos son escasos no desde que el mundo es mundo como se suele decir, sino desde que el hombre es hombre. Es éste el que determina el valor de los distintos bienes. El valor de un bien (utilidad) es la apreciación subjetiva más o menos intensa que el actor da al medio que piensa que servirá para satisfacer un fin. Conforme el fin tenga más importancia, el valor del medio será más alto.

En este sentido, la importancia de un determinado bien no depende de su supuesto valor intrínseco. Sino que depende, en última instancia, de nuestras necesidades, que son culturales y subjetivas. El valor no es algo intrínseco, no está en las cosas. Es la propia conducta humana, exclusivamente, la que crea el valor. Como señaló Mises, "somos nosotros quienes lo llevamos dentro; depende, en cada caso, de cómo reaccione el sujeto ante específicas circunstancias externas." Lo único objetivo es que las cosas están ahí y en unas cantidades concretas, pero su valor está determinado por los juicios que los hombres se hacen sobre lo que esos bienes mejorarían su vida y su bienestar.

Un mismo vaso de agua, por ejemplo, no tendrá siempre el mismo valor aun siendo intrínsecamente el mismo vaso de agua. Su valor será diferente en un restaurante que en medio del desierto. En el primer caso su valor será bajo mientras que en el segundo escenario será infinitamente alto. La objetivación de los bienes no sólo no sabe explicar esta diferencia de valor, sino que además ha creado una enorme confusión en torno a los fundamentos de la ciencia económica.

Otro ejemplo curioso es el petróleo. El petróleo siempre ha tenido las mismas características y siempre ha estado ahí. Sin embargo, en el siglo XIX se le denominaba "la maldición de Texas" porque cuando subía a la superficie, se inundaban los campos de un líquido viscoso negro maloliente que hacía que el ganado no pudiese pastar. También el hierro, el cobre, el carbón, el uranio y muchos otros recursos naturales han estado presentes y han formado parte del planeta desde su inicio, y sin embargo sólo se les ha dado valor desde el momento en que el ser humano ha empezado a utilizarlos y a servirse de ellos.

El lugar que un bien ocupa en nuestra escala de valores tampoco depende de su cantidad concreta o rareza objetiva. Hay muchas cosas en la naturaleza que están en cantidades pequeñas pero que no les damos ningún valor ni las tenemos en cuenta al actuar. El ejemplo que puso Robbins fue el de los huevos podridos, que son raros pero no se pueden considerar escasos porque no tienen ningún valor (positivo) para el ser humano. La cantidad objetiva sólo será relevante en cuanto a la escasez cuando el bien en cuestión sea (culturalmente) demandado.

Gobernanza

Tengo que reconocer que no me gusta demasiado esta palabra, aunque últimamente se ha puesto de moda. Su éxito, al parecer, surgió con Gorbachov y el final de la Unión Soviética: en algún momento se refería a la necesidad de "crear un conjunto de reglas para organizar las sociedades humanas a escala planetaria". Después, decenas de sociólogos y politólogos aprovecharon ese término para hablar sobre cualquier cosa, principalmente de mecanismos de gobierno mundial. Así creo que lo han empleado algunos dirigentes como Obama o Zapatero… Sin embargo, el Diccionario de la Lengua Española nos ofrece una acepción que no está del todo mal: "arte o manera de gobernar que se propone como objetivo el logro de un desarrollo económico, social e institucional duradero, promoviendo un sano equilibrio entre el Estado, la sociedad civil y el mercado de la economía". Aquí no se habla de instituciones, sino de un arte de gobernar que, por su respeto hacia el individuo y el mercado, incluso podríamos admitir desde una óptica liberal…

Más recientemente ha vuelto a surgir esa idea en torno a algunos documentos de la Santa Sede. Ya apareció en la encíclica Caritas in veritate (2009) de Benedicto XVI (quien, a su vez, citaba un texto de Juan XXIII: Pacem in terris); y hace apenas cuatro meses se recogía también en un documento del Pontificio Consejo Justicia y Paz sobre "La reforma del sistema financiero y monetario internacional" (que, por cierto, ha suscitado un interesante debate; aunque no voy a tratar de ello ahora).

Resulta casi divertido leer algunos titulares de prensa al tiempo de la Encíclica: "El Vaticano: un gobierno mundial para salvarnos del liberalismo" (sic). Y es que ciertos progres laicistas no tuvieron problema en defender por una vez al Papa desde su interpretación, claro, de este Documento: una denuncia contra el canibalismo político internacional (por supuesto, del mundo capitalista). En otro sentido, las referencias a una "autoridad mundial" han despertado cierto recelo entre los defensores de la libertad. Veamos qué puedo escribirles al respecto, teniendo en cuenta que es un asunto que no se despacha en los poquitos párrafos que permiten estos Comentarios.

Parece que Ratzinger, en la Encíclica, de ninguna manera invoca una "autoridad pública con competencia universal" en la política o en la economía (lo que sería una especie de gran Leviatán…). En Caritas in Veritate  el Papa habla más propiamente de "gobernanza" (es decir, de reglamentación, en latín moderamen) de la globalización, a través de instituciones subsidiarias y estratificadas. Esto no tiene nada que ver con un gobierno centralizado del mundo: Benedicto XVI explica bastante bien ese respeto hacia la acción individual frente a cualquier intervencionismo del Estado: "La subsidiaridad, al reconocer que la reciprocidad forma parte de la constitución íntima del ser humano, es el antídoto más eficaz contra cualquier forma de asistencialismo paternalista. Ella puede dar razón tanto de la múltiple articulación de los niveles y, por ello, de la pluralidad de los sujetos, como de su coordinación. Por tanto, es un principio particularmente adecuado para gobernar la globalización y orientarla hacia un verdadero desarrollo humano. Para no abrir la puerta a un peligroso poder universal de tipo monocrático, el gobierno de la globalización debe ser de tipo subsidiario, articulado en múltiples niveles y planos diversos, que colaboren recíprocamente" (CV, 57).

Es importante ese cuidado en el empleo de los términos, como se puso de manifiesto en un reciente Seminario del Capítulo Económico de AEDOS (Asociación para el estudio de la Doctrina Social de la Iglesia) sobre la referida Encíclica. Allí pude escuchar algunas precisiones del Dr. Andrés-Gallego en torno al concepto latino (y alemán) de auctoritas, distinto del de potestas, y que resultan a veces difíciles de distinguir en castellano. Sin embargo, es imprescindible su correcta utilización para interpretar cabalmente el documento. El profesor Rubio de Urquía señalaba además tres dimensiones muy pertinentes a la hora de leer un texto del magisterio como Caritas in veritate: aquí es preciso comprender qué sea un documento de la Doctrina Social de la Iglesia y cuál es su relación con otras ciencias humanas; después, hay que delimitar esos conceptos de poder, gobierno, estado o gobernanza; y finalmente, debemos abordar la racionalidad económica desde unas perspectivas más complejas (para los que nos movemos en otros paradigmas) de la gratuidad y del don.

Termino recordando la intervención del académico Dalmacio Negro, quien señalaba con cierta ironía que la Iglesia no entiende bien el concepto de Estado. Claro, porque en la tradición política europea, el estado nunca se identificaba con la "civitas" o la "res publica". Es fruto de la Modernidad esa confusión entre lo personal y lo colectivo, resultado de una filosofía individualista. La soberanía popular es un derecho natural que tiene el hombre, unido a esa característica tan profunda como es la sociabilidad (el "zoon politikon" de Aristóteles), y no el premio de un pacto político que luego hemos llamado democracia.

Dalmacio Negro también se refirió a una propuesta que aparece en la Encíclica a propósito de la subsidiaridad; y que, sensu contrario, nos permitiría aventurar una interpretación atrevida de ese término (casi cercana al anarcocapitalismo): dejar que sean los individuos quienes decidan el destino de sus impuestos, explorando mecanismos de cooperación entre los hombres: "Una posibilidad de ayuda para el desarrollo podría venir de la aplicación eficaz de la llamada subsidiaridad fiscal, que permitiría a los ciudadanos decidir sobre el destino de los porcentajes de los impuestos que pagan al Estado. Esto puede ayudar, evitando degeneraciones particularistas, a fomentar formas de solidaridad social desde la base, con obvios beneficios también desde el punto de vista de la solidaridad para el desarrollo" (CV, 60).

Rajoy suspende con un tres

Y es que, el PP ya ha presentado los tres proyectos clave con los que pretende combatir la crisis económica y, de paso, convencer a los inversores de la solvencia y solidez de España: la reforma presupuestaria, la financiera y la laboral.

¿Resultado? Rajoy suspende con un tres. Es decir, por ahora, insuficiente.

En lo que respecta a la primera asignatura, el presidente no pudo empezar del peor modo. En lugar de recortar de forma drástica el gasto público, optó por aplicar la mayor subida de impuestos directos de la democracia, situando así a España como uno de los países con mayor fiscalidad de toda la Unión Europea. Esta medida no sólo no logrará paliar el agujero del déficit público sino que, además, restará capacidad de ahorro e inversión a un economía que languidece bajo una montaña de deuda (pública y privada), cuyo peso ya es difícilmente soportable.

Por si fuera poco, el tan cacareado pacto de estabilidad presupuestaria, esculpido a imagen y semejanza del techo de déficit introducido en la Constitución el pasado verano, sigue siendo un mero gesto a la galería, ya que, en última instancia, el control del déficit seguirá dependiendo, pura y simplemente, de la voluntad política del gobierno de turno. Y en este ámbito, ya sabemos cómo se las gastan nuestros políticos. De hecho, al tiempo que el Gobierno se congratulaba por este supuesto -e irreal- ejercicio de austeridad pública, otorgaba luz verde al rescate indiscriminado de comunidades autónomas y ayuntamientos insolventes, y retrasaba a diez años vista la devolución del dinero que esas mismas regiones adeudan al Estado como resultado de los ingresos extra recibidos erróneamente en los últimos ejercicios. En definitiva, un cero -de tres puntos posibles-. La evaluación en materia fiscal no puede ser peor. Rajoy ha abandonado, nada más empezar, la consecución del objetivo de reducción del déficit al 4,4% del PIB en 2012, hasta el punto de exigir a Bruselas una moratoria en su cumplimiento, tal y como proponía Rubalcaba en plena campaña electoral.

En cuanto a la reforma financiera, nada nuevo bajo el sol. El Gobierno popular sigue la misma senda emprendida por Zapatero. Esto es, exigir más provisiones a la banca, pero sólo en función de su capacidad para generar beneficios (provisiones contra resultados) o absorber pérdidas (contra capital); inyectar más dinero vía deuda pública (FROB) para sostener a las entidades inviables; e impulsar más fusiones. La estrategia sigue siendo, pues, la misma: tratar de sanear el sector poco a poco, a la espera de que la ansiada recuperación económica llegue cuanto antes. El problema es que, de este modo, se prolonga la agonía de la sequía crediticia mediante el mantenimiento de entidades e inmobiliarias zombie. A ello cabe sumar, además, los cambios normativos introducidos para dificultar la extinción de las cajas de ahorro. Por el momento, ni opta por liquidar entidades insolventes ni se atreve a destituir a los gestores irresponsables de las intervenidas -tan sólo les recorta el sueldo, eso sí, pero les mantiene en sus puestos-. Como mucho, una nota de un punto -de tres posibles-.

La reforma laboral es la única que se salva de las tres señaladas. En este caso, el Gobierno sí ha aplicado cambios positivos de relieve, permitiendo una mayor flexibilidad del mercado de trabajo. No en vano, la nueva norma facilita el descuelgue de los convenios colectivos a las empresas en dificultades, abarata el despido y avanza recortes en el personal laboral de las administraciones públicas. Aún así, debería haber ido mucho más allá, y al no hacerlo la reforma corre el riesgo de quedarse a medias. Pese a todo, aprueba e, incluso, logra nota -dos puntos de tres posibles-, siempre y cuando su contenido no se suavice lo más mínimo durante la tramitación parlamentaria.

En definitiva, a grosso modo, apenas tres puntos de diez posibles. Suspenso a la espera de recuperación en junio. Preocupante, teniendo en cuenta que de la aprobación o no del examen por parte de Rajoy dependerá, en gran medida, la permanencia o no de España en el euro.

El partido sigue

Mariano Rajoy, al fin, está legitimado para ello. Jamás un partido acopió tanto poder. El Gobierno central, con las dos Cámaras. Todos los gobiernos autonómicos, con muy pocas excepciones: Canarias, pese a haber ganado las elecciones, y Cataluña y el País Vasco, aunque estos dos últimos gobiernos necesitan de sus votos. Andalucía es una fruta, podrida, eso sí, a punto de caer. Ni el PSOE de mediados de los 80 tuvo tanto poder municipal. Su rival puede quedarse como máxima responsabilidad administrativa la alcaldía de Zaragoza. 

Pero, en boca de Mariano Rajoy, esas palabras no son una medalla para alardear de sus triunfos, sino una advertencia. Sólo necesita recordar la impepinable ley gravitatoria: todo lo que sube, tiene que bajar. Pero en esta noria hay un eje que permanece: "En los gobiernos se está y se deja de estar; las alcaldías se ganan y se pierden, pero el partido sigue, el partido permanece. El partido es lo estable". En el apogeo del poder, el partido ha sido el protagonista del XVII congreso del PP. Bien está.

Sólo que, aparte de la pretensión de vaciar al humanismo quitándole el apelativo "cristiano", no ha habido ninguna discusión relevante, al menos, sobre lo que sea el Partido Popular. Si el poder fluye pero el partido permanece, lo primero que habrá que resolver qué es lo que permanece; qué es lo que define al PP y lo que le hará reconocible más allá de la noria de los ciclos políticos. ¿Es el partido de los bajos impuestos? Bien, no he dicho nada, pero ¿es el partido de la libertad? ¿Es el partido de la unidad y la continuidad histórica de España? ¿Es el partido que busca mejorar la sociedad española sin cambiarla de arriba abajo? ¿Desparasitará al Estado? ¿Librará a las instituciones de la mano de los políticos? 

No me respondan con el rosario de naderías y vaguedades calculadas de las distintas ponencias. Porque ni dan respuesta a estas preguntas ni pretenden hacerlo ni se las creen sus propios redactores. Quizás un Congreso esté más encaminado al reparto del poder que a la definición del ideario. ¿Cómo criticarlo? Pero este PP, que tanto poder tiene, sigue sonado y contra las cuerdas en el combate ideológico. Si abraza a su adversario es sólo por no recibir más golpes y por no caerse. Y eso no va a cambiar si el propio partido no se lanza a plantear los debates más importantes, en la confianza de que los va a ganar. De otro modo, y contradiciendo lo que dice Mariano Rajoy, lo único que definirá al Partido Popular es la alternancia en el poder.

La libertad. La voluntad.

Experimentar como libres nuestros actos y voluntades es parte sustancial de nuestra autopercepción. Nos consideramos generadores de nuestas acciones; tenemos la sensación de encontrarnos siempre ante un futuro abierto; nos consideramos seres responsables de los actos que realizamos porque somos libres. Son conceptos tan ligados a nuestra individualidad (a la percepción que tenemos de nosotros mismos) que pensar que podrían ser falsos, constatar que apenas estaríamos ante una ilusión filosófica nos consterna profundamente.

Las cuestiones son: ¿qué es la libertad?, ¿cómo la definimos?, ¿dónde se sitúa?, ¿soy libre en la misma medida que existo?, ¿es mi condición de libre parte indisoluble del aglomerado de procesos químicos y psíquicos que conforman mi ser? ¿O se trata realmente de una categoría de pensamiento, una mera herramienta para explicar la diversidad de reacciones ante el medio de que hacemos gala los humanos?

Gerhard Roth y Wolf Singer (entre otros) son los responsables de que, en los últimos años, desde amplios sectores del mundo científico, se extienda la idea de la no existencia del libre albedrío. Roth se basa en el experimento de Libet. Éste llevó a cabo en 1983 un trabajo experimental en busca de la demostración empírica del momento exacto en el que se produce una decisión libre. Era sencillo: en un período de tres segundos los participantes deberían hacer un pequeño movimiento (mover un dedo o una mano) e intentar tomar consciencia del momento en que se decidían a realizar el gesto. Al mismo tiempo se medía la actividad neuronal de los participantes. El resultado fue sorprendente: la toma de decisión era siempre posterior al comienzo del llamado "readiness potential" (proceso neuronal previo a la ejecución de un movimiento). La conclusión, más sorprendente aún: "el acto voluntario tiene lugar después de que el cerebro haya decidido qué movimiento va a realizar".

La consecuencia última de esta manera de entender la "voluntad humana" es que cualquier forma de influencia en nuestro comportamiento (agentes sociales, los otros, el poder, lo que nos agrada y desagrada, la propia historia, lo aprendido…) se convierte en factor que genera una determinada predisposición para todos nuestros actos, eliminando así toda posibilidad de acto libre. La discusión sobre la esencia de la libertad con otros en un momento pasado inició determinados procesos cognitivos en mi cerebro que me llevaron, finalmente, a escribir este artículo. No decidí yo hacerlo, mi cerebro ya lo había decidido antes.

Evidentemente, muchas de nuestras acciones tienen lugar como respuesta a las acciones de otros, o a cambios en nuestro medio, sean estos cualesfuere. Pero ¿es realmente nuestro tejido neuronal, por medio de los procesos de aprendizaje, quien toma mis decisiones? Cuando me digo libre, ¿apenas me estoy refiriendo a que tomo consciencia de algo que iba a ocurrir de cualquier manera? ¿Necesita un acto libre siempre un motivo? ¿Sólo son libres los actos espontáneos, sin motivo?

"No es la ausencia de motivo, sino su carácter, lo que define un acto libre", dice Ernst Cassirer en Myth of the State (1946).

Si la existencia de cadenas de aprendizaje o de cadenas "causa-acción-reacción-efecto" supone la negación de la existencia de la libertad, sólo un acto nacido desde ningún contexto podría ser libre. Ocurre que los actos espontáneos también son realizados por personas con una biografía y cuya personalidad y carácter y repertorio de costumbres se han ido formando a través de cadenas de aprendizaje. El acto espontáneo surge también, pues, desde un contexto determinado. De no ser así, no sería el acto de una persona, sería un fenómeno natural: algo que le ocurre a la persona, pero que no es realizado por ella. La libertad, bajo estas premisas, no existiría. O bien es un acto predeterminado del que se toma consciencia, o bien no es un acto humano. ¿Cómo salir del dilema?

Liberándonos de la confusión entre proceso y representación. Efectivamente, notamos -de alguna manera percibimos- que estamos pensando, pero nos es imposible aprehender en su totalidad el proceso inmanente del desarrollo de una idea, un pensamiento. No somos conscientes del hecho de pensar o percibir, somos conscientes de lo pensado, de lo percibido. La sucesión de actos voluntarios que conforman una realidad distinta de la pensada o percibida es el acto libre. También lo es si nos decidimos por lo pensado o lo percibido. No se circunscribe la libertad, pues, a un solo acontecimiento, un solo gesto, una sola acción. Se trata del encadenamiento de acciones y reacciones que decidimos terminen siendo reales, independientemente de nuestra biografía, nuestra función neuronal o las circunstancias socioambientales. No es el proceso de pensar lo que nos lleva al acto, es la decisión que tomamos sobre lo pensado.

Degradar la libertad a la categoría de herramienta ideológica, de entelequia que nos ayuda a posicionarnos socialmente frente al poder, la injusticia o cualquier otro concepto elude su característica más elemental: el acto libre es también posible en ausencia de contexto, por cuanto que sustancia la voluntad espontánea de quien lo realiza. Y ello no necesariamente desde una valoración positiva (en sentido de afirmación) de lo pensado o percibido. La libertad sustancia la capacidad de ejercer control sobre la voluntad.

De niños aprendemos palabras como libertad o responsabilidad y las usamos como si tal cosa hasta que un día tropezamos con alguien que nos pregunta de qué estamos hablando. Es el momento en el que debemos situar en el mapa de la lógica los conceptos aprendidos y con los que tan alegremente jugábamos. Sólo entonces nos damos cuenta de que no necesitamos una nueva idea del hombre, o de su libertad. El libre albedrío sobre el que tantos filósofos han escrito y escribirán ríos de tinta no es una sucesión de palabras. La libertad no es un mote del egoísmo, ni una entelequia formulada con letras. Nuestros actos son más libres cuanto mejor expresen lo que somos, en nuestra totalidad. Y visto así, he de reconocer que serían escasos. Somos más libres cuanto mejor podamos desarrollar nuestra existencia dando carta de realidad a nuestras potencialidades. La libertad es el ámbito de la persona en el que se puede hacer posible que el yo sea yo y no el tú.

La moral compuesta de la sociedad extensa

Los distintos ámbitos de alteridad deben estudiarse en función de su amplitud, pero siempre de manera inclusiva, ya que el más sencillo de todos ellos adquiere su propia consistencia en virtud de los ámbitos que le superan en complejidad.

Supongamos que la familia, o las relaciones emocionales, morales, económicas y políticas que establecemos con nuestros padres, hermanos y otros parientes, representan el marco social básico y de referencia. ¿Qué tipo de reglas morales imperan en este ámbito? ¿Qué principios y valores hacen posible su perdurabilidad y la apariencia de "armonía" de intereses? Parece obvio que el altruismo, el común interés, la obediencia, el respeto reverencial, la entrega emocional, la redistribución de la renta y el carácter comunitario de bienes y servicios definen a la familia. Estos valores y principios son más próximos al instinto que a la razón. Precisamente en esa gradación se ubican el resto de reglas que hacen posible la integración del individuo dentro de ámbitos de interacción cada vez más amplios.

En cuanto a las relaciones de amistad, en función de su intensidad, desdibujan progresivamente el tipo de vínculo familiar. Aunque permanezca casi intacto el carácter atávico y primordial, a medida que el trato se encuadra con mayor intensidad en parámetros sociales que son menos emocionales, la amistad permite que los individuos no supediten directamente sus preferencias y objetivos particulares.

A medida que la amistad queda diluida en otro tipo de interacciones, como las que se tiene con socios, compañeros de trabajo, proveedores habituales, etcétera, el individuo abandona casi por completo los sentimientos primarios que hacían posible su pertenencia ordenada, pacífica y satisfactoria a una familia, para acabar en una moral social capaz de resolver satisfactoriamente la interacción con desconocidos.

La moral que define y posibilita la sociedad extensa tiende a distanciarse del sentimiento atávico, lo que no implica que pueda racionalizarse por completo hasta el punto de permitir el diseño inteligente de las reglas que la constituyen.

El fundamento ético del orden social es coincidente con el que impera en las relaciones íntimas, si bien la moral que lo envuelve diluye por completo los valores y principios colectivistas que sí dominan en dichas relaciones. Precisamente es ese núcleo ético fundamental lo que vertebra y hace posible la integración moral a distintos niveles de proximidad/amplitud y afecto, sin que el ámbito más complejo e individualista pierda los rasgos que posibilitan la convivencia pacífica y ordenada entre desconocidos.

Los conflictos generan soluciones, y son la fuente de las reglas que hacen eficiente y previsible la interacción. El carácter íntimo y cercano en el ámbito familiar permite que las expectativas cuenten con un punto de complicidad o certidumbre que resulta imposible cuando el vínculo emocional queda absolutamente diluido. El mutuo reconocimiento, sin embargo, es una constante en toda alteridad ordenada y pacífica. El individuo define su verdadero ámbito de autonomía en las relaciones que alcanza fuera del seno familiar, y es ahí donde pone en práctica sus habilidades e incentiva su función empresarial, donde explora posibilidades y agudiza más el ingenio. Será en este estadio social cuando reglas y principios adquieran la irresistibilidad de la rectitud.

El Derecho aparece como aquel conjunto de reglas generales y abstractas orientadas a la resolución de los conflictos de interés que afectan a la integridad, la dignidad, la propiedad o el cumplimiento de los contratos voluntarios. La irresistibilidad se extiende abarcando parcelas adyacentes, incluso absorbiendo algunas reglas estrictamente morales. El Derecho se convierte en un instrumento de ordenación, y los límites entre la moral y lo jurídico señalan el punto de flexibilidad y adaptabilidad de cierto orden social respecto del continuo cambio que impulsa la expansión de conocimiento e información que es propia de la sociedad extensa.

Las reglas morales que permiten la interacción social fuera del núcleo íntimo de la tribu son necesariamente distintas a las que resultan aplicables en el entorno familiar o de mayor proximidad emocional. La sociedad extensa se vertebra en torno a unos principios fundamentales que son comunes a todos los niveles de alteridad. A medida que el individuo se aleja del seno familiar, aumenta la complejidad de estas normas así como el carácter individualista de las mismas. Cada vínculo e interacción tenderá a definir la respuesta más eficiente entre los intereses y expectativas en juego. La articulación competitiva y evolutiva de estas reglas contribuye al proceso de institucionalización. Pese a ello, ni siquiera la apariencia expresa de dichas reglas, por muy lógica y coherente que resulte, permite su completa sustitución por un ordenamiento racional.

De todo lo explicado se derivan varias conclusiones. La moral colectivista del núcleo más íntimo, tribal o familiar no sirve para ordenar la interacción social entre desconocidos. Existen unos principios éticos individualistas que rigen con distinta intensidad todos los niveles de alteridad, desde el ámbito más íntimo a las relaciones sociales más dispersas. Supone un gravísimo error intelectual elevar los rasgos colectivistas de la moral tribal hasta afirmar una ética que contradice la mera posibilidad de una interacción pacífica y provechosa a un nivel mucho más amplio de alteridad. La moral individualista posibilita la extensión social. Al mismo tiempo, en los ámbitos más íntimos de interacción, pervive la moral colectivista, que coincide con la moral individualista en un núcleo ético común que hace posible la sociedad abierta.

Olor a yerba seca

Aprovechando las fiestas de Navidad voy a escribirles sobre
algo menos académico de lo habitual…
Así que en vez de hablar sobre doctores escolásticos o similar, quería
comentarles un libro que acabo de leer con el título de esta columna. Olor a yerba seca es la primera parte de
unas Memorias que ha publicado
recientemente Alejandro Llano (1943), filósofo, profesor y antiguo rector de la
Universidad de Navarra. Siempre me ha llamado la atención este género
autobiográfico, en el que el autor y el protagonista del relato coinciden en la
misma persona. También me resulta en ocasiones un tanto embarazoso conocer
algunas intimidades familiares, profesionales o espirituales del escritor.
Claro que ésa ha sido una opción libremente elegida, y entiendo que nos va a
contar lo que él quiere que se sepa.

En este caso, los capítulos discurren por la infancia
asturiana, los años colegiales en el Pilar de Castelló (Madrid), sus estudios
universitarios en la capital y Valencia, y un más amplio derrotero profesional
como profesor de filosofía y gestor académico en Pamplona, incluyendo sus
viajes por Europa (sobre todo, Alemania) y Estados Unidos. Al hilo de sus
recuerdos y anécdotas, algunas muy buenas, el autor va dejando engarzadas un buen
montón de opiniones, consideraciones y tomas de posición por lo general
bastante alejadas de lo políticamente
correcto
. De manera que me ha parecido oportuno incluir estas líneas (que
no pretenden ser una crítica literaria) en el marco de la web de nuestro
Instituto, comprometido con la defensa de una sociedad libre. Estimo que
algunos episodios biográficos pueden hablarnos de libertad; o bien precavernos
de lo que no lo es: ya lo veremos encarnado en algunos ejemplos reales.

Como historiador, me gusta el recorrido que hace por esa
España del tardofranquismo y el comienzo de la democracia. El autor se sitúa,
con bastante rotundidad, opuesto a un régimen autoritario a la sombra del cual,
sin embargo, crecieron familias y personas que luego se diría que surgieron de
un inexistente pasado libertario.
Dado que aparecen con nombres y apellidos, no puedo dejar de recordar esos
casos más famosos de Juan Luis Cebrián, cuyo padre fue director de la Prensa
del Movimiento y él mismo participó con entusiasmo en actividades calificadas
por el autor como "rancias y clericales" (p. 199); o Rodolfo Martín Villa, que
comenzaría su carrera política como jefe del Distrito de Madrid del SEU,
pasando después por el Movimiento Nacional, Alianza Popular, UCD y el PP hasta
llegar en este momento del relato a ser "una de las piezas claves del aparato
mediático de El País, cuya ideología
es bien conocida" (p. 203).

Con esta incompleta referencia a las páginas del libro citado,
no pretendo, ni creo que tampoco lo haga su autor, enjuiciar a esas personas.
Pero me sirve para escribir dos conclusiones que considero útiles para
cualquiera de nosotros: que cada uno tiene su pasado, que no se puede
tergiversar (pero sí corregir); es muy sano –llegado el momento– reconocer que
has estado equivocado, y razonar tu cambio de posicionamiento. Lo segundo es que desconfío de muchos
presuntos defensores de la libertad que abiertamente juegan a mofarse de los
que no piensan como ellos; lo que sin duda es el oculto poso intelectual de un
autoritarismo intransigente no suficientemente curado.

Más peligroso resulta el juego dialéctico de muchos
revolucionarios de izquierdas; el Rector Llano, en su juventud universitaria de
oposición al franquismo, tuvo una experiencia muy directa de la estrategia de
algunos comunistas y socialistas. Al quejarse en una ocasión por acusarle
falseando la verdad, recibió esta respuesta: "Mira, Alejandro, eso de la verdad
es un concepto formalista y burgués. Yo, francamente, pienso que es verdad lo
que ayuda al triunfo de la revolución, mientras que es falso lo que lo
dificulta" (p. 265). Tampoco va mal que recordemos que esta estrategia sigue
utilizándose con impunidad por muchos políticos, ahora ya dentro de un sistema
democrático.

Hay un aspecto que no comparto del todo, o no he entendido
bien, y que me resulta difícil de resumir en estas pocas líneas. Pero como se
acerca más a los contenidos económicos sobre los que reflexiona nuestro
Instituto, voy a lanzarme a plantearlo aquí. Y es que en alguna ocasión el
autor se sitúa cercano a posiciones socialdemócratas;
lo que requiere primero ciertas aclaraciones: hablamos, por ejemplo, del
movimiento antifranquista denominado Causa Ciudadana (disimulado entonces a
través de una sociedad anónima). Explica que su orientación era socialdemócrata,
pero "sin ninguna de las connotaciones propias del socialismo clásico" (p.
361). Seguramente comparto sus presupuestos de promocionar la sociedad civil;
pero entiendo menos una crítica hacia el "neoliberalismo" encarnado en los años
ochenta por Margaret Thatcher (p. 435). La experiencia nos va confirmando que
una verdadera defensa de la sociedad civil pasa por dar más libertad al
individuo, también en sus actividades económicas; porque el enemigo común a
debilitar es un Estado del Bienestar omnipresente, muy bien descrito en su
crisis por el autor (p. 443).

Termino glosando algunos comentarios sobre la Universidad,
que me resultan particularmente cercanos debido a mi propio trabajo. Aquí se
adivina la sabiduría de alguien que ha meditado sobre el tema, pero que también
lo ha experimentado en primerísima persona. En lo más administrativo y formal,
no se le ve demasiado satisfecho con los resultados de las diversas reformas
universitarias recientes (en España y en toda Europa). Porque su visión de la
Universidad descansa en "la tradición académica, la cultura humanística y
científica, la formación de los estudiantes, la búsqueda de la verdad, la
investigación libre y rigurosa, o la enseñanza exigente". Todo ello en vez de
"la competitividad, la internacionalización, las necesidades de los
empleadores, la gestión económica de las universidades, las relaciones con el
entorno y demás tópicos que hoy imperan por doquier" (p. 512). Como señala en
una segunda entrega autobiográfica, Segunda
navegación
, el fruto de aquellos valores universitarios sería una
generación de jóvenes descrita poéticamente como: i grandi, i quieti, i forti, i pensiorosi (grandes, quietos,
fuertes, pensativos). ¡Ojalá podamos verlos así algún día!

Consejos para 2012

Ahora que el nuevo presidente del Gobierno ha nombrado a su séquito de ministros y la prensa y comentaristas hacen absurdos juicios de valor sobre lo capacitados que están o no —los lobbies seguirán gobernando—, vayamos a lo realmente importante. ¿Cómo podemos afrontar este 2012? El nuevo Gobierno no hará nada. La situación le viene demasiado grande. Incluso aunque recurran a Europa, tampoco arreglarán nada. La crisis también les viene demasiado grande. La única respuesta a la crisis no son medidas nacionales ni globales, sino individuales. Veamos algunas líneas:

  • Huya del crédito. La falsa seguridad que da la economía del intervencionismo, protección social, del igualitarismo, de las subvenciones, del control y del dinero barato, hacen que la gente crea que solo hay épocas de bonanzas. ¿Se acuerda de aquellos que decían que el precio de la vivienda siempre subiría? Paso número uno. Huya del crédito como del fuego. Viva conforme a sus posibilidades, y si quiere vivir mejor, trabaje más y defraude más impuestos (si puede ser sin que le pillen).
  • ¡A ahorrar! Dicen que ahorra en épocas de crisis es de bobos. Pues es cierto. No es el momento de ahorrar, pero nadie lo ha hecho. Es momento de abrirse un plan de ahorro, que es cuasi líquido. No es cuestión de obtener grandes rentabilidades, sino de separar el dinero de gasto diario, del dinero futuro. Aunque le parezca mentira, antes una persona se hacía rica. La gente ahorraba y llegaba a mayor con dinero para vivir bien. Ahora es al revés, la gente llega a vieja sin nada. ¡Gracias Estado del Bienestar!
  • Asegure su "dinero". Tenga una cantidad de importante de cash en casa. Eso siempre va bien. Compre algún metal precioso. Plata, oro, o alguna joya incluso. Algo que no dependa de la fe del Estado como el dinero fiduciario. En momentos de apuro le pueden ir bien. La situación no pinta bien para 2012 y no sabemos muy bien a qué nos enfrontamos.
  • Váyase a la economía privada. Todas las medidas del Gobierno solo irán a peor, por más promesas que hagan. El acceso a la medicina estatal cada vez es más difícil, la edad de acceso a las pensiones públicas aumentará. Apúntese a una mutua para asegurar su salud y la de su familia. Hágase un seguro vida pensando en su descendencia.
  • Sea un mal ciudadano y un buen vecino. Todos aquellos que abogan por una sociedad mejor a través de la violencia del Gobierno (más leyes, regulaciones, impuestos…) lo hacen porque obtienen réditos individuales o corporativistas (sindicatos, partidos, lobbies, patronales…). La única sociedad que existe es la de su comunidad. Ayude a su familia y amigos si las cosas les van mal. Ayude al pobre con el que se cruza cada mañana. Implíquese con su gente, no con una sociedad hedonista que ni conoce y solo se queja cuando no les dan subvenciones. El concepto primario de "gran sociedad" es un invento del poder político para mantener a la gente adormecida y complaciente. Las naciones y grandes sociedades nacieron del latrocinio, la guerra y el crimen. No de la voluntariedad ni fraternidad.
  • Queme la televisión. Ver los informativos televisivos para estar informado es una de las mayores paradojas de nuestra era. Yo desconecté la antena de mi televisor hace tres años y me dedico a escribir columnas de opinión sobre actualidad. La televisión es un recurso para el ocio. Cuando ésta no existía la gente hacía otras cosas: jugaba a cartas, hablaba con sus hijos, su esposa, salía con los amigos… Hoy día, la masa borreguil solo sabe encender el aparato cuando llega casa para no tener que pensar ni hablar. Si una persona, hace cien años, en cuanto llegaba a casa se hubiera dedicado a hacer solitarios, incluso a la hora de cenar y hasta que se iba a la cama, le habrían llamado retrasado. No hay diferencia el que hace lo mismo con el televisor. Hable con sus hijos, su mujer, recupere las relaciones sociales, busque una afición. Gane independencia.
  • Cómprese un arma. Si no la puede conseguirla ilegal, sáquese la licencia tipo F (tiro deportivo). En este enlace ANARMA le explica cómo hacerlo. Nunca se sabe lo que puede pasar. Tener un arma para proteger a su familia, tanto en épocas de bonanza como crisis, siempre es útil. Querer defender a su familia no es un pecado, es una virtud.
  • Olvídese de la política. Solo es un circo que no aporta nada al hombre libre, al revés. Le hace creer en dioses terrenales, milagros que nunca se producen y esperanzas incumplidas. Solo la gente pobre de espíritu sigue la política y cotilleos televisados (son igual de ridículos). Sus preocupaciones tendrían que ser cosas mil veces más importantes. Como su economía, sus vacaciones, los problemas y felicidad de sus allegados. Con la política solo se gana la vida la gente mediocre, esto es: políticos y periodistas.
  • Desvincúlese del Estado. Solo nos roban mediante impuestos, mediante el fraude de la deuda y el engaño de las promesas. Vivir dependiendo del Gobierno le convierte en un yonqui. Mire a los funcionarios y todos los que reciben ayudas. Empobrecidos por el Gobierno. Su vida la ha de controlar usted, no un dictador de la producción. No dude en defenderse de la extorsión de los impuestos. No se deje robar y acuda a la economía sumergida siempre que pueda. Es más barato, y ayudará a empresarios y autónomos necesitados como usted.

Son buenos pasos para empezar el 2012 con otra visión. La sociedad ha cambiado y seguirá cambiando. El Estado del Bienestar como lo conocíamos ha muerto. Lo pueden alargar más, pero ya no será lo mismo. Ahora toca individualismo. Toca los valores tradicionales de voluntariedad, trabajo duro y colaboración con su comunidad más cercana.