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Etiqueta: Pensamiento liberal

Biopolítica y liberalismo

Tenía razón Peter Singer cuando afirmaba que ser ciego a la realidad de la naturaleza humana es arriesgarse al desastre. Por ese motivo proponía a sus correligionarios izquierdistas la renovación de las premisas, de los medios y de los fines que, constreñidos a esa realidad, pudiera asumir una renaciente izquierda, una izquierda darwinista que, en cualquier caso, debería ser fiel a sus valores tradicionales de defensa de los débiles, pobres y oprimidos.

Hay que recordar que el propio Stalin se encargó de que los darwinistas soviéticos acabaran sus días en el Gulag y que científicos izquierdistas como Gould, Lewontin, Rose y otros no tuvieron empacho en escarnecer a colegas suyos como E.O. Wilson, por el pecado de defender la existencia de una naturaleza humana desde postulados evolucionistas. Así, reivindicando tal condición, Singer liberaría a la izquierda de la carcunda marxista, advirtiendo a los iluminados de que no es posible pasar por encima del ser humano para transformar la sociedad. En lo sucesivo, la izquierda darwinista, según Singer, debería abstenerse de, por supuesto, negar la existencia de dicha naturaleza y de suponerla infinitamente maleable; lo que, en consecuencia, supone abandonar la idea de que todos los conflictos terminarán mediante la revolución o una mejor (y progresista) educación o de que todas las desigualdades son producto de la discriminación y de la opresión.

Pero, entonces, ¿qué queda de la izquierda? La cooperación. La solidaridad. La esperanza de que en el largo plazo nuestra razón "pueda llevarnos más allá de las limitaciones darwinianas convencionales sobre el grado de altruismo que una sociedad puede fomentar". En el tablero de las ideologías la izquierda de Singer se enroca; su darwinismo es oportunista, espera el momento para recuperar fines más ambiciosos. Volver a lo de siempre, tal vez al horror profiláctico de un Mundo Feliz o al que imaginara Houellebecq en Las partículas elementales, un mundo confiado al Gobierno y a la ciencia. Singer:

Por primera vez desde que la vida emergió de la sopa primitiva, hay seres que comprenden cómo han llegado a ser lo que son. Para aquellos que temen sumar el poder del Gobierno y el del estamento científico, esto puede parecer más un peligro que una fuente de libertad. En un futuro distante que apenas podemos vislumbrar, esto puede ser el prerrequisito para una nueva clase de libertad.

Como nos recuerda Larry Arnhart, antes que Singer, un anarquista, Bakunin, advirtió de que la marxista dictadura del proletariado se convertiría en un gobierno despótico, afirmando que quien lo dudara (Marx, por supuesto) desconocía la naturaleza humana.

Precisamente Arnhart ha publicado un extenso artículo en el que desarrolla un marco teórico para una ciencia biopolítica, esto es, una ciencia para el estudio de animales políticos. Como resume Eduardo Robredo en La Revolución Naturalista:

Arnhart propone una metodología pluralista; la historia política evolucionista debe envolver la historia natural [de las especies], la historia cultural [del grupo] y la historia individual [de quienes conforman dicho grupo]. Éste esquema serviría para intentar explicar la historia de la Proclamación de la Emancipación, incluyendo en este caso la historia de la cooperación natural de la especie humana, la historia cultural de la esclavitud en Norteamérica, y la historia individual de Lincoln.

"Si queremos comprender la naturaleza humana de la política", nos dice Arnhart, "debemos entender la unidad de los universales políticos, la diversidad de las culturas políticas y la individualidad de los juicios políticos", tres niveles de estudio que es posible identificar en el comportamiento (político) del ser humano.

Creo que el trabajo de Arnhart ofrece una buena oportunidad para elaborar una defensa del Estado mínimo, una forma de organización social más cercana al anarcocapitalismo que al moderno Estado del Bienestar. Es necesario que, al igual que hizo Singer con la izquierda, se exponga la forma en que el liberalismo del siglo XXI es, de hecho, "compatible" con la naturaleza humana. El socialismo, la izquierda, no es ni será un estrategia evolutiva estable. El liberalismo puede serlo.

El predecible fiasco de la predecibilidad

No nos gusta lo impredecible. Al ser humano medio le gusta saber lo que le va a pasar a lo largo del día, por eso somos tan dados a crear rutinas, que por otra parte nos permiten centrarnos en otros asuntos, quizá más importantes. Al ser humano medio le gusta oír que todo va a ir bien, que la economía se va a recuperar, que los buenos tiempos van a volver, que ese problema que nos agobia, terminará solucionándose. Nos gusta organizar nuestro futuro sobre la certeza y por eso pedimos predicciones, compramos predicciones y lo hacemos a muy buen precio, dado el sueldo de algunos consultores. Tanto nos gustan las predicciones que las del tiempo meteorológico se han convertido en programas televisivos con entidad propia, sus presentadores son verdaderas estrellas y hasta se han generado canales temáticos exclusivos.

Pero como somos humanos y no nos gusta dudar de nuestras propias certezas, no comprobamos cuántas de esas predicciones que hemos escuchado, o que hemos adquirido, se han terminado por cumplir, a tiempo y con un error asumible. Cuántas veces los políticos que hemos elegido han decido cambiar tal o cual variable económica que hasta hace poco juraban y perjuraban que se iba a mantener. El ministro Pedro Solbes ha modificado más de una vez su pronóstico de crecimiento económico para España con la desvergüenza del que se sabe seguro en su cargo. Cuántas veces se ha asegurado que una ley va a terminar con un mal que asola España, para meses después callar cuando, por ejemplo, el número de mujeres muertas a manos de sus parejas, dicen que sentimentales, sigue en niveles parecidos, sino superiores, a los que había antes de la promulgación de la Ley.

No aprendemos, les seguimos votando y no les pedimos responsabilidades por sus errores. Los políticos lo saben. Siguen vendiendo certezas en sus campañas electorales y la gente las compra, les guste o no, cuando paga impuestos. Si me votas a mí, todo será maravilloso, no así si votas a ese mendrugo, que además le huele el aliento y sufre almorranas en silencio, porque no es lo suficientemente valiente para admitirlo.

Un plan es un fracaso seguro si lo que se busca es que éste se complete en todos sus puntos. Por eso no funciona el socialismo, por eso no funcionará nunca un sistema que antepone la utopía y una artificial manera de conseguirla como objetivo. Pero que nadie se llame a engaño, los grandes planes fracasan por lo general en cualquier plano, público o privado. Cuántas empresas entraron en el nuevo año sin saber que a finales ya no iban a existir. Cuántas hicieron planes, calcularon sus objetivos financieros con datos que se salieron de todas sus previsiones, previsiones que habían pagado a prestigiosas consultoras. Algunas empresas sobreviven porque son flexibles, porque son capaces de adaptarse a las circunstancias haciendo sacrificios o aprovechando oportunidades, porque son conscientes de que se arriesgan, que pese a todo pueden hundirse, pero también alcanzar la gloria. Por eso no funciona el socialismo, el intervencionismo, porque sólo es rigidez, cuando realmente lo que buscamos es lo contrario.

La gente busca certeza, pero debería percatarse que nada en este mundo es cierto y que en un momento dado, todo puede cambiar, tus ahorros perderse en una mala racha o multiplicarse en una brillante operación. No sabemos qué va a pasar, no tenemos suficiente información, entre otras cosas porque ni si quiera se ha creado todavía eso que a lo mejor, cambiará nuestras vidas. Por eso no funciona el socialismo, porque lo predecible es mentira, un fiasco.

Zapatero, Centinela de Occidente

Aurora ha vuelto a dar señas sobradas de esa cualidad en sus artículos, y especialmente en el último, que de otro modo jamás se habría llamado Elogio de la inmoralidad

No es una puesta al día de Mandeville, aquél inspirador de Adam Smith, sino un sano ejercicio contra cierto moralismo pegajoso y, en ocasiones, hasta poco edificante. La periodista ha señalado el caso de la reacción de la prensa de la racista Albión contra la selección española por el gesto de simpatía hacia China con una foto en que se rasgaban los ojos. "La gente se ofende por todo", se queja, y con razón.

La raíz de ese mal viene de esa concepción colectivista, y por tanto falsa, de respeto. El individuo no es ya nadie por sí. Sólo se le considera como miembro de tal o cual grupo. Y la política se ha transformado desde el individualismo que conquistó los Derechos del Hombre al colectivismo que ve en el grupo fuente de derechos y sujeto de todo tipo de agravios y vejaciones, reales o imaginarios, pero siempre prestos a pasar por la caja del Estado. Si bien, ¿no habrá tenido que ver algo la izquierda en esta podredumbre de los derechos? En cualquier caso, pertenecer a grupos agraviados es un gran negocio en política y por ello no hay manifestación espontánea de expresión, incluso las más preñadas de simpatía, que no se vean como un agravio culposo. Como una inmoralidad. En estas, condiciones, ¡viva la inmoralidad!

Sigue Aurora en su elogio hasta esculpir la siguiente frase: "Seguramente la culpa de todo la tenga Zapatero, que está viciando la moral de los españoles". "Será, a diferencia de la elegía al doctor Negrín, un brutal ejercicio de ironía", pensará el lector. Y acierta.

Acierta porque, de hecho, no se puede considerar de otro modo. Si algún título reservará la Historia para Zapatero es el de Centinela de Occidente. Perro Cervero de la moral, Zapatero no da resquicio a quien ose comportarse de forma inmoral. Como esto de las buenas y malas costumbres no se puede dejar al libre albedrío de la sociedad, que para algo debe de haberse inventado el Gobierno, qué entre dentro y fuera de la moral que lo decida el elegido. El elegido democráticamente, es decir.

Y aquí están, los neoinquisidores, en una cruzada contra la inmoralidad que no tiene parangón en la historia reciente de España. La ha emprendido contra el tabaco. También contra las hamburguesas, en lo que no es sino el primer paso de una persecución en toda regla contra las grandes tallas. Las pequeñas tienen también su pedigrí de perseguidas, que este es un Gobierno que abomina de los extremos, como todo el mundo sabe. Para Sanidad el vino es una "bebida alcohólica peligrosa". Quién
sabe, incluso los píos rezos que dedica Rajoy a la familia, si se producen extramuros su vivienda, podrían convertirse en inmorales, a ojos del Gobierno.

Eso que ganamos. Si Zapatero cuida de nuestra moralidad, una tarea menos de qué preocuparnos. Pero quizá, sólo quizá, y dicho sea con el permiso de la autoridad, y aunque lo que vaya a decir sea una blasfemia contra la religión progresista, es posible que lo que haga cada uno con su cuerpo y su conciencia no sea asunto del Gobierno.

Laicismo totalitario

Es un descanso que gran parte del espacio informativo esté ocupado por los Juegos Olímpicos, aunque el hecho de que estén organizados por una brutal dictadura no permite relajarse del todo a quienes tienen algo de conciencia. Las terrazas invaden las aceras y los españoles las playas. El sol nos invita a salir de casa y el calor a refrescarnos con una caña bajo el chorro del aire acondicionado.

El primer día de este chino agosto, cuando hasta el Gobierno estaba pensando en las vacaciones más que en otra cosa, se reunieron Zapatero y Antonio María Rouco Varela en la que es la entrevista más importante de la II legislatura zapateril. En ella, Zapatero le dejó bien claro al presidente de la Conferencia Episcopal que el gran proyecto del Gobierno era la implantación de Educación para la Ciudadanía, que había sido aprobado por la mayoría del Parlamento y que no iban a tolerar una oposición a la ley por parte de la Iglesia. Esos son los términos del Gobierno para la guerra política más importante al menos hasta 2012. No quiere prisioneros en su lucha contra la Iglesia y no parará hasta anularla política y socialmente. Es cuestión de tiempo que prohíba, como acaba de hacer el Gobierno mejicano, el culto público.

La razón por la que se hablaba de separar Estado e Iglesia es porque la Iglesia no puede pretender valerse del Estado para imponer sus criterios morales y su visión de las cosas. El ámbito de la Iglesia es la sociedad civil. Pero, por un lado, dentro de la sociedad tiene todos los derechos que los demás, incluyendo, claro está, el de manifestar públicamente sus creencias y su fe. Y, por otro, igual que no se le debe permitir que se valga del Estado para imponerse, lo mismo ocurre con cualquier otra forma de pensar o ver la vida. Y sin embargo lo que pretende el Gobierno es, precisamente, crear nuevos hombres progresistas moldeando las tiernas mentes de los estudiantes. ¿No se imponen desde el Estado campañas con ideas que no todos compartimos? El Gobierno entiende el laicismo no como el respeto escrupuloso hacia todas las formas de pensamiento sino como la erradicación de la Iglesia de la sociedad civil y la sustitución de su mensaje, BOE en mano, por el evangelio progresista.

Detrás de este laicismo hay una pretensión totalizadora; totalitaria, en realidad. Pretende el Gobierno ordenar qué se puede permitir y qué no dentro del desarrollo de la sociedad civil. Y cree que el respaldo democrático le da licencia para moldear a la sociedad a su antojo. Zapatero se lo ha dejado claro a Rouco: no se echará atrás ni permitirá ninguna oposición a su política, una vez aprobada en el Parlamento. Es el secuestro de la libertad por la democracia.

La libertad como principio humano racional

"Libertad" es un término manoseado hasta la saciedad. Lo mismo justifica las acciones de un tirano que las pretensiones de un mafioso, los resentimientos de un bohemio o los afanes de quien aspira a una libertad igual para todos. Pero que libertad signifique tantas cosas, si es que algunas de ellas son, realmente, significaciones, no excluye la necesidad de ser racional al acercarse a su estudio. Si hay que buscar referentes de la libertad, en el último de los sentidos señalados, es en la larga lista de pensadores y actores que se alzaron contra el absolutismo en la Europa de los Austrias, en la Francia de los fisiócratas o en la tradición de pensamiento social que surge entorno a la Escuela Austriaca de economía: Carl Menger, Böhm-Bawerk, Mises, Hayek, Rothbard, Hoppe, etc.

La búsqueda de la libertad puede llevar a errores graves, sin duda, como el de no poder prever todos los engaños que los enemigos de la libertad inventan para hacer pasar por ella lo que no son más que emanaciones de su pereza mental o, peor aún, justificaciones farragosas de la servidumbre. Pero esos errores de previsión no causan refutación alguna de la libertad, sino mejoras en su perfil, más bruñido, limpio y prometedor después de identificar la burla.

Muchos de esos errores son los que uno de los grandes entre los grandes de la libertad, Ludwig von Mises, abordó en su fructífera vida. Para empezar, como los de la larga tradición intelectual en que se inserta, define la libertad en los términos más humanos, básicos y críticamente racionales que pueda concebir: la libertad es propiedad. Propiedad privada de uno mismo, de lo que produce y de lo que adquiere legítimamente. Cuando el liberalismo de Mises habla de legitimidad de la propiedad se refiere a toda aquella propiedad que ha sido adquirida con consentimiento de las dos partes. Este es el régimen natural de propiedad, aquél que todos llevamos con nosotros.

Sólo los ideólogos que miran los bienes ajenos con "visión de estado", "altura de miras" y "espíritu de sacrificio" son capaces de concebir sistemas políticos y coartadas ideológicas para que el robo a gran escala, a fecha fija y con alevosía sea para bien. Sólo quienes desde su personal código moral, concebido como los de los demás seres humanos que ostentan uno propio para su mayor gloria que no la ajena, aspiran a llenar de normas, modelos de comportamiento a los demás, sostienen la impostura del tirano. Frente a eso, los liberales decimos sólo: ¡déjennos en paz y dejen en paz a la gente!

Mises cifraba la libertad en la propiedad privada individual porque sin ella la libertad no sólo no es posible, sino que deviene en abuso. Frente al liberalismo así concebido sólo cabe, políticamente, el colectivismo, la llamada propiedad colectiva, la cual, no pudiendo gestionarse colectivamente acaba siendo apropiada por una élite. No obstante, muchos son los que conciben la libertad como el pequeño ámbito de los sentimientos, los vuelos del alma, casi inexpresables de tan íntimos, y repudian las expresiones objetivas, sociales y, por tanto, humanas de la libertad.

Entre ellos están los bohemios, los románticos que abjuran de la razón y exaltan el sentimiento, es decir, aquél ámbito en el que ellos y sólo ellos pueden ser competentes para juzgar porque la subjetividad de la íntima emoción siempre será incomparable. Estos personajes han producido obras de arte sublimes cuya validez les ha sido dada por el aprecio que han despertado, el cual se ha traducido, como no podía ser de otro modo, por la compra de sus obras con un dinero que, si bien desprecian en la oda, aprecian en la cantina.

Mises, hombre culto e inteligente donde los hubiera, mantuvo su sentimiento apasionado por la libertad con el cultivo honesto de la racionalidad. Sabía que ese era el único camino para llegar al meollo. Y, no dejándose llevar por la fantasía imposible de aplicar el método de las ciencias físico-naturales al estudio de la sociedad, se mantuvo en la tradición austriaca que arraiga en la España del siglo XVI y concibió al hombre actuante como eje de su pensamiento. No el colectivo, la tribu, las masas, la nación, el estado, no, sino el ser humano individual que siente, piensa y actúa y, al actuar, se muestra a los demás. Lo que los actos no expongan las palabras nunca dicen.

Antes de Mises, con él y después de él la Escuela Austriaca, hilo conductor de un enfoque humano de la vida social y compatible con muchas otras aportaciones filosóficas, pervivirá en la mente de muchos hombres y mujeres inteligentes y sensibles.

¡Libertad!

De Prada, seguidor de Lenin

Para quien tiene un martillo en la mano todo le parecen clavos, de modo que quien guarda un pequeño Torquemada en su corazón verá del primero al último de sus días ocasiones perfectas para darle un aldabonazo a la libertad, a la espera de que alguno de ellos sea el último y definitivo. La penúltima es la condena a Federico por sus críticas a José Antonio Zarzalejos, a quien dedica una elocuente carta.

Hasta quienes aborrecen abierta y sinceramente la libertad, como es el caso de De Prada, necesitan una idea para llevarla (otra vez) a la hoguera. Ya puestos, ¿por qué conformarse con una autoridad en la materia inferior a Lenin? Con él se encontró nuestro Fernando de los Ríos en su viaje a la Rusia soviética para preguntarle cuándo se iba a establecer allí la libertad. "Libertad, ¿para qué?", fue la respuesta del ideólogo de nuestro escritor. Pues esa es la clave. La libertad está bien, sí, pero en función de quién la tenga y para qué la utilice. De Prada: "La libertad, en sí misma, no es más que un movimiento; hace falta determinar la dirección de ese movimiento para establecer si tal libertad merece ser protegida jurídicamente."

Está todo clarísimo. Sólo que a uno le asaltan las dudas. ¿Quién establece si la dirección con que uno hace uso de la libertad es correcta o no? ¿Torquemaditas ilustres como Juan Manuel de Prada, o nos valen los que ya tenemos instalados en el Gobierno? Y ¿cuáles son los límites para cercenar la libertad? Puestos a repartir permisos de lo que se puede y no se puede permitir (siempre en nombre de la "verdadera libertad" de la que habla De Prada), tampoco hay razones para ser generoso si, como el escritor, se tiene la Verdad y la Moral siempre de su lado.

Es más, si no cabe más libertad que la que se permita para ciertos comportamientos pero no para otros es que, en verdad, no hay libertad. La libertad protege lo bello y lo feo, lo moral y lo inmoral, y tiene que ser así, porque por un lado nos permite aprender con la experiencia y por otro no cae en el error de imponer soluciones únicas… y siempre negativas.

De Prada se siente cómodo en su papel de censor frustrado. Por lo que se refiere a los demás, a quienes estamos a la espera de que el moralista nos conceda su cédula, sólo nos queda repetirnos sus palabras: "La verdadera libertad es un estado de obediencia". Amén.

Ponga un libro de autoayuda en su crisis

En los tiempos que corren el que más y el que menos (y en especial, la que más y la que menos) ha echado una ojeada a un libro de autoayuda. Louise Hay, Joan Brady, Spencer Johnson son autores que escriben para lectores poco exigentes y se ganan la vida haciéndolo. Son asideros de mentirijillas y de obviedades para aquellas mentes débiles necesitadas de consuelo que no soportan o no están preparadas para afrontar la solución real a sus problemas.

La razón del éxito de estos libros es que mientras que la respuesta real a un problema o a una crisis normalmente implica renuncia y dolor, estos libros sirven de bálsamo instantáneo. Te incitan a pensar lo mejor de ti mismo aunque no sea real, a rechazar todo sentimiento de culpa, de dolor, de conflicto. Y para ello, nada mejor que desplegar el más ingenuo de los optimismos aderezado, a ser posible, con dosis moderadas de exotismo, universalidad y mensajes buenistas. Cómo canalizar la rabia, cómo sanar su mente, cómo entender a los hombres (o a las mujeres), cómo ser una madre (padre) de adolescente, cómo no perder la magia, cómo encajar la menopausia, cómo no dejarse avasallar por el jefe, cómo vivir en armonía con las fuerzas telúricas, cómo hacer los sueños realidad…

Y a partir de ahí tiene usted soluciones de todo tipo: piedras mágicas, pirámides milagrosas, técnicas de meditación, filosofía barata, psicología más barata aún… y alguna cuestiones de sentido común que cualquier abuela sabia te diría. Estos libros no son una novedad de nuestro turbulento siglo, Cómo ganar amigos e influir en las personas de Dale Carnegie es de principios del siglo XX. La primera regla de Carnegie para hacer amigos es "No condene, ni critique, ni se queje" y otra reza: "Recuerde que para toda persona, su nombre es el sonido más dulce e importante en cualquier idioma." Obvio ¿no? Este señor diseñó un curso de ventas de gran éxito en todo el mundo. Increíble que tanta gente cayera fulminada ante este tipo de consejos. En eso consiste la autoayuda.

Nuestros más destacados políticos, y la sociedad en general, están guiados por este tipo de principios y los aplican a cualquier conflicto. ¿Qué hacer ante la crisis económica? Primero negarla, eso siempre dará tiempo para ver qué hacen los demás y decidir quiénes son nuestros afines e imitar sus conductas. En segundo lugar, quítele importancia, los pensamientos negativos no son buenos para nadie, le impiden que fluya la energía positiva, que es la que cristaliza en soluciones. En tercer lugar, no pronuncie palabras tabú, use un lenguaje que confiera cierta confianza por espuria que sea a quienes le escuchan. En lugar de soluciones adopte medidas paliativas. Esta es la técnica peculiar de nuestros líderes de diseño, que se resume en el famoso lema "Podemos".

Pero aplicar paliativos sintomáticos no cura la enfermedad y no soluciona la crisis económica. Solamente constituyen un bálsamo inmediato y temporal para perpetuar la sensación de que no pasa nada. Y aquí entra en juego otro de los males de nuestra sociedad, del que ya hablaba C. S. Lewis. Vivimos en una sociedad enloquecida por el cambio, por la novedad permanente, se aborrece "lo de siempre". Se pierde la perspectiva de la dualidad entre necesidad de cambio y permanencia que, según Lewis, se llama ritmo. Decir en alto que la solución es la de siempre es la mejor manera de ganarse muchas críticas y algún insulto. Se aprovecha para sacar lo peor del pasado y atribuirle a uno su defensa.

Para muchos, la solución a una crisis como la actual es no hacer nada, o casi nada, y aprender de las causas que la provocaron para que no vuelva a suceder. Si los tipos de interés estaban artificialmente bajos y las señales del mercado a los inversores se distorsionaron por motivos políticos, no lo hagamos más. Sin embargo, es mucho más popular lamentarse de estar en la zona euro porque ya no podemos devaluar. Incluso si eso significa detraer capacidad de compra del ciudadano. Lo que se suele llamar atraco a mano armada.

Cuando vienen vacas flacas las empresas recortan gastos y reducen plantilla. La solución de autoayuda es impedirlo, o prometer a los futuros parados (al módico precio de un voto) un sueldo por no trabajar, un pisito de protección oficial, una semanita en Marina D’Or a costa del contribuyente solidario a la fuerza… Lo que no es popular es asegurarse de que los posibles parados puedan encontrar más fácilmente otro trabajo, porque eso implica abaratar el despido, es decir, abaratar el coste de contratar un trabajador para el empresario. La realidad es que no se flexibiliza el mercado laboral "oficial" pero se da pie a que aparezca un mercado negro de trabajadores.

Si se han tomado decisiones irresponsables, lo de siempre es apretar los dientes y asumir la responsabilidad de la elección. Solamente así quienes tienen que confiar en un gestor sabrán cuál es el bueno y cuál no. Pero es más fácil de vender que la responsabilidad de los gestores y de los inversores es de índole "social", nos afecta a todos y todos pagamos. Al menos en los casos que convenga.

El resultado, además de la emergencia de una clase de gurús profesionales de la economía, la empresa y la política, es una sociedad sin sentido de la responsabilidad, no ya propia, sino también de la ajena. No somos capaces de echar al que ha roto el jarrón, o al político que nos tima con su manual de autoayuda. A lo más que llegamos, de vez en cuando, es a hacérselo pagar a un chivo explicatorio (como decían Les Luthiers) que nos ciegue frente a nuestra propia desidia.

Cuestiones liberales

La del Estado, desde el punto de vista de su limitación, es una vieja cuestión. Bien lo sabemos los que nos decimos liberales no de talante. Lo cierto es que en los términos más actuales la cuestión teórica se remonta a los años sesenta y setenta, donde autores provenientes de corrientes austroliberales o de tendencias neoclásicas han resucitado el tema elevados por la crisis del modelo estatista keynesiano expandido antes y, sobre todo, después de la Segunda Guerra Mundial. Victorias "suecas" como la de Hayek, Friedman, Becker o Coase han sido hitos en el camino. La extensión del libertarismo y de la crítica del Estado de la mano de Nozick, Rothbard o Lemieux, también han sido influyentes.

Pero lo determinante en una corriente es lo que hacen los políticos con sus recetas. ¿Qué ha ocurrido en los años ochenta del pasado siglo? Esencialmente, que se han aplicado algunas de estas medidas de reducción del Estado en la anglosfera. De la mano de Reagan y de Thatcher, los estados respectivos han dado un giro de unos grados en sentido reductor. Han aplicado, para ello, recetas esencialmente monetaristas, cuyo fundamento es relativamente consistente, y desregulaciones asentadas esencialmente en privatizaciones de empresas públicas, más generalizadas en Europa que en Norteamérica. El resultado fue, sin duda, una liberalización de ciertos mercados, especialmente de los financieros. En los años noventa les llegó el turno a los estados iberoamericanos y a las ex repúblicas soviéticas. Para ellos la receta fue, simplemente, privatizaciones, sin más, y ajustes de las finanzas nacionales a las exigencias del FMI. Por unos y por otros esas dos décadas han pasado por ser las más liberales de la Historia y sus resultados, decepcionantes a todas luces, les han sido asignados al liberalismo.

La ola liberal estuvo mucho más en la boca de los periodistas, de los mediadores de opinión y de ciertos estamentos políticos más que en las realidades. El ex colaborador de Ronald Reagan David Stockman lo explicó muy bien desde el pesimismo liberal en su El triunfo de la política. Sólo tuvieron lugar unos pocos grados de giro hacia la derecha, pero fueron acompañados de una enorme cobertura publicitaria, como si de una gran revolución liberalizadora se hubiera tratado. Grandes alharacas en torno a las privatizaciones ha hecho pasar por liberalizador lo que no fue más que una modalidad de gestión estatista de la economía. No es de extrañar, pues, que tras el fracaso de las promesas de algunas de las privatizaciones y desregulaciones, las culpas hayan recaído sobre los teóricos. Una liberalización cosmética y superficial, que no consigue reducir los precios porque no consigue en realidad incrementar la competencia y dar vía libre a la función empresarial, arrastra en su fracaso a la teoría liberal.

El liberalismo se encuentra, por tanto, en una encrucijada. Por una parte, teórica y, por otra, política. El dilema teórico es que, siendo muy variados los teóricos liberales y sus propuestas económicas, todos son incluidos en la misma casilla. Además, habiéndose aplicado más las recetas de los liberales friedmanitas, monetaristas y neoclásicos, las críticas a sus "inadecuaciones a la realidad" han recaído sobre todos por igual. El mismo Friedman, en un alarde de rigor empirista, reconoció que las recetas de privatización dirigidas por él en la Europa del Este habían sido erróneas. Que es mucho más importante para organizar sociedades libres establecer sólidos regímenes jurídicos de protección a la propiedad. Si no, la privatización es una depredación de rentas estatales con la formación resultante de mafias.

El positivismo friedmanita es de cortas miras. Parece que se niega a admitir que existe una tradición teórica liberal más antigua y sabia que la suya que le hubiera hecho concluir lo mismo y mejor antes de la caída del muro de Berlín.

La encrucijada política deriva de aquella. Si la tradición teórica que puede ser comparada por los políticos, la monetarista, pierde valor, el liberalismo ya no vende. La agenda política norteamericana de los últimos años es clara en esto y no porque a los norteamericanos les preocupe la seguridad, que es muy plausible, sino porque han sacrificado amplias cotas de libertad económica no sólo a ella, sino a las subvenciones, la "solidaridad", la compasión y a todas aquellas propuestas que prometen lo que nunca podrán cumplir.

Frente a este fracaso neoliberal se alza, impasible en el plano teórico, la tradición austriaca. Inexpugnable en sus análisis, infalible en sus pattern predictions es, no obstante, incapaz de entusiasmar a ningún político ni a ningún medio de comunicación de importancia. De nada sirve, no obstante, lamentarse. La tradición austriaca sigue siendo académicamente minoritaria por más que su solidez sea insuperable en el plano económico. Para la opinión pública general, además, o no existe o es considerada como una variante menor del mismo inconvincente liberalismo. Y no vende porque le falta ofrecer un producto político que venda, algo que sea asumible desde quien busca acceder al poder político o desde quien desea reformarlo en un sentido determinado.

No arraiga en la opinión porque sólo prende en las minorías que nos apasionamos con la libertad y, colateralmente, con la expansión sin límites de la productividad y la felicidad humana. Pero no aporta nada a la organización de la sociedad política, salvo generalidades derivadas de la idea de fraccionamiento simple y como sea, del poder territorial, formal, institucional y total. Pienso que ha llegado el momento de que haya una teoría austriaca, o complementaria a ésta, del Estado. Mientras ésta no exista, seremos minoritarios, muy minoritarios, desoladoramente minoritarios… e incapaces de generar una sociedad de minorías orgullosas, es decir, de individuos.

El poder político contra la Iglesia

El gran error que cometemos los cristianos es tener la ingenua creencia de que la Iglesia puede colaborar y cooperar con los poderes del Estado en la tarea de dar solución a los problemas sociales.

Ya señaló Hegel que el Estado era Dios sobre la Tierra. El filósofo alemán profesaba una platonizante admiración por el Estado, era un colectivista radical y poseía un estilo verdaderamente infumable, pero en su afirmación no podía estar más en lo cierto. Hoy más que nunca, la figura del Estado, cualquiera que sea el partido que gobierne, está deificada. Todo lo puede y todo lo debe solucionar. Esto es fomentado y aprovechado por el poder político, que sólo existe por y para sí mismo.

Si algo caracteriza al estado democrático actual es la hipertrofia legislativa y la mentalidad constructivista en las ciencias jurídicas. La ley se ha convertido en un medio para conseguir fines políticos. Así, la justicia consiste en la arbitraria estimación sobre la base de la impresión más o menos emotiva que produce el resultado final y concreto del proceso social al Gobierno de turno. De esta forma, el estado democrático se ha convertido en una institución moral. Se adueña de la moral y la legisla, es decir, elige los fines que deben perseguir los individuos y se los impone.

En su camino encuentra un gran obstáculo: aquellas organizaciones que ponen a disposición del individuo una visión del mundo, unas creencias, una forma de pensar, un modelo de vida y una moral. Entre ellas se encuentra la Iglesia y el cristianismo.

Y es entonces cuando se evidencia que los poderes políticos del Estado tienden a aplastar cualquier alternativa moral, ya sea amenazando a la Iglesia con cortar la financiación de los colegios concertados por su oposición a la asignatura de Educación para la Ciudadanía o incluso diciendo que la Iglesia "no respeta o ignora principios esenciales de la democracia" por oponerse públicamente a una determinada medida política.

De todas formas, haríamos mal en pensar que sólo los socialistas sienten un profundo desprecio hacia la Iglesia. Sería un tremendo error. González Pons, vicesecretario de Comunicación del Partido Popular, no dudó en recurrir al chantaje cuando hace una semana aconsejó a la Iglesia y a los obispos que no fuesen demasiado críticos con su partido porque "la Iglesia va a necesitar el apoyo del PP esta legislatura". Es bueno que este señor, que ya vemos que es cristiano cuando le conviene, nos haya revelado la verdadera naturaleza de los políticos: simples matones de barrio, no seres angelicales cuyo único fin en la vida es preocuparse de nuestro bienestar, nuestra autorrealización y nuestra felicidad.

Precisamente por este motivo la Iglesia debe abandonar la falsa ilusión de poder "colaborar" con el Estado, cualquiera que sea el partido que gobierne. La Iglesia debe privatizarse, es decir, rechazar y devolver el dinero que obtiene del Estado por poco que sea. No puede actuar como si de un grupo de presión se tratase (véase la SGAE o el cine español). Éstos intentan obtener, mediante favores oficiales, ganancias que nunca lograrían en un mercado competitivo. A cambio, deben prestar al poder político su apoyo incondicional. Estos grupos organizados necesitan de este tráfico de favores para sobrevivir.

La Iglesia no puede actuar con esta lógica porque su naturaleza es radicalmente distinta a la de estos grupos privilegiados. La clave está en lo que le pide el Estado a cambio de su limosna, que es básicamente que no proteste ante las imposiciones morales y el adoctrinamiento ideológico. Vamos, que le pide que renuncie a lo que es. Le pide su destrucción. Los grupos parasitarios viven gracias al Estado mientras que la Iglesia sobrevive a pesar del Estado, aunque parezca lo contrario.

La Iglesia debe autofinanciarse por completo. Ante esto surge la pregunta de si se lograría la suficiente financiación privada para mantener todas las actividades de la Iglesia. Pero esa pregunta es engañosa y no podemos contestarla hasta que la Iglesia se convierta en una institución totalmente independiente del poder, porque las relaciones actuales de los cristianos con nuestra Iglesia se encuentran distorsionadas.

Y es que los cristianos no conocemos las necesidades reales de nuestra Iglesia y, por lo tanto, no sabemos en qué medida debemos contribuir, hasta dónde debe llegar nuestro compromiso y nuestro esfuerzo. Tendemos a creer que lo que se obtiene del Estado es suficiente. Desconocemos si su estructura está sobredimensionada o no para el número de fieles actuales, pero lo que sí es cierto es que muchos cristianos despertarían y se preocuparían mucho más de mantener a la Iglesia que tanto les da y que tan importante es para ellos. Aparecerían iniciativas curiosas como Buigle, que quiere convertirse en página de inicio y motor de búsqueda de todos aquellos que sienten aprecio por las ideas y la labor cristiana y que dona íntegramente el dinero que genera  a la Iglesia Católica. Otra manera de defender lo que nos importa es apoyando las iniciativas de organizaciones como Hazte Oír, que ha ayudado a que empresas como Heineken, Ocaso, el Corte Inglés o Fujitsu hayan retirado la publicidad de programas que ofenden claramente a la Iglesia.

Además, la Iglesia debe rechazar los fondos que recibe del Estado porque hay que respetar el que haya gente que no se identifique con los valores cristianos y no quiera que su dinero se destine a proyectos cristianos.

En cualquier caso, la idea de este artículo es que los cristianos debemos de darnos cuenta de que el actual estado democrático del "bienestar" supone un continuo y progresivo avance en cuanto a la intervención y control de todos los aspectos de nuestra vida y, por tanto, también conlleva la destrucción de la Iglesia porque le pide que abandone sus creencias, le usurpa muchas de las funciones que tendría en una sociedad libre y pervierte las relaciones con sus fieles.

Acción intencional, memes y ciencia

La psicología evolucionista explica la estructura y funcionalidad de la mente humana como una sociedad de agentes especializados que constituyeron adaptaciones útiles para la resolución de problemas relacionados con el éxito en la supervivencia de los ancestros humanos en su entorno vital. Rasgos esenciales de la mente humana son la capacidad de acción intencional, la producción y transmisión de cultura y la coordinación social mediante el lenguaje.

Un agente intencional diseña mentalmente un plan de actuación basado en sus deseos y su conocimiento de la realidad; el plan es una estructura de acciones intermedias a partir de un estado inicial cuya ejecución conduce a un estado final deseado; la acción intencional persigue los objetivos subjetiva y relativamente más valiosos, utiliza medios escasos y puede fallar; los medios utilizados son bienes naturales, bienes de capital (herramientas previamente producidas) y la propia capacidad de trabajo del ser humano. La capacidad de acción humana se incrementa si dispone de más y mejores herramientas y conocimiento acerca de la realidad (tanto generalidades teóricas como concreciones empíricas).

El ser humano es capaz de imitar conductas ajenas y de este modo puede aprovechar las innovaciones exitosas de otros sin tener que aprender todo por sí mismo. La producción y copia de patrones de información genera los memes (las ideas estudiadas como reproductores) y la cultura. El lenguaje es un sistema memético que sirve como vehículo de expresión de ideas y herramienta de coordinación social. Algunos memes objetivos se utilizan para representar la realidad y expresar conocimiento; la ciencia es un sistema de obtención y comprobación metódica de información sobre la realidad; la tecnología aprovecha el conocimiento científico y lo incorpora en herramientas utilizables para la acción humana.

El conocimiento otorga poder. El ser humano es instintivamente curioso, desea aprender nuevas cosas, descubrir, inventar. La investigación como exploración de lo desconocido es una acción intencional peculiar, ya que el estado final objetivo es imposible de concretar con precisión: se trata de saber más pero no se conoce a priori exactamente el contenido concreto de lo que se va a aprender, es un proceso parcialmente aleatorio de prueba y error (selección de resultados de ensayos cuyos resultados no son perfectamente previsibles). Muchos descubrimientos científicos importantes son consecuencias imprevistas o no intencionadas de diversos programas de investigación, y en ocasiones resultan más de la observación atenta que de la acción planificada.

Los memes alcanzan éxito reproductivo en función de múltiples factores entre los cuales es especialmente importante la utilidad: que la idea tenga aplicación práctica para su portador. El meme es más exitoso si su portador lo comunica y lo comparte con otros; pero en ocasiones el ser humano prefiere mantener secreto su conocimiento para obtener una ventaja competitiva respecto a otras personas, o hacerlo público pero exigiendo derechos especiales sobre su uso (propiedad intelectual, derechos de copia, patentes). Las ideas nuevas no siempre son bienvenidas aunque sean correctas y útiles, ya que pueden amenazar la supervivencia de ideas establecidas atrincheradas como prejuicios en las mentes de sus portadores.

El conocimiento incrementa la capacidad de acción humana, pero esto no implica que sea sistemáticamente beneficioso, ya que la acción puede consistir en destruir o dañar a otras personas o sus posesiones. La valoración de cualquier realidad es subjetiva y relativa: algunas personas pueden preferir la ignorancia (propia y ajena) en ciertos ámbitos; que algo sea valorado positivamente no implica que deba actuarse para obtenerlo, ya que quizás el coste sea excesivo y no merezca la pena.