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Etiqueta: Proceso político: tª estado elección pública y democracia

En el nombre de la identidad

El Estado, por un lado, nos amenaza con el "palo" policial si no acatamos su represión, pero, por otro, nos concede ciertas dádivas o "zanahorias" (por ejemplo, el Estado de Bienestar) para que nos acomodemos a su existencia.

Todo Estado tiene dos manos: una que da y otra que quita, una que golpea y otra que acaricia. El gran arte de la propaganda intervencionista consiste en convencernos de que la mano pródiga es más activa que la ladrona. Las zanahorias superan a los palos, aun cuando el Estado –a diferencia de los empresarios– no produce zanahorias; por tanto, todas sus reservas deberán proceder de severos palos.

El otro método por el que el Estado nos convierte en voluntariosas mulas consiste, simplemente, en hacernos creer que somos mulas. El ser humano es tan inútil y vulnerable que necesita de un Estado poderoso que lo proteja y lo asista. "O Estado o el caos"; "O justicia social o miseria"; o, como proclamó el autócrata venezolano: "Socialismo o muerte".

El objetivo último es que cada individuo identifique sus fines particulares con los del Estado, delineados por los políticos. El Estado, como pedía Fichte, debe "moldear a cada persona, y moldearla de tal manera que simplemente no pueda querer otra cosa distinta a la que el Estado desee que quiera". Los animales de carga carecen de voluntad propia; soportan los fardos que el dueño quiere que soporten y se dirigen en la dirección marcada.

Los estatistas han utilizado innumerables pretextos a lo largo de toda su historia para fundir la voluntad de las clases dominantes (los políticos) con la de las clases dominadas (los contribuyentes). Uno de los más antiguos y recurrentes consiste en convertir a la cabeza del Estado en jefe religioso: los ciudadanos sólo podrán alcanzar la salvación terrenal y espiritual siguiendo los dictados coactivos de los políticos. Allí donde Dios y política se unifican, la libertad desaparece.

Otro método recurrente ha sido la creación de un enemigo común. Esta táctica ha sido utilizada indistintamente por comunistas y nazis: las conspiraciones del capital o los Protocolos de los Sabios de Sión amenazaban la supervivencia de la clase trabajadora o del pueblo alemán, de ahí que hubiera que masacrar a los terratenientes y a los judíos. Al crear la conciencia de un todo compacto e indivisible, la masa deja de pensar; los cabecillas –los políticos– dirigen y controlan cada una de sus acciones.

Una aplicación particular de la creación de un enemigo común tiene lugar en las relaciones exteriores. Dado que la guerra es la salud del Estado, los políticos se obsesionan con encontrar nuevos enemigos a la paz o a la revolución. Fidel Castro es un maestro en este arte: la invasión estadounidense es inminente; Cuba es un sumidero de espías; la disidencia trabaja al servicio de EEUU.

Con estas proclamas, parte de los ciudadanos legitiman la extorsión estatal al identificar sus propios fines con los establecidos por el partido. El enemigo externo exorciza el instinto gregario y tribal; nos somete a un estado de excepción permanente.

Por último, en esta enumeración no exhaustiva, tenemos que referirnos al papel que desempeña el nacionalismo. El ideal nacionalista es fundir la sociedad civil con las estructuras de mando y control: si toda nación debe aspirar a ser Estado, entonces nación y Estado quedan unidos irremediablemente.

La filiación de un individuo a una nación significaría por necesidad su sometimiento al Estado en que esa nación se ha materializado. La cultura, la lengua o la historia dejan de ser el resultado de la colaboración social y se convierten en un órgano vital de la colectividad que debe ser protegido y resguardado por los políticos.

La frase de Josep Bargalló, conseller en cap del Tripartido, durante la sesión de control es del todo sintomática: "La lengua no puede dejarse en manos del mercado, ni su elección sólo en las de los individuos, pues es el poder público quien debe garantizar su conocimiento".

En otras palabras: "No habléis como vosotros queréis hablar; hablad como yo quiero que habléis". La lengua ya no es un medio, sino un fin en sí mismo; recoge las raíces y el origen de la sociedad. Por ser catalán, según los nacionalista, debo hablar y comportarme como un catalán; debo aceptar y convencerme de que los estándares lingüísticos, sociales e históricos fijados por los políticos catalanes son los míos.

En el mercado, en cambio, cada individuo utiliza la lengua que considera más adecuada para sus fines. Las culturas se encuentran y se purgan mutuamente; los individuos pueden elegir desechar el catalán o modificar sus rígidas reglas. Catalán y español se enriquecen mutuamente, aparecen neologismos catalanes en el español y neologismos españoles en el catalán. Las lenguas no se degradan, sino que evolucionan, cambian y se adaptan, haciéndose más adecuadas para una mejor comunicación entre un mayor número de personas.

Para los nacionalistas, sin embargo, en tanto su cultura es objetivamente superior a las restantes, el mercado –las acciones voluntarias de las personas– sólo puede dar lugar a un uso ineficiente de la lengua. Si las personas deciden usar el español en lugar del catalán, es obvio que se están equivocando; si se utiliza el catalán no normativo, se desata una irrefrenable tendencia hacia la dispersión y la disgregación.

La nación sólo acepta adhesiones inquebrantables y absolutas. No hay espacio para la particularidad y la voluntariedad; cuando un individuo no utiliza el catalán, o lo emplea erróneamente (no sometido al estándar), está contribuyendo a su corrupción y desaparición, esto es, está atentando contra la savia del "pueblo" catalán.

En este punto, el nacionalismo se entremezcla con el militarismo y la creación de un enemigo exterior. Las culturas foráneas son un peligro para la integridad nacional; su irradiante influencia marchita el "superior" modo de vida. A estos "ataques" culturales sólo cabe responder o bien con el cierre de fronteras, o bien con la contraofensiva militar. El nacionalismo degenera, necesariamente, en autarquía y belicismo: si los nacionalistas siguen empeñados en evitar cualquier influencia corruptora sobre su prístina cultura, la única manera es adoptando un modo de vida castrense.

Este miedo al cambio y al progreso, este culto vernáculo de los nacionalistas hacia la comunicación petrificada e inmutable, a "hablar la misma lengua que nuestros antepasados", no es más que un primitivismo atrasado y timorato; un provincianismo acomplejado que, al no poder convencer, sustituye la persuasión por la imposición.

Pensemos simplemente en que, si la política censora, represora y planificadora que defiende Bargalló se hubiera implementado con suficiente ahínco durante el Imperio Romano y éste no hubiera desaparecido, su idolatrada lengua catalana –a la que el conseller en cap subordina la libertad de los catalanes– ni siquiera habría nacido. El latín clásico seguiría siendo la lengua de toda Europa, en lugar de haberse degradado en dialectos como el español o el catalán.

Petrificar las lenguas mediante la fuerza del Estado impide todo cambio, toda adaptación a las necesidades de los individuos. Bargalló tiene miedo a que la sociedad rechace utilizar el catalán o lo utilice de un modo distinto al debido; no está dispuesto a tolerar y aceptar las decisiones libres de las personas.

De este modo, la perpetuación de la especie nacionalista requiere un arsenal de mecanismos adoctrinadores y represores que quedan justificados por su objetivo salvífico. La cultura catalana debe insuflarse desde la cuna a la sepultura; el uso del español debe impedirse en determinados ámbitos sensibles (como la televisión o la radio); el ciudadano debe contribuir con su dinero al sostenimiento de periódicos o películas que utilizan la lengua madre.

Todo pasa por, como dice Bargalló, impedir que los individuos hablen, actúen y piensen por sí mismos. La cultura, que nace como un mecanismo de coordinación social, se nacionaliza y toma la forma de instrumento de construcción social. Son los poderes públicos quienes tienen que decidir qué se habla, cómo se habla, cuándo se habla y dónde se habla; son ellos quienes fijan la perspectiva vital de cada individuo, como miembro de una compacta nación catalana que ellos administran y dirigen.

El nacionalismo, al igual que el comunismo o el militarismo, es una ideología servil cuyo objetivo es someter los individuos al poder político. La corrupción, los robos o las extorsiones quedan convalidados si son perpetrados por el Gobierno catalán. Los fines de nuestros políticos son nuestros fines, sus barbaries son los sacrificios necesarios para conservar nuestra cultura: el precio de nuestra identidad es hacer suya la que fuera nuestra libertad.

La unidad de España reconsiderada

Sala-i-Martín es reprendido con frecuencia desde círculos liberales por sostener opiniones que a mi entender no son menos nacionalistas que las de Jiménez Losantos. Es posible que “auto-determinación” no signifique para Sala-i-Martín lo mismo que para Mises: “El derecho de auto-determinación del cual hablamos no es el derecho de auto-determinación de las naciones, sino más bien el derecho de auto-determinación de los habitantes de cualquier territorio lo suficientemente grande como para formar una unidad administrativa independiente”. Pero tampoco Losantos se adhiere a esta concepción individualista al referirse a la nación española y a su indivisibilidad prescindiendo de que hay quien no se siente ni quiere formar parte de ella. Las razones que alegan unos para emanciparse de España son del mismo género que los que emplean otros para reivindicar su unidad, pues ambos apelan en mayor o menor medida al concepto de nación y los que son sus atributos: cultura, historia y tradiciones comunes. En realidad no tiene nada de reprochable sentirse parte de una comunidad por motivos culturales en tanto sepa distinguirse la sociedad del Estado y no se imponga a nadie el concepto que uno tiene de nación y lo que ello implica. Pero si bien ERC no está dispuesto a practicar este nacionalismo liberal incluyendo en su proyecto secesionista a aquellos catalanes que quieren seguir siendo españoles, no cabe ignorar que el PP también está dispuesto a incluir en su proyecto unitario a todos los que no desean seguir siendo españoles. En este sentido la indivisibilidad de España o su resquebrajamiento no tienen, per se, nada de liberal, y este matiz se echa en falta en algunos discursos.

Los proponentes liberales de la unidad de España arguyen generalmente que, aun cuando la secesión no es rechazable en sí misma, la unidad de España sí tiene una justificación circunstancial. La secesión puede ser una iniciativa deseable en determinados contextos, pero no en el caso español. Los valedores de la secesión en España son nacionalistas liberticidas y, prosigue el argumento, es mejor estar subordinados a un gobierno central comedido que ser independientes y sufrir el despotismo nacionalista. Pero no me parece en absoluto auto-evidente que una España rota vaya a ser más roja de lo que es ahora. Para empezar, y siguiendo con el ejemplo de Cataluña, ¿por qué un catalán tendría que preferir una España unida gobernada por ZP antes que una Cataluña independiente gobernada por Convergència i Unió?

Hay una cuestión fundamental que demasiado a menudo se pasa por alto, y es que en igualdad de circunstancias una unidad política pequeña tiende a ser más receptiva a la libertad que una unidad política extensa. En primer lugar, cuanto más pequeña es una unidad política menos atractivo les resulta el proteccionismo a sus integrantes, pues comercian básicamente con el exterior. En segundo lugar, cuanto más pequeñas son las unidades políticas, y en consecuencia más numerosas, más oportunidades hay de votar con los pies y más se favorece la competencia fiscal entre administraciones, al afanarse éstas por reducir sus impuestos para evitar la deslocalización y atraer capitales. En tercer lugar, cuanto más pequeña es una unidad política más cerca está el gobierno de los gobernados, más visible es el resultado de sus políticas y más conscientes son los ciudadanos del coste de oportunidad que acarrean. La ventaja de estas tendencias es que se producen sin necesidad de que haya que elegirlas en las urnas, pues son independientes del color político de los gobernantes. Volviendo al caso de Cataluña, aun cuando se considere que el gobierno medio de una hipotética Cataluña independiente se escoraría ligeramente más hacia el intervencionismo que el gobierno medio de una España unitaria, los beneficios de conformar una unidad política menor podrían exceder los costes de tener una élite política más socialista. Para que el saldo fuera negativo la élite política o los votantes catalanes tendrían que ser notoriamente más socialistas que la élite política o los votantes españoles, y no está claro que la diferencia sea tan abrupta. De hecho CiU ocupa en Cataluña parte del segmento del centro-derecha que en el resto de España ocupa el PP.

Por otro lado, concedamos por un instante que los votantes catalanes son notoriamente más socialistas que los votantes del resto de España. Eso podría ser en todo caso una razón para oponerse a la secesión desde el punto de vista de los catalanes, pero no desde el punto de vista del resto de los españoles, que se beneficiarían de la ausencia de esos electores catalanes que pujan por gobiernos centrales más intervencionistas.

Imaginemos ahora que España se rompe por entero y cada comunidad autónoma deviene una unidad política independiente. Habría regiones con gobiernos más socialistas que el que habría de media en una España unitaria, pero también habría gobiernos menos intervencionistas. A ese respecto unos perderían y otros ganarían, pero en conjunto todos se beneficiarían del hecho de ser unidades políticas más pequeñas.

Más allá de los ribetes liberticidas de los nacionalismos periféricos es razonable pensar que el liberalismo tendría mejores perspectivas en un mundo de miles de pequeñas unidades políticas que las que tiene en un mundo de apenas dos centenares de super-Estados camino de fundirse en conglomerados políticos aún mayores. Luego quizás sea necesario preguntarse si la causa de la unidad de España merece en realidad la dedicación y el ímpetu de tantos liberales.

Discriminación racial en mundos virtuales

Los “analistas” de los medios de comunicación se pelean por décimas o como mucho por puntos y no se atreven a decir la verdad. Lo que es aplicable a estos “expertos” también procede para los políticos de la oposición. En ocho años el PP hizo míseros recortes impositivos mientras aumentaba la presión fiscal.

Y es que como relata el cuento el rey no va vestido con finas sedas, sino que está desnudo. Sólo hay una sola reforma válida del IRPF e Impuesto de Sociedades: su anulación absoluta y en el menor tiempo posible, porque si los impuestos nos perjudican de aquí a uno, dos, tres años también lo hacen ahora; no tiene sentido perpetuar el mal. Pero tal medida iría contra los intereses del estado y por lo tanto que un político lo haga efectivo es imposible; los políticos siempre barren para casa, sólo eso les da dinero y poder.

Por ejemplo, Solbes en sus declaraciones sobre la reforma se ha preocupado más en los efectos que representa para el estado que para el ciudadano, entre 4.000 y 5.000 millones de euros. En realidad esa cifra no es ningún problema para el estado ya que puede cubrirla rápidamente aumentando el déficit, y ya sabe, el déficit de hoy es la deuda de mañana y más impuestos para pasado mañana. ¿Y los límites de deuda y déficit que dicta la Unión Europea? Por favor, qué risa. Miren Alemania y Francia lo rigurosos que son con sus objetivos.

Pero, ¿cómo puede ser que hagan una reforma fiscal y la prioridad sea la estabilidad del estado frente a la del ciudadano y economía privada? Más dinero para el estado es menos riqueza para la gente, con todas las evidentes consecuencias lógicas que esto provoca en la estructura económica y capacidad productiva.

Recuerde, con lo que el estado recaudó el año pasado en impuestos al tabaco se podría haber pagado todo el presupuesto de Defensa, que es una pequeñísima parte de los gastos totales del estado. Es ridículo pensar que la expropiación de nuestro dinero ganado con trabajo es para el bien común porque el bien común es el mismo que el bien individual. Quien nos intenta incautar nuestra propiedad por cualquier motivo, ya haga referencia a los sentimientos o falsos tecnicismos, no es más que un ladrón. Usted no paga impuestos para su bien o de forma voluntaria, los paga por miedo a las represalias del gobierno, así, el gobierno actúa igual que la mafia, extorsiona a la gente para defendernos de él mismo.

Fíjese que las medidas que “perjudican” los intereses del estado son pragmáticas, conservadoras, progresivas, prudentes… Es decir, son tan light que casi no tienen efectos positivos para nosotros. Es lo que ha pasado con la reforma del Impuesto de Sociedades que será “progresivo”, “prudente”… hasta el 2011, lo que significa que no se hará; porque ¿y si el PSOE no está en el gobierno en el 2011? Y aunque lo apliquen, su modificación es minúscula. En cambio, las medidas que van a favor del estado para robar la propiedad y libertad a la sociedad civil siempre son radicales e inmediatas: la ley antitabaco (ahora subirán además los impuestos), los nuevos controles opresivos de blanqueo de capital o las directivas de la CNMV son fantásticos ejemplos. Eso no sucede sólo en España, mire las medidas de Bush y Blair para aumentar la “seguridad”, son un auténtico linchamiento a la libertad individual para traspasarla al estado. ¿Y donde está la promesa de Bush de “gobierno limitado”? Aún se debe estar riendo.

No seamos tan ilusos y pedantes como los “expertos” y “analistas” de los medios de comunicación tradicional: ¡el rey va desnudo! Los impuestos son un robo contra nuestro trabajo y propiedad que actúan como un parásito sangrante en la estructura productiva de la economía matando nuestros logros y aspiraciones materiales, obligándonos a endeudarnos, llevándose empresas fuera de nuestras fronteras y creando fuertes barreras de entra para la innovación y propiedad. Todo hombre decente debería avergonzarse del gobierno bajo el que vive.

Un troyano llamado ONG

Cuando la gente de buena fe lee las siglas ONG piensa en instituciones independientes cuyos miembros y simpatizantes dan su tiempo y sus recursos para tratar de hacer el bien a lo largo y ancho del mundo. No quiero negar que tales organizaciones puedan existir. Sin embargo, esas tres siglas esconden de forma habitual a las organizaciones más estatistas y, por lo tanto, enemigas de la libertad individual que uno se pueda encontrar. Paradójicamente las ONG´s suelen ser las organizaciones más financiadas así como las más influenciadas por los gobiernos. Simultáneamente, uno se encuentra bajo ese paraguas con toda clase de organizaciones paragubernamentales candidatas a edificar o controlar aparatos estatales.

Por fortuna, en los últimos años se ha ido abriendo paso la verdadera naturaleza de la mayor parte de estas organizaciones y su imagen es cada vez menos inmaculada. Todo el mundo ha podido comprobar la hipocresía del movimiento anti-globalizador, constituido en torno a una marea de ONG´s, que se auto erige en defensor de los pobres mientras que les aplasta con barreras comerciales. También resulta cada vez más patente que las ONG´s del movimiento ecologista y neomalthusiano adoran los microbios y detestan al hombre. Todo esto ha provocado que más de uno se plantee primero cómo se financian estos chiringuitos y, después, cómo es posible que sus impuestos hayan ido a parar a esas manos.

La N no la llevan entre la O y la G porque crean que la solución a los problemas sociales está en la esfera de las relaciones voluntarias y privadas. En absoluto. Lo que ocurre es que piensan que no son los gobiernos sino ellos quienes han de gastar el dinero de los ciudadanos; al menos hasta que ellos hayan tomado el gobierno. Por otra parte, la relación entre las ONG´s y los gobiernos es de refuerzo mutuo. El estado crece y se crece al calor de las ONG´s, y tanto el poder como la financiación de las ONG´s crece a la sombra de los gobiernos. En nuestro país esta simbiosis se ha podido comprobar con la organización Solidaridad Internacional. Su presidenta, Leyre Pajín, fue nombrada secretaria de estado de cooperación internacional. Acto y seguido, su antigua organización pasó de ser la séptima a ser la segunda más agraciada con las dádivas públicas. Pero, al mismo tiempo, la legitimidad extra que otorga una “altruista” como Pajín sentada en el sillón oficial ha ayudado a expandir el presupuesto de la secretaría.

Sin embargo, lo de las ONG´s tiene todavía más tela. Hace tiempo que se convirtieron en pieza clave no sólo para aquellos colectivos que quieren financiar sus actividades con el dinero del prójimo sino para aquellos cuya finalidad es someter a la ciudadanía a sus desvaríos particulares a través de la conquista del estado. No hay más que echar un vistazo al entorno de ETA o al de las reuniones del Foro Social para comprobarlo. También Al Qaeda, como organización estrella del firmamento terrorista, ha comprendido perfectamente la importancia de las ONG´s para financiarse y llegar a controlar los estados. En España, con anterioridad al 11-M la policía había identificado a 10 organizaciones benéficas de carácter humanitario infiltradas por el terrorismo islámico. De hecho se sabía que Al Qaeda no sólo había infiltrado ONG´s en territorio español sino que había logrado crear sus propias ONG´s pantallas y lograr el apoyo de otras amigas. Su red de ONG´s ha debido de ser tan amplia a escala internacional que la grupo terrorista ha tenido un coordinador para estas organizaciones.

Resulta evidente que una gran parte de las ONG´s se han convertido en el coladero de los nuevos totalitarismos. Las revueltas incendiarias del año pasado en Francia no se entienden sin la estructura organizativa de las ONG´s. Aquellos sucesos fueron una demostración de su elevado nivel de organizativo y de hasta qué punto han tenido éxito. Se han convertido en estados dentro del estado. Y si vivir bajo el poder de un estado ya es sofocante, hacerlo bajo el de dos no hay quien lo aguante. Se presentan con una tarjeta de visita que le integra en el ámbito privado de la sociedad cuando, en realidad, la mayoría sólo pretende destruirlo. Se trata de un troyano para el que sólo hay un antivirus: El liberalismo.

El letargo mortal

¡Despierta […] de tu letargo mortal
En que te han hundido los bárbaros tiranos
¡Ahora o nunca debes forjarte otro destino
Que admiren incluso tus crueles enemigos!

Ésta es la primera estrofa del himno nacional rumano. Cuando, por fin, consiguieron liberarse de la dictadura socialista, los rumanos en masa recuperaron esos añorados versos compuestos por Andrei Mureşanu. Los rumanos habían aprendido a las malas la trágica lección de su himno decimonónico.

Uno de los efectos más perversos y, sin embargo, más olvidados de los regimenes opresivos es el de aletargar el espíritu humano. Lo último que deseará tu amo, o cualquier otro tipo de enemigo que puedas tener, es verte atento y vivaz. El primer objetivo de quien se crea mejor capacitado que tú para decidir tu propio futuro será el de quitarte el ansia de decidir tu propio destino.

No ansíes acumular tanta riqueza, nosotros ya nos aseguraremos que no te falte de nada. No ansíes consumir tal bien o tal servicio, sabes que no es bueno para ti. No ansíes tener tratos con tal persona o grupo de personas, no son de los nuestros y su influencia sólo puede dañarnos. No ansíes comunicarte en según que idioma, aquí hablamos así. No ansíes defenderte, nosotros ya nos aseguraremos de que nadie te moleste. No ansíes comprenderlo todo, nosotros ya nos encargamos de que haya expertos en cada área del saber.

El bombardeo de órdenes, prohibiciones, chantajes, amenazas y torturas llega a tal punto que es imposible esquivar tanta maldad. Lo fácil es entonces acomodarse a la situación y evitar problemas. A cambio de conseguir la seguridad en la oscura mazmorra uno llega a renunciar a ver el sol. Y alguno incluso se alegra de que graciosamente le protejan de sus quemaduras. Es preciso notar entonces que el tirano no ha juntado su ejército por méritos propios sino por la inacción de sus súbditos o, como decía Burke, sólo es menester para que triunfe el mal que los hombres buenos se abstengan de actuar.

Y aún así, la estrategia del tirano está abocada al fracaso pues su ejército de maniatados sobrevivirá, como mucho, mientras no tenga que enfrentarse a una milicia de hombres libres. Es más, el anhelo de plenitud, de ser plenamente uno mismo, es difícil de extinguir. Y, sistemáticamente, esa llama interior exhorta a cada uno a despertarse del letargo y forjarse su propio destino. Es entonces cuando uno empieza a desprenderse de esa verdadera tutela odiosa. Con cada imposición de la que uno consigue zafarse, se ganan nuevas oportunidades para la mejora personal.

Y es sólo el hombre empeñado en mejorar el único que puede ser generoso con los demás ofreciéndoles el ejemplo a seguir o la colaboración para avanzar. Con gente así, se consiguen fácilmente resultados que serían de otra forma impensables. No el petróleo, ni el uranio, ni el agua, ni el oro, sino el hombre libre, como decía Julian L. Simon, es el recurso definitivo. Pero eso, las naciones ricas han sido siempre las que han observado los versos grabados a los pies de la Estatua de la Libertad: Dadme vuestros cansados, vuestros pobres / Vuestras hacinadas masas que anhelan respirar libres / Los miserables despojos de muestra costa rebosante / Enviadme estos, los que no tienen hogar, los zarandeados por las tormentas / Alzo mi lámpara junto a la puerta dorada.

Son estos, los que se aferran a su anhelo de libertad los únicos capaces de crear prosperidad para todos. Son estos y no los intelectuales ni los reyes sabios los únicos capaces de desencadenar un Wirtschaftswunder, o milagro económico, aunque después sean los demás los que reclamen el botín. Ya lo decía Ludwig von Mises: “todas las personas, por muy fanáticas que puedan ser en sus diatribas contra el capitalismo, implícitamente le rinden homenaje al clamar apasionadamente por los productos que crea.”

Es curioso, con la de fanáticos empeñados en crear imperios espectaculares y a prácticamente ninguno se les ha ocurrido que lo único que necesitaban para crear una prosperidad sin igual en su tierra era, precisamente lo único que jamás pretendería tener un tirano: hombres libres.

Muerto el perro, muerta la rabia

Friedrich August von Hayek situó al Liberalismo en el vértice superior de un triángulo donde en las esquinas inferiores figuraban las otras dos ideologías actuales: el Socialismo y el Conservadurismo. Para Hayek era coherente que una persona se pasara ideológicamente del Socialismo al Conservadurismo, y al revés, ya que éstos tienen muchos puntos en común, a saber, las referentes a la represión gubernamental ya sea contra la libertad social (Conservadurismo) o la libertad económica (Socialismo). Los movimientos ideológicos, en este triángulo pues, suelen ser laterales. Es difícil que un socialista o un conservador se conviertan en liberales.

Efectivamente la diferencia sustancial del Liberalismo con los sistemas mencionados es que jamás pretende recurrir al estado para castigar, prohibir o atenuar un determinado comportamiento moral (los referentes al “vicio no criminal”).

Así, el Conservadurismo y el Socialismo se basan en posiciones de fe viscerales donde un grupo intenta someter al “grupo contrario” por medio de la ley y el miedo. El gran error de los dos es creer que tanto en el plano social como económico el hecho de prohibir o restringir algo conduce a la erradicación del “problema” manteniendo además un statu quo en el resto de los acontecimientos humanos (sociales y económicos). Otro gran error es pensar que el estado al realizar un determinado acto autoritario lo crea por el bien común, cuando en realidad, lo aplica para tener más poder y/o dinero.

El dicho, elevado a ley según parece en nuestros días por conservadores y socialistas: “muerto el perro, muerta la rabia”, o según su actualización, “tolerancia cero” contra todo, no puede tener consecuencias más nefastas cuando lo llevamos a la práctica. En primer lugar, con la restricción el dirigente puede disminuir un comportamiento determinado, aunque a un precio muy alto, pero jamás eliminarlo. Lo que hará el político será modificar la estructura productiva del bien empobreciéndolo y, con él, todos los otros escenarios productivos que lo preceden, o llevándolo hacia un mercado puramente libre pero perseguido y rebajando su división del trabajo, esto es, la economía sumergida. Y es que, las restricciones llevadas al extremo, como las prohibiciones, también generarán un aumento de la inestabilidad social. Así ocurrió con la prohibición de las drogas o la famosa ley seca de los años veinte en Estados Unidos; lo único que engendraron fue crimen.

No es el producto (y servicio) considerado como vicio el que lleva al crimen, sino su prohibición. Por más que se prohíba por ley no se pueden cambiar los gustos ni tendencias de las personas. Cuando el estado aprenda esto no dirá “me he equivocado, tomad libertad”, sino que intentará lobotomizar más a las personas como ya ocurre actualmente con los programas educativos doctrinarios que aplica, publicidad partidista que paga con el dinero robado a la comunidad, o comprando con dinero ajeno más votos (votantes cautivos) con pensiones, subvenciones, ayudas…, la actual ley de dependencia es una buena muestra de lo último. Y cuando aun así no lo consiga, entonces el estado intentará prohibir a los rebeldes (ZP ya toma nota con el CAC), o directamente encerrarlos y matarlos, los enemigos de la ocupación en Irak lo están viviendo ahora mismo.

El estado omnipotente sólo lleva a la pobreza y a la represión social. Es una espiral de decadencia y odio imposible de parar. La prosperidad sólo se puede conseguir con libertad de mercado y social: que cada uno haga lo que quiera, donde quiera, cuando quiera y como quiera. ¿Y el crimen? No se podrá erradicar jamás, pero sí que el libre mercado y derecho natural lo dejarán en mínimos, e incluso, lo expulsarán a esos países donde las leyes del legislador benefician la delincuencia (actualmente España). Neo–puritanismo y estado es una mala combinación porque perpetúa la esclavitud y hace al estado, la mayor organización criminal que hay, imparable. En cambio, neo–puritanismo sin estado no es más que una molestia, pero en una sociedad libre jamás nos hará esclavos. No es la condición humana el mal del mundo sino las imposiciones de los medios políticos.

Mejor que la democracia

Tal vez la democracia no sea un sistema perfecto, pero es lo mejor que se ha inventado hasta el momento en lo que se refiere a decisiones sociales, dicen. Prácticamente nadie lo pone en duda. O todos tenemos voz y voto en lo que nos concierne o alguien decide por nosotros, o sea, o democracia o dictadura. Es más, los puntos débiles del sistema parecen razonablemente asegurados una vez que se establece el sufragio universal y se salvaguardan los derechos de las minorías.

Sin embargo, hay áreas de nuestra vida que consideramos demasiado “íntimas” para dejarlas al arbitrio democrático por mucho que afecten directamente a los demás. La sexualidad, la amistad, la familia, la donación de órganos, etc.

De hecho, las decisiones que usted tome sobre esos temas íntimos afectarán por activa o por pasiva a innumerables personas. Y, a su vez, usted mismo debe su propia existencia a las decisiones que otros (entre ellos todos y cada uno de sus antepasados) tomaron sobre estos temas.

Se haría difícil encontrar asuntos más críticos para la supervivencia y prosperidad de una sociedad que esas decisiones íntimas de cada uno de sus ciudadanos. Precisamente porque lo valoramos tanto, no podemos aceptar que un tercero o un millón de terceros tenga derecho de veto sobre estas decisiones nuestras. Una sociedad que intente regular por vía democrática la amistad, la sexualidad o la familia se verá abocada a un infierno social.

Seguramente, usted lleva años practicando este método antidemocrático en lo que atañe a los asuntos que más le conciernen. Muy probablemente, usted podría satisfacer las necesidades de terceros en esas áreas pero ni se le había ocurrido ponerse a disposición de la decisión mayoritaria de aquellos. Prefiere reservarse el derecho a tomar esas decisiones. Y las toma considerando que es lo que le ofrecen y ofrece un valor a cambio de recibir otro valor. Pero imagine que, protegidos por el anonimato de una votación democrática, sus conciudadanos pudiesen elegir por usted. Imagine cómo sería su vida. Imagine cuánto tendría que dar. Imagine a cuánto tendría que renunciar.

Y ahora, plantéese lo contrario. ¿Por qué acepta la decisión democrática en los otros asuntos? Acepta, por ejemplo, que la hacienda pública le cobre más de un tercio de su riqueza. Acepta, igualmente, un sinfín de regulaciones.

Es interesante, exactamente las mismas personas, cuando nos relacionamos con ellas aceptando el principio democrático, nos quitan un tercio de nuestra riqueza y nos lo regulan casi todo, en cambio, cuando usamos el otro método algunas nos dejan en paz y otras colaboran con nosotros, pero no nos imponen nada.

Eso que algunos han llamado Estado ultraliberal o anarcocapitalismo o, incluso, pizzacracia es, de hecho, de lo menos utópico que uno pueda imaginarse. Se trata, simplemente, de comprender el criterio que usamos para las cosas más importantes y aplicarlo a las no tan importantes, como el dinero, por ejemplo.

En definitiva, si un código moral o sistema político no es suficientemente bueno para metérselo dentro de la ropa interior, ¿porqué dejar que penetre en el bolsillo, en el cerebro o en el corazón? ¿Va a dejar que hagan con los frutos de su trabajo lo que no permite que hagan con su cuerpo? ¿Acaso su propiedad es menos suya que su cuerpo? Usted ya conoce y practica algo que es mucho mejor que la democracia, ¡encuéntrele nuevas aplicaciones!

El bien común es para la oligarquía política

Muchos han puesto el grito en el cielo porque el pasado 23 de diciembre el Consejo de Ministros aprobara un Real Decreto de Tarifas Eléctricas para 2006 en el que se sube un 4,48% de media la tarifa para los consumidores domésticos. Los motivos del gobierno para esta subida vienen determinados fundamentalmente por tres factores que están elevando el coste de producción: la subida del precio del petróleo y su impacto sobre las centrales de fuel oil y ciclo combinado, la creciente cuantía de las primas a la producción de energías renovables y los elevadísimos costes e ineficiencias (es, decir, el gran despilfarro) que está provocando el Protocolo de Kioto. Los tres factores son, como suele suceder, a su vez, producto de otras intervenciones estatales.

No sabemos cuál sería el precio de mercado de la electricidad si éste no estuviese intervenido. Lo que sí sabemos es que toda intervención en los precios provoca que se usen recursos valiosos para la producción de fines relativamente poco importantes. Es decir, el precio intervenido genera un enorme derroche del bien en cuestión.

Por eso, no hay que poner el grito en el cielo porque los precios medios de la electricidad suban un 4,48%. Debemos ponerlo por otro motivo de vital importancia. Y es que resulta insultante que el gran despilfarrador, el poder político intervencionista que determina arbitrariamente los precios, haya introducido en ese mismo decreto un sistema de penalización según consumo para, supuestamente, evitar el derroche. De esta forma el gobierno hará que a medida que se consuma más energía, el consumidor la tenga que pagar más cara.

Evitar el despilfarro poco o nada tiene que ver con esto. La gente no se dedica a despilfarrar la electricidad. Lo que hace es usarla en aquellas actividades que valora lo suficiente como para incurrir en los costes necesarios para hacerlas realidad. Y como el valor que se le da a un uso concreto es siempre subjetivo, nadie puede decir que su uso es más importante que el de los demás. Por lo tanto, la única forma de reducir el derroche eléctrico al mínimo es liberalizar la producción, liberalizar el precio y dejar que cada consumidor juzgue cuáles son sus fines relativamente más apremiantes para los que usar la electricidad al precio de mercado.

El verdadero despilfarro es casi siempre el producto de una intervención política. En nuestro caso el poder político se ha encargado en primer lugar de hacer de la electricidad (uno de los bienes más importantes para el crecimiento económico) un bien artificialmente escaso mediante impedimentos a la producción. Luego se ha dedicado a jugar políticamente con el precio desestabilizando la relación entre la oferta y la demanda. Y, ya por último, nos llama despilfarradores y nos quiere cobrar el coste del desaguisado que ha formado. Hay que tener poca vergüenza para tratar así al ciudadano que trabaja cada día para vivir un poco mejor consumiendo, generalmente, un poco más de electricidad.

La tesis de Powelson sobre la difusión del poder

¿Porqué se ha desarrollado Europa y China no? ¿Qué proceso ha llevado a que ciertas áreas del mundo adopten unas instituciones que favorecen el desarrollo de una sociedad compleja, mientras que otras parecen condenadas a estar sojuzgadas por tiranos? John P. Powelson se ha planteado este problema y ha dado con una explicación feraz: el proceso de difusión del poder. A él dedica su obra Centuries of Economic Endeavor.

Powelson trata el poder, “la capacidad de influir o dirigir el comportamiento de otros”, como un bien económico, ya que los hombres lo buscan como “bien de capital (capaz de proporcionar otros productos a su poseedor) o de consumo (disfrutado por sí mismo)”. Con este elemento de análisis se plantea el problema del desarrollo económico duradero y de las instituciones que lo sustentan. El crecimiento tiene menos que ver con las medidas económicas que con el desarrollo de instituciones fruto del comportamiento pautado. El núcleo de cómo surgen estas instituciones lo ve en “el mecanismo por el que quienes tienen el poder ora lo intercambian por otros bienes ora se lo quitan otros”.

Todos buscan el monopolio y el privilegio. Pero si no son estables o mantenerlos es demasiado costoso, se puede elegir un sistema más amplio y justo como second best, con oportunidades para todos o para un número mayor de personas. En el monopolio o el privilegio hay conflicto entre grupos de intereses. Desde este punto de partida, sigue Powelson:

La norma general es: en un vacío institucional, el conflicto se resuelve con un relativo compromiso de poder entre grupos de interés e individuos. Si esto se repite muchas veces, la forma de resolución se convierte en una institución, que tiende a conformar el comportamiento futuro. No obstante, si el poder relativo cambia, también lo hace la institución. De este modo, si el proceso de difusión del poder opera de forma fructífera, las instituciones económicas se negocian por muchos grupos de interés, cuyo poder se hace más difuso con el tiempo.

El desarrollo económico duradero requiere instituciones (formas de comportamiento) establecidas en negociaciones a largo plazo entre muchos grupos de interés, ninguno de los cuales es lo suficientemente poderoso como para dominar sobre los demás por completo.

Podemos llevar este esquema, de forma muy concisa, al caso de Europa. Partimos de la Edad Media, cuando el poder era plural y estaba diseminado geográfica e institucionalmente. De ahí el feudalismo: la palabra feudo significa pacto. El feudalismo comprometía obligaciones mutuas sancionadas por la costumbre. En este contexto se dieron varias instituciones (la Iglesia, las ciudades) que resultaron en un pluralismo institucional que lo era también como fuentes de Derecho. Era un pluralismo político que tenía también su reflejo en un pluralismo económico e ideológico (cortes, monasterios, universidades…).

Los campesinos, la clase más extensa pero más débil, se fueron rebelando, mostrando su poder, y aliando con grupos distintos en su búsqueda por un reconocimiento institucional mayor o simplemente por mejores términos de acuerdo con otros grupos. Los reyes y las ciudades se apoyaron mutuamente para restar poder e influencia de los nobles. Dice Powelson: “Por estos variados caminos, se operó una igualación de los grupos medios así como de los campesinos, no siempre exitosa y en ocasiones resultante en una concentración de poder. Pero en su mayor parte los grupos más débiles crecieron en poder relativo sobre los más poderosos, de modo que se promovió un proceso de difusión del poder”. A ello hay que añadir que “a medida que la agricultura privada, las ciudades y los mercados favorecían la producción y el comercio, el poder devino todavía más difuso e institucionalizado”.

En las ciudades se desarrollaron otros grupos sociales (comerciantes, artesanos) y otras formas de organización económica (la orientación de la producción de los campos al mercado, las empresas), reflejo y motor de una sociedad más compleja y con el poder aún más disperso. En la mutua lucha por alcanzar el monopolio y el privilegio, o por pactar instituciones que le reconozcan a uno, aquellas normas más amplias y generales son las que permiten un compromiso (y por tanto un apoyo) más amplio, aunque se a costa de las mayores pretensiones de cada grupo social. Todo ello se vio favorecido porque ese tipo de instituciones más abstractas y generales favorecen el desarrollo económico y social, como explica Hayek.

Esta es una exposición breve de la tesis de Powelson. Aunque merezca retoques en algún punto, creo que está muy bien encaminada.

Bush, Hamilton, Jefferson

La justificación que ofrece esa cabeza privilegiada que es Rodríguez-Salmones para prohibir definitivamente la copia privada es que eso equivale a "comprarse un coche y dejar todas las puertas abiertas para que te lo roben". El problema, y una de las justificaciones más habituales para quienes dudan de que la propiedad intelectual deba mantenerse, es que el coche que te roban dejas de tenerlo tú. Sin embargo, la copia de una canción o película no impide que el propietario de la misma deje de disponer de ella.

De hecho, si nuestra pepera predilecta puso un ejemplo tan poco preciso fue porque se lo copió al presidente de la Unión Videográfica Española que, sin embargo, puede seguir utilizándolo en sus conferencias y ruedas de prensa sin problemas. Esta respetable organización merece que se tomen sus opiniones en consideración aunque cualquier persona prudente lo hará con la distancia que merecen las de cualquier lobby, en este caso de distribución de vídeo. De hecho, dado que la copia privada se hace voluntariamente y sin ánimo de lucro, sería un ejemplo igualmente falso pero más ajustado a la realidad indicar que el gobierno quería limitar a tres los amigos a los que podíamos dejar nuestro coche y Rodríguez-Salmones quiere eliminar esa posibilidad.

Para nuestros legisladores, los derechos de autor son un bien de tal naturaleza que nadie se plantea si debe o no ser protegido por ley, sino más bien cómo debe ser protegido. La concesión graciosa del derecho de copia privada fue realizada porque no se podía evitar que la gente intercambiara música y películas. Ahora que el legislador considera que se puede evitar con medidas tecnológicas, se elimina ese derecho porque ejercerlo equivale a robar coches, nada más y nada menos. Quizá Rodríguez-Salmones considera que una gran mayoría de los españoles son ladrones pero yo tengo mejor concepto de mis vecinos y, para qué engañarnos, de mí mismo. Tan buen concepto tengo de ellos que sé que las medidas tecnológicas que se quieran implantar serán sistemática y cuidadosamente destruidas una por una, porque si se puede escuchar, se puede copiar.

Dado que, sin embargo, populares y socialistas tienen tanta fe en lo contrario, la modificación de la ley permite y apoya la adopción de medidas anticopia por parte de compañías como las discográficas y cinematográficas, cuyo escaso respeto hacia nosotros ha sido demostrado recientemente por el caso del “rootkit” de Sony. Esta empresa publicó discos con un sistema anticopia que instalaba software espía sin permiso y sin conocimiento del comprador cuando éste se disponía a escucharlo en su ordenador. Un software espía, instalado así en medio millón de computadoras, que facilitaba la creación de virus que lo utilizaran para infiltrarse en los aparatos infectados, hacía Windows más inestable y propenso a fallos y, encima, incumplía las leyes de derechos de autor al incluir sin permiso código que no era suya. Gracias, Sony. Pero qué majos que sois, caramba.

Sin embargo, quizá el más asombroso prodigio de ese partido que nos emocionaba el sábado con un hermoso discurso en el que hacía descansar la defensa de la nación en argumentos liberales, es la creación de una nueva burocracia estatal: la Agencia Española de Propiedad Intelectual. Los populares proponen que se cree un nuevo engendro que, entre otras cosas, albergará la sagrada Comisión de copia privada, en la que la mitad de su número par de miembros será nombrado por la SGAE y demás sacamantecas afines, mientras el resto se dividirá –divide y vencerás, oigo decir al fondo de la sala– entre fabricantes y usuarios. Esa comisión decidirá el montante del canon por copia privada impuesto sobre soportes como los CDs y DVDs vírgenes. Es curioso: se hace desaparecer el derecho a realizar una copia privada mientras se construye una burocracia dedicada a decidir cuanto pagaremos a cambio de poder ejercer ese derecho. ¿Ustedes lo entienden? Yo tampoco. Será cosa de cerebros privilegiados como los de Rodríguez-Salmones y la Camarada Carmen Calvo Poyatos.