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Etiqueta: Pensamiento liberal

Sorpresa: los Estados también quiebran

En momentos de crisis, nos decían, el Estado tiene que sustituir a un sector privado paralizado por la incertidumbre y cuyas demandas de bienes de consumo y de bienes de inversión han desaparecido.

Portentosa huida hacia delante similar a la de esos malos estudiantes que no satisfechos con haber suspendido un curso entero en la universidad, duplican el número de asignaturas matriculadas al año siguiente para aparentar que siguen en la brecha.

Debería haber sido evidente desde un principio que la deuda pública no constituía un activo para una economía, sino más bien, y como dicta su naturaleza, un pasivo. Sólo aquellos que se han inyectado a Keynes en las venas pueden pensar que una borrachera de gasto y endeudamiento generará la riqueza adicional suficiente como para autofinanciar el propio torrente de despilfarro.

Al fin y al cabo, el economista inglés se burlaba  de los economistas clásicos por creer (en realidad no lo creían, pero él los manipuló tanto que todo el mundo ha terminado por tragárselo) que "toda oferta genera su propia demanda". ‘Pobres ignaros decimonónicos’, pensaban altivos desde su atalaya los economistas del s. XXI pertrechados de modelos macroeconómicos a cada cual más irreal. Pero lo cierto es que los sucesores de Keynes se han creído a pies juntillas otra máxima más ridícula si cabe, la de que "todo endeudamiento público genera sus propios ingresos fiscales".

Y así, llegamos a donde nos aseguraron que nunca llegaríamos si seguíamos sus recomendaciones, si aplicábamos a rajatabla ese libreto mal escrito y peor razonado de la Teoría General. Grecia al borde de la quiebra y tras ella… España. Eso afirma Roubini, Dr. Doom, el gurú que tanto prestigio ha ganado durante esta crisis y también el mismo que ha avalado esta política de endeudamiento masivo: "Si el sector privado no puede gastar, las antiguas y tradicionales políticas keynesianas de gasto por parte del Gobierno se vuelven a convertir en necesarias", nos prescribía poco después de la caída de Lehman Brothers.

Ya ni siquiera los más entusiastas partidarios del gasto público se atreven a negar la posibilidad de que algunas economías quiebren y por ello se afanan en buscar excusas con las que justificar por qué las economías que más ajustes necesitaban –y que menos ajustes han implementado gracias al manto protector de la deuda pública– siguen hundiéndose en la miseria, pese a que sus Estados –incluyendo a nuestra España– han sustentado perfectamente la demanda privada que desaparecía, tal y como ellos recomendaban.

Hace dos años, algunos –tampoco demasiados–marcamos el objetivo al que deberían dirigirse las finanzas públicas para favorecer una pronta recuperación: bajar los impuestos y reducir aún más el gasto público para así generar superávits. La lógica era palmaria: España –Occidente en general– tiene un problema de excesivo endeudamiento que sólo puede paliarse incrementando durante varios ejercicios el ahorro, para lo cual será necesario recortar el consumo privado y también el público. Menos impuestos y menos gasto habrían permitido reducir la deuda pública y privada, colocando a nuestras sociedades en posición para volver a invertir y prosperar.

Pero no, se aplicó justo la receta opuesta: incrementar desproporcionadamente el gasto para aparentar que seguíamos siendo ricos mientras nos hundíamos en la miseria. Ahora no sólo tenemos que realizar los duros ajustes que deberíamos haber acometido hace años, sino que, en el caso de España, debemos hacerlo con la gravosa carga adicional de unos 150.000 millones de deuda pública.

Es el síndrome del nuevo rico incapaz de administrar sus finanzas y que termina por arruinarse. Nuestras élites políticas e intelectuales no estaban maduras, pues desconocían y desconocen cómo funciona una economía de mercado. Sólo les ha faltado que desde el extranjero el consenso económico internacional –que ya quebró cuando estalló la crisis y que se vuelve a resquebrajar ahora que la ha acentuado en varias partes del globo– les haya dado ánimos para seguir gastando y endeudándose. Algunos, como ese insigne propagandista llamado Paul Krugman, incluso se atreven a afirmar que el problema es que nuestros Estados no se han endeudado lo suficiente.

Pero ahí tenemos las consecuencias de su vademécum: los mismos que creían que no existía "otra política económica posible" son los mismos que ahora anuncian apesadumbrados y como si no fuera con ellos la quiebra de los eslabones más débiles de la economía mundial. Pues nada, a seguir así, a ver si con Obama como aliado también conseguís cargaros la economía estadounidense previa ronda de lloros, lamentos, excusas y unos cuantos "yo no fui".

Juan Ramón Rallo es jefe de opinión de Libertad Digital, director del Observatorio de Coyuntura Económica del Instituto Juan de Mariana, profesor de economía en la Universidad Rey Juan Carlos y autor de la bitácora Todo un Hombre de Estado. Ha escrito, junto con Carlos Rodríguez Braun, el libro Una crisis y cinco errores donde trata de analizar paso a paso las causas y las consecuencias de la crisis subprime.

Zapatero a expiar sus (muchas) culpas

Por ejemplo lo de poner al presidente a rezar en una asamblea de confesiones cristianas, cosa que aquí deberíamos hacer mensualmente con Zapatero a ver si algún día hacemos de él un hombre de provecho. 

La circunstancia de que nuestro presidente del Gobierno diga que es laico sin saber qué significa (como tantas cosas) no es impedimento para que participe en acontecimientos penitenciales como el que va a tener lugar el mes próximo en Washington. Al contrario, Zapatero lo necesita más que muchos de los que van a acudir al ritual como es público y notorio. 

Nuestro problema es que la Iglesia española tiene un nivel tan lamentable por mundano, que si Zapatero acudiera a una liturgia moderna se encontraría con obispos y curas mucho más laicos que él, si es que ello fuera posible. Sólo hay que recordar los espectáculos de la parroquia roja de Vallecas, con Bono y Zerolo comiendo rosquillas y abrevando calimocho en comunión con otros marxistas y ateos (comenzando por los concelebrantes) para desechar una idea que no cumpliría su objetivo.

No obstante para eso están los EEUU, donde presidentes tan laicos como ZP no tienen inconveniente en rezar sincera y públicamente por la nación y sus ciudadanos. Esta visita de Zapatero para participar también en la oración comunitaria va a ser, probablemente, lo único provechoso de su presidencia europea semestral. Igual cae al suelo lanzando espumarajos y algún cura católico presente consigue expulsar los demonios que atormentan su alma. Vade Retro.

Política e imagen

Pocos dudarán de la importancia que la imagen tiene actualmente. Nadie en su sano juicio iría a una entrevista de trabajo con bermudas y camisa floreada, como pocos son los que van a la playa a pasar una tarde entre amigos con traje y corbata. Cada momento tiene sus formas,  su imagen y éstas son importantes en tanto forman parte de nuestra tarjeta de presentación y transmiten información personal de cómo somos e incluso de cómo actuamos. Sin embargo, esta pasión por la imagen se está volviendo enfermiza y peligrosa cuando de lo que hablamos es de política.

Desde que la televisión se convirtió un fenómeno de masas, el color de la corbata, la marca del traje, el fondo de armario del político se ha convertido en un asunto de Estado. Las chaquetas de pana llevaron en volandas a Felipe González a la presidencia española para luego ser abandonadas por trajes cada vez más caros. Los descamisados de Alfonso Guerra pronto vistieron camisas de Hermenegildo Zegna o Loewe que se sacaban por fuera del pantalón para no confundir a posibles votantes. No hace mucho, Leire Pajín y otros cargos importantes del PSOE cantaba puño en alto la Internacional mientras lucían ropa de marcas que no se pueden permitir muchos proletarios. Sobre Aznar se lanzaron un millar de estilistas tijera en mano hasta que su bigote y flequillo terminaron enamorando, presuntamente, a millones de votantes. A Rajoy se le puede ver en mangas de camisa, como camarero improvisado en un albergue para desheredados en plena campaña navideña o como respetable congresista según le conviene.

El problema de la imagen es que poco a poco ha ido sustituyendo a la profundidad del mensaje político hasta el punto de que los grandes anuncios políticos se sincronizan con la hora del telediario para que con una frase grandilocuente o con un eslogan acertado se encandilen millones de televidentes. En la recién estrenada presidencia española de la UE, José Luis Rodríguez Zapatero se ha gastado un porrón de euros en un nuevo mobiliario para que las reuniones de la superburocracia europea luzcan adecuadamente, cantidad que nos ha dejado con la boca abierta y el bolsillo dolorido, mientras ha anunciado que en seis mes, en seis, ni más ni menos, nos sacará de la crisis.

Aquí lo importante no es tanto si ese objetivo es posible o no, sino dar la sensación de que estamos ante un político ágil y comprometido con cierta utopía futurista. Una de las críticas, acertada desde mi punto de vista, es que el actual gobierno socialista ha estado gobernando a golpe de imagen, de negar la evidencia o de usar un asunto polémico o una ley vacua para tapar o minimizar los efectos de errores más graves o carencias evidentes. Y lo ha hecho con un éxito considerable.

Hay que reconocer que esta actitud política por sí sola no se sostiene sino que necesita la complicidad de otras actitudes que sostengan este particular mundo virtual. La primera es la de los medios de comunicación. Si estos se mantienen pastando del presupuesto como lo hacen los públicos, o pendientes de que les autoricen tal o cual emisora de radio o que les permitan tener una televisión aparentemente privada, nunca podremos aspirar a que las críticas al poder establecido sean demoledoras, que les hagan daño, que les obliguen a corregir o eliminar medidas concretas. Los medios de comunicación, en especial los audiovisuales, les hacen el juego reduciendo los discursos a simples frases o intervenciones que se suponen que concentran la esencia del mensaje. El resultado termina siendo la promulgación de leyes vacías que pretenden más un adoctrinamiento de la población que la resolución de ciertos problemas.

Alguien podría pensar que tal situación sí que se ha producido cuando después de los atentados del 11-M casi todos los medios de comunicación apuntaron al PP en el poder, como último responsable de los muertos. Semejante pensamiento es demasiado ingenuo, pues su actitud sólo favoreció un cambio de gobierno, con aspiraciones a cambio de régimen, que desde entonces ha endurecido el poder del Estado con leyes cada vez más coactivas, con libertades cada vez más restringidas y con una población cada vez más controlada.

La segunda actitud es quizá más preocupante. Es la actitud de la ciudadanía, es la actitud de gente que está dispuesta a someterse al poder, que está dispuesta a perder cada vez más libertad, es la actitud de los que no buscan salirse de lo oficial, de los que no hacen nada o hacen poco por sus propios problemas porque piensan que vendrá papá Estado a solucionarlos, es la actitud de los que piensan que existen fórmulas mágicas que sólo son conocidas por nuestros políticos y que sólo ellos pueden desarrollar e implantar, es la actitud de los que no buscan información y conocimiento y una actitud crítica ante la vida, del que traga todo tipo de ley y norma política sin ni siquiera plantearse su legitimidad, su legalidad o incluso su moralidad. Es la actitud del grupo pastueño que ha olvidado o no ha aprendido que el precio de la libertad es la eterna vigilancia. Con esta ciudanía, con estos medios de comunicación y con estos políticos afrontamos la salida de la crisis económica. Feliz año a todos.

Ética y personas inexistentes

Derechos, deberes y prohibiciones éticas son formas de expresar normas de conducta para minimizar los posibles conflictos entre personas y permitir el desarrollo individual y social. Estos conceptos legales sólo son aplicables a sujetos éticos existentes en cada momento, unos respecto a otros, como agentes que actúan y como receptores de los efectos de diversas acciones: no tiene sentido exigir obligaciones o aplicar protecciones a entidades inexistentes, sea porque son ficciones imaginarias, porque ya han muerto o porque aún no han nacido. Las personas que no existen no tienen problemas, no actúan, no prefieren, no valoran la realidad, no toman decisiones, no participan en ningún conflicto. Nuestros antepasados ya fallecidos tuvieron derechos pero ya no los tienen. Nuestros descendientes aún no nacidos tendrán derechos pero aún no los tienen. Los personajes de ficción sólo existen en la ficción.

La única norma ética universal, simétrica y funcional es el derecho de propiedad (junto con el cumplimiento de los pactos contractuales). Las personas inexistentes no pueden ser propietarios de nada real (ni controlan bienes ni pueden tener y expresar preferencias ni sufrir daños) y no pueden comprometerse a nada con nadie.

Sin embargo a menudo los seres humanos incluyen seres inexistentes (ancestros, divinidades, generaciones futuras) en sus argumentaciones morales por diversos motivos: ciertas normas culturales se transmiten como sabiduría de generación en generación; la creencia en espíritus con capacidades de vigilancia y recompensa o castigo refuerza el cumplimiento de normas cooperativas; la atribución del origen de las normas a agentes benevolentes y poderosos que no forman parte del grupo puede servir para evitar conflictos de interés entre cooperadores igualitarios o para justificar falazmente el dominio de los poderosos sobre los explotados.

Los seres humanos no actúan conforme a lo que es estrictamente real, sino según sus representaciones mentales imperfectas, que no abarcan toda la realidad y pueden incluir entidades irreales, recuerdos de personas ausentes o proyecciones imaginarias. En la mente de un individuo coexisten memorias de personas reales con representaciones de personalidades inexistentes, que también tienen intereses y transmiten órdenes o peticiones.

La reflexión ética es posible, pero mucha gente ignora la filosofía y la ciencia de la moral, no se pregunta por la razón de las normas o da respuestas erróneas a su sentido. Dadas las capacidades, limitaciones y especializaciones de la mente humana, a mucha gente le resulta más fácil pensar en las normas morales como resultado de la acción intencional de personas concretas que transmiten órdenes en lugar de analizar las normas como conceptos abstractos despersonalizados.

Los sentimientos morales de los humanos son valoraciones procesadas inconscientemente y percibidas como normas de conducta (inhibidores o activadores) que en general no tienen características de universalidad y simetría y pueden ser ocasionalmente (o sistemáticamente) disfuncionales. Estos imperativos morales pueden ser instintivos (genéticos) o resultado de la transmisión cultural, en especial durante la infancia del individuo.

Aunque las normas éticas son universales y simétricas, la continuidad de la especie humana es claramente particular y asimétrica: los progenitores transmiten sus genes e invierten recursos en sus hijos, quienes durante bastante tiempo no pueden mantenerse por sí mismos. Además los adultos son por lo general más fuertes y sabios que los niños, de modo que los padres suelen transmitir ideas y dar órdenes a los hijos (deberes, prohibiciones), y estos buscan su protección y tienden a asumir las indicaciones recibidas (para obtener premios o evitar castigos), llegando eventualmente a hacer suyas las reglas recibidas de sus mayores (progenitores y miembros destacados de la tribu).

Cuando los niños se hacen adultos siguen obedeciendo las indicaciones de sus mayores aunque estos hayan muerto, los honran y mantienen sus compromisos con ellos, lo cual origina un culto a los ancestros: la memoria de personas pasadas y sus ideas influye sobre la conducta moral actual. Este culto puede ser impersonal (los antepasados en general) o particularizarse en algunas figuras sobresalientes (héroes, jefes, personajes carismáticos). Dadas las exigencias de poder y sabiduría de la persuasión moral es fácil que lo histórico se transforme en mito o leyenda. La creencia en espíritus sobrenaturales vigilantes con poder para premiar y castigar refuerza la influencia de las normas morales sobre el control de la conducta.

Cada individuo actúa según sus contenidos mentales, pero esos contenidos pueden ser resultado de interacciones con otros sujetos (las conductas individuales no están completamente descorreladas, cada uno influye sobre las decisiones de los otros). Mediante la comunicación lingüística los miembros de un grupo pueden intentar manipularse unos a otros implantándose programas mentales que dirijan su comportamiento. Estas influencias mutuas permiten la coordinación social: la presión de la conformidad hace que los contenidos morales sean mayoritariamente uniformes y las acciones previsibles.

Las normas morales pueden percibirse como impersonales (simplemente haz esto o no hagas eso otro) o como órdenes que expresan la voluntad de alguien que tiene suficiente poder para premiar o castigar y capacidad de vigilancia para comprobar que sus deseos se cumplen (si no fuera así, la orden podría ignorarse). En ocasiones una persona puede camuflar sus preferencias personales y realizar afirmaciones morales como si fueran hechos objetivos básicos e irrefutables que deben ser aceptados por todos. En otros casos es posible reforzar la aceptación de un mandato cuyo sentido no se entiende (o no se quiere aceptar) explicando que procede de una persona fuerte, sabia y bondadosa (o astuta y malvada si se teme un castigo).

Si un miembro de un grupo pretende actuar como fuente de las leyes es posible que surjan conflictos de interés al imponer sus preferencias particulares. Disponer de una referencia normativa externa frente a la cual todos los individuos están en situación de igualdad puede servir para evitar este problema. Pero en los grupos humanos suele haber asimetrías de poder: los fuertes pueden someter a los débiles e imponerles su voluntad. Para evitar revueltas y afianzar su poder los poderosos pueden recurrir a la superstición popular y declarar que gobiernan por mandato divino: son simplemente representantes de una voluntad más alta a la cual todos deben someterse.

Lorca en los huesos

Lorca sigue con nosotros, gracias a su poesía. Pero sus huesos… ¿será necesario decirlo? Sus huesos no hablan. Para ello es necesario un salto simbólico, que los convierta en protagonistas de una narración. No un relato histórico, porque es insuficiente. Un relato de memoria histórica: un recuerdo impreciso, una reconstrucción incompleta y falaz con la carga precisa de amor y de odio, y un villano lo suficientemente genérico (la derecha) como para poder concretarlo en media España, hoy y siempre. El Lorca verdadero murió. Y el que vive no dedicó su obra al odio político. Este Lorca en los huesos el que busca el Gobierno, sin éxito, es otro

Mientras nuestra derecha marxista se afana con los números, el INE(M) y las encuestas, nuestra izquierda tiene muy claro cuál es su objetivo, el poder sin medida, y el método, la apelación constante a los sentimientos. Esa es la razón de que los discursos de Zapatero sean tan vacíos, de que hable de la Tierra y el viento; siempre apela a los sentimientos. Un cortocircuito de la razón.

Funciona. La manipulación de los sentimientos le dio a Zapatero una victoria con la que él, sé bien lo que digo, no contaba. En 2008 otro atentado inundó de sentimientos el día de las elecciones, y en ese terreno la izquierda juega en casa. Pero esos sentimientos necesitan un marco ideológico para adquirir sentido y alcanzar toda su potencia, para ser efectivos. Por eso no se puede confiar la estrategia electoral en el número de parados y es necesario dar la batalla de las ideas.

Los minaretes y la libertad unilateral

A propósito del referéndum suizo pidiendo la prohibición de alzar minaretes en las mezquitas vuelve a escucharse el argumento de la reciprocidad: "Si en Arabia Saudita no permiten construir una sinagoga libremente, o que las mujeres vayan sin velo, en Occidente deberíamos pagarles con la misma moneda, impidiendo que erijan su minarete o lleven velo". Cuando ellos toleren la libertad religiosa, prosigue el argumento, nosotros toleraremos la suya.

Nótese el fondo colectivista: "ellos" y "nosotros", confundiendo el Estado con la sociedad. Confundiendo, además, a la gente que emigra con el mismo Estado que dejan atrás. Como si todos los saudíes fueran responsables de lo que hace el Estado y no hubiera muchos, incluyendo una importante proporción de los que emigran, que en realidad son sus primeras víctimas. De hecho es razonable pensar que los musulmanes que emigran tienden a ser más pro-occidentales que los que se quedan. Una muestra de la incoherencia de no pocos occidentales: tan pronto defienden la "liberación" de Irak o Irán, arguyendo que el pueblo es víctima de un tirano, como apelan a la "reciprocidad" para restringir la libertad de los que emigran, tratándolos ahora de fundamentalistas. ¿En qué quedamos, son los musulmanes víctimas que merecen una liberación o son fundamentalistas que merecen ser reprimidos?

La exigencia de reciprocidad implica que los Estados islámicos marquen los estándares de lo que debe tolerarse en Occidente. Ya no es la "libertad de culto" o la "libertad de expresión" propia del liberalismo el principio rector, sino el grado de represión que se practica en esos países. Si Arabia Saudita castiga la conversión de un musulmán al cristianismo, recíprocamente Occidente debe castigar la conversión al islam o, mejor, obligar a los musulmanes inmigrantes a convertirse al cristianismo.

La reciprocidad tiene implicaciones incómodas: si Arabia Saudita o Irán castiga el adulterio, ¿debe Occidente castigarlo también para los inmigrantes musulmanes? Si encarcela a homosexuales, ¿debe Occidente condenar a los inmigrantes musulmanes que sean homosexuales? De hecho, el argumento de la reciprocidad es aplicable a cualquier otro Estado, por ejemplo Cuba. El régimen comunista niega el derecho de propiedad privada y la libertad de expresión. ¿Debe el Gobierno español, de forma recíproca, negar el derecho de propiedad y limitar la libertad de expresión a todos los cubanos que inmigren a España?

El principio de la reciprocidad, no obstante, puede tener cabida a nivel de Estados, como apuntaba Angel Mas: no es lo mismo prohibir la construcción de una mezquita por parte de una organización privada que impedir que el Estado saudí la financie. Los ciudadanos privados tienen derechos individuales, los Estados no. El Estado español no puede sufragar la construcción de iglesias o sinagogas. Podría argumentarse que aquellos Estados que conculcan la libertad religiosa en su territorio y a menudo promueven un fundamentalismo hostil hacia los derechos de las personas no deben poder financiar templos o escuelas confesionales en suelo occidental.

En lo que respecta a los inmigrantes, ya sean árabes o cubanos, sus derechos individuales deben ser defendidos unilateralmente. Los Estados occidentales deben predicar con el ejemplo y ser lo menos represivos posible con independencia de cómo se comporten los demás Estados. Eso no debería ser motivo de lamento sino de orgullo. Los inmigrantes, que muchas veces huyen de la opresión en sus países, no deben pagar por los crímenes de su Gobierno.

Absurdos nacional sindicalistas

Hay más de cuatro millones de parados, si desmaquillamos los datos de Trabajo, y las perspectivas para 2010 son iguales o peores. Es decir, peores, porque crecerá el número de personas y familias que lleven en paro un tiempo prolongado. Seis años lleva Zapatero en el Gobierno, lo suficiente como para que pueda presumir, con justo título, de los frutos de su política económica, a la vista de todos. Bien, pues por una vez, los sindicatos han decidido acompañar a los parados en la calle. Pero no para exigirle responsabilidades al Gobierno, sino para intentar canalizar la creciente indignación con la situación actual contra los empresarios. ¡Contra los empresarios! ¡Pero si lo que busca todo parado es, precisamente, un empresario que le ponga a trabajar! Pero la idiocia en política es libre y muy barata, la regalan partidos y sindicatos y la esparcen los medios con profusión.

Y, como prueba, lo ocurrido en 167 municipios en Cataluña. Los nacionalistas organizan varias encuestas sobre la secesión (ellos lo llaman independencia porque tienen espíritu colonial, ¡pero de colonia, no de metrópoli!). Es normal que ellos quieran darle al muestreo, que no tiene validez ni jurídica ni política ni científica, una categoría que no tiene; referéndum le llaman. Lo sorprendente es que haya medios que participen en este engaño.

Madrid y Cataluña; dos situaciones paradójicas. La primera acoge una manifestación con cuatro millones de argumentos para la protesta, pero sin exigencias políticas. La segunda vive el intento de elevar a categoría política una fiesta independentista sin validez alguna. Como si tal cosa.

Ética y mercado

Éste ha sido el título de una de las mesas del XI Congreso Católicos y Vida Pública que suele celebrarse todos los años por estas fechas en el CEU San Pablo de Madrid. Consta de sesiones plenarias, ponencias y comunicaciones. El sábado 21 de noviembre, abrió la jornada Manuel Pizarro hablando sobre el Orden social y económico, con algunas afirmaciones que luego se han repetido en los medios: “toda decisión económica tiene consecuencias morales” o “la crisis actual es más de valores que económica”. Hablaremos en seguida sobre ello. Pero, sobre todo, despertó interés su abierta crítica a la inyección de dinero público en la banca, puesto que “no se puede subvencionar al que lo hace mal para que siga haciéndolo mal con dinero público e impida que entre al que lo hace bien”.

A continuación hubo varias ponencias sobre Mercado y Ética, con una Mesa Redonda moderada por el catedrático de la Universidad de Navarra, Rafael Alvira. En su presentación explicó que las realidades del “mercado” y del “capitalismo” son categorías naturales: no son conceptos discutibles. Otra cosa es el ejercicio más o menos virtuoso de las actividades que las constituyen. Y nos ofreció una interesante lectura de Adam Smith, como filósofo moral más bien poco optimista respecto a la capacidad del ser humano para alcanzar la virtud (lo que basaba en algunas lecturas jansenistas del profesor de Glasgow). Alejandro Chafuen, Director de la Fundación Atlas (USA), también se refirió a la necesaria relación entre economía y principios morales. Nos contó cómo ha estudiado a fondo los precursores escolásticos de Adam Smith, los maestros de la Escuela de Salamanca (justamente había presentado el día anterior una nueva edición de su libro Las raíces cristianas del libre mercado). Y señaló cómo la corrupción no siempre es culpa de la codicia; a veces también proviene del exceso de intervencionismo (recordando la crítica de Juan de Mariana a las manipulaciones monetarias de Felipe III).

Otros ponentes fueron la profesora de la Universidad Autónoma de Madrid, Mª Isabel Encinar, el Presidente de Reny Picot, Francisco Rodríguez García, o el Director de Caja Almendralejo, Fernando Palacios. Y después de un turno de preguntas se presentaron varias comunicaciones, entre las que intervine hablando sobre “Responsabilidad social vs responsabilidad individual”, de la que me permito resumirles las siguientes ideas:

La primera: constatar que el inicio de la crisis económica trajo consigo una reflexión sobre los fundamentos morales del sistema capitalista, revisando las propuestas de Adam Smith y la posterior derivación utilitarista con John Stuart Mill, como posibles causas de algunas limitaciones, debilidades o errores de la economía de mercado. En mi análisis concluyo que sí existen razones para someter a crítica muchas conductas irresponsables y/o delictivas, supuestamente amparadas en la libertad de mercado; pero destacando que siempre se trata de acciones individuales sometidas a un juicio sobre la conducta personal, y no a un inexorable destino del marco institucional “capitalista”.

Como contrapartida a todo ello, sostengo que es posible encontrar unos principios de organización “capitalista” coherentes con los valores de la ética cristiana (y más en concreto, acordes con la Doctrina Social de la Iglesia), y que yo remito a los escritos de los maestros escolásticos de la Escuela de Salamanca en los siglos XVI y XVII. 

En segundo lugar, planteo una contraposición entre los términos de responsabilidad social y responsabilidad individual. También con la crisis han proliferado los congresos, los libros, las asociaciones sobre RSE o RSC. Pero con el peligro de convertirlo en un discurso formal, vacío de contenidos.

Estimo que la causa se debe a que nos desorientamos en el análisis sobre la toma de decisiones sociales; y hago un paralelismo con la protesta de Hayek contra la mal llamada justicia social (que él calificó de “espejismo” en su gran obra Derecho, legislación y libertad). Hayek desconfiaba del constructivismo racionalista y de las propuestas de reforma basadas en los cambios sociales, en vez de las conductas individuales. En este libro citado concluye que la justicia social no existe; solo puede hablarse de una justicia distributiva (que relaciona a los individuos con los gobiernos) y una justicia conmutativa (para las relaciones personales). Remata su argumento recordando cómo en la Unión Soviética los mayores crímenes se ocultaron bajo el nombre de la justicia social.

Y en tercer lugar analizo muy por encima la Encíclica de Benedicto XVI Caritas in veritate, como actualización más reciente de la DSI (y que ya glosé también aquí: https://ijmpre2.katarsisdigital.com/comentario/3990/enciclica/caritas/in/veritate/ ). Porque ocurre que, después de todo lo dicho, nos encontramos ante una nueva propuesta para el ejercicio de la justicia. El Pontífice interpela en su Carta a una reflexión sobre los intercambios entre iguales (justicia conmutativa) y sobre el papel del Estado en las relaciones económicas (que sigue llamando justicia distributiva); pero aquí introduce un nuevo elemento, el papel de la gratuidad, del don, al que llama justicia social.

¿Cuál es el contenido de esta nueva categoría de la Justicia? ¿Es otra manera de referirse a la subsidiariedad? Parece que nos encontramos en un interesantísimo atolladero del que habrá que procurar salir con estudio e imaginación.

El contraste entre realidad y teoría en la economía neoclásica

Desde la metodología predominante entre los economistas neoclásicos –el positivismo–, se enseña que el método económico debe seguir varias etapas. En primer lugar, es necesario establecer algunos supuestos o premisas (por ejemplo, que los agentes maximizan la utilidad, o que los precios y la información están dados) para llegar, a través de herramientas matemáticas, a ciertas conclusiones (p.ej., que la demanda de un bien depende de los precios).

Hasta aquí estaríamos dentro de la teoría pura y abstracta, pero este esquema teórico hay que aplicarlo a la realidad y llenarlo de contenido concreto, llegando a formular ciertas predicciones o explicaciones. La última etapa es la del contraste y validación de todo lo anterior: se debe comparar el mundo real con el modelo teórico obtenido, esto es, ver si los "hechos en sí" tal y como se observan en la realidad son consistentes con las conclusiones teóricas.

Y un modelo será adecuado y bueno cuando prediga bien: "El objetivo último de una ciencia positiva es el desarrollo de una ‘teoría’ o ‘hipótesis’ que genere predicciones válidas y significativas sobre fenómenos que todavía no se han observado", decía Friedman, uno de los mayores defensores de esta metodología.

De esta manera se asegura que los modelos vayan acordes con la realidad que intentan explicar, estableciéndose un sano y necesario proceso de feedback entre la teoría y la experiencia observada. Esto suena muy bien, ¿pero realmente es así?

Lo cierto es que hay numerosas razones para pensar que este contraste, o bien está lleno de dificultades inherentes a la complejidad de los fenómenos sociales y la imposibilidad de obtener datos puros y totalmente objetivos, o bien muestra las carencias de sus teorías, o ambas cosas. Si no, que se lo digan a Milton Friedman, en relación con sus pésimas predicciones de coyuntura en 2005. En cambio, su contrincante metodológico, Ludwig von Mises, sí predijo la Gran Depresión.

Si hubiera un contraste auténtico entre la realidad y sus modelos, cabría replantearse algunas de las teorías neoclásicas englobadas en ocasiones dentro de la teoría de los fallos del mercado –además de su visión macroeconómica.

  1. Bienes públicos, externalidades y free-rider (gorrón): desde esta teoría se sostiene que hay cierta clase de bienes que el sector privado, por diversas razones, no tiene incentivos de proveer/gestionar a un nivel o calidad adecuados, como el alumbrado público, las calles, los faros, las carreteras, los recursos comunales, etc. Sin embargo, históricamente han existido faros construidos, provistos y gestionados privadamente, como mostró Ronald Coase (El faro en economía). Aun así, tras el artículo de Coase, el ejemplo de los faros suele ser uno de los más populares. Por otro lado, ¿cómo se explicaría desde la teoría mainstream el ejemplo del enorme parque temático de Walt Disney, o la existencia de comunidades privadas que se proveen de bienes públicos a niveles más que aceptables (Public goods and private communities, Fred Foldvary)? ¿O la existencia de amplias carreteras privadas en el siglo XIX? O ¿cómo se puede explicar que, como muestra la recién Premio Nobel Lin Ostrom, haya recursos naturales de uso común que sean mejor provistos mediante la cooperación voluntaria que no mediante el Estado?
  2. Monopolios "artificiales" y naturales: se suele afirmar que siempre que una sola empresa domine una industria, ésta perjudicará a los consumidores estableciendo precios más altos y reduciendo la oferta. Parece razonable, pero, ¿cómo se explicaría el comportamiento de la compañía petrolera Standard Oil? En el caso de los llamados monopolios naturales, esto es, cuando la empresa, tras una inversión inicial enorme, se ve con costes que decrecen a medida que aumenta su producción, se dice que la industria estará inexorablemente monopolizada por un solo productor. Se ponen como ejemplos los sectores de la telefonía y la energía. Pero ¿cómo se explicaría la existencia de multitud de compañías compitiendo en estas industrias antes de que estas teorías se hicieran dominantes y así se justificara que el Estado comenzara a regularlas?

Pero siempre se podrá argüir que existe una divergencia entre el "equilibrio competitivo" que se consigue en el mercado real –que, por cierto, no suele corresponder con los criterios que se le exigen en el modelo de competencia perfecta– y el "equilibrio eficiente socialmente". ¡Ah! Ésa es una de las ventajas de jugar con conceptos teóricos poco –o nada– anclados en la realidad: siempre queda un as en la manga.

En definitiva, aplicando el punto metodológico positivista, la realidad demuestra que esas teorías están erradas, o al menos no son realmente válidas y enseñan poco sobre el mundo real.

De todo esto se derivaría que la aproximación metodológica neoclásica más dominante, heredada de las ciencias naturales del XIX como la física, deja mucho que desear para llegar a una comprensión cabal de los fenómenos económicos, protagonizados por seres humanos que actúan –descubren, imaginan– y que no son meras máquinas maximizadoras de funciones dadas. También muestra que la crítica a los economistas austriacos por su falta de apego a la realidad estaría infundada. Más bien, sería el paradigma neoclásico quien debería revisar estas teorías de acuerdo a la experiencia.

La tabarra de los instalados

Para quienes desconocen las muestras de arquitectura dispersas por Madrid, resulta interesante descubrir el bello edificio que ocupa el Círculo de Bellas Artes. Diseñado por Antonio Palacios a principios del siglo XX, se alza sobre la célebre calle de Alcalá, justo enfrente de su confluencia con la Gran Vía. Sobre la azotea de esta construcción vanguardista se vislumbra una estatua de Minerva, la diosa romana de la sabiduría, un motivo añadido en los años 60 y debido al escultor gaditano Juan Luís Vasallo.

Como contrapunto dramático al guiño ilustrado que preside ese marco incomparable, los corifeos habituales del Gobierno socialista español –que se dispone a celebrar el sexto aniversario de su nueva era de disfrute del poder– eligieron otra vez ese escenario para presentar en sociedad el manifiesto Otra política y otros valores para salir de la crisis el pasado viernes.

Se ha destacado la participación de los artistas y escritores que prestaron sus ajados rostros y voces a la lectura de esta pieza de mixtificación, al tiempo que posaban junto a los líderes sindicales de UGT y CCOO. Sin embargo, subestimaríamos las fuerzas desplegadas por los proclamados colectivistas si nos ciñéramos a esos "representantes de la cultura". Por la posible influencia que ejercen a largo plazo, considero más reseñable la firma de numerosos profesores, periodistas, el rector de la universidad con mayor número de alumnos del Estado español (sic) y dirigentes de fundaciones donde se confeccionan materialmente este tipo de proclamas. Algunas de ellas se han creado por los sindicatos agasajados, gracias a las ingentes subvenciones públicas que reciben. Otras, como la Fundación Alternativas, destaca por el elenco de personalidades "progresistas" que forman su patronato.

Al constatar que estos individuos sólo representan a la casta político funcionarial mullida por el Gobierno y el conglomerado que lo apoya, no debe perderse de vista que es muy probable que cientos de miles de estudiantes de todos los niveles educativos estén tratando ahora mismo el manifiesto de marras como parte de su programa informal de estudios. Tal vez suscite el rechazo instintivo de algunos jóvenes rebeldes, pero cabe esperar todo tipo de carencias intelectuales en quienes reciban como enseñanza canónica este pensamiento esotérico y groseramente falso.

En cualquier caso, llama la atención la incorporación entusiasta a este neosocialismo refundido de los portadores de la hoz y el martillo de antaño. Tras unos primeros años de pugna por la hegemonía que sostuvieron las facciones socialistas de izquierdas, resulta evidente el triunfo, siquiera provisional, de la "síntesis" propiciada por personajes como el antiguo secretario general del PCE, Santiago Carrillo Solares, cuando decidió apartarse de la línea marcada por Julio Anguita, una suerte de combinación imposible de ética y socialismo, y comenzó una singladura de vuelta al partido donde comenzó su carrera política en los lejanos años treinta del pasado siglo. Después del hundimiento del paraíso soviético, la reinvención de la izquierda española no pasó por reconsiderar las ideas que trajeron el terror y la miseria, como algunos ingenuos habían reclamado, sino por muñir una ideología de evasión de la realidad con retales dispersos, propagada con la tradicional pesadez que se ganaron a pulso los seguidores de la Tercera Internacional.

Naturalmente, para ello debe deformarse el diagnóstico de los complejos problemas que afronta la humanidad. Aun con la feliz caída de los gobiernos que luchaban de forma más concienzuda para privar a sus súbditos de las ventajas de la división del conocimiento y de la creación de riqueza a escala planetaria, no puede decirse seriamente que el mundo disfrute una economía capitalista de libre mercado. Pero no importa. El texto que comentamos parte de una disparatada concatenación de consignas contra el capitalismo que desde hace tiempo venían lanzando los portavoces del Gobierno para eludir cualquier mención a la particular situación española.

De creer estas jeremiadas, el mismo Gobierno que, apenas hace dos años, atribuía a su gestión los indicadores que presentaba la economía española, no tendría nada que ver con la coyuntura actual. Además, la crisis económica habría sido provocada "por las prácticas financieras neoliberales". Por supuesto, no interesa analizar que los sectores financieros están sometidos a una intensa y regulación por parte de los estados. Se omite el papel de impulsores del endeudamiento insostenible de los muy aplaudidos bancos centrales, que redujeron artificialmente los tipos de interés que cobraban a los bancos que supervisan.

Tampoco se reflexiona sobre el dato de que España tenga la tasa de paro más alta de la zona euro, la cual perdurará si no se cambia la legislación laboral franquista defendida por los sindicatos. Al contrario, se insiste en describir procesos que solo han ocurrido en la calenturienta mente de los enemigos de la libertad. Así, por ejemplo, se afirma "que es una evidencia que las políticas neoliberales basadas en reducir los salarios y la presencia del Estado, el gasto social y los impuestos progresivos para favorecer a las rentas del capital, han provocado una desigualdad creciente".

Ninguna mención merecen los planes de rescate emprendidos por el Gobierno a cuenta de futuros impuestos que pagarán los trabajadores. Especialmente lacerante es el caso de las cajas de ahorros, donde se darán los mayores problemas de insolvencia del sector financiero, tal vez porque sus órganos rectores nunca fueron abandonados por la política. La exigencia de responsabilidades a los gestores de la Caja Castilla La Mancha, única entidad financiera intervenida hasta el momento, brilla por su ausencia.

Entre tantas líneas de lenguaje codificado y de sugestión, cabe percibir, no obstante, un solo elemento esperanzador: a pesar de la escasa influencia que las ideas liberales coherentes tienen en la política de los estados democráticos actuales, es evidente –esta vez sí– que los sindicatos temen su propagación. Dadas las necedades comprobables de su discurso y su inusitada influencia, parece lo único interesante de esta tabarra de los instalados.