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Etiqueta: Proceso político: tª estado elección pública y democracia

El PSOE no tiene remedio. ¿Y el PP?

El PP es sólo menos socialista, por lo que la diferencia entrambos no es insalvable, precisamente. Y, llegado el caso, habría antepuesto la conveniencia de que un partido no esté en el poder demasiado tiempo.

Pero la experiencia de Zapatero en el poder me ha hecho ver que incluso el paro permanente y la corrupción de González pueden ser poco al lado de lo que pueden llegar a hacer. Incluso los GAL, ejemplo de esa ética socialista del "todo vale" para conseguir un objetivo, han sido superados por el "como sea" del pacto del Gobierno con la ETA contra nuestras instituciones. El PSOE ha traicionado la democracia en cuanto ha tenido ocasión. Su fundador amenazó de muerte a Maura; luego se opuso a las reformas democratizadoras de éste (los liberales también, por cierto). En cuanto tuvieron oportunidad se aliaron con una dictadura, la de Primo de Rivera. Aceptaron la democracia con la II República porque estaban ellos en el poder, pero en cuanto lo perdieron organizaron un golpe de Estado en toda regla. Ya en plena guerra, Largo Caballero reconoce a Stalin por carta que no queda ningún partidario de la democracia en sus filas, y es el carnicero quien tiene que recomendarle que al menos disimule.

Con Franco no pudieron aliarse, claro está, pero al llegar la democracia vuelven a sabotear el proceso democrático exigiendo una ruptura, frente a la transición. El abrumador apoyo popular a la Ley de Reforma Política les hace pasar por el aro, a regañadientes. Luego llega el pte. González y su alter ego en forma de aspa. Y finalmente Zapatero, con su vuelta a la ruptura y su pacto con la ETA. El PSOE no tiene remedio.

De modo que tendré que poner mis esperanzas bien en una escisión del PSOE, bien en el PP. Pero, por la razón que fuere, los populares, que son los que más aprecio tienen por los derechos y las libertades de los españoles, parecen sentirse en realidad incómodos si se acercan demasiado. Digámoslo claro. No son un partido liberal. Aznar merece todos los elogios… desde que abandonó el poder. Y si Rajoy adopta posturas liberales es sólo porque se opone a los socialistas y éstos se han decidido a imponernos hasta la educación moral de nuestros hijos. Pero, con todas las razones que puedan asistir a los populares para el perfil bajo, si llegan al poder con esa actitud la adoptarán hasta sus últimas consecuencias cuando estén en él.

Y las últimas consecuencias del perfil bajo, ya sabemos cuáles son.

Atrevámonos a ser libres

A lo largo de su vida, conforme la persona va creciendo y, por tanto, incrementando su conocimiento y experiencias, ésta va adquiriendo cada vez más responsabilidades, y el número de decisiones que se le permite tomar va siendo cada vez mayor. Así, cuando comenzamos nuestra andadura en este mundo en el seno materno, únicamente podemos tomar decisiones básicas tales como dormir o estirar nuestras extremidades. Tras nuestro nacimiento podemos empezar a explorar poco a poco nuestro entorno aunque siempre bajo supervisión paterna. Paulatinamente, nuestros padres van dejándonos tomar cada vez más decisiones por nuestra cuenta y riesgo, al haber aumentado nuestra madurez y nuestros conocimientos, considerándonos más capacitados para incurrir en riesgos mayores. Finalmente, llega el momento en que dejamos de depender de nuestros progenitores y estamos capacitados para tomar nuestras decisiones en libertad, incluso aunque éstas vayan en contra de su opinión.

Este proceso de abandono de la tutela paterna es frecuentemente causante de numerosas fricciones familiares. Así suelen ser frecuentes las discusiones paternofiliales sobre la hora de llegada a casa, los viajes, la ropa o el aseo personal, entre otros temas. Y aunque nuestras primeras decisiones, estudiadas con posterioridad, no hayan sido siempre las más correctas, esta mayor libertad nos ha preparado para poder encarar mejor el futuro.

Esta evolución en la vida personal va unida a un deseo de autorrealización. Conforme vamos creciendo nos sentimos más seguros de nosotros mismos y más felices al ser cada vez más capaces de tomar decisiones por nuestra cuenta y riesgo, interpretando esto como un signo de evolución personal.

Visto lo anterior, cabría suponer que el mismo fenómeno debería ocurrir en otros ámbitos de la vida personal, como así sucede. Un claro ejemplo lo podemos encontrar en el ámbito laboral. Cuando entramos en una empresa nuestra capacidad de decisión suele ser mínima. Conforme se van demostrando nuestras dotes en los distintos aspectos que componen el trabajo, el grado de libertad del que gozamos para la toma de decisiones se va incrementando. Incluso en el caso de que no sea así, muchos empleados abandonan sus empresas buscando, entre otras cosas, gozar de una mayor libertad para poder desempeñarse profesionalmente.

Sin embargo, cuando uno examina la relación entre el Estado y el individuo, muchas veces nos encontramos con la sorpresa de que nos hemos acostumbrado a estar subordinados al primero, sin ni siquiera esperar que nos concedan un mayor grado de libertad. La intromisión del Estado en ámbitos personales se ha convertido en una costumbre tan arraigada que muchas personas llegan a contemplar, incluso con temor, la posibilidad de que éste les conceda un mayor grado de libertad para desarrollarse. Las discusiones que se daban en el ámbito familiar entre padres e hijos, o entre jefes y subordinados buscando los segundos una mayor libertad para poder desarrollarse se invierten, y muchas veces el ciudadano se llega a manifestar pidiendo una mayor intervención, y por tanto una menor libertad en sus relaciones con los demás.

Cabría preguntarse el motivo de esta contradicción. No tiene ningún sentido creernos que estamos más capacitados que nuestros padres para regir nuestro destino, o más que nuestros jefes para organizar el trabajo, y que sin embargo nos sintamos inferiores a la administración estatal. El motivo de esta contradicción no es otro sino la propaganda de las propias instituciones públicas. Mientras que nuestros padres intentan prepararnos para que en el día de mañana seamos capaces de desenvolvernos por nosotros mismos, determinados organismos estatales han establecido como uno de sus objetivos fundamentales su autoperpetuación. Así mientras que nuestros progenitores nos prepararon para la libertad, determinados organismos públicos nos han educado en la servidumbre, haciéndonos creer que no es posible la civilización tal y como la conocemos sin la existencia de estas administraciones. Por tanto, mientras que nos sentimos confiados en nosotros mismos por la educación recibida por nuestros padres, no ocurre lo mismo con respecto al Estado, ya que éste nos ha adoctrinado como desvalidos dependientes del mismo.

No obstante, si llegados a determinada edad hemos sido capaces de desenvolvernos fuera de la tutela paterna, también deberíamos ser capaces de desarrollarnos fuera de la tutela estatal, sin ningún tipo de miedo, ya que las recompensas recibidas por la libertad siempre compensan el mayor trabajo que ésta conlleva.

Las peticiones que desde determinados ámbitos se efectúan pidiendo una menor intromisión del Estado en nuestras decisiones no deben ser contempladas con temor y desconfianza, sino todo lo contrario, con esperanza. Si hemos sido capaces de salir del ámbito familiar para desarrollarnos nosotros mismos, también somos competentes para poder progresar sin la tutela estatal en todos y cada uno de los ámbitos de nuestra vida.

Buena subvención, mal cine

Hoy pasa el último obstáculo la Ley del Cine, una complejísima maquinaria de subvenciones, deducciones fiscales y privilegios, todo para ganarse el favor de un sector al mínimo precio de tender un "cordón sanitario".

Pero el Gobierno se enfrenta con un problema. Es fácil anegar los bolsillos ya adinerados con generosas subvenciones y darles privilegios fiscales. Saben que quienes los pagamos no tenemos ni el conocimiento ni el incentivo para revertir esta redistribución de la renta de los pobres a los ricos. Pero, como en cualquier sector, el del cine está compuesto por distintas ramas de la producción, que en ocasiones tienen intereses contrapuestos.

Explicaba ayer nuestro periódico que los exhibidores van a dejar de proponernos películas "sin interés" y sólo cederán sus pantallas a las que llamen al público. Los productores españoles, que necesitan cierta familiaridad con el público (no mucha) para cumplir el expediente y exigir subvenciones, y que hagan de éstas su negocio serán los más perjudicados. Seguro que consideran escandalosa la postura de los dueños de las salas. Yo también, porque su función fue siempre intentar acercarse a los gustos del espectador, no hacer concesiones a ciertos intereses sabe Dios por qué motivo.

Si el objeto de deseo es la subvención y para ganársela bastan 300.000 euros de recaudación, lo racional es hacer muchas películas, que atraigan a un puñado de cineadictos, y pasar por taquilla, la del Ministerio. No es necesario pensar en los españoles y en sus gustos. Así las cosas, no es de extrañar que cada vez se estrenen más títulos y que el número de espectadores vaya a la baja. 85 millones de euros de subvención, 14 películas más y 2,5 millones de espectadores menos. ¡Viva el cine español!

Libertad y asco

Algunos liberales radicales (coherentes y con raíces, fundamentos) sabemos algo de antropología. Sabemos que todos los grupos sociales, pequeños y grandes, primitivos y modernos, tienen algunas normas contrarias al derecho de propiedad y a la libertad de comercio: ciertos bienes o servicios tienen prohibido su intercambio, y esas limitaciones son parte esencial de la cultura de la sociedad; si esas normas cambiaran, la sociedad sería diferente.

Es típico de los conservadores insistir en que esas normas no deben cambiar, apelando a que cumplen alguna función esencial, la cual frecuentemente no saben especificar (aparte de preservar la naturaleza de dicha sociedad), tal vez porque es irracional, quizás porque no existe o porque es inconfesable (sirve para mantener algún privilegio que no conviene reconocer). Que las reglas existan y lo hayan hecho por mucho tiempo no las hace automáticamente legítimas ni acertadas: la descripción histórica no es lo mismo que la justificación ética.

Como liberales radicales no nos consideramos ungidos por nadie ni hemos recibido ninguna revelación que nos permita conocer sólo a nosotros la ética de la libertad: es simplemente el estudio (accesible a cualquiera con la formación intelectual suficiente) de normas con determinadas características formales (universalidad y simetría) y pragmáticas (funcionalidad, sirven para regular la convivencia y permitir la cooperación competitiva minimizando los conflictos). Estas normas éticas son el derecho de propiedad (o principio de no agresión) y la libertad de contratación (los contratos a su vez pueden generar nuevas normas que ya no serán universales ni simétricas pero que las partes intentarán que resulten adecuadas a sus intereses).

Una sociedad no es simplemente un mercado: el mercado es un subconjunto propio de una sociedad, mayor o menor, que no lo abarca todo. Pero no es lo mismo que las personas no intercambien algo porque no lo desean a que no lo hagan porque las leyes (formalizadas o no) no se lo permiten de forma coactiva. Un fenómeno psicológico esencial en la generación de las preferencias humanas es el asco o la repugnancia, una emoción muy básica que se siente sin necesidad de razonar o reflexionar. Es un mecanismo genético innato de rechazo con contenidos parcialmente instintivos (como ciertos olores y sabores) y parcialmente aprendidos (culturales, es posible aprender a sentir asco por ciertas cosas). El asco existe porque es adaptativo: suele sentirse repugnancia por sustancias nocivas para el organismo. Pero las sociedades modernas son muy diferentes del entorno evolutivo de los ancestros humanos: muchos avances tecnológicos permiten acciones antes inimaginables, y en algunos ámbitos es posible que el asco sea un obstáculo contrario al progreso individual y social.

Los mercados de órganos pueden parecer repugnantes a algunas personas. Sin embargo todas las partes del cuerpo humano pueden ser legítimamente objeto de intercambio voluntario: tanto aquellas que son más accesorias (el cabello, pequeñas cantidades de sangre) como las más esenciales. Uno puede donar o vender un órgano redundante, como un riñón, o incluso un corazón (y conseguir otro o recurrir a un corazón artificial); también es posible dar la propia vida para que los órganos sean aprovechados por otra persona. La integridad física suele ser valiosa, pero no es el único valor ni necesariamente el más alto. No se tienen más o menos derechos por estar más sano o físicamente más completo.

Cualquiera puede sentir asco respecto al intercambio de cualquier parte del cuerpo. Aquel que considere que sus órganos son partes esenciales de su cuerpo y de su dignidad no debería tener ningún problema con el intercambio de órganos entre otras personas: a él no se le obliga a nada. Pero que él tenga un problema moral no le legitima para impedírselo a otros por la fuerza. Puede contratar voluntariamente con otros para comprometerse a no realizar ciertas prácticas, o incluso boicotear pacíficamente a quienes las realicen, pero eso no es lo mismo que una prohibición estatal.

La libertad de una persona tiene límites: la libertad de los demás. Lo que no limita en absoluto la libertad de forma legítima es la pretensión de una sociedad de preservar su esencia, de no cambiar: por eso el liberalismo es tan diferente del colectivismo. La moralidad surge evolutivamente cuando no había mecanismos legales institucionales y permite resolver problemas de coordinación y cooperación más allá de lo estrictamente legal. Los sentimientos morales los tienen los individuos pero suelen ser compartidos en mayor o menor medida por los miembros de un grupo social (sobre todo si este es pequeño, homogéneo y cerrado). Uno puede preferir que los demás implementen tu propia moral, pero nadie tiene derecho a exigirlo. Lo que caracteriza a una sociedad libre es que la moral no se legisla ni se impone, y si se intenta degenera y decae: por eso resulta lamentable que algunos pretendan que la calidad moral de una sociedad se determine por sus prohibiciones legales.

Las buenas intenciones

Las buenas intenciones, como las del Partido Popular con su reforma constitucional. Que nuestra Constitución no es la de Cádiz es notorio. Que el consenso y el acuerdo que la hizo posible se impusieron a la racionalidad y la atención prioritaria a los derechos individuales, todos lo sabemos. Que la libertad no vivía entonces la consideración que se le tiene hoy, no habrá que negarlo. De modo que si nos planteamos una reforma de la norma fundamental, lo primero que habrá que preguntarse es ¿para qué?

El PP, a mi modo de ver, se equivocará si no hace suyo como primer objetivo la plena libertad de los ciudadanos españoles y la subordina a la identificación de España con el Estado central o las concesiones al Estado de Bienestar para hacerse perdonar no se sabe qué. Una bolsa de dizqueciudadanos dependientes del Estado es feudo electoral de los socialistas. Miren el caso de Andalucía. Cuanto más independientes, responsables y libres sean los españoles, menos permeables serán al discurso entre buenista, paternalista y de odio de los socialistas.

Los nacionalistas son la otra gran amenaza para nuestra libertad, pero para responder a ella no hay que concentrar de nuevo el poder en el Estado central sino todo lo contrario. Que cada región, cada ayuntamiento si es posible, compita con el vecino para ofrecer aquella combinación de servicios y libertades que sea menos dañina al ciudadano. Hagamos el diseño facilite la mayor competencia entre administraciones. No se tema la diferencia, porque amplía las opciones de elección de los ciudadanos. Pero que tampoco que quede sólo en eso, porque lo principal es la definición y la defensa efectiva, permanente e independiente de la política de nuestros derechos. Tenemos plena libertad, se nos reconozca o no, a montar una empresa y llegar a los acuerdos que queramos con quien los acepte de buen grado. Tenemos la libertad sin fisuras de elegir la forma que deseemos para educar a nuestros hijos, elegir nuestro estilo de vida, expresar lo que consideremos oportuno, a obviar al Estado cuando sobrepasa el ámbito de nuestros derechos. Ese, y no otro, debe ser el vértice de la Constitución, el espacio protegido contra cualquier interferencia, frente a cualquier justificación.

Y, sobre ello, el resto debe de estar encaminado a restarle instrumentos de poder a la política. Bien está que el CGPJ salga elegido de los propios jueces, como propone Rajoy, y no por los políticos. Pero también deberíamos fijarnos en el Tribunal Supremo de Estados Unidos para importar la fórmula de los miembros vitalicios al Constitucional. Y, sobre todo, romper las circunscripciones hasta hacerlas uninominales. Si a un diputado lo elige el señor Rajoy y no el votante, que no nos venga diciendo que lo que quiere es algún tipo de regeneración democrática.

Las buenas intenciones hay que engarzarlas con un sano escepticismo hacia la política y una confianza, aunque fuese moderada, en una sociedad libre y desenvuelta. Si no, mejor no tocallo.

Por qué gastan nuestro dinero en grandes causas inútiles

Ellen Axson Wilson, primera esposa de Woodrow Wilson, plasmó esta idea al decir que su marido "tiene gran pasión por ser el transmisor de los acontecimientos mundiales" e "inspirador de un gran movimiento de opinión". Que alguien del Gobierno, esa organización que tiene el monopolio de la fuerza y agresión, tenga estos delirios de grandeza es una amenaza para todo hombre libre.

El presidente Zapatero tiene la misma visión caudillista que Wilson y que otros grandes tiranos de las democracia formales, que no funcionales, de hoy día. Es incapaz de hacer nada para que lleguemos a final de mes, pero se presta rápido a tirar nuestro dinero al primero que se le tropieza en una cumbre internacional. En estos años de Gobierno Zapatero, España ha sido el país de la OCDE que más cantidad de nuestro dinero ha regalado al "desarrollo". Concretamente, el presidente ha destinado 4.200 millones de euros a este concepto, lo que representa más de 200 euros por persona que trabaja en este país. El año que viene serán más de 5.500 millones. A propósito, ¿sabría decirme un solo país que haya salido del subdesarrollo gracias al dinero que le regalan los gobiernos ricos?

Lo mismo sucede con el cuento del cambio climático. A pesar de estos cuatro años verdes, España sigue siendo el miembro de la UE más alejado de Kioto. Es la excusa perfecta para doblarnos a impuestos en un momento en el que España no está pasando por su mejor momento económico.

¿Y qué tal si nos miramos los temas "pequeños" señor presidente? El Banco de España ha alertado que puede haber una fuerte reducción del empleo el año que viene que afectará, como es evidente, a los empleos temporales. De nada han servido las maravillosas imposiciones de crear estabilidad en el trabajo, como era previsible. Más de un 30% de los asalariados y el 65% de aquellos menores de 29 años tienen un contrato temporal. Como ha recordado José Luis Malo de Molina, director del Servicio de Estudios del Banco de España (BdE), en las épocas de bonanza económica el hiperregulado mercado laboral español no es capaz de generar los empleos deseados, pero cuando los malos momentos se acercan se vuelve especialmente sensible al enfriamiento económico. Siendo así, es de esperar que en 2008 pueda haber auténticas oleadas de despidos y Expedientes de Regulación de Empleo (ERE). Los más afectados, tal y como ha indicado el BdE, los trabajadores temporales. Nada ayuda a esta situación las absurdas y antieconómicas medidas de subir el salario mínimo que no benefician a empresas ni empleados.

Los delirios grandilocuentes de Zapatero no contemplan datos como que el beneficio neto empresarial haya caído sustancialmente este año, que el importante aumento del precio de las materias primas y la inflación afecten negativamente a nuestros bolsillos –lo que puede obligar al Banco Central Europeo a subir tipos–, o que el país pierda 6 puestos en competitividad. Él sigue aumentando la presión fiscal a empresas y particulares. Todo esto son minucias comparado con los grandes planes de nuestro líder.

El presidente, a la vista de los acontecimientos, quiere pasar a la historia a toda costa. Que lo nominen al premio Nobel de la Paz como a su amigo Al Gore y figurar en los libros de historia como el altruista que quiso salvar al mundo. Es igual que sus medidas sólo respondan a su necesidad de promocionarse a sí mismo y no sirvan ni para salvar a los países pobres ni para evitar las agoreras predicciones del cambio climático. Da lo mismo que lo único que hagan sea evitar que los ciudadanos lleguen a fin de mes. Siempre podrá decir que el mundo estaba en su contra y que él sólo pretendía cambiar el mundo con una sonrisa.

Si las palabras de Zapatero fueran francas y él un altruista, dejaría de imponernos su visión con multas, leyes, prohibicionismo, regulaciones e impuestos; se alejaría del frívolo mundo de la política y se haría misionero o, si su laicismo le impide semejante cosa, ingresaría en una ONG. Por más buenas palabras que usen los gobernantes, la política siempre es lo mismo: imposiciones a los hombres libres para satisfacer las ambiciones de los burócratas.

El giro a la izquierda del PP naufraga en la pugna ideológica

Resulta vergonzoso, cuando no menos hipócrita, el hecho de que un partido que se define a sí mismo como liberal adopte y defienda tesis propias del ideario socialista, tal y como viene demostrando últimamente la elite del PP. Los líderes políticos de este partido conservador y de centro, que no liberal, adolecen de una enfermedad ideológica de difícil solución, a la vista de lo que demuestran a diario con sus declaraciones y propuestas electorales. El mal en cuestión es propio de los acomplejados, cuyas causas radican en la existencia de cobardía y, peor aún, ignorancia o carencia de ideas propias.

No nos engañemos, y mucho menos permitamos que nos engañen. España carece de un partido que, ni siquiera remotamente, se aproxime a lo que correctamente, tanto desde un punto de vista teórico como histórico, debe entenderse por liberalismo. Por ello, resulta humillante escuchar por boca de Rajoy la defensa del citado ideario, pues, en sus manos, sufre una deformación tal que apenas logran diferenciarse tenues matices de color respecto al pensamiento que propugna el PSOE.

La dinámica mantenida por el PP acaricia sin rubor los presupuestos socialistas. El giro al centro iniciado por Aznar se ha transformado, en realidad, en un giro a la izquierda que, sin duda, resultará contraproducente para los intereses electorales de la citada formación. Y es que por esa senda poco pueden hacer, puesto que sus medidas económicas y sociales casi siempre se verán superadas y mejoradas, en la práctica, por sus auténticos y verdaderos detentadores, los socialistas, quienes, al menos, conservan una cierta coherencia programática en base a sus presupuestos dogmáticos.

Tan sólo es necesario observar las principales líneas de actuación que, recientemente, han anunciado de cara a las próximas elecciones generales. De los doce ejes programáticos diseñados tan inteligentemente por la cúpula popular, tan sólo una medida podría adscribirse a algo someramente cercano al liberalismo. Me refiero a la rebaja fiscal en el IRPF destinada a los mileuristas. Según Rajoy, "la economía será una prioridad básica" para el PP y, sin embargo, se contenta con ofrecer tenues reducciones tributarias para las rentas bajas o las pequeñas empresas. De hecho, no se arruga a la hora de defender un tratamiento fiscal diferenciado en función del sexo de los individuos, mediante el uso de la controvertida (y del todo socialista) discriminación positiva a favor del colectivo femenino.

Además, se vanagloria de que fueron ellos los que aprobaron la subvención de 100 euros a las madres que trabajan fuera de casa. ¡Toda una alternativa, sí señor! ¡Qué valentía liberal, qué osadía la del señor Rajoy! En esta misma línea, aboga por la conciliación familiar y, para ello, apuesta por prolongar el permiso de maternidad y paternidad, ni más ni menos, en aras de una "sociedad más igualitaria". ¿No les suena de algo? Con ello, pretende convertir a España en una de las cinco economías más avanzadas del mundo.

¿Cómo? Reformando la Ley General Presupuestaria y la Ley de Estabilidad Presupuestaria (las limitaciones macroeconómicas ya nos vienen impuestas desde Bruselas); invirtiendo en capital humano y tecnológico (mediante más gasto público, ¿me equivoco?); impulsando una nueva política energética, pero cuidándose mucho de referirse a la tan denostada energía nuclear; aprobando una Ley de Unidad de Mercado, sin citar la necesaria reducción de la burocracia; y, por supuesto, desarrollando planes para sectores como la agricultura, la ganadería o la pesca, pero sin reducción alguna de las ingentes ayudas públicas que reciben tales colectivos.

Llegados a este punto, poco cabe decir del resto de propuestas populares o, más bien, populistas, como la pretensión de alcanzar el pleno empleo, aunque sin citar cómo. Esto mismo también lo persigue el PSOE, y hasta IU y ERC si me apura señor Rajoy. Temas como la inmigración, la política exterior, el terrorismo o la unidad de España ya son conocidos por todos, y reiterados hasta la saciedad por la elite popular.

Mención especial merece, sin embargo, la intención de "aumentar el bienestar social" mediante la subida de las pensiones (públicas) y una nueva Ley Integral de Apoyo a la Familia, sustentada a cargo del erario público, como no puede ser de otra manera. Y por último, sin duda, el colofón del ideario popular: la defensa de Medio Ambiente, a través de una Ley Integral de Lucha contra el Cambio Climático y un Plan de Ahorro y Eficiencia Energética. A liberales, desde luego, no les gana nadie, no señor…

Tras esta retahíla de voluntarismo y buenas intenciones, sostenido mediante un discurso plagado de corrección política y progresismo económico, y una vez comprobada la veracidad de la tesis expuesta al inicio de este artículo, tan sólo me cabe decirle, señor Rajoy, que respeto, pero no comparto su ideario, al igual que me ocurre con el PSOE, y que, por coherencia ideológica y discursiva, deje al menos de vilipendiar y menospreciar el término liberalismo.

Oratoria progresista de una mujer “aturdida”

Lejos de las fórmulas anticuadas que sus señorías suelen utilizar en el foro parlamentario, la diputada del PSOE empleó un recurso muy personal para responder a la primera cuestión de orden planteada por el presidente de la comisión. "Sí cariño mío, lo que tú quieras" es un nuevo formalismo mucho más fresco y, por supuesto, progresista, que, por ejemplo, el carpetovetónico "con la venia, señor presidente".

El inicio de la pieza oratoria de la diputada Teruel permitía vaticinar el grado de solvencia de su posterior discurso, en el que los sólidos argumentos ("En fin, pero bueno, que también podría seguir enumerando otros compromisos concretos, ahora… no sé, estoy un poco como aturdida, para…, porque aún no tengo claro mi función como portavoz…"), fruto sin duda de largas noches de estudio y análisis, fueron desgranados en compañía de unas simpáticas carcajadas que dieron al conjunto de su intervención un indudable tono progresista.

La diputada Teruel es una fiel continuadora del estilo Maleni, deudor a su vez del que trajo en su día al parlamento español otra política malagueña también muy progresista, Celia Villalobos ("cuando salgo a la tribuna se me caen los huevos al suelo"). Y no es que su nivel cultural sea escaso, sino que ellas son muy llanas y les gusta hablar como la gente de la calle para que se les entienda bien. De hecho, la diputada aragonesa del PSOE intervino en el debate parlamentario como lo podría haber hecho un alumno de primero de la ESO con menos de cuatro asignaturas cateadas. ¿Hay mayor demostración de que el PSOE es un partido cercano a la gente?

Doña Isabel Teruel era la portavoz del PSOE para asuntos relativos a la educación, como cualquiera puede deducir a poco que vea y escuche su espléndido discurso. Es una garantía para todos los ciudadanos que los políticos dominen los asuntos de su competencia, así que ante semejante espectáculo no cabe otra cosa que felicitar al noble pueblo aragonés por el acierto en la elección de sus representantes y a los socialistas por el nivel de exigencia intelectual con que examinan a sus afiliados antes de situarlos en una lista electoral.

No se entiende por qué el PSOE aragonés ha decidido prescindir de Isabel Teruel como responsable parlamentaria. Tan sólo la envidia de sus compañeros, celosos de tener a su lado una mujer mucho más preparada que ellos, puede explicar que se haya visto truncada su luminosa carrera a las primeras de cambio. Es una prueba más de que el machismo no entiende de ideologías.

Por cierto, la diputada Teruel es firme partidaria de la Educación para la Ciudadanía. Si se encarga ella de escribir los textos de la asignatura, yo también.

El Gobierno nunca es responsable de nada

¿No le suena algo similar hace poco? Ocurrió a finales de julio, también en Cataluña. Entonces, otro político socialista culpó a un empresario, Manuel Pizarro, entonces presidente de Endesa, del apagón de Barcelona.

En líneas generales, cuando las empresas se dedican a llevar a cabo acciones terroristas, como parece ser que según los socialistas hacen Villar Mir y Manuel Pizarro, desaparecen del mercado. No hace falta ser un genio para deducir algo así. Si bancos y grandes fondos, que se estudian al milímetro las empresas en las que invierten, apuestan por acciones como OHL, que está teniendo un buen comportamiento en bolsa, es porque sus altos directivos no anteponen sus guerras particulares a los intereses de los accionistas, clientes finales, ni, en definitiva, al de la empresa. Evidentemente, la acusación de la ministra es ridícula y moralmente bastante sucia.

Pero OHL y Endesa no son los únicos chivos expiatorios de la mala gestión del Gobierno. Todos los políticos le usan a usted cada día como excusa para esconder su incompetencia. Si la ley antitabaco no acaba de funcionar como la los burócratas pensaron, se debe a que los locales donde se permite fumar y sus clientes son unos incívicos y unos enfermos (aunque, gracias a ello, el Gobierno ingresa miles de millones de euros).

Si hay una elevadísima economía sumergida debido a la enorme confiscación fiscal, el Gobierno le dirá que usted es un insolidario y que los impuestos actuales son los "justos". A propósito, el Gobierno también olvida que la solidaridad es voluntaria y que cuando se impone por medio de la fuerza se convierte en esclavitud y extorsión.

Si usted no deja que el Gobierno adoctrine a su hijo con sus jurásicos programas rescatados de los años 70, es que es un antisocial y un crispador por no seguir el pensamiento único socialista.

Si los accidentes de tráfico aumentan y el carné por puntos queda en evidencia, no se debe a que sea una ley estúpida y puramente recaudatoria, sino a que usted es un peligro público y un criminal al volante. Cuando diversas organizaciones piden al Gobierno que lo primero que habría que hacer para disminuir los accidentes sería arreglar las carreteras, el burócrata no hace ni caso y sigue culpando a la sociedad de sus errores y responsabilidades.

¿Es que todo el mundo es responsable de los males del país menos los burócratas? Más bien es al revés, y es que las irresponsabilidades en política no se pagan o, más bien, las pagamos quienes no las cometemos.

Democracia

Tradicionalmente se ha venido afirmado que el sistema democrático es la mejor garantía que existe para la defensa de los derechos del individuo. Si estudiamos los países más desarrollados y libres del mundo se puede observar como casi la práctica totalidad se caracterizan por tener como un sistema de gobierno democrático. Parece, por tanto, lógico asumir que la democracia trae aparejada automáticamente mayores cotas de libertad y prosperidad.

Dado el anterior planteamiento podríamos pensar que si los ciudadanos de un país quieren vivir mejor, bastaría con adoptar como sistema de gobierno la democracia. Sin embargo, un análisis más profundo nos indica que esta medida no es suficiente, ya que existen ejemplos históricos de países que pese a ser democráticos, se han caracterizado por un bajo respeto de los derechos del individuo.

Un ejemplo de esta insuficiencia la podemos encontrar en las elecciones alemanas del 31 de julio de 1932. Dicho día, el Partido Nacional Socialista de los Trabajadores Alemanes (NSDAP, más conocido como partido nazi) fue el más votado, poniéndose en marcha una maquinaria que tuvo como consecuencia el triste resultado que todos conocemos.

Otro hecho que puede darnos un indicio de que la democracia por sí sola no es suficiente para aumentar de manera sustancial la libertad y la prosperidad lo encontramos en el distinto grado en que éstas están desarrolladas en los diversos países. Existen naciones democráticas que desde su constitución han tenido ciudadanos prósperos y libres, y otras que no han salido de la pobreza.

Si analizamos estas diferencias, nos encontramos que, aunque todas estas naciones tengan por sistema político la democracia, el motivo por el que está implantada varía. Así, en algunos países, la democracia es un fin, y su aplicación permite cualquier medida con tal de que haya sido tomada por el partido votado por la mayoría de los ciudadanos. En otras, sin embargo, es un medio, que busca limitar el poder del gobernante, para así proteger mejor a las personas.

Esta sutil diferencia, en su puesta en práctica, provoca grandes disparidades en el resultado final. Así, en el primer grupo de países, cualquier norma legal es factible, siempre que esté apoyada por la mayoría de la población, sin que exista ningún tipo de cortapisas. En el segundo, una norma que viole los derechos básicos de un único ciudadano, no es válida, aunque esté apoyada por el resto de la población. El resultado es que en la primera situación la democracia se convierte en la tiranía de la mayoría, mientras que en la segunda es una defensa de los derechos individuales.

Un país cuyo sistema democrático sea absoluto, puede permitir un sinfín de atropellos a los derechos individuales. Así, los ciudadanos pueden verse privados de su derecho a expresarse libremente o de sus propiedades, simplemente porque a la mayoría de los votantes hayan elegido a representantes políticos que estimen oportuno adoptar estas medidas. Así, bajo este sistema el robo entre grupos de población, la censura o la corrupción generalizada pueden darse, ya que su clase política está legitimada a tomar cualquier medida siempre que pertenezcan al partido más votado. Sin embargo si el sistema democrático se constituye para defender las garantías individuales y el gobernante no tiene permitido superar estos límites, ningún grupo de población, por grande que sea, puede legitimar la violación de los derechos del ciudadano.

Por tanto debemos concluir que el sistema de gobierno que proporciona la democracia no debe ser ilimitado, sino que debe someterse a los principios rectores que debe guiar a cualquier gobierno que pretenda defender los derechos fundamentales de la persona, es decir, vida, libertad y propiedad. Sólo estando supeditada a estos derechos inalienables, la democracia podrá rendir los resultados que se esperan de ella para la mejor defensa del individuo y para aumentar su prosperidad.