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Etiqueta: Pensamiento liberal

Wieser y el equilibrio general en la escuela austríaca

La posición de Friedrich von Wieser dentro de la escuela austríaca siempre ha sido una cuestión compleja. Es uno de los dos brillantes seguidores de Menger, junto con su amigo y luego cuñado Eugene von Böhm Bawerk. Ambos dedicaron sus esfuerzos a perfeccionar y enseñar las ideas de Carl Menger. Pero en última instancia, lo que hoy llamamos Escuela austríaca está más asociado a Böhm-Bawerk (especialmente por la refundación de esta escuela por su discípulo Ludwig von Mises) que a Wieser. Y ello pese a haber sido este el maestro directo del miembro más distinguido de la escuela, nada menos que Friedrich Hayek. Cabe preguntarse por qué las cosas se han desarrollado de este modo.

En su libro Natural value define este valor natural como el que existiría en una sociedad perfectamente comunista y los bienes se valoran por la relación entre la cantidad existente y las utilidades marginales. De su lectura se desprende que lo que tiene en mente, aunque con una formulación distinta a la de Walras, es un modelo de equilibrio general. De hecho, su solución al problema de la imputación consiste en el planteamiento de n ecuaciones con n incógnitas, en el que cada una de estas últimas es la contribución marginal de cada factor de producción. En Social Economics, que Friedrich A. von Hayek vio en su obituario (1926) como la obra más acabada de Friedrich von Wieser, su maestro describe las condiciones de una economía en que se alcanzaba la mayor utilidad total posible (creía en la comparación interpersonal de las utilidades). Esa economía sencilla estaría guiada por una sola mente, por un planificador omnisciente que no comete error alguno en la asignación de los recursos, de acuerdo con su valor natural. Ludwig von Mises, en sus Notas y recolecciones, decía de Friedrich von Wieser que era un seguidor de la escuela de Lausana.

Mises siguió un camino distinto y se dio cuenta muy pronto, en 1912, que lo único real y observable era la acción y el intercambio. Y que la economía era, en realidad, una ciencia del intercambio, el cual da lugar a los precios y, si se da el supuesto de una economía con dinero, al cálculo económico. De ahí llega a la teoría de las rentas de los factores originarios de producción por su productividad marginal. Wieser (y Eugene von Böhm Bawerk, por cierto), formula una teoría del valor de los factores en la imputación directa desde el valor, sin el paso intermedio de los precios.

Hayek siempre se vio a sí mismo como un discípulo de Wieser. Así lo dejó ver en un obituario de su maestro escrito en 1926. Y dijo de Mises que “llegué a él como un economista formado en una rama distinta a la economía austríaca de la cual, de modo gradual pero nunca completa, me fue ganando”. Se refería a la rama creada por Eugen von Böhm Bawerk. En 1977 declaró que era una pena que con él mismo se fuera a perder la rama wieseriana de la economía austríaca.

De hecho la concepción detrás de Precios y producción es de equilibrio general. Hayek veía el problema del ciclo como las desviaciones del sistema económico del equilibrio descrito por Walras. De hecho esta posición es utilizada por Piero Sraffa en su demoledora crítica de Precios y producción, por las contradicciones en que cae Hayek cuando habla del dinero en una economía en perfecto equilibrio. Esa concepción está más taimada en su Teoría pura del capital, aunque sigue ejerciendo sobre él una poderosa influencia.

Pero seguramente lo más significativo de la deriva walrasiana de Wieser, y que se mantiene aunque de forma cada vez más languideciente en su principal discípulo, es la diferencia que mantienen Mises y Hayek en su crítica al socialismo. Mises dice que bajo el socialismo no puede haber verdadera formación de precios y sin éstos el planificador no puede hacer un cálculo económico racional, es decir, basado en las necesidades de la gente. Luego añadirá que tampoco podría guiarse del cálculo económico aunque sólo tuviese en cuenta sus propios objetivos.

Pero el punto de vista de Hayek es distinto, ya que él continúa con el paradigma wieseriano de que todos los fenómenos económicos se derivan del valor, incluido el valor de los factores de producción. Este último no se deriva, como en la visión de Mises, de la formación de precios, sino directamente del valor de los bienes últimos, por medio de la “imputación”. El problema del socialismo es, en la mente de Hayek, que la realidad del orden económico es tan extremadamente compleja que, en la práctica, no cabe hallar esa imputación. Por eso en su crítica al socialismo tiene un mayor papel el conocimiento que en la de Mises, pese a que éste ya hablaba en su seminal artículo de una “división intelectual del trabajo”.

El corto recorrido del camino wieseriano seguramente no ha sido fruto del azar o de los fortuitos avatares históricos, sino que seguramente tiene su fundamento en el mismo pensamiento del gran economista austríaco. Y es que el punto de vista de Wieser se acercó más al equilibrio general que lo que permitían los postulados básicos de Carl Menger. Éste, por ejemplo, recogió el error como un elemento importante dentro de la teoría económica, mientras que Wieser se plantea un organizador omnisciente. El individualismo de Menger es particularista, contingente, mientras que en Wieser resulta más ideal y acaba difuminándose hasta llegar prácticamente en lo contrario. Si su camino seguramente no ha prosperado más dentro de la escuela fundada por Menger es porque aprehendió sus hallazgos de manera sólo parcial y los combinó con elementos incompatibles.

El faro de la libertad individual

Han pasado muchas cosas desde que, en 1982, Lew Rockwell le pidiera permiso a Margrit von Mises para ponerle el nombre de su marido al Instituto y esta le contestara que le daba su consentimiento con una única condición: que dedicara todos los días que le quedaran de vida a ese Instituto que Rockwell quería dedicar al estudio y difusión del legado del que había dejado el que posiblemente sea el economista más importante del siglo XX.

En aquellos días, la obra de Mises parecía condenada a perderse irremediablemente a pesar del Premio Nobel de Economía concedido a su discípulo, Friedrich Hayek, en 1974, un año después de la muerte del maestro. El capital humano dedicado a estudiar y hacer avanzar la escuela fundada por Carl Menger era tan escaso que todos los profesores austriacos se conocían personalmente. En 25 años, el Instituto creado por Rockwell con la colaboración de Hayek, Hazlitt, Rothbard y Margrit von Mises, ha logrado un verdadero renacimiento de la escuela y ha impulsado espectacularmente el movimiento liberal en los 5 continentes.

Hoy en día la obra de Mises no sólo es más conocida que hace dos o tres décadas sino que ha logrado entrar con fuerza en el mundo académico. La estrategia del Instituto, centrada en el trabajo a largo plazo con la organización de cursos y seminarios y la puesta a disposición de todo el que tenga acceso a Internet la obra de Mises y de decenas de autores austriacos, ha sido crucial.

Miles de alumnos han pasado por el campus del Mises en Auburn (Alabama) y un buen número de los institutos liberales creados en los últimos años en Europa no hubiesen visto la luz sin los conocimientos y el entusiasmo que sus fundadores adquirieron allí.

El mundo académico, dominado por las escuelas neoclásicas de economía, ha tenido que ir abriendo sus puertas ante el empuje de los miles de estudiosos que trabajan en la tradición de Menger y Mises. Uno de los hitos más importantes en este sentido ha sido la reciente creación en España de un Master Oficial en Economía Austriaca en la Universidad Rey Juan Carlos bajo la dirección de Jesús Huerta de Soto.

Otro de los éxitos que se celebró en Nueva York es el de la página web del instituto que con el gancho de los cientos de libros y conferencias de libre acceso han convertido este sitio en el de mayor tráfico del mundo de una página sobre economía, superando con creces al Fondo Monetario Internacional o la Reserva Federal.

El éxito cosechado por Lew Rockwell y su reducida plantilla de colaboradores son la muestra viva cómo y hasta qué punto un reducido grupo de individuos pueden cambiar el mundo para mejor. Al mismo tiempo, su esfuerzo y su éxito es un ejemplo a seguir por todos aquellos que quieren hacer algo por avanzar hacia una sociedad más libre. Estoy seguro de que en los próximos 25 años, gracias al trabajo de quienes fundaron, quienes han dirigido y quienes apoyan el proyecto, el Mises Institute seguirá siendo ese faro que brilla en medio de la niebla del intervencionismo estatal.

Liberalismo radical

El liberalismo no es simplemente una ideología política que refleja los deseos particulares de los liberales. La ética de la libertad es una teoría científica acerca de la convivencia en sociedad de los seres humanos, respetando cada cual de forma tolerante las acciones no violentas de los demás. Como teoría científica debe tener una estructura lógica consistente (axiomas, argumentaciones, demostraciones, teoremas) y ser en la medida de lo posible correcta (comprobable, verdadera o al menos falsificable, adecuada), eficiente, precisa, clara y completa (tratando todos las áreas posibles en profundidad). Para muchas personas el liberalismo es algo puramente económico y tiene que ver con los mercados y el intervencionismo estatal. Pero la libertad, entendida como el respeto al derecho de propiedad y su equivalente principio de no agresión, puede estudiarse respecto a todo lo humano, haya o no intercambios comerciales o dinero de por medio.

Muchas personas tienen bloqueos emocionales o tabúes (a menudo religiosos) respecto a diversos ámbitos de la realidad: su repulsa moral se dispara, se activan los prejuicios y se dificulta la capacidad de argumentar racionalmente aplicando con consistencia principios fundamentales. Para algunos se trata del dinero, para otros es el sexo, las drogas, algunos alimentos prohibidos, el aborto, la eutanasia, la compraventa de órganos, el mercado de adopción, etc. Si los liberales quisiéramos ganar algún concurso de popularidad, tal vez podríamos guardar un prudente silencio respecto a asuntos escabrosos que hieren la sensibilidad del espectador, correr un tupido velo y esperar que nadie pregunte al respecto.

Para algunos comentaristas el liberal debe dedicarse fundamentalmente a la batalla política, sobre todo en estos momentos de tan graves problemas (rellénese aquí con lo que se quiera, porque el presente político siempre es gravísimo, sobre todo si no gobiernan "los nuestros"): hay que atacar al partido declaradamente socialista y defender al partido no nominalmente socialista; hay que tender puentes y forjar alianzas con "nuestros aliados naturales", los conservadores, que esos al fin y al cabo nos dejan algo de libertad económica (más bien poca) a cambio de negar unas cuantas libertades personales sin importancia.

Tal vez a algunos nos interese mucho más la batalla intelectual: no nos preocupa tanto caer simpáticos y conseguir votos. Y si se quiere investigar con rigor sobre la libertad es necesario estudiar todos los temas relevantes posibles: no necesariamente para restregárselos por la cara a personas que no están cognitiva ni emocionalmente preparadas para asumir ciertas ideas, pero sí para comprobar la fortaleza de la teoría y aclarar sus contenidos. Hay asuntos que la gente suele callar por educación, por delicadeza, para no ofender. Sin embargo, aunque no afecten a muchos que se consideran normales y honrados, sí pueden ser importantes para otros que piden un debate abierto, ya que las intuiciones morales pueden estar equivocadas y las buenas intenciones no bastan para solucionar problemas.

Son muy pocos los que piden la eutanasia, pero no les consuela que la inmensa mayoría no sufra ese problema y no respete la libertad ajena. Bastantes personas sufren por carencia de órganos para trasplantes, pero muchos meapilas contribuyen a la prohibición de mercados de órganos apelando difusamente a la socorrida "dignidad inalienable" de los seres humanos. La guerra contra las drogas es un completo fracaso enormemente costoso, pero cuando se intenta hablar de liberalización saltan como un resorte los histéricos profetizando la drogadicción generalizada de los niños. En grupos humanos enormes siempre habrá unos pocos excéntricos con deseos que casi todos considerarán anómalos y asquerosos (¿probar el sabor de la carne humana, tal vez?), pero si no hay víctima no hay crimen, y si su actividad es disfuncional les perjudicará exclusivamente a ellos y tenderán a extinguirse solos.

Algunos presuntos liberales consideran que los que tratamos ciertos temas de forma radical y fundamentada somos unos locos peligrosos, adanes caídos en la fatal arrogancia, un cáncer para el "auténtico" liberalismo, que es naturalmente el suyo. Estos críticos hipersensibles que ven por todas partes la amenaza del anarcocapitalismo (aunque no venga a cuento) insisten en informar al mundo de que ellos no son como nosotros, que sienten repugnancia, asco, ante ciertas ideas que les parecen absolutamente inaceptables e indignantes. Los niveles de histeria y escándalo suelen ser inversamente proporcionales a la corrección de los argumentos.

Igual que los aspirantes a médicos que no venzan la repulsión instintiva ante un cadáver, la sangre y las vísceras difícilmente podrán ayudar a nadie, los aspirantes a intelectuales que no puedan controlar sus fobias ideológicas difícilmente podrán ofrecer razonamientos con algo de sustancia e interés. E igual que un cirujano para operar suele tener que cortar, lo cual sin anestesia resulta muy doloroso, un liberal que analice críticamente la realidad a menudo se encuentra mostrando errores ajenos, de los cuales parece que no hay escasez. Como a la gente no le suele gustar que le muestren su ignorancia ni que se critiquen sus preferencias más íntimas, el liberal radical va por la vida "haciendo amigos". Espíritus delicados abstenerse.

¿Por qué no hay mujeres liberales?

Mi novia dice que es porque no me tienen a mí como pareja (lo que me lleva a pensar que la poligamia favorecería la causa del liberalismo femenino), pero debe haber otra razón si tiene que haber esperanza. Podría pensarse que en realidad no es un fenómeno circunscrito al liberalismo. En las cenas liberales siempre nos preguntamos por la ausencia de chicas, pero quizás en las cenas progres sucede lo mismo. A lo mejor las mujeres simplemente están menos interesadas en filosofía política y su reducida presencia es un reflejo de ese desinterés.

Pero las estadísticas parecen confirmar nuestra experiencia anecdótica: las mujeres tienden a ser más intervencionistas que los hombres. Burgoon y Hiscox revelan que las mujeres son más hostiles al libre comercio internacional. Otros autores han mostrado que las mujeres sostienen opiniones más estatistas que los hombres en general, no solo en el ámbito del comercio internacional (véase Caplan o Inglehart y Norris). ¿Por qué motivo? Al menos cuatro razones parecen plausibles:

  1. Las mujeres han desarrollado una mayor sensibilidad hacia el desamparo y la dependencia. Se preocupan por el bienestar de sus hijos más que sus padres, los tutelan con más continuidad y la idea de la familia ocupa un espacio más central en su filosofía de vida. Esta visión maternal de las cosas es tan dominante que desborda el ámbito de la familia. Alguien debe velar por los necesitados, alguien debe tutelar a los desorientados. Las mujeres proyectan en el Estado sus "tendencias protectoras". Otra cara de la misma moneda es que las mujeres son más emocionales, y el socialismo tiene más de emocional que de racional.

  2. Las mujeres cultivan una imagen de "persona que se preocupa por los demás". Los hombres no cultivan esta imagen altruista con el mismo ímpetu (el hecho de que las mujeres cultiven más esta imagen podría estar relacionado con el párrafo anterior). Puesto que no es evidente para el profano que el mercado o la sociedad civil favorecen a los necesitados, mientras que el Estado "garantiza" y "otorga derechos sociales" a todos, quienes cultivan esa imagen se decantan por el Estado. El socialismo vende una imagen de persona compasiva, el liberalismo no. ¿Cuántas veces nos han tachado de insensibles por decir que el mercado puede y debe hacerse cargo de esto y aquello? ¿Cuántas veces nos han llamado insolidarios por defender que la caridad debe ser solo privada?

  3. Las mujeres a lo largo de los siglos han sido objeto de discriminación, y los grupos que han sido o que son discriminados (homosexuales, inmigrantes, minorías étnicas etc.) tienden a agruparse bajo la bandera progresista, porque encarna mejor el espíritu del cambio, de la revolución, de la reivindicación, de la igualdad. El feminismo ha sido un movimiento bastante izquierdista, quizás porque se asociaba el establishment opresor con el conservadurismo, la derecha, el capital; y el liberalismo no gana adeptas porque se percibe derechista y conservador.

  4. Las mujeres están menos interesadas en economía y saben menos economía. Bryan Caplan, siguiendo a Burgoon y Hiscox, muestra que un mayor nivel educativo se correlaciona con unos conocimientos económicos más sólidos. Los hombres con un nivel educativo más alto piensan más como economistas que los hombres con un nivel educativo más bajo, y lo mismo sucede con respecto a las mujeres. Pero el diferencial aparece si comparamos mujeres y hombres de un mismo nivel educativo, y la brecha es creciente conforme el nivel educativo aumenta. Esta brecha no puede ser función de las licenciaturas que estudian hombres y mujeres porque las diferencias no son estadísticamente relevantes y la brecha empieza a formarse antes de entrar a la universidad.

    La hipótesis de Caplan es otra: los hombres están más interesados en economía, lo cual les lleva a estudiar más economía por año de escuela/universidad (aprovechando más oportunidades escolares o extra-escolares para profundizar en la materia).Ello explica el diferencial para un mismo nivel educativo así como el diferencial creciente conforme pasan los años en la escuela y la universidad (porque el stock de conocimientos se va acumulando). Además interviene un multiplicador social. Las personas que saben de una materia aumentan las posibilidades de aprendizaje de las personas de su red social. Puesto que los hombres están más interesados en economía y se relacionan básicamente con otros hombres, sus posibilidades de aprendizaje se multiplican y el diferencial con respecto a las mujeres se acentúa (¿no sucede esto en Red Liberal?).

La tesis de Caplan es la más simple pero también la más persuasiva. Plantea, sin embargo, un interrogante adicional: ¿por qué están los hombres más interesados en la economía? Caplan propone dos razones, que pueden ser complementarias. Una bebe de las dos primeras que hemos anotado: las mujeres son más emocionales (el test Myers-Briggs revela un 60% de raciocinio vs. un 40% de emoción en los hombres, y 30/70% en el caso de las mujeres) y se preocupan más por las necesidades ajenas (dato corroborado por el Five Factor Model). La segunda razón es sociológica: los patrones históricos de socialización han llevado a las mujeres a interesarse más por cuestiones personales y a los hombres por temas distantes y abstractos. Ya que la economía es una ciencia muy racional y abstracta, y a primera vista parece insensible a las necesidades ajenas, despierta menos interés en las mujeres.

¿Misterio resuelto? Ahora la siguiente pregunta es: ¿qué hay que hacer para que haya más mujeres liberales?

Ciencia sin cerebro

Ya en el año 2003 un estudio, pagado generosamente por el republicano gobierno federal de los Estados Unidos, aseguraba, entre otras cosas, que los progresistas parecen tolerar mejor los cambios que los conservadores. Va en el nombre. La cerrilidad de la derecha frente a la flexibilidad de la izquierda, la laxitud de la progresía elevada a virtud por la gracia de la justicia social y la discriminación positiva, ahora, sancionada científicamente.

Los autores bucearon, previa selección, en cincuenta años de estudios sobre la psicología del conservadurismo, para concluir que la resistencia al cambio y la tolerancia a la desigualdad están en el meollo de la personalidad conservadora. Personalidad que se complementa con una desmedida aversión a la ambigüedad y a la incertidumbre, lo que conduce, sin descartar otras patologías, a un maniqueísmo indisimulado, que encontraría su mejor ejemplo, cómo no, en un Bush empeñado en bombardear Irak. Era el año 2003.

Por si la intención del estudio no quedaba suficientemente clara, sirva esta perla como traca final:

Hitler, Mussolini y el ex presidente Ronald Reagan eran individuos, pero todos eran conservadores de derechas porque predicaban el retorno a un pasado idealizado y de alguna forma aprobaban la desigualdad.

Una basura intelectual con la que perfectamente podríamos concluir que el presidente del Gobierno español es un criptofacha por, todo en uno, su desmedido interés por la memoria histórico-selectiva. Al fin y al cabo si se puede comparar el racismo genocida de Hitler con la idea de la desigualdad que pudiera albergar Reagan, todo es posible. Fascismo y liberalismo de la mano, fundidos por el determinismo que, según convenga, tanto repele a la progresía dentro y fuera de la academia. Nada nuevo: es sabido que la superioridad moral de la izquierda es una de sus características universales y casi siempre pasa por ver a todos los demás como borregos mal intencionados. Hay que emborronar el espectro político para que fuera de su círculo solo haya espacio para la intolerancia, para el involucionismo.

Ahora, un nuevo estudio, pretende ahondar en estas ideas, esta vez con instrumentos más precisos que permitirían asentar sus conclusiones sobre bases más sólidas, neuronales. Veremos. Concretamente se trata de establecer un correlación entre la ideología del participante y el óptimo funcionamiento de su cortex cingulado anterior (CCA). Es esta, el CCA, una región del cerebro entre cuyas tareas podría encontrarse la supervisión de los conflictos (SdC) en el procesamiento de la "información" acarreada por estímulos novedosos, tales como los que plantean los investigadores. La misión del CCA sería poco menos que la de mantener a raya tales conflictos de manera que su impacto en el rendimiento del cerebro, de su respuesta en términos adaptativos, sea el menor posible. Y en eso se basa el estudio dirigido por el Dr. Amodio, de la universidad de Nueva York: si el conejillo de indias es poco ducho frente a los retos planteados en la laboratorio, es que su CCA funciona peor, una merma neurológica que es posible "medir" interpretando las señales eléctricas del cerebro. Tal merma se traduciría, más allá del cráneo, dando la razón a estudios previos, en esto:

Los conservadores muestran estilos cognitivos más estructurados y persistentes, mientras que los progresistas son más receptivos a la complejidad "informacional", la ambigüedad y la novedad.

¿Mas listos? Tal vez, según Amodio, la SdC es un mecanismo que sirve para detectar cuándo la tendencia habitual en la respuesta a un estímulo no es apropiada para  la situación actual. Más aún:

Esta parte del cerebro se ha relacionado en muchos investigaciones pasadas con el proceso de detección de conflictos entre un comportamiento y una señal que indica que algo va mal con tal comportamiento y que es necesario que lo cambies.

Lo que es mucho decir, habida cuenta de que el SdC es, hipotéticamente, un mecanismo de detección y no de decisión. La relación entre este nuevo estudio y el anterior mencionado es evidente y no sólo porque se complementen sino porque al menos unos de sus autores se repite (el Dr. Jost). En fin, Frank J. Sulloway, un investigador de la universidad de Berkeley (cuna de la Nueva Izquierda americana) que participó con Jost en la patraña de 2003, ha afirmado:

[El resultado] provee un demostración elegante de que las diferencias individuales en una dimension conservadora-progresista están fuertemente relacionadas con la actividad cerebral

David Horowitz, lider de la Nueva Izquierda en los sesenta y reconocido icono intelectual del conservadurismo americano desde los 90, en una conferencia en la Heritage Fundation, que llevaba por título ¿Somos conservadores?, se preguntaba si era imaginable siquiera que en un foro paralelo surgiera la pregunta: ¿Somos progresistas? Tal vez Amodio, Jost, Sulloway y compañía podrían considerar, para futuros estudios, ejemplos como el de Horowitz, con un cortex cingulado anterior poco dado a la complacencia.

Decía Hume, en su investigación sobre el conocimiento humano, que una opinión que conduce al absurdo es falsa, pero que no podemos asegurar que una opinión sea falsa porque de ella se deriven consecuencias no deseadas, peligrosas. Por lo tanto, decía:

Debe prescindirse totalmente de tales tópicos por no servir de nada al descubrimiento de la verdad, sino sólo para hacer odiosa la persona del antagonista.

No estoy seguro de cuán peligrosas pueden ser las conclusiones del estudio del Dr. Amodio y compañía, pero que su planteamiento responde a prejuicios ideológicos está fuera de toda duda lo que, a mi juicio, sí la convierte en absurda desde un punto de vista científico, por más que se apoye en un ingenioso experimento.

Y la Monarquía, ¿qué?

La crisis que vive España, con su identidad convertida en tabú, los nacionalismos exacerbados y los odios rociados con gasolina tiene nombres y apellidos. La acotan fechas y lugares. Responde a un propósito, a una estrategia y a una ejecutoria.

Su principal instrumento es el Gobierno de Rodríguez Zapatero. Ha recuperado a las dos Españas y los viejos enfrentamientos, con todas sus categorías. La derecha no tiene derecho a acceder al poder y cuando llega lo ejerce de forma ilegítima. La Iglesia debe quedar proscrita de cualquier actuación del Estado, que por otro lado ha de convertirse en un instrumento de transformación social. Para librar ambas batallas el socialismo se alía con los nacionalismos, que a su vez le ayudarán a romper otro sentimiento compartido: el de pertenecer a una misma nación. España es una abstracción. Por eso en época de Franco "no había españoles", según dijo Zapatero, y por eso su patria "es la libertad"; la suya, se entiende, para hacer de los españoles meros peones en sus ensoñaciones de transformación social.

No es que este proceso no se pudiera atisbar desde muy pronto. Además Zapatero no ha permitido un receso a su política, y desde el aislamiento internacional hasta la memoria histórica pasando por la negociación con ETA ha ido siempre en la misma dirección. ¿Hasta dónde se plantea llegar? Como no se espabile el PP, no lo sabremos hasta la próxima legislatura, pero él no va a dar un paso atrás.

En estas circunstancias la cuestión es otra. Si los españoles no le desalojan del poder, ¿hasta dónde le permitirán llegar los ciudadanos y las instituciones? Digámoslo claro: ¿hasta dónde le va a permitir llegar el Rey? ¿Qué le impide dejar claro ante los españoles que hay límites que no va a permitir que se crucen? ¿A qué tiene miedo, si contaría con el refrendo mayoritario de los ciudadanos? No voy a especular con las respuestas. Pero esta deriva puede llegar a un punto de no retorno en el cual un llamamiento a la dignidad de las instituciones, cuando ésta haya sido barrida por las hordas intelectuales y mediáticas social-nacionalistas, sea completamente inútil. Y la última de las instituciones, o la primera, acabará por convertirse en un estorbo meramente temporal.

¿Viene la izquierda liberal?

El planteamiento de "La Tercera España", título más evocador que descriptivo, es prometedor. Robles reparte azotes entre la izquierda y la derecha a cuenta de las incoherencias en que caen ambas, y luego afirma: "Las ideologías no sólo se han desfigurado, también han perdido capacidad de comprender y abordar la complejidad del mundo actual".

Como quiera que en política no hay novedad sin pasado, Robles quiere asentar la nueva izquierda sobre el "pensamiento ilustrado" para "recuperar de nuevo la idea de progreso". Desde luego, ese instrumento le será eficaz, o al menos necesario, a la hora de combatir a la hidra nacionalista y sus muchas cabezas ("derechos históricos", "construcción nacional", "independencia"…). Robles da por buenos los dos pilares en que quiere basar su edificio ideológico: izquierda y liberalismo, lo cual no sorprenderá al lector de Libertad Digital; pero condena lo que considera los "subproductos" de ambas, algo así como sus borrosas y cambiantes sombras, si es que pretendemos servirnos de la célebre metáfora platónica.

Robles no se conforma con los subproductos de marras, el comunismo y el "capitalismo darwinista", sino que, como Platón, pretende alcanzar las ideas puras, en este caso la izquierda y el liberalismo, y crear con ellas una síntesis que se llamará como las columnas que publica en esta Casa: izquierda liberal. Pero, lamentablemente, cuando se pone manos a la obra parece verse superado por los susodichos subproductos.

Por lo que se refiere al comunismo, le adjudica cierta superioridad moral. No por su práctica, que condena sin paliativos, sino por lo que significa o significó: el intento de hacer realidad los ideales de la izquierda; o sea, "la idea de progreso, de ilustración, de justicia social, y de la misma libertad, entendida como fruto de la igualdad de oportunidades". El comunismo, dice Robles, produjo "un insoportable sufrimiento en nombre de ideales hermosos". ¿Por qué?  Él mismo ofrece una respuesta: "El control del poder por parte del comunismo solía venir precedido de buenas intenciones, pero a medida que se aposentaba en él y extendía su influencia a todos los estamentos sociales se convertía en totalitario".

Como es bien sabido, la historia del comunismo está ligada a la de los crímenes más inhumanos y sistemáticos: el democidio, el exterminio, la aniquilación de clases enteras… Si ésa ha sido invariablemente su hoja de servicios, no me parece fuera de lugar pedir que se argumente por qué sus objetivos eran loables o moralmente aceptables. ¿Cuáles fueron las buenas intenciones de Lenin, Stalin, Ho Chi Mihn, Mao o Pol Pot? ¿Cuáles son las de Fidel Castro y Kim Jong Il?

No niego que el principal ideal del comunismo fuera la igualdad material; en cambio, rechazo frontalmente que ésta sea un objetivo moral o bueno, en sentido alguno. Es más, dado que la sociedad libre no hace sino producir diversidad y desigualdad, y que la igualación sólo puede darse cuando media la fuerza, sostengo que la igualdad y el terror son dos caras de una moneda acuñada por el socialismo o la izquierda.

Tampoco acierta Robles cuando se ocupa del capitalismo. Para empezar, no se trata de un sistema político o ideológico. El capitalismo no ha sido creado o ideado por nadie, ni es la plasmación de un proyecto determinado. Es el fruto del libre desarrollo de las sociedades, fruto que ha sido analizado e incluso ensalzado por ciertos autores. Por otra parte, Robles le supone una teleología a la que es por completo ajeno. El capitalismo no ha despreciado nada ni renunciado a nada ni mostrado inteligencia ante tal o cual tesitura histórica: el autor de "La Tercera España" cae aquí en el antropomorfismo y atribuye al capitalismo, esa complejísima red de relaciones, un propósito, una conciencia, una unidad que en absoluto le corresponden. Las sociedades abiertas carecen de propósito: son los individuos que las habitan quienes tienen fines y motivaciones; por cierto, muy diversos, o incluso contrapuestos.

"El espíritu del comunismo nació de un afán de justicia social; el del capitalismo, de la avaricia humana". De nuevo marra Robles. Porque lo característico del capitalismo no es la avaricia, ni el egoísmo, sino la concurrencia de los fines, las necesidades, los sueños de cada persona. El motor de la acción no tiene por qué ser egoísta; de hecho, sólo tenemos que hacer un pequeño ejercicio de introspección, u observar a las personas que conocemos, para comprobar que el interés propio no tiene por qué ser egoísta. Por otra parte, cabe recordar que el comunismo jamás logró acabar con el interés propio ni con los propósitos personales, por más que los reprimiera con saña.

En otro orden de cosas, Robles tiene unas ideas sobre la economía abierta con las que no coincido, pero no les prestaré mayor atención aquí. Por ejemplo, ésa de que los beneficios son consecuencia de la explotación –bien del factor trabajo, bien de los recursos–, ya de sobra derrotada por la razón. O ésa de que las mejoras en las condiciones económicas y laborales de los trabajadores se han conseguido a costa del capitalismo: se trata de una idea bien extraña, si nos paramos a pensar en que dichas mejoras sólo se han experimentado en países básicamente capitalistas. Pero, repito, no les prestaré mayor atención. Me parece más interesante ver qué hace Robles con los mimbres con que pretende tejer el cesto de la izquierda liberal.

Robles busca una combinación virtuosa entre la izquierda y el liberalismo, algo que, como planteamiento, resulta francamente atractivo. "Si aplicamos esta filosofía a la España actual, podría ser una oportunidad para superar el sectarismo de ambas Españas y, de paso, sintetizarlas en una sincrética Tercera España llena de contrastes, pero ninguno excluyente". Sí, no se apuren, pueden decirlo: lo que está proponiendo Robles se parece mucho a la socialdemocracia. Es más: es la socialdemocracia.

No obstante, luego hace un movimiento que podría haber desembocado en una propuesta a la vez audaz y verdadera. El razonamiento ya se adivina cuando dice de la derecha española: "Es muy liberal en economía [favor que le hace], pero su liberalismo político sólo es coyuntural y su liberalismo moral, nulo". "Por el contrario", anota unas líneas más abajo, "la poca o nula capacidad liberal de la izquierda en economía se compensa con una mentalidad abierta en el liberalismo moral" (el favor, aquí, se lo hace a la izquierda). Ergo… lo que nos va a proponer Robles, de lo que habla cuando habla de la "izquierda liberal", es una izquierda que lo sea verdaderamente tanto en el plano moral (ya saben, capaz de tolerar otras formas de pensar, como la de la Iglesia) como en el económico.

¿Estamos a las puertas de ver una izquierda que deseche la quimera de la igualdad material y abrace los ideales liberales de libertad e igualdad ante la ley, que celebre el progreso y lo prescriba para todos, sin hacer de la envidia un argumento político, ni de la riqueza otra cosa que motivo de celebración? Pues no. De lo que se trata, dice Robles, es de "compaginar el liberalismo moral y la justicia distributiva de la izquierda con la capacidad productiva y la libertad individual del liberalismo". Éstos serían los "pilares básicos" de la "Tercera España" por la que aboga Robles.

Suerte.

Persona, cosa, libertad y religión

Un error común y grave, especialmente frecuente en los creyentes religiosos más fervientes e irreflexivos, es la separación infranqueable entre personas y cosas (o dualismo de espíritu y materia o alma y cuerpo), entre el alguien y el algo. Casi todo lo que hay en el universo es materia y energía inerte (no viva); parte de esa materia tiene una organización autopoyética peculiar (de autocreación, mantenimiento y reproducción), es materia viva; parte de esa materia viva orgánica son animales que tienen mecanismos cibernéticos de control, sistemas nerviosos avanzados, cognición, emociones; los seres humanos son animales que se distinguen por su capacidad de actuar intencionalmente, y su capacidad intelectual les permite representar de forma abstracta la realidad, agrupar conceptualmente diversas entidades y etiquetar estos conjuntos mediante términos lingüísticos comunicables. Mediante módulos mentales innatos cada individuo humano representa a sus semejantes como personas, agentes intencionales proactivos con preferencias y capacidades particulares.

El dualismo animista es natural a la psicología intuitiva; es una primera aproximación útil porque refleja la distinción entre objetos inanimados y objetos vivos autónomos. Pero su esencialismo (por un lado las personas y por otro las cosas cada una con esencias diferentes) es completamente falso: las personas son cosas con una organización y actividad particulares (muy especiales), pero nada más; no hay ningún verbo o alma inmortal que se encarne en el hombre y lo trascienda, ni ninguna divinidad creadora origen de todo. Las personas (los seres humanos) son un subconjunto de las cosas, no se trata de conjuntos disjuntos.

Como el ser humano es hipersocial ha desarrollado evolutivamente sentimientos morales, leyes positivas y teorías jurídicas y éticas para regular su conducta. En estos ámbitos también se distingue entre personas (sujetos éticos con derechos y deberes) y cosas (objetos de propiedad). Pero si la argumentación ética quiere ser correcta no puede ignorar la realidad material de los seres humanos, no puede obviar que también son cosas, se alimentan de cosas, se construyen procesando cosas y convirtiéndolas en partes de sí mismos y también desechando otras cosas como residuos. Y como las personas (sujetos éticos) también son cosas (objetos de propiedad) tiene sentido hablar de autoposesión (y como la propiedad o legitimidad de la posesión es intercambiable, también de compraventa de partes o de todo uno mismo y de contratos de sumisión parcial o total). El cuerpo (y el cerebro es parte del cuerpo) es cosa: tiene partes, algunas se renuevan, se regeneran, otras no; algunas pueden perderse o darse a otro (una pierna, un brazo, un ojo, un riñón, sangre).

Al ser la ética de la libertad una teoría correcta, sus críticos deben cometer algún error para atacarla (normalmente son muchos los errores y no uno solo). Así se recurre al vaporoso e indefinido concepto de dignidad para rechazar todo lo que a uno no le gusta; se ataca al capitalismo diciendo que es voraz, que no se respeta la persona, que sólo importan las cosas, que se confunden personas y cosas de forma perversa; que absolutamente todo está manchado por el veneno del mercantilismo, que vivimos tiempos de barbarie.

Respecto a la compraventa de órganos, se afirma con absurda arbitrariedad que sólo pueden cederse gratuitamente, en aras del fin supremo de la solidaridad: no se alquilan, no se venden, no son negociables. Quien lo afirma ignora completamente no sólo los fundamentos del razonamiento ético sino también las consecuencias socioeconómicas de dicha prohibición. Respecto a la prostitución, se confunde con un alquiler del cuerpo cuando es en realidad la prestación de un servicio; el crítico se escandaliza de que el cuerpo se cosifique (el cuerpo no se hace cosa sino que es cosa) y de que se instrumentalice (el cuerpo es un instrumento, una máquina de supervivencia con órganos sensores, coordinadores y actuadores).

Los embriones son un caso problemático porque son una transición: el ser humano no aparece de repente sino que se construye gradualmente. Pero el creyente se obstina en que la única norma correcta es tratar al embrión igual que a una persona adulta (tal vez porque ya tiene alma desde la concepción); y además se asegura que sin duda así mejorará la sociedad en su conjunto aunque se ralentice la investigación científica (esto es arrogancia constructivista, pretender que se sabe todo y se calculan todos los costes y beneficios).

La supina ignorancia del crítico sobre economía le hace afirmar que utilizar a las personas es hacerlas capital humano, un objeto deleznable al servicio de intereses particulares y superfluos. Se caricaturiza a la empresa que sólo quiere cumplir unos resultados monetarios, a la que da la misma importancia a un despido que a una adquisición de bienes, a la que trata al trabajador como a un robot sin corazón, o a la que habla de recursos humanos y no de dirección de personas.

El crítico culmina sus disparates afirmando que se cosifica al ser humano cuando se construye una sociedad como si Dios no existiera: es decir, basándose en la realidad, mejor construir sobre imaginaciones ficticias. Parece que si se edifica un orbe ateo, el hombre deja de tener conciencia de su condición de criatura y administrador de su entorno, considerándose el único señor de su circunstancia. El hombre no es criatura y ninguna divinidad le ha dado su entorno para que lo administre; y es libre el que es dueño de sí mismo. El crítico no puede entender que el hombre sea dueño de sí mismo, que la relación entre el alguien y el algo es en este caso reflexiva, de una entidad consigo misma, porque el ser humano es alguien y algo.

Construir una sociedad de personas con derechos que no sean objeto de explotación no requiere de ninguna divinidad, y de hecho las divinidades también se usan a menudo para oprimir a los crédulos (y a los no creyentes, ateos, herejes o creyentes en otros dioses). Quitar de en medio a dios puede ser un gesto de madurez humana y autosuficiencia y no implica querer ocupar su trono; para ser personas no hace falta ningún dios, y con dioses o sin ellos siempre será posible que los poderosos exploten o manipulen a los débiles. El ser humano puede trascender a través de sus descendientes (genes) y transmitiendo sus ideas (memes): lo que nunca trascenderá es su inexistente alma sobrenatural.

La mirada Chesterton

Ahora que por causa de las fallidas hipotecas subprime en USA, arrecia con brío la martingala antiglobalizadora y el mercado acumula denuestos, debería ser éste precisamente un momento de sentida convicción liberal. Ante la vacilación, el gran escritor inglés Gilbert Keith Chesterton afirmaba con claridad que "el escepticismo de nuestro tiempo no destruye realmente las creencias, más bien las crea; les da sus límites y su forma simple y desafiante. Los que somos liberales, antes tomábamos el liberalismo con ligereza, como algo evidentemente cierto. Ahora que ha sido discutido lo defenderemos ferozmente, como una fe".

No se pretende aquí adscribir a Chesterton (1874-1936) en el panteón de liberales ilustres, según conocemos, nada de eso; es más: el autor de Beaconsfield fue inspirador de una abstrusa teoría económica denominada distribucionismo, una especie de tercera vía entre el capitalismo y el socialismo, demasiado pegada a las encíclicas papales. En cualquier caso, no puede negarse en G.K.C. su condición de liberal decimonónico en sazón, su rechazo al socialismo fabiano y, quizá lo más relevante que comentar, ese factor exclusivo que convierte a genios de la literatura como él en profesores de energía que inspiran a multitud de personas en toda clase de circunstancias.

La clave de bóveda del pensamiento de Chesterton gravita sobre la paradoja, la cual "significa simplemente cierta alegría desafiante que pertenece a la creencia". Porque sin convencimiento, con cinismo, la naturaleza humana –según G.K.C.– perece. De este modo Chesterton puso en solfa a los nacionalismos, la vacuidad progresista y los grandes santones de la época: Bernard Shaw, Wells y demás deterministas. La obra de Chesterton es contemporánea; sus asuntos son nuestros asuntos. En Herejes, última obra publicada en España, disecciona, entre otros temas, el disimulo de los artistas, la conjura intelectual contra la Navidad, la docilidad de la prensa amarilla, los mitos de nación vieja y nación joven, la rigidez ecologista y otras supercherías.

Chesterton fue abanderado del héroe anónimo, el hombre y la mujer corriente que logran cosas formidables. Los tímidos son los verdaderos aventureros, los valientes prácticos; no los pequeños Césares ensalzados en las escuelas de negocios y que tienen mucho que perder. Allí donde un hombre es alguien, oponiéndose al statu quo, está desafiando todo lo demás, incluso la orgullosa humildad de los científicos. Recuérdese la reciente estulticia de Eduardo Punset (Redes, nº 477) afirmando que la vida de cualquier varón, tras ser progenitor a los 40 años, es mera redundancia. Como dice atinadamente G.K.C: "¿Qué tiene de bueno engendrar un hombre si antes no hemos resuelto qué tiene de bueno ser un hombre?"

El imponente Gilbert Keith se encontraba a gusto entre generalidades, entre leyes universales que hacen comprensible el mundo que vivimos. "¿Y de que sirve decirle a un hombre (o a un filosofo) que tiene todas las libertades salvo la libertad de hacer generalizaciones? Hacer generalizaciones es lo que hace de él un hombre". La visión panorámica permite, al fin, dominar el valle. La ausencia de reglas, de cualquier regla, la norma que dictamina que no hay normas, nos engrilleta; nos deja al albur de la próxima estupidez al uso.

Los Cristeros o defensa armada de la libertad religiosa

La Revolución Mexicana, iniciada en 1910 contra el Porfiriato, triunfó oficialmente en Querétaro al promulgarse la Constitución de los Estados Unidos de México en febrero de 1917. Con dicho texto constitucional se quiso proyectar desde raíz el nuevo Estado mexicano e impulsar su modernización. También con ello se desterró, hasta el día de hoy, el incipiente liberalismo decimonónico de una de las naciones más importantes de América.

Fue la primera Constitución en el mundo (dos años antes que la de Weimar) en reconocer la función social de la propiedad y los derechos laborales colectivos que luego serían moneda corriente en el constitucionalismo contemporáneo. También se caracterizó por un laicismo exacerbado. Su artículo 130 establecía la saludable separación entre el poder público y el religioso, pero decretaba su férreo control y negaba la personalidad jurídica a las iglesias, con sus consiguientes efectos jurídicos. El artículo 3 del Texto fundacional, por su parte, decretaba que la educación sería otorgada por el Estado de manera laica y gratuita.

Las facciones victoriosas de la Revolución (carrancistas y obregonistas), en su actuación posterior, además, se distinguieron por un furibundo anticlericalismo a diferencia de los villistas o zapatistas. Demasiados planificadores estatales piensan insensatamente que el católico no puede ser un buen ciudadano puesto que su primera lealtad es con Roma y no con el Estado (y esto, por Dios, ha de cambiarse).

Años más tarde, nada más llegar al poder, el general Plutarco Elías Calles intentó, con escaso éxito, la creación de una Iglesia nacional mexicana (al estilo de la iglesia estatal china católica de hoy) y, mediante ley, desarrolló el texto constitucional en virtud del cual se facultó a los gobernadores de los estados de la República para imponer todo tipo de restricciones a los ministros de culto (en algunos estados obligaron a los sacerdotes a casarse para poder oficiar, se determinaron el número de ellos y su nacionalidad; en otros se prohibió expresamente el culto católico). La Iglesia mexicana procuró eludir estos intentos por dificultar la libertad religiosa de sus fieles oficiando misas e impartiendo lecciones en la clandestinidad.

La puntilla la dio en junio de 1926 la famosa Ley Calles por la que se ilegalizaron templos, seminarios y conventos amén de equiparar las infracciones en materia de cultos y de enseñanza confesional con los delitos comunes (estos callistas eran todos unos modernos).

La reacción de los cristianos mexicanos no se hizo esperar: promovieron un boicot para no pagar impuestos y no consumir productos del Estado (lotería, gasolina…). La relación entre los representantes estatales y los católicos se deterioró progresivamente hasta que desembocó en la conocida como Guerra Cristera (1926-29) en la que gente sencilla, en su mayor parte campesina, mal pertrechada y sin ningún entrenamiento militar produjo una formidable resistencia al poder tiránico. Con el tiempo se les fueron uniendo incluso militares y participantes de la propia Revolución de 1910. Mantuvieron en jaque al ejército federal durante tres años. Se les llamó despectivamente "cristeros" porque antes de ser fusilados solían gritar "Viva Cristo Rey". Fueron asesinados por millares.

Al final, hubo un precario acuerdo con el Gobierno por el cual la Iglesia podría sobrevivir en una situación más o menos consentida dentro del Estado mexicano (el llamado "modus vivendi"). La enseñanza oficial mexicana omite oportunamente hasta el día de hoy toda referencia a esta resistencia armada de la sociedad civil que aún cuenta con supervivientes. En relación con este asunto, el católico Graham Green escribió en 1940 una de las mejores novelas contemporáneas (sin moraleja y asombrosamente moderna).

Las persecuciones a los católicos en el pasado siglo XX no fueron, por desgracia, exclusivas de la Revolución Mexicana, también la España de la segunda República vivió, una década más tarde, "modernizaciones" semejantes (1,2). Asimismo católicos alemanes y, en menor medida, italianos vieron restringidas sus libertades de culto, expresión y enseñanza durante los regímenes totalitarios (1,2), al tiempo que los nazis masacraban impunemente a los judíos. En otro ámbito distinto, los budistas tibetanos siguen aún hoy sufriendo represión por no someterse a los dictados del Estado chino (1,2).

Todo Estado confesional es una aberración comunitaria. El Estado aconfesional es, sin duda, un logro de las sociedades libres y una garantía para las libertades religiosa y de conciencia de todos. El Estado laicista, por el contrario, no es neutral sino que se posiciona contra las creencias de algunos de sus súbditos: es activa e intencionalmente anticatólico. A su manera, es otro tipo de Estado confesional.

Sus métodos son hoy, por fortuna, otros, pero el moderno laicismo persigue los mismos fines de numerosos racionalistas estatales que ha habido en los países marcadamente católicos desde la Revolución francesa: suplantar a la Iglesia (percibida como rival), demoler los valores morales (católicos) y adoctrinar en idolatría y fidelidad hacia el Estado para formar ciudadanos convenientemente adocenados. De esto sabe mucho el socialismo.