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Etiqueta: Proceso político: tª estado elección pública y democracia

Un escuadrón de incompetentes

Si hace menos de un año gran parte de la población les consideraba auténticos profetas ahora su imagen se asemeja más a la del Escuadrón Diabólico y el presidente, en concreto, al inigualable Pierre Nodoyuna.

En marzo de este año Rodríguez Zapatero negaba que España estuviera o fuera a entrar en crisis. En abril llegó a decir aquello de hablar de crisis o recesión era "demagógico, inaceptable y antipatriota". Todavía en mayo nuestro Pierre se empeñaba en ver el futuro de color de rosa cuando hablaba con la total seguridad de "desaceleración transitoria ahora algo más intensa". Ahora que el valor de sus pronósticos ha caído por debajo de las acciones de Fannie Mae, lo normal sería que los españoles tornaran sus oídos hacia el ministro de economía.

Sin embargo, los intentos de este señor por explicar a los españoles lo que estaba pasando y lo que iba a pasarnos han resultado ser tan desafortunados como los intentos de Patán, el zarrapastroso perro de Nodoyuna, por diseñar un plan con el que atrapar al palomo. Nuestro Patán particular nos advertía hace unos meses que "se esta[ba] exagerando mucho cuando se habla[ba] de crisis" y que "los datos que" tenía a su disposición no indicaban la entrada en crisis ni recesión. Eso por no hablar de sus menguantes cálculos de crecimiento económico para este año. La penúltima metedura de pata de nuestro ministro canino tuvo lugar hace apenas un mes cuando afirmó creer que "España se salvará de la recesión". La única diferencia con Patán es que Solbes ha sustituido su característica risa asmática por una profunda somnolencia.

Pero quizá la palma de los desaciertos se la lleve Joaquín Almunia, nuestro socialista en Bruselas. El comisario de Asuntos Económicos y Monetarios de la UE ha sido capaz de replicar a la perfección a Tontín, el piloto que junto a Tontón completaba con Pierre y Patán este escuadrón de incompetentes. En los últimos días de 2007, nuestro "tontín" más internacional descartó la posibilidad de que se pudiese producir una "crisis económica" durante 2008 en la Unión Europea. Dos meses más tarde, cuando la crisis ya era evidente para todos excepto para Pierre Nodoyuna y para Patán, el piloto de la nave económica europea negaba la posibilidad de recesión. Mientras la averiada avioneta caía entraba en barrena, Almunia miraba al tablero de mandos y afirmaba "que los indicadores no señala[ba]n riesgos de recesión".

Pero en lo que nuestros tres personajes más recuerdan a la fabulosa serie de Hanna-Barbera es en los desastrosos resultados de sus planes porque, como nos recuerda Wikipedia, en los dibujos animados –como en la realidad– "los planes de Pierre siempre eran frustrados por su propia incompetencia, por la de Patán, por las acciones de otro corredor, o por pura mala suerte, haciendo que Pierre cruzara la línea de meta último, si es que lo hacía". Lo malo de esto es que los españoles vamos en esa aeronave que no parece capaz de cruzar la meta de recuperación y el progreso económico. Para colmo de similitudes, la principal ironía de la serie consistía en que si Pierre no se hubiese molestado en hacer planes tramposos su nave hubiese llegado a la meta y, con frecuencia, en buena posición. Como en la serie nuestro Pierre terminará diciendo tras el fracaso "¡No hay deguecho! ¡Haz algo Patán!".

…y PP y PSOE en empate técnico

Los dirigentes del PP estimaron que eso era lo que realmente preocupaba a los votantes y no el poder o no estudiar en la lengua materna con el dinero de tus impuestos, la deriva secesionista de algunas regiones, la desigualdad de derechos entre los ciudadanos de un mismo país o cuestiones más cercanas a la ética como el aborto, la eutanasia, la necrofilia a cuenta de los muertos en la Guerra Civil o el matrimonio entre personas homosexuales.

Si damos por bueno el análisis arriolano –nadie sabe más que Él sobre demoscopia electoral–, el Partido Popular lo tendría ahora mismo todo a su favor para barrer en las encuestas, puesto que la situación actual de la economía es sustancialmente peor que en marzo de 2008, cuando se celebraron las elecciones. En consonancia con ese análisis, el PP debería estar ahora mismo no menos de veinte puntos por encima del PSOE, un partido que tras cuatro años de Gobierno está pulverizando todas y cada una de las marcas negativas que dejó el felipismo, que ya hay que esforzarse.

Mariano Rajoy nos dejó creer que el PP huiría de la confrontación obstinada en otros asuntos para centrar sus críticas más severas en el terreno económico, en el que Zapatero y Solbes están mostrando sus mayores debilidades. Pues bien, ni siquiera ha sucedido así. Sólo hay que ver la respuesta de los populares al plan financiero elaborado por los socialistas, en virtud del cual, el Gobierno va a entregar el 15% del PIB nacional a los bancos que no han sabido llevar su negocio con la necesaria prudencia. Y en lugar de oponerse frontalmente y hacer una campaña populista en toda regla denunciando el atraco –como harían sin duda los socialistas– ("El Gobierno da el dinero de los pobres a los banqueros", hubiera sido un slogan magnífico para una cuña de radio), la actitud de la cúpula del PP ha sido apoyar el programa socialista para evitar las acusaciones de crispación que tanto hacían sufrir a los delicados espíritus populares durante la pasada legislatura.

Los cientos de miles de trabajadores que están inundando a borbotones las estadísticas del desempleo en España y los profesionales liberales y pequeños empresarios que están pasando serias dificultades económicas, no tienen a día de hoy un referente político que defienda sus intereses frente a la oligarquía de los grandes tiburones cercanos al poder. Es cierto que Rajoy insiste en sus comparecencias públicas en que hay que apoyar a las familias y a las Pymes, pero cuando se trata de votar un plan financiero que les perjudica gravemente, el PP acude como un solo hombre en defensa… del Gobierno de Zapatero.

¿Hay alguien en la calle Génova que se pregunte por qué el PP no lleva treinta puntos de ventaja en intención de voto? Naturalmente que no. Lo más probable es que estén muy satisfechos de ver que están sólo unas décimas por debajo de Zapatero. Es inútil insistir. Ellos son así.

Bush, Hoover, Obama, Roosevelt

Recordemos que Herbert Hoover, Secretario del Tesoro con Calvin "el silencioso" Coolidge, fue elegido presidente en 1928 y que fue a él a quien le estalló la crisis económica que se fue larvando en los años anteriores. Era republicano, pero traicionó la tradición no intervencionista de sus dos predecesores del mismo partido, Harding y Coolidge. Luchó, con eficacia, por que se mantuviesen los salarios, aún a costa de contribuir al aumento del desempleo. Y tomó varias medidas que se adelantaron al New Deal. Pero la mayor contribución de Hoover a la profundización de la crisis fue el brutal proteccionismo, que se manifestó en la aduana Smoot-Hawley.

A George W. Bush el estallido de la crisis le ha pillado al final de su mandato, no al principio. Aparte de ello, el paralelismo con Hoover es claro. Bush no es un conservador en lo económico, sino que es el presidente que más ha aumentado el gasto desde Lyndon Johnson. Puede incluso que le haya superado. Su rebaja de impuestos por medio de "créditos" no son verdaderas rebajas impositivas. Y su política ha contribuido al fracaso de la Ronda Doha, por lo que merece que le acusen de proteccionista.

Roosevelt, que era un genio de la política, ni sabía de economía ni le interesaba. Sólo sabía que era necesario "hacer algo". Quizás por ello diera más órdenes presidenciales que todos sus seguidores juntos. Roosevelt no creó la crisis del 29, claro está. Pero él creó la Gran Depresión con su New Deal, una política que suponía una ruptura con el pasado, que llevó al país a adoptar medidas jamás puestas en práctica y en muchos de los casos inconstitucionales. El Tribunal Supremo incluso echó abajo algunas de ellas, como la NRA y la AAA, y la respuesta de Roosevelt fue amenazar al propio Tribunal con doblar el número de miembros con gente de su confianza.

Obama tiene a Franklin D. Roosevelt como modelo. Lo dice en su libro “La audacia de la esperanza”. Para empezar, hereda un plan, concebido por la Administración Bush, que es intervencionista y que supone una ruptura con la política estadounidense en este ámbito y retrasará la recuperación más que atajarla. Obama es el primer presidente que se reconoce proteccionista desde Hoover, de modo que aquí el paralelismo con Roosevelt falla… excepto que el propio FDR fue, de hecho, tan proteccionista como su antecesor. Y volverá a marcar una ruptura con la política tradicional, menos socialista que en Europa. Todo ello con el apoyo, además, de Congreso y Senado. Obama no cree en la Constitución. Piensa del texto de los Padres Fundadores que es racista. También cree que no hay que quedarse con lo que dice, sino que es necesario hacerle hablar cosas distintas, interpretadas a la luz de los nuevos tiempos.

No quiero llevar el paralelismo más lejos, porque nos enfrentaríamos a una nueva Gran Depresión… y a una nueva Guerra Mundial. Pero todo podría ser.

Obama, otro producto milagroso

Vota a aquel que prometa menos. Será el que menos te decepcione
W. M. Ramsay

Uno de los grandes defectos del ser humano es su fe ciega en los milagros, esto es, la esperanza de liberarse de sus responsabilidades y de obtener al mismo tiempo el mejor de los resultados posibles. Algo así, no tiene precio. Fíjense por ejemplo en estas pastillas y dietas para adelgazar o aquellos potingues que hacen crecer el pelo y los hombres buscan desesperadamente. Todos sabemos que no funcionan, pero ¿y si dieran resultado?

El día que Obama ganó las elecciones americanas, sus electores estaban eufóricos: habían comprado el mejor producto milagroso del mercado electoral. Sus seguidores decían: Obama abaratará la medicina, unirá a los sindicatos, nos sacará de la crisis, cambiará las guerras internacionales por la diplomacia, subirá el salario mínimo, incluso bajará los impuestos a los pobres y pequeñas empresas para subirlo a los ricos y grandes compañías. Vamos, será el primer Gobierno en la historia de la humanidad que dejará de ser fuerte con los débiles y débil con los fuertes. Lo que no se explica entonces es cómo Obama ha sido el candidato que más dinero ha recibido de Wall Street. De hecho, el Dow Jones se disparó el día anterior a las elecciones descontando ya su victoria, al día siguiente bajo por eso de "comprar con el rumor y vender con la noticia". Negros pobres y blancos ricos unidos por un mismo candidato. ¿Se ha dado cuenta de que aquí en España ocurre algo similar? Los "desamparados" votaron a Zapatero y las grandes compañías se han llevado los beneficios.

A diferencia del 99% de la población mundial, yo no espero que un político me tenga que subir el sueldo, sacar de la crisis en la que estamos o hacerme la sanidad más accesible. Sé que si el Gobierno me sube el sueldo por decreto ley, me van a despedir. Sé que si intenta sacarme de la crisis, será arrebatándome mi dinero para dárselo a alguna inmobiliaria o banco. Y sé, que si me hace la sanidad más accesible, tendré que aguantar largas colas, una sanidad ineficiente y médicos prepotentes e ineptos que jamás son responsables de sus errores.

Bush era el presidente de la Seguridad Nacional (con mayúsculas) y ha acabado arruinando al país, convirtiéndolo en un estado de sitio para sus ciudadanos con campo de concentración incluido (Guantánamo). Zapatero, era el presidente de la concordia, justicia social y prosperidad. Jamás ha habido en este país tanta crispación, mal funcionamiento de la justicia y crisis económica como ahora.

¿Y cuál es el mejor presidente entonces? Tal vez las cosas vayan al revés. El que menos haga, será el mejor. Estados Unidos nos da tres muestras.

William Henry Harrison. ¿Le suena? Difícilmente. Fue el noveno presidente de los Estados Unidos. Hizo el discurso de posesión a la presidencia más largo que jamás se había realizado hasta entonces, dos horas. Un mes después murió. Afortunadamente para los americanos, no le dio tiempo a hacer nada.

Millard Fillmore fue el decimotercero presidente de los Estados Unidos. Tuvo tantas peleas políticas durante su presidencia que tampoco hizo nada. Su mayor logro fue montar un baño en la Casa Blanca. Otro gran respiro para los americanos.

Warren G. Harding fue el presidente número veintinueve. Muchos historiadores lo tachan como el peor presidente de la historia americana. No pueden estar más equivocados. Nadie era capaz de descifrar las cosas que decía; no sólo porque no tenían sentido, sino porque se inventaba palabras a la hora de hablar y escribir. El periodista H.L. Mencken dijo de él que "tiene el peor inglés que haya visto jamás". No viajó mucho ni despilfarraba el dinero, daba los discursos en el porche de su casa.

Tenía fama de mujeriego, bebedor y ahí donde iba visitaba el show de variedades del lugar. Dos veces a la semana, montaba timbas de póker en la Casa Blanca. Evidentemente, un hombre con una vida social tan activa poco podía dedicar a las cuestiones de Estado. Fueron dos años donde los americanos se vieron libres de la tiranía de las buenas intenciones políticas.

Los políticos estrella, los que quieren hacer historia son las peores amenazas para el ciudadano libre. Lincoln, Wilson, Franklin Roosevelt, Bush (hijo)… Todos han hecho historia. Todos ellos han dejado su país en la miseria, participado en invasiones o guerras y han ampliado los poderes políticos por encima de la libertad de los ciudadanos. El mejor presidente es el que no tiene edificios a su nombre, ni bibliotecas, ni estatuas: el que nadie recuerda. Esperemos que Obama no haga más historia de la que ya ha hecho siendo el primer presidente negro de los Estados Unidos.

Contra los Juegos Olímpicos de Madrid 2016

Cuando hace años un detestable político nacionalista catalán quiso lanzar su bilis victimista contra los ciudadanos de Madrid, y del resto de España, no tuvo otra ocurrencia que clamar por un boicot a la candidatura que el ayuntamiento de esa ciudad, con el alcalde favorito de los medios de comunicación dominantes a su cabeza, había lanzado. Como era de esperar su boutade concitó la unanimidad de todos los odios contra su persona, en dura puja con los ataques que por estos lares mereció el "atrevimiento" del príncipe Alberto de Mónaco cuando preguntó sobre las medidas de seguridad que la organización habría dispuesto para los Juegos Olímpicos de 2012, que, como se sabe, al final se celebrarán en Londres.

Pasado el tiempo, sin embargo, la postura del muy mejorable Carod-Rovira tiene mucho sentido. Pero, obviamente, por el bien de los madrileños y españoles en general. Podría tratarse de un caso en el que el camino del cielo se pavimentara siguiendo las malas intenciones de un sectario.

Recapitulemos. El Ayuntamiento de Madrid mantiene el nivel de endeudamiento más alto de los municipios españoles. Recientemente sus gestores anunciaron que acometerían distintos recortes de gastos en su presupuesto, pero que de ningún modo afectarían a los destinados a conseguir la elección de la capital de España como sede olímpica para el año 2016. La noticia tiene una trascendencia capital a medio plazo, no solo para los incautos que votaron al actual alcalde Alberto Ruiz Gallardón, sino para todos los españoles que, de una manera u otra, son obligados a sufragar los gastos de este Estado (compuesto de Gobierno central, comunidades autónomas, ayuntamientos y diputaciones). No en vano el alcalde ha conseguido dos proezas difícilmente superables. Su administración ha triplicado la deuda pública del ayuntamiento que preside en un periodo de cinco años y ha dejado por ortodoxos a otros gestores de ciudades que sin duda merecen el distintivo de despilfarradores, como son los regidores de Barcelona, Valencia, Málaga, Sevilla y Zaragoza. La deuda del Ayuntamiento de Madrid iguala a la suma de todas estas mal gestionadas –y, sin embargo, entrañables– villas.

Si el año que viene los miembros de la comisión de evaluación del comité olímpico internacional así lo decidieran, empero, un enorme dispendio de recursos sería atrapado para ser transferido a toda la cohorte de contratistas que se beneficia de la redistribución de rentas en estos eventos. Lamentablemente, el proceso de selección de las ciudades candidatas para convertirse en la sede de los Juegos Olímpicos de verano de 2016 se encuentra muy avanzado. Los términos de la solicitud presentada por el Ayuntamiento de Madrid en el COI no parecen reversibles a mitad de camino y, aunque las respuestas del Ayuntamiento de Madrid al cuestionario solicitado por ese organismo internacional adolecen de cierta indeterminación y mencionan la apertura al patrocinio privado para la financiación del proyecto, se parte de una premisa incuestionable: el Ayuntamiento de Madrid, la Comunidad de Madrid y el Gobierno de España asumirán la responsabilidad por las deudas en que la organización de esas olimpiadas pueda incurrir.

Hasta los más avezados despilfarradores deberían reconocer que los ingentes gastos que comporta la organización de un evento de estas características no son asumibles por unos presupuestos públicos que van a arrojar unos déficit gigantescos durante la recesión económica.

Ya no es posible seguir el modelo de gestión y asunción de responsabilidades económicas que distinguió –con notable éxito, a pesar del boicot de la antigua Unión Soviética y sus países satélites– la organización de los Juegos olímpicos de 1984 en Los Ángeles. Para empezar, el comité organizador fue fundado en junio de 1978 como una organización privada sin ánimo de lucro sometida a las leyes del estado de California, cuya independencia quedaba garantizada por la ausencia de representantes políticos en su consejo de administración y la prohibición de la financiación pública. Esos elementos constitutivos no fueron óbice para que el alcalde Tom Bradley apoyara las negociaciones de los gestores con el Comité Olímpico Internacional para conseguir sus objetivos. Meses más tarde, el pleno del ayuntamiento de esa ciudad aprobó una enmienda de sus ordenanzas fiscales que prohibió acometer gasto alguno en los Juegos que no tuviera que ser devuelto de forma vinculante. El marco legal, pues, forzó al comité organizador a autofinanciarse sin acudir a las subvenciones o los préstamos del gobierno local.

Por el contrario, el Ayuntamiento de Madrid creó la sociedad semipública Madrid 2016 para gestionar eventualmente la trigésimo primera olimpiada. Llama la atención que entre sus patrocinadores privados aparezcan conocidas empresas españolas cuyos nombres no sorprendería ver como contratistas y suministradores de la propia sociedad a la que patrocinan.

Sería preferible en circunstancias normales que los gastos y las potenciales ganancias o pérdidas de la organización de unos Juegos Olímpicos en Madrid hubieran sido asumidos por algún grupo de emprendedores. No hubiera comprometido forzosamente al resto de los ciudadanos el que las administraciones respaldaran ese proyecto con un patrocinio institucional gratuito, tan del gusto del protocolo internacional. Pero, dada la evolución de los acontecimientos, parece poco factible un replanteamiento de la candidatura. Si no quiere arrojarse aun más aflicción a las flacas cuentas de los españoles, el Ayuntamiento de Madrid debería renunciar a la organización de los Juegos de 2016. La Olimpiada puede esperar.

John McCain, presidente

Aunque creo que el resultado va a ser mucho más ajustado de lo que hablan las encuestas, John McCain ha desaprovechado la ocasión para postularse como el mejor candidato para liderar su país, sin tiempo ahora para reaccionar.

Estas elecciones se han centrado en el cambio. Por eso Hillary Clinton no hubiese podido hacer nada frente a McCain, de haber tenido la oportunidad de presentarse. Quizá por eso Hillary no pudo sobreponerse al fenómeno Obama. Pero esa misma razón es la que ha lastrado a McCain hasta hacerle quedar por detrás en todas las previsiones. McCain jamás ha sido un seguidor de Bush; su independencia está fuera de toda duda. Pero forma parte del mismo partido, ahogado en una crisis notable, creada por la política de Bush, tan alejada de la de Ronald Reagan. Y hablar de cambio con 72 años no deja de ser chocante.

John McCain tiene madera de presidente y cuenta con cualidades extraordinarias. Su independencia de criterio es sólo una de ellas. Es honrado a carta cabal, tiene el coraje de decir lo que piensa (mientras que Obama lo esconde en pomposos discursos) y para tomar decisiones, una cualidad que echaremos en falta si Obama se sienta en el Despacho Oval. Pero la economía vuelve a centrar el debate y los estadounidenses confían más en el Demócrata. Quizás simplemente porque es mucho más joven y piensan que la crisis que se nos ha echado encima no nos abandonará en unos cuantos años.

McCain, además, conoce el terreno que pisa. Apoyó el aumento de las tropas a Irak en un momento en que la guerra era muy impopular en Estados Unidos. Ese aumento ha rendido sus frutos y ha contribuido, paradójicamente, a que las amenazas exteriores, el terreno en que Obama más tiene que perder frente al republicano, hayan pasado a un segundo plano. Pero se ha conducido mal en la campaña. No basta con preguntarse quién es Obama. También hay que decirlo. Y no ha alertado del riesgo de que Presidencia y Congreso se concentren en un único partido, con Obama en la Casa Blanca, Nancy Pelosi de Speaker de la Casa de Representantes y Howard Dean liderando el Partido Demócrata. Eso sí, los republicanos van a tener un par de buenos años para reflexionar sobre su propia deriva.

La audacia de Obama

Pero acaso lo peor es que, por muchas palabras que gastan en él, da la impresión de que es con muy poco provecho. No veo a quien cuente qué idea tiene Obama de lo que debe ser el "cambio" que tanto predica, cómo puede producirse, hacia dónde, cuáles son sus referencias y por qué confía en "la audacia de la esperanza", que es como ha llamado a una de sus dos autobiografías.

La historia personal de Omaba nos lleva a un chaval que tuvo que cambiar su identidad y adaptarse a comunidades diferentes. Él cree también que cualquier comunidad, incluida toda una nación, puede cambiar si se le ofrece el apoyo necesario. No cree en los derechos inherentes a la persona, sino en los valores, en los sueños, ideales, mitos de una sociedad. Y éstos se pueden reescribir, cambiar, por medio de la oratoria. Obama habla con un lenguaje entre religioso y laico y departe sus discursos con una seguridad y una autosuficiencia descollantes.

La Constitución, como Estados Unidos en su origen, es racista. Pero puede cambiar, porque la Constitución es un "texto vivo", que se adapta a las circunstancias del momento. El genio de los Padres Fundadores, para Obama, no es que redactaran un texto fundacional anclado en derechos inherentes a la persona –y por tanto eternos– como la libertad y el derecho a la vida y la propiedad, sino que idearan un sistema político que tiene la capacidad de cambiar. Él puede decir una cosa y luego la contraria. Eso no tiene importancia. Para él la libertad implica "el rechazo de cualquier verdad absoluta, la infalibilidad de una idea o ideología", así como de cualquier "tiránica consistencia" con cualquier postulado. Lo único importante es saber dónde se quiere llevar al país.

El programa de Obama no difiere del de Franklin D. Roosevelt: implicar a sectores más amplios de la población en el Estado de Bienestar, hacerlos dependientes del Estado en lugar de lograr que sean responsables y autosuficientes y conseguir un control político desde el partido que defiende esas políticas (el Demócrata), suficiente para asentar un predominio de su partido durante décadas. Por eso Roosevelt es su principal referencia en su propio partido. Por eso en el Republicano se fija en los antecedentes de Ronald Reagan y, sobre todo, de Lincoln, porque cambiaron las cuestiones sobre las que giraba la política y asentaron el dominio de sus propios partidos por muchos años. Obama quiere que predominen en la política de Estados Unidos determinadas preguntas para las cuales sólo los demócratas tendrán respuesta.

Los estadounidenses se debaten entre el candidato malo y el mesiánico que quiere transformar el país, todavía no se sabe en qué. Todo apunta a que optará por el segundo. Si es así, les esperan dos años muy duros a los conservadores de Estados Unidos, con la presidencia y las dos Cámaras en manos demócratas. Espero que, al menos, les sirva para reflexionar sobre la deriva de los últimos años.

¿Dónde está la burbuja que no estalla?

Ya no hay duda de estábamos viviendo en una burbuja, sobre todo porque ha estallado. El primer indicador, que siempre precede a la depresión, es la Bolsa. Estos mercados son posiblemente los más eficientes en la sociedad, por lo que son los que mejor anticipan el devenir de la economía. Los gobiernos se han estado guiando por estos indicadores para tomar sus acciones, como si la solución a los problemas de la crisis se pudiera conseguir corrigiendo los indicadores.

Se está viendo que no es así. En algún momento, los mercados bursátiles tocarán fondo. En ese momento, significará que los inversores consideran que esa es la nueva valoración de las empresas cotizadas, a la luz de sus expectativas en el ajuste de la riqueza del futuro. Cuanto mayor sea la caída de las Bolsas, mayor será el ajuste necesario de la riqueza nominal (el dinero falso) a la riqueza real, y más dura será la depresión. En cuanto a la duración de ésta, dependerá de la capacidad de ajuste de los individuos a la nueva situación, así como de su capacidad de emprendimiento para buscar formas de mejorar la calidad de vida. En definitiva, la duración del ajuste depende de la regulación.

Dicho todo esto, la gran cuestión es ahora identificar aquellas actividades o bienes que pensábamos que eran riqueza, pero que no lo son, o, al menos, no en tanta medida. En una primera aproximación, se podría pensar que la Bolsa nos puede aportar información sobre este aspecto. Y así es, lo que pasa es que circunscrito únicamente a actividades cotizadas.

Así como para medir el ajuste necesario para la economía la Bolsa puede resultar un buen predictor (basta extrapolar) no es tan válido para identificar burbujas, pues muchos sectores económicos están fuera de su alcance. Entre ellos, las actividades del Estado.

Ya hemos visto que hay un fuerte ajuste en inmobiliarias y constructoras: hemos sobrevalorado los inmuebles, y ahora hay que ajustar su valor a la riqueza real. También nos hemos dado cuenta de que el sector financiero, empezando por los bancos de inversiones, estaba realizando actividades sobrevaloradas, y se ha de proceder a su ajuste al valor real.

Pero, ¿termina aquí el ajuste? ¿Quedan por ahí actividades sobrevaloradas que se han de ajustar a la nueva realidad? Por ejemplo: el sector turístico y de restauración: ¿estábamos pagando demasiado por comer por ahí, o irnos de vacaciones? O son las telecos: ¿a quién se le ocurre pagar eso por llamar por teléfono, ver la tele o conectarse a internet? ¿Tal vez los coches?

Muchas de estas actividades probablemente tendrán también que ajustarse a la nueva realidad, aunque no sabemos todavía si están o no sobrevaloradas (su sobrevaloración implica que creíamos que eran más riqueza de la real).

Ahora bien, hay unas actividades económicas que indudablemente están sobrevaloradas, como bien nos enseña la teoría económica, y, en concreto, Rothbard en su The Power and the Market. Se trata de las actividades del Estado (entiéndase, administraciones públicas en general).

Como bien sabemos, son actividades que no están regidas por la valoración del mercado; por tanto, no sabemos realmente cuánto valen. Sin llegar al extremo de Rothbard que, directamente, las califica como desperdicio (waste), sí que me atrevo a decir que están muy sobrevaloradas. Su riqueza real supone, quizá, menos de un 10% de la aparente. En una fase de depresión como la actual, estas actividades tendrían que ajustarse brutalmente. Posiblemente, son las que un mayor ajuste precisan.

Sin embargo, son precisamente las más rígidas al ajuste. Los gobiernos no van a ajustarse a las nuevas condiciones, como están demostrando sus continuas declaraciones de intenciones. Vamos a seguir teniendo multiplicidad de actividades sin valor y vamos a tener que pagar por ellas un precio que no tienen. Van a consumir una riqueza para dar lugar a una ilusión.

Si aquí acabara la historia, no habría mayor problema. Las restantes actividades sobrevaloradas se ajustarían a la nueva valoración del mercado; las justamente valoradas se quedarían como están; y las estatales se mantendrían sin afectarnos demasiado.

Pero, por desgracia, el ajuste a la riqueza real es inevitable. El forzoso mantenimiento de actividades de valor irreal como las de la administración pública desperdiciará parte de la riqueza real, forzando un ajuste más severo en actividades que sí la constituyen. En esencia, nos hará la fase de depresión aún más dura.

Rothbard decía que tenemos tantos pobres como podemos permitirnos. ¿Cuántas actividades estatales nos "podremos" permitir en esta crisis?

Una democracia inmadura

A la democracia en España aún le quedan muchas décadas para hacerse mayor; las visiones intervencionistas y totalitarias aún ocupan buena parte del espacio político aunque se revistan de un supuesto espíritu democrático que no pasa de plebiscitario. Los gobernantes españoles consideran el voto como un cheque en blanco que les permite saltarse cualquier principio ético o moral que les impida conseguir sus particulares objetivos políticos, es decir, la simple posesión del poder, ciertas cosmovisiones utópicas o procesos de ingeniería social que buscan una sociedad aparentemente perfecta o incluso exclusivista.

En los últimos días se han producido dos situaciones que corroboran esta visión tan pesimista. El Partido Popular (PP) lleva varias semanas negociando con sus actuales socios de Unión de Pueblo Navarro (UPN) para que voten en contra de los Presupuestos Generales del Estado, pero éstos, que dependen del Partido Socialista de Navarra (PSN) para gobernar esta región, anuncian su abstención. Las consignas oficiales de las dos organizaciones son dogma y la situación entre populares y navarros es tensa, existiendo un serio peligro de ruptura.

En España existe en teoría separación de poderes, aunque en la práctica el ejecutivo domine sin problemas al legislativo y ambos controlen un poder judicial cada vez más político. Pero más allá de este importante desarreglo institucional, en España lo que no existe es libertad de conciencia, la disciplina de partido hace que se vote monolíticamente y el que se opone a la decisión oficial termina fuera de la siguiente lista electoral. Es lógico pensar que la mayoría de los componentes de un partido político votarán afirmativamente a una determinada propuesta de su líder, pero también es cierto de que si existiera verdadera libertad, habría un conjunto de votos que no seguirían la consigna oficial y que se basarían en principios propios o en la mejor defensa de sus representados. El poder exagerado de los partidos políticos y la dificultad que tiene la sociedad para castigar los comportamientos inapropiados de sus representantes (las elecciones son cada cuatro años y eso es demasiado tiempo para la memoria colectiva) castiga la libertad de conciencia y de rebote al ciudadano.

No menos importante ha sido la actitud del alcalde de Madrid, Alberto Ruiz-Gallardón, que ha anunciado una ordenanza prohibiendo, entre otras cosas, los hombres-anuncio. La razón que ha trascendido a la prensa, y así lo ha declarado el propio alcalde, se reduce a una cuestión de dignidad. La pregunta es si una persona que se gana la vida de esta manera, temporal o definitivamente, es más digna en el paro. El poder político, en este caso municipal, ha vuelto a imponer la moral por ley. La dignidad es un término subjetivo y por tanto opinable. No es la primera vez que desde este ayuntamiento se aborda un tema moral: su cruzada contra la prostitución (y no contra la delincuencia que la rodea) es otro ejemplo.

Sin embargo, no todos están de acuerdo en las razones que han impulsado al alcalde a tomar esta medida, el hecho de que también quiera prohibir la publicidad en coches privados y regular aún más los anuncios por toda la ciudad, invita a algunos afectados a pensar que el alcalde quiere monopolizar este mercado publicitario y aliviar la elevada deuda municipal que sus faraónicas obras han provocado. Y es que un madrileño endeudado tiene mucha dignidad, aunque sea más pobre.

Cumbre de payasos

Hemos llegado a la lamentable situación en la que nos encontramos por el deficiente y ultraintervencionista diseño institucional del mercado monetario y financiero. El monopolio de la política monetaria y crediticia en manos de los bancos centrales permitió una prolongada etapa de tipos de interés artificialmente bajos que alimentaron una espectacular burbuja inmobiliaria y una grave distorsión de la estructura productiva que ahora hay que corregir. Además, la gestión del crédito con fines políticos, como ocurrió con las hipotecas subprime en el caso de Fannie Mae o ha sucedido en España con los préstamos de las cajas de ahorro, ha añadido más leña a este virulento fuego que amenaza con consumir una buena parte de nuestro capital. Para colmo, la existencia de un prestamista de última instancia y unos pésimos líderes políticos que daban señales de que el crédito barato era algo deseable y que podía mantenerse indefinidamente incentivaron la toma de elevados riesgos por parte de numerosos gestores financieros. Cuando los primeros aventureros financieros se tambalearon, los dirigentes políticos del sistema bancario se encargaron de confirmar que allí estaría papá Estado para rescatarles con dinero ajeno. Y, claro, así pocos se preocuparon por reducir el riesgo y tratar de capitalizarse.

Quienes nos metieron en este lodazal y aseguraban hace apenas unos meses que no entraríamos en crisis ni recesión nos dicen ahora que no podemos dejar que sea el mercado el que reajuste porque hay pánico y desconfianza; un pánico y una desconfianza provocados por sus anteriores intervenciones. Así que sin que se les caiga la cara de vergüenza se presentan ante la ciudadanía como auténticos redentores con un plan de salvación para comprar activos de la banca que se financiará con una gigantesca emisión de deuda que succionará el poco ahorro que queda y dañará la credibilidad y el poder adquisitivo de nuestra moneda.

El plan podría haberse diseñado para solucionar exclusivamente las dificultades de las empresas para financiarse a corto plazo, pero no se ha querido hacer así. Por lo tanto se ha abierto la puerta a que el Estado se dedique a refinanciar a aquellas entidades de crédito viables pero con problemas para refinanciarse a largo plazo o, lo que sería enormemente grave, que directamente se dedique a la compra de activos de las entidades con problemas de solvencia, cuyos casos más sangrantes se encuentran entre las cajas de ahorro gobernadas por los partidos políticos, para recapitalizarlas. Cualquiera de las dos opciones constituye el perfecto caldo de cultivo para el amiguismo y la corrupción. En el primer caso, el organismo político tendría que disponer tanto del conocimiento como de los incentivos para no hacer daño y contribuir a la recuperación. En el segundo reina la arbitrariedad, se enfrenta con la decisión de los consumidores de liquidar las malas inversiones y está abocado al fracaso porque perpetuaría los errores del pasado.

Llegados a este punto nos queda exigir la publicación inmediata de todos los datos de las operaciones crediticias que se realicen y estar atentos para exigir las responsabilidades penales que puedan derivarse. Conviene además que vayamos pensando en una reforma del sistema financiero en la que desaparezcan el intervencionismo político y los privilegios al tiempo que introducimos el libre mercado.