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Etiqueta: Pensamiento liberal

España sigue siendo de izquierdas

Es decir, una ideología política que, más allá de las típicas siglas partidistas, defiende la figura paternalista del Estado, la redistribución de la riqueza mediante impuestos progresivos, el aumento del gasto, las pensiones públicas, una educación y sanidad estatalizadas, las rigideces del mercado laboral, las políticas de subvenciones y prestaciones públicas o la aspiración profesional de convertirse en funcionario, entre otras características típicas del Estado de Bienestar.

Y esto, por desgracia, sigue siendo así pese a la histórica victoria obtenida por el PP en las elecciones autonómicas y municipales del 22 de mayo. Las regiones y provincias españolas se han teñido del azul popular, pero, a poco que rasquen la superficie, el color ideológico subyacente sigue siendo el rojizo tenue, propio de una sociedad favorable al estatismo. Los factores que explican este fenómeno son múltiples y variados, y en muchos casos derivan de procesos históricos acontecidos décadas e, incluso, siglos atrás: el feudalismo del Antiguo Régimen, el caciquismo de la Restauración, el nepotismo y la burocracia de la era republicana, el movimiento marxista que a punto estuvo de alcanzar el poder o la autarquía económica del franquismo han ido conformando la fuerte y rígida estructura estatal que aún rige España.

Sin ir más lejos, muchos de los "derechos sociales" que defienden hoy PP y PSOE surgieron por obra y gracia del Generalísimo. Es el caso de la Seguridad Social, las viviendas públicas, los alquileres fijados por ley (rentas antiguas), la actual estructura sindical o la legislación que aún impera en el mercado de trabajo. Desde el fin de la Guerra Civil (1939) hasta el Plan Nacional de Estabilización (1959), España sobrevivió durante dos décadas bajo la etiqueta de "país en vías de desarrollo" gracias al yugo intervencionista y marcadamente estatista de una dictadura inspirada por la Falange. La relativa apertura económica llegó en los años 60, y con ella, el conocido "milagro" español. Desde entonces, sin duda, se han producido destacados cambios y avances, pero por desgracia España sigue siendo socialista.

Basta con observar la última encuesta sobre política fiscal elaborada por el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) en 2010. Así, en general, la mayoría de los españoles valora satisfactoriamente los servicios públicos y justifica el pago de impuestos para su mantenimiento; de hecho, el 45% opina que el gasto público en sanidad, educación y servicios sociales debería incrementarse, incluso si eso significa que haya que subir los impuestos (sólo el 4,1% defiende lo contrario, menos gasto y menos impuestos); el 73% defiende que se incremente la fiscalidad a las rentas más altas; el 56% considera que el Estado debe esforzarse más en perseguir el fraude tributario; el 81% piensa que engañar a Hacienda es engañar al resto de los ciudadanos. Por último, un par curiosidades: casi el 79% de los encuestados estudió en un colegio público y el 18% trabaja en la Administración.

Con estos mimbres se explican muchas cosas, como el hecho de que el PP de Génova se escore a la izquierda para tratar de cosechar votos en eso que algunos llaman centro político, y que no es más que la típica socialdemocracia; o que la educación –de nivel medio o superior–, al estar mayoritariamente bajo el control del Estado, se haya convertido en una máquina muy eficiente para pulir a medida "ciudadanos" sumisos, dependientes y favorables al statu quo, es decir, al poder político. Sin ir más lejos, el movimiento 15-M de la Puerta del Sol, pese a que algunos lo tildan de antisistema, no deja de ser otro reflejo, aunque más evidente, del poso izquierdista que todo lo impregna en España. Y es que, estos jóvenes, acompañados de parados, hipotecados, pensionistas y algún que otro contribuyente bienintencionado, protestan contra el poder político sugiriendo como alternativa mucho más Estado y menos mercado con el ilusorio fin de cambiar las cosas… ¡A peor!

Es algo sintomático y, por ello, profundamente preocupante. El histórico vuelco electoral padecido por el PSOE también se puede interpretar desde esta óptica. Así, salvo contadas excepciones como la de Aguirre en Madrid o Cascos en Asturias, las autonómicas y municipales del domingo no fueron un éxito del PP sino, más bien, un rotundo fracaso del PSOE. Los electores infligieron un brutal voto de castigo a Zapatero tras sus repetidas mentiras, engaños y fracasos en la gestión de la crisis, pero también debido a los recortes públicos aplicados a funcionarios y pensionistas. El PP apenas ganó 550.000 votos, mientras que el PSOE perdió casi millón y medio. Y en este punto, tan sólo cabe recordar que Rajoy se opuso firmemente a tales "rebajas sociales". Así pues, España sigue siendo un país de izquierdas tras el 22-M, sólo que gobernado por un partido de centro a nivel autonómico y local.

Izquierda y derecha

¿Qué es la izquierda y qué es la derecha? Esta pregunta se ha intentado responder muchas veces, y si no se ha llegado a una formulación única y sin ambigüedades será, quizás, porque esa dicotomía no lo permite. Pero sí se puede plantear una serie de diferencias entre ambas corrientes que permiten explicar muchas actitudes que consideramos propias de uno u otro signo.

La izquierda es la corriente que quiere someter la sociedad a un ideal formulado por medio de la razón. La derecha es la oposición a esas pretensiones. En ese sentido, acaso también en otros, la izquierda es esencialmente positiva mientras que la derecha es, sobre todo, una fuerza negativa, de reacción frente a las pretensiones izquierdistas. En este sentido, la derecha es reaccionaria.

La izquierda ve la sociedad como algo moldeable; es decir, ve posible la implantación de sus objetivos. Mientras, la derecha ve la sociedad como un conjunto de usos e instituciones que, sencillamente, son así. La izquierda cree poder llegar a comprender todo el mecanismo del funcionamiento social y de su cambio a lo largo de la historia. La derecha no cree que se pueda llegar tan lejos. La izquierda tiende a ser historicista en el sentido de poder descubrir leyes que explican la evolución histórica, mientras que la derecha ve la historia más como una sucesión, no perfectamente discernible, de hechos particulares pero con una continuidad institucional. La derecha cree poder llegar a una cierta comprensión de la historia, pero nunca de un modo absoluto.

La izquierda ve al hombre como perfectible. Es lógico, pues la sociedad está compuesta por hombres y si busca un cambio social tendrá que comenzar por cambiarlos a ellos. De ella surge el mito del hombre nuevo y la adoración por la juventud como encarnación de un nuevo futuro que plasmará sus ideales. La izquierda busca cambiarlo. Primero, por medio de la educación y luego, por los medios de comunicación y la propaganda. La derecha ve al hombre como reo de una eterna naturaleza humana. No busca cambiarlo; lo acepta como es, con sus virtudes y defectos. Pretende mejorar a las personas concretas mediante su sometimiento a normas morales.

Para la derecha la educación es un instrumento para la transmisión de la cultura heredada, y cada generación, un eslabón de una cadena que no debemos romper. Nosotros tenemos el deber de aprender y transmitir nuestra civilización porque lo que somos está definido por ella. Para la izquierda la civilización es un conjunto de conocimientos, normas e instituciones aprovechables pero esencialmente opresores y contrarios al cambio necesario hacia la sociedad perfecta. La izquierda, aunque tenga la pretensión de ser hegemónica, es esencialmente contracultural en el sentido más estricto del término.

La izquierda identifica problemas y ofrece soluciones. Son soluciones de una vez, pues en cuanto se implantan curan a la sociedad de sus males, claramente identificados por ella. La derecha no ve tantos problemas, tiende a aceptar la sociedad como es y ve en ella más virtudes que defectos. Las instituciones tradicionales son, para la izquierda, usos que no están sometidos a una lógica y por tanto son susceptibles de ser sustituidos por otros más racionales. Pues además son arbitrarios. Para la derecha esas instituciones tradicionales tienen un sentido, aunque no siempre lo podamos identificar. No son arbitrarias, por tanto, y su remoción o su cambio brusco pueden producir más males que bienes. La izquierda es impaciente. La derecha es conformista. La izquierda mira al futuro. La derecha mira al pasado.

La izquierda, que tiene muy claro a qué objetivo quiere llegar y se entusiasma con la sociedad ideal, no entiende la oposición de la derecha. Cree que la derecha, como ella, ve la posibilidad de una sociedad ideal, y la explicación que encuentra en su oposición es que tiene intereses contrarios a ese objetivo. Cree que la derecha ataca sus derechos futuros, y también los presentes en la medida en que éstos han sido conquistados. La derecha, por su parte, ve los esfuerzos de la izquierda como una subversión del orden establecido y un ataque a sus derechos presentes, que surgen del pasado.

La izquierda busca un cambio radical en la sociedad y ve al Estado como el instrumento idóneo para lograrlo. La derecha ve al Estado como una institución más de la sociedad y quiere someterlo, como todo lo demás, a las servidumbres tradicionales, al respeto del resto de las instituciones, a las normas de la moral.

La religión es contraria a la razón; es un conjunto de creencias y usos que sostienen la sociedad tradicional, y como tal es un elemento que hay que suprimir a ojos de la izquierda. En la visión de la derecha, es una Verdad revelada, que está más allá de la comprensión humana, y es un pilar básico de la civilización.

La izquierda adora a la humanidad pero aborrece a la gente. Todos sus esfuerzos están encaminados a la emancipación de la sociedad y a la consecución de una humanidad ideal, mientras que las personas concretas están contaminadas por la vieja sociedad y en ocasiones se oponen a sus planes. Llegan al exterminio de clases enteras o como poco de grupos sociales resistentes a sus planes. La derecha aprecia a la gente pero aborrece a la humanidad. La gente como aquellas comunidades entrelazadas por normas comunes inveteradas y que le dan a cada persona una sensación de pertenencia. Aborrece a la humanidad en el sentido de que desconfía o no aprecia a aquellas personas que no forman parte de esa comunidad natural con la que se identifica.

El intelectual cae fácilmente embriagado por la posibilidad de concebir una sociedad ideal y de conducir ese cambio hablándole al oído al gobernante. La derecha no es necesariamente anti intelectual, pero sí desconfía de esos intelectuales que creen dar con la solución a los problemas sociales. La derecha venera a los héroes, porque encarnan los valores que desea para cada uno.

¿Dónde entronca aquí el liberalismo? Quizás debiéramos plantearnos qué es el liberalismo para dar una respuesta completa, pero acaso no haga tanta falta. El liberalismo forma parte de la derecha en cuanto cree que hay una naturaleza humana fija y cree, también, que existe una armonía natural en la sociedad. En este sentido comprende gran parte de las instituciones existentes y las defiende, pues éstas son la plasmación histórica de esa naturaleza humana. Por tal vía, el liberalismo está en la derecha.

Pero el liberalismo busca la comprensión de la sociedad por vías racionales. Y aunque reconoce que no puede comprender todo el mecanismo social, sí identifica un conjunto de regularidades que le llevan a dos conclusiones: Por un lado, identifica todas las consecuencias negativas del uso de la fuerza coactiva y, por otro, a medida que va identificando al Estado como el mayor causante de la ruptura de la armonía natural, va emergiendo el retrato de una sociedad ideal que es describible en términos racionales. Incluso puede ser revolucionario e impaciente en la búsqueda de la plasmación de ese ideal social. Esto le acerca a la izquierda, aunque sus diferencias con ella son insalvables.

El Scottish National Party: entre el populismo y la independencia

En 1997, bajo los auspicios del recién llegado Nuevo Laborismo, Escocia recuperaba su parlamento a través de la reforma constitucional más importante efectuada en Reino Unido durante el siglo XX. El Scotland Act de 1998 tenía como objetivo acercar el gobierno de Escocia a los escoceses, nunca sentar las bases para la independencia. Asimismo, los primeros procesos electorales celebrados para elegir a las autoridades de la nueva institución no alteraron en lo substancial el mapa político británico, si bien el Labour Party debió formar gobiernos de coalición con los liberales en 1999 y 2003.

Este escenario comenzó a variar en las elecciones de 2007, con el triunfo por la mínima del SNP, esto es, del nacionalismo que apuesta por la independencia. Fue un hecho sorpresivo y para muchos puntual, es decir, la creencia generalizada fue que en los siguientes comicios (2011) todo volvería a la "normalidad", con una nueva victoria del Scottish Labour Party. Las encuestas de los primeros meses de este año así lo reflejaban. Sin embargo, el vuelco dado a las mismas por el SNP ha sido brutal.

En efecto, el nacionalismo ha pasado de estar incluso 12 puntos abajo a lograr la mayoría absoluta, hecho este último sin precedentes en la (breve) historia electoral escocesa y que, evidentemente, tendrá consecuencias en el corto plazo. ¿A qué se ha debido?

Hay un cúmulo de factores concatenados que lo explican. En primer lugar, el Partido Conservador ha visto cómo su ya de por sí precaria situación en Escocia se veía influida negativamente por las medidas económicas impopulares, pero necesarias, que han introducido en el gobierno británico. Dicho con otras palabras, los escoceses, de un modo cortoplacista, no han tolerado los recortes sociales.

Consecuentemente, se ha mantenido el distanciamiento entre conservadores y escoceses iniciado con Margaret Thatcher por motivos económicos y acentuado durante el mandato de John Major, si bien en este segundo caso tuvieron mayor peso los argumentos de tipo constitucional (sintetizados en la oposición del Primer Ministro a que Escocia tuviera su propio Parlamento).

Sin embargo, no sólo los tories han visto cómo los resultados no acompañaban a las expectativas. Sus socios de coalición, los Liberales-demócratas, han sufrido un batacazo enorme, con 13 escaños perdidos, lo que a su vez ha mostrado quién era el socio fuerte y el socio débil en la coalición gubernamental. En genérico, se abren dos opciones a partir de este momento para los liberales: bien romper el acuerdo de gobierno con Cameron (lo que sería un comportamiento infantil), bien seguir formando parte de la misma, aceptando su rol de junior partner, y buscar lo mejor para el conjunto del país.

¿Y el Labour Party? Más de lo mismo. Ha pagado muy caro utilizar Escocia como "conejillo de indias" con vistas a retornar al poder en Reino Unido. Ed Miliband sigue sin encontrar su sitio y los pésimos resultados logrados en Escocia han sido el primer aviso recibido, pues no olvidemos que era uno de los bastiones tradicionales de su formación.

Todo ello ha dejado el terreno abonado para que Alex Salmond, líder del SNP, haya practicado el mayor de los populismos posibles, en ocasiones de forma muy agresiva, presentándose ante el electorado escocés como el salvador y reparador de sus problemas. Sin enfatizar tanto como en ocasiones previas "la independencia", pues sabe que es impopular, sí que ha hablado de crear puestos de trabajo, de impulsar energías limpias, de relanzar la agricultura o de un rancio pacifismo basado esencialmente en dejar a Escocia desprovista de capacidades de defensa…

En esta estrategia ha gastado cuantiosos recursos en una campaña donde no ha escatimado medios para, en el fondo, mostrar unas recetas muy parecidas a las de la izquierda laborista. Así, para diferenciarse de ésta, ha añadido el típico alegato pro-independencia, aunque de forma dosificada.

El resultado ha sido la mayoría absoluta. A partir de ahora tiene que cumplir sus promesas. La primera reacción ha sido abstracta: solicitar más competencias del gobierno central, lo que implica modificar el estatus constitucional de Reino Unido. La batalla centro-periferia está servida para los próximos años.

El Sitio Escolástico del Rector Ibargüen

Escribo con alegría estas líneas, a un mes vista de la V Cena de la Libertad en la que se entregará el correspondiente Premio Juan de Mariana a Giancarlo Ibargüen, rector de la Universidad Francisco Marroquín (UFM) en Guatemala. Poco más voy a añadir sobre sus méritos a la información que pueden encontrar en esta misma página y sus enlaces: Giancarlo es un liberal reconocido internacionalmente (vendrán al Acto directores del Acton Institute, Atlas Economic Foundation, Liberty Fund o la Mont Pelerin Society) que asumió joven la dirección académica de esta brillante Universidad UFM, tan cercana a nuestro Instituto y que ha sufrido recientemente la pérdida de otro gran defensor de la libertad, Manuel F. Ayau, III Premio Juan de Mariana.

Me enorgullezco de conocerle personalmente y de haber sido acogido con esa cálida hospitalidad chapina durante un viaje a la Antigua ciudad de Guatemala. Allí, junto al Secretario de la UFM, Cayo Castillo, me enseñaron despacio la Casa Popenoe, restaurada por la Universidad como un centro de Convenciones. Pues bien, paseando entre orquídeas y cafetos por su jardín me encontré nada menos que con nuestros amigos escolásticos Diego de Covarrubias, Juan de Mariana o Francisco de Vitoria en uno de los pabellones artísticamente restaurados, y donde se han celebrado varios encuentros para jóvenes liberales bajo el patrocinio de El Cato y la UFM. Otras imágenes similares de aquellos doctores adornan también el Campus de la Universidad en Guatemala.

Pero, más allá del buen gusto estético, no puedo menos que admirar el gran sentido académico que ha mostrado la UFM al reconocer la importancia de los Maestros de Salamanca en los orígenes del liberalismo económico y político, o en los fundamentos del Derecho Internacional moderno. Algo sobre lo que no les voy a insistir ahora, pero que ya es una tesis científicamente asentada a pesar de que en este lado del Atlántico todavía la desconozca demasiada gente.

Sencillamente quería destacar el enorme impulso que le está dando a ese argumento un Rector "de ciencias", brillante ingeniero de telecomunicaciones y hombre de negocios, que ha sabido descubrir (y hacer patente) la tradición humanístico-liberal de la Escuela de Salamanca. Para difundir estas ideas y dar a conocer a sus autores puso en marcha el Sitio Escolástico, un espacio en la web que completa las intuiciones visuales de la Casa Popenoe. El Instituto Juan de Mariana también ha colaborado en ese proyecto, del que todavía queda mucho recorrido (y al que por supuesto animo a que se incorporen ustedes). Tan solo por este motivo creo que nuestro Rector se merece con honores el V Premio Juan de Mariana.

El germen socialista arraiga en el PP

La cúpula popular, la elite de políticos que aspira a sustituir a los socialistas en el Gobierno, ha ido interiorizando progresivamente clichés e ideas propias de un progresismo trasnochado como resultado de su ansiado viaje al centro político. Y lo peor de todo es que nada apunta a que se trate de una mera estrategia de marketing electoral a fin de atraer hacia sí desengañados votantes del PSOE. No obstante, algunos de sus líderes se encuentran de lo más a gusto y natural militando en un socialismo de facto.

Éste es el caso del vicesecretario de Comunicación del PP, Esteban González Pons, votante declarado de Felipe González en sus años de juventud. Cierto es que nadie es perfecto y que todo el mundo puede cometer errores, pero éste no parece ser el caso de González Pons quien, lejos de rectificar, mantiene un ideario netamente izquierdista pese a ocupar un alto cargo en el seno del PP. Así, por ejemplo, lejos de rechazar el famoso Plan E ideado por el Gobierno para impulsar obras públicas del todo inútiles en miles de municipios, Pons no cuestionó la cuantía del fondo, tan sólo su finalidad, al igual que Rajoy. También fue Pons el que criticó duramente al Gobierno por tratar de cerrar el grifo del crédito a los ayuntamientos en 2010 –cosa que al final no hizo, por cierto–, arguyendo que supondría la "miseria" para miles de trabajadores y empresas dependientes del maná público.

El mismo Pons que se declara fan de La Sexta, y el mismo que el pasado viernes cargó contra Telefónica por reducir plantilla y repartir bonus entre sus directivos, al igual que hizo Rubalcaba, Salgado, Valeriano Gómez o el propio Zapatero. En ese mismo discurso arengó a los jóvenes del PP empleando lemas e ideas extraídas de un panfleto anticapitalista, Indignaos, cuyo autor echa en falta el socialismo de la extinta URSS.

Pero Pons no es el único socialista declarado de la familia popular. Gallardón es el ejemplo práctico más plausible. Amante de los impuestos y del gasto público, el actual alcalde de Madrid llegó a disparar un 324% la deuda de la comunidad autónoma durante sus años de presidencia regional. Todo un récord, ni siquiera superado por el tripartito catalán de José Montilla. Su posterior gestión municipal habla por sí sola.

Camps no le anda lejos. La Comunidad Valenciana es la más endeudada del país con respecto a su PIB regional gracias a las certeras políticas económicas de su Gobierno, que en poco o nada tienen que envidiar a la expansión de estímulos fiscales impulsada por el tándem Zapatero-Salgado a nivel estatal.

Así está el PP, ni más ni menos: con responsables de comunicación amantes del socialismo teórico y gestores regionales encargados de poner en práctica tales medidas. Todo ello pone en duda la existencia de una alternativa política real al actual Ejecutivo socialista. No obstante, Pons, Gallardón y Camps, entro otros, son líderes de la máxima confianza de Mariano Rajoy, y éste ya invitó hace tiempo a liberales y conservadores a salirse del PP. Lo está consiguiendo, sin duda.

El capitalismo depende del ahorro, no del consumo

Por ejemplo, por todos es sabido que al capitalismo lo mueve el consumo; basta con darse un paseo por la calle para darse cuenta: cuando las tiendas están a rebosar, se crea empleo, y cuando están vacías, se destruye. Sencillo, ¿no?

Pues no tanto. A quienes creen que el capitalismo se sustenta sobre el consumo –o incluso sobre el consumismo– debería extrañarles el étimo mismo de "capitalismo". Capitalismo procede de capital (esa parte de nuestro patrimonio destinada a generar riqueza para el resto de agentes de un mercado) y para amasar un capital hay que ahorrar y para ahorrar hay que restringir el consumo. ¿Qué sentido tiene entonces decir que un sistema, el capitalismo, cuya misma existencia depende de la virtud de no consumir sólo puede sobrevivir y medrar cuando se consume masivamente? Ninguno, salvo porque aquello que conocemos del capitalismo son sus expresiones más primarias y más mundanas: como productores especializados y consumidores generalistas que somos, cada semana visitamos decenas de tiendas distintas, pero muy pocos serán quienes a lo largo de toda su vida visiten decenas de centros de producción diferentes.

Mas las cosas son así: el capitalismo no depende del consumo sino del ahorro. Una sociedad donde se consumiera el 100% de la renta sería una sociedad nada capitalista. No tendríamos ni un solo bien de capital: ni viviendas, ni fábricas, ni infraestructuras, ni laboratorios, ni científicos, ni arquitectos, ni universidades ni nada. Simplemente, todos los individuos tendrían que estar ocupados permanentemente en producir bienes de consumo –comida, vestidos, mantas…– y no dedicarían ni un segundo a producir bienes de inversión (por definición, si se consume el 100% de la renta es que no se producen bienes que no sean de consumo). Es el ahorro, el no desear consumir todo lo que podamos, lo que nos permite dirigir durante un tiempo nuestros esfuerzos, no a satisfacer nuestra más inmediatas necesidades, sino a preocuparnos por satisfacer nuestras necesidades futuras: producimos bienes de capital para que éstos, a su vez, fabriquen los bienes de consumo futuros que podamos necesitar.

Pero entonces, ¿acaso la economía no entra en crisis cuando cae el consumo? No, quienes entran en crisis cuando cae el consumo son los negocios que venden directamente a los consumidores, pero no toda la economía. Salvando el caso –que trataremos en otro artículo– de que el consumo caiga porque aumente el atesoramiento de dinero (el dinero debajo del colchón), un menor consumo implica que hay disponibles una mayor cantidad de fondos y recursos para invertir. En otras palabras, cuando caiga el consumo, los tipos de interés también se reducirán, con lo que la inversión aumentará; es decir, pasarán a producirse más bienes de capital contratando a los factores que habían quedado desempleados en las languidecientes industrias de bienes de consumo.

Alto. Pero, ¿acaso no son las industrias de bienes de consumo las que compran los bienes de capital (máquinas, productos intermedios, grúas, patentes, material de oficina, ordenadores…)? Entonces, si las industrias que producen bienes de consumo entran en crisis porque venden menos, ¿acaso no reducirán sus compras a las industrias que fabrican bienes de capital? ¿Para qué querrían éstas incrementar su producción?

No, no están locas. Que el consumo caiga significa que las empresas de bienes de consumo ya no pueden vender una parte de sus mercancías al mismo precio que antes. Si no rebajan los precios, parte del género se les queda en las estanterías sin vender, pero si lo hacen, deja de salirles a cuenta comercializar muchos de esos productos. ¿Callejón sin salida? No. Toda empresa que vea minorar su margen de ganancia tiene dos opciones: o comprar el mismo producto más barato a sus proveedores o adquirirles un producto igual de caro pero de mayor calidad por el que los consumidores estén dispuestos a pagar más. En ambos casos, el margen de beneficio de estos productos vuelve a ser positivo: o los precios caen pero los costes también lo hacen, o los costes se mantienen constantes pero los precios de venta suben.

Así pues, sí existe una demanda potencial insatisfecha por parte de las empresas de bienes de consumo y, en definitiva, por parte de los consumidores: demandan bienes de consumo o más baratos o de mayor calidad. Y es a esto a lo que se dedicarán los asequibles fondos y recursos que quedan disponibles tras la minoración del gasto en consumo: a fabricar más bienes de capital que, gracias a su superior productividad, permitan producir en el futuro bienes de consumo más baratos o de mayor calidad.

¿A qué creen que se están dedicando si no las compañías que ahora mismo están buscando nuevos pozos de petróleo o minas de cobre, experimentando con motores de gas más eficientes o investigando como abaratar y perfeccionar las tabletas de los próximos cinco años? Justamente a eso. ¿Piensa que su actividad sería más fácil si todos consumiéramos aún más de lo que ya lo hacemos ahora? Es decir, ¿piensa que su actividad sería más fácil si los tipos de interés se dispararan y si, por tanto, les metiéramos más prisa para que concluyeran todos sus proyectos? No, muchos los terminarían de forma chapucera a los pocos meses y muchos otros ni siquiera los emprenderían.

Por este motivo, en contra de lo que piensan los subconsumistas, no existe ninguna paradoja del ahorro: el ahorro es tanto individual como socialmente beneficioso. Más ahorro incrementa nuestro patrimonio individual y, también, la capitalización de toda la economía: es un poquito menos de pan hoy a cambio de muchísimo más pan mañana. El capitalismo no ha medrado sobre el consumismo, pues en tal caso las sociedades más pobres del planeta –aquellas que para sobrevivir se ven forzadas a consumir todo lo que tienen– serían las más ricas; ha medrado, en cambio, sobre la virtud de la frugalidad de unas clases bajas que se han ido convirtiéndose en medias y, en algunos casos, en capitalistas.

Y ahora, la pregunta estrella: ¿podemos llevar este principio hasta el extremo? ¿Acaso si todos dejáramos de consumir por completo la economía no se desmoronaría? Pues depende de qué entendamos por "dejar de consumir por completo". Si con ello queremos decir que nunca más, jamás, nadie sobre la faz de la tierra piensa volver a adquirir un bien de consumo, entonces sí. Pero por un motivo elemental: producimos para consumir (nota al margen: el ingenuo pensamiento keynesiano razona al revés; consumimos para producir y para tener empleo en algo). Si nadie quiere consumir ni hoy ni mañana, no hay objeto para que sigamos produciendo; podemos tumbarnos todos el día a la bartola en lugar de perder el tiempo y las energías en fabricar algo que nadie desea.

Pero si por "dejar de consumir por completo" entendemos, verbigracia, abstenernos de consumir durante cinco años (en caso de que fuera posible), entonces sí tendría sentido económico que durante esos cinco años dejáramos de fabricar bienes de consumo (esto es, que las empresas que los comercializaran y los ensamblaran cesaran en su actividad) y nos concentráramos en producir unos excelentes y punteros bienes de capital que nos permitieran dar a luz a fabulosos y baratísimos bienes de consumo al cabo de esos cinco años. Es simple: a más ahorro, más riqueza futura… siempre, claro, que valoremos y deseemos más esa riqueza futura que convertirnos en unos austeros anacoretas.

No, el capitalismo no tiene nada que ver con el consumismo. Bueno, en realidad una sola cosa: tanto nos ha enriquecido el ahorro de nuestras generaciones pasadas que ahora, como nuevos ricos, podemos disfrutar de más bienes de consumo de los que jamás soñaron disponer los faraones y los monarcas absolutos. Eso es a lo que los carcas abuelos cebolletas de 30 ó 40 años llaman consumismo y lo que muchos de ellos consideran que debería ser regulado o prohibido (es intolerable que la prosperidad del capitalismo afee la progresista miseria del comunismo). Pero, en todo caso, tengamos bien presente que el afluente consumo actual son los frutos de las privaciones del consumo de ayer y anteayer. El consumo es la cosecha, no la plantación. La plantación es el capital y el sistema social de plantaciones empresariales que nos permite disfrutar de un abundante y variado consumo es el capitalismo.

Antisemitismo, un odio profundamente antiliberal

Los odios hacia las personas que forman parte de un determinado grupo (pues, aunque se suelan enfocar como dirigidos hacia "colectivos", los objetos finales de la fobia y las víctimas de los actos motivados por la misma son individuos concretos) son en esencia, junto con otras características, profundamente antiliberales.

La xenofobia, el racismo, la homofobia, la crisitianofobia, la islamofobia y otros sentimientos similares tienen en común el hecho de que quien las siente no valora a cada persona como objeto del odio como un ser individualizado. Al contrario. Tan sólo importa de ella la pertenencia a un grupo, y se le atribuye toda una serie de características personales por el hecho de formar parte de ese "colectivo" al que se percibe como un "todo" homogéneo, nocivo y, en ocasiones, hostil. Esta característica convierte a estos odios en algo de por sí antiliberal, pues niega el valor de cada persona en sí misma.

Hay, sin embargo, un odio de naturaleza similar a los anteriores que resulta más profundamente individual que el resto: el antisemitismo o judeofobia (utilizaremos ambos términos, si bien el segundo es más preciso). Recientemente, se hizo público el Informe Sobre el Antisemitismo en España 2010, según el cual el 36% de los españoles tiene una opinión desfavorable o totalmente desfavorable de los judíos. No se trata de algo sorprendente, puesto que el antisemitismo en España tiene unas raíces profundas. Sin embargo, otros datos sí llamaron la atención de quienes presentaron los datos del estudio.

Es cierto que resulta llamativo que la extrema derecha tenga mayor simpatía por los judíos (4,9 en una escala de 10) que la media de los españoles (4,6). Esto puede deberse a una percepción pervertida del conflicto de Oriente Medio, según la cual, en un análisis poco riguroso y sin profundizar en las raíces del problema y la actuación real de cada bando, "los judíos matan árabes". Sin embargo, no debería considerarse tan sorprendente que la proporción de personas con sentimientos antisemitas sea superior en el centro izquierda que en otros sectores de la población.

Esto se debe a que la judeofobia ha estado tradicionalmente ligada al odio al comercio. Ya el sentimiento antijudío medieval identificaba al hebreo con la usura, y el antisemitismo moderno nacido en el siglo XIX era profundamente anticapitalista. De hecho, y aunque en determinados momentos de finales de esa centuria y a lo largo del S. XX la izquierda hizo suya la defensa de los judíos frente a la discriminación, algunos de los grandes impulsores del antisemitismo contemporáneo se situaban en el bando del socialismo. La obra de Karl Marx que más han intentado ocultar sus seguidores (del nazismo y el Holocausto) es un librito titulado Sobre la cuestión judía, en el que el autor de El Capital hace afirmaciones como:

¿Cuál es el fundamento secular del judaísmo? La necesidad práctica, el interés egoísta.

¿Cuál es el culto secular practicado por el judío? La usura. ¿Cuál su dios secular? El dinero.

Pues bien, la emancipación de la usura y del dinero, es decir, del judaísmo práctico, real, sería la autoemancipación de nuestra época.

O esta otra:

Nosotros reconocemos, pues, en el judaísmo un elemento antisocial presente de carácter general, que el desarrollo histórico en que los judíos colaboran celosamente en este aspecto malo se ha encargado de exaltar hasta su apogeo actual, llegado al cual tiene que llegar a disolverse necesariamente. La emancipación de los judíos es, en última instancia, la emancipación de la humanidad del judaísmo.

O esta, que recuerda a uno de los prejuicios reflejados en el Informe Sobre el Antisemitismo en España 2010 (el 58,4% de los españoles creen que "los judíos tienen mucho poder porque controlan la economía y los medios de comunicación"):

Un judío que tal vez carece de derechos en el más pequeño de los Estados alemanes, decide la suerte de Europa.

Y como último ejemplo, otra cita que recuerda a las ideas posteriores del nazismo de que los judíos corrompen a los ciudadanos de los países en los que viven:

El judío se ha emancipado a la manera judaica, no sólo al apropiarse del poder del dinero, sino por cuanto que el dinero se ha convertido, a través de él y sin él, en una potencia universal, y el espíritu práctico de los judíos en el espíritu práctico de los pueblos cristianos. Los judíos se han emancipado en la medida en que los cristianos se han hecho judíos.

Todo ello enlaza directamente con el odio no sólo al dinero, sino a la libertad individual en su conjunto.

Los mayores sistemas totalitarios del siglo XX, la Alemania nazi (es el caso más brutal, genocida y extremo) y la Unión Soviética, fueron en distinta medida profundamente antisemitas. Mientras las medidas antisemitas del nazismo y el Holocausto son sobradamente conocidas, no suele serlo tanto la judeofobia estalinista y las consecuencias (mucho menos graves, pero reales) que tuvo. A pesar de que hubo desde el primer momento dirigentes judíos en el Partido Comunista soviético, la URSS fue un país profundamente antijudío en el que se dieron varios episodios importantes movidos por la judeofobia del régimen. Tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, la propaganda y los medios de comunicación ocultaron a la población soviética el Holocausto, al mismo tiempo que el comunismo sí hablaba de este "Crimen Contra la Humanidad" en su propaganda exterior.

En agosto de 1952, Stalin ordenó fusilar a varias decenas de intelectuales judíos con la excusa de que estaban conspirando para independizar Crimea y establecer en dicha península una sociedad con el doble carácter de burguesa y sionista. Ese mismo año, cientos de judíos checoslovacos fueron detenidos bajo la falsa acusación de colaborar con una Embajada de Israel en Praga, a la que se señaló como un centro de espionaje mundial. Y por volver a la URSS y sin salir de 1952, catorce altos cargos de PCUS fueron detenidos acusados de conspirar contra el Estado soviético. Once eran judíos.

Un año después, Stalin se inventó el famoso Complot de las batas blancas, fruto de lo cual se detuvo a numerosos médicos judíos acusándoles de asesinatos y, una vez más, conspiración contra el Estado soviético. Se daba por hecho que se producirían persecuciones masivas e incluso deportaciones, pero la muerte del tirano cambió algunas cosas en la URSS. En las medidas antijudías no estaba sólo implicado Stalin, sino que participaron otros altos cargos del régimen comunista.

Ya en la actualidad, el que se ha convertido en el impulsor y paladín del llamado Socialismo del Siglo XXI, Hugo Chávez, ha demostrado tener amplias credenciales antisemitas. Uno de los sitios web desde los que cualquiera se puede descargar de forma gratuita Sobre la cuestión judía es en el del canal oficial Vive, que se define como una "televisora informativa, cultural y educativa". En alguna de sus mediáticas expropiaciones, la judeofobia es un elemento fundamental, en alguna cierta sostuvo que sus enemigos eran "los que mataron a Jesús" (idea herencia de un viejo prejuicio antijudío ya rechazado por la Iglesia católica) y tuvo como asesor a uno de los principales negadores del Holocausto, el peronista argentino (ya fallecido) Norberto Ceresole.

El antisemitismo es, por tanto, un odio con profundas raíces antiliberales y que tiene buena acogida entre muchos de los que profesan ideas contrarias a la libertad, tanto en economía como en otros aspectos de la vida.

Lecciones de la campaña electoral peruana

Tras la dictadura militar, Perú ha vivido épocas complicadas y convulsas. La década los años ochenta fue un completo desastre y finalizó con el país preso del binomio, tan característico en América Latina, corrupción-hiperinflación. Con el inicio del Fujimorismo (1990), el país mejoró económicamente pero desde el gobierno se vulneraron los derechos y libertades fundamentales de los ciudadanos, sin olvidar la práctica del terrorismo de Estado. La conclusión fue que las dos cabezas visibles de la política peruana, Alberto Fujimori y Vladimiro Montesinos, dieron con sus huesos en la cárcel.

Los gobiernos de Alejandro Toledo (2001-2006) y de Alan García (2006-2011) hicieron que la estabilidad fuese la protagonista tras décadas de ausencia y, con ella, el crecimiento económico. Así, Perú se convirtió en una de las naciones latinoamericanas más estables, alejada de toda influencia albista. Igualmente, García no dudó en más de una ocasión en convertirse en el enemigo dialéctico principal del Chavismo. En consecuencia, Perú se unió al selecto y cada vez más numeroso grupo de países de América Latina que respeta a las instituciones del Estado de Derecho y apuesta por su permanencia.

Sin embargo, todo esto no parece suficiente y actualmente es Ollanta Humala el que ocupa el primer lugar en las encuestas, lo que no significa que se vaya convertir en el ganador final; y Keiko Fujimori, "la hija del Dictador", le sigue en las preferencias del público. Es evidente que, entre determinados sectores, la obra social que realizó su padre (más como instrumento de lavado de imagen que en servicio de sus compatriotas) sigue pesando mucho, de ahí que haya mantenido siempre buenos resultados en las encuestas, a lo que han ayudado sus reiteradas manifestaciones afirmando que se opuso a la tercera reelección (la vulneración constitucional final perpetrada por su progenitor).

Una vez más, el continente hermano muestra que una de sus grandes carencias es la capacidad de crear organizaciones políticas que estén por encima de la personalidad de sus líderes. Todo lo contrario, son estos últimos los que crean el partido una vez que su mensaje retórico y demagógico ha calado entre sus compatriotas. El caso de Humala ilustra significativamente esta tesis, sin olvidar que el partido de Alan García (el APRA) ni tan siquiera ha presentado candidato para estos comicios.

Ollanta Humala es el representante de la izquierda nacionalista (concepto que supone una clara contradicción, ya que la doctrina marxista clásica enfatizaba el internacionalismo y repudiaba el nacionalismo). Asimismo, con la finalidad de dulcificar su discurso, ha preferido señalar que su modelo es Lula (aunque sin repudiar a Chávez). Desde las filas del socialismo del siglo XXI, de forma deliberada tampoco se está acentuando el apoyo a la candidatura de Humala. El Presidente venezolano optó por una estrategia defensiva en su reciente viaje a Uruguay cuando afirmó que, con los intentos de vincular a Humala con él, se busca minar el apoyo al candidato de Gana Perú. Hugo Chávez parece asumir que su proyecto político, además de pasar por serias dificultades económicas, no está en condiciones de permitirse un retroceso más.

A pesar de esta táctica bien calculada, Humala no puede ocultar dos aspectos que lo convierten en potencialmente peligroso si finalmente se convierte en Presidente. Por un lado, aspira a modificar la Constitución. En su utopía, quiere crear una "nueva república de mayoría progresista", objetivo que desde su punto de vista no puede llevarse a cabo bajo la actual Carta Magna. Por otro lado, cuando habla de "economía nacional de mercado", se refiere a un proteccionismo económico en el cual el Estado es el principal actor en lugar del sector privado. Hacia este último las advertencias son más que veladas, lo que lleva a pensar que podría quebrarse el modelo económico seguido en los últimos años, el cual ha generado prosperidad y ha tenido como una de sus piedras angulares la firma de Tratados de Libre Comercio.

Ensayos (fallidos) de persuasión

Uno de los puntos negros de quienes se autodenominan liberales (incluyo a los libertarios) es la expresión. Es paradójico que sea tan difícil la persuasión cuando lo que se defiende es una idea tan "vendible" como la libertad: todos apreciamos la nuestra.

Y, sin embargo, son los líderes cuyas propuestas más constriñen la libertad de los individuos quienes se han llevado el gato al agua. Empezando por los apelativos. A unos se les llama "fachas", que proviene de un régimen dictatorial como el fascio italiano, ideología prima hermana del nazismo alemán. No voy a profundizar en las connotaciones negativas del término. Pero desde luego no son comparables con las que inspira el apelativo del otro bando: progre. Viene de progresista, que indica al menos un avance en el camino. Si alguien hace una crítica al sistema socialista mundial en que vivimos, es un facha; si defiende el saqueo al bolsillo del contribuyente, es progre. ¿No resulta paradójico?

Estos sesgos en el lenguaje empleado por unos y otros es máximo en todo lo que tenga que ver con lo artístico y, últimamente, con los temas dos punto cero. Si se cuelga de internet un vídeo sobre lo que sea y el conferenciante es conservador americano, un progre no resistirá la tentación de criticar el sesgo neocon, ya que el conferenciante es republicano; incluso si dentro del partido republicano el ponente está situado en la esquina más centrista y suavona. Pero suponiendo que fuera al contrario, que se tratara de un ponente que pertenece al partido demócrata, lo normal es que se haga caso omiso de su filiación. Las críticas de libertarios y liberales van a dirigirse no tanto a su pertenencia a un partido como a los argumentos defendidos. Es más, muchos son los libertarios que, igual que rechazan el intervencionismo, venga del partido que sea, por la misma razón aceptan las medidas liberales, provengan de donde provengan.

Otra asimetría que nos perjudica es que un liberal o un libertario acusará los eslóganes demagógicos y espurios tanto dentro de sus pares como en los contrincantes intelectuales, mientras que los socialistas de todos los partidos, pero especialmente los de izquierdas, son maestros de la demagogia y la manipulación. Y de esta forma, nos vemos expuestos a ser tachados de mil y una vilezas referidas a los débiles (niños, enfermos, ancianitos…, pobrecitas mujeres…) a sabiendas de que no vamos a caer en lo mismo, sencillamente por escrúpulos.

¡Lo social vende tan bien! ¿A qué capitalista malévolo se le ocurre quitarle a esa niña necesitada el pan de la boca? Pero nadie recrimina a los socialistas que le roban el futuro a esa misma criatura al aumentar la deuda del Estado, o que trata de irresponsables y tontos a los padres de los niños pobres cuando se aboga por la enseñanza gratuita y obligatoria. Nadie cae en la cuenta de que la paridad es una falta de respeto a la mujer y que se pone en duda su capacidad para fijarse los objetivos que le vengan bien y de encontrar el camino que le lleve a su consecución. Nadie piensa que, además de mi bolsillo, son los bolsillos más precarios los que se ven afectados por los derroches de los gobiernos socialistas.

Eso sí, ninguno de los críticos del liberalismo puro y del libertarianismo se piensa dos veces tachar de radical, facha, ultra y lo que haga falta a quienes lo que pedimos es que se nos deje buscar nuestro modo de llevar nuestra vida, incluyendo nuestra forma de ser solidarios, de relacionarnos como seres sociales que también somos. Y ésta es una cuestión importante que proviene de uno de esos errores convenientes de los intervencionistas. Los defensores de la libertad individual no creemos que hay que vivir aislados, ni somos necesariamente egoístas (o más que los socialistas). Tenemos amigos, creamos empresas, damos trabajo o trabajamos en ellas, pertenecemos a clubes, vamos o no al fútbol… somos normales. Eso sí, creemos que hay que respetar la responsabilidad individual como punto de partida irrenunciable para vivir armónicamente en sociedad. Y en eso consiste la libertad. Lo contrario fomenta irresponsabilidad (porque el que la hace no la paga), obstaculiza el planteamiento de metas y la búsqueda de caminos para su consecución, porque lo colectivo está por encima de lo individual. Como si lo colectivo no procediera de lo individual, como si no estuviera ligado el buen funcionamiento de ambos niveles, y como si alguno de ellos fuera ajeno a la naturaleza humana.

La Utopía y Marco Aurelio

¿Qué espacio puede tener en un entorno liberal la figura de un viejo emperador romano? Aquellos dirigentes eran la cúspide de un régimen autoritario basado en el ejército. No olvidemos que el sentido primigenio del sustantivo imperator era el de "general en jefe".

Marco Aurelio (121-180 d.C.) es uno de esos emperadores. Está catalogado entre los "buenos". Los hubo "malos" y fueron muchos más que los otros. Marco Aurelio es, además de emperador, el autor de un libro cuya traducción ha venido siendo en español Meditaciones y que en el griego original de su redacción recibió el título de Palabras para uno mismo. Donde pongo Palabras, bien pudiera haber puesto Reflexiones, ya que el original griego es tan ambiguo que la mejor traducción sería Cosas. Pero ese término en español resulta poco aceptable como título. Si alguien se pregunta por qué escribió el libro en griego y no en latín, la respuesta es que el griego en aquel momento era el idioma de la filosofía, de la reflexión, del saber. Marco Aurelio llevaba barba como su antecesor Adriano, quien la puso de moda porque era un amante de Grecia. Grecia era símbolo del pensamiento y sus filósofos llevaban barba.

Las Meditaciones fueron escritas en buena parte durante las campañas fronterizas del emperador contra partos y marcomanos. Están no ya teñidas, sino sumergidas en un estoicismo omnipresente. Hay una suave melancolía, una resignación serena ante la caducidad de la vida. Hay un orgullo contenido de ser romano y una temperada conciencia del inmenso poder del cargo. Hay apelaciones a la razón como guía y ciudadela ante las asechanzas de la fortuna. En fin, Marco Aurelio despliega ante el lector toda una panoplia de reflexiones sobre el ser y el vivir que han convertido su obra en un modelo literario y filosófico.

Ahora bien, vuelvo a la pregunta del principio: ¿qué espacio puede caber para un monarca absoluto en una página liberal? Ninguno, a priori. No obstante, durante la lectura del libro, uno se topa repentinamente ante esta frase: "No esperes la República de Platón; por el contrario, considérate satisfecho si lo más nimio progresa y considera que el resultado de esto mismo no es algo insignificante"(Meditaciones, IX 29). Lo que hubiera sido el sueño de Platón, ver a un filósofo en la cúspide de la sociedad y con un poder casi absoluto, se torna, una vez vuelto realidad, en una abrumadora confesión de realismo. Las palabras de Marco Aurelio evocan en el lector liberal a Karl R. Popper y sus juicios sobre Platón en La sociedad abierta y sus enemigos, donde el ateniense aparece como el primer propugnador del totalitarismo precisamente con su diálogo La república. Luego, vienen a la memoria las palabras que el filósofo austríaco dedica a lo que él llama "los ingenieros o técnicos fragmentarios": "Aunque albergue algún ideal concerniente a la sociedad como ‘un todo’ –su bienestar general quizá–, no cree en el método de rehacerla totalmente. Cualesquiera que sean sus fines, intenta llevarlos a cabo con pequeños ajustes y reajustes que pueden mejorarse continuamente"(La miseria del historicismo, trad. Pedro Schwartz, Madrid, Alianza-Taurus, 1995, páginas 79-81).

Consciente del anacronismo y llevada por encima del oleaje de la historia en una travesía a contracorriente de su curso, la fantasía del lector empuja a pensar que Marco Aurelio fue uno de esos "ingenieros fragmentarios". Frente a ellos desfilan quienes, llevados por la utopía de la sociedad perfecta imaginada por Platón, pretenden instaurar un paraíso en la tierra cuyas máximos logros, al final, suelen reflejarse en el cartel de entrada a un GULAG o en una montaña de calaveras humedecidas por los monzones de un remoto confín asiático.

Quizá sea este mensaje del viejo emperador uno de los que la intelligentsia políticamente correcta contemporánea desee evitar que nuestros escolares hallen en el curso de sus estudios. De ahí, no dejaré de insistir, su odio a todo lo que huela a las raíces de nuestra civilización. Es lógico que les resulte humillante comprobar cómo hace muchos siglos alguien desvela sus falacias.

En otra veleidad de la fantasía, se puede llegar a pensar que no vendría mal grabar esa frase en los frontispicios de todos los centros de poder para que el político de turno no creyese que su función es cambiar el mundo, sino contribuir modestamente a mejorar algo, un poco, las condiciones de quienes lo han alzado al puesto que ocupa, sobre todo dejándoles que hagan su vida libremente. Y sentirse, a continuación, totalmente satisfecho con esa tarea.