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Etiqueta: Recursos energía y medio ambiente

“Mercado medioambiental” frente a “Economía Sostenible”

El Anteproyecto de Ley de Economía Sostenible, aprobado en Consejo de Ministros el 27 de noviembre de 2009, constituye un auténtico cajón de sastre, ya que combina toda una amplia gama de medidas, no sólo medioambientales, sino también fiscales, económicas, educativas, reguladoras y administrativas. El único denominador común es la impronta del intervencionismo público, de una u otra forma.

Se trata, en esencia, de una particular estrategia gubernamental para cambiar el modelo productivo en un horizonte de diez años. El programa está dotado inicialmente con un fondo de 20.000 millones de euros, financiado a partes iguales por el Instituto de Crédito Oficial y entidades financieras privadas.

Sin embargo, el proyecto también recoge el famoso Plan E para 2010, conocido oficialmente como Fondo Estatal para el Empleo y la Sostenibilidad Local, dotado con 5.000 millones de euros a repartir entre los municipios para la realización de obras de diversa índole con el objetivo de ocupar a unos 250.000 trabajadores. De este modo, el coste total de este plan se aproxima a los 25.000 millones de euros, equivalente al 2,5% del PIB nacional.

El error teórico del citado proyecto, al igual que ocurre con la inmensa mayoría de la legislación actual, reside en la aplicación de la perspectiva estática en el ámbito de la eficiencia económica. Así, en lo que se refiere al medio ambiente, todos las medidas que incluye el Gobierno en esta ley van dirigidas hacia el ahorro energético, la redistribución de costes medioambientales y la reducción de gases contaminantes, desechando de plano la innata capacidad creativa del ser humano y, por lo tanto, la función empresarial en el ámbito de la energía y el medio ambiente.

Y todo ello, bajo la excusa de combatir el tan temido calentamiento global. No es la primera vez que los socialistas y comunistas se escudan en la llegada inminente de un Apocalipsis medioambiental para justificar una mayor intervención del Estado en el ámbito económico y social.

Así, por ejemplo, en 1972, el Club de Roma publicó Los límites del crecimiento, el mayor bestseller del ecologismo, en el que se predecía el inminente colapso de la civilización a menos que se detuviera el desarrollo económico. Basándose en modelos informáticos -al igual que las proyecciones de la ONU sobre el calentamiento global-, esta organización calculó que la población mundial alcanzaría los 7.000 millones en el año 2000. Esto provocaría el agotamiento de alimentos y de ciertos recursos naturales como el cobre, la plata o el petróleo. ¿Solución? Reducir el número de seres humanos.

Sin embargo, en 2010, con una población próxima a esa cifra (7.000 millones), tales materias primas no muestran signos de agotarse, mientras que las tierras de cultivo tan sólo han necesitado crecer un 5% gracias al desarrollo de nuevas técnicas agrícolas. Una vez más, el terrible pronóstico de los algoreros no se ha cumplido. Y ello, gracias a la innata capacidad creativa y empresarial del individuo que propicia el mercado libre.

El debate actual sobre la “sostenibilidad económica” ignora por completo las soluciones demostradas y constatables que ofrece el mercado en la gestión de los recursos naturales. Ya va siendo hora de plantear abiertamente en el debate público ciertas cuestiones que, hasta ahora, son materia tabú.

El toro de lidia se habría extinguido hace décadas sin la fiesta nacional. Lo mismo sucede con el corzo, el ciervo, el jabalí o la perdiz si no existieran los cotos privados de caza. Así pues, ¿qué impide aplicar este sistema a especies como el león, el tigre o el rinoceronte?

El volumen de percebes y mejillones en la costa gallega aumenta año a año gracias a la asignación de títulos de propiedad privada para su explotación. Hasta hace poco se temía la extinción del salmón o la trucha, hasta la llegada de las piscifactorías. ¿Por qué entonces no privatizar el mar? ¿o permitir la ganadería marina de ballenas?

El comercio de pieles ha permitido el aumento de especies como la chinchilla, los visones, el cocodrilo o las serpientes. ¿Por qué no extenderlo a las focas y al marfil de los elefantes? ¿Por qué no privatizar las selvas para garantizar la reforestación mediante la explotación de la madera o de las plantas?… En definitiva, apostar por el Mercado Medioambiental frente a la Economía Sostenible de los socialistas.

Adiós al consenso calentólogo

…y todo el movimiento calentólogo ha defendido desde hace años el intervencionismo energético y el racionamiento de CO2, entre otras medidas que nos alejan del libre mercado y la prosperidad.

El "consenso" también ha servido a las organizaciones del ecologismo radical para negarse una y otra vez a discutir cuestiones tan básicas como puedan ser los puntos más oscuros de la teoría catastrofista, o las propias mediciones de temperatura. Desde el director de Greenpeace hasta el último becario de WWF, la posición típica en los últimos años ha sido negarse a debatir sobre las causas y el alcance del cambio climático porque, según ellos, el consenso ya había dictado sentencia sobre estos asuntos. Catastrofistas como López Uralde no paraban de repetir que lo único que se podía discutir era cuánto teníamos que racionar las emisiones de CO2 para detener la catástrofe planetaria.

Pues ahora resulta que el principal científico involucrado en el Climategate y uno de los gurús del "consenso" calentólogo, Phil Jones, reconoce que no existe tal consenso, que la inmensa mayoría de los científicos no consideran que el debate haya concluido y que, desde luego, esa no es su visión. Según el científico británico apartado temporalmente de sus funciones como director de la conocida Unidad de Investigación sobre el Clima (CRU), aún existen muchas incertidumbres, no sólo en lo que respecta al futuro, sino también en lo que se refiere a las mediciones de las temperaturas y especialmente el de las temperaturas pasadas.

Con estas declaraciones a la BBC que recoge Libertad Digital, el ecologismo radical se ha quedado con el culo al aire. La idea del consenso ha sido el corazón de la estrategia calentóloga y le estaba sirviendo para todo al movimiento ecologista. En la web de Greenpeace podemos encontrar frases afirmaciones del tipo: "Existe un amplísimo consenso científico internacional acerca de que el cambio climático avanza a una velocidad mucho mayor de lo que se esperaba hace pocos años". Sin embargo, el propio Jones reconoce en la entrevista que entre 1995 y 2009 hay una tendencia negativa de -0,12 grados centígrados por década (si bien matiza que no es estadísticamente significativa).

Los catastrofistas parecen estar perdiendo apoyos a marchas forzadas. Otra de sus cantinelas se refería al hecho de que jamás habíamos vivido un calentamiento similar. Pues bien, una vez más su hasta ahora adorado Jones desmiente este mito y reconoce que ha habido al menos tres periodos anteriores, uno de ellos en el siglo XIX, en los que el calentamiento ha sido similar al de las últimas décadas. Es más, incluso admite lo abierto que está el debate científico en torno al famoso Palo de Hockey, popularizado por Al Gore en su conveniente y oscarizada secuencia de mentiras y exageraciones. El climatólogo llega a reconocer que el periodo cálido medieval podría haber sido más caluroso que el periodo actual.

El Climategate parece haber traído algo de sensatez al debate en torno al cambio climático. Esto no es sólo importante de cara a la búsqueda de la verdad científica en este terreno, sino que también lo es, y mucho, para que la adopción de estrategias públicas y privadas se realice con un mínimo de cordura, respetando las libertades individuales y pensando en los distintos costes y beneficios que pueda haber en juego.

Gabriel Calzada Álvarez es doctor en Economía y presidente del Instituto Juan de Mariana

Sostenibilidad y generaciones futuras

La sostenibilidad está de moda, sobre todo en el ámbito del ecologismo, donde se reclama el desarrollo sostenible: satisfacer las necesidades de la generación presente sin sacrificar la capacidad de las generaciones futuras de satisfacer sus propias necesidades.

La sostenibilidad parece muy razonable y bien intencionada (lo insostenible suena mal), pero su implementación ideológica está repleta de falacias e impregnada de colectivismo. A menudo se presenta a la naturaleza como un prodigio de equilibrio y armonía y al ser humano como un parásito o depredador que la destruye de forma suicida, ya que depende de ella pero parece ignorar esta dependencia. Se olvida que aunque la vida en abstracto es en principio sostenible mientras existan fuentes de energía y materiales, los individuos concretos tienen vidas limitadas y las especies evolucionan y eventualmente se extinguen: los ecosistemas no permanecen indefinidamente en estados estacionarios, sino que pueden cambiar debido a factores externos o a su propia dinámica interna. Las sociedades humanas son igualmente dinámicas, y los intentos coactivos de mantener formas culturales puras e intactas van en contra de la libertad y el bienestar de los individuos.

Un ser vivo necesita recursos energéticos y materiales y un entorno relativamente libre de agresiones para poder mantener su actividad autopoyética. Los recursos pueden ser inorgánicos u orgánicos (cadenas tróficas), igual que las amenazas ambientales: factores físicos o químicos u otros organismos depredadores.

La existencia a escalas de tiempo biológicas de algunos recursos, como la luz solar, no depende de que se aprovechen o no. Algunos recursos inorgánicos, como los combustibles fósiles, se generan muy lentamente, de modo que su consumo disminuye sus existencias físicas totales. Los recursos biológicos son especialmente sensibles a su consumo: si un depredador mata demasiadas presas puede poner en peligro su fuente de alimento, ya que la cantidad de organismos futuros depende de la cantidad de organismos presentes capaces de reproducirse.

El ser humano es una especie viva especial ya que no sólo consume recursos dados, sino que también los produce (agricultura, ganadería). La actividad del ser humano es tan intensa que puede modificar de forma notable su entorno: minería y basureros, deforestación o plantaciones, agotamiento de caladeros o piscifactorías. La acumulación de bienes de capital y los avances tecnológicos incrementan esta capacidad de acción, tanto en el lado de la producción de recursos como en el lado del tratamiento de los residuos y la modificación de las condiciones ambientales o la defensa ante las mismas.

Aunque el planeta Tierra sea un sistema finito (no cerrado) y con límites físicos, el crecimiento económico indefinido es posible porque se trata sobre todo de un crecimiento en calidad, en valor, en especialización e intercambios, y no sólo en cantidad. La actividad humana no consiste en sacar más y más riqueza natural hasta que ya no quede nada y tirar más y más basura hasta que no quede sitio donde meterla. La acción humana modifica y recombina la materia según sus preferencias, y la combinatoria ofrece vastas posibilidades cuyos límites son difíciles de alcanzar.

En una economía de mercado libre los bienes económicos tienen dueños y se intercambian a precios que indican su escasez relativa (oferta y demanda). Los recursos son en general sustituibles: es posible utilizar diversas fuentes de energía según su eficiencia económica. Los recursos minerales seguramente no llegarán a agotarse nunca: conforme sus existencias decrezcan y dependiendo de cómo evolucione el coste de su extracción, al elevarse su precio otras alternativas serán más atractivas. Descubrir qué opciones son mejores es tarea de los empresarios guiados por los beneficios y las pérdidas: la planificación estatal tecnocrática está condenada al fracaso por problemas de falta de incentivos e información.

Los que profetizan con absoluta certeza el apocalipsis del agotamiento de los recursos naturales deben de estar apostando fuertemente en los mercados de futuros de materias primas con la expectativa de enriquecerse y salvar al mundo del desastre. O tal vez no, quizás sólo son unos charlatanes que no saben gran cosa de otra sostenibilidad importante: la financiera.

Utilizar sólo recursos renovables es absurdo: si todas las generaciones hacen lo mismo, esos recursos permanecerán sin usar para siempre. El aprovechamiento de fuentes de energía renovables requiere tecnologías caras pero cuyo coste seguramente se reduzca por los avances tecnológicos: parece inteligente que las generaciones actuales relativamente más pobres utilicen los recursos más baratos y leguen a las generaciones futuras el capital y la tecnología para acceder a otros recursos.

La contaminación y los residuos son problemas donde no se tratan como agresiones sobre la propiedad privada (externalidades negativas). En una sociedad libre toda persona o corporación es responsable y debe hacerse cargo de su basura (sólida, líquida o gaseosa), por sí misma o con la ayuda de empresas especializadas en su tratamiento o almacenamiento.

La naturaleza intacta es a menudo muy bonita, pero los seres humanos demuestran generalmente con sus acciones que prefieren modificarla para ajustarla a sus deseos, dejando algunas zonas especialmente atractivas para su contemplación estética (parques naturales). La existencia de viviendas y fábricas no es un retroceso sino un avance.

El ser humano es también especial por su altricialidad extrema: el bebé humano es incapaz durante mucho tiempo de mantenerse por sí mismo. Los individuos quieren a sus crías (incluso a las crías de sus crías), se preocupan por sus hijos, cuidan de ellos. Las personas presentes consideran el interés de las personas futuras: pero no lo hacen de forma genérica y colectivista (todos por todos), sino de forma particular e individualizada. Además existe una continuidad de supervivencia y reproducción: los problemas que van a afectar al futuro suelen afectar también al presente, y por lo tanto los individuos actuales intentan resolverlos ya. Ni cualquier tiempo pasado fue mejor ni el presente es algo intocable que hay que legar a las generaciones futuras. Las personas del futuro existirán en unas condiciones que para ellos serán las normales, las únicas que habrán conocido. Además serán mucho más ricas gracias a la acumulación de capital, de conocimientos científicos y tecnológicos, de cultura, de arte. Las generaciones futuras no tienen derechos (ni como colectivos ni como individuos actualmente inexistentes) ni los necesitan.

Entender la libertad 2.0

No hubo esas dificultades con la llamada "ley de la patada en la puerta" del ministro Corcuera o Corcuese, que dimitió después de que el Constitucional le tumbara su barbaridad. Todo el mundo entendía que suprimiendo las garantías jurídicas a la hora de registrar un domicilio, por más que se justificara en la efectividad de la lucha contra el delito, eliminaba uno de nuestros principales derechos y borraba de un plumazo nuestras libertades.

No sucede lo mismo con esta ley. Muchos continúan pensando y argumentando que, al fin y al cabo, esto va contra los sitios web de enlaces, y que quienes nos oponemos a la ley somos todos unos piratuelos dedicados en cuerpo y alma a la mula y el torrente. Es lo mismo que aducir que quienes se oponían a la Ley Corcuera eran en realidad unos delincuentes que no querían acabar en la trena tras un registro de su casa. Así, por ejemplo, El Mundo se ha mostrado de acuerdo con la versión más radical de la ley, la que no incluía jueces ni siquiera de la forma tramposa en que se ha hecho, porque "la Justicia en nuestro país es más que lenta, lentísima". Si es por esa razón, bien podían ser también favorables al CAC porque los tribunales tardarían mucho en cerrar un medio de comunicación…

La última muestra de la resistencia de los internautas a esta "ley de la patada en el router", como ha sido bautizada en honor a aquellas viejas intentonas socialistas de violar nuestros derechos, es un nuevo manifiesto al que han llamado "Libertad 2.0" y que, pienso, puede firmar tranquilamente cualquier liberal de estricta observancia. No comete errores como el del manifiesto original, que pedía al mismo tiempo que no se interviniese en la red y que se garantizara la "neutralidad de la red" –algo que exige una intromisión estatal para su imposición–, o invocaba un inexistente "derecho de acceso a la cultura a través de internet", que parece catalogar las descargas nada más y nada menos que como un derecho al nivel de la libertad de expresión. Ni siquiera errores más veniales como hablar de "ciudadanía" como un colectivo en lugar de referirse a los ciudadanos, individuos con sus derechos individuales, como hace la plataforma Red-Sostenible. Y no hablemos ya, claro, de la frikada de los Gopegui, Regás, Frabetti y compañía.

En cualquier caso, y aunque sea por motivos distintos, o les escandalicen unos aspectos más que otros, parece claro que la Ley Sinde ha provocado la repulsa de los internautas de todas las adscripciones ideológicas. Sin embargo, claro, eso no significa que el PSOE no vaya a intentar aprobarla. Ni siquiera estoy seguro de que finalmente el PP vaya a votar en contra, conociendo la táctica marianista de hacer un discurso impecable contra el Gobierno, pero abstenerse o votar a favor cuando llega el momento realmente importante. Aunque el ruido que han logrado provocar los internautas haya sido mucho mayor que en otras ocasiones, finalmente el desprecio hacia nosotros que llevó a Zapatero a nombrar a González Sinde volverá a actuar. Cabrá entonces preguntarse si la gente de izquierdas que tan activa ha sido contra esta ley votará por una alternativa, se quedará en casa o decidirá apuntarse a la doctrina Gump expuesta por Víctor Manuel. Miren que en muchos casos yo apostaría por lo último.

La tragedia los desconcierta

Los fanáticos del ecologismo no soportan que la Gaia haya hecho tanto daño y algunos se han apresurado a responsabilizar al ser humano. Puestos a desfasar, lo suyo es echarle la culpa al cambio climático antropogénico. En efecto, algunos famosos como el actor Danny Glover ya han declarado que el calentamiento está detrás de la catástrofe de Haití. Según el actor de Arma Letal "cuando vemos lo que hicimos en la cumbre de Copenhague, esta es la respuesta, esto es lo que pasa". Ante afirmaciones como ésta, uno duda si esta gente ha perdido el juicio o si se trata de una versión macabra de los exagerados fotomontajes de Greenpeace sobre los efectos del cambio climático en España.

En el fondo, lo que ocurre es que el suceso de Haití no encaja en la visión que el movimiento radical ecologista lleva décadas vendiendo a toda la sociedad y eso les pone de los nervios. Por mucho que se empeñen en meter el eslogan hasta en la sopa, la naturaleza no es ese idílico marco armonioso que la actividad humana no hace sino desestabilizar. En esta y en otras muchas ocasiones podemos comprobar hasta qué punto la naturaleza es devastadora. En realidad, si no fuera por la acción cooperativa del ser humano para aminorar los efectos de los fenómenos naturales sobre el hombre, los habitantes del planeta serían muy pocos y estarían siempre luchando por la subsistencia. La muerte sorprendería a los hombres en múltiples circunstancias que hoy consideramos seguras y tanto la esperanza como las condiciones de vida serían muy reducidas.

En el futuro la naturaleza seguirá deparándonos sucesos de una extraordinaria fuerza cuyas consecuencias pueden resultar brutales para nuestra especie. Ante esta realidad, lo máximo que podemos hacer es defendernos y asegurarnos contra sus efectos dañinos. Para lograrlo tenemos que enriquecernos y ser capaces de desarrollar las instituciones con las que luchar contra las consecuencias de esos duros fenómenos naturales. En Japón, por ejemplo, la ocurrencia de terremotos de una escala similar a la del de Haití es algo relativamente frecuente. Sin embargo, los efectos sobre los seres humanos son enormemente inferiores gracias a que el progreso económico ha permitido a los japoneses levantar construcciones a prueba de la mayoría de los movimientos sísmicos que se dan en la zona. Además, el desarrollo de los mercados actuariales en el país asiático permite a los supervivientes reponer en poco tiempo los bienes destruidos.

Los ecologistas proponen restringir las actividades de mercado porque las responsabilizan de la pérdida de un paraíso que nunca ha existido. En realidad, es precisamente la acción de los seres humanos en el marco del libre mercado lo que nos puede permitir generar la riqueza, el capital y la energía barata con los que afrontar los embates de la naturaleza minimizando el sufrimiento y las pérdidas que provocan.

Los intermediarios y los agricultores (otra vez)

Cíclicamente, como si de una crisis se tratase, los agricultores sacan los tractores a la calle para reclamar ayudas para su sector. Hace unas semanas, miles de agricultores se manifestaron en Madrid convocados por las tres grandes organizaciones de ámbito estatal: Asaja, COAG y UPA. Señalan, como cada vez, que los intermediarios son los culpables de que los productos agrícolas se encarezcan desmesuradamente y denuncian sus amplios márgenes. No dudan en mostrarlos como un grupo privilegiado de especuladores que se enriquecen a costa de agricultores y consumidores. Este “argumento” (por llamarlo de alguna manera) significa no entender absolutamente nada de economía.

Veamos. La clave está en darse cuenta de que el producto que el agricultor recoge no es un bien de consumo, sino simplemente un paso intermedio en el proceso productivo. Y es que los consumidores (es decir, cualquiera de nosotros) no queremos ese bien que el agricultor acaba de recolectar. No tiene ningún valor para nosotros; no nos es de ninguna utilidad. No es un bien de consumo porque, entre otros motivos, no tenemos acceso a él y/o desconocemos su existencia.

Económicamente hablando, la manzana que el agricultor de Extremadura recoge en su campo no es el mismo bien que la misma manzana comprada por nosotros en el supermercado. Un producto sólo puede ser denominado “de consumo” cuando ha pasado por todas y cada una de las necesarias etapas de transformación del proceso productivo, se ha acercado y se ha puesto al alcance del consumidor. Mientras no sea así, ese bien “no existe” para el consumidor, y de ahí que no tenga ningún valor.

Por tanto, los agricultores son solamente una etapa más de la producción, de igual importancia que los transportistas, distribuidores, publicistas, controladores de calidad, mayoristas, minoristas y demás prestadores de servicios que son indispensables para que el producto acabado de consumo esté a disposición del consumidor.

Si no fuesen económicamente analfabetas, estas organizaciones agrícolas y de consumidores sabrían perfectamente que los intermediarios son totalmente imprescindibles. Deberían imaginarse que no me sale a cuenta desplazarme a Canarias cada vez que se me antoje un platanito; que no voy a coger el coche en dirección a Galicia cuando desee comer pulpo de calidad; que no volaré hasta Argentina o Uruguay para degustar su carne; o que no voy a ir a la Rioja para comprar el vino que necesito esta noche. Paradójicamente, los principales beneficiados de la existencia de intermediarios son precisamente los agricultores.

Si eliminamos a los intermediarios o intentamos aminorar coactivamente las ganancias de su negocio, lo único que conseguiremos es crear una escasez de alimentos, como ha sucedido en la historia en otros regímenes con economías planificadas.

Lo único que verdaderamente deberíamos exigir es que no haya barreras de entrada para realizar la actividad de intermediario, es decir, que no se pongan trabas a cualquier persona que quiera (intentar) ejercer de intermediario. Si esto es así (mercado libre), no cabe más que concluir que los profesionales que actualmente están realizando esos servicios son los más eficientes. Son los que ofrecen la mayor calidad a un menor precio. Esto es debido a que los procesos de competencia hacen que los servicios mejoren de calidad y bajen de precio, ya que los empresarios intentarán realizar su labor lo más eficazmente posible y con costes cada vez menores para imponerse a sus competidores. El que no lo consiga deberá cerrar y será expulsado del mercado.

Por tanto, si tan buen negocio es ser intermediario, ¿por qué no se dedican a ello los agricultores? ¿Es que hay alguna barrera de entrada legal que se lo prohíba?

Pero estos lobbies que dicen defender el campo español y a los consumidores pisotean y obvian las leyes más básicas de la economía para conseguir lo que verdaderamente quieren: privilegios. Por eso han centrado sus esfuerzos en exigir la intervención del Gobierno (¡cómo no!) para que regule/fije precios y márgenes de comercialización cuando se trate de productos de primera necesidad. Se entiende que los productos de primerísima necesidad son casualmente los suyos.

Y, como siempre, parece que han conseguido (o conseguirán) lo que se proponen. Es de esperar que los subsidios a los agricultores sean pagados por todos los contribuyentes de forma directa o indirecta. Directa, mediante impuestos que irán destinados a incrementar su partida presupuestaria; indirecta, al provocar que los precios que deberán pagar por los alimentos sean más elevados.

Se beneficia claramente a unos sectores en detrimento de la mayoría, que acaba pagando sus costes. Lo cual supone una curiosa manera de entender la democracia por parte de los gobernantes, ya que permiten que intereses particulares prevalezcan sobre los derechos individuales del resto de ciudadanos. Y es que una vez más se demuestra que la política está reñida con la ciencia económica más básica.

Yo también quiero salvar al mundo

Ahora bien, lo primero que necesitas para vencer en esta batalla es saber cómo se comporta el enemigo, cuáles son sus puntos fuertes y cuáles sus debilidades, y para eso es imprescindible transformarte en agente del adversario y camuflarte en sus filas para convivir como un capitalista más, que es precisamente lo que hacen los calentólogos de profesión.

Los progres que han decidido tomar parte en esta batalla contarán siempre con la gratitud del resto de mortales, porque si hay algo que a un tipo de izquierdas le repugne especialmente es hacer como que disfruta de las bondades del sistema que busca destruir. Y ahí los tienen, sufriendo día tras día los rigores del capitalismo salvaje, soportando un tren de vida que a la mayoría de seres humanos por fortuna nos está vedado, viajando por todo el mundo, alojándose en asquerosos hoteles para ricos y comiendo manjares de todo tipo que seguramente incluyen sustancias transgénicas a quinientos euros el menú. Toda una tortura diaria que, sin embargo, los salvadores del mundo soportan con admirable estoicismo.

Ahora andan por Copenhague, dando un nuevo ejemplo de sacrificio puesto que la cumbre contra el calentón global podría haberse organizado perfectamente en Brasil o en el Caribe, lugares más templados ya que del calentamiento se trata; pero no, la han convocado en el norte de Europa para que todos veamos en ellos un ejemplo añadido de abnegación. No sólo eso. Conociéndolos son capaces de poner los radiadores de las suites hoteleras al mínimo y decirle a los chóferes de las mil doscientas limusinas que no dejen el motor y la calefacción en marcha mientras se reúnen para acabar con el calentón global, el mismo que todavía no ha aparecido por tierras danesas pero que llegará sin duda para vaporizar la corrupta civilización que lo ha provocado.

Yo también quiero salvar a la humanidad, siempre que los gastos de mi esfuerzo corran a cargo de los demás, porque no está bien que los protagonistas de la hazaña tengan que asumir los costes del salvamento. Y si hay que viajar en jet privado, usar limusina y contaminar como una manada de vacas a dieta de repollo se hace sin rechistar. Como los titanes de Copenhague, voluntarios desinteresados dispuestos a soportar todas las fatigas que conlleva esta batalla definitiva contra el neoliberalismo depredador. ¡Pero si hasta han decidido que ni siquiera van a ir de putas! ¿Son unos héroes o no son unos héroes?

Lo siento, Greenpeace

La campaña de esta temporada muestra a Zapatero, Obama, Lula, Merkel y otros mandatarios con el pelo blanco y la piel más arrugada que una papa con mojo picón. Por fin un fotomontaje que no engaña. Las fotos, que simulan la apariencia de estos políticos en el año 2020, van acompañadas de unas frases en las que se lee "Lo siento. Podríamos haber detenido los efectos catastróficos del cambio climático… Pero no lo hicimos".

Greenpeace introduce como ciertas tres ideas que distan mucho de estar probadas. La primera es que los efectos del cambio climático vayan a ser catastróficos. La ausencia de calentamiento durante los últimos once años no sólo deja al descubierto algunas de las flaquezas más importantes de los modelos más catastrofistas que preveían fuertes incrementos en la temperatura global, sino que hace que la ciudadanía sea más escéptica a la hora de aceptar las tesis alarmistas. Además, las encuestas a climatólogos de todo el mundo no parecen indicar que la comunidad científica considere mayoritariamente que estemos ante un fenómeno catastrófico. 

La segunda es que el hombre pueda hacer algo para solucionar esa supuesta catástrofe, sobre todo si tenemos en cuenta las declaraciones del presidente de la organización radical el año pasado diciendo que Kioto es la única solución. Lo cierto es que Kioto representa un modelo en el que el coste es inmenso mientras que el beneficio climático ha sido casi imperceptible. En ese marco que tanto les gusta a los guerreros del arco iris será difícil solucionar nada. Pero claro, como resulta que no quieren ni oír hablar de alternativas más eficaces y menos costosas como las deducciones fiscales, invertir en sumideros, secuestro de carbono o energía nuclear, tienen que quedarse con el fracasado modelo de Kioto. Lo siento Greenpeace, se pueden hacer muchas cosas si de verdad nos enfrentamos a un cambio climático peligroso, pero con la postura intransigente y suicida que mantienen me temo que pasarán los años y veremos que no se hizo nada provechoso (aunque de no ser por ustedes quizá se podrían haber tomado buenas medidas).

La tercera idea es que nos quedan diez años para resolver el problema. Esto es muy interesante porque hace cuatro años la organización ya decía que sólo teníamos diez años. Si no cambiábamos nuestro modelo productivo hacia uno centralizado y fuertemente intervenido en menos de diez años, estábamos abocados a ser partícipes del fin del mundo. Así que de algún modo hemos logrado obtener una prórroga de cuatro años.

Habrá que ver qué pesa más sobre los políticos, las fotos y el argumento vacío de Greenpeace o el escándalo del Climategate, que implica a varios de los científicos más influyentes dentro de la corriente catastrofista por haber destruido datos, escondido declives en las temperaturas que no cuadraban con sus modelos, cerrado el paso de los críticos al debate académico y engañado a la opinión pública.

Código abierto para la climatología

Todo lo contrario. La planificación central de corte comunista es la norma, no la excepción, en el ámbito de la banca, el crédito y los tipos de interés. El sector bancario es, de lejos, el más intervenido, regulado y controlado por el poder público en las economías desarrolladas.

Además, son empresas de titularidad privada, pero operan bajo un régimen de oligopolio en el que la entrada de competidores está fuertemente restringida al precisar de una autorización previa. Por si ello fuera poco, toda su actividad está supeditada a las normas, exigencias y requisitos de la banca central, el brazo financiero del Estado. Por último, los tipos de interés (el precio de dinero), el factor clave de toda la actividad crediticia, no fluctúan libremente. La entidad monetaria fija de forma arbitraria y artificial el tipo a aplicar en cada momento, según convenga a la banca o al Gobierno de turno.

Dicho esto, en los últimos días se suceden las informaciones relativas al mantenimiento de tipos históricamente bajos más allá de 2010. La Reserva Federal de Estados Unidos (la FED) contempla la posibilidad de mantener una tasa próxima al 0% hasta 2012; el Banco Central Europeo (BCE) mantendrá el 1% hasta 2011, al igual que el Banco de Inglaterra (0,5%), según diversos analistas; y ya no digamos Japón, con tasas mínimas (en la actualidad, 0,1%) desde los años 90, tras el inicio de su particular depresión.

La cuestión es que no se trata de un debate nuevo. La fijación arbitraria de tipos fue una cuestión muy discutida durante el siglo XVII en Gran Bretaña. Por entonces, los mercantilistas abogaban por rebajar de modo considerable el tipo de interés máximo legal, fijado en el 8% (un tipo superior era considerado "usura"). Y ello, bajo la excusa de que la creciente prosperidad económica que disfrutaba Holanda se debía a los bajos tipos de interés, inferiores a los de Inglaterra.

Los mercantilistas se quejaban de que los tipos elevados perjudicaban el comercio exterior y el consumo interno, y veían el interés bajo como la panacea a todos sus males. Tras duras presiones, lograron que el Parlamento rebajara el tipo máximo del 8% al 6%, pero no contentos con ello intentaron bajarlo nuevamente hasta el 4% en 1668.

El problema es que el bajo interés de un determinado país es "efecto" no "causa" de la abundancia de ahorro y riqueza. En el debate parlamentario que tuvo lugar sobre esta cuestión, Edward Waller señaló que "con el dinero sucede como con otras mercancías, cuanto más abundantes, más baratas son, así que haced copioso el [ahorro] dinero y el interés será bajo". Éste era, precisamente, el caso de Holanda en aquellos años: la riqueza derivada de su potente comercio exterior permitió acumular ahorro suficiente como para mantener los tipos de interés bajos durante largos años, sin necesidad de que ningún organismo central fijara su precio.

De hecho, los holandeses carecían de una ley contra la usura, ya que el crédito abundaba gracias al ahorro. El tipo fluctuaba libremente en función de la oferta y demanda de préstamos existente en cada momento. El liberal John Locke fue un firme defensor de que el mercado libre fijase el tipo de interés "natural" (el que responde a oferta y demanda), rechazando así la propuesta de los mercantilistas. De hecho, ganó la batalla, ya que la Cámara de los Lores desechó en 1669 rebajar el interés al 4%.

Asimismo, más allá del debate sobre los tipos, los mercantilistas eran firmes inflacionistas. Esto es, defensores de crear papel y crédito bancario, así como papel moneda del Gobierno. El nacimiento del dinero fiduciario (fiat) bajo monopolio estatal y de la banca central tuvo lugar en Inglaterra en la década de 1690. A partir de entonces, los mercantilistas, en su pretensión de reforzar el poder del Estado, hicieron uso de ambas innovaciones monetarias para incrementar la cantidad de dinero en circulación, bajo el falso pretexto de que ello beneficiaría a la sociedad.

Y es que, a mayor cantidad de dinero, mayor consumo, empleo y producción –alegaban– cuando, en realidad, el aumento de la oferta monetaria se materializa en incremento de precios (inflación). Así, Locke denunciaba por entonces que la devaluación monetaria (imprimir papel sin respaldo metálico) es "ilusoria" e "inflacionista". Lo que determina el valor real de una moneda es la cantidad de plata y no el nombre que se le adjudique.

Si las monedas son depreciadas en un veinteavo "cuando los hombres vayan al mercado a comprar cualquier otra mercancía con su nuevo aunque más ligero dinero, hallarán que 20 chelines de su nuevo dinero no comprarán más que lo que comprarían 19 antes".

Visto lo visto, la historia se repite. Los bancos centrales fijan tipos mínimos y devalúan las divisas de forma arbitraria reduciendo el poder adquisitivo de los ciudadanos. El mercantilismo monetario, que no el libre mercado como nos quieren hacer creer, sigue plenamente vigente en el siglo XXI. Greenspan, Bernanke o Trichet son los nuevos mercantilistas, pero… ¿dónde están los liberales?

La ciencia del mentir

Uno se los imagina recogiendo y cotejando los datos y sometiéndolos a pruebas y filtros sutiles y efectivos, de los que emerge, por fuerza propia, la verdad. El científico se sorprende, que en eso consiste la filosofía, anota los resultados y su historia y los redacta en un artículo para someterlos al juicio de sus colegas.

Pero estos no. Estos tenían el resultado de antemano y estaban dispuestos a todo por mantenerlo. Ocultaron datos y los manipularon. Intentaban expulsar a quienes no piensan como ellos de la república de la ciencia. Alguno se alegró de la muerte de un colega, otro fanfarroneaba con aplicar su visión de la ciencia, es decir, los puños, a un climatólogo. Todo para mantener que la Tierra se calienta por causa del hombre y acallar las causas puramente naturales.

Todo ello es a la vez previsible y sorprendente. Sorprendente porque la ciencia tiene todavía prestigio, y los legos le entregamos las virtudes del conocimiento y la seguridad, y nos sentimos traicionados cuando utilizan ese prestigio para la mentira y, digámoslo, para hacer política. Pero es previsible porque la política paga, con dinero, puestos de trabajo y honores un mensaje y persigue otro.

No tienen defensa. Pero en una segunda línea sí hay un buen argumento que, al menos, salva de la quema al mensaje, que recuerdo que es: 1) Nos abocamos a la catástrofe, 2) El culpable es el hombre (es decir, el capitalismo) y 3) Sólo los políticos nos pueden salvar. Consiste en decir que el hecho de que el desprecio por la ciencia de unos cuantos (aunque entre ellos estén varios de los más destacados miembros del IPCC), no tiene relación alguna con la afirmación de que la Tierra se calienta sólo por nuestra culpa. Todavía podría ser cierto. Claro que sí.

Pero lo que hay que plantearse con todo este escándalo es la motivación que ha llevado a científicos de primer nivel a hacer el ridículo, a traicionarse a sí mismos y a la ciencia a la que dicen servir, y todo por motivaciones políticas o económicas. ¿Por qué, en el periodismo, se repite la misma actitud despreciativa hacia la ciencia e intolerante con quien no traga con la versión oficial? ¿Qué lleva a una sociedad a venerar a la ciencia, pero a sacrificarla por la ideología en cuanto encuentra ocasión? Una sociedad no puede ser sana sin un respeto por la verdad, y se lo estamos perdiendo.