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Etiqueta: Pensamiento liberal

El asalto

Fue el que se produjo hace una semana, cuando se publicó una viñeta en la que una mujer pregunta "Pero, ¿cómo puede Israel violar con total impunidad todas las leyes humanas e internacionales". Y le responde, sin mirarla, el prototipo de un judí­o mal encarado: "Nuestro buen dinero nos cuesta". Podrí­a haber sido publicado en Der Stürmer. No habría llamado la atención, ni por su ingenio ni por sus ideas, en Der Angriff (El asalto), órgano del partido nazi. Tampoco ha llamado la atención, ni por su ingenio ni por sus ideas en el diario El Paí­s, que es donde salió publicado.

Esa viñeta pasó, al menos, el filtro del director de opinión y, probablemente, también el del director. Desde luego que pasó el filtro de los lectores de El Paí­s, que se la tragaron sin indigestión y, en la mayorí­a de los casos, con sordo regocijo. La viñeta de Romeu es una más, es la secreción de una forma de ver el mundo que incluye, como un elemento más, una visión estereotipada de los judí­os, propia de Los protocolos de los sabios de Sión, y a los que se le atribuye una condición humana reducida o inexistente (violan "todas las leyes humanas"). La viñeta no es más que una pieza que encaja perfectamente, sin desentonar, en un puzzle ideológico de izquierdas. Es como la aparición de Willy Toledo en una gala de los Goya con la imagen de Ho Chi Minh en su camiseta. Responsable de la muerte por pura represión de millones de compatriotas. Allí­ nadie se escandalizó. Todo el mundo sonreí­a. Otra pieza para el puzzle.

Es inútil razonar con una persona que produce o consume esa miseria. ¿Que Israel es una democracia atacada permanentemente por grupos y Estados terroristas? ¿Y qué? ¿Cuántos de los que ahora y hace 75 años disfrutarí­an con esa viñeta tienen a la democracia en tan alta estima? Hay una parte de la izquierda que deberí­a aprovechar ocasiones como ésta para hacer una reflexión sobre por qué una persona que se considera a sí­ misma civilizada puede llegar a un extremo así­ de mano de sus ideas.

Causalidad y complejidad: limitaciones del análisis empírico en economía

El problema de la causalidad en economía es uno de los más relevantes de la disciplina. Este problema se revela fundamental en los análisis históricos, cuando se trata de poner en relación un fenómeno acontecido (e.g. una subida brusca en los precios del petróleo), con las causas que lo generaron (e.g. escasez de oferta, aumento en la demanda, expansión del crédito, etc.).

Como ciencia social, el objetivo de la economía es explicar los resultados de mercado (a nivel social) de la acción humana (a nivel individual), que a pesar de ser intencional, genera resultados agregados no intencionados e incluso inesperados.

La teoría económica deberá explicar, por ejemplo, cómo y por qué surge el dinero (un determinado bien que sirve como medio de intercambio y depósito de valor) como un resultado no deliberado de las acciones individuales de una infinidad de personas. Un proceso evolutivo a través de la prueba y el error, mediante el cual los individuos involucrados persiguen superar los obstáculos a la división del trabajo que genera el trueque, buscando para ello distintos bienes que cumplan las funciones deseadas.

O también deberá tratar de explicar cómo en determinadas condiciones se pueden coordinar dinámicamente los planes de millones de individuos en contextos de acumulación de capital e innovación (crecimiento económico), y qué ocurre cuando el Estado interfiere y cambia las condiciones, manipulando el dinero y el crédito o el sistema de precios de mercado.

Así, es lógico que surjan problemas a la hora de identificar la causalidad, debido principalmente a que el objeto de estudio (la sociedad) de la economía está en constante cambio y suceden infinidad de fenómenos (producidos por esas acciones individuales) simultáneamente.

Los economistas han tratado de escapar a estas dificultades introduciendo la cláusula ceteris paribus, por la cual se permite analizar la relación entre dos fenómenos (e.g. aumento de la demanda y aumento de los precios), aislando el problema y manteniendo todo lo demás constante. Sin embargo, en la realidad todo cambia al mismo tiempo, por lo que puede haber correlaciones entre distintas variables 1) sin que exista ninguna relación de causalidad entre ellas, 2) que esa relación sea engañosa (¿quién se atrevería a concluir que el nacimiento de niños y su supervivencia en un país africano pobre sea algo negativo, como lo manifestaría el indicador de la renta per cápita?) o 3) que la relación empírica sea la opuesta a la teórica (un descenso en la demanda de petróleo puede acompañar a un aumento en su precio por cambios en la oferta).

La profesión económica mayoritaria en la actualidad parece abrazar con demasiada ingenuidad los métodos estadísticos y econométricos (donde se aúnan los modelos económicos, la matemática y la estadística), en parte porque el objeto de estudio y sus características se ven desde diferentes perspectivas a las que aludíamos más arriba.

De hecho, si uno lee y compara trabajos de autores de escuelas diferentes, incluso podría llegar a pensar que se trata de disciplinas diferentes. Para la línea dominante, la ciencia económica es predominantemente cuantitativa y matemáticamente formalizable (uno de los lemas de la Universidad de Chicago es que "cuando no puedes medir… tu conocimiento es escaso e insatisfactorio"), confía excesivamente en datos macroagregados cuyo significado real y validez es muy discutible (IPC, PIB…), hiper-simplifica ciertos aspectos de la realidad y soslaya otros fundamentales como las implicaciones del paso del tiempo económico y la incertidumbre auténtica, su método aspira a la predicción a costa de la irrealidad de los supuestos e hipótesis, etc. etc. Todas características éstas que poco tienen que ver con el enfoque dinámico y subjetivista de los teóricos que comparten la tradición austriaca.

De esta manera se priman sobre los estudios teóricos y verbales, los análisis estadísticos y econométricos para explicar la realidad, no solo histórica, sino también para predecir el futuro. Se piensa así que un modelo que dé buenos resultados, cuyas regresiones tengan buenos coeficientes, etc. explicará mejor la relación entre varias variables y podrá falsar las teorías existentes hasta la fecha. En otras palabras, que la estadística puede, y de hecho es la única forma, de refutar teorías económicas.

No obstante, además de esta línea mayoritaria, existen algunos economistas, entre los que destacan los austriacos, pero también otros teóricos como, entre otros, Nassim Taleb, que se muestran escépticos de los análisis estadísticos y econométricos como única forma de explicar fenómenos históricos. Entre las muchas razones que existen para este escepticismo, una de ellas, como comentábamos anteriormente, se refiere a la simultaneidad de múltiples cambios que caracteriza a un orden complejo como la sociedad.

Por otro lado, este tipo de técnicas poco pueden decir acerca de las relaciones de causalidad entre distintos fenómenos; tan solo informan sobre correlaciones empíricas (históricas) que se han dado en un tiempo y lugar concretos. Así, acercarse a la compleja realidad mediante la utilización de modelos abstractos con unas pocas variables, todo ello pasado por el filtro del analista, es una vía muy limitada.

No en vano, algunos utilizan el término faith-based econometrics para referirse al uso que se le da a esta materia en el análisis económico, en el sentido de que las conclusiones sacadas de complejos análisis econométricos suelen coincidir con las hipótesis y visión del autor que lo realiza, con lo que no se hace más que reforzar los sesgos e ideas que ya se tenían. En este sentido, Russ Roberts afirma que "El trabajo empírico no mejora nuestra comprensión de lo que sucede". El mismo Roberts reta a sus lectores a que le ofrezcan un solo ejemplo de estudio econométrico que haya conseguido cierto consenso en la profesión, haciendo cambiar de opinión a quienes pensaban de otra manera.

Además, en ocasiones los datos disponibles pueden mostrar una realidad distorsionada, siendo necesario plantearse la validez de éstos antes de proceder cualquier estudio. Esta carencia es una de las causas por las que todavía se piensa que la II Guerra Mundial sacó a EE.UU. de la Gran Depresión, algo que, tal y como argumenta Robert Higgs, es totalmente falso. Sin duda, otra de las causas de ese error sería un marco teórico keynesiano.

Por todo esto, en cualquier análisis económico no puede dejarse de lado la teoría y las relaciones causales que ésta establece. Ésta debería servirnos de guía para el análisis empírico, y éste último como forma de garantizarnos un feedback acerca de la adecuación y posible aplicación de la teoría. Los datos y análisis cuantitativos que identifiquemos deberían poder ser explicados por esta teoría, ya que, de otro modo, sería como dar palos de ciego, y a lo sumo se llegaría a ver el árbol, pero no el bosque, con su natural complejidad y matices.

La dificultad en identificar el sentido y origen de la causalidad se manifiesta particularmente en la explicación de las causas de las crisis económicas, y las razones de su salida. ¿Fue el New Deal positivo o negativo para la recuperación? ¿Y la Segunda Guerra Mundial? ¿Cuál fue la causa principal de la estanflación de los 70: la expansión de crédito anterior o la "crisis del petróleo"? En la actual crisis, ¿han jugado un papel más importante las intervenciones sobre el sector inmobiliario o los desmanes monetarios? ¿Están funcionando los planes de estímulo fiscales y monetarios?

En todas estas preguntas, el consenso no existe. Los "hechos por sí mismos" o la "realidad económica despojada de subjetividad" valen poco, en caso de que sean cognoscibles, porque la información que contienen, al igual que los precios, debe ser interpretada. De los mismos datos se sacan conclusiones opuestas o unos datos son enfatizados por unos y escondidos por otros. Y al final, el inclinarse por una interpretación o por otra depende de la teoría que se maneje y la visión del mundo que se tenga.

Por eso, de momento, el consenso sobre los acontecimientos económicos es una quimera. Quizás sería demasiado optimista esperar que en esta crisis la "interpretación oficial" no se decante por la keynesiana-intervencionista.

A la conquista del océano

La familia Friedman parece llevar el liberalismo un paso más allá con cada generación. Milton, Nobel de economía, dedicó su vida a la defensa de un mercado libre y un Estado pequeño. Su hijo David, profesor de economía y derecho, cree que un mercado libre no necesita de un Estado, ni pequeño ni grande. Patri, hijo de David, opina lo mismo que su padre, pero aspira a llevarlo a la práctica creando comunidades privadas allí donde no llega (todavía) la jurisdicción del Estado: alta mar.

Patri Friedman es escéptico con el proselitismo liberal y el activismo político. Cree que es utópico pensar que podemos convencer a la mayoría de la población para que voten a un partido liberal que reforme el sistema de arriba a abajo. Utópico e innecesario. ¿Por qué intentar persuadir a todo el mundo cuando podemos agruparnos los que estamos de acuerdo y crear nuestra propia comunidad? El problema, claro, es que los Estados tienen jurisdicción sobre todo el suelo del planeta, y los intentos pasados de crear una comunidad liberal en tierra firme han fracasado.

En los 70 Mike Oliver, empresario de Nevada, intentó crear la República de Minerva en un conjunto de arrecifes en el sudoeste del Pacífico, a 260 millas del pequeño reino de Tonga. Oliver hizo construir terreno sólido sobre los arrecifes, pero Tonga reaccionó tomando la colonia por la fuerza. Durante los años siguientes Oliver se alió con movimientos separatistas en dos islas de las Bahamas y Nuevas Hébridas pero la aventura terminó con la detención de varios nativos rebeldes.

En los 90 un grupo de emprendedores randianos negoció con varios gobiernos la compra o arrendamiento de una parcela de tierra para crear su particular Quebrada de Galt: Laissez Faire City (éste es el anuncio que publicaron en The Economist en 1995). Estuvieron cerca de cerrar un acuerdo con Perú por el arrendamiento de 300km2 de tierra, pero no llegó a materializarse. Luego algunos de sus integrantes crearon una comunidad en el ciberespacio protegida por encriptación con el objeto de comerciar y realizar otras actividades al margen del Estado. El proyecto también fracasó, por problemas internos.

Ha habido más intentos fallidos y otros que están en letargo indefinido. Para Friedman estos fracasos ilustran el problema de las barreras de entrada al "mercado de sistemas políticos". Si las barreras de entrada a este "mercado" fueran bajas (si no implicaran una ingente inversión, derramamiento de sangre y una probabilidad tan baja de éxito) habría más competencia entre Estados y más experimentación con nuevos sistemas políticos, lo que redundaría (como en cualquier otro mercado) en instituciones más eficientes. Friedman llama a este escenario "geografía dinámica", y alude a la idea de su padre de que los gobiernos se comportarían de forma muy distinta si las familias vivieran en caravanas y pudiera huir fácilmente de la opresión estatal.

Friedman cree que sí es posible superar las barreras de entrada al mercado de sistemas políticos, pero no en tierra firme. La soberanía de los Estados termina a 12 millas de la costa, en el océano. Luego existen jurisdicciones parciales sobre zonas de pesca, recursos marinos etc. pero es concebible establecer plataformas flotantes u otras instalaciones artificiales en las Zonas Económicas Exclusivas o en aguas internacionales, donde al principio sería necesario comprar banderas de conveniencia a los países que propusieran la mejor oferta.

Patri Friedman, que trabajaba para Google, se interesó por el seasteading o colonización del mar después de leer el manuscrito de Wayne Gramlich, un ex ingeniero de Sun Microsystems amante de la ciencia ficción. En 2008 ambos fundaron el Seasteading Institute, una organización dedicada a promover las condiciones para que la colonización del mar sea una realidad, en oposición a hacerla realidad desde la organización misma. El instituto tiene como objetivo desarrollar iniciativas con un coste elevado y externalidades positivas (investigar, entender el marco legal, proporcionar ideas, promocionar el proyecto etc.), que sirvan de apoyo a los esfuerzos descentralizados de miles de empresas, organizaciones sin ánimo de lucro, comunidades e individuos. El instituto también contempla la posibilidad de operar la primera comunidad flotante con la expectativa de que tenga un efecto catalizador.

Patri Friedman cree que el seasteading tiene varias ventajas sobre los demás intentos de crear comunidades liberales. En primer lugar, no requiere la captura de un territorio reclamado por alguna jurisdicción nacional. En segundo lugar, no requiere de una extraordinaria inversión inicial como otros proyectos que se han quedado en el tintero (el Freedom Ship, el Aquarious Project) ni del concurso de mucha gente. Friedman es partidario de una aproximación "incrementalista": la colonización del mar puede empezar con plataformas familiares y embarcaciones cerca de la costa que experimenten con soluciones a los distintos problemas técnicos, de organización, etc. antes de adentrarse en aguas internacionales. Las estimaciones de costes para un hotel/complejo recreativo en alta mar son de 258 dólares el metro cuadrado, más barato que el precio actual del suelo en la zona de la bahía de San Francisco. Con el tiempo, conforme el seasteading despierte interés y aumenten las oportunidades de negocio, pueden construirse instalaciones más complejas que provean una variedad de servicios.

En tercer lugar, Friedman es consciente de que el proyecto debe tener atractivo económico, y con ese fin el instituto mantiene relaciones con diversas compañías que podrían rentabilizar la colonización marítima. Por ejemplo SurgiCruise, una empresa de turismo médico flotante que busca financiación para ofrecer servicios sanitarios fuera del marco regulatorio de Estados Unidos. Si los estadounidenses vuelan a México, India o Tailandia para conseguir tratamientos más baratos, ¿por qué no iban a estar dispuestos a desplazarse a 12 millas de la costa? Friedman también está en contacto con cadenas hoteleras, empresas del juego, compañías de acuicultura, marinas y bibliotecas de datos que quieren eludir las leyes de copyright. En cuarto lugar, no es un proyecto que esté restringido a liberales. Puesto que se trata de experimentar con nuevos sistemas políticos y organizativos el seasteading puede seducir también a grupos ecologistas, religiosos o de otro tipo.

En la actualidad hay algunos ejemplos de "viviendas en el mar" en forma de casas flotantes próximas a la orilla, barcos y cruceros, o plataformas petrolíferas. El Seasteading Institute ha diseñado y patentado un complejo de oficinas y de recreo que se ubicaría en aguas internacionales en la costa de California y que, entre otras cosas, podría ofrecer servicios médicos más baratos que en el continente. Todas las patentes que el instituto presenta son para uso defensivo, no para restringir que los demás utilicen sus diseños. En verano de 2009 está previsto un "festival del autogobierno" (Ephemerisle) en la bahía de San Francisco, que se desplazará a aguas internacionales. La idea es que con el tiempo el festival crezca en tamaño, duración y frecuencia y acabe siendo un evento permanente. El instituto está diseñando también una plataforma unifamiliar espaciosa y confortable que pueda servir de segunda (o primera) residencia y que pueda incorporarse a estos festivales. En un futuro este tipo de embarcaciones podrían acoplarse a marinas en alta mar estableciendo ciudades permanentes.

El Seasteading Institute ha suscitado bastante interés en la prensa y Patri Friedman está muy activo dando conferencias en distintos países. Según Brian Doherty, que ha escrito sobre el instituto en Reason, la iniciativa ha congregado a menos iluminados de lo habitual y ha llamado la atención a inversores y gente seria. Peter Thiel, el millonario (y liberal) cofundador de eBay, donó al instituto medio millón de dólares el año pasado.

A Friedman le gustaría llegar a ver la idea hecha realidad algún día pero admite que incluso considerando los escenarios más optimistas probablemente puedan pasar décadas antes de que pueda decir "he cambiado el mundo". Esperemos que llegue a verlo, él y nosotros.

Distinciones

Hagamos de un Roland Barthes venido a menos. La frase: "La villa y Corte de Madrid otorga…". La villa observa el espectáculo de un dictador poniéndose una medalla, y deja que sea la Corte quien cuelgue la distinción. Luego llega la democracia, y resulta que los galardones entre políticos, en lugar de guardarse vergonzantemente, se multiplican. Heróicos cuellos los suyos, que acarrean con vigor inusitado todo el peso de los autopremios. Los Juan Palomo de las medallas, ante la aprobación bobalicona de algunos y el desprecio, taimado por el desinterés, de la mayoría.

Mas, hablando de heroicidades, a Franco le están saliendo rivales políticos por doquier. Una pena que sea a destiempo, pues bien nos hubiera ido si su régimen autoritario hubiese sido reemplazado por otro democrático, aunque sea también autoritario y cutre, como el que tenemos. Debe de ser que la valentía contra el famoso militar se alcanza después de mucha reflexión; de varias décadas de reflexión, en concreto. Gallardón, a lo sumo, tiene que enfrentarse con la imagen de Franco cada vez que entra en el salón de su suegro, quien por otro lado ya le ha afeado su conducta.

Franco, déjenme ser ídem del lienzo, no creo que merezca distinción alguna. ¿Que se la quitan? Como si se la dan de nuevo, que conmigo no va la cosa. Su impronta en la Historia de España, que la juzguen los profesionales del ramo el día que logren sobreponerse a las pasiones políticas del momento y aprecien su actuación en la justa medida, la que permita una ciencia tan bella, pero tan inaprensible como es la Historia.

Ahora bien, hay una distinción, una, que se colgó en cuello ajeno Francisco Franco, que luce por todo lo alto de la política española: el nombramiento de Don Juan Carlos de Borbón y Borbón como sucesor a título de Rey. A ver quién le quita al difunto esa distinción.

Compitiendo contra el burka

La vestimenta lleva implícita la sumisión de la mujer al hombre y al islam, no es una elección voluntaria sino que le ha sido impuesta por presión de la familia y la comunidad. El mismo argumento es extensible al chador, el nicab, el hijab y otras variedades de velo.

El problema con este razonamiento es que asume demasiado y diluye la diferencia entre coacción y presión social. La esclavitud es desde luego incompatible con una sociedad libre, pero también lo es prohibir el burka si alguien desea llevarlo. La mayoría de mujeres que llevan el burka, u otros atuendos islámicos menos extremos, lo hacen porque quieren. Eso no significa que se hayan decantado por el burka después de sopesar las alternativas disponibles, escuchar distintos puntos de vista y mantenerse al margen de influencias externas. Significa que en su fuero interno están convencidas de que eso es lo correcto, por incomprensible que nos parezca a nosotros. ¿Es el resultado de la estricta y retrógrada educación que han recibido y de los valores fundamentalistas de su entorno? Sí, pero eso no confiere al Estado ningún derecho a la "reeducación" forzosa.

No hay cura posible si el propio enfermo no quiere curarse, y uno de los principios éticos de cualquier médico es no administrar una medicina si el paciente no consiente. El caso del burka no es distinto: si la mujer no expresa su rechazo al burka la presunción razonable es que no quiere que se lo prohíban. La carga de la prueba debe recaer en quienes quieren interferir en su forma de vestir.

Decir que la mayoría de mujeres que llevan burka han sido coaccionadas por sus maridos o familiares no nos lleva muy lejos, pues asume lo que tiene que probar. Parece claro que la coacción (en forma de maltrato o amenaza) en las comunidades islámicas fundamentalistas se practica con más frecuencia que en el resto. Pero esta coacción está penada por la ley (probablemente no lo bastante) y corresponde a las autoridades investigar caso por caso y salir en defensa de las víctimas.

Incluso los prohibicionistas admitirán que el mal no es el burka en sí, sino el comportamiento opresor del marido, que la obliga a ponérselo. Pero entonces, ¿por qué no se encarcela directamente al marido? Si ninguna mujer lleva el burka voluntariamente significa que todos los maridos son culpables de abuso y deben ser detenidos y encarcelados. Esa es la conclusión lógica de su premisa. Si, en cambio, están dispuestos a garantizar a los maridos la presunción de inocencia, entonces no pueden argüir al mismo tiempo que sus esposas llevan el burka bajo coacción.

No me cabe duda de que los partidarios de la prohibición del burka intentan ayudar a las mujeres musulmanas. Pretenden que éstas se den cuenta de su penosa condición de sumisas, vean que hay un mundo de posibilidades ahí fuera, y reclamen a su familia y comunidad un trato más igualitario. Al mismo tiempo muchos ven el fundamentalismo islámico como una amenaza a los valores occidentales, como un virus que se irá expandiendo en nuestra sociedad (inmigración y mayores tasas de natalidad) si no tomamos medidas prohibicionistas para protegernos.

Comparto la preocupación por las mujeres musulmanas y también entiendo la amenaza que supone un minoría hostil creciente. Pero en mi opinión la solución no es prohibir y restringir, sino interactuar y competir. Alertan que Europa se está convirtiendo en Eurabia, pero es al revés: Arabia se está convirtiendo en Eurabia (o en Usabia, más bien). La influencia de nuestros valores culturales, morales y políticos en Oriente Medio es tan intensa que los gobiernos censuran los medios de comunicación e internet para que la sociedad no se "corrompa" demasiado. Aún así penetra por todas partes: a través del cine, la televisión, la música, la literatura, el deporte, la moda, los negocios… Ven nuestras series, consumen nuestros productos y tratan de imitarnos. Varios países se están modernizando socialmente (Jordania, Egipto, los emiratos del Golfo), reconociendo más derechos a las mujeres y tolerando más libertades sociales. Todavía están lejos de nuestros estándares y abundan los bárbaros, pero ésa no es la cuestión. La cuestión es que esa influencia no es mutua: sus valores puritanos y reaccionarios no penetran en nuestra sociedad, que se toma a cachondeo lo que pueda decir Mahoma en el Corán.

Lo que es más importante: las minorías musulmanas en Occidente están aún más expuestas a nuestra influencia que las sociedades de Oriente Medio. Aquí no hay censura ni lejanía física, es difícil aislarse del influjo de nuestra cultura. Los inmigrantes fundamentalistas de nueva generación quizás tienen sus valores demasiado arraigados y viven en guetos, pero en la medida en que sus hijos vayan a la escuela con otros niños occidentales, tengan amigos cristianos o ateos, lean la prensa, vean la tele, se conecten a internet, trabajen en empresas… nuestros valores harán mella. Es difícil que una mujer acepte como algo natural ponerse el burka cuando ha crecido viendo como todas las demás chicas lucían su cuerpo y su melena. Lo mismo puede decirse de encerrarse en casa cuando está a su alcance salir con amigos, estudiar una carrera y ser una mujer más independiente.

Cada siglo augura un fin del mundo distinto, cortesía de nuestro sesgo pesimista. Para unos es el calentamiento global y para otros es la invasión islámica (¡o ambos!). Los partidarios de prohibir el burka piensan que los valores occidentales son superiores pero no parecen confiar en su fuerza. Si son superiores no hace falta prohibir nada, aparte de que el fundamentalismo es una realidad social que no se elimina prohibiendo vestimentas. Hagamos que nuestra cultura y valores éticos ejerzan presión a través de la interacción y la competencia, a ver si las nuevas generaciones de musulmanes pueden resistir la tentación de una vida más libre y enriquecedora.

Nacionalismo liberal en Cataluña: ¿realidad o mascarada?

Es posible leer y oír en medios de comunicación a personas que pertenecen (o están vinculados) a grupos nacionalistas catalanes (CIU, ERC) que aseguran mantener posturas liberales, y que incluso se definen como tales. Ante esto, cabe preguntarse si verdaderamente se está gestando una masa crítica de nacionalistas liberales en Cataluña, lo cual sería bueno y deseable desde mi punto de vista. Será necesario someter a estudio su ideario para ver si coincide con los postulados básicos del liberalismo. Comprobar, en definitiva, si defienden la mayoría de las ideas liberales o sólo aquellas que apoyen sus tesis nacionalistas. Para ello, mi intención es comentar los conceptos que creo que deberían ser aceptados por todo aquel que se considere defensor del individuo para que puedan ser aplicados al caso catalán.

Empecemos por el derecho a la autodeterminación. Pese a que es una postura que genera controversia, la secesión forma parte del pensamiento liberal. El liberal está (o debería estar) a favor del derecho a la secesión, es decir, a que una parte de los ciudadanos de un territorio decidan (libremente), mediante plebiscito, separarse del Estado del que hasta ahora forman parte. Para ser exactos, de lo que se estaría a favor es de hacer posible que los individuos se organicen políticamente de forma libre. Son los individuos, y no un ente colectivo, quienes deben decidir si pertenecen o no a un determinado Estado. En este sentido, una hipotética secesión de Cataluña debería ser contemplada como legítima, al menos a priori.

Lo cual no significa que la nación resultante vaya a regirse por principios liberales. Nada nos asegura que la parte secesionada vaya a ser más próspera económica y socialmente. Dependerá, en cada caso concreto, del rumbo de las políticas del nuevo Gobierno regional. Si bien es cierto que el reducido tamaño puede inducir a la moderación y a la limitación gubernamental debido a la "competencia política", tampoco existe una relación clara entre dimensión territorial y libertad económica (ver la diferencia entre Suiza y Albania). Efectivamente, un país pequeño debe competir con los demás por el capital y el trabajo, por lo que debe evitar que estos factores se desplacen y emigren hacia otros estados. Si la nueva nación secesionada desea prosperar, deberá imitar las prácticas de las sociedades más prósperas y avanzadas, es decir, deberá procurar que la intromisión en las economías y vidas particulares sea lo más reducida posible. En este sentido, la competencia política podría convertirse en un instrumento limitador (incluso más efectivo que las constituciones). Pero como hemos dicho antes, habrá que estudiar el caso concreto para comprobar si la secesión ha supuesto una mejora o un retroceso para sus ciudadanos.

Sin embargo, para los liberales el derecho de autodeterminación de las naciones no es un punto de partida, sino una consecuencia o deducción lógica de la máxima pretensión liberal: la autodeterminación del individuo. Es decir, que si fuera posible darle el derecho de autodeterminación a cada individuo, se le debería conceder automáticamente. El compromiso del liberal no es con una nación, sino con el individuo. De este hecho se extraen varias implicaciones que podríamos aplicar al caso de Cataluña.

La primera es que, en el caso de secesionarse una región, ésta no podría ejercer la violencia y la coacción para evitar que otros grupos minoritarios pudieran a su vez separarse. Se debería permitir, por tanto, la independencia dentro de la propia Cataluña. Significa esto, que si los ciudadanos de Barcelona quisieran independizarse de Cataluña, deberían poderlo hacer.

Una segunda implicación sería que un Estado no puede querer anexionarse otra región o nación sin el consentimiento de sus habitantes. Lo cual significa que, desde una perspectiva liberal, es inadecuado e inmoral hablar de la existencia y unión de los Països Catalans, ya que los habitantes de estos territorios no han mostrado expresamente su deseo de articularse políticamente con Cataluña (sino todo lo contrario). Querer anexionarse las Islas Baleares, Andorra, la Comunidad Valenciana, el Rosellón, la Franja de Aragón, la ciudad sarda de Alguer y la pequeña comarca murciana de El Carche supondría desconocer y violar el principio de autodeterminación.

Otra deducción lógica del principio de autodeterminación del individuo sería que el ciudadano debe poder elegir la lengua en la que expresarse y comunicarse con los demás. Debe existir, por tanto, liberalización lingüística. El liberal estará en contra de la imposición estatal de las lenguas, es decir, a que el Gobierno obligue a los ciudadanos a utilizar una determinada lengua ya sea en la educación, en su negocio o en cualquier otro ámbito. También debería ser considerado un ataque a las libertades individuales las subvenciones que directamente busquen favorecer una determinada lengua con respecto a las demás lenguas oficiales.

Relacionado con éste, está la libertad de educación. Una persona que se considere liberal deberá creer firmemente en una educación libre de intervenciones estatales que determinen qué asignaturas se deben cursar, en qué lengua deben darse y el contenido concreto de las mismas. Hay que oponerse a la regulación política de la enseñanza para que no acabe siendo un instrumento al servicio de los gobernantes.

Por último, también hay que señalar otras implicaciones (especialmente importantes en los tiempos actuales de crisis) que deberían ser asumidas por todo aquel que se autodenomine liberal: la eliminación de las intervenciones estatales en la economía, la disminución de los impuestos y del gasto público, la supresión de políticas expansionistas por parte de los bancos centrales y el cese de las emisiones de deuda pública, entre otros.

Es relativamente sencillo, entonces, determinar si existe un movimiento nacionalista liberal en Cataluña. Si comparten la inmensa mayoría de estos principios básicos que hemos señalado, su existencia será una (grata) realidad. Serán liberales, porque defienden al individuo ante todo. Entienden que el individuo está por encima de cualquier misticismo colectivista. Si por el contrario, no son capaces de hacer suyas las ideas expuestas anteriormente, será verdaderamente difícil hablar de nacionalistas liberales. Por tanto, habrá que resignarse y concluir que no son una realidad, sino una mascarada. Una mascarada nacionalista contra el individuo.

El cisne y la peste

No hay un claro consenso de dónde surgió. Algunos aseguran que fue en la gran estepa que actualmente ocupa Ucrania, otros la sitúan en las laderas del Himalaya. Si nos atenemos a la cronología de sus fatídicos efectos, quizá la ubicación más acertada sitúe su origen en los grandes lagos de África Oriental. Pero surgiera donde surgiera la Yersinia pestis, la bacteria causante de la peste bubónica, se convirtió en un inesperado cisne negro que modeló la historia de la humanidad.

El cisne negro es como se define a aquellos hechos poco probables e impredecibles que tienen un impacto muy importante.  La Y. pestis surge de una mutación adaptativa que toma a la pulga de la rata como huésped. Las necesidades climáticas de la bacteria, la adaptación de la rata a la vida humana, las rutas comerciales del imperio romano del siglo VI, los hábitos sociales, culturales y religiosos de las sociedades del mundo mediterráneo en esta época y un lógico desconocimiento médico de la enfermedad se aliaron para que en unos pocos años  la población europea se viera diezmada. Es difícil calcular cuántos muertos provocó después de quince siglos, pero se calcula que entre el 15 y el 40% de la población murió, bien de forma directa o como consecuencia de las hambrunas que se generaron posteriormente.

 Resulta muy interesante cómo dos modelos de sociedades tan distintos reaccionan de manera tan diferente a un mismo hecho tan desolador. Los efectos de la peste en el Imperio Bizantino (un estado fuertemente centralizado y jerarquizado) y en la Europa Occidental (ocupada por los germanos en pequeños y medianos reinos de futuro dudoso y en eterna lucha), fueron totalmente diferentes, pero sobre todo definieron quién sobreviviría y dominaría durante los siglos siguientes y quién empezaría un lento pero inexorable destino funesto.

La muerte de millones de habitantes en imperios, reinos, ducados, condados, baronías y feudos provocó, además de la lógica histeria apocalíptica, escasez de alimentos y de mano de obra. Los supervivientes ni querían ni se atrevían a salir de sus casas y volver a sus quehaceres una vez que se iniciaba un brote de peste, lo que paradójicamente favorecía el control de la enfermedad, pero desencadenaba hambrunas. En Constantinopla se optó por el control de precios y así Justiniano prohibió que los sueldos y los precios de los productos sobrepasaran un máximo que arbitrariamente imponía. En una sociedad más descentralizada y caótica como la europea occidental, tales medidas no es que fueran inconcebibles, sino que al carecer de una entidad central coactiva se "dejaba" la decisión a los señores feudales que gobernaban en ese momento, y éstos estaban más centrados en sobrevivir a la siguiente invasión germánica o de su vecino que a controlar una economía que apenas entendían.

Aseguran los economistas Ronald Findlay y Mats Lundahl que la reducción de mano de obra en el norte de Europa provocó una demanda que disparó los salarios de forma que los más ricos se volvieron más pobres y viceversa. Cada vez era más difícil para un señor feudal mantener unido a un siervo a su tierra y el campesino empezó a tomar decisiones que afectaban su propio futuro, pasando a controlar su vinculación a la tierra. La llegada del arado de vertedera desde China en ese mismo momento permitió a los más emprendedores incrementar la productividad de la tierra con menor mano de obra, precisamente algo que faltaba en ese momento. Y así el norte de Europa, una región pobre, boscosa, sólo para los espíritus más rudos empezó a cambiar. Se idearon nuevas rotaciones de cultivos, necesarias para una población cada vez mayor y más rica y para la alimentación de un ganado que se iba a convertir en la principal fuente de energía en el campo hasta la invención de la máquina de vapor. Se eliminaron grandes bosques que fueron sustituidos por campos y nuevos asentamientos humanos que buscaban nuevos terrenos que colonizar. La creciente riqueza permitió de nuevo el comercio, aunque también atrajo a saqueadores y guerreros que querían tomar por las buenas lo que aquellos producían, lo que definió y permitió nuevos sistemas de defensa y guerra que dominaron también durante siglos.

Nada de esto ocurrió en el Imperio Bizantino y la revolución se inició así en Occidente. Pero no debemos ser injustos con Bizancio; su tamaño y su fortaleza aún era enorme. Justiniano y sus herederos fueron capaces de hacer frente con relativo éxito a nuevos invasores orientales. Así, los árabes musulmanes, libres de la peste, atacaron a dos imperios heridos, el Sasánida y el Bizantino con éxitos dispares. Mientras el primero terminó en sus manos, el segundo no lo hizo hasta 1453, cuando Mehmed II conquistó Constantinopla. Fue esta pelea la que permitió que Occidente se desarrollara de esta manera y no de otra, que no fuera invadido en su totalidad por el islam, no sólo permitiendo la revolución agrícola sino otra más profunda que le llevaría al desarrollo del capitalismo, del comercio, de la individualidad frente al colectivismo, de la separación de poderes y de la cultura del esfuerzo.

Estado y delegación de decisiones

Algunas personas defienden la existencia del Estado porque desean que tome decisiones en su nombre en ciertos ámbitos: les gusta que el Gobierno decida por ellos y creen que les soluciona muchos problemas ("te lo da todo hecho"), ni siquiera lo ven como un mal menor.

Delegar decisiones en otros es perfectamente legítimo. En la ética de la libertad cada persona decide por sí misma en el sentido de que otros no interfieren de forma ilegítima y le imponen coactivamente sus propias decisiones. Pero no es obligatorio decidir por sí mismo: cada individuo puede decidir por su cuenta en el ámbito de su propiedad, pero no tiene por qué hacerlo, puede delegar en otros para que decidan por él (aunque esta delegación es en sí misma una decisión que toma cada uno).

A menudo se presenta la acción humana como resultado de una decisión de acción intencional que escoge un objetivo valioso e intenta alcanzarlo utilizando medios escasos, asumiendo costes. Pero suele olvidarse que el proceso de decisión es en sí mismo una acción cognitiva de procesamiento de información que también tiene costes, pudiendo darse una sobrecarga cognitiva. Cuando hay muchas alternativas, se carece de experiencia en un ámbito o no se dispone de la información adecuada, puede tener sentido recurrir a otra persona para que nos asesore o ayude en nuestra decisión, y si la confianza es suficiente puede llegarse a aceptar que un experto tome la decisión en nuestro nombre.

La ciencia económica estudia estas relaciones entre el principal (el delegante) y el agente (el delegado): cómo escogen los principales a los agentes y cómo controlan que trabajen en beneficio del principal sin abusar de su confianza.

Algunos ciudadanos utilizan al Estado como su agente en diversos ámbitos y aceptan sus decisiones asumiendo que los gobernantes saben más que ellos y se preocupan por su bienestar. Pero quienes pretenden justificar así al Estado olvidan varios aspectos esenciales.

El Estado no se limita a ser el representante de quienes recurren a él, sino que se impone sobre todos los ciudadanos, lo acepten o no, y lo hace de forma monopolística, sin permitir la competencia de otros posibles agentes que podrían ofrecer sus servicios en los mismos ámbitos.

Es trivial afirmar que el mejor Gobierno es aquél en el cual gobiernan los mejores, pero el problema esencial es cómo determinar en qué consiste ser el mejor y quiénes son los mejores. La democracia es inútil para ello, ya que no es posible que los ignorantes decidan mediante votación quiénes son los sabios: se puede apreciar la belleza sin ser guapo, pero no se puede estimar la inteligencia sin ser inteligente.

Los políticos aseguran desvivirse por los gobernados, y algunos ciudadanos son tan ingenuos que hasta se lo creen. La escuela de la elección pública muestra cómo en el mejor de los casos los gobernantes son personas como las demás con sus propios intereses particulares; en los casos más realistas los políticos son individuos con ansias de poder y control sobre los demás y usan su poder en su propio beneficio a costa de los demás.

Quienes delegan sus elecciones en el Estado tal vez no han pensado en cómo violan la libertad ajena. O quizás sí: es posible que consigan exactamente lo que quieren, imponer sus decisiones sobre todos. Si es posible que cada uno decida por su cuenta, algunos acertarán y otros se equivocarán: los que se consideren más incompetentes preferirán no quedarse atrás, y como no pueden conseguir triunfar intentarán que o los demás fracasen también o que no haya diferencias, que no se pueda elegir y se imponga el mismo menú a todos.

Las personas intolerantes no se contentan con vivir sus propias vidas respetando las de los demás. Sienten miedo o repugnancia por la libertad ajena, y son capaces de aceptar restricciones sobre sí mismos con tal de que también se las impongan a los demás: el Estado es su herramienta uniformizadora favorita, y como los seres humanos no suelen ponerse de acuerdo sobre qué restricciones son deseables surgen las peleas por controlar el aparato de la coacción política.

Sólo una sociedad libre donde se permita la competencia entre mecanismos alternativos de representación (incluida la negativa a ser representado) puede ser legítima y prosperar.

En defensa de la cordura

Todavía impresionado por las agudas lecciones que el profesor Antal Fekete nos impartió a los asistentes al seminario que albergó este Instituto el pasado fin de semana, quiero centrar mi comentario en una cuestión práctica que abordó en una de sus intervenciones.

Me refiero a la dificultad, aparentemente insalvable, de articular un conjunto básico de respuestas liberales a la crisis mundial, debido a lo que él mismo denominó "luchas fratricidas" entre sus diversas escuelas de pensamiento. Fekete se lamentaba, con amargura, de las barreras intelectuales que dividen a los partidarios de la recuperación de un patrón de dinero sólido con respaldo metálico, frente al modelo de dinero fiduciario de curso legal y forzoso emitido por los bancos centrales.

Si se comparte la idea de atribuir la responsabilidad de la depresión que estamos sufriendo al segundo de estos modelos, ¿por qué no se presenta una alternativa común que oponer a los intervencionistas dominantes, sin perjuicio de que continúe el debate intelectual interno? Eso es lo que venía a plantear, en esencia, Fekete.

De cualquier modo, podríamos añadir, debe comprenderse que la lucha contra la banca central –de Estado o global– y el dinero fiduciario constituye una piedra de toque para acabar con uno de los instrumentos más eficaces del dominio estatal sobre los individuos, cuyo desmoronamiento se está produciendo delante de nuestros ojos y de los mandarines que dirigen esa política monetaria. Sobre ese pilar, además, se ha edificado un Estado omnipotente que ha dejado inermes a unos, que no se benefician de conexiones con el poder político, y convertido a otros en dependientes de la rapiña que sortea el Estado del Bienestar.

Ni que decir tiene que el gran público se muestra ajeno totalmente a estas disquisiciones. Aunque el recelo y la desconfianza son crecientes, parece que el descontento queda atrapado en la telaraña tejida durante más de setenta años por los presupuestos ideológicos intervencionistas. Dentro de ese contexto, solo una efectiva difusión de ideas alternativas puede hacerlas aptas para ser asimiladas por sectores amplios de la sociedad. Esa condición resulta previa para que lleguen a convertirse en guía de las múltiples elecciones públicas que los individuos realizan a lo largo de su vida. No se trata de confeccionar un programa político a corto plazo, sino de difundir los cimientos de un determinado curso de acción alternativo para el futuro.

El anterior ejemplo sobre diferencias exacerbadas entre liberales podría ampliarse a otras muchas instituciones impuestas por el Estado, cuya reforma o simple abolición concita acuerdo. Un excesivo énfasis en resaltar diferencias, objetivamente nimias si se comparan con las abismales que separan a los liberales de los idólatras del Estado, cortocircuita la transmisión de un mensaje inteligible para una mayoría no especializada. Se trata de no descuidar ningún flanco ya que, no nos engañemos, las recetas liberales parten de una posición peor que la que otorgaría el desconocimiento en el mercado de las ideas. Una propaganda apabullante las ha estigmatizado con éxito como reacciones de una minoría privilegiada. Simple y llanamente.

Observada la situación desde otro punto de vista, los momentos de crisis espolean el ingenio de los seres humanos. En el emergente mundo de las ideas liberales en español hemos presenciado la publicación de estudios dirigidos al gran público que tratan de diagnosticar las causas y apuntan vías de salida para estos males, sin parangón en el lado de los socialistas e intervencionistas. Esperemos que se produzca un fenómeno de retroalimentación y que autores ignotos se atrevan a plasmar sus conocimientos y sus propuestas no solo en publicaciones científicas, sino también en medios de difusión populares. Si no se consigue una masa crítica de seguidores de la causa de la libertad, va a ser prácticamente imposible cambiar este estado de cosas.

Discrepo de una línea de pensamiento que sostiene que el sufrimiento directo de los efectos a que conduce indefectiblemente el modelo en crisis constituye la mejor receta para que sobre sus cenizas surja espontáneamente un orden diferente. Por el contrario, intuyo que la hidra demagógica dispone de un terreno abonado para desviar las responsabilidades y reinar sobre el campo de Agramante en las peores condiciones. La experiencia histórica y contemporánea corrobora que cabe la posibilidad de que los hombres persistan en el error durante mucho tiempo y encumbran a sus causantes.

Fruto de la división del trabajo y de su ingenio, los seres humanos han desentrañado progresivamente misterios de la naturaleza y disponen de medios técnicos que les pueden facilitar la vida de una manera increíble no hace tantos años. Si este progreso ha sido posible gracias a la mejora del conocimiento, debe ser posible que la comprensión básica de los problemas de las sociedades por un número suficiente de individuos sirva de pilar para corregir el rumbo, antes de que el experimento socialista-estatista continúe produciendo más resultados catastróficos sobre los conejillos de indias humanos.

Nuevos españoles viejos

He recordado esta experiencia, vivida en otras ocasiones, al leer la noticia sobre la entrega a siete ciudadanos británicos de la ciudadanía española. Fría y plana como es la televisión, traslucía sin embargo toda la emoción del momento en que a unos ancianos se les entregaba el pasaporte español. “Hemos tardado, pero hemos vuelto a casa”. En estos momentos en que ser español es discutido y discutible, que unos ciudadanos de la pérfida y admirada Albión quieran serlo con nosotros, ¿no es un acto de generosidad? El que se sumen con emoción a la españolía, abrazada como a una amante recuperada, ¿no es el mayor de los reconocimientos?

Pero no son unas vacaciones en torreviejalicante lo que les une a nuestro país, sino su militancia en las Brigadas Internacionales. Claro, este hecho crea sentimientos encontrados. Parte al menos de estos batallones fueron creados por la Komintern, en una genial operación militar, política y propagandística, con ecos que aún resuenan. Nadie es libre de ganar la guerra que desee, pero desde luego sí lo es de perder cualquier guerra, y decenas de miles de extranjeros vinieron a España a perder la suya.

Algunos, aunque no necesariamente la mayoría, vinieron con la idea de defender la malograda democracia española. ¿Es esto suficiente? Acaso sí. Pero luchar contra el bando nacional no le convierte a uno en demócrata automáticamente. Muchos dieron su vida por implantar en nuestro país el régimen más tiránico que ha conocido el hombre. Muy probablemente también alguno de los que este martes se hicieron españoles. Pero si entonces el criterio no es defender la democracia sino haber luchado en la guerra española, tendríamos que gastar el mismo papel en los pasaportes de aquellos que después de haber sobrevivido a una o dos guerras, la primera en la Legión Cóndor o en las CTV, han vencido al paso implacable de las décadas.

No quiero robarles a los Sam Lesser y demás ese sentimiento de orgullo por ser españoles. Ni tengo intención alguna de sumar para nuestra ciudadanía a los alemanes e italianos que vinieron a hacer la guerra, ni de negársela si la desean. Pero me duele que el Gobierno utilice la condición de ser español como un instrumento al servicio de sus intereses ideológicos. Aunque la patrimonialización de la patria sea cosa de españoles viejos.