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Etiqueta: Pensamiento liberal

Hayek en Guatemala

Escribo con mucho retraso una somera crónica del XIX Coloquio Liberty Fund celebrado a finales de enero en la ciudad de Guatemala en torno a la obra de Hayek Derecho, Legislación y Libertad. Forma parte de un interesantísimo programa que llevan adelante la fundación citada y la Universidad Francisco Marroquín, en el que participábamos dieciséis comentaristas de toda América y España. El sistema de trabajo, ya muy experimentado en los encuentros Liberty Fund, consiste en llevar estudiadas algunas lecturas seleccionadas por el director del Programa, que se someten a un comentario dialogado bajo la supervisión de un director de Discusiones. No hay que llevar textos preparados ni salen actas editadas; se trata de hablar, pensar y discutir en torno a una mesa redonda. Con un resultado fascinante: son apenas dos días (eso sí, con un horario intenso de sesiones académicas y actividades conjuntas obligatorias) en los que uno disfruta tanto de la disputatio intelectual que se somete a consideración como del trato con unos colegas recién conocidos que al final resultan casi amigos de toda la vida.

Me resulta complicado destacar alguna de las seis sesiones que analizaban la obra de Hayek, a través de unos capítulos escogidos. Pero dada la limitación del espacio en estas columnas no puedo menos que resaltar tres de ellas, comenzando por la primera: "Constructivismo versus orden espontáneo". Empezamos reconociendo esta gran aportación hayekiana sobre los órdenes abiertos, la organización social espontánea en contrapartida a los sistemas planificadores (tan del gusto de muchos políticos de izquierdas y derechas) que pretenden imponer a los ciudadanos valores, criterios de conducta o incluso una pormenorizada lista de precios oficiales, como ocurría en los regímenes comunistas. Es una sutil y peligrosa tentación intelectual, a veces fruto de un mal comprendido cientismo ilustrado, que aspira a resolver todos los problemas humanos desde las racionalización constructivista, olvidando que los hombres hemos progresado más bien gracias a la creatividad innovadora en un entorno de libertad. (En España resulta muy fácil de comprender esta idea a la vista de la insistencia de los gobiernos socialistas por cambiar nuestras formas de vida y de pensar, con toda esa educación para la ciudadanía y sus obsesivos esfuerzos para convertir nuestro país en lo que no es, por mucho que ellos pienses que sea lo que debería ser…)

Resultan particularmente atractivas las páginas del capítulo sobre "Razón y evolución", en las que Hayek menciona una pionera intuición de estas ideas en nuestros escolásticos de Salamanca, al hablar de los fenómenos que "son resultado de la acción humana, pero no del designio humano". Y recuerda, citando a Luis de Molina, cómo entendieron aquellos doctores que se formaba el precio natural: a partir de la estimación común, en ausencia de fraude o engaño.

Esta primera discusión terminó derivando hacia una comparación de los sistemas jurídicos anglosajones (en los que Hayek pensaba al escribir su obra) basados en el Common Law, frente a los códigos jurídicos de la Europa continental; así como hacia una reflexión sobre el iusnaturalismo y su carácter moral, en contra de esa insistencia racionalista por crear la realidad y no reconocerla tal y como es.

Paso a continuación a recordar las dos últimas sesiones: "La mal llamada justicia social" y "La constitución de Hayek". En cuanto al tema de la justicia, también me parece una brillante aportación hayekiana ese aviso contra la tontería (no encuentro una palabra mejor) de creer que existe una justicia comunitaria… Él escribía pensando en que lo que tienen que ser justas son las reglas, no los resultados; que en un sistema abierto puede haber éxitos y fracasos (a veces, inmerecidos) con beneficios y responsabilidades personales; y en todo caso, la cuestión a perfilar sería qué mínimos de atención humanitaria son exigibles al Estado, siempre con la precaución de que no invada más de la cuenta las libertades individuales. Yo discutiría tal vez un cierto deslizamiento hacia el relativismo que se entrevé en la argumentación hayekiana, porque defiendo con mayor convicción la existencia de unos valores que sustentan la naturaleza humana al margen de culturas y de épocas. Lo que me reafirma en la postura de que la justicia debe ser algo personal, lo mismo que la libertad y la consiguiente responsabilidad.

Hayek cierra su libro proponiendo un nuevo modelo constitucional, que permitió enriquecer el debate del encuentro que vengo comentando. Como alguien señalaba, parece que el profesor austríaco es muy bueno en su diagnóstico de los problemas sociales, pero menos hábil a la hora de proponer soluciones. También se le regañaba por caer, precisamente, en la tentación constructivista que acababa de criticar. Pero claro, es comprensible que después de señalar los males de nuestra organización institucional se tenga la preocupación por ofrecer un camino alternativo.

Su propuesta descansa sobre dos principios básicos: el reconocimiento de unas normas de recta conducta y la limitación de los poderes del Gobierno. A partir de aquí, Hayek diseña un sistema con dos cuerpos representativos: una Asamblea Legislativa compuesta por personas de 45 a 60 años que son votadas por los ciudadanos de esa misma edad; y una Asamblea Gubernativa, más parecida a nuestros actuales parlamentos. Junto a ellos, un Tribunal de Cuentas y un Tribunal Constitucional (muy independiente, repite varias veces) vigilarían la acción de los gobiernos de turno.

El punto de partida también es provocativo, porque Hayek insiste en la idea de que la democracia no tiene por qué ser necesariamente un mecanismo social perfecto. Claro que son peores cualquier tipo de dictaduras, pero considerar angélicamente que un sistema democrático siempre funciona bien es de personas bastante ilusas. Hasta los mayores crímenes pueden cometerse con un impecable sistema democrático. La cuestión aquí es definir los límites de los poderes públicos y garantizar su independencia. Yo no hacía más que acordarme de nuestro sistema judicial en España, sometido a unas cámaras legislativas, que hacen lo mismo que propone el Gobierno: ¿dónde quedó la separación de poderes?

La voz de la conciencia liberal

El acto de entrega tuvo lugar durante la Cena de la Libertad, organizada por el propio Instituto. Cuatro grandes liberales españoles –Jesús Huerta de Soto, Francisco Cabrillo, Pedro Schwartz y Carlos Rodríguez Braun– introdujeron al premiado y su obra a los más de 160 liberales reunidos para la ocasión.

Las ideas de este húngaro de nacimiento –pero que no se siente ciudadano de ningún país y al que los nacionalismos le molestan tanto si son pequeños como si ocupan grandes extensiones– son tan originales como desesperanzadoras. Lo primero posiblemente se deba a su independencia y a su implacable lógica. Lo segundo, en cambio, a que este pensador no se haya ocupado de proveernos de soluciones al estatismo galopante que sufrimos, sino sólo del diagnóstico del problema.

Teniendo en cuenta estas raras características de nuestro autor, resulta fácil comprender que Anthony de Jasay no pertenezca a ninguna escuela de economía. Sin embargo, son muchas las que se acercan a su obra para encontrar aportaciones que puedan salvarlas o simplemente ayudarles a cubrir una laguna o un error teórico.

Tras interesarse por la economía, el joven De Jasay se hizo con Positive Theorie des Kapitales, del economista austriaco Eugen von Böhm-Bawerk. Aquella fue una experiencia infructuosa. Las páginas de una sola frase del austriaco, por un lado, y el mediocre alemán del húngaro, por otro, impidieron que de aquellas lecturas surgiera algo más que el superficial conocimiento de una teoría del capital que tiene en cuenta la estructura de la producción y el tiempo. Su interés se fue centrando en la escuela clásica de Cambridge y Hicks se convirtió en su héroe personal y su economista más respetado. De ahí que De Jasay se considere neoclásico aunque, como él recuerda, muchos le digan que sus ideas se asemejan más a las de la Escuela Austriaca mientras que otros le señalen su parecido con el paradigma de la Escuela de la Elección Pública.

El razonamiento crítico de De Jasay no se detiene ante nadie, y menos aún ante sus compañeros liberales de viaje. James Buchanan y Friedrich Hayek comprobaron lo que se siente al ver arrasadas sus teorías constitucionalistas por el pensador húngaro. A quienes creen que se puede diseñar una constitución que obligue al Estado a respetar la libertad y quedar reducido a la mínima expresión, De Jasay les contesta que esa pretensión es igual a la de querer que funcione un cinturón de castidad cuando el usuario tiene la llave. Tanto las teorías de Buchanan como la filosofía política de Hayek (al menos en lo que respecta a su constitucionalismo) le parecen las de unos perfectos ingenuos. Tan ingenuos que ni entienden ni ven al monstruo que tienen delante de sus narices. No hay forma de atar al Leviatán del que Hayek y De Jasay tuvieron que huir y al que tantas batallas le han declarado.

Tanto los defensores del Estado mínimo como los de la abolición del Estado suelen cojear de la misma pata: no se molestan en entender la dinámica del Estado. Para unos tiene, puede y debe existir mínimamente mientras que para los otros tiene, puede y debe ser eliminado. De Jasay, en cambio, nos ha explicado por qué existe, cómo y por qué crece, por qué es muy improbable que algún día desaparezca y por qué sería bueno que no existiera. Este gran defensor de la libertad escribió lo que ni unos ni otros querían escuchar. Quizá por eso se ha convertido, por méritos propios, en la voz de la conciencia de las distintas escuelas liberales.

La justicia y sus suburbios

Anthony de Jasay es un gran desconocido para la mayoría de los ciudadanos de a pie. Para los miembros y simpatizantes del Instituto Juan de Mariana ya no: es nuestro homenajeado de este año.

Reconozco haber leído solamente dos de sus libros y alguno de sus artículos. Pero también puedo decir, con toda humildad, que de cada párrafo leído he aprendido mucho más de lo esperable y cada vez que retomo alguno de sus escritos sigo sacando lecciones.

En La Justicia y sus Alrededores afirma que es más importante fomentar el pensamiento claro que los buenos principios, ya que cuando uno tiene claridad de pensamiento y es riguroso, los buenos principios se defienden por sí solos. Esta es una de las grandes lecciones.

Probablemente es más difícil y menos lucido de cara al respetable proclamar y enseñar a pensar con claridad y rigor, pero en nuestros días es mucho más importante que cualquier otra cosa, dada la confusión en la que vivimos desde hace demasiado tiempo. Ya no importa la etiqueta con que uno se defina porque se pervierte el lenguaje y todos son cualquier cosa, no importa la teoría económica que analices porque hay una para cada partido político, no importan los partidos políticos en los que pongas tu confianza porque hay uno por cada categoría de "clientes" dispuestos a recibir una subvención a costa de los demás…

Por eso quiero hacer caso de Anthony de Jasay y me voy a centrar en aclarar una sola idea siguiendo su lógica: la justicia y lo que no es la justicia en el intercambio.

El Estado, la redistribución de la riqueza y la renta, los beneficios y las cargas entre aquellos que toman decisiones colectivas y quienes se someten a ellas, el diseño de las instituciones económicas y sociales para conseguir que se ajusten a una única ideología y el problema de la libertad individual. Estas son las áreas cercanas por empatía a la justicia, que no son la justicia propiamente dicha. Lo que De Jasay pone de manifiesto es que quienes claman por la defensa de la justicia lo hacen desde estos alrededores (que a veces son suburbios) y en su nombre.

Uno de los aspectos que más me gusta releer, y que De Jasay avanza desde la misma introducción, es el que se refiere a la justicia del mercado. ¿Deben las autoridades corregir los desajustes generados por la injusta distribución del mercado? Si es verdad que el mercado crea desigualdades injustas, parece claro que "alguien", el encargado de gestionar eso de la justicia, tiene algo que decir y que hacer.

Pero esa falacia carece de fundamento ya que el mercado no redistribuye realmente, no es en esencia un mecanismo redistribuidor (¡al contrario de lo que yo misma he afirmado en varias ocasiones!). La redistribución de rentas que sucede en el mercado es el resultado no intencionado de innumerables transacciones bilaterales determinadas, a su vez, por las capacidades y las necesidades de los individuos. Estos intercambios ni son justos, ni injustos, ni se pueden agregar considerándolos como un todo coherente.

Es más, si tenemos en cuenta que estos intercambios son fruto del ejercicio de la libertad y de los derechos individuales, podemos concluir que si se permite el ejercicio de estos derechos y libertades individuales la distribución generada será justa y, en caso contrario será injusta. Por tanto, impedir que cada cual desarrolle su esfuerzo y sus capacidades como le plazca e intercambie libremente en el mercado conduce a una distribución de la riqueza injusta. No se trata tanto de que el resultado sea igualitario como de que se ejerza en libertad. Y si el intercambio no da lugar a un resultado igualitario y a alguien le parece mal, no se trata de un problema de justicia, deberá reclamar en otra ventanilla.

Pero ¿en cuál? Para responder a esta pregunta, De Jasay expone dos conceptos de justicia excluyentes que dominan nuestra cultura. La justicia asociada a la responsabilidad y aquella en la que no hay culpables. La mayoría de las injusticias distributivas se deben a ésta última: no hay culpables de las diferencias en la inteligencia, la estatura, el don de gentes, la fuerza física, la memoria… excepto la madre naturaleza. Y, si hay que compensar sus errores ¿hay que remunerar los aciertos? ¿Premia el hombre a la naturaleza cuando es "justa"? Esta reflexión cargada de sarcasmo encierra la clave de una de las falacias más graves y dañinas de nuestra decadente época.

Y si asumimos que sí hay responsables y que es la agencia humana la causante de resultados desiguales en el intercambio, entonces el resultado es peor. Dado que los intercambios bilaterales son la base del mercado, las correcciones implican negar la libertad de una parte de las personas que participan en el mercado, de manera que la máxima "todo el mundo puede usar sus capacidades y esfuerzos e intercambiarlos como quiera" se ve limitada por un "excepto usted que quiere acceder a mejor sanidad pagando más", "excepto usted que está dispuesta a cobrar menos del salario que me parece ‘digno’ por su esfuerzo en esta empresa", "excepto usted que ha conseguido una ganancia que provoca envidias"… y así podríamos seguir.

Si la desigualdad es un problema, no es un problema de injusticia, es de otra índole. Tal vez el problema es la dificultad para algunos de asumir que no somos iguales. Apelar a la justicia para imponer el igualitarismo es liberticida y además, da lugar a una redistribución injusta.

Esa cosa llamada responsabilidad

Me refiero naturalmente a Bibiana Aído, entre cuyos méritos para desempeñar cualquier cartera ministerial destaca por su importancia el hecho de ser ahijada de Manuel Chaves.

Dice la prohombra que cualquier niña de 16 años debe tener derecho a interrumpir voluntariamente su embarazo sin autorización paterna, como ya lo tiene para someterse a cualquier intervención quirúrgica, sea del tipo que sea. El comparar una operación de apendicitis con un aborto se antoja algo excesivo, aunque sólo sea porque las causas que llevan a una y otra situación y las consecuencias posteriores son completamente distintas.

No obstante, el razonamiento de la miembra tiene una falla fundamental en la que no suele repararse, y es el concepto de responsabilidad. Toda decisión implica, en primer lugar una elección sobre varias opciones, y en segundo la obligación de asumir las consecuencias que de la misma se derivan. Pero en los mensajes que el Gobierno transmite con su legislación y los medios de comunicación de masas extienden de forma masiva, brilla por su ausencia la necesidad de que todos debemos ser responsables de nuestros actos, incluso aunque estos produzcan situaciones no deseadas.

El mantener relaciones sexuales sin tener una pareja estable conlleva el riesgo de que se produzca un embarazo no deseado, igual que conducir sin carné y drogado hasta las trancas puede desembocar en que el protagonista provoque un accidente. Es evidente que el "cani" que estrella el seat tuneado contra una parada de autobús llevándose a unos cuantos peatones por delante no deseaba ese final, pero eso no impide que sea responsable de todo lo ocurrido. Por eso sorprende que en el caso de las niñas preñadas, el Gobierno, con el aplauso de todos los progresistas, se haga cargo de las consecuencias con cargo a todos los contribuyentes.

En efecto, el nuevo proyecto de ley del aborto viene a decir que el Ejecutivo asume los "daños colaterales" de la decisión personal de una niña menor de edad, porque además el aborto se realizará con fondos públicos, y como la gente no es tonta y los adolescentes menos aún, el resultado será un incremento exponencial en la cifra de abortos entre las menores de edad, que es precisamente, pásmense, lo que Zapatero y su muchachada dicen querer evitar con esta modificación legal. Reparen un momento en la incoherencia zapateril: para evitar el alcoholismo entre los adolescentes se restringe sin cesar su acceso a las bebidas alcohólicas, en cambio, para evitar abortos, lo que hace el Gobierno es ampliar las posibilidades de que se practique, incluso sin permiso paterno. Hasta un lector del periódico de Roures sería capaz, a poco que se esforzara, de captar la contradicción.

La responsabilidad sobre las decisiones libremente adoptadas es el reflejo especular de la libertad individual. Eliminar la primera parte de la ecuación no va a hacer a los jóvenes más libres. Al contrario, los convertirá en individuos cada vez más irresponsables y dependientes del Estado y sus políticos, que es precisamente el objetivo primordial del socialismo desde que se inventó. Y como los socialistas no van a explicar esa verdad voluntariamente, es bueno que el partido de la oposición lo haga. No lo tenían previsto, ocupados como están en decidir si condenan al Papa por decir que la fidelidad conyugal es una buena herramienta en la lucha contra el SIDA. En mi opinión, ha sido la reacción espléndida de Rosa 9’5 y la proximidad de las elecciones europeas lo que les ha llevado a tomar una decisión clara al respecto, con recurso ante el Tribunal Constitucional incluido. No, si al final va a resultar que sí sirven de algo esas elecciones…

La gripe como excusa para discriminar

En todas las épocas de incertidumbre económica surge o aumenta el odio de buena parte de la mayoría hacia los miembros de la minoría, sea del tipo que sea. También se incrementa la desconfianza hacia el extranjero, tanto si vive en un país que no es el suyo como si viaja a él de forma temporal. En los momentos en los que se perciben amenazas ante las cuales los individuos no saben cómo protegerse (pandemias, desastres naturales, guerras…) ocurre justamente lo mismo. Si, como ocurre en estos momentos, se dan dos de esas circunstancias al mismo tiempo el caldo de cultivo para los atentados contra la libertad y la propiedad de los “diferentes” es perfecto. Sobre todo en países con nula tradición de respeto a las libertades individuales.

Con la aparición de la nueva gripe, los brotes de xenofobia surgen en cada vez más sitios, teniendo como objeto a los ciudadanos mexicanos. Son víctimas por igual jugadores de fútbol, inmigrantes ilegales o simples turistas. En Estados Unidos, radios muy conservadoras arremeten contra los ciudadanos de su vecino del sur que entraron en el país sin permiso, y en China se aísla a todas las personas de esa nacionalidad con independencia de que tengan síntomas o no de la enfermedad. Sin embargo, el peor caso de todos no tiene como víctima a los mexicanos sino a una minoría religiosa en Oriente Medio.

Las autoridades egipcias han encontrado en esta enfermedad una excusa más para hacer la vida todavía más difícil a los coptos. Estas personas, que representan el 10 por ciento de la población de Egipto y practican a una de las formas más antiguas de cristianismo, están sometidas a una legislación que les discrimina en numerosos aspectos de la vida, tanto a nivel individual como colectivo. A pesar de que excepciones como la del ex secretario general de Naciones Unidas, Butros Gali, puedan llevar a engaño, los coptos viven en una situación legal de discriminación en un país oficialmente islámico que les conduce en numerosos casos a vivir en una situación de pobreza de la que se les impide salir.

Con la excusa de que la nueva gripe fue llamada en un principio “porcina”, el Gobierno de El Cairo comenzó a sacrificar miles de cerdos con el objetivo de terminar con los casi 250.000 que había en el país. Esta medida supuestamente sanitaria decidida por el Ejecutivo tan sólo daña a los coptos, pues son los únicos que suelen criar este animal en el país. Además, perjudica sobre todo a los más pobres entre ellos, pues son quienes más poseen este tipo de ganado. No tiene justificación sanitaria alguna, pues está demostrado que su consumo no transmite la enfermedad. Tan sólo es una excusa, puesto que es sabido que el régimen egipcio, como muchos otros en el mundo árabe, trata de satisfacer cada vez más las exigencias de los islamistas.

Este es un buen ejemplo de cómo se utiliza la capacidad legislativa de los estados para atentar contra la libertad y la propiedad individual, sobre todo de los miembros de minorías poco apreciadas por el poder. Así, la salud pública se ha transformado en la excusa perfecta para discriminar y oprimir a millones de seres humanos.

Dogmatismo ético

Pocos pensadores logran evitar el dogmatismo en todas sus formulaciones teóricas o aseveraciones. Los hay que, instalados en él, redundan de forma sistemática en fundamentos extremos que se niegan a revisar. Como en todo, se trata de un problema de actitud intelectual.

Admitamos que la verdad existe, que es posible realizar aproximaciones sucesivas a fin de depurar ideas y conceptos. Si la naturaleza humana es estable, cabe ser afirmada como referencia para inferir principios normativos consustanciales a ella. El primer reto es la definición misma de este ente relativamente estático que llamamos naturaleza humana. El segundo, asumir la gran limitación a la nos enfrentamos en el esfuerzo por apreciarla en sus justos términos, y de ella concluir una ética objetiva.

Aunque deba guiarnos la idea de que algo resplandece al final del túnel, por absurdo que parezca, debemos reconocer que nunca podremos afirmar haber alcanzado semejante resplandor. El estudio ético tiene ese sinsabor: debe mantener cautela y modestia intelectual.

El dogmatismo del que hablo no sólo ronda al pensador en el esfuerzo por definir su objeto de estudio y la inferencia de principios (éticos en este caso). Puede caer en dogmatismo quien considere que su estudio y sus conclusiones excluyen, por la brillantez y rotundidad de sus hallazgos, cualquier otra distorsión accesoria.

El dogmatismo ético irrumpe también en la falaz certeza de que una vez descubiertos y depurados esos principios consustanciales a la naturaleza humana se está en disposición de codificarlos en forma de normas perfectas, irreductibles e incontestables, capaces de suplantar todo el orden jurídico y moral efectivo. Ese extremo racionalista, ese profundo desconocimiento de lo que son las reglas de conducta, su origen y evolución, o de cuál es el elemento que posibilita la convivencia dentro de un orden social sostenible, es lo que conduce al desprestigio y el error intelectual.

El contenido normativo y reglado que rige nuestra conducta (siempre social), que determina nuestra más íntima estructura mental, desconoce por completo del eventual esfuerzo intelectual encaminado a la apreciación de principios éticos. No interaccionamos sobre la conciencia ética explícita. La ética, muy al contrario, como pudiera ser su articulación en forma de un presunto Derecho natural, no deja de ser producto del análisis de los contenidos normativos aprehensibles en el orden social.

Afirmar que ética y eficiencia son dos caras de la misma moneda no deja de ser una conclusión teórica que, contrastada con los hallazgos en el estudio praxeológico y cataláctico, resulta cierta. Frente a un orden social concreto, analizando reglas de mera conducta dominantes e instituciones fundamentales, gracias a una buena teoría económica, cabe la posibilidad de identificar de forma limitada las causas de su eficiencia o ineficiencia. Eso no implica que despojándolo, con ánimo constructivista, de toda costumbre, moral o decoro, de todo exceso jurídico, llegue a ser posible el alcanzar unos ideales de rectitud y justicia perfectos. Semejante intervencionismo desconoce por completo la naturaleza de aquello que pretende moldear o reformar. Ignora sin paliativos que el ser humano no es necesariamente un ser ético, pero sí, y en todo caso, un ser moral, y en consecuencia, un ser jurídico.

Las instituciones normativas, sean morales en sentido estricto, o jurídicas por su contenido y exigibilidad, tienden, en la medida que el orden social sea dinámico y de complejidad creciente, a desarrollar un fundamento ético del que podemos llegar a ser conscientes gracias a un inmenso esfuerzo intelectual de estudio, análisis y sistematización. Aun así, nunca seremos capaces de afirmar que nuestros hallazgos al respecto sean definitivos, pero sí suficientes.

Vincular el éxito o el fracaso del orden social al respeto por parte de normas morales o jurídicas de estas formulaciones, no implica que podamos recomponer de manera deliberada todo el orden jurídico o moral. Primero porque dichos órdenes no dependen en absoluto de que seamos o no capaces de apreciar en ellos aquellos principios, en la medida en que el descubrimiento y articulación del contenido normativo (íntimo y tácito en su práctica totalidad) no depende de la acción intencional de un agente concreto, aun cuando fuera capaz de imponer su voluntad al resto de individuos, sino de un proceso competitivo de evolución institucional que comprende una ingente cantidad de información en constante generación, adaptación y cambio, que no puede ser tratada, ni por asomo, a través de los métodos científicos propios de la economía o el estudio ético.

De esos errores fatales deriva un espíritu constructivista que confunde ámbitos de conocimiento, conceptos y aplicaciones teóricas. De él podemos llegar a articular un discurso coherente, en cierta medida arrogante, y pretendidamente holístico y satisfactorio. No se trata sino de una ilusión que nos hace interrumpir, e incluso abandonar por completo, el rigor emprendido en nuestro esfuerzo por comprender la realidad social.

El embrión sin especie

El contramanifiesto firmado por 17 científicos, la "élite científica" según El País, sostiene que la ciencia no puede establecer la condición humana del embrión, pues "entra en el ámbito de las creencias personales, ideológicas o religiosas". Pero en su afán por distanciarse de la posición anti-abortista y dar una imagen de científicos objetivos sin agenda política caen en un razonamiento absurdo y anti-científico.

Dice el contramanifiesto: "El momento en que puede considerarse humano un ser no puede establecerse mediante criterios científicos." En esta frase los autores están asumiendo que el embrión es un "ser". Esta asunción es correcta, pues en efecto se trata de un ser vivo.

Un ser vivo, sinónimo de organismo, puede estar formado por una célula o muchas, mantiene un equilibrio interno, tiene irritabilidad y metabolismo, se desarrolla conforme procesa nutrientes, se reproduce y se adapta al ambiente sin perder su nivel estructural hasta su muerte. Un ser vivo es lo contrario a una materia inerte. Las plantas, los hongos o las bacterias son seres vivos. Los humanos estamos en la categoría de "animales", donde se contabilizan 1.300.000 especies.

El contramanifiesto, después de señalar que el embrión es un "ser", subraya que no puede establecerse científicamente el momento en que puede considerarse humano. Más adelante insiste en que la ciencia puede clarificar características funcionales del embrión, pero no puede afirmar o negar si esas características lo convierten en humano.

Dentengámonos un instante en este punto. ¿Qué significa "humano"? Que algo es perteneciente o relativo a la especie humana. Luego los 17 científicos no tienen claro si el embrión resultado de la fecundación de un óvulo humano por un espermatozoide humano es un ser perteneciente a la especie humana. Como no pueden establecer el momento en el que ese embrión es humano, significa que hay un período durante el cual el embrión podría ser de otra especie. Podría ser el embrión de una vaca o de un perro, según la "elite científica". La ciencia no tiene nada que decir sobre la especie a la que pertenece el embrión, pues determinar la especie de un ser entraría en el ámbito ideológico o religioso.

Obviamente clasificar la especie un organismo no tiene nada de ideológico o religioso. El cigoto unicelular fruto de la fecundación es ya un organismo único de la especie homo sapiens, con los 46 cromosomas que definen su identidad genética. El ser humano inicia en ese momento su ciclo vital y no lo termina hasta que muere. El embrión empieza a producir enzimas y proteínas y a dirigir su propio crecimiento y desarrollo, que se desenvuelve de una manera continua y gradual. Esto son hechos científicos.

Lo que probablemente querían decir los 17 científicos en su contramanifiesto es que la ciencia no puede establecer el momento en el que un ser humano tiene derecho a la vida, lo cual es cierto –para eso está la ética– pero es algo distinto a lo que dicen en realidad. Sus malabarismos retóricos ilustran que los hechos científicos son incómodos para la posición pro-abortista, pues obligan a sus partidarios a admitir que están defendiendo el derecho a matar a un ser humano. El derecho al aborto es más fácil de racionalizar y de reivindicar si el embrión puede ser descrito como una "masa de células". Pero si desde el punto de vista científico se considera un "ser humano", la causa queda maltrecha no sólo de cara a la opinión pública, también de cara a los pro-abortistas que buscan tranquilizar su conciencia. No es lo mismo "interrumpir un embarazo" que "interrumpir una vida humana".

Socialmemocracia

Esto es, los más ineptos e inmorales en lo más alto del poder parasitando a los productivos y escurriendo el bulto descaradamente ante todos los problemas generados por ellos mismos, nuestros ilustrísimos gobernantes, y culpando al chivo expiatorio del mercado libre, es decir al proceso y los resultados de decisiones voluntarias descentralizadas de millones de personas (que en realidad no existe más que como una sombra distorsionada por el intervencionismo).

Asegura que la actual crisis "es por la actuación egoísta de unos empresarios desaprensivos aupados por una ideología desrreguladora (sic), antiestatal y a favor del mercado libre. Hemos tenido que sufrir los efectos salvajes de un sistema capitalista que mantiene una fatal atracción sistémica por las crisis recurrentes".

Les cuesta tanto desregular que ni siquiera saben escribirlo bien. Y no suelen ofrecer muchos ejemplos concretos de esas presuntas desregulaciones, tal vez porque no existen pero conviene repetir la memez para que el populacho votante progre crea que haberlas haylas y además son temibles: los empresarios son egoístas (¿los políticos, funcionarios y sindicalistas no?), el capitalismo es salvaje y la atracción es fatal, como en las películas de terror, y con el mismo nivel de estupidez adolescente.

Sigue lanzado la lumbrera de la economía zapateril: "Cuando ha fallado la lógica del máximo beneficio privado a corto plazo, sin responsabilidad social, sin perspectivas de sostenibilidad, sin nada que pusiera freno al pelotazo individual, la solución hay que buscarla en actualizar el clásico principio socialdemócrata de tanto mercado como sea posible y tanto Estado como sea necesario". Se le olvida, o no le llega para entender, que el liberalismo consiste en derechos de propiedad y cumplimiento de los contratos. El beneficio se intenta máximo y cuanto antes a base de servir como productores especializados a los demás que son consumidores generalistas (y nunca a costa de otros como en la redistribución de riqueza típica de la socialdemocracia): ¿es acaso mejor no maximizar esos beneficios o retrasarlos? La responsabilidad en sociedad significa hacerse cargo de los daños que uno pueda causar a los demás (algo que jamás se verá hacer a un político socialista, y perdón por la reiteración), y no en convertirse en mulo de carga de hordas de parásitos dependientes. La insostenibilidad a la que se refiere, ¿es la provocada por la manipulación de los tipos de interés por los bancos centrales? ¿O la del fraude piramidal que es la seguridad social? Va a ser que no a ambas preguntas. ¿Y quién decide cuánto mercado nos van a permitir? ¿Nuestros bien amados dirigentes? ¿Esos que no saben vivir fuera de las ubres estatales que a ellos sí que les son tan necesarias?

Y sigue recordando "el fracaso que ha supuesto tres décadas en las que ha sido el mercado quien ha estado al mando con el resultado demostrado de ineficiencia, crisis, e inmoralidad". ¿Ha estado al mando el mercado? ¿De verdad? Algo tan bonito y no nos hemos enterado… Pero… ¿en el mercado se dan órdenes? ¿Hay coacción como la de la legislación estatal? Si los políticos no mandaban nada en todo este tiempo, ¿por qué tanto ardor electoral por alcanzar el poder?

Como no puede parar en su ataque de verborrea insiste en "la constatación del fracaso de la autorregulación privada y la necesaria intervención pública en actividades sensibles con graves repercusiones sobre el conjunto del sistema". ¿Autorregulación privada? ¿Se refiere a las cajas de ahorro supervisadas por el Banco de España? Seguro que sí.

Sevilla es una máquina de producción de bobadas: "Si algo es demasiado grande para caer, la responsabilidad social exige no dejar sus decisiones en manos exclusivas de sus gestores y accionistas, que juegan la ventaja de que ante dificultades serias reciben la ayuda pública". Si algo es demasiado grande para caer, no debería existir, y en una sociedad libre no existiría; pero los políticos prefieren mantenerlo precisamente para intervenirlo con la excusa de que no se lo puede dejar solo. Además de aprender a analizar alternativas, a Sevilla le convendría leer lo que él mismo escribe (¿o sólo lo firma?) para no comerse palabras.

Con genios como éste al mando difícilmente se va a conseguir "devolver la confianza a los ciudadanos en su sistema económico". Pero tienen el morro de pretender que es cosa suya.

Y Atlas se rebeló

Si le suenan oscuras estas palabras, es que todavía no ha pasado por las 1.100 páginas de la novela de Ayn Rand, una falta quizás explicable, pero que deberá remediar en cuanto pueda.

Se iba a llamar “la huelga”, por la que protagonizan en la obra aquellas personas que se aman a sí mismas y lo que hacen; lo suficiente como para sentir orgullo por el resultado de su trabajo. En consecuencia, no permiten que los demás se lo arrebaten ni consentirían vivir con el fruto ajeno. No se han dejado arrastrar por el éxito de que hablaba: el de las ideas colectivistas, socialistas, que impregnan la mayor parte de la sociedad, y que en la novela llevan, inexorablemente, a una crisis social sin precedentes, mucho mayor que la que estamos viviendo ahora. O quizá no, porque a medida que se profundiza esta crisis económica, la sociedad se vuelve más abyecta y genuflexa ante los mensajes del poder, y se dispone a entregar a los políticos el control sobre sus vidas.

La huelga de La Rebelión de Atlas no se queda en bajar los brazos y esperar a que la muerte acabe con una existencia mermada, a medias propia y a medias de “la sociedad”. Es una huída a una nueva Atlántida, en la que se crea esa sociedad libre en la que el egoísmo se convierte en generosidad, y no la generosidad en esclavismo. Nosotros, que podemos conocer la superficie de la Tierra palmo a palmo sin salir de nuestro salón, no podemos soñar con que un puñado de héroes creará en tierra ignota una nueva sociedad a la que nos podemos adherir si juramos vivir sólo de nuestros propios medios.

Pero nos quedan, al menos, otras formas de huelga. Podemos negarnos a trabajar para el Estado. Pagar sus cuentas, por aquello de no ir a la cárcel, pero no ponernos directamente a su servicio. También tenemos derecho a ignorarle, es decir, a rebelarnos civilmente contra sus imposiciones más injustas. No tenemos porqué lanzarnos a las barricadas, pero sí desatender alguna de sus exigencias más absurdas. Y, por último, podemos repudiar los servicios que nos ofrece por lo que nos quita en impuestos. ¿Educación pública? Pues nos vamos a la privada. ¿Sanidad? No en la seguridad social. Y así todo. De hecho, los españoles, independientemente de su querencia o repugnancia instintiva hacia el Estado, lo están haciendo. Hagamos lo propio.

La Biblia ultraliberal

Los creadores, grandes y pequeños, empresarios y trabajadores que lucharon por mejorar su situación personal, egoístas ellos, comienzan a abandonar sus empleos y desaparecen, se sumen en el olvido, como si se los hubiese tragado la tierra.

Esta situación coincide, en aparente paradoja, con el triunfo, ya definitivo y total, de todas esas ideas que mantiene la mayoría de la gente. Todo lo que nos dijeron los intelectuales, lo que repiten sin cesar los políticos y vuelcan los medios de comunicación como verdadero canon moral occidental: el egoísmo es la encarnación de todo mal. Debemos vivir, pero no para nosotros sino para los demás. Y no de nuestro esfuerzo, sino del ajeno. Si algo bueno nos ocurre, somos culpables. Si algo malo nos ocurre, no lo somos; la sociedad es la culpable.

Estos dos párrafos contienen lo esencial de una novela, La Rebelión de Atlas, que se editó en 2003 en español en 1.104 páginas. Fue escrita en 1957, y en estos más de cincuenta años jamás se habían vendido más ejemplares que los que se venden ahora… cuando estamos en plena crisis económica, y cuando los valores descritos en esa novela han encontrado en Barack Obama un defensor de dimensiones titánicas, mitad hombre mitad dios, dueño de una retórica brillante que codifica esencialmente esa filosofía antiindividualista, antiliberal, que condena el beneficio privado como causa de todos nuestros males y llama al socialismo, sin mentarlo por su nombre, como única solución.

Ayn Rand, la autora de La Rebelión de Atlas, utilizó numerosos personajes para encarnar esa filosofía colectivista que se ha cernido sobre la sociedad hasta ahogarla. Pero Obama es un rostro especialmente identificable de esa forma de pensar. ¿O no podía haber dicho él que en esta crisis "la culpa es de las empresas. Es por su falta de espíritu social. Se niegan a admitir que la producción no es una elección privada, sino un deber público?". Es más, ¿no lo ha dicho él, realmente?

Rand coloca en el centro de la virtud al egoísmo. Pero no a lo que está pensando en este momento, sino a la atención principal a los propios objetivos, que nos llevarán a cada uno a la mayor producción de bienes, que lo son para los demás. Y en ese camino al uso de la razón y del conocimiento. Y todo ello a la cooperación voluntaria con el resto de personas por medio del intercambio. Es decir, que el egoísmo, tal como lo entiende Rand, es el vértice de la cooperación social y de la atención a las necesidades de los demás, pero por la vía indirecta de la obtención de beneficios, no por la sumisión directa a las necesidades de los demás. Por eso, en su "utopía de la codicia" el lema es "juro por mi vida y mi amor por ella que jamás viviré para nadie ni exigiré que nadie viva para mí", y el resultado, que "no hay conflicto de intereses entre hombres que no demandan lo que no han ganado".

Un artículo del diario El Mundo recogía el "boom" de ventas de La Rebelión de Atlas, más altas ahora que cuando fue reconocido por los lectores del New York Times en el segundo puesto de "los libros que han cambiado su vida", sólo detrás de la Biblia. El artículo está escrito desde esa amalgama socialdemócrata, ese "pensar" que, en un 95 por ciento consiste en colgar carteles difamantes, y en un 80 añadir la palabra "salvaje" a todo aquello que no gusta. Llama la obra randiana de "Biblia ultraliberal". Es el libro del momento.