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Etiqueta: Pensamiento liberal

A lo que nos enfrentamos

¿Creyó usted que el derribo del muro de Berlín reduciría la batalla intelectual a dirimir las diferencias entre las distintas tendencias del liberalismo? Si en su día así lo pensó, parece claro que lo sucedido desde entonces le habrá hecho cambiar de opinión.

Pudiera haber sucedido de otra manera, pero mientras el socialismo fracasaba estrepitosamente durante el siglo pasado, se fueron larvando varias teorías que, tomadas por separado, parecían refutadas y apostilladas como vulgar charlatanería esotérica. Amalgamarlas y adoptar nuevas formas con las que superar la refutación del socialismo ha sido la misión de los postmodernos. Eso se desprende, al menos, del fascinante estudio filosófico de Stephen R.C Hicks, titulado Explaining Postmodernism.

La obra repasa las ideas que han confluido en ese movimiento autodenominado postmodernismo –más político que filosófico, según veremos– a través, principalmente, del análisis de los textos de pensadores de distintas épocas, desde Rousseau a Foucault, pasando por Kant, Hegel, Nietzsche, Heidegger y tantos otros. Hicks enuncia su tesis al comienzo de la obra: las quiebras en la epistemología hicieron posible el postmodernismo y el fracaso del socialismo hizo al postmodernismo necesario.

A grandes rasgos, modernismo y postmodernismo se diferencian desde una doble perspectiva, metafísica y epistemológica. El primero parte de una concepción realista y naturalista y supone que puede conseguirse el conocimiento objetivo con la ayuda de la experiencia y la razón, mientras que el segundo parte de lo inaprensible de la realidad y mantiene que todo conocimiento es subjetivo.

Podría parecer que una escuela de pensamiento con unos fundamentos tan romos no alcanzaría crédito alguno y, por lo tanto, aventurar que su presencia en el mercado de las ideas de las ciencias sociales y las letras sería marginal, como sin duda ocurre en las ciencias naturales. Antes al contrario, esta enésima rebelión contra la razón se ha convertido en una fuerza emergente desde finales del siglo pasado, tal como demuestra el increíble éxito de su derivada, la "corrección política". Superado el tiempo de incubación en las universidades, su influencia se deja notar en el resto de la enseñanza, los medios de comunicación dominantes, los juristas y… la política. No por casualidad, los Foucault, Derrida, Lyotard, Rorty, Fish, Lentricchia y las MacKinnon y Dworkin querían llegar a este último campo.

Durante los años cincuenta del siglo pasado, el malestar que iba produciendo en ámbitos intelectuales la acumulación de pruebas contra el socialismo, y el paralelo triunfo del capitalismo, provocó continuas escisiones dentro del marxismo dominante. De esta manera, se pasó de considerar el bienestar material como un bien a vituperarlo como nocivo, cuando no destructor de la naturaleza. De la demanda de "liberación" de la necesidad se viró hacia la lucha por la igualdad material de los individuos, segmentados por sexo, raza o identidad étnica. De las abstractas invocaciones a la universalidad de los intereses del proletariado, se giró hacia un enfoque multiculturalista, que adaptara la difusión del socialismo a la mentalidad de unas masas que se consideraba incapaces de captar ese mensaje. Frente a la prosperidad y la relativa libertad traídas al Occidente de la posguerra, Marcuse lanzó conceptos tan chocantes –fruto de conjugar marxismo y psicoanálisis – como la "tolerancia represiva" del capitalismo hacia la naturaleza humana. El advenimiento del socialismo no derivaría del historicismo marxista. Antes bien, la acción de una vanguardia revolucionaria de intelectuales que no aceptara convertirse en el "hombre unidimensional" y estimulara los elementos irracionales, prohibidos y fuera del sistema, sería la encargada de destruir el capitalismo. El terrorismo encontró por esta vía una nueva legitimación intelectual.

A continuación, Hicks se plantea por qué la extrema izquierda asumió una estrategia epistemológica escéptica y relativista. En este sentido, Frank Lentricchia nos ofrece una respuesta: "El postmodernismo no busca los fundamentos y las condiciones de la verdad sino el ejercicio del poder con el propósito del cambio social."

Los maestros del movimiento consideran el lenguaje como la cuestión central de su epistemología. Es una herramienta que no guarda relación con la realidad. Más aun, la retórica es persuasión en defecto de conocimiento. Algunos postmodernos, como Rorty, han destacado el papel del lenguaje de la empatía, la sensibilidad y la tolerancia; lo que en España se ha traducido como "buenismo" y pensamiento "Alicia". Otros, como contrapunto, lo consideran un arma. De ahí que la retórica postmoderna acuda constantemente al ataque ad hominem, al intento de silenciar a las voces discrepantes y al argumento del "hombre de paja" para desviar la atención en los debates públicos.

Otro rasgo de este neosocialismo es que, en cuanto que reacción contra la razón y la lógica que desbarataron la ensoñación socialista, guarda semejanzas con el ofuscamiento de Kierkegaard para defender la fe religiosa. Para comprender la estrategia postmoderna, empero, debe subrayarse que justifica su doble vara de medir para inclinar la balanza a favor de los históricamente oprimidos.

Llegados a ese punto, nos encontramos con la deliberada utilización de discursos contradictorios como estrategia política. Si bien claman por el subjetivismo y el relativismo, cuando los postmodernos llegan al poder, el absolutismo dogmático se instaura. Nos hallamos, pues, ante un maquiavelismo pegado a la lucha por el poder, que utiliza el relativismo para desconcertar a sus adversarios y forzar mientras tanto su agenda política. Asegura Foucault: "Los discursos son elementos tácticos u obstáculos que operan en el campo de las relaciones de poder: puede haber discursos diferentes e incluso contradictorios dentro de la misma estrategia." De esta manera resulta que el postmodernismo no tiene nada de relativista, aunque lo finja. Es una estrategia a largo plazo que se puede observar claramente en la "deconstrucción" –palabra clave– de los logros de la civilización occidental, que se pone en práctica en la educación formalizada. Éstos se habrían conseguido como resultado de la explotación sexista, racista o de otro tipo. De este modo, se comenzará socavando la creencia en la superioridad de las ideas que hicieron posible esas obras. Una vez que se ha vaciado de creencias al alumno mediante argumentos relativistas, resultará más fácil llenar el vacío con los principios correctos de la izquierda.

El nihilismo y el resentimiento hacia la civilización occidental son las notas finales que Hicks percibe en la estrategia postmodernista. Una cita de Focault nos ayuda a situarnos: "El hombre es una invención reciente que será borrada pronto, como una cara dibujada al borde de la playa." Esta sugerente frase no desmerece aquella otra exhortación de Marcuse de usar la filosofía para la aniquilación absoluta del mundo del sentido común.

En definitiva, un libro muy interesante para conocer en profundidad los fundamentos del neosocialismo actual, al que todo liberal se enfrenta. Ayuda a entender la procedencia de la inspiración de una gran parte de la casta política e intelligentsia españolas actuales, aunque muchos de ellos ni siquiera la conozcan. Es una lástima que, aunque fuera reseñado parcialmente por Gorka Echevarría hace tiempo, no se haya traducido al español.

La libertad nos hace más “libres”

No hay virtualmente ningún movimiento ideológico que no reclame para sí el concepto de libertad. Los comunistas dicen defender la libertad, lo mismo que los social-demócratas o los liberales. Cada grupo, claro, entiende por "libertad" cosas distintas, pero las diferentes acepciones tienen cierto sustrato común, que es lo que permite a cada uno apelar a las intuiciones éticas de los demás, buscando la sistematización de un principio o la coherencia con una idea básica o un prejuicio que el interlocutor ya tiene interiorizado.

Así, los liberales apelamos, por ejemplo, al celo de la gente por proteger sus posesiones y quedarse con el fruto de su trabajo para defender el concepto de la propiedad privada y el libre intercambio, o animamos a nuestro interlocutor a que extrapole al ámbito público sus opiniones sobre el robo y la coacción privada, o explicamos por qué el sistema capitalista es el único que puede generar la prosperidad social que ellos también ansían.

La libertad tenía en sus inicios un sentido negativo, definía una esfera de no interferencias. La gente era libre cuando podía perseguir sus fines sin interferencias violentas. El progresivo énfasis en la consecución de esos fines corrompió el significado primigenio en favor de una libertad positiva, que define un conjunto de capacidades o posibilidades de acción. La gente es libre cuando puede alcanzar determinados fines, y deja de serlo cuando no es capaz de alcanzarlos, aunque no haya coacción de por medio. La ausencia de coacción ya no equivale a libertad, la libertad es ausencia de coacción y algo más: tener los medios necesarios, materiales o de otra índole, para alcanzar determinados fines.

La libertad positiva, aunque pretenda incorporar la libertad negativa y se presente como una evolución natural de la misma, está lógicamente en contradicción con ésta. Si a una persona deben garantizársele, aparte de una esfera de no interferencias, unos medios, otras personas estarán obligadas a proveérselos, en perjuicio de su propia libertad negativa. La libertad negativa exige a todos lo mismo: abstenerse de utilizar la violencia contra el prójimo. La libertad positiva concede a un grupo derechos sobre el prójimo.

Si quiere defenderse la libertad positiva (el aumento de los medios disponibles para alcanzar fines) sin conculcar la libertad negativa, entonces no es necesario emplear aquel término. Hay otros más indicados para definir un "aumento de los medios para alcanzar nuestros fines", como puede ser el de "riqueza" o "prosperidad". Equiparar riqueza con libertad lleva a conclusiones sin calado ético (como que somos más libres si ganamos la lotería o menos libres si un huracán arrasa nuestra casa), y resta claridad conceptual, pues "libertad" pasa a significar lo contrario de lo que significaba antes. Si los intervencionistas quieren redistribuir e imponer sus preferencias que al menos lo llamen por su nombre.

Esta reflexión no sugiere que a los liberales, proponentes en general de la libertad negativa, no nos preocupa "el aumento de los medios disponibles para alcanzar fines". De hecho una de las principales razones para defender la libertad negativa es que ésta genera las condiciones necesarias para que aquellos medios puedan producirse. Los liberales aborrecemos la libertad positiva en la medida en que se utiliza con afán redistribucionista, violentando la libertad negativa, no en la medida en que se utiliza como sinónimo de mera creación de riqueza.

Will Wilkinson nos pone una trampa a los más ortodoxos. Dice Wilkinson que los liberales equiparamos una reducción de impuestos con un aumento de libertad. Pero un impuesto más bajo no es menos coercitivo que un impuesto más alto. O eres coaccionado o no lo eres. El daño puede ser menor, nuestras oportunidades o posibilidades de actuación habrán aumentado. Entonces, ¿por qué hablamos de un "aumento de nuestra" libertad (negativa) cuando en realidad queremos decir un "aumento de nuestras oportunidades" o de nuestra libertad positiva?

Pero sí existen grados de coerción. Desde luego Wilkinson no dirá que ser violado o secuestrado durante 20 años es igual de coercitivo que recibir una bofetada o sufrir un secuestro de unas horas. Tampoco es igual de coercitivo pagar un 95% de impuestos que pagar un 10%, pues en el primero la coacción abarca casi todas nuestras acciones (trabajamos un 95% del tiempo para el Estado), mientras que en el segundo abarca relativamente pocas. Wilkinson quiere hacernos creer que o bien hablamos de coacción/libertad negativa, o bien hablamos de nivel de oportunidades/libertad positiva. Pero lo cierto es que podemos hablar perfectamente de oportunidades y libertad negativa cuando las oportunidades nos son vedadas por la fuerza. Unos impuestos más bajos suponen un aumento de la libertad negativa con respecto al uso que podemos hacer de nuestro dinero.

¿Qué es un neocon?

La doppiezza intelectual y el sfumato moral son características típicas de políticos profesionales y activistas más interesados en la recolección de votos que en la clarificación de ideas. Por desgracia, estos vicios resultan altamente contagiosos.

El pasado de mes de enero, Albert Esplugas comentaba en un artículo lo que él denominaba los siete pecados liberales. Entre ellos, el anti-izquierdismo instintivo que nubla la razón y nos lleva a defender cualquier cosa que la izquierda critique. Y el contrarianismo, que nos hace tan políticamente incorrectos que a veces nos pasamos de frenada.

Este tipo de corrupción se verifica en aquellos que jalean como liberal todo y a todos los que manifiestan su repugnancia hacia el actual presidente del Gobierno de España o que simplemente se autodefinen como "no socialistas". Como si el afán intervencionista sólo anidara en una parte del espectro político. Conviene no confundir política y politiquería, ambición e impostura. Otra de las falacias de los libero-oportunistas consiste en afirmar que un neocon es simplemente alguien que está a favor de la invasión de Irak.

Existen varias hipótesis sobre el llamado "neoconservadurismo". La más convincente es la que sitúa esta corriente política en la reflexión que en los años sesenta iniciaron Daniel Bell, Irving Kristol y otros acerca de los efectos nocivos de la nueva sociedad de consumo, las vanguardistas artísticas y la cultura pop sobre la familia, la religión y las virtudes cívicas. Les recomiendo The Cultural Contradictions of Capitalism, una de las obras fundacionales del movimiento. Esta idea subyace el tímido conservadurismo social de Reagan y Thatcher y fue popularizada por revistas como The New Criterion, Commentary y The National Review. La colonización neoconservadora ha dado lugar a un equívoco a mi juicio dañino para el liberalismo: el nuevo liberal-conservadurismo que a menudo no tiene de liberal más que el nombre. Intervencionismo económico, prohibicionismo y comunitarismo se hacen pasar por liberalismo en nombre de la oposición a una izquierda cuyos objetivos de control y experimentación social suelen diferir bien poco de la agenda neoconservadora. Así, el conservadurismo compasivo de George W. Bush y sus aliados se saldó con una explosión de gasto público y un déficit del 5% promovidos por el presidente y por un Congreso dominado por los republicanos durante seis de sus ocho años de presidencia.

Antes de esto, la alianza de los neocon con la Christian Coalition, afianzada cuando el astuto reverendo Pat Robertson decidió adoptar una retórica pro-capitalista (sin embargo, sus pupilos Ralph Reed y Grover Norquist, de la organización pantalla American for Tax Reform podrían acabar muy mal) se había cobrado varias víctimas en las filas republicanas. Docenas de candidatos moderadamente libertarios y periodistas e intelectuales que habían desempeñado una importante labor en publicaciones neoconservadoras fueron derrotados en elecciones primarias, despedidos u obligados a abandonar cuando alguien decidió que su negativa a comprometerse con la "agenda cristiana positiva", sus estilos de vida, amistades o gustos artísticos ("alguien que ha escrito un libro así sobre Picasso no puede seguir trabajando aquí") no concordaban con los objetivos de la cruzada.

En la actualidad, este movimiento sufre un gran desprestigio en los EE.UU y ha sido arrinconado en Gran Bretaña. Asimismo, el súbito auge y la estrepitosa caída de los partidos confesionales y la sangrante división del centro-derecha en algunos estados de Europa por la influencia de movimientos político-religiosos norteamericanos demuestra que el modelo es difícilmente exportable al Viejo Continente.

La política española sufre de un curioso jet-lag ideológico que a menudo se traduce en la importación y defensa sin matices de fórmulas fracasadas en todo o en parte. Confiemos en que el proyecto neocon, o al menos su innecesario corolario teoconservador, no sea una de ellas.

El liberalismo como tolerancia

Lo dice Gregorio Marañón en el prólogo a sus Ensayos liberales: “ser liberal es (…) primero, estar dispuesto a entenderse con el que piensa de otro modo”. Es una actitud hacia los demás, es un talante, una forma de actuar. Ser liberal es, en definitiva, ser tolerante. Esta idea se repite en otros pensadores liberales españoles de comienzos del XX, como Ortega y Gasset o Madariaga. Esta idea ha quedado impresa en muchos españoles que se llaman y son liberales y en otros que no lo son. Es una idea que me produce mucho fastidio, he de decir, y pienso en responderla cuando me la encuentro, que no es en pocas ocasiones. La última es una entrevista a Irene Lozano en que la periodista dice: “Un verdadero liberal es alguien dispuesto a reconocer la razón a los demás.”

Si el liberal es ante todo quien muestra tolerancia hacia las ideas ajenas, ¿qué queda de las propias? Si el liberalismo es un puente entre dos puntos, dónde se encuentren éstos no es lo importante. Y, por tanto, cuáles sean tus ideas no es relevante para que te puedas considerar un liberal, porque ello depende de que observes con tolerancia las de los demás. Ante el liberalismo como tolerancia, la ideología liberal se diluye.

A la tolerancia le ocurre como a la verdad, que son ambas vecinas de la libertad y en ocasiones se las confunde. La coacción supone una primera intolerancia, pero esta actitud personal puede darse incluso con una cerrada defensa de la libertad ajena. Uno puede ser intolerante con las ideas o comportamientos del vecino, negarse a escuchar sus argumentos, lanzar anatemas contra sus gustos o preferencias y defender, no obstante, su libertad de tenerlos. Por otro lado, la libertad permite beneficiarnos a cada uno de nosotros del conocimiento que está disperso entre toda la sociedad pero que es inaccesible, por su volumen y por sus características, para cada uno de nosotros. Y esa misma ignorancia también juega un papel en la tolerancia pues, como dice Hayek, “el clásico argumento a favor de la tolerancia formulado por John Milton y John Locke y expuesto de nuevo por John Stuart Mill y Walter Bagehot se basa, desde luego, en el reconocimiento de nuestra ignorancia”.

Es clásico del liberal reconocer la falibilidad en el conocimiento y el juicio individuales. Si los demás están en un error en sus opiniones, nosotros podemos también equivocarnos. Y si siempre existe la posibilidad de que estemos en un error y el otro puede ayudarnos a enmendarlo, si la del conocimiento es una “búsqueda sin término”, tenemos que ser tolerantes con el argumento opuesto o estar dispuestos, al menos a escucharlo. Ese comportamiento supone reconocer los derechos del otro y, en consecuencia, es una actitud típicamente liberal.

Pero no deja de resultar significativo que quien más insiste en el liberalismo como talante traiciona con más asiduidad la defensa de la libertad.

Muso on my mind

Cuando el pasado viernes un amigo suyo recordó esta anécdota, le tembló la barbilla. Se levantó por la mañana. Miró por la ventana, se volvió hacia su amigo y le preguntó: "¿No es éste un buen día para morir?" El día anterior habían recibido una amenaza de muerte del gobierno marxista leninista que regía Guatemala, su tierra.

Manuel Ayau, por suerte, salió de aquella, y de muchas más. Inexplicablemente, además de fundar y dirigir la Bolsa de Guatemala (lejos de la garra estatal), creó en los años setenta una universidad liberal y privada: la Francisco Marroquín, un punto de referencia en el mundo de la enseñanza liberal hispanohablante de nuestros días. No dijo el profesor Ayau que entre 1954 y 1982 se sucedieron una serie de gobiernos militares liberticidas en Guatemala que se cobraron unas 80.000 vidas, y que bajo el Gobierno de Ríos Montt, en un solo año, el de 1982, 15.000 guatemaltecos fueron asesinados, unos 70.000 huyeron del país y unos 500.000 ciudadanos se tiraron al monte, huyendo de la represión. Así que tenía motivos para formularse esa pregunta retórica (al fin y al cabo, cualquier día es bueno para morir) ante una amenaza de un Gobierno como el que regía su país.

A pesar de los malos momentos, de las persecuciones y del desánimo, siempre creyó en sus principios liberales. Liberales sin apellidos. Simplemente la defensa de la libertad de cada cual. Muso, como le llaman sus amigos, explicaba con una sencillez aplastante que la solución a la pobreza es la defensa de la vida, de la propiedad privada y de los contratos. Y que para asegurar una buena enseñanza a nuestros niños lo que hay que hacer es defender la vida, la propiedad privada y los contratos. Y para sacar a un país de las garras del marxismo leninismo sin pasar por una dictadura lo que hay que hacer es… efectivamente, defender la vida, la propiedad privada y los contratos. Cuando un hombre con su valor, con su experiencia y su sabiduría lo repite tantas veces, a lo mejor es que hay que hacerle caso.

Lo decía, además, en el homenaje que el Instituto Juan de Mariana le ofreció el pasado viernes en la II Cena de la Libertad. Ese fue el mensaje que nos dejó. Ese, y su nuevo proyecto, la reforma constitucional como instrumento para avanzar hacia una sociedad más libre. Hablaba de él con la ilusión de un principiante, que sabe que tal vez no salga adelante pero, como decimos por aquí, "que nos quiten lo bailao", que algo aprenderá la gente, alguna lección quedará en la mente de alguien.

De todos los amigos guatemaltecos a los que he conocido la pasada semana con ocasión de este merecido homenaje a Manuel Ayau, me quedo con la sonrisa amable, las ganas, la disponibilidad, la predisposición a recibir ideas, mentes, formas de trabajar…. Y la libertad sin apellidos que desprenden todos ellos. Sin apellidos tiránicos que atan a una definición sesgada. Libertad a secas, sin pegatina electoralista, sin número de votos detrás, sin oportunismo ni consigna de partido… simple libertad de pensamiento, expresión, reunión y acción.

Mi reflexión a posteriori es, precisamente, qué nos impide a nosotros, españoles, tan europeos, modernos y demócratas, entender ese concepto de libertad individual, que no admite sectas, ni etiquetas, ni pureza de sangre. Y creo que, probablemente, es la falta de humildad. En algún momento de la conversación con Giancarlo Ibargüen, actual rector de la Universidad Francisco Marroquín, o con el propio Manuel Ayau, pensaba qué pasaría si tratara de explicarles la cantidad de sectas, grupos, grupúsculos, secciones, ramales, caminos de cabras y demás variantes del liberalismo patrio. Imposible. Me sentía completamente incapaz, y la tarea en sí, profundamente ridícula. Como lo es el empeño en ser el auténtico liberal, el más liberal, el liberal de pata negra… ¿defiende usted la vida, la propiedad y los contratos, no como entelequia distante que se aprende en los libros, sino como forma de vida? Entonces podemos hablar.

"Muso no es un milagro. Es la prueba de que la libertad individual funciona." Así lo expresó Carlos Rodríguez Braun en su breve pero intensa y emocionada presentación del Premio Juan de Mariana 2008. La ovación larga y cerrada, con los 170 que compartíamos el Salón Real del Casino de Madrid en pie, sirve como una mínima muestra del respeto y la admiración que merece este hombre. Un ejemplo para cualquier liberal de bien.

El laicismo de Estado de Público

Los diez mandamientos de Público, cuya formulación –dicho sea de paso– es todo un reconocimiento a las raíces cristianas de nuestra cultura, me parece en sí un desafío ideológico bastante más serio que cualquiera que haya hecho Escolar hasta la fecha, que cuando ha intentado cosas similares –véase si no el ridículo que hizo con su propuesta de nacionalización del dinero electrónico, como por otra parte hace siempre que intenta acercarse al mundo de la economía– ha fracasado miserablemente.

Por un lado, explica perfectamente la verdadera razón de por qué Público no tiene editoriales; por mucho que los periodistas progres se pongan estupendos con aquello de separar opinión de información, este texto es un editorial del diario colocado como si fuera un reportaje. Resulta mucho más cómodo; publicar editoriales diarios obliga a disponer de una serie de periodistas o colaboradores dispuestos a escribirlos con suficiente capacidad intelectual y literaria para abordar semejante tarea, algo de lo que evidente carecen. Por otro lado, el texto es un digno ejemplo de propaganda política; carece por completo de profundidad y no da razón alguna de sus tesis, sino que se limita a exponerlas como si fueran verdades evidentes por sí mismas. Sin embargo, están muy lejos de serlo en cuanto se examinan siquiera por encima, como suele suceder; la propaganda no espera imponerse por medio de la razón, sino a base de una repetición machacona.

El primero de los errores es el marco conceptual en el que se mueve. Si suponemos que Público acepta la Constitución y las vías de modificarla, debe respetar que España no es un Estado laico sino aconfesional, y que debe cooperar con las confesiones religiosas, y especialmente con la Iglesia católica. También que en España no hay consenso para modificar la Constitución, y menos en este punto. Pero como son estas discusiones las que mueven los consensos, como nos recuerda el caso del aborto en los 80, y dado que Zapatero y su caballería mediática están plenamente dispuestos a repetir la jugada, conviene analizar este texto breve y superficial como una suerte de confesión de intenciones del progresismo gobernante.

Así, desde el comienzo destaca que, por más que aseguren querer un Estado laico (la separación de Iglesia y Estado), en realidad persiguen un claro laicismo de Estado (la exclusión de la religión católica del ámbito público). El primer mandamiento está dedicado a pedir la prohibición de las escuelas concertadas religiosas. En un verdadero Estado laico, las religiones no tienen privilegios, pero tampoco deben carecer sus integrantes de los derechos que gozan los demás ciudadanos. No hay ninguna razón para que un sindicato o una asociación de izquierdas puedan montar un colegio concertado y no se le permita hacer lo propio a la Iglesia católica. Especialmente cuando, educativamente, logran mejores resultados que los colegios públicos. Parece claro que la proliferación de alternativas es un bien para la enseñanza, a no ser que se considere un bien aún mayor el adoctrinamiento en la ideología sectaria de la izquierda en los centros públicos, que parece ser lo que en el fondo se persigue.

Esto se demuestra también con su segundo mandamiento, en el que su mismo enunciado (“No sermonearás fuera del púlpito”) demuestra un notable afán totalitario en imponer la mordaza a los demás, que no a uno mismo (¿verdad que sería inadmisible un “no ideologizarás fuera del partido”?). Sin duda, sería una opción más respetuosa con la aconfesionalidad del Estado la ausencia de asignatura de Religión, aunque no creo que haya educación completa sin un conocimiento del hecho religioso y su historia, con especial atención a la católica, al igual que en Historia parece lógica una mayor atención a la Historia de España. En cualquier caso, debiera ser una opción, y por una asignatura optativa que hay, que además es mayoritariamente escogida por los padres, no parece una prioridad su eliminación.

A partir de ahí entra en cuatro mandamientos de importancia exclusivamente simbólica; la progresía encuentra inadmisible que existan funerales de Estado, que militares, funcionarios o políticos acudan a las celebraciones religiosas, que existan religiosos en instituciones públicas o incluso que un porcentaje mayoritario de nuestras fiestas sean religiosas o tengan ese origen. Esto último resulta de difícil defensa, pues no se puede ni comparar la importancia que tiene para los españoles las principales festividades religiosas, como la Navidad y la Semana Santa, en comparación con las principales fiestas con el sello de laicidad, como el Primero de Mayo y el Día de la Constitución. Es más, siguiendo esos criterios tan estrictos, no cabría considerar el Primero de Mayo como una fiesta de todos, sino sólo de los sindicalistas, de modo que también habría de ser erradicada de los calendarios. En definitiva, cabe indicar que una sociedad se expresa a través de sus símbolos, y que la sociedad española encuentra natural que muchos de ellos sean católicos porque, qué le vamos a hacer, la historia y la tradición de nuestro país es inseparable de esa religión.

Más sectario aún es el séptimo mandamiento, en el que considera que debe ser la Iglesia la que conserve su patrimonio artístico sin financiación estatal. Podría considerarse un objetivo loable y hasta liberal si se extendiera a otros Bienes de Interés Cultural; hay 15.849 inmuebles así declarados en España. Evidentemente, la mayoría son iglesias, ermitas, conventos, monasterios y catedrales, como corresponde a un país con nuestra tradición, pero también hay muchos edificios civiles, y no pocos son de propiedad privada; hay hasta pueblos enteros así declarados y que disponen de dinero estatal para su conservación, junto con infinidad de restricciones en cuanto a su uso.

En la misma línea va el noveno, que pretende prohibir a la Iglesia el acceso a los medios públicos, es decir, pagados por todos, olvidando que cualquier grupo suficientemente numeroso y por tanto representativo puede hacer lo propio por la misma regulación de las televisiones de titularidad estatal. ¡Hasta protesta Público por la retransmisión de procesiones de Semana Santa! ¿Debemos prohibir también la de eventos deportivos de muy escasa relevancia y seguimiento?

La progresía parece querer prohibir a la Iglesia algo que no se desea impedir a otros grupos no religiosos. Podría resultar sensato y coherente perseguir un tratamiento igualitario. Por ejemplo, prohibir la existencia de medios públicos de comunicación y el uso de dinero público para cuidar el patrimonio artístico –que sería lo liberal– o prohibir el acceso a cualquier grupo privado a esos medios y nacionalizar los bienes de interés cultural de titularidad privada –que sería lo socialista–, pero lo que no parece de recibo es tratar a unos y otros de forma distinta.

Más sensato parece el octavo mandamiento, en el que se pide a la Iglesia que trate con mayor agilidad y transparencia las peticiones de apostasía, aunque algunas de las exigencias asociadas –como la de borrar del libro de bautismo en lugar de anotar “la baja”– resultan un poco ridículas. La Iglesia debería, como han hecho casi todas las instituciones privadas y muchas públicas –con algunas excepciones clamorosas, como la de la Justicia– informatizar este tipo de archivos y facilitar la consulta y cancelación de esos datos. Otra cosa es que este punto tenga mayor importancia que, no sé, el correcto tratamiento que pueda hacer Movistar de nuestros datos. Es más, tiene bastante menos, porque no se nos cobra por permanecer como cristianos en el registro de la parroquia donde fuimos bautizados.

También es razonable la petición de la autofinanciación, que la misma Iglesia y el Concordato reconocen, y que básicamente se ha alcanzado con el nuevo acuerdo –mérito del Gobierno de Zapatero– por el que el Estado ejerce básicamente de recaudador, pero que deja de proveer fondos a la Iglesia de aquellos contribuyentes que no lo deseen. Faltan dos pasos: la devolución del dinero correspondiente de quienes no quieran darlo a la Iglesia católica y, posteriormente, la asunción de esa tarea recaudadora por parte de la propia institución.

Eso sí, dado que vivimos en un Estado providencia en que sindicatos, partidos políticos, artistas diversos y un largo etcétera viven de la subvención pública, cebarse en un acuerdo de este tipo como si fuera una excepción es, de nuevo, un ejemplo de ese laicismo de Estado que pretende excluir la religión de la vida pública, impidiendo a los fieles su participación en ella como auténticos ciudadanos, en lugar de un sano Estado laico como el estadounidense, en el que la religión forma parte del ágora en igualdad de condiciones con otras instituciones, como puedan ser partidos políticos, sindicatos o laboratorios de ideas como el mismo Juan de Mariana. Pero claro, eso sería lo mismo que reconocer las bondades de la igualdad ante la ley, anatema para un diario como Público y una ideología como el progresismo.

O libertad o laicismo

La llamada "laicidad" es uno de los ejes de la legislatura que acaba de comenzar, si no el aspecto más importante de toda ella. La Iglesia se la juega en este órdago que lanza el Gobierno, con el BOE, la Justicia y los medios de comunicación en su mano. Pero quien realmente se la juega es aquella parte de la sociedad que no se siente incómoda siendo libre, y que incluso aprecia ser todavía dueña de su propia vida. Aquí nos la jugamos todos.

El Gobierno va dejando caer sus intenciones, disfrazando de ecuanimidad y respeto lo que se anuncia como una persecución en toda regla de los mensajes de la Iglesia gracias al uso sibilino y torticero de las palabras propio de la política y que quiere hacerles decir lo contrario de lo que significan. Pero, parte en una declaración aquí, parte allá, van desvelando sus verdaderas intenciones. Zapatero hace tiempo que habla no ya de un "Estado laico", sino de una "sociedad laica", lo que traducido del lenguaje zapateril al castellano significa una sociedad en la que la Iglesia no pueda lanzar mensajes que vayan más allá del ámbito privado, que no contengan ninguna interpretación social o política.

Lean, si no, el programa que el PSOE ha llevado a las elecciones bajo el lema "Motivos para creer":

Los socialistas valoramos la contribución de las confesiones a la deliberación pública en las sociedades democráticas, a su desarrollo ético y cultural, pero dicha contribución debe entenderse siempre subordinada a la soberanía de las instituciones democráticas, al imperio de la ley y, en definitiva, a la voluntad ciudadana mayoritaria.

Es decir, que la Iglesia no podrá lanzar mensajes que sean opuestos a la mayoría que sustente al Gobierno. No cabe una idea más íntimamente socialista que la de someter las opiniones ajenas al dictado del Gobierno cuando lo ocupan ellos. La vieja "doctrina Varela" reaparece con Zapatero. Los socialistas son incapaces de reprimir ese espíritu censor y represor y, refrenado por lo que queda de Constitución, disfrazado por el uso torticero de las palabras, renace en cuanto se sienten con poder. Y ellos se ven, con razón, gobernando al menos hasta 2016.

Muchos, en el ámbito católico, ven demencial la política del Gobierno, pero sólo porque creen que son ellos quienes deben ocupar ese lugar y que debe ser su visión del mundo y del hombre la que debe imponerse desde el Estado, y no la de los socialistas. Y se consideran mejores que Zapatero, cuando aquí resultan moralmente indistinguibles. Se equivocan, porque jamás se volverá a favorecer una cosmovisión cristiana desde el Estado en España. No tienen más remedio que conformarse con la defensa de la libertad frente al Estado que quiere conformar nuestras conciencias, aunque sea con cierta hipocresía, con cierta violencia de los verdaderos pensamientos. Pero en la actualidad el único escudo que tienen frente al Estado es la defensa de la libertad.

Sus derechos, y los de todos, dependen de que lo asimilen.

Lo laico y lolailo

Entre las grandes propuestas incluidas en la agenda socialista, figura, cómo no, atacar definitivamente a la Iglesia Católica, aunque no lo expresen con tanta crudeza debido a su habitual talante. Se trata de llevar a la práctica los deseos de don José Blanco, quien ya anunció en la última campaña electoral que "después del 9 de marzo, ya nada podrá ser igual en las relaciones entre el Gobierno y la Iglesia Católica", porque, según el estadista gallego, "la Iglesia Católica no hace lo que tendría que hacer", que es seguramente abrir una red de clínicas abortistas, iniciar el proceso de beatificación en vida del doctor Montes y pedir el voto para el PSOE.

Con una crisis galopante, un número cada vez mayor de familias en quiebra técnica, las cifras del paro aumentando, la deriva secesionista del País Vasco y Cataluña a todo tren, la posibilidad de muchos españoles de morir de una apendicitis por estar el cirujano en año sabático para la inmersión en el euskera (o porque se niegue a atenderte en castellano), unas infraestructuras propias de una nación subdesarrollada, una educación pública que produce toneladas de adolescentes analfabetos y fumetas y un sistema judicial colapsado por la inepcia de sus responsables, el Gobierno de Z va a utilizar su tiempo y nuestro dinero en fastidiar a los obispos y, por extensión, a los creyentes católicos, que casualmente somos mayoría si incluimos al propio Pepiño, que vale por diez.

La laicidad que pregonan la vicepresidenta, Pepiño y el Grupo Prisa no es un imperativo constitucional sino un elemento más en la agenda ideológica del socialismo, que si algo sabe reconocer es dónde están sus enemigos. Porque la constitución del 78 no considera el "laicismo" como uno de sus principios rectores. Antes al contrario, exige el respeto de los poderes públicos a todas las creencias, con especial atención a la religión católica por razones históricas, si bien ninguna de ellas podrá tener carácter estatal (art. 16.3). Extraer de ahí la necesidad de realizar una ofensiva laicista para borrar toda huella de las creencias religiosas en la vida pública es un exceso más a los que el gobierno de Zapatero, ese masoncete, nos tiene acostumbrados.

El régimen socialista de Zapatero es la deformación grotesca de la modernidad europea, algo a lo que debemos irnos acostumbrando. Tan sólo la existencia de entidades civiles sólidamente arraigadas (con la Iglesia Católica en lugar destacado) y la firme decisión de los ciudadanos de no permitir al Estado legislar sobre la moral y las creencias privadas pueden propiciar la derrota de esta ofensiva anunciada a bombo y platillo por los chikilicuatres de cuota encaramados al consejo de ministros. Y si hay que llegar a la insumisión fiscal se llega con todas sus consecuencias. A ver si con un susto como ese u otro parecido deciden empezar a resolver los problemas reales de los ciudadanos. Por una vez no estaría mal que hicieran algo de provecho.

Ni laicistas ni teocons

El 7 de junio de 1797 el Senado de los Estados Unidos aprobaba por unanimidad un tratado de paz y amistad entre su país y el Bey de Trípoli y la Berbería, un conjunto de estados semi-independientes del Imperio Otomano situados entre las costas de Marruecos y Libia. Entre otras cosas, el documento comprometía a las partes a proteger la vida y la propiedad de los nacionales de cualquiera de los dos países cuando se encontrasen en el territorio del otro. También garantizaba del suministro de provisiones a los barcos "a precios de mercado".

En su artículo once, el convenio afirmaba que "puesto que el Gobierno de los Estados Unidos no está en ningún sentido fundado sobre la religión cristiana; puesto que no posee en sí ningún carácter de enemistad contra las leyes, la religión o la tranquilidad de los musulmanes; y ya que los mencionados Estados [Unidos] nunca han tomado parte en ninguna guerra o acto de hostilidad contra nación mahometana alguna, las partes declaran que ningún pretexto surgido de la religión producirá nunca una interrupción de la armonía existente entre los dos países". Entre 1801 y 1815 los incumplimientos de los norteafricanos ocasionaron dos guerras no declaradas entre los Estados Unidos y la Berbería, saldadas ambas con la victoria de la nación americana. En la primera, el Congreso fue simplemente informado por el presidente. En la segunda, el Legislativo autorizó el envío de 10 buques a las costas de Argel.

El origen de los Estados Unidos enfrenta no sólo a liberales y socialistas (los segundos interpretan el "todos los hombres son creados iguales" como una exhortación a la nivelación social), sino también a los partidarios de la separación entre religión y Estado y a quienes invocan una Ley Natural cognoscible, innata y de origen revelado como fuente de legitimidad del Estado-nación occidental.

Una cosa es que los redactores de la declaración no olvidasen a Dios, a quien sólo se refieren por ese nombre una vez, llamándolo "Dios de la naturaleza" después de mencionar "las Leyes de la Naturaleza", y otra que el documento prefigurara un Estado teocrático o animado por una religión en particular. Así, entre las verdades auto-evidentes figura que todos los hombres "han sido dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables, entre ellos la Vida, la Libertad y la búsqueda de la Felicidad", no de la virtud. En cuando al origen del Estado, la declaración afirma que "se instituyen entre [por] los hombres y que deriva sus poderes del consentimiento de los gobernados" y que "es el derecho del pueblo alterar o abolir" ese Gobierno cuando "deviene destructivo para estos fines", (vida, libertad y búsqueda de la felicidad). Por consiguiente, el Estado es una sociedad civil y no una comunidad de creyentes.

En ningún momento los autores de la Declaración de Independencia citan a la divinidad para sostener sus argumentos a favor de la separación de Gran Bretaña. Simplemente apelan "al Juez Supremo del mundo para la rectitud de nuestras intenciones", aunque inmediatamente después declaran su independencia "en nombre y por la autoridad de la buena gente de estas colonias" y comprometen a esta causa sus vidas, sus fortunas y su sagrado honor "con una firme confianza en la protección de la Providencia Divina".

Ni la emancipación de los EEUU fue proclamada en nombre de Dios ni sus firmantes se ufanaron, como los gobernantes europeos en los siglos anteriores, de tener a Dios de su parte o de estar creando un Reino de los Cielos en la Tierra. Es importante reiterar que el documento no habla de virtudes, sino de derechos, y entre ellos figura el de la búsqueda de la felicidad, no el de encontrarla y menos aún el deber de obtenerla o de impartirla. Una felicidad que no se define, como sí ocurre con la tiranía, descrita por medio de la enumeración de distintos actos llevados a cabo por el monarca británico y que a juicio de los americanos violan sus derechos. La expresión de la esperanza en la actuación conforme a las Leyes de la Naturaleza y a Dios, que no se sabe si rige o es regido por esas leyes, no equivale a hablar en su nombre, tal y como hacen los partidos políticos y los movimientos sociales religiosos, sean musulmanes, cristianos o judíos, que existen en diversos lugares del mundo.

Quince años después de la Declaración de Independencia, la primera enmienda a la Constitución de los Estados Unidos, en la que Dios sólo aparece en su datación ("el día 17 de septiembre del año de Nuestro Señor de mil setecientos ochenta y siete") declara que "El Congreso no legislará respecto al establecimiento de una religión o la prohibición del libre ejercicio de la misma". Por lo tanto, la alusión al carácter laico de la república contenida en el Tratado de Trípoli es perfectamente coherente con los textos fundacionales de la nación americana, una sociedad política y opuesta a cualquier tipo de teocracia, tal y como la definió John Locke. Una nación laica, pues está creada por y para los hombres y su felicidad terrenal (la sustitución de "propiedad" por "búsqueda de la felicidad" en los borradores de la declaración tal vez proporcione alguna pista al respecto), aunque no laicista, pues esta libertad de práctica religiosa no se delimita ni se circunscribe al ámbito privado.

En los últimos tiempos, los partidarios del estado confesional, bien en los EEUU (los llamados theoconservatives) o en España ("teocons", siguiendo la moda de traducir literalmente del inglés), apelan a menudo al supuesto carácter teológico de la nación americana para defender un fundamentalismo religioso que mucho se parece al laicismo militante de algunos políticos de izquierdas. Ambas posturas, basadas en la falsificación de la historia y en una interpretación falaz de algunos textos políticos, por no mencionar los religiosos, comparten aquel vicio que señalara Montaigne en su defensa del catalán Raymond de Sabunde, el cual había negado que la razón pudiera por ella sola entender o demostrar las verdades de la religión cristiana:

La jactancia es nuestra enfermedad natural y original. El hombre es la criatura más frágil y vulnerable, y al mismo tiempo la más arrogante. Se ve y se siente alojado aquí, entre el lodo y el estiércol del mundo, clavado y remachado a la peor, más letal y estancada parte del universo, en el piso de abajo de una casa en el rincón más alejado de la cúpula celestial (…) y en su imaginación siembra hasta llegar al círculo de la luna y trayendo el cielo bajo sus pies.

Ni nihilismo ni soberbia, con diferencia el más grave entre los pecados capitales, sino sano escepticismo y humilde búsqueda de la verdad, una tarea no apta para iluminados. Que Dios nos libre de ellos.

El PP y los liberales

Mariano Rajoy Brey, presidente del Partido Popular, ha invitado a liberales y conservadores a buscar otros nidos donde empollar sus huevos. Esta actitud no resulta extraña en España, donde la concepción del partido es la de un grupo cerrado, una endogamia política y pseudointelectual que se perpetúa sine die y en el que, una de dos, o el líder saliente, como el César lo hizo en el Imperio, declara quién es su sucesor, o se inicia un proceso de guerra civil entre las facciones que aspiran a ocupar la poltrona.

Si un partido político dice defender los intereses públicos de los ciudadanos, debería mostrar más respeto por la opinión de al menos sus afiliados, debería mantener una estructura abierta, donde cualquiera pudiera optar al liderazgo del grupo y desde luego, respetar las ideas de los que han ayudado, consciente o inconscientemente, a alcanzar lo que ahora está disfrutando. El comportamiento democrático no es un simple ejercicio de voto, supone unos principios morales y éticos que deben reflejarse en cualquiera de sus acciones.

Pero tenemos lo que tenemos, las teorías suelen ser muy atractivas en el papel, todo cuadra, el círculo se convierte en cuadrado por arte de una matemática perversa. ¿Deben los liberales implicarse con el partido que lidera Mariano Rajoy Brey? ¿Deberían hacerlo si quien se sentara en el trono imperial fuera mujer, rubia y de Madrid? Si el liberalismo es ese sistema basado en la defensa de la vida, la libertad y la propiedad privada, cualquiera de los partidos que ahora pueblan nuestro panorama político son, sin excepción, nuestros enemigos. Todas las políticas educativas, sanitarias, económicas, fiscales y sociales son intervencionistas, confiscatorias y en última instancia, totalitarias. Algunas veces da la sensación que lo que diferencia una democracia de una dictadura suave es que, además de no poder elegir los gobernantes que te van a explotar, los líderes democráticos aún no han decidido usar la fuerza de manera masiva contra los ciudadanos. El liberalismo no cabe como tal ni en el PP, ni en el PSOE, ni en los partidos nacionalistas, ni en cualquier otro partido político del panorama político español.

Mariano Rajoy Brey ha apostado por la socialdemocracia como ideario del PP, se ha movido hacia la izquierda porque el PSOE también lo ha hecho y ha saltado de la socialdemocracia al socialismo radical. El PP de Rajoy ha optado por la obra pública, por adaptarse a Educación para la Ciudadanía, por acercarse a nacionalismos y movimientos políticos y sociales que no hace mucho habían decidido trazar un cordón sanitario en torno a la derecha política. Alberto Ruiz Gallardón, alcalde de Madrid y aspirante a la secretaría general del partido ha asegurado que "el desempleo provocará una necesaria redistribución de los recursos por parte de las Administraciones Públicas hacia los sectores más castigados. Y esto traerá una reducción de la inversión pública, y en el sector privado, en bienes y equipo". ¡Qué importante es la inversión pública para los keynesianos de todos los partidos!

El PP va a dejar huérfanos a muchos ciudadanos que confiaron ingenuamente en el partido para defender sus principios, su percepción de la vida. Paradójicamente, el PP ha dejado el campo libre para que organizaciones liberales, think tanks como el propio Instituto Juan de Mariana, puedan mostrar y demostrar que existen otras maneras de hacer frente a los retos del día al día, que las políticas liberales son un marco excelente para progresar. Desde la perspectiva del liberalismo, la ausencia de tutela ideológica que antes suponía el PP para varios cientos de miles de personas, es una oportunidad de demostrar el valor de la libertad, una oportunidad que hace unos meses ni siquiera contemplábamos, una posibilidad de resurgimiento de la sociedad civil. Sólo puedo dar las gracias a Mariano Rajoy por tan acertada decisión. A partir de ahora hay que trabajar y en serio.