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Etiqueta: Pensamiento liberal

Franco, Moa, libertad

Desde luego. ¡Qué cosa más paradójica ser liberal y apoyar a un dictador! Sólo que… ¿Qué quiere decir eso de apoyar? ¿Quiere decir que hay liberales que le ponen como modelo? ¿O es sólo que hay quien lo considera un mal menor frente a la otra opción histórica?

Porque parece, más bien, que el planteamiento es este último. De hecho, la crítica del bloguero es contra el “insigne liberal” Pío Moa. Los amigos de Moa no sabíamos de él que fuera un liberal de estricta observancia; parece que él tampoco. Pero desde luego de sus escritos se desprende una defensa de los derechos básicos de la persona, de las libertades, y de la verdad. Quizás, sin necesidad de ser un trasunto de Mises y Popper, comparte lo básico con los liberales. Pero lo relevante, en este asunto, es que Pío Moa es historiador y el juicio que le merece Francisco Franco proviene de su mirada de historiador. Lo juzga a la luz de las circunstancias de nuestra historia. Y en la Guerra Civil esas circunstancias fueron devastadoras para el liberalismo, porque se libró entre dos bandos en que los defensores de la libertad no se pueden sentir identificados.

Me parece legítimo, en consecuencia, no mostrar favoritismo por ninguno de los bandos. Tampoco es necesario. Pero también veo legítima la opción de considerar a uno “menos malo” que el otro, o menos gravoso para la libertad de los españoles. Al fin, no podemos decir que hubiéramos preferido a Thomas Jefferson porque Jefferson… no estaba ahí. Allí estaba la República, secuestrada por las fuerzas más a la izquierda y menos republicanas, y estaba la reacción derechista que, victoriosa en el campo de batalla, Franco convirtió en un régimen autoritario.

Qué duda cabe de que Franco, instalado ya en el poder, tenía otras opciones mucho mejores que las que eligió para España. Pero, más allá del juicio que merezca a cada uno Franco y su régimen, el juicio sobre el menos malo de los bandos nos fuerza a construir ucronías. En la historia está todavía la pregunta ¿Era la República del Frente Popular todavía un régimen democrático y de libertades? Pero más allá nos quedan las ucronías: ¿Se habría mantenido como una democracia occidental asimilable a las de Francia o Inglaterra? De haber ganado la guerra, ¿habría sido España un satélite soviético? De ser así, ¿habrían sufrido más nuestras libertades que lo que lo hicieron con Franco? Como de todo ello sólo caben elucubraciones y no respuestas en la Historia, las respuestas válidas son muchas.

Riqueza y pobreza en una lección

La lógica es la siguiente: si hay mil millones de usuarios de internet y todos aportan un dólar, podemos colar al mendigo en la lista de Forbes.

La matemática es inapelable, pero la lógica económica falla. Detrás está la idea de que la riqueza es una cantidad estanca y que la que se acumula es a costa de otros, por lo que volver a robar a los ricos para repartirlo entre los demás tiene sentido. De hecho, no es ya que la última edición de la lista de millonarios no esté el homeless elegido para el experimento, sino que el dinero que se ha reunido en este año largo no alcanza los 1.000 dólares. A este ritmo, ni en un millón de años se podría colar en la lista.

Quien sí ha entrado es otra persona que, como Bumillionaire, se ha visto obligado a vivir en la calle. Se trata de John Paul DeJoria, un hombre hecho a sí mismo, que ha creado una de las primeras fortunas del mundo partiendo de cero. No tenía una familia que le apoyase, ni un capital inicial. Pero en los Estados Unidos pre-obamitas existía esa red invisible, pero real, que llamamos libertad económica.

Había trabajado desde los 9 años y tenía una personalidad independiente. Era "demasiado orgulloso como para pedir ayuda" y prefirió vivir en el coche a recurrir la que le ofrecía el Estado. De haberlo hecho, quizá no hubiese insistido en buscar su propio camino. En los 60’, con un socio y un crédito de 700 dólares, montó una empresa de venta ambulante, ofreciendo puerta a puerta productos de peluquería. El capitalismo se basa en la confianza y él se ganó la de sus clientes con una sencilla fórmula, entonces nada habitual: "si no queda satisfecho, le devolvemos su dinero".

DeJoria no hubiera llegado jamás a multimillonario de haber esperado la donación de un dólar por cada internauta. Su camino se habría truncado si hubiese elegido la analgésica ayuda del Estado. No la necesitaba. Hizo suyo el derecho, reconocido en la Declaración de Independencia, a la libertad de buscar su felicidad; a hacer realidad el sueño americano.

Estas dos personas son ejemplo vivo de qué son la riqueza y la pobreza, de las potencialidades de una sociedad libre y de los miserables resultados del reparto de haberes.

Necedades contra el capitalismo

Curiosamente muchos de los profesionales más incompetentes en estos ámbitos se denominan a sí mismos sociólogos: son presuntos investigadores de lo social, en realidad necios como Enrique Gil Calvo, profesor de Sociología y columnista habitual del diario El País, donde la alta concentración de estupideces no es ninguna sorpresa.

Gil Calvo escribe acerca del "destino inmediato del capitalismo liberal, que se precipita en caída libre hacia la implosión de un agujero negro impulsado por el continuo agravamiento de su crisis sistémica". Como no sabe gran cosa ni de economía ni de filosofía política, cree que el sistema socioeconómico actual es no sólo capitalista sino además liberal. O sea que no sólo se confirma que los medios de producción están todos en manos privadas, sino que se respetan los derechos de propiedad como normas fundamentales de la organización social, los Estados son mínimos y sólo se dedican a la protección de estos derechos y su intervencionismo en la economía es nulo: muy realista.

Como la ignorancia es atrevida, este "sociólogo" ve "fascinantes paralelos" entre el "colapso global" actual y "la súbita extinción de la cultura de los moais que tuvo lugar en la polinesia isla de Pascua", sobre la cual ha leído en Colapso, de Jared Diamond, cuya idea principal es que "la intensificación de la competencia por los recursos puede acabar con el suicidio colectivo de los competidores".

Diamond es un autor muy recomendable e interesante pero con graves lagunas en ámbitos económicos y jurídicos. Gil Calvo ni siquiera es capaz de aprovechar la calidad de su fuente sino que la estropea a conciencia. Se refiere a la "tragedia de los bienes públicos" cuando en realidad es la tragedia de los bienes comunes (tragedy of the commons, los bienes públicos son otra cosa muy diferente que obviamente tampoco entiende); se equivoca al citar a su autor (es Garrett Hardin y no Russell Hardin); y no ve el principal problema que subyace al "agotamiento de los ecosistemas a partir de un cierto umbral de explotación", que él superficialmente señala como "la escalada social de la competición" pero que en realidad es la ausencia del marco institucional jurídico adecuado: la no existencia de derechos de propiedad, precios y mercados sobre los árboles que se utilizaron para transportar las estatuas gigantes (que servían como símbolos ostentosos de prestigio entre los diversos clanes) y que dejaron de usarse para fabricar canoas y poder pescar.

Resulta que ahora "los moais son las burbujas especulativas que erigen nuestros clanes estatales y empresariales, unos moais hechos de especulación financiera e inmobiliaria que, al adentrarse en una escalada de intensificación de la competencia, no tardan en agotar los recursos productivos de la economía real". Lo estatal y lo empresarial quedan emparejados como si no hubiera ninguna diferencia entre la institucionalización de la coacción y el esfuerzo por organizar proyectos productivos que satisfagan los deseos de los consumidores; la especulación y la competencia son demonizadas, como siempre sin comprender sus funciones esenciales para la economía.

Gil Calvo asegura que las actuales "ciudades vacías" son nuestros moais, como si sus constructores las hubieran producido como símbolos de ostentación en lugar de ser oportunidades (equivocadas) de negocio. Es cierto que "los isleños de Pascua" agotaron "sus fuentes de subsistencia para erigir sus moais", pero no tiene sentido decir que "se endeudaron a muerte" si no tenían mercados de capitales (¿quiénes eran los acreedores?): la analogía es penosa. Trata de aparentar que sabe pero no puede y lo mezcla todo en un potaje indigestible donde aparecen sin ninguna coherencia "apalancadas pirámides especulativas", "crédito solvente", "empleo productivo", "tejido empresarial", "suelo público esquilmado", todo ello bajo la absurda etiqueta del "capitalismo liberal". Y le faltan los ingredientes esenciales que no puede o no quiere reconocer: la manipulación estatal del dinero y del crédito.

Ni siquiera entiende el keynesianismo, que ve como un posible "medio de evitar el colapso colectivo" mediante "el racionamiento impuesto por el poder público". El keynesianismo se basa en la estimulación de la demanda agregada, en que se siga consumiendo cuanto más mejor, o sea lo contrario del racionamiento. Dada su necedad no es extraño que crea que "la salida liberal" es la "que proponen los poderes financieros globales respaldados por los organismos internacionales como la UE, el FMI o la OCDE", basada en "mantener intacto el sistema de mercado" y "la dominación absoluta del mercado global". Es difícil reprimir las carcajadas ante tanta insensatez: políticos, funcionarios y banqueros defendiendo el mercado libre, qué bonita ficción.

Cuando parece que Gil Calvo ve algo de luz "los mercados libres no se pueden gobernar, siendo como son un orden espontáneo", resulta que era un espejismo: "La mano visible del Estado puede regularlos variando su estructura de incentivos pero no puede imponerles normas ejecutivas, pues cuando intenta hacerlo la mano invisible del mercado reacciona generando un desorden espontáneo como el actual". La culpa del desastre actual es del mercado, faltaría más, el Estado nunca es sospechoso de nada malo.

Como en los buenos fuegos de artificio, la traca mayor de la idiotez se reserva para el final: podríamos "convertir la actual crisis de los mercados en una verdadera crisis del sistema, eventualmente capaz de dar a luz un nuevo modelo de sociedad. Una sociedad sostenible y ya no basada en el depredador capitalismo neoliberal, que de ciclo a ciclo y de burbuja en burbuja está conduciendo al planeta a un inminente colapso como el de la isla de Pascua, ahora masivamente amplificado a escala global". Fíjense en que al menos la depredación ya no es liberal sino neoliberal.

La universalidad de las normas éticas

Las normas éticas sirven para regular las acciones de los seres humanos, especialmente respecto a sus efectos sobre otras personas. Una de sus características fundamentales es que son universales, válidas para cualquier sujeto ético en cualquier instante y lugar. Algunas normas pueden referirse sólo al agente y a la acción (prohibido fumar), pero son mucho más completas e interesantes las normas que también explicitan a los sujetos receptores de los efectos de la acción.

Algunos intentos de universalización se refieren solamente a los agentes: que todo el mundo utilice las mismas normas de conducta. La universalidad es parcial o incompleta, ya que el contenido de las normas distingue y discrimina diversos grupos particulares de personas receptoras de las diversas acciones (todo el mundo está obligado a ayudar a los necesitados, está prohibido maltratar a las mujeres).

Universalidad de causantes y receptores

La universalidad completa se refiere no solamente a los agentes causantes de las acciones reguladas, sino también a los receptores (beneficiarios o perjudicados) de los efectos de dichas acciones. Las normas valen para todos respecto a todos, y esto implica que los enunciados de las normas sólo puedan referirse a cada ser humano en abstracto, independientemente de sus características particulares que le encuadrarían en algún grupo subconjunto de la humanidad (sea de forma más estable, como ser negro, o más circunstancial, como estar enfermo).

La universalidad también significa que la norma debe cumplirse en todo momento y lugar; si se ordena alguna acción, esta no puede dejar de realizarse, y si se ordena respecto a una persona, se ordena respecto a todas las personas. Por eso no tienen sentido los deberes naturales, el obligar a hacer algo, porque es imposible realizar acciones constantes sobre todo el mundo. Las prohibiciones naturales sí tienen sentido y son posibles: es factible no agredir nunca a nadie, basta con no hacer nada.

Poderosos y débiles

Si las normas no son universales, habrá beneficiados y perjudicados por las mismas. Históricamente, los poderosos suelen imponerse sobre los débiles y exigir normas que los privilegien a costa de los demás. Pretender que las normas beneficien a los débiles a costa de los fuertes es muy ingenuo: ya resulta difícil conseguir que los poderosos acepten normas iguales para todos, y a menudo ocultan su depredación tras normas que presuntamente son por el bien común o en ayuda de los más necesitados.

Los contratos permiten construir normas particulares (no universales), y en concreto constituir grupos con reglas que distingan a los miembros de los no miembros. Pero en los grupos legítimos estas distinciones no otorgan privilegios a los miembros a costa de los no miembros, sino que los miembros negocian relaciones mutuamente beneficiosas entre sí que sólo les obligan a ellos mismos. Algunos grupos especialmente interesantes e importantes adoptan normas de conducta más estrictas para sus miembros no sólo respecto a otros miembros, sino respecto a todo el mundo: su reputación de integridad y fiabilidad es una garantía de confianza que puede fomentar su éxito en las relaciones humanas.

Del “déficit público” al “estímulo”

En 1797, el Banco de Inglaterra suspendió la convertibilidad en oro de sus billetes y, por este motivo, el billete se depreció con respecto al oro y al resto de divisas. Al fin y al cabo, el oro y una "promesa de pagar oro" (el billete) o una "promesa de pagar oro" y otro "promesa de pagar oro" (billetes extranjeros) sólo valen lo mismo si se tiene intención de cumplir con las respectivas promesas. Sin embargo, parece ser que la depreciación del billete no gustó demasiado a los oficiales ingleses, así que impusieron su paridad con la guinea (la moneda de oro inglesa de entonces). Los tipos de cambio internacionales quedaban, para su disgusto, fuera del ámbito de sus competencias.

¿Consecuencia? El oro desapareció de la circulación y comenzó a atesorarse. A nadie le interesa regalar su dinero a precio de saldo, así que mejor dejarlo en casa y utilizar sólo el mal dinero en la medida de lo posible. Pero como el oro dejó de circular, la cantidad de medios de pago en la economía se redujo, de modo que el gobernador del Banco de Inglaterra estimó que tenía que compensar esta caída imprimiendo más billetes. Pero esto sólo provocó que el valor del billete con respecto al oro en los mercados internacionales cayera aun más, tal y como se reflejaba en la ulterior depreciación de su tipo de cambio.

En este contexto, el ministro de Economía inglés se negaba a reestablecer la convertibilidad del billete en oro. Desde su punto de vista, si se regresaba al oro, los extranjeros se beneficiarían de los bajos tipos de cambio para despojar a Inglaterra de su metal dorado. Macleod repasaba escandalizado toda esta polémica: ¿Dónde está el origen del problema? En que se suspendió la convertibilidad con el oro. ¿Cómo se agravó el problema? Imprimiendo más billetes no respaldados por oro. ¿Qué otra solución podía haber que retirar los billetes no respaldados y restaurar la convertibilidad, tal y como ya se hizo con éxito en 1697? Evidente, ¿no? Pues parecía que a los miembros del Banco de Inglaterra no les cabía en la cabeza (o en el bolsillo, ya que nada hay más provechoso que poder crear dinero cuasi sin restricciones) y tuvo que ser un comité de expertos monetarios, que parieron el famoso Bullion Report, los que animaran a volver a la convertibilidad, tal y como sucedió en 1821.

Más de dos siglos después parece que el Banco de Inglaterra está repitiendo sus mismos errores. ¿Dónde está el origen de esta crisis? En la excesiva expansión crediticia de los bancos centrales que ha generado todo tipo de malas inversiones. ¿Por qué pudieron expandir tanto los bancos centrales el crédito? Porque desde 1973 ya no están obligados a mantener ni siquiera unas mínimas reservas de oro por el dinero que van creando. ¿Resultado? Hemos sufrido 35 años de una moneda de valor elástico que ha ocultado cómo los bancos privados se iban descapitalizando: la inflación de activos que el dinero fiduciario promovía, permitía a los bancos presentar grandes beneficios cuando en realidad estaban avanzando hacia la quiebra que ahora se ha materializado.

¿Cuál sería la solución que podrían ofrecer los bancos centrales? Por un lado dejar de expandir artificialmente el crédito y, por otro, regresar al patrón oro. De esta manera, podríamos recapitalizar los bancos privados sobre bases sólidas y no sobre espejismos fiduciarios que enmascaran la erosión de los fondos propios (en la línea de lo que apuntaba el profesor Antal Fekete). ¿Algún burócrata se ha planteado la cantidad de capitales que podrían movilizarse regresando a una moneda que actúa como auténtico depósito de valor y que, por tanto, devolvería los mercados de renta fija a largo plazo a los ahorradores de manos de los especuladores?

Evidente, ¿no? Pues no, los miembros del Banco de Inglaterra creen que la solución pasa por rebajar aun más los tipos de interés y por incrementar la cantidad de dinero en la economía para adquirir deuda pública. Están escandalizados con que los precios de los activos que ellos habían contribuido a inflar ahora se estén desinflando, cuando esto es lo que tiene que suceder para que nuestra estructura productiva se reorganice y podamos reiniciar el crecimiento. Nada que, para nuestra desgracia, siguen sin aprender la lección.

Entre el martirio y el oportunismo

Vivimos en un mundo donde el Estado es omnipresente e interviene en casi todas las facetas de nuestra existencia. Si queremos evitar cualquier contacto con el Estado o participación en sus políticas debemos prepararnos para el martirio o la vida de ermitaño.

Para aquellos de nosotros que tenemos principios liberales y queremos llevar una vida moral, acorde con esos principios, la cuestión de cómo actuar en un mundo dominado por el Estado es importante. ¿Es moral aceptar subvenciones o pagar impuestos religiosamente si estos financian un sistema injusto? ¿Es moral hacer uso de la sanidad pública o trabajar para el Estado? ¿Es moral formar parte del Gobierno o hacer campaña para conseguir favores públicos?

Todas estas preguntas están interconectadas y nos sitúan ante un continuum de actuaciones difícil de abordar. Murray Rothbard hizo un intento de aproximación en su artículo Living in a State-Run World, donde esboza algunos de los puntos clave en esta discusión.

Rothbard distingue dos actitudes radicales que habría que rechazar: el sectarismo ultra-puritano, según el cuál no podemos siquiera caminar por las calles públicas; y el oportunismo de los vendidos, según el cuál podemos ser guardias en un campo de concentración y poder seguir llamándonos "liberales" sin pudor alguno. El ultra-puritanismo lleva a aislarse del mundo y a evitar la realidad en aras de una fantasía. Implicaría tildar a todos los cubanos de "criminales", porque como en Cuba no hay apenas sector privado todos son funcionarios. El oportunismo más aprovechado, por otro lado, desvincula totalmente los principios morales de la vida cotidiana, como si la ética no tuviera ninguna relación con la realidad. Liberalismo de boquilla, o haz lo que digo pero no lo que hago.

Un punto intermedio parece más razonable. En primer lugar, porque una ética que obliga al martirio no puede ser buena. El liberalismo es una ética para mejorar la vida de las personas, no para exigirles su sacrificio en el altar de las ideas. Sería absurdo que la respuesta moral a un sistema injusto, que nos hace menos libres y más pobres, fuera soportar aún más malestar y restricciones. En segundo lugar, porque se puede participar en el sistema por diferentes razones y en varios grados, y cada caso merece un juicio ético distinto. De hecho, dependiendo de la corriente liberal a la que uno se adhiera (anarcocapitalismo, minarquismo etc.) incluso la figura del funcionario o político per se no es incompatible con el liberalismo.

Rothbard introduce otra distinción fundamental: una cosa es convivir con una injusticia que te han impuesto y tú no has creado, y otra cosa es promover activamente esa injusticia, agravarla o colaborar en su ejecución. Aceptar una subvención una vez la ley está aprobada y el dinero está sustraído no es lo mismo que aprobar o hacer campaña a favor de esa subvención o contribuir a recaudarla. La confiscación ya se ha producido con independencia de que haga uso o no de la calle pública o de la sanidad pública.

Juzgar la conducta de la gente en base a lo que reciben del Estado supone, además, considerar solo la mitad del cuadro. Los beneficiarios de servicios y subsidios públicos también pagan impuestos, y si pagan más de lo que reciben entonces no están más que cobrándose una parte de lo que le han quitado previamente. En el caso de los funcionarios, su salario entero es como una subvención y a menos que tengan fuentes de ingresos alternativas podemos decir que su riqueza proviene del expolio al ciudadano. Pero con respecto a los funcionarios también hay que hacer distinciones. De nuevo Rothbard sugiere un buen enfoque: hay empleos en el sector público que serían perfectamente legítimos si se llevaran a cabo en el mercado y hay empleos que son ilegítimos per se y no son compatibles con una sociedad libre. Uno podría ser profesor, médico o cartero en una sociedad libre, pero no podría ser guardia en un campo de concentración de prisioneros políticos, inspector de Hacienda, policía anti-droga o ministro de Cultura y Deportes.

Las personas que tienen vocación de maestro, médico o de taxista no tienen la culpa de que el Estado monopolice o regule esas profesiones, impidiendo o dificultando su ejercicio en el mercado libre. El salario del maestro lo pagan los contribuyentes vía impuestos y no es un salario de mercado, pero en una sociedad libre esa profesión probablemente existiría y esos mismos contribuyentes también pagarían un salario al maestro, esta vez vía precios. Al menos la mayoría de profesores y médicos funcionarios dispensan un servicio que tiene cierto valor para el contribuyente, y podemos convenir en que su renta no es tan inmerecida como la de aquél que realiza una actividad que nunca estaría remunerada en el mercado.

Ya que nos "obligan a jugar", opinan algunos liberales, hay que jugar a ganar: sacarse oposiciones para tener un trabajo seguro, poco estresante y sufragado por los contribuyentes (como además la mayoría son socialistas, no hay motivo para tener mala conciencia), pedir subvenciones sin escrúpulos y hacer uso y abuso de las prestaciones públicas. "Soy liberal, pero no soy tonto". Pero lo mismo podría decir un comunista rico "obligado a jugar al juego capitalista", y el liberal protestaría porque le metemos en el mismo saco.

La alternativa a ser un pringado liberal no es necesariamente ser un liberal aprovechado, orgulloso de parasitar. También puede ser un liberal que intenta actuar moralmente sin dar la espalda a la realidad ni martirizarse por culpa de un mundo estatista que le ha sido impuesto.

La imposibilidad de predecir la conducta humana

Existen corrientes de pensamiento en psicología que desean explicar el comportamiento humano en función de los estímulos del medio ambiente ya que consideran que éstos moldean y controlan las acciones de las personas. Plantean que la conducta (y no la mente o la psique) debe ser el objeto de estudio de la psicología porque responde siempre a factores externos al propio individuo, los cuales son observables, visibles, empíricos.

Siguen, por tanto, una línea positivista que valora los hechos en sí mismos, es decir, todo aquello que es medible. Expresan que sólo cabe hacer ciencia de lo observable porque es lo único objetivo. Todo lo demás carece de rigor científico.

En realidad, estas líneas de pensamiento surgieron del intento de desarrollar una psicología objetiva en contraposición a una psicología subjetiva con el objetivo de que la psicología tome carta de naturaleza científica. De esta manera, dicen, la psicología se convertirá en ciencia al eliminar todo aquello que no pueda ser observado y medido "objetivamente". Entrará en el dominio de la ciencia ya que no solamente se podrá conocer, sino que también se podrá predecir. El objeto de las investigaciones no será el de describir la conducta humana sino formular leyes que permitan predecirla.

Para ello, abordan el estudio de la conducta humana basándose en el paradigma estímulo-respuesta (E-R), en donde el estímulo es cualquier factor externo o cambio en la condición fisiológica del animal, y la respuesta es la reacción o conducta frente a tal estímulo. El método utilizado será la experimentación u observación controlada, es decir, el empleado en de las ciencias naturales.

Aquí nos interesa señalar una de las conclusiones a las que llegan y persiguen: si la conducta puede condicionarse, la psicología podrá predecir y controlar la conducta de la misma forma que ocurre con los objetos de estudio en las demás ciencias naturales. Las actividades humanas podrán ser explicadas si se reconoce la respuesta a un estímulo, como si de una máquina se tratase.

Arguyen que si supiésemos todos los estímulos a los que está sometido una persona, podríamos predecir su comportamiento. Watson, fundador del conductismo, creyó que controlando los estímulos del ambiente se podía incluso moldear el carácter de las personas en la dirección deseada. Basta con cambiar convenientemente esos factores externos para obtener la conducta deseada en un individuo.

El gran error de estas "teorías" que tratan de dotar a la psicología de objetividad es no darse cuenta de que no son los estímulos los que determinan la acción humana y la conducta, sino nuestras creencias, pensamientos y juicios de valor. Dicho de otra manera: es la interpretación que el ser humano da a los estímulos recibidos la que determinará su respuesta. El ser humano no es un agente pasivo al cual el ambiente influye sin que exista reciprocidad.

Las teorías basadas en el paradigma E-R no pueden explicar por qué, dada una determinada situación o estímulo, dos personas pueden actuar de forma distinta. Incluso que una misma persona que se encuentra dos veces ante la misma situación pueda reaccionar de manera distinta aunque se mantengan las condiciones. La Ley del Efecto de Thordike, según la cual cualquier acto que produzca un efecto satisfactorio en una determinada situación tenderá a ser repetido en esa situación, está claramente equivocada y no tiene sentido al querer aplicarla al ser humano.

El paradigma E-R presenta una lógica mecanicista dentro de la cual se le niega al hombre toda su autonomía, toda capacidad de generar sus propias conductas y toda posibilidad de darle un sentido a su acción.

Y es que si quisiéramos explicar las acciones concretas o la conducta de una persona, deberíamos tener en cuenta toda la historia personal del individuo, es decir, movilizar toda su experiencia anterior.

Y aquí entramos en otro gran error de las teorías del E-R: la tendencia a quedarse en los hechos directamente observables/experimentales (aspiración empírico-positivista). No tienen en cuenta cuestiones que afectan la toma de decisiones pero que no se pueden medir, por lo que establece que el hombre es idéntico a su comportamiento, es decir, que se reduce a meros actos o reacciones estímulo-respuesta.

Caen en un simplismo reduccionista al intentar aprehender la complejidad de toda la conducta reduciéndola a asociaciones (más o menos complejas) de estímulos y respuestas. Reducen la psicología a fisiología al suponer que toda la conducta de los seres vivos puede interpretarse fisiológicamente. También reducen lo psíquico a la conducta ya que convierten a la mente a una especie de caja negra en la cual ciertas nociones como las emociones, la personalidad, los pensamientos, la conciencia, la intuición, las ideas, el yo, los sentimientos o las intenciones no tienen sentido, cabida ni interés real. No tienen en cuenta que la vida mental del ser humano es un factor de su conducta.

La predicción de las acciones concretas de un individuo no es, por tanto, un "problema tecnológico" ya que hay aspectos que orientan la conducta que nunca podrán ser registrados. No solamente no son tangibles/físicos, sino que el propio individuo sólo es consciente de una minúscula parte de ellos, ya que desde las intuiciones (más o menos correctas) de Freud sabemos que el ser humano no es completamente consciente de lo que le mueve a tomar decisiones y a actuar de una manera concreta ("el yo no es dueño y señor en su propia casa").

Pero es que aunque la medición de todos los factores que condicionan la acción fuera posible (cosa que a todas luces hemos visto que es imposible), la predicción de la conducta y comportamiento humano seguiría siendo imposible. Y esto es debido a que el hombre actúa en base al conocimiento que tiene en el momento presente de la acción. Pero el conocimiento de las personas varía en el tiempo debido a que aprenden e incrementar su información. La implicación de este hecho es que un individuo no puede predecir su comportamiento en el futuro porque desconoce el conocimiento que tendrá en ese momento. No puede saber cómo actuará en base a un conocimiento que no existe. Desconoce en qué manera variará su conocimiento con respecto al que posee actualmente porque todavía no lo ha adquirido. La posibles causas de nuestras acciones sólo pueden ser explicadas y reconstruidas después de los eventos, de la misma forma que uno sólo puede explicar su conocimiento únicamente después de que lo posee. Así que, aunque pudiéramos conocer todos los estímulos y factores que determinan la acción de una persona en el presente, no podríamos predecir su comportamiento en el futuro porque se basará en un conocimiento/información que variará y se incrementará desde ahora hasta ese momento de una forma que actualmente desconocemos.

En realidad, estas teorías del E-R están basadas en la "psicología" animal (y la psicología infantil), siendo sus métodos procedimientos de éstas en lo capital. Sin embargo, el principio de continuidad física (evolutiva) de los animales al hombre no justifica la extrapolación de la metodología y los resultados de las investigaciones realizados con animales al ser humano. Resulta absurdo y carece de validez científica el tratar de explicar comportamientos humanos tremendamente complejos (lenguaje, moral, sociedad, creación artística) a partir de respuestas simples de animales (por ejemplo, una paloma apretando una palanquita).

Y es que los animales no elaboran teorías e ideas de cómo las cosas son o deberían ser. No interpretan la realidad ni el mundo. No se puede hablar, en definitiva, de procesos de conciencia ni de psicología animal. Es un error forzar e intentar buscar facultades intelectuales del hombre en los animales.

Utilizar la misma metodología para el estudio de animales y seres humanos sería negar esta diferencia entre ellos, y llevaría a tomar el presupuesto ontológico de que el ser humano carece también de procesos de conciencia. Bajo su apariencia de ciencia, su valor experimental no va más allá de un exitoso y ya conocido adiestramiento de animales. La verdad, como dijo Russell, es que "de estos puntos de vista sólo ha surgido sabiduría animal".

Pero sólo al 29,16%

Bien, ésta es la teoría, pero para confirmarla hay que conocer su expresión práctica y, mire usted por dónde, los europarlamentarios del PP han hecho a los votantes el espléndido favor de mostrarnos hasta qué punto es cierta esa leyenda urbana de que el Partido Popular es contrario al aborto. De los veinticuatro eurodiputados de Rajoy, tan sólo siete (un poco menos del treinta por ciento) votaron el pasado día 14 en contra de una resolución del Parlamento Europeo que considera el aborto y la eutanasia como "derechos fundamentales".

En los anuncios de colutorios y pastas de dientes, la publicidad afirma que nueve de cada diez dentistas recomienda esa marca. Nosotros podemos afirmar también que "siete de cada diez políticos del PP son partidarios del aborto" y no mentiríamos.

Vaya por delante que no voy a dar mi voto a Rosa Díez, ni en las europeas ni en otras elecciones, porque jamás he votado a la izquierda y no voy a cambiar a la vejez, lo que no es obstáculo para reconocer que, en términos morales, da exactamente lo mismo votar UPyD que PP. Por lo tanto, si los genoveses quieren convencer a sus simpatizantes de que no sólo no se marchen el día de las elecciones a la playa o al campo, como vamos a hacer muchos, sino que acudan al colegio electoral y les renueven su confianza, deberán ofrecer algún argumento de mayor peso específico, porque la trola sobre el aborto, desde el pasado 14 de enero ya no cuela. Aún si el partido hubiera sancionado a los proabortistas por votar en contra del (supuesto) ideario de la formación, podrían mantener la ficción de que el PP defiende el derecho a la vida, pero nada de eso ha ocurrido. De hecho, de producirse alguna reprimenda la recibirían los Siete Magníficos que votaron en contra del aborto como "derecho fundamental", por oponerse a una medida tan progresista. En cambio, los dos pobres diputados murcianos en las cortes españolas que votaron en contra de la admisión a trámite del muy inconstitucional estatuto castellano-manchego pergeñado por Mariloli de Cospedal y Barreda, sí tuvieron que pagar la multa y aguantar una catilinaria en el despacho de la Playmate de enero de diario El Mundo.

Desnortados hasta lo ridículo, los dirigentes de Génova insisten en que el PP no es favorable al aborto, pero el hecho es que cuando hay que votar y retratarse se produce la desbandada general. También añaden que llevarán al Tribunal Constitucional la ley de ampliación de plazos cuando el Gobierno la sancione, y con eso dan el asunto por zanjado. Joder qué héroes, ¿no?

Más ideas sobre la supuesta crisis del capitalismo

En los últimos días de diciembre asistí a un interesante coloquio en la sede del IESE de Madrid, dentro del llamado Foro Interdisciplinar Rafael Termes. Intervenían dos ponentes bien conocidos: Pedro Schwartz y José Luis Feito, moderados por el director de esta institución, Juan José Toribio, bajo el siguiente título: "¿Hay que refundar el capitalismo?"

La mayor parte de las preguntas estuvieron relacionadas con la crisis financiera, sus causas y posibles consecuencias; pero es un tema que me interesa menos, a pesar de que se abordó con especial calidad técnica, tanto por los ponentes como por su moderador (economista del Banco de España y presidente ejecutivo del FMI). Me interesaban más otras reflexiones, como la que proponía Feito sobre lo absurdo que resulta especular sobre la refundación del capitalismo, toda vez que nadie lo "fundó" en ningún momento conocido. Siguiendo un argumento hayekiano, explicaba muy bien que la organización económica que nosotros llamamos "capitalismo" es una de esas instituciones de las que se dota la sociedad humana después de un largo proceso de prueba, búsqueda y ajuste espontáneo. Sabemos que un sistema de mercados abiertos es el que mejor se adapta a la naturaleza del hombre; y conocemos desgraciadamente muy bien que las utopías planificadoras solo traen con ellas hambre, pobreza y pérdida de libertad. Lo cual no significa que nuestras economías de mercado sean perfectas, ya que sin duda es necesario corregir defectos o evitar malas prácticas.

También siguió un discurso desmitificador el profesor Schwartz, explicando que durante los dos últimos siglos ha habido muchas otras "crisis" del capitalismo, más o menos largas (existe una precisa medición econométrica sobre los tiempos de duración), de las que se ha salido también con mayor o menor agilidad. Pero, en cierta medida, hay que recordar que un componente esencial del sistema capitalista son precisamente estas crisis, que lo depuran, lo renuevan, e incluso a veces le permiten avanzar más rápido. Yo tampoco soy un experto en ciclos económicos (habría que recordar las ideas de Schumpeter; o que precisamente a Hayek le dieron un premio Nobel por sus estudios en este campo), pero si algo nos enseña la Historia es que el desarrollo humano es zigzagueante (Vico habló con enorme lucidez del corso e ricorso).

Dicho lo cual, me permito introducir algunas reflexiones personales sobre la situación económica actual. Yo creo que sí hay una crisis profunda, complicada y generalmente poco atendida: se trata de una crisis moral. Precisamente de la Moral que explicaba Adam Smith en su cátedra de Glasgow. Si algo tenían claro los filósofos y economistas de la Ilustración es que la naturaleza humana debe respetar unas leyes o principios básicos de comportamiento, y que existe una objetiva diferencia entre lo bueno y lo malo. Probablemente se equivocaron en la fundamentación de esos principios (lo cual estamos todavía pagando), pero sin duda criticarían con fuerza todos los comportamientos inmorales que estamos (tristemente) acostumbrados a ver en el mundo de las finanzas o la política. Robar, mentir, engañar no tiene nada que ver con ese "capitalismo" supuestamente "fundado" por aquellos pioneros del liberalismo.

Así pues, las recomendaciones que propongo son fáciles de comprender, pero más complicadas de llevar a la práctica. Es patente que una civilización en la que se respeten esos principios morales sin duda alcanzará unos mayores niveles de riqueza y solidaridad. Pero no como imposición de ninguna autoridad, sino como convencimiento personal de cada uno de sus miembros. Es la opción interior de cada individuo por un buen comportamiento lo que puede salvar nuestra sociedad de su decadencia moral. Aunque también es cierto que los gobiernos, los medios de comunicación o la Justicia podrían ayudar en este sentido: persiguiendo con diligencia conductas ilegales, fomentando la ejemplaridad como virtud cívica, evitando la reverencia social hacia el tramposo, o simplemente exigiendo que el ladrón devuelva lo que ha robado. Yo personalmente reniego de un sistema de mercado en el que el fraude económico resulte rentable y además bien visto: busquen ustedes en los escritos de los "fundadores del capitalismo" y encontrarán justamente lo que escribo.

Alguna consideración final más optimista, aprovechando que se inicia el año centenario del Mutatione monetae de nuestro Juan de Mariana. Pues recomiendo una vez más leer a aquellos maestros salmantinos que hablaron con gran perspicacia de una organización económica basada en los requisitos morales de la Justicia y el Derecho. Cuando Mariana criticaba las alteraciones en el contenido metálico de las monedas, o Azpilcueta explicaba por qué se producía la inflación al incrementarse la cantidad de plata proveniente de América, sentaron las bases de unos principios de organización económica que suponían previamente –y ante todo– otros principios de comportamiento moral sin los cuales (creían ellos y me temo que el tiempo les está dando la razón) los primeros no podrían subsistir. En este sentido, tal vez sí podríamos hablar de la necesidad de una "refundación" del sistema capitalista…

Dios no viaja en autobús

Richard Dawkins ha promovido una campaña que, antes de comenzar estrictamente, es ya todo un éxito. Consiste en ocupar el espacio de autobuses de medio mundo con el mensaje “Probablemente Dios no existe. Deja de preocuparte y goza de la vida”. En un principio, el autor de The God Delusion se había propuesto recaudar 5.500 libras esterlinas, y cuando iba por 135.000 se dio cuenta de que contaba con más apoyo del que creía. Los creyentes no podían cruzarse de brazos, claro está, y ya hay una campaña en marcha de signo contrario promovida por E-Cristians, pero que por el momento no se ha concretado.

Hay algo que siempre me ha llamado la atención de muchos ateos, y me sorprende más con el paso del tiempo, y es la virulencia con que inciden en algo cuya existencia, precisamente, niegan. No tiene porqué ser el caso de los partidarios de esta campaña, pero los hay que quieren acabar, apoyados en el poder de la política, con las manifestaciones religiosas de los demás, un comportamiento paradójico para quien se define como “librepensador”.

Con todo, desde diversos lugares, incluso amables con el liberalismo, se está viendo la campaña ateísta como un ataque. Las opiniones de los demás pueden provocar indignación, igual que las propias pueden encender los peores sentimientos en los demás, pero en ningún caso constituyen, verdaderamente, un ataque a las personas que no piensan del mismo modo. La suscripción del dinero es voluntaria, y si alguien quiere responder a la campaña debe hacerlo también con las fuerzas que sepa concitar voluntariamente.

Se toma esta campaña, asimismo, como un ataque contra nuestra civilización que, al fin, tiene raíces cristianas. Pero lo que se destaca es que esas raíces han creado la visión del hombre que incide en los valores de la vida, la propiedad y la libertad, el valor del individuo, su capacidad creadora y su responsabilidad. Bien está. Pero cuando aparece un ejercicio de la libertad de expresión, no podemos atacarla… en nombre precisamente de esos valores, sino en todo caso ponerlo como ejemplo de hasta dónde hemos llegado.

Todo ello es claro, en principio. Pero estamos tan acostumbrados al control político de las opiniones que nos encontramos con que el hecho de que un alcalde permita que en los autobuses exhiban este mensaje se convierte en noticia. ¿No debería ser noticia sólo que lo prohibiera? Si no queremos que los políticos controlen nuestras opiniones, no deberíamos mirarles a ellos cuando no lo hacen.