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Etiqueta: Pensamiento liberal

La envidia, base del pensamiento socialista

El socialismo desconfía del éxito individual producto del esfuerzo porque una sociedad basada en la jerarquía, el mérito, el riesgo personal y la empresarialidad (que así es como los economistas austríacos llaman a la capacidad de todo ser humano para encontrar la forma de satisfacer necesidades ajenas y obtener un beneficio) jamás sería socialista. Para implantar su modelo de sociedad, la izquierda necesita corromper a quienes tienen éxito fuera del cotarro estatal o, si no se dejan, anularlos civilmente a base de declararlos enemigos de "lo colectivo".

Eso es lo que han hecho con el ex presidente de Endesa, y eso es lo que harán cada vez que un ciudadano demuestre con su ejemplo que sólo lejos de las gabelas estatales es moralmente aceptable prosperar. No se trata tanto de que los líderes del PSOE tengan algo personal contra Pizarro (probablemente también), sino de una cuestión de supervivencia política: con medio millón de Pizarros, el socialismo sería inviable en España.

El socialismo es el gobierno de los mediocres y los resentidos. La mezquindad de los Caldera, Blanco, De la Vega y Zapatero no es por tanto cosa de poca importancia, sino la condición moral inevitable de todo el que quiera medrar con éxito en el cotarro de la izquierda. El hombre que se hace a sí mismo, que lucha por superar las adversidades de la vida sin apelar a una supuesta injusticia social sino empleando a fondo su talento, que hace del esfuerzo y la disciplina los ejes de su conducta, que utiliza su cerebro de forma creativa para buscar oportunidades de negocio y tiene el arrojo de comprometer su patrimonio para llevar a cabo sus ideas, jamás tendrá encaje en una sociedad regida por los cánones ideológicos de la izquierda.

El socialismo verá siempre a estos individuos como una amenaza por su capacidad de convertirse en modelos para los demás. De ahí que cuando aparece un triunfador que todo lo ha ganado por sí mismo la principal preocupación de los dirigentes de la izquierda sea neutralizarlo civilmente acusándole de los más graves delitos antisociales. En su obcecada empresa, ni siquiera reparan en que su alegato contra ese victorioso representante de la libertad individual revela los vicios sobre los que se sustenta su propia mentalidad.

A Manuel Pizarro le machacan por decir que el dinero está mejor en el bolsillo de los ciudadanos y por haber ganado en su empresa, una de las más importantes de Europa, lo que mil novecientos esclavos de la beneficencia estatal en un año. Sin saberlo, en vez de vilipendiarle lo ensalzan. Con su actitud, los dirigentes socialistas revelan que su proyecto político consiste en incautarse de una cantidad cada vez mayor de la riqueza ajena para subvencionar a los lobbies organizados que les apoyan y a una sociedad conformada por zombis morales que prefieren las migajas que les arroja el Estado antes que tener la posibilidad alcanzar el éxito mediante el talento y el esfuerzo.

El socialismo apela a las pasiones más bajas del ser humano para legitimar su proyecto político. Así ha sido a lo largo de la historia y así continua siendo para los partidos vagamente socialdemócratas. La envidia es la base del igualitarismo pregonado por la izquierda. Si no se ceba a aquélla, éste no arraiga.

A los envidiosos se les ensalza como personas de elevada moralidad que quieren acabar con la desigualdad, que es precisamente lo que nos distingue como seres humanos libres, pues el único modelo social igualitario es el basado en la esclavitud, donde todos los individuos aspiran únicamente a sobrevivir en perfecta situación de igualdad con el prójimo. En cambio, los que defendemos la libertad del ser humano para labrar nuestro propio futuro somos tachados de peligrosos individualistas e insolidarios. El ideólogo del PSOE encargado de diseñar la asignatura de adoctrinamiento colectivo ha hecho hincapié en alguna entrevista radiofónica en que el individualismo es un peligro para la democracia (la socialdemocracia), con lo que no hace sino expresar la idea ampliamente compartida por sus compañeros de secta, partidarios del igualitarismo impuesto de forma coactiva por el poder políticos.

Sin embargo, la única igualdad exigible es la de todos los ciudadanos ante la ley. Ahora bien, éste es precisamente el único igualitarismo que rechazan los socialistas. Sólo hay que echar un vistazo a su trayectoria reciente para constatarlo. Con el caso GAL, las instituciones del Estado intentaron por todos los medios que no se "estigmatizara" a los políticos implicados, como si éstos no tuvieran que responder de sus delitos igual que cualquier otro ciudadano. La imagen de la entrada en prisión de los condenados por este caso, con los dirigentes del PSOE jugando al corro en abierta rebelión jurídico-política, esmalta suficientemente su rechazo a este principio básico del Estado de Derecho. El asesinato civil y profesional del juez Liaño en el caso Sogecable o los continuos intentos de eliminar la independencia de las instituciones judiciales en la era Zapatero no hacen sino abundar en la evidencia.

Pizarro, que concita el odio más profundo de la casta socialista, ha dicho públicamente, en cambio, que prefiere ser ministro de Justicia antes que de Economía, precisamente porque estima prioritario garantizar la seguridad jurídica de todos los ciudadanos. También en este aspecto sale a relucir la calidad moral de unos y otros.

El enfermizo modelo social que promueve la izquierda penaliza la creatividad del individuo dispuesto a correr riesgos con la esperanza de obtener un beneficio. El triunfador es vituperado, y a los que crean riqueza a fuerza de talento y esfuerzo se les acusa de explotar a los demás. De esta forma, cada vez menos se decidirán a emprender nuevos negocios, que a todos pueden beneficiar. En cambio, aumentará el número de los que buscan enriquecerse al amparo del poder político de turno, utilizando las influencias y el soborno en lugar del ejercicio de la empresarialidad en un entorno de libre competencia, y el de aquellos que prefieren ser corrompidos por el Estado del Bienestar y culpar a los demás de desgracias de las que sólo ellos son responsables.

Lo que se dirime en las próximas elecciones del 9 de marzo no es sólo quién ostentará poder, sino una cuestión más profunda, que atañe al futuro que queremos para nuestro país. A un lado está el modelo Pizarro; al otro, el modelo Pepiño. Ustedes deciden.

Los siete pecados liberales

Los liberales también tenemos nuestros vicios. La mayoría son extensibles a los demás movimientos ideológicos, pero adquieren en el caso del liberalismo una forma específica. Son vicios de los que he participado (al menos cuando no tenía consciencia de ellos) y que, aun hoy, resultan esporádicamente tentadores. Son vicios de distinta condición, que dañan la causa del liberalismo en varios frentes y que están tan vigentes como arraigados en la naturaleza humana, lo cual sugiere que no es fácil erradicarlos. El primer paso, de todos modos, es identificarlos.

1. Furia. Tratamos a los socialistas, sobre todo a los que defienden sus ideas con la misma pasión que nosotros, como si fueran enemigos en el campo de batalla. Les atribuimos sentimientos viles y descargamos sobre ellos insultos y desprecios. Esta actitud de "hooligan" no contribuye a difundir las ideas liberales. Si los tratamos como enemigos se comportarán como tales, y el liberalismo no se materializará cuando la mitad del país se imponga a la otra, sino cuando la sociedad en general haga suyos esos principios. Si esta actitud de "hooligan" atrae a tantos como aliena, el resultado es un clima ideológico más radicalizado, no más liberal.

2. Guerracivilismo. Los liberales no solo cabemos en un autobús, además intentamos tirar a nuestros compañeros por la ventanilla. Parece que nos interese más etiquetar a la gente que debatir sobre sus ideas. El anonimato de internet convierte en una agresiva pelea una discusión que se resolvería amigablemente en un café. La falta de comprensión y el "hooliganismo" (Furia) tampoco ayudan. Como señala Roderick Long en referencia a las tensiones entre el Mises Institute y el Cato Institute, "cada bando tiende a exagerar los defectos de la otra parte y a minimizar sus propios defectos". Da igual que cada uno crea que su bando es la víctima y es el otro el que exagera, la moraleja es que debemos hacer un esfuerzo de empatía y evitar caer en la descalificación gratuita. Red Liberal es la prueba de que la coexistencia es posible entre liberales de muy distinto pelaje, y de que su fricción puede ser fuente de jugosos debates. Este Instituto tiene una composición más radical pero alberga también varias tendencias y opiniones diversas sin que corra la sangre. Que cundan estos ejemplos.

3. Dramatismo. Nos gusta exagerar. Leyendo algunos comentarios cualquiera diría que estamos a dos pasos del Gulag o que el mundo se acaba mañana. Es bueno distanciarse de vez en cuando, salir al "exterior" de este mundo liberal en el que nos recluimos y observar la realidad con más perspectiva. Nos daremos cuenta de que las cosas van tirando, y en muchos casos van mejor que antes. No es cuestión de conformarse pero tampoco hay que dramatizar más de la cuenta. Gente que viene "de fuera", con la mente abierta, y lee nuestras exaltadas y catastrofistas opiniones puede pensar que vivimos en un mundo distinto al suyo.

4. Impaciencia. El triunfo de la libertad es un proyecto a largo plazo y la impaciencia puede llevarnos a perseguir estrategias cortoplacistas improductivas. Si esperamos cambios inmediatos lo único que conseguiremos es frustrarnos. Hay que aprender a convivir con aquello que estamos combatiendo. Un optimismo largoplacista y nuestra pequeña aportación a una estrategia igualmente largoplacista es lo más productivo, tanto desde el punto de vista de nuestra tranquilidad personal como desde el punto de vista de lo que es necesario para que una sociedad libre emerja algún día.

5. Fe. O esperanza, en la política y en los políticos. Vemos políticos liberales en cada esquina. Merkel era liberal, Sarkozy era liberal. Parece que hay una revolución reaganiana cerca que nunca llega (la revolución que tampoco fue, por cierto). La necesidad genera ilusiones. Es la otra cara de la moneda del Dramatismo y es en buena medida un producto de la Impaciencia. Esta fe o esperanza no es inocua: depositamos confianza en un sistema y en unos políticos que ganan legitimidad a expensas de nuestro desengaño.

6. Anti-izquierdismo. Cuando es instintivo. Con frecuencia rechazamos de forma mecánica ciertas posiciones por estar asociadas a la izquierda (la Furia nubla nuestra razón). Basta que la izquierda las abuchee para que las veamos con buenos ojos (Bush, la guerra, el PP, las multinacionales), y basta que la izquierda las apoye para que las critiquemos (independentismo, calentamiento global, inmigración, multiculturalismo). Debemos definir nuestras posiciones autónomamente, atendiendo a nuestros principios, no como reacción a la izquierda. Este vicio es similar a otro que destacaba Donald Boudreaux: el contrarianismo. Hasta cierto punto es una virtud, porque nos hace receptivos a nuevas ideas, pero a veces queremos ser tan políticamente incorrectos que nos pasamos de frenada.

7. Dogmatismo. No todo empieza y acaba con La ética de la libertad. Rothbard es a menudo un punto de partida más que un punto de llegada. En el otro extremo, algunos quieren continuamente reinventar la rueda en lugar de hacer los deberes examinando lo que han escrito otros autores sobre un tema determinado. También hay vida más allá de la escuela austriaca, no toda la escuela neoclásica cae en el simplismo que a veces le atribuimos (aunque las malas lenguas dirán que eso es por las influencias austriacas…). El radicalismo, por lo demás, no es necesariamente una muestra de dogmatismo, puede ser el resultado de una exploración racional e informada. También se puede ser dogmáticamente anti-radical. En cualquier caso, el dogmatismo es un obstáculo en la búsqueda de la verdad y pone en duda nuestra honestidad intelectual.

El que esté libre de culpa que tire la primera piedra. ¿Se os ocurren más vicios liberales?

El derecho a la vida como vértice de los demás

El liberalismo es la filosofía opuesta al principio de que el fin justifica los medios. El liberal juzga si un medio es legítimo o no y no cree que la mejor de las intenciones justifique, por ejemplo, prohibir la expresión de unas ideas, forzar a trabajos forzados o acabar con la vida de otra persona.

Pero esta posición exige definir qué medios son legítimos y cuáles no, y dar cuenta de la corrección del criterio que se elija. Todos convenimos en que tenemos derecho a la vida y en que tenemos derecho a la propiedad, aunque el grado que le otorguemos a esos derechos varía. Una interpretación absoluta de los derechos individuales llevaría a la existencia de una sociedad en que no existiese una vulneración sistemática del derecho del individuo a elegir sobre su vida y su propiedad, es decir, que llevaría a la desaparición del Estado, una institución a la que resulta emocionalmente difícil de decir adiós para muchos. En la medida en que justifican su existencia apelan a un conjunto de fines necesarios que justifican los medios. Por eso hay quien entiende que un minarquista o un liberal clásico no ha llevado su liberalismo hasta sus últimas consecuencias.

Pero, en cualquier caso, sea cual fuere la medida en que se abrace a la idea de que hay un ámbito de los derechos de la persona que hay que proteger, debe explicar qué criterio utiliza, y cuál es el fundamento de este. Es decir: ¿cuál es la fuente última de legitimidad de los derechos individuales? Lord Acton recurrió a la primacía de la conciencia individual. Despreciaba a Locke por ser materialista, ya que éste recalaba en el concepto de propiedad. Rothbard, siguiendo precisamente a Locke y otros autores, acuñó el concepto de auto-propiedad, y lo llevó tan lejos como es posible, investigando siempre sus lindes, no siempre perfectamente definidas. La propiedad sobre uno mismo se toma como un axioma, reforzado además porque sus dos únicas alternativas son el comunismo (todos nos poseemos a todos), que es absurdo, y el esclavismo (uno decide sobre el otro).

Pero se puede construir el mismo edificio sobre otra base. Aceptando simplemente como vértice del edificio de derechos individuales el derecho a la vida. El derecho a la vida es el derecho a vivir, claro está. Pero vivir no es un estado automático de la persona, ni de cualquier ser vivo. Para el hombre vivir supone seguir una serie de comportamientos, ya que sin éstos la vida es imposible (necesita comer y beber y guarecerse de las inclemencias del tiempo, de los peligros, de las enfermedades). Vivir no sólo exige hacer ciertas cosas, sino evitar otros comportamientos que son incompatibles con la vida o que la ponen en riesgo.

Pero, si vivir no es automático, sino que depende del comportamiento individual, el derecho a vivir quedaría vacío (y por tanto no estaría reconocido) si no amparase todas las acciones necesarias para la vida. El derecho a la vida queda vacío si no se reconoce el derecho a comer. Pero hay más, porque la comida, y con ella el resto de bienes necesarios y amenidades de la vida, no es sobreabundante, sino que es escasa. La mayoría de los bienes que necesitamos para vivir son escasos. De modo que tendremos que realizar una serie de comportamientos, que denominamos económicos (producción e intercambio, básicamente), para procurárnoslo. Así, el derecho a la vida no sólo se extiende a los bienes y servicios beneficiosos para ella, sino a los comportamientos necesarios para producirlos y ponernos a nuestra disposición. El derecho a producir viene del derecho a los productos que son positivos para la vida, y el derecho a éstos proviene del que hemos proclamado en primer lugar como base de nuestro sistema ético.

Por esta vía del derecho primigenio, el de la vida, llegamos al que tenemos sobre la propiedad, pues sin ella no puede haber control sobre los recursos que incorporamos con nuestro comportamiento en el proceso productivo y ponemos a nuestro servicio. Y si lo que hacemos no es negar la propiedad sino reconocerla sobre la vida ajena, lo que estaremos haciendo es negar para alguien el derecho sobre su vida. Si le reconocemos el derecho a la propiedad ajena, estaremos negando indirectamente el pleno derecho a la vida del otro, ya que el derecho a la propiedad proviene del que tiene sobre su vida. Una vez asentado el derecho de propiedad, hemos conseguido mostrar la justificación de todos los derechos propios del individuo a partir del derecho a la vida que, en principio, nadie pone en duda.

El aborto es un asesinato, ¿lo sabía?

Los elementos de juicio que se aducen para justificar la necesidad de esta reforma, curiosamente, no tienen en cuenta lo más importante, en realidad lo único trascendente, que obviamente es el bebé no nacido, cuyo derecho a la vida se soslaya a favor del de la madre a acabar con él.

Hay quien se escandaliza de que un feto de 31 semanas pueda ser asesinado, descuartizado y tirado al cubo de la basura, todo dentro de la más estricta legalidad. Sin embargo, ¿qué diferencia existe entre un ser humano no nacido con treinta semanas de gestación y otro de veinte, o de quince o de cinco? Ninguna, salvo las características de su desarrollo físico. Pero lo esencial en este caso no es la apariencia física del bebé, sino su condición humana, y eso es algo que todos adquirimos desde el momento de la concepción. El cigoto unicelular, desde el mismo instante de la concepción, es ya un organismo único de la especie homo sapiens, con sus 46 cromosomas que definirán sus características personales a lo largo de su vida. En el momento de la concepción estamos ante una nueva y genéticamente única vida humana individual.

No hay ningún momento entre la concepción y la muerte a la vejez en que la ciencia pueda discriminar la esencia humana del individuo: "A partir de aquí se es un ser humano, de aquí hacia atrás no". Imposible. Si se es un ser humano se es desde el principio.

Por tanto, aunque las leyes dicten la licitud de asesinar a un ser humano no nacido, en el plano ético estamos ante la privación del derecho a la vida de un individuo. Un ser humano que además no puede valerse por sí mismo, sobre cuyo derecho a la vida el Estado se arroga la capacidad de decisión. El principal argumento de los partidarios del aborto es que se trata de un ser vivo que depende del soporte vital de la madre para su existencia y que, por tanto, la madre puede decidir si quiere seguir manteniéndolo con vida o "desconectarlo". Sin embargo, cuando nace, el bebé sigue necesitando los cuidados de la madre para sobrevivir. ¿Están los proabortistas dispuestos a admitir que una madre resuelva dejar de darle a su recién nacido los cuidados necesarios para su supervivencia en aras de ese "derecho a decidir"? Si no lo están cuando el niño tiene dos días de vida, la argumentación para justificar el aborto pierde toda consistencia.

Desde un punto de vista estrictamente liberal, el derecho a la vida del bebé no nacido prevalece sobre cualquier otro supuesto derecho de los demás a suprimirlo. A esto último se le llama asesinato. Por más que las leyes eviten sancionar a quien lo cometa, cualquier persona moralmente sana debería reprobar esta práctica y exigir su ilegalización. No estaría de más que el partido que representa las ideas liberales en España tomara nota de esta cuestión tan elemental y actuara en consecuencia. Y es que, especialmente en este asunto, sobran reflexiones y faltan…

Ni es liberal ni ha pretendido nunca serlo

Ayer, en esta misma tribuna, se lamentaba amargamente mi socio y colega de profesión Manuel Llamas por el giro a la izquierda que, a su parecer, el PP ha dado en los últimos tiempos. Estoy de acuerdo con él; en el lamento y en el análisis. En el lamento porque es una pena que en España no tengamos un partido político que se acerque a nuestra manera de pensar y de concebir la vida en sociedad. Y en el análisis porque el PP, efectivamente, es desde hace mucho un partido socialdemócrata más cuyo programa e intenciones distan sólo un par de estaciones de los de su archienemigo socialista.

El problema no es por lo tanto el juicio, que va sobrado de tino, sino la profundidad del mismo. El Partido Popular no es un partido liberal ni ha pretendido nunca serlo. Es, en el mejor de los casos, un partido que gusta de decirse –a ratos y sin demasiada convicción– liberal o, afinándolo aún más, amigo de los liberales. Y no siempre y no desde siempre. Cuando empecé a interesarme por las cosas de la política, allá por 1992 o 1993, el PP no prestaba la más mínima atención a las ideas liberales (no es que ahora preste demasiada, pero entonces sus líderes no sabían ni que existían) y su programa, coma arriba, coma abajo, era un refrito del que imprimía cada cuatro años el PSOE quitándole la épica obrerista y la lírica de lo social.

En todo lo demás eran clavados y así nos lo hacía ver Jesús Huerta de Soto en sus clases nocturnas de Economía Política para pasmo de los que hasta allí se allegaban con el monotema de odiar a Felipe González por encima de todas las cosas. Tuvo entonces alguien dentro del PP la ocurrencia de vestir la presencia pública del partido con ropajes nuevos, recién cortados en el taller de Lucas Beltrán o de Pedro Schwartz y que Jiménez Losantos, a la sazón columnista y contertulio muy aplaudido por los jóvenes, difundía en la radio y en la prensa con eficacia demoledora. De esto hace 15 años y algunos se ilusionaron con eso de que el PP sería la herramienta que siempre le ha faltado al liberalismo español, la llave inglesa política que fuese poco a poco desmontando el monstruoso estado que heredamos del franquismo, y que ucedeos y felipistas hicieron crecer hasta extremos tan onerosos como la brutal recesión económica del 93-94.

Han pasado muchas cosas desde entonces y el PP sigue, más o menos, donde estaba. Gobernó ocho años retocando cuatro nimiedades pero, en lo esencial, doblando el espinazo ante el discurso socialista hegemónico. En España, por desgracia para nosotros y para los que vengan detrás, no se aprovechó esa oportunidad para hacer una revolución al estilo de las de Thatcher o Reagan. Ni se tocó el mal llamado "Estado del Bienestar" ni se emprendió ninguna reforma digna de tal nombre. A lo más se dejó de robar a manos llenas y se practicó un bypass de emergencia a un organismo moribundo que estaba a punto de reventar.

En el PP, dados como buenos políticos que son a pasar el día felicitándose de sus propias incompetencias, no es que no sean conscientes de la oportunidad que perdieron, es que, para ellos, eso no fue una oportunidad sino dos legislaturas de poltrona y coche oficial. Si volviesen a gobernar harían lo mismo. La Seguridad Social o el fondo de pensiones seguirían siendo lo que son, los impuestos serían tan altos y desproporcionados como lo son ahora y el Gobierno no podría evitar meter sus narices en los medios de comunicación, en la banca o allá considerase necesario en aras del "bien común". Les va en su naturaleza. Son políticos, esa curiosa especie de seres humanos que se cree omnisciente y cuyo único interés real es vivir a costa de los demás diciendo como tienen que vivir los demás.

Mi pesimismo, naturalmente, no es óbice para que, de tanto en tanto, les eche el voto. Pero no con la esperanza romántica de que hagan esa revolución liberal que tanto me gustaría ver con mis propios ojos en mi propio país, sino con la idea práctica de evitar que vengan los de enfrente y hagan la revolución a la inversa.

La responsabilidad de las elites naturales

El progreso de la Humanidad tiene su origen en la tenacidad mostrada por los individuos geniales a la hora de perseguir sus sueños a despecho de la masa. El hombre dejó las cavernas no porque un congreso de jefes tribales así lo decidiera (si ZP hubiera coordinado esa reunión, aún estaríamos matando bichos a garrotazos, ténganlo por seguro), sino gracias a que en cada generación existen individuos capaces de desafiar las convenciones y explorar nuevos caminos en la ciencia, las artes y el pensamiento.

El hombre alberga en lo más profundo de su ser ese deseo de avanzar en el terreno del conocimiento. Ahora bien, para que ese capital de ideas fructifique y beneficie a la sociedad, ésta ha de ordenarse de una determinada forma, y no de otra. Las instituciones sociales que acompañan al ser humano desde sus inicios son, básicamente, la familia, la propiedad privada y la libertad individual. Ninguna de ellas fue diseñada por equipo alguno de ingenieros sociales, sino que responden a un cierto orden natural y espontáneo que ha hecho las veces de código no escrito desde que la Humanidad inició su andadura.

Toda construcción social que intente subvertir esas instituciones básicas es, por definición, contraria a la civilización. El socialismo, que precisamente tiene como principal misión establecer una utopía revolucionaria para desmontar el orden social espontáneo, es, por tanto, una ideología reaccionaria y contraria a la esencia más profunda del ser humano. De ahí que fracase una y otra vez, luego de generar un océano de sangre, miseria y dolor.

Si esto es así, y lo es, lo normal sería que los medios de comunicación exaltaran los principios que nos han hecho más prósperos y más libres. Sin embargo, ocurre exactamente lo contrario. Los valores tradicionales, si alguna vez aparecen en los grandes medios de masas, son sometidos a ataques sañudos. Este estado de cosas hace que quien se rebele y decida actuar como un individuo libre sea considerado sospechoso de los más graves pecados contra la democracia y el igualitarismo.

La independencia de criterio, la defensa de la familia, la renuncia a aceptar como válidos los principios esparcidos por el marxismo cultural o la defensa del derecho a perseguir los propios fines a despecho de la opinión de la masa son conductas consideradas altamente sospechosas por la mayoría de la gente; porque no están bien vistas, y no como consecuencia de proceso reflexivo alguno.

En esta tesitura, quienes siguen la senda civilizadora de aquel antepasado que inventó la forma de mover grandes pesos utilizando dos ruedas y un eje son unos héroes, dado el coste personal que han de pagar por su independencia. En nuestro mundo occidental, este papel está representado con especial gallardía por los empresarios. Cualquier persona que idee una manera de satisfacer una necesidad de sus contemporáneos de forma más eficiente que los demás y que empeñe su patrimonio para llevarla a cabo puede ser considerado, con toda justicia, como parte de esa elite natural consustancial a toda época y lugar.

Esos individuos geniales, principales artífices del progreso humano, tienen, a mi juicio, una gran responsabilidad. Cuanto más éxito tengan como hombres de negocios y profesionales, más importante es que den ejemplo, esforzándose por comportarse de acuerdo a las más elevadas exigencias de la ética.

Desde luego, la primera obligación de toda persona decente es para consigo misma y para con su familia. Por eso es bueno que hagan honestamente todo el dinero que puedan, pues cuanto más dinero ganen más beneficiosos serán también para los demás. No deberían avergonzarse jamás de haber alcanzado el éxito y de tener dinero. Y, sobre todo, no deben permitir que los zombis morales que viven de esquilmar sus bolsillos a través del Estado se dirijan a ellos desde una posición de superioridad moral. Ni los empresarios de éxito lo merecen, ni los parásitos sociales tienen derecho alguno a recriminar o exigir nada a éstos.

Pero hay otra responsabilidad adicional que esta elite natural debe asumir. Han de apoyar activamente la propiedad privada, la familia, la responsabilidad personal y las libertades de contratación y asociación. Esto significa que han de asumir como un deber, su más noble deber, el contribuir abierta, orgullosa y generosamente al reconocimiento público de los valores que saben correctos y verdaderos mediante su colaboración con las instituciones privadas y los medios comunicación que han hecho de su defensa su principal bandera.

Con este modesto artículo invito a empresarios, profesionales liberales, autónomos, trabajadores cualificados y padres de familia a que tomen conciencia de su responsabilidad como miembros de la elite más noble con que cuenta nuestra sociedad. Si no lo hacen por ustedes, al menos háganlo por sus hijos y por los míos: ellos no se merecen que les defraudemos.

La idea conservadora

No existe un cuerpo unificado y completo del conservadurismo, como tampoco, para el caso, del socialismo o del liberalismo. Ahora bien, todas sus posiciones se pueden referir de un modo u otro a la visión de que la sociedad es como es por algún motivo y que nosotros, como parte de ella que somos, no estamos en la situación de reformarla por completo. Ese respeto por el funcionamiento autónomo de la sociedad lleva a una mirada de comprensión hacia las instituciones, que tiende a ver en ellas una razón de ser, una función acaso no plenamente evidente ni abierta a una comprensión total, pero sí suficiente. El conservador no es panglossiano. Observa las miserias del alma humana y de la sociedad con dolor, pero con cierta tolerancia y transigencia. Dice Burke: "La naturaleza del hombre es intrincada; los objetos de la sociedad son de la mayor complejidad posible y por lo tanto ¿puede una simple disposición u orientación del poder ser adecuada, ya sea para la naturaleza del hombre o para la calidad de sus asuntos?"

Se entenderá mejor la posición del conservador si acudimos a cómo define Tocqueville a su opuesto. Dice de los jacobinos que "sentían una especial inclinación por las generalizaciones amplias, los sistemas legislativos estereotipados y por una simetría pedante; un mismo desprecio por los hechos incontestables; idéntico gusto en reformar las instituciones siguiendo líneas nuevas, ingeniosas y originales; el mismo deseo de reconstruir toda la constitución de acuerdo con las reglas de la lógica y de un sistema preconcebido, en lugar de intentar la rectificación de sus partes defectuosas". Éste quiere crear "una multitud innumerable de hombres, todos iguales y semejantes, que se esfuerzan incesantemente en procurarse los placeres pequeños y mezquinos con los cuales saciar sus vidas". Y por encima de ellos, "un poder inmenso y tutelar; absoluto, instantáneo, constante, prudente y suave… hasta que cada nación quede reducida a nada mejor que a una multitud de animales tímidos y diligentes, de la que el gobierno es el pastor".

El jacobino, el ungido en terminología sowelliana, ve el conocimiento acumulado como supersticiones y prejuicios y las instituciones como cadenas que es necesario hacer añicos para lograr, por fin, la plena libertad del individuo. Expresaba así su propósito el Comité de Salud Pública: "Es necesario reformar por completo un pueblo al que se desea hacer libre; destruir sus prejuicios, modificar sus hábitos, limitar sus necesidades, desarraigar sus vicios, purificar sus deseos".

Sienten inclinación sobre todo por el ámbito privado, esto es, por el verdaderamente social. Tanto la propiedad privada, con la red de relaciones tejidas voluntariamente, como por la familia. Pero también por la villa o el pueblo, o la comunidad establecida por la costumbre. Y por la descentralización del poder. Son favorables a que haya una Iglesia establecida, pero su actitud hacia ella es más instrumental que "necesaria". La Iglesia cubre el tejido social de un manto de respeto por la moral tradicional y por lo establecido, y constituye en sí mismo un cierto poder que sirve de contrapeso al del Estado o al de otras instituciones. El contrapeso, el equilibrio y el respeto por el propio ámbito y del de los demás es parte esencial del ser conservador.

Valoran la autoridad, pero en un sentido menos fuerte, menos coactivo que el que podamos imaginarnos ahora. Esa autoridad no es sino el poder de cada persona sobre su propiedad y de cada institución sobre el ámbito que le es propio. Mientras que el liberal parte de los derechos del individuo, el conservador, que puede también contemplarlos, presta atención a esta idea de la autoridad y del respeto del propio ámbito.

Los conservadores son críticos con el liberalismo, por las mismas razones por las que son críticos con los ungidos, y a la vez por otras muy distintas. Los liberales, se duelen, con su insistencia en la plena libertad del individuo, fomentan la disolución de los lazos sociales tejidos y forjados por la costumbre. Puede contribuir, por otra vía, a romper los roles y las relaciones entre cooperación y autoridad que mantienen cohesionada y sana a una sociedad. El liberalismo es caldo de cultivo del hombre-masa que aterra la sensibilidad conservadora.

Yo entiendo que esto es un claro error por su parte, ya que los auténticos lazos sociales están basados en la voluntariedad y construidos precisamente sobre el respeto de lo propio y lo ajeno. Pero teme Coleridge los efectos "desgarradores, divisorios y aniquiladores" del comercio sobre el vínculo social tradicional. Los liberales, por lo general, vemos ese temor con auténtica simpatía.

Y es que la reverencia conservadora por las instituciones asentadas puede resultar excesiva. Y la libertad es necesaria para poner en práctica comportamientos nuevos, algunos de los cuales puede que se adapten a las nuevas circunstancias mucho mejor. El efecto disolvente de las relaciones comerciales sobre las relaciones tradicionales hace más abstractas y menos condicionadas por roles sociales predeterminados.

Con todas las críticas que hace el conservadurismo al liberalismo, que me parecen fundadas en una falta de confianza en la libertad, es cierto que hay elementos comunes o al menos compatibles entre ambas corrientes, y por eso se habla de la posición liberal-conservadora.

Por qué llamaron tantas veces socialista a Milton Friedman

Las mayores meteduras de pata de Friedman se produjeron en el ámbito monetario. No es casualidad, pues, que recibiera sus primeros reproches en esta materia. (En este punto, yo tampoco dudaría en tildarle de socialista). Como recoge en sus memorias, Two Lucky People, Friedman y su mujer acudieron una vez a un seminario sobre cuestiones monetarias organizado por Frank Knight y en el que también tomó parte Melchior Palyi, uno de los mayores genios en teoría monetaria que dio el siglo pasado. Cuando Friedman terminó de defender el dinero fiduciario y los tipos de cambio flexibles, Palyi, muy enojado, lo tachó de "comunista".

Y es que la propuesta de Friedman concedía a los Gobiernos la facultad para envilecer tanto como quisieran la moneda, al no estar ésta ligada a estándar de valor alguno. Debido a la contaminación friedmanita, se ha extendido la muy errónea idea de que los tipos de cambio flexibles son una medida más propia del libre mercado que los fijos, más parecidos a los intervencionistas controles de precios. Pero, como explica Richard Salsman, "eso es como afirmar que un sistema de pesos y medidas fijos (100 centímetros = 1 metro) es estatista y uno de pesos y medidas variables (ahora, 100 centímetros = 1 metro; dentro de un minuto, 100 centímetros = 2 metros), propio del libre mercado".

Los errores en teoría monetaria de Friedman no terminan aquí. A juicio de otro gran economista, Antal Fekete, Friedman fue, junto con Keynes, el mayor enemigo del patrón oro en el siglo XX. Keynes contribuyó a que Roosevelt expropiara, en 1933, el oro a los estadounidenses; Friedman, a que Nixon se lo quitara a los extranjeros en 1973, con el abandono de Bretton Woods.

En lugar de por el dinero respaldado, Friedman abogaba por un monopolio que emitiera papel incovertible a una tasa fija. Desde el abandono de Bretton Woods, que Friedman apoyó de manera entusiasta, el dólar ha perdido más del 95% de su valor con respecto al oro. El economista de Chicago es uno de los principales responsables del robo monumental que han padecido los acreedores estadounidenses en forma de inflación. Como denuncia Fekete: "Si la potestad para incrementar la oferta monetaria se delega a una agencia con pretensiones científicas, entonces esta agencia se convierte en un medio por el que obtener el poder absoluto. No importa cómo se mire, el poder para emitir moneda es un poder absoluto. Y el poder absoluto conduce a la corrupción absoluta".

Friedman abogó por ese poder absoluto. El desastre actual del dólar es un homenaje a sus ideas.

Política fiscal

También en política fiscal fueron nefastas las teorías de Friedman. En 1947, durante la primera reunión de la sociedad Mont Pèlerin, Friedman y el resto de los asistentes comenzaron a discutir sobre los métodos más eficientes para acometer una política redistributiva. Ludwig von Mises, que se contaba entre los asistentes, no pudo aguantar tamaña pérdida de tiempo antiliberal, por lo que se marchó indignado y dando un portazo, no sin antes exclamar: "¡Sois todos un puñado de socialistas!".

En sus memorias, Friedman cree que ninguno de los asistentes merecía tal calificativo. Pero lo cierto es que, repasando algunas de sus propuestas fiscales, cabe dudarlo.

El economista de Chicago fue uno de los artífices de las restricciones fiscales aplicadas durante la II Guerra Mundial. Hasta ese momento, los estadounidenses pagaban íntegramente sus impuestos cada 15 de marzo. Tras la reforma de Friedman, el Estado podía ir extrayendo los tributos mensualmente de sus nóminas, con lo que se quedaban antes sin parte de su renta. (Esto impedía, entre otras cosas, invertir y rentabilizar el dinero extraído por el Estado).

Rothbard llegó a escribir que tal medida permitía al Gobierno "utilizar a cada empresario como un recudador de impuestos no retribuido, con lo que se extraen los tributos de manera silenciosa y casi imperceptible". "Hay que agradecer a Milton Friedman su contribución a la creación del Estado-Leviatán en los Estados Unidos", remachó.

Curiosamente, el propio Friedman suscribió esta contundente crítica de Rothbard:

Nunca se me ocurrió que estuviera ayudando a construir una maquinaria que haría viable un Gobierno como el que tantas veces he criticado: demasiado grande, demasiado intrusivo, demasiado destructivo de la libertad. Pero eso era precisamente lo que estaba haciendo.

Sigamos con sus errores en política fiscal. En su famoso Capitalismo y libertad defenderá la creación de un impuesto negativo que garantizase "un mínimo por debajo del cual no pueda caer la renta de nadie". En esta propuesta muchos ven uno de los primeros antecedentes de la renta vital que defienden hoy los socialistas y los comunistas de todo el mundo.

Por último, en su también célebre artículo "Roofs or Ceilings?" defendió que la "imposición masiva" era un arma adecuada para combatir la inflación. Hablamos de un robo por partida doble: primero mediante la inflación y luego mediante los impuestos. Como si al Estado le faltara munición ideológica…

Colectivismo e igualitarismo

 

"Roofs or Ceilings?", publicado por la Foundation for Economic Education (FEE), fue el detonante de unas agrias críticas de Ayn Rand. Si bien muchos consideran que este artículo, que Friedman escribió al alimón con George Stigler, es un alegato liberal, porque ataca los controles sobre los alquileres impuestos por las Administraciones de Roosevelt y Truman, Rand montó en cólera cuando lo leyó.

En una carta a Leonard Read, presidente de la FEE, Rand tachó el artículo de Friedman y Stigler de "propaganda colectivista" escrita por un "par de rojos" que abogaban por la "nacionalización de las viviendas privadas". De hecho, llegó a afirmar que la publicación del artículo por parte de la FEE "era la decisión más perniciosa contra la libertad que había tomado jamás una organización conservadora". "Los economistas critican los controles de precios por motivos prácticos y humanitarios, pero no por violar el derecho inalienable de los arrendadores y propietarios", añadía Rand.

Lo cierto es que, al margen de que "Roofs or Ceilings?" sólo utilizara argumentos utilitaristas, el modo de presentar el problema estaba plagado de colectivismo e igualitarismo. Por ejemplo, el problema económico se planteaba sobre "cómo dividir o racionar una cantidad fija de viviendas entre la gente que las quiere". Friedman abogaba por eliminar los controles de precios porque no promovían la construcción de nuevas viviendas; pero como sin ellos los ricos tendrían un acceso más sencillo a la vivienda, añadía: "Para aquellos, como nosotros, que querríamos una mayor igualdad a la actual, no sólo en la vivienda sino en todos los productos, creemos mejor atacar directamente en su origen las desigualdades en la renta y la riqueza". De hecho, en las conclusiones dejaba claro que su objetivo no era respetar la propiedad privada, sino "la distribución más equitativa posible de las existencias actuales de viviendas y establecer los mejores estímulos a la construcción".

A la luz de estas manifestaciones, una de las más famosas frases del propio Friedman adquiere un nuevo significado: "Aquellas sociedades que antepongan la igualdad a la libertad terminarán sin libertad y sin igualdad". Al parecer, la libertad sólo debe ser respetada porque es el único camino hacia la igualdad.

A partir de este momento, Ayn Rand desarrolló un especial y en parte injustificado odio hacia las ideas de Friedman. Por ejemplo, cuando le preguntaron si había visto los documentales de Libertad de elegir, contestó sarcásticamente:

Los he visto sólo cinco minutos. Es suficiente para mí, porque ya conozco las ideas de Friedman. No está a favor del capitalismo; es un ecléctico miserable. Es contrario al objetivismo, y me critica porque intento introducir la moral en la economía, que según su opinión debería ser amoral. No me gusta siempre lo que pone la televisión pública, pero hay mejores programas que el de Friedman: por ejemplo, el circo.

Conclusión

 

Unas semanas antes de muriera Friedman, Edward Stringham le preguntó quiénes eran, aparte de él, los economistas que más habían ayudado a promover la libertad en el siglo XX. Su respuesta fue: "Hayek, Mises, David Friedman y Stigler, por este orden".

Ya hemos visto que Mises tachó a Friedman de socialista durante una reunión de la Mont Pèlerin. Hayek, por su parte, escribió en su autobiografía que The Methodology of Positive Economics, de Friedman, era "tan peligroso como la Teoría General" de Keynes. En cuanto a David Friedman, no ha dudado en definir a su padre como "bastante socialista". Así pues, tres de los cuatro economistas más liberales según Friedam consideraban socialistas algunas de las contribuciones de éste.

Es por ello que la biografía intelectual de Milton Friedman debe ser examinada cuidadosamente. Buena parte de los mayores atentados contra la libertad –la inflación, la hipertrofia del Estado y el igualitarismo– proceden (quizá muy a su pesar) directamente de sus ideas y teorías. Y es que, como bien escribió él mismo en Libertad de elegir, "el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones".

¿Cambio de rumbo en la ideología?

En política, aun manteniendo el común fuertes ideas socialistas, se empiezan a percibir en el ambiente ciertas ideas favorables a la libertad individual, como los recortes de impuestos o una educación con menos adoctrinamiento; algunos grupos llegan a defender el cheque escolar, por ejemplo. En el mundo de la comunicación el tono sube con ideas más atrevidas, como la libertad para portar armas, la eliminación de gran cantidad de impuestos y la expansión de los medios de producción privados frente a la agresión estatal.

Si nos vamos al mundo de las ideas, en la doctrina del liberalismo, los temas se radicalizan considerablemente. Es indudable que en España ha habido un boom del liberalismo y el conservadurismo. Está despegando con mucha fuerza la difusión de un liberalismo más puro que pide una reducción drástica de las labores del Estado para ser traspasadas a la propia sociedad civil. Incluso empiezan a verse sectores que apuestan por una sociedad sin Estado donde todo esté gestionado por los medios de producción privados y la voluntad del hombre libre. ¿Utopía? También lo fue el marxismo y acabó contaminado todo el planeta.

Curiosamente, este enfrentamiento al establishment es el que tomó el socialismo hace más de 100 años y, en otro tono, en las décadas de los 60 y 70 del pasado siglo. Los partidarios del sistema de entonces, básicamente conservadores, decían las mismas cosas que hoy le dice la izquierda a la derecha. Qué curioso que, con el tiempo, el socialismo ha perdido todo meta revolucionaria y transgresora para adoptar una suerte de conservadurismo socialista. Conservación de los derechos positivos, de la ecología, del Estado del bienestar, etc. Del antiguo socialismo que quería cambiar el mundo y que no lo ha logrado sólo queda la estética.

Ahora, la revolución, la transgresión de las ideas proviene de la derecha. Milton Friedman recordaba, en uno de sus últimos artículos, que cuando él era joven, o relativamente joven (años 50-60), el mundo estaba al revés que ahora. La gente tenía un fuerte sentimiento socialista, pero las políticas eran conservadoras. Contraponía esa época a la actual apuntando que, en el 2007, la gente y muy especialmente los economistas están adoptando una visión más liberal, pero las políticas de los gobernantes son socialistas. En el mundo de las ideas, esta oposición es evidente. Uno de los máximos auges de pensamiento ha sido en la Escuela Austriaca. En los años 60 la visión austriaca estuvo a punto de desaparecer, apoyada sólo por figuras como Mises, Hayek, Hazlitt o Machlup. Ahora experimenta una explosión de ideas y seguidores jamás vista. Como ha dicho el gran profesor Walter Block, "nunca en la historia ha habido tantos profesores de la Escuela Austriaca en todo el mundo y en tantas universidades".

Los cambios de tendencia son difíciles de ver y sobre todo, muy lentos. Tardan años en hacerse evidentes y décadas en producirse. Un palpable punto de inflexión podría ser el actual, con una izquierda que se ha convertido en conservadora y una derecha revolucionaria que combate el establishment, que hoy día es el socialismo, abogando por un cambio radical de sociedad. Una sociedad donde el único soberano sea el individuo y su capacidad creadora y no el burócrata ni ningún dictador de la producción.

Una regla sencilla para un mundo complejo

Si ante un problema social determinado o la carencia de un servicio que creemos que la gente necesita respondemos "ya se encargará el Estado", estamos apoyándonos en un acto de fe. Pero los liberales también decimos muchas veces "de esto ya se encargará el mercado" o "este asunto debe dejarse en manos del mercado", sin concretar ni dar más explicaciones. ¿No estamos cayendo en el mismo dogmatismo? ¿No exige la prudencia intelectual una respuesta más equilibrada, o en caso de que no sepamos ser más específicos, un humilde silencio? Pero la expresión "debe dejarse en manos del mercado" no es simplista ni dogmática, aunque a veces lo parezca; solo estamos condensando en pocas palabras un laborioso y sólido planteamiento teórico. La expresión "debe dejarse en manos del Estado" es, en cambio, tan simplista como aparenta.

Cuando decimos "ya se encargará el mercado" estamos reconociendo los límites de nuestro conocimiento y depositando nuestra confianza en la creatividad de millones de personas que arriesgan su fortuna y su reputación en un proceso que "premia" a los que aportan soluciones y "castiga" a los que malgastan recursos. Estamos confiando en un proceso que se va autocorrigiendo y que estimula el progreso: cada individuo puede contribuir con sus propias ideas, las ideas compiten entre sí, las mejores ideas triunfan y las peores acaban desechándose.

Cuando decimos "ya se encargará el Estado", por el contario, estamos depositando nuestra confianza en un grupo de políticos y funcionarios que actúa en un contexto completamente distinto. Los burócratas responden ante los electores, que votan cada cuatro años, no ante consumidores, que votan cada día cuando compran o se abstienen de comprar. Si no nos gusta un producto vamos a la competencia al día siguiente. Si no nos gusta un Gobierno tenemos que esperar cuatro años (y lo más seguro es que lo reemplace uno similar). Los burócratas no arriesgan sus propios recursos sino los de los contribuyentes, con lo cual la irresponsabilidad y la ineficacia les sale gratis, contrariamente a lo que les sucede en el mercado a los empresarios. Los burócratas no ponen a competir sus ideas unas con otras, imponen su "solución" a todos uniformemente, y como actúan al margen del mercado no son premiados con beneficios cuando sus ideas sirven a la gente, ni castigados con pérdidas cuando despilfarran recursos.

El mercado, por tanto, es un proceso competitivo auto-corrector. La expresión "debe dejarse en manos del mercado" es una forma de aludir en pocas palabras a este proceso y a los millones de individuos que participan en él y experimentan con sus ideas de manera descentralizada. La expresión "debe dejarse en manos del Estado" no encierra ningún significado más profundo, se supone que el Estado (políticos y burócratas) dará con una solución simplemente porque tiene "la voluntad" de encontrar una solución. Pero es una confianza ciega, no tenemos ninguna razón para pensar que es propenso a encontrarla. En el caso del mercado sí tenemos razones para pensar que, tarde o temprano, dará con la solución más eficiente. Por eso la expresión "que se encargue el mercado" no es dogmática, sino prudente y razonable. O como destaca Donald Boudreaux, es una regla sencilla para un mundo complejo.

Esta regla sencilla, sin embargo, nos remite a un proceso de "mano invisible", como destacaba Adam Smith, y por eso inspira tan poca confianza. Estamos delegando en un proceso que armoniza subrepticiamente los intereses dispares y egoístas de las personas y que, formalmente, no nos garantiza nada. Nos inspira más confianza la mano visible del Estado, porque el Estado asegura tener la voluntad de solucionar el problema y eso nos basta como garantía. Pero deberíamos plantearnos qué ofrece en la práctica más garantías: un sistema que "promete" una solución pero no tiene una estructura de incentivos para dar con ella, o un proceso competitivo que no promete nada formalmente pero de hecho incentiva el descubrimiento de soluciones.

El que no seamos capaces de imaginar cómo el mercado puede proveer un determinado servicio no es un motivo para reclamar la intervención del Estado. El libro The Voluntary City documenta cómo el mercado ha provisto históricamente varios servicios esenciales que hoy en día se consideran competencias casi exclusivas del Estado, desde la planificación urbanística a la ley mercantil, pasando por carreteras, parques e infraestructuras urbanas, policía, servicios judiciales, asistencia a los enfermos o educación para el común de los niños. El Adam Smith Institute recoge 80 ejemplos de reformas liberalizadoras y soluciones de mercado alrededor del mundo en ámbitos como las pensiones, los transportes, el espectro radioeléctrico, correos, la preservación del medio ambiente o la cultura y el arte. El mercado continuamente está desafiando nuestra imaginación y no deja de sorprendernos con sus innovaciones. Si tuviera más margen de actuación podría sorprendernos aún más.

Hay que tener en cuenta, además, que cuando decimos "debe dejarse en manos del mercado" nos referimos al mercado en el sentido amplio del término, que incluye el sector privado sin ánimo de lucro. Lo interesante de esta matización es que los fallos del mercado, según la teoría convencional, son aplicables a las empresas con ánimo de lucro, pero no afectan a las organizaciones privadas sin ánimo de lucro. Así, como explican los autores de The Voluntary City, al ignorar las posibilidades del sector privado sin ánimo de lucro los críticos del mercado están subestimando las posibilidades del mercado en el sentido amplio del término. En el supuesto de que las empresas con ánimo de lucro no sepan encontrar una solución, aún hay buenas razones para decir "que se encargue el mercado".