Ir al contenido principal

Etiqueta: Recursos energía y medio ambiente

Otra de gambas

La vida marina en las zonas costeras está corriendo un grave riesgo nos advierte el periódico El Mundo. Pero esta vez el culpable no es el cambio climático, ni la sobreexplotación de las pesquerías, ni siquiera la especulación urbanística que degrada las costas…esta vez los culpables son los antidepresivos.

Según un estudio de la prestigiosa Universidad de Porstmouth, la concentración de antidepresivos en las zonas costeras está alterando el comportamiento de las gambas, las cuales, normalmente tímidas y retraídas, sometidas a la influencia de dichos fármacos, cambian su comportamiento y se vuelven alegres y confiadas, nadando hacia la luz donde son fácil presa de peces y aves. Según los autores del estudio, este comportamiento desinhibido está alterando la cadena trófica y sus consecuencias son imprevisibles pero, sin duda, dramáticas.

Una vez más vemos como el ser humano, la civilización occidental, las grandes corporaciones farmacéuticas, más preocupadas por sus beneficios que por la salud del planeta, ponen en riesgo el delicado equilibrio de la madre tierra.

Pero repasemos un poco las conclusiones de dicho estudio. Sin pararnos a analizar la situación del becario que quería ser Costeau y que ha acabado midiendo el grado de atracción hacia la luz de gambas con antidepresivos vs gambas con placebo, el estudio saca la siguiente conclusión: “En presencia de dichos compuestos las gambas son hasta cinco veces mas propensas a nadar hacia la luz”

Realmente, el informe nos deja un poco a medias. ¿Son todas las gambas cinco veces más propensas? ¿Algunas gambas sólo son dos veces más propensas? ¿Hay gambas, las más introvertidas, cuya respuesta a los antidepresivos les haga salir de su tristeza habitual, pero no lleguen a ir nadando alegremente hacia la luz y hacia una muerte segura?

Es evidente que según el estudio, se estaría produciendo una selección, en la cual, las gambas más extrovertidas, al reforzar su alegría natural y su tendencia hacia la luz, caerían víctimas de los depredadores, mientras que aquellos crustáceos más tristones seguirían vivos, y, a pesar de que les cuesta relacionarse, sí trasmitirán sus genes a la siguiente generación.

En un proceso análogo al de la polilla del abedul (Bison Betularia) que durante la Revolución Industrial cambio su color dominante del blanco al negro para poder camuflarse en los árboles llenos de hollín, las gambas extrovertidas serán sustituidas por las introvertidas.

Pero sigamos, pues el estudio artículo carece de una visión global, limitándose solo a las gambas  Por ejemplo, ¿Qué pasa con los peces y las aves que se comen a las gambas desinhibidas? ¿Cambian también su comportamiento? Las merluzas, normalmente acostumbradas a nadar en bancos compactos, ¿empiezan a ir por libre? Los lenguados ¿abandonan sus escondites bajo la arena y se dedican a remolonear entre dos aguas?

Si subimos en la cadena trófica, y en un proceso similar a la famosa acumulación del DDT en los tejidos de los predadores, las antidepresivos también se acumulan, ¿qué pasaría con los delfines, ya de por sí alegres y desinhibidos?

Finalmente, en el vértice de la pirámide ¿Cómo afecta esto al consumo humano? Efectivamente, tomarse una de gambas con una caña en una terracita tiene un indudable valor antidepresivo pero no creo que se deba a los altos índices de serotonina presentes en los crustáceos.

Respecto a otros miembros del ecosistema, también sometidos a la presencia de dichas sustancia, las interrogantes se mantienen. ¿Cómo afectarían los antidepresivos a otros seres vivos? ¿Dejarían las ostras de ser tan aburridas? ¿Cambiarían los cangrejos su estilo de locomoción de adelante a atrás por de atrás a adelante? ¿Las quisquillas dejarán de ser tan quisquillosas? En resumen, ¿se está convirtiendo el lecho marino en una especie de episodio de Bob Esponja con la fauna desquiciada?

Sinceramente, creo que no: creo que estamos ante el típico estudio en el cual las conclusiones ya estaban concebidas a priori, en el cual se buscaban unos datos, en este caso el  “incremento de la  propensión de las gambas a ir hacia la luz”, para, una vez más, agitar la bandera del desastre ecológico, lo que sin duda es mucho más efectista y rentable (léase subvenciones) que no hacerlo.

Sin duda, un modelo de estudio y de conclusiones, así como de tratamiento periodístico que sabe perfectamente lo que esta buscando…Un modelo que sin duda tiene su máximo exponente actual en la calentología, pero que tiene raíces profundas en otros campos como por ejemplo en la antropología racial del S XIX y en los trabajos de Samuel GeorgeMorton , un modelo en el cual ya sabemos lo que vamos a encontrar y como utilizarlo.

Deprimente…

Destruccionismo a toda costa

En las últimas tres décadas el destruccionismo ha encontrado un perfecto caldo de cultivo en el movimiento radical ecologista que considera el progreso humano y al propio ser humano como el principal problema ambiental. Desde las propuestas de crisis económicas inducidas (denominadas por ellos mismo políticas de "crecimiento cero") hasta las políticas misantrópicas que promueven la reducción del tamaño de la población con medidas "aparentemente brutales", el movimiento ecologista se ha destacado por luchar contra el ser humano y la mejora de su medio ambiente al tiempo que lanza campañas de marketing en las que se presenta como un movimiento redentor.

En este contexto hay que enmarcar el nuevo informe de Greenpeace en el que la organización se muestra molesto con que el 44% de la población española viva en municipios costeros. A Greenpeace no le gusta que vivamos cerca del mar. Claro que tampoco le gusta que vivamos en las montañas ni cerca de parajes naturales de ningún tipo. Es evidente que a la organización ecologista lo que le gustaría es decirnos dónde y cómo podemos vivir, algo que ya hacen en alguna medida prohibiendo la urbanización de grandes extensiones del territorio y presionando para prohibir multitud de actividades, productos y servicios, así como obligándonos a consumir otros que no nos interesan.

En este nuevo panfleto de la organización también descubrimos que a los guerreros verdes no le gusta el turismo porque habitualmente está relacionado con estancias cerca del litoral y porque, según ellos, tiene una escasa rentabilidad. ¿De qué quieren que vivamos entonces en España? Quizá piense que era mejor dedicarse a la agricultura biológica o a otras actividades subvencionadas. Pero para que vivamos de cuentos verdes alguien tendrá que subvencionarnos con el fruto de producir cosas que la gente quiera realmente. ¿Quién será? No queda claro porque el destruccionismo sólo se ocupa de eso, de destruir a base de prohibiciones lo que funciona sin necesidad de coacción y de prometer un mundo mejor diseñado por un grupo de sabios verdes. No les importa que los españoles hayan preferido la rentabilidad del turismo, por baja que pueda ser su rentabilidad en algunos casos, a sus alternativas ecologistas.

También les molesta que el 60% de las playas estén en entornos urbanizados. Parece que el hecho de que las playas estén a mano y puedan ser disfrutadas por los seres humanos supone un problema para estos autoproclamados defensores del medio ambiente.

La manía de alejar al ser humano de la costa ha echado raíces en los partidos políticos españoles. Hace cinco años la entonces ministra de Medio Ambiente Cristina Narbona ya emprendió una campaña en contra de la mala costumbre de los españoles de querer vivir cerca de la costa y de las playas. Sus discursos coincidieron con la compra de Zapatero de un chalecito a pie de playa en Almería. También en el PP se relacionan de forma extraña con la costa. El ex ministro de Medio Ambiente Jaume Matas disfrutó de su gran casa delante el mar y con una piscina en zona marítimo terrestre mientras su Ministerio se dedicaba a expropiar a quienes disfrutaban de la costa de forma similar.

Dios los cría y ellos se juntan. Políticos y ecologistas radicales intentan gobernar nuestras vidas a toda costa y forman actualmente la coalición destruccionista más peligrosa para la libertad individual.

A perro flauta todo son pulgas

Esto, después de un invierno de chuzos de punta, una primavera de truenos y pantanos hasta los topes, desaguando alegres desde el Ter hasta el Guadalfeo, que es un río granadino al que no le hace justicia el nombre. Los del lugar se quejan, con razón, de que así no hay quien viva, que esto no es plan, que para ver llover no hacía falta tomar medidas tan urgentes, ni firmar protocolos de Kioto, ni observatorios sobre el cambio climático ni nada de nada.

Han bastado nueve meses para que la pamema del calentamiento global, ese edificio construido con esfuerzo, dedicación y toneladas de dinero ajeno se venga abajo. Al final, el tiempo ha hecho lo que lleva eones haciendo: ir a lo suyo, especialmente en España, donde el clima a es tan caótico y caprichoso como el carnavalesco espíritu de sus habitantes. Los difusores de la trola, milenaristas de nuestro tiempo, llevan una década tocando la flauta, con o sin su perro reglamentario, con tal acierto que los socialistas de todos los partidos bailan embobados la tonadilla. Y lo seguirán haciendo aunque ya con menos ritmo y convicción, porque resulta que el fin del mundo nos ha concedido una prórroga.

Por si lo del clima no fuese suficiente, este año trae un regalo envenado para los apóstoles de la falacia insostenible del desarrollo sostenible. Ha quedado claro que no se puede gastar lo que no se tiene, y que poner a una cuadrilla de albañiles a pavimentar aceras que estaban como nuevas no es generar riqueza, sino destruirla. Con las reservas de grasa consumidas, el perro, la flauta y el amo empiezan a advertir que no hay de dónde sacar. La tozuda realidad amarga el sueño de los asaltantes de nuestra cartera que, por un momento, se creyeron tomando el Palacio de Invierno a lomos de un Audi A8 tuneado como aquel que Benach se puso para pasearse por Reus. 

Sin más Apocalipsis que la presupuestaria, hasta Obama, la gran esperanza negra en la que cifraban la salvación de su tontería congénita, les ha fallado. Al del teleprompter le sale todo mal. Le han quitado su Blackberry y la derechona le monta manifas que, casi, casi, se diría que son antifas. El aborrecido ejército yanqui sigue en Irak y en Afganistán; Guantánamo, por su parte, sigue abierto porque los prisioneros yemeníes prefieren quedarse allí que ser trasladados a un penal de Illinois. Ese otro mundo posible ha terminado siendo demasiado parecido al imposible de los bushes y los aznares al que, con bongo y flauta pero sin perro, atacaban sin piedad hace sólo cinco años. Una eternidad.

¡Por fin el clima está cambiando!

El cambio al que me refiero es el del clima del debate científico sobre el cambio climático. La confirmación de esta realidad que flotaba en el ambiente desde el estallido del Climategate se ha producido durante la Cuarta Conferencia Internacional sobre Cambio Climático organizada por el Heartland Institute (y copatrocinada por el Instituto Juan de Mariana) entre el 16 y el 18 de mayo en Chicago.

Esta cumbre climática es considerada la cumbre de los académicos escépticos sobre las teorías catastrofistas del calentamiento global del planeta debido a las emisiones humanas de CO2. La mayoría de los más de 70 científicos y economistas que participaron en esta conferencia prefieren el calificativo de "realistas" frente a lo que consideran el alarmismo de Naciones Unidas y su Panel Intergubernamental de Cambio Climático.

La conferencia de Heartland tiene otras dos características. Por un lado se trata de una cumbre no-gubernamental y por el otro no había tenido hasta ahora la participación de científicos que crean fervientemente en la teoría de un peligroso calentamiento global provocado por el hombre. Desde que tuviera lugar la primera edición de esta conferencia, la organización ha invitado a los científicos más destacados del lado alarmista y a personalidades como Al Gore o al también Premio Nobel y secretario de estado de Energía, Steven Chu. La respuesta siempre había sido la misma: silencio y desprecio.

Sin embargo, en esta cuarta edición un pequeño grupo de científicos que creen en la teoría del calentamiento global antropogénigo aceptaron la invitación. Uno de ellos, Scott Denning, tuvo la valentía de preparar una presentación en la que apuntaba al CO2 como el responsable del calentamiento global en contra de la opinión de una marea de científicos que asistieron al evento desde todos los continentes. Por primera vez en mucho tiempo se pudo asistir a un debate serio entre científicos de primer nivel que se respetan desde sus contrapuestas visiones de esta compleja materia.

La ponencia de Denning, que llevaba por título La conexión entre el dióxido de carbono y el cambio climático, contrastaba fuertemente con las otras dos de su panel a cargo de dos importantes climatólogos como son William Gray y Howard Hayden, que defendieron respectivamente "la aplastante preponderancia del cambio climático natural sobre cualquier cosa que pueda provocar el incremento del CO2" y "la existencia de un techo a la sensibilidad climática que desmiente la mayoría de las tesis y pronósticos catastrofistas".

Lo que se vivió en Chicago fue el principio del restablecimiento de un clima científico que llevaba años anulado por culpa de la nefasta influencia del activismo ecologista y de la (agenda) política sobre el debate científico y económico relativo al cambio climático. El público agradeció calurosamente la presencia de Denning y participó activamente en un interesante y respetuoso debate, dejando en evidencia una vez más la macabra acusación de negacionismo fabricado por el movimiento radical ecologista y seguido por la prensa amarilla (incluida casi toda la española).

Scott Denning, por su parte, solicitó una segunda oportunidad para hablar al público que le fue concedida por la organización durante el acto de clausura. Sus palabras comenzaron con un agradecimiento a los responsables de la conferencia por haberle invitado y continuó afirmando que tenía "que decir que he aprendido mucho aquí" y continuó afirmando que sentía realmente que era una gran pena que tantos miembros de la comunidad científica no hubieran aceptado la invitación ni lo hayan hecho en el pasado. El climatólogo de la Universidad de Colorado concluyó deseando que esta situación cambie en el futuro y aseguró estar convencido, tras escuchar a los científicos críticos, que "es mucho más lo que tenemos en común que lo que nos diferencia".

Si escuchar a los científicos escépticos con el alarmismo fue importante para Denning, no menos fue para el resto de los asistentes escuchar las teorías de Denning y verle debatir con sus críticos. Las corrientes científicas aisladas tienden a la endogamia y a defender la validez de teorías débiles. Esto ha ocurrido de manera notoria entre los científicos oficialistas y llegó a su clímax en el Climate Research Unit de la Universidad de East Anglia. Pero en alguna medida ocurre también entre los académicos a los que suele calificarse de escépticos. Por eso, la asistencia de Scott Denning a la Cuarta Conferencia Internacional sobre Cambio Climático ha supuesto todo un cambio climático.

Los que no cambian son los grandes medios y agencias de prensa españoles que fueron invitados por la organización pero declinaron cubrir el acto e incluso contestaron despectivamente a la organización. Quizá algún día el cambio del clima científico termine desecando su demanda de noticias científicas por parte del público.

Gabriel Calzada Álvarez es doctor en Economía y presidente del Instituto Juan de Mariana

El dinero verde

Durante los años que llevo como miembro del Instituto Juan de Mariana hay dos bromas recurrentes respecto a la financiación del Instituto. Una, que nos financia la CIA. Incluso encontré un foro en el que un alma cándida (e ignorante) aseguraba que brindábamos con champán que se derramaba sobre la costosa moqueta financiada por la CIA. ¡Qué buenos momentos nos ha hecho pasar ese comentario a quienes conocemos la sede del IJM!

La otra broma era que nos financiaba Exxon. Y dejó de serlo cuando algún panfleto gubernamental la utilizó en serio para desprestigiar al IJM y restar credibilidad al estudio sobre los empleos verdes que dio tanto de que hablar el año pasado.

El viernes pasado, en el breve discurso que pronunció durante la Cena de la Libertad, Gabriel Calzada, presidente del Instituto, volvió a recordar cómo un periodista de Público fue a la sede de Exxon (en Texas) para comprobar si el Instituto Juan de Mariana estaba financiado por dicha empresa. Pues no. Se tuvo que volver con las manos vacías. No obstante, el que Exxon financiara algunas instituciones estadounidenses simpatizantes del IJM ha servido para que la campaña contra nosotros siguiera adelante. Hasta hoy.

Pero si utilizamos la lógica de estos acreditados periodistas que tanta inquina nos tienen nos encontramos con resultados sorprendentes. El blog Desde el Exilio ha publicado una entrada desvelando quiénes financian a la organización ecologista más importante del mundo: Greenpeace. Esta institución a la que pertenecen personajes como Ban Ki Moon, U2, Daryl Hannah o Emma Watson. Esta organización que proclama su independencia financiera respecto a empresas, partidos y gobiernos, y que se permite financiar la compra de terrenos adyacentes a Heathrow, con la ayuda de ilustres preocupados por la Tierra y el clima, como Emma Thompson, para evitar su ampliación; que dispone de una flotilla de barcos, con el Rainbow Warrior a la cabeza… estos luchadores verdes están financiados por ¡Exxon!

Sí, entre otros. Tal y como Hurssel (quien firma la entrada en Desde el Exilio) resalta, además de la Fundación Rockefeller (alma de la Standard Oil y Exxon), está la General Motors, el magnate de la comunicación Ted Turner y la fundación de los Getty (fundador de Getty Oil, hoy en manos de Luckoil).

Desde marzo del 2009, cuando se publicó el informe sobre empleos verdes, Greenpeace se ha empleado a fondo tratando por todos los medios de desprestigiar el estudio, al Instituto, a su presidente… a pesar de que cada vez, una tras otra, Gabriel Calzada ha respondido a las embestidas de los que llama ecolojetas. La última a finales de abril, cuando López Uralde “y sus mariachis” (como dice Gabriel) convocaron una rueda de prensa para vilipendiarnos de nuevo. No tengo nada que añadir a lo que ya escribió Calzada en Libertad Digital.

Sí, me parece relevante traer a colación que quienes están financiados por petroleras son ellos, Greenpeace, y por tanto, todas sus acciones, embustes, contrainformes, y condenas están contaminados por los intereses creados de grandes multinacionales que harían lo que fuera por evitar la competencia y sacarle las entrañas al bolsillo del ciudadano (a través del Estado o de alguno de sus tentáculos). No es raro, con esta información en mente, que hasta hace poco en la página de Greenpeace internacional se instara a los incautos buenistas verdes a que compraran en BP. Es coherente con sus intereses reales pero ocultos.

Tampoco extraña que un miembro del gobierno de Zapatero, la Directora General de Cambio Climático, Teresa Ribera, escribiera una carta (una de las esgrimidas por Greenpeace como arma arrojadiza) denostando el famoso “informe Calzada”. Pero siendo que esa señora y esa Dirección General están financiadas por todos los españoles, dada la necesidad de reducir el gasto público de la economía española y dado el escándalo “climático” y la financiación sesgada de la organización Greenpeace, no estaría mal que esta señora dimitiera, que se suprimiera esta Dirección General o ambas cosas a un tiempo. Salimos todos ganando.

Paremos el vulcanismo

Con los volcanes pasa lo mismo que con el clima, hacen lo que les viene en gana sin importarles demasiado que estemos o no aquí. Sin previo aviso, entran en erupción y de dos humaradas derriten un glaciar y cortan el tráfico aéreo de media Europa, recordándonos de paso que seguimos siendo una apacible Pompeya que vive, risueña y despreocupada, reclinada en sus laderas.

Lo del Eyjafjallajökull, que es como se llama el de Islandia y que, de no pasar lo que ha pasado todos hubiéramos muerto sin saber de su existencia, nos devuelve a nuestra insignificante condición humana. Lo que no deja de tener su gracia después de que nos hayamos auto adjudicado las culpas de todo lo (malo) que pasa en el planeta y sus aledaños galácticos.

La naturaleza va a su aire y nos ignora. Lo hizo antes de que llegásemos y lo seguirá haciendo cuando nos hayamos ido. Tiene su propia agenda, que unas veces nos es propicia y otras, las más, abiertamente hostil. Exceptuando una detonación masiva de todas las bombas nucleares que hay en el mundo, cualquier cosa que podamos hacer los humanos apenas roza la epidermis del planeta. Y si nos diese por la idiotez de volar por los aires todo el arsenal atómico, la Tierra terminaría por volver a la normalidad tras un leve estornudo en forma de invierno nuclear que quizá extinguiese a nuestra especie, pero no a todas las formas de vida.  

No es una hipótesis, cosas así ya han sucedido en el pasado y volverán a suceder en el futuro, y no precisamente porque algún trastornado apriete el botón rojo, sino porque las llanuras interestelares están hasta arriba de asteroides que, de tanto en tanto, se estampan de lleno contra planetas como el nuestro. La única diferencia entre los dinosaurios y nosotros es que a ellos les pilló de sorpresa, mientras que nosotros sabremos la hora, minuto y lugar exacto en que se producirá el impacto, pero no podremos evitarlo.

Como el Armagedón no ha llegado aún, hemos de conformarnos con una pequeña dosis de Apocalipsis que se cifra en un volcán sin nombre de la dorsal atlántica. Cabe ahora oponerse a él, aunque sea de un modo retórico. A fin de cuentas, llevamos años haciendo campaña contra el CO2, un gas corriente y moliente, tan inofensivo que lo echamos a toneladas por la boca para suspirar, aliviar el escozor de una herida o soplar las velitas de una tarta de cumpleaños. Por protestar que no falte. Además, es muy probable que tanta ceniza allá arriba tamice la luz del sol y baje la temperatura. Tantos tiempo anunciando el fin de los días como para que ahora el crujir de dientes sea por una cosa distinta de la que no se puede culpar al capitalismo salvaje o a los dueños de un Nissan Patrol. Perro mundo. Paremos el vulcanismo.

Fascistas del siglo XXI

Lo grave del asunto ya no son los continuos desvaríos de los ecologistas, sino la creciente influencia política y social que está alcanzado este nuevo ideal fascista en los últimos años.

Resulta alarmante que los partidos políticos y la mayoría de medios de comunicación defiendan este tipo de ideas sin apenas reflexionar o cuestionar lo más mínimo sus medios y fines. Y es que la utopía ecolojeta, simplemente, da pavor.

Año 2050. Tras décadas de lucha ideológica, la elite ecologista logra, al fin, su ansiado objetivo. Bajo la excusa del calentamiento global, el Estado-nación se desvanece bajo la sombra de una figura totalitaria que aglutina y concentra en un único ente todos los resortes del poder político. Nace el "Gobierno Mundial", un Estado planetario que, por ser único en su especie, carece de todo tipo de límites y contrapesos. Un nuevo modelo en el que la democracia carece ya de todo sentido y razón de ser, pues la naturaleza misma del poder único lleva implícita la marca de la dictadura y el autoritarismo.

La economía de mercado ha sido borrada del mapa. Se impone la planificación económica a nivel mundial, una variante del comunismo soviético o el corporativismo estatal nazi, en el que la utopía racial y de la lucha de clases ha sido sustituida por la religión medioambiental. La supremacía de la naturaleza sobre las libertades individuales y la existencia misma del ser humano deriva hacia un totalitarismo económico que se guía de forma arbitraria bajo el criterio de la "sostenibilidad" y el "crecimiento cero".

Una vez establecida esta estructura, los ecolojetas cuentan ya con vía libre para exterminar a miles de millones de personas y esterilizar a medio planeta para reducir así las emisiones de CO2, tal y como defiende el Club de Roma o el Optimum Population Trust (OPT). Por último, los denominados "animalistas" –otra rama del ecologismo–, dotan a los animales de derechos que, hasta el momento, eran únicos y exclusivos del individuo. No obstante, el ser humano –a excepción de la elite gubernamental dominante– es una plaga que ha de ser minimizada por resultar perjudicial (contaminante) para la Madre Tierra. Como resultado, se prohíbe comer carne y pescado. Se impone la dieta vegetariana o sintética.

La libertad individual es una figura obsoleta, propia del pasado. La civilización ha muerto, ¡viva la naturaleza! ¿Exageraciones? Revisen los postulados económicos y políticos del ecologismo y descubrirán que el mundo descrito constituye al ansiado paraíso de los ecologistas. Un Gobierno Mundial sin democracia, basado en una economía planificada "sostenible" y la limitación e, incluso, reducción, de población. Dicho así asusta, ¿verdad? Las similitudes del ecologismo respecto al ascenso social y político del nazismo y el comunismo son palpables. Quizá por eso los verdes se empeñen ahora en encarcelar a todos aquellos que nieguen la teoría del cambio climático o se opongan a las tesis ecologistas… Bienvenidos al fascismo del siglo XXI.

Ingeniería eco-social

Pocos ven las actuales políticas públicas sobre medio ambiente como perjudiciales, sino como un beneficio para todos. Tampoco creo que haya muchas personas que sospechen de los grupos ecologistas, identificados con la vigilancia y el cuidado de la naturaleza y sus ecosistemas. Sus mensajes y denuncias nos llegan a través de los eficientes altavoces de los medios de comunicación. Al fin y al cabo, quién en su sano juicio dudaría de una organización como Greenpeace cuyo objetivo es“proteger y defender el medio ambiente y la paz, interviniendo en diferentes puntos del Planeta donde se cometen atentados contra la Naturaleza”.

Pero detrás de la retórica ecologista existe un proceso intenso de ingeniería social que afecta a todos y cada uno de los ciudadanos que forman la sociedad. No estamos ante un proceso rápido, sino ante un intenso adoctrinamiento que lleva décadas funcionando machaconamente. Desde los años 60 y 70 del siglo XX, el peso de las organizaciones ecologistas ha ido ganando relevancia. Sus políticas medioambientales hoy son asumidas no sólo por los gobiernos, que crean organismos públicos (consejerías, ministerios, secretariados) para diseñarlas e implantarlas, sino por las empresas que difunden, apoyan e incluso se lucran con ellas.

El proceso tiene muchos frentes. La naturaleza sustituye al ser humano como objeto moral, sustituye incluso al colectivo, a la sociedad que propugna el socialismo. Nuestras necesidades son destructivas, egoístas y derrochadoras, nuestra propia existencia queda supeditada a la protección y la supervivencia de la Naturaleza, de la Madre Tierra, de Gaia. Es el único mandamiento de esta religión.

Así, Ecologistas en Acción asegura que “los problemas medioambientales tienen su origen en un modelo de producción y consumo cada vez más globalizado, del que derivan también otros problemas sociales, y que hay que transformar si se quiere evitar la crisis ecológica”. Esta naturaleza destructiva del ser humano es principio de trabajo para organizaciones de izquierdas que ven en el ecologismo una herramienta aceptable para sus objetivos particulares. Por ejemplo, la Fundación Ideas, think tank ligado al PSOE, nos indica en su informe: Un nuevo modelo energético para España que “el modelo energético actual es insostenible por su elevado nivel de consumo y de emisiones contaminantes, tal y como señala en sus informes la Agencia Internacional de la Energía. Se hace necesaria una reflexión por parte de la sociedad española y mundial que permita concebir un nuevo modelo energético orientado a garantizar el suministro de energía al mismo tiempo que se protege el medio ambiente”.

Como vemos, los grupos ecologistas o las organizaciones que hacen suyas sus ideas y dogmas nos avisan contra los peligros del capitalismo, de la libertad. Nos indican que el consumismo es nocivo, que los recursos están limitados, que no deben ser utilizados o que deben ser entregados a las generaciones futuras. Se inician campañas para limitar nuestro consumo energético, se crean “huellas ecológicas” y otras herramientas aparentemente científicas que miden el daño que hacemos los seres humanos al planeta simplemente por existir y vivir.

El cambio climático, el calentamiento global, el enfriamiento global, el incremento de los efectos meteorológicos extremos se convierten en justificaciones necesarias y suficientes para cualquier planificación centralizada. El ecologismo impregna la investigación científica y sirve como elemento necesario para destinar fondos a ciertos estudios y negárselos a otros. Escándalos como el Climagate, aunque les hacen daño, no les detienen, pues lo suyo es un ejercicio de propaganda machacona al que dedican año tras año buena parte de sus recursos financieros.

No hay nada que se interponga en sus objetivos, la mentira es una herramienta tan aceptable como cualquier otra si sirve para un objetivo más elevado. La acusación sin pruebas, la exageración o las medias verdades son frecuentes: peces mutantes en Garoña, efectos cancerígenos de las antenas de móviles, incremento de la temperatura global durante la última década, etc. La ciencia se transforma en dogmas y los que osan apostatar son tratados como parias, herejes o locos, como bien sabe Bjorn Longborn. La coacción es el medio, rara vez la argumentación y la defensa de sus teorías. De esa manera, la alianza con el Estado es necesaria, dada la naturaleza coactiva de este último. Éste, a su vez, obtiene una argumentación moral más para justificar sus acciones, ya no sólo es el bien común propio del socialismo, sino el del propio planeta.

Incluso surgen visiones más extremistas. La necesidad de la preservación del medio ambiente puede pasar por la del control de la propia población, no sólo por la limitación de la libertad. El mantra de que el ser humano es un plaga para el planeta se repite con frecuencia, incluso por aquellos que los propios ecologistas podrían ver como sus enemigos en el ámbito político. El vicesecretario de Comunicación del PP, Esteban González Pons, aseguró que el ser humano corre el riesgo de convertirse en “enla peor plaga que ha conocido el planeta Tierra”, defendiendo de esta manera “una nueva cultura del consumo, del reparto de recursos; del hombre sobre la tierra y en su relación con el medio ambiente”.

Si el hombre es una plaga para el planeta, ¿no debería tratársele como tal? Ya hay quien aconseja limitar el número de nacimientos, nuestros movimientos, recluirnos en guetos, que nuestros sistemas de producción vuelvan a sistemas más parecidos a los medievales de subsistencia, a la autarquía económica. ¿Cuándo surgirá algún grupo que se dedique al genocidio activo por el bien de la Madre Tierra? De momento, el ecoterrorismo es un movimiento que no se ha cobrado demasiadas víctimas, pero eso no quiere decir que sea inofensivo.

El concepto de sostenibilidad desembarca en todas las facetas de la sociedad. Se explica a nuestros hijos en las escuelas que el consumo, el comercio y el capitalismo son malos por naturaleza, que los recursos son limitados y deben ser racionados, que ciertas fuentes de energía son perjudiciales y otras claramente beneficiosas y que debemos ceder nuestra libertad a los que “saben” para que nos guíen. La sostenibilidad se hace política de empresa y se descubre la economía verde, algunas empresas viven de los impuestos y tasas que los políticos toman de los ciudadanos, mientras que otras dedican departamentos enteros a justificarse y disculparse ante la sociedad por su naturaleza nociva, a través de la RSC. La sostenibilidad impregna y justifican gastos públicos, costosas infraestructuras de dudosa utilidad o la ausencia de otras que deben esperar ya que algún elemento natural, alguna especie en peligro es más importante que las necesidades de las personas, o en el peor de los casos, que las vidas humanas.

Mucho han avanzado en estas últimas décadas. Ya no son esos locos verdes que se ponían irresponsablemente delante de los balleneros, ya no son esas víctimas de los servicios secretos franceses que hundieron el Rainbow Warrior en 1985, ni los que denuncian valientemente vertidos ilegales en ríos, mares o terraplenes. Sus amenazas y acciones violentas contra gobiernos, empresas u organizaciones que les hacen frente ya no se deben ignorar.

El ecologismo, enemigo de la naturaleza

…para el resto de los mortales reinaba la más absoluta y penetrante oscuridad del ocaso al alba. Por aquella misma época y hasta que llegamos a dominar a nuestro antojo la electricidad, la única fuente de energía barata y abundante era quemar los bosques. Las chozas, los palacios y las abadías se calentaban con ellos, tal vez por eso en francés a la leña se la llama bois de feu, literalmente, bosque de fuego.

Era aquel un mundo más que insostenible, insufrible, al menos para nuestra especie. La agricultura primitiva roturaba campos hasta los márgenes mismos de la eficiencia, las ciudades se levantaban con paja y madera, en los ríos se echaba de todo y luego, sin depurar, se bebía de ellos. Los niños trabajaban de sol a sol y la mayoría moría de alguna enfermedad antes de cumplir un año. Nuestros antepasados vivían poco y envueltos en sufrimientos con los que, según pensaban, se saldaba el pecado primero. Un caldo idóneo para que monjes fanáticos pescasen desdichadas almas para las que el fin de el mundo siempre estaba cercano.

Ese y no otro era el mundo anterior al capitalismo, el mismo al que el movimiento ecologista nos quiere devolver a latigazos. Piden que apaguemos las luces, que no cojamos el coche, el avión o el tren, que nos quedemos en casa helados; que no tengamos hijos porque, ¡ay!, cada niño deja una insoportable huella ecológica; que, bajo ningún concepto, comamos carne o pescado, que con un ramillete de perejil cultivado en una maceta será suficiente para sobrellevar este valle de lágrimas. Y todo para aplacar la ira de la Madre Tierra, una diosa que acaban de inventarse y que, según dicen, anda enfadadísima porque hemos cometido el indecente pecado de desafiarla.

Y, efectivamente, el ser humano ha desafiado a la naturaleza y nueve de cada diez veces ha vencido sus designios. Por ella habríamos de vivir subidos a un árbol y ser pasto de los depredadores. Pero no, nuestra infinita capacidad de inventar ha hecho posible que usted, en lugar de andar buscando un gusano que echarse a la boca en medio de una sabana achicharrante, esté aquí, cómodamente leyendo el periódico con la tripa llena, la comida de mañana resuelta y la conciencia tranquila. Precisamente por eso, porque ya lo tiene todo hecho, aprecia más que nadie el rozagante bosquecillo de su pueblo o que el agua del río baje libre de polvo y paja.

Aunque no lo sepa, usted, habitante de un país del primer mundo, es el principal defensor del medioambiente, que, por lo demás, anda sobrado de enemigos. El primero y más letal es la pobreza antigua, la del medievo. El segundo es el ecologismo, esa perversa ideología antihumana que pretende transportarnos por la fuerza a tiempos pasados, necesariamente más infelices y, sobre todo, implacables con el medio natural.

Fernando Díaz Villanueva es periodista.

¿Se nos está rebelando la Naturaleza?

Este desastre va a poner a prueba la economía, la política y las instituciones del país más rico de Iberoamérica. Además nos invita a reflexionar sobre las relaciones entre los fenómenos naturales extremos y el desarrollo socioeconómico e institucional de un país, así como sobre algunos de los mitos que envuelven las catástrofes naturales.

Conviene empezar por lo evidente: la naturaleza no es la madre protectora que nos presentan continuamente los medios de comunicación y el movimiento ecologista. La imagen falaz de los fenómenos naturales como algo intrínsecamente bueno para el hombre ha servido para demonizar la transformación que el ser humano hace de los recursos naturales tal y como los encuentra en estado puro. Según esta visión del mundo, el principal factor causal de los desastres que padecemos los seres humanos es la propia acción cooperativa y empresarial del hombre. De este modo, el capitalismo, que fomenta la cooperación y la productividad humana a través del respeto de la propiedad privada y a los contratos libremente acordados, alteraría esa armonía natural entre el hombre y su medio ambiente provocando reacciones de la naturaleza que sufrimos en forma de catástrofes.

La realidad es bien distinta. La naturaleza es y ha sido siempre tremendamente dura para el hombre. Sin embargo, la inteligencia humana nos ha permitido adaptarnos y adaptar el medio en el que vivimos para que nuestra relación con la naturaleza sea, en general, más segura y armónica. Sin embargo, quienes han convertido su oficio en hacernos creer que el capitalismo y el progreso socioeconómico es una especie de pecado, no soportan la idea de una naturaleza que destruye y mata sin otra razón que no sea eminentemente física o, si lo prefieren, natural. Sus ideas se han colado hasta tal punto en el ideario popular que periódicos como El Mundo titulan y califican el desastre chileno (y las borrascas ibéricas) de "rebelión global de la Naturaleza". ¿Contra quién se supone que opone resistencia o se subleva la Naturaleza? Contra el ser humano, está claro. ¿Y por qué? Por habernos atrevido a desarrollar nuestras sociedades y superar la etapa en la que íbamos en taparrabos.

La realidad es casi la contraria. Los fenómenos catastróficos naturales son más o menos los mismos de "siempre". La diferencia fundamental es que los hombres hemos ido reduciendo paulatinamente el riesgo y la incertidumbre relacionados con los fenómenos catastróficos gracias al desarrollo económico, al ahorro, al avance del conocimiento y al desarrollo de las instituciones. A muchas personas esta idea les resulta chocante porque sabemos que los daños (medidos en unidades monetarias) de los desastres naturales no han hecho sino crecer en los últimos dos siglos. Pero la paradoja es sólo aparente. Este fenómeno sucede allí donde las sociedades han progresado. A medida que vamos siendo más ricos, el valor económico de los daños es superior pero representan una fracción cada vez más pequeña de la riqueza total. Además, a medida que hemos desarrollado instituciones como la de los seguros, una parte de estos riesgos queda actuarialmente cubierta, reduciendo así la incertidumbre a la que nos enfrentamos. Es más, parte de ese mayor valor monetario que se destruye en catástrofes como la ocurrida en Chile se debe a que las construcciones se diseñan para tratar de compatibilizar una elevada densidad demográfica (que permite una mayor división del trabajo y crecimiento económico) con una alta protección del ser humano; éste sí, el recurso más valioso de cuantos existen.

Gabriel Calzada Álvarez es doctor en Economía y presidente del Instituto Juan de Mariana