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Etiqueta: Publicidad

El lenguaje económico (XXVI): Publicidad (II)

En el artículo anterior defendimos la actividad publicitaria frente a ciertas acusaciones infundadas; no obstante, la publicidad también puede inducir a confusión o ser directamente falaz y manipuladora. Esto es frecuente cuando se pretende erosionar la imagen de competidores comerciales.

Tu boca no está de oferta

Este confuso eslogan es un tipo de metonimia donde se sustituye el objeto —el tratamiento dental— por el lugar donde se realiza —la boca. Ha sido utilizado por algunos colegios de dentistas para alertar a la población de posibles abusos: publicidad «engañosa», precios «excesivamente» bajos, uso de materiales de «mala» calidad, prácticas «erróneas», intrusismo, etc. Ciertos argumentos aquí esgrimidos deben ser analizados críticamente.

Primero: en general los consumidores tienen dificultades para valorar la calidad de ciertos servicios. Pero no por ello son engañados fácilmente: consideran la fama del dentista y/o la reputación de la marca (clínicas), los procesos (atención al paciente, tiempos de espera en la consulta), evidencia física (instalaciones, higiene), etc.

Precio y calidad

Segundo: es arbitrario afirmar que un precio sea «excesivamente» bajo. Por un lado, los consumidores —ceteris paribus— prefieren pagar lo menos posible; por otro lado, se ven constreñidos por su capacidad adquisitiva. Además, el precio no es el único factor determinante en la compra: la proximidad de la clínica al domicilio o la financiación también son considerados.

Tercero: «menor» calidad no es sinónimo de «peor» calidad. En el mercado todas las calidades son bienvenidas, lo que permite el ajuste a los diferentes presupuestos de cada cual. No entendemos por qué motivo los servicios dentales deben ser ajenos a esta realidad económica. Por ejemplo, un servicio realizado por un odontólogo novel en instalaciones modestas y con materiales de menor calidad deberá ofertarse necesariamente a precios bajos. Los servicios dentales low cost benefician principalmente a los clientes con menor capacidad adquisitiva, que antes no tenían acceso al servicio.

En definitiva, las clínicas dentales, como cualquier negocio, pueden y deben utilizar todas las estrategias y recursos de marketing a su alcance con sólo dos condiciones: a) Comunicarse verazmente con sus clientes para que tomen decisiones informadas, y b) Cumplir los contratos.

La sanidad no se vende

Este eslogan, usado por colectivistas y otros adoradores del Estado, ataca injustamente el libre mercado de productos y servicios sanitarios. La metonimia, en este caso, sustituye lo particular —un específico bien— por un concepto general —la sanidad. Ya sabemos que nadie consume sanidad en general, ni medicamentos en general, ni va al médico en general.

Referirse a clases de bienes conduce a confusión porque «en el mundo externo no hay clases» (Mises, 2011: 148). Todas las acciones humanas son referidas a cantidades discretas de bienes específicos, según la ley de la utilidad marginal.

La valoración de los bienes no tiene nada que ver con el orden en que cabe clasificar a las distintas categorías de necesidades, sino con el orden de las necesidades concretas.

(Böhm-Bawerk, 1998: 252)

Defender al pequeño comercio y al consumo local

Existe una multitud de campañas publicitarias, con sus respectivos eslóganes, en «defensa» del pequeño comercio y del consumo local. Según sus promotores —políticos y asociaciones de comerciantes— consumir bienes producidos en zonas próximas o vendidos en comercios de proximidad es beneficioso para la economía local. Los ecologistas, por su parte, afirman que este consumo beneficia al medio ambiente porque se reducen las emisiones de CO2 producidas por el transporte de mercancías.

En primer lugar, podríamos preguntarnos: ¿defenderse de quién? Ya hemos visto que la retórica bélica es falaz en economía. El pequeño comercio no necesita defensores porque nadie lo ataca. Únicamente los consumidores provocan la reducción de unos negocios y la expansión de otros; en el primer caso, los empresarios ineficaces son reemplazados por otros mejores. El mejor ejemplo es la proliferación de pequeños negocios — bares, restaurantes, tiendas de alimentación, bazares, peluquerías— regentados por empresarios chinos.

Transferencia coactiva de dinero

En segundo lugar, cualquier campaña gubernamental destinada a fomentar el consumo local no es gratis y supone una transferencia coactiva de dinero desde los contribuyentes hacia comerciantes y empresas de marketing específicos. Debe ser el empresario, grande o pequeño, quien soporte exclusivamente los costes de cualquier campaña publicitaria.

Los promotores del consumo local no pueden alcanzar su objetivo —mejorar la economía de la región— persuadiendo a los consumidores para que adquieran productos más caros o de peor calidad. Este consumo sacrificial, lejos de dar fruto, empobrecerá a los consumidores de la región, sostendrá artificialmente a las empresas menos eficientes e interferirá la adecuada asignación del capital. Como nos recordaba Mises (2011: 1019): «La aplicación de teoremas económicos falsos se traduce en consecuencias indeseadas».

Bibliografía

Böhm-Bawerk, E. (1998). Teoría positiva del capital. Madrid: Aosta.

Mises, L. (2011). La acción humana. Madrid: Unión Editorial.

Serie ‘El lenguaje económico’

(XXV) Publicidad (I)

(XXIV) El juego

(XXIII) Los fenómenos naturales

(XXII) El turismo

(XXI) Sobre el consumo local

(XX) Sobre el poder

(XIX) El principio de Peter

(XVIII) Economía doméstica

(XVII) Producción

(XVI) Inflación

(XV) Empleo y desempleo

(XIV) Nacionalismo

(XIII) Política

(XII) Riqueza y pobreza

(XI) El comercio

(X) Capitalismo

(IX) Fiscalidad

(VIII) Sobre lo público

(VII) La falacia de la inversión pública

(VI) La sanidad

(V) La biología

(IV) La física

(III) La retórica bélica

(II) Las matemáticas

El lenguaje económico (XXV): Publicidad (I)

Publicidad es el conjunto planificado y organizado de acciones comunicativas cuya finalidad es influir en la percepción y la conducta del público objetivo. Un primer propósito de la publicidad es proyectar una imagen positiva o favorable. Corporaciones públicas y privadas, e incluso individuos, dedican recursos a la publicidad corporativa.

Los gobiernos, en particular, gastan enormes sumas en publicidad «institucional» (propaganda) para justificar su existencia: «Soy del Gobierno y aquí estoy para ayudar», decía irónicamente Ronald Reagan. Un segundo propósito es comercial: aumentar las ventas de productos y servicios; y aquí es donde observamos injustas acusaciones a través de eslóganes y lemas. La publicidad es persuasiva: se dirige a las emociones, afectos e intereses; pero también apela al intelecto cuando presenta información objetiva: características, ventajas, precios, etc.

La publicidad crea necesidades

Un primer error consiste en pensar que los anuncios pueden crear necesidades ex novo: desear algo que antes no deseábamos. Todo producto o servicio novedoso siempre satisface necesidades preexistentes, sólo que de forma más atractiva o útil para el consumidor. Por ejemplo, el «entretenimiento» es una necesidad (o deseo)[1] humana que podemos satisfacer leyendo un libro, haciendo un crucigrama, escuchando música o navegando distraídamente por Internet. La «comunicación» es otra necesidad humana que puede satisfacerse con diferentes tecnologías: correo postal, teléfono, fax, correo electrónico, Whatsapp, redes sociales, etc.

La publicidad fomenta el consumismo

Según la (R.A.E.) consumismo es la «tendencia inmoderada a adquirir, gastar o consumir bienes, no siempre necesarios». Aquí, cabría preguntarse: ¿cómo diferenciar entre consumo moderado e inmoderado? y ¿cómo diferenciar entre bien necesario e innecesario? Estamos ante cuestiones psicológicas, cuya respuesta está en la insondable mente de cada individuo.

Para nosotros «consumismo» es la arbitraria y moralizante acusación de que alguien consume algo en demasía. ¿Y cuánto es demasiado? No hay forma objetiva de saberlo. Consumismo podría ser: poseer más de 1 vehículo, más de 20 pares de zapatos, viajar más de 3 veces al año, fumar más de 20 cigarrillos al día, etc. Todas estas afirmaciones, al igual que las tocantes al «subconsumo» son juicios de valor carentes de interés para la ciencia económica. La respuesta del economista es: cada persona determina en cada momento el dinero dedicado a gasto, ahorro o inversión, y cualquier proporción elegida es aquella que le proporciona una mayor utilidad.

Paternalismo

Los enemigos del consumismo ven al consumidor como un ser indefenso, un alma cándida en manos de hábiles manipuladores. Las prohibiciones y restricciones legales a la publicidad —tabaco, alcohol, fármacos, apuestas— obedecen al afán paternalista de los políticos y son aplaudidas habitualmente por las masas. Ningún bien escapa a esta caza de brujas, por ejemplo, se restringe la publicidad de productos azucarados: bollería industrial, galletas, helados, zumos, etc. El ministro Garzón, refiriéndose a los menores, justifica la regulación así: «Es esencial para protegerlos del bombardeo de productos no saludables».

Recordemos aquí la lamentable afirmación de la ministra Isabel Celaá: «No podemos pensar de ninguna de las maneras que los hijos pertenecen a los padres». «Es falso que la propaganda comercial somete a los consumidores a la voluntad de los anunciantes» (Mises, 2011: 389). La publicidad solo compensa «si la calidad del artículo es tal que no induce al adquirente a dejar de comprarlo en cuanto lo prueba» (Mises, 2011: 388). El consumidor ex ante tiene abundante información (i.e. reseñas en Internet) para tomar una decisión, y lo más importante: ex post puede comprobar por sí mismo la veracidad de un anuncio.

Publicidad ideológica

Tras la acusación de consumismo, con frecuencia, subyacen aviesas ideologías: ecologismo, igualitarismo, anticapitalismo, etc. Tal es su fuerza que encontramos publicidad para consumir menos. La empresa Levi Strauss & Co. mantiene la campaña «Compra mejor, úsalo más» cuya finalidad es reducir el consumo de ropa y contribuir a la sostenibilidad del planeta. Por supuesto, Levi´s no pretende reducir sus ventas, sino atraer a nuevos clientes preocupados por el cambio climático para que elijan sus prendas más duraderas.

Pero la publicidad ideológica es sumamente arriesgada. Gillette, en 2019, lanzó un polémico anuncio de 100 segundos donde aparecían hombres malos y buenos. Los primeros representaban la «masculinidad tóxica»: matones de patio de colegio, acosadores sexuales, etc. El eslogan del anuncio «El mejor hombre que podría ser» refleja bien su cariz moralizante: los hombres «deberían» comportarse mejor y ser menos machistas. Todo un despropósito que ocasionó el boicot de la marca. El intento de ganar clientes alineándose con el feminismo —movimiento #MeToo— supuso a Gillette, solo en el segundo trimestre de 2019, pérdidas de 5.240 millones de dólares.

«Si el producto es gratis, el producto eres tú».

Otra acusación frecuente es que la publicidad cosifica a la persona. La crítica al producto «gratis», sin embargo, no va dirigida a determinados negocios —TV en abierto, radio— que proporcionan contenidos gratuitos y se financian con anuncios. La ira se dirige a empresas tecnológicas —Google, Facebook, Twitter, YouTube— que utilizan datos de los usuarios para fines comerciales.

Se dice, por ejemplo: «En internet pagas con algo mucho mas valioso que tu dinero, tu privacidad». La preferencia revelada por los consumidores nos indica lo contrario: la mayoría valora más el dinero (no pagado) que los posibles inconvenientes derivados del uso de sus datos. En cualquier caso, quienes deseen preservar su intimidad siempre pueden abstenerse de utilizar los servicios gratuitos que ofrece la Red. Paradójicamente, quienes ven oscuras intenciones en las empresas que ofrecen bienes gratuitos, aplauden el «todo gratis» del confiscatorio e inmoral sector público.

Bibliografía

Ley 34/1988, de 11 de noviembre, General de Publicidad.

Mises, L. (2011). La acción humana. Madrid: Unión Editorial.


[1] La distinción entre necesidad y deseo no es nítida y para nuestros fines no es relevante.

Serie ‘El lenguaje económico’

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(XX) Sobre el poder

(XIX) El principio de Peter

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(XVI) Inflación

(XV) Empleo y desempleo

(XIV) Nacionalismo

(XIII) Política

(XII) Riqueza y pobreza

(XI) El comercio

(X) Capitalismo

(IX) Fiscalidad

(VIII) Sobre lo público

(VII) La falacia de la inversión pública

(VI) La sanidad

(V) La biología

(IV) La física

(III) La retórica bélica

(II) Las matemáticas

Análisis coste-beneficio de la publicidad para la sociedad

El de la publicidad es uno de los debates clásicos de la teoría económica. Para mucha gente, la publicidad es un extra-coste de las empresas, que encarece innecesariamente sus productos. Desde el punto de vista del público, es un incordio y poco fiable, y solo algunos anuncios se salvan de la quema principalmente por su valor, digamos, artístico. Pero, pese a todos los males asociados, la publicidad sigue existiendo, y, para desesperación de muchos, consumiendo ingentes cantidades de recursos, que al final tienden a traducirse en mayores precios en los productos. Ello invita a pensar en que algo positivo debe de hacer: ¿cómo sobreviviría si no ante tanta hostilidad?

Un punto de partida puede ser examinar la naturaleza de “extracoste” que supone la publicidad. Esto es preocupante si piensas, como hacen los economistas neoclásicos, que el precio tiende al coste marginal, aunque el problema desaparece si asumes que la publicidad es un coste fijo independiente de la cantidad producida, como puede hacerse con relativa facilidad, pues entonces el coste marginal de la publicidad es cero.

En todo caso, los economistas austriacos sabemos que la relación entre precio y coste es mucho más indirecta, y que en realidad el precio depende del valor y de la escasez de los bienes. De hecho es el precio, procedente de las preferencias expresadas por los compradores mediante las transacciones que llevan a cabo, el que termina fijando los costes (precios de los recursos) necesarios para producir el bien aguas abajo.

Desde esta perspectiva, el coste incurrido en la publicidad, como el de cualquier otro recurso que precise el emprendedor, es irrelevante para la fijación del precio. Otra cosa es si el producto será viable (i.e. rentable) al precio que admiten los clientes, y es en este sentido en que el precio fija el coste de los recursos. En todo caso, el producto solo será viable si su precio permite recuperar todos los recursos invertidos en él, incluida la publicidad, si ésta se ha considerado necesaria por el emprendedor.

Pero, ¿es realmente necesaria la publicidad? Si nos vamos a los modelos que utiliza el economista neoclásico para estudiar cómo se relacionan precios y costes, nos encontraremos con el supuesto de información completa para los participantes en el mercado. Claro, si todos los posibles compradores y vendedores disponen de toda la información sobre todos los productos, no es necesaria la publicidad, cuyo principal propósito es precisamente el de suministrar información. No es de extrañar que los economistas mainstream tiendan a ver la publicidad como un desperdicio social, y que propongan una distinción entre los costes de producción, evidentemente necesarios para que aparezca el producto, y los costes de distribución, un engorro y un desperdicio.

Sin embargo, la realidad es bastante más complicada, y los mercados no son transparentes, ni la gente tiene información instantánea de todo lo que ocurre en ellos, y, aunque la tuviera, como nuestro cerebro sigue siendo limitado pese a los supuestos neoclásicos, no podríamos procesarla en ese tiempo real en que actúan los modelos de estos economistas. Esto tiene una implicación muy clara: no es lo mismo un producto terminado, que un producto terminado conocido por el posible comprador. De hecho, los compradores no pueden comprar productos terminados, solo productos terminados conocidos, porque ¿cómo los van a comprar si no saben de su existencia? Sí, puede sonar a Perogrullo, pero es una perogrullada fundamental para entender por qué la publicidad es necesaria en el mundo real.

Por esta razón, Murray Rothbard desecha por artificial la distinción entre costes de producción y de distribución (1). Todos son igualmente necesarios para conseguir el objetivo del emprendedor, que es la obtención de beneficios de la venta del producto que elabora.

De hecho, la dimensión del “problema” de la información se puede calibrar atendiendo a los presupuestos en publicidad (y, en general, marketing) que tienen las empresas. En muchas de ellas seguramente los gastos de este tipo superan los de producción o adquisición de bienes para reventa (2).

Con esto queda claro que la publicidad supone un beneficio para la sociedad, puesto que da el enorme valor añadido de hacer que el producto sea conocido por el cliente, y posibilita así las transacciones beneficiosas para las partes que las llevan a cabo, y más aún, la creación de riqueza con cada una de dichas transacciones.

Por si acaso el economista neoclásico sigue teniendo dudas sobre el incremento de bienestar social que supone la publicidad, conviene recordar el estudio del economista Lee Benham, llevado a cabo en los 60, y al que llego por la vía del citado libro de Fanego. Resulta que en los EEUU de aquellos años, había estados en que era ilegal anunciar gafas, mientras que en otros se podía. Vamos, el escenario ideal para cualquier economista experimental, en este caso, para comprobar el impacto de la publicidad en los precios de los bienes afectados por esta heterogeneidad.

Dicho y hecho. Nos cuenta Fanego la conclusión: “Sin embargo, en los estados donde la publicidad era legal los precios eran un 20% más bajos“. La cita comienza con “sin embargo”, porque previamente nos ha dicho “Si nos dejamos llevar por el sentido común, podemos pensar que los estados donde la publicidad estaba permitida tendrían precios más altos. Al fin y al cabo, la publicidad es un coste para las empresas. No es descabellado suponer que, si eliminamos un coste, el beneficio se puede trasladar al cliente final. 

Fanego explica el descenso de precios apoyándose en el marco neoclásico: los anuncios introducen mayor transparencia en el mercado lo que lo hace aproximarse más al ideal de competencia perfecta, en el que se reducen los precios hasta los costes marginales.

Yo prefiero la explicación austriaca: en los estados en que se permitía la publicidad, aumentaba la oferta (disminuía la escasez) de gafas conocidas para los clientes, y era esta disminución en la escasez relativa la que provocaba un menor valor del bien y, en consecuencia, un descenso en el precio.

Obsérvese que en el modelo neoclásico no acaba de quedar claro porque una empresa estaría interesada en introducir mayor transparencia en el mercado si eso supone una pérdida de valor de su producto. En cambio, en el modelo austriaco, la publicidad es necesaria para crear el producto vendible, esas gafas conocidas, por lo que la pérdida de valor por aumento en su oferta se produce sobre un producto que vale más que el meramente fabricado, quedando un incremento neto para el emprendedor (y estoy tan seguro de que queda un incremento neto de valor porque, en otro caso, el producto desaparecería del mercado).

En todo caso, concluyo, tanto el análisis teórico como la evidencia empírica parecen soportar sin ambigüedad que la publicidad genera bienestar social, pese a incrementar los costes de las empresas respecto a si solo necesitaran producir el bien para venderlo. Y será así mientras los seres humanos no tengamos infinita capacidad de proceso de la información, aunque ésta esté infinitamente disponible. O sea, mientras sigamos siendo humanos.

(1)  Rothbard cita a Chamberlin (Theory of Monopolistic Competition) como originador de esta idea. He traducido los “selling costs” de Chamberlin como costes de distribución, e incluirían publicidad, gastos de ventas y, en general, marketing. Ver Rothbard M.N. (2004): Man, Economy and State, págs. 736-738.

(2)  A partir de aquí, una línea muy interesante sería debatir sobre lo que ha supuesto Internet para el coste de diseminar y obtener información, pero no es objeto de este artículo. Una buena introducción al mismo puede ser Fanego, I. (2019). A nadie le interesan tus anuncios. Es la lectura de este libro la que ha inspirado el presente artículo.