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Etiqueta: Proceso político: tª estado elección pública y democracia

La caída del Estado liberal

Hasta hace un siglo, gran parte de los pueblos de Occidente estaban organizados en Estados liberales. Se trataba de sociedades en las que, por lo general, el Estado intervenía poco. La educación, la sanidad, el mecenazgo de las artes y las ciencias, la investigación y el desarrollo tecnológicos, incluso el servicio postal y la policía llegaron a estar en manos de organizaciones privadas que competían en mercados poco o nada regulados.

Distaban mucho de ser sociedades ideales, pero esta libertad que disfrutaba todo hijo de vecino para emprender y mantener un negocio fue crucial para el incomparable desarrollo económico, tecnológico y social de la época.

Mientras tanto, los gobiernos constreñidos por la contención del gasto público, propia del añorado patrón oro, no podían emprender ningún gran proyecto faraónico. Nada de Olimpiadas y Forums a costa del contribuyente. Y si algún país cometía la osadía de empezar una guerra más le valía ganarla pronto, o arruinaba sus arcas públicas. Posiblemente, el pacifismo fetén jamás ha tenido un aliado tan formidable como el patrón oro.

Los que van redescubriendo el liberalismo a principios del siglo XXI se sorprenden de que un invento tan sencillo fuese capaz de generar tanta riqueza y difundirla tan rápidamente a las masas para elevarlas a clase media. Resulta más sorprendente el hecho de que esta explosión de riqueza viniese acompañada de mejoras en todos los índices de bienestar, desde higiene y alfabetización hasta mortalidad infantil y lucha contra las enfermedades. Pero es que encima, al compararla con el siglo siguiente, la sociedad decimonónica parece casi una caricatura del pacifismo más utópico. Y, entonces, la sorpresa cierra el círculo en un interrogante: ¿cómo diantre se lo cargaron?

Podría decirse que murió de éxito.

Creando riqueza a tal ritmo y habiendo acumulado ya tanta, dieron por hecho que podían introducir ciertos retoques en el sistema. Conceptos como bienestar, igualdad, solidaridad y justicia fueron redefiniéndose para justificar la redistribución de la riqueza. Así aparecieron nuevas regulaciones y prohibiciones para unos y nuevas subvenciones y ayudas para otros.

El punto de inflexión podría situarse en 1913, cuando la élite financiera norteamericana se reunió en secreto en la Isla de Jekyll para crear la infame Reserva Federal y así destruir uno de los pilares de la economía de mercado, a saber: el patrón oro y el sistema de libre empresa en el mundo financiero.

Al cabo de un año el mundo entraba en la Primera Guerra Mundial. Al cabo de diez, sufría el primer "subidón" monetario con la consiguiente resaca de 1929 y subsiguiente recaída de la Segunda Guerra Mundial. Después, la Guerra Fría. Y, en total, centenares de millones de muertos y heridos y una cantidad de riqueza destruida simplemente incontable.

Pero es crucial observar que esta debacle no se produjo por mérito de los enemigos de la libertad, sino porque éstos se encontraron el camino prácticamente expedito. Ya lo dijo Burke, "lo único que se necesita para que triunfe el mal es que los hombres buenos no hagan nada".

El Estado liberal demostró ser muy débil cuando unos pocos empezaron a engordar el Estado. Tan pronto como el liberalismo dio el primer paso atrás, no hubo forma de trazar una línea de retaguardia, un punto de retroceso máximo aceptable.

Esos son los dos grandes peligros del Estado liberal, o del gobierno limitado. Primero, que la creación de tanta riqueza tienta a cargarse los cimientos sobre los que se basa. Y segundo, que una vez en marcha, la espiral intervencionista no se detiene con simples constituciones liberales y códigos decimonónicos.

Ciertamente, durante el siglo XX, los buenos hicieron poco y los malos demasiado. Recordando la cita de Virgilio, Mises se decía: "No cedas ante el mal, combátelo con audacia". Que los errores del siglo XX y los aciertos del XIX no hayan sido en vano depende de lo que hagamos ahora en el XXI.

Gestas keynesianas

Y si nada podemos esperar del PSOE, tampoco parece que el PP vaya a ser nuestra tabla de salvación. En lo fundamental, la política económica de los dos partidos mayoritarios es idéntica. Ninguno de los dos trata de reducir el dirigismo político y robustecer la figura central del empresario. Por el contrario, sus esfuerzos pasan por añadir mayores dosis de regulación a la ya encorsetada economía española. El último ejemplo de sumisión socialista en el PP lo encontramos en la Comunidad Valenciana y su recién aprobado Programa Gesta.

Gesta no es más un artilugio politiquero que pretende incrementar la competitividad de las empresas levantinas multiplicando las subvenciones a la I+D. Por supuesto, la filosofía subyacente a este proyecto es totalmente socialista y keynesiana. Parte de la premisa –falsa– de que la Administración tiene que intervenir en la economía para conseguir que los empresarios sean más eficientes. Dicho de otro modo: el Gobierno valenciano se siente legitimado para quitar a la sociedad parte de sus riqueza y gastarla, como si de un Comité Central Soviético se tratara, allí donde él juzgue más conveniente –en este caso, la I+D.

Por desgracia, la investigación tecnológica se presta a este infame pasteleo intervencionista, pues en torno a ella existe una cierta mistificación que los políticos aprovechan para incrementar su poder y control.

El gasto empresarial en I+D supone emplear recursos económicos escasos –capital, trabajo o materias primas– en intentar desarrollar una nueva tecnología, producto o diseño. La I+D, por tanto, no está libre de costes; si bien en caso de tener éxito permite mejorar nuestra técnica productiva, mientras tanto impide que esos recursos escasos se dediquen a fabricar otros bienes y servicios que incrementarían el bienestar actual de los consumidores. En lugar de aumentar la producción de, por ejemplo, televisores o automóviles, nos dedicamos a diseñar los televisores o automóviles del futuro.

Si el empresario cree que la inversión en I+D va a ser rentable, la ejecutará; en caso contrario, dirigirá los factores productivos hacia otros menesteres. El hecho de que la I+D sea rentable significa, simplemente, que los consumidores valoran más los resultados previsibles de la investigación que los bienes presentes a los que están renunciando. Del mismo modo, que no sea rentable quiere decir que los consumidores prefieren que los recursos destinados a la investigación se utilicen para producir otros bienes o servicios.

Por ello, para que el gasto en I+D sea rentable no basta con que tenga éxito en el plano científico, también es necesario que los consumidores valoren más esa invención que los usos alternativos que se podría haber dado a los factores productivos implicados.

En un mercado libre, los empresarios realizan estas valoraciones de manera continua; deciden si invertir en I+D o, en su lugar, en publicidad, en incrementos de la producción o en apertura de nuevas líneas de negocio. Si los empresarios gastan demasiado en I+D, sus ingresos futuros no cubrirán sus gastos presentes y quebrarán; si gastan la cantidad adecuada, prosperarán.

El problema surge cuando el político de turno se cree más listo que los empresarios y decide planificar la investigación y el desarrollo de toda la sociedad, otorgando subvenciones por doquier. Si, como hemos visto, un empresario invierte en I+D siempre que lo considere rentable, las subvenciones de los políticos favorecen que los empresarios inviertan en I+D aun cuando no lo sea.

Las subvenciones a la I+D, por tanto, corrompen la investigación científica, ya que los empresarios, en lugar de satisfacer las necesidades de los consumidores, sirven las de los políticos. Su objetivo no es ser recompensados en el mercado, sino en las Administraciones Públicas.

Los socialistas suelen argüir en este punto que los empresarios pueden no tener dinero suficiente para acometer inversiones en I+D realmente rentables, por lo que la intervención estaría en última instancia justificada. Este razonamiento, sin embargo, olvida que en las sociedades capitalistas existe un poderoso instrumento, llamado mercado de crédito, que permite obtener liquidez a las personas que crean haber descubierto una oportunidad de beneficio y no dispongan de fondos presentes.

Si es cierto que existe una oportunidad de ganancia, los empresarios y los capitalistas, ávidos de incrementar su rentabilidad, la aprovecharán, sin necesidad de que los burócratas los tutelen con su fatal arrogancia. Es más, si los políticos realmente supieran dónde hay que invertir para enriquecerse, serían los primeros en abandonar su profesión y dedicarse a ganar dinero en el mercado. El hecho de que no lo hagan es suficientemente significativo de su incapacidad y ceguera.

El programa Gesta también ha ido acompañado de la habitual retórica populista sobre los beneficios de la intervención. Camps nos promete que creará 4.000 empleos e incrementará el PIB valenciano en un 1%. Lo que no nos indica Camps es cuántos empleos destruirá, ya que el dinero gastado a través de su programa político es un dinero que no podrán dedicar los consumidores y empresarios valencianos en ahorrar, invertir e incrementar la producción.

Camps nos muestra los supuestos beneficios directos de su plan, pero no nos enseña todas las empresas y líneas de negocio que dejarán de crearse porque él está (mal)gastando el dinero de los valencianos. De hecho, no nos habla de las enormes pérdidas de bienestar que experimentarán los consumidores como consecuencia de hipertrofiar un gasto en I+D subvencionado y no rentable.

El PP, en materia económica, es la comparsa socialista de ZP. El keynesianismo despilfarrador y manirroto, el estatismo desbocado y enloquecido y la desconfianza permanente en el empresario y el consumidor –en el ser humano no político– son sus rasgos más característicos.

Para incrementar nuestra competitividad, nuestra riqueza y nuestro progreso sólo hay un camino: devolver la responsabilidad a los individuos. Son los empresarios quienes deben descubrir y crear las oportunidades de ganancia, sin que los políticos les transfieran coactivamente nuestro dinero. Deben ser los consumidores quienes determinen el éxito o el fracaso de una inversión, y no los caprichos de la clase política.

Más capitalismo significa más eficiencia y más bienestar; todo lo contrario que las cacicadas violentas que practican a diario los burócratas nacionales de uno y otro partido.

Hacia el totalitarismo democrático

La Fiesta de la Democracia, ésta es la periodística descripción con la que muchos medios de comunicación describen los días en los que se celebran elecciones en España. Los ciudadanos se visten de domingo, porque generalmente suele ser domingo y antes del aperitivo o después de misa, si son creyentes y practicantes, se acercan a su colegio electoral para depositar en las urnas los votos preceptivos. Después, vuelven a sus quehaceres, en muchos casos con la satisfacción del deber cumplido. Semejante comportamiento es ante todo un asesinato de la libertad y no porque este protocolo, esta liturgia electoral sea dañina, al menos no mucho, sino porque muchos de ellos creen que la Democracia consiste únicamente en esto. Y no debemos culparles, al menos no del todo, porque políticos, instituciones y periodistas así nos lo venden y de esta manera, la Fiesta de la Democracia se convierte en un día grande, sobre todo para el liberticida.

La libertad conlleva responsabilidades. Puede que a los partidarios del Estado de Bienestar les suene extraño puesto que piensan que el Estado, dentro de su infinita sabiduría, conoce nuestras necesidades y cómo satisfacerlas y que no debemos preocuparnos porque ya proveerá. El Estado, sus funcionarios, debe tener manga ancha, debe tener cierta libertad de acción, cierta capacidad de maniobra y generalmente esta suele chocar con los intereses de la gente así que taimadamente, sin apenas notarlo, incluso con justificaciones morales aceptadas por todos, va reduciendo la participación ciudadana al elemental ejercicio de introducir un papel en una urna y al liberador pero inútil desahogo de gritarle al televisor o a la radio cuando lo que vemos u oímos nos indigna. La libertad queda cercenada aun con el traje del domingo.

España es ante todo una partitocracia, un régimen donde las leyes y las normas nacen, cuando no se escriben, en las sedes de los partidos que ostentan en ese momento el poder, son ratificados en unas Cortes Generales donde la disciplina de partido es un tabú difícil de romper y donde una docena de congresistas y senadores ostentan la dirección de cientos de compañeros a los que todos pagamos por no tener ninguna iniciativa propia, ni un pensamiento que se aparte de la visión oficial del partido. Y este modelo se repite en las administraciones autonómicas y locales, de forma que todo viso de individualismo, de iniciativa particular se pierde en un grupo donde la disidencia queda severamente castigada. Las listas cerradas, que es el sistema usado en España frente al más responsable sistema de la elección directa, es una manera más de favorecer a esta superburocracia que se llama partido político y que dice representar al ciudadano.

Así, las Instituciones, cuyos representantes son elegidos en la mayoría de los casos por el poder legislativo o ejecutivo así elegidos, terminan convirtiéndose en meras herramientas para los intereses partidistas. Si, como en España, el Estado tiene fuertes raíces en la sociedad y en la economía, estas mutan en verdaderos enemigos de los que dicen proteger. De esta manera y en los últimos meses, las reguladoras económicas "independientes" han favorecido operaciones como la OPA de Gas Natural sobre Endesa o la de Sacyr sobre BBVA porque los presidentes de tales empresas fueron "colocados" por el PP, ahora en la oposición, y no se pliegan a los intereses políticos del poder. Hasta instituciones tan cercanas a los ciudadanos como las asociaciones de vecinos terminan siendo una mera comparsa, una herramienta entre patética y útil para los grupos en la oposición en su acoso y derribo al poder, compañía que rápidamente dejan detrás cuando la alternancia se hace efectiva.

La separación de poderes, otro de los mecanismos que se articulan para que el poder del administrador quede limitado, es otra entelequia, una teoría que no termina de traspasar las tapas de los libros. El Poder Judicial responde también a los intereses de los partidos políticos, desde los cuales se dan nombres y se censuran otros para elegir los cargos que gobernarán la judicatura. Este situación permite que muchas situaciones legalmente sospechosas, puedan llevarse a cabo y, aunque con el tiempo se demuestre su naturaleza ilícita, sea imposible deshacer el entuerto como en el famoso caso Rumasa.

El régimen en el que vivimos amenaza con convertirse en una especie de totalitarismo democrático, un sistema donde tenemos la sensación de controlar nuestras vidas con un papelito lleno de nombres a los que no podemos asignar ni una cara ni un discurso. Una democracia que cada vez se parece más a los regímenes populistas que tanto daño han hecho, tanto daño hacen por todo el globo terráqueo. Se plantean muchas cuestiones, pero todas se resumen en una, cómo debemos articular el traspaso del poder de estos "representantes de la ciudadanía" a los ciudadanos, cómo podemos recuperar aquellas responsabilidades que hemos cedido o nos han sido arrebatadas por la fuerza de la "democracia", en definitiva como recuperamos la libertad de decidir, de equivocarnos.

El precio de defender la libertad en Venezuela

La última muestra ha sido la imputación a un grupo liberal llamado Rumbo Propio de los cargos de separatismo, traición a la patria y atentado contra la integridad del país y seguridad nacional. La pena puede oscilar entre 25 y 30 años de prisión. Hay cinco imputados: Néstor Suárez Bohórquez, Rafael Romero Barrios, Natalia Suárez Fernández, Gustavo Pineda Reina y el gran divulgador Alberto Mansueti, fundador del Partido Liberal del Perú, académico adjunto de Instituto de Libre Empresa y autor de diversos libros, ensayos y artículos en defensa del libre mercado y los valores cristianos.

Usted se preguntará qué delitos han cometido. Bien, ninguno de ellos es un terrorista, ni un ladrón, ni han realizado acto criminal alguno. Su delito es defender la libertad civil en un país gobernado por un personaje que ansía convertirse en un déspota socialista; y evidentemente, las acusaciones formales son falsas. Los acusados no son independentistas y menos aún un peligro para la seguridad nacional. Únicamente son un peligro para la política dictatorial de Hugo Chávez, y por esta razón y ninguna otra, les ha atacado la "justicia".

Lo que quieren pedir estos "disidentes" es un estado autónomo en Zulia (región situada al nordeste de Venezuela) regido por un estatuto especial de contenido liberal donde el gobierno sólo controle la seguridad, la justicia y las obras públicas. ¡Qué diferencia con los estatutos de moda en España, caracterizados por la supremacía burocrática sobre la sociedad civil!

Lo que está pasando ahora en Venezuela puede ser un adelanto de lo que nos espera en Europa y, muy especialmente, en España. El gobierno de Rodríguez Zapatero no sólo ha apoyado la figura de Chávez, sino que incluso ha cooperado activamente con el tirano vendiéndole armas. Ya sabe lo que dice el refrán: "dime con quien andas y te diré quién eres". Aquel que idolatra a los tiranos es porque quiere comportarse como ellos. La censura del CAC (Consejo del Audiovisual de Cataluña), el nuevo adoctrinamiento de la LOE, el estatuto del periodista… ¿Cree que el caso de Venezuela no pasará en España? En realidad la caza de brujas de Zapatero ya ha empezado. Una muestra reciente es la detención ilegal de los militantes del PP por el simple hecho de ser de derechas.

El derecho a ignorar al Estado

En la segunda de sus obras, Social Statics, Herbert Spencer incluyó un brillante apartado, titulado El derecho a ignorar el Estado, como el primero de su tercera parte, dedicada a los derechos políticos. Sencillo, y brillante. Su camino parte del principio, que ha asentado en páginas anteriores, de que "todas las instituciones han de subordinarse a la ley de igual libertad", lo que establece el derecho a la ilegalidad voluntaria, ya que "si todo hombre es libre tiene el derecho de ejercer su voluntad, siempre que no infrinja la igual libertad de otro hombre, entonces es libre de abandonar su conexión con el Estado, de renunciar a su protección, y rechazar el pago para su sustento".

Es más, el Estado es inmoral, ya que "emplea la violencia para mantenerlo; y toda la violencia implica criminalidad". Una institución que, por su origen y por su conducta es tan imperfecta, no puede ser instrumento de la ley perfecta de la justicia. El Estado recurre a medios inmorales para cumplir sus fines, para ejercer el poder. Pero éste, entendido como el derecho a actuar dentro de la Ley Natural, procede de las personas, del pueblo. Spencer no discute aquí este principio, que da por sentado, pero, sigue diciendo que "lo que es cierto para la colectividad es igualmente cierto para cada cual separadamente". Lo que es falso, la falacia de la composición, solo que al revés. Spencer debería haber partido del individuo desde el comienzo, como ha hecho en razonamientos anteriores. Pero sigue: "Del mismo modo que el Gobierno puede actuar rectamente por el pueblo solo cuando le concede el poder, del mismo modo puede actuar rectamente para el individuo, solo cuando éste le concede el poder" de hacerlo.

Vuelve al análisis individual para decir que "si A, B y C debaten si emplear a un agente para que realice para ellos cierto servicio, y si los deseos de A y B coinciden en hacerlo, pero C disiente, C no puede ser hecho parte en el acuerdo a pesar de sí mismo. Y esto mismo ha de ser igualmente cierto para treinta como para tres: Y si por treinta, ¿porqué no tres cientos, o tres mil o tres millones?". Por otro lado, Spencer demuele la regla de la mayoría, que puede llegar a aprobar leyes manifiestamente contrarias a los derechos individuales, a la Ley Natural.

Parémonos por un instante. Hasta el momento, Spencer parte del principio de igual libertad para todos que, puesto que es valor negativo solo se asegurará la igualdad cuando su contrario, la coacción sea cero. Es más, el Estado solo puede mantenerse por medio de la violencia, de la coacción. Es su esencia y su historia. Y también ha asentado que el poder reside en origen en los individuos; que son los titulares de sus propios derechos, y en consecuencia a ellos pertenece la capacidad de gestionarlos.

Vayamos un poco más lejos. Uno: las "cuentas" de cada ciudadano con el Estado son puramente individuales, no dependen de terceros. Dos: en la cuenta privada con el Estado, uno solo llegará a un acuerdo si le compensa, es decir, como cualquier otro agente del mercado, de la sociedad libre. Tres: si el Estado actúa por medio de la violencia, de la coacción, será violando todo lo antedicho (el ser), pero si se mantienen los derechos de los individuos, su derecho a la igual libertad de todos (el deber ser), el Estado como tal desaparece y se diluye en una agencia más, en una empresa que solo sobrevivirá ganándose a pulso el favor de los ciudadanos, en competencia con cualquier otra. Esto último no lo dice Spencer, que en ocasiones pasa del ser al deber ser sin solución de continuidad.

Sigamos, porque lo que viene a continuación es de gran interés. Spencer considera que "la tendencia a repudiar al Gobierno se incrementará solo en la misma medida en que los Gobiernos se hacen menos necesarios". Es más, "es un error asumir que el Gobierno necesariamente durará por siempre (…) no es esencial, es incidental". Era 1851, claro. Otros tiempos. Y no contó con muchas consideraciones importantes que explican que los liberales debemos ser más bien pesimistas. Pero Spencer fijó en la última parte de este apartado de Social Statics una idea feraz.

El asfalto nos sale caro

Madrid es una de las regiones con la economía más dinámica y productiva de toda España. Generadora de empleo y riqueza, no es de extrañar que en las elecciones municipales y autonómicas sea la joya que desean todos los partidos, aunque sólo sea por el prestigio que supone. Sin embargo, Madrid tiene una desgracia, que tanto en la Comunidad Autónoma como en el Ayuntamiento de la capital gobierna el Partido Popular. Y esto no es una desgracia por sí mismo sino porque, a la vez, en el Gobierno de España lo hace el Partido Socialista Obrero Español, lo que genera no pocos conflictos de intereses en los que las carreteras y autovías son protagonistas indiscutibles.

A fecha de hoy existen cuatro infraestructuras donde la polémica está a la orden del día. La M-30, autovía de circunvalación de la capital cuyas obras de mejora acomete el Ayuntamiento de Madrid y que choca directamente con los intereses del Ministerio de Medio Ambiente que exige un Estudio de Impacto Medioambiental. El desdoblamiento de la M-501, también conocida como la "Carretera de los Pantanos", que conecta el este de la región con el centro y donde el mencionado Ministerio también pone sus trabas ante la posible existencia del lince ibérico. La R-1, autopista de peaje que pretende ser una alternativa a la N-1 en su entrada por el norte de Madrid. Y por último, el cierre de la M-50, otra de las carreteras de circunvalación de la capital. En estos dos casos existe un conflicto entre quién debe acometer las obras, si la Comunidad de Madrid que gestiona las carreteras que empiezan y terminan en su territorio y que pretende ejecutarlas lo más rápidamente posible o el Ministerio de Fomento que asegura que son de su competencia al ser de interés general y que no termina de darle prioridad.

Las razones de unos y otros tienen su lógica aunque no la compartamos. El argumento medioambiental es la más polémico y el favorito de los medios de comunicación. Las obras de la M-30, además de las molestias que suponen para el sufrido conductor, generan no pocos problemas de contaminación, ruidos, vertidos y todo tipo de esperpentos medioambientales. No es extraño que oposición, ecologistas, vecinos afectados y por supuesto, el Ministerio de Medio Ambiente hayan llevado el tema a Bruselas. El exceso presupuestario del alcalde más socialista de la derecha española no atraviesa los mejores momentos por mucho que mejore la circulación de la ciudad.

La aparición de excrementos de lince ibérico a unos centenares de metros de la M-501 generó una polémica inusitada en torno al desdoblamiento de la Carretera de los Pantanos. El excesivo número de accidentes en una carretera desbordada por el crecimiento de la Comunidad, la petición expresa de los alcaldes de la zona y de buena parte de los vecinos y las medidas medioambientales correctoras que se adoptarán en las obras no han sido suficientes para el Ministerio de Medio Ambiente que está más preocupado por la protección de una especie en peligro de extinción y una zona con un ecosistema especialmente atractivo.

El ciudadano tiende a tomar partido en virtud de sus simpatías políticas, como si de un equipo de fútbol estuviésemos hablando, sin entrar en el meollo del asunto, que toda esta polémica no nos sale barata. No me estoy refiriendo a los lógicos y seguramente disparatados presupuestos de todas estas obras más o menos faraónicas, más o menos necesarias; me estoy refiriendo a que el simple enfrentamiento entre administraciones gobernadas por diferentes partidos o el mismo pero con diferentes intereses, conlleva un gasto que sale del mismo sitio, del bolsillo del contribuyente. El trabajo de funcionarios, de peritos, de técnicos, las horas de trabajo, hasta el material de oficina usado para parar la iniciativa de una de las partes tiene su simétrico en la otra y ambas incrementan el coste de algo que ni siquiera sabemos si se va a construir. Todo ello, sin tener en cuenta lo que podríamos denominar como daños colaterales estatales.

La eficiencia no es precisamente una de las virtudes de las Administraciones Públicas, tienden a duplicarse, a triplicarse, a pisarse competencias y a luchar entre sí por el "bien" del administrado y con todo, son incapaces de ponerse de acuerdo en cuáles son sus competencias. Si ya tenemos bastante con aguantar una Administración, tres es un exceso inaceptable. Las luchas por el poder les salen gratis pues se hacen con dinero público, dinero que obtienen a golpe de decreto o de normativa fiscal. Eso sí, todo muy democrático que para eso hemos votado.

Expo Zaragoza 2008, agua y desarrollo insostenible

Dicen que son los dictadores los que tienen querencia por emular a los antiguos faraones y llenar la tierra de sus sufridos súbditos de gigantescos y costosos monumentos erigidos en los lugares más inverosímiles. Lo cierto es que las democracias tienen también un elevado número de proyectos faraónicos a sus espaldas pero con una diferencia: mientras que el dictador la levanta y punto, que para eso es dictador, la democracia tiene que explicarlo y de esa manera entramos en el turbulento mundo de la hipocresía como táctica política. Es posible que uno de los macroproyectos lúdico-políticos más repetidos por parte de los demócratas de pro sean las Exposiciones, ya sean universales, internacionales o vecinales. El presidente, el alcalde, el gobernador gusta dejar impronta de su labor a costa de los contribuyentes, que para eso le han elegido.

En algo más de dos años disfrutaremos en España de la Expo Zaragoza 2008 de la que se dice que "será la celebración Internacional de la fecunda relación del agua y las comunidades humanas, en un proyecto global, eficiente y solidario. De ahí, que el proyecto se construya sobre un concepto indisoluble: AGUA y DESARROLLO SOSTENIBLE". Y lo cierto es que la romanza, aunque un tanto hortera, es atractiva para muchos.

El sempiterno cambio climático y las sequías más o menos periódicas que vive la Península Ibérica son dos razones más que suficientes para dotar a tan histórica ciudad de una exposición políticamente correcta. Los organizadores, es decir, el Ayuntamiento que dirige el socialista Juan Antonio Belloch, tenía otra razón poderosa. La llegada al poder de José Luis Rodríguez Zapatero supuso la derogación del Plan Hidrológico Nacional, medida del anterior gobierno del Partido Popular, no menos intervencionista, que pretendía dotar a España de un plan general de reparto de recursos hídricos a través de una serie de infraestructuras y trasvases de ríos tan caudalosos como el Ebro a zonas deficitarias pero necesitadas de agua como el turístico Levante español. Nada que ver con el libre mercado. La oposición frontal de los zaragozanos, y en general de aragoneses y catalanes, a que les tocaran su Ebro creó una impresión de egoísmo e insolidaridad inapropiada para los intereses socialistas. Una Exposición basada en el agua es ante todo una buena medida de expiación de la culpa. También lo es para gastar dinero a espuertas.

Si una cosa nos enseñó la Exposición Universal de Sevilla de 1992 fue que las medidas referentes al control de gasto público son una quimera, una utopía imposible de conseguir. Lo cierto es que cuando el control es público, el amiguismo, la arbitrariedad y en general la corrupción termina por adueñarse de la situación. Da lo mismo que sea una Exposición, el urbanismo o los parques eólicos. La ubicación de la Expo Zaragoza requiere alguna actuación en el río. Al situarse en un meandro que suele sufrir con cierta asiduidad las acometidas y las subidas de caudal del Ebro, la necesidad de un azud, de una pequeña presa que controle el caudal, es más que un capricho. Pero necesario no quiere decir ni mucho menos rentable y la rentabilidad no es un concepto que maneje el político con asiduidad.

Endesa, la eléctrica dominante en la zona, mucho más preocupada de las OPAs de Gas Natural y la alemana E.ON, desestimó realizarlo cuando descubrió que el coste que en el preacuerdo, ya deficitario, se elevaba a 24 millones de euros, se iba a casi duplicar hasta los 44. Si las cifras presupuestarias ya eran disparatadas, cuando se calculó que las pequeñas turbinas que se iban a instalar en la infraestructura, teniendo en cuenta las crecidas y los caudales medios del río, sólo generarían lo que un pequeño molino, se llegó a la conclusión de que el coste adecuado no sería de más de 3 ó 4 millones de euros y hasta ahí podíamos llegar. Por supuesto, el alcalde sufrió cierto desasosiego ante el abandono de la eléctrica. Su visión pública de la economía le hizo preguntarse cómo era posible que un empresario le creara este problema político. El concurso posterior quedó vacío ya que ninguna empresa estaba dispuesta a gastarse tanto dinero. Al final el mismo Ayuntamiento ha decidido tirar de erario público y acometer su construcción con un presupuesto inicial de 10,7 millones de euros.

Lo que está claro es la diferencia de criterio de uno y de otro, mientras que el empresario piensa en sus accionistas, en la rentabilidad, en el beneficio de aquellos que le apoyan con su dinero y su confianza, en sus clientes, el político no duda en gastarse el dinero de los contribuyentes en aventuras más o menos descabelladas, deficitarias y de dudosa utilidad. Y esto es sólo el principio, hasta 2008 restan unos cuantos meses de desarrollo insostenible, sobre todo para el contribuyente.

Que sus torpezas no nos afecten

Un político debe ser capaz de predecir lo que va a suceder mañana, el mes próximo y el año que viene, y de explicar después por qué no ocurrió lo que predijo.

Winston S. Churchill

1917 fue un año prolijo en acontecimientos. Corría el tercer año de lo que más tarde se conocería como la Gran Guerra y el frente occidental que se formó durante un frenético mes de agosto de 1914 se había transformado en una estrecha línea de trincheras que partía Europa desde el Canal de la Mancha hasta Suiza y donde los avances más significativos apenas llegaban, en el mejor de los casos, a unos cientos de metros. El frente oriental donde se enfrentaban rusos contra alemanes y austriacos era algo menos estático pero igual de sangriento. Los muertos y heridos en ambos bandos se acumulaban a ritmos insospechados y la desesperación entre los soldados era algo más que un sentimiento reprimido. El pacifismo que durante el principio de la guerra era un movimiento maldito ganaba adeptos en ambos bandos.

El Kaiser Guillermo no era ajeno a este sentimiento y mientras en el frente occidental se producían huelgas en el ejército francés, lo que obligó a los británicos a ofensivas suicidas para ocultar a los alemanes su debilidad, en el oriental se abrió una puerta que a la larga sería letal. El movimiento bolchevique tenía en Lenin uno de sus pilares fundamentales pero Lenin peregrinaba de país en país a la espera de una oportunidad de entrar en Rusia y arrebatar el poder al Zar. La propaganda bolchevique había encontrado entre tanto descontento a eficientes correos que abogaban por el cese del conflicto como paso previo para la Revolución y militantes bolcheviques como Alexander Helphand ya se habían dirigido en 1915 al gobierno alemán en términos de igualdad de objetivos, la salida de Rusia de la guerra. El Kaiser decidió dar un golpe de mano y desde Zurich y a través de territorio alemán para evitar que las fuerzas de la Entente lo pudieran detener, Lenin fue escoltado hasta territorio ruso en la primavera de 1917, llegando a Petrogrado el 16 de abril. El objetivo del Kaiser y de buena parte de su gobierno se había logrado y la máquina revolucionaria se pondría en marcha.

El emperador Carlos de Austria, que había sustituido a su tío Francisco José tras su muerte, se dirigió al Kaiser en términos de preocupación por lo que podría pasar en otras monarquías europeas si la revolución bolchevique tenía éxito. El Kaiser no parece que se inmutara pensando seguramente que tal circunstancia no era posible en su tradicional Alemania. Todo quedó en una anécdota. Sin embargo, el propio Lenin dijo nada más llegar al futuro Leningrado que “No está lejos la hora en que, ante el llamamiento de Karl Liebbknecht, el pueblo alemán vuelva sus armas contra los explotadores capitalistas”.

Lo cierto es que la Revolución bolchevique tuvo éxito y Rusia se retiró de la guerra dejando a los aliados occidentales en una situación preocupante. Lo cierto es que los últimos coletazos de la guerra y durante las conversaciones de París, una docena de ciudades alemanas incluidas Berlín, presentaban levantamientos bolcheviques, Viena sufrió una “revolución roja” y Bela Kun estableció un gobierno comunista en Hungría durante nueve meses con el terror como elemento fundamental de su política.

A esta incapacidad manifiesta de prever el futuro no fue ajena el propio Lenin. La salida de Rusia del teatro de la guerra no iba a ser un mero formalismo y los alemanes exigieron conquistas territoriales y control de hecho de muchos territorios. La negativa de las autoridades bolcheviques paró la retirada de tropas y los alemanes empezaron a conquistar territorios que antes nunca habían podido soñar. El ejército bolchevique apenas podía hacer frente a nada y la firma de la paz de Brest-Litov fue claramente negativas para los intereses comunistas. Aunque la Gran Guerra terminó formalmente el 11 de noviembre a las 11 de la mañana, hora de París, en el este europeo continuó. El pacifismo de los bolcheviques era una excusa para tomar el poder. La mentira es revolucionaria 

El nacionalismo alemán, que dio sus primeros coletazos en la era napoleónica, alentado y promovido por Prusia, con Bismarck como eficiente arquitecto, ayudó a la creación de Alemania y del militarismo alemán y fue padre del nazismo y padrino de la revolución bolchevique. La incapacidad de ver las consecuencias de sus actos a medio y largo plazo y sólo manejar los beneficios instantáneos es una máxima del político iluminado. Ni Bismarck ni Guillermo II ni Lenin ni muchos que luego los sustituyeron estuvieron a la altura.

A pesar de tan sangriento ejemplo, seguimos viendo como desde el Estado se establecen grandes planes. Por lo general, estamos hablando de predicciones económicas como la inflación o el gasto presupuestario, otras veces de políticas sociales más o menos intervencionistas, rara vez planes quinquenales como los de los chinos y afortunadamente en muy pocos casos, guerras y agresiones violentas como la que llevó a Irak a la invasión del pequeño estado de Kuwait. Si como regla general vemos que son idealistas, verdaderos videntes con sueños de grandeza, quitémosles su principal herramienta para que sus sueños, sus ensoñaciones y disparates dañen al menor número de personas. Hagamos más pequeño el Estado, que la gente coja las riendas de sus vidas otra vez. Que sus torpezas no nos afecten, al menos demasiado.

Licencia para contaminar

Ni siquiera la especial sensibilidad que hay en la región murciana con los desmanes socialistas tras derogar el trasvase (además de otras infraestructuras aprobadas por el gobierno anterior) y ahuyentar a los empresarios solventes a golpe de tránsfuga, ha merecido el detalle de que se guarden las formas en la manera de hacer negocios por estos predios.

La sombra que el tripartit proyecta sobre España, alimentada por un nuevo estatuto que consagra la supremacía de la Generalidad sobre el resto del orden jurídico-político, anuncia un nuevo modelo de desarrollo asimétrico. Yerran quienes suponen que Carod nos quiere reducir a una especie de clientela dócil para los negocios catalanes. Si fuera sólo eso, siempre nos quedaría el derecho de comprar sólo determinados productos o volver a la autarquía y comerciar únicamente en nuestro mercado local, es decir, Europa entera excepto las nacionalidades que se automarginan. No. En la hoja de ruta que el tripartit ha pegado en la frente del Condonado, ese nuevo Castelar cuya capacidad discursiva se pudo apreciar tras el Consejo de Ministros de la semana pasada, cada región española tiene un papel asignado como proveedor cualificado o cliente preferente según este modelo de colonialismo postmoderno a la catalana.

Y mientras tanto, en este caso concreto, el Ministerio de Medio Ambiente no dice esta boca es mía. Se trata de una central altamente contaminante funcionando a todo trapo (produce el 3,5% de la energía eléctrica total del país), emitiendo gases a la atmósfera y lanzando vertidos al mar sin el permiso de la Sra. Narbona, la misma que denunció, poniendo el grito en el cielo, que los agricultores murcianos regaban las lechugas con aguas fecales.

Pero dejemos aquí la denuncia, no sea que Fornesa lance una OPA hostil a la región murciana entera y se quede con el fuero y el huevo. Sería un caso inédito en la historia del derecho público, pero con toda seguridad el Castelar de Córdoba le encontraría un apaño jurídico. ¿El nuevo presidente murciano en este supuesto cada vez menos hipotético? Francesc Vendrell, naturalmente.

La convención socialdemócrata

Aunque es suficientemente sabido, conviene recordar cada vez que la ocasión se preste a ello, que los partidos conservadores son, en la Europa actual, tan sólo el ala moderada de la socialdemocracia devenida régimen político. En el caso español, el Partido Popular es la alternativa al socialismo seudodemocrático (PSOE) o totalitario (IU), pero compartiendo gran parte del ideario socializante que conforma la mercancía electoral común entre las elites políticas. Los ciudadanos que creen en el libre mercado, en la no injerencia del poder político en la sociedad civil, en el carácter innegociable del derecho a la propiedad, en la libertad del individuo para organizar su existencia de según sus posibilidades y deseos, que se oponen a que con su dinero se subvencione a una clase cada vez numerosa de parásitos sociales o que comparten un cierto apego hacia los valores de nuestra tradición judeocristiana, sencillamente no tienen un partido político que les represente. Otra cosa es que a la hora de depositar el voto se decanten hacia el partido sedicentemente liberal-conservador, pero esto, hasta Arriola lo sabe, no es más que seguir la tendencia práctica del mal menor.

Viene todo esto a cuento de la convención que el PP celebrará el próximo mes de marzo, cuya “hoja de ruta” ejemplifica, a mi juicio perfectamente, el nivel de compromiso ideológico del partido de la derecha de España. De entre las muchas materias que se van a tratar en la convención (por cierto, siniestra denominación de reminiscencias más bien sangrientas), destaco solamente dos, respetando íntegramente el texto con que el PP acompaña cada propuesta.

La educación española ante el reto europeo. El PP quiere abrir el debate sobre la adaptación de los títulos a las exigencias de un mercado laboral propio de una economía competitiva.

La dependencia en el modelo europeo. El acento se pone en si es sostenible el modelo vigente (sic), cuáles son los servicios a los que deberían tener derecho las personas dependientes y sus familias, cómo debe ser la cooperación entre administraciones o cómo se puede garantizar la igualdad de los españoles que necesiten apoyo y ayudas, con independencia de dónde residan.

La educación española tiene desde el punto de vista de la libertad legítima de los padres a la elección, retos mucho más importantes que la homologación europea de las titulaciones. Por cierto, el término homologación, de indudable aroma colectivista, es la última etapa en la demolición de la libertad. Todos iguales, homologados por el estado.

En cuanto a la “dependencia”, vocablo impuesto en el medio ambiente cultural gracias a la nonata ley del gobierno socialista, el Partido Popular hace suyo el discurso, sin tener en cuenta la evidencia elemental de que a mayor dependencia estatal de los ciudadanos, menores cotas de responsabilidad, y por tanto, de libertad individual. Las apelaciones a este respecto de su encargada de asuntos sociales, ya comentadas en su día en otro lugar, hubieran sido incluidas con sumo gusto por el viejo Marx como anexo a su manifiesto comunista.

Con un régimen electoral que hace inviable la existencia de un partido liberal de carácter nacional, hay que perder las esperanzas (si es que alguien todavía las conserva) de que estas ideas se vean representadas algún día en el parlamento. La batalla se libra por tanto en otro terreno, mucho más agreste pero también más importante: el campo de las ideas. Cambiar el paradigma socialista dominante es el reto de aquellos que defendemos la libertad del individuo, no por satisfacción intelectual, sino con el convencimiento contrastado empíricamente de que es lo mejor para todos.