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Etiqueta: Recursos energía y medio ambiente

Una solución de mercado para la agricultura

No queda demasiado claro qué es eso de la justicia, aplicado a los precios, ni cómo alcanzarla desde las instancias oficiales. ¿Es justo el precio que permite que todos los consumidores, incluso los más desinteresados, se puedan permitir adquirir un bien? ¿Es justo el precio que remunera a todos los productores, incluso a los más ineficientes? ¿Es justo un precio arbitrario comprendido entre las dos anteriores arbitrariedades?

Cabe la posibilidad de que la ciencia económica no haya avanzado lo suficiente como para saber cuál es el precio justo de una patata o de una naranja, o también puede que semejante categoría quede fuera del reino de los tubérculos y de los cítricos.

No veo, de hecho, qué tiene de injusto el precio que los agricultores rechazan con ferocidad: el libremente pactado por compradores y vendedores. Se me antoja razonable tanto que un vendedor no pueda obligar a un comprador a que adquiera su mercancía si es que encuentra otra más barata, como que un comprador no puede obligar a un vendedor a que le venda su mercancía si éste encuentra otro que esté dispuesto a pagársela más cara. Pero muchos agricultores parecen no estar de acuerdo con este sencillo razonamiento, tal vez por encontrarse del interesado lado de los vendedores. Así, consideran que sólo es justo aquel precio que les permite ganar dinero haciendo exactamente aquello que venían haciendo desde antaño, sin necesidad alguna de preguntarse si, como dijera Dylan, las cosas han cambiado y, tal vez, sea necesario adaptarse al Zeitgeist.

Y es que el problema más inmediato del campo es que existe un exceso de capacidad, esto es, se produce una cantidad demasiado grande de mercancía, que sólo puede venderse a unos precios que no compensan. Por tanto, o reducen costes –lo cual, debido a ciertas características del campo español, como la extensión del minifundismo, no es algo que pueda solucionarse inmediatamente–, o muchos productores habrán de echar el cierre. El mercado soluciona siempre los excesos de capacidad de la misma forma: si los consumidores sólo están dispuestos a pagar por un producto un precio inferior a lo que cuesta producirlo, es que hay que reducir la oferta del mismo.

Hablamos de un ajuste sin duda traumático para muchas personas que no han desarrollado otras actividades en su vida y que probablemente les resultaría más llevadero si en lugar de expulsar del mercado agrario a productores enteros se pusieran de acuerdo entre ellos para repartirse los recortes en la producción en los distintos mercados territoriales.

Cuando en un sector económico existe un exceso de capacidad, las empresas tienen dos opciones: iniciar una guerra de desgaste, para ver cuál aguanta más vendiendo a pérdida, o, por el contrario, firmar un armisticio y colaborar entre ellas para acordar reducciones en la producción que eleven el precio de mercado. En otras palabras, tienen la opción de destruirse mutuamente o formar un cártel.

Sí, he mencionado una palabra tabú: cártel. Los cárteles son acuerdos empresariales por los que dos o más empresas pactan, bien los precios a los que venden sus mercancías, bien la cantidad de productos que llevan al mercado. Y, a diferencia de lo que asume el pensamiento convencional, no se dirigen necesariamente a explotar a los consumidores para lograr beneficios extraordinarios. En muchos casos, un cártel puede ir simplemente dirigido a racionalizar un sector en el que ha aparecido un exceso permanente de capacidad (por ejemplo, por un cambio súbito de gustos que lo ha dejado desprovisto de parte de su demanda tradicional) y en el que, por tanto, todos o casi todos los productores están vendiendo por debajo de coste.

Mediante un cártel, los empresarios pueden estabilizar la oferta de una mercancía para así asegurarse de que cubren costes y, al mismo tiempo, reducir la incertidumbre sobre cuál será la evolución futura de sus precios. En lugar de padecer una fuerte volatilidad de precios derivada de una feroz competencia empresarial por ganar cuota de mercado, con la estabilidad de precios los empresarios pueden realizar más fácilmente sus cálculos a largo plazo y optar por realizar inversiones que reduzcan sus costes y que mejoren su rentabilidad.

El mercado agrario español y europeo necesita un cártel. De hecho, la PAC –en sus distintas fases– ha sido un intento de constituir un cártel público –de ahí que, por ejemplo, se hayan destruido los excesos de producción que deprimieran los precios–, pero como tal limitaba la libertad de entrada en el mercado, lo que provocaba que los agricultores no sintieran la presión competitiva de empresarios ajenos al cártel. Y sin competencia externa el agricultor deja de ser miembro de un cártel privado para convertirse en un rentista estatal: ni innovaciones, ni ajustes internos, ni nada que se parezca a un cambio en el modelo de negocio.

La PAC ha sido un intento fallido de constituir un cártel en el sector agrario –fallido porque beneficia a corto y a largo plazo a sus miembros a costa de los consumidores–, pero un cártel privado no tendría por qué serlo. Pudiendo asignarse a sí mismos cuotas de producción de acuerdo con la demanda anual, los agricultores podrían seguir compitiendo en costes y en calidades. Seguiría habiendo incentivos a la innovación y a la mejora de la competitividad, en especial por la fuerte competencia que representarían los productores extranjeros; una competencia foránea que, incluso, podría resultar insuperable para un cártel de carácter nacional. Sin embargo, esa fórmula es, en realidad, una de las pocas alternativas que les quedan para tratar de prosperar sin desmantelar a los consumidores y a los contribuyentes.

Pero, ¡ah!, el artículo 1 de nuestra Ley de Defensa de la Competencia dice: "Se prohíbe todo acuerdo, decisión o recomendación colectiva, o práctica concertada o conscientemente paralela, que tenga por objeto (…) a) la fijación, de forma directa o indirecta, de precios o de otras condiciones comerciales o de servicio, b) la limitación o el control de la producción, la distribución, el desarrollo técnico o las inversiones, c) el reparto del mercado o de las fuentes de aprovisionamiento…". Jarro de agua fría. Si nuestros políticos dicen que así se defiende la competencia, será verdad. Propuesta zanjada y que prosiga la PAC, que por lo visto es el único cártel agrario aceptable para nuestras autoridades.

El gran timo verde

Eso es lo que se deduce de los correos electrónicos del CRU, uno de los centros públicos de investigación climática más importantes, hechos públicos en los últimos días. En estos correos algunos de los grandes gurús de calentamiento explican cómo han falseado datos para defender sus tesis, cómo lo han hecho para ocultar serias dudas sobre sus teorías, cómo han presionado a las revistas científicas para que no publicaran a los escépticos, cómo han exagerado para obtener subvenciones o cómo evitan aportar las pruebas de sus conclusiones catastrofistas. Pero quizá lo peor de todo sea que esos correos demostrarían que los calentólogos y el propio CRU han estado destruyendo datos para saltarse a la torera la ley de libertad informativa y la crítica de quienes no comparten sus teorías.

El calentamiento global se ha convertido en una religión y los calentólogos en una secta dispuesta a mentir todo lo que haga falta con tal de lograr sus objetivos. Todos los tratados, regulaciones y partidas presupuestarias destinados al calentamiento global deberían quedar temporalmente en suspenso y los presuntos autores del gran fraude deben ser juzgados con rapidez. No se trata de juzgar opiniones sino de establecer si un grupo de conocidos científicos ha obtenido enormes fondos y ha empobrecido a la población mediante la mentira y el fraude más burdo.

Estamos ante uno de los mayores escándalos de las últimas décadas por mucho que los implicados traten de justificar sus involuntarios reconocimientos de fraude con peregrinos argumentos como que hablaban figurativamente o que sus frases han sido sacadas de contexto. Pero en el fondo, ni las mentiras ni estos patéticos intentos de justificar el fraude deberían sorprendernos. El movimiento radical ecologista ha logrado convertir todo lo verde en un estercolero de fraudes, mitos y mentiras. Todo el que se acerca a lo verde parece caer en un valle de mierda pringosa. Hace unos días Miguel Sebastián se daba de baja como socio de Greenpeace. Pero no lo hacía en contestación al radicalismo de la organización ecologista sino por los ataques que le ha dedicado la organización de los guerreros del arco iris. De hecho, el propio Miguel Sebastián ha usado recientemente la mentira más desnuda para tratar de apuntalar el mito de los empleos verdes. Ante las preguntas de la prensa estadounidense acerca de la Universidad Rey Juan Carlos y el estudio sobre los efectos en el empleo de las ayudas públicas a las energías renovables, el ministro declaraba al Houston Cronicle que la URJC es una universidad privada y pequeña, que lo único bueno que tiene es el nombre y que en el resto no es relevante.

Todo un ministro de España mintiendo descaradamente sobre una universidad española con tal de desprestigiar un poco un estudio académico cuyos resultados no le convienen pero no sabe contestar. De hecho, Sebastián nos llega a atribuir a los autores argumentos que jamás hemos utilizado para así "criticarnos" a placer. Que Greenpeace o Ecologistas en Acción mientan sin descanso es algo a lo que nos hemos terminado por acostumbrar. Los fotomontajes de Greenpeace, la afirmación de su presidente de que el bosque español desaparece (cuando el censo forestal dice que aumenta) o el descubrimiento de peces mutantes por parte de Ecologistas en Acción son hechos grotescos. Pero que un ministro español o unos científicos mientan a la ciudadanía para lograr oscuros intereses particulares, no tiene nombre.

Desmantelando la economía

Por supuesto, el enloquecimiento colectivo de una sociedad no modifica las ruinosas consecuencias de tales dádivas públicas, simplemente las recubre con un manto de aquiescencia general gracias al cual el Estado, como ya previera Bastiat, alcanza su auténtica y plena naturaleza: la ficción a través de la cual todo el mundo intenta vivir a costa de los demás.

La manifestación de agricultores que ha tenido lugar hoy en Madrid no es más que otro destello de esa sociedad dependiente y parasitaria en la que Zapatero ha convertido a España. Todas sus demandas, salvo la referente a la fiscalidad, son inaceptables y más que a evitar el desmantelamiento del "campo" –signifique esto lo que signifique– se dirigen a desmantelar a los consumidores y a los contribuyentes para no reconocer que una parte significativa del campo se encuentra en abierta bancarrota y que necesita reconvertirse.

Partiendo de la consideración del campo como un sector estratégico –¿Y cuál no lo es? ¿La eléctrica que permite alumbrar nuestros hogares y poner en funcionamiento la maquinaria industrial? ¿La armamentística que habilita nuestra defensa? ¿La textil que nos proporciona vestimenta? ¿La informática que permite procesar millones de datos y solventar en muy poco tiempo problemas de enorme complejidad? ¿Las telecomunicaciones que facilita la transmisión de información por todo el mundo? ¿Las automovilísticas que fabrican los vehículos con los cuales transportamos a las personas y a las mercancías por nuestro territorio y fuera de él? ¿Las constructoras que edifican los inmuebles en los que habitamos? ¿Las farmacéuticas que nos proporcionan los medicamentos con los cuales superar nuestras enfermedades? ¿Las petroleras que extraen y refinan el combustible con el que movilizar nuestro aparato productivo?– solicitan "precios justos" para su sector, mayores ayudas bajo la cobertura de la PAC y la promoción de las energías renovables (¡tonto el último que se sume a la burbuja!).

Pero me temo que los precios justos no son otros que aquellos que los consumidores a quienes quieren venderles sus productos están dispuestos a pagar. Si esos precios resultan demasiado bajos como para que les salga a cuenta seguir labrando y cultivando sus campos, tal vez es que deberían cambiar de sector. Del mismo modo en que la agricultura se contrajo desde el 90% del PIB en el s. XIX a apenas el 5% en el s. XXI; del mismo modo en que centenares de empresas quiebran cada día en España por ser incapaces de atender a su demanda; del mismo modo en que nadie debería medrar en el mercado a costa de esquilmar a los demás.

Bastante daño ha hecho ya la PAC –dentro y fuera de nuestras fronteras– como para extender su régimen más allá de 2013. Puede que el campo haya sobrevivido merced a producir centenares de miles de litros de leche u otros tantos kilos de trigo que posteriormente deben destruirse para no deprimir los precios o merced a primar a los agricultores para que dejen las tierras en barbecho –esto es, exactamente por no hacer nada–, pero al tiempo hemos impedido que el sector se readaptara –que redujera su tamaño para incrementar el de otras industrias– y que los consumidores puedan minorar de manera significativa el coste de su cesta de la compra.

Malamente prosperará a una sociedad que pretenda enriquecerse volviendo los bienes de consumo más inaccesibles y escasos para el público. De nuevo, Bastiat ya lo entendió: aquellos efectos no visibles de las intervenciones públicas son por lo general mucho más dañinos que las consecuencias inmediatamente constatables. Por ello, los políticos demagogos pueden comprar votos arruinando la economía: basta con que vendan como propios los pobres logros de las intervenciones y como ajenos sus nefastas consecuencias.

La economía española no necesita "sectores estratégicos" incapaces de sobrevivir si no es expoliando a los sectores competitivos, a aquellos que crean riqueza por sí solos, a aquellos que pueden vender a bajos precios productos de calidad a los consumidores y aún así obtener pingües beneficios. Si todos los que fracasamos en un proyecto empresarial ponemos la mano delante del Ministerio de Economía, como sentenciara Thatcher con respecto al socialismo, "a la postre se acaba el dinero".

Puede que este Gobierno manirroto e izquierdista se merezca sufrir la manifestación y el desprecio de unos agricultores famélicos de subvención. El resto de los españoles, que seríamos al final quienes abonaríamos la factura de sus exigencias, desde luego no.

Los incentivos de los ecologistas

En un artículo anterior, El calentamiento global en un futuro incierto, defendía la adaptación al cambio climático (facilitada por el crecimiento económico, el desarrollo de nuevas tecnologías, etc.) frente a los infructuosos y onerosos esfuerzos por mitigarlo, que asumen un contexto estático. Por supuesto, hay una cuestión previa: ¿el calentamiento global es causado por el hombre? ¿Hasta qué punto serán catastróficas sus consecuencias?

Algunos no tenemos suficientes conocimientos científicos como para emitir una opinión cabal independiente y tenemos que basarnos en las opiniones ajenas que nos parecen más creíbles. La pregunta es, ¿cómo decidimos a quién creer en este tipo de situaciones? Una opción es fijarse en los incentivos de la gente para decir lo que dice. Por ejemplo, a las compañías tabaqueras les perjudica que se extienda la opinión de que el tabaco afecta gravemente a los fumadores pasivos, además de a los fumadores, por lo que los estudios financiados por la industria sobre este tema tendrán en principio menos credibilidad que los estudios de la comunidad médica o investigadores independientes, que no se juegan nada en sus resultados. Eso no quiere decir que los primeros no puedan tener razón, significa simplemente que desde la ignorancia es más prudente apostar por los segundos.

Los ecologistas acusan a multinacionales de la energía como Exxon de promover sus propios intereses económicos financiando estudios y campañas que ponen en duda el calentamiento global y la conveniencia de regulaciones que menoscabarían su negocio. Es posible que los verdes tengan razón y estas empresas no estén pensando en el bien común. La defensa de la verdad puede estar alineada con el beneficio propio, pero la coincidencia a veces suscita sospechas.

No obstante, muchos ecologistas también tienen incentivos para expresar sus opiniones sobre el cambio climático. No se trata (normalmente) de incentivos económicos, sino de incentivos ideológicos, que no son menos poderosos. Como señala David Friedman, el ecologismo en general y el calentamiento global en particular aportan nuevos argumentos a favor de un Estado más intervencionista, más impuestos, etc. Son medidas que mucha gente respalda por motivos ideológicos, luego tienen incentivos para creer en la validez de esos argumentos, popularizarlos y exagerarlos. Documentales catastrofistas como los de Al Gore o la excesiva politización de las conclusiones del IPCC confirmarían esta tendencia.

La mayoría de ecologistas son estatistas, muchos de extrema izquierda, y son hostiles a la sociedad de consumo o ven con recelo el estilo de vida occidental. El calentamiento global proporciona argumentos muy convenientes para los que aborrecen el status quo y quieren un giro de signo socialista. Friedman dice que el ecologismo es en parte un argumento real, en parte una religión, y en parte una cuestión ascética. Las dos últimas sugieren que la gente está demasiado dispuesta a aceptar la primera.

Otra forma de estimar la credibilidad de determinadas opiniones consiste en hacer que los expertos que las sostienen apuesten dinero en ellas. Como opinar es gratis, la gente no tiene incentivos económicos para contenerse, matizar o ponderar bien sus juicios. Si tu opinión puede costarte dinero (o reportarte ganancias), te lo piensas dos veces antes de expresarla. Apostar por tus opiniones demuestra una confianza adicional en tu propio juicio.

En el marco de las apuestas los escépticos se han mostrado poco activos. James Annan, científico británico que cree en el calentamiento global, ha retado a numerosos científicos escépticos a apostar sobre el aumento de las temperaturas en las próximas décadas. Varios de ellos han rechazado la apuesta, aunque otros la han aceptado. En general no parece que los escépticos apuesten entusiasmados por sus tesis como hicieran Julian Simon y Paul Ehrlich a propósito del agotamiento de los recursos. Pero las apuestas no suelen contemplar aspectos relevantes del debate, y su peso debería relativizarse en consecuencia. Por ejemplo, la mayoría de apuestas giran en torno al aumento de las temperaturas independientemente de si existe contribución humana o de si se debe a otros fenómenos como un supuesto incremento de la actividad solar. Pero solo en el primer caso tienen sentido medidas como el Protocolo de Kyoto.

Las apuestas tampoco ponderan la extensión de los daños y posibles beneficios que resultarían del calentamiento global, ni se refieren a la efectividad de las políticas destinadas a limitarlo. Es lógico que aquellos que creen que existe cierto calentamiento global pero no tienen claro que sea de origen antropogénico o que las políticas para limitarlo sean efectivas no encuentren el reto de Annan demasiado atractivo.

Otros economistas, como Bryan Caplan, sugieren apuestas más interesantes: ¿por qué no apostar sobre el aumento de la renta per cápita o la esperanza de vida en 2059 (o en 2109) condicionado a no hacer nada sobre las emisiones de carbono?

La gaya ciencia de Zapatero

El tal evento consistía en la alineación de dos liderazgos progresistas, una conjunción en tiempo y espacio de José Luis Rodríguez Zapatero y Barack Obama.

Superado el primer rubor, zarandeados por la asimilación, absurda, entre el baile elegante e inexorable de los planetas y el encuentro entre el garbo zumbón de Obama y el meneo robótico de Zapatero, rompimos todos a reír como niños, a mandíbula batiente. La Historia, dos veces y media centenaria del otro lado, y varias veces milenaria del nuestro, tampoco es que se fuera a revolver por el casto ayuntamiento de los dos líderes. Más y más pensamientos chocantes y absurdos, trufados de coñas y risas, corrían en las reuniones de trabajo, en los bares, en la calle, a costa del planetario encuentro de ambos dos, predicho por el oráculo pajínico.

Sí, ¡cuánto reímos entonces, ignorantes de nosotros! Porque es brava, atrevida y desenvuelta la ignorancia, quedamos todos en ridículo al pretender que era ella, la orácula, quien se había merecido la mofa, esta sí, de dimensiones astronómicas. Los ridículos fuimos nosotros, fue España entera. Porque no caímos en el significado profundo de sus palabras.

Este miércoles, el dirigente Zapatero, sin querer darse importancia, sin trompetas ni fanfarrias, ofreció todas las claves escondidas en la predicación de Pajín. En la sede de la ONU, la habitación más planetaria que nos permite esta vieja esfera, José Luis Rodríguez Zapatero proclamó a la rosa de los vientos que la actual crisis económica hunde sus raíces nada menos que en el cambio del clima.

Sí, señores. Aquél encuentro será planetario porque el discurso de Zapatero surge de las entrañas de la Tierra. Zapatero es el Zaratustra de la Gaya ciencia. O, más bien, de la Gaya teoría, que entiende que nuestro planeta es un ser vivo, con sus equilibrios internos y sus flujos constantes. Vivo y puñetero, como todos los demás. Y si se le toca la moral, se revuelve y nos atiza una crisis económica de Dios Padre y muy Señor Mío. Y así estamos.

¿Qué? ¿Entienden ahora lo del encuentro planetario?

Un economista llamado Zapatero

Zapatero, preclaro intelectualillo que confundía la progresividad con la regresividad fiscal y que supuestamente aprendió el contenido de una de las ciencias sociales más complejas que existen en apenas dos tardes, ha sentenciado ante la ONU, sin rubor alguno, que el cambio climático es una de las causas de la recesión.

¿Por qué? Pues no queda muy claro con sólo una frase tan seca y tajante. Al menos los delirios de Jevons tenían cierta relación con la realidad, pues el inglés pensaba que el tamaño de las manchas solares provocaba alteraciones en el clima que a su vez generaban malas cosechas, incrementos en los precios de los productos agrícolas y, a través de estos, crisis económicas.

Pero, ¿y Zapatero? El que está acumulando méritos para convertirse en el economista español más original del s. XXI no ha querido desarrollar su visionaria teoría. Lástima, nos quedaremos de momento con las ganas de descubrir cómo ha influido el cambio climático en la burbuja inmobiliaria: tal vez sea que la calor abochornara al bueno de Alan Greenspan y lo impulsara a favorecer una de las mayores expansiones crediticias de nuestra historia.

Tampoco llegaremos a entender cómo España, uno de los países más ecologistas del mundo, que se ha sumado a todas las iniciativas habidas y por haber en torno al cambio climático y que ha inundado con miles millones de euros a las eléctricas para promover el negociete de las energías renovables, es a la vez uno de los que más está sufriendo ­–y más va a sufrir– los achaques de esta crisis que nos trajo el cambio climático.

Curioso, por cierto, esto del ciclo económico. Algunas de las mentes más brillantes de la historia se han dejado las neuronas en redactar decenas de miles de páginas sobre el asunto, y nuestro insigne presidente, al que no se le conoce escrito alguno que no quepa en una servilleta de papel, lo ha zanjado en un par de frases.

Aunque, en realidad, más verosímil me parece la hipótesis de que Zapatero siga teniendo hoy los mismos conocimientos económicos y los mismos prejuicios ideológicos que antes de convertirse en discente del posteriormente defenestrado Sevilla. Lo que buscaba el presidente del Gobierno con tales malabarismos era justificar que esté aprovechándose de la crisis para promover todo tipo de leyes disparatadas –como la Ley de Crecimiento Sostenible– que en absoluto atacan las causas de la recesión ni favorecen la recuperación: nos inventamos un muñeco de paja que nos permita no tomar ni una decisión correcta pero sí bastantes catastróficas.

Al fin y al cabo, a Zapatero le importa bastante poco que los españoles salgan de la crisis en la que, en buena medida, su Gobierno nos ha metido. Como él mismo ha declarado: "Los intereses que tiene España para defender en Naciones Unidas es Naciones Unidas", véase: "una garantía de paz que atienda la salud en el mundo, la lucha contra la pobreza y ahora que atienda también la lucha por el cambio climático". Los españoles no tenemos intereses porque han sido sustituidos por los de Naciones Unidas, esto es, por la agenda izquierdista global que Zapatero lidera en nuestro país. Hay que acabar con la pobreza en el mundo mientras la vamos multiplicando en España. Cómo no habremos caído antes.

Una vida que vale millones de vidas

A instancias del Gobierno de México, y con financiación privada de la Fundación Rockefeller, Borlaug y su equipo comenzaron a cruzar distintas variedades del trigo y lograron una variedad resistente a la roya, una enfermedad fúngica que diezmaba la cosecha. Sólo con ello, Borlaug logró un aumento de la productividad de entre el 20 y el 40 por ciento. La segunda aportación consiste en la obtención de unas variedades semienanas con un alto índice de cosecha y con una gran adaptación a condiciones muy diversas. Borlaug, además, introdujo una nueva técnica para acelerar el proceso de mejora: obtener dos generaciones anuales, con lo que el tiempo se reduce a la mitad.

Su proyecto arrancó en 1943, y en sólo once años permitió que México pasase de ser deficitario en este cereal a ser autosuficiente. En la primera mitad de los 60 introdujo nuevas variedades de trigo que permitieron que la producción mundial se multiplicase.

Su ejemplo, y sus métodos, se transplantaron en el cultivo del arroz y se obtuvieron variedades que, por tener el ciclo más corto, una mayor resistencia a plagas y enfermedades o una floración independiente de la duración del día, entre otras características, lograron resultados espectaculares. Como resultado de la "revolución verde", la producción mundial de grano pasó de apenas 700 millones de toneladas en 1950 a 1.900 en 1992, con una superficie cultivada similar. Borlaug ha muerto cuando daba todavía su impulso, ya nonagenario, al proyecto Global 2000 Africa, que pretende llevar a ese continente los métodos aplicados con éxito en América y Asia.

En los 80 se desarrolló una segunda revolución verde debida a las variedades "modificadas genéticamente", y que ha recibido incluso mayor oposición que la primera. Especialmente por parte de los ecologistas, a pesar de que, como ha recordado recientemente Francisco García Olmedo, la obtención de variedades resistentes a plagas o a enfermedades gracias a la modificación genética "contribuye al doble objetivo de aumentar el rendimiento y permitir una agricultura más limpia, al ahorrar cantidades significativas de productos agroquímicos". Borlaug, también en este aspecto, ha defendido a la ciencia frente a los supersticiosos antiguos y modernos.

Borlaug ejemplifica el triunfo de la tecnología, de la aplicación de la ciencia y de la razón a la vida. Sus resultados se cuentan en decenas de millones de personas a las que se ha rescatado de una muerte segura por inanición. Norman E. Borlaug es el contraejemplo de los ecologistas, el triunfo de la civilización y el progreso, frente a la pretensión de volver a una humanidad prístina, breve y brutal.

Los cuentos de los lecheros

Resultaba algo extraño que en una unión económica los gobernantes planificaran un sector para intentar que cada país fuera autosuficiente y su producción lechera no excediera su demanda: temían el descenso de los precios que provocaría una presunta sobreproducción (normal cuando se subvenciona un sector), y decidieron pensar más en los productores que en los consumidores, que no tienen tractores ni rebaños con los que bloquear las carreteras.

La cuota asignada a España fue inicialmente baja e insuficiente porque los ganaderos aparentemente ocultaron la producción real… ¡para no pagar impuestos! Unos auténticos liberales opuestos al Estado, estos bravos campesinos. Querían producir más, tal vez para demostrarles a los franceses que no necesitamos que nos amamanten. Así que el gobierno español ha pedido que se incrementara la cuota, y la Comisión Europea, aplicando un criterio de justicia como la equidad, se lo ha concedido… a todos los países miembros. Tal vez el Ministerio de Agricultura no entendió la jugada: se trataba de obtener algún privilegio y de mantener las restricciones a la competencia, no de liberalizar el sector: según Gaspar Anabitarte, responsable del Sector Lácteo de la COAG, "el Gobierno metió la pata. Nunca se debería haber aprobado esa medida. Es una barbaridad".

Y es que en España el ganadero tiene una vaca lechera que no es una vaca cualquiera. Es una vaca con aspiraciones de inmortalidad y prosperidad económica garantizada por el Estado. La demanda de los consumidores no importa; si la competencia lo hace mejor, peor para ella. El sector lechero español quiere tener derecho a existir a costa de los demás, porque ¡es la leche! Si el coste de producción es superior a los precios de venta no se les ocurre buscar otra ocupación más beneficiosa para ellos mismos y sus semejantes. "El sector lechero es importantísimo de mantener, dado que es la única industria en ciertas zonas". Tal vez es la única industria por la dependencia que crean el proteccionismo y las subvenciones, que matan la empresarialidad.

"Permitir que se vengan abajo los pequeños productores en un nuevo escenario, en el cual no podrán competir ante la descalabrada producción de mega productores, supone una condena de muerte para ciertas zonas, en Galicia, en la cordillera Cantábrica, Navarra… incluso en Cataluña". O sea que son incompetentes pero tenemos que apiadarnos de ellos, pobrecitos, porque son pequeños, como los niños, y se van a morir (no será de hambre o sed, claro, antes se comerán las vacas…), no sólo ellos sino toda su región, y compiten contra abusones "descalabrados", todo un escándalo.

La vaca no es tan mansa como la pintan dado el lenguaje bélico de estos vaqueros. Adoración Llorente, técnico del sector lácteo de ASAJA asegura que "Francia va a intentar tomar nuestro mercado". Román Santalla, secretario de Ganadería de la UPA, afirma que "no podemos permitir que Francia nos invada".

Según Santalla "esta liberalización es equívoca porque no se ajusta a las realidades económicas del momento, y del futuro. Es demasiado firme, intenta definir una situación que naturalmente está por definir". ¿Liberalización "equívoca"? ¿Liberalización "demasiado firme"? ¿Liberalización que define situaciones? Tan acostumbrados a tener a sus rebaños domesticados y cautivos, no acaban de entender lo que es la libertad. Reclama "más apoyo del Gobierno, necesitamos que determine ayudas firmes, que evite que se imponga la ley de la selva". Porque en la selva las fieras se comen a las vacas, claro.

Anabitarte aclara que es el sector lácteo, pero en realidad estamos hablando de pasta: "Los ganaderos no quieren más leche, sino mejores remuneraciones. Con más leche, menos precio. Queremos mantener las cuotas –u otro tipo de regulación– para tener un equilibrio entre oferta y demanda". Pero no un "equilibrio" cualquiera donde precio y cantidad se ajustan mediante las interacciones libres y voluntarias de productores y consumidores. Ellos quieren un "equilibrio" a un precio más alto, sin el engorro de que los productores marginalmente menos competentes desaparezcan.

Albert Massot, profesor de la Universidad de Barcelona y administrador de estudios parlamentarios de Agricultura del Parlamento Europeo, recalca que "las cuotas son un mecanismo de control de producción, administrativo. Lo bueno sería que fueran autorregulados, pero falta unión entre los ganaderos españoles. Siguen viendo al vecino como el enemigo, y esta división les saldrá caro". Las cuotas son un mecanismo coactivo, y la unión entre ganaderos que se propone probablemente llamaría la atención del comisario de competencia.

Calentamiento global en un futuro incierto

Internet y la web han supuesto un cambio en nuestras vidas, por una sencilla razón: la gran facilidad, sin precedentes, con la que permite la creación de riqueza. En este sentido, es una verdadera gallina de los huevos de oro. Me explico.

Sólo existe una forma de generar riqueza: el intercambio libre entre los individuos. Cuando una persona vende a otra persona un objeto o un servicio, ambas personas se benefician, pues las dos valoran más lo recibido que lo entregado (si no, no se produciría el intercambio). Tras cada intercambio libre la riqueza de la sociedad aumenta, los recursos se han aproximado más a aquel sujeto que más los valora.

La mera fabricación o construcción no supone la creación de riqueza: que se lo digan a todos los constructores que tienen sus inmuebles sin vender. Esas casas no son riqueza hasta que no se vendan: de momento, son solo recursos mal utilizados; dichas casas posiblemente supondrán destrucción de riqueza, si el vendedor no consigue recuperar en su intercambio los recursos invertidos en la construcción.

Ocurre que para generar riqueza, hay que tener cierta capacidad de anticipación, tratar de adivinar lo que necesita la gente, y de qué forma se puede mejorar el uso de los recursos disponibles para satisfacer dichas necesidades mejor. Esto es lo que hacen los empresarios: localizan recursos que creen que están mal utilizados; que creen, por tanto, poder utilizar mejor, y los compran a un precio que necesariamente es inferior al que ellos creen poder obtener. Asumen todo ese riesgo, y, si aciertan con la mejor utilización del recurso, obtienen un beneficio, derivado precisamente de haber mejorado la satisfacción de los clientes. Ambas partes, como en todo intercambio, se benefician del mismo, y la riqueza ha crecido.

Antes de internet, lo de llevar ideas de negocio a la práctica era bastante costoso, aunque solo fuera por la necesidad de algún tipo de soporte físico para el negocio (un local, una nave…), o de darse a conocer. Esto es justo lo que ha cambiado con internet: ahora el lanzamiento de una idea de negocio es tan sencillo (o complicado) como realizar una página web en Java. Nada más es necesario. No hay que buscar local, ni decorarlo, ni nada por el estilo. Además, por el mismo precio, tienes presencia internacional y publicidad incorporada. Con estos mimbres, la actividad del emprendedor tenía necesariamente que explotar.

Y así ha sido. Por supuesto, se han cometido y se cometerán muchos errores durante esta explosión. Pero el resultado es palpable casi desde el inicio: nuestra sociedad se enriquece y se enriquece con cada iniciativa de los millones de personas que pueblan el planeta. Y esa sí es riqueza de verdad, no la que hacen nuestros gobiernos con inyecciones de dinero y demás zarandajas.

Verde, que te quiero verde

Lo cierto es que cuando se atizó el fuego, las llamas alcanzaron a muchos sectores económicos, y entre ellos al de las tecnologías de la información. Así que algunos de los rescoldos antes referidos sobreviven en este sector, pues los principales fabricantes siguen interesados en el asunto. Todos ellos, se dediquen a ordenadores o routers, a módems ADSL o a teléfonos móviles, tienen en común un repentino y nada espontáneo interés por mostrar su conciencia ecológica, sobre todo en lo referente al ahorro de energía.

Ocurre que si hay algo que caracteriza a las TICs es el bajo consumo energético. Donde los restantes ingenieros usan con facilidad los watios y kilowatios, los informáticos y los telecos no pasan del miliwatio. Con lo que consume una bombilla normal, se pueden mantener 60 líneas ADSL. Las tan temidas antenas de telefonía móvil emiten, desde sus alturas, a 120 watios, cuando cualquier microondas en nuestra protegida cocina supera con facilidad los 1000 watios de consumo. Vamos, que en consumos energéticos, las TICs están varios órdenes de magnitud por debajo de otras tecnologías domésticas e industriales.

Dicho esto, es evidente que todos los consumos se pueden reducir y que siempre es preferible un aparato que consuma menos a igualdad de funcionalidad. Pero esa no es la cuestión: la cuestión es si merece la pena dedicar tantos recursos a este asunto o si sería preferible destinarlos a mejorar la capacidad de las tecnologías móviles o la facilidad de uso de los ordenadores.

No me corresponde a mí esta recomendación, sino al mercado soberano. Y, sin embargo, tengo la sensación de que estos recursos se están dedicando a las TICs "verdes", pese a la indiferencia del mercado, y con el único interés de quedar bien ante la clase política, capaz con sus sugerencias de canalizar los recursos escasos incluso hacia los lugares más inesperados.

Tarde o temprano, el experimento mostrará sus resultados. Entonces sabremos si las inversiones en innovación para ahorrarse unos miliwatios y poder poner un sellito en el aparato eran de verdad razonables. Porque, en el mercado libre en que a ellos les toca competir, no podrán recuperar estas inversiones a menos que el consumidor final consideré que, realmente, ese ahorro energético tiene valor. Sí, el mismo consumidor que se deja la tele y la luz encendida y el portátil abierto encima de la mesa es el que tiene que sancionar con su dinero ese incremento de utilidad.

Lo cual nos lleva, por supuesto, al verdadero problema en todo esto: la regulación de precios de la energía, y no el patético ahorro de consumo que se pueda conseguir en una línea ADSL tras dos años de investigación.