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Etiqueta: Recursos energía y medio ambiente

Bravo por Gran Canaria

EL presidente del Cabildo de Gran Canaria, José Miguel Bravo de Laguna, ha dicho que con la declaración de Bien de Interés Cultural (BIC) del oasis de Maspalomas no se puede «acusar al Cabildo de Gran Canaria de paralizar» proyectos de inversión en la isla ni de crear «inseguridad jurídica». Además ha afirmado que «la gran vencedora» de esta decisión «es Gran Canaria».

El Sr. Bravo de Laguna, claramente, no es empresario, es decir, no es alguien que arriesga su capital para obtener beneficios empresariales satisfaciendo a la sociedad, sino que es un político que no entiende lo que es complacer a la gente compitiendo en el mercado y asumiendo riesgos. Sólo así se explican sus aseveraciones.

La declaración de BIC del oasis por supuesto que ha frenado y paralizado varios proyectos de inversión, la prueba de ello es que los principales afectados de esta decisión política han decidido llevarse la inversión de casi 50 millones de euros para mejorar el conjunto turístico de la zona a la isla de Tenerife. Además, otras empresas verán demoradas sus inversiones en este ámbito, pues tendrán ahora que pasar por nuevos y tortuosos trámites burocráticos.

Por otro lado, es evidente que la decisión del Cabildo crea inseguridad jurídica, pues el mensaje que se ha mandado a los posibles inversores que pudieran venir a Gran Canaria es que todos aquellos que quieran invertir en la isla tienen que saber que aunque se tramiten sus proyectos dentro de la legalidad, estos pueden ser paralizados, demorados o cambiados por decisiones políticas incentivadas o no por otros empresarios competidores.

Por ello, la protección del entorno del oasis de Maspalomas, que hasta la fecha se ha preservado por sí solo, causará el deterioro de este lugar y la escasez de oferta turística de calidad, pues si algo buscan los empresarios es seguridad jurídica y celeridad en los trámites administrativos. De ahí que la zona haya perdido la posibilidad de contar con un nuevo hotel de cinco estrellas y se haya quedado con uno deteriorado de cuatro.

A todo esto hay que unir otras dos consecuencias terribles de esta decisión política promovida por intereses particulares y apoyada por algunas instituciones que dicen proteger los intereses de Gran Canaria. La primera, que seremos los contribuyentes los que tendremos que pagar la indemnización que recibirá a buen seguro la empresa perjudicada por esta decisión; y la segunda, que tendremos un posible nuevo foco de corrupción en las Islas, pues a buen seguro muchos se verán tentados de pagar o de cobrar para agilizar o permitir los proyectos de la zona.

Por todo ello, Sr. Bravo de Laguna, la gran perdedora es Gran Canaria.

El progre con miedo al progreso

El pasado febrero estrenaron en España la película La Tierra Prometida producida y protagonizada por Matt Damon. La historia cuenta el trabajo de un empleado de Global (una empresa que extrae gas mediante fracking) que va pueblo a pueblo comprando terrenos. Hasta que se encuentra con un lugar diferente, en el que vive un catedrático del MIT jubilado que le estropea el discurso y donde, en torno a ese tema, se desarrolla toda la trama.

Nadie dice toda la verdad

El personaje que interpreta Matt Damon es un buen tipo, una persona sincera, que no engaña, simplemente es buen vendedor, pero es honesto, trabajador y listo. Muy bien interpretado por Damon, que con camisa de cuadros y las botas del abuelo pasa por un joven criado en ambiente rural que ha estudiado y disfruta de la actividad de la vida urbana.

Hay varias luces en la película y todo un repertorio de sombras, de aspectos sesgados, que inducen al espectador a volver al terruño y quemar las ciudades. El tema central es la mentira. El que miente es el bad guy, el que dice la verdad es el nice guy. Matt Damon se pasa media película repitiéndole a la chica que él es una buena persona. Y queda demostrado cuando se descubre que él es otro pobre infeliz engañado. Pero la realidad es que mentir, nos mienten o, en el mejor de los casos, no nos cuentan lo que no conviene. Los gobiernos, las grandes empresas, los bancos, los partidos políticos… y los propios ciudadanos, también lo hacemos.

En la película, solamente hay una parte que engaña: los malos, es decir, la empresa de fracking. Ese es el primer sesgo.

Pero pasa casi desapercibido el hecho de que la solución, el camino "correcto", consiste en seguir manteniendo una agricultura deficitaria a golpe de subvención a costa del trabajo del resto de la población, sin mirar lo que cuesta al ciudadano no agricultor ganar cada dólar. Es decir, se fomenta vivir a costa de los demás, eso sí, manteniendo la tradición del viejo granero del abuelo, las cosas de toda la vida, que despiertan los sentimientos más puros, en mí la primera, de cuidar la herencia de tus mayores, pero encierra un mensaje subliminal peligroso.

El inmovilismo y el miedo al progreso

Cuidar lo que nuestros mayores han sacado adelante no significa mantener un negocio deficitario ni una forma de vida que se extingue, a toda costa. Tenemos una responsabilidad con nuestros descendientes. Y el mismo empeño que pusieron quienes nos precedieron en dejarnos un mundo mejor es el que deberíamos poner nosotros. Porque esa es la herencia: ofrecer un mundo mejor, con más posibilidades de salir adelante de manera independiente, no mantener lo que hay sobre las espaldas de nadie.

Si nos trasladamos al origen del ferrocarril y aplicamos el mensaje de la película de Damon, seguiríamos viajando en automóvil y, si somos puristas, en diligencia. Porque ese "caballo de hierro" era peligroso. Hubo ingenieros que aseguraron que era nocivo para el viajero ir en un medio de transporte que alcanzaba tal velocidad. Por no hablar de las tierras ocupadas, las granjas desaparecidas, el cambio en el paisaje… el progreso, a fin de cuentas.

Las minas, los pozos de petróleo, las placas solares (que emplean plata y necesitan una actividad extractiva que altera el medio)… en general, todas las industrias energéticas, suponen una alteración del entorno, de la vida de quienes viven en él, es una cirugía invasiva en toda regla.

No se cuenta en la película cuáles son los beneficios para todos los ciudadanos de tener una energía limpia y barata. Solamente se exponen los riesgos. El catedrático del MIT no afirma que el fracking es como una bomba nuclear, sino que tiene problemas y que no es seguro al cien por cien. La vida tampoco lo es.

El miedo bloquea las soluciones

Pero la realidad nos muestra que no queremos vivir consumiendo menos energía. Los ciudadanos, con sus elecciones, compras, formas de vida, imponemos un consumo determinado. Esos son los datos de partida del problema. ¿Cómo se soluciona de la mejor manera posible?

Elijamos el menor de los males e invirtamos en la solución de los problemas, que sin duda, como todo avance, implica. No se avanza sobre seguro. Es ley de vida. Cada elección tiene un coste de oportunidad e implica un riesgo. Y en el caso de fracking y de las demás fuentes de energía no es diferente. Por supuesto, la magnitud del estropicio es mayor en la elección de una u otra apuesta energética que en la elección de un corte de pelo. Por eso es tan importante decir toda la verdad, sin sesgos.

Y, finalmente, parece que nadie se hace la gran pregunta: ¿a quién no le conviene que triunfe lo nuevo? A los que sacan dinero con lo viejo. En este caso, las petroleras, las empresas subvencionadas por el Estado, es decir, las renovables, y aquellas grandes empresas asociadas a los gobiernos que viven de esto. El dilema se plantea ahora por la asfixia presupuestaria que empuja a los gobiernos, al estadounidense también, a reducir la gigantesca factura energética. Se acaba el dinero, hay que despertar el ingenio, y los viejos modos han de dejar sitio a los nuevos. En este sentido, el fracking es el futuro. O volvamos al caballo.

Sin conciencia verde

No hace mucho encontré en la prensa nacional una noticia devastadora: nuestra conciencia ecológica está por los suelos. Sí, es duro, pero la crisis no pasa en balde y las preocupaciones de los ciudadanos de a pie, ésos que pagan impuestos y mantienen el Estado de Bienestar en actitud derrochadora, se han ido por otros derroteros. El medio ambiente les importa, de pronto, una higa. O menos. Según el CIS, ese organismo sociológico-estatal que tanto nos cuesta y tanto disgustos nos da, la conciencia ecológica del entrevistado medio ha retrocedido y pasado del puesto 15 en 2005 al puesto 28 en la actualidad.

Sí, sí, lo reconozco, el puesto décimo quinto en plena burbuja financiero-inmobiliaria-estatal no es mucha cosa, teniendo en cuenta lo que le sirvió al Gobierno del ínclito José Luis Rodríguez Zapatero para justificar sus políticas medioambientales y energéticas, pero es lo que había, y el vigésimo octavo es lo que hay ahora: en ambos casos, un tanto penoso. Este dato da, desde luego, para una pequeña reflexión sobre la conciencia ecológica de la gente.

El ecologismo vende, y vende mucho. Es posiblemente una de las ideologías anticapitalistas que más usan el marketing, herramienta básicamente capitalista, para ampliar horizontes e ingresos. Y lo hace muy bien, no puedo negarlo, siempre despertando nuestros sentimientos y miedos. Pero vende cuando hay dinero de sobra y podemos dedicar unas perrillas a alguna causa perdida, como la de la ballena gris, la del camachuelo trompetero o incluso la del mutante e inexistente pez de tres ojos del ecosistema de Garoña (Ecologistas en Acción dixit). Sin embargo, cuando el hambre aprieta, ni camachuelos, ni ba-llenas, ni vacías; el dinero se dedica a las necesidades más básicas, la de la comida, el refugio y el vestido, y al gorrión no le quedan ni las migas del bocata del mediodía. Somos así de egoístas, ¡qué le vamos a hacer!

Al mundo de las ONG también ha llegado la crisis y ha llegado, como a todo hijo de vecino, con un descenso de sus ingresos. Bueno, hijo de vecino no ligado a la corrupción política, porque a esos sí que puede que les hayan salido unas cuentas en Suiza o en las Caimán, como a otros sabañones. En la segunda quincena de julio de 2012, nos desayunábamos con la noticia de que nuestros amigos de Greenpeace las estaban pasando canutas y se vieron obligados a hacer un ERE de tres pares de pingüinos, dejando en la calle, y sin calefacción, a 16 colaboradores de ésos que cobran, no de los que colaboran sin ánimo de lucro. Vale, que 16 no son muchos, pero que fastidia comportarse como una vulgar institución capitalista. Y eso que en España la ONG cuenta con 100.000 socios, que ya podían haberse rascado el bolsillo…

¿Tenemos una amplia conciencia ecológica o es más bien una moda, como la de llevar rastas, pantalones pitillo o comprar bolsos falsos de Gucci? Pues estos datos apuntan hacia lo segundo para una gran mayoría de "concienciados". El problema de las políticas medioambientales a la vieja usanza es que nos están saliendo muy caras, incluso cuando la burbuja que las ha alimentado y financiado durante años ha desaparecido, explotando y llevándose por delante buena parte de la economía española, aunque la pública se resiste como si en ello le fuera la vida.

El gobierno socialista de ZP inició una serie de políticas medioambientales y energéticas moralmente justificadas en las tesis ecologistas, pese a que este tema estaba por detrás de otros catorce a los que podía haber prestado más atención, y esas medidas son unas de las que actualmente nos están dañando la cartera, el riñón, el otro riñón y posiblemente el hígado. Desde las primas a las renovables, que es una especie agujero negro que se traga nuestros impuestos (7.416,97 millones de primas al llamado Régimen Especial en 2012 según datos de la CNE), pasando por la burla de las desaladoras que no funcionan ni tienen visos de hacerlo algún día, hasta las iniciativas medioambientales del Plan E y todo el dinero que, además, han gastado Comunidades Autónomas y Ayuntamientos en temas similares.

Y como la cosa podía empeorar, el gobierno popular de Rajoy sigue una línea similar, no quizá tan derrochona como la de su predecesor, porque no hay tanto dinero, pero sí manteniendo en la medida de lo posible los desmanes del socialista. Sin ir más lejos, el Ayuntamiento de Madrid ha anunciado que cobrará más a los coches más antiguos al aparcar en zona SER, asegurando que contaminan más. Supongo que un Audi comprado ahora con un motor de 8 litros es "eco" y no contamina nada. La familia que tiene problemas para llevar los garbanzos al plato todos los días y no puede cambiar el coche debe de estar dando saltos de alegría con Ana Botella y sus ocurrencias.

Puede que lo que haya pasado es que el ciudadano se haya dado cuenta de que la conciencia ecologista es realmente un sacacuartos que ayuda a unos pocos, porque corruptos hay en la Administración, en las empresas que trabajan con ella y, desde luego, en las organizaciones solidarias y supuestamente bienintencionadas que viven del presupuesto y de los favores de los administradores. Que el camachuelo puede tener un ecosistema en perfecto estado de revista, pero eso no tiene que pasar por alimentar a un montón de rastafaris de salón, dedo inquisidor y dictador interior.

Y mientras este tipo de gente siga mandando sobre la ciencia y la ecología, no confundir con ecologismo, mientras esta gente siga diciendo o sugiriendo qué es moral o inmoral, el medio ambiente estará fastidiado porque no se someterá a un proceso de mercado que determine las mejores formas de conservarlo, empezando, quizá, por la propiedad privada.

Cuando el dueño de la comida es el Estado

Quien vivió antes de 1959 en Cuba tuvo la fortuna de encontrarse entre los pueblos mejor alimentados de América. Existía una industria alimenticia con un desarrollo tecnológico acorde a la época. Durante la revolución castrista todos los recursos productivos privados pasaron a ser públicos. El Estado se erigió en proveedor exclusivo y garante subsidiador de todos los servicios esenciales de la población, entre ellos, el abastecimiento alimentario. Echó a andar el laboratorio caribeño para deleite de muchos colectivistas dentro y fuera de la isla.

Se implantó un férreo sistema estatal de producción y distribución de alimentos. Se eliminaron de golpe los mecanismos del libre mercado que habían existido hasta entonces en Cuba. La asignación de los derechos de propiedad y las vitales señales de los precios se esfumaron. En marzo de 1962, en consecuencia, se estableció una libreta de abastecimiento alimentario para cada persona. Mediante las Oficinas municipales de Control y Distribución de Alimentos (OFICODA) se pretendió poner orden desde arriba al reparto igualitario de alimentos entre toda la población, evitando que nadie quedara sin su alimento básico. Intuitivamente y a primera vista, parecía impecable.

Se puso en práctica la añorada idea progresista de una renta básica (en este caso, en especie) a todo ciudadano por el mero hecho de serlo. Para un cubano, el estar inscrito en el Registro de Consumidores de su correspondiente OFICODA y contar con su libreta era y es más importante que cualquier otra cosa. Sin ella, uno no dispone de su canasta alimenticia, no puede trasladarse de localidad, no puede obtener su documento de identidad, no tiene acceso al suministro energético; en suma, no existe para la autoridad. Con la excusa de que el Estado te da de comer, te somete a su dictado. Así de sencillo.

Las ansias de justicia social desde el poder cubano eran infinitas. En ese contexto, se instauraron también los comedores públicos gratuitos en los centros de trabajo, en los colegios y en los hospitales, de tal forma que todos los trabajadores, obreros, estudiantes y enfermos tuvieran asegurada una comida diaria proporcionada por el papá Estado. Ese paternalismo primario y supuestamente benevolente ejercido por un gobierno centralizado tuvo secuelas muy graves.

Con el paso de los años la tozuda realidad demostró que tan eximios ideales se basaban en premisas insostenibles que condujeron, además, a resultados indeseados. Lo más destacable fue que en Cuba la productividad retrocedió en los sectores agrícola, pecuario y pesquero (en un país rodeado de mar) llevándole a una dependencia casi total de las importaciones de bienes de consumo. Asimismo dicho sistema de distribución colectivizada se fue degradando progresivamente al eliminar de la libreta cada vez más productos, así como al mermar su calidad. Dicho mecanismo de asignación centralizada fomentó también casi desde su inicio el desvío de alimentos para uso y beneficio propio de la clase dirigente donde la corrupción en todos sus niveles era (es) la norma. Pero la consecuencia más letal para la sociedad fue que condicionó las mentes y los esfuerzos de, al menos, tres generaciones de cubanos indefensos que han crecido dentro del régimen de distribución normada, creando sin pretenderlo un verdadero ejército de gente desmotivada y adicta al subsidio masivo de alimentos.

A inicios de los años 90 la URSS se desmoronó como un soufflé (papá Fidel dixit) y con ella también las ayudas que recibía Cuba de su socio privilegiado. Casi un 35% de su PIB se contrajo abruptamente. Las autoridades cubanas, presas del pánico, decretaron el llamado periodo especial en tiempos de paz. Su sola mención produce incluso hoy día gran angustia al cubano medio que lo padeció en carne propia, pues el grado de desabastecimiento de energía, suministros y víveres fue realmente atroz. Empezaron entonces las huidas desesperadas de los precarios balseros hacia costas extranjeras en busca de una mejor esperanza de vida. También se multiplicaron dentro del país las jineteras.

A partir de 1993 el poder central cubano, para evitar la explosión social, hubo de hacer varias concesiones a su sufrida sociedad civil: introdujo la despenalización de la tenencia de divisas (básicamente dólar americano), para después, en 1994, sustituirlo por su equivalente peso convertible (CUC), el llamado chavito, con el que poder adquirir apreciadísimos productos básicos importados en la red de tiendas dolarizadas. Con ello se instauró un sistema bimonetario pero con un férreo control cambiario oficial para seguir beneficiándose la élite política de la existencia de una doble economía. Por último, se autorizaron también a regañadientes modestos empleos por cuenta propia y la vuelta de los llamados agromercados campesinos -regidos por la oferta y demanda- con el reconocimiento incluido de la denostada figura del intermediario para aliviar la pésima calidad de vida y mejorar un poco las carencias nutricionales entre la población. Colaboración público/privada al estilo cubano.

Años más tarde, al convertirse Hugo Chávez en presidente de Venezuela, ideó su caro proyecto de Socialismo del siglo XXI y, con él, volvieron de nuevo las ayudas económicas a la isla y su insostenible tinglado de economía planificada. Fue el salvavidas de un sistema casi asfixiado por carecer de incentivos adecuados para la acción humana y, por tanto, ser incapaz de sustentarse por sí mismo.

Hace tiempo que la libreta de abastecimiento cubana se transformó en una especie de cartilla de racionamiento empleada por otros países en tiempos de guerra o de emergencias nacionales de manera provisional. Tal fue el caso de España tras la guerra civil o los países occidentales después de la 2ª Guerra Mundial. También Israel la padeció en sus duros comienzos como nación. Incluso los propios países socialistas de la Europa del Este la eliminaron a mitad de la década de los años 50. Vietnam la abandonó a finales de la década de los 80. China, con sus más de 1.340 millones de habitantes, no padece racionamiento alguno. Ninguna nación del mundo, salvo Cuba, ha mantenido algo semejante de forma tan prolongada: casi 51 años. Es como si la sociedad cubana hubiera vivido en situación de guerra más de medio siglo. El manido embargo de EEUU no es pretexto válido para mantener por tanto tiempo dicho sistema de privación porque siempre se pudo comerciar con el resto de países del planeta (a diferencia de lo que ocurre en auténticos escenarios bélicos o posbélicos).

Además, lo ofrecido mensualmente por la libreta sólo alcanza actualmente para alimentar a su portador unos doce días como mucho, teniendo que acudir a los llamados agromercados o bien a los arreglos voluntarios del mercado negro para complementar su necesaria dieta para sobrevivir.

Sólo la clase gobernante o aquellos que tienen la fortuna de recibir dólares de sus familiares en el exterior o tienen contacto con el turismo pueden sustraerse holgadamente a la escasez generalizada de allá de hace décadas. Las desigualdades entre el poder adquisitivo de los que tienen o no chavitos son muy significativas. Justamente por ese tipo de desigualdades hirientes se produjo la revolución…

Hoy la comida ofrecida en los comedores públicos, al tiempo que ha ido perdiendo calidad y variedad -siendo su ingesta un verdadero suplicio para el paladar- supone una pesada carga para las arcas públicas. En un intento por introducir cierta racionalidad económica y por reducir los montos de la comida robada en las empresas gestionadas por el Estado, Raúl Castro propuso a través del lema “Ahorro o muerte” su eliminación y reemplazo por dinero. Hasta la fecha, dicha medida sólo ha sido aplicada en unos pocos ministerios. También informó el hermanísimo que en un futuro otorgarían la libreta sólo a los más necesitados. Era tarde: la estructura productiva del país estaba ya gravemente descoordinada. A resultas de ello, la comida se ha convertido en una verdadera obsesión nacional.

El sistema estatista de producción y distribución alimentaria en Cuba es un gran fiasco. Los ideales han hecho mucho daño al socializarse. Ahora toca desmontarlos. Hablan de alcanzar el contradictorio “socialismo de mercado”. Un editorial del Granma aconsejó incluso acabar con el llamado síndrome del pichón, ya que muchos cubanos esperaban que el Estado les diera de comer en la boca. Lamentable.

El problema es que al pichón no se le ha dado durante muchos años ni libertad, ni oportunidades para procurarse alimento por sí mismo. Mientras la casta política de la isla siga acaparando las principales actividades económicas del país, no permita que se liberen las fuerzas productivas de la nación mediante el emprendimiento creativo y la competencia, no levante la prohibición de pescar a los particulares, tipifique como delito el sacrificar una res sin autorización del Estado; en definitiva, mientras cualquier actividad empresarial privada siga sojuzgada e intensamente mediatizada, las palabras de dicho periódico oficial son un insulto al pueblo cubano. Revelan a las claras que estamos ante una maquinaria represiva al servicio exclusivo del partido único que intenta parchear lo insalvable a costa de desparramar penuria y privaciones a todo aquello que somete.

Cuando el Estado se dedica a funciones empresariales que no le son propias, surgen siempre y en todo lugar problemas de eficiencia, de control de costes y de incentivos. Los dirigentes cubanos no asumen ni en sus sueños más audaces que el Estado está –en todo caso- para controlar los excesos, no para controlar en exceso a la sociedad civil, motor y sustento de cualquier nación próspera y civilizada.

El nefasto legado petrolero de Chávez

Cuando Chávez llegó al poder en 1999 Venezuela era el tercer productor de la OPEP por detrás de Arabia Saudita e Irán, y el quinto del mundo a no mucha distancia de Rusia y Estados Unidos, que no forman parte del cártel petrolífero. Hoy, tras catorce años de chavismo, es el decimosegundo. Ya no sólo le superan países como Arabia, EEUU o Rusia. En 2012 los 2.375.000 barriles extraídos en Venezuela eran ya muchos menos que los 4.252.000 de Irán, los 3.483.000 de Canadá, los 2.983.000 de México o los 2.458.000 de Nigeria.

Hasta del minúsculo Kuwait, un país cincuenta veces más pequeño que Venezuela, se extrajo el año pasado más petróleo que de los pozos venezolanos. Ante un descenso tan drástico en la producción podría argüírse que Venezuela alcanzó en torno al año 2000 el denominado “peak oil”, a partir del cual la producción desciende lentamente. Pero no, las reservas probadas de Venezuela son las mayores del mundo. Mayores incluso que las de Arabia Saudita, a quien suele considerarse la mayor reserva de crudo del planeta..

Y no porque lo diga Chávez, que hace dos años anunció ufano al mundo las extraordinarias reservas petrolíferas del país. Expertos del US Geological Survey han estimado que solo de la faja de Orinoco se pueden llegar a recuperar hasta 652.000 millones de barriles en los próximos años. Los ingenieros de BP han calculado, además, que extraer este petróleo no convencional será dos tercios menos costoso que en Canadá, país que ha disparado su producción petrolera en los últimos años.

Un 30% menos de producción y un 40% más de consumo

A pesar de todo la realidad es que Venezuela extrae un 30% menos petróleo que cuando Chávez llegó al poder. Y no sólo eso. La economía venezolana ha multiplicado por dos su consumo en los últimos quince años, de 490.000 barriles al día a los 850.000 actuales. El diferencial se ha dejado de exportar, y la venta de crudo es casi el único sostén económico del país a estas alturas. De la exportación de petróleo Venezuela obtiene el 95% de sus divisas y el Gobierno de Chávez el 40% de sus ingresos.

Pero curiosamente las exportaciones han descendido incluso más que la producción, un 40% entre 1998 y 2012. Venezuela se ha visto obligada durante la era Chávez a comprar gasolina y otros productos refinados en el extranjero. El pasado mes de septiembre los incidentes en las refinerías de El Palito y Amuay llevaron esas importaciones a récords históricos. Los accidentes en las instalaciones petroleras venezolanas son cada vez más habituales debido a la falta de mantenimiento y al descuido generalizado, fruto de las improvisaciones y de la politización creciente del sector.

La petrolera nacional, PDVSA, es un órgano más del Gobierno dependiente del Ministerio del Poder Popular de Petróleo y Minería. PDVSA está gestionada por políticos afines a Chávez cuyos intereses son exclusivamente políticos. No es casualidad que Asdrúbal Chávez, primo del presidente, haya hecho una exitosa carrera en la petrolera estatal. En 2004 fue nombrado director ejecutivo de comercio y suministro, al año siguiente fue colocado en la Junta Directiva de PDVSA y desde 2007 ejerce de vicepresidente de refinación.

Se da la circunstancia, además, que EEUU cada vez importa menos petróleo venezolano. Si en 1998 el 17% del petróleo importado era de origen venezolano, en 2009 ya solo era el 9,6%. Un porcentaje que promete seguir cayendo ya que EEUU ha sustituido gran parte de sus importaciones con producción propia y con importaciones en países más cercanos como Canadá.

Las exportaciones venezolanas van cada vez menos a Norteamérica y más a los países del Caribe. En 2005 Hugo Chávez anunció la iniciativa de constituir una alianza de países caribeños centrada en la compra por parte de éstos de crudo venezolano en condiciones preferentes. La iniciativa dio paso a la organización Petrocaribe, de la que actualmente forman parte Nicaragua, Honduras, Cuba, Haití, Guatemala y las Antillas menores.

Petrocaribe es un proyecto ideológico. Así lo reconoció la propia PDVSA en su informe de gestión de 2011, donde se consignaba que la empresa busca “Estados que comparten una misma visión del ejercicio de la soberanía”. Y el Gobierno de Chávez no se ha quedado en simples intenciones, sino que ha pasado a los hechos siempre que ha sido necesario. En 2009, cuando el presidente hondureño Manuel Zelaya, afín al régimen venezolano, fue derrocado por el presidente del Congreso, Roberto Micheletti, Chávez anunció por televisión desde su programa "Aló Presidente" que interrumpía en el acto los envíos de petróleo a Honduras a modo de castigo.

El problema es que la ideología sale cara en términos económicos, y Venezuela no está para muchas alegrías. A día de hoy el 16% de las exportaciones de petróleo venezolano van dirigidas a estos países del Caribe, que disponen de unas condiciones muy ventajosas de pago, tales como financiación hasta 25 años y un año y medio de mora. 

Mala gestión y subsidios

¿A qué se debe que Venezuela produzca cada vez menos y consuma más? El aumento en el consumo no significa que la economía venezolana haya ido a mejor en estos años. Venezuela ha crecido muy modestamente a pesar de disponer de una riqueza natural que lleva más de diez años cotizando al alza. Los venezolanos consumen más pero no tanto porque sus industrias demanden más energía como por los ubicuos subsidios. Venezuela tiene, por ejemplo, la gasolina más barata del planeta.

En agosto de 2012 un galón de gasolina (3,7 litros) costaba 9 centavos de dólar (6 céntimos de euro). Barato incluso si lo comparamos con Arabia Saudita, donde el galón sale por 61 centavos (45 céntimos). La gasolina que compran los venezolanos no sale tan barata de las refinerías, es el Gobierno quien la pone a ese precio subsidiando generosamente el precio final.

De la bajada de la producción los especialistas culpan al desastre de gestión de la empresa petrolera nacional PDVSA y a la desconfianza, ya crónica, de las empresas extranjeras a invertir en Venezuela. La república caribeña es uno de los países del mundo que más trabas pone a los inversores foráneos. En el informe del Banco Mundial "Doing Business 2013" Venezuela ocupa el puesto 180 de 185 naciones sometidas a escrutinio. Sólo hay cinco países donde invertir es más complicado: la República Democrática del Congo, Eritrea, la República del Congo, Chad y la República Centroafricana.

El régimen ha nacionalizado todo el sector, que ha incurrido en multitud de ineficiencias operativas. En Venezuela la industria petrolera no tiene como función ganar dinero tanto como servir de caja registradora a otras actividades del Gobierno. Los programas asistenciales del chavismo y, sobre todo, las continuas compras de armas que ha realizado Chávez en estos años se han cargado en la factura petrolera.
 

Una década de petróleo barato

Lejos están ya los tiempos en los que el barril de petróleo Texas se vendía a casi 150 dólares. El 14 de julio de 2008 el barril alcanzó su máximo histórico situando el precio del crudo WTI en unos insoportables 145,1 dólares por barril. A partir de ese momento el precio del crudo empezó a descender, primero tímidamente y, a raíz de la quiebra de Lehman Brothers y el posterior derrumbe bursátil, de un modo radical.

Seis meses más tarde, en enero de 2009 el barril había bajado hasta el umbral de los 40 dólares. El respiro duró poco. El petróleo volvió a subir, aunque no de manera tan pronunciada. Desde hace tres años el precio del barril de referencia en Estados Unidos se sitúa en la franja comprendida entre los 80 y los 100 dólares. Ahora bien, todo indica que, conforme avance la presente década el precio del petróleo irá descendiendo paulatinamente.

Una perspectiva que comparten casi todos los especialistas en esta materia prima.

EEUU, más petróleo que nunca

El primero de los indicadores que invitan al optimismo es la producción en Estados Unidos, que no hace sino aumentar desde años. Las nuevas reservas descubiertas y, sobre todo, tecnologías de extracción como la fracturación hidráulica que hace veinte años eran impensables, van a convertir al gigante americano en un país autosuficiente desde un punto de vista energético en cuestión de pocos años. Los expertos creen que, para 2020, esta autosuficiencia petrolera se habrá alcanzado.

No es un trecho demasiado largo el que le separa de este autoabastecimiento. En 2012 Estados Unidos extrajo el 83% del petróleo que consumió, un porcentaje de autosuficiencia petrolera que no se daba desde hace más de 20 años. Si la producción sigue aumentando a este ritmo, dentro de sólo siete años Estados Unidos extraerá de la tierra más crudo que Arabia Saudí. Las implicaciones globales de esto último son de primera magnitud.

Si la economía norteamericana no necesita importar petróleo de Oriente Medio el equilibrio de poder en la región se alterará sustancialmente en tanto que el papel de Washington tenderá a disminuir. Eso significa menos intervenciones militares y, por ende, menos gasto. El coste de la guerra de Irak desde 2003 supera ya a los 800.000 millones de dólares, una cantidad que aumenta cada día y pasa a engrosar la billonaria deuda pública americana.

La producción mundial aumenta

El aumento en la producción de crudo de Estados Unidos contribuye al que se registra a nivel mundial cada año. Desde 2010 se extrae más petróleo cada año. En 2011 se extrajeron más de 72 millones de barriles al día frente a los 66 millones y medio que se extrajeron en 2001. Para 2020 se calcula que se extraerán 110 millones de barriles diarios, justo el doble que en 1987. Que cada vez se extraiga más petróleo no debería ser noticia. La industria petrolera gana en eficiencia cada año y la carestía de la última década ha provocado que se saque más petróleo que nunca.

Entre 1991 y 2011 la producción de petróleo mundial aumentó un 21%. Lo que también ha crecido, y mucho, es su consumo en ese mismo periodo, básicamente por la incorporación de China al mercado mundial y el espectacular crecimiento de economías que permanecían estancadas como la de la India.

China ralentiza su economía… y su consumo

Y es aquí donde entra la segunda parte de la ecuación. El gigante asiático ha pasado de consumir unos dos millones de barriles al día en 1990 a consumir más de nueve millones en 2011, un incremento del 350%.

¿Puede mantenerse este incremento indefinidamente? Definitivamente no. Los especialistas creen que China demandará menos materias primas en los próximos diez años. El FMI, sin ir más lejos, es de la opinión que las sobreinversiones chinas en infraestructuras e inmuebles tocarán a su fin más pronto que tarde. A fin de cuentas no se puede levantar una ciudad nueva todos los años simplemente porque llega un momento en que nadie la demanda.

En los últimos diez años las autoridades chinas han potenciado un modelo de crecimiento basado en el desarrollismo a gran escala. El país se ha llenado de autopistas, ferrocarriles, puentes, presas, puertos, centrales eléctricas y un largo etcétera de infraestructuras que, una vez terminadas, no exigen nuevas y costosas inversiones. La nueva China, por resumirlo de un modo sencillo, estará “concluida” durante esta década.

El Gobierno puede seguir alentando la construcción de nuevas infraestructuras y de nuevos barrios residenciales plagados de rascacielos en sus gigantescas ciudades, pero entonces tendrá que sufrir en carne propia la ley de los rendimientos decrecientes. El coste de cada nueva infraestructura tenderá a ser mayor que el beneficio que de ella se obtenga.

China seguirá creciendo, eso es prácticamente seguro, pero de otro modo necesariamente menos intenso en consumo de materias primas. Eso es una buena noticia para todos. Para los chinos porque entrarán en una fase de desarrollo más sofisticada, y para el resto del mundo porque la energía barata es un requisito imprescindible para que la alicaída e hiperendeudada economía mundial termine levantando el vuelo tras varios años de incertidumbre.

Los miserables rurales (II)

La reforma agraria ha sido interpretada por políticos e historiadores como uno de los elementos indispensables para modernizar economías rurales, donde la propiedad de la tierra se distribuía entre pocas manos, y los campesinos apenas alcanzaban con su trabajo el nivel de subsistencia. Sucedió en España, Rusia, Japón, Sudamérica, Zimbabwe, y otros muchos países caracterizados todos por una desigual, tardía o insuficiente industrialización de su economía. Pero en vez de ver este último elemento como el factor fundamental, y a partir de él, hallar las barreras y fuentes de descoordinación social, el pensamiento dominante ha entendido que la causa, o al menos una de las causas principales, radicaba en la singular distribución de la tierra y la eficiencia productiva del campo. Latifundistas, iglesia, manos muertas o nobleza, como sinónimo de atraso y explotación de millones de individuos. El Estado dio con a quién expoliar, y en base a qué justificación o teoría hacerlo, siempre en beneficio de los más débiles y oprimidos, merced de amedrentar a los más poderosos… Esta idea, que como eslogan y propósito encontró adeptos y no pocos pensadores capaces de desarrollarla con rigor y sobrada argumentación, responde a una falsedad derivada de un análisis pobre e incompleto de cuáles son los fenómenos que impiden a las naciones desarrollarse.

Lo cierto es que la debilidad industrial de una nación, ligada a que su agro permanezca atrasado, no deriva exclusivamente de la distribución de la propiedad de la tierra. Son las ciudades y no el campo donde debemos poner nuestra atención.

Las monarquías se financiaban con cargo a la hacienda y derechos del Rey. Siendo insuficiente esta fuente de ingresos, se avanzó extendiendo las contribuciones procedentes de las ciudades. Iglesia y nobleza no tributaban, o no lo hacían de modo directo o significativo, razón que empujó al Estado moderno a poner su punto de mira en las ciudades, que acabaron siendo las únicas convocadas cuando se demandaban nuevos y mayores tributos. Al mismo tiempo, las ciudades, que empezaron a rivalizar con el campo como principal fuente de riqueza, y que eran ya centros de innovación y conocimiento, se convirtieron además en las grandes perjudicadas por las políticas de gasto desaforado emprendidas por sus reyes. Inflación y otros impuestos unidos a regulación, aranceles, barreras comerciales. En definitiva, una política mercantilista que asfixiaba, limitaba e incluso impedía crecer a las ciudades.

Para habitar un núcleo urbano de tamaño considerable, resulta condición indispensable tener oficio, y beneficio, distinto al estrictamente rural. Sin que estas ocupaciones demanden nuevos trabajadores, resulta obvio que el campo siga siendo el lugar donde más individuos habiten. Si las ciudades no atraen a los campesinos, difícilmente saldrán beneficiados aquellos que sí decidan permanecer en sus tradicionales ocupaciones agrarias. Los salarios del campo crecerán en la medida que la mano de obra se desplace a las ciudades, y quien emplee a su cargo jornaleros y campesinos no tenga más opción que subirles el salario para retenerlos a su lado. Eso, o invertir en bienes de capital que sustituyan a los antiguos labradores… A partir de aquí la tendencia es a que las ciudades crezcan, y con ellas la industria, incluida aquella dedicada a mejorar la producción agraria, la distribución de alimentos, su conservación y mejora de calidad. Tales inversiones no siempre resultan adecuadamente incorporadas, o quedan fuera del alcance de antiguos propietarios que se ven superados por los tiempos. Es ahí cuando comenzará una desamortización espontánea, con ventas, reagrupaciones o creación de organizaciones productivas mucho más eficientes. El resultado no ha de ser necesariamente la extensión del minifundio, sino en general, el desarrollo del medio rural en términos de eficiencia y mejora de las condiciones de vida de los que en él trabajen.

Todo ello nos lleva a la siguiente conclusión: la reforma no ha de estar orientada al campo (aunque existan situaciones que sí demanden cierto impulso), sino que debe centrarse en liberalizar el comercio urbano, bajar impuestos y no manipular instituciones como el dinero o el Derecho. De ese modo, no hará falta que se emprenda una revisión completa de la propiedad de la tierra, mediante desamortizaciones expropiatorias o la experimentación colectivista.

La experiencia nos demuestra que éste ha sido el discurrir en las naciones que más pronto han logrado alcanzar altas cotas de industrialización, prosperidad y complejidad social. De hecho, justamente en esas naciones, ha sido mucho más evidente la reacción de los antiguos privilegiados y terratenientes, enfrentados a los rigores de un mercado que les privaba de manera espontánea de esa mano de obra barata que antes prestaba sus servicios a cambio de salarios de miseria. Tuvieron que afrontar también ellos el empuje de la libertad. Trataron entonces de dramatizar la imagen del obrero, cuya vida se tachaba de miserable en comparación con el campesino feliz, de corte medieval, nutrido y con tiempo libre. Mentiras que demuestran que la mejor reforma agraria ha sido la que surge del empuje urbano y el capitalismo.

@JCHerran


Este comentario parte de varias reflexiones del autor sobre los miserables (ver I).

El drama de la agricultura española

 Como cada cuatro o cinco años, la agricultura europea cobra gran protagonismo. Cuando llega el momento de negociar los presupuestos de la UE, todo el mundo vuelve a prestar atención a la Política Agraria Común (PAC), una partida que se lleva más del 40% del Presupuesto comunitario pero que, pese a todo, no consigue reanimar el sector.

Los políticos europeos han conseguido una proeza casi inigualable. Tras varias décadas de ayudas constantes al campo, no sólo no han logrado mejorar la situación de los agricultores, sino que incluso están empezando a dañar su imagen. Casi todo el mundo siente una simpatía instintiva por el sector primario. Se sabe que es un trabajo complicado, y quien más quien menos tiene un pueblo, un abuelo que era agricultor o un recuerdo de las vacaciones de infancia en el campo.

Pues bien, incluso así, empieza a extenderse en amplios sectores de la sociedad la injusta caricatura del agricultor subvencionado, que sestea mientras sus cultivos se echan a perder, con el convencimiento de que cobrará la correspondiente ayuda europea. Cualquiera que conozca el sector sabe que no sólo es una fotografía que no se corresponde con la realidad, sino que el campo sigue siendo una de las profesiones más duras, inciertas y arriesgadas que existen.

¿Cómo un sector de pequeños empresarios, en el que casi no existe la empresa pública, ha acabado siendo el paradigma de la intervención política? Sólo la burocracia bruselense con toda su potencia de fuegopodía conseguir semejante hazaña: empobrecer al campo y, al mismo tiempo, destrozar la imagen de los agricultores.

Lo que se ve y lo que no se ve

En realidad, el campo europeo es como un náufrago que tiene una cuerda atada a los tobillos de la que cuelga una enorme piedra. Mientras bracea para tratar de sacar la cabeza de debajo del agua, le lanzan un pequeño salvavidas desde un barco cercano. No le servirá para llegar a la costa, pero retrasará el inevitable hundimiento.

El observador poco atento verá el flotador (la PAC y otras ayudas similares), pero le será más difícil advertir lo que queda por debajo de la superficie, esa enorme losa de regulaciones, normas ambientales, requerimientos sanitariosderechos de los animales, restricciones a la innovación con transgénicos, exigencias burocráticas… No existe en este momento en Europa ningún sector económico que tenga que hacer frente a tal número de trabas, dictadas por el mismo poder político que luego se pone medallas cuando llega el momento de repartir las subvenciones.

Y cuanto más al sur y al este, más ayudas públicas, menos competencia y menos eficiencia. Así, en España, apenas el 4,5% de los propietarios agrícolas tiene menos de 35 años, frente a un 36,6% de mayores de 65. El campo envejece a ojos vistas y, mientras los jóvenes abandonan los pueblos, se prueban las mismas recetas que llevan años fracasando: proteccionismo, subvenciones, mucha regulación y poca libertad económica.

Cooperativas y cadena alimentaria

En el ámbito español, Miguel Arias Cañete presentó hace un mes las dos normas fundamentales del Gobierno en lo que respecta al sector agrícola: la ley de fomento de la integración de cooperativas y la ley de mejora de la cadena de valor.

Por un lado, el ministro de Agricultura quiere intervenir en el mercado regulando las relaciones entre productores, intermediarios y mayoristas. Con la lucha contra las malvadas superficies por bandera, se introducen límites a las transacciones libremente acordadas. El resultado será el previsible: los grandes distribuidores, aquellos que tienen la capacidad para hacerlo, buscarán proveedores fuera de España o encarecerán los productos para mantener sus márgenes. Habrá que ver entonces cómo el Ejecutivo de turno se saca de la manga una nueva ley sobre la cadena alimentaria… y vuelve a echar la culpa de todo a los malvados intermediarios.

Sin embargo, en lo que respecta a la otra ley, la de cooperativas, sí que podríamos estar ante un importante avance. El futuro del campo europeo está en la integración, que llevará aparejada la modernización de muchos de sus procesos, el ahorro en la gestión y un mayor poder de negociación dentro del mercado. Juan Ramón Rallo abogaba hace unos años por los cárteles de agricultores. Hasta ahora, en España era muy complicado crear grandes cooperativas, especialmente por una legislación autonómica miope que premiaba los grupos intrarregionales mientras ponía todo tipo de trabas a los grandes conglomerados nacionales.

Holanda o Nueva Zelanda

De esta manera, mientras nuestra primera cooperativa (Coren) no llega a los 1.000 millones de facturación, en Holanda las dos mayores,Friesland-Campina y Vion, tienen unos ingresos anuales conjuntos de 18.000 millones. No es difícil imaginar cómo se gestionan estas compañías, cuál es su poder de negociación con los distribuidores y hasta dónde llega su capacidad para gastar en investigación o en abrir nuevos canales de comercialización.

El mejor ejemplo que podría encontrar Arias Cañete no está cerca, pero sí lleva tiempo en funcionamiento. En los años 80, Nueva Zelanda era un país de agricultores envejecidos y maltratados por el poder político. Ante una crisis que amenazaba una de las patas de su economía, el Gobierno liberalizó el sector. Treinta años después, es unejemplo de integración en el mercado global, de creación de empleo y de mejora de la productividad.

Mientras tanto, miles de agricultores españoles trabajan de sol a sol sin conseguir que todo ese esfuerzo dé los frutos deseados. Desde las tribunas liberales, han sido muchos los que han criticado la PAC, una de las peores iniciativas que jamás haya puesto en marcha la UE. La sensación es que ninguna subvención sacará del problema a este sector. Pero tampoco sería justo quedarse en la superficie. Por debajo permanece una pesada losa que amenaza con arrastrar el campo europeo al fondo del mar. 

La politización de la dieta

Finalizada la Guerra Fría, David Kritchevsky llegó a afirmar que "en América no tememos más a Dios o a los comunistas, tememos a la grasa". Pocas frases podían resumir mejor la nueva ideología nutricional que Estados Unidos había exportado a todo Occidente y que en aquellos años 80 alcanzó sus momentos más álgidos. Fue, en pocas palabras, la grasofóbica ideología del bajo en grasa y alto en carbohidratos que pervive hasta nuestros días y que, por otra parte, no es muy complejo desmontar simplemente recurriendo a datos históricos. ¿Cómo puede tal pensamiento nutricional funcionar si desde principios de los 70 hasta el 2000 los norteamericanos han pasado de consumir de un 40% a un 34% de sus calorías como grasa y aun así han engordado? Los británicos son otro ejemplo tanto o más pronunciado de la misma tendencia. Si acudimos de nuevo a las cifras históricas, resulta innegable que de la mano de un aumento de la obesidad ha habido un creciente consumo de carbohidratos mucho antes que de grasa saturada.

Pero ¿cómo se llegó hasta ahí? Que la verdad de ayer es el tabú de hoy parece francamente cierto hablando de nutrición, en tanto en pocas décadas se pasó de recomendar grasa saturada a criticarla abiertamente. Como en tantos otros problemas sociales, el rol del Estado, de la clase política, resulta imprescindible para entender su génesis. Si en los 50 y 60 se produjo la mayor conflagración científica nunca habida a cuenta de la dieta entre los críticos de la grasa (Ancel Keys) y los críticos de los carbohidratos (Ahrens, Peters, Cleave), en los 70 llegó aquella clase política y gubernamental para dirimir, a su manera, como de costumbre ignorante, la cuestión. Es lo que podría denominarse la ciencia y la verdad por decreto, gubernamental por supuesto.

En concreto, me refiero al Comité McGovern, creado en 1968 en el Senado norteamericano con el propósito original de combatir la desnutrición. Entrando en los años 70, observaron que combatir la desnutrición en EEUU tenía cada vez menos sentido pero ¿qué caracteriza a una agencia, comité o programa gubernamental o político? En efecto, no desaparecer una vez creado. Así, aquel Comité McGovern se reinventó a sí mismo con tal, como es de nuevo típico, de aparentar que su burocracia servía para algo. De ese modo, de la noche a la mañana, y sin que nadie pareciera inmutarse ante tal acrobacia, el Comité McGovern pasó de estudiar la desnutrición a estudiar el exceso de nutrición o, dicho claramente, la obesidad y sus implicaciones de salud, particularmente en el ámbito cardiovascular.

Lo que hasta entonces era sólo una hipótesis, y duramente combatida por aguerridos científicos –la de que la grasa, sobre todo la saturada, entrañaba problemas metabólicos y cardiovasculares-, se convirtió en dogma por la gloria y gracia de George McGovern, senador demócrata reconvertido en presunto salvador nutricional. Podría resultar un chiste si no fuera verdad, pero lo cierto es que por qué McGovern desde el comienzo tuvo un sesgo favorable hacia las dietas bajas y muy bajas en grasas y abundantes en carbohidratos no fue fruto de ningún conocimiento nutricional o científico, pues de hecho el pobre George ni siquiera era muy consciente del debate científico que desde al menos los 50 había desatado la cuestión. Se debió simplemente a que McGovern se había enrolado tiempo atrás en la dieta de Nathan Pritikin, que exige la eliminación de grasa junto con ejercicio. Y aunque la acabó dejando, le marcó para siempre como si aquello hubiera sido un mensaje revelado.

El fruto más evidente, a la par que definitivo, de aquel Comité fue la publicación en 1977 de los Objetivos Dietéticos para Estados Unidos, para un grasofóbico poco menos que como la Biblia para un cristiano. Y aunque importantes organismos norteamericanos fueron más que escépticos (particularmente la Academia Nacional de Ciencias y su Comité de Nutrición, cuyo presidente, experto en metabolismo, consideraba ‘absurdos’ aquellos Objetivos Dietéticos), el mensaje de que había que reducir casi a cualquier precio la grasa de la dieta fue lo que prevaleció para los medios y, por supuesto, para el público. Con gran bombo y platillo, se anunció una "revolución en la dieta de nuestro país". Exactamente dijo tal cosa Nick Mottern, quien fue el redactor final de aquellos Objetivos Dietéticos, y si piensas que tampoco tenía mucha idea de nutrición ni de ciencia, estarás en lo correcto. Simplemente se sentía honrado de participar en una causa algo así como equiparable al final de la esclavitud en el XIX o los Derechos Civiles de los años 60; intuía que era algo noble por lo que había que luchar.

Tercera en discordia fue Carol Tucker Foreman, activista no casualmente nombrada Secretaria asistente de Agricultura de 1977 a 1981 y cuya misión fue actuar como brazo ejecutor de aquellos Objetivos Dietéticos. Comprometida ciega con la causa, tampoco su ceguera le dejó ver controversia científica alguna: había que luchar sin cuartel contra la grasa en la dieta. Ningún desperdicio tiene la lista de clientes de la compañía para hacer lobby que posteriormente fundó: Foreman & Heidepriem. Entre ellos estaban por ejemplo la tabacalera por antonomasia Philip Morris, el rey del cereal transgénico a nivel mundial Monsanto, o el inefable primer comercializador de grasas hidrogenadas Procter & Gamble. "Come menos grasa. Vive más tiempo", fue una de las muchas ocurrencias políticas en forma de eslóganes oficiales.

Si además tenemos en cuenta que años antes, en la era de Nixon, el Secretario de Agricultura Earl Butz inició las políticas de subvención masiva del maíz, la soja y el trigo, no hace falta ser muy agudo para concluir que sin la inestimable participación del Gobierno –el de EEUU y el de todos los demás países siguiendo, de una u otra manera, el mantra grasofóbico- no habríamos llegado a la actual epidemia de enfermedades en gran parte generada por las montañas de carbohidratos y aceites vegetales inflamatorios (de soja, maíz y girasol) que engullimos.

El Gobierno o Estado, lejos de la inmaculada y novelesca visión de Rousseau y su ‘contrato social’, tiene su origen en bandas de saqueadores que lograron, finalmente, monopolizar un territorio dado, tal como explica el economista Mancur Olson. El Estado, en su más íntimo origen, es una institución de depredación. Pero ¿cuál es el interés del Estado en promover una dieta agrícola sobre una ganadera? El antropólogo y politólogo James Scott, de la Universidad de Yale, en su obra El Arte de No Ser Gobernado expone por ejemplo que cuando los saqueadores invadían territorios, los habitantes intentaban refugiarse en las montañas.

¿Adónde quiero llegar? Tomando la explicación de Olson, que habla de saqueadores estacionarios –no en continuo movimiento o nómadas- como origen del Estado y la idea de Scott de los que huyen de tales saqueadores (antecesores del Gobierno), es preferible a la hora de ejecutar controles un sistema social adherido a la tierra (dieta agrícola) que un sistema más disperso y que otorga mayor movimiento y libertad como la ganadería. Pongamos un ejemplo mucho más contundente. Como el propio Scott explica, ¿por qué tantos gobernantes en Asia forzaron la sustitución del cultivo de tubérculos por el de arroz? Por el mero hecho de hacer más rígidos los controles de la sociedad y sus individuos, pues es mucho más complicado poner impuestos a plantas que crecen bajo el suelo y que se cultivan en distintas épocas, frente al arroz que es visible para fiscalizar y controlar y se cultiva en una específica época.

Nada ocurre por casualidad, y mucho menos en el mundo de la política y el Gobierno. Es posible que hasta que no asumamos que el Gobierno o Estado (junto con todo su entramado de instituciones bancarias y otras privilegiadas) es una entidad de agresión, depredación y compulsión, no recuperemos un mundo en paz, una economía próspera, una educación libre y de calidad y, por supuesto, una dieta saludable basada en la tradición, no en la dictadura político-nutricional de turno.

Así, seguir la que denomino una paleodieta antiinflamatoria es un acto doblemente revolucionario. Es una rebelión contra las enfermedades de hoy y mañana, y una rebelión contra los Gobiernos de siempre.

@AdolfoDLozano /david_europa@hotmail.com

El Gobierno contra la leche de verdad

Consumir hoy leche cruda, o pretenderlo, es más que políticamente incorrecto. Es, incluso, políticamente ilegal. Sin embargo, era el tipo de leche que antaño todo el mundo consumía, creyéndolo un gran alimento nutritivo por ejemplo para los niños. No resulta casualidad que la creciente persecución política de la leche cruda desde el siglo XIX haya unido a liberales y libertarios en la defensa de este alimento frente a los ataques gubernamentales. Pero ¿es segura y aun preferible la leche cruda a la pasteurizada? Empecemos por el principio.

Y el principio de todo probablemente se remonta a la Guerra de 1812 entre Gran Bretaña y EEUU, cuando los americanos perdieron su aprovisionamiento de whisky de las indias británicas. Esto provocó que todas las ciudades americanas fueran instalando destilerías para obtener alcohol de los cereales. Una curiosa pero dramática consecuencia fue que, debido a que estas destilerías solían estar cercanas al ganado bovino, las vacas acababan bebiendo y consumiendo productos de desecho de estas destilerías. Éstas fueron cada vez más confinadas en espacios cerrados, las condiciones de higiene se descuidaron y, en suma, la calidad de la leche cayó en picado.

En el siglo XIX fueron dos las teorías competitivas que, centradas en las infecciones, surgieron para explicar la enfermedad. Por un lado la de Claude Bernard del milieu interieur, que postulaba que un sistema inmunitario robusto era capaz de vencer las infecciones. Por el contrario, Louis Pasteur, con su teoría de los gérmenes, fue el padre de la farmacología antibiótica, ya que creía que había de destruir todos los patógenos. Como puede deducirse, las teorías de Pasteur, que no las de Bernard, apoyaban fervientemente la pasteurización de la leche.

A finales del siglo XIX, la contienda entre la leche cruda frente a la pasteurizada se personalizaba en dos figuras en EEUU. El Dr Henry Coit, que creía que las condiciones higiénicas debían tener algún control y las vacas debían seguir una dieta natural con pastos. Coit inició el movimiento por la leche cruda. En el otro bando, Nathan Strauss, hombre de negocios, se involucró tanto en la causa de la pasteurización que llegó a venderla por debajo de su coste para convencer al público, aunque llegó a admitir que no era necesaria si las condiciones higiénicas en el proceso eran óptimas.

A comienzos del siglo XX, Charles North, que gozaba de una gran elocuencia, se dedicó a viajar a pequeños pueblos norteamericanos diciendo que en el pueblo de al lado estaban muriendo por infecciones debido a la leche cruda. Todo esto en realidad era mentira, y es que North tenía un poderoso incentivo para cautivar al público en pro de la pasteurización. Y es que en 1907 había patentado la primera máquina para pasteurizar.

Tras la Segunda Mundial en Occidente, y en concreto desde 1948 en EEUU, se comenzó a perseguir políticamente la leche cruda. Uno de los muchos desencadenantes definitivos del predatorio cerco gubernamental sobre la leche cruda fue un artículo de 1945 del Dr Robert Harris titulado "La leche cruda puede matarte", donde se narraba cómo una de cada cuatro personas en la población americana de Crossroads había sido víctima de brucelosis y fiebres debido a la leche cruda. Más tarde, su autor llegó a reconocer que había inventado la historia. Y éste fue el principio de una larga, muy larga, historia de mentiras. Una fuerte epidemia infecciosa en mayo de 1983 en Pennsylvania fue achacada oficialmente a la leche cruda, aunque el Centro de Control de Enfermedades de EEUU invalidó esta hipótesis tras analizar múltiples muestras de leche cruda en ese estado. En 2006, Organic Pastures, una empresa de leche cruda californiana fue acusada en 2006 de causa una epidemia de E. coli. Tras cientos de tests en sus instalaciones y productos, no se encontró un solo patógeno. Tampoco se ha encontrado nada anómalo en las decenas de millones de productos de leche cruda que lleva vendidos.

Está científicamente demostrado que la leche cruda mejora la intolerancia a la lactosa (la pasteurización destruye las enzimas digestivas que contiene la leche), previene el desarrollo de asma y alergias, es mucho más rica en hierro, cobre, manganeso y yodo que la pasteurizada, así como en biodisponibilidad de vitaminas C, ácido fólico o vitamina B6, entre otras. La diferencia nutricional entre la leche cruda y pasteurizada (y uperisada) es abrumadora, como mostré en mi blog. Todo ello es negado o ignorado a día de hoy por la FDA americana. Entre 1984 y 1985, 18 muertes y miles de infecciones debido a la salmonella tuvieron lugar en EEUU. ¿La causa? La leche pasteurizada. En 2007, la leche pasteurizada causó en Massachusetts 3 muertes por listeria. Los medios ignoraron convenientemente la historia.

Robert LeFevre decía que el gobierno es una enfermedad enmascarada como su propia cura. En todo su negro historial, lo que ha demostrado es ser un mentiroso matasanos. Engánchate a la salud, la libertad y la vida. Desengánchate del gobierno.