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Etiqueta: Producción

Contra el antiproductivismo

Por Kristian Niemietz. Este artículo fue publicado originalmente por el IEA.

Toda transacción económica implica al menos a dos partes.

Cualquier medida que desincentive las transacciones económicas afecta necesariamente a ambas partes. No se puede reprimir una actividad económica voluntaria de forma que sólo perjudique a una de las partes. No se puede dificultar la venta de X sin dificultar también la compra de X. Tampoco se puede dificultar la producción de Y sin dificultar también el consumo de Y. Por cada comprador/consumidor frustrado, debe haber al menos un vendedor/productor frustrado, y por cada vendedor/productor frustrado, debe haber al menos un comprador/consumidor frustrado.

Me siento un poco tonto por explicar esto, porque, dicho así, es una afirmación obvia y evidente. (Probablemente ahora estés pensando: “¡Vaya, qué innovador, Niemietz! No puedo creer que nunca te hayan propuesto para el Premio Nobel de Economía”). Y, sin embargo, una gran parte de nuestro discurso político se basa en negar este hecho evidente. Una gran parte de nuestro discurso político se basa en la suposición tácita de que se pueden frustrar fácilmente las transacciones económicas voluntarias, y sólo perjudicar a una de las partes en el proceso. Pondré algunos ejemplos.

Empecemos por mi bestia negra favorita, los responsables de la mayoría de los problemas de este país: los NIMBY. Los NIMBY son personas con una buena vivienda que utilizan su poder político para negar oportunidades de vivienda a los demás. Solía preguntarme si esta gente tiene alguna vez un momento en que se preguntan “¿Somos nosotros los malos?”.

NIMBYismo

Pero ahora sé la respuesta: no. No, no lo tienen. Los NIMBY sí sienten que tienen la conciencia limpia; incluso están convencidos de que ocupan el terreno moral más elevado. ¿Cómo lo consiguen?

Lo hacen contándose a sí mismos una historia en la que la construcción de viviendas es una actividad que sólo enriquece a los promotores, pero que no sirve para nada por lo demás. La retórica NIMBY gira en torno a los promotores. Los posibles ocupantes de las nuevas viviendas, es decir, las personas que vivirían en ellas si se construyeran, han recibido el tratamiento de Nikolai Yezhov: han sido eliminados de la historia. El mercado de la vivienda sólo tiene oferta. Sólo existe para que los promotores puedan ganar dinero.

¿Cómo lo consiguen? Pues bien, imponen viviendas no deseadas a una comunidad reacia, destruyendo nuestro hermoso paisaje en el proceso, y luego, al final, de alguna manera tienen dinero. Construyen las casas y, de alguna manera, el dinero se materializa.

En esta historia, las campañas NIMBY sólo perjudican los márgenes de beneficio de los grandes promotores. ¿Y por qué habría de sentirse alguien culpable por ello? De hecho, ¿por qué se opondría alguien a ello, a menos que sea un cómplice a sueldo al servicio de los grandes promotores?

Lo sorprendente no es que los NIMBY hayan conseguido convencerse a sí mismos de este enfoque, digamos, heterodoxo de la economía, sino que hayan conseguido convencer también a la mayor parte del resto del país.

Ecologismo socialista

O tomemos el nuevo ecologismo socialista, representado por grupos como Just Stop Oil, Extinction Rebellion y el movimiento Greta.

Hubo un tiempo, no muy lejano, en que el ecologismo era inseparable del anticonsumismo, en el sentido de que era muy crítico con las elecciones de consumo de la gente. El ecologismo exigía una reducción drástica del nivel de vida. Este anticonsumismo ha sido sustituido por lo que podríamos llamar un antiproductivismo (contra la producción). Los ecologistas socialistas tratan el uso de combustibles fósiles como una actividad que sólo beneficia a los productores, no a los consumidores.

Su mejor expresión es la afirmación -de moda pero totalmente carente de sentido- de que “100 empresas son responsables del 71% de las emisiones mundiales”. ¿Cómo ganan dinero estas empresas? Pues bien, extraen o bombean combustibles fósiles del suelo, los queman y luego, de alguna manera, tienen dinero. Y ya está.

Esto nos da una versión del ecologismo sin contrapartidas, según la cual podríamos eliminar fácilmente la mayor parte de las emisiones de carbono del mundo simplemente reprimiendo a un pequeño número de contaminadores, y el resto de nosotros apenas notaríamos la diferencia. Unos cuantos multimillonarios dejarían de serlo, pero el nivel de vida de la inmensa mayoría de la población no se vería afectado.

Si esto es tan fácil, ¿por qué no lo hemos hecho ya? Porque tenemos un sistema económico orientado a los intereses lucrativos de la clase capitalista, no a los intereses de las personas y del planeta. La solución, por tanto, es derrocar ese sistema y establecer uno en el que ya no exista la “clase capitalista”. De ahí viene el eslogan de moda “cambio de sistema, no cambio climático”.

Estado-niñera

O tomemos el estatismo niñero, la bête noire de mi colega Chris Snowdon. Existe una versión paternalista del Estado-niñera, a veces vinculada a la Economía del Comportamiento, que se centra principalmente en las debilidades del consumidor. Los paternalistas ven al consumidor como ignorante, débil de voluntad, impulsivo y cortoplacista.

Ya se ve por qué esta versión del Estado-niñera tiene sus límites. Inevitablemente resulta un tanto elitista, por lo que no encaja fácilmente en nuestra cultura igualitaria. Por eso, la mayoría de los Estatistas-niñera han desplazado el énfasis de su retórica del consumo a la producción, presentándose no como paternalistas, sino como antiindustriales. En términos de las políticas que defienden, esto no supone ninguna diferencia. Desde el punto de vista retórico, la diferencia es enorme.

Para ver por qué, imaginemos una encuesta de YouGov en la que se preguntara:

¿Cree que los políticos tienen derecho a decirnos lo que somos y lo que no podemos comer y beber? ¿O cree que debemos ser libres de tomar nuestras propias decisiones, aunque esto signifique que algunos de nosotros tomemos decisiones perjudiciales para nuestra salud?

Niveles norcoreanos de aprobación

Incluso hoy en día, con el liberalismo clásico relegado a la categoría de opinión marginal impopular, sospecho que la mayoría de la gente respondería a esta pregunta de forma “Snowdonita”. Sustituyámosla por:

¿Cree que debería permitirse a las multinacionales de la alimentación y las bebidas obtener beneficios ilimitados mediante la comercialización agresiva de productos poco saludables, alimentando una crisis de obesidad y llevando a la quiebra a nuestro Servicio Nacional de Salud? ¿O cree que los gobiernos deberían priorizar a veces la salud y el bienestar de la nación por encima de los intereses lucrativos privados?

Sospecho que una encuesta que utilizara esta última frase produciría niveles de acuerdo norcoreanos.

Y eso, en pocas palabras, explica el atractivo del antiproductivismo: hace que causas que de otro modo serían polémicas y discutibles parezcan casi universalmente populares. No todo el mundo está de acuerdo en que el Estado dicte el estilo de vida personal, empobrezca el país en nombre del “Net Zero” o prohíba la construcción de viviendas. Pero hoy en día casi todo el mundo odia a los capitalistas.

La derecha política también lo hace

Una última reflexión: debido a su naturaleza anticapitalista, el antiproductivismo es un fenómeno predominantemente de izquierdas. Pero también se pueden encontrar ejemplos de derechas. Las personas que se preocupan por el paso del Canal de la Mancha a veces actúan como si su verdadero problema no fueran los inmigrantes ilegales, sino los traficantes de personas que ganan dinero trayéndolos aquí y sus prácticas comerciales sin escrúpulos. No estoy sugiriendo que el contrabando de personas sea un negocio como cualquier otro. Pero es un negocio que no existiría si no hubiera demanda, por lo que presentarlo como un fenómeno impulsado exclusivamente por la oferta no es una forma honesta de enmarcar el argumento.

El anterior tiene que ser el ejemplo menos exitoso de antiproductivismo, porque dudo que nadie se lo crea, en este caso. Pero si funcionara, sería una forma inteligente de convertir un sentimiento antiinmigración (anticuado, de bajo estatus, Daily Mail) en un sentimiento antiempresarial (de moda, de alto estatus, Guardian).

Ver también

Producción, preservación e intercambio de valor: los intermediarios. (Francisco Capella).

El conocimiento en la producción. (Adrià Pérez Martí).

Capital: producción y finanzas. (Francisco Capella).

El lenguaje económico (XVIII): producción. (José Hernández Cabrera).

El lenguaje económico (XVII): Producción

En sentido amplio, entendemos por producción toda actividad humana cuyo fin es la obtención de un bien económico mediante el trabajo. Eventualmente, una actividad lúdica (i.e. pesca, caza, juegos de azar) puede reportar ciertos bienes económicos (i.e. capturas, premios), pero su finalidad principal no es la producción, sino el consumo de bienes de ocio. Por otro lado, la producción es una actividad humana y sólo en sentido metafórico decimos que las abejas «producen» miel o que un manzano «produce» manzanas. Veamos algunas confusiones relativas a la producción.

Trabajo productivo frente a trabajo improductivo

Los economistas clásicos  —Smith, Say, Ricardo, Bastiat, Mill— consideraron tres factores de producción: tierra, trabajo y capital. Esta clasificación, con ligeras adiciones (i.e. tecnología), se ha mantenido hasta la actualidad. En economía, la creación de clases siempre ha sido problemática pues conduce frecuentemente a su jerarquización: ¿Cuál es el factor de producción más importante? Los fisiócratas franceses, liderados por el Dr. François Quesnay, creían que solamente la agricultura era productiva (Rothbard, 2013: 405).

Por su parte, Adam Smith (2011: 424) introdujo la desafortunada distinción entre trabajo productivo (industria) e improductivo (servicios) Todavía hoy persiste este error cuando, por ejemplo, consideramos «más» productivo al agricultor que al intermediario (que «sólo» compra y vende). Esto se refuta con un mero ejercicio mental: imaginemos que, en lugar de adquirir todo en un único sitio (mercado), tuviéramos que acudir a cada uno de los miles de productores. Sin mayoristas y minoristas comerciales nuestro nivel de vida caería drásticamente. También es habitual creer que el comerciante obtiene mayores ingresos que el «genuino» productor: agricultor o ganadero. En los mercadillos municipales se aprecia este tipo de sesgos; por ejemplo, en Breña Alta (La Palma) se fijan topes máximos y mínimos para «garantizar los precios más justos para consumidores y productores».

Por último, en el sector turístico, los hoteleros —productores— también se quejan de los improductivos turoperadores. ¿Acaso la función comercial no forma parte del proceso productivo? Los primeros, en privado, reconocen que es muy ventajoso que alguien les asegure una ocupación mínima del establecimiento, vendiendo ellos el resto de habitaciones por otros canales. El turoperador es muy útil pues palía el daño ocasionado por la legislación laboral, equilibrando oferta y demanda. Es patente que si un hotel tuviera la capacidad de colocar directamente toda su oferta prescindiría del intermediario comercial; si lo hace, es porque claramente le beneficia.    

Economía real o productiva vs economía financiera

La falacia smithiana de la improductividad de los servicios alcanza su paroxismo en el sector financiero, que es visto como improductivo y especulativo. Supuestamente, existe una economía «real» que produce bienes (no financieros) y otra economía financiera que es improductiva y especulativa. Esta maniquea distinción carece de lógica económica. Por ejemplo, el pago con tarjeta de crédito que realizamos en el restaurante es tan real como la comida ingerida o el servicio recibido. Que algo sea intangible no significa que sea irreal. Paradójicamente, en el sector bancario se denomina «producto financiero» a cualquier contrato: hipoteca, crédito, depósito, seguro, etc.  El gestor de fondos de inversión, Daniel Lacalle, en su libro: Nosotros, los mercados, critica la injusta demonización de los negocios financieros: «Se habla de la “economía real” como si la economía financiera no fuera un elemento esencial para el desarrollo del comercio mundial y de la globalización» (Lacalle, 2013: 544[1]). 

Producción «ineficiente»

Otro mito es el referido a los (supuestos) fallos de mercado que «provocan producción o consumo ineficientes y el Estado puede contribuir significativamente a curar la enfermedad» (Samuelson y Nordhaus, 2006: 34).

En el ámbito tecnológico, «eficiencia» tiene un significado preciso: es el resultado (output) obtenido por unidad de entrada (input) consumida. Así, los fabricantes establecen categorías de eficiencia para los electrodomésticos. En cambio, en el ámbito social el concepto de eficiencia —la mejor combinación de medios para alcanzar fines dados— (Rothbard, 2011: 254) se vacía de contenido porque medios y fines varían para cada individuo, se valoran de forma subjetiva y, a menudo, son antagónicos.

Es cierto que la producción capitalista produce mayor cantidad de bienes y a menor precio que la producción artesanal, pero algunos consumidores prefieren bienes más caros (muebles, joyas, alimentos) producidos de forma tradicional. ¿Y cómo saber cuál es la producción más eficiente? Para saberlo tendríamos que tener un conocimiento perfecto, pero lo que hay que producir, así como su cantidad y calidad, no está dado de antemano y siempre está sujeto a la incertidumbre.

Por ejemplo, el panadero, al final de cada jornada, debe elegir el momento de detener la producción: si se queda «corto» ganará menos dinero y si se «pasa» sufrirá mermas. La producción óptima nunca está asegurada y solo podemos aproximarnos a ella por tanteo. Pero incluso si aceptáramos, a efectos dialécticos, que el mercado es «ineficiente» y que genera «sobreproducción» o «infraproducción», constituye un non sequitur afirmar que el gobierno debe intervenir; esta conclusión no es económica sino normativa: “The contention that government should involve itself with the private economy is a moral conclusion, one that can be reached only if there are ethical arguments in the premises” (Block, 1983: 3).

Serie ‘El lenguaje económico’

(XVI) Inflación

(XV) Empleo y desempleo

(XIV) Nacionalismo

(XIII) Política

(XII) Riqueza y pobreza

(XI) El comercio

(X) Capitalismo

(IX) Fiscalidad

(VIII) Sobre lo público

(VII) La falacia de la inversión pública

(VI) La sanidad

(V) La biología

(IV) La física

(III) La retórica bélica

(II) Las matemáticas

(I) Dinero, precio y valor

Bibliografía

Block, W. (1983). “Public Goods and Externalities: The Case of Roads”. Journal of Libertarian Studies, Vol. VII, No. 1, spring, pp. 1-34.

Rothbard, M. (2011). Economic controversies. Auburn: Ludwig von Mises Institute.

Rothbard, M. (2013). Historia del pensamiento económico. Madrid: Unión Editorial.

Lacalle, D. (2013). Nosotros, los mercados: Qué son, cómo funcionan y por qué resultan imprescindibles. Deusto.

Samuelson, P. y Nordhaus, W. (2006). Economía. Méjico: McGraw Hill (18ª ed.)

Smith, A. (2011). La riqueza de las naciones. Madrid: Alianza Editorial.


[1] Paginación en libro electrónico Kindle.

El misterio del papel higiénico

Con el inicio del confinamiento en España, comenzamos a observar un fenómeno curioso no visto en nuestro país por lo menos desde la Guerra Civil, el desabastecimiento de un producto de primera necesidad como el papel higiénico. Es un fenómeno que se ha observado múltiples veces en economías socialistas pero que no se observa en economías capitalistas.

Mi experiencia en el análisis económico de economías socialistas esta vez no servía para entender el origen del desabastecimiento. Además, las explicaciones a este fenómeno dadas en los medios de comunicación, como por ejemplo las dadas por algunos psicólogos como que “limpiarnos el culo” (permítanme el exabrupto) nos produce una seguridad psicológica, no ayudaba a dar una explicación satisfactoria al asunto.

El desabastecimiento de papel higiénico no se produjo únicamente en España si no que ha sido un fenómeno que se ha producido en prácticamente todos los continentes del mundo. Por tanto, no podemos buscar la causa en un factor estructural de España o de Europa. A continuación, trataré de proporcionar una explicación económica satisfactoria del misterio del papel higiénico.

Como todos sabemos, la oferta y demanda de un determinado bien determina su precio. Así, podemos observar en las bolsas de valores los cambios casi instantáneos de los diferentes bienes. Sin embargo, los consumidores no observamos esos cambios instantáneos de los precios a la hora de comprar productos. ¿Se imaginan que el precio de los bienes en el supermercado cambiase instantáneamente según la afluencia de gente?

Para entender por qué esta variación de precios no se produce en nuestra vida cotidiana debemos tener en cuenta los stocks. El stock es la cantidad de producto guardada en los almacenes por los mayoristas, minoristas e intermediarios y permite amortiguar al mínimo la variación de precio de los productos frente a aumentos de su demanda. Obviamente el almacenamiento del producto tiene un coste que el intermediario repercute al consumidor final, pero a cambio, le permite no tener que preocuparse de variaciones de precio a corto plazo.

El Modelo de Treynor del distribuidor describe el papel del intermediario en la provisión de liquidez de mercado. Debido a la inyección de liquidez (esto es, productos cuando estos escasean) por parte del intermediario gracias al stock que almacena, el mercado es capaz de amortiguar las variaciones de precio y de demanda que pueda sufrir el bien en cuestión.

El papel higiénico tiene ciertas particularidades: Es un bien de primera necesidad y es muy voluminoso. El ser un bien de primera necesidad hace que su demanda sea alta mientras que el gran volumen que ocupa un solo paquete hace que sea costoso de almacenar (un metro cúbico de volumen es capaz de almacenar relativamente pocas unidades en comparación con otros bienes como pueden ser bienes comestibles).

Así, durante el confinamiento impuesto durante la pandemia, el pequeño stock de papel higiénico fue incapaz de abastecer a la demanda simultánea de todas las personas. Por ello se pudieron observar desabastecimientos de este y no de otros productos en las estanterías de los supermercados de todo el globo. Este desabastecimiento, por suerte, fue momentáneo ya que, con el aumento de la demanda y la falta de stock, la producción se puso en marcha y se pudo solventar el problema en relativamente poco tiempo.

En resumen, el stock juega un papel fundamental en la provisión y reserva de bienes para hacer frente a demandas repentinas. El stock de un producto se ve afectado por su voluminosidad y en el caso del papel higiénico, su gran volumen impide tener grandes stocks para hacer frente a demandas repentinas de este producto como sucedió durante el confinamiento a mediados de marzo de este año.