Ir al contenido principal

Etiqueta: Pensamiento liberal

Lógica, realidad y lenguaje

La formación intelectual de las personas suele incluir la lógica. Lo que es más raro es que la educación sea completa, de modo que los individuos que la utilizan sean conscientes de los límites de la aplicabilidad y del realismo de la lógica (sin necesidad de llegar a las complejidades metalógicas de los problemas de completud y consistencia). No saber argumentar lógicamente limita la competencia intelectual, pero también es muy peligroso creerse que se piensa de forma perfecta cuando en realidad no se comprenden las limitaciones de la herramienta que se está utilizando.

La lógica formal se refiere a asociaciones y operaciones mecánicas entre símbolos, es pura sintaxis. En la lógica proposicional (lógica de orden cero) algunos símbolos representan proposiciones a las que es posible asignar un valor de verdad (verdadero, falso), y otros símbolos son operaciones lógicas entre proposiciones (no, y, o). En la lógica de predicados (lógica de orden uno) las proposiciones se analizan como compuestas por elementos, propiedades y clases (una clase queda determinada por los elementos que comparten alguna propiedad), se añade el formalismo de la teoría de conjuntos (relaciones de pertenencia de elementos a conjuntos y operaciones de negación, unión e intersección), y los cuantificadores universal (para todo) y existencial (existe alguno). La lógica de predicados estudia así los rasgos universales más abstractos de las estructuras de clasificación.

La inteligencia humana intenta comprender la realidad categorizándola y expresando las clasificaciones construidas mediante el lenguaje. Pero la mente y el lenguaje natural son herramientas imperfectas que sólo pueden representar la realidad de forma parcial y problemática.

En la lógica formal clásica las respuestas son verdadero o falso, sin posibilidad de matices. Los límites de un conjunto son claros, exactos, infinitamente precisos (o se pertenece o no se pertenece, no hay zonas grises o gradaciones, dentro de una clase no hay diversidad o es irrelevante) y generalmente estáticos, inmutables. Cuando se enseña lógica se suele recurrir a ejemplos simples que no dan problemas, pero a menudo son irreales o inadecuados (las entidades geométricas son idealizaciones poco presentes en la realidad; parece claro que todo ser humano es hombre o mujer, pero en realidad no es así).

El racionalista ingenuo dispone de unos esquemas mentales que intenta forzar sobre la realidad para que encaje en ellos, en lugar de reconocer que la mente es una herramienta imperfecta de supervivencia en una realidad anterior a ella; además suele asumir que todas las personas comparten su misma clasificación o están equivocados. Las categorías del pensamiento son parcialmente innatas y universales a la especie humana (especialmente las más básicas y primitivas), pero muchos conceptos surgen culturalmente y su contenido puede variar de una persona a otra.

Las entidades y regularidades de la realidad a menudo tienen límites difusos y dinámicos y no existe una única forma posible de clasificarlas (distintos criterios de ordenación dan origen a ontologías diferentes con diversos rangos de validez o utilidad).

El lenguaje surge y evoluciona en un dominio consensual, necesita una historia común, una tradición compartida. En las instituciones evolutivas como el lenguaje y el derecho hay una tensión permanente entre la estabilidad y el cambio: necesitan una mínima estabilidad para servir como referencias útiles, pero si son inmutables no pueden evolucionar y adaptarse.

El lenguaje puede utilizarse para transmitir información y coordinar las interacciones humanas porque los hablantes comparten en gran medida un contexto cultural o trasfondo común: conocen con mayor o menor precisión a qué realidades se refieren los términos lingüísticos. Pero la concordancia no es perfecta, es posible que haya malentendidos bien intencionados, problemas de interpretaciones no equivalentes, que quizás puedan resolverse con más interacción comunicativa (también son posibles los intentos conscientes de fraude o uso abusivo del lenguaje, dando a entender una cosa de forma engañosa). Explicar y precisar no consiste en divagar de forma indefinida y dar infinitas explicaciones, el proceso de interacción comunicativa puede converger rápidamente si se produce entre personas inteligentes y con buena voluntad dispuestas a esforzarse para conseguir entenderse.

El lenguaje se refiere a la realidad, pero cuando el lenguaje existe forma parte de esa realidad, y puede referirse a sí mismo de forma recursiva. A partir de demostraciones ostensivas (relaciones directas entre términos y objetos o acciones) es posible avanzar en el conocimiento del lenguaje mediante definiciones (uso recursivo o autoreferencial de partes del lenguaje para referirse a otras partes del lenguaje).

Los memes que constituyen el lenguaje y compiten evolutivamente entre sí por el éxito reproductivo son valorados por sus portadores (si no lo hicieran tenderían a desaparecer): al individuo no le da igual cómo se utilice el lenguaje, e intenta que los demás compartan su vocabulario y semántica concretos. Pero no existe ninguna autoridad externa que determine los usos correctos del lenguaje y que formalice las relaciones entre términos y significados. Las asociaciones semánticas tienden a establecerse mediante ensayos (con aciertos y errores) de acoplamientos comunicativos, y tienden a triunfar en la medida en que son funcionales y permiten la coordinación social.

El racionalista esencialista ingenuo insiste en determinar lo que las cosas son, pero de lo que se trata en realidad en muchos problemas de relaciones humanas es de interpretar qué han querido hacer las partes en un acto comunicativo (subjetivismo praxeológico). La hermenéutica (la interpretación según el contexto y el uso) es esencial para la comprensión de los textos históricos (aunque a menudo se abusa de ella para proferir espectaculares disparates que demuestran que el lenguaje puede construir ficciones totalmente desconectadas de la realidad).

El lenguaje no es propiedad de nadie, ningún hablante tiene derecho a imponer a los demás cómo deben utilizarlo. No puede exigirse que un término se utilice hoy de una determinada manera simplemente porque se usó así en el pasado: quizás ese uso se ha perdido o no es el único posible en la actualidad. La etimología es interesante, pero el uso del lenguaje en el pasado no obliga a utilizarlo igual en el presente.

Durante el aprendizaje de un lenguaje (no sólo el lenguaje natural sino también el habla especializada de un determinado ámbito) el maestro enseña al aprendiz qué asociaciones existen entre términos y significados, y puede intentar transmitir sólo las que él considera válidas o reconocer honestamente que existen alternativas.

En algunos ámbitos, como el científico o las relaciones contractuales, es importante formalizar el lenguaje de forma rigurosa en la medida de lo posible: aclarar, especificar lo que se quiere decir, evitar las ambigüedades y los malentendidos. Son ámbitos donde se exige como mínimo consistencia interna, que dentro de una teoría o durante una relación contractual no se altere el significado y las relaciones entre los términos empleados. Pero esto no significa que sólo exista una forma correcta de utilización de dichos términos: diversas construcciones lingüísticas pueden utilizar las palabras de formas diferentes. La consistencia externa consiste en intentar unificar usos (o por lo menos compatibilizarlos y poder traducir entre diferentes interpretaciones).

La coherencia interna se refiere a que en una construcción lingüística no se altere el uso de las palabras, manteniendo un único significado de forma consistente. La coherencia externa se refiere a que el uso de las palabras en un sistema coincide con su utilización en otros sistemas por otras personas. La coherencia externa facilita la comunicación en ámbitos extensos pero no siempre es garantizable: diversas personas pueden insistir en asignar diferentes significados a los mismos términos sin ponerse de acuerdo.

Ni la realidad ni el lenguaje son estáticos y con límites perfectamente delimitados. Del mismo modo que un término puede no significar lo mismo para diversos hablantes en un momento dado, el mismo término puede cambiar de significado con el transcurso del tiempo, y un mismo significado puede expresarse con términos diferentes en momentos distintos. Las palabras y los significados son como etiquetas y cajas clasificadoras con sus contenidos: es posible que con el tiempo una misma etiqueta se refiera a una categoría diferente o que una misma categoría se identifique con una etiqueta distinta. Los cambios en etiquetas y contenidos pueden ser graduales o bruscos (algunos términos pueden llegar a significar no sólo versiones levemente diferentes sino incluso todo lo contrario de lo que significaban).

El lenguaje es una herramienta delicada y algunos racionalistas esencialistas lo usan con poca habilidad. Los límites bruscos y rígidos de la lógica parecen sugerir rigor intelectual pero a menudo reflejan falta de realismo y complejidad. Parte importante del lenguaje argumentativo no son inferencias o deducciones desde axiomas a teoremas sino aclaraciones, precisiones, matizaciones.

¿Por qué la derecha pierde en todos los debates?

La dicotomía política se traduce en diversas contraposiciones según convenga en cada momento. La dirección de tamaña burla al sentido común queda, habitualmente, en manos de aquellos considerados a sí mismos "de izquierdas".

Conservadores y progresistas, con la amplitud de significados que pueden acoger sendos términos. Oportunistas y radicales, como quiso reducir M. N. Rothbard en alguna parte. Reaccionarios y vanguardistas, que viene a decir poco más o menos lo mismo pero guarda matices reveladores. La cuestión –y quizá la segunda distinción sea la más aséptica, pero no por ello acertada, de las tres descritas– es que izquierdistas y derechistas, dentro de sistemas políticos occidentales y contemporáneos, poseen un eje común que les inspira y acomoda: su manifiesta fe en el Estado.

Aunque sean igualmente estatistas cabe establecer una importante diferencia: el Estado de la derecha es paternal, no en un sentido tan tuitivo como el de la izquierda, sino desde la disciplina y la afirmación de la responsabilidad individual, si bien es cierto coincide en esencia y concretos desarrollos teóricos y prácticos con el Estado izquierdista. Éste, muy al contrario, resulta dulcificado (en su versión socialdemócrata) y asimilable a una actitud de impronta maternal, capaz de moralizar a través de valores colectivistas tan atávicos como contrarios a la sociedad abierta, consiguiendo ciudadanos dóciles en algunos aspectos, pero fuertemente indisciplinados en la mayoría.

Tras décadas de feroz intervencionismo la derecha política tuvo su pequeño despertar liberal en Occidente. En absoluto se trató de una auténtica revolución liberal. Sí de una cómoda asimilación de contadas consignas atribuibles al credo liberal. Con ellas se salió de la crisis en la que se vio inmerso el estatismo democrático del momento, dando la apariencia de más mercado cuando en realidad lo que se hizo fue variar el modelo de relaciones entre un Estado creciente con un mercado capaz de oxigenarlo y hacerlo ligeramente viable (a corto y medio plazo).

Frente a esta situación de cambio, en una época convulsa y muy adversa al discurso izquierdista clásico, los progresistas buscan nuevos horizontes demostrando una capacidad camaleónica inaudita en sus adversarios. Adoptan como propios, sin rasgarse las vestiduras ni revisar mitos, sofismas y burdas consignas que le son inherentes, los métodos de intervención y estatismo de la derecha, logrando acomodar su discurso a la demanda de moderación inspirada por la ciudadanía. El mercado se convierte en un servidor de causas de elevada estima y superioridad incuestionable, recuperando sin problemas la primacía moral e ideológica sobre el amplio espectro de la derecha política.

Dado que ninguna intervención queda sin descoordinación y efectos perniciosos y contrarios al fin originalmente perseguido, el estatismo de mercado de las dos últimas décadas acaba encallando en sus propias contradicciones y carencias intelectuales. La derecha recupera brío no tanto desde el impulso que una nueva apelación al liberalismo parece proporcionarle, sino de una suerte de pragmatismo directamente conectado con la eficacia misma de un sistema (la socialdemocracia occidental) entendido como insuperable y definitivo. "Hacerlo mejor", pero no cambiar lo malo, sencillamente dotar de soluciones más eficientes a los resquicios fundamentales del apego socialdemócrata compartido con la izquierda.

Desde el izquierdismo, con la rapidez de recuperación habitual, se retoma la iniciativa aceptando máximas como son la aparente liberalización de ciertos sectores, la bajada selectiva (y por ello engañosa) de ciertos impuestos, la apelación al mercado y la iniciativa privada como sinónimos de la excelencia económica de una nación…

Las razones de esta falta de auténtica confrontación en cuanto al modelo de intervención son las que siguen: izquierda y derecha son igualmente estatistas; desconocen los valores que hacen posible la sociedad abierta y dinámica que vivimos; y lo que es más importante, ignoran por completo los fundamentos teóricos elementales de la economía política más próxima a comprender la realidad social tal y como es, y no a través de formulaciones ad hoc y una metodología profundamente equivocada.

Es imposible que la derecha venza en un debate cualquiera en contraposición con lo que se viene denominando "ideario progresista", o mero izquierdismo. La superioridad moral de éstos arrastra hacia la pública contradicción a todo el que ose cuestionar propuestas, poses o concretas misiones políticas de izquierdas. La derecha tiende a tropezar en algún momento, por muy bien construido que llegue a estar su discurso. Coincidiendo en las taras intelectuales básicas parece virtualmente imposible mantener la firmeza ante determinados recursos dialécticos o tópicos y lugares comunes "políticamente correctos".

Derecha e izquierda coinciden, aunque los primeros lo hagan con disimulo, en que el intercambio libre y voluntario puede ser injusto, que suma cero porque siempre hay uno que gana contra otro que sale perdiendo; se dan la mano en la convicción de que la distribución de la riqueza puede ser objeto de corrección en pos de objetivos muy superiores al respeto de la propiedad legítima de los individuos; ambos está de acuerdo en que el Estado es inevitable, incluso deseable, como resorte o intermediario capaz de mejorar las circunstancias, promoverlas o regenerar situaciones de interacción; el Estado resulta incontrovertible, aunque como hemos visto su modelo varía, pero nunca en lo fundamental: su mera existencia y legitimidad de intervención y dominio sobre los individuos; también coinciden izquierdas y derechas en el ciego convencimiento de que es la demanda la que crea su propia oferta, y no al revés, siendo el consumo la base del crecimiento económico; de ahí que el Estado acabe por convertirse en un estimulador, en un justo redistribuidor, en un inversor y gastador eminente (con dinero ajeno, claro), único capaz de superar las miserias propias de los individuos; todos, absolutamente todos, a izquierda y a derecha, abogan por que el dinero sea una válvula de estímulo, que corra barato generando inflación; incapaces de afrontar grandes retos sociales se valen del inflacionismo como mejor método para rebajar salarios reales para estimular el empleo… o eso creen que consiguen.

La derecha pierde en los debates no porque carezca de sanos principios y valores adecuados (algunos desmadrados por simple complejo de resistencia), sino porque aun teniéndolos se ven afectados por su evidente estulticia económica. Incluso los mejores pensadores contemporáneos pertenecientes al orbe derechista acabaron y acaban frustrando maravillosas escaladas argumentativas. Todo gracias a un defecto teórico imperdonable en todo pensador social: el completo desconocimiento de una buena teoría económica. Es más, liberales reconocidos, presuntos economistas incluso, han terminado cayendo en el mismo error, sirviendo con sus postulados y posiciones ideológicas al que es el origen mismo de toda la perversión intelectual de la ha sido capaz de Hombre: la creencia en un Estado deseable o inevitable como requisito de la sociedad occidental, capitalista, abierta e individualista que a pesar de todo y de casi todos, disfrutamos. Al final, y al principio, todo debate entre izquierdistas y derechistas acaba por concentrarse en lo anecdótico, cuando no en la más terrible derrota de los mejores valores merced del gravísimo complejo intelectual que padece todo aquel que no se sienta de izquierdas.

Externalidades del futuro

Una actividad tiene externalidades negativas cuando perjudica a terceros que no participan en la transacción. La contaminación es un ejemplo de externalidad negativa. Normalmente el problema se solventa definiendo bien los derechos de propiedad, de modo que el que sufre la externalidad pueda exigir reparación por daños a su propiedad y el causante se vea obligado a internalizar esos costes en lugar de imponerlos a los demás. La mayoría de externalidades negativas se producen en espacios de titularidad pública, donde los derechos no están bien asignados y los usuarios actúan con dejadez o sobreexplotan el medio. La solución vuelve a ser la correcta definición de los derechos de propiedad, en este caso la privatización del espacio público.

Pero estos remedios pueden ser insuficientes o inadecuados si las externalidades son dispersas. Si no podemos aislar la causa e identificar al autor, no vamos a poder exigirle que internalice el coste de sus acciones. El calentamiento global de origen antropogénico plantearía un problema de este tipo. Asumiendo que sea consecuencia del CO2 de nuestras fábricas y coches, medir la contribución de cada persona al cambio climático es una tarea inviable. Las externalidades están dispersas entre miles de millones de individuos y no hay modo de establecer un nexo causal entre un "agresor" particular y una "agresión" concreta. Es imposible definir un derecho de propiedad que otorgue a las (futuras) víctimas de la externalidad un poder de veto sobre el uso de la energía en los hogares occidentales. Si éticamente la cuestión es difícil de abordar, en la práctica no hay razón para hacerlo: el coste de mitigar el cambio climático probablemente es muy superior al de adaptarse a él. A veces es más fácil aprender a convivir con la externalidad (y anular sus efectos mediante acumulación de riqueza y desarrollo tecnológico) que combatirla.

El futuro, no obstante, quizás nos depare externalidades más difíciles de acomodar. David Friedman, en su excelente libro Future Imperfect. Technology and Freedom in an Uncertain World, combina ciencia, economía, derecho y piscología evolucionista con unas buenas dosis de especulación para presentarnos un repertorio de posibles tecnologías que podrían hacer nuestra vida mucho más placentera en el próximo siglo, pero que también tienen el potencial de barrer a la especie humana del planeta. El progreso tecnológico aumenta nuestra capacidad de hacer cosas y amplifica el efecto de nuestras acciones. En la actualidad los derechos de propiedad y la coordinación descentralizada funcionan porque los efectos de nuestras acciones se circunscriben básicamente a nuestra propiedad y a la propiedad de aquellos con quienes hacemos transacciones. Pero si las tecnologías futuras amplifican los efectos de nuestras acciones de forma que trasciendan los límites de nuestra propiedad, la coordinación descentralizada puede verse menoscabada.

Friedman se refiere a los potenciales peligros de la biotecnología, la nanotecnología y la inteligencia artificial. La biotecnología puede facilitar el diseño de plagas que sean letales para la humanidad o para un determinado grupo humano. La nanotecnología haría posible la creación de máquinas de tamaño molecular capaces de auto-reproducirse que podrían ser empleadas con fines destructivos. También podría llegar a provocar lo que se conoce como la "plaga gris": máquinas ensambladoras de dimensiones moleculares que producirían copias de sí mismas descontroladamente y acabarían consumiendo toda la materia de la biosfera. En cuanto a la inteligencia artificial, si llega a descubrirse y la ley de Moore sigue siendo aplicable (las computadoras doblan su capacidad cada uno o dos años), en pocas décadas seríamos como chimpancés o roedores para las máquinas y nuestra suerte dependería de que les gustaran las mascotas.

Este es el escenario más pesimista, pero las mismas tecnologías y muchas otras tienen también el potencial de mejorar extraordinariamente nuestra calidad de vida. La biotecnología podría erradicar las enfermedades genéticas y otras taras de nacimiento, así como elevar el coeficiente intelectual de nuestra especie. La nanotecnología podría utilizarse para reparar nuestros tejidos o crear máquinas que multipliquen exponencialmente nuestra productividad. La inteligencia artificial podría integrarse en el cuerpo humano. Nos aprovecharíamos de sus ventajas y estaríamos a su mismo nivel, sin riesgo de convertirnos en mascotas o esclavos.

Si algunas tecnologías amplían el alcance de la acción humana, otras como la encriptación o la realidad virtual limitan el efecto de las acciones de los demás. En la realidad virtual no puede haber agresiones físicas, y el desarrollo de la encriptación protegería nuestras transacciones y nuestra identidad. Las externalidades en este contexto quedarían desterradas.

Al considerar los riesgos de las futuras tecnologías debemos tener en cuenta que la prohibición puede que no sea siquiera una opción. Este tren, como dice Friedman, no va equipado con frenos. La mayoría de tecnologías pueden desarrollarse localmente y utilizarse globalmente. La presión para aprovecharse de ellas una vez inventadas por alguien es demasiado irresistible. La disyuntiva es, por tanto, entre permitir el desarrollo libre de las tecnologías o intentar regularlo y dirigirlo desde el Estado.

Aunque fuera posible restringir una tecnología con el potencial de generar devastadoras externalidades negativas, no está claro que debamos hacerlo. En nuestro afán por evitar una plaga podríamos estar prohibiendo numerosas curas. Si la nanotecnología se investigara solo en laboratorios del Gobierno seguramente acabaría teniendo aplicaciones militares y los Estados no tienen un historial muy limpio en materia de derechos humanos. Los laboratorios privados, en cambio, estarían enfocados a servir a los consumidores y serían más eficientes diseñando protecciones contra amenazas nanotecnológicas o biotecnológicas que pudieran crear grupos terroristas o lunáticos solitarios.

Sea como fuere, es una paradoja curiosa que el libre mercado y el desarrollo tecnológico que sostienen nuestro bienestar presente tengan al mismo tiempo el potencial de facilitar nuestra destrucción futura. Supongo que vale la pena correr el riesgo, y aunque no lo valga me temo que este tren no tiene frenos.

La libertad en burka

Con el permiso de ambos, o sin él, que para eso está el espacio público, me meto en este intercambio, que trata sobre la conveniencia de prohibir el uso del velo en la calle. Sarkozy ya le ha levantado el velo a las francesas, quieran o no, y Vermoet defiende esa misma política para los colegios públicos de España. Llevar velo, dice, es un desafío a las libertades de los circundantes, porque supone, nada menos, que el intento de sustituir nuestra tradición liberal por la ley islámica. Quizá sea excesivo el poder que le otorga al velo que cubre una niña. Ese velo no es una jurisdicción y, de hecho, las niñas que lo lleven y sus padres están tan sometidos a nuestras leyes como los demás. ¿De veras la forma de vestir(se) es una amenaza?

Vermoet, entonces, pasa a un segundo plano de ataque y dice que los niños no tienen plena responsabilidad ni capacidad para decidir por sí mismos. Eso es cierto. Lo que me parece discutible es la idea de que quien deba decidir por ellos sea… ¡el Estado! ¿No tendrán más derecho sus padres a decidir cómo va vestido?

Resulta que no, y este es el tercer asalto, porque los colegios públicos tienen derecho sobre el espacio que ocupan y pueden, en impecable lógica liberal, imponer sus normas. Con lo cual, hemos llegado al meollo de la cuestión. La calle, los edificios públicos y demás espacios en manos del Estado, ¿pueden suspender los derechos de la persona, como el de expresión o religión, simplemente porque los pisamos? Si ponemos un pie en la calle, ¿se suspenden por ello nuestros derechos y quedamos a merced de lo que diga el dueño, i.e., el Estado?

En absoluto. El Estado, con una vocación expansiva sin límites, tiende a ocupar todos los espacios y a someterlos a sus normas. Su mera presencia, o su titularidad, no es argumento suficiente para socavar nuestros derechos, que son previos al Estado, propios de la persona, y no tienen porqué ceder ante sus pretensiones.

De hecho ocurre, como reconoce Álvaro Vermoet. Se prohíbe la simbología nacional socialista. Pero el ejemplo de una injusticia, como es la censura en este caso, no es argumento suficiente para cometer otra. Ese camino nos llevaría a la justificación de cualquier crimen posible, incluso masivo. Se puede justificar el nacional socialismo con el antecedente del comunismo, o viceversa.

Conozco del pensamiento de Álvaro Vermoet todo lo que de él ha dejado huella. Está preocupado por que la incidencia de otras culturas rompan la armonía social, sustentada en valores en los que él, como yo, cree firmemente, y que se refieren al respeto, la libertad, la igualdad ante la ley y demás. Pero considera, contra mi opinión (y la de Albert Espulgas), que la libertad puede imponerse.

La libertad tiene que dejarse a su albedrío, aunque sea en burka.

Luz en medio de la crisis

Desde que los índices bursátiles empezaron a desplomarse han ido surgiendo grandes oportunidades de invertir los ahorros de quienes no siguieron a la masa manirrota. Así es como se han hecho la mayoría de las grandes fortunas: ahorrando en los años locos de burbujas y gasto desmedido e invirtiendo cuando los valores caen alocadamente ante la retirada de quienes están endeudados hasta las cejas. No es que todas las familias puedan hacer fortunas en las crisis pero sí pueden aprovechar para aumentar el patrimonio familiar.

Otra buena noticia de la crisis es la pérdida de confianza de la población en los políticos. Durante los años de crecimiento artificial, los gobernantes se empeñan en proclamar que el crecimiento se produce gracias a su política y cuando el castillo de naipes se desploma, la ciudadanía tiende a pensar que sus políticos no sabían lo que hacían cuando crecíamos y mucho menos pueden saber cuál es la solución a la crisis. Esta sana desconfianza en los gobernantes es quizá la más importante de las consecuencias que estamos experimentando en España a raíz de la recesión económica. Es posible que una vez llegue la recuperación, la idolatría del político vuelva a ser la tónica general pero por ahora la confianza de los españoles en su Gobierno y en su capacidad para sacarnos de la situación ha bajado hasta el 3,8 en una escala del 1 al 10 y sería fantástico que no subiera nunca de ahí estuviera quien estuviera en La Moncloa.

Otro efecto positivo provocado por la mala situación económica es el cambio de actitud de los españoles respecto al consumo y al ahorro. Mientras los políticos no paran de lanzar proclamas incitando a la ciudadanía a consumir y a gastar en lo que sea, la mayoría de los españoles se ha apretado el cinturón y ha rehecho sus cuentas para adaptarlas a la situación y sentar una sólida base sobre la que poder prosperar. Desafortunadamente, los políticos, descontentos con esta desobediente actitud de la ciudadanía, se han lanzado a gastar todo lo que han podido sacarnos a través de los impuestos. No contentos con el lavado de coco y el gasto de tantos impuestos como han podido arrebatarnos, han gastado el dinero de nuestros hijos y nietos a través de un escandaloso déficit público.

En EEUU, el Gobierno de Barack Obama no ha tenido tiempo de derrochar más que un 14% de sus faraónicos planes de gasto cuando la recuperación les ha cogido por sorpresa. Y es que allí el cambio de actitud de la ciudadanía (gastando menos y ahorrando más), la rapidez de la justicia a la hora de liquidar proyectos en quiebra (en comparación con la paralítica justicia española) y la rápida corrección de los precios y los salarios (en mercados mucho más libres y dinámicos que los españoles) han permitido que los ciudadanos estadounidenses aprovecharan la crisis para purgar gran parte de los errores del pasado que les condujeron a su recesión.

Ojalá en España hubiésemos contado con un Gobierno que hablara mucho y no hiciera nada para permitirnos buscar una rápida salida a la crisis. Solbes abogó por esa opción y por eso fue decapitado. Quizá el desplome de la confianza en el Gobierno termine abriendo la puerta a la paralización de los planes manirrotos de Zapatero y otorgando el papel protagonista de la crisis al frugal cambio de actitud de los españoles.

Crónica desde Aranjuez

Voy a referirme en esta columna a los Cursos de la URJC en Aranjuez, donde el IJM celebró su IV Universidad de Verano la penúltima semana de julio. Resumiré aquí la primera Jornada que tuvo lugar el lunes día 20, coincidiendo con las noticias tergiversadas del diario Público acerca del Instituto y el informe sobre energías renovables (sobre lo que se pueden leer las puntualizaciones de las notas de prensa y un artículo del presidente publicado justo ese mismo día en la página web).

Esa mañana se estuvo tratando sobre La tradición liberal. Gabriel Calzada abría las intervenciones con su ponencia sobre Juan de Mariana, dado que este año se celebran los 400 años de su tratado De monetae mutatione. Lo que el Instituto va a conmemorar con una edición trilingüe del texto (latín, español e inglés) al tiempo que participa en la organización del evento del Mises Institute "Salamanca: cuna de la teoría económica".

Después de resumir la vida y circunstancias históricas del Padre Mariana, Calzada explicó por qué son destacables algunas aportaciones de la Escuela de Salamanca a la tradición liberal, recordando las observaciones de Schumpeter, Mises o Hayek: desde las reflexiones más teóricas sobre la teoría del valor, del dinero y de los precios hasta sus consideraciones sobre los límites del estado y del poder político; sobre los ámbitos de decisión del individuo; sobre la coordinación espontánea de la sociedad; o sobre los mecanismos de cooperación y división del conocimiento como forma de luchar contra la escasez.

Mariana destacó particularmente, lo sabemos ya bien en esta web, por su oposición al resellado y alteración metálica de las monedas, demostrando que era una forma ilegítima de obtener dinero de los súbditos; aparte del efecto distorsionador que producía en los precios, en los cambios y en el comercio. Como después ha quedado bien patente, este tipo de inflación es sencillamente un impuesto injusto y peligroso para la estabilidad económica.

El recorrido histórico de La tradición liberal siguió por la tarde por sendas conferencias de Paloma de la Nuez y de quien suscribe estas líneas. En mi caso, me referí a cómo llegó el pensamiento escolástico español hasta la Ilustración Escocesa, a través de los llamados filósofos iusnaturalistas (Hugo Grocio y Samuel Pufendorf) del siglo XVII. Y es que podemos rastrear perfectamente la pervivencia de muchas ideas salmantinas en los maestros de Adam Smith: Gershom Carmichael o Francis Hutcheson. En esta ocasión lo vimos en torno al concepto de valor y de común estimación, que muestran una sorprendente continuidad a lo largo de casi trescientos años; así como en el análisis del precio y los factores que intervienen en su composición.

Paloma de la Nuez, profesora en la URJC, nos llevó hasta el más cercano pensamiento político de Friedrich Hayek recordando su permanente vida de académico heterodoxo. Aunque recibiría el Premio Nobel de Economía en 1974, Hayek estuvo casi siempre al margen de las ideas "políticamente correctas" que triunfaron a lo largo de su biografía: desde la trágica aventura social-comunista (también denunciada por Mises), la propuesta keynesiana ante la Gran Depresión, o la consiguiente fascinación por el Welfare State después de la II Guerra Mundial. Sin embargo, el tiempo le ha venido dando la razón, demostrando que la verdadera tradición liberal es lo que ha permitido la superioridad de Occidente; ya que radica en sus mayores cotas de libertad.

La ponencia de la doctora De la Nuez suscitó un copioso debate; lo mismo que las dos intervenciones del profesor compostelano Miguel Anxo Bastos. Con un estilo vitalista y lleno de fuerza reflexionó en voz alta sobre la libertad individual y la naturaleza del Estado. Explicaba que encuentra una carencia en la Escuela Austriaca: su Teoría del Estado. A pesar de todas las prevenciones hacia el abuso de poder, desde esa visión del "monopolio de la violencia legítima", considera que tan solo Rothbard formuló una teoría completa; claro que desde su perspectiva quasi-anarquista.

Para Bastos, el Estado es el enemigo de la libertad. Por tanto, hay que educar a la sociedad en una sana desconfianza hacia los poderes públicos. Particularmente en el aspecto económico, ya que no deberíamos hablar de "fallos del mercado" para justificar la existencia del Estado: si verdaderamente se dan intercambios libres entre los individuos, aquello no puede considerarse ineficiente (aunque lo matizaba con algunas consideraciones de tipo ético).

En definitiva, Bastos considera que no se puede justificar la existencia del Estado, ya que se ha convertido en una máquina de predación. Su herramienta es la violencia, como bien subraya la frase de Bourne: "la guerra es la salud del Estado" (que explicaba hace tiempo y con más detalle José Carlos Rodríguez en estos comentarios).

La dificultad de las predicciones económicas

En el anterior artículo comentaba algunas de las limitaciones del análisis empírico en la economía, poniendo de manifiesto la compleja y esquiva relación de causalidad entre los fenómenos económicos y sociales. Al fin y al cabo, suele ser la "visión" –que, según Schumpeter es el "acto cognoscitivo pre-analítico"– o los biases del analista –o prejuicios, de los que tanto le gusta a hablar a Russell Roberts– los que en muchos casos configuran la perspectiva sobre la realidad de éste.

Así, por ejemplo, para algunos el llamado "milagro asiático" de las décadas pasadas es prueba de que la planificación estatal puede favorecer el desarrollo, mientras que para otros es prueba de las bondades de la libertad económica. No es casualidad que entre los primeros estén economistas intervencionistas como Joseph Stiglitz, y entre los segundos liberales como Benjamin Powell. No obstante, esto no significa que no exista una explicación más certera que la otra, ni que sea imposible acceder a la versión más adecuada de los hechos. Simplemente muestra cómo a un mismo episodio histórico se le pueden dar interpretaciones contrapuestas según los esquemas teóricos e ideológicos del analista.

Relacionado con la limitación de los estudios empíricos está la extrema dificultad de la predicción: en pocas palabras, el futuro que se intenta predecir no existe, y lo más probable es que las circunstancias que existen hoy, ya no existan mañana ("el futuro no es un por-venir, sino un por-hacer"). Así, las teorías económicas no deberían buscar predecir, sino establecer marcos de explicaciones de fenómenos. La predicción correspondería a analistas que aplican esas teorías y utilizan elementos de juicio propios para estimar el futuro (ejerciendo la función empresarial).

Pero a pesar de esto, la predicción es una de las metas que ansía (vana y malamente) conseguir la economía matemática y sofisticada que caracteriza el actual mainstream. No en vano, en uno de los artículos que más han influido a la metodología de la línea dominante, La metodología de la economía positiva (1953), Milton Friedman decía que "El objetivo último de una ciencia positiva es el desarrollo de una ‘teoría’ o ‘hipótesis’ que genere predicciones válidas y significativas sobre fenómenos que todavía no se han observado". Curiosamente, si utilizáramos su propio criterio (y también otros alternativos) para validar o refutar sus ideas y teorías en relación a la coyuntura económica y a la macroeconomía en general, éstas deberían desecharse sin ninguna duda. Solo hace falta ver las pésimas predicciones que realizó el mismo Milton Friedman en una entrevista de 2005.

Desafiando frontalmente esta visión están los teóricos cercanos a la Escuela Austriaca. Sin embargo, aquí, como en todo, nadie está libre de pecado. En la ponencia de clausura de la fantástica IV Universidad de Verano del Instituto Juan de Mariana, Carlos Rodríguez Braun nos deleitó con un poco de autocrítica, exponiendo cinco errores que él percibe en los liberales. El primero de ellos se refería a la predicción y la teoría del ciclo económico, y en concreto, a la presente crisis. Según Braun, ni quienes disponen de una correcta teoría del ciclo (los austriacos) pueden predecir, por lo que advirtió de los peligros de ello. Así, no se debería poner énfasis en el potencial predictivo de la teoría del ciclo, afirmó, ya que eso sería abrir un flanco a los intervencionistas en caso de que la predicción no resulte del todo correcta, o aun siendo correcta, haya fallado el timing.

En la actual crisis, que ha cogido desprevenidos a la mayoría de economistas (aunque luego traten por todos los medios de sacarse alguna explicación de la chistera), los teóricos de la Escuela Austriaca han sido quienes de manera generalizada mejor han visto venir la crisis económica y financiera. Los ejemplos de artículos austriacos alertando sobre lo artificial y peligroso del boom son numerosos; Jesús Huerta de Soto, Peter Schiff o Ron Paul, desde sus distintos ámbitos, vieron de manera bastante acertada lo que estaba sucediendo durante los años de auge, y pronosticaron la actual recesión, siguiendo el esquema de la teoría austriaca del ciclo económico. Los análisis del Observatorio de Coyuntura Económica también se han mostrado muy atinados desde sus comienzos allá por noviembre de 2007, cuando pocos alcanzaban a ver lo que se nos venía encima.

A la vista de estos ejemplos, parecería que las predicciones que han realizado estos autores han sido, o deberían ser, muy positivas para dar crédito a las ideas austriacas. Pero por el otro lado, también ha habido predicciones que hasta el momento no se han materializado, y que podrían servir como descrédito de los autores que las realizan, y las teorías que defienden. Me refiero, especialmente, a los pronósticos de hiperinflación casi inminente (al ver la explosión de la base monetaria) que han realizado numerosos analistas cercanos a la Escuela Austriaca, como Thorstein Polleit del Mises Institute, Robert Higgs del Independent Institute, Peter Schiff, Jim Rogers o James Turk de GoldMoney.

Estos fallos a la hora de intentar predecir mostrarían los peligros que existen de difundir este tipo de estimaciones sobre el futuro, especialmente si se acompañan con referencias temporales concretas. Sin embargo, ¿son estos errores predictivos (e.g. "habrá hiperinflación") causados por la dificultad de predecir per se? Podría ser, pero otra posibilidad es que existan inadecuaciones en la teoría que manejan los autores que realizan las predicciones, y que por tanto el error sea teórico.

Con todo, aun con el mejor aparato teórico que pueda existir, ¿quién se atrevería a pronosticar cuándo acabará la crisis? ¿A qué tasa de paro llegará nuestro país? ¿O cuál será la siguiente estupidez que se les ocurra al escuadrón de incompetentes que tenemos la suerte de tener como gobernantes y autoridades?

Como es habitual, el profesor Rodríguez Braun ofreció un punto de vista apasionante para la discusión.

Huerta de Soto, Doctor Honoris Causa en la Marroquín

Viajo de nuevo a la querida Guatemala para escribirles sobre el reciente doctorado Honoris Causa que recibió en la Universidad Francisco Marroquín un buen amigo del IJM, el profesor Jesús Huerta de Soto. La ceremonia tuvo lugar a comienzos del mes de mayo, coincidiendo con el Acto de Graduación que se celebra en ese fascinante auditorio al aire libre del campus. Naturaleza y tecnología se complementan perfectamente en esta universidad, que nos ofrece un eficaz sistema de reproducción de videos donde pueden visionarse éste y otros muchos interesantísimos eventos. Recomiendo dedicarle un tiempo a navegar en su página web y explorar todo lo que guarda dentro.

Jesús Huerta, Catedrático en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, comparte esa distinción con cuatro conocidos premios Nobel: Hayek, Friedman, Buchanan y Vernon L. Smith; aparte de otros destacados economistas que también han sido galardonados en la Marroquín, como Israel Kirzner, Michael Novack o Gordon Tullock.

El encargado de la introducción (o Encomio) del nuevo Doctor fue Gabriel Calzada, quien presentó con cariño a su Maestro distinguiendo una doble faceta de empresario y académico excepcional. En este segundo aspecto destacaba la honestidad intelectual de Huerta de Soto, que le ha llevado a mantener una consistente actitud de respeto por la verdad sin compromisos con las ideas erróneas. Calzada nos recordaba aquí la figura de Juan de Mariana, quien tuvo que sufrir la cárcel por su coherencia intelectual y moral al sostener ante la misma Corona que la inflación causada por la alteración monetaria era un impuesto injusto, es decir, un robo a los ciudadanos.

El discurso de agradecimiento estuvo llevo de cordialidad, con el recuerdo de otros dos españoles que le precedieron en el doctorado, Joaquín Reig Albiol y Rafael Termes; y con el reconocimiento a la tradición Austríaca que se acumula en la Universidad Francisco Marroquín. Citando a Mises, resumía las propuestas de esta Escuela frente a lo que llamó "paradigma neoclásico" (repitiendo que "ya sea keynesiano o de Chicago"): la función empresarial como un proceso dinámico eficiente en mercados no perfectos; el respeto por la propiedad privada en un marco de limitación del poder; la teoría de la imposibilidad del socialismo; la denuncia del estado del bienestar o su precursora teoría del ciclo económico.

Huerta de Soto también dedicó unas palabras a destacar el papel de la Escuela de Salamanca en los fundamentos del pensamiento austríaco, llegando incluso a proponer el nuevo nombre de "Escuela Española"… Lo que justificaba al explicar que, ciertamente, Covarrubias formuló una teoría subjetiva del valor; Saravia de la Calle señaló que los precios determinan los costes; Juan de Lugo describía la naturaleza dinámica del mercado y la imposibilidad de tener información perfecta (pretium iustum mathematicum licet soli Deo notum); Molina habló de la preferencia temporal y de los depósitos bancarios como parte de la oferta monetaria; o que, por fin, Juan de Mariana explicaría la inflación distorsionadora de las alteraciones monetarias. En definitiva, aquellos escolásticos hispanos anticiparon la tesis liberal sobre que toda intervención injustificada sobre el mercado viola el derecho natural.

Volviendo a esa faceta empresarial, creativa y emprendedora que propugna la Escuela Austríaca de Economía, tenemos que señalar también una intervención anterior del nuevo Doctor. Me refiero al Acto de Entrega de Distinciones Académicas que había tenido lugar en el Auditorio Juan Bautista Gutiérrez de la UFM. En esta ceremonia, el Rector Giancarlo Ibárgüen animaba a los jóvenes egresados a embarcarse en la difícil tarea de la actividad empresarial, una vocación que no dudó en calificar de "heroica" ya que les exigiría ser perseverantes, honestos, imaginativos, tenaces y sacrificados en su vida personal. Pero les animó a ponerse a prueba a sí mismos, ya que la sociedad necesita de estos líderes anónimos para crear y difundir la riqueza.

A continuación el profesor Huerta de Soto se dirigió a los estudiantes distinguidos, compartiendo con ellos algunos consejos para tener éxito en la vida. Les habló de entusiasmo, constancia, respeto por los principios, espíritu crítico o búsqueda de la excelencia. También les insistió en esa faceta del empresario que, con palabras de Kirzner,  busca permanentemente oportunidades de ganancia (no necesariamente económicas; así, la Madre Teresa puede considerarse como una eminente empresaria de la solidaridad y ayuda al más necesitado).

A punto de comenzar los IV Cursos de Verano del Instituto Juan de Mariana en Aranjuez (liberales, multidisciplinares y de tradición austríaca), quería compartir con los lectores este otro reciente evento académico, al tiempo que felicitar también al flamante Doctor.

Razón, observación, teorías y crítica intelectual

Los seres vivos son agentes autónomos autopoyéticos: su actividad dinámica autocontrolada contribuye a su mantenimiento y reproducción. Algunos seres vivos actúan como sistemas cibernéticos mediante ciclos recurrentes de observación, pensamiento y acción. La cognición tiene sentido como guía de la acción, sirve para seleccionar la conducta más adecuada según las circunstancias del organismo y su entorno. Un agente cognitivo conoce la realidad mediante la construcción y el uso de representaciones abstractas de la misma que recogen regularidades esenciales (relaciones entre sus componentes), y reconoce la realidad cuando percibe alguna instancia concreta que se corresponde con aspectos particulares de esas representaciones mentales.

La epistemología estudia el conocimiento. Los epistemólogos han enfatizado tradicionalmente el pensamiento (racionalistas) o la observación (empiristas), con algunos intentos de integrar ambos, pero a menudo no se ha tenido suficientemente en cuenta la relación de la cognición con la acción y la vida. El conocimiento en general implica razonamiento (pensamiento, reflexión, actividad cerebral de procesamiento de información, construcción y modificación de modelos representativos), observación (obtención de datos concretos acerca del estado del mundo en una situación específica) y acción (modificación del estado del mundo). Razonamiento, observación y acción están íntimamente relacionados: las teorías o esquemas mentales que produce el pensamiento son el marco de referencia en el cual se realizan e interpretan las observaciones; las observaciones pueden servir para confirmar de forma tentativa hipótesis (nuevos contenidos teóricos generados creativamente, quizás sugeridos por alguna observación previa) o rechazar aspectos inválidos de las teorías; las observaciones no son por lo general pasivas, es posible actuar para realizar alguna observación (experimentación); el pensamiento es una acción mental, un conjunto de procesos físicos en el cerebro, un evento que forma parte del mundo real; la autoconsciencia es observación interior de los propios procesos de pensamiento (siempre incompleta, gran parte del pensamiento es inconsciente); la acción es guiada por los datos obtenidos de la observación del presente y por los modelos mentales del mundo que permiten estimar su evolución futura según los diversos cursos de actuación considerados; la acción intencional se corrige en tiempo real para ajustarla a los objetivos deseados mediante la observación progresiva de sus resultados sobre la realidad.

Los modelos mentales incorporan de forma progresiva conocimiento acerca de la realidad, pero están muy lejos de ser tan potentes como para conocer por sí solos toda la realidad: no es cierto que todo el Universo esté en la mente humana. La competencia evolutiva indica que los sistemas cognitivos mejores tenderán a desplazar a los menos aptos, pero eso no implica que los modelos mentales sean perfectos o estén muy cerca de la perfección. Los agentes cognitivos utilizan sus representaciones mentales apoyados por sistemas de estimación de su validez: sensación de seguridad, certeza o duda de lo que se sabe. Pero estos sistemas indicadores de la fiabilidad son a su vez falibles: es posible estar equivocado teniendo una sensación íntima de certeza absoluta. Las falacias no saltan a la vista, a muchos les parecen correctas y veraces. El engaño (incluido especialmente el autoengaño) es un fenómeno esencial en la interacción entre animales sociales (que pueden ser cooperativos o competidores) o entre depredadores y presas. Es posible equivocarse al pensar, al observar y al actuar. Errores sutiles que pueden tener graves consecuencias pueden no verse por estar rodeados de gran cantidad de aciertos que distraen la atención. Disponer de múltiples sistemas independientes (redundancia) puede reducir la probabilidad de cometer errores.

Los seres humanos viven y actúan en el mundo real, pero lo perciben e interpretan mediante sus sistemas cognitivos, que construyen representaciones o simulaciones virtuales. Algunas personas llegan a creer que su simulación mental particular es la realidad última, que todo es producto de su imaginación, que la mente crea la realidad. Para algunos científicos poco competentes la teoría manda y la realidad debe encajar en ella (lo auténticamente real serían las ideas, y la realidad serían apariencias o distorsiones de esas ideas): pero es la realidad la que manda y la teoría que se pretende científica debe modificarse y adaptarse en lo que sea necesario para representarla fielmente.

Una teoría es un sistema de proposiciones sobre ciertos conceptos y relaciones entre ellos. Las teorías pueden utilizarse para representar conocimiento acerca de las regularidades de la realidad, pero también es posible construir teorías desconectadas de la realidad (simples ejercicios de la imaginación o intentos fallidos de captar el mundo): la coherencia interna (ausencia de contradicciones) no es equivalente a la verdad o corrección (correspondencia del modelo con la realidad).

El conocimiento no está constituido solamente por teorías referidas a generalidades abstractas: también son importantes los datos concretos acerca de la configuración específica del mundo. Ambos, teoría y datos, son necesarios para comprender la conducta de un sistema. Diversos sistemas pueden tener diferentes sensibilidades respecto a sus condiciones iniciales (su comportamiento depende mucho o poco de ellas). Los expertos científicos pueden tener un conocimiento mejor acerca de generalidades teóricas, pero quizás carezcan de datos empíricos concretos, por ser difíciles de obtener o porque no interesan si lo que se busca es principalmente una fórmula o ley unificadora. En las ciencias naturales los sistemas son más simples que en las ciencias humanas, en las cuales los agentes poseen un conocimiento acerca de sus condiciones locales que es altamente relevante para su acción y que sin embargo no está disponible para el investigador.

De forma parecida a como los diversos elementos de un sistema pueden relacionarse de forma integradora y cohesiva o de forma desintegradora, disgregadora, los distintos componentes de una teoría pueden tener relaciones de apoyo o de oposición. Una teoría es más sólida si sus diversas partes se apoyan y refuerzan mutuamente. El conocimiento científico es en muchos ámbitos un trabajo progresivo de perfeccionamiento sistemático: una teoría (o un conjunto de teorías) puede no ser completamente satisfactoria, quizás porque sus partes no están bien integradas (faltan conexiones, o hay elementos inconsistentes pero no se sabe cuáles son incorrectos), o faltan elementos. Es posible que se disponga de varias teorías para explicar un mismo ámbito de la realidad, y pueden ser complementarias (perspectivas alternativas) o incompatibles.

En una teoría que utilice la inferencia mediante deducción lógica hay axiomas (proposiciones de partida consideradas verdaderas) y teoremas (proposiciones deducidas de los axiomas): los axiomas son los cimientos del sistema que sirven de fundamentación para los teoremas, las relaciones de apoyo son jerárquicas y unidireccionales de los axiomas a los teoremas (o de los teoremas más primitivos a los derivados de ellos). Algunas teorías se construyen sobre un solo axioma que se considera autoevidente (o cuya verdad se demuestra fuera del sistema) y deduciendo a partir de él, quizás añadiendo hipótesis auxiliares que agregan especificación (el axioma suele ser muy abstracto, poco preciso). Un sistema con pocos puntos de apoyo es más frágil, puede destruirse si estos fallan. Un sistema con múltiples apoyos es más resistente, no depende de forma drástica de uno o unos pocos elementos, su degradación es progresiva, no catastrófica. En la deducción lógica la sensibilidad de la teoría a la corrección de los fundamentos es extrema, los errores contaminan totalmente el árbol de deducciones a partir del punto erróneo. Algunas teorías están constituidas de forma más heterárquica, con más puntos de apoyo, como una red con múltiples elementos que interaccionan de forma orgánica, de modo que los contenidos de la teoría pueden modificarse unos a otros en un proceso de convergencia de evidencias que permite ganar consistencia, precisión y corrección.

La crítica intelectual es fundamental para el avance del conocimiento: la consistencia de una teoría puede comprobarse intentando destruirla y observando cómo resiste a los ataques. Algunas críticas pueden ser constructivas en el sentido de que preservan buena parte del contenido de una teoría analizada y corrigen sus errores. Pero la crítica destructiva también es útil porque puede mostrar que una teoría es muy mala o que por el contrario es muy difícil de superar. Es posible que una misma persona construya una teoría y la critique, pero a menudo el deseo de que algo sea cierto o el amor por el propio trabajo intelectual dificultan o imposibilitan que sea así. La objetividad es más fácil cuando no se siente apego por ninguna idea en particular y cuando no hay un capital intelectual invertido que puede perderse al reconocer un error propio. El pensamiento de una sola persona tiene restricciones que pueden superarse mediante la colaboración con otros. Pero para que esos otros aporten algo significativo quizás convenga que no lo compartan todo (que sepan cosas diferentes) y que no tengan miedo de realizar las críticas que consideren necesarias.

Poner mucho énfasis en una idea no garantiza que esta sea correcta, y si es errónea resulta que el error se transmite con mucho entusiasmo y vehemencia. Una persona con mucho carisma o poder puede contribuir a generar y reproducir errores difíciles de eliminar. Las sectas insisten en transmitir un mensaje fielmente, sin críticas, y en obedecer a los líderes: las ideas se usan como símbolos que indican pertenencia a un grupo donde hay que aceptar todo el dogma, evitar las disensiones internas y concentrarse en destruir a los oponentes (o ignorarlos si no se sabe cómo vencerlos intelectualmente). Para aprender es necesario saber reconocer cuándo uno se ha equivocado: es normal en el proceso de búsqueda científica del conocimiento cometer errores; lo anormal es no equivocarse nunca (y es sospechoso tenerlo todo clarísimo de forma rotunda y no aprender nada de nadie). No reconocer nunca un error implica que o no se ha aprendido nada (no se ha explorado nada nuevo donde inicialmente no se domina todo y es normal equivocarse hasta conseguir acertar) o que uno es siempre perfecto. Rectificar ante los errores no es lo mismo que ceder en una postura de principio para ser popular, dulcificar un mensaje para que sea mejor aceptado.

De los sentimientos morales a la riqueza de las naciones

En los últimos tiempos, he tenido la oportunidad de leer, reflexionar y discutir sobre las dos obras principales del considerado por muchos padre de la economía, el escocés Adam Smith. Me refiero, como es obvio a la vista del título, a la Teoría de los sentimientos morales y a La riqueza de las naciones.

En la primera de las obras, Adam Smith formula su teoría sobre cómo se forman los sentimientos, tratando de explicar qué es lo que mueve al hombre a actuar de una forma u otra. En la segunda, más conocida, explica cómo el trabajo, y específicamente su división, es la causa principal de la creación de riqueza.

Uno de los aspectos más interesantes de la lectura conjunta de ambas obras es la búsqueda de la conexión entre ambas. En esencia, si la teoría de los sentimientos morales es capaz de explicar las motivaciones del hombre para actuar en sociedad, debería de ser capaz de explicar cómo a partir de dichos sentimientos se llega a la división del trabajo. ¿Es este un fenómeno "natural", o ajeno a los sentimientos morales e impuesto por terceros?

Para Smith, la clave que explica los sentimientos morales es la empatía (simpatía en la traducción de Carlos Rodríguez Braun). El hombre tiene empatía, y tiende a ponerse en el lugar de sus semejantes, sufriendo y alegrándose con ellos, hasta cierto punto. Por supuesto, esto no impide que sean sus desgracias y suertes las que más le afecten. Pero, en estos casos, la práctica de la virtud le ha de llevar necesariamente a verse como lo ven los terceros, y adaptar su comportamiento a esa visión.

En esos momentos, hemos de acudir a la empatía con nosotros mismos. Hemos de ponernos en el lugar de un tercero, y ver cómo éste simpatizaría con nuestro comportamiento, para adaptar el mismo.

A partir de aquí, Adam Smith explica la práctica de las virtudes y un sinfín de aspectos de nuestras relaciones sociales. Por ejemplo, razona la existencia de normas y la creación de las mismas mediante un proceso evolutivo, y la consecuente necesidad de justicia para la supervivencia de la sociedad. Idénticamente, justifica la necesidad de educación para las personas, aunque desacertadamente proponga que la misma ha de ser llevada a cabo por el Estado.

Pero sigamos en busca del nexo entre sentimientos morales y división del trabajo. Esta empatía le permite ponerse en lugar de los ricos y de los pobres. Lógicamente, los sentimientos son más placenteros al simpatizar con los primeros; de ahí surge la admiración y el respeto. Y también la ambición por obtener esas riquezas que tan agradable hacen la vida a los ricos, según nos informa la empatía.

Lo cierto es que la satisfacción que obtienen las personas ricas de sus bienes es, en realidad, marginal respecto a la que se puede obtener por una persona normal sin tanto alarde. El hambre queda igualmente satisfecha por un plato de lentejas y por la última creación de Ferrán Adría, aunque éste última obviamente produce una satisfacción adicional, que para Adam Smith es poco apreciable.

El hombre sabio no se empeñaría en la búsqueda de estas riquezas que solo marginalmente van a contribuir a su felicidad, al precio de grandes trabajos y sufrimientos. Y, sin embargo, la mayor parte de los hombres los buscan. Para Smith, esto se explicar porque, en la práctica, valoramos más la "apariencia de belleza" de los bienes; esto es, sobrevaloramos los bienes de los ricos debido a su belleza y armonía, y no por su capacidad de satisfacer nuestras necesidades.

Aún siendo crítico con esta ambición, Adam Smith reconoce que la búsqueda de este espejismo es lo que hace que los hombres quieran acumular riquezas. Y aquí se establece, a mi modo de ver, el vínculo con el emprendimiento, la verdadera fuerza motriz de la economía, que exige la división del trabajo y permite el crecimiento económico, y la consecuente riqueza de las naciones.

El hombre, en su ansia por conseguir esa "apariencia de belleza", ha descubierto que la forma más eficiente es la división del trabajo posibilitada por el intercambio de bienes. La ley de la ventaja comparativa nos informa de que es más eficiente para obtener riquezas que cada individuo se especialice en aquello que mejor realiza, e intercambie los resultados de su trabajo con terceros. Con la división de trabajo operativa, sí puede activarse la famosa mano invisible que hace que, espontáneamente, la búsqueda del beneficio propio se transforme en la mejor forma de enriquecer la sociedad.

En resumen: la empatía que sentimos por la felicidad de los ricos, nos hace sobrevalorar ésta y sus bienes, y nos lleva hacia un proceso de acumulación de riquezas, lo que solo podemos aspirar a conseguir mediante la división del trabajo. Ésta a su vez pone en marcha la mano invisible y desemboca en la creación de riqueza para todos (el concepto de naciones es macroeconómico, por lo que prefiero evitarlo).

Como punto débil de la teoría, me cuesta atribuir a la mera "apariencia de belleza" la insaciable ansia del ser humano por conseguir más riqueza.