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Etiqueta: Pensamiento liberal

Juan Manuel de Prada contra la libertad

Habla de "verdadera libertad" como otros hablaban de la "verdadera democracia". Y, siguiendo la estela orwelliana de que la guerra es la paz y la mentira es la verdad, Prada nos ordena: "la verdadera libertad es un estado de obediencia". Las oscuras fauces del antiliberalismo devoran lo más elemental de la lógica, que sólo hecha añicos puede serle útil a este escritor para incinerar la libertad.

La libertad, "tan cacareada", dice, no es más que una de "las viejas herejías de siempre" que se presenta como "talismán redentor" por quienes "únicamente anhelan la destrucción del género humano"; como una "panacea", cuando es la causa de "casi todas" las "calamidades" del hombre. No sabemos si entre ellas incluye a cierto columnismo, pero no hay que ser un liberal fetén para considerar un poco exagerado que los males del hombre sean todos hijos de la libertad. ¿No es razonable pensar que la imposición de una verdad revelada también cree "calamidades"? Sí, De Prada, que conoce la Verdad como ninguno de sus lectores, a los que se dirige con cierto desdén arrogante y paternalista, no necesita que nadie le venga "con la milonga de la libertad". Pero no se contenta con eso y parece querer robársela a los demás. Somos muchos los que no queremos ser serviles de verdades eternas que necesitan del ordeno y mando para imponerse.

Lo que le aflige a De Prada es el miedo. El proverbial miedo a la libertad, a sus "pútridas flores" de que nos habla este escritor. Pero la libertad de seguir comportamientos inmorales y destructivos es la misma que la de abrazar un camino moral y feraz. Y no hay ninguna virtud en actuar moralmente si lo que hace no es por propia voluntad, elegido libremente frente a cualquier otra opción, sino impuesto por algún lector de Juan Manuel de Prada alucinado con su evangelio.

Es más, si De Prada se reconciliara con la humildad llegaría a la consideración de que existe la posibilidad, acaso remota e incierta, de que en alguna ocasión se equivocara al juzgar un comportamiento como inmoral o destructivo. Y la única guía que tenemos al respecto, además de la (siempre libre) reflexión sobre nosotros mismos, es el acervo de todas las variadas experiencias humanas, renovadas permanentemente, y que son las únicas que pueden mostrarnos alguna luz más o menos segura y comúnmente aceptada sobre lo que resulta pernicioso o no lo es. Pero para que la abigarrada experiencia humana despliegue toda su sabiduría, inconscientemente revelada, es necesario que se manifieste con total libertad.

¿Qué la libertad no puede eliminar todo lo feo, desagradable, inmoral y pernicioso para el hombre? Claro es, pero al menos nos permite la posibilidad de aprender. Y los intentos de eliminar de raíz, de una vez y para siempre, todos los males del hombre han llevado a suprimir lo que el propio Prada ve como fuente de todos los males, con resultados de sobra conocidos. El muy conservador Juan Manuel de Prada va a tener que aprender a convivir con lo más penoso de la vida humana en libertad o se llevará por delante, sin ella, todo lo que la hace verdaderamente maravillosa.

Adela Cortina y la ética

Adela Cortina, catedrática de Ética, es la primera mujer en la Academia de Ciencias Morales y Políticas. En una entrevista reciente asegura: "A mí no se me ocurre decirles a los otros lo que tienen que hacer". Como filósofa no parece importarle mucho el principio de no contradicción, porque también afirma respecto a la igualdad entre hombres y mujeres: "Lo que habría que hacer es aumentar los permisos de paternidad, educar a los varones en la idea de que la casa y los hijos son tan suyos como de la mujer; hay que convencer a la gente de que todas esas tareas son comunes. Y afortunadamente hay chicos jóvenes que trabajan y se ocupan de los niños mientras ellas estudian oposiciones. Ahí es donde hay que llegar, con todas las fuerzas sociales y educativas posibles. Que las oportunidades sean iguales". Y sobre el hambre en el mundo: "¿Qué es eso de acabar con el hambre en el año 2010? ¡Hay que acabar ya, y hay posibilidades de hacerlo! Es un deber. Lo que hay que hacer es progresar, hace falta mucha revitalización". ¿Es que con los "hay que" y la proclamación de deberes no nos sermonea con lo que tenemos que hacer?

Cortina comparte la errónea tradición kantiana de que "la ética no hay que tratarla nunca como un medio, sino siempre como un fin en sí mismo". No entiende que la ética (se entienda ésta como normas, valores o virtudes) es un instrumento evolutivo de supervivencia, desarrollo y coordinación social. Para ella el principal mandamiento ético "tiene dos partes; por una parte, no dañarás, y por otra parte, ayudarás a la gente a que lleve a cabo los planes que quiera llevar". Además de la libertad negativa (no dañar, no maltratar, no agredir) "está el otro lado: el de empoderar para que las gentes puedan desarrollarse dentro de su libertad. Empoderar es darle poder a otro para que pueda llevar su vida adelante".

Todo suena muy bonito, pero en realidad resulta muy problemático. No se trata de un mandamiento sino dos, y decir que es uno con dos partes no arregla nada porque son independientes (es posible no dañar a los demás pero tampoco ayudarles) y pueden entrar en conflicto, y en ese caso será necesario aclarar cuál es más importante: toda la moralina socialdemócrata actual se basa en pretender ayudar a unos (lo que en realidad no se consigue) dañando a otros, redistribuyendo riqueza mediante la confiscación tributaria y los servicios públicos estatales. Y es que es muy típico de los malos filósofos de la ética recurrir al discurso buenista del empoderamiento olvidando mencionar que lo que se les da a unos a través del estado antes se lo han quitado a otros; y se ha hecho mediante el uso institucional de la fuerza, cuya legitimación no suelen molestarse en estudiar.

Además la naturaleza de los dos mandamientos es muy diferente. No dañar a los demás es trivial: basta con no hacer nada, y ya se está cumpliendo. Si alguien incumple la norma de no agredir, para un liberal es legítimo defenderse a sí mismo y participar en la defensa de otros; entre los colectivistas, unos quitan a la víctima el derecho a defenderse y exigir restitución, otros criminalizan acciones sin víctima y a menudo se confunden agresores y víctimas (pobres criminales originados por la sociedad).

Para ayudar a los demás hay que realizar algún tipo de acción, y además los demás son muchos y no se les puede ayudar a todos a la vez. Y cuando uno no ayuda a los demás, ¿qué hacemos? El liberal es respetuoso y tolerante y deja en paz a quienes no quieren solidarizarse con quienes necesitan ayuda; el intervencionista, en lugar de limitarse a ayudar él y pedir colaboración a otros, exige a todos que participen con él, elimina la voluntariedad y burocratiza la cooperación.

La mentalidad de Cortina es típicamente colectivista y tribal, no entiende que la sociedad es un orden espontáneo complejo que no se planifica conscientemente y que permite la coordinación de múltiples proyectos individuales sin necesidad de metas comunes. "La amistad cívica es importante para que la gente se dé cuenta de que están construyendo juntos una sociedad. Que los derechos de todos los ciudadanos se vean respetados. La sanidad pública en España se está deteriorando. Todos tenemos que tener una educación de calidad. Ésos son problemas comunes; proponerlos como asuntos que debemos resolver juntos debería crear una cierta amistad". No es extraño que se alegre de que "cada vez hay más leyes e instituciones que se preocupan de que haya más solidaridad y más justicia". Su concepto de justicia es la falaz justicia social (básicamente igualitario y liberticida), y lo que llama solidaridad es más bien asistencialismo estatista.

El discurso de Cortina no es precisamente riguroso: "Creo que lo peor que le sucede a la humanidad es que se estén muriendo 1.200 millones de personas que hay por debajo de la pobreza extrema. Me parece apabullante que existan los derechos humanos y luego haya esa cantidad de personas viviendo de esa manera…" Sus números parecen algo exagerados y su lenguaje realmente chapucero y difícil de tomar en serio, porque si estuvieran muriéndose en breve estarían muertos y dejarían de existir. Asegura que los derechos humanos "existen" pero seguramente no se refiere a aquello de vida, propiedad y libertad.

"Éste es un país en el que se despierta uno por la mañana escuchando cómo alguien impunemente insulta a otro. Y no pasa nada". ¿Qué hacemos? ¿Encarcelamos a los ofensores? ¿Y si los insultos son merecidos? Tal vez sea estupendo que no pase nada, que la gente sepa ignorar los insultos o simplemente los comparta. Parecen más graves las agresiones físicas que las verbales.

Hitler, líder de la izquierda

Resulta bastante chocante que un movimiento llamado nacional socialismo se haya atribuido a la derecha, pero eso sólo es debido a que el comunismo reclamaba para sí el título de ser la verdadera izquierda y porque los planes expansionistas de Hitler le llevaron a romper el pacto de no agresión con Rusia, que meses antes le había servido a las dos partes para repartirse Polonia.

Hitler fue modelando su ideología con los años. Pero no la llegó a cambiar del todo desde que, en su juventud, mostraba una sincera simpatía por las organizaciones de trabajadores y esa mezcla de indignación y odio hacia productores y empleadores que es distinción de tantos en la izquierda. Hitler explicaría, ya como líder del Partido Nacional Socialista Alemán de los Trabajadores que “nosotros somos socialistas; somos enemigos del actual sistema económico capitalista por su explotación de quien es económicamente débil, con sus salarios injustos, con su indecorosa evaluación del ser humano según su riqueza y propiedad en lugar de su responsabilidad y sus logros. Y estamos todos dispuestos a destruir este sistema bajo cualquier circunstancia”.

Esa voluntad de crear un nuevo orden, de erigirlo con todo el poder del Estado, de transformar la sociedad, son señas de identidad de la izquierda. También ese antiindividualismo expresado por Hitler en sus palabras así: “El interés común frente al propio; ese es el espíritu del programa. Romper la servidumbre de los intereses, ese es el corazón del nacional socialismo”. En su programa exigían “la abolición de todos los ingresos no ganados por el trabajo”, esto es, “la ruptura del esclavismo del interés”.

Sus políticas fueron pioneras de varias obsesiones de la izquierda. Especialmente el control de armas, pero también la legislación antitabaco, a favor del aborto y de la eutanasia, la discriminación positiva y su obsesión por los derechos de los animales. Otro rasgo esencial del nacional socialismo que comparte con otros izquierdismos es su odio inextinguible por el cristianismo. El hecho de que los nazis coquetearan con el neopaganismo y el gnosticismo tampoco es circunstancial.

Por otro lado muchos pensadores y políticos de izquierda han adoptado posiciones que, aunque se pueden rechazar desde la izquierda, son en verdad propias de esa ideología y rasgos claramente identificables del nacional socialismo. La obsesión por la relación entre la población y los recursos, que llevó a los nazis a acuñar el concepto del espacio vital o lebensraum. En nombre de esas ideas, la izquierda internacional promovió la esterilización masiva de poblaciones enteras en el tercer mundo, décadas después de vencido el nazismo en la guerra, aunque no en las ideas. En Suecia, el matrimonio Gunnar y Alva Myrdal, premios Nobel de Economía y de la Paz respectivamente, escribió en 1934 Crisis en la Cuestión de la Población. Al año siguiente, y hasta los 70, el Gobierno sueco esterilizó a decenas de miles de mujeres con razones como su incapacidad económica para mantener a los hijos, o el ser de una “raza mezclada” o “gitana” o “imbécil”.

¿Denigra a la izquierda contar con Hitler entre sus líderes? No más o menos que los Lenin, Pol Pot o Stalin. Quizás no despierten ahora las pasiones de antes, pero un par de hombres de progreso como Willy Toledo, aquél que se presentó en una gala de los Goya con una camiseta de Ho Chi Minh, y no habrá totalitario que quede en el olvido de cierta izquierda.

Vida, acción, evolución y cognición

Los seres vivos son agentes autónomos autopoyéticos: mediante su actividad dinámica autocontrolada se mantienen, se regeneran a sí mismos y se reproducen utilizando materiales y energía de su entorno, el cual incluye materia inorgánica y otros seres vivos. La reproducción no es perfecta, de modo que los organismos de una misma especie no son idénticos, y sus diferencias pueden ser relevantes respecto a su capacidad de supervivencia y reproducción.

La vida evoluciona. La evolución es un proceso histórico, gradual y adaptativo de cambio entre generaciones de seres vivos que compiten por recursos escasos. Mediante el mecanismo de la selección natural las variantes más exitosas en un entorno tienden a desplazar a las relativamente menos aptas en las funciones básicas de supervivencia: aprovechar oportunidades (encontrar alimento, conseguir pareja reproductora) y evitar riesgos (depredadores, enfermedades, daños ambientales).

El comportamiento de un ser vivo está determinado por su estructura e interacciones. Los seres vivos son sistemas cibernéticos: controlan y coordinan su conducta mediante mecanismos de obtención y procesamiento de información acerca de sí mismos y de su entorno. Cada organismo vivo exitoso incorpora conocimiento e implica algún tipo de cognición. Los seres vivos más sofisticados disponen de subsistemas u órganos especializados para estas tareas, los sistemas sensorial y nervioso.

La información incorporada en el aparato cognitivo de un ser vivo puede proceder de su programa genético innato y del aprendizaje durante su historia vital particular. Algunos seres vivos tienen programas de acción instintivos, rígidos, apenas modificables; otros tienen sistemas cognitivos más plásticos, modificables según el entorno y las vivencias individuales, de modo que es posible seleccionar (promocionar o reprimir) conductas entre un repertorio inicial; algunos seres vivos son capaces de innovar, de generar de forma creativa nuevas estructuras de acciones y probarlas en el mundo. Los seres vivos dotados de curiosidad se interesan por el aprendizaje, les motiva la adquisición de conocimiento, lo adquieren en el presente de modo que tal vez ya disponen de él cuando lo necesitan con urgencia en el futuro.

Con un sistema cognitivo potente que disponga de una buena representación del mundo es posible construir simulaciones mentales de la realidad, que permiten ensayar de forma virtual las posibles consecuencias de diversos cursos de acción alternativos (generar reacciones y predecir sus resultados antes de probarlas con riesgo real), y también construir planes de acción que conduzcan a objetivos dados (partir de un estado final deseado y computar cómo llegar a él desde la situación inicial actual). La cognición es especialmente adaptativa por la capacidad de predicción que permite prepararse para el futuro.

Si un animal tiene un repertorio extenso de conductas posibles, es necesario que disponga de un sistema selector de las mismas (no se puede intentar hacer todo a la vez), un aparato emocional o voluntad generadora de preferencias o prioridades que indique qué acciones son más adecuadas para la supervivencia, qué objetivos son más valiosos.

La acción de los seres vivos no es en general aleatoria (sin ningún tipo de control cognitivo y sin relación con la realidad), sino que consta de reacciones y en algunos casos de acciones intencionales. Las reacciones son procedimientos automáticos ejecutados ante estímulos específicos, externos o internos; los hábitos son reacciones provocadas por algún fenómeno periódico. La acción intencional es la realización de un plan consciente de utilización de medios y ejecución de acciones parciales más simples cuya combinación estructurada conduce a la obtención de un fin u objetivo deseado. La capacidad de acción intencional requiere un sistema cognitivo complejo que incorpore grandes cantidades de conocimiento general e información particular acerca del mundo. Los organismos capaces de acción intencional tienen una fuerte ventaja adaptativa: se adelantan en el tiempo, planifican, han preparado la acción y previsto de forma estratégica diferentes contingencias, no sólo improvisan sobre la marcha o reaccionan ante lo inmediato. Una acción intencional también puede considerarse como una reacción muy compleja, indirecta y diferida: las circunstancias ambientales e internas provocan la fijación de un objetivo que activa los mecanismos planificadores de la cognición.

Ciertos animales son capaces de imitar conductas ajenas, de modo que en lugar de probar y descubrir por sí mismos (con los riesgos asociados a proceder a ciegas en ámbitos novedosos) pueden copiar lo exitoso en un contexto social. El fenómeno de copia de conductas da origen a nuevos replicantes, los memes, que coevolucionan con los genes, de forma complementaria o competitiva.

William Buckley, creador de un movimiento

Estos días varios comentaristas estadounidenses se han acordado del historiador de las ideas Lionel Trilling, quien en 1950 dijo que no había una tradición conservadora americana y que la propia de los Estados Unidos era progresista (liberal en el espurio sentido que le dan allí a esta hermosa palabra). El motivo de ese recuerdo no es que haya salido allí una antología del disparate, sino que ha exhalado su último suspiro uno de los recreadores del movimiento conservador estadounidense. A William Buckley Jr. le interrumpió la muerte en su despacho, “como no podía ser de otro modo”, según apunta más de uno de sus amigos, el pasado 27 de febrero.

La afirmación de Trilling, heroica por lo que supone de esfuerzo en torcer la historia de aquél país, seguramente sería vista por quienes la leyeron entonces como un lugar común. El conservadurismo, aunque resurgiendo desde hacía un lustro, era entonces una tradición perdida, abandonada. Uno de los, ahora sí, verdaderos héroes que recogieron el ideal de libertad para transmitirlo a varias generaciones fue Buckley; Bill, como gustaba de hacerse llamar.

La lucha contra el progresismo omnipresente en universidades y medios de comunicación tenía muchos flancos y el cultural no era el último de ellos. Por eso tiene lógica que su primer libro, y el que lo lanzó a la fama (God and Man at Yale, de 1951), en que criticaba a su alma mater por su lejanía sideral del libre mercado y del cristianismo. Pero este y todos los flancos de combate ideológico y moral contra la izquierda tenían que lanzarse desde una publicación a la vez lo suficientemente coherente como para dar forma a un movimiento, pero dentro de ello tan abierta como fuese posible. Buckley lo vio así, sin duda, y fruto de esa idea es la National Review, nacida en 1955, cobijo de liberales, conservadores y anticomunistas. La excepción está constituida por los randianos, dolidos con una feroz crítica de Whittaker Chambers a la obra magna de la novelista de adopción neoyorkina.

En los 60 los esfuerzos, dispersos y abigarrados, de volver a situar en el centro del debate político la libertad, los derechos de la persona y la propiedad, los valores tradicionales y la lucha contra el comunismo fuera y el socialismo en casa, comenzaron a dar sus frutos. Se estaba creando un auténtico movimiento, jamás unívoco, pero por primera vez consciente de sí mismo. Buckley, además de escribir novelas, millares de artículos y libros de no ficción (35 en su prolífica carrera) o dirigir la National Review y presentar un talk show, Firing Line, durante millar y medio de emisiones, hizo de aglutinador en gran medida de las personas que dedicaban sus esfuerzos a las ideas que él compartía. Y puso en marcha algún proyecto, como el Young Americans for Freedom o la American Conservative Union.

No fue un pensador original, aunque sí brillante. No creó escuela, pero sí un movimiento. Tenía talento literario y un reconocido dominio del inglés. Bien es cierto que su anticomunismo fue más poderoso que su apego a la libertad en demasiadas ocasiones, como denunció en su momento Rothbard.

Con todo, creo que debemos estarle agradecidos. Fue un gran empresario de las ideas y en gran medida contribuyó al progreso del liberalismo. En los últimos años no se dejó arrastrar por la marea neoconservadora y denunció el supuesto conservadurismo de George W. Bush, el último presidente que conoció en la Casa Blanca. David Boaz se pregunta, con motivo de su fin, si es también el del movimiento conservador en Estados Unidos. Creo que exagera y que, pese a la crisis que parece vivir en este momento, hay que reconocer que hoy es una fuerza ideológica poderosa, que fija parte de los términos en que se desenvuelve la política. Y en parte se lo debemos a Bill Buckley. Descanse en paz.

Evolucionismo, creacionismo y liberalismo

La evolución es un hecho comprobado observacionalmente y teóricamente consistente. La teoría de la evolución es plenamente científica y resulta imprescindible para entender la vida (y seguramente también toda la realidad física). Las ciencias humanas (sobre lo praxeológico, lo psicológico, lo económico, lo cultural, lo social) quedan incompletas si no incorporan los principios fundamentales del evolucionismo, que explican cómo surgen la inteligencia y la intencionalidad mediante procesos no inteligentes y no teleológicos (de la causalidad a la funcionalidad y de esta a la cognición y la intencionalidad). La teoría pseudocientífica del diseño inteligente (creacionismo camuflado) afirma erróneamente que algunos aspectos de la complejidad presuntamente irreducible de la vida no pueden ser explicados mediante mecanismos evolutivos y requieren la intervención de algún tipo de inteligencia previa y externa.

El liberalismo como filosofía política no es una simple ideología que sirve a los intereses de una clase sino que se basa en conocimiento objetivo de la realidad de la naturaleza humana. Algunos liberales (a menudo más bien conservadores) parecen tener problemas en aceptar la fundamentación evolucionista de esta naturaleza: quizás ven en peligro sus creencias religiosas y se sienten más cómodos con las falacias creacionistas. En lugar de reconocer su propia ignorancia y confusión sobre el evolucionismo, se lanzan con gran énfasis y seguramente buenas intenciones a debatir en ámbitos que no dominan. Se llega a defender el disparate de que el capitalismo está íntimamente emparentado con el diseño inteligente. O no entienden de economía o no saben de biología, y quizás ambas cosas.

Los fenómenos evolutivos de autoorganización, orden espontáneo, emergencia, adaptación y optimización se dan tanto en lo biológico no humano como en lo social y económico. En los mercados libres participan seres humanos conscientes e inteligentes que actúan intencionalmente, con fines, con propósitos. Los mecanismos autorreguladores del mercado (señales de precios, beneficios y pérdidas, competencia) permiten coordinar las acciones locales (planes o diseños parciales, de pequeña escala) y generar espontáneamente un orden global dinámico que no es resultado del diseño consciente de los agentes. El capitalismo no requiere la intervención de ninguna inteligencia externa de gran capacidad, y de hecho los totalitarismos se basan en el error de intentar organizar coactivamente la sociedad: no sólo no es necesario, sino que además es imposible (y catastrófico cuando se lleva a cabo).

La evolución biológica (mediante los mecanismos de mutación, recombinación, flujo genético, deriva genética y selección natural) es equivalente a la evolución social y económica mediante la prueba de diversas formas de organización de la producción de bienes y servicios (innovación, imitación) y la selección competitiva de los consumidores en el mercado: todo lo auténticamente novedoso supone ensayos a ciegas que se preservan por su éxito a posteriori. Pretender que una inteligencia superior puede crear la vida y ordenar la evolución es como pretender que el estado puede ordenar la sociedad. Algunos liberales en lo social resultan ser socialistas respecto a lo natural: aceptan que lo humano se organice libremente, pero no pueden entender el mundo físico y biológico sin el soporte de alguna divinidad sobrenatural.

Que los liberales seamos una minoría contraria al intervencionismo gubernamental no significa que debamos identificarnos con hipótesis pseudocientíficas marginales que protestan por el acoso estatal de las teorías dominantes (algunos parecen liberales simplemente como medio estrafalario de oponerse de forma conspiranoica a la versión oficial). No creer en la evolución no se debe a tener altos niveles de rigor escéptico: la teoría de la evolución es algo que puede conocerse, no es necesario ningún acto de fe. Naturalmente cualquiera puede creer lo que quiera, pero afirmar que la teoría de la evolución no se sostiene científicamente o que las evidencias la impugnan es hacer el ridículo. Y si se hace al tiempo que uno se proclama liberal tal vez el prestigio intelectual del liberalismo resulte dañado.

Referencias:

Proyecto Inteligencia y Libertad: www.intelib.com, http://www.intelib.com/Evolucion.htm, http://www.intelib.com/Enlaces_Inteligencia.htm#Biologia_evolucion_memetica, http://www.intelib.com/Enlaces_Ignorancia_Violencia.htm#Creacionismo

Michael Shermer es un pensador esencial para el liberalismo y el evolucionismo: www.michaelshermer.com

Discovery Institute: www.discovery.org, en lo económico son liberales y en lo natural creacionistas.

Un ejemplo particular de ignorancia liberal sobre evolución: http://docedoce.net/?p=2343

Aprendamos de Cobden

A menudo los liberales ocupamos una parte importante de nuestro tiempo analizando el motivo por el cual el liberalismo no es la doctrina imperante. Jamás nos encontramos con escasez de razones. Desde la complejidad relativa de nuestras ideas hasta la dinámica de las decisiones colectivas, pasando por teorías conspirativas, todas las excusas nos parecen bien fundamentadas. En cambio, rara es la ocasión en la que responsabilizamos a los liberales, es decir, a nosotros mismos, de la parca representación de nuestras ideas en todos los ámbitos sociales.

Sin embargo, lo cierto es que, sea por el pesimismo de unos, sea por una retórica rebuscada de otros, los principales responsables del escaso avance de las ideal liberales entre la población somos nosotros mismos. No hay más que escucharnos, especialmente a los economistas, hablar del valor descontado de la productividad marginal para defender la libertad de precios de los factores de producción y nos damos cuenta de dónde está la clave del problema.

Esto no siempre ha sido así. A mediados del siglo XIX hubo una generación de liberales que supo transmitir la defensa de la libertad individual de manera sencilla, profunda y convincente al mismo tiempo. Bastiat, Molinari o Chevalier son algunos de los grandes hombres que ahorraron tiempo y esfuerzo en relamerse las heridas y se dedicaron en cuerpo y alma a explicar las bondades de una sociedad libre en versión para todos los públicos. Su destreza como publicistas y activistas liberales fue tal que muchas de sus grandes aportaciones teóricas han quedado en el olvido.

Pero quizá el propagandista más importante de la época, y acaso de todos los tiempos, fue el inglés Richard Cobden. Este hijo de un pequeño agricultor de Sussex nació en 1804 y exprimió al máximo los 61 años que vivió. Muy pronto destacó por su perspicacia empresarial y después de varias ocupaciones se estableció en Londres donde montó una agencia de venta de artículos de algodón. Ya entonces dedicó su tiempo libre a devorar libros sobre economía. Hasta aquí todo entra dentro de una cierta normalidad. Lo interesante es que al joven Cobden no le satisfacía el mundo intervencionista en el que vivía y no estaba dispuesto a quedarse con los brazos cruzados. Así que armado de un desbordante entusiasmo y buenas lecturas decidió emprender una cruzada.

Con la colaboración de un puñado de personas, Cobden logró dos éxitos deslumbrantes. En 1846 logró la abolición de las Leyes de Granos al frente de la maravillosa Liga contra las leyes de granos, mientras que en 1860 consiguió, con la inestimable ayuda de Chevalier, sacar adelante un tratado para la reforma liberalizadora de las relaciones comerciales internacionales. El primero de estos sonados éxitos es interesante no sólo porque acabó con una infame ley que causaba empobrecimiento y hambrunas sino porque la teoría económica esperaría un fracaso en su cruzada quijotesca. En efecto, se daban todas las circunstancias para que su esfuerzo quedara en nada. Los afectados eran muchos pero no estaban agrupados, siendo pequeño el perjuicio en término de sobreprecio por persona comparado con el coste para un reducido grupo de iniciar un movimiento o una reclamación formal contra estas odiadas leyes. En cambio, los privilegiados por la norma eran pocos, políticamente poderosos y muy bien organizados. Además, el beneficio que obtenían en forma de renta de monopolio era suficientemente suculento como para invertir grandes sumas en detener toda actividad contraria a las agresionistas leyes de granos.

¿Cómo logró Cobden superar estas barreras que en principio se le antojan a cualquiera como infranqueables? El método usado por este héroe decimonónico fue el mantenimiento de una incesante agitación con la que logró ir asociando a miles de personas que, animados por su contagiosos discursos entusiastas, creían que había muchísimo que ganar con la defensa del bien y las armonías que surgen en un mundo de intercambios pacíficos y, en cambio, muy poco que perder en esa batalla de ideas. Y eso aunque las posibilidades de éxito fueran pocas.

A primera vista podría parecer que era un soñador; y es posible que de hecho lo fuera. Pero lo cierto es que era un soñador muy realista. Sabía perfectamente que las ideas tenían un enorme poder pero al mismo tiempo era consciente de que la razón intelectual no era suficientemente potente como para cargar sus causas con el peso necesario como para derribar es status quo que se oponía a un régimen de libertades individuales. Así que ya desde sus primeros pasos al frente de la Liga confesó a su hermano que le parecía que “en este asunto puede infundirse un espíritu moral y hasta religioso, y que si es agitado del mismo modo que lo ha sido la cuestión de la esclavitud, se volverá irresistible”.

A día de hoy Richard Cobden sigue siendo el ejemplo perfecto de una persona que reúne un conjunto de virtudes difícilmente coincidentes en un solo hombre: conocimientos teóricos, experiencia práctica, facilidad de palabra, entusiasmo contagioso, amplia visión de los parabienes de la libertad, clara idea de las estrategias alternativas que permiten impulsar las políticas liberalizadoras y un perfecto entendimiento de los incentivos que impiden el avance de la aplicación de las ideas liberales. Si ponemos todas estas características en la mente de un hombre y le añadimos un esfuerzo aparentemente inagotable nos encontramos con uno de los más grandes activistas liberales de todos los tiempos; un hombre a quien tenemos mucho que agradecer y de quien tenemos mucho que aprender (si queremos ver cómo se aplican nuestras ideas).

El Estado, la peor desgracia de la humanidad

Afirmar que el Estado, el Gobierno, cada uno de los políticos, burócratas y funcionarios son la peor calamidad del hombre libre puede parecer exagerado y atrevido. ¿Es que no es peor el terrorismo internacional, los tsunamis, terremotos o el hambre en el mundo?

En la tradición libertaria siempre se ha asociado el Estado con una organización criminal que ha negado de una forma u otra la libertad al hombre. El liberal no hace excepciones y juzga a todos por igual. Los males necesarios son una contradicción. Si el crimen es perjudicial para la propia existencia del hombre, en ninguna circunstancia se puede permitir. Da igual que el criminal sea un vulgar ratero, la mafia o el Estado. Para el liberal, la privación por medio de la fuerza de la propiedad privada a otro hombre, es robo. No es menos criminal el carterista que nos usurpa nuestro dinero mediante el hurto, que el Estado con la extorsión de los impuestos. Para el liberal, es tiranía prohibir o regular los estilos de vida de las personas, da igual que se produzca en un régimen abiertamente totalitario o en democracia. Ningún sistema político es un fin, sino un medio y si éste niega cualquier grado de libertad no criminal al individuo, ha de ser combatido hasta que perezca.

Las grandes desgracias globales que nos asolan, las podemos separar en: factores humanos contra el hombre y factores naturales contra éste. Tales amenazas sólo son factores puntuales que, aún causando mucho dolor o pérdidas materiales (como los terremotos, grandes inundaciones, sequías, etc.), pueden ser resarcidos mediante el esfuerzo y cooperación de la comunidad y mercado. Tal cooperación además, no crea pérdidas netas en otros miembros. Ni mercado ni voluntarios sociales roban a unos como hace el Estado para dárselo a otros.

Sólo hay una excepción. Tal alteración se produce cuando el mal, no entendido en su vertiente moral sino ética, se legitima a él mismo perpetuándose en el tiempo. Entonces, la calamidad del hombre es constante. Sólo el imperio de la ley puede hacer que la justicia pierda su último fin llegando a contradecirse continuamente: el criminal se convierte en el que vela por nuestra seguridad física. El ladrón pasa a ser el que nos proporciona el bienestar material y el predicador y el tirano se convierten en los garantes de nuestra libertad.

El Estado nos promete seguridad, bienestar material y libertad, pero a la vez es el causante de innumerables muertes diarias en todo el mundo con sus guerras contra el terrorismo y sus tropas de pacificación. Nuestros supuestos defensores, la policía, se convierten en agresora fiscalizando a la gente honrada, multando al ciudadano por hechos no criminales, con inspecciones, registros y violando los estilos de vida de las personas. Es la hacienda pública, el supuesto encargado de distribuir la riqueza, el mayor ladrón nacional de cualquier país. Son los políticos y tecnócratas los principales asesinos de nuestras ambiciones y libertad con excusas técnicas y circunstanciales. Sus leyes de igualdad, salud, ecología, bienestar y socialistas no nos garantizan libertad individual alguna, sino que la destruyen.

El daño no sólo es inmenso, sino diario, continuo y creciente. Así como la cooperación voluntaria de la comunidad y mercado nos ayudan a luchar contra los desastres naturales y el crimen de los antisociales, nada nos puede hacer detener el gran monopolio de la violencia: el Estado, la peor calamidad del hombre que jamás ha existido. Sólo cuando la gente entienda la realidad que significa el Estado, las cosas podrán cambiar y entonces afirmaremos que los desastres puntuales, son las peores amenazas del hombre libre.

¿Qué es Occidente?

Hace más de treinta años, en una época convulsa del mundo, Julián Marías (1914-2005) dictó en Buenos Aires una serie de cinco multitudinarias conferencias en torno a la idea de Occidente. Para el filósofo español, Occidente es una promesa inacabada de libertad y creatividad; una historia inconclusa de eficacia, de dudas, de vida despierta.

Hoy podemos escuchar la voz de Marías, con ese estilo de tersa oratoria característica de los hombres de su generación, ofreciéndonos una visión inteligible de lo que nos pasa.

Julián Marías fue discípulo de Ortega y uno de aquellos oficiales republicanos que coadyuvaron junto a Besteiro y Casado al final de la carnicería española de 1936-1939. Incomprensiblemente, fue represaliado por la dictadura. Se conjuraron contra él una recua de frailes y envidiosos. Pero su Historia de la Filosofía se transformó en manual de éxito –lo sigue siendo– entre los estudiantes. Marchó a la Universidad de Columbia para ejercer la docencia que su propio país le negaba. Liberal y católico, cuando la Real Academia Española le eligió académico, Franco se encargó a su vez de declararle enemigo público nº 1. Marías es autor de Antropología metafísica, obra relevante del pensamiento español del siglo XX. A pesar de que se las hicieron pasar moradas, tuvo la nobleza de afirmar que la cultura, durante el franquismo, no fue un páramo. Después llegaron los reconocimientos: senador real, aconsejó al presidente Suárez durante la transición. Tuvo arrestos, en pleno felipismo, de combatir la restricción de libertades. No entendió la obsesión contemporánea sobre el aborto. Aún octogenario y débil, era capaz de platicar en público durante más de una hora con rigor y sin nota alguna. Es, sin duda, uno de nuestros grandes.

Marías recordaba en Una vida presente. Memorias el ambiente de aquellas charlas encabezadas con el título ¿Qué es Occidente?: "Había agitación política, amenazas, manifiestos, sobra de tanques. Pero me sorprendió que persistiera la convivencia, la conversación, la broma, incluso la burla… El eco que mis palabras despertaron me hizo percibir la sensibilidad que en la Argentina existía para el valor, la posibilidad y también los riesgos de la libertad". En 1971 imperaba, recordemos, la guerra fría, los espadones regían en Argentina y el futuro de las democracias se planteaba incierto.

Occidente, según Marías, va de dentro a fuera. Se trata de una expansión de tres mil años de historia en tres continentes distintos, sin adscripción de raza alguna. Existen varias formas occidentales de hacer las cosas que proceden de tres raíces comunes: Grecia, Roma y el judeocristianismo. Grecia es la teoría; el interés por ver y decir significativamente. Roma es el poder con arreglo a Derecho. Lo judeocristiano ve al mundo como Creación y establece relaciones paterno-filiales con la divinidad. Marías advertía de los intentos de despojar a Occidente de su componente cristiana.

Occidente domina la técnica. La pólvora o la impresión, por ejemplo, no se hicieron técnicas hasta que fueron absorbidas por Occidente. La máquina es la proyección de la mano, la humanización del mundo. "¿Cómo puede alguien –se pregunta Marías– preocuparse por la tecnificación de la vida: acaso es lo mismo acarrear toneladas de tierra con una pala que manejar una excavadora?" Occidente no se fosiliza, nunca se embarranca del todo. Además, las invenciones han doblegado la pobreza, forma dominante de vida en el planeta. Es curioso como en esas grabaciones, en aquel momento que puede parecernos algo remoto, Julián Marías ya formulaba una interpretación sugerente acerca del uso del teléfono como ejemplo de elasticidad social, que quizá hoy haga las delicias de los publicitarios del sector o los consumidores incondicionales al móvil y sus variantes.

Occidente tiene que ser libre. A veces los occidentales se oponen a sí mismos (positivismo, marxismo) o se encuentran en tensión con otros mundos resentidos con ellos. Pero Occidente debe saber de sus pretensiones y necesidades: lo que se tiene que ser, lo que se tiene que tener, lo que se tiene que hacer. Occidente no se repite, se genera perpetuamente y engendra lo distinto. Julián Marías decía que en Occidente siempre aparecen listas con las libertades que faltan.

Organicistas y liberales

Al analizar en 1937 la crisis de la democracia liberal, consecuencia de la Primera Guerra Mundial que "aceleró la tendencia preexistente a las organizaciones internacionales, una especie de socialismo mundial… que implicó la restricción de la libertad, hasta entonces ilimitada, del empresario y su subordinación a un orden nacional, inserto en un marco internacional", Salvador de Madariaga se preguntaba qué tipo de hombre era el más proclive a caer presa del "encanto de las doctrinas dictatoriales".

En primer lugar, el caprichoso, el que responde cada presunta con un "¿por qué no?". En segundo lugar, el impaciente y apresurado, el que prefiere los atajos al "lento sendero de la historia". Para hacer frente a la tiranía, Madariaga propone la sustitución de la democracia liberal por lo que él denominó "democracia orgánica unánime". Así, partiendo de que "el fin supremo es el individuo, y que las instituciones colectivas no deben ejercer más poder del necesario para su desarrollo individual", el pensador basa su orden político ideal en varios conceptos:

  1. "Comunidad", alejada del disparate de la "misión histórica" en la que basan su existencia las naciones.
  2. "Experiencia", que no felicidad, como el fin último de la vida del hombre.
  3. "Orden", es decir, el equilibrio entre libertad –"el derecho a comportarse mal", o el "derecho a no verse privado de la experiencia de esta conducta elegida", que no precisa justificación– y autoridad, que implica restricciones a la libertad, basadas no en la consecución de la igualdad, pues ésta evita que los ciudadanos alcancen el rango y función más adecuados a su capacidad y utilidad social, sino en el mantenimiento de ciertas continuidades, esto es, de la "cultura".

A partir de aquí, Madariaga niega la existencia de la lucha de clases e incluso de una clase opresora y sostiene que la libertad, la desigualdad y el binomio ambición-necesidad son esenciales para que una sociedad progrese. Por tanto, concierne al Estado la restricción de la libertad cuando ésta atente contra el funcionamiento natural de la comunidad. Por ejemplo, los sindicatos y las asociaciones empresariales no deben ser toleradas, pues no son democráticas, sino demagógicas. Por otra parte, el Estado no puede limitar la libertad de expresión, por muy absurdas que sean las ideas expuestas. No obstante, sí puede restringir su radio de acción. Por ejemplo, no se pueden prohibir las doctrinas contra la libertad de pensamiento, sino que deban ser enseñadas en las escuelas. En general, el Estado moderno "será intolerante con los que obstaculizan su funcionamiento apropiado y con los que amenazan su constitución esencial".

Hasta aquí, todo parece indicar que Salvador de Madariaga defiende un Estado limitado con amplias libertades económicas y un orden mundial basado en la interacción libre entre individuos, no estados. Sin embargo, enseguida el autor comienza a expandir el ámbito de ese orden natural social hasta extremos amplísimos, por ejemplo la coordinación de la economía dentro de un "plan general de economía nacional" coordinado con "un plan mayor de economía mundial", pues "la iniciativa privada ilimitada es en efecto el enemigo más peligroso del Estado". Es casi inevitable señalar la contradicción existente entre esto y aquel socialismo mundial que el autor había denunciado al principio.

En segundo lugar, el autor se refiere a la soberanía de los estados, que deben fomentar la creación de una "conciencia mundial" basada en el derecho y ética internacionales de la Liga de las Naciones, única entidad legitimada para señalar la justicia o injusticia de una guerra. Por tanto, el individuo sólo puede desobedecer a su Estado invocando estos principios.

La culminación de este peculiar tour de force es la negación de cualquier tipo de autonomía individual, contenido en la siguiente afirmación:

…estamos listos para sacrificar el sistema política darviniano y adoptar una concepción moderna relacionada con el Estado totalitario: la democracia orgánica unánime.

Para alejar su modelo del fascismo y el bolchevismo, Madariaga recurre a la invención de una clase dirigente virtuosa, capaz de conseguir la adaptación, que no obediencia, de todas las clases a este Estado totalitario. El hombre de Estado surge así como una "síntesis" del pueblo, "pasivo y plástico", y de la burguesía, que encarna la inteligencia. A pesar de haber rechazado el marxismo, Madariaga no puede sustraerse a su método dialéctico a la hora de describir lo que de hecho equivale a una especie de "hombre nuevo" que a diferencia de los demás "en asuntos de vida colectiva, ve por sí mismo" y al que "nadie elige o designa. Él mismo sabe lo que es porque se oye llamado a esta alta y ardua tarea por una voz interna, su vocación". Un hombre que se distingue de los demás por sus grandes dotes de "imaginación e intuición" opuestas, por ejemplo, al espíritu judío, cuyo exceso de intelectualismo se debe según Madariaga a ser una "raza sin raíces, y por tanto sin pueblo". Como podemos observar, el debate sobre poder e imaginación se inició antes de que Sartre proclamara su célebre "la imaginación al poder" en 1968.

¿Qué criterio hemos de seguir para detectar a estas personas? ¿Qué mecanismo debemos instaurar para que el aristócrata pueda llegar a ejercer el poder y su vocación no se vea frustrada? Son preguntas que el autor deja sin responder, aunque se preocupa por describir a esta aristocracia como la fuerza que permite la existencia de una nación, lo cual equivale a restaurar el principio de "misión" que había negado antes. Una misión sustentada en el más puro liderazgo carismático.

Las páginas finales de Anarquía o jerarquía ejemplifican este tortuoso viaje que partiendo del individuo como la única realidad concluye colocando al Estado, dirigido por un grupo de seres superiores en virtud de características innatas, como ente todopoderoso legitimado para regular todos los aspectos de la vida de las personas. Así, Madariaga afirma que al Estado le corresponden todas las decisiones finales sobre la economía, la educación y la información, las finanzas y el control del crédito e incluso las organizaciones gremiales, así como la distribución del consumo, lo que conlleva entre otras la producción de cereales y su transformación, la banca y las comunicaciones y la limitación de las fortunas privadas.

En el magnífico libro La libertad traicionada, José María Marco traza las trayectorias de siete intelectuales españoles, que en todos los casos desembocan en el abandono del liberalismo, del que todos son deudores, por la construcción de quimeras que abonan el terreno al éxito de distintas alternativa comunitaristas a una sociedad basada en invididuos libres. Es una lástima que Salvador de Madariaga, que sorprendentemente ha pasado a la historia como un gran liberal debido a su oposición al franquismo –a juzgar por los contenidos de Anarquía o jerarquía, cabe preguntarse si su desdén por Franco no se podría haber debido a que consideraba al dictador un impostor que le había arrebatado su puesto como regidor de los destinos de la nación– y como gran europeísta por haber fundado el Colegio de Europa de Bruselas no haya merecido un capítulo en la antología de Marco, ni siquiera una mención. Si así hubiera sido, tal vez algunas de sus preguntas –y las nuestras– sobre el fracaso de un proyecto liberal y auténticamente democrático en Europa y las diferencias entre nuestro continente y los EE.UU. cuya noción de igualitarismo difiere tanto de la nuestra, habrían sido respondidas. ¿Acaso no es el proyecto de los Estados Unidos de Europa una empresa basada en gran parte en la utopía de Madariaga? ¿Es este ingeniero de minas reconvertido en historiador y politólogo un precursor del neohegelianismo actual, que elimina el mercado del concepto de sociedad civil y sólo permite la autonomía de la voluntad individual dentro de un Estado omnipotente capaz de encontrar excusas para cualquier intervención en la esfera de lo privado? ¿Cuántos de los autodenominados "liberales progresistas" actuales no son sino neo-organicistas disfrazados?

El estudio de Salvador de Madariaga y de su influencia internacional, tal vez mayor que la del propio Ortega y Gasset, quizá proporcione interesantes pistas a todos aquellos interesados en el socialismo europeo contemporáneo. Quizá merezca la pena introducir un nuevo eje en la investigación teórica, el de organicista vs. individualista, para indagar en ese "socialismo de todos los partidos" contra el que nos advirtió Hayek.