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Etiqueta: Pensamiento liberal

Praxeología: Definición

El desarrollo de la Praxeología es lo distingue a la Escuela Austriaca de Economía de las demás escuelas de pensamiento económico. Empezaremos, por tanto, definiendo qué es la Praxeología.

La Praxeología es la ciencia que estudia la acción humana desde el punto de vista de las implicaciones formales de la descripción del concepto de acción. Es el análisis formal de la acción humana en todos sus aspectos.

La Praxeología se basa en el axioma fundamental de que el ser humano actúa, es decir, que pretende alcanzar unos determinados fines que habrá descubierto que son importantes para él. El método praxeológico gira en torno a la deducción verbal de las implicaciones lógicas del hecho de que los seres humanos actúen, es decir, que elige una serie de medios escasos para lograr sus fines.

Dice Mises que a la Praxeología no le conciernen los objetivos últimos que la acción pueda perseguir. Pretende ser una ciencia objetiva, es decir, que sus enseñanzas resultan válidas para todo tipo de actuación, independientemente del fin al que aspire el actor. El objeto de la Praxeología es la acción humana como tal, con independencia de todas las circunstancias ambientales, accidentales e individuales de los actos concretos. Se refiere a cuanto es obligado en toda acción humana. Por lo tanto, la Praxeología no trata las elecciones concretas de la acción humana.

This postulate of Wertfreiheit can easily be satisfied in the field of the aprioristic science-logic, mathematics, and praxeology-and in the field of the experimental natural sciences. It is logically not difficult to draw a sharp line between a scientific, unbiased treatment of these disciplines and a treatment distorted by superstition, preconceived ideas, and passion.

Las enseñanzas de la Praxeología y de la economía son válidas para todo tipo de acción humana, independientemente de los motivos, causas y fines en que esta última se fundamente. La Praxeología trata de lo medios para la consecución de los fines últimos. Su objeto de estudio son los medios, no lo fines.

¿Es David Cameron tan antieuropeo?

La crisis económica que viven los países de la Unión Europea parece no tener fin. El despilfarro de los últimos años se está pagando ahora con elevadas tasas de paro, mostrando incapacidad los gobiernos por virar la situación. Ante este fenómeno, irrumpió, como en otras fases de la historia, el tándem franco-alemán. Lo hizo como casi siempre: apostando por ese ente, cada vez más lejano, que es Europa. Dicho con otras palabras: la cesión de competencias a Bruselas fue presentada ante la opinión pública como la solución a todos los problemas.

Nada nuevo, por tanto. En 2003 se creó una Constitución Europea tan artificial como remota que recibió el "No" precisamente del electorado francés (y también del holandés). Posteriormente llegó el Tratado de Lisboa, una versión light de aquélla.

Durante esos años, el Partido Conservador británico se encontraba en la oposición, por lo que poco pudo hacer para influir en los desarrollos que tenían lugar en la UE. Eso sí, nunca engañó a nadie y siempre se opuso a los megalómanos planes de los Chirac, Schroeder o Giscard D´Estaign. En paralelo, el gobierno de Blair jugó al gato y al ratón: no se oponía a la Constitución Europea, pero tampoco la ratificaba. Habló de convocar un referendo, pero nunca lo hizo. Practicó una suerte de euro-escepticismo disfrazado que en casa le dio buenos resultados, pero que a nivel de sus socios comunitarios provocó críticas adversas. El resultado es que sólo en Reino Unido los liberales-demócratas eran partidarios de la Constitución Europea. Tampoco fue una postura que sorprendiera, puesto que históricamente habían sido la fuerza política más eurófila en las Islas.

Sin embargo, actualmente todo es distinto: los tories están en el gobierno, tienen como socios de coalición a los liberales y los laboristas se hallan en la oposición, buscando perfilar un mensaje y un discurso con el que volver al número 10 de Downing Street. Es ahí donde ha entrado el cálculo electoral adoptando una forma demogógica: acusan al Partido Conservador de aislar al país, sumándose a la corriente de opinión tan mayoritaria como ingenua. ¿Alguien en su sano juicio piensa que a partir de ahora el punto de vista tory va a ser ninguneado sistemáticamente? Dicho con otras palabras, existe un buen número de escenarios en los que la presencia de Reino Unido es fundamental y que trascienden al proyecto eurófilo que comparten los actuales dirigentes de Francia y Alemania.

La historia recientísima lo ha demostrado: Siria y Libia han exigido de la presencia británica y allí ha estado, aunque sin dotarse de tanto glamour como Francia. Algo parecido puede predicarse de la política hacia Irán: el principismo del Partido Conservador, esto es, la política de no cesión frente al liberticida Ahmadineyad, dio como resultado que su embajada fuera asaltada. La conclusión es clara: hay vida, es decir, retos y desafíos, más allá de la UE.

Consecuentemente, afirmar que "el desplante de Cameron ha unido al resto de Estados miembros" parece una exageración alejada de la realidad, además de que no hará cambiar de opinión al Primer Ministro. Más bien al contrario, sus declaraciones posteriores han ido en la línea de defender la posición adoptada, aunque sin llegar a los límites del sector más euroescéptico de su formación.

En definitiva, Cameron no ha engañado a nadie y, mucho menos, a sus socios en el ejecutivo. El acuerdo de gobierno una de las cláusulas más importantes que contenía era la relativa a que durante esta legislatura no sólo no se incorporarían al euro, sino que ni siquiera estaría previsto convocar un referendo al respecto. De un modo más particular, se hablaba de que cualquier nueva transferencia de competencias a Bruselas debería ser autorizada por el pueblo británico a través de una consulta. Las afirmaciones de Nick Cheng sintiéndose decepcionado están fuera de lugar.

El fracaso de la arrogancia intelectual

La última ciencia omnisciente en caer es la económica. La infalibilidad de las ciencias físico- naturales y su aparente resistencia a la incertidumbre o a otras contingencias desapareció con la trinidad de la metodología Popper, Lakatos y Khun. Las ciencias sociales del mainstream, no obstante, hicieron oídos sordos a las inconsistencias del método científico y continuaron con su doble pretensión de dotarla de una expresión lógico-matemática y de la arrogancia predictiva.

Mucho antes del actual momento económico, las ciencias sociales, pretendidamente exactas, habían demostrado su incapacidad para cumplir sus propias expectativas. Pero ya en la actual Gran Depresión, la distancia entre la pretendida ciencia y la realidad se hizo mucho más patente. Ni las matemáticas pueden ser una salida científica a las ciencias sociales ni la estadística ser más que un registro del pasado incapaz de anticipar sucesos. Echando mano de una analogía matemática, sin ánimo de exactitud numérica, podemos decir que la capacidad predictiva de una teoría es inversamente proporcional a la soberbia intelectual que haya en ella. Por el contrario, la aceptación de unos pocos principios básicos no pretenciosos acerca de la acción humana permite establecer algunas previsiones de tendencias, siempre modestamente formuladas. Por lo general, este modo de prever es más certero que la arrogancia de la predicción.

Esto es lo que diferencia a la corriente principal de la economía del modelo austriaco. Este se basa en cierto número de teoremas sobre la acción humana, sistematizados en su casi totalidad por L. V. Mises, que parten de un sencillo axioma más lleno de sentido común y de lógica práctica que cualquiera de las formulaciones de la ciencia económica del mainstream:  el hombre actúa intencionalmente para pasar de una situación incómoda a otra relativamente más cómoda según su percepción. Para ello utiliza medios que son escasos y ha de ejercer permanentemente un acto de valoración en el que tales medios son sopesados en función de los fines que el individuo persigue.

La elección de fines, dice el paradigma austriaco, es siempre subjetiva, y esa subjetividad conlleva dos rasgos: es limitada y maneja siempre información limitada y sesgada, por un lado; hay siempre una incertidumbre/ignorancia inevitable. La ignorancia persistente y la subjetividad tienen como cara alterna que la información y el conocimiento no se hallan ni se hallarán jamás concentrados de manera completa ni en políticos, ni en expertos, ni en visionarios. Tan solo un sistema social abierto donde los individuos sean libres para captar los conocimientos que deseen y para gestionarlos cooperativa y creativamente puede obrar el milagro de dar prosperidad a cada vez más gente.

Para que tal cosa ocurra, en un mundo de siete millones de habitantes, es preciso que la función empresarial, es decir la acción humana especializada en buscar el beneficio subjetivo (tan empresaria es una acción solidaria o de beneficencia como la compraventa de un inmueble o la adquisición de un ordenador personal para preparar unas clases) coordinando recursos, sea libre. La soberbia de pensar que esa coordinación social puede hacerse desde instancias coactivas solo puede aumentar el riesgo de consolidar el error. No es que la empresarialidad, que actúa en la institución del mercado, no cometa errores, sino que la libre acción de individuos y firmas, que al aportar conocimientos y descubrimientos variados, los elimina con rapidez.

Lo dicho anteriormente nos lleva a vincular expresamente dos errores: la arrogancia fatal y la coacción. La posibilidad de obligar a otros individuos para llevar a cabo los propios planes constituye un incentivo determinante para la arrogancia. Y es que, al igual que la inflación crediticia induce a concebir irreales planes de negocio, el recurso a la coacción institucional aporta medios fáciles a políticos y funcionarios que les llevan directamente al error y a la persistencia del mismo.

La teoría cuantitativa del dinero antes de Azpilcueta

Este mes de noviembre he asistido a un interesante Simposio del Programa sobre Pensamiento Clásico Español, de la Universidad de Navarra, titulado Bases antropológicas de las doctrinas económicas en el siglo XVI. Seguramente les vuelva a escribir sobre este Seminario, en el que participé junto a los profesores Zorroza y Martínez-Echevarría, de la UNAV; Vismara (Milán); Afanasyev (Moscú) y Rodríguez-Penelas, de la Católica Argentina. Además, durante el encuentro tuvo lugar la presentación oficial del Repertorio de moral económica de la Escuela de Salamanca, publicado por el Dr. José Barrientos (del que ya redacté un Comentario en esta columna).

Hoy quiero solamente explicarles las investigaciones del doctor Anton Afanasyev, investigador científico de la Academia de Ciencias Rusa, y por cierto miembro del Consejo Científico de la revista Procesos de Mercado. En un español pausado y muy correcto nos habló de fray Rodrigo de Porto, religioso franciscano de la primera mitad del siglo XVI, posible autor de un Manual de Confesores publicado anónimamente en 1549 y en el que se esboza una pionera versión de la teoría cuantitativa.

Poco se sabe de su vida, aparte de esta pertenencia a la "Seráfica Provincia de Piedad", y que ya habría fallecido en el año de 1567, cuando fue impreso (también anónimamente) el primer Compendio del Manual de confesores en portugués. En su introducción, el autor refiere haber copiado muchas ideas del texto de 1549, señalando que ya no vivía quien lo escribió. Lo que corrobora también Martín de Azpilcueta en su tercera edición del Manual de confesores y penitentes (1556), refiriéndose a un "padre muy reverendo y gran señor y amigo nuestro Francisco" que habría escrito "un Manual pequeño antes que compusiésemos este grande; y que por algunos justos respetos quiso que se imprimiese sin su nombre". Sabemos que Azpilcueta estuvo en la universidad de Coimbra entre 1538 y 1555, donde trabajó además calificando libros para el Cardenal Infante don Henrique, Inquisidor Mayor de Portugal.

Tenemos, pues, dos datos novedosos: una explicación seminal de la cuantitativa; y una relación de conocimiento entre su autor y nuestro Doctor Navarro, Azpilcueta. En cuanto a lo primero, la encontramos entre las anotaciones sobre el precio justo de los bienes, que se deben fijar atendiendo a su abundancia o escasez y al "dinheyro com que se ha de comprar". Se trata de una consideración muy breve y apenas desarrollada, pero a juicio de Afanasyev es un anticipo de las conclusiones más completas de Azpilcueta, quien sin embargo no las explicitaría hasta 1552.

Efectivamente, ya en 1542 el doctor Navarro había escrito que el precio justo viene determinado "por la abundancia o falta de mercadería y principalmente de los compradores"; lo que completa en la segunda edición de su Manual de confesores y penitentes (1552) incluyendo el dinero como uno de los factores que determinan el precio justo. Esta idea la termina de desarrollar en el apéndice a la tercera edición de su Manual de 1556, con el nombre de Comentario resolutorio de cambios (que es el texto que le hizo famoso). Aquí encontramos la célebre cita sobre:

… lo que hace subir o bajar el dinero, que es de haber gran falta y necesidad o copia de él, vale más donde o cuando hay gran falta de él que donde hay abundancia… Lo segundo, y muy fuerte, que todas las mercaderías encarecen por la mucha necesidad que hay y poca cantidad de ellas; y el dinero, cuando es cosa vendible, trocable o conmutable por otro contrato, es mercadería; por lo susodicho, luego también él se encarecerá con la mucha necesidad y poca cantidad de él. Lo tercero, que (siendo lo al igual) en las tierras do hay gran falta de dinero, todas las otras cosas vendibles y aún las manos y trabajos de los hombres se dan por menos dineros que do hay abundancia de él… La causa de lo cual es que el dinero vale más donde y cuando hay falta de él, que donde y cuando hay abundancia.

¿Dónde pudo encontrar la inspiración fray Rodrigo para escribir estas intuiciones? No lo sabemos. Pero no resulta extraño que una persona cercana a la Universidad de Coimbra conociera esas primeras doctrinas económicas que ya en 1534 comenzó a explicar Francisco de Vitoria en Salamanca. Allí enseñaba siguiendo la Suma Teológica de Tomás de Aquino; y las cuestiones sobre cambios, precios y dinero se analizaban en un capítulo sobre la justicia. Por eso, su discípulo Domingo de Soto redactó el famoso tratado De iustitia et iure en 1553, que tuvo más de veinticinco reimpresiones antes de 1600. En todos estos casos se debatía un problema candente: el impacto del comercio con América sobre los precios; lo que Azpilcueta resumirá genialmente en el mismo texto que antes cité: "por la experiencia se ve que en Francia, do hay menos dinero que en España, valen mucho menos el pan, vino, paños, manos y trabajos de los hombres; y aún en España, el tiempo que había menos dinero, por mucho menos se daban las cosas vendibles, las manos y trabajos de los hombres que después, que las Indias descubiertas la cubrieron de oro y plata".

En cualquier caso, debemos destacar la lealtad de Azpilcueta a su amigo franciscano, reconociendo la supuesta autoría de una obra que luego él mismo completaría mejor teóricamente. Además, como siempre mantuvo la doctora Grice-Hutchinson, se confirmaría el origen ibérico de la teoría cuantitativa del dinero, anterior a la formulación de Bodino en 1568.

El liberalismo antipático

Nunca he entendido del todo por qué el liberalismo es tan antipático para gran parte de la sociedad. Sé que muchos se rasgarán las vestiduras por lo que acabo de decir, pero sólo hay que ver cómo los políticos de toda Europa tratan de desmarcarse de los principios básicos liberales (mercado libre, propiedad privada, respeto a la autonomía del individuo…) para darnos cuenta de que la filosofía que defendemos está mal considerada. Si les diera votos, todos la defenderían en campaña como si les fuera la vida en ello. En España, no vende decir que eres liberal. A mí, por ejemplo, me toca explicarle casi a cada persona que conozco qué significa, cuáles son los principios que defendemos y cómo los lugares comunes que aparecen en los medios no se acercan en absoluto a la verdad.

Es cierto que hay grupos, normalmente pequeños aunque de personas muy preparadas y con capacidad de influencia, que defienden los grandes principios liberales. También hay un puñado de asociaciones de éxito (como el Instituto Juan de Mariana) y unos poquitos medios de comunicación en los que se puede encontrar a voces que luchan contra el intervencionismo. Pero incluso en estos casos, su labor resulta siempre ardua. Casi pasan más tiempo luchando por desmontar falsos prejuicios que defendiendo sus ideas.

Normalmente, los liberales culpamos a la falsa calidez del lenguaje colectivista. Es verdad que las metáforas que emplea (lucha contra la pobreza, impuestos solidarios, redistribución fiscal, proyecto común, pacto social, etc.) son tremendamente sugestivas. No es sencillo luchar con ellas. Pero tampoco es imposible. Hay pocas ideas más atractivas en el mundo que la de la libertad y agarrándonos a ella debería ser factible luchar contra la dictadura socialista. Pero hay que lograrlo con inteligencia, constancia y persuasión. Encerrarse en la torre de cristal en la que la mayoría de los liberales ha vivido en los últimos cien años es como entregar el trofeo antes de que empiece el partido.

Pensaba en esto mientras leía algunas de las propuestas de esta última campaña electoral. No es sólo que casi todas las ideas presentes en los medios destilen el más rancio intervencionismo. Es que el lenguaje empleado, incluso en aquellas iniciativas interesantes, no es sino una concesión más a los intervencionistas. Una concesión que acabarán cobrándose antes o después.

  • Por ejemplo, desde el comienzo de la crisis se ha vendido la idea, incluso en los medios liberales, de que es necesario hacer un “sacrificio”. Vamos, como si lo ideal fuera seguir viviendo como en los años de la burbuja, produciendo cosas sin sentido, viviendo a costa de otros y acumulando deudas. De esta manera, el planteamiento liberal, que defiende el trabajo en industrias productivas, el respeto a la propiedad y que celebra el ahorro, aparenta ser una medicina necesaria, pero molesta y muy poco apetecible. No nos debería extrañar que cinco minutos después de acabada esta recesión vuelvan a aparecer los profetas del despilfarro.
  • Tampoco me parece especialmente inteligente el argumentarlo habitual contra cualquier subida de impuestos que se plantee. El sistema fiscal actual es injusto y hace que los que cobran nóminas reciban sobre sus espaldas una proporción desaforada del peso del gasto estatal. No quiere decir esto que debamos apoyar una subida impositiva (que, además, nunca va acompañada de un descenso en otras tasas). Pero en muchas ocasiones parece que la intención sea mantener los impuestos como están, como si la actual estructura fiscal fuera tan sólo un mal menor (aceptable, aunque no perfecto).
  • Lo mismo cabría decir de la retórica a favor de que los países endeudados (Grecia, Italia o España) hagan “recortes” para ajustar el gasto del Estado a sus ingresos. Más allá de que el despilfarro público haya llegado a extremos vergonzosos en todos estos países, lo cierto es que lo que necesitamos como el comer en el sur de Europa son “reformas” que liberalicen nuestra economía. Sacar a los burócratas de sus despachos y conseguir que sea el ciudadano el que decida qué hacer con su dinero nunca debería venderse como algo negativo (“recorte”): de nuevo, parece un remedio doloroso pero inevitable. Y rebajar las pensiones no es algo imprescindible para cuadrar las cuentas públicas, sino la consecuencia de una política irresponsable que esquilma cada año los bolsillos de los trabajadores a cambio de una incierta promesa de una recompensa futura que cada día es más pequeña.

La lista podría ser interminable. Cada día hay millones de ejemplos en los medios. Todos los que escribimos en ellos hemos visto sorprendidos como nosotros mismos “comprábamos” en muchas ocasiones el lenguaje aparentemente inocuo del intervencionismo. Mientras no demos esta batalla, será complicado que empecemos a ganar la guerra.

Socialismo del siglo XX para el siglo XXI

Las encuestas son adversas para el candidato socialista, hasta tal punto que los resultados del 20 de noviembre pueden ser peores que lo obtenidos por Joaquín Almunia frente a José María Aznar en las elecciones del año 2000. Por lo tanto, no debe sorprendernos que su estrategia consistiese en tirar del binomio González-Guerra, imagen inusual desde 1996. Quizás éste sea el principal logro de Pérez Rubalcaba: la unión ficticia de los principales adalides del manido lema "que viene la derechona" y de un socialismo que aún cree en la lucha de clases (más en el caso de Alfonso Guerra, naturalmente).

A pesar de que forma parte de la primera plana socialista desde hace más de 20 años, poco es lo que se conoce acerca de las ideas políticas y económicas Rubalcaba. Durante estos meses se ha dedicado más al populismo fácil (guiños al 15 m, amenazas de impuestos a los grandes fortunas, defensa a ultranza de la lengua catalana, lloros en público por el "final" de ETA…) que a proponer recetas tangibles para salir de la crisis, en la cual, no lo olvidemos, nos ha metido un gobierno del que ha sido protagonista destacado.

En Sevilla, Felipe González y Alfonso Guerra estuvieron en su papel. A estas alturas de la película ya no engañan a nadie. El ex Presidente atribuyó la "victoria" sobre ETA a Rubalcaba, y seguidamente, cargó contra Aznar pero no dedicó ni una sola sílaba a recordar el legado de corrupción y paro que él dejó al gobierno del Partido Popular en 1996.

Felipe González fue especialmente torticero cuando se refirió a ETA. Alabó a Rubalcaba en la lucha contra la banda terrorista…pero hubiera sido bueno que recordara a otros notables del partido socialista, como "su" cúpula de interior que acabó en la cárcel. Frente a ello optó el cinismo, afirmando que al PP le hubiera gustado que ETA retrasara "su final", envuelto de lirismo cuando espetó que "sé que es políticamente incorrecto pero amarga la verdad". Tampoco hubo, evidentemente, referencias al caso Faisán, aunque ya sabemos que en materia de lucha contra el terrorismo, el socialismo español es más partidario de tomar atajos que de apostar por el Estado de Derecho.

En cuanto a Alfonso Guerra, viejas dosis de izquierdismo rancio y de palabrería fácil con la que llegar al público, conseguir su exaltación… pero poco más. Identificar el triunfo de Mariano Rajoy con un desmantelamiento de la sanidad y de la educación es una mercancía que ya sólo compran estómagos agradecidos.

El estilo de Guerra queda definido en una frase suya: "si se pudo derribar el muro de la vergüenza de Berlín, ¿cómo no se va a poder derribar el muro de la infamia de los mercados?". Una vez más, opta por escribir la historia a su manera ya que, por un lado, el muro de Berlín no cayó precisamente gracias al trabajo del socialismo, sino más bien de líderes que la izquierda desprecia como Ronald Reagan y Margaret Thatcher. Por otra parte, ilustró la capacidad para mirar hacia otro lado que tiene la izquierda cuando se habla de la URSS o más recientemente, de la dictadura comunista cubana. 

Y, evidentemente, no podían faltar los insultos a Rajoy (vago, perezoso). Es el recurso al estereotipo que tanto gusta a la izquierda progre, la cual tiende a hacer gala de una superioridad moral más virtual que real y con la que esconde una carencia de ideas y de argumentos.

En definitiva, Rubalcaba recurrió a la vieja guardia consciente de que, cuando menos mediáticamente, aquélla es capaz de llenar escenarios, aunque la mayor parte del público sean nostálgicos que tampoco tienen mucho interés en que se les identifique con el Zapaterismo y su legado económico (5 millones de parados), moral (negociación con ETA) y político (aumento del binomio división-crispación entre los españoles).

Del velo islámico y otras libertades

El modelo de libertad religiosa parece comúnmente asumido en Europa y compartido por todas las confesiones presentes en ella, así como por todo el espectro político normalizado. ¿Puede decirse que esto es realmente así? Parece que no, pues lo cierto es que, si bien existen puntos de acuerdo y consagrados constitucionalmente, las discrepancias acerca de lo que significa dicho principio y de lo que supone resultan en absoluto una cuestión pacífica.

El consenso básico o modelo general en este tema puede ser definido a través de tres caracteres fundamentales: a) neutralidad del Estado respecto de las cuestiones religiosas individuales, de modo que las leyes constitucionales y los tratados y convenciones internacionales garantizan la imparcialidad del poder público y la obligación de respetar la libertad de profesar las creencias religiosas, con la ausencia de discriminación basada en la religión; b) el respeto a la autonomía interna de las confesiones religiosas; y c) la presencia de normas legales que establecen límites al ejercicio del derecho de libertad religiosa en sus manifestaciones colectivas por razones de orden público, de moralidad, de salud o, en fin, de protección de los derechos y libertades de los demás.

Este acuerdo básico está siendo cuestionado en su contenido concreto por los gobiernos a partir del fenómeno masivo de la inmigración en Europa y el incremento de las comunidades religiosas no cristianas. Así, en el Estado más beligerante en esta cuestión, el francés, la ley sobre la laicidad y utilización de signos religiosos en los centros públicos, de 15 de marzo de 2004, subraya que, por respeto a la libertad de conciencia y al carácter propio de los establecimientos privados bajo contrato, se prohíben en las escuelas, colegios y liceos los signos que manifiestan una pertenencia religiosa o política.

En este punto es necesario considerar si un principio como el de la libertad religiosa puede ser interpretado restrictivamente, considerando la opción religiosa libre como algo que excluir del espacio público, o bien positivamente, como la no injerencia del Estado en las opciones religiosas de cada individuo.

Las diferencias entre los modelos continentales europeos, más restrictivos, y los anglosajones, más abiertos, se asientan en la diversidad de tradiciones, intervencionista, por un lado, y garantista, por el otro. Pero la confluencia de problemas lleva a que los planteados acerca del uso público y visible de signos religiosos comiencen a ser algo común.

Situando en el punto de mira la opción reguladora más beligerante, la francesa, y, por extensión, la eurocontinental, caben dos apreciaciones críticas.

La primera sitúa en el centro de mira el diferente énfasis aplicado a los símbolos religiosos femeninos y a los masculinos. El caso más llamativo y, por tanto, el que requiere más atención, es el del velo islámico de las mujeres, cuestionado y situado como paradigma que hay que combatir desde una laicidad convertida ya en religión de estatal al modo francés. El énfasis aplicado a un símbolo religioso femenino parece no corresponderse con el caso de signos externos masculinos del mismo tipo, como la barba, tanto en el islamismo como en el judaísmo. Dicha diferencia de trato señala un defecto en la tutela de las libertades y en la regulación estatal de las mismas. Dado que las mujeres han de seguir siendo protegidas por una normativa estatal frente a los hombres, aparente salvaguarda que no parece más que un mero eufemismo, acabamos aceptando una restricción en sus libertades y una tolerancia asimétrica en la de los hombres.

La segunda crítica que debe considerarse es que la cuestión polémica, al igual que sucede en otras libertades conculcadas por los estados, se asienta en la invasión del Estado y de su modelo público a cada vez más amplios círculos sociales. Si progresivamente los derechos de propiedad son menos soberanos y más subsidiarios del "Leviatán", las libertades acerca de su disfrute y de la libertad personal que suponen la creencia religiosa y los hábitos personales serán también menores.

Nos hallamos, pues, ante la configuración de un modelo público de sociedad donde, bien la propiedad privada y la "autoposesión" son cada vez más aceptadas, o, como está sucediendo, se incrementa una invasión de lo estatal que, con la justificación de una seguridad convertida en coerción, acaba siendo pura arbitrariedad política, de manera que hasta la discriminación de género en la regulación terminará siendo fatalmente aceptada.

Nación, estado y libertad

Este es el título de la última Reunión Mont Pelerin, celebrada en Estambul, a la que he tenido la oportunidad de asistir este mes de octubre. Se trataba de un Special Meeting, bastante enfocado hacia los retos que afrontan los países del Este de Europa y del Cercano Oriente. Por lo menos, en cuanto al origen de los asistentes, ya que -además de Turquía, el país anfitrión- había gente de Kirguistán, Siria, Azerbaiyán, Kosovo, Tayikistán, Montenegro, Rusia, Bulgaria, Georgia, Ucrania, Serbia, Kazajstán, Polonia, Rumanía, Lituania o Bulgaria. Muchos de ellos, por cierto, gente joven.

El congreso organizó luego un encuentro menor para tratar el problema de la libertad en los países árabes, ya que asistieron también personas de Marruecos, Egipto, Jordania, Palestina (creo que no había ningún israelita), Malasia, Pakistán o Arabia Saudí. Por supuesto, entre los doscientos cincuenta asistentes había muchos norteamericanos (EEUU), de Canadá, y unos pocos representantes europeos. Hay que decir que solo estábamos apenas cuatro hispanoparlantes de origen: el matrimonio Alfaro, de la UFM, Gonzalo Melián y yo (o sea, ¡el IJM y la Marro!). En fin, siento haberme alargado con este descriptor geográfico; pero no va mal echar un vistazo al mapa de los institutos liberales por el mundo…

Con el rigor en el control del tiempo de las exposiciones que es característico de la MPS (¡ni un minuto más allá de lo previsto! Ojalá se extienda esta costumbre), estuvimos escuchando conferencias en torno a la libertad individual, los límites del Estado o el dilema del multinacionalismo. Tal vez, por la mayor cercanía con los problemas españoles, seguí con atención esta Mesa, en la que hablaron un profesor de Historia (Stephen Davies, del IEA en Londres), un filósofo (Chandran Kukathas, de la LSE) y el Director Ejecutivo de la Free Market Foundation en Sudáfrica (Leon Louw).

Este último reflexionaba sobre la paradoja del multinacionalismo (algo que conoce bien por razones obvias): mientras que en teoría los estados multinacionales podrían conducir mejor a la libertad, porque requieren mayores mecanismos de respeto y comprensión entre las minorías, la realidad histórica nos muestra una gran cantidad de ejemplos en los que ha sido más frecuente el abuso de unas minorías sobre el resto. Por eso concluía que el multinacionalismo en muchas ocasiones reduce la libertad. Mientras que en las sociedades homogéneas ésta se consigue con mayor naturalidad.

Todo ello me recordaba esa obsesión tan frecuente (entre los nacionalistas de nuestro país) por buscar elementos diferenciadores en una sociedad que siempre ha sido más homogénea de lo que se quiere pensar. La imposición de un nacionalismo forzado no impulsa la libertad, más bien la constriñe. Es el típico caso de unas minorías que acaban abusando de su poder, incluso reeducando a las nuevas generaciones (de manera que con el tiempo ya empiezan a ser mayoritarios); predican un multiculturalismo, pero en realidad expulsan de su territorio a los que no piensan como ellos. Lo que, desde esa aparente perspectiva de múltiples opciones, empobrece la diversidad ya que los otros terminan por marcharse del país de manera forzada. Habría que hablar aquí de una homogeneidad que no produce libertad, ya que ha sido impuesta desde la falsa prédica del multinacionalismo…

En su paper, Leon Louw advierte que es un error pensar que las leyes que promueven la diversidad mejorarían siempre la libertad. Y apoya esta idea con el Index of Economic Freedom de la Heritage Foundation. Los países más homogéneos tienden a estar en la cabeza del ranking (con la excepción de Suiza que, una vez más, “confirma la regla”). Entre las posiciones finales se alternan, por otra parte, países aparentemente multiculturales (como algunas caóticas naciones centroafricanas) con férreas dictaduras monolíticas, como el caso de Corea del Norte.

Como posibles soluciones, Louw proponía una reflexión en torno al federalismo y la devolution (no soy capaz de traducir esta palabra: es algo así como llevar el poder a los niveles más bajos de la organización social). Recordando que la organización federal tampoco supone per se una mayor libertad, sin embargo estaría de acuerdo con la postura de Mises sobre la necesidad de reducir los poderes del Estado ofreciendo a la población muchos estadios intermedios que les permitan tener mayor capacidad de elección, un control más directo sobre las cosas que les atañen, etc.

Termino con alguna referencia a dos autores que tal vez les resulten más conocidos. Samuel Gregg (Acton Institute) expuso un consistente y reflexivo alegato a favor de la libertad religiosa como una de las maneras de reducir el peso de los estados. Y con una interesante llamada de atención contra el peligroso secularismo, que con la excusa de una falsa libertad en realidad restringe el ejercicio de la opción religiosa personal.

Por su parte, Peter J. Boettke (George Mason University) tituló la conferencia con una pregunta (Is State intervention in the Economy inevitable?), que respondía en seguida: “No, la intervención del Estado en la economía no es inevitable”. Aunque nos avisaba de que es algo frecuente y, por lo tanto, probable. Su charla discurrió en la línea de resaltar las cuatro aparentes excusas para la intervención pública: los monopolios, las “externalidades”, los public goods (bienes públicos) y la inestabilidad macroeconómica. Ciertamente, no toda la intervención estatal es mala; solamente aquella innecesaria o arbitraria (aunque, lamentablemente, ambas suelen ser bastante frecuentes). Así, una intervención demasiado constante del Estado en la economía de libre mercado puede considerarse como una de las causas de la presente crisis, unida a la irresponsabilidad fiscal y el desorden monetario. Por lo que reclamaba una vuelta a los argumentos clásicos del liberalismo sobre el control de la acción estatal. Y con una llamada a la responsabilidad personal, que me parece muy adecuada en estos tiempos.

Praxeología e Historia: diferencias

Las ciencias de la acción humana se dividen en dos ramas principales: la Praxeología y la Historia[1]. A esta distinción podemos denominarla dualismo metodológico de segundo orden. La diferencia básicamente está en que utilizan dos procedimientos metodológicos diferentes: la Historia sigue el método timológico de "comprensión" (Verstehen) mientras que la Praxeología sigue el método praxeológico de la "concepción" (Begreifen). Mientras que la comprensión timológica es a posteriori, la Praxeología es a priori. ("Timología" se deriva del griego thymos, que Homero y otros autores usaron para referirse al centro de las emociones y a la capacidad mental del ser vivo, que hace posible el pensamiento, la voluntad y el sentimiento).

Praxeología

La Praxeología estudia la acción humana en general, desde el punto de vista de sus implicaciones formales. La captación interna, a modo de introspección, de nuestro actuar, nos brinda la categoría a priori de lo que es la acción humana, como intento deliberado de pasar de una situación menos satisfactoria a otra que lo es más[2].

Interesa destacar que su método es el de la "concepción" o pensamiento conceptual y deductivo. Se refiere "a cuanto es obligado en toda acción humana. Implica invariablemente manejar categorías y conceptos universales".

Historia

La historia consiste en la recolección y sistematización de todos los datos de experiencia de la acción humana. Estudia las acciones humanas específicas en el tiempo y lugar. Trata el contenido concreto de las acciones de los hombres en el pasado. Carece, por tanto, de leyes. Examina las empresas humanas en toda su multiplicidad y variedad,

… and all individual actions with all their accidental, special, and particular implications. It scrutinizes the ideas guiding acting men and the outcome of the actions performed.[3]

Comprende cada uno de los aspectos de la acción humana. Así, no sólo hay una historia general, sino también existe historia sobre campos humanos más concretos. Podemos concebir una historia política, una historia militar, una historia de las ideas y la filosofía, una historia de las actividades económicas, de la tecnología, de la literatura, del arte, de la ciencia, de la religión, de la moral y de las costumbres y de cualesquiera otros aspectos de la vida humana. También la etnología, la sociología y la antropología en la medida en que no forma parte de la biología, son ciencias históricas; así como la psicología, en la medida en que no sea epistemología o filosofía. Igualmente, la lingüística, en tanto y en cuanto no sea lógica o fisiología de la palabra, forma parte de la historia[4].

El objeto de la historia es el análisis de los múltiples acontecimientos referentes a la acción humana. Para ello, el historiador necesita interpretar los sucesos utilizando varios instrumentos. El primero son las disciplinas no-históricas apriorísticas, es decir, la Praxeología, la lógica y las matemáticas, que nos proporciona las herramientas lógico-deductivas. En segundo lugar, la comprensión, que permite abordar las notas individuales que cada evento histórico presenta[5].

Existe gente que afirma que la historia debería ser wertfrei (ausente de juicios valorativos), y que el historiador debería aproximarse a los hechos históricos sin valorar ni prejuzgar. Pero, como hemos dicho, el historiador interpreta los hechos y "jamás aborda las fuentes históricas sin suposiciones previas".

La compresión timológica que utiliza el historiador es aquel conocimiento experimental sobre los fines y el contenido de los juicios de valor que han determinado y motivado las acciones y respuestas de los individuos en el pasado. Este análisis es primordial para el estudio de la historia. Nos informa de las valoraciones y preferencias que han provocado que un individuo (o grupo) actúe de una determinada manera para alcanzar ciertos fines. Esta compresión permite al historiador introducirse en el interior del individuo como método de conocimiento de sus valoraciones concretas. Esto es impredecible mediante la Praxeología y las demás ciencias.

The scope of understanding is the mental grasp of phenomena which cannot be totally elucidated by logic, mathematics, praxeology, and the natural sciences to the extent that they cannot be cleared up by all these sciences. It must never contradict the teachings of these other branches of knowledge.[6]

La Praxeología no tiene una relación especial con la timología, ya que es wertfrei (no le conciernen los objetivos últimos que la acción pueda perseguir). Estudia la teoría de la lógica de la acción en sí misma. No investiga los acontecimientos que producen una decisión específica, es decir, los motivos por los cuales una persona actúa. Al respecto, Mises señaló:

Its subject is not the content of these acts of choosing but what results from them: action. It does not care about what a man chooses but about the fact that he chooses and acts in compliance with a choice made. (…) The subject matter of praxeology and of that part of it which is so far the best developed—economics—is action as such and not the motives that impel a man to aim at definite ends.[7]



[1] Mises, L., Human Action: A Treatise on Economics, Foundation for Economic Education, Irvington-on-Hudson, New York, 1996, pp. 30.

[2] Íbidem, pp. 13.

[3] Íbidem, pp. 30.

[4] Íbidem, pp. 30-31.

[5] Íbidem, pp. 49.

[6] Íbidem, pp. 50.

[7] Mises, L., Theory and History, Yale University Press, New Haven, Conn., 1957, pp. 271-272.

Ed Miliband sigue anclado en su discurso

Salvo por las palabras de su líder contra "los irresponsables depredadores", el resto del evento y la propia alocución de Ed Miliband no tuvieron mayor trascendencia. Reiterativo en sus palabras, insistió en el aumento de la regulación como fórmula para la recuperación económica. Apenas si hubo referencia a la realidad política internacional y a escenarios muy concretos, como Siria y Libia. Consecuentemente, no debe extrañarnos que las mayores ovaciones las recibiera cuando arremetió contra la coalición de gobierno entre tories y liberales-demócratas.

Un año después de haber ganado a su hermano de forma apretada, se presentaba ante los suyos. Tenía ante sí una tarea complicada ya que su victoria en las primarias no implicó consenso, sino más bien que, a partir de ese momento, su política podría estar influida por los sindicatos, cuyo voto fue decisivo para catapultarlo a la cúspide del Laborismo. En este sentido, han sido "las Unions" quienes más han alabado su figura, señalando que se había comportado como un "político veterano, con coraje, convicción y honestidad".

Sin embargo, aunque ha tratado de "ser el mismo", de ahí su afirmación "yo no soy Tony Blair ni tampoco Gordon Brown", lo cierto es que sus ideas y argumentos recuerdan más a los años setenta del Labour Party que a la renovación iniciada tras la derrota de 1992 frente a John Major. Asimismo, en ese deseo de buscar una personalidad propia ha caído en la ambigüedad, de tal modo que, cuando se le preguntó si su partido había virado a la izquierda, lo negó y afirmó que seguirían siendo una formación "pro-empresarios" (pro-business) pero también "pro-productores" (pro-producers) sin aclarar las diferencias y la línea de separación entre ambos conceptos.

En Liverpool, Ed Miliband ha seguido por los mismos derroteros de los 12 meses anteriores. Búsqueda del titular fácil pero de escaso contenido. Su estrategia parece consistir en apelar al lenguaje de izquierda, más bien radical, como arma para combatir la crisis económica en cuyo análisis de sus causas entonó un "a mi que me registren que no he sido". Para ello, criticó la forma en que el propio laborismo había gestionado la economía del país en los años previos, ofreciendo una explicación genérica: "el Labour Party perdió la confianza de la economía, bajo mi liderazgo, recuperaremos esa confianza".

Se trata de un modus operandi que ya vimos con el tema de los estudiantes y que más tarde se repitió con motivo de los disturbios de Londres del pasado agosto. Entonces, mientras David Cameron optó por un discurso bien argumentado y que enlazaba con los cimientos tradicionales de la filosofía del partido (especialmente por la apelación al binomio responsabilidad-libertad), Miliband prefirió rescatar aquella parte de la filosofía de su partido, justo la que Blair enterró, en función de la cual el hombre siempre es bueno y es la sociedad, o el contexto social en que le toca vivir, el que le hace malo. Una forma como otra cualquiera de ofrecer excusas para eludir la responsabilidad y la obligación personal.

Como vemos, Ed Miliband se decanta, como estrategia para retornar al número 10 de Downing Street, por practicar un discurso antagónico al del gobierno. Con ello, los únicos réditos que quizás pueda obtener sean procedentes de votantes liberal-demócratas descontentos, pero ¿alcanzarán para volver a ser el partido natural del gobierno, como en aquellos maravillosos años de la Tercera Vía? Creemos que no. Por ello, decir "no me gustaría ser responsable de hacer promesas que no puedo cumplir. Ese es el trabajo de Nick Clegg" es un brindis al sol que no aporta idea política alguna.

Sin ir más lejos, en la etapa final de su mandato, Gordon Brown hizo algo parecido y no le sirvió, como tampoco le valió en 1983 a Michael Foot frente a Margaret Thatcher. El electorado británico prefiere la alternancia de caras (partidos) a la de credos y cuando estos últimos hunden sus bases en los fundamentos más arraigados de la izquierda demagógica y radical, los rechaza sin contemplaciones.