Ir al contenido principal

Etiqueta: Pensamiento liberal

En esta peli el malo es Google

Hasta hace apenas dos meses, casi todo el mundo se habría tomado a broma que un país de la talla de Islandia, con una de las rentas per cápita más elevadas del planeta y líder del ránking de desarrollo humano que elabora periódicamente la ONU, suspendiera pagos. Esto es, que precisara del apoyo crediticio de organismos internacionales como el Fondo Monetario Internacional (FMI) para poder hacer frente a sus compromisos financieros y evitar así la bancarrota, al más puro estilo argentino. Y, sin embargo, tal situación acaba de producirse.

Países de la talla de Hungría, Ucrania, Rumanía e, incluso, Rusia, están ahora en una situación similar debido a la huida masiva de capital extranjero. Tales hechos ponen de manifiesto que, tanto los medios de comunicación como los ciudadanos, no deberían aceptar con fe ciega las afirmaciones y diagnósticos que emiten los supuestos expertos (la gran mayoría de ellos pertenecientes a la escuela económica errónea como la neoclásica) y, menos aún , las previsiones de los políticos.

Tras el estallido de la crisis de las hipotecas subprime en EEUU en agosto de 2007, los falsos gurús se apresuraron a tranquilizar los mercados insistiendo en que las turbulencias apenas se prolongarían hasta finales de año o, como mucho, principios de 2008. Desde entonces, han transcurrido ya más de 14 meses y lo que en principio era un problema singular de las altas finanzas estadounidenses se ha convertido hoy en un colapso real del sistema financiero en su conjunto.

Hasta tal punto esto es así, que el próximo 15 de noviembre los principales líderes mundiales se reunirán en Washington con la intención de "refundar el capitalismo", iniciando así el camino hacia un nuevo Bretton Woods. O qué decir del papel jugado por las agencias de calificación crediticia (rating), que concedían máxima calidad (triple A) a complejos productos que después han resultado ilíquidos (invendibles) debido a su elevado riesgo.

Muy pocos son los que, hoy en día, dudan de la gravedad de la situación a la que nos enfrentamos. Tras la mayor intervención financiera que han vivido los mercados desde el crack de 1929, asistimos ahora a la "mayor crisis monetaria que haya visto el mundo", según afirmaba recientemente Neil Mellor, un analista del Banco de Nueva York Mellon. En esta misma línea, Stephen Jen, jefe de divisas en Morgan Stanley, indicaba que el crash que están sufriendo las monedas de las economías emergentes constituye un riesgo incalculable. Dicho proceso amenaza con convertirse en el "segundo epicentro de la crisis financiera mundial", afectando por igual tanto a Europa como al continente americano.

Y ello, debido a que han financiado, mediante la concesión de crédito fácil, el crecimiento irreal de unos países que ahora presentan riesgo de impago. Por ello, las principales potencias del planeta no sólo negociarán en Washington la nueva estructura financiera internacional, sino también monetaria. Y aquí es, precisamente, donde habrá que preguntarse si el dólar, como divisa de referencia internacional, mantendrá su papel hegemónico en el futuro, tal y como ha acontecido hasta el momento.

El problema es que el billete verde carece del respaldo real del oro desde que se reformó el sistema monetario internacional a principios de los años 70. Es decir, su valor dependerá exclusivamente de la confianza que le otorguen tanto bancos centrales como inversores. Es la moneda fiat por excelencia y, por lo tanto, su solidez está basada en una mera cuestión de fe.

Los recientes y continuos desplomes bursátiles, y la desconfianza que está mostrando el mercado hacia las divisas y la deuda pública de los países emergentes, han convertido a las letras del Tesoro de EEUU en el valor refugio por excelencia. La cuestión es, ¿por cuánto tiempo? A este respecto, tan sólo cabe indicar tres pistas significativas acerca de los movimientos que se están produciendo a nivel monetario.

Los bancos centrales han comenzado a reforzar sus balances incrementando sus reservas de oro. Y no sólo Rusia y China. El propio Banco Central Europeo ve con buenos ojos la restauración de un patrón oro que nunca debió abandonarse. Los principales países productores de petróleo (OPEP) estudian seriamente desde hace tiempo sustituir el dólar por otro tipos de divisas en sus transacciones diarias de crudo. Y, por último, aunque no por ello, menos importante, China (principal poseedor de deuda estadounidense) aboga por eliminar el dólar en sus relaciones comerciales y emplear otras monedas.

Pese a ello, el Gobierno de EEUU insiste en acudir al rescate de la banca, la industria, los planes de pensiones y hasta los hipotecados mediante la emisión de más y más montañas de papel moneda en forma de creciente deuda pública, destruyendo así su valor. Si los bancos centrales, principales tenedores de reservas en dólares, abandonan el billete verde, la crisis bancaria será, sin duda, el menor de los problemas a los que tendrá que enfrentarse el nuevo ocupante de la Casa Blanca.

Tal y como muestra la pirámide invertida de John Exter, la lucha por lograr liquidez se traslada de uno a otro escalafón, en un intento desesperado por mantener el valor de los activos. Y ello, tratando de cambiar activos menos líquidos por otros más líquidos. Tal y como expone el segundo boletín sobre la crisis subprime del Instituto Juan de Mariana, la base de la pirámide contiene los activos menos líquidos (bienes raíces, materias primas, valores cotizados, bonos del Estado…) y conforme se desciende la liquidez va aumentando. En la actualidad, el valor refugio es la deuda pública de EEUU (antepenúltimo escalón de la pirámide de liquidez).

Las tensiones ya se están trasladando al papel moneda (penúltimo escalón). El vértice de la pirámide, el activo más líquido que existe, es el oro, moneda por excelencia, por ser éste el único activo financiero que no es el pasivo de nadie más. Es decir, que no puede resultar impagado, ya que siempre tiene salida en el mercado. Así pues, bye, bye dólar.

¡Enhorabuena a todos!

El Instituto Juan de Mariana ha ganado el Premio Templeton otorgado por Atlas Economic Research Foundation. Este prestigioso galardón reconoce el esfuerzo realizado por los miembros del Instituto durante los poco más de tres años en que hemos tratado de llevar el ideario liberal tan lejos como nos ha sido posible.

El galardón, que otorga la Fundación Atlasgracias a la financiación de la Fundación John Templeton, premia la excelencia en la defensa de la libertad en 8 categorías distintas. La categoría por la que el instituto estaba nominado premia los "destacados logros alcanzados por un think tank joven" (como máximo de cinco años) y es la única que no reconoce un proyecto específico sino los éxitos alcanzados en sus múltiples actividades.

El jurado, formado por un elenco de personalidades independientes de diversos campos, tuvo que elegir entre las más de 180 organizaciones que se presentaron a la edición de este año. Después de un pormenorizado escrutinio de las actividades realizadas por cada instituto, los miembros del jurado eligieron al IJM porque "está logrando producir cambios positivos con su impresionante diversidad de actividades". Uno de los componentes del panel que ha decidido los ganadores de este año afirmó que "lo que esta organización (Instituto Juan de Mariana, España) ha hecho en tres años es asombroso y da la impresión de que hubiesen estado trabajando una década. […] Creo que con este historial, su proyección futura será realmente brillante. Fue fácil poner al IJM el primero de la lista."

Los logros a los que se refieren los miembros del jurado son bien conocidos para los visitantes de esta página que han participado en nuestras actividades, bien sea activamente, bien con su apoyo moral y económico. Aun así, merece la pena hacer un breve repaso para analizar qué nos ha hecho merecedores de este reconocimiento internacional y qué debemos hacer para afrontar los retos futuros con mayores garantías de éxito.

Los encargados de elegir a los premiados valoraron muy positivamente los esfuerzos del instituto por influir en el mundo académico. Ya son tres las universidades de verano organizadas por el IJM. En estas tres ediciones hemos contado con la presencia de medio centenar de distinguidos conferenciantes y hemos ido aumentando las becas para estudiantes hasta alcanzar el medio centenar de ayudas. El esfuerzo de los miembros del instituto por mejorar en cada edición ha contribuido a que la evaluación anónima que realizan los estudiantes nos sitúe entre los mejores programas de verano con reconocimiento académico. En el último año, el IJM ha llegado a acuerdos con la Universidad Francisco Marroquín para tratar de establecer un puente por el que puedan transitar estudiantes y profesores entre ese paraíso académico guatemalteco y los eventos del instituto. Además, el intento por tener presencia de calidad en el mundo académico se ha visto coronado a lo largo del último año con el Primer Congreso de Economía Austriaca y la colaboración del Instituto Juan de Mariana en el Master de Economía Austriaca dirigido por Jesús Huerta de Soto en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid.

El instituto también ha mantenido un programa de premios que por un lado apoyan las obras de jóvenes valores y por otro reconocen la labor de individuos con una trayectoria ejemplar en defensa de la libertad. En este segundo aspecto, el instituto ha entregado el Premio Juan de Mariana a Luis Reig Albiol y a Manuel Ayau Cordón, dos hombres sin los que sería imposible entender gran parte del avance del liberalismo en los países hispanoamericanos.

En su afán por difundir las obras de los defensores de las libertades individuales el Instituto organizó este año la primera Feria del Libro Liberal, un evento que reunió en el Círculo de Bellas Artes a casi una veintena de autores con ávidos lectores liberales. El éxito de la primera edición con un formato en el que autores y lectores pueden aprovechar para intercambiar opiniones y reflexionar acerca de los intereses comunes nos ha animado a ampliar el evento el próximo año.

Otro campo en el que el Instituto se ha esforzado enormemente es el de la medicina. Gracias a la cooperación con un nutrido grupo de médicos liberales pusimos en marcha los proyectos Medicina en Libertad y MedEcon con los que tratamos de proponer reformas liberalizadoras en esta importante área. Esta nueva aventura la hemos diseñado en cooperación con un grupo de médicos liberales suizos que persiguen unos objetivos afines. Después de un año trabajando en el lanzamiento de las secciones española y suiza, a la que se irán sumando grupos en otros países, el próximo 7 de noviembre Medlib realiza su primer congreso en Ginebra a través de Medlib.ch.

Por último cabe destacar la creación del Observatorio de Coyuntura Económica. El Observatorio pretende continuar la impagable tarea que en la Austria de entreguerras realizó el "Instituto Austriaco para la Investigación de la Coyuntura" (Österreiches Institut Für Kojunturforschung) de la mano de los de los miembros más prominentes de la Escuela Austriaca. El vicepresidente y fundador del Instituto fue Ludwig von Mises y el director Friedrich Hayek, quien décadas más tarde recibiría el Premio Nobel de Economía precisamente por sus investigaciones en este ámbito. Fruto de un riguroso análisis de la coyuntura económica fundamentado en la teoría monetaria y del capital propuesta por Carl Menger, este centro de estudio del ciclo económico fue uno de los pocos en advertir de los riesgos de una inminente crisis tanto bursátil como bancaria, finalmente desencadenada entre 1929 y 1931.

Para cumplir con nuestra finalidad el Observatorio publica boletines trimestrales de coyuntura, donde se estudiarán los acontecimientos económicos más importantes de ese periodo gracias al manejo de la teoría austriaca del ciclo económico, la teoría de la liquidez y el análisis de la inversión en valor. Asimismo, los investigadores del Observatorio han realizado otros seis estudios e informes destinados a examinar y divulgar temas concretos que puedan resultar de interés a quienes se interesan por la evolución del ciclo económico.

Todas estas actividades han sido acompañadas por más de medio centenar de eventos con los que cada año tratamos de acercar nuestra labor a todos los ámbitos de la sociedad española. Además, los miembros del instituto se han realizado un enorme esfuerzo por presentar una diversidad de perspectivas liberales a través de la colaboración con los medios de comunicación. La brillante labor de nuestros miembros permitió que el año pasado lográramos tener una media de más de 3 repercusiones diarias en medios como El País, El Mundo, ABC, La Razón, Expansión, La Vanguardia, Público, La Gaceta de los Negocios, El Economista, Libertad Digital, Época, Antena 3 TV, TVE2, Libertad Digital TV, Televisión Española, Intereconomía TV, Intereconomía Radio, Punto Radio, La Cope y Onda Cero.

El premio Templeton que hoy nos ha otorgado Atlas Economic Research Foundation no debe hacer que nos durmamos en los laureles ni hacernos bajar la guardia. Más bien todo lo contrario. El galardón debe darnos más ánimos para trabajar duro en estos tiempos de crisis económica y social provocada por los socialistas de todos los partidos, que gracias a su trabajo diario contra la libertad individual y la propiedad privada han convertido el mundo monetario y financiero en el reino del intervencionismo. Que el premio lleve el nombre de quien probablemente haya sido el mejor inversor global de todos los tiempos nos tiene que llenar de esperanza y confianza en nuestras posibilidades de hacer avanzar el ideario liberal. Y es que John Templeton se caracterizó por invertir a nivel mundial en jóvenes empresas con gran potencial que multiplicaban sus resultados en cortos períodos de tiempo.

Un camino de un solo sentido

Un economista, al recordar sus años en la London School of Economics, se refería a Paul Sweezy como “el más hayekiano de los hayekianos”. Hayek, como es bien conocido, es el intelectual liberal más influyente del siglo XX, mientras que Paul Sweezy es uno de los pocos economistas marxistas de cierta relevancia. Un caso más conocido, prácticamente único para un intelectual de su talla, es el de John N. Gray, que pasó del liberalismo (con elogios a John Stuart Mill, todo hay que decirlo) a convertirse en uno de sus críticos más conocidos. Curiosamente, también tiene cierta relación con Hayek, ya que le ha dedicado un libro y, en el último que ha publicado, aún a costa de exponerse al público sonrojo por quienes hayan leído al austríaco, le dedica varias páginas tan críticas como alejadas del pensamiento real de Hayek.

Gray es una excepción. Mill lo es, también. Habitualmente los pensadores liberales no abjuran de la defensa de la libertad para pasarse con armas y bagajes al socialismo. Lo contrario, sin embargo, es una experiencia común. Mario Noya y Javier Somalo acaban de publicar un libro en el que han recogido una docena de testimonios en torno a la pregunta ¿Por qué dejé de ser de izquierdas?, un tránsito que requiere siempre el abandono del socialismo. Yo salí del reconfortante terreno del socialismo muy joven. ¿Por qué el viaje es siempre en el mismo sentido? ¿Qué hace que la experiencia de dejar atrás el socialismo sea muy común pero que el camino inverso sólo lo hayan transitado unos pocos?

El socialismo nos llama desde nuestros atávicos instintos tribales, que repelen la complejidad, el cambio incesante, la diversidad propia de las sociedades libres y extensas. Más allá de los méritos que pueda tener el pensamiento socialista, en gran parte está subordinado a un llamado de nuestros genes, a un recuerdo ancestral impreso en el alma humana. El socialismo pretende eliminar todas las manifestaciones de ese mundo complejo y antiintuitivo e imponer una sociedad igualitaria, pulcra, racional, comprensible. La imagen de la nueva sociedad, la indignación por las injusticias propias de las sociedades libres queman el alma del socialista, le convencen de que cualquier paso hacia la nueva sociedad es justificable.

Por ello vemos a legiones de personas que en su vida diaria son perfectamente razonables, pero que en cuestiones políticas mienten sin ningún reparo o justifican un sistema que ha causado cien millones de víctimas de pura represión mientras se ven a sí mismos moralmente superiores a quienes se duelen de tales crímenes. Pero no todos resisten. Habitualmente alguno de tales excesos lleva al socialista a preguntarse qué habrá llevado a sus correligionarios a cometerlo. Y cuando obtiene la respuesta, aparece su propio comportamiento pasado bajo una nueva luz. Por eso los ex socialistas son menos transigentes con la moral de que el fin justifica los medios, tan propia del socialismo.

¿Por qué son contadísimas las excepciones a la norma de que los liberales nunca dejan de serlo? Quien ama la libertad, lo sabe.

Paul Krugman: un Nobel a la ortodoxia

Ayer se falló el premio Nobel de Economía 2008. Contra todo pronóstico fue Paul Krugman el agraciado. Las apuestas en Internet rondaban a Eugene Fama, Robert Barro, Jagdish Bhagwati… pero el elegido ha sido Krugman.

Son indudables sus aportaciones a la teoría del comercio internacional a partir de la teoría clásica de David Ricardo en el siglo XIX y de Hecksher y Olin más adelante; a la teoría de la localización geográfica, que ha derivado en la famosa teoría de los clusters; y a la teoría del comercio estratégico basándose en ideas de Avinash Dixit (otro de los perdedores). Y la elección "temática" sigue la línea de los Nobel ya concedidos a Bertil Ohlin y James E. Meade (1977), Robert A. Mundell (1999) o Paul A. Samuelson (1970). Tampoco es la primera vez que se premia a un economista manifiestamente de izquierdas, como Gunnar Myrdal (que compartió podium con Hayek, nada más y nada menos), John K. Galbraith o Joseph Stiglitz.

Y, sin embargo, hay cierta incomodidad en gran parte de la profesión. Por un lado, hay que apuntar que sus trabajos sobre comercio internacional pusieron de nuevo encima de la mesa la pregunta que los economistas arrastramos desde el siglo mercantilista: ¿a quién beneficia el comercio? Los mercantilistas, negociantes del siglo XVII en su mayoría, que escribían informes al soberano para asesorar acerca de la política a seguir y de paso, medrar en sus asuntos, defendían la falacia del comercio contemplado como un juego de suma cero (en un intercambio bilateral, uno gana y otro pierde). Esta idea tenía consecuencias peligrosas, en primer lugar, si de dos participantes en el intercambio uno va a perder, ya puestos, que pierda el otro y no yo. Y segundo, si el otro participante está ganando, es porque yo estoy perdiendo. Y el resultado fue la conocida guerra mercantil entre naciones.

Si bien en el siglo XIX David Hume, Adam Smith, David Ricardo y otros autores consiguieron desmontar estas ideas erróneas y demostraron que el comercio es un juego de suma positiva en el que todos ganan, quedaba la cuestión de quién gana más. Paul Krugman defendió que el libre comercio teóricamente podía dar lugar a concentración empresarial debido a los rendimientos crecientes, y además, planteó la subvención de determinadas empresas exitosas en el mercado internacional, el proteccionismo estratégico, para ganar este juego mercantil. Y aquí aparecen los primeros mohines. A pesar de esta demostración teórica, en notas a pie de página, Krugman advertía que estas conclusiones no dejaban de ser artefactos del modelo y no conclusiones de política económica, de manera que no debería interpretarse su teoría como un ataque al libre comercio. Sin embargo, no debió ser muy claro, ya que así fue como se interpretó su teoría, favoreciendo el retorno a la era mercantil.

Este doble rasero es típico de una generación de economistas teóricos que aceptan y rechazan a un tiempo el libre comercio, se apuntan al carro del capitalismo, pero sin respetar por completo la propiedad privada de los medios de producción (que es lo que define este sistema económico), y respaldan, de esta manera, la ficción llamada "socialismo de mercado", que no es otra cosa que el mercantilismo del XVII con ropas del siglo XXI.

Por supuesto, los economistas austriacos, que están presenciando una nueva ratificación de que su teoría del ciclo es válida le pese a quien le pese, no salen de su asombro. Krugman hizo una crítica a esta teoría austriaca con no mucha fortuna, como lo pone de manifiesto Juan Ramón Rallo (entre otros).

Sin embargo, entiendo que este Nobel sigue la línea de otros que simplemente premian la ortodoxia, la corriente principal que desafortunadamente triunfa en nuestros días: el neokeynesianismo. Personalmente, no creo que el Nobel sea tan representativo, excepto como pulso de la actualidad. No es significativo como muestra de talento económico o científico. Pero no seamos hipócritas, eso se aplica a todos los Nobel, tanto a Al Gore como a Friedrich Hayek, James Buchanan o Vernon Smith… La Academia apuesta por la innovación o por la corriente principal o por la vanguardia, y en este caso, ha apostado por el mainstream, que efectivamente, es lo que se lleva.

Pero hay otro mensaje en esta elección verdaderamente preocupante. Tal y como plantea Peter Boettke en su artículo publicado ayer en la revista Forbes, lo que diferencia a Stiglitz de Krugman es que mientras que el primero dejó de lado la investigación puramente académica para dedicarse a la propaganda política tras ganar el Nobel, Krugman no ha escrito prácticamente ningún artículo científico desde hace una década, y se ha implicado desde entonces en el activismo político pro-demócrata y anti-Bush en exclusiva. El peligro de esta elección es que, mientras que para algunos se trata de un galardón a toda una carrera, para otros, la Academia sueca hace un guiño a los demócratas a semanas vista de las elecciones en Estados Unidos. Y desde ese momento se pierde el carácter científico del asunto. Ya no se trata de una cuestión de tendencias teóricas, de modelos o de heterodoxias, es un tema político y de incentivos a la investigación. ¿Dónde queda el trabajo del economista investigador que se lo toma en serio? ¿Qué tipo de tesis doctorales esperamos presentar cuando el supuesto máximo galardón económico es una cuestión de moda política? Eso sí me parece muy peligroso.

Por mi parte, presiento que si no nos centramos en lo relevante, terminaremos asistiendo a la concesión del Nobel de Economía a personajes insospechados pero muy a la moda y afines con el buenismo y las recetas de todo a cien, a un gurú de gurúes.

Deepak Chopra, por ejemplo.

Crisis del liberalismo y austroliberalismo para la crisis

Con el avance de la crisis proliferan los artículos en los que se vaticina un negro periodo antiliberal tras el triunfo de la política intervencionista de la administración Bush y demás mercantilistas y socialistas que, por desgracia, abundan. Sin duda que estos torticeramente llamados rescates de bancos y entidades, que malinvirtieron el dinero inflacionario y el crédito expandido artificialmente por los gobiernos, serán letales para quienes proponen políticas económicas liberales. Malos tiempos para el liberalismo, dicen.

Pero viendo las cosas menos groseramente me atrevo a avanzar que, a pesar de no poder proponer alternativas políticas definidas al actual sistema político en el que lo liberal ha fracasado, la Escuela Austriaca puede, mejor que ninguna otra, destacarse, definirse e, incluso, incrementar su ámbito de influencia con la recesión económica. Puede porque explica mejor que nadie las raíces del problema, su teoría del ciclo es profunda y es capaz de predecir tendencialmente con más fiabilidad que los keynesianos, los friedmanitas y demás. Por tanto, ¿por qué resignarse a ser arrastrados por el descrédito del mercado?

Para empezar a salvar al liberalismo es necesario que los austroliberales no transijan con gobiernos que liberalizan sin más ciertos mínimos ámbitos de la economía. Si el Estado no abandona su monopolio de creación de dinero, si el sistema bancario no deja de ser el fraude ético que es desde hace décadas, no hay mercado libre. Por tanto, ni siquiera gobernando el PP con Aznar o con quien sea, ni si dirigiera la maquinaria estatal una reedición de Reagan o Thatcher, es aceptable entusiasmarse con sus políticas. Si hay keynesianismo o una conjunción de éste y de monetarismo seudoliberal, no hay libre mercado.

Cuando en tiempos de bonanza económica muchos liberales se lanzan a proclamar a ésta como resultado del triunfante liberalismo económico, sin más, no cabe lamentar que la depresión necesaria y subsiguiente sea achacada igualmente a la misma doctrina. No vale bendecir un sistema y, en las malas, desmarcarse de él diciendo que "no era esto". O se conjuga "ser" en presente o se calla después. Y es que, cuando hay crecimiento del PIB, vaca sagrada de los paradigmas políticos y económicos hegemónicos, los austroliberales pueden y, a mi juicio, deben, censurar abierta y prioritariamente el monopolio monetario del Estado y la expansión piramidal del crédito con aval gubernamental. En la recesión posterior la teoría saldrá reforzada y podrá desmarcarse de los liberales que no pueden contradecir la marea intervencionista con que los políticos aprovechan las crisis.

En un anterior artículo mostraba preocupación por la escasa, aún, implantación del austroliberalismo, sin el necesario desarrollo de propuestas políticas aplicables. Ser políticamente viable es necesario, imprescindible, para, además, ser aceptado. Pero no es la única premisa para el triunfo pues, si fuera así, cualquier otra solución de las que más se compran en el mercado –no libre– de lo político, sería más aceptable. El fundamento iusnaturalista es imprescindible para avanzar e impulsar un cambio hacia la libertad. Aunque es cierto que ser palpablemente viable ayuda mucho, en épocas de "bonanza" económica, cuando se gesta la crisis, ayuda mucho acompañar los diagnósticos y críticas de una defensa ética del derecho natural a la propiedad, alterado y perturbado, enormemente ya en la fase álgida.

Imperturbable en el acierto económico el austroliberalismo puede construir una teoría, también de lo político.

¿De la crisis al liberalismo?

Naomi Klein, en su libro La doctrina del Shock, sostiene que los gobiernos, auspiciados por ideólogos liberales, aprovechan los contextos de crisis para liberalizar la economía y reducir el tamaño del Estado. Las políticas liberales son impopulares y las crisis menoscaban la resistencia ciudadana a esas reformas.

Murray Rothbard considera que una situación de crisis es potencialmente ideal para un cambio de sistema social. En For a New Liberty Rothbard señala: "Para que tenga lugar un cambio social radical –un cambio a un sistema social distinto– debe haber lo que se denomina una ‘situación de crisis’. Debe haber, en resumen, una quiebra del sistema existente que llame a una búsqueda de soluciones alternativas".

Siguiendo a Klein y a Rothbard parece que la actual crisis económica debería llevarnos directos al liberalismo. Además, la Escuela Austriaca, bastión del liberalismo, está siendo reivindicada por su teoría del ciclo económico y es hoy bastante más popular que en el 29. ¿Veremos un resurgir del liberalismo después de la crisis?

El principal problema con la tesis de Klein y la propuesta de Rothbard es que la historia demuestra que el Estado se engrandece durante las crisis, se introducen medidas intervencionistas excepcionales que nunca se hubiera aprobado en períodos de normalidad y que luego son muy difíciles de suprimir.

Bryan Caplan, cuyo principal campo de estudio es la irracionalidad de los votantes, tiene una interesante hipótesis: las malas ideas producen malas políticas, las malas políticas producen un menor crecimiento económico, y un menor crecimiento económico produce malas ideas. Es un círculo vicioso que a veces solo la suerte puede romper.

La tercera proposición es la menos intuitiva. Caplan explica que, en el plano individual, un crecimiento de la renta personal (que no un nivel de renta más alto) se traduce estadísticamente en un mayor conocimiento económico. Los pobres que ven crecer su riqueza (como los inmigrantes) tienen de media más conocimientos económicos que los ricos cuyas rentas disminuyen. Este fenómeno se debe, presumiblemente, a que las personas que ven crecer su renta experimentan el proceso de creación de riqueza del mercado y aprenden de comportamientos económicos sanos.

La conexión entre empobrecimiento y malas ideas, sostiene Caplan, no es lógica sino psicológica: "No es lógico abrazar ideas contraproducentes solo porque las condiciones están empeorando, pero la gente lo hace igualmente. Quizás la mejor explicación es que la gente piensa en una metáfora militar: debemos evitar un Gobierno agresivo cuando son buenos tiempos, pero durante una crisis tenemos que enseñar a nuestros enemigos una lección en lugar de perder el tiempo cavilando contemplativamente sobre la causas de la crisis."

Pero si la gente recurre a esta metáfora es porque ya tiene unos conocimientos económicos erróneos, por tanto la metáfora no sirve para explicar el origen del error. Caplan menciona otra idea que me parece más interesante: en períodos de crisis o de condiciones económicas deterioradas, las personas son más receptivas a las proclamas emocionales y más proclives a la irracionalidad (lo cual conecta con "el romance de la gente"). Por el contrario, en períodos de calma y crecimiento económico la gente está más dispuesta a escuchar y a razonar sosegadamente sobre cómo puede mejorarse el statu quo.

Así pues, no parece haber mucha esperanza para la revolución liberal en tiempos de crisis. Los titulares se limitan a anunciar nacionalizaciones, garantías estatales de depósitos, más creación artificial de dinero… y las ideas liberales (dejar que el mercado depure los bancos y las malas inversiones hechas durante la burbuja, recortar el gasto público y liberalizar el mercado para que los factores de producción se recoloquen y la crisis se acorte) apenas se escuchan fuera de los foros liberales.

Es cierto que el liberalismo hoy está en mejor posición que durante el crack del 29 para hacerse oír, y quizás cuando pase la tormenta crece el interés por esta doctrina visto que es la única que tiene una explicación coherente de las causas de la crisis, explicación que está siendo ampliamente reivindicada. Pero hoy por hoy el estatismo sigue siendo el mejor amigo de las crisis.

En torno al icono del Che

Pongamos por caso que mañana un extraterrestre visita la Tierra. Pongamos por caso que alguien decide mostrarle una galería de los seres humanos más influyentes de la Historia. Es muy posible que, de entre los hispanos –y digo hispano y no hispanoamericano porque la culpa del desaguisado la tenemos todos–, encabezase la lista Ernesto Guevara de la Serna, esto es, el Che Guevara, un argentino cubanizado que murió joven pero cuyo retrato es el más reproducido del mundo en todo tipo de soportes.

Las razones por las que la dichosa foto de Korda reconvertida en icono se ha extendido por todo el planeta sin importar cultura, clase o condición son bien conocidas. Es irónico, pero al Che, que tanto maldijo del capitalismo, ha sido el propio capitalismo el que ha elevado su imagen a los altares. Es algo connatural al sistema. Si hay demanda, hay oferta. Tan simple que asusta. Lo que no queda del todo claro es por qué un personaje que lo único que hizo por la humanidad fue liquidar a unos cuantos de sus miembros ha conseguido llegar tan lejos.

Muchos dicen que es la propaganda comunista la que ha perpetuado la imagen del Che. No es cierto. Nadie en su sano juicio llevaría una camiseta con la efigie de Lenin o de Pol Pot por muy afectos que le sean a la extrema izquierda. Por no llevar, nadie llevaría puesta una sola prenda con Fidel Castro como motivo, y eso que aún, aunque ajado, mantiene su viejo prestigio entre los intelectuales de medio mundo.

Otros aseguran que la clave reside en el poder de la moda, que no es desdeñable, especialmente en un mundo globalizado donde todos quieren llevar puesto lo que lleva puesto el vecino, y quien dice vecino dice el del país de al lado o el del continente en las antípodas. Un ejemplo es el pañuelo palestino, que hace furor en las gélidas ciudades europeas a pesar de que fue diseñado con otra función bien distinta. Pero el factor de la moda no es suficiente. Las modas son como los pantalones de campana: vienen, se van, se recrean y vuelven a irse. No tienen, además, porque significar nada. De hecho, por lo general, nunca significan nada.

El icono del Che, sin embargo, significa algo, exactamente lo que uno quiera que signifique, y ahí radica su poder. El que para unos fue un revolucionario justiciero, para otros fue un pacifista concienciado con el medio ambiente, y para los de más allá un dechado de virtudes democráticas que reúne todo lo bueno que cabe en el alma humana. Es un símbolo total, moderno y a gusto del consumidor. ¿Quién da más? Por eso nadie lo rechaza de plano, aunque, en rigor, haya muchos motivos para hacerlo. Esa es la verdadera fortaleza de un icono ya transformado en mito. La verdad no importa porque la mitología ni sabe de verdades ni quiere saber de ellas. Es una cuestión de fe más o menos ciega, más o menos estúpida que trasciende con mucho el ámbito de lo político y, no digamos ya, de lo histórico.

Nacionalismo liberal vs. intervencionismo secesionista

Es factible que los planteamientos esgrimidos por el llamado nacionalismo liberal levanten suspicacias y resquemores entre muchos liberales. Tal situación es debida a una combinación de dos elementos: por un lado, prejuicio al aproximarse a los fundamentos y conclusiones de la teoría; y por otro, que dicha teoría no ha sido contrastada con la realidad de forma explicativa.

El nacionalismo liberal concibe las naciones como subconjuntos de la sociedad civil. Su entidad es evolutiva, cambia constantemente sin que sea posible domar dichos cambios de forma intencional. Las naciones son comunidades políticas donde no sólo se establecen lazos interpersonales en base a una lengua común, un sustrato cultural similar o identificable, e incluso una raza, sino también por el intenso intercambio comercial entre sus grupos definidos.

Las naciones mutan, se escinden y fusionan. Es imposible hablar de naciones puras determinadas por uno o varios elementos de comunión social. La realidad es otra muy distinta, la espontaneidad prima sobre las apreciaciones que individuos concretos, movidos por sus propios juicios, puedan inferir del orden social en el que se desenvuelven.

Todo esto se hace añicos en el momento en que estructuras de dominación con base territorial irrumpen en el proceso social y de mercado. Una cosa es la organización concreta que cierta comunidad, o parte de esta, adopte en la resolución de cuestiones puestas en común, politizadas y hechas públicas, como pueda ser la persecución de los ilícitos o la definición y defensa de la propiedad. Las estructuras de dominación son otra muy distinta. Lo que hoy llamamos Estado no es únicamente organización política, sino también agresión arbitraria sistemática e institucionalizada. En ese sentido enfocamos nuestra crítica y lo introducimos en la reflexión sobre el nacionalismo liberal.

Los Estados se atribuyen competencias que sobrepasan con creces el interés espontáneo de puesta en común, o discusión política, sobre problemas o conflictos concretos de la comunidad. Cuando un Estado pretende su propia pervivencia apuesta por una sociedad cohesionada en torno a lazos de los que sólo la realidad nacional es capaz. Los Estados pueden surgir sobre una base nacional definida; esto facilita las cosas, aunque padecerá de igual manera los cambios futuros. Del mismo modo, los Estados pueden imponerse sobre realidades nacionales mixtas, o diversas, adoptando un patrón concreto, ya sea en cuanto a instituciones políticas, cultura o lengua, que trata de asignar al todo como herramienta de cohesión social. Es ahí donde comienza el desastre.

España, y esa es mi impresión, como otras muchas grandes naciones (hablo en territorio y población) existía mucho antes de que se constituyera sobre ella un Estado. España surgió de forma espontánea; la extensión del castellano y su conversión en lengua española, por su uso común, no se impuso, fue libre y progresivo (preferimos no remontarnos mucho más en el tiempo, no merece la pena). España, al margen de la monarquía o del Estado moderno, existía como nación en su diversidad; refiriéndonos a épocas tan antiguas, con unas comunicaciones difíciles y una forma de vida muy distinta a la actual, inevitablemente la "pureza nacional" prácticamente se reducía a la comarca, cuando no a la aldea.

Las tendencias actuales de secesión nacionalista no se fundamentan en movimientos libertarios que apuesten por la desaparición del Estado español y la vuelta al proceso libre de formación nacional. El nacionalismo anti-español de nuestros días es profundamente intervencionista, y no hablo ya de medidas económicas concretas, sino en su aspiración por construir realidades nacionales a partir de la imposición coactiva de lengua, cultura o creencias populares. Ese rasgo desprestigia cualquier movimiento nacionalista, sea periférico, o centralista. El Estado (todo él, comunidades autónomas y ayuntamientos incluidos) no es o no debería ser quién para tratar de diseñar lo que es un ejemplo evidente del orden espontáneo y el cambio social indeliberado.

Entre dos fuegos

Rajoy quiere que la izquierda, sin dejar de odiarle sincera y abiertamente, le perdone al menos los martes y los jueves. Puede parecer complicado, pero Lassalle confía plenamente en sus dotes para llevar al lector de El País por donde quiera Mariano.

Ese es el sentido, y no otro, de su último artilugio en El País, Afinidades despectivas, que es como la serie Cuéntame: los elementos son verdaderos, pero el relato es falso. Lassalle nos viene a presentar un movimiento conservador estadounidense unitario que es esencialista, moralizante e intolerante, y que ha desembocado en el neoconservadurismo belicista de George Bush. Al parecer están en el ajo Russell Kirk y Eric Voegelin, William Buckley y Leo Strauss. Al parecer no tiene para Lassalle la más mínima importancia que Buckley intentara aunar coherentemente una moral conservadora y tolerante con el liberalismo político y económico, o que lanzara en los últimos años duras críticas a George W. Bush precisamente por su política en Irak y en el propio Estados Unidos. La realidad no tiene aquí tanta importancia. Lo que cuenta es convertir a Leo Strauss en líder de esta panda, en "principal impulsor de la Revolución Conservadora", y valladar contra el liberalismo "relativista" que nos propone y que achaca a Karl R. Popper e Isaiah Berlin.

Pero la llamada Revolución Conservadora, que tiene su primer gran exponente en la fracasada candidatura de Barry Goldwater, debe mucho menos a Leo Strauss que a otros autores que, o bien están tratados de forma torticera, como Buckley, o bien no aparecen en su relato porque su sola presencia lo invalidaría, como Friedrich Hayek, Ayn Rand, Milton Friedman, Frank Meyer o Ludwig von Mises. Los neoconservadores, que pese a su nombre proceden de la izquierda, no se alían con la derecha hasta los 80, cuando la Revolución Conservadora está ya en marcha. Y, dicho sea de paso, deben a Strauss mucho menos de lo que sugiere Lassalle. Todo esto lo ignora el secretario de Estudios del PP no por desconocimiento sino por estrategia, por oportunismo político.

Le han dado cumplida respuesta José María Marco y el GEES mas, al menos en este think tank, con alguna expresión que puede entenderse como de un conservadurismo antiliberal. Nada de ello es necesario. La opción "libertaria" que menciona por oposición José María Marco está muy lejos del liberalismo insustancial de José María Lassalle y que se mueve entre el relativismo y el oportunismo. Y, por otro lado, es compatible con la defensa privada de una moral conservadora, sin caer en la tentación de querer imponerla por medio del Estado. La libertad no me parece una mala idea, y es más que suficiente para oponerse con coherencia y fuerza moral a las pretensiones totalitarias de Zapatero y a su nula política económica. Pero quizá sea un valor demasiado grande para una oposición garbancera.

El “minelarismo” ya está aquí

El objetivo más ambicioso es conocer cómo se creó el universo, porque a los científicos no acaba de convencerles el relato de aquel pastor evangelista que incluso llegó a descubrir la fecha en que Yavhé creó el mundo, el cuatro de octubre del cuatro mil doce antes de Cristo (obviamente), aunque no determinara exactamente si fue por la mañana o por la tarde. Quizás tras los experimentos de alta energía llevados a cabo en el LHC los científicos puedan extrapolar los datos y confirmar si fue precisamente en esa fecha o un poco antes, digamos unos doce mil millones de años atrás.

Las primeras pruebas llevadas a cabo están siendo un rotundo éxito, algo que ha puesto de los nervios a los hippychorras del milenarismo New Age, que hasta han denunciado en los tribunales a las instituciones implicadas bajo la acusación de estar poniendo en peligro La Tierra. El verdadero peligro para la vida en la tierra, por el contrario, son precisamente los ecologistas ultraortodoxos y protestones de la Iglesia de la Calentología, cuyas recetas para evitar "la fin del mundo" son el camino más directo para volver a la caverna, dejando a varios miles de millones de seres humanos en el camino.

La recreación a pequeña escala del Big-Bang que está llevando a cabo el CERN en ese laboratorio subterráneo tiene, en efecto, revolucionados a los milenaristas actuales, gente ociosa que afirma que el mundo se va acabar en el solsticio de invierno del 2012, que una raza de reptiles extraterrestres está a punto de volver a la Tierra para dotarnos de una nueva conciencia cósmica, que Bush planeó y ejecutó los atentados de las Torres Gemelas y varios cientos de chorradas similares con que las publicaciones esotéricas y New Age alimentan la psicosis de sus lectores. ¡Si los hay que hasta creen que Rajoy puede ganar unas elecciones! Con eso está dicho todo.