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Etiqueta: Proceso político: tª estado elección pública y democracia

La izquierda resentida

La farfolla ideológica de Zapatero es un ejemplo minúsculo en su entidad intelectual, pero igualmente peligroso, que da la razón a Mises cuando éste definía al socialismo como un engrandecimiento cósmico de resentimientos insignificantes. El pesar cainita del presidente del Gobierno más sectario de la democracia es proverbial, tanto que a nadie extraña cuando se descubre en público de manera escandalosa.

La interpretación de las palabras del presidente de todos los españoles, señalando lo favorable que resulta a su candidatura "la tensión", es inequívoca: destapa la naturaleza facciosa del político que antepone una ambición sin límites morales al bien común que le toca administrar. La táctica cortoplacista del presidente-candidato, una táctica que el personaje viene empleando desde 2003, consiste en dividir a sus súbditos (que no ciudadanos); en lanzar los unos, los buenos, contra los otros, los muñecajos de paja con los que identifica a la derecha de amplio espectro, que tanto le da a este pintor de brocha gorda ideológica.

Por eso, debemos echarnos a temblar cuando el ministro de la cosa cultural señala que "los intelectuales que deben ser la conciencia crítica de nuestro futuro más inmediato están formándose en estos momentos". Los están formando, esa es la clave:

Por eso hemos multiplicado por doscientos la inversión en compra de libros para las bibliotecas; por eso queremos llevar el cine a los colegios; por eso queremos mejorar el acceso a la cultura desde los primeros momentos de la etapa escolar; por eso queremos que las expresiones artísticas no sean sólo actividades del tiempo libre, sino que estén articuladas en los segmentos educativos.

Por eso hay que cerrar el Ministerio de Cultura; evitar a toda costa que los criterios ideológicos del gabinete de turno pasen, sin más, a ser la columna vertebral de nuestro acervo. Es curioso que los apesebrados que felicitan el hedonismo electoral de Zapatero sean casi todos talluditos que se criaron en las escuelas del régimen, lo que debería aliviar el temor de que el aleccionamiento en nuestras aulas sea realmente efectivo. Me temo que no.

Estos artistas, ricachos la mayoría de ellos, y que lo seguirán siendo gane quien gane el 9 de marzo, se benefician de una doble ilusión cognitiva, una ilusión que además refuerza su convicción sincera de estar en posesión de la verdad absoluta:

La convicción de que los artistas y entendidos son personas moralmente avanzadas es una ilusión cognitiva, que nace del hecho de que nuestra circuitería para la moral está interconectada con nuestra circuitería para el estatus. (Pinker)

Doble porque al estatus social se suma la afiliación ideológica: el izquierdismo militante es solaz y refuerzo para esa ilusión. Para los que no lo compartimos, su éxito es un espejismo que oculta la verdadera dimensión moral del personaje; es fácil confundir al Neruda de los Veinte poemas de amor o de Residencia en la tierra con la persona de carne y hueso, el comunista irredento que sólo al final de su vida pudo tímidamente mirar a los ojos al padrecito genocida, a Stalin, para ver todo el horror del que era responsable. Eso sí, para los que no la compartimos su ideología puede surtir justo el efecto contrario: despreciar la obra del antagonista por el hecho de serlo. Un error, bajo mi punto de vista, si caemos en él sin criterio.

Debemos desconfiar del ministro cuando nos dice que la inversión del Estado en cultura es una inversión inteligente:

[Con] alta rentabilidad social, que genera empleo y efectos inducidos en las economías locales y regionales y que en definitiva, crea riqueza y bienestar en nuestra sociedad.

Porque para eso no nos hacen falta los burócratas ni por su puesto los políticos, personas que, como el propio ministro se avergüenzan del mercado:

[La] aportación al PIB nacional del sector cultural se sitúa en un nada despreciable 3,2%, y más del 50% de esta aportación la protagonizan las fases de creación y producción; es decir el proceso previo a la conversión del producto cultural en un objeto de consumo.

Al contrario de lo que cree el ministro no cabe "reivindicar con fuerza el binomio cultura-política"; es decir, no hay necesidad de una política cultural, menos aún progresista, salvo para favorecer los tensos intereses de quien con tanta alegría asegura gobernarnos a todos.

Termino. Decía Vicente Verdú, a quien difícilmente tildaríamos de fascista, que "si el izquierdismo fue la enfermedad infantil del comunismo, el progresismo encarna la enfermedad senil del izquierdismo". Pues eso que la izquierda resentida aunque alegre, chochea. Con perdón.

La patria soy yo

Uno de los mayores riesgos que existen en el ejercicio del poder político es que el gobernante se identifique a sí mismo con los gobernados. Es propio tanto de gobiernos con tendencias totalitarias como de sus seguidores el identificar las críticas a sus políticas con falta de patriotismo o incluso con la categoría de "enemigo del pueblo" (tan propia de sistemas como el nazi, el soviético o el fascista). Todo eso se está dando en la actualidad en España.

Si la política siempre tiene un alto grado de personalismo, en el caso español centrado en el presidente del Gobierno, con ningún inquilino de La Moncloa se había llegado a los extremos actuales. Una cosa es que en los carteles electorales se utilice la imagen y el nombre del candidato, sea el que ya ocupa la jefatura del Ejecutivo o el que aspira a arrebatársela, y otra muy distinta es la identificación total entre partido y persona que se da en la actualidad en el discurso y la estética socialista. El PSOE está en la línea del "líder carismático" que personifica las supuestas virtudes del partido, como se ve incluso en la utilización de atriles con forma de zeta durante los mítines de dicha formación.

Pero Z no sólo pretende personificar en su persona las virtudes que el PSOE se atribuye a sí mismo. Desde el Ejecutivo y el partido socialista se trata de vender la idea de que personifica las que, según ellas, caracterizan al actual Gobierno (que serían las mismas que adornarían a dicha formación política). Se produce de esta manera una triple identificación entre líder, gabinete y partido. Algo muy característico de los autoritarismos en general y de los totalitarismos en particular. Esa identificación se ve incluso cuando miembros del PSOE que no forman parte de Ejecutivo hablan de este utilizando la primera persona del plural. No muestran respeto alguna a la separación entre uno y otro tan necesaria en un régimen democrático.

Pero la concepción de la política que se muestra cada día desde La Moncloa y Ferraz tiene unos tintes todavía más preocupantes. Desde ambos se trata de convencer a los españoles de que la llegada al poder de Z ha supuesto el nacimiento de una nueva España; el propio Rodríguez Zapatero llegó a decir en una ocasión que ahora "es un país más justo", con unas supuestas virtudes antes no presentes. Virtudes que serían, una vez más, las mismas que personificaría el actual presidente del Gobierno. La identificación total entre el líder y el pueblo está servida. Criticarle a él o a su Ejecutivo es falta de patriotismo. Por supuesto, no falta la anti España, esos supuestos enemigos internos tan necesarios para un Gobierno con tendencias al totalitarismo.

La anti España en este caso serían el PP y todos aquellos que, próximos o no al principal partido de la oposición, critican al Ejecutivo. A quienes no jalean las políticas salidas de La Moncloa y Ferraz se les atribuye toda serie de características negativas: pesimismo, homofobia, xenofobia, oscurantismo y muchas otras. No en vano, Rodríguez Zapatero afirmó en una ocasión que el era "rojo de solemnidad" y que nunca había aprendido nada de la derecha. Todo político realmente democrático sabe que sus rivales políticos no totalitarios siempre hay algo, por poco que sea, que puede ser útil y de lo que se debe aprender. Una lección que Z todavía no ha aprendido.

Decir que la situación económica es mala y oponerse a las medidas en esta materia aprobadas por el Gobierno, es "irresponsable" y "antipatriota", según las propias palabras de Z y los suyos. Estar en contra de canon digital (por el que los agradecidos miembros del mundo de la farándula crean plataformas de apoyo a ZP), es también falta de patriotismo (Rodríguez Zapatero dixit). En definitiva, hablar o escribir contra el actual presidente del Gobierno le convierte a uno en "enemigo del pueblo", en desafortunada expresión de un mediocre actor al referirse al Partido Popular.

"La patria soy yo" es la única frase que le falta decir a Z para demostrar sus tendencias totalitarias. No lo ha afirmado todavía con esas palabras exactas, pero tanto él como los suyos lo repiten a diario de muchas otras maneras.

McCain, un cabezón con mal genio

Dado que las primarias de los demócratas siguen bien empatadas, pero las de los republicanos ya han dado un ganador claro, parece el mejor momento de hablar de quién es John McCain, qué defiende y si a los liberales debería gustarnos, o no. Como suele suceder, tiene cosas buenas y malas, y siendo un político, las malas son más numerosas. Pero no son quizá tantas como pudiera parecer a primera vista.

A McCain se le ha comparado con Gallardón por estar más a la izquierda de lo que le gusta al partido y ser adorado por los medios progres estadounidenses. Pero quizá la principal razón para ello sea más su carácter que sus ideas. No es una persona diplomática ni sabe llevar el desacuerdo con elegancia, de modo que tiende a descalificar al adversario en lugar de argumentar. Y como sus posturas, en diversas y especialmente polémicas ocasiones, han sido distintas o incluso opuestas a las de su partido y su base, los destinatarios de sus invectivas han terminado siendo a menudo sus propios correligionarios. Normal, entonces, el cariño que recibe del New York Times, el Washington Post y demás templos de la progresía y la manía que se le tiene en su propio bando.

Una ventaja de ese carácter endemoniado suyo, seguramente heredado de su historial militar y familiar, pues su padre y su abuelo fueron almirantes y él estuvo preso del Vietcong cinco años, es que no es un candidato que cambie de ideas así como así. Él cree en lo que cree, y aunque pueda cambiar de opinión, no lo hace con frecuencia ni por ganar votos. No se le puede acusar de veleta como sí se ha hecho con Mitt Romney. Así, es fácil hacerse una idea de cómo sería una presidencia suya; basta mirar su historial.

En temas de libertades civiles, McCain no es un defensor a ultranza de los derechos individuales, sino un pragmático que igual puede defender que atacar una libertad concreta por lo que estima son sus resultados. De ahí una de las peores cosas que ha hecho en su carrera, arrejuntarse con el muy izquierdista Feingold para aprobar una ley que coarta gravemente la libertad de expresión durante las campañas políticas, seas o no obispo. También es enemigo de la libertad de poseer armas de fuego.

Tampoco es precisamente el candidato ideal en asuntos medioambientales. Votó en contra de que se extrajera petróleo de Alaska y cree que el hombre está provocando el calentamiento global. Aquí, en cambio, su pragmatismo es una ventaja: no es tampoco un fiel seguidor de las paparruchas apocalípticas de Gore y cree que el camino hacia la independencia energética y la reducción del CO2 en la atmósfera es la energía nuclear, y que cualquier acuerdo sobre restricción de emisiones debe contar con China e India, lo que se acerca mucho a no apoyar acuerdo alguno en la práctica.

Sin embargo, en temas económicos su postura es bastante liberal. Votó en contra de los recortes de impuestos de Bush, pero argumentó que lo hizo por no ir acompañados de recortes equivalentes en gasto público. Es favorable al libre comercio y a la reducción del peso del Estado en la economía. Está en contra de la nacionalización de la sanidad y propone que puedan comprarse seguros médicos en estados distintos (reduciendo así la regulación excesiva mediante la competencia) y que quienes se pagan ellos mismos el seguro tengan exenciones fiscales que lo hagan asequible. También está a favor de los cheques escolares.

Entrando en asuntos más polémicos y con más divergencias entre liberales, es evidente que es un halcón en política exterior, un militar duro; eso es lo que todo el mundo sabe de él. En inmigración ha cambiado de postura, aunque tampoco mucho. Sigue siendo favorable a amnistiar a los ilegales ya establecidos en Estados Unidos, cosa que le granjeó un sinfín de críticas de su propio partido, pero ahora apoya que se blinden las fronteras antes de hacerlo para evitar un efecto llamada. Está a favor de la financiación federal de la investigación con células madre, pero en contra del aborto. No está a favor del matrimonio homosexual, pero sí de una unión civil.

¿Será el próximo presidente de Estados Unidos? Es difícil de decir, porque aunque pueda ganarse votos de independientes, también es probable que los pierda de su propia base, que no acaba de considerarle de los suyos. Si Hillary fuera la nominada en el lado demócrata, seguramente ésta le haría el favor de movilizar a los republicanos en contra suya, pero no parece que con Obama sucediera lo mismo. En cualquier caso, y visto que será sin duda el candidato republicano, la comparación con cualquiera de los dos posibles rivales demócratas lo hacen emerger como un mal muy menor.

El socialismo en eslóganes

Motivos para creer. Esto puede referirse a que el socialismo es una cuestión de fe irracional que hay que asumir sin rechistar; o a confiar en algún político que presume de sinceridad cuando se le ha pillado confesando alguna que otra grave mentira.

Por todo lo que merece la pena. No concreta nada: típico mensaje utilizado por los embaucadores que todos los incautos interpretan de forma positiva sin darse cuenta de que cada uno hace una interpretación diferente, de modo que lo que para unos es bueno, para otros es malo. Además como en la realidad los medios son escasos, no puede intentarse todo lo valioso, siempre hay que renunciar a algo, asumir algún coste: pero recordar esto no te hace popular.

Comprometidos con la igualdad. Y radicalmente en contra de la libertad. Discriminando, olvidando la igualdad ante la ley para imponer coactivamente la igualdad mediante la ley (y como esto no se consigue nunca del todo, es una excusa infinita). Si todo es igual, todo da igual, no hay diferencias valiosas y útiles. No se trata de eliminar la pobreza sino de fomentar la envidia contra los ricos.

No es lo mismo. ¿Pero no habíamos quedado que estamos comprometidos con la igualdad? Es inteligente notar las diferencias, y efectivamente el socialismo no es lo mismo que sus alternativas: es mucho peor.

Vivimos juntos, decidimos juntos. ¿Quiénes somos ese "nosotros" que no se menciona? ¿Es un concepto discutido y discutible? ¿Y si me siento más próximo a alguien que no forma parte del colectivo oficial? ¿La unión hace la fuerza o se consigue mediante la fuerza? Muchos votantes no se sienten en absoluto identificados políticamente con otros a quienes consideran indeseables, y lamentan tener que compartir nada con ellos. Aunque todos nos lleváramos bien y tuviéramos buena voluntad comunitaria, la limitada capacidad cognitiva y comunicativa de los seres humanos no da para decidir todo juntos, por eso los ámbitos de control intentan separarse y hacerse locales (derechos de propiedad) para evitar los conflictos. Si decidimos juntos, ¿por qué al final sólo deciden los políticos, también en nombre de quienes no han votado por ninguno?

Somos más. Esto es una advertencia, así que cuidadito los que no son de los nuestros, que os podemos (por si nuestra pobreza argumental no consiguiera confundiros). Igual se refiere al crecimiento de la población, pero resulta raro que presuman de ello quienes suelen estar preocupados por los daños que los seres humanos provocan al planeta. Obviamente el socialismo no es para exquisitos individualistas independientes, sino para miembros de grandes rebaños mayoritarios.

Por todo lo logrado. El pasado. ¿A costa de qué y de quiénes? ¿Y el coste de oportunidad, todo lo que podría haberse logrado sin ustedes de por medio?

Porque lo estamos consiguiendo. El presente. ¿Quiénes y qué? ¿Liquidar la libertad? ¿Exterminar al enemigo?

Porque no todo está hecho. El futuro. Dados sus planes, afortunadamente.

Soñar con los pies en la tierra. Mejor tumbado en la cama. Parte de sus sueños son pesadillas, y casi todo el resto fantasías irrealizables.

Por el pleno empleo. No se trata de tener más riqueza con mínimo esfuerzo, sino de hacer como que todo el mundo está muy ocupado. Todos funcionarios.

La octava potencia económica, los primeros en derechos sociales. Con el bofetón que estamos dándonos (y lo peor está por venir), pronto sólo quedarán desechos sociales. El socialista cuando dice derechos quiere decir exigencias, reclamaciones ante los demás.

Podemos llegar tan lejos como queramos. ¡Ánimo campeones! Hasta el infinito y más allá. Basta con voluntad para obtener resultados. La acción inteligente es innecesaria.

Ahora que avanzamos, por qué retroceder. Un poco más y habremos sobrepasado el borde del abismo. A partir de ahí, caída libre.

Ante las elecciones generales

Las elecciones que vienen representan una oportunidad deprimente: elegir lo menos malo o seguir con Zapatero en La Moncloa. Ya sabemos que el PSOE ha agotado todas sus soluciones caseras: intervenciones masivas, subida del gasto público, papeles para todos, y subvención tras subvención. Y los resultados de cuatro años de legislatura son evidentes: más inflación, más paro, más delincuencia, más impuestos y más gasto público. Lo único que ha bajado es nuestro escaño o ranking en influencia/importancia exterior y por supuesto, nuestros ahorros.

No podemos negar que tanto el PP como el PSOE nos ofrecen unas "soluciones" verdaderamente deprimentes. Como resumen de lo que nos ofrecen, solo bastan cuatro palabras: más de lo mismo. Que nadie se equivoque: el PSOE está totalmente comprometido con el colectivismo de toda la vida… y el PP no se imagina ninguna otra solución para nuestros problemas que decir: "sí a la intervención, pero nosotros lo haremos mejor". Y lo cierto es que, en estos momentos, el PP es el único partido donde encontramos corrientes liberales aunque, desgraciadamente, son pocas.

Hay muchos ejemplos de políticos honrados en el mundo. Algunos son ex socialistas que reconocieron que el socialismo no funciona. Por otro lado, siempre tenemos a los mentirosos de siempre, y en el caso de España el mejor ejemplo es el señor Solbes… que niega, como el típico funcionario de turno a las ordenes de su partido, que "no hay que exagerar" la crisis económica. Lo más repugnante de los políticos actuales como Solbes es que nos insultan… y nos echan la culpa. No olvidemos de que el mismo Solbes dijo hace poco que los españoles dejamos demasiada propina para el café. El problema del señor Solbes es que, aparte de ser un mentiroso, también carece de un programa económico para nuestro país, y como consecuencia no hace otra cosa que echarnos la culpa.

Cualquiera que tenga un conocimiento mínimo de España sabe que históricamente no nos ha gustado la intervención estatal y el control centralizado. Nos gusta la libertad, y el claro ejemplo de ello es cómo se desarrollan las leyes que salen del Congreso en cada Comunidad Autónoma. Por ejemplo, la dichosa y socialista Ley Antitabaco no se fuma igual entre las comunidades. Hay que hacer todo lo posible para que Zapatero no gane las próximas elecciones generales porque aunque las elecciones en este país son libres y hasta gratuitas, todos pagamos los resultados. Queremos políticos que quieran bajar los impuestos, que contengan el gasto público y la inflación, que eliminen la burocracia estatal, que promuevan más flexibilidad en el mercado laboral y que cumplan con la ley y todo lo que eso conlleva.

Uno de los pocos deberes que tiene un gobierno es el de mantener el imperio de la ley, siempre, en todos sitios y por encima de cualquier institución. España ha sufrido en los últimos cuatro años un revés histórico en cuanto al imperio de la ley y la calidad de las instituciones jurídicas. Es curioso que los socialistas, que siempre han creído en el Estado y que el Estado debe hacer un poco de todo, ignoran uno de los pocos deberes legítimos que tiene un Estado.

Para concluir, resumiré lo que está en cuestión: en España la mayoría creativa tiene poca libertad y una minoría de funcionarios tiene demasiada licencia y privilegio. A ver si en marzo damos un paso adelante para liberarnos un poco más y poner a los derrochadores gubernamentales en su sitio adecuado… en el Museo de Los Horrores.

El espectro de Keynes

Algo parecido llevó a Keynes a llamar "general" a su teoría, concebida en un momento de crisis y con recetas del tipo en-cien-años-todos-muertos. Ha necesitado gran parte de las mejores mentes dedicadas a la economía para redimirle de su visión cortoplacista y crear un modelo para cualquier situación. La estanflación de los 70 se encargó de hacer añicos aquel keynesianismo.

Curiosamente, a las puertas de una nueva estanflación (horrísona palabra utilizada para llamar a la convivencia de inflación y recesión), el keynesianismo, ya no en nombre del de Cambridge, vuelve a aparecer, volviendo a dejar claro una vez más que la suya no es una teoría "general", sino para las urgencias.

A George W. Bush no va a venir nadie a darle lecciones de vulgokeynes, porque para eso es el presidente de los Estados Unidos que más ha aumentado el gasto público, después de Lyndon Johnson. El último en sumarse es el secretario general del Fondo Monetario Internacional, socialista. Y francés, para más señas. Dominique Strauss-Kahn ha llamado a los gobiernos a caer en el déficit para salir del paso. "La política monetaria no basta; hay que preparar medidas temporales presupuestarias". Será que Estados Unidos no va a entrar jamás en crisis, ya que lleva años siguiendo la "política presupuestaria activa" que exige el francés.

Está claro que las malas ideas no mueren nunca, especialmente si le placen al poder. Aunque sea gastar el dinero público como si no hubiera mañana, o como si no fuera de nadie, según la ministra Calvo. ¿Es necesario ese gasto? ¿Es el mejor uso que se puede hacer de esos recursos? Quitarle dinero y recursos a los particulares, que se cuidan muy mucho de no despilfarrarlos y utilizarlos eficazmente, ¿nos hace de verdad más ricos?

A nosotros no, pero a los políticos los hace más poderosos.

Mis elecciones

Las últimas declaraciones de Mariano Rajoy, a propósito de la exclusión de Alberto Ruiz Gallardón de las listas para las elecciones al Congreso, manifestando que él sólo depende de la gente de la calle, me han recordado vagamente lo que Benjamin Franklin proclamó ante la Convención Constitucional de manera mucho más solemne, como requería la ocasión, "en los gobiernos libres los gobernantes son los sirvientes, y las gentes (el pueblo) sus superiores y soberanos". Cierto es que Rajoy no es presidente del Gobierno ni un empleado del Estado. Sin embargo, en su condición de político y candidato, se postula como futurible para la administración de nuestros preciosos derechos, lo que le convierte, al menos interinamente, en sirviente de sus potenciales votantes. Desgraciadamente esta sumisión se olvida o, lo que es peor, se invierte indefectiblemente una vez que el político llega al poder. Delegamos el propio a cambio de derechos positivos cuyo ámbito se estira o encoge al albur de fines mucho más elevados como el bienestar social, la Alianza de Civilizaciones, la "lucha" contra el cambio climático o una igualdad impostada: ciudadanos por un día, nos convertimos en súbditos hasta que el político vuelve a necesitarnos en las siguientes elecciones.

Para las de marzo apenas quedan dos meses.

"La mirada positiva" ha sido el leitmotiv de estos cuatro años de Gobierno socialista. El eslogan de campaña que ha escogido Zapatero se entiende como un anhelo, el deseo vehemente de cerrar página y, como en mayo de 2007, mirar adelante. Siempre adelante. Decían David Horowitz y Peter Collier, en Destructive Generation, que el verdadero genio del radicalismo es su constante recreación y reaparición en nuevas formas; el progresismo en sentido lato. Zapatero es su caricatura. Jesús Caldera ha esbozado los tres ejes en los que se articulará el programa electoral del PSOE, la "propuesta de proyecto" que han consensuado más de mil personas "con un profundo conocimiento de la realidad española". Bienestar social, centrado en la consecución del pleno empleo; modernización para, entre otros retos, plantarle cara al cambio climático; y convivencia. Como se ve tres sólidos ejes para sostener un castillo de naipes.

Ya vimos en noviembre que entre las "ideas claras" del PP escaseaban las propuestas de tinte liberal, al contrario. Los ejes básicos del programa político de los populares están ahora "centrados en nuestro futuro", imagino que se trata de un deliberado juego de palabras que resume el deseo de concordia que quiere ofrecer Mariano Rajoy; desde luego con él, si de él depende, seguro que es posible. Como señalaba Manuel, buena parte de las propuestas del PP para los años venideros son un remedo de las recetas progresistas, entre las que, no obstante, cabe destacar positivamente la propuesta de reforma de la Ley Orgánica del Poder Judicial o la del Ministerio Fiscal; la creación de un carta de Transparencia con el Ciudadano, con la que conoceremos un poco mejor en qué se gastan nuestro dinero; la reforma del Código Penal, todavía muy blanda, por concretar qué pasa con las penas (¿por qué no una segunda enmienda?); la reducción del Impuesto de Sociedades; o una nueva ley de Educación. Esta magra enumeración, que podrá ampliarse (poco) no rescata al PP del marasmo progresista, digamos, no-liberal en el que está inmerso, pero dado lo movido del terreno y que no existe un limbo terrenal en el que criar a nuestros hijos me parece de lejos la opción menos mala.

Dicen los que conocen la política que en España votamos "en contra de". Supongo que así es, aunque en esta ocasión no votaré en contra del PSOE, sino de mis principios y es que hay propuestas del PP que provocan autentico bochorno, como la creación de un Ministerio de la Familia, la política exterior, la del fomento de la cultura o la energética que, por ejemplo, nada dice de la energía nuclear.

Un programa que, en definitiva, no esconde su vocación intervencionista.

Democracia populista en España

Yo también estoy preocupado por el cariz populista que está tomando la política en España. El elevado número de manifestaciones que se ha producido en las últimas dos legislaturas ha propiciado una política que se centra en sacar a la calle el mayor número de personas posible y asegurar después que el pueblo español pide un cambio.

No es extraño comprobar que tras ellas, el número de asistentes se convierte en el centro del debate y así, resulta paradójico ver que en la última que concentró a católicos y no católicos en defensa de la familia, los números bailaban entre algo más de 100.000 asistentes y los dos millones. No menos inquietante es la virulencia dialéctica con la que se responde a ciertas ideas, y no porque no defienda la libertad de expresión, sino porque esta brusquedad proviene del partido que detenta el poder y que, con la fuerza de su parte, puede acallar cualquier disidencia, cualquier divergencia a su política. Y es que el socialismo siempre ha diluido al individuo en la sociedad, la sociedad en el Estado y el Estado en el Partido para justificar sus acciones y políticas.

La reacción de buena parte de la cúpula del PSOE al Encuentro de las Familias ha sido desproporcionada, sobre todo si lo comparamos con la que mantiene ante otras manifestaciones mucho más radicales como la de los nacionalismos o la del entorno del terrorismo. Mientras el presidente del PSOE y del Gobierno autonómico andaluz Manuel Chávez llamaba retrógrados a los obispos y cardenales por su modelo de familia cristiana, José Blanco, secretario de Organización, se atrevía a mandar a los obispos a releer la Biblia y a aconsejarlos que pidieran directamente el voto para el PP o de lo contrario: "presentarse a las elecciones o mantenerse al margen de la política".

Todo lo dicho anteriormente encaja perfectamente en una política socialista que es común en mayor o menor medida a todos los partidos, de derechas, de izquierdas y de centro, la de despojar a la sociedad de su capacidad de influir en la alta política y absorber cada vez más competencias y decisiones que deberían recaer en la responsabilidad de cada uno. De esta manera, la Iglesia no debe meterse en política aunque el Estado ataque cada vez más su sistema moral, pero tampoco lo podrán hacer otras organizaciones, sin importar su orientación moral o ideológica, si los perjudicados son aquellos que están en la poltrona o potencialmente puedan estarlo. La democracia se termina convirtiendo en una algo exclusivo de los partidos, como indicaba Blanco a los responsables eclesiásticos, y si alguien quiere dejar claro que no está de acuerdo con una ley o norma, deberá crear un partido, algo no precisamente fácil, y meterse a político y ganar las elecciones o, lo más habitual, votar y callar.

En estas circunstancias es lógico, y peligroso, que la manifestación se convierta en el único sistema relativamente efectivo para cambiar algo en España, pero eso no está al alcance de muchos y sólo con la colaboración de los medios de comunicación de masas se puede organizar algo realmente importante, de ahí que los medios especialmente hostiles con las ideas del Gobierno de turno deban ser acallados o, como ya ocurrió en su momento con Antena 3 Radio, eliminados.

Si la forma ya es preocupante, mucho más lo es el fondo. Lo que últimamente se discute no son las formas de cómo se debe articular una ley que permita una mejor educación pública o una sanidad más eficiente o un sistema territorial más eficaz, facetas ya de por sí bastante intervencionistas, sino qué es lo que se debe enseñar –por ejemplo la asignatura de Ecuación para la Ciudadanía–, o cuál debe ser nuestra posición a cuestiones morales como el aborto y la eutanasia o qué idioma debemos emplear en alguna de nuestras actividades diarias, hasta el punto de que si no compartimos lo que se enuncia en la norma estaremos cayendo no sólo en la ilegalidad, sino en el mismo infierno a los que se van los que osan contradecir el espíritu "democrático".

Tal es el cariz de los acontecimientos que deberíamos preguntarnos qué ganamos votando a cualquiera de los partidos o incluso qué ganamos simplemente votando. ¿Acaso seremos más libres si apostamos por uno o por otro? ¿De verdad tenemos capacidad de cambiar las cosas con nuestro voto si todos los partidos parten de planteamientos parecidos? Es verdad que podemos apostar por el voto útil, es decir el de apostar por aquel que al menos nos deje como estamos, pero eso es una quimera. Los programas se han hecho para incumplirlos, y una vez apoltronados no cuesta mucho romper la palabra dada si peligra el poder del legislador. La gente tiene poca memoria política y demasiada fe en sus equipos de fútbol. Perdón, quise decir en sus partidos políticos. No quisiera ser demasiado pesimista, pero España necesita una revolución, la que elimine el peso de la política en todos los aspectos de la vida de los españoles, la que la desregule, la que le dé más libertad y esa aún no ha llegado después de 30 años de Constitución.

El juego de la cuerda

Puestos a prometer empleos Chaves pensó, como lo haría cualquier político en este país, que lo mejor sería garantizar el pleno empleo para Andalucía. En cualquier otro lugar del mundo el político en cuestión se plantearía el ligero inconveniente que supone haber realizado esa promesa con anterioridad cosechando fracaso tras fracaso. Pero Spain is different y Andalucía más aún.

Hace diez años se cumplió el plazo que dio Chaves para la consecución del pleno empleo en toda España siendo ministro de Trabajo socialista y los habían estado esperando sólo encontraron nuevas promesas. Ahora vuelve a prometer más de lo mismo y nos cuenta que el gran momento ocurrirá entre 2013 y 2015. Asombroso, ¿verdad? Pues habrá muchos que se queden esperando a esa fecha. El mundo imaginario de los politicastros se sustenta en dos pilares fundamentales. Por un lado la nefasta realidad de la educación pública ayuda a difundir los bulos y las falacias económicas que venden quienes quieren aferrarse al poder. Esto, por desgracia, no es un endemismo andaluz ni español. Por otro lado, en nuestro país la esfera de lo estatal y lo subvencionado parece haber succionado el resto de la sociedad civil dejando pocas áreas fuera de la larga mano del Gobierno de turno.

Vayamos por partes. La idea de que los políticos pueden realizar grandes gestas económicas por el bien de la sociedad es tan falsa como antigua es su refutación. Los individuos son los que mejor saben cuáles son sus sueños, la importancia que le dan y la mejor manera de gastar los menguantes euros que han ganado con su trabajo. Ningún político o comité de burrócratas será jamás capaz de superar los resultados que manan de las relaciones libres entre individuos. No es que sean tontos, es que son unos estúpidos arrogantes que creen saber mejor que los propios interesados cómo gobernar sus vidas. Lograr pleno empleo no tiene ningún misterio. Basta con un decreto ministerial. Lo que ya resulta más complicado es lograr que todo el mundo trabaje en la producción de cosas útiles. Las grandes gestas económicas las consiguen los individuos a pesar de quienes les gobiernan. Lo mejor que puede hacer el Gobierno para observar cómo los individuos se procuran empleo y todo tipo de bienes en tiempo record es dejar de estorbar.

Sin embargo, la falacia de la omnipotencia gubernamental cuela una y otra vez en España. No importa que, como en el caso de Chaves, el mismo político haya demostrado una y otra vez su manifiesta incapacidad a la hora de gestionar cualquier cosa que no sea su cuenta corriente. Pero es que cuando más de la mitad de la población acude diariamente al abrevadero del dinero público y los impuestos de quienes se dedican a producir para el resto son gastados en grandes altavoces y pantallas mediáticas, es comprensible que la gente crea en todo tipo promesas delirantes. Andalucía lo que necesita son menos promesas, menos intervencionismo gubernamental y más libertad. Bajo esas circunstancias los andaluces lograrían el pleno empleo. No sé cuándo, pero seguro que mucho antes de 2013.

Un año de participación política

Me cabe el honor de redactar el último comentario del año, así que espero me perdonen si comienzo haciendo balance de lo que ha sido para mí un año de gran participación política. Quién me iba a decir a mí en marzo de 2004 que terminaría convirtiéndome en un aficionado a eso que los compañeros de profesión llaman "participación no convencional".

Aparte del sufragio y de las firmas de manifiestos, peticiones y cartas a políticos de diversos partidos, la panoplia de modalidades políticas en las que este año he participado incluyen manifestaciones, concentraciones e incluso algún viaje, algo de lo que mis amigos más viejos todavía se maravillan y algunos miembros de mi familia lamentan profundamente.

Si hace unos años me hubieran hecho la típica encuesta de participación política, el resultado me habría colocado dentro de la categoría que los expertos denominan "apatía" o "ciudadanía pasiva". Ahora soy un auténtico ciudadano, metido en causas diversas y en algún que otro berenjenal del que gracias a Dios he salido airoso. Todo eso viene a colación de dos hechos verificados por la Ciencia Política empírica y que hasta hace poco tiempo me costaba creer, aunque la participación y observación directas de los últimos meses me han hecho cambiar de opinión.

Primero, que el aumento en los niveles agregados de participación política no significa que haya más personas haciendo más cosas, sino que, más allá de un pequeño aumento en el número de ciudadanos que decide participar, son las mismas personas las que incrementan la cantidad de sus actos políticos. Es decir, que la democracia participativa es una quimera, y que la apelación sistemática a ella puede derivar en demagogia, populismo y fraude, pues sigue siendo una minoría la que decide por los demás. El peligro para el Estado liberal y de Derecho, que por muy poco liberal que sea consagra unas libertades individuales que ninguna mayoría puede abolir, es que se convierta en el poder del que grita más alto.

Por suerte para todos, las protestas organizadas contra algunas medidas del actual Gobierno se han llevado a cabo de forma pacífica. Sin embargo, no puedo dejar de preocuparme por la "ecuatorianización" de la política española, es decir, el recurso sistemático a la manifestación en la calle como forma de expresión de la oposición al Gobierno. Que unos –por ejemplo la AVT y el Foro de Ermua– lo hagan para pedir libertad y que otros –independentistas catalanes y vascos– lo hagan para reclamar justo lo contrario no es óbice para señalar que el traslado de la política a la rúa indica que algo falla en nuestro sistema de deliberación y de separación de poderes.

Esto me lleva al segundo fenómeno, sobre el que ya llamara la atención Huntington hace la friolera de treinta años. La politización de la sociedad no es necesariamente un síntoma de consolidación democrática, sino que a menudo indica justo lo contrario, un estado de regresión o involución democrática.

Que el cinismo y la impotencia son características típicas de la cultura política española es algo en lo que coinciden la práctica totalidad de los sociólogos de nuestro país. Sin embargo, cuando este parroquialismo, muy diferente del civismo que ha caracterizado otras sociedades (confianza en el sistema, sensación de eficacia política personal, respeto por los valores de la democracia liberal…) se combina con la superpolitización y el recurso a la participación política no convencional, la sociedad se hace más receptiva a los mensajes de los salvapatrias, y por ende más vulnerable a renunciar a las libertades individuales en aras de la tutela aparentemente benevolente del Estado.

Como en el caso de las pensiones privadas, que proporcionarían más ingresos a los jubilados a cambio de menos años de trabajo, también la reducción del poder del Estado en ciertas áreas, o al menos la descentralización efectiva –no me refiero a la creación de 17 mini estados hiper intervencionistas, sino al aumento de la capacidad de elección de los ciudadanos, que pasa por la reducción de la burocracia estatal, la disminución de los impuestos y la reforma del sistema electoral– podría conllevar a la larga una disminución de la politización, pues el ciudadano podría hacer con su dinero y su iniciativa empresarial lo que no consigue con su voto. No hablo de menos democracia a cambio de más libertad, sino de más democracia y muchísima más libertad. Un juego en el que todos saldríamos ganando.