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Etiqueta: Recursos energía y medio ambiente

Salvemos el planeta

Con esta nueva subida nuestras emisiones ya se sitúan un 52,6% por encima del año de referencia (1990) cuando el acuerdo era no incrementarlas más de un 15%. Esa diferencia significa un coste directo de miles de millones de euros para las empresas españolas en concepto de compras de derechos de emisión. Las decenas de planes nacionales concebidos para dirigirnos hacia su acatamiento no han servido de nada. Tampoco ha tenido ningún tipo de efecto la promesa de la ex ministra Narbona de que el coste de cumplir con Kyoto (o de intentarlo) se mantendría bajo. Esto es un verdadero fiasco.

El problema desde la firma del Protocolo de Kyoto hasta el año 2007 es que la economía creció, así de simple y así de claro. Ese es el pecado que hemos cometido y por el que tendremos que pagar a ricos empresarios de países de la Europa del Este y Alemania. En efecto, el ciudadano medio español lleva desde 2005 jugando forzosamente a este juego de trileros en el que después de mover los vasitos boca abajo sólo cabe perder. Si levantamos el primer vasito hemos de pagar a través de la elevación de los precios de la electricidad y de otros productos básicos, si levantamos el segundo nos toca deslocalización y pérdida de empleo y si levantamos el último nos encontramos con impuestos verdes, déficit verde o multas verdes.

Siempre he estado entre los que decían que la única forma de cumplir con Kyoto y no perder en este juego de suma cero es provocar una crisis de dimensiones históricas. Los catastrofistas ecologistas se gastaban la cara de llamarnos alarmistas por señalar esa obviedad. Ahora resulta que los partidarios de Kyoto miran esperanzados la crisis económica en la que nos encontramos porque está logrando que se reduzca la actividad industrial y el consumo energético producido a través de fuentes fósiles y, con él, las emisiones de CO2. Lo que está ocurriendo es la prueba fehaciente de que lo que decíamos era cierto (algo que, por otro lado, no tiene demasiado mérito) y que en plazos como los establecidos por el Protocolo no cabía más que crisis económica o incumplimiento. El ecologismo radical se alegra ahora del desastre económico que estamos padeciendo por culpa de las enormes dosis de intervencionismo financiero que también ellos apoyan. En el fondo, es posible que lo único que estuvieran persiguiendo fuese eso, una enorme crisis y un parón industrial global.

Vaclav Klaus lo tiene muy claro. En el reciente Congreso Internacional No Gubernamental sobre Cambio Climático de Nueva York organizado por Heartland Institute y otras 59 organizaciones independientes –entre las que se encontraba el Instituto Juan de Mariana–, el presidente de turno de la Unión Europea expresó su convicción de que para los ecologistas la cuestión no es climática sino ideológica. Un indicio de que Klaus tiene razón es que aunque todos los países cumplieran con el Protocolo, la temperatura global de la tierra apenas variaría en 0,07 grados centígrados para el año 2050. Otra pista que confirma las sospechas del presidente checo es que los ecologistas no quieren ni oír hablar de alternativas menos costosas y más efectivas que Kyoto, algunas de las cuales han permitido a Estados Unidos tener una tasa de incremento de emisiones que es la mitad de la europea desde 1997. Por último, y esto termina de destapar el rojo que se esconde bajo la capa de verde, los que vienen diciendo desde los 90 que el calentamiento que sufrimos es catastrófico evitan comentar la buena noticia –corroborada en la conferencia de Nueva York– de que llevamos una década sin ese calentamiento global. En algo sí tienen razón los catastrofistas: tenemos que salvar el planeta. Pero, como decía Klaus, tenemos que salvarlo del movimiento ecologista.

¡Que vienen los negacionistas!

La pieza en cuestión se llama "Cumbre mundial de negacionistas". Pero no de una reunión de lo que conocemos por "negacionistas", es decir, de quienes niegan el Holocausto, sino de una gente que no tiene nada que ver, y que se ha reunido para hablar… ¡del tiempo! Defraudar al lector ya desde el titular, ¿merecerá milagrosa intervención?

Si se pregunta por qué da el redactor de El País ese salto semántico tan espectacular, tiene la respuesta en la propia noticia: el término "les molesta". Periodismo de calidad, pero en tiempos de crisis. Se refiere la información a la convención que ha convocado el Heartland Institute en Nueva York y que convoca a los principales autores escépticos con el tratamiento que se está haciendo desde Naciones Unidas del calentamiento global. El mensaje oficial es que 1) Hay un calentamiento de dimensiones catastróficas e inminentes, 2) El causante de ese calentamiento es el hombre, y 3) La solución de ese problema, que es el más acuciante a que se enfrenta la humanidad, es política, es decir, que pasa por que los políticos nos impongan o prohíban ciertos comportamientos. De otro modo, nos iremos al infierno climático.

Piense el lector lo que quiera, pero que sepa que hay expertos de primera fila que no coinciden con uno o varios de los pilares del mensaje oficial. La disensión, el libre examen de las proposiciones ajenas, el debate, son propios de la ciencia. Estigmatizar al contrario, sustituir el pensamiento con términos que se consideran difamantes ("les molesta"), ni siquiera se asemeja a la concepción más cutre de lo que debiera ser la ciencia. Se parece más a la religión o a la política. O al mal periodismo.

Dos no debaten si uno no quiere, eso está claro. Al Gore, sacerdote del oficialismo climático, ya le ha dicho a Bjorn que no está dispuesto a debatir con él. No es de extrañar. No es la ciencia, con sus incómodas servidumbres, lo que le interesa a Gore. Pero la parte de la ciencia que se muestra escéptica con el mensaje oficial es cada vez más importante, y será cada vez más difícil desconocerla. La ciencia y el hombre serán los principales beneficiados.

¿Llegó a haber una crisis climática? Comienza la reunión de los escépticos

El encuentro, más conocido como la cumbre de los escépticos, será abierta por el presidente de turno de la Unión Europea y presidente de la República Checa, Vaclav Klaus. Hasta hace pocos días estaba previsto que fuera José María Aznar quien pronunciara el discurso de apertura, pero el ex presidente ha cancelado su participación para regocijo de quienes en el Partido Popular no se despegan de la calculadora del voto ni cuándo van al aseo.

Unos dicen que Aznar no llegó nunca a confirmar su participación, otro piensan que no supo o no quiso atarse al mástil del barco que lleva sus actuales convicciones y los peor pensados, que finalmente pesó demasiado la losa de la contradicción en quien metiera a España en el atolladero de Kyoto tras una pésima negociación. En cualquier caso, la cabeza de cartel ha ganado en relevancia con su renuncia.

Cerca de mil asistentes, entre los que destacan prestigiosos académicos, discutirán durante tres días los últimos avances científicos y las consecuencias de las medidas políticas relacionadas con el Protocolo de Kyoto así como las alternativas, menos costosas y más efectivas, que el movimiento radical ecologista sigue negándose a discutir.

Escepticismo y desarrollo económico

Entre los ponentes los hay que piensan que a lo largo de este siglo veremos un ligero (no catastrófico) calentamiento y los hay que no. Hay quienes creen que deben emprenderse programas de plantación de bosques jóvenes o invertir en el desarrollo de filtros de carbono o aumentar el peso de la energía nuclear, y hay quienes piensan que la obsesión climática pasará con dejar correr un poco más de tiempo y que más vale gastar los recursos en problemas realmente urgentes. Lo que une a todos es el escepticismo ante toda teoría que no sea científicamente irrefutable y las ganas de compatibilizar cualquier tipo de medida con la libertad y el desarrollo económico.

Algunos de los máximos representantes de las devaluadas tesis catastrofistas también han sido invitados. Es el caso del ex vicepresidente de los EEUU, Al Gore, el conocido científico de la NASA, James Hansen, o el inventor de la teoría del “palo de jockey” según la cual el calentamiento del siglo pasado no tenía parangón en la historia, Michael Mann. Desafortunadamente, todos han rechazado la invitación.

La presencia entre los ponentes de prestigiosos científicos como Richard Lindzen, William Gray, Willie Soon, Roy Spencer, Patrick Michaels, Joseph Shaviv y un largo etcétera, vuelve a desmentir, para quien todavía tenga el más mínimo espíritu crítico, la noción de consenso mundial en torno al catastrófico calentamiento global provocado por la actividad de los seres humanos (especialmente si se produce en un entorno de libre mercado).

Por otro lado, la cumbre se produce en un momento en el que el escepticismo comienza a ganar terreno tras una década de creciente dominio de las tesis que defiende el ecologismo radical. Las causas de este avance pueden encontrarse fundamentalmente en dos hechos muy relevantes: En primer lugar, la crisis económica parece haber dirigido las reflexiones de la ciudadanía hacia los problemas reales (sobre los que hay certidumbre) y con efectos inminentes.

En segundo lugar, y quizá más importante aún, la temperatura global del planeta lleva sin calentarse desde comienzos de este siglo. Así es que la economía y el clima parecen haberse juntado para dar la espalda a las tesis del radicalismo ecologista.

En efecto, la crisis económica está jugando un papel importante en el debate sobre las políticas climáticas. Kyoto es un programa de racionamiento de CO2 que implica un coste gigantesco de cientos de miles de millones de dólares y un beneficio mínimo de 0,07 grados centígrados de reducción de la temperatura global para 2050 frente a la que habría en ausencia de medidas. Con la que está cayendo la cosa no está como para despilfarrar cuantiosos recursos en medidas que no producen ningún tipo de beneficio climático apreciable.

Borrachera colectiva

Ese tipo de políticas alocadas son propias de épocas de borrachera colectiva inducida por dinero abundante y barato y ahora estamos en tiempo de resaca. Además, el método de racionamiento de emisiones, que en época de bonanza requería inducir una crisis económica y suponía de hecho, aún con escaso cumplimiento, ralentización del crecimiento, elevación de la factura de la luz, deslocalización industrial y un grave perjuicio a los países más pobres, ahora se asemejaría más a un Harakiri aquí y constituiría una tremenda inmoralidad en los países en desarrollo.

Una prueba de esto es que ha hecho falta una de las mayores crisis de la historia para que España deje de alejarse de los compromisos hechos en Kyoto. Así que debido a todas estas circunstancias la cumbre europea de diciembre acabó desvirtuando el compromiso posterior a 2012, año en el que concluye el Protocolo de Kyoto.

Angela Merkel, la otrora “princesa de Kyoto”, reventó el modelo de Kyoto al negarse a hacer pasar a su país por la reconversión industrial y la deslocalización que la prolongación del racionamiento actual exigiría a Alemania, ahora que ya ha agotado el colchón del excedente de derechos de emisión producido por el cierre de las industrias de la antigua Alemania Democrática (la comunista).

Por el otro lado, la evidencia de que, en contra de la previsión de los modelos utilizados por el Panel Intergubernamental de Cambio Climático de Naciones Unidas, el calentamiento se ha detenido desde el comienzo de este siglo de acuerdo con las mediciones que realiza el Instituto Goddard de la NASA, hace que el catastrofismo suene cada vez más a chiste.

Este parón no significa, por supuesto, que no podamos volver a experimentar un calentamiento global en los próximos años. Pero muestra la pobreza del instrumental teórico de quienes se empeñan en meter miedo sin argumento y exigir medidas políticas propias de países sin garantías de libertades.

Verdad incómoda

Esta incómoda verdad ha hecho que la prensa empiece a hacerse eco de importantes estudios científicos que ponen en cuestión las tesis más alarmistas. El último caso ha sido el de un equipo de cinco de los más reconocidos científicos japoneses que han realizado un estudio que presentarán al gobierno nipón. En él aseguran que el calentamiento que vivimos el siglo pasado no fue especialmente anómalo y que el hombre no fue su principal causa.

Aseguran también que en estos momentos el calentamiento se ha detenido, que los modelos climáticos usados para la predicción por Naciones Unidas son extremadamente inmaduros, que la tesis del futuro crecimiento continuado de las temperaturas es una hipótesis improbable y que la perspectiva de un gran desastre climático es descartable a efectos prácticos.

De todas estas cuestiones y de muchas más se debatirá abiertamente a partir de este domingo en Nueva York en una conferencia internacional que por mucho que le pese al movimiento ecologista, se financia gracias a las entradas que pagan los asistentes y no metiendo la zarpa en la cartera del contribuyente -como hacen ellos en las cumbres de Naciones Unidas- ni con cargo a la cuenta corriente de ninguna multinacional.

El principal organizador es el Instituto Heartland (dedicado a dar soluciones de libre mercado a los problemas económicos y sociales) y cuenta con cincuenta co-organizadores entre los que se encuentra el Instituto Juan de Mariana.

Los ecologistas contra el móvil

Tienen una especial inquina al progreso tecnológico, es decir, a la mejora de nuestro bienestar, a lo que hace nuestras vidas más cómodas y duraderas. Y también lo que nos permite a muchos ser un poco más felices.

Vimos hace unos días un ejemplo claro de su manera de pensar. Resulta que unos científicos querían hacer un sencillo experimento: fertilizar con seis toneladas de polvo de hierro el Océano Antártico. La idea es dilucidar si, como creen, las algas de la superficie marina tienen nutrientes suficientes para crecer, pero no el hierro que necesitan. Si así fuera, se reproducirían a mayor velocidad y absorberían más dióxido de carbono de la atmósfera. Perfecto, ¿no? Parece una manera barata y eficiente de acabar con los miedos de quienes se creen que el CO2 es un peligro mortal para la humanidad.

Pues no. Los ecologistas quisieron frenarlo porque intentaba poner en manos de la "industria capitalista" un modo barato de hacer desaparecer el CO2 y frenar el cambio climático. Es decir, que realmente no temen tanto el calentamiento global; lo que no quieren es que el hombre siga mejorando las herramientas que tiene a su disposición para hacer del planeta un lugar más habitable para él, que no otra cosa es eso que llaman "industria capitalista". Tras frenar el experimento por miedo a las críticas, finalmente el Gobierno alemán le dio luz verde. Menos mal.

Pero no hace falta irse tan lejos para ver ejemplos de estos nuevos ludditas. La máquina tejedora que quieren destruir ahora no es otra que el teléfono móvil. Ese aparato infernal que podemos llevarnos con nosotros y nos permite comunicarnos con quien queramos en el momento que deseemos. ¡A quién se le ocurre semejante mejora en nuestras vidas! ¡Hay que acabar con ello! Aux armes, citoyens!

La táctica que emplean es la misma que con el calentamiento global: aterrarnos. Por resumirlo mucho, afirman que el uso del teléfono móvil nos va a freír el cerebro o, para ser más exactos, podría llegar a hacerlo, de modo que en aplicación del santo principio de precaución debemos impedir su uso o, en un gesto de generosidad que los honra, restringirlo a los casos de emergencia, como si fuéramos a pagar y llevar encima un cacharro de esos sólo por si nos atracan o se nos estropea el coche.

El principio de precaución significa, teóricamente, que se prohíban innovaciones hasta que no existan pruebas de que no comportan peligros. Suena razonable, pero el problema es que es imposible demostrar que algo no comporta riesgo alguno. Cosas que llevamos milenios comiendo provocan problemas de salud de todo tipo. Así que, en la práctica, el principio de precaución consiste en que el Estado prohíba todo aquello que molesta a los ecologistas.

La excusa para aplicarlo en esta ocasión son las radiaciones y la fuente de autoridad, el profesor sueco Olle Johansson. El problema es que el señor doctor, al menos según los escépticos suecos, no tiene ni idea de lo que habla. Dice que las microondas son comparables a los rayos X o a las radiaciones gamma, que viene a ser como si se dijera que un conejo y un tigre de Bengala suponen un riesgo comparable para el ser humano porque al fin y al cabo ambos son animales.

Hay gente realmente seria que investiga los posibles efectos de las radiaciones sobre la salud, aunque será infrecuente encontrárselos citados en comunicados ecologistas, porque no encuentran evidencia alguna de perjuicios para la salud provocados ni por antenas de telefonía ni por los mismos aparatos. Salvo, claro está, que se usen mientras se conduce. Pero creo que no se refieren a esto los del pez mutante de Garoña, esa organización de ufólogos del medio ambiente llamada Ecologistas en Acción.

De sencillo a ingobernable

Wertham la definió originalmente como "el placer de sentir fantasías sádicas al ver cómo alguien es castigado una y otra vez mientras quien provoca el castigo, permanece inmune".

Entre las personas de la calle, este sentimiento sádico es anecdótico, pero entre los políticos es una auténtica epidemia. Si bien, todo hay que decirlo, no es su única enfermedad mental. Los expertos declaran que entre el 1% y 2% de la población mundial es un psicópata en potencia, pero cuando el estudio se concentra en los políticos, este índice se eleva al 5% y 10%. ¿Acaso alguien lo dudaba?

Los políticos de Cataluña han vuelto a dar testimonio de hasta qué punto les encanta destrozar la vida de las personas a las que someten con sus leyes absurdas. En medio de una crisis económica de magnitudes históricas (el paro y las quiebras empresariales crecen a ritmos jamás vistos, pulverizando el poder adquisitivo de los ciudadanos) el Tripartito ha encontrado dos problemas de solución inaplazable. Uno, que los padres adoptivos tengan la obligación de decírselo a sus hijos y dos, que las bolsas de plástico del super son peor que Hitler y, por tanto, hay que poner coto a su proliferación.

En este segundo caso, el complejo de Superman de nuestros mandatarios se ha superado a sí mismo. De momento no las prohibirán, eso ya vendrá más tarde. El Tripartito ha decidido limitar su distribución gratuita en comercios —se está hablando de un impuesto de 20 céntimos— y crear una "comisión de trabajo sobre bolsas". Prohibirlas resultaba demasiado fácil y no proporcionaba ningún rendimiento económico. Así que la solución pasa finalmente por gastar más dinero del pagador de impuestos y de paso colocar a algún que otro amigote en la susodicha comisión. Probablemente también sufraguen con miles de euros algunos informes sobre bolsas de plástico que nadie va a leer. Podemos recordar, por ejemplo, los 12.000 euros que desembolsó la Generalitat por un informe bajado de internet, los dos portales web que costaron más de 295.000 euros y no funcionaron o el dinero gastado en el estudio sobre brujos y brujas (12.000 euros), sobre la almeja brillante (casi 28.000 euros) o sobre la colocación de libros en las bibliotecas públicas de Girona (24.000 euros), entre muchos más.

Estos casos no son aislados. A diario podemos encontrar en la prensa algún tipo de abuso del Tripartito sobre sus ciudadanos. Esto nos ha de hacer reflexionar sobre algunas cosas. Por duro que les resulte a los políticos, si las cosas funcionan, no se han de complicar con leyes ni impuestos. Los gobiernos no tienen ninguna autoridad moral sobre la vida del ciudadano. Nadie va a morir por que unos padres no le digan a su hijo si es adoptado; y que grupos de presión ecologistas hayan concienciado —léase, lavado el cerebro— a algunos true believers sobre que las bolsas de plástico son peor que el uranio radiactivo, no implica que los poderosos tengan que eliminar a productores, distribuidores, empresarios y trabajadores del plástico para calmar sus conciencias y llenar sus bolsillos. Este sádico complejo de superioridad política sólo crea Estados tiránicos y perdedores netos: los ciudadanos y la economía privada. Es la gente quien ha de elegir libremente si quiere usar un cesto o una bolsa de plástico para trasladar la comida del super a su casa.

Esta solidaridad a punta de pistola es una violación a los derechos individuales del hombre. La solidaridad por ley es un absurdo que sólo da lugar a una sociedad atemorizada y a la pobreza intelectual y material. Lo único que saben hacer los políticos es convertir las cosas sencillas en auténticos problemas. Si ya en los asuntos más simples, los burócratas se comportan como verdaderos sociópatas, ¿cómo podemos esperar que nos arreglen la vida?

Los dictadores de la producción

La compañía no será muy independiente si el Gobierno interviene en cada una de sus decisiones como, por ejemplo, la actual: oponerse a que alguien entre en su accionariado. De hecho, cuando Sebastián afirma que la compañía ha de ser independiente y española quiere decir que debe estar bajo la influencia del Gobierno. El ministro de Industria sabe que si empiezan a entrar empresas foráneas en Repsol, su dominio podría disminuir. ¿Es eso malo? Todo lo contrario, es fantástico. Significa que la empresa estará más sometida al mercado y menos a los caprichos partidistas del burócrata de turno.

En el peor de los casos, ¿de qué nos sirve que Repsol sea española? Cuando Evo Morales nacionalizó los recursos petrolíferos, envió soldados a la sede de Repsol y detuvo a dos directivos de la compañía, el Ejecutivo español miró hacia otra parte y dijo que no era su problema. Tenemos un Gobierno de incompetentes que están más interesados en las relaciones diplomáticas con los dictadores sudamericanos que en los intereses de nuestras compañías en el extranjero. Cuanto más alejados estén de las empresas, mejor.

Mirémoslo desde otro punto de vista. En 1999 el Estado argentino privatizó la petrolera YPF y la vendió a la española Repsol (de hecho la compañía es hispano-argentina ahora –y no sólo española–, por eso se llama Repsol YPF). ¿Murió algún argentino por la venta de YPF? ¿De la compra de YPF se ha derivado una tragedia para Argentina o sus ciudadanos? No, todos los problemas que tiene el país proceden de la desastrosa gestión de los Kirchner (primero Néstor y luego Cristina).

Sebastián es un racista y, en concreto, un racista empresarial. Tal vez acepta la multiculturalidad social, pero odia la multiculturalidad empresarial. Un 15% de Repsol es extranjero y su free float (parte del total de acciones en bolsa) supera el 40%, lo que significa que cualquiera de afuera puede entrar en el capital de Repsol e influir en las decisiones de la compañía a través del derecho que le otorgan sus acciones. ¿Dónde está el problema? El ministro tiene una mentalidad precapitalista, actúa como un rey absoluto y muestra la típica visión mercantilista del s. XVII. Cree que sus deseos equivalen a la voluntad de Dios o, como se diría hoy día, a la voluntad del bien común. Según Respol, aún no hay conversaciones firmes con Lukoil, pero si las empieza a haber y los accionistas están a favor de la compra —y probablemente lo estén, ya que aumentaría el valor de la acción—, de nuevo, ¿dónde está el problema? Ganaría Repsol, ganaría Lukoil y ganarían sus accionistas. Son relaciones voluntarias donde nadie sale perjudicado, a excepción de Sebastián claro.

Pero este discurso liberal choca con las últimas declaraciones de José Blanco, vicesecretario general del PSOE, quien hace poco ha afirmado que Aguirre "está pasada de moda" porque "no representa la nueva era". Otro que se cree Dios. Al igual que Sebastián, ambos representan la nueva era, el futuro; pese a que ambos estén actuando como monarcas absolutos. Se trata de la típica pose de los políticos populistas y dictatoriales: si usted no entiende sus decisiones, es idiota y necesita autócratas como Blanco y Sebastián que le ordenen qué hacer y cómo hacerlo.

Que un burócrata nos diga cómo debemos vivir y cómo debemos gestionar nuestras empresas, tal vez sea la cosa más moderna del mundo, pero en realidad es sólo una tiranía. El comunismo también estaba muy de moda a principios del s. XX y eso no lo convertía bueno. Estos profetas con sueldos demasiado altos y con excesivos privilegios tendrían que ser más humildes ante el ciudadano y sus empresas. Esté pasada de moda o no, la libertad individual es la mejor fórmula para nuestro bienestar social y económico. La tiranía, el modelo del tándem Blanco-Sebastián, sólo nos lleva al fracaso, al aislamiento y a la pobreza material e intelectual.

Lo dice Lehman Brothers

La continuación no es tan trepidante, pero casi: el jueves es puesto en libertad condicional y una semana después declarado inocente. Sin embargo, la buena noticia está empañada por un matiz muy importante. Erraji ha sido absuelto por un "vicio de forma".

Los tribunales no han decidido que Erraji tenía derecho a escribir lo que publicó, tan sólo han constatado lo que el juicio express al que fue sometido hacía sospechar. Durante el proceso no se habían respetado las mínimas garantías, comenzando con la asistencia de su abogado. La libertad de expresión sigue sin existir en Marruecos, o al menos continúa estando muy limitada. Da la impresión de que los jueces han buscado una salida digna que les permitiera acallar las protestas de dentro y fuera de Marruecos sin tener que poner en duda una legislación contraria a los más fundamentales derechos de las personas, entre los que se encuentra la libertad de expresión.

Tras la detención de Erraji se puso en marcha una tímida campaña para pedir su libertad en la que participaron unas 3.000 personas de diversos países. Este y otro tipo de protestas, como la huelga de hambre de algunos blogueros marroquíes, tuvieron su punto central en Marruecos, pero se extendieron a otros países, principalmente Francia, Canadá, Estados Unidos y España. Si las protestas seguían creciendo, la condena a Erraji se podía convertir en un asunto muy incómodo para Mohamed VI, un monarca con una fama ganada a pulso de ser poco respetuoso con la libertad de expresión.

Esta ha sido, sin duda alguna, una victoria de la movilización en internet a favor de la libertad. Pero tan sólo una victoria parcial. En Marruecos siguen vigente la normativa que permitió encarcelar a Erraji, y decenas de ciberdisidentes sufren prisión en varios países del mundo, entre los que destaca China. Mientras esto no cambie, y mientras haya gobiernos que controlan la red o incluso que impidan que los ciudadanos accedan a ella, internet estará todavía lejos de ser libre.

La libertad de expresión a través de la red no es más importante que por otros canales, como la prensa o las conversaciones tomando un café, pero su estado suele ser un buen termómetro para medir como se encuentra en los demás ámbitos de un país. Sin embargo, sí que es más peligrosa para los gobiernos autoritarios de todo signo, puesto que es más difícil de controlar que un periódico o una radio y permite que quienes antes tan sólo podían hablar con unos pocos ahora puedan hacer llegar su mensaje a miles.

Una vergüenza nacional

Antes de intentar arrojar algo de luz sobre el accidente que nos ocupa tengo que reconocer que durante años he sido un forofo de Spanair. Posiblemente uno de los mayores que ha tenido. Allá por los 90, Spanair y Air Europa rompieron el monopolio que Iberia tenía en el tráfico entre la Península y las Islas Canarias. Para quienes hacemos ese trayecto con frecuencia, aquello supuso un soplo de aire fresco y un alivio para nuestras carteras. El precio que ofrecían las dos nuevas compañías era sustancialmente inferior al de Iberia, y el servicio, especialmente el de Spanair, muy superior. Desde la simpatía del personal hasta la calidad de la comida a bordo, pasando por el compromiso con la puntualidad, la diferencia entre la vieja y gigantesca Iberia y la nueva y diminuta Spanair era como la que hay entre la noche y el día.

Desafortunadamente, a mi juicio esa diferencia se ha ido erosionando en los últimos años, y aunque el trato sigue siendo exquisito en la pequeña y bastante cortante en la grande, ya no aprecio aquellas notables diferencias en el servicio. Así que sigo volando con Spanair, pero no con la fidelidad y el entusiasmo de antaño. Sin embargo, las infundadas acusaciones que se han vertido sobre ella desde el momento del accidente hacen que cualquier persona medianamente ecuánime salte del asiento y trate de aportar un poco de sensatez, a la espera de conocer cómo se produjo.

Uno de los bulos más repetidos es que los aviones MD no son seguros pero que se han mantenido en activo debido al afán de lucro de la compañía. Dos días después del accidente, yo mismo pude comprobar cómo unos pasajeros exigían a los empleados de tierra de Spanair que les garantizaran que el aparato que iban a tomar no era uno de ellos. No es de extrañar: los medios han pintado a la familia MD-80 como si fueran tumbas volantes. La realidad es bien distinta. La ratio de accidentes fatales de este modelo es de 0,27 por cada millón de vuelos. A pesar de que todos desearíamos que fuera aún menor, está entre las más bajas de su clase, y, sin ningún género de dudas, entre las más bajas de su época de fabricación. Pero ¿a quién le interesan estos datos, cuando la prensa ya ha señalado con su dedo acusador al culpable, que encima es el mismísimo sistema capitalista? Así, no hay quien se extrañe de que algunos familiares hayan anunciado que van a denunciar a la compañía por el accidente sin siquiera esperar a saber qué lo produjo.

Otra de las ocurrencias de la prensa sensacionalista (en esta ocasión lo ha sido la práctica totalidad): Spanair no es una compañía segura. La realidad, de nuevo, es bien distinta de la ficción periodística. Lo cierto es que esta filial de SAS fue la primera aerolínea española en obtener el certificado IOSA –una auditoría promovida por IATA sobre seguridad operacional–, que renovó en 2007. También hubo medios que insinuaron –o afirmaron directamente– que la crisis económica por la que atraviesa la compañía había desencadenado el accidente. Sin embargo, a día de hoy nadie ha logrado mostrar ni un dato que avale un recorte en los gastos de mantenimiento que pueda implicar un riesgo añadido para la seguridad de los vuelos.

¿Qué provocó el accidente, un error humano o un fallo mecánico? ¿O fue quizá un cúmulo de errores humanos y fallos mecánicos? Admito que no lo sé, pero estoy seguro de que no tardaremos en saberlo con razonable certeza. La prensa, en cambio, sabía desde el primer minuto lo que había pasado. El motor había estallado por un mantenimiento deficiente. Es más, el piloto habría detectado el fallo y regresado, pero la compañía, escasa en medios de mantenimiento y obsesionada con lograr beneficios empresariales, habría despachado la nave y obligado a aquél a volar. El chisme se convirtió en certeza periodística y durante casi 48 horas tuvimos que escuchar esta increíble cantinela, aderezada con cartas sindicales y frases de pasajeros de vuelos retrasados que nada tenían que ver con el accidente. Y esto en un país que visitan decenas de millones de turistas que en su mayoría llegan en avión. Patético.

Sean cuales fueran las causas del accidente, lo que muchos formadores de opinión parecían tener claro desde el primer minuto es que para incrementar la seguridad aérea hay que eliminar el afán de lucro en el sector. Pero resulta que si uno se preocupa por mirar el ranking de siniestralidad de las 90 mayores compañías del mundo en los 20 últimos años se encuentra con que las dos peores son la cubana y la china, seguidas de numerosas empresas nacionales en las que el ánimo de lucro brilla por su ausencia. Por el contrario, las que mejor historial presentan son Delta y Southwest, dos compañías con un enorme ánimo de lucro. De hecho, de las diez aerolíneas más seguras, ocho son norteaméricanas (las acompañan Lufthansa y British Airways).

Pero ya digo que de poco sirven los datos cuando los prejuicios, especialmente los antimercado, se apoderan de manera subyacente del debate. Para los estatistas, la seguridad aérea no se logra gracias al ánimo de lucro y la competencia de las compañías, sino, más bien, a pesar de ello. De ahí que las críticas al ánimo de lucro de Spanair hayan venido acompañadas de la exigencia de que haya más funcionarios y agencias gubernamentales controlando y fiscalizando a las aerolíneas. La recientemente creada Agencia Española de Seguridad Aérea, que no ha arrancado por falta de dotación, es ya, en la mente de los propagandistas estatales, la panacea para la reducción de accidentes. Al mismo tiempo, diversos medios se quejan de que el Ministerio de Fomento subcontrate al grueso de los inspectores en el sector privado a través de Senasa. Parece que nadie ha entrado nunca en un edificio de funcionarios. A mí no me reconfortaría en absoluto que la seguridad aérea dependiera sobre todo de una agencia gubernamental y su burrocracia. Como todas las agencias estatales, la AESA alcanzará su objetivo a un coste muy superior al que pudiera procurar el mercado, o bien costará lo mismo… a costa de incrementar la inseguridad.

En los cien años de historia de la aviación, la seguridad no ha parado de mejorar. Las agencias estatales han desempeñado, por fortuna, un papel secundario en este éxito. Son las compañías aéreas, incluso en el extraño caso de que sólo les interesen los beneficios económicos, las primeras interesadas en tener una excelente reputación en materia de seguridad y un historial lo más inmaculado posible. Las empresas aeronáuticas también han rivalizado por ganarse el favor de sus clientes, las aerolíneas, logrando diseñar y producir aviones cada vez más seguros. Otro factor importante han sido las empresas de seguros, que han ido variando las primas –y, por lo tanto, los costes de las líneas aéreas– a medida que los nuevos dispositivos, las aeronaves y los planes de mantenimiento demostraban ser más fiables. Gracias a estos incentivos, que surgen de la propiedad privada y del mercado, en los primeros años de la aviación comercial con aparatos a reacción los accidentes se redujeron hasta tal punto que las primas de seguro pasaron de representar el 8% del valor del aparato asegurado a menos del 1%.

Una de las pocas cosas ciertas que nos ha contado la prensa española es que Spanair atraviesa, desde antes del accidente, una complicada crisis económica. El año pasado perdió más de 30 millones de euros, y este año dicen que ya ha superado los 50. El pasajero, soberano en este mercado como lo es el cliente en cualquier otro, ha ido dando la espalda a la gestión de la empresa. Si los dueños quieren salvarla de la quiebra, tendrán que dar un vuelco a la situación. En eso parece que estaban cuando tuvo lugar el accidente de Barajas. Como en todo plan de viabilidad, el resultado es incierto; tras el fatal suceso lo es más que nunca. Pero créanme, la demagogia de los periodistas que buscan hacer leña del árbol caído no va a ayudar a superar la crisis de la compañía.

Tampoco puede ayudar a los empleados, y menos aún a los familiares de las víctimas, la comparecencia de una ministra de Fomento que después de cuatro años en el cargo afirma "no saber que el sector de las listas de pasajeros tuviera tanta complicación", en referencia a la polémica sobre el tiempo transcurrido entre el accidente y la difusión de la lista por parte de la compañía. No me extraña que los empleados de Spanair se sientan apaleados y asombrados por la frivolidad, el desorden y la falta de conocimiento de esta señora. En efecto, su desconocimiento del asunto es, como probablemente reconocería ella misma, "mu grande". Pero al menos ella es consciente de sus limitaciones.

En definitiva, el tratamiento del accidente del vuelo JK5022 por parte de la prensa ha sido lamentable. En esta ocasión, el sensacionalismo se ha unido a los prejuicios antimercado de gran parte de la profesión periodística. El caso me recuerda el asunto de la mitología ferroviaria; ya saben: si un tren público descarrila nos hablan de un accidente, pero si la empresa es privada o, peor aún, fruto de una privatización thatcheriana, nos informan de una negligencia fruto del afán de lucro sin esperar a conocer los hechos. Lejos de ayudar a los familiares de las victimas a informarse y sobreponerse, el circo que se ha montado tiene que haberles hecho sentir totalmente confusos y utilizados. Desde aquí les envío mi más sentido pésame por la muerte de sus seres queridos, y mis deseos de que pronto puedan, a pesar de la prensa, conocer las verdaderas causas del siniestro.

Nacional socialistas de ayer y hoy

Esas dos últimas palabras me evocan multitud de falsos recuerdos, esos que uno va creando cuando lee historia y quiere ilustrar con imágenes el relato de lo ocurrido. "Espacio vital". Casi recuerdo a Hitler llamando a los alemanes a conquistar el Lebensraum, a tomar control sobre el territorio que les permitiría abastecerse sin necesidad de comerciar pacíficamente con los vecinos. El Espacio vital, némesis del comercio, es la ideología de la guerra.

El Nacional Socialismo, vencido en su terreno favorito, el campo de batalla, reaparece bajo nuevos ropajes y vuelve a infiltrarse en la Historia incluso después de que se considere que ha sido engullida por ella sin dejar más rastro que unas cuantas defecaciones.

El titular sintetiza eficazmente tanto el fondo de la última guerra de Rusia con Georgia como el contenido de la noticia, que es una entrevista a un político de Abjacia, otra región que se quiere desligar de Georgia. "Moscú", dice la noticia, "no puede permitirse la pérdida del control del tránsito del petróleo y de gas que Estados Unidos y Occidente tratan de organizar al margen de ella".

El control público de los recursos es el control político. Y la guerra es un instrumento de la política. El control privado de éstos lleva a la libre colaboración en el mercado por medio de los intercambios. Los recursos en manos del Estado están puestos al servicio de los políticos; los que están en manos de la gente, al servicio de los ciudadanos.

Nacionalista y socialista, la ideología del Espacio vital no ha desaparecido. Sigue calentando los corazones de muchas personas de izquierdas. Quizás no sepan que ello no tiene nada de contradictorio.

Respuesta a Copia Privada Sí

En este video que está dando la vuelta al mundo se interpela a los asistentes a una conferencia del líder máximo de la Venerable Iglesia de la Calentología sobre la forma en que ponen en práctica los mandatos del Vicario de Gaia en la Tierra. Por ejemplo, en la publicidad del acto se invita a todos los fieles a que utilicen la tracción animal (es decir, que vayan a pie o en bicicleta) o que, en su defecto, usen los medios de transporte público para sus desplazamientos. Hacer largas caminatas y seguir una dieta baja en judías y coliflor son medidas necesarias para disminuir la concentración atmosférica de gases de efecto invernadero y, de esa forma, impedir que los océanos acaben arrasando nuestras ciudades a corto plazo. Pero los calentólogos de base no hacen ni lo uno ni, por extensión, suponemos que "lo otro".

Como se ve en el vídeo, la mayor parte de los asistentes a la liturgia celebrada por Su Goricidad acude en taxi a pesar de que al otro lado de la calle hay una estación del metro y varias paradas de autobús. Además, ni siquiera le piden al taxista que apague el aire acondicionado para frenar el calentamiento global, en favor de su propio enfriamiento personal.

Por su parte, la Sagrada Familia tampoco se presentó pedaleando en una bicicleta tipo tandem, sino a bordo de una limusina, acompañada a su vez de un cortejo de vehículos de gran cilindrada que permaneció con el motor en marcha y el aire acondicionado conectado el tiempo suficiente para evitar que Tipper Gore (no confundir con Tupper Ware) sufriera los rigores del calentamiento global profetizado por su churri.

Como siempre ha ocurrido con la izquierda a lo largo de la Historia, el coste de su ingeniería social siempre lo pagan los demás. También Gore y su legión de calentólogos se han autofabricado un salvoconducto que les mantiene al margen del flagelo moral que aplican al resto de congéneres. Ellos están luchando por salvar a la humanidad, por lo que el uso habitual del jet privado y el consumo masivo de fuel en su vida cotidiana lo consideran un peaje aceptable. Tengámoslo en cuenta la próxima vez que dudemos entre ir al super en coche o a pie.